DE VIAJE CON MARK TWAIN

Inocentes en el extranjero se escribe y ocurre en el momento en el que la pasión viajera es sustituida por el turismo. Twain nada en esas dos aguas y lo hace con destreza, como siempre.

“Todo lo que yo deseaba era ir a alguna parte; todo lo que deseaba era un cambio”, leemos en Huckleberry Finn, la novela más vital de Mark Twain, a la que Hemingway bautizó como la piedra angular de la moderna literatura estadunidense. Ir a alguna parte: no hay propósito más sincero detrás de Inocentes en el extranjero (Ediciones del Azar, Barcelona, 2001), una crónica de viaje que acaba de traducirse al español y en la que Twain no sólo exhibe su talento para la ironía sino su pasión ya madura por el periodismo. El prestigio de las crónicas de viaje parece reservado únicamente para los exploradores, los conquistadores, los visionarios y soñadores; jamás para los turistas. No hay mucho respeto hacia quienes viajan por un mundo ya conocido. Nada. se supone, como la tierra ignota, como “ser el primero”, como dar un gran paso en la historia de la humanidad. Eso dejó de existir en la época misma en que vivió Mark Twain. Ya que no hay región por descubrir, por qué no hacer el retrato fiel del turista que se lanza en busca del mundo conocido con la audacia y el arrojo del viajero. Ese retrato, por supuesto, es el del mismo Mark Twain, pelirrojo, 1.75 de estatura, de paseo por Europa y Tierra Santa.

Estamos en 1869 y Mark Twain se encuentra muy cerca de cumplir cuarenta años. “No obstante ser solamente el recuerdo de una excursión, tiene un propósito: sugerir al lector cómo vería quizás a Europa y al Este si contemplara esas regiones con sus propios ojos en vez de mirarlas con los ojos de quienes hicieron el viaje antes que él”. Twain envió una parte de esas impresiones al Daily Alta California, The Tribune y al Herald de Nueva York. Un lector quisquilloso podrá elevar alguna protesta por ciertos pasajes en los que Twain no hace nada por ocultar un sentimiento de superioridad que tiene mucho que ver con una idea de Europa como depositada de la tradición y de Estados Unidos como baluarte de la modernidad. Algún otro hará muecas ante la cantidad de sarcasmos que Twain destina por igual a españoles, franceses, italianos… Habría que decir que Twain hizo lo mismo con los estadunidenses. Lo suyo era la exposición mordaz del individuo a quien le queda grande cualquier situación “nueva”. De modo que es mejor guardarse las invocaciones a lo políticamente correcto y leer a pierna suelta. Leer, por ejemplo: “En Marsella fabrican la mitad de jabón de tocador que se consume en América, pero los marselleses sólo tienen una vaga idea teórica de su uso, obtenida en libros de viajes, donde se han enterado, también, de la existencia de camisas limpias, de gorilas y otras cosas no menos singulares y raras”. O bien: “he podido echar una ojeada a los rostros de distintas moras (…) y me siento lleno de admiración por la prudencia que las induce a cubrir tan inexcusable fealdad”. O bien: “hemos visto el antiguo orgullo de Venecia, los Caballos de Bronce, que figuran en mil leyendas. Venecia tiene motivos para mimarlos, pues son los únicos caballos que haya poseído. Hay centenares de personas en la ciudad, según dicen, que no han visto en su vida a un caballo vivo, de carne y hueso. Sin duda es la pura verdad”.

No hay detalle, maravilla o inconveniencia que escape a los ojos y a la curiosidad de Mark Twain. Y eso toma consistencia mediante un estilo siempre en movimiento. Twain es rápido para la descripción, certero para dar con lo mejor y lo peor del ser humano, divertido, ameno y, claro, elegante incluso cuando se trata de practicar la denostación. No tiene reparos en ser sincero: se aburre en los museos, se declara incompetente para el arte, bosteza frente a lo que la mayoría declara hermoso, reniega de las puestas de sol y la cursilería que traen por delante, no le interesa repetir los lugares comunes. Y todo, contra las apariencias, sin asomo de amargura.

Los libros de viajes se antojan hoy una cosa del pasado. Al espíritu rápido y práctico del presente le sientan bien las guías, los consejos que se prodigan por internet, los oficios de quienes ya estuvieron ahí a donde vamos. Inocentes en el extranjero se escribe y ocurre en el momento en el que la pasión viajera es sustituida por el turismo. Twain nada en esas dos aguas y lo hace con destreza, como siempre. n