ULISES REVISITADO

POR MARCO KUNZ

Julián Ríos es, sin duda, el relector más afortunado y congenial de Joyce en el mundo hispanohablante: afortunado no sólo por la profunda comprensión de la técnica literaria y los arcanos del sentido de las obras del irlandés exiliado, sino también por la originalidad de sus recreaciones.

16 de junio de 1904, el artista era todavía un hombre joven, de veintidós años, y aún no había escrito su retrato, ni otra de las obras que lo harían famoso. El 16 de junio de 1904, James Joyce tuvo su primera cita con Nora Barnacle, su futura mujer, lo que no sería más que una anécdota biográfica si la fecha no fuera también la de uno de los días más memorables de la narrativa universal: Bloomsday, la fiesta anual de los joyceómanos, cuyo centenario se celebrará el año que viene, debe su fama a una novela extraordinaria que narra nada más que hechos ordinarios, acaecidos en Dublín, en las pocas horas entre dos amaneceres, en una perfecta unidad del tiempo en la que cabe todo el espacio de la literatura. Ulysses sustituyó las aventuras del relato por la gran aventura de la escritura contando, de un modo totalmente insólito que aprovecha los más variados procedimientos narrativos y registros lingüísticos, una historia bastante trivial: una jornada dublinesa sin acontecimientos de mayor alcance, una trama sin suspense ni héroes de verdad como los de antaño.

De hecho, la novela presenta, minuciosamente y sin el menor reparo ante lo escabroso o lo blasfemo, las actividades, pensamientos y sensaciones del protagonista, Leopold Bloom, durante sus errancias por las calles de la capital irlandesa, donde se encuentra con Circes y Nausícaas llegadas a menos, se enfrenta a lotófagos, lestrigones, sirenas y cíclopes cuya monstruosidad reside en su carácter cotidiano, pasa sano y salvo entre Escila y Caribdis y vuelve indemne del descenso al Hades, para llegar finalmente, en compañía del Telémaco adoptivo Stephen Dedalus, a su Itaca en el número 7 de Eccles Street, donde soliloquia Molly, una Penèlope gibraltareña que se muestra más complaciente con sus pretendientes que su ilustre modelo homérico. Desde la infancia, Ulises había sido el héroe favorito de Joyce, pero en su Ulysses le quitó lo heroico para devolverle lo humano. Los lectores que aceptan el desafío y se proponen seguir los pasos del nuevo Ulises por las novecientos y pico páginas, deseosos de descubrir algo más que el Mediterráneo del mito (¡y ni siquiera esto es fácil, y algunos habrán buscado en vano a Ulises en Ulysseá),  corren el riesgo de perderse si no llevan consigo un buen mapa (que podría ser el callejero de Dublin), un baedeker(y. gr. el útilísimo Ulysses Annotated de Don Gifford y Robert J. Seidman) o un Cicerone, como el que los guía por la Casa Uli- ses de Julián Ríos (Barcelona, Seix Barral, 2003, 274 pp.). Y pronto comprenderán que la Odisea de Homero dista mucho de ser una guía suficiente para encontrar la ruta que lo conduzca a la salida… y al sentido. Parece que las últimas palabras de Joyce en su lecho de muerte fueron: “¿Hay alguien que me comprenda?”. Respondería con un sí matizado: casi todos los lectores comprendemos algo o incluso mucho, pero nadie lo comprende todo. Ulysses es un libro que suscita un sinfín de preguntas, muchas más que las 309 del catequístico capítulo 17: es una novela enciclopédica sobre la que se han escrito enciclopedias, un archivo de la literatura cuyo autor cuenta desde hace ya décadas con su propio archivo en Zurich, un museo del viejo Dublín que allí mismo tiene su museo, en una Torre Martello donde todo empezó con un espejo y una navaja cruzados sobre una bacía. “In- troibo ad altare Deí lee quien pisa el umbral del texto, y necesitará paciencia para no dejar toda esperanza de orientarse en el dédalo, pero será ricamente recompensado en sus lecturas, en plural, pues Ulysses se lee siempre de nuevo y se renueva en cada relectura. Julián Ríos es, sin duda, el relector más afortunado y congenial de Joyce en el mundo hispano hablante: afortunado no sólo por la profunda comprensión de la técnica literaria y los arcanos del sentido de las obras del irlandés exiliado (véanse, por ejemplo, el diálogo “Joyce and Company” en La vida sexual de las palabras, su comentario “Phtwndxrclzp” sobre Finne- gans Wake en Album de Babel, y sobre todo su prólogo a una reciente reedición de una vieja traducción, la del argentino José Salas Subirat, de 1945), sino también por la originalidad de sus recreaciones (el capítulo M de Amores que matan reescribe el monólogo de Molly al final de Ulysses) y ficciones inspiradas en el maestro (“París por paraíso” en Monstruarió). Esta pasión por Joyce y, en particular, su afición por los juegos de palabras plurilingües y las palabras-maleta le han valido a Julián Ríos ser tildado de epígono por una crítica superficial que se contenta con este comodín para no hacer el esfuerzo de analizar un texto tan fascinante como Larva, uno de los hitos de la prosa española del siglo XX que está todavía muy lejos de gozar de la suerte exegética de Ulysses y cuyo vigésimo aniversario este año no ha repercutido en la abundancia de coloquios y festejos con que en España se suele homenajear a las figuras más efímeras de la historia literaria nacional (¿tal vez por ser demasiado internacional esta prosa políglota y transgresora?): “No podemos cambiar el país. Cambiemos de tema”, diría Stephen Dedalus.

De todas las empresas literarias de Julián Ríos inspiradas en Joyce, la más monumental fue un Ulises ilustrado, publicado por el Círculo de Lectores en 1991, en una edición limitada. Ahora, bajo el título de Casa Ulises, Ríos nos brinda de nuevo este ensayo de crítica-ficción, esta vez sin las ilustraciones del pintor Eduardo Arroyo que embellecían el original, y aunque lamentemos la omisión de la parte pictórica, saludamos la decisión de Seix Barral de hacer asequible un texto que se había vuelto casi inencontrable para los aficionados de Ríos que no tuvieron la suerte de conseguir un ejemplar ele la primera tirada.

Con la mezcla de erudición, humor y juege) que le es propia, Ríos nos ayuda a comprender mejor la polisemia de Ulysses, sin pretensión a la exhaustividad. Deambulando por las páginas de Casa Ulises come por un museo en el que cada sala corresponde a un capítulo de la novela comentada,  paseamos en el espacio imaginario y real, calamos en las biografías de Leope)ld Bloom, Stephen Dedalus y James Joyce y nos detenemos delante de detalles de los “Pasajes” expuestos en las vitrinas para leer tante) glosas filológicas como asociaciones Indicas. Sin duda, Casa Ulises nos presenta la lectura personal ele Julián Ríos, pere) no le) hace en la forma monológica usual de la crítica literaria, sino que integra al yo)-narrador y alterego del autor en un grupo de visitantes del museo que platican sobre los más diversos aspectos de la obra y vida de Joyce, practicando la crítica de una manera conversacional que recuerda los ensayos radiofónicos de Arno Schmidt —o las reuniones de sus lectores más asiduos en Bargfelel, donde desde la aparición de Zettel’s Traum juntaban sus esfuerzos para resolver los problemas del texto)— o los libros dialogados del mismo Ríos (cf. sobre todo La vida sexual de las palabras, o también las entrevistas-discusiones con pintores en Impresiones de Kitaj y Las tentaciones de Antonio Saura). Guiados por la varita de mago del Cicerone y la sabiduría a veces algo pedante de un tal doctor Jones, y contagiados por el genio lúdico ele Joyce, los miembros del grupo colaboran, cada uno desde su perspectiva particular, para elucidar el A, B, C, de Ulises: el lector madure) (¿A del farisaico Ananías?, ¿o une) de los mil alias de Emil Alia?), la lectora joven (¿B de la bella Babelle?) y el lector viejo (¿C de crítico?). Y para poner orden en el cae)s, el ordenador: el hombre del Mclntexsh, enigma guadianesco de Ulysses, impenetrable en su impermeable, aparece en Casa Ulises reencarnado en la era de la informática, y en la pantalla de su Mac portátil se visualizan las coordenadas temáticas de cada une) de los dieciocho capítulos del libro de los libros, primero el episodio correspondiente de la Odisea de Homero, y luego las identificaciones de los personajes dublineses con sus lejanos antepasados homéricos, el lugar y la hora exacta de la acción (de las 8:00 de la mañana del 16 de junio a las 3:33 de la madrugada siguiente), la técnica narrativa usada, la ciencia o el arte de referencia, el sentido, el símbolo principal, el color dominante (marrón de sangre seca, verde moco o verde de Irlanda, etc.), el órgano del cuerpo análogo (se destripa el texto sacando sus vísceras a la luz), dándole así al lector una orientación, aunque bastante ilusoria, en la maraña aparentemente inextricable de los hilos del texto-laberinto que los esquemas y las computadoras nunca podrán explicar completamente. Ulysses está plagado de citas y alusiones, de Shakespeare a Wilde, y de paso se repasa paródicamente toda la literatura inglesa desde sus orígenes hasta el parto de la obra maestra de joyce. Y es un libro lleno de rompecabezas y adivinanzas, para las que Ríos propone algunas soluciones, dejando abiertas otras preguntas, y se divierte revelando las duplicidades y multiplicidades semánticas que pueden convertir el detalle de aspecto más insignificante en un signo polisémico de suma importancia, de modo que, por ejemplo, el nombre de una calle (Vico Road), donde vive un personaje totalmente secundario, evoca toda una filosofía de la historia que subyace a la estructura de la novela entera.

Ahora bien, se equivoca quien crea que sin toda esta erudición no se puede leer Uliysses, que se trata de un texto hermético, reservado para the bappy few que posean la clave: las explicaciones de Julián Ríos hacen comprensibles numerosos detalles y nos muestran tal vez dimensiones no sospechadas, pero también nos enseñan un modo divertido, juguetón, curioso y desinhibido de acercarnos a esta obra fascinante. Pues Ulysses es, ante todo, una fiesta del lenguaje en la que lo efímero se vuelve imperecedero gracias al poder de la escritura. Y Casa Ulises es una invitación e iniciación a Ulysses, pero no una imitación, sino un texto paralelo, destinado a acompañarnos en la (re)lectura de la novela de Joyce, ese libro inagotable ante cuya fuerza seductora sólo podemos rendirnos y entregarnos a los placeres de un texto que se nos resiste al mismo tiempo que nos atrae porque, como decía Lezama Lima, sólo lo difícil es estimulante, n