“Un día cayó en mis manos”, dice Enzensberger, “la transcripción del Codex florentinus, la copia más importante de la Historia de las cosas de la Nueva España de Bernardino de Sahagún. Así nace La fiesta de las flores, un poema en idioma alemán, que regresa a México, su país de origen, en una más de sus metamorfosis en español”.

Traducir es cosa de suerte; una aventura llena de riesgos y esperanzas. El siguiente poema ha experimentado algunas de esas transformaciones. Tiene su origen en un texto náhuatl que rescata Bernardino de Sahagún.

Pocos años después de Hernán Cortés desembarca en Veracruz un monje franciscano español. El primero destruye una gran cultura; el segundo, la conserva. Su obra: Historia de las cosas de la Nueva España se escribe entre 1557 y 1570, pero se publica completa sólo cuatrocientos años más tarde. El año de 1577, el rey de España descubre su existencia; ordena al virrey en Nueva España impedir su publicación y presentar el manuscrito ante el Consejo de Indias en Madrid; además prohibió hacer traducciones o copias de ella. La Historia desapareció de los archivos.

En el sentido estricto de la palabra, Bernardino de Sahagún no escribió esa historia; él es su espíritu rector, su promotor y exégeta. Los verdaderos autores son los sobrevivientes de un genocidio: los hijos de antiguos linajes aztecas que escaparon a la catástrofe. El franciscano los lleva a su escuela de Santa Cruz de Tlatelolco y allí los instruye. En su propio idioma, estos testigos de una civilización destruida escriben lo que saben de sus padres. La Historia le hace justicia a su nombre. Ella es la descripción de un mundo con sus mitos y su historia, sus costumbres y su idiosincrasia, con todas sus revelaciones, desde el Dios-sol hasta el más pequeño insecto. Mucho tiempo antes de que inventen esa disciplina, Bernardino es el fundador de la etnografía, y le ha puesto a esa ciencia un monumento imperecedero.

La escritura de los testimonios no sólo es ciencia, sino también poesía; porque presupone nada menos que una segunda creación del mundo en palabras.

Un día cayó en mis manos la transcripción del Codex florentinus, la copia más importante de la Historia —se trata de la edición de Arthur J. O. Anderson y Charles Dibble, Santa Fe, New Mexico, 1951-1963—, tuve que leerla en la traducción del náhuatl al español de Bernardino y en la versión inglesa del original. Un rico material poético. No pude resistir a la tentación de añadirle un eslabón a esta larga cadena de tradiciones. Así nace “La fiesta de las flores”, un poema en idioma alemán, que regresa a México, su país de origen, en una más de sus metamorfosis en español.

La fiesta de las flores

Regalo flores.
Reparto flores. Planto flores.
Colecciono flores.
Levanto flores.
Levanto distintas flores.
Las arranco.
Despedazo flores.
Las destruyo.
Anudo flores.
Enlazo flores.
Hago flores.
Invento flores.
Las recojo del aire.
Hago de las flores ramos, desiguales, ramos redondos.
Cada vez más grandes y grandes.
Hago una guirnalda de flores, una sábana, un ramo,
una cama, una mano.
La anudo.
La enlazo.
Le pongo hierbas.
Le pongo hojas.
Hago una serpiente de flores.
Huelo algo.
La huelo a ella.
Hago que huela una flor.
Le regalo a alguien flores.
Le regalo a uno una flor.
Le pongo a alguien flores.
Le pongo una serpiente con una cadena de flores.
Le pongo una cadena de flores.
Le pongo una guirnalda alrededor.
Le doy una guirnalda de flores.
Lo visto con flores.
Lo revisto de flores.
Lo cubro todo de flores.
Destruyo a uno con flores.
A él lo destruyo con flores.
Le causo heridas con flores, les causo heridas con flores.
Con beber y comer, con tabaco, ropa y oro.
Lo encanto, lo excito con flores, con palabras.
Lo encanto.
Digo:
“Lo acaricio con flores.
Lo seduzco.
Le digo un largo discurso.
Lo muevo con palabras.
Con flores”.
Le pongo flores a uno, o despedazo las flores,
o hago las flores, o las recojo del aire
y se las doy para una fiesta.
No termino de darle flores en la mano.
O le pongo una cadena, una serpiente.
Le pongo una guirnalda de flores, de palabras.
O lo encanto. O le doy algo.
O le sigo dando nada más que flores y palabras.

 

Hans Magnus Enzesberger

Traducción de José María Pérez Gay