Este ensayo de Julian Barnes parte de la publicación en inglés de una selección de los escritos de Chamfort: Reflections on Life, Love and Society, selected and translated by Douglas Parmée, Short Books, London, 2003.

Camus lo creía el más instructivo de los moralistas, y mucho más grande que La Rochefoucauld; Nietzsche y Stuart Mill lo reverenciaban; Pushkin lo leyó y permitió que su personaje Eugene Onegin hiciera lo mismo; es una presencia admirada en los diarios de Stendhal y los Goncourt; Cyril Connolly, otro epicúreo melancólico con un gusto por el aforismo, lo citó extensamente en The Unquiet Grave. Aun así Nicolas-Sébastien Roch de Chamfort (1741-1794) sigue siendo prácticamente desconocido en la Gran Bretaña.

Esto se debe en parte a nuestra falta insular de no traducir lo suficiente: la última edición británica es al parecer la de la Golden Cockerell Press (550 ejemplares) de 1926. Pero quizás es también culpa del género en el que él escribió su única obra perdurable: las Máximes et Pensées, Caracteres et Anee elotes, et petits Dialogues philosophiques. En estas islas no vamos mucho a pequeños libros de sabiduría. Aceptamos la charla de sobremesa, o las observaciones profundas extractadas del Johnson de Boswell o, mejor aún, de las novelas (“Es una verdad universalmente sabida…”). Pero la idea de tomar una observación social o moral, pulirla en una forma literaria y tenderla sola en una página en blanco como un joyero coloca un brillante sobre un terciopelo negro —esto nos parece un poco sospechoso—. En manos de algunos, nos parece señorial, snob; en manos de otros, meras llamaradas.

Tomemos tres famosas observaciones —llamémoslas máximas epigramas, apotegmas, como queramos—. Connolly: “En todo hombre gordo hay prisionero un hombre flaco haciendo señas desesperadas por salir”. Pensemos en los hombres gordos que conocemos. ¿En “todo” hombre gordo? ¿Señas “desesperadas”? Aquí no estamos hablando de cosas como Weight-watchers. ¿Es la frase, tal y como está escrita, cierta para muchos otros que no sean el corpulento y mismo Connolly? Wilde: “El trabajo es la maldición de las clases bebedoras”. Es la reversión elegante y fácil de un dicho común. ¿Pero es cierta? ¿Es cierta incluso en parte? O es tan sólo una llamativa pieza de prestidigitación verbal —finalmente tan ignorante como jactanciosa—. La Rochefoucauld: “Algunos nunca se habrían enamorado si no hubieran oído hablar del amor”. Esto impresiona más y tiene mayor autoridad. ¿Pero es cierta a fin de cuentas? Todos podemos pensar en gente que se enamora por las “malas razones”; o quienes a nuestro parecer alegan estar enamorados cuando no lo están; pero eso no es lo que La Rochefoucauld está diciendo. De nuevo, la contención se viene abajo por tratar de abarcar demasiado. La vida, podríamos concluir, rara vez se da en “una sola frase”.

Chamfort no es como esto. Camus hace la distinción entre el escritor de máximas y el moralista. Una máxima es como una ecuación matemática —sus términos son con frecuencia reversibles— y no es coincidencia que el siglo XVII fue en Francia la gran era tanto de las matemáticas como de las máximas. Pero “toda su verdad yace dentro de sí misma, y no corresponde a la experiencia más de lo que lo hace una fórmula algebraica”. Esto es válido para La Rouchefoucauld. Mientras que un moralista como Chamfort rara vez escribe máximas, rara vez depende de la antítesis y la fórmula. Hay poco en él de “La Cita de la Semana”. Como lo apuntaron los Goncourt en su Diario en 1886, Chamfort “está mucho más allá de un hombre de letras que escribe sus reflexiones. El nos ofrece una condensación del entendimiento del mundo, el elixir amargo de la experiencia”.

Nació hijo ilegítimo en el Auvergne; la inteligencia, el ingenio, el encanto y lo bien parecido lo llevaron a las cumbres de la sociedad parisina. Fue amigo de Talleyrand, D’Alembert y Helvétius; Mirabeau dijo que su cabeza era “eléctrica” y que sólo había que frotarla para que salieran ideas brillantes. Era un personaje familiar en los salones intelectuales, y fue elegido por la Académie; Luis XV le dio una pensión por una mediocre obra de teatro que activaba los lacrimales de su majestad. Un éxito tan directo y visible habría satisfecho a alguien con ambiciones normales; pero Chamfort era demasiado inteligente —o demasiado orgulloso, o se odiaba demasiado a sí mismo— para conformarse con estar simplemente satisfecho, ya no digamos feliz. Su éxito meramente agudizó tanto sus contradicciones internas como las de la sociedad que lo aplaudía. Aquí está su autorretrato (Reflexión 2):

Toda mi vida es una aparente contradicción de mis principios: me disgusta la monarquía y sirvo a un príncipe y a una princesa. Soy bien conocido por mis principios republicanos y sin embargo tengo un buen número de amigos aristocráticos emplastados de condecoraciones de la realeza. He elegido ser pobre y disfrutarlo, pero me paso el tiempo con los ricos. Desprecio los honores y, sin embargo, cuando me los han ofrecido, he aceptado algunos. La literatura es casi mi único consuelo pero no frecuento a ninguna persona brillante, ingeniosa —ni siquiera asisto a las sesiones de la Academia Francesa—. Más aún: creo que los hombres necesitan ilusiones, mientras que yo no tengo ninguna. Considero que la pasión tiene más que ofrecer que la razón y yo ya no siento ningún tipo de pasión. De hecho, la lista (de contradicciones) es interminable.

Esta “línea de defecto” que cruza por la mitad es en parte lo que hace a Chamfort tan atractivo, humano, moderno. En su condena de los motivos humanos puede ser tan feroz y sarcástico como La Rochefoucauld. Pero mientras La Rochefoucauld propone un sistema bajo el cual el interés personal es el impulso de toda la actividad humana, queda la implicación de que La Rochefoucauld mismo de alguna manera está eximido del cargo; está por arriba de la gente indigna que anatomiza. Chamfort es diferente en este respecto clave: su condena de la humanidad lo incluye a él mismo, de modo muy específico. “Si de mí puede desprenderse algo, el hombre es un animal tonto”.

Es también probable que la sabiduría surja de una familiaridad con las flaquezas, el fracaso y la miseria que con la fuerza y la riqueza. “Me parece que, una vez asumido que ambos tienen igual capacidad de discernimiento e inteligencia, un hombre que nació rico nunca conocerá a la naturaleza, la sociedad o el corazón humano tan bien como el hombre que es pobre. El hecho es que mientras el rico se estaba dando gusto, el pobre estaba buscando consuelo en el pensamiento”. Chamfort era pobre sólo en comparación con aquellos que frecuentaba; los pobres de verdad habitualmente no tienen ni tiempo ni energía para “el consuelo del pensamiento”. Pero él supo del estigma de la ilegitimidad; padeció una enfermedad que lo desfiguraba (se ha sugerido que esa enfermedad pudo ser sífilis o lepra o elefantiasis —la opinión moderna ha establecido que fue granulomatosis—); y su experiencia en el amor fue arrasadora. Luego de ser un soltero disoluto y un misógino de tiempo parcial hasta la avanzada edad de los 40, de súbito se enamoró profundamente de la esposa de un cirujano, y ella le correspondió. Para su fortuna, esta mujer enviudó muy pronto, luego de lo cual la pareja se mudó al campo para vivir el idilio pastoral de todo habitante de ciudad. Seis meses después ella murió.

Una segunda “línea de defecto” atraviesa la obra de Chamfort, una cuya ironía él habría apreciado. Todo lo que él publicó en vida, todo lo que le dio renombre —las obras teatrales, los ensayos, el periodismo, los homenajes a grandes figuras literarias— ha sido olvidado por completo. Mientras que la única cosa por la que no fue conocido durante su vida ha hecho su fama limitada pero duradera. En algún momento a mediados de los mil ochocientos setenta Chamfort empezó a borronear en pequeños pedazos de papel sus conclusiones sobre la vida, junto con anécdotas ilustrativas, citas y fragmentos de diálogo.

No hay nada que indique para cuándo, o para qué, si era el caso, él intentaba hacer algo con esta acumulación; si pensaba publicar el material y, de ser así, cómo sería ordenado. Más aún, entre su muerte y la primera selección impresa de sus residuos intelectuales, muchos ítems —quizá tantos como 2,000— fueron removidos por una persona o por más de una persona desconocidas, probablemente sobre la base de que eran incriminatorias o difamatorias. Como lo señala Douglas Parmée, el resultado es “una pesadilla académica —y un paraíso para el antólogo, que puede malabarear las piezas a su antojo—”. Su ocasional republicación ha conservado vivo el nombre de Chamfort, aunque nosotros, como posteridad, no debíamos elogiarnos muy abiertamente por haber tenido el talento para apreciarlo. “La posteridad”, escribió, “consiste meramente en la opinión de una serie de públicos. ¡Y nomás miren a los públicos de hoy!”.

Sainte-Beuve, el crítico más industrioso e influyente de mediados del siglo XIX, tuvo sobre Chamfort un juicio más bien duro: algunas de sus frases fueron “monedas que aún conservan su valor”, pero muchas eran más como flechas silbantes y afiladas. Sus Reflexiones eran “horrorosas y corrosivas”; y su talento era inferior a su ingenio y a sus ideas. El moralista había elevado su propio aislamiento y su propia percepción de estar en desgracia al rango de un sistema amargado. Cuando escribió: “Nadie que no sea un misántropo a la edad de los 40 ha sentido nunca el menor afecto por la especie humana”, eso “sólo era cierto para un soltero”. De modo más general, las supuestas conclusiones universales de Chamfort se referían sólo a los más altos niveles de una sociedad ya muerta desde hacía mucho. “Felizmente, esas conclusiones dejan de ser ciertas si uno mira a una sociedad menos artificial, una donde se mantiene el sentido de la familia, y donde no se han abolido los sentimientos naturales”. Para Saint-Beuve, Chamfort reprueba el examen final de la verdad.

¿Cómo responder al cargo de que Chamfort es “reducido”? Primero, señalando que las muestras de representatividad social son un requisito para los sondeos de Gallup, no son necesariamente esenciales para la sabiduría: ¿son las verdades de Freud sólo aplicables al mundo reducido, ya muerto, de los vieneses neuróticos? Luego, podemos examinar unos cuantos de estos dichos de Chamfort supuestamente locales. Aquí va uno sobre la fama: “En un país en donde todos son dados a alardear, mucha gente debe preferir, y de hecho prefiere, ser alguien en bancarrota que un don nadie”. Aquí va uno sobre el estatus: “Si uno quiere descubrir cómo los hombres están corrompidos por su estatus social, hay que mirar a qué se parecen cuando viejos, luego de que ellos se han expuesto largamente a la influencia de ese estatus. Miremos a los viejos cortesanos, a los jueces, abogados y cirujanos, por ejemplo”. Y aquí va uno sobre política: “Uno se imagina que los ministros y otros altos funcionarios tienen principios porque los hemos oído decirlo. A resultas, uno evita pedirles que hagan algo que pudiera llevarlos a romper esos principios. Sin embargo, uno descubre pronto que ha sido estafado cuando uno ve a los ministros hacer cosas que comprueban que carecen en mucho de principios; no es sino un hábito el que tienen, un reflejo automático”.

¿Parecen estas verdades pasadas de moda? Chamfort cita a Mirabeau sobre cómo una vez que un sistema político se ha establecido propiamente, es irrelevante la elección de un ministro en particular: “Es como los perros dándole vueltas a un asador, todo lo que necesitan es mantener sus patas en movimiento, su pedigrí no es importante, no necesitan ser listos o tener una buena nariz, el asador sigue dando vueltas y la comida será más o menos comestible”. A todos nos vienen a la cabeza ministros caninos a los que esto puede aplicárseles: Geoff Hoon, para empezar.

Las estructuras políticas cambian; los instintos y los hábitos políticos rara vez evolucionan. Las estructuras sociales decaen y pasan; la ambición social y las técnicas para el avance personal continúan. ¿El sexo y el amor y sus consecuencias? Chamfort parecería fechado y circunscrito a su misoginia más que ocasional; y Camus lo regaña por compartir “uno de los sentimientos más comunes y tontos, es decir el desprecio generalizado por las mujeres”. Pero —y estamos hablando de Chamfort, y por tanto alguien complicado, dividido, humano— él es también el que observó (casi sentimentalmente): “A pesar de todas las bromas sobre el matrimonio, no puedo ver qué puede decir cualquiera contra un hombre de 60 que se casa con una mujer de 56”. ¿Y la siguiente revelación sobre el amor pudo haber sido hecha por un mero solterón, o por un mero misógino?: “En el amor, todo es al tiempo verdadero y falso; es el tema en el que resulta imposible decir algo absurdo”. Chamfort es vario, contradictorio, pero siempre estimulante, nunca es alguien que halaga la complacencia del lector; y mientras que algunos de sus dichos son rebatibles, hay muy pocos de ellos ante los que la respuesta sería: “Eso nomás no es cierto: fue cierto entonces, no es cierto ahora”. Una de mis frases favoritas en la excelente selección de Douglas Parmée es aquella que, también, uno siente dirigida al mismo autor: “Tener cantidad de ideas no significa que eres inteligente, igual que tener cantidad de soldados no significa que eres un buen general”.

Camus, sin mencionar a Sainte-Beuve, se ocupa del cargo de lo “reducido” de Chamfort de manera muy diferente. Sí, dice Camus, Chamfort estaba escribiendo sobre una elite social; pero no, no estaba generalizando sobre toda la especie desde esa base reducida. El verdadero moralista —en oposición al hacedor de máximas— es un observador de la particularidad humana del mismo modo en que lo es un novelista. De ahí que las Reflexiones sean una “suerte de novela desorganizada”, “una novela no admitida”, “una novela satírica”. De hecho, “si uno tan sólo pudiera restaurar para la obra la coherencia que el autor se rehusó a darle, uno tendría algo muy superior a esa colección de pensées que parece ser”.

Este es un alegato generoso e imaginativo (y ligeramente exagerado), que indica bien la naturaleza más amplia de la obra de Chamfon. Las Reflexiones contienen conclusiones largamente meditadas sobre la naturaleza y la conducta humanas, pero también anécdotas, historias, breves descripciones de personajes, y bromas. (Reflexión 67: “El día más desperdiciado en toda vida es aquel en que uno no logró reírse”.) Esto es lo que le da al libro su tono y su textura; también el sentido de un autor dirigiéndose a un lector. Chamfort, el novelista a la sombra, quiere compartir su sabiduría con nosotros, pero quiere también compartir sus chismes:

Luis XV le dijo a una de sus queridas: “Te has acostado con todos mis subditos”. “Oh, Su Majestad”. “Tuviste al Duque de Choiseau”. “Es que él es tan poderoso…”. “Al Mariscal de Richelieu”. “Es que es tan inteligente…”. “Manville”.

“Es que tiene unas piernas tan adorables…”.

“¿Y qué me dices del duque d’Aumont, que no tiene ninguna de estas buenas cualidades?”. “Oh, señor, él es tan devoto de Su Majestad!”.

La ambivalencia de Chamfort ante la sociedad cuya aclamación él había buscado lo llevó primero a periodos de retracción y retiro filosófico; luego a apoyar el rechazo organizado de esa sociedad conocido como revolución. Aunque esto pudiera parecer lógico y también cuestión de principios, su motivación detallada es menos clara. Chateaubriand se sorprendía de que alguien con un conocimiento tan profundo de la humanidad acabara por abrazar cualquier causa. La teoría de Sainte-Beuve era que la inquina mortal de Chamfort contra el ancien régime era en el fondo literaria: su juicio sobre él era que se trataba meramente de un joven y agradable poeta, y que de modo condescendiente le había dado ese trato. Connolly señaló el “temperamento de un niño-de-amor”, que produjo tanto una gran necesidad de amor como “ese sentir igualmente violento, tan familiar a los bastardos, de un agravio contra la sociedad”.

Cualquiera que sea la razón de nuestra preferencia, esto llevó a “El predicamento de Chamfort”, como lo llamó Connolly en The Unquiet Grave.

Su predicamento nos es familiar a todos… Es el del revolucionario cuyas maneras y modo de vida están atados al viejo régimen, cuyos ideales y lealtades pertenecen al nuevo, y el de quien por una especie de exhibicionismo valeroso se siente obligado a decir la verdad sobre ambos, y esperar de los comisarios del Rey Cigüeña la misma admiración por sus agudezas con que las recibían los cortesanos del Rey Lirón.

Cuando la revolución estalló Chamfort se puso del lado de su amigo Mirabeau; habló en las esquinas, acuñó eslogans populares (“Guerra sobre el castillo, paz sobre las cabañas”), y fue uno de los primeros que entró en el asalto de la Bastilla. Apoyó a la revolución de un modo más consistente y duradero que otros de su tipo: “¿Crees que pueden hacerse revoluciones al olor del agua de rosas?”, le preguntó a un indeciso.

Pero su hábito de pensar con independencia no lo abandonó. Cuando el eslogan jacobino “¡Fraternidad o muerte!” apareció en las paredes, él conocía a la política y a la naturaleza humana lo suficiente como para reformularlo sin ambages: “¡Se mi hermano o te mataré!”.

No pasó mucho antes de que el Rey Cigüeña le pasara su cuenta. Chamfort fue denunciado, puesto en prisión, liberado y amenazado con un nuevo arresto; decidido a irse de esta vida como un filósofo, se puso una pistola en la cabeza. Todo lo que logró fue aplastarse la nariz y perder su ojo derecho. Entonces tomó una navaja —o según otras versiones, un cuchillo— y se cortó la garganta, las muñecas y los tobillos, antes de caer en un charco de sangre que se derramó hasta salir por la puerta. Sorpresivamente, sobrevivió, y de modo característico se quejó de lo mucho que la pobreza una vez más le había fallado: “Séneca era rico, tenía todo lo que necesitaba, incluyendo un baño caliente para hacerlo, y el mejor de los entornos, mientras que yo soy sólo un pobre diablo que no puedo pagarme nada de eso… Aun así, por lo menos tengo una bala en mi cabeza, eso es lo que importa”. Era así y no era así; de hecho, Chamfort parecía estar en el camino de la recuperación cuando la torpeza de un doctor hizo las cosas por él. Sus últimas palabras fueron: “Dejo este mundo donde el corazón, o se rompe, o se vuelve de bronce”. ¿Cierto? ¿Parcialmente cierto? ¿Para nada cierto? Discuta.

 

Julian Barnes

© Julian Barnes, 2003. La versión en inglés de este artículo apareció en The Guardian.