UN DESHILVANADO RECUENTO DE VERDADES

POR NOÉ CÁRDENAS

Como en su obra anterior, La virgen de los  sicarios, en El desbarrancadero Fernando Vallejo ofrece una visión novelesca de Colombia que escapa a cualquier intento de análisis sociológico debido a la rudeza con la que en los últimos tiempos se ha ido instaurando una realidad que repele cualquier atisbo de civilidad y de legalidad en aquel país.

En esta novela Vallejo echa mano del recurso de quien retorna al lugar de origen después de haber vivido años en otra parte. El personaje que narra la historia de El desbarrancadero regresa, desde México, a Medellín para estar junto a su hermano —en estado terminal de sida— durante sus últimas horas. Este regreso le sirve a Vallejo como disparador de la memoria de su protagonista que, yendo y viniendo sobre sus recuerdos fragmentados, por este “deshilvanado recuento de verdades”, reconstruye la historia de su familia y, con ésta, la de Colombia durante la segunda mitad de siglo XX.

Esta reconstrucción, si bien es desgarradora y dolorosa, jamás cae en el lloriqueo nostálgico por una realidad ida y añorada. El estilo de Fernando Vallejo, afincado en la irreverencia sin tregua, consigue dejar de lado cualquier afeite que impida ver la crudeza y la estupidez de la existencia.

De modo semejante a La virgen de los sicarios, El desbarrancadero plantea una lógica y una “moral” internas que le dan coherencia a un universo que las ha perdido completamente si se las mira con lentes convencionales. Un ejemplo es el de los motivos de los sicarios, que asesinan aun sin ser contratados para hacerlo: matan a alguien por la sola razón de que estaba vivo.

Bajo la mirada de Fernando Vallejo toda hipocresía queda expuesta y condenada: el papa, por ejemplo, es constantemente insultado y su investidura execrada, pues de qué sirven sus bendiciones ante una realidad que admite letreros urbanos que conminan a la población a no tirar cadáveres en predios públicos. Por este camino, la blasfemia no es tal en el universo novelesco de Vallejo y funge como una suerte de estribillo que engloba no sólo a la cohorte celestial de los católicos, sino a la Iglesia toda, cuyos templos sirven para que los sicarios intercambien droga, sexo y superstición.

Dentro de la visión del mundo que plantea Vallejo en El desbarrancadero, la homosexualidad es moneda común y encomiable y aparece con una naturalidad apabullante —sin que, por cierto, figure nunca en su discurso la palabra homosexual—. Así, por ejemplo, un recuerdo agradable en medio de tanto discurrir de “hijoputeces” —término muy recurrente en esta novela— es el hecho de que el protagonista le haya “regalado” una “belleza” a su hermano en el pasado. Belleza es la palabra que significa muchacho adolescente, y que sea un “regalo” forma parte de la escasa felicidad dentro del universo novelesco de Vallejo (en La virgen de los sicarios, el narrador protagonista recibe “regalado” a la “belleza” Alexis).

La narración que efectúa el protagonista de El desbarrancadero incluye constantes reflexiones acerca de la explosión demográfica, de la herencia genética, de la existencia y de la vida y la muerte. La cópula con mujer, por ejemplo, es abominable pues se corre el riesgo de perpetuar la desgracia, la pobreza, la miseria moral y todas las desventajas de la peste que es la especie humana. Las mujeres embarazadas en este universo de “maricas” matones son poco menos que vacas que hay que llevar al matadero: si es posible atropelladas, mejor, “No se vayan a ir de este mundo sin antes torcerle el pescuezo a alguna”, recomienda el narrador, y añade: “Las putas, muy señor mío, mientras no paran para mí son damas de mi más alta consideración. Desde aquí les mando todos mis respetos”.

Del mismo modo como los personajes de Fernando Vallejo odian a las mujeres si paren, también odian el ruido ambiente que proviene de la radio y la televisión. Para éstos, no puede haber peor cosa, además de los políticos y gobernantes, que la música popular escuchada a todo volumen, el fútbol y las telenovelas. Tanto es así que, por ejemplo, en La virgen de los sicarios, Alexis mata de un tiro a un taxista que se puso bravo cuando los pasajeros le pidieron que le bajara al radio. No en Guanajuato, sino en Medellín es que la vida no vale nada.

El personaje de El desbarrancadero vuelve a Medellín desde México, donde no hay gallinazos, pero sí “priistas: aves carroñeras que se arropan con la bandera tricolor y se alimentan de los despojos de México”, el “país del peculado y la mordida”. Las comparaciones entre la invivible realidad colombiana y la mexicana —que cada vez da más muestras de “colombianización”— prenden paralelamente focos de alerta que habría que atender con urgencia: evitar, por ejemplo, que “adolescente” se convierta en sinónimo de “sicario”.

El personaje narrador de El desbarrancadero —hacia el que indefectiblemente todo vivo se dirige— sabe que Darío, el hermano agonizante, sólo cambiará el horror de la vida por el horror de la muerte. Cuando esto ocurre, el vivo-muerto que era el narrador protagonista se transforma, por amor fraternal, en muerto-vivo, en escritor consciente de que el idioma, pese al poder evidente de las palabras, también morirá, lo cual le otorga una lucidez que sabe inocular furia al lector, el cual ya no podrá leer —ni seguir viviendo— impunemente. n