¿GASTAMOS DEMASIADO EN EDUCACIÓN?

POR CINNA LOMNITZ

La investigación científica es un concepto tan inmensamente respetable que somos pocos quienes nos atrevemos a cuestionar si se justifica tanto gastadero.

La pregunta que plantea esta crónica no se resuelve en un solo número de Nexos. Admitamos que no sé nada de política. Las recientes batallas campales y verbales entre funcionarios y abanderados educativos acerca de si los científicos somos unos habitantes de torres de marfil indiferentes a la labor de los esforzados escribanos de los ministerios, o si no nos damos abasto porque no hay suficiente gis para pintar sobre los inexistentes pizarrones, me pasan por arriba como si fueran obuses de destrucción masiva made in Irak.

Como un posible antecedente, me propongo ceder la palabra a uno; de los testigos más agudos y relevantes del siglo pasado. Northcote Parkinson fue un pensador que quiso aplicar el método científico a nuestra sociedad. Curiosamente, nadie había pensado que el problema real podía ser el de un exceso de gastos en la educación y una carga impositiva excesiva. ¿Por qué son tan pocos los que defienden este punto de vista? Esta será la primera de una serie de contribuciones sobre el tema “Ciencia y universidades”. Pero es cuchemos primero lo que dice el maestro Parkinson. Dice así:

Para comenzar, hay que tomar en cuenta que el dinero puede malgastarse de mil maneras, tanto en causas nobles como innobles. Nunca faltan gentes inteligentes y bien intencionadas que deploran lo mucho que se gasta actualmente en misiles e insisten que este dinero estaría mejor gastado en universidades y escuelas. Esto parece plausible, a fin de cuentas, puesto que la población infantil tiende a proliferar y el conocimiento también. Siempre parece haber más de ambos. Pero hay otras opciones.

La investigación científica es un concepto tan inmensamente respetable que somos pocos quienes nos atrevemos a cuestionar si se justifica tanto gastadero. Por una parte, toda investigación está envuelta en misterio. Por otra, suele suponerse que la ciencia se paga sola a largo plazo o, de lo contrario, que habrá consecuencias espantosas que mermarán nuestro prestigio internacional. Hay un elemento de verdad en todo ello, pero eso no quita que estamos hablando de cantidades considerables de dinero. Por ejemplo, Gran Bretaña gastó en el año fiscal 1958-1959 unos 26 millones de libras en investigación científica y tecnológica, más otros 106 millones en energía nuclear, más los rubros respectivos que gastaron las secretarías del gobierno en investigación en salud, defensa, agricultura, etc. Si se agrega a lo anterior una fracción importante del presupuesto fiscal destinado a las universidades (49 millones), se llega a una suma respetable. ¿Es acaso posible que alguna proporción de este dinero se esté malgastando?

La respuesta es que no hay investigación que no tenga desperdicio ya que los resultados negativos son necesariamente frecuentes. Entonces, ¿acaso el despilfarro es mayor de lo necesario? Hay motivos para creerlo. Las razones son precisamente las contrarias de las que un espectador ordinario podría suponer. Dicho espectador se imaginará que el dinero es derrochado en satisfacer los caprichos de sabios excéntricos y fantasiosos que se desaparecen en el horizonte y reaparecen al poco rato  pidiendo más dinero, sin que nadie sea capaz de decir en qué lo gastaron. Se le ocurre que un científico podría sostener conversaciones con un funcionario como la siguiente (aparece un viejito canoso y despeinado, con cara de loco, arropado con una bufanda de lana de dudosa pulcritud):

—Encantado de verlo, doctor Robespierre —dice el Tercer Subsecretario de Gobierno—. Espero que me haya traído los papeles que vamos a necesitar, tales como el Informe Anual de 1956 y la contabilidad de gastos para 1955.

—La verdad es que no. Pero le contaré las cosas tal y como sucedieron. Fíjese que hace un año estuvimos a punto de hacer un gran descubrimiento. Pero una mañana nos dimos cuenta de que todo había sido cosa de un pequeño error de aritmética. Ya sabe usted: el canijo punto decimal corrido… El pobrecito de Carrujo. En realidad estuvo horrible.

—Ya me imagino cómo al pobre doctor Carrujo le debe haber afectado.

—No exactamente. No hubo tiempo, ¿ve? Supongo que sí se hubiera sentido desilusionado en caso de haber sobrevivido. En fin, una gran pérdida, y no se diga nada del laboratorio.

—¿Quedó destruido?

—En un instante. Menos el clóset bajo las escaleras donde el personal de limpieza guarda las escobas. Por suerte, los bomberos lograron salvarlas.

—Dios mío, ese laboratorio costó millones. Y supongo que el doctor Carrujo dejó viuda y que habrá que pagarle una pensión.

—Pues sí. En fin, así son las cosas. Habrá que reconstruirlo todo. De hecho, se tendría que haber hecho de todas maneras, pues ya ni cabíamos en el laboratorio.

—Esto es terrible. Pero dígame, doctor: si no es indiscreción, y en palabras que un mero lego pueda entender, ¿qué era lo que pretendían descubrir?

—Ah, usted no sabía. En un principio se trataba de un proyecto para producir un nuevo carburante para cohetes. Luego tratamos de ver si el mismo material podía servir para quitar la pintura vieja de los muebles. Acabamos por usarlo como remedio para la tos, hasta que explotó. Mala suerte, ni modo.

—Ahora supongo que vamos a necesitar un nuevo convenio para financiar las etapas futuras de su proyecto.

—Es de lo que venía a hablar con usted. Desde luego que no podría darle una estimación exacta de lo que se va a necesitar.

—No, no, entiendo, entiendo.

—Desde luego, no conviene escatimar. Eso siempre acaba por generar un mayor gasto de dinero.

—Entonces, ¿entiendo que usted desearía el mayor presupuesto posible?

—Así es exactamente. La mayor suma que usted pueda conseguir.

—Haré lo que pueda. Adiós, doctor Robespierre, y por favor dele mi sentido pésame a la viuda del doctor Carrujo.

Esta conversación imaginaria entre ciencia y gobierno es totalmente ficticia y errónea. El derroche real, que sí lo hay, se debe a un control excesivo del gobierno y no lo contrario. La equivocación básica consiste en suponer que un funcionario, sea socialista o conservador, pueda decidir a favor de una línea de investigación determinada y dejar luego que el científico se ocupe de los detalles. Nunca hubo rey o ministro que le ordenara a Newton descubrir la ley de la gravedad, ya que nadie sabía que existía la tal ley por descubrir. No hubo tampoco funcionario de tesorería que le ordenara a Fleming que descubriera la penicilina, ni se le mandó a Rutherford que fuera a partir un átomo en dos para una fecha determinada, por que no existía ningún político ni apenas algún científico que supiera en qué consistían tales logros y para qué servirían. Los descubrimientos se hacen de otra manera. Casi siempre son el resultado de que alguien se aparte de su línea de investigación sintiéndose atraído por un fenómeno que nadie hasta entonces había notado o que nos aparece de repente en una luz distinta. Cuando una nación queda rezagada en relación a otra igual de desarrollada, la causa suele ser un gobierno que se empecina en decirles a los científicos cómo tienen que trabajar. En otras palabras, se destinan fondos excesivos a proyectos específicos y muy poco dinero a la ciencia como tal. Entre más recursos se comprometen en proyectos que los políticos son capaces de entender —vale decir, en descubrir lo que ya está descubierto y publicado— menos recursos quedan disponibles para todo lo que queda por inventar y que hoy parece inconcebible, por no haberse descubierto todavía. Es que hay una ley que debería regir la política científica: otorgar, por cada dinero que se gasta en un proyecto específico, una cantidad equivalente a la ciencia como tal, es decir, a las facultades universitarias para que la gasten como mejor les convenga.

No parece lógico a primera vista que un gobierno que da dinero renuncie a decidir acerca de la forma como quiere gastarlo. Sin embargo, al insistir en este derecho se comete el mismo error en que incurre un paciente que le dice al doctor: “yo soy quien le paga sus honorarios y exijo ser yo quien decida cuál va a ser mi tratamiento”. Hay varias razones que me inducen a creer que esta actitud es errónea. Una de ellas es la siguiente: el paciente que así procede le paga al médico de balde. Supóngase que la función del médico sea la de dejar que el paciente decida: en tal caso, su consejo no tiene ningún valor. El paciente que instruye a su médico no necesita de sus servicios. En un contexto similar, un doctor en ciencia se encuentra en el mismo predicamento que un doctor en medicina. Su intervención carecerá de valor si el gobierno le va a dar instrucciones acerca de qué hacer y cómo investigar.

Hay que cuidarse de echar toda la culpa a los políticos. De hecho, suele ser peor lo que hace la opinión pública y, sobre todo, la dependencia que se encarga de la administración de la ciencia y la tecnología en el país. Los servicios de relaciones públicas, que absorben vastas sumas de dinero, tienen la función de presentar al público y al mundo una imagen favorable de lo que está haciendo el gobierno. Su labor consiste en extraer de cada dependencia la información que pueda servir para apoyar y sostener una imagen  favorable y apta para el consumo de la prensa. El efecto de tal demanda de información puede ser oneroso y fatal cuando se trata de organismos que laboran en investigación y desarrollo. Se hacen lanzamientos prematuros de misiles cediendo a la presión política o a la opinión pública. Los anuncios en los medios inducen a los científicos y técnicos a provocar muertes y catástrofes. Y el derroche es fabuloso hasta cuando no hay pérdidas de vidas. Si se trata, digamos, de lanzar una nave espacial a la luna, la noticia de que los rusos se están adelantando provoca esfuerzos frenéticos en Estados Unidos y estos esfuerzos a su vez generan acciones redobladas en Rusia. Lo absurdo y lo trágico es que un problema científico y técnico se convierte en una especie de carrera de caballos. Cuando todo depende de la precisión, del amor al detalle y de la seriedad de los experimentos, se pone en peligro el resultado al hacer valer a última hora una cuestión de prestigio. Lo irrelevante se torna más importante que todo lo demás. Hay vidas y esfuerzos enormes que se tiran a la basura, y resultados que se retrasan en años, porque los servicios de relaciones públicas hacen su trabajo y porque el contribuyente les paga por ello. Si pudiéramos quitar estos servicios no sólo nos ahorraríamos dinero sino economizaríamos recursos de mil maneras. ¿Qué necesidad hay de avisar al mundo cuando se está realizando un proyecto científico? Muchas veces ni siquiera hace falta hacerlo cuando un proyecto ha fallado. Es mejor reservar los comunicados de prensa para los momentos de éxito.

La política actual podría describirse con la siguiente conversación telefónica imaginaria:

—Bueno, ¿doctor Buenazo? Habla el licenciado Resbaladizo cicla Oficina de Información. ¿Podría informarme cuándo se piensa completar el prototipo de la nave espacial R-100?

—Caray, me parece difícil. Ahorita todavía estamos teniendo problemas y demoras de todo tipo.

—¿Eso significa que el avance no ha sido satisfactorio y que el proyecto pudiera llegar a abandonarse o bien otorgarse a otra empresa?

—De ninguna manera. Nuestro avance ha sido muy satisfactorio.

—Entonces, ¿cuándo fue que comenzaron las labores?

—La orden de inicio fue dada por el Señor Secretario en abril de 1950.

—¿Y cuál fue el tiempo estimativo de duración del proyecto?

—Muy aproximadamente, unos diez años.

-—En tal caso, para una marcha satisfactoria del proyecto, tendríamos que completarlo en 1960.

—No se puede afirmarlo en forma tan precisa. Se trata de una fecha estimativa.

—Digamos que al excederse el término señalado en cinco años, ¿eso sería como decir que el avance ha sido poco satisfactorio?

—No necesariamente. Yo no diría eso. Además, no nos vamos a tardar tanto. Unos tres años deberían bastar, quizá hasta menos.

—Entonces, ¿se espera que el proyecto se concluya en 1962?

—Pues sí, supongo.

—Excelente. Podemos hacer un comunicado de prensa en este sentido.

—No como un compromiso firme, ¿verdad?

—Pero como una meta razonable.

—Si usted lo considera necesario.

—Será muy útil, se lo aseguro. Se trata de gastos del erario, usted sabe, y a la gente le gusta que le informen cómo se está gastando su dinero.

—Digamos entonces que esperamos poder completar el proyecto hasta 1962.

—¿A principios de año?

—Cómo voy a saber. Digamos que en noviembre.

En resumidas cuentas, al técnico se le ha sonsacado una fecha perentoria y en ese momento podrá pensar que nada malo ha sucedido. Pronto se dará cuenta de que la “fecha esperada” se ha convertido en un término fijo en el calendario de futuros eventos. “Por último”, le dice a sus colegas, “no es mala idea tener un objetivo de terminación para una fecha determinada aunque no podamos cumplirla con exactitud”. Nadie le cree y él mismo se da cuenta hasta fines de 1961 del riesgo de desacreditarse, pero ya es tarde para arrepentirse.

—Ahora, en cuanto al evento del 15 de noviembre —habla nuevamente el funcionario—, tengo entendido que el Señor Secretario estará presente para el lanzamiento. La recepción después del evento ya está organizada, pero hay un problema con las bandas militares. ¿Se podrá escuchar la música con el ruido de los motores? Ah, por cierto, qué bueno que me acordé: ya le tengo su asiento, en la quinta fila. No fue fácil y en cuanto a su señora esposa, bueno, no fue posible, lamentablemente. Hice lo que pude. En fin, espero que no le importe mucho.

—Pero mire usted, licenciado, nosotros nunca nos comprometimos en firme a completar el proyecto para el 15 de noviembre. Podría suceder que la nave espacial no alcanzara a estar terminada para esa fecha.

—En realidad, doctor Buenazo, no sé si está hablando en serio. Todo está listo y arreglado. ¿Se imagina lo que significaría aplazar esto? Qué golpe para nuestro prestigio. Y supóngase que los rusos lancen su nave espacial antes que nosotros.

—Pero ¡supóngase usted que la nave espacial se levanta treinta metros sobre el piso y se cae sobre la plataforma!

—Ya veo que es usted un pesimista. Nuestro personal puede salir adelante si nos esforzamos todos. Tenemos una total confianza en usted. Y si usted sigue con sus dudas, el asiento en quinta tila tendrá sus ventajas.

—Yo para qué quiero el dichoso asiento. Si todo depende de nuestro éxito, yo ya tengo el único asiento que me conviene.

—¿Qué quiere usted decir?

—Yo mismo estaré en la famosa nave espacial. Buenas tardes y váyase al carambas.

Otra área muy relacionada con la investigación es la educación, que se conecta a aquella a través de las universidades. No hay manera de ampliar las fronteras del conocimiento si no hemos absorbido previamente el conocimiento que ya existe. Y a su vez, el conocimiento nuevo que generamos ha de integrarse a los textos de estudio para quienes nos seguirán. Lo dispendioso de este proceso no se puede abarcar fácilmente y aquí no se hablará más que de salones de clases, de salarios, de edificios y de trozos de gis. Todos sabemos, sin embargo, que la mayor parte de lo que uno conoce de la vida le es transmitido por la televisión, la radio, el cine, la prensa y la interacción entre las personas. La escuela desempeña un papel formativo secundario, mucho menor ciclo que suelen imaginarse los profesores. En cuanto a gasto público, la escuela ocupa un altísimo nivel en el presupuesto nacional, tan alto que podría ser materia de preocupación del contribuyente el hecho que gran parte del dinero se estuviera malgastando.

Este derroche se debe en cierta medida a una supuesta ciencia de la educación, que utiliza una jerga profesional propia que podríamos llamar educatismo. A grandes rasgos, la diferencia entre- enseñanza y educatismo consiste en que un maestro se esfuerza en facilitar un tema difícil; en cambio, el educatista complica y hace imposible entender un tema simple que él mismo no domina. No estamos hablando de la calidad de la educación, ni mucho menos del valor relativo de las materias que se pretende enseñar. Un resultado obvio del educatismo es que todo tarda mucho más tiempo y cuesta más. La educación se expande hasta llenar el tiempo disponible, y tardamos años en enseñar lo que antes podía hacerse en unas cuantas semanas. El gasto en edificios y en equipo sube naturalmente en proporción. Las escuelas tienen que hacerse de vidrio para que entre el sol, y luego hay que poner cortinas de plástico para que el sol no entre. En fin, cualquier escuela se llena de talleres, salones de arte. facilidades para preparar recetas de cocina y decoración de interiores, equipos de proyección y visualización, lo que cuesta mucho más que unos salones de clases equipados con un clásico pizarrón.

Si examinamos la cuenta que se nos presenta por todo esto nos percatamos de que el educatismo es excesivamente caro y lo sería aunque sirviera para algo. El contribuyente es quien paga, no nada más por la escuela sino por la escuela normal, la facultad de educación y los numerosos institutos de investigación pedagógica. Además, hay que pagar por los destrozos causados por la delincuencia juvenil, la policía, los reformatorios y las cárceles. No se puede decir que el educatismo salga barato. Lo más caro es el hecho de retener en la escuela a jóvenes que no aprovechan su educación y que serían más felices y menos frustrados si se les permitiera ganarse la vida. El comportamiento negativo de muchos jóvenes se debe a nuestra insistencia en hacerles perder el tiempo cuando deberían estar trabajando.

Finalmente, la misión educativa de los gobiernos ya no se limita al salón de clase. Al ciudadano adulto también insisten en tratar de educarlo mediante exhortos, instrucciones y consejos acerca de todo lo que interesa y no interesa. Muchos servidores públicos se creen autores y mandan imprimir sus obras maestras a costa del erario. Es verdad que tales obras suelen permanecer en el anonimato, pero en su fuero interno todos abrigan la esperanza de que el incógnito de su autoría se llegue a transparentar de alguna manera. “¡Mira! ¡Ahí va el autor de Coccidiosis en Aves de Corral.” se imaginan que dice la gente por la calle, o bien “aquel hombre que va ahí es el autor de Nitrilo de ebonita expandido para la construcción de sandwiches”. Y sueñan con que el interlocutor exclamará impresionado: “¡de veras, no me diga!” al enterarse de tan faustas nuevas por primera vez.

Hay que admitir que muchas publicaciones oficiales pueden ser más que rentables. Cuando salió a la luz pública la controversial obra Control del gorgojo de la alfalfa, los coleccionistas abarrotaron las librerías de Estados Unidos en su afán de conseguir ejemplares de la primera edición. Por otra parte, muchas obras son tediosas y recapitulan obviedades hasta en el título con que figuran en las listas de publicaciones oficiales: Fabricar y preservar la sidra de manzana —la fabricación de la cidra de manzana es tan antigua como el cultivo del manzano. Este boletín presenta información acerca de la fabricación y preservación de la sidra de manzana.

Tendencias de crecimiento de las industrias manufactureras. 1947-1956—se presentan las tendencias de crecimiento de las industrias manufactureras de Estados Unidos para el periodo de 1947-1956.

El título de tales publicaciones podría parecer lo suficientemente explicativo pero se trata sin duda de un punto de vista a la ligera. Sorpresivamente, nos encontramos con que el folleto intitulado Tendencias de crecimiento es efectivamente lo que dice ser y trata nada menos que de tendencias de crecimiento. Podría concluirse que tanta literatura oficial sale sobrando, pero los gobiernos no piensan así.

¿Despilfarro? De ninguna manera. Durante la Segunda Guerra mundial, cuando el papel escaseaba, las imprentas oficiales redoblaban sus esfuerzos por puro patriotismo. Las circulares publicadas por el gobierno británico entre 1939 y 1945 incluyen instrucciones acerca de cómo el ciudadano puede aprender a usar unos sistemas impracticables para hacer frente a peligros imaginarios. Hoy el dispendio de publicaciones ha crecido mucho más aún y el desperdicio incluye el tiempo que se pierde en abrir sobres, leer títulos y tirar los folletos a la basura. Por suerte existen algunos títulos divertidos que inducen a la reflexión al atento coleccionista. ¿Qué le parece, por ejemplo, Di( metilciclobexil)ftalato y metilciclohexanilftalato sin plomo para un concurso de ortografía? ¿Y qué tal, para una investigación sobre ambigüedad, Maestros de niños mentalmente retardados? Como un ejemplo de ambivalencia política, se me hace insuperable el Manual de entrenamiento para asistir a los dictadores a mejorar sus dictados. Finalmente, en lo que respecta a Oficinas de correos de primera clase, ese título podría motivar al público a emprender una búsqueda internacional con el objeto de encontrar tales oficinas, que al parecer son escasas o inexistentes, n