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PIEDRAS VIVAS

POR CINNA LOMNITZ

Casi no hay familia mexicana que no tenga un hijo viviendo en Estados Unidos. «Hijo mío, vete a chambear a California», susurra la suave patria. Y acaban arriesgando sus vidas en las calles de Bagdad.

Jene bastis que pierres vives, ce sont hommes. Panurge, en Pantagruel, libro II.

Irena y Josef, checos cuarentones, se encuentran en el avión a Praga después de veinte años de exilio. En unos días, se juntarán en el cuarto de hotel de Josef y vivirán una tarde de pasión. Habrá entrega total, embeleso infinito. Pero habrá también un malentendido. Pues Irena está enamorada de Josef desde hace veinte años, y Josef no la recuerda. No tiene la menor idea de quién es ella ni de cómo se llama. Esta situación de mutua ignorancia cambia todo el sentido del encuentro. Irena al darse cuenta de su error se derrumba, llora y sucumbe al sueño y al alcohol. Josef aprovecha para escaparse de puntillas. Su reencuentro con el país natal se resume en una visión final: el sexo de una mujer desconocida, desnuda e inerme. Hace unos minutos, ella pudo ser el alma gemela, la hermana que él nunca tuvo. Ahora Josef «vio largamente aquel pobre lugar desencantado y le vino una tristeza inmensa, inmensa». Paga el hotel, se va al aeropuerto y regresa al extranjero. Fin de la nueva y perturbadora novela de Milán Kundera, L ‘ignorance.

Por supuesto, hay de ignorancia a ignorancia. Kundera lo sabe y nos hace ver que nuestro desconocimiento del futuro, así como del pasado, proyecta una sombra de incertidumbre sobre nuestra vida actual: «¿cómo podemos comprender el sentido del presente si no conocemos el porvenir?» Por otra parte, el naufragio del pasado nos impide reconocer lo que queda de él y lo que nos puede revelar. Así Josef se reencuentra con un viejo amigo que lo confunde con otro y le agradece un favor que nunca le hizo. Y Josef acepta convertirse en el producto de la mala memoria de su amigo.

¿Qué tiene que ver todo esto con la ciencia? Regresar a México siempre es un poco como volver a un pasado imaginario. La batalla contra la propia ignorancia —no es otra cosa el trabajo científico— suele llevarnos a otros países con el pretexto de participar en congresos. En realidad, lo que hacemos es reencontrarnos con amigos y colegas de diferentes partes del mundo. Una reciente visita a San Francisco, en ocasión de la reunión anual de la American Geophysical Union, me permite hacer estas reflexiones.

Conozco la región porque mi carrera científica comenzó en Berkeley, al otro lado de la Bahía de San Francisco. Era yo el encargado de las estaciones sismológicas. En aquella época se publicó un libro intitulado El año 2000, que hubiera divertido a Kundera. Los pretenciosos «escenarios» elaborados por los más fogueados expertos de hace cuarenta años no lograron penetrar la neblina que envolvía un futuro que ahora sí se ha convertido en nuestra realidad. No vale la pena entrar en detalles: basta decir que no acertaron en nada.

Mi trabajo de sismólogo en Berkeley consistía en detectar las pruebas nucleares de Estados Unidos, y en lo posible las de Rusia y China. Las explosiones americanas eran detonadas bajo el desierto de Nevada y supuestamente eran secretas. En realidad era fácil distinguirlas porque ocurrían a las siete de la mañana en punto. Las del bando contrario se hacían en zonas sísmicas para confundir al adversario. Luego se firmó un acuerdo internacional que las prohibía, pero es probable que se reinicien después de la reelección de Bush ya que la actual estrategia americana demanda armas capaces de destruir objetivos bajo tierra. Comentando el asunto con mis colegas del otro lado, puedo reportar que toman estas cosas con calma. Ya nadie parece recordar las enseñanzas de la Guerra Fría. ¿Pruebas nucleares? Serán buenas para los sismólogos: tendremos mucho trabajo.

Washington está de plácemes. Irán y Libia, naciones envidiosas y viejas enemigas, ya doblaron las manos y se disponen a renunciar a su armamento nuclear. Al-Qaeda, otro engendro americano, está ayudando a Estados Unidos a estrechar el cerco en torno a la dinastía Saudita. Ariel Sharon es apuntalado por los propios desatinos y los de la militancia islámica. Sadam Hussein cae en el momento oportuno. Nadie le complica la vida al presidente Bush: tampoco lo hacen Alemania, Francia o Rusia.

En el país de las maravillas que es nuestro México, lo más simple suele tornarse problemático. En Estados Unidos hasta los enemigos colaboran.

Estamos viviendo otra revolución científica y tecnológica. Los pilotos militares ya no se suben a los aviones: los manejan desde tierra. ¿Dónde está la ciencia? Ahora se comprueba la expansión acelerada del universo y se mide la distancia entre los branes, que son universos paralelos interconectados por la gravedad. En cuanto a tecnología social, Afganistán e Irak son campos de experimentación que proporcionan enseñanzas valiosas a un costo moderado. Ese costo lo pagamos los países expulsores de la propia población. México apuntala la infraestructura demográfica de Estados Unidos. ¿Cómo detener esta hemorragia de gente trabajadora? Ya no son nada más los ejidatarios de Zacatecas, también se van los científicos y los hombres de negocios. Casi no hay familia mexicana que no tenga un hijo viviendo al otro lado. «Hijo mío, vete a chambear a California», susurra la suave patria. Y acaban arriesgando sus vidas en las calles de Bagdad.

LOS ALTIBAJOS DEL CONACYT

Ante mí, como un acta acusatoria, tengo el Informe General del Estado de la Ciencia y la Tecnología, México 2003. Cuando el presidente Fox anunció su apuesta por las reformas estructurales, en un momento que ya parece muy lejano, reconoció que nuestra competitividad y sustentabilidad como nación se basaban en la agresividad de nuestra política científica y tecnológica. Y así es en efecto. Se nos aseguró que la inversión en ciencia y tecnología se triplicaría y que por lo pronto llegaría a 1% del PIB. Hoy, desde la postura, o impostura, del cambio se avizora la ineficacia de tales discursos. Cada vez más abstrusos e ininteligibles, han caído en el olvido. La idea misma de nuestra incipiente tradición científica ha quedado gravemente dañada.

Se anuncia un nuevo Premio Nacional de Tecnología cuyos ganadores son empresas; entre otras, hay una fábrica de equipos para cocinas. A los científicos y tecnólogos no se nos pela, y nuestro refrigerador gana premios. Se reforma el reglamento del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) para permitir que ingresen a él ejecutivos sin experiencia en investigación. El SNI es un organismo ampliamente admirado en el ambiente internacional, creado en 1984 para retener a la comunidad científica mexicana, evitando su emigración a los Estados Unidos. Hoy sirve para suplementar los salarios de los gerentes técnicos de las grandes empresas.

La Canacintra señala que apenas el 10% de las pequeñas y medianas empresas, que desarrollan innovaciones en los sectores médico, alimenticio, farmacéutico y químico, han recurrido al Fondo Sectorial CONACYT-Secretaría de Economía. Las empresas mexicanas de alta tecnología prefieren emplear sus propios recursos para innovar. Los Fondos Sectoriales cubren siete secretarías, tres dependencias y 24 entidades federativas, con recursos del orden de dos mil millones de pesos sin contar los de Economía. Según datos del propio CONACYT, apenas 20 grandes empresas participaron en el programa el año pasado. En cuanto a las pequeñas y medianas, el CONACYT logró canalizarles a duras penas 60 millones de pesos, porque «esas empresas no tienen capacidad para invertir en innovación». ¿No era ese el problema que se pretendía solucionar?

La economía mexicana batalla para sobrevivir los embates de la globalización. No es el momento de invertir en innovación, se dice. Entonces lo lógico es recortar el presupuesto nacional de ciencia y tecnología. Y se recorta. Según las estadísticas oficiales, dicho presupuesto había alcanzado su máximo en 1998 y ahora se encuentra estancado.

«El estado de la ciencia y la tecnología en méxico»

La ciencia es un combate contra la ignorancia. Es el tema también de la nueva novela de Kundera. Pero esta novela tiene 181 páginas, y el informe del CONACYT es un monstruo de 449 páginas que incluye un suplemento estadístico de 200 páginas. Entonces, ¿cuál es el estado de la ciencia y la tecnología en México? El informe lo ignora. No nos dice nada al respecto.

Kundera podría objetar que su novela no es un informe administrativo y financiero. Pero hay mucha ficción en ambos. En el libro del CONACYT no se menciona el nombre de ningún científico o tecnólogo. Tampoco se dan ejemplos de avances científicos o tecnológicos que se hubieran realizado en México, y mucho menos de posibles reveses. Sólo se habla de rubros, de acervos, de programas y de indicadores. En un capítulo intitulado «México en el mundo», se constata que otros países sí han hecho avances satisfactorios.

No es ningún secreto que la comunidad científica mexicana está estancada. La edad promedio de nuestros investigadores rebasa los 55 años. No hay plazas para científicos jóvenes, por eso emigran. El sistema de ciencia y tecnología no ofrece garantías de una verdadera competitividad. Los sistemas de promoción y de evaluación favorecen a los científicos de mayor antigüedad, o a quienes se dedican a coleccionar «pilones».

El panorama podría parecer desalentador. Pero no es fatal. El CONACYT admite que «el atraso acumulado por años en el desarrollo científico y tecnológico nacional es muy grande», y habla de un supuesto «replanteamiento del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología». Por ahora, este replanteamiento parece consistir en más administración, y no en más calidad. Pero eso no puede seguir.

El gobierno alemán, al enfrentarse a un problema similar, replantea su política científica en forma realista. Flexibiliza las estructuras académicas para permitir una mayor competitividad, y selecciona los campos del conocimiento donde hay oportunidades de competir. Quiere ser la segunda potencia científica y tecnológica mundial. Nosotros, que somos el décimo país en tamaño de la economía y de la población (lo dice el CONACYT), ¿no deberíamos aspirar a ocupar el décimo lugar en ciencia y tecnología?

Los avances científicos y tecnológicos siempre son producidos por una minoría. Se trata de tomadores de riesgos, individuos que se avientan. Rabelais ya lo dijo hace quinientos años: sólo con piedras vivas se puede construir un mundo nuevo. n