RECUERDO DE CORTÁZAR

POR SAÚL YURKIEVICH

Este mes de febrero la Cátedra Julio Cortázar de Guadalajara rendirá un homenaje al mayor de los cronopios. Saúl Yurkievich, amigo de Cortázar y uno de los editores fundamentales de las Obras completas del escritor, participará en este homenaje. Por su parte, con este texto del mismo Yurkievich, Nexos celebra también a uno de los más grandes escritores del siglo XX.

Lo recuerdo cuando escribía Rayuela (yo no sabía o sabía apenas; él no gustaba hablar de lo que estaba escribiendo), lo veía fuera de todo lo que constriñera, fuera de todo marco institucional y oficial, fuera de la sociedad literaria, sin posición adquirida ni segura posesión terrena, enteramente disponible para acoger esa turbamulta que advenía: “En el suelo o el techo, debajo de la cama o flotando en una palangana había estrellas y pedazos de eternidad, poemas como soles y enormes caras de mujeres y de gatos donde ardía la furia de sus especies”. Y tenía que escribir en esa fisura de lo real aparente, en esa fisión de la costra aparencial eso que se le daba en cadena de implosiones y explosiones, esos refractantes u obliterantes del principio de identidad, esa remoción radical, el gran desbarajuste, la tempestad tempoespacial que reclama súbito coágulo del ser, explayar de golpe, a golpes, con arrebatadora exaltación, la totalidad del hombre. Y se entregó a sí mismo, a ese orden de los dioses que es ciclón o leucemia, ciclón que da Rayuela o leucemia que lo fulmina. Y nos entregó Rayuela, sismo de letras que trastoca no sólo el modo de novelar, también y sobre todo nuestra existencia en el mundo con el mundo entreverados, confundidos para poder, porque todo es puente de hombre a hombre, porque nace de semilla y no de injerto, para poder saltar de uno mismo en lo uno y en lo otro y de lo otro en lo uno y en uno.

Pero me dejo exaltar por lo que quiero, por el hombre admirable, por sus dones que agradezco. (Si Julio me oyera me diría: Pero Saúl, no me magnifiqués, no me hinches.) Julio era hombre exteriormente sencillo, siempre afable, solícito, integralmente digno y divertido. Era entrañablemente digno, tanto y con tanta naturalidad que su trato excluía lo soez, lo confianzudo, lo chabacano. Estaba ante uno del todo presente, del todo dispuesto, pero reservado, púdico, poco afecto a la confidencia demasiado privada, nada propenso a la crónica sentimental, para nada a la comidilla. Se destinó desde el comienzo a escritor y a escribir se consagró por completo, libró con pugna su combate por una escritura ni escape ni docencia donde el hombre reencuentre su reino, donde no se reconozca límite a las posibilidades humanas, donde un cuento sea a la vez síntesis viviente y vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia.

Cogida de un picador, 1793.

En efecto, Julio era un tal Lucas, ese hombre que colecciona discos, que se solaza con Gesualdo y que a la hora de la muerte pide escuchar dos cosas: el último quinteto de Mozart y un solo de piano —”I ain’t got nobody”— de Earl Hiñes. (Espero que en su entremundo oiga el fraseo fusor de “I ain’t got nobody”, esas largas caricias nerviosas de Earl Hines, ese remolino bailarín de las manchas Volaná y Valané.) Julio era el hombre que pone la pipa del lado izquierdo del escritorio y el vaso con lápices a la derecha un poco más atrás, que tiene su negro sillón de lectura (que ahora poseo) al lado de la lámpara y a sus pies una pila selecta de libros y revistas y que todos los días a las seis y media se sirve su scotch con dos cubitos y poca soda, que gusta del tabaco inglés y de las novelas góticas, del Chivas Regal y de Woody Alien, de Bessie Smith y de Viera da Silva y que procura con devoción, sinceramente, sin muletillas epistolares, responder como un suicida de la pluma a todas las cartas que recibe de incesantes lectores que por el mero y magno hecho de leerlo se consideran ya íntimos amigos.

Julio quería decir esa cosa innominable que llega “desde el centro de la vida, desde ese otro pozo (¿con cucarachas, con trapos de colores, con una cara flotando en un agua sucia?)”, decir por un lado el pandemonio íntimo y, por el otro, jugar desembarazada, desfachatada, gozosamente con las palabras; “volposado en la crosta del murelio se sentía balparamar perlinos y márulos”; quería que el oso y la miel fuesen una bola de coaltar, pelos patas coaltar, la miel del cielo en su lengua hocico, en su alegría pelos patas, o que todos los copartícipes del juego nos saludásemos buenas salenas cronopio cronopio. Por un lado hacía resurgir la mítica bestialidad de Pasifae y el toro de Minos que frenéticamente se acoplan en un cuartucho de hotel revestido con horrible papel floreado, y por el otro gustaba de los chiches, de muñequitos a cuerda que traía de sus viajes, del pianito de Saignon con las teclas numeradas en el cual tocaba ufano “Alexander’s Ragtime Band”, o el móvil de sirenitas confeccionado con peines para señora color rosa bombón o el siniestro obispo de Evreux que era un sarmiento retorcido y que era a la vez una mandragora y que para conjurar sus malignos poderes debía permanecer encerrada en una fiambrera que colgaba del techo de ese cuarto con piso de cemento y con mampara donde Julio escribía. Taller del juguetero y del escritor, ese refugio con la gran morera al lado, antro generador de obras maestras fue.

Julio concita encuentros milagrosos, hace bambolear sus personajes al borde del abismo poblado de ecos y de premoniciones, hace que una inmensidad imperiosa nos subsuma o exalte y a la vez se divierte con el lenguaje bobo de Gekrepten o con los diálogos cursis de la señora de Cinamomo; y cuando el estremecedor de los trasfondos se siente abrumado por los zarpazos ónticos, se inventa el distasteful Abdekunkus que no es un demonio extraído de un grimorio sino una especie de silencio neurótico, una concreción de vacío, o se va a charlar en ingenioso y agudo lunfardo con nosotros, con sus amigos, con esos petiforros, esos croncos, ese dúo de piolas porteños vestidos de cafishios que son Calac y Polanco, que chacotean y se pelean en solfa y que todo, absolutamente todo lo dicen en broma, porque saben, porque de la vida, esa flámula tenue y obstinada, porque de la existencia (trapo agujereado que se deshilacha), de la antimateria palpitante de adentro, de las llagas y las flores de labios temblorosos que llevamos, lo saben todo y, como Macedonios orales, a eso sólo aluden con ironía, a la hinevitable hinterpolación en la hora metafísica sólo por chanza la sugieren, eso que une esta mesa con un amor de antaño, eso que se debate contra una pared esponjosa, de humo y de corcho, inasible y ofreciéndose, eso para Calac y para Polanco es indecible o únicamente se dice como Julio dice, se dice por plaga, por contagio, por constelación instantánea, la tierra vuelta abajo. n