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BARÓMETRO

PARA INICIAR EL AÑO

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Si la globalización va a trabajar a favor nuestro es obligado volverla nuestra, nacionalizarla, mediante la revisión de las estrategias seguidas y un cambio de rumbo que no arroje al niño con el agua sucia de la bañera.

Las jugarretas

de la globalización siguen su curso inesperado

Se trata, dice David Ibarra, de vericuetos que originan serias disonancias históricas sobre todo en las naciones periféricas. «Al poco andar», escribe Ibarra, «el relato dominante del libre cambio y la democracia formal ve desvanecer sus promesas civilizadoras: unas, frente a las desigualdades crecientes dentro y entre países; otras, ante Estados formalmente democráticos y soberanos pero maniatados para atender demandas razonables de sus ciudadanos» (Los vericuetos cambiantes del orden internacional, borrador, octubre 2003, p.5)

Sin un verdadero mercado único global y libre, lo que impera es la ilusión de que éste llegará algún día, pero también la sospecha de que el mundo se perdió en la senda de la retórica globalista sin reparar en las dificultades inscritas en el proceso mismo. Se confundió lo real con un supuesto ideal, hasta que las sorpresas desagradables y las noticias ominosas fueron abrumadoras. El mercado libre ha tenido una «historia corta» y hoy se detiene ante unos Estados Unidos que optan por verse como una entidad autosuficiente pero al mismo tiempo capaz de regir desde su aislamiento al mundo que lo rodea. «Los Estados Unidos pueden ser la última superpotencia pero no dictar el desempeño de los mercados globales. En el curso de la más grande burbuja del mercado de valores, Estados Unidos se volvió el más grande deudor del mundo. Los niveles de vida americanos dependen ahora de que los flujos de capital del resto del mundo continúen a las extremadamente altas tasas del pasado reciente. Si no lo hacen, el dólar caerá y la crisis financiera vendrá». «De ser el que marcaba la pauta de la globalización, Estados Unidos optó por la globalización en un solo país. El gobierno de Bush caerá en la historia como el enterrador del mercado libre global… De una parte, el mercado libre global dependía de un compromiso permanente de Estados Unidos con el libre comercio. De otra, requería que los inversionistas extranjeros continuaran aceptando al capitalismo americano como un modelo universal. Cuando estas condiciones quebraron, el mercado libre global empezó a desmoronarse» (John Gray, Al Qaeda and what it means to be rnodern, The New Press, New York, 2003, pp. 44-58).

Los macrofraudes en las corporaciones estadunidenses, las profundas caídas económicas y sociales de Asia, la explosión financiera rusa pronto se unieron al efecto tequila y conformaron el vestíbulo para el derrapón samba y la caída libre del tango conosureño. Ahora, como lo ha escrito Paul Krugman y confirmado el propio FMI, la economía americana se presenta como el gran desequilibrador mundial con unas finanzas públicas e internacionales tercermundistas. El foco de la próxima cruzada americana se mueve de Irak y Bin Laden a la propia capital estadunidense, donde moran los inspectores del Fondo.

el sueño de los justos

Nosotros, en la autocomplacencia con el cambio del 2000, y las ilusiones en el TLCAN, nos quedamos nomás milando mientras los chinos inundaban al mundo de mercancías y nos desplazaban del lugar de privilegio en el mercado americano que habíamos alcanzado en los efímeros años de gloria del doctor Zedillo, que arrancaron gracias al boom de Estados Unidos y la drástica devaluación de 1994-95. A partir de 2000 —se sabe, pero hay que repetirlo— todo ha sido deslizamiento hacia abajo en materia productiva y de empleo, con el consuelo de una estabilidad amarrada a la contención monetaria, la restricción fiscal y la sobrevaluación persistente del peso.

Se trata de una estabilidad que cava su propia tumba: la constricción monetaria se plasma en un mercado de crédito estrecho y hostil a la inversión privada productiva; la sobrevaluación del peso conspira contra las ganancias en el comercio exterior, y nos augura eventuales caídas bruscas en el tipo de cambio; la penuria fiscal afecta la infraestructura, arremete contra la productividad general de la economía y acumula carencias de todo tipo que pueden desplegarse en demandas tumultuarias por más gasto público en el futuro. No hay estabilidad que dure si se basa en la parálisis productiva, pero es lo que se ha hecho en estos años.

La denuncia del ex presidente Salinas del sacrificio inicuo del gasto público para el campo en los años que siguieron a la crisis del 94-95, debería ser respondida por quienes lo sucedieron, pero también por quienes lo acompañaron en su política de compensación agropecuaria. No lo han hecho, pero las cifras son estruendosas. Según él, la deuda acumulada del Procampo asciende a ocho mil millones de dólares y su incumplimiento puede estar en la base del agudo deterioro del mundo rural mexicano (Proceso, 1418, 14 de enero 2004. Foreign Affairs en español, volumen 4 #1, enero 2004).

Sin embargo, más allá de este extraño Fobaproa urdido por el propio gobierno, lo que está en cuestión es la revisión del conjunto de la política económica adoptada a partir de la crisis que estalló en la última sucesión priista. Más que otra generación de reformas, lo que urge es reformar su pauta y contenidos.

Las incapacidades del Estado mexicano, ahora cruzado por una pluralidad rampante pero sin cauce, para revisar sus decisiones, corregir errores y salir al paso de coyunturas difíciles y a veces imprevistas, es lo que las crisis han puesto de relieve. En particular, han mostrado que sus resortes intelectuales (habría que llamarlos también culturales) no pudieron ser actualizados por el frenesí reformista de Salinas.

La fantasía del libre mercado se apoderó de sus cuartos de mando y elaboración y contagió a la gran empresa pero también a la mediana y pequeña que habían sobrevivido al chaparrón de la apertura indiscriminada y abrupta de fines de los ochenta. «Ellos saben lo que hacen», me dijo un amigo empresario en los primeros años del gobierno de Salinas, cuando yo insistía en la necesidad de una política industrial para materializar las promesas de la apertura y del TLC entonces nonato. Seguramente sabían, pero no tanto, y su obsesión por la armonía del equilibrio general nos llevó a este desequilibrio larvado que ha sometido a! país a un estancamiento inaceptable y sin una solución de continuidad productiva y promisoria. El reino de las ideas únicas se tornó en estos años en una ínsula barataria.

Demasiada prisa y ansia por ir al fondo de las cosas en un santiamén: todo eso se puso en acto gracias a un formato político que permitía la sobreexplotación del Estado y del sistema político de «partido casi único». Hoy, en un contexto distinto y cada día más lejano del «priato tardío», como lo llama León García Soler, es preciso pensar en otras rutas y modos de caminarlas, pero la dictadura de la senda elegida antes se da la mano con las inercias del presidencialismo ido pero añorado y venerado por casi todos los actores del cambio democrático.

En Monterrey, y antes desde Washington, topamos con las realidades más duras de la globalización a la americana. La migración es fenómeno central de nuestro mundo, pero también testigo de cargo contra nuestras debilidades estructurales, la incapacidad de crear empleo adecuado, de repartir con un mínimo sentido de justicia y visión de mercado de largo plazo. El libre comercio que todos aprobaron no traerá respuestas prontas y eficaces a esas fallas geológicas de este «extremo occidente». La respuesta puede estar en el viento, pero no en el que viene del norte.

Si la globalización va a trabajar a favor nuestro es obligado volverla nuestra, nacionalizarla, mediante la revisión de las estrategias seguidas y un cambio de rumbo que no arroje al niño con el agua sucia de la bañera, como en buena medida lo hicieron los neoliberales que hoy hacen mutis. Estas deberían ser las reflexiones de inicio de año; en lugar de ello, se busca descontarlo y se prefiere desear feliz 2005, cuando no soñar en un providencial 2006. En fin… n