NO ME LAS ENSEÑES MÁS QUE ME MATARÁS

POR MARÍA JOSÉ RODILLA

A antigua lírica popular hispánica se afilia por su estirpe a la Edad Media, cuando era cantada o recitada por muchachas enamoradas, serranas, zagalas, segadores, soldados, pastores, en el campo y en la ciudad, en las bodas y en las muertes, pero también pertenece al Renacimiento y al Siglo de Oro porque los poetas cultos tomaron la estrofa inicial y la desarrollaron para que la memoria de estos poemas no se perdiera. Músicos como Juan Vásquez o Luis Milán las recogieron en sus cancioneros y  escritores como Gil Vicente, Juan del Encina, Timoneda, González de Eslava, Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Tirso de Molina, Calderón rescataron e incluyeron en sus obras estas breves canciones o las imitaron para emocionarnos con ese candor, esos suspiros,  lamentos y ardorosas declaraciones de amor, con las confidencias a la madre para buscar marido o para quejarse por la ausencia del amado, y también para regocijarnos con las sátiras y burlas a frailes y abades que tienen manceba, a maridos cornudos o a mujeres borrachas. En muchos cantares la voz es femenina, en otros es la protagonista principal, la mujer en todos sus estados y los oficios femeninos recorre la mayoría de estas coplillas: hilanderas, tejedoras, molineras, segadoras de piel morena que se lavan con el agua del almendruco, las malcasadas que pierden sus años floridos con un marido viejo o villano, las que no quieren ser monjas, las que lloran la muerte, la ausencia o el cautiverio del amado.

En este heterogéneo y rico acervo encontramos también recetas de cocina y brebajes de brujas, las virtudes de las plantas, adivinanzas, pregones de comerciantes y panaderos, alabanzas y maldiciones, rimas infantiles, refranes, historias graciosas de cornudos y coplas misóginas de mujeres bravas, feas y viejas.

Estos expresivos poemitas, aparentemente sencillos, están cargados de un gran simbolismo en el que la naturaleza se subjetiviza: la luna es celestina y confidente de los amores, el florecimiento de los árboles es sinónimo de la pasión amorosa, el alba anuncia la separación de los amantes, los frutos y las flores representan la virginidad, los hortelanos o “viñaderos” piden la prenda a la doncella por haber entrado en su huerto y la entrega de la virginidad se simboliza en el cordón, la cinta o la camisa. Los locus amoenus, el rosal, el huerto o la fontana son los espacios adecuados para el reencuentro amoroso. El agua es el gran símbolo regenerador y embellecedor a donde se acercan las niñas a lavar camisas o el cabello, y los amantes acuden a la fontana para el reencuentro amoroso o van a bañarse juntos al río.

Las partes del cuerpo femenino como el cabello y el acto de peinarlo son la preparación del encuentro, los ojos que matan de amores, el color pálido de la tez de la hija que tiene mal de amores y su madre la cuestiona, “perder la color” es frecuente después de la relación amorosa en alguna romería, en la montiña, en la sierra o a las riberas de un río. Los animales heridos en el bosque representan los amores desgraciados: los ciervos, la garza, el gavilán, el halcón, o bien sirven de mensajeros como las palomas y las águilas. Las comparaciones con la mariposa que busca la luz para quemarse en ella o con la calandria para cantar las penas de amor son otras constantes de esta antigua poesía.

El Nuevo corpus presenta las canciones agrupadas temáticamente en doce secciones: I De amor gozoso, amor adolorido, desamor; II. Lamentaciones; III. Del pasado y del presente; IV. Por campos y mares; V. Labradores, pastores, artesanos, comerciantes; VI. Fiestas; VII. Música y baile; VIII. Otros regocijos; IX. Juegos de amor; X. Sátiras y burlas; XI. Más coplas refranescas; XII. Rimas de niños y para niños. A su vez, cada sección se subdivide en otras según un título, generalmente tomado de algún verso, cuya elección demuestra la sensibilidad poética de la autora: “Soy casada y vivo en pena”, “Hallé mis amores dentro en un vergel”, “Que me muero, madre, con soledade”, “Bendito sea Noé, que las viñas plantó”.

Además cada canción va acompañada de una excelente documentación de la diversidad y riqueza de las fuentes en las que Margit Frenk rastreó y encontró verdaderas perlas de emotividad y de sabiduría: en romances, en pliegos sueltos, en el teatro breve, en varios cancioneros: el Cancionero musical de Palacio, el Cancionero de Upsala, el Cancionero de la Colombina, el Cancionero musical de Medinaceli-, en los refraneros, que no estaban incorporados en el viejo corpus, así como las canciones de brujas, que también son nuevos testimonios en esta obra, además de muchos más materiales que llegan a sumar más de cien mil; no se olvida de consignar las variantes, imprescindibles en la tradición oral, ya sea lírica o épica, ni las versiones a lo divino de estos cantarcillos populares; señala también las correspondencias y los paralelos románicos, por ejemplo, con las canciones francesas del XIII, con la Italia renacentista o con las cantigas galaico-portuguesas, además de las supervivencias en ciertas regiones registradas en el siglo XX o comparaciones con el folclor actual, como una copla de cortejo que hoy se canta en Torrejoncillo, Cáceres: Yo eché leña en tu corral, / creyendo que me querías, / y ahora que ya no me quieres, / venga la leña, que es mía”.

A pesar de que se trata de un arduo y titánico estudio, sumamente abarcador, que despliega una gran cantidad de información y de no menos erudición, reflejo de muchos años de trabajo y de hartos inconvenientes por haberlo realizado en México, tan lejos de muchas bibliotecas importantes, Margit Frenk, con el entusiasmo, el rigor y la pasión que siempre ha tenido por la lírica popular, dice que aún hay muchas cosas por hacer, como anotaciones léxicas o un estudio sobre la manera en que debían dividirse los versos. No dudamos en que Margit Frenk hará esas cosas, pero estos dos tomos son ya un maravilloso legado tanto para el que quiera deleitarse con esas magníficas cancioncillas como para el investigador y el crítico que se acerquen a este completísimo compendio poético de magnífica hechura tipográfica y editorial, que guía al lector con escrupulosos índices de todo tipo: de autores y de obras; de primeros versos; de cancioneros, pliegos sueltos, obras de música y compositores; de ensaladas, romances, villancicos y otras composiciones que contienen cantares; de bailes y juegos, de refranes; y una impresionante bibliografía que abarca más de cien páginas.

Gracias al tesón de Margit Frenk heredamos un gran tesoro de seguidillas, coplas, ensaladas, letrillas y villancicos, recogidos en esta Primavera y flor de canciones, en otro tiempo cantadas con vihuelas, guitarras y panderos en palacios antiguos, y a las que hoy podemos acceder en los discos de Jordi Savall y su Capella Reial de Catalunya, y, en nuestro país, interpretadas por la dulce voz de Jaramar. n