EL IMPAGABLE LUJO DE NO DECIDIR

DEMOCRACIA DILETANTE

POR SABINO BASTIDAS COLINAS

En México no podemos darnos el lujo de tío decidir. La democracia es una forma de gobierno y debe servir para gobernar. La democracia no debe servir como pretexto para la inmovilidad, ni para la postergación de los asuntos públicos, la democracia mexicana está a prueba. El debate político en torno a las reformas estructurales nos ha dado una extraordinaria oportunidad para ver en pleno el funcionamiento y la operación de la democracia mexicana. A tres años de la alternancia, instalado de lleno en una democracia política, México discute varios temas fundamentales de la agenda de modernización social, política y económica, sin lograr acuerdos. No se avanza ni en un sentido ni en otro. Las reformas ni se aprueban ni se rechazan. Los actores políticos no han tenido la capacidad de construir alternativas, ni de estructurar reformas intermedias. Nadie gana y todos perdemos.

Los mexicanos asistimos a un escenario político caracterizado por liderazgos fragmentados, lealtades confusas, falta de definiciones, escándalo público y carencia de oficio político. La democracia está pagando todos los costos de la falta de acuerdos y la sociedad espera, mientras una estrategia de estabilidad sin crecimiento económico le hace perder el empleo, la esperanza en el futuro y poco a poco la paciencia.

Afirmaba Montaigne que “la persecución de una cosa participa de la calidad de la cosa perseguida’. En esta ocasión, el camino hacia las reformas resulta tan importante como las reformas en sí mismas. ¿Por qué? Sencillamente porque, al margen de los contenidos y de las posiciones de los distintos actores, en cada uno de los temas la manera como se da el proceso de discusión y de toma de decisiones es en sí mismo un ejercicio que revela la calidad de la democracia mexicana.

La eventual aprobación o no de las llamadas reformas estructurales peine a prueba la eficacia y los  alcances de nuestra democracia. En buena medida estamos viendo de qué están hechos y cómo funcionan los mecanismos formales e informales del poder público en México: el papel de los partidos políticos, el margen de maniobra del presidente de la república, los alcances del Congreso, la influencia de los intelectuales, de los medios de comunicación y los empresarios, y el papel que en todas estas decisiones juega la ciudadanía.

Es preocupante que en tres años no se haya podido avanzar en ninguno de los temas delicados de la reforma estructural. Ni siquiera en la reforma política, que hubiera podido significar un mecanismo para simplificar la discusión y la aprobación de las otras reformas consideradas clave para el desarrolle del país.

Las reformas estructurales pueden ser buenas o malas, convenientes o inconvenientes, pueden elaborarse en un sentido o en otro, pero nadie duda que deben abordarse. En el marco ele una nueva democracia, es necesario analizar la capacidad real de un sistema politice) para tomar decisiones y sobre todo advertir cuáles son los intereses y los mecanismos que se emplean para impulsar u obstruir determinados proyectos.

En una democracia basada en leyes, bastaría la legitimidad de las elecciones para que las personas que ostentan cargos y posiciones pudieran tomar decisiones.

Decidir en cualquier sentido sin duda proyecta símbolos, define futuros y visiones distintas de país, pero no decidir proyecta la peor de las imágenes, perfila el futuro más negativo: significa que los mexicanos no hemos aprendido a ponernos de acuerdo bajo un régimen democratice. Eso se llama ingobernabilidad y tarde o temprano pone en riesgo todo el proyecto democratizador.

¿Por qué no se han tomado decisiones? ¿Es un problema cultural? ¿Es un problema de la democracia? ¿Es un problema de las personas que ocupan los cargos? ¿Es un problema del diseño del marco institucional? ¿Es un problema de los intereses?

¿Es un problema temporal o de coyuntura?

Los nudos que enfrenta la toma de decisiones en nuestro sistema democrático se deben a una problemática compleja que puede pensarse inicialmente en tres órdenes: 1) problemas derivados de la manera como se concibe la democracia, 2) problemas derivados de la gestión de las personas que ocupan cargos, 3) problemas derivados del diseño del marco institucional.

Los problemas derivados de la manera como se concibe la democracia corresponden a distintos errores cometidos a lo largo del proceso de transición, de los más graves y perniciosos fue la idea de que la democracia servía para desplazar a los políticos. No se distinguió entre buena y mala política, entre buenos y malos políticos. De manera simplona se construyó la idea de que para ganar elecciones no había que ser político y mucho mejor si se era contrario a los políticos.

El rechazo a los políticos en el discurso se tradujo en el desprecio a la política como herramienta. Los costos están a la vista. Quienes ganaron  elección en el 2000 carecieron de visión política para entender el momento que estaban viviendo. La inexperiencia o la torpeza impidieron ver el horizonte y entender que en una democracia nadie gana para siempre y nadie pierde para siempre. No se pensó estrategia mente. Nunca se construyó con los otros actores. Por el contrario, se asumió una visión excluyente, ajena a la democracia, y no se consideró con seriedad a todos los adversarios que, a pesar de la derrota, permanecían todavía sobre el tablero. Se actuó con soberbia, y la soberbia en democracia, tarde o temprano, conduce a la derrota, como quedó de manifiesto en la elección de julio de 2003.

Fue un error de concepción también pensar que la democracia era sólo una elección, no un proceso de largo plazo que se construye con muchos actores y a lo largo de muchos años. Se cometió un grave error al pensar que la democracia era obra de una sola persona y no de toda una sociedad. El enfoque autoritario de la construcción democrática ha resultado uno de los equívocos más claros y más costosos para el gobierno del cambio.

Para señalar uno más: debe advertirse el problema de concebir a la democracia como una forma de gobierno que se ejerce sólo por televisión. Esta idea limitada y restringida de la democracia privilegió lo adjetivo frente a lo sustantivo.

Los problemas derivados de la gestión de las personas son mucho más claros. La clase política que ha conducido la transición ha resultado poco visionaria. Los enfoques diversos y contrapuestos en el grupo que ganó la elección en el 2000 no permitieron concretar ningún proyecto de cambio.

Los liderazgos fragmentados en casi todos los partidos y la falta de mecanismos para unificar posiciones y criterios han obstaculizado la capacidad de generar acuerdos.

No se planteó ningún programa o proyecto de gobierno orientado a generar cambios de fondo en ninguna materia. No se construyeron redes reales con la sociedad civil y no se avanzó en la construcción institucional de un nuevo sistema político. Parece que se optó por pactar sin más, con intereses del statu quo, en lugar de enfrentar las batallas que el cambio demandaba. Quienes encabezaron el gobierno del cambio no supieron construir. Hay que apuntar  también, como errores imputables a las personas que ejercen los cargos, los problemas de comunicación y las muchas malas y desafortunadas declaraciones de varios actores políticos.

Es normal que una nueva clase gobernante carezca de todos los elementos y la experiencia necesaria para no cometer errores, sobre todo en áreas técnicas complejas como pueden ser los temas financieros o económicos, que requieren un periodo de aprendizaje. Pero esta constante de las transiciones a la democracia no justifica ni disculpa los recurrentes errores en posiciones y declaraciones de varios políticos del proceso de transición, menos aún después de dos o tres años de ejercer el cargo.

Es muy grave que los protagonistas de la transición no asuman el liderazgo democrático con inteligencia. Su gestión de la transición es clave para la consolidación de la democracia. Los protagonistas de un nuevo sistema político necesariamente inauguran formas, estilos, usos y reglas no escritas. La imaginación, la capacidad intelectual y la estatura moral de los líderes de la transición influyen de manera definitiva en la conformación del perfil de la democracia.

Existe una gran responsabilidad imputable a las personas que han encabezado la conducción del cambio democrático de México. Las expectativas generadas y no satisfechas, la falta de trabajo político, la frivolidad en el ejercicio del cargo, la casa presidencial convertida en gabinete, la falta de claridad en las políticas públicas y la incapacidad administrativa son algunos de los problemas ocasionados específicamente por las personas.

No se deciden muchos temas y no se avanza en muchas discusiones, porque quien está gestionando el cambio democrático no ha tenido una estrategia clara y articulada para impulsar los cambios que necesita el país.

Por último, encontramos los problemas derivados del diseño institucional de nuestra democracia, que sin lugar a dudas son los más preocupantes. El sistema democrático tal como está diseñado tiene pocos estímulos que obliguen a los distintos actores políticos a tomar decisiones. Postergar ha sido más rentable que decidir.

Tenemos problemas derivados del diseño y del marco institucional; en primer lugar, porque prácticamente desde 1996, con la llamada reforma definitiva, se abandonó la sana práctica de mantener un ejercicio permanente de discusión y revisión de las normas y las instituciones que dan forma al sistema de partidos y al sistema electoral. Es increíble que después de tres años de gobierno, el grupo supuestamente promotor e impulsor de la democracia no haya presentado ninguna iniciativa orientada a mejorar, a profundizar y a consolidar la democracia. Por ejemplo, ¿cómo es posible que, siendo el financiamiento de los tres partidos políticos más importantes motivo de escándalo y debate público, a la fecha no se haya presentado ninguna iniciativa que evite este tipo de problemas en el futuro?

Es fundamental entrar al tema de la regulación y democratización interna de los partidos políticos, que juegan un papel clave en la toma de decisiones, y no existen fórmulas legales para unificar criterios y posiciones. Debe analizarse la reelección de legisladores y la estructura del Congreso de la Unión, la profesionalización de cuerpos de consultores y cabilderos en el Congreso, el papel de los gobernadores de los estados en los procesos de toma de decisiones, los mecanismos de presentación de programas de gobierno y la evaluación de resultados.

Se requiere revisar la relación entre poderes, sobre todo entre el ejecutivo y el legislativo. Es necesario  establecer fórmulas que permitan operar mejor esta relación, se necesitan plazos y tiempos, mayor diálogo entre poderes, intercambio eficaz de información y sistematización del trabajo común.

El diseño institucional mantiene a los ciudadanos fuera de la construcción de las decisiones. Si la clase política tenía dudas, ¿por qué no se aprovechó la elección del 2003 para preguntar sobre ciertos temas a la ciudadanía? En las democracias desarrolladas la consulta de temas en paralelo a la votación de representantes populares permite tomar decisiones delicadas.

La legislación electoral necesita ajustes importantes: financiamiento de partidos, duración de las campañas, regulación de las precampañas, abaratamiento de costos, acceso de los partidos a los medios de comunicación, liquidación de los partidos que pierden registro, derechos de los ciudadanos frente a los partidos, entre muchos otros.

Es claro que hay material suficiente para una reforma política importante y parece que en muchos de los temas pendientes de la agenda encontramos explicaciones a por qué no han avanzado muchas de las reformas estructurales.

Los tres órdenes aquí expuestos caminan en paralelo, en una cercanía estrecha, y los separamos con el único propósito de tratar de encontrar nuevas vías y estrategias de solución. Debemos distinguir para poder corregir. Cada uno de los pendientes aquí esbozados merece un tratamiento y una solución particulares. Hay problemas que son responsabilidad de todos, hay problemas que son responsabilidad de algunos políticos y hay problemas que son producto del marco institucional y que es urgente atender y modificar. En todo caso, no responsabilicemos a la democracia, porque al hacerlo realizamos un peligroso llamado al autoritarismo. En México no podemos darnos el lujo de no decidir. La democracia es una forma de gobierno y debe servir para gobernar. La democracia no debe servir como pretexto para la inmovilidad, ni para la postergación de los asuntos públicos. Una democracia eficaz debe tener la capacidad de sacar adelante un proyecto de gobierno por el que la sociedad votó, y avanzar en decisiones de cambio y reforma que permitan la modernización del país.

Elecciones limpias y confiables son condición necesaria pero no suficiente para acceder a una verdadera vida democrática. Los procesos electorales eran sólo el principio, indispensable, necesario, fundamental, pero de ninguna forma constituyen ni agotan la totalidad de la concepción democrática. Una buena elección no hace una buena democracia. Una democracia debe permitir que actores con visiones distintas, e incluso contrarias, de la realidad sean capaces de conciliar sus posiciones en favor del interés general. Por supuesto que es necesario hacer un gran trabajo político. Decidir en una democracia es distinto a decidir en un régimen autoritario. La decisión en una democracia es más lenta y más ruidosa. La decisión en un régimen autoritario es rápida y por supuesto en silencio.

Las ventajas de decidir en democracia radican en que las decisiones tomadas deben ser mejores y de mayor depuración, porque se discuten por más gente y durante más tiempo, además de que deberán ser de más largo plazo por contar con mayor apoyo, legitimidad y respaldo político.

Es evidente que preferimos el ruido de la democracia al silencio del autoritarismo. La tarea fundamental hacia el futuro es construir una democracia de mayor calidad y consolidarla.1 Debemos tener cuidado con nuestra democracia. Es un bien frágil que requiere atención y cuidado y que no se conquista de una vez y para siempre. En todo momento se corre el riesgo de sufrir el quiebre de la democracia2 y sucumbir ante regresiones o tentaciones autoritarias.

El statu quo juega a conservar, las fuerzas del cambio democrático juegan a transformar. Eso genera tensiones naturales, inherentes a todo proceso de cambio de régimen. Lo normal es que el agotamiento de viejas estructuras de poder político y sobre todo el contraste entre el nuevo proyecto y el afán de renovación jueguen a favor del cambio democrático.

La democracia necesita demócratas. No es algo obvio, ni se da de manera natural. La democracia que celosamente se construye con instituciones, normas y caros y elaborados procesos electorales sucumbe cuando quienes la operan no se comportan ni se asumen auténticamente como demócratas. México necesita demócratas convencidos, capaces de construir el futuro con seriedad y con mayor talento y talante democrático

Es preocupante que en tres años no se baya podido avanzar en ninguno de los temas delicados de la reforma estructural. Ni siquiera en la reforma política, que hubiera podido significar un mecanismo para simplificar la discusión y la aprobación de las otras reformas consideradas clave para el desarrollo del país.

1 Informe sobre Desarrollo Humano 2002. Profundizar la democracia en un mundo fragmentado.

2Juann Linz: La quiebra de las democracias. Alianza. España. 1996. n