EMPRESARIO AL BORDE

DE UN ATAQUE DE NERVIOS

POR ROBERTO SALINAS LEÓN

Juan admite que la mayor parte de su jornada consiste en solucionar problemas.

Los breves minutos que quedan para hacer negocios, para pensar en un nuevo esquema con los clientes, o en una forma más eficiente de comercializar los bienes que surte, se han vuelto preciosos”.

 “Para trabajar, hay que trabajar”. Esta inocente tautología es reveladora del drama que encara la actividad de emprender en el laberinto económico mexicano. El empresario cotidiano debe dedicar una gran cantidad de tiempo a formalizar operaciones, estar al día con la miscelánea fiscal, o a subcontratar servicios básicos (digamos, plantas de luz) como “seguros” obligatorios, ante las contingencias que puedan darse cuando asaltan la caja chica o surgen apagones; incluso cuando un auditor público toca a las puertas.

El acto de prosperar es una actividad extraordinariamente costosa en tal entorno. El drama no discrimina, se da con la misma intensa frustración en las diversas modalidades empresariales. A los que desean prosperar, y vivir mejor, esta incertidumbre los tiene al borde de un ataque de nervios.

Una querida amistad, empresario que representa a una empresa transnacional, que se dedica a surtir auto-partes, principalmente radios para automóviles, nos relata la ansiedad que siente cuando amanece. Acude a su trabajo dos horas más temprano de lo usual para ganarle tiempo al tiempo y prepararse para  lo que se convertirá en la pesadilla tradicional cotidiana. Lee un mensaje, enviado la noche anterior desde la casa matriz de la empresa, en el lejano oriente. Los directores exigen una explicación de la disminución de plazas en la operación mexicana, así como una actualización sobre una auditoria fiscal que lleva media década de existencia. Ambas consideraciones son determinantes para evaluar si se renueva la inversión en México.

De inmediato, nervioso pero atento al desafío, nuestro colega realiza gestiones para celebrar una teleconferencia obligada con los emisores de la llamada de alerta, calculando la diferencia de horario. El intercambio queda para las diez de la noche. Este día nuestro amigo no llegará a tiempo para merendar con su familia. No importa por el momento, debe preparar un reporte contundente, que logre persuadir a sus contrapartes orientales de no cerrar la operación. Juan (así se llama este prototípico anti-héroe) lee el periódico y recibe las “ocho” con un vacío estomacal: “México pierde competitividad ante China: los empleos se van”. Así estarán pensando los de allá.

Aun es temprano y, más en la actitud de un litigante que de empresario, empieza a preparar su caso. Hacer o morir. Darwin tenía razón, por lo menos en la aldea global del comercio. En realidad, el lema relevante es tramitar o morir. Apenas termina su café, cuando descubre que, para cuadrar números, deberá enajenar doscientas personas a fin de mes. Esa es la historia de todos los días, desde hace tres años. La empresa de Juan tenía 5,000 empleados en su planta, pero este número se ha reducido a 1,000, y para enero del año entrante estará rondando los 700. ¿Qué les dirá y cómo? ¿Qué harán estas víctimas ahora, ante la baja competitividad de su sector? ¿Será que la única forma de elevar la productividad de la operación es por medio del desempleo sistèmico? Juan es patriota y no se ha rendido en su afán de preservar estos trabajos en casa propia. Pero se siente ahogado ante la inminente amenaza de los directores: me van a  clausurar y a reubicar este centro de operaciones en un lugar más competitivo, como China.

Juan admite que la mayor parte de su jornada consiste en solucionar problemas. Los breves minutos que quedan para hacer negocios, para pensar en un nuevo esquema con los clientes, o en una forma más eficiente de comercializar los bienes que surte, se han vuelto preciosos. Necesita más tiempo, y por ello define: mañana llegará todavía más temprano. Hoy, sin embargo, deberá dedicar un tramo considerable tramitando la desocupación de las plazas designadas, y otro tramo a la delicada terapia requerida para transmitir la amarga noticia a los miembros de su comunidad laboral —tiempo que, con pronunciada culpabilidad, podría destinar a pensar, a crear, a emprender—. Esto es lo que unos llaman, pomposamente, el alto costo de oportunidad del laberinto tramitológico mexicano.

No cambia su convicción de que sí puede elevar la productividad de la operación. Si sólo tuviese oportunidad de reinvertir utilidades, sin que éstas fuesen objeto de tributación; y se decide a subcontratar un estudio que demuestre los beneficios de un sistema tributario más eficiente, más parejo, por más que lleva tres años escuchando la misma noticia: “este año no habrá reforma fiscal”. Los costos de la tramitología mundana, de anticipar cambios en la miscelánea en turno, han obligado a Juan a crear plazas especiales en la empresa, todo un departamento de asuntos fiscales, jurídicos y contables. Estas plazas no son prescindibles. Es más, tiene junta con el director de seguros en el transcurso de la mañana, y otra más con el asesor fiscal. Ambos encuentros conllevan noticias amargas.

La compañía de seguros ha elevado la prima que debe pagarse por transportar los radios en la ruta de San Juan del Río al estado de Kentucky. Habrá que sacar estos recursos de un fondo, anteriormente creado para financiar la modernización tecnológica. Esto quedará como uno de tantos pendientes para el año en curso.

Este costo se tiene que sumar a otros, menos visibles pero no menos onerosos. La indefinición jurídica alrededor del reglamento que permite trasladar mercancías implica un “costo de entendimiento” con el gremio transportista (el cual se contabiliza en el apartado “errores y omisiones” del balance contable), así como la necesidad de limitar la carga por embarque a 150,000 unidades. No puede, en ambos casos, capturar una economía de escala. Además, Juan debe autorizar vehículos de custodio de una firma de seguridad privada para vigilar la carga. En su ausencia no hay posibilidades de contratar el seguro. La transportación solo se puede dar a la luz del día, de otra forma también se invalida el seguro. Estos, pues, son los costos invisibles de la falta de seguridad en el territorio nacional. El robo de radios, artículos populares en los mercados informales, se ha convertido en deporte nacional.

Juan se lamenta: la realidad es que el costo de transacción de transportar los bienes, aun dentro de una geografía tan generosa, eleva el costo total al grado de que, según sus cifras, es más barato contratar un contenedor en las afueras de Hong Kong y llevar los mismos radios (de hecho, varios más) desde ese distantísimo punto del orbe hasta el mismo destino. Ni mis impuestos, ni los de la empresa, están trabajando, se dice, en la seguridad que debe proveer el Estado. Sin estos costos adicionales habría oportunidad de retener las plazas en riesgo, e incluso invertir en capital humano. Este queda relegado como un pendiente más para otro momento.

Hablando de impuestos, su siguiente junta es con el asesor fiscal. Este le informa sobre los pormenores de la fabulosa tramitología que debe cumplir la empresa. Además, hay una contingencia: las autoridades han decretado que compras de partes relacionadas no califican como gastos deducibles, por lo cual, de acuerdo a la interpretación del código, deben pagar un adeudo exorbitante, más recargos. El fallo es un tiro de (des)gracia. Habrá que gestionar un amparo, contratar un despacho especializado y ver si se puede retrasar el fallo un par de años, mientras, paralelamente, se negocia el caso en las más altas esferas de los tribunales, o con los relevantes en la tortuosa burocracia tributaria. Para esto, también habrá que crear un “guardadito” ad hoc para contar con la asesoría de un despacho de cabildeo, y (¿o?) de relaciones públicas. Este caso, piensa Juan, representa un “costo de sobrevivencia”. El caso lleva media década y ha espantado a la casa matriz, que espera temerosamente el reporte pendiente para más tarde.

El director de operación ya tiene la versión del balance “financieramente correcto”. Pero no podrán verlo hasta después de la comida, ya que hay una cita de emergencia con un embajador que se ha ofrecido a mediar el caso ante autoridades fiscales. La cita original, con un cliente clave, tendrá que cancelarse para mañana. Mejor para la próxima semana. Ojalá no le cueste el contrato, y ojalá el cliente entienda esta amarga circunstancia, este “costo de proselitismo empresarial”. Juan no pierde su sentido, tragicómico, del humor.

Juan se entera, posteriormente, que para proceder con la revisión del caso hay que comprar una fianza y darla como garantía, antes de proceder. Ahora sí, en definitiva, habrá que suspender las actividades de la semana entrante y viajar con urgencia hacia el distante lugar que la casa matriz señale. Juan se perderá el cumpleaños de su hija menor. Ni hablar, por lo menos está acumulando una gran cantidad de millas.

En la tarde, ya muy tarde, Juan se reúne con los directores de finanzas. Los costos de gasolina son dos veces superiores a los del norte de la frontera. ¿Cómo es posible? Los costos de electricidad, de agua y de renta tienen una relación de cinco a uno con sus competidores chinos. Los costos de regularizar trámites pendientes ni aparecen. El rubro de “errores y omisiones” crece exponencialmente, y otra vez Juan se lamenta: qué triste vivir con tanta corrupción, pero en algunos casos no hay de otra: o dejas morder o te mueres.

Se va la luz y Juan se escandaliza. Si el apagón persiste no habrá teleconferencia y, por lógica de nervios, no habrá futuro. Contratemos una planta de energía provisional, por lo menos para la importantísima reunión de esta noche. ¡Esto es risk-management en la economía mexicana!

La noche cae, por fin, y apenas hay tiempo, después de catorce horas de problemas, de hablar a la casa, de dar una señal de vida. Mañana es otro día, pero mañana habrá que llegar más temprano. No habría necesidad de tanto esfuerzo, sin tantos problemas que solucionar y tantísimas trabas mundanas que desarticular.

La reunión inicia en punto y, después de un formidable trabajo de convencimiento, termina cuatro horas después. La teleconferencia costó 25,000 dólares pero por lo menos se aplazó la decisión de cerrar la operación mexicana, tema a ser tratado en una reunión de emergencia, en Tokio, la próxima semana, tal como Juan había anticipado.

Esta es la jornada, más bien el drama, de un empresario mexicano. Representa sólo un microcosmos del alto costo de transacción y de oportunidad, de emprender, generar valor agregado, en nuestro país. Este es el cruel truismo que caracteriza la vida del emprendedor mexicano: para poder trabajar en México, primero hay que trabajar, y muchísimo, n