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LA PAPIN, CRIMINALES

POR MARÍA TERESA PRIEGO

El 2 de febrero de 1933, Christine y Léa Papin, cocinera y recamarera en casa de la familia Lancelin, en Le Mans, asesinaron sin móvil aparente a sus patronas, la señora Lancelin y su hija Genevieve. Aún vivas, les arrancaron los ojos. Las golpearon con un martillo. Les desfiguraron los rostros. Les reventaron el cráneo.

«Vi sus grandes ojos abiertos que me miraban. Le puse los dedos en los ojos y se los arranqué». «Mi hermana y yo lanzamos gritos durante la lucha». «Si señor, mi hermana le había subido las enaguas y bajado sus calzones. La señorita Lancelin debía estar muerta porque no decía nada». Pues no. No hay espacio para lo «decible» ante lo indecible.

El 2 de febrero de 1933, Christine y Léa Papin, cocinera y recamarera en casa de la familia Lancelin, en Le Mans, asesinaron sin móvil aparente a sus «patronas», la señora Lancelin y su hija Genevieve. Aún vivas les arrancaron los ojos. Las golpearon con un martillo. Les desfiguraron los rostros. Les reventaron el cráneo. Ya estaba difícil ir por más. Pero para las Papin, esa tarde, el «despojo» no se detenía, ni ante cuerpos inertes. Fueron a la cocina por cuchillos . Tasajearon. Redactaron una carta larga y feroz sobre el cuerpo de sus víctimas. «Christine hacía muchos ruidos», declaró Léa. Se descargaba. Léa la siguió. Léa la seguía. No se le ocurría otra cosa. Bosquejada Léa en papel calca. Implacables las Papin, ante esos cadáveres de sexos femeninos expuestos.

Una desavenencia entre las cuatro mujeres detonó el crimen. Un fusible fundido. Una plancha que no funcionó. Ante la recriminación de su «patrona» Christine se sintió «atacada» y atacó. En absoluta desproporción. Le arrancó los ojos a la señorita Lancelin, y ordenó: «haz lo mismo con la otra». Léa, como si fuera la misma, hizo «lo mismo». Lavaron, diligentes, las herramientas del crimen. Fueron siempre empleadas intachables. Muy pulcras. Muy cumplidas. Muy castas. «Todo está limpio», dijo la cocinera, desollaba conejos con frecuencia. En el descanso de la escalera, los cuerpos yacían en el piso, entre piel desgarrada, dientes arrancados, materia cerebral. «Todo está limpio», en algún rincón ominoso, a las Papin su acto criminal les permitía reacomodar en la alacena los tarros de mermelada.

Subieron a su habitación. Cambiaron la ropa ensangrentada por sus batitas rosas. Les gustaba coser y bordar. Se confeccionaban ajuares suntuosos para su condición. Los estrenaban para ir a misa. No salían. Sólo se tenían la una a la otra, Christine y Léa. Y se bastaban. «Tenían horror del hombre», declaró el abogado de la acusación, «en ese sentido eran irreprochables». Qué tranquilidad. Se recostaron en una misma cama para esperar a la policía. Cuerpo a cuerpo. Vírgenes y mártires de la completud femenina. Echaron llave. Se pusieron de acuerdo para compartir la responsabilidad del crimen en partes idénticas. Esperaron. Encerradas. Vírgenes y martirizadoras. Siempre termina por llegar la policía. Llegan y castigan. Llegan y castigando, salvan.

Nadie entendía los «móviles» del crimen, aún menos su sadismo. Las Papin declararon no guardar resentimientos contra las Lancelin, eran buenas «patronas». En las audiencias se repiten incesantemente los acontecimientos de la realidad: apagón, plancha, llamada de atención. Pero la ferocidad del doble asesinato, y las frases desmesuradas de Christine durante el proceso, fijaban el crimen en una temporalidad distinta a la de la realidad. ¿Por qué? En el imaginario de Christine, un reproche insulso la proyectó a la zona de la sobrevivencia. Ante una queja se le jugó —sin apelación— el ser completito. «Prefiero haberles quitado el pellejo a mis patronas, a que ellas nos hubieran quitado el nuestro». En dos segundos «de apagón», las Papin atravesaron la distancia que va de un «arrancar el pellejo» (avoir la peau) metafórico: la humillación de un reclamo, hasta la salvaje literalidad del doble asesinato y los cuerpos mutilados. Christine dijo: «Tuvieron su merecido».

Dos mujeres frente a dos. ¿Pero acaso las Papin eran dos —para sí mismas— separadas y diferenciables? ¿O eran dos mitades? ¿O un Todo conformado por tres cuartos de Christine y un cuarto de Léa? ¿Acaso fueron capaces de mirar a las Lancelin como «otras», separadas y diferenciables entre sí, y separadas y diferenciables con respecto a ellas? «La sangre de las dos víctimas se había confundido». «Al escuchar a las hermanas uno cree leer doble». La sangre como símbolo de la feminidad se confunde. Se repiten en eco las confesiones de las asesinas. Las dobles asesinas y sus dobles asesinadas se confunden. «Binomio psicológico», «pareja psicológica», dijo Logre, el psiquiatra convocado por la defensa. «Locura a dos», escribió Lacan, que se convocó solito. «Pasaje al acto». «El pasaje al acto no es el horror, sino su reducción». Un «horror» escenificado en la realidad, que esconde para sus portadoras un horror bastante peor, en un registro otro que la realidad y ante el cual el asesinato sería un intento de liberación.

¿Cómo sería? Ese Frente/contra. Feminidad enclaustrada/ feminidad espejo. En el coto cerrado de la feminidad amenazante/amenazada no hubo espacio —con palabras— para ese «indecible» de las Papin que terminó actuándose. «Masacrarlas», dijo Christine y, en la carne herida de las víctimas, lo «indecible» marcó su lenguaje. Lo «indecible» termina, contra todo retén, por decirse. Sin falta.

¿Qué significa una «venganza», cuya saña no se detiene ni ante la muerte? Quizá que el asesinato tiene poco que ver con el asesinado. Que la barbarie está dirigida a un tiempo y un espacio ajenos a esos cuerpos cercenados que van a la morgue. Que el objetivo del acto de destrucción está más allá de sus víctimas. Que la forma es fondo. Que las ropas levantadas eran la firma que permitía reconstituir el lenguaje particular a ese crimen. Obscena, innecesariamente levantadas. La psiquiatría alojó en el centro de la discusión las palabras «esquizofrenia», «paranoia», y planteó preguntas fascinantes: «¿A quién apunta el acto punitivo? ¿Quién es atacado más allá de la víctima? O sea, ¿quién es el Perseguidor omnipresente oculto tras la piel arrancada de su sustituto? ¿A qué da solución el pasaje al acto?». «No asesinaron a seres humanos, sino a imágenes», escribió Lacan, «meros espacios de proyección».

los tiempos circulares / las ruinas circulares

«Mi crimen es lo bastante grande para que yo diga lo que es», dijo Christine. «La guillotina». Y «merezco ser castigada». Léa parafraseaba, como si Christine, desde su celda —separadas ya— controlara con hilos invisibles la voluntad de su hermana. Exigían reunirse. Christine amenazó con «arrancarles los ojos a todos». Tuvo una crisis en su celda: echaba espuma por la boca, aullaba. Pronunciaba el nombre de su hermana entre frases obscenas. Confesó que en una vida anterior fue el marido de su hermana. Cuando se encontró con Léa, en una crisis de erotismo —furibunda como el crimen— le abrió/se abrió la blusa y gritó «¡dime que sí!». Léa no dijo «sí». Christine intentó sacarse los ojos. Qué obsesión. La abrigaron en camisa de fuerza. Un leit motif, «los ojos arrancados». En la expresión popular, algo «revienta los ojos» (ça créve les yeux ) cuando es muy evidente. Aunque tome una vida entera de negación. Quizá, como en el cuento de «La carta robada» de Poe (carta que el detective no encuentra porque está «oculta» en el lugar más visible) lo «indecible» entre Léa y Christine, «lo irrealizable», reventaba los ojos. «Ser el marido de la hermana».

Un crimen estruendoso. Eluard y Péret erigieron a las Papin en heroínas in extremis de la lucha de clases. Beauvoir y Sartre retomaron el tema de la explotación; después Genet escribió Las criadas. Tal vez eran también «alienadas» de clase. Paralelo a sus orígenes proletarios, las Papin tenían una historia cargada, y dentro de esa historia, una madre: Clémence, infinitamente más «ama» de sus hijas—esclavas, de sus hijas—mano de obra explotada que las «amas» de casa masacradas. Las «patronas» cumplían su parte del contrato, pagaban. Las Papin cumplían la suya, trabajaban. Clémence cobraba, propietaria de la voluntad, los deseos y los cuerpos de sus hijas. Sus hijas Golem. Sus hijas máquina.

Recién nacida, Christine fue cedida por su madre a una tía soltera. A los siete años, Clémence se la arrebata para internarla en un convento, la saca a los quince para «colocarla» como trabajadora doméstica. Léa corre una suerte parecida: al mes aterriza en casa de una tía, después es internada en un orfanato. A los trece años la madre decide que es tiempo de que la hija reditúe, y pague lo que jamás le invirtió. Las hijas trabajan, la madre recibe, se instala la tienda de raya. Sacarlas de un hogar arbitrariamente para colocarlas en otro fue su larga estrategia de control emocional. Ningún afecto, ni espacio duradero. Ninguna pertenencia. Sólo ella, y sus títeres bienamados. Se llamaba irónicamente «Clemencia», esa madre, la más inclemente de todas. Colocó a Christine con la familia Lancelin. Llegó Léa. El tiempo pasa y alentada por la señora Lancelin, la rebelión comienza. Las hermanas deciden guardarse sus salarios. Dejan de ver a Clémence. En secreto, llaman «mamá» a la señora Lancelin. Clémence, desesperada, escribe cartas denunciando «el robo», advierte a sus hijas contra el peligro de ser dominadas por los «amos». El «enemigo» —les dice— está en su entorno inmediato. Las persiguen a Clémence y a ellas para desposeerlas a las unas de las otras. Las Papin perseveran en su distancia. Clémence y sus hijas se encuentran. Christine dice: «Esta mañana vimos a una señora que se te asemejaba». Reconoce a su madre y no. La destituye. Despacha a la madre abusiva y perseguidora. Ya hay otra mujer que cumple la función materna. ¿Habrá sido esa señora «semejante» la señora Lancelin? Probablemente porque la muerta terminó siendo ella. La madre que despoja, sustituida por la madre que protege. Hasta que la señora Lancelin lanzó un reproche, y se travistió en Clémence. Clémence escudriña desde una esquinita de la escena. Sus hijas están locas. Las delirantes son ellas. No sabrá nunca que es ella la autora intelectual del Gran Acto. La víctima perseguida es la perseguidora. «Huir», dijo Christine. Y terminó en un psiquiátrico. «Mi mamá me ama. Mi mamá es mi ama. ¿Quién es mi mamá?».

El señor Lancelin no podía dirigirle la palabra a las empleadas. Era una regla. Sin padre las Papin. Sin «patrón» que las reconociera como interlocutoras. Sin amantes. No existía una voz masculina que atravesara las voces y marcara —como separación, como corte— la diferencia sexual, y por lo tanto, la posibilidad de diferenciarse. Se quedaron «solas» Clémence y sus hijas. Emily eligió el convento y se «entregó a Dios». Christine vivió para apoderarse de Léa y desentregarse de Clémence. Léa se entregó a Christine y, después de la cárcel, al celibato y a su madre. ¿Dónde andaban los hombres en esta historia? ¿Ese prefecto al que las hermanas solicitaron ayuda cuando se sintieron «perseguidas»? Ningún hombre intervino en ese mortífero cara a cara entre mujeres. Ninguno rompió el espejo. Sólo existían ellas y nada las salvaba de ellas. En ese coto cerrado de omnipotencias y sumisiones femeninas, el único «señor» capaz de contrarrestar el dominio de Clémence fue Dios. Emily lo supo y se liberó del secuestro. Para Christine Dios se tardó en llegar. Terminó invocándolo, en el trance místico cuando tomó los hábitos de una camisa de fuerza, en el enclaustramiento psiquiátrico.

Un crimen pasional. Allouch, Christine y Léa paranoizadas huyen de la madre (paranoica). ¿Pero quizá huían también de ese amor suyo rodeado de todas las prohibiciones? ¿Qué denunciaban esos sexos femeninos expuestos? ¿Señalaban lo idéntico, o denunciaban —al exponer lo idéntico— la ausencia entre ellas de diferencia sexual? Dos mujeres no son hombre y mujer. Reventar los ojos para que nadie constate la trasgresión en tres tiempos: ser mujer y desear a una mujer. Ser mujer y desear a una mujer que es su hermana. Desearla, no como una mujer desearía a otra mujer, sino como un hombre desearía a una mujer. Amarla desde el lugar del hombre. «El marido de la hermana». En el lugar del cuerpo, la diferencia insalvable.

El soliloquio imaginario

Quiero arrancarles los ojos. Para que no me miren como yo me estoy mirando. Desorbitarlas. Arrancarles la piel «en defensa propia «. Porque este ataque interior, que viene de mí y es mío, tiene que ser expurgado. Fuera de ti Léa. Fuera de mí. Alguien fuera de nuestro círculo mágico encarnará la persecución y el cuerpo castigado. Sobre otros cuerpos como los nuestros reproduciremos, en la destrucción, lo que no puede existir en la creación. Haciendo ruidos extraños. Hasta la aniquilación, descargarnos. Nos ataca mi deseo de ti Léa. Intolerable. Desquiciante. Me «atacaron» en mi delirio, Ellas-tú y-yo, o les arrancaba la piel o me la arrancaba a mí misma. Porque no puedo ser más, esa mujer que dicen soy. Por no poder ser ese hombre para ti, que yo sé que soy. Encarnan esa feminidad que no quiero. Amarte Léa como te amaría un hombre. El paraíso. la totalidad. Yo enamorado de Léa, mi sombra. Tu y yo acurrucadas debajo de los edredones como después del crimen. Esa piel mía de mujer, se las arranco. Eran extrañas, dejaron de serlo. Fueron nosotras mismas, en el claustro. Es sagrado. Ya no nos ven Léa. ¡Dime que sí!»

Léa no dijo «que sí». Cumplió su pena y dedicó su vida a trabajar como recamarera. Amando a Clémence y ¿amada por ella? Léa sumisa. Traidora. Infiel a toda memoria. Un presidente otorgó a Christine el indulto que no solicitó. La ley le negó su castigo y —en su indeseable «clemencia «— la sentenció a morirse en vida. Se sumió en la inapetencia. No volvió a preguntar por Léa. No la reconoció nunca más. Se fue dejando morir de un hambre mística: «besa el suelo y hace signos de la cruz con su lengua, en el suelo, en los muebles y en las paredes». Asesinato-castigo-demanda-renuncia-separación. ¡Dime que sí! Suplicó Christine con sus pechos desnudos. Y Léa, distraída, desvió la mirada. n