CADA QUIEN SU ALCACHOFA

POR EMILY HIND

“Me llamaste cabrona”. Con esas palabras, Elena Poniatowska resumió la ponencia que yo acababa de dar en El Colegio de México durante el homenaje a la autora que se celebró a finales de septiembre para marcar sus siete décadas de vida y sus cinco décadas de producción literaria y periodística. La idea de que yo la llamara “cabrona” se inspira en una mención que hice respecto al título de la colección de ensayos de Poniatowska sobre mujeres artistas del siglo XX, Las siete cabritas (2000). ¿A poco no es obvio que las “cabritas” esconden unas suprimidas “cabroncitas”? Es decir, la tendencia de “satanizar” a la mujer artista que Poniatowska señala con respecto a Nahui Olin, Nellie Campobello, Tina Modotti y Guadalupe Amor, predispone la interpretación de ellas como más que “cabritas”. Una vez reconocida a la emperatriz como desnuda (la que quieran, en este párrafo las opciones sobran), la pregunta surge respecto a la postura de la misma Poniatowska. Aun siendo mujer y artista, Poniatowska se presenta no como excéntrica y escandalosa en la tradición de la cabroncita, sino más bien como una intelectual modesta y un tanto abnegada. Si la tenemos que acorralar, Poniatowska se desempeña mejor como la cabrita perdonada.

Así se explica la posición de princesa incómoda: Poniatowska es recipiente del Premio Nacional de Periodismo y el Premio Nacional de Ciencias y Artes, entre otros galardones, y desde 1994 es creadora emérita del Sistema Nacional de Creadores Artísticos. En otras palabras, varias instituciones gubernamentales premian y pensionan a la autora para que ésta siga criticando al gobierno. Por lo visto, el gobierno mexicano considera la voz de Poniatowska lo suficientemente fuerte y juiciosa para querer comprarla y Poniatowska, siempre bien educada, acepta este gesto sin moderar su perspectiva. Poniatowska conquista no sólo la burocracia sino también al público lector. No obstante el carácter periodístico de buena parte de la obra de Poniatowska, ese cuerpo de trabajo acumula en las librerías nacionales para otorgarle una omnipresencia cultural. Impresiona su capacidad de seducir a las lectoras en una nación de tele (in)vídentes.

Además de ese éxito, Poniatowska mantiene una ética íntegra. En 1970, en un gesto de solidaridad con la tragedia del ’68, la  autora rechazó el premio Xavier Villaurrutia otorgado por la crónica La noche de Tlatelolco (1971). Acaso se menciona con igual o más frecuencia este premio rechazado que todos los premios aceptados. Tal vez la ética izquierdistamente cristiana, o viceversa, que Poniatowska sostiene dentro y fuera de sus libros, le ayuda a venderse. O posiblemente, Poniatowska navega por las contaminadas aguas mexicanas con el faro invisible cicla suerte; algunos de los subversivos a quienes Poniatowska se atreve a mentar en la crónica La noche de Tlatelolco renacen después como altos funcionarios.

No pretendo llamar a Poniatowska ni cabrona ni hipócrita porque no lo es. Al contrario, Poniatowska es una de las pocas mexicanas que ha alcanzado una posición oficial como artista a través de una independencia critica y una obra sin fundamentos notorios en una vida personal escandalosa. En torno a esa independencia, mi pregunta favorita de ella, citada en el homenaje, es la que lanza sonriente a un funcionario mexicano: “Oiga, ¿y usted roba mucho?”. Ya se sabe lo fácil que es volverse conservadora con la edad avanzada y Poniatowska no se conserva nada; derrama una amable energía y desborda conciencia social. Un texto reciente y ejemplar de su criterio liberal, la crónica Las mil y una… (la herida de Paulina) (2000), indaga el asunto del aborto para reclamar los derechos de una niña violada a tal cirugía. Por cierto; a poco los puntitos suspensivos de ese título no podrían sustituirse por la palabra “chingaderas”? En otra prueba de su ánimo infatigable, este año  Poniatowska publica Tlapalería, una colección de ocho cuentos.

Los primeros dos cuentos, “Tlapalería” y “Las pachecas”, reflejan la temática más apreciada de Poniatowska, el compromiso social también presente en sus crónicas comprometidas y su novela maestra Hasta no verte Jesús mío (1969). “Tlapalería” recupera la tendencia evidenciada en las crónicas de dejar que el pueblo hable sin que Poniatowska como narradora muestre su mano detrás de la pluma. Con la excepción de los primeros dos párrafos, el cuento recopila las voces anónimas que dialogan sin narradora. Ese diálogo colectivo demuestra una cotidianidad más interesante por la técnica que por la temática. A la inversa del cuento anterior, “Las pachecas” no llama la atención tanto por la técnica como por la temática conmovedora. Poniatowska adapta un problema social del día, la drogadicción, para retratar el camino a la imperfección que recorren “las de abajo”.

Tal vez el cuento menos interesante es “Chocolate”, donde se reproduce con fidelidad la figura de la abuela empedernida en amores por perros que se encuentra en la novela autobiográfica, La “Flor de Lis ‘(1988). Probablemente, los mejores cuentos de la colección son “El corazón de la alcachofa” por su narrativa poética y carga simbólica y “Coatlicue” por su temática sorprendente combinada con un lirismo intermitente. Estos dos cuentos muestran una sensualidad admirable. De hecho, durante el homenaje, Felipe Garrido presentó un estudio del erotismo en la escritura de Poniatowska y ciertamente es un elemento en sus textos que merece más atención. En “El corazón de la alcachofa”, la sensualidad representada por el acto de comer la alcachofa conlleva la desilusión amorosa. Al seguir comiendo la alcachofa, cada personaje a su manera, se alude a la fuerza humana o a la negación de renunciar al placer aun si el amor queda vedado. El cuento “Coatlicue” pone a una protagonista extranjera en contacto con la diosa azteca homónima, aunque al final se plantea a la jardinera/Coatlicue como una mexicana más. La ambigüedad. intensidad y frescura del relato producen una narrativa digna de más análisis.

Los tres cuentos restantes se relacionan por un elemento simbólico: la conversión del ser humano en árbol. En “La banca”, una mujer traicionada ataca a un árbol en lugar de su esposo infiel. En “Los bufalitos”, Poniatowska muestra que un guardia de un museo de arte piensa en sí mismo como un árbol durante un momento de felicidad, justo antes de descubrir que su nueva amiga le traiciona. En “Canarios”, Poniatowska retrata a una mujer —al parecer nuevamente soltera— que encuentra la libertad emocional a través del canto del canario solitario. Ese canto siembra un árbol dentro de la mujer. Este vínculo entre los cuentos se relaciona con la biografía que Poniatowska escribió sobre Octavio Paz, Las palabras del árbol (1998). donde la escritora emplea su voz ingenuamente poética para imaginar al poeta como un árbol, el símbolo preferido de éste:

¿Y si no fueras sino un árbol que hablara? ; Y si fueras un fresno? ¿Si todo lo que dices no fueran sino verdes exclamaciones del viento entre las ramas? ¿Un árbol con envoltura humana, un árbol que camina entre nosotros? ¿Un árbol que levanta sus ramas entre el cielo y la tierra y así queda ofrendado?

La ingenuidad de Poniatowska, que caracteriza su método de crearse un espacio artístico oficial a la vez que retiene su capacidad crítica, se manifiesta en este pasaje donde convierte a Octavio Paz en vegetal y considera a su poesía el producto colectivo del viento. Es indicativo de su discreción que Poniatowska expresó esa desestimación a través de preguntas en lugar de afirmaciones. Claramente, tal astilla no cayó lejos de tal Arbol: como bien se sabe, después de una misma noche en Tlatelolco, Paz renunció a su puesto diplomático en la India sólo para después convertirse en otro astro encaramado en el mapa oficial.

La transición entre ser humano y árbol aparece en tres cuentos de Tlapalería que tal vez no son los más fuertes de la colección y eso sugiere el peligro de la influencia. Dada la problemática para la mujer que encarna Paz, no es recomendable que Poniatowska se describa ante el Laureado como “tu admiradora perdida”. Perderse en Paz no beneficia a ninguna escritora. No persigo esa idea porque toda regla literaria que aquí se establece será causa de una rebeldía inminente efectuada por algunas escritoras jóvenes determinadas a romper con el buen decoro literario y así asegurarse un júbilo posterior gracias a unos Premios Nacionales más. El análisis más productivo concierne a la imagen del árbol. Al convertir al ser humano en árbol, Poniatowska evita o nulifica las batallas de género, de raza, de clase social y del injusto triunfo de los competitivos sin ética, porque todos estos árboles son de la misma madera.

En conclusión, Poniatowska escribe mejor cuando permite lucir su considerable talento con el lenguaje. Tal es la seducción de Hasta no verte Jesús mío y “El corazón de la alcachofa”. En ese sentido, sí lo declaro: el talento de Poniatowska está cabrón, n