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De No hay tal lugar

Lucas también le contó su periplo en la sierra, el desmayo, la angustia que no lo abandonaba. Le insistió en sus dudas teológicas, el fracaso de su vocación sacerdotal, el agobio de que a sus pies estuviera abriéndose una sima insondable, un abismo que terminaría por devorarlo. Lo que vivió el día anterior en la sierra no fue sino un símbolo de todo ello, creía. Y en su caída no iba a tener ni el mérito de un sacrificio libremente consentido y consumado, ni la fecundidad del martirio. Iba a ser como la caída de una piedra en un pozo. El eco lúgubre y nada más. ¿Sería que no había logrado conciliarse con su sombra, como diría San Ignacio de Loyola?

Ketelsen empujó el cigarrillo con la lengua a un costado de la boca, lo que le formó una repentina sonrisa de bondad.

—Qué barbaridad, padre Caraveo, ahora entiendo por qué llegó usted aquí. Por lo pronto hágase merecedor de esa angustia que lo acosa día y noche. No luche contra ella, créame. Dígase a sí mismo: estoy angustiado y qué bueno. Hágase digno de merecerla. Si puede a cada momento ubicarla, reconocerla, si hasta consigue amarla y se la agradece al Señor, entonces quedará a salvo de sus efectos más nocivos y lo impulsará hacia la trascendencia, a ver lo que tiene que ver.

—¿Hacerme digno de merecerla? —preguntó Lucas, sintiendo que nomás de tocar el tema empezaba a secársele la boca y la frente se le perlaba de sudor.

Ignacio Solares: No hay tal lugar, Alfaguara, México, 2003, 139 pp.