DE VARAMO

Alzó la vista, con la mano todavía en el bolsillo, y la luz lo inundó, como un baño sagrado. La luz era lo que bacía funcionar al mundo: el mundo era Colón: Colón era la plaza. La luz disolvía las preocupaciones creadas por su gemelo oscuro, el pensamiento. ¿Por qué pensar? ¿Por qué crearse una cárcel de problemas cuando la solución estaba tan cerca como abrir los ojos? La luz que por un lado disolvía, por otro condensaba: a su acción se debía la presencia de esas estatuas de colores que eran las plantas, la gente, los animales, las nubes y la tierra. Esta era la hora en que todos salían, todos iban a buscarse al centro de la ciudad, y se abrían todos los ojos, los de los vivos y los de los muertos. Cada hoja de árbol tenía su equivalente en una pisada humana, y los transparentes laberintos de la tarde conducían a la felicidad.

Para Aira, la literatura se funda en la mirada, por lo que Varamo, cuando escribe un poema único, lo que hace es percatarse del universo inmediato. También Eliseo Diego creía que la poesía consistía en “nombrar las cosas”, para lo cual era preciso mirarlas atentamente. Gilbert Keith

Chesterton, asimismo, sostenía que “ninguno de nosotros pensamos lo suficiente en las cosas en que nuestros ojos descansan. Pero no dejemos a los ojos descansar. ¿Por qué han de ser los ojos tan haraganes? Ejercitemos los ojos hasta que puedan ver los hechos llamativos que cruzan el paisaje tan claros  como una valla vistosa. Seamos atletas oculares. Aprendamos a escribir ensayos sobre un gato extraviado o sobre una nube iridiscente” aunque Abel Martín, que se dedicó obsesivamente al estudio del ojo, comprendió que los ojos no son ojos porque miran, sino porque los ven. n

César Aira: Varamo. Anagrama, Barcelona, 2002, 124 pp.