CALIFORNIA: LA DEMOCRACIA DE LOS CONSUMIDORES

POR NATHAN GARDELS

La democracia de los consumidores que ha prosperado en California es lo que los padres fundadores trataron cuidadosamente de evitar al diseñar las instituciones estadunidenses: un régimen plebiscitario directo que legisla en base a sus ocurrencias, no con base en la razón, en el nombre del pueblo.

California está en crisis, sacudida por un cambio profundo de la economía de la información, por un déficit fiscal digno de la intervención del FMI y por la elección del ciclópeo Arnold Schwarzenegger como gobernador en un plebiscito sin precedente que echó del puesto al recién reelecto Gray Davis. En California se han soltado presos por falta «le dinero para las prisiones. Se han despedido maestros, Las escuelas públicas están entre las peores de la nación. Mas de la mitad de la gente que vive en el estado no puede pagar su casa. Hasta el smog está de regreso Aun en crisis, California es California, un paraíso superdesarrollado cuyo reto, como escribió Wallace Stegner, es construir una civilización que iguale la espectacularidad de su paisaje. California anda siempre en el filo de la navaja o un poco más allá, Las espectaculares camionetas que inundan sus supercarreteras calientan el planeta, pero en el estado no se permite fumar. Es el hogar de los hispánicos y de Hollywood, de Sharon Stone y de SunMicrosystems, de Bay Watch y de eBay, del límpido Valle de Yosemite y del interminable desarreglo posturbano de sus ciudades. Es la tierra del complejo militar industrial y del Club Sierra, de la comida orgánica y el agronegocio, de Wol fang Puck y McDonalds.

A pesar de las corrientes subterráneas que podrían destruirla, California sigue siendo la última frontera de lo que Octavio Paz llamó “la república del futuro”, un collage multicultural donde tienen una segunda oportunidad quienes no tenían ya opciones en el Medio Oeste o en otros países, incluyendo a ese levantador de pesas armado hasta los dientes, dueño de un acento austríaco difícil de entender. California es el lugar donde los hijos de inmigrantes Coreanos o chinos se empeñan en seguir oyendo a Beethoven y Mozart contra el ruido del hit parade, donde reside la mayor cantidad de iraníes fuera de Irán, con su propio canal de television que envía por satélite a Teherán imágenes subversivas de estudiantes protestando contra los mullahs. Los vietnamitas manejan casi todos los salones de pedicure y los árabes casi todas las gasolinerías. Tras los mostradores de las tiendas 7-Eleven casi siempre hay un hindi o un sikli. Para los pobres que no encuentran trabajo al sur de la frontera. Los Angeles es el corazón del sueño mexicano.

NIEVAS COSAS BAJO EL SOL

Pero algo más brilla bajo el sol en las últimas dos décadas. El plebiscito y la crisis financiera del gobierno estatal son sólo sus síntomas Se trata de la aparición de la democracia de los consumidores. Fareed Zakaria advirtió a tiempo del riesgo de una “democracia antiliberal” en Irak, donde la mayoría podría no estar a favor de ciertos valores liberales como la separación de iglesia y Estado o la igualdad de derechos para las mujeres y las minorías. Pero se habla poco de la llamativa democracia de los consumidores de las sociedades desarrolladas, que tiene sus propios riesgos.

En California, como en otras partes de Estados Unidos, el mercado masivo está orientado a dar a los consumidores lo que quieren, al menor costo y con el menor esfuerzo, en el momento en que lo quieren, que es ya. El consumidor es rey. Define las pérdidas y las ganancias de taquilla de Hollywood y el auge o el fracaso de cualquier producto, sean pantalones o marcas de agua mineral.

Para este estilo de vida de cocina instantánea han sido construidas industrias completas: restaurantes como In-N-Burger donde se compran las cosas mientras se cruza por ellos en coche, Starbucks donde se compra el más refinado café en vasos de papel para tomarlo mientras se maneja, supermercados abiertos 24 horas, cajeros automáticos y entrega rápida de paquetería. Si el ejercicio o la dieta son muy demandantes o consumen mucho tiempo, hay la liposucción. Dientes con años de manchas pueden ser blanqueados hasta el fulgor con rayo láser en menos de una hora.

Pero las necesidades y urgencias del consumidor responden a su interés particular, no al general. El instinto de gratificación es inmediato, no quiere demoras. La política ha empezado a ser un aspecto de esta sociedad de consumidores. Tiene sus propios equipos de ventas y marketing, sus focus groups y sus encuestas diarias para saber por dónde sopla el viento en las ocurrencias del público. Como productos de éxito en un mercado cambiante, los políticos acuden a quienes tienen el dedo en el pulso del presente. La cultura del plebiscito, muy generalizada en California, le ha dado al votante-consumidor un poder directo; es el que ha ejercido ahora para revocar de un solo golpe el mandato del gobernador y elegir otro sin pasar por el lento proceso constitucional que exige una elección cada cuatro años. La confluencia del voto político y el voto de consumo en un mismo mercado está creando lo que el filósofo francés Bernard Henry Levy llamó la Civilización de la Coca Cola Light. Querer una bebida dulce sin las calorías del azúcar es una cosa. ¿Pero es posible tener escuelas y servicios públicos sin pagar impuestos? ¿O emprender una guerra sin bajas?

En una democracia de consumidores los votantes no piensan en el futuro, ni quieren tomar decisiones difíciles, sólo atienden al interés inmediato. En esa polis, la clase gobernante no es ya la intermediaría entre lo que los votantes quieren y lo que necesitan la nación o el Estado. De hecho, la clase gobernante deja prácticamente de existir y es sustituida por el cuerpo político mismo. La mitad del déficit público de California es por gastos que decidieron los votantes en distintas consultas electorales. En lugar de gobernar a la sociedad según los intereses generales de largo plazo, los políticos se convierten en simples transmisores o ejecutores de los intereses particulares de corto plazo.

El nacimiento de la democracia de los consumidores puede fecharse en 1978 cuando los votantes de California aprobaron la Proposición 13, que quitó el impuesto del 2% a la propiedad destinado a financiar la educación pública —una decisión sensata desde el punto de vista de los propietarios, ansiosos de quitarse de las espaldas la carga impositiva del gobierno, pero desastrosa para la educación pública de California—. Como consecuencia de aquella decisión, en el año 2003 California tiene una de las fuerzas de trabajo peor calificadas del mundo desarrollado. Esta racionalidad en lo particular que se vuelve locura en lo general brota de la misma cultura molecular que prohíbe fumar por razones de salud, pero multiplica el uso de enormes camionetas personales que colaboran al calentamiento global de la tierra.

La paradoja de California es que, permeadas por el espíritu consumista, las medidas adoptadas para promover y proteger el interés público —referéndum, plebiscito y posibilidad de acortar el tiempo de un gobierno impopular— están lesionando el interés público. Los mecanismos de plebiscito fueron introducidos a principios del siglo XX como medidas populistas para contrarrestar a los dueños del ferrocarril y los grandes terratenientes que eran el poder tras el trono del gobierno estatal. El mecanismo de limitar las reelecciones a dos periodos de gobierno fue introducido en 1990 para asegurarse institucionalmente de que “los pillos salieran del gobierno” de forma sistemática. En vez de mejorar la gobernabilidad, sin embargo, el resultado de estas medidas ha sido crear un entorno político que está en campaña permanente, dominado por consultores y lobistas de toda clase de intereses: agronegocios, barras de abogados, grupos antinmigrantes, empleados públicos, todos girando en torno a políticos sin experiencia recién elegidos. La funesta combinación de limitar la recaudación fiscal y aprobar programas públicos de altos costos ha condenado a California a un perpetuo déficit estructural.

La democracia de los consumidores que ha prosperado en California es lo que los padres fundadores trataron cuidadosamente de evitar al diseñar las instituciones estadunidenses: un régimen plebiscitario directo que legisla en base a sus ocurrencias, no con base en la razón, en el nombre del pueblo.

 La paradoja de California es que medidas adoptadas para promover y proteger el interés público —referéndum, plebiscito y posibilidad de acortar el tiempo de un gobierno impopular— están lesionando el interés público.

Breve historia

California ya estuvo en el hoyo una vez. Fue a principios de los noventas, los años de los motines por Rodney King, el gran incendio de Malibú, el terremoto de Northridge y el fin de la Guerra Fría, que deprimió la industria aeronáutica estatal. La gente se iba en oleadas. La revista Newsweek se preguntó: “¿Ha muerto el sueño californiano?”. Aunque al principio estimularon el empleo, los enormes déficit keynesianos del gobierno republicano —la herencia combinada de reducción de impuestos y el gasto militar para llevar a la quiebra a la Unión Soviética— dejaron una larga sombra de desempleo y bajo crecimiento en todo el país. Recuérdese a Bill Clinton gritando en campaña contra Bush El Viejo: “Es la economía, idiota”. Por debajo del pesimismo, sin embargo, burbujeaba la nueva economía. Llegó el boom de las empresas de internet, que lanzó el mercado de valores a una época de crecimiento especulativo y trajo superávit a los presupuestos del gobierno tanto en Washington como en Sacramento, la capital de California. California procedió, con la aprobación de los votantes, a gastar versallescamente en escuelas —37% más durante el gobierno de Davis—, parques públicos y seguridad social.

Un río de dinero llegaba a las arcas públicas por los impuestos cobrados a la gente de altos ingresos hija del boom de la alta tecnología. El carácter progresivo del impuesto sobre la renta permitió que más de la mitad de los 40,000 millones de dólares recaudados en el año 2000 (54%) viniera de gente con ingresos superiores a los 300,000 dólares anuales; más del 30% vino de gente con ingresos superiores a 1 millón de dólares al año. Los problemas del déficit de hoy empiezan en la quiebra de la economía de internet. California recibió beneficios extraordinarios de ese boom, a partir de Sillicon Valley, y sufre ahora extraordinariamente al desinflarse la burbuja. No acababa de tronar la burbuja, cuando la crisis energética golpeó al estado. Fue una crisis costosa, manipulada como se sabe ahora, que costó directamente a los consumidores unos 30,000 millones de dólares. Los analistas del gobierno federal han llegado a la conclusión de que Enron y otros gigantes del negocio eléctrico manipularon el mercado restringiendo la oferta. Pero para ese momento, el gobernador Davis había firmado contratos de largo plazo con otros proveedores para asegurar el abasto a un precio fijo que, en el mercado menos manipúlable de hoy, es considerablemente alto.

A Davis le tocó lidiar durante su gobierno con el colapso de las empresas de internet y con la crisis energética. Pese a que había sido reelecto un año antes, sus adversarios republicanos pudieron acusarlo, verosímilmente, de haber desbaratado la economía de California, por lo cual era necesario un nuevo mandato de los ciudadanos para mantenerse en el cargo.

Límites de gobernabLdad

Con una población de 35 millones y una economía que es la sexta en tamaño del mundo, California es parte orgánica, sin embargo, de la economía nacional y global, no es una entidad autónoma. Durante los setentas fui colaborador del gobernador Jerry Brown y aprendí entonces que, para bien o para mal, el ejecutivo estatal puede tener un impacto sólo marginal en la economía local. Las grandes decisiones que afectan a California —la tajada de impuesto sobre la renta que se lleva la federación (tres o cuatro veces mayor que la del estado), las tasas de interés o el enorme presupuesto federal, con su mezcla de todas las cosas— se tornan a orillas del Potomac, no en Sacramento.

Más de una tercera parte del gasto público de California —como el destinado a servicios públicos para migrantes— se decide en Washington. En Estados Unidos los gobiernos estatales se ocupan sobre todo de la educación, las cárceles, el transporte, los reglamentos de trabajo, la ecología y la energía. Cada vez más se les exige financiar los servicios públicos de salud que el gobierno federal no paga, particularmente en lo que hace a las medicinas y los tratamientos largos. La inversión en infraestructura, desde luego, es fundamental para el largo plazo, pero no luce en el corto. Las normas de trabajo favorables al trabajador pueden afectar la formación de pequeñas empresas. Pero las industrias fundamentales de California —construcción, agricultura, alta tecnología, el complejo militar industrial y Hollywood (el complejo industrial de los mass media)— crecen o decrecen según la marea de la economía del país y del mundo.

El principal recurso financiero de California es su fondo de pensiones de maestros y empleados públicos, unos 250,000 millones de dólares que se invierten fundamentalmente en el mercado inmobiliario, la bolsa de valores y, al menos durante el gobierno de Jerry Brown, se dedicaban también a financiar plantas nucleares en Estados Unidos. Pero el gobierno no puede disponer a su gusto de esos fondos. Lo que quiero decir es que atribuir a un gobernador la salud de la economía de California es como decir que Al Gore inventó el internet. Y culparlo por los altos déficit públicos en el inicio de una recesión nacional y en las postrimerías de un hundimiento del mercado de valores, es llevar las cosas demasiado lejos.

El presidente Bush no puede ser responsabilizado de la quiebra de las empresas de internet ni de la crisis del mercado de valores. La Reserva Federal, no la Casa Blanca, es quien fija las tasas de interés. Pero Bush es responsable por la reducción de impuestos que ha disparado el déficit federal. Con el tiempo, los déficit galopantes inundarán el mercado de capitales, harán subir las tasas de interés de largo plazo y frenarán la extensión del crédito. El presidente Bush también es responsable por lanzar la guerra contra Irak, argumentando primero que era una guerra contra el terrorismo, después contra las armas de destrucción masiva, ahora para llevar la democracia a los árabes del Medio Oriente, lo cual llevará décadas y costará billones de dólares.

El déficit total ele California es de 39,000 millones de dólares. Bush gasta hoy unos 87,000 millones de dólares en Irak. Cuando Bush asumió la presidencia había un superávit en el presupuesto federal de 334,000 millones de dólares, que se ha vuelto un déficit ele 455,000 millones, un salto ele 789,000 millones, de los cuales 117,000 millones son por reducción de impuestos.

Como ha señalado Lester Thurow, en lo que hace al producto interno bruto de Estados Unidos, el paso de Bush el Joven se parece mucho al de su padre. En el año que debía reelegirse Bush el Viejo, 1992, la economía creció sólo el 3%. Esto es lo que se prevé para el 2004 bajo Bush el Joven. Pero hay una gran diferencia en materia de empleo. Bush el Viejo podía decir que en sus cuatro años de gobierno se habían creado 3-6 millones de empleos. Durante el gobierno ele Bush el Joven se han perdido 2.4 millones de empleos y se pierden 400,000 cada trimestre. De seguir así, será el primer presidente desde Herbert Hoover que preside una economía con menos empleos a la hora de reelegirse que cuando fue electo. La tasa ele desempleo de California es del 6.6%, la más alta en una década.

En una democracia de consumidores los rotantes no piensan en el futuro, ni quieren tomar decisiones difíciles, sólo atienden al interés inmediato. En esa polis, la clase gobernante no es ya la intermediaria entre lo que los votantes quieren y lo que necesitan la nación o el Estado. De hecho, la clase gobernante deja prácticamente de existir y es sustituida por el cuerpo político mismo.

EL  ARCO POLÍTICO

California no voto por Bush el Joven sino por Al Gore en la elección para presidente y el presidente carece de popularidad en el estado. Por eso los críticos del plebiscito que echó a Davis de la gubernatura dicen que fue un “golpe de poder” de republicanos irritados porque no podían ganar el estado en una elección normal. En vez de ganar la elección constitucional de cada cuatro años, dicen estos críticos, los republicanos sólo tuvieron que reunir un millón de firmas pidiendo el plebiscito y pudieron ganar la gubernatura con la mezcla variopinta de gente dispuesta a votar en una elección extraordinaria.

¿Cómo pudieron estas fuerzas heterogéneas, aliadas con un presidente impopular, echar del puesto a un gobernador también impopular, sólo un año después de haberlo reelecto? La respuesta es que el espectro político de California es tan diverso —gays, hispánicos y otros migrantes, jubilados, empresarios conservadores, sindicatos, propietarios, rentistas, ecologistas radicales, etc.— que las fuerzas políticas se hacen presentes siempre que alguien toca el tema de su interés y vuelven después a la persecución privada de la felicidad cuando el voto no les importa. El plebiscito o referéndum, que permite votar sobre algún asunto específico si se reúnen firmas suficientes, responde a este patrón de conducta del electorado californiano.

A diferencia de la Europa parlamentaria, con su plétora de partidos, no hay en California representación permanente de la amplia diversidad de intereses de su sociedad. Se expresan entonces en iniciativas de asuntos aislados que se resuelven en plebiscitos. Así, el mismo estado que votó por Clinton para presidente echó atrás las políticas de cuotas favorables a las minorías raciales, típica agenda demócrata. Hace veinticinco años, el mismo estado que eligió dos veces a Ronald Reagan dio un giro y eligió gobernador al demócrata Jerry Brown. Reagan era un político de línea dura contra el crimen, un político pro empresarial y anticomunista, cruzado del libre mercado; Brown era un ecologista protector de ballenas, amigo de los pizcadores agrícolas que se oponía a la pena de muerte.

Las clientelas electorales cambiantes son una constante de la historia política de California. Edmund G. “Pat” Brown, gobernador al final de los 1950’s y principios de los 1960’s fue el gran constructor. Bajo su reinado se establecieron las carreteras, las universidades, los canales de dimensiones faraónicas que llevan agua del norte al sur y a través del gran Valle Central. Siguió el boom de la posguerra. Luego vino Reagan, que se opuso a los estudiantes radicales de Berkeley y quiso echar atrás lo que juzgó un excesivo intervencionismo gubernamental de Pat Brown. Luego de Reagan vino Jerry Brown, hijo de Pat, quien trató no sólo de limitar el gobierno sino de limitar el crecimiento producido por las políticas públicas de su padre. (El difunto presidente de la Universidad de California, David Saxon, dijo alguna vez que mientras Reagan odiaba las instituciones públicas, Jerry Brown odiaba las instituciones a secas). Brown el Joven creía que lo pequeño es mejor (razón por la cual ayudó a los precursores de Sillicon Valley, como Steve Jobs y las computadoras Apple), apoyó el conservacionismo ecológico en las costas y las montañas, introdujo el control de smog en los coches, nombró a mujeres y a miembros de las minorías en puestos públicos y defendió los derechos de los trabajadores agrícolas mexicanos que encabezaba César Chávez.

Luego del notable gobierno de George Deukmajian, un californiano de ascendencia armenia, fue electo Pete Wilson. Sus puntos de gloria fueron iniciar la desregulación de la energía eléctrica y limitar la inmigración mexicana ilegal, negando servicios públicos a los migrantes y a sus hijos. Este problema dividió a California en bandos raciales, aunque el alegato principal de Wilson era que California no debía pagar con su propio presupuesto una disposición federal en la materia; debía pagarla Washington. La medida fue aprobada por una avalancha del 60%, pero fue derogada después en los tribunales.

Luego vino Gray Davis, que había sido coordinador de asesores de Jerry Brown. Aunque puede decirse que Davis es un hombre progresista —partidario de las cuotas para minorías, el aborto, los derechos de homosexuales y lesbianas—, era visto por muchos como un político platinado, hábil para colectar dinero de campaña, pero sin convicciones ni liderato. Era pura táctica política tratando de sortear las olas de los intereses particulares con el único fin de mantenerse a flote.

 La mitad del déficit público de California es por gastos que decidieron los votantes en distintas consultas electorales. En lugar de gobernar a la sociedad según los intereses generales de largo plazo, los políticos se convierten en simples transmisores o ejecutores de los intereses particulares de corto plazo.

EN AUSENCIA DE MADISON Y MONTESQUIEU

Hay demasiada vitalidad en California, demasiada energía de migrantes recientes y febril imaginación empresarial, para pensar que se quedará mucho tiempo postrada. Su economía se recobrará pronto. Pero la erosión de su fe y su capacidad de construir futuro permanecerá si no se atienden los problemas estructurales. El problema central de la ideología del consumidor es que no hay forma de recordar que el futuro existe. ¿Cómo crear controles y equilibrios en un sistema que rezuma populismo consumista? ¿Cómo conservar la libertad de escoger según el interés de cada quien y preservar el interés general, incluyendo el de las generaciones venideras?

He planteado esta cuestión a distintos personajes en los últimos años. Si el fracaso del comunismo nos enseñó a olvidar el futuro, pregunté un día a Mijail Gorbachov, ya líder de un grupo ecologista, ¿cómo vamos a recordarlo? “La forma de recordar el futuro”, me dijo en un tono tolstoiano, “es vivir virtuosamente el presente”. Cuando Jacques Attali era todavía el cancerbero de Francois Mitterand en el Elíseo, su respuesta a mi pregunta fue, muy a la francesa, proponer una nueva institución: el Consejo de los Viejos que, con la sabiduría de sus años, podrían actuar contra la prisa de lo inmediato. “Todo lo contrario”, me dijo Jacques Cousteau, entonces de 85 años, “lo que hace falta es un Consejo de Jóvenes”. En las civilizaciones antiguas, dijo Cousteau, los viejos “unían mundos; el mundo de ayer estaba presente en el de hoy. Pero el problema es que la experiencia enseña el miedo al cambio. Mata la imaginación. Hace a la gente conservadora. Lo que nos espera adelante requiere la fuerza de la imaginación, no la sabiduría del ayer”. En 1993, Mitterand  creó una Comisión del Futuro, encabezada por Costeau.

Gianni de Michelis, el ex primer ministro italiano de relaciones exteriores me habló de este problema en 1992, cuando Italia era sacudida por la revuelta contra la “partidocracia”.1 El origen de la revuelta, según De Michelis, era la rígida, mecánica “democracia newtoniana” que trabajaba con partidos de masas de la sociedad industrial y no con los nichos diversos, diferenciados, del electorado en la era de la información. Se requería una nueva democracia directa, con respuestas más rápidas para guiar a la clase política. De Michelis miraba con simpatía la propuesta del populista estadunidense Ross Perot de una “democracia electrónica” que haría la democracia verdaderamente sensible e interactiva. Esta idea preocupó al politólogo de Harvard Michael Sandel quien advirtió, mucho antes de que Silvio Berlusconi reemplazara la partidocracia por la mediocracia en Italia, que “aunque la democracia plebiscitaria es una gran tentación en tiempos de gobiernos insensibles y distantes, no conduciría a un autogobierno efectivo, sino al bonapartismo”.

De Michelis se preocupaba también por los riesgos de demagogia. Escribió: “Los padres fundadores de la constitución estadunidense entendieron que el buen gobierno no debe dejarse llevar por la emoción popular y la urgencia de lo inmediato. Si, por ejemplo, los intereses comunes de largo plazo, como la preservación del ambiente o la universalización de los derechos humanos, no pueden vencer los intereses inmediatos del consumidor o los miedos estrechos del racista, el reino sin mediación de la opinión pública terminará destruyendo la democracia misma”. Montesquieu, sigue De Michelis, “previo controles y equilibrios entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial de la democracia newtoniana. Necesitamos un Montesquieu para la era de la información”. Agrega el historiador Arthur Sclilesinger Jr.: “El problema de hoy es la gobernabilidad deliberativa, no la representación. James Madison tuvo razón al subrayar la importancia de crear instituciones que puedan refinar y fortalecer el espacio público’ “. Madison pensaba en una legislatura y, luego, en los partidos políticos. Hace falta un Madison para la época de la democracia de los consumidores.

Lo sucedido en California no es importante sólo para California, sino para todos los países desarrollados donde se verifica ya el paso de la democracia de la era industrial a la democracia de la era de los consumidores. Esperemos que el nuevo Madison y el nuevo Montesquieu no vayan muy atrás de este proceso,   n

1 Democracy After the Nation State”, en New Perspectives Quarterly, vol. 9, no. 4.