De El desbarrancadero

Sin marihuana ni aguardiente era dócil, adorable, como una ramita de palma un Domingo de Ramos. Sólo que sin marihuana v aguardiente no era él. era otro: su Angel de la Guarda, efímero, volátil, pasajero. Andaba por las selvas del Amazonas o los campos de la Sabana hinchado de humo, todo ventilado, y con una botellita de aguardiente atrás, una medida, en el bolsillo trasero, en tanto en una mochila llevaba más, de reserva, por si la de atrás se le evaporaba. Compraba medias por optimismo, para no irse a enviciar con el número entero. De media en media se las iba tomando todas su Angel de la Guarda, y donde empezamos con doctor Jeckyll acabamos con un mister Hyde.

—¿Un traguito?—me ofrecía.

—No, Darío, a mí el aguardiente me causa vómito con ese sabor- cito de anís. Me sabe a borracho, a asesino, a Colombia.

 Fernando Vallejo: El desbarrancadero. Alfaguara, México, 2001,189 pp.