TIRANÍAS DEMOCRÁTICAS

SOBRE LA CONFUSIÓN POLÍTICA

POR JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ

El gobierno confunde de este modo la encomienda fundamental de todo gobierno: decidir. Y decidir significa, fatalmente, imponer una voluntad sobre otras. El problema es que se cree que eso es un acto antidemocrático, se piensa que las leyes son legítimas sólo cuando obtienen el consenso universal.

La tiranía, decía Pascal, consiste en “querer conseguir por un medio aquello que no se puede conseguir más que por otro”. Es un abuso tiránico rendir homenajes impropios a los distintos méritos. Se ofrece a la belleza el homenaje del amor, se festeja la opinión como si fuese conocimiento, se alaba la fuerza con el tributo de la obediencia. La confusión, que empieza como un tropiezo de la inteligencia, termina siendo una forma del abuso. Así podríamos decir que la confusión política mexicana es una coalición de pequeñas tiranías. La mezcla de lo que debe permanecer separado, el desorden, la ausencia de claridad no es, en efecto, una simple sombra que nubla el entendimiento. Es asiento de la nueva arbitrariedad.

El orden político ha de ser, ante todo, un inyector de claridad. Sin él, decía el autor del Léviatán, no hay cómputo del tiempo, no hay cultivo de la tierra, no es posible el avance de la ciencia o el florecimiento del comercio. El Estado no se constituía simplemente como reunión de la fuerza privada, sino como la concentración de la verdad legítima. Si la confusión era la consecuencia mental de la anarquía, la paz supone la unificación de los significados. Así, Hobbes veía al Estado como el supremo definidor: gracias al soberano, los hombres podrían saber que esto existe, que esa conducta es ilegal o que ese dibujo es feo. En su ausencia, los significados reñirían en la selva natural. El absolutismo hobbesiano tan sólo lleva a su extremo la aspiración de cualquier orden político: dotar al mundo de una clave para valorar la acción humana y establecer una pista para clausurar los conflictos. El poder político, cualquiera que sea su forma, pretende  conformar las bases de la previsibilidad y de la eficacia. El orden pluralista, sin embargo, coloca otros valores al lado del anhelo de certeza. De hecho, la certeza absoluta resulta pronto incompatible con el pluralismo. La diversidad coloca en juego los distintos intereses convirtiendo el desenlace de la política en un acertijo. Por eso la democracia es un hábito de la incertidumbre.

Pero una democracia bien asentada se levanta en certezas firmes. Las reglas, en primer término, son el piso de esa competencia de desenlace desconocido. Los competidores tienen un perfil más o menos claro, el juego es conocido por todos, los cronistas no saltan a la cancha, los árbitros imponen su palabra. Esa es la marca de las democracias estables: el espacio de lo debatible está claramente enmarcado por un cerco que no está sujeto a negociación. Las reglas mexicanas, sin embargo, están sometidas constantemente al forcejeo de las transacciones. Se trata de una confabulación contra la legalidad que tiene, en una mano, argumentos sobre la inconveniencia de la estricta aplicación de la ley y, en la otra, los temores de quien tiene la responsabilidad de hacer cumplir los mandatos del derecho. Por un lado, los grupos sociales argumentan que aplicar la ley de modo estricto es una forma del abuso; por el otro, las autoridades temen que el cumplimiento del deber sea un acto represivo que desencadenará la resurrección del autoritarismo. La prudencia, dicen de muchas formas, aconseja la inaplicación de la ley. El resultado es que se confunde la ley con un consejo. La norma es apenas una recomendación cuyo cumplimiento es enteramente voluntario. Los semáforos son luces que sugieren detenerse o avanzar, nunca órdenes que hay que cumplir.

El gobierno confunde de este modo la encomienda fundamental de todo gobierno: decidir. Y decidir significa, fatalmente, imponer una voluntad sobre otras. El problema es que se cree que eso es un acto antidemocrático, se piensa que las leyes son legítimas sólo cuando obtienen el consenso universal. Se trata de una forma de justificar el miedo a decidir. México entra a la democracia en el momento en que reina la devoción por las encuestas. El hecho —que tiene, por supuesto, consecuencias muy apreciables— ha sembrado también la trampa de que el gobierno es una máquina para cultivar la simpatía. La obsesión por agradar, la necesidad de recibir el alimento cotidiano del aplauso, la manía de la popularidad provocan que el político de nuestro tiempo se acerque con pavor a la decisión. Se confunde el gobierno como una nueva plaza de la campana política.

La confusión se alimenta frecuentemente de la convicción de que vivimos tiempos excepcionales. Siguiendo las pautas de los clásicos del horizonte dictatorial, los actores políticos mexicanos deslizan un argumento explosivo: la ley ha de cumplirse con todo rigor cuando se viven tiempos normales. Pero éstos no son tiempos normales, son tiempos extraordinarios. La coyuntura histórica, en consecuencia, impone obligaciones de negociación por encima y por fuera de la ley. Los tiempos excepcionales no pueden ser regulados por normas ordinarias. La política de la ilegalidad se refuerza por una confusa interpretación del presente. Los relojes políticos del país no señalan la misma hora. Las manecillas de algunos relojes apuntan al amanecer de la transición. Estamos empezando el cambio democrático en México. Las estructuras del autoritarismo siguen dominando el escenario nacional, por lo que hay que emprender la lucha para desbaratarlas. Otros relojes consideran que es ya el anochecer de ese proceso. Que ya se han librado las batallas democratizadoras más importantes y que sólo quedan por ganarse algunas contiendas secundarias. De cualquier manera, siguen pensando que el amanecer de la democracia está todavía en el futuro. México no es aún una democracia auténtica. Es, si acaso, un régimen político en curso de convertirse en democracia. Finalmente, hay relojes que apuntan al mediodía democrático. El país es ya un sistema plenamente democrático, aunque padezca los problemas de una democracia inmadura y los efectos nocivos de instituciones mal ensambladas.

¿Cómo puede haber acuerdos en un régimen político en el que los actores no se ponen de acuerdo en el sentido del presente? Mientras hay algunos que consideran que la prioridad es desmontar el autoritarismo reinante, hay otros que creen que lo importante es que el nuevo régimen produzca resultados. El conflicto que vivimos no es meramente un desacuerdo sobre el sentido de las decisiones que deben tomarse; es un desacuerdo sobre el terreno que se pisa. La confusión sobre la naturaleza del presente reside en los mismos actores. Un día piensan, declaran y actúan como si habitaran los tiempos épicos de la lucha contra el autoritarismo; otro día se comportan como si residieran en la democracia de sus sueños. La confusión no es por ello un enredo entre sujetos políticos; es también un enredo que existe dentro de ellos.

Mayor es aún el enredo de los actores sobre el perfil de su identidad. ¿A quién ven los partidos cuando se miran al espejo? No el partido que son, no el partido que pueden ser sino frecuentemente el partido que fueron, el partido que ya no pueden seguir siendo. El espejo de las identidades tradicionales se ha roto. Los actores se miran frente al resquebrajado cristal de lo que ya no existe. El equipo presidencial no se entiende como equipo sino como una reunión de motores independientes que caminan en su propia dirección. La unidad ejecutiva, la gran ventaja de la Presidencia en un contexto de fuertes oposiciones institucionalizadas, se disuelve de inmediato con esa revoltura de misiones y la ausencia de un criterio de disciplina.

El partido en el gobierno ha tenido enormes dificultades para reconocer su nueva responsabilidad. Sus reflejos son aún los de un partido de oposición que ha de levantarse en defensa de su dignidad contra los arrebatos del poder. El panismo ha aparecido con mucha frecuencia como un partido de oposición más que fija públicamente límites a la arbitraria voluntad presidencial. Los reflejos panistas siguen siendo parlamentarios, no administrativos; locales, no nacionales; opositores, no gubernativos. El PAN confunde de este modo la responsabilidad que la victoria le impone.

Siendo el mayor partido político en el país, el Partido Revolucionario Institucional no ha sido capaz de reconstruir su identidad como fuerza de oposición que cogobierna. Tras perder la presidencia de la República, el PRI no tiene ya un núcleo ordenador. Está condenado a no tener jamás un corazón ideológico. Pero no ha encontrado el liderazgo que logre una cohesiva estrategia pragmática. Por ello da tumbos entre la colaboración y el boicoteo. El partido que quiso ser el recipiente de todas las fuerzas políticas del país sigue tratando de ser todo para todos: un partido para los reformistas, para los modernizadores, para los nacionalistas, para los estatistas, para los globalizadores y los antinorteamericanos. A fin de cuentas, el mango lo han tenido quienes apuestan a la derrota del gobierno panista porque la adherencia más fuerte del partido se encuentra en la contraposición al gobierno foxista.

Y el partido del centroizquierda se enreda con su papel en una democracia que no acierta en reconocer. Si bien sus administraciones locales gobiernan con relativo éxito, su representación parlamentaria sigue impulsada por el ánimo de defender una agenda arcaica. La tentación a la que sucumbe es la de defender un gratificante aislamiento ideológico. Ser el depositario exclusivo de la virtud en medio de los gemelos que venden la patria.

Los medios de comunicación aparecen como magnificadores de la confusión. No puede decirse en justicia que propicien la racionalidad del debate político, sino todo lo contrario. Se hace de la trivialidad de las declaraciones el centro de la discusión nacional. La independencia que los medios han ganado no se ha acompañado de seriedad en el registro de lo relevante. Si hay un deber que los medios de comunicación están llamados a cumplir es justamente la labor de designar lo significativo. Tomar los periódicos por la mañana, escuchar la radio o ver la televisión nos conduciría a la idea de que el país depende de las palabras de sus políticos, de la ocurrencia de sus respuestas, de la virulencia de los altercados verbales. No es extraño que vivamos en esta confusión si tenemos estos medios como ventana del mundo. n

La confusión, que empieza como un tropiezo de la inteligencia, termina siendo una forma del abuso. Así podríamos decir que la confusión política mexicana es una coalición de pequeñas tiranías. La mezcla de lo que debe permanecer separado, el desorden, la ausencia de claridad no es, en efecto, una simple sombra que nubla el entendimiento. Es asiento de la nueva arbitrariedad.