EL DESAFÍO CHINO

ES DE ORIGEN MEXICANO

POR LUIS RUBIO Y JEFFREY WERNICK

La lección principal que arroja un análisis del caso chino es que los problemas de México son internos: tienen menos que ver con la competencia del exterior que con la ausencia de reformas dentro del país.

China se ha convertido en el “chico malo” del comercio internacional. Las exportaciones chinas crecen y dominan un mercado tras otro, aparentemente sin límite alguno. Las quejas en México contra las importaciones chinas proliferan de una manera inusitada, quizá sólo comparable a la manera en que los estadunidenses se quejaban, al momento de la negociación del TLC hace una década, de la supuesta amenaza que las exportaciones mexicanas representaban para su mercado. Hoy mexicanos y norteamericanos parecen unirse, en una de esas ironías que vale la pena resaltar, frente a la percepción de riesgo que existe por el embate de los productos chinos. Más allá del éxito de la producción china, quizá valga la pena dar un paso atrás para analizar la extraordinaria transformación que ha experimentado ese país y que lo ha convertido, en una sola generación, en un potentado económico.

Nadie puede dudar del éxito de la transición China: a final de cuentas, pasó de ser una nación pobre, esencialmente campesina, a un potentado industrial que atemoriza al resto del mundo en sólo veinte años. Aunque es fácil exagerar el éxito chino y, sobre todo, minimizar sus contradicciones, no es posible ignorar su espectacular transformación. Es de particular importancia reconocer que su éxito no estriba únicamente en el costo de la mano de obra, como muchos afirman, pues si ese fuera el secreto del éxito innumerables naciones de Africa y otras latitudes ganarían un lugar prominente de inmediato. El éxito tampoco se debe a su pasado comunista, primero porque su gobierno sigue teniendo  muchas de las características de aquel sistema político y social, pero quizá más importante, porque el otro gigante ex comunista, Rusia, se ha caracterizado por uno de los desastres económicos más grandes de todos los tiempos, de una escala que sólo puede compararse con el latinoamericano.

Cualquier observador que analice con detenimiento el caso de China podrá concluir que su éxito se debe tanto a la determinación del gobierna chino por modernizar y transformar a su país, como a la habilidad con que lo ha logrado. La conclusión anticipada a la que llega este análisis es que el éxito de China en materia industrial se debe ante todo a la decisión gubernamental de transformar al país más allá de cualquier ideología y, en todo caso, por encima de una oposición fundamentada en la historia y la ideología. Para el gobierno chino la modernización del país ha sido mucho más importante que la preservación del pasado. Es decir, por encima de la historia, los chinos han puesto el futuro. En eso, más que en cualquier acción específica, yace su enorme éxito.

Hay cinco áreas en que los contrastes entre la política de modernización china y la mexicana son abismales. Algunos tienen que ver con la historia de cada nación, pero la diferencia fundamental reside en la manera en que cada uno de los dos gobiernos ha hecho uso de los recursos a su alcance y, sobre todo, de su claridad de miras. Mientras que el gobierno mexicano fue cauteloso y parcial en su avance, el chino fue ambicioso y mantuvo siempre un horizonte de largo plazo. Hay cinco áreas en que estas circunstancias y diferencias son particularmente notables: a) la estructura industrial de cada país, b) el manejo de las crisis bancarias, c) la política de impuestos, d) el mercado interno y e) la justicia y el gobierno local.

La industria

La estructura industrial de cada país tiene que ver con la historia y con el actuar gubernamental; al final, están íntimamente relacionados. Países como China y la URSS, que vivieron décadas de un proceso de industrialización forzada al amparo de los procesos revolucionarios comunistas a principios y mediados del siglo XX, acabaron caracterizándose por estructuras industriales muy distintas. Mientras que la fábrica típica en la antigua Unión Soviética era no sólo de escala mundial, sino varias veces mayor en tamaño a las occidentales, en China se preservó una estructura industrial  milenaria que consistía esencialmente en miles o millones de empresas pequeñas dedicadas a distintas actividades y todas ellas compitiendo entre sí. De la misma forma, mientras que los soviéticos destruyeron toda la base empresarial e industrial existente en Rusia antes de los bolcheviques, los chinos la preservaron a todo lo largo del periodo comunista. Cuando se vino abajo la URSS, esa nación se encontró con una estructura industrial inviable, que destruía más valor del que creaba y sin capacidad de articular una transformación acelerada.

En contraste, China, país que ya había tenido la capitalización de mercado más grande de Asia antes de 1948, preservó la estructura tradicional. Aunque no hubo un gran impulso a las empresas, tampoco hubo un ataque que las destruyera, ni la pretensión de sustituirlas por grandes conglomerados gubernamentales. Las empresas se sumaron a la estructura comunitaria y, de esa manera, mantuvieron su existencia aun en un entorno político hostil. Aunque los precios se determinaban de manera centralizada, la producción se mantuvo en las empresas individuales. Cuando comenzó la última revolución, la industrial y empresarial, los chinos se encontraban en perfecta posición para convertirla en una oportunidad. Millones de empresas pequeñas comenzaron a competir de nuevo, a desarrollar productos y mercados. Se liberalizaron los precios y el espíritu empresarial renació de manera automática. Aunque se ha dado un profundo cambio en la estructura social de esa nación asiática y hay empresas y empresarios que han despuntado de manera prodigiosa, las diferencias en riqueza e ingreso son mucho menores de las que se pudieran esperar o de las que se registran en otras latitudes.

los bancos

El manejo de las bancas chinas resalta otra diferencia significativa con nuestro país. Por muchos años, los bancos chinos, como los nuestros, fueron manejados por burocracias que no entendían el negocio bancario y asignaban crédito sin conocimiento, cuidado o responsabilidad. Eso debilitó y descapitalizó a los bancos. Aunque China no ha experimentado una crisis bancaría de la magnitud de la mexicana de mediados de los 1990’s, es notable la manera en que el gobierno chino ha administrado su sistema bancario en momentos de dificultad. En lugar de generar apoyos orientados a China nos demuestra de manera fehaciente que el futuro se construye con mucho trabajo y, sobre todo, con una disposición a romper con mitos e intereses de una manera sistemática. Mientras aquí discutimos, allá creceti, preservar el valor de las acciones bancarias, el gobierno chino ha provisto de fondos a los bancos para que éstos puedan sobrevivir con deudores en problemas. De esta manera, se le ha dado tiempo a los deudores para transformarse y limpiar sus balances y para recuperar la capacidad de servir sus deudas. Lo anterior con el propósito de fortalecer al sistema bancario como consecuencia de la fortaleza económica y no al revés: el papel del gobierno consistió en asegurar la viabilidad del aparato productivo y no sólo del sistema bancario. Pero su apoyo no se orientó a preservar las empresas como estaban. A fines de los 1990’s, por ejemplo, aprovechando la crisis financiera que acosó a toda la región asiática, el gobierno chino eliminó las distinciones entre accionistas nacionales y extranjeros e introdujo mecanismos de gobierno corporativo para todas las empresas registradas en bolsa. Es decir, privilegió el largo plazo de la economía sobre las ventajas de corto plazo de los accionistas chinos.

los impuestos

Por lo que toca a los impuestos, la abrumadora mayoría de su recaudación se origina en elevados impuestos al consumo. Consciente del desincentivo a la inversión que representan los impuestos a las ganancias corporativas, el gobierno chino ha concentrado sus esfuerzos en los impuestos sobre ventas. Lo interesante es que el gobierno chino ha concebido el tema fiscal como un componente integral de su estrategia de desarrollo. De esta manera, ha apalancado la creciente presencia de sus exportaciones para llevar a cabo una ambiciosa modernización de su mercado interno. La inversión en infraestructura en ese país a lo largo de las últimas dos décadas no tiene precedente en la historia. El número de aeropuertos, puertos, carreteras, plantas generadoras de energía, etcétera, construidos en este periodo desafía toda medida tradicional. Sólo en materia de comunicaciones, para ilustrar este punto, China lleva más de dos décadas instalando anualmente el equivalente al total de la capacidad existente en México. Sin duda los rezagos eran muchos, pero la determinación de lograr una transformación acelerada es, simplemente, incomparable.

LA LEY

Una de las grandes quejas que inexorablemente presentan los inversionistas extranjeros en México se refiere a las ineficiencias del sistema judicial. Una compañía puede tardar años en lograr resolver una disputa contractual. En este campo, China no es particularmente distinta a México. Sin embargo, también aquí, los chinos buscaron alternativas que permitieran satisfacer las demandas de los inversionistas sin siquiera intentar derribar el viejo sistema político que, por cierto, nada tiene de democrático. Aunque Mao acabó con la religión, se preservaron diversos valores y prácticas de origen  religioso que permitieron mantener y desarrollar un capital social que incluía mecanismos tradicionales de administración de justicia, gobierno comunitario y otras instituciones locales. Iniciadas las reformas económicas en los 1980’s, el gobierno chino ideó mecanismos para fortalecer estas instituciones y convertirlas en instrumentos para la resolución de disputas. De esta manera, aunque el país carece de un sistema judicial moderno, ha logrado resolver los problemas inmediatos del desarrollo económico de una manera integral.

LA PRODUCTIVIDAD

Cuando uno observa el enorme y creciente número de productos chinos que saturan los estantes de las tiendas y almacenes, el desafío chino se torna  real. Sin embargo, nada de lo que uno ve en esos lugares permite visualizar las dimensiones reales de ese teto. La industria china comienza a invadir territorios que parecían impenetrables por economías emergentes y lo hace a una velocidad creciente. Por supuesto, no todos los proyectos que emprenden las empresas chinas o los inversionistas extranjeros en ese país son exitosos. Lo cierto es que la razón principal de su éxito no reside en el costo de la mano de obra, sino en la determinación con que se ha perseguido la modernización. Más que la invasión de productos chinos, es impresionante el crecimiento de la productividad. Contrario a lo que muchos suponen, la inversión en bienes de capital va en ascenso (lo que confirma que el precio de la mano de obra no es el único atractivo). Esto no sólo eleva la productividad, sino que permite elevar los salarios de una manera constante, lo que a su vez amplía el mercado interno, induciendo una transformación persistente y sistemática a lo largo y ancho de la nación.

Visto desde afuera, es fácil llegar a la conclusión de que todo en China va a marchar bien. Sin embargo, los problemas y contradicciones internos sin duda van en ascenso. No es el menor de ellos el choque entre la naturaleza del sistema político y las crecientes aspiraciones de la población. Con todo, lo que ha convertido a China en una potencia económica es la claridad de rumbo de su gobierno. Es evidente que la apuesta implícita de ese gobierno consiste en lograr satisfactores económicos tan exitosos que permitan hacer mucho más fácil una transición política.

EL RIVAL DE MÉXICO ES MÉXICO

Sea como fuere, China nos demuestra de manera fehaciente que el futuro se construye con mucho trabajo y, sobre todo, con una disposición a romper con mitos e intereses de una manera sistemática. Mientras aquí discutimos, allá crecen. La lección principal que arroja un análisis del caso chino es que los problemas de México son internos: tienen menos que ver con la competencia del exterior que con la ausencia de reformas dentro del país. Este hecho puede apreciarse en un indicador muy sencillo: la productividad del capital, es decir, el rendimiento de las inversiones en México, es menor no sólo al de China, sino también al de países como Argentina, Chile y Brasil. Este dato sugiere que nuestras disputas ideológicas y políticas no sólo tienen un costo creciente, sino que le niegan el futuro a México y los mexicanos. Podemos quejarnos en México todo lo que queramos de los chinos y de sus productos, pero mientras no aprendamos las lecciones que su experiencia arroja no haremos sino dar vueltas en un círculo vicioso. China demuestra que hay salidas, siempre que haya quien esté dispuesto a hacerlas realidad, n