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EN DEFENSA DE LAS BITCHES

SARA SEFCHOVICH

Este texto se ocupa de algunas mujeres célebres por «causas malas»: porque se portan mal, porque arman escándalos, porque traicionan, porque se encueran en público, porque se suicidan o las asesinan. Es el desprendimiento de un libro arriesgado y notable de Elizabeth Wurtzel: Bitch.

Si una epifanía es un momento de luz, de intensidad tan alta que si uno se quedara allí simplemente estallaría, moriría hecho pedazos como les sucedió a Kieslovsky y a Pizarnik, entonces yo acabo de vivir una epifanía con la lectura del libro Bitch de Elizabeth Wurtzel.

Esta escritora se hizo conocida hace algunos años por su novela Prozac Nation. También su vida la ha hecho célebre, porque nadie la soporta, se pelea con todo mundo y le hace la vida imposible a sus amigos y editores. Algunos la odian, y mucho; otros la admiran, pocos la entienden. Por ejemplo, los que le ponen una portada al libro que va en contra de todo lo que ella sostiene: la fotografía de una mujer bonita y convencional cuando el texto lo que hace, como dice su subtítulo, es alabar a las mujeres difíciles. O cuando lo presentan como «un manifiesto posfeminista muy entretenido», reduciendo a cenizas su calidad de profundo análisis cultural, sociológico e ideológico.

El libro es de una riqueza que se resiste a la reseña, de una complejidad que rebasa toda tentativa de dar cuenta de él. Lo que hace Wurtzel es hablar de la cultura de hoy para mostrar sus rasgos principales, entre los cuales dos le interesan sobre todo: a pesar de lo que parece, sigue siendo despreciable ser mujer, y el mundo sigue viviendo en la doble moral respecto a todo, principalmente el sexo y la violencia. Para sostener sus ideas pone el ejemplo de algunas mujeres célebres por «causas malas»: porque se portan mal, porque arman escándalos, porque traicionan, porque se encueran en público, porque se suicidan o las asesinan. Son los mismos casos que salen en la televisión y las revistas de chismes pero, a diferencia de éstas, la autora quiere entender a la sociedad que produce y rechaza a estas personas. Todo el discurso de esta pensadora se opone a la gente buena, políticamente correcta, a las mujeres que sólo empiezan a vivir cuando se casan y luego quedan por siempre siendo las esposas dedicadas y abnegadas, las que apuestan siempre por la seguridad, «pleasing and pleasing and pleasing and never taking themselves seriousiy». En este espectro caben por igual Hillary Clinton que las cenicientas dulces, cualquier chica demasiado joven y bonita que le gusta a los hombres por (ser o fingirse) ignorante e inocente, pues estos son los grandes afrodisiacos. Pero caben también las madres teresas y las personas que no dudan y las que son decentes y las que tienen una idea fija de lo «normal» y de lo moral. Y en cambio ensalza a Dalila, la gran seductora-traidora; a Amy Fisher, la adolescente que balaceó a la esposa del amante que la dejó; a Courtney Love, que dicen mató a su marido; a la niña Hemingway que se metió fenobarbital cuando andaba deprimida y subida de peso y sin trabajo; a Nicole Brown Simpson, asesinada por su esposo que es el epítome del sistema de compraventa de las mujeres; a Silvia Plath, poeta enorme que no se daba cuenta de que lo era. Ensalza también a cualquiera que se embaraza a los cuarenta años o está loca y desquiciada o no soporta la vida con horas fijas y orden y domesticidad, «fabulous woman of great mischief», «women who play by their own rules», seres que crean problemas, hacen berrinches, exageran, son emocionales, ridículas, cansadas, llenas de miserias e indignidades.

A decir verdad, la idea de Wurtzel de la maldad es bastante elemental y gringa, y lo mismo con su espectro de mujeres ya que su mundo se reduce al de su cultura. Lo mismo pasa con sus fuentes: sólo la Biblia y la literatura célebre que enseñan en la escuela, el cine de Hollywood y el rock. Pero lo que cuenta es que Wurtzel nos enseña a aprovechar a estos personajes y a estas fuentes para encontrar verdades que los trascienden; nos enseña que con cualquier elemento, si se tienen ideas, es posible analizar, interpretar, entender.

Wurtzel tiene una manera incisiva y provocadora de pensar y de escribir. No le interesa la expresión desnuda y contenida; se deja ir, se explaya, repite, vuelve a ver cada cosa una y otra vez, desde un mismo ángulo o desde otros ángulos, como si nunca pudiera acabar de decirlo todo; siempre insiste, reitera, busca más. En cada uno de sus análisis mete todo lo que sabe y lo que cree sin importar si es política y cultural y lingüística y estilística y éticamente correcto o no. Lo hace de manera ágil, abre puertas y da más y más ideas para que el círculo de la interpretación se haga cada vez más grande, poniéndole capas y más capas a la misma historia como Arundrathi Roy: el discurso se repite pero es nuevo a la vez, como Kaija Saariaho. Pero además se permite -oh pecado de todos los pecados- juzgar. Nada de ser «objetiva», «neutral»; ella tiene una posición y la hace evidente con frases definitivas, devastadoras.

No le da miedo ni vergüenza meterse en el texto, hablar de sí misma, involucrarse en lo que está contando, le tiene sin cuidado si esto agrada o no a los que les agrada o a los que la agreden. Es la suya una libertad enorme, la de hablar de lo que a ella le parece importante y hacérselo entender así a los lectores. Con una libertad enorme se permite conectar cada asunto con un millón de otros asuntos, vengan o no al caso, al estilo Marguerite Yourcenar o Kenizé Mourad, aunque no necesita de «la gran historia» que ellas relatan.

Autora tremendamente inteligente, atrevida, cínica, inmoral, incorrecta, mala. Sin duda debe sufrir mucho en nuestra cultura de la positividad donde todo debe tender a la felicidad (sic) y a la energía y a lo correcto y a lo agradable y a lo lógico y a lo racional siendo que ella es exactamente lo contrario: el enojo, el no perdonar, el desorden, el vicio y los celos, el desear todo (sexo, fama, dinero, poder, belleza) y sentirse con derecho a ello.

Wurtzel ha llegado a la esencia de todo el asunto que es vivir. Sabe bien que el bien no ha hecho ningún bien, que en este mundo lo que cuenta no es la verdad sino el mito. Y que lo único que tiene sentido es pensar críticamente. Y que la lógica es resbaladiza y tramposa y que se vale desconfiar y confiar y cuidarse y descuidarse y enojarse y avergonzarse. Y que hay un compromiso moral con el mundo que consiste en decir lo que se tiene que decir y en juzgar y en tomar posición y en repetir un millón de veces aquello en lo que se cree para que los demás se enteren.

Gadamer dice que la interpretación incluye nuestro sentido del pasado histórico y nuestra situación presente, que ella fusiona nuestro saber y nuestros saberes de lo vivido y lo estudiado, de lo cotidiano y lo excepcional y que al hacerla entramos a formar parte de una tradición pero al mismo tiempo como algo nuevo. Leer a Elizabeth Wurtzel es hallarle sentido a estas palabras. Ella entiende, explica, analiza con un método de asedio, de cuestionamiento y provocación. Todo esto hace de su lectura una epifanía, uno de esos momentos en los que de manera súbita y violenta se entiende todo y se trastocan los principios con los que se venía viviendo. n