Rayuela es a la vez una novela y una antinovela. Es una ingeniosa novela argumental, singularmente intensa, excepcionalmente fantasiosa. Está signada por la errancia y la búsqueda.

Cuando Rayuela apareció causó el asombro y la admiración que provoca todo lo radicalmente nuevo. Y a la vez se convirtió de inmediato en la novela talismán, novela iniciática, propuesta existencial que aspiraba, potenciando lo humano, a cambiar la vida. Caleidoscópico mosaico, modelo para armar, confía al lector activo la recomposición de su decurso como si este rompecabezas construido por ensamblaje de partes separables (que tanto procura novelarse como desnovelarse) contuviese mil otras novelas virtuales. Julio Cortázar con Rayuela magistral- mente consuma el más revolucionario ataque contra la novela tradicional, la sucesiva, la progresiva y concatenada, la decimonónica, la del realismo psicológico. Perpetuo mutante, Cortázar crea aquí un módulo variable que le permite representar la dispar y bullente movilidad de lo real, representar el mundo, entreverando lo subjetivo con lo objetivo, como cambiante encrucijada de múltiples factores en pugna. Rayuela es discontinua, contrastiva, inestable, sorpresiva y sorprendente. Así como se compone, se descompone, así como se centra y se decentra, se excentra sugestivamente alterada por inserciones inesperadas —como una lista de farmacias de turno— y agregados insólitos —como un artículo de periódico sobre los peligros del cierre relámpago— que la movilizan por contraste diversificador. Rayuela aloja en su seno la contranovela que la desvela, que no la deja hilvanarse en un continuo discursivo que cuente una historia lineal con personajes tipificados. Cortázar no acata el decálogo realista, varía, fantasea, desvaría, disparata, pone en juego todos los lenguajes, todos los tonos, todos los registros, desde el irónico-humorístico al más dramático y sobrecogedor. Cortázar emplea la andadura novelesca para transgredirla y trascenderla, para llevarla a esos ápices de máxima intensidad poética como las estremecidas transfiguraciones, las líricas escapadas a lo desmesurado y a lo cósmico que en las escenas amorosas se operan; o como esa vislumbre de un edén recobrado, del kibbutz del deseo, motivada por la conjunción de la piedrita de la rayuela con Heráclito hundido en la montaña de bosta.

Rayuela es a la vez una novela y una antinovela. Es una ingeniosa novela argumental, singularmente intensa, excepcionalmente fantasiosa. Está signada por la errancia y la búsqueda, por una demanda apasionada de sentido pleno, de relación inmediata, implicada y entrañada con el mundo, con el lector, con lo real encarnado; está propulsada por un reclamo vehemente del ser entero y de lo humano integral. Rayuela narra las vicisitudes (aventuras, travesuras, desventuras), narra las divertidas y atribuladas alternativas de Horacio Oliveira allá, en su fascinante París adoptivo, y acá, en su excéntrico Buenos Aires oriundo, refugio por reflujo donde recala repatriado.

Rayuela relata la desesperada tentativa de Oliveira, el inconformista, el outsider, el foráneo que se margina del orden social adocenado. Oliveira no quiere acogerse a la Gran Costumbre que todo lo constriñe y alisa, no admite el mundo preprogramado de las conductas convenientes, se niega a entrar en las anquilosadas estructuras del hombre maduro que está siempre de vuelta. Oliveira pugna por romper el cerco de lo consabido, de lo preconcebido, de lo previsible. Procura estar siempre de ida, conservar la fresca mirada, la percepción virginal del adamita, el candor abierto a cualquier sorpresa, a la novedad potencial de cada instante. Para salir de la medianía, evitando las frecuencias intermedias, Oliveira/Cortázar intenta moverse entre lo nimio y lo magno, entre opuestos extremos, entre el tejo de la rayuela y la estrella Beta del Centauro. Oscila entre un paraguas negro que inhuma ritualmente, entre los hilos que recoge en la calle para hacer tenues esculturas de aire, y los trances rítmico-afro-disiacos del jazz compartidos con su cofradía, la del Club de la Serpiente, ese pasmo primordial, el vagido de la trompeta fálica de Louis Armstrong, o el aflujo de la voz entrañada de Bessi Smith que comunica con el fuego central, o el paroxismo erótico que transmuta a la Maga en Pasifae y a Oliveira en el toro de Creta, la orgía pánica, la medular quemadura “de dentro afuera” que devuelve los amantes al estado mítico, al orden alocado de los dioses, a un furor transgresivo y a una sacralidad exultante. El amor restablece la confusión de identidades, la solidaridad primigenia donde el poder unitivo de la analogía funciona a fondo, y donde todo puede recomenzar.

Jugarreta novelesca, jugada metafísica, juguete lírico, Rayuela es también un dispositivo lúdico y un disparador humorístico. Su nombre mismo designa un juego, mezcla de azar y de destreza, para alcanzar desde la tierra la medialuna del cielo. Simboliza uno de los pasajes para acceder, como diría Cortázar, del territorio (profano) a la zona (imantada). El juego interviene en todas las instancias de la novela; en el modo de barajar los capítulos como un mazo de naipes o en los abundantes juegos de palabras —juegos en el cementerio, preguntas balanza; invención de titulares de periódico, diálogos típicos, jitanjáfora birmana— que culminan con el glíglico, invención de una lengua emoliente, una jalea lúbrica que ablanda y disuelve las palabras. El juego, aliado con el humor irreverente, reversivo, irrisorio, subversivo, entra en la historia novelesca desde el comienzo, desde la deambulación de Oliveira por el dédalo parisino para hallar a la Maga por tropismo o atracción magnética. Y llega al paroxismo en la segunda parte, en la parte porteña, con el absurdo radical del puente de tablones de ventana a ventana, entre Tráveler y Oliveira, que Talita, reencarnación bonaerense de la Maga, debe cruzar riesgosamente para llevar un paquete de yerba. El juego que comienza como travesura de haraganes se extrema hasta absorber la existencia, hasta convertirse en destino, en juego de vida o muerte, en juego del todo por el todo. n