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CÓMO CREAR UN FALANSTERIO

POR EVODIO ESCALANTE

Relato de un viaje a la Tarahumara, novela iniciática que introduce al lector en un espacio secreto, del que no habría que hablar, testimonio de una crisis devastadora de la que nuestra época no alcanza a reponerse, No hay tal lugar de Ignacio Solares es también un condensado de la madurez de su autor. Esto obliga a referir las características de su prosa. Más allá de los asuntos del ritmo, de la fluidez narrativa y del sabio manejo de las estructuras del relato, que doy por sobrentendidos, lo que quiero destacar es la presencia de una prosa narrativa tan envolvente y eficaz, que logra como pocos en nuestro medio hacer creíble lo increíble, venciendo por decirlo así las barreras que son propias de la estética del realismo. Obsesionado por los temas históricos pero a la vez por los fantasmas de lo «sobrenatural», poseído por un sentido de las raíces que lo mantiene atado a su circunstancia a la vez que por la convicción, o al menos, por la sospecha de la probable existencia de otros mundos, que tendrían que incidir en éste, Solares (no por nada, admirador de Julio Cortázar) ha afinado con el paso de los años un instrumento verbal que le permite insertar dentro del cuadro más realista, sin enajenarse la indispensable credulidad del lector, las insidiosas pinceladas de lo mágico, de lo fantástico, de lo que no podría ser posible… y sin embargo, es.

¿Alguien podría desmentir, con datos precisos, la existencia de un falansterio que se encontraría escondido en un lugar casi inaccesible de la sierra Tarahumara? ¿Alguien podría explicar con argumentos que esta extraña comunidad, presidida por un antiguo sacerdote jesuita, a la que llegan desahuciados de diversas partes del país a fin de reencontrarse armónicamente consigo mismos y con su muerte (su «muerte propia», como diría Rilke), es sólo una quimera literaria? El vano juego de las adivinanzas o conjeturas por supuesto que tiene sin cuidado al autor. La novela de Solares no nace de una sospecha sino de una convicción: la de la profunda crisis de valores por la que atraviesa la civilización occidental. Esta crisis, de la que no se salva el México de hoy, marcado de algún modo por la rebelión zapatista, cimbra a la institución religiosa y hace vacilar la fe de un joven sacerdote, Lucas Caraveo, enviado por su superior a averiguar si es cierto que existe esa misteriosa comunidad en el valle de San Sostenes.

El viaje, como todo viaje digno de ese nombre, es un verdadero reencuentro. La ascensión al valle de San Sostenes es también una inmersión en las profundidades de un mundo interior ansioso de revelar sus antiguos secretos. Lucas Caraveo se encuentra con la existencia positiva de un falansterio que sería la envidia de Campanella y de Francis Bacon, pero que en otro sentido no es sino la continuación de lo que en la época de la Colonia intentó entre nosotros el obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga. Lucas Caraveo se enfrenta a dos otredades juntas, que se apoyan y complementan la una a la otra, la de una comunidad utópica, apartada del mundo y ajena a la noción de propiedad privada, y la de los pobladores tarahumaras, con sus creencias, ritos y prácticas milenarias.

No hay un afán depredador, al contrario. Ernesto Ketelsen, el ex sacerdote jesuita, ha concebido una comunidad en donde no sólo los enfermos encuentran el bálsamo sin precio de la eutanasia, sino en la que los indígenas y su cultura son cuidados y respetados como un bien precioso que es necesario preservar. El espiritualismo de Herman Hesse, o el del Thomas Mann de La montaña mágica, podría decirse, pero adoptado a los tiempos de la convivencia ecológica. Aquí es donde podría encontrarse uno de los parajes problemáticos de la novela de Solares. No hablo de su eficacia narrativa, en todo momento indiscutible, sino de las implicaciones ideológicas que pudieran derivarse de aquí. El personaje nodal, Ketelsen, acoge de manera explícita lo que me gustaría llamar el mitologema del multiculturalismo reívindicador. A través de sus cantos, los tarahumaras se definen a sí mismos como sujetos trascendentales, y verdaderos pivotes de toda historia real: «Nosotros somos los rarámuris. / Nosotros sostenemos el mundo. / Nosotros somos la columna del mundo». Ketelsen es bastante enfático al respecto, cuando hace suya esta posición y se la declara a Caraveo: «Si ellos como columna se resquebrajaran (…), el firmamento se nos vendría abajo, apachurrándonos a todos. También podría suceder que cayeran densas nevadas o copiosas lluvias que inundaran y sepultaran a todos los hombres. Así lo dicen y no tienen duda de ello». Ahí mismo, Ketelsen invoca lo que podría ser uno de los nervios ideológicos del texto: «Bien, ayudémosles a sobrevivir para que nos ayuden a salvarnos».

A esto también se lo puede designar como el síndrome Lenkersdorf, que no consistiría sino en una credulidad extrema ante el texto etnográfico. Lo ilustro. Si la palabra «tojolabales» significa según la etimología «hombres verdaderos», de aquí tendría que desprenderse que los tojolabales son en realidad eso mismo, y que por lo tanto, nosotros, pobres occidentales, y para colmo, tercermundistas, estamos corroídos de falsedad. No seríamos sino los fantasmas de una civilización en franca decadencia. Una posición así se ha hecho más o menos frecuente en nuestros medios intelectuales a raíz de la insurrección zapatista de 1994, no necesito poner ejemplos.

Al asumir esta enfática posición multiculturalista, Ignacio Solares corre sus riesgos pero también confirma que tiene los pies bien puestos en la realidad del México de hoy, que sus antenas vueltas hacia el acontecer cotidiano lo llevan a recoger las inquietudes que recorren la historia, todavía no escrita, de lo que sucede actualmente en el país. Este multiculturalismo, por cierto, y esto concierne a otro de los nervios polémicos de su obra, lo lleva a adoptar una posición sumamente crítica frente a la iglesia católica, a la que no deja de ver como una estructura dogmática y anquilosada. La comunidad de San Sostenes no sólo es una utopía posible, es también una alternativa de convivencia ante la rigidez del catolicismo mexicano. Catolicismo tendría que significar ecumenismo, y es esto lo que encontramos en ese lugar perdido de la sierra Tarahumara. De tal suerte, al oficiar misa Ketelsen levanta los miércoles una homilía por los herméticos, los jueves por los hermanos budistas, los viernes por las iglesias separadas (las distintas versiones del cristianismo), los sábados por el pueblo de Israel, los domingos por la iglesia católica, los lunes por los musulmanes y los martes, finalmente, por los indígenas tarahumaras, a quienes se da trabajo y sustento en la comunidad. Ante las feroces guerras religiosas que todavía conmueven al mundo, y que se enconan cada vez más, el falansterio por Solares representa el momento deseable de la reconciliación. La gran síntesis a la que se aspira, no importa que tal aspiración pueda ser descalificada como tentativa new age. n