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Norberto Bobbio

In memoriam, 1909-2004

En mínimo homenaje a Norberto Bobbio, muerto el pasado mes de enero, publicamos un texto de Claudio Magris, otro de Luis Salazar y una carta inédita en español del mismo Bobbio en donde expone su microbiografía política y moral, y argumenta sus razones para rechazar un premio. En Nexos siempre celebraremos a Bobbio como el amigo y colaborador que fue de nuestras páginas.

Norberto Bobbio o bien el significado de ser laico. Resulta difícil frenar la conmoción ante la muerte de un hombre que, protagonista histórico de la vida intelectual y moral de un país y una de las voces más grandes de la cultura europea de medio siglo, también es una persona a la que nos ligan afectos, recuerdos, momentos de vida compartida, la deuda por la claridad con la que nos ayudó a encontrar y a recorrer con más seguridad nuestro camino. Norberto Bobbio nos deja a una edad venerable, en la que la muerte entra en la gran ley de las cosas contra la cual uno debe protestar con un lamento, pero nos deja en un momento en que nuestro país y el clima cultural en general necesitan de su claridad, incluso todavía más que en el pasado.

Bobbio es un gran laico, no en el sentido estúpido e incorrecto en el que de ordinario es utilizada esta palabra, casi como si significase lo opuesto a creyente o religioso. Bobbio nos enseñó que laicidad no es un credo filosófico específico, sino la capacidad de distinguir las esferas de las diversas competencias: lo que le atañe a la Iglesia de lo que le atañe al Estado, lo que le pertenece a la moral de lo que debe ser regulado por el derecho, lo que es demostrable racionalmente de lo que es objeto de fe, para prescindir de la adhesión a dicha fe. Muy pocos, al igual que Bobbio, testificaron la laicidad como actitud crítica para articular las propias ideas, religiosas o irreligiosas, de acuerdo a principios lógicos no condicionados por fe alguna; la cultura —incluso la católica— siempre es laica, así como la demostración de un teorema, incluso si es hecha por un santo de la Iglesia, obedece a las leyes de las matemáticas y no a los parágrafos de un catecismo. Bobbio encarna esta laicidad entendida como duda dirigida incluso a las propias certezas, como capacidad de adherirse a una idea sin ser sumisos a ella, como libertad tanto del frenesí por idolatrar como para desacralizar, como moralidad humanística que se opone tanto al sedicioso moralismo avinagrado como a la sosa desenvoltura ética; laicidad que distingue al pensamiento y al auténtico sentimiento —siempre riguroso— del fanatismo ideológico y de las viscerales reacciones emotivas, todavía más funestas que el dogmatismo.

Todo esto Norberto Bobbio lo vivió, testimonió y defendió desde los más diversos frentes: con sus memorables estudios filosóficos y jurídicos, que hacen de él un raro maestro, un verdadero clásico, del que otros hablarán a fondo con la debida competencia; con su enseñanza universitaria en esa nuestra gran Turín que ha sido capital de una posible Italia más civil; con su milicia ético-política y su presencia generosa y creativa en la vida cultural. Se podrían citar muchos ejemplos sobre su servicio. Quisiera recordar dos, aparentemente menores respecto a tantas batallas de cincuenta años y más de historia italiana. Uno es el testimonio apasionado y lúcido —de verdadero laico, en un clima de intolerante sedición abortista— de la realidad de la vida naciente y de los consecuentes derechos del ser que está por nacer. Otro es la firme, melancólica e impopular claridad con la que —en un momento en el que el caso de una niña adoptada o afiliada irregularmente y disputada por diferentes familias había desencadenado una psicosis colectiva de sentimentalismo intolerante ante la ley— reivindicó, contra la marea vencedora del énfasis lacrimógeno, la necesidad de respetar la ley, con todos los prosaicos y a veces mezquinos límites que con frecuencia conlleva esto.

Pero podrían recordarse muchas otras batallas, por ejemplo la defensa de la escuela pública contra los indecentes favores a las escuelas privadas. Su lucidez conceptual, esculpida en su perfil aguileno, se alimentaba de un corazón sensible y generoso, muy capaz de afecto, de amistad y de ironía. Precisamente por esto él defendió los “valores fríos” de la democracia —el ejercicio del voto, las formales garantías jurídicas, la observancia de las leyes y de las reglas, los principios lógicos— a sabiendas de que son ellos los que les permiten a los hombres, a cada individuo de carne y hueso, cultivar personalmente, libremente, sus valores y sentimientos “cálidos”, la amistad, los afectos, el amor, las pasiones y las predilecciones de todo tipo. Estos valores cálidos parecen y son más concretos que el sufragio universal, que la división de los poderes y que los artículos de un código, pero le deben a la observancia de esos principios la posibilidad de ser completamente cultivados y vividos.

Hoy más que nunca se necesitan personalidades como la de Norberto Bobbio, en una temperie cultural muy poco laica, en la que se confunden y se enmarañan política, moral, derecho y cuestiones del corazón y triunfa una falta gramatical, lingüística, conceptual y ética, que a menudo pone al sujeto en el acusativo y el complemento indirecto en el nominativo, intercambiando así los papeles entre las víctimas y los culpables; en el que nadie se escandaliza de los que permutan al gobierno por la cosa pública persiguiendo el interés privado, retrocediendo a una barbarie premoderna y cancelando siglos de civilización liberal, que había trabajado controles y garantías para impedir abusos de poder.

No es laico hacer una guerra —justa o errada, oportuna o inoportuna— sin declararla ni transformarla en una especie de guerra moral o religiosa, escandalizándose de encontrar, en esta intervención armada, resistencias que en una óptica de guerra es legítimo tratar de eliminarlas pero de las que en una óptica de guerra resulta curioso asombrarse. No es laico confundir las culpas morales o los delitos de los adversarios con sus responsabilidades políticas, que son otra cosa, ni con las penales y civiles, que también son otra cosa. Nunca como hoy es necesaria la palabra de un maestro como Bobbio, maestro en individualizar las relaciones y las distinciones entre derecho y moral, y entre moral y política, cuya confusión —que con mucha frecuencia lleva a aberrantes injusticias— cada vez es más cultivada. Cuando Ceasescu, el sátrapa rumano, cayó, pudo ser comprensible que alguien considerase necesario, en ese momento, su eliminación, pero asumiendo, entonces, la responsabilidad de esta terrible suspensión del derecho, en lugar de estimular una tragicómica legalidad como el proceso-farsa en el que su abogado defensor pidió para él la pena de muerte.

Hombres como Norberto Bobbio ayudan a resistir este creciente analfabetismo conceptual y moral, que suma litros y kilos y razona, o mejor aún, induce a razonar con las visceras y no con la cabeza. Bobbio no luchó contra el fascismo con las armas en la mano, como un Valiani, no era un héroe, pero nunca se comportó como tal y su lección moral de claridad no es por esto menor. Recibió, como es inevitable y fisiológico, críticas, cuando la hegemónica cultura antifascista —de la que él era uno de sus más altos representantes y que tuvo su grandeza pero también ciertos límites— entró en crisis frente a una realidad italiana radicalmente cambiada. Que en el clima a menudo villano-alegre de estos nuestros años también recibiese risotadas de burla era predecible. No sería de laicos darles demasiada importancia.

 

Claudio Magris

Traducción de María Teresa Meneses