EL RUMBO PERDIDO

La inmovilidad y la parálisis pueden conducir al país a una nueva crisis, del mismo modo que flotar mucho tiempo en alta mar sin nadar en algún momento hacia la playa, no puede tener otro resultado que ahogarse.

México parece haber perdido el rumbo de su modernización (ya una mala palabra), iniciada en los años noventas. Está detenido, confuso, no sabe a dónde dirigirse. La razón de su duda es el descrédito y el pobre resultado de las reformas emprendidas hace quince años. La razón del descrédito de esas reformas —también, en parte, de su bajo rendimiento— es la crisis del 95 que sacudió al país y sepultó a los gobiernos modernizadores, junto con su promesa de prosperidad. La gente creyó en eso. Una ola de optimismo recorrió bolsillos y planes de familias y empresas. La crisis del 95 vació los bolsillos y convirtió los planes en deudas. Fue una crisis general: de las familias, de las empresas, del gobierno y del país. Vivimos todavía bajo su sombra. México no ha regresado al nivel del ingreso individual de 1994, ni el país ha recobrado la confianza en su futuro económico.

El origen de la crisis del 95 no fueron las reformas, sino el vicio tradicional de nuestras finanzas públicas: una deuda gubernamental muy por encima de las capacidades de pago del gobierno. La deuda del 94 no se llamaba deuda ni aparecía en el presupuesto como déficit. Aparecía como confianza de los inversionistas en los bonos de la tesorería mexicana —de los que se habían comprado 28,000 millones de dólares— y como préstamos de la banca de desarrollo a miles de pequeños y medianos empresarios —equivalente a 12,000 millones de dólares.

Los tesobonos estaban garantizados en dólares y los créditos se habían otorgado a tasas bajas. La devaluación de diciembre de 94 convirtió los tesobonos en deuda externa y los créditos de la banca gubernamental en cuentas incobrables. La banca privada entró también en quiebra técnica. El gobierno acudiría más tarde a su rescate (terrible palabra) comprometiendo en ello unos 90,000 millones de dólares. En la primavera de 1995, México estuvo a punto de suspender sus pagos internacionales. El gobierno de Clinton vino en su ayuda con un préstamo de 40,000 millones de dólares, por el que México dio en garantía sus ventas de petróleo. El préstamo acabó de saldarse este año, con un pago de intereses de 14,000 millones1. Sydney Weintraub reconstruye en su ensayo de este mismo número aquellos momentos y sus consecuencias duraderas en el pesimismo público mexicano (El pesimismo tiene permiso. Ver p. 50).

El presidente saliente, Carlos Salinas, trató de poner la culpa de lo sucedido en el nuevo gobierno. El nuevo gobierno culpó a Salinas y ganó la batalla en la opinión pública procesando por homicidio y exhibiendo por corrupción al hermano del ex presidente. El proceso añadió al desprestigio económico de las reformas un desprestigio criminal.

De ese régimen desastroso en lo económico, corrupto y criminal en lo político, quiso salir la gente el 2 de julio del año 2000 eligiendo presidente al candidato que ofrecía el cambio. Fue un momento de optimismo. Lo peor de la crisis del 95 había pasado. En el primer trimestre del año 2000, la economía creció al 7%. Las exportaciones aumentaban exponencialmente desde 1994, gracias al Tratado de Libre Comercio con Norte América (TLCAN). Pero el gobierno de Zedillo había empezado a pagar las consecuencias políticas del desprestigio de las reformas. Pudo priva- tizar e individualizar el sistema de pensiones en su primer año de gobierno, pero nada más. A partir de 1997 fracasó en lo que fracasa todavía el gobierno de Fox: la reforma que permita tener inversión privada (malas palabras) en la industria eléctrica.

El desprestigio de las reformas llamadas neoliberales tiene un aire tan global como las reformas mismas. En todas partes del mundo, particularmente en la América Latina, se han hecho privatizaciones desastrosas, que no añadieron eficiencia sino costos a sus sociedades. Y corrupciones públicas, grandes transacciones ocultas, comisiones inconfesables, asociadas a la compra de empresas del Estado. La privatización madre del desprestigio en México fue la bancaria, cuyo rescate costó una fortuna a los mexicanos, para terminar con la mayor parte de los bancos en manos extranjeras. El escándalo y los costos de la privatización bancaria hacen olvidar el éxito de otras, como la telefónica, y cierran el paso a nuevas opciones en la materia, como en la industria eléctrica, la explotación de gas, la petroquímica o la exploración petrolera.

Lo cierto es que México necesita todavía dar un gran salto en su modernización, pues es una economía de mercado llena de trabas, privilegios y deformidades.

Tal como lo muestra Jaime Serra Puche en su retrato de este número de Nexos, nuestro país pierde competitividad y mercados año con año, luego de haberlos ganado a manos llenas. (Mercados perdidos, ver p. 34). La inversión extranjera directa pierde impulso, tal como lo muestra Arnulfo R. Gómez (La inversión se va, ver p. 40).

Los precios fundamentales de la economía —transportes, comunicaciones, energía— son más altos que los de nuestros competidores y los de nuestros socios comerciales de Norteamérica. Este es el hallazgo comparativo del breve ensayo de Richard Cockett El costo de México (ver p. 44.). Producir riqueza en México es una tarea más cara y más complicada de lo que suele imaginarse. Las pequeñas y medianas empresas, las responsables de la mayor parte del empleo, las decisivas para el trabajo de la mayoría, operan en el país “al borde de un ataque de nervios”, nos dice en su texto de este número Roberto Salinas (Empresario al borde de un ataque de nervios, ver p. 46.).

Aparece entonces en el horizonte la amenaza de competidores que nos roban mercados y nos dejan atrás, como China, que se mueve espectacularmente hacia delante y nos ha desplazado del primer lugar en las exportaciones a Estados Unidos. El problema no es China, sino México, contestan Luis Rubio y Jeffrey Wernick en su reflexión de este número: China es un problema para México porque México no ha hecho las reformas que China sí. China es nuestro espejo negativo, la imagen de nuestras fallas que son el revés de sus aciertos. (El desafío chino es de origen mexicano, ver p. 38).

La economía tiene estabilidades básicas —monetaria, fiscal y de precios— pero crece poco o nada. Y no crea empleos suficientes. Su válvula de seguridad en la materia es su puerta de escape: los millones de mexicanos que van a Estados Unidos en busca de trabajo y envían remesas que superan los ingresos turísticos y rozan ya la renta petrolera.

Nuestro gobierno, mal financiado, no puede atender ni mejorar sus responsabilidades básicas: la seguridad. la educación y la salud públicas; no tiene recursos tampoco para revolucionar la infraestructura del país. Secuestra las utilidades de su empresa mayor. Pemex, para completar su gasto público, y echa sobre los hombros de la economía formal cargas impositivas y contribuciones leoninas que desalientan más de lo que mejoran la recaudación de impuestos. Por lo demás: ¿cómo aumentar la recaudación de impuestos en una economía que no crece?

Hay además un déficit oculto monumental en la economía mexicana. Está acumulándose año con año, como una tormenta tropical en mar abierto, en las deudas contingentes del Fobaproa, en las deudas contingentes de los Pidiriegas (inversiones privadas en infraestructura con garantías de pago público) y en las deudas contingentes de las pensiones mal financiadas del IMSS y del ISSSTE, de las empresas del Estado, de los gobiernos estatales, de las universidades públicas. Esas deudas avanzan hacia nosotros desde el futuro, multiplicándose exponencialmente.2

Si la economía no crece, ninguna de esas deudas contingentes podrá resolverse y el país caminará otra vez a la crisis. Con lo cual llegamos nuevamente a la pregunta clave, ¿cómo crecer?, y a la falta de respuesta capaces de generar una mayoría política que dirija al país hacia un curso definido.

Cómo regresar al crecimiento? es la pregunta que desvela a expertos y responsables. Nadie tiene una respuesta que convenza a todos, o por lo menos a una mayoría capaz de actuar en ese sentido. Se oyen viejas recetas keynesianas: el gobierno debe gastar más, relajar el déficit, someterse a la disciplina pero no a la tiranía del equilibrio fiscal. Los fantasmas del pasado reciente, sin embargo, dominan la memoria de la tribu: los déficit fiscales, abiertos u ocultos, han sido el foco recurrente de las costosas crisis de México. Que el gobierno gastara más de lo que podía pagar fue el origen de las crisis y las devaluaciones de 1976, de 1982, de 1995. Se entiende que haya autoridades que no quieran oír hablar siquiera de abrir la llave del gasto público.

El desprestigio y el pobre resultado de las reformas llamadas neoliberales impiden seguir con claridad el camino emprendido en los noventas. Pero no se genera ningún otro. Hay en el país un gran vatio en la creación de rumbo y de instrumentos prácticos —políticas, leyes, programas— capaces de sacudir la realidad, de cambiarla en el sentido buscado. No hay desacuerdo en que México debe ser un país próspero, equitativo y democrático. Pero nadie parece capaz de decir cómo lograr esas cosas y de enfilar el país hacia allá.

El primer vacío es el de la iniciativa del gobierno federal, cuya novedad democrática no se ha visto acompañada de liderato y eficacia renovadora. El segundo círculo de vacío es la pluralidad efectiva de las fuerzas políticas, que carecen de experiencia y cultura para la negociación y el acuerdo democráticos. El tercero es el de una opinión pública confusa también en sus convicciones sobre el futuro deseable.

En ese Vacío tripartita, no sólo mexicano, latinoamericano también, prosperan ofertas políticas alternativas desde la izquierda, un oleaje que tenía su polo loco en Hugo Chávez de Venezuela y su polo ejemplar en Ricardo Lagos de Chile, y que el triunfo de Lula en Brasil ha potenciado extraordinariamente. En el horno de estos atractivos izquierdistas pragmáticos, dispuestos a aceptar las restricciones del mercado sin renunciar a su agenda social, se cocinan hoy las candidaturas presidenciales de Andrés Manuel López Obrador en México, así como las de Héctor Silva en El Salvador y Alan García, ¡otra vez!, en el Perú. El reporte de Lucy Conger que publicamos también en este número da su- gerente cuenta de ese oleaje alternativo (La nueva ola izquierdista de América Latina, ver p. 9).

Los políticos profesionales tienen mucha culpa en la falta de acuerdos para lograr los cambios que el país necesita. Su indecisión ante esos cambios, sin embargo, probablemente retrata la indecisión de la ciudadanía. Nadie quiere pagar impuestos, desde luego. Negarse a una reforma fiscal de la envergadura que requieren las mendicantes finanzas públicas de México, es una forma de escuchar a la ciudadanía. Nadie cree en las privatizaciones, ni quiere volver a pagar por ellas; al negarse a considerar siquiera su posibilidad, los políticos profesionales recogen un sentir real y un temor genuino de su sociedad.

La falta de mayorías capaces de llevar adelante reformas sustantivas es un reflejo cabal de lo que mandan los ciudadanos en las urnas. Desde las elecciones de 1997, los votantes ordenan que el país tenga gobiernos divididos, un partido en el poder y sus opositores con dominio del Congreso. Se trata de una pluralidad real donde nadie tiene mayoría y todos se necesitan entre sí para construirla. Con esto, se dice, la gente está ordenando a los partidos negociar. Pero el resultado de ese mandato, tal como apunta Sabino Bastidas en este número, no ha sido la negociación de las fuerzas divergentes, sino el empate, la inmovilidad (El impagable lujo de no decidir, ver p. 54).

Tenemos una política democrática de mucho ruido y pocas nueces: muchas diferencias y pocos acuerdos —o algo peor: acuerdos irresponsables en donde todas las fuerzas políticas quedan bien con los anhelos de su sociedad, pero nadie puede cumplir ni exigir que se cumplan esos acuerdos porque nadie dijo tampoco de dónde vendrían los recursos para cumplir con ellos—. Por ejemplo: las leyes aprobadas sobre el seguro popular, que pretende dar seguridad a todos los mexicanos, o sobre la educación preescolar, que garantiza la educación obligatoria desde el nivel preescolar hasta el secundario. Son leyes votadas por unanimidad en el Congreso en fechas recientes Y están muy bien, salvo que no hay capacidad para dar seguridad médica a todos los mexicanos ni para poner escuelas preescolares en todo el país. Hacerlo costaría un dinero que el erario no tiene y los legisladores no han dicho de dónde debe salir. La demagogia democrática suple a la ineficacia democrática.3

Lo cierto es que hay en México un debate sordo, no resuelto, sobre cuestiones fundamentales del rumbo de la nación.

No hay un acuerdo mayoritario sobre si México debe ser una economía de mercado moderna o debe conservar sus excepciones, privilegios y fueros cuasi- monopólicos. No hay un acuerdo mayoritario sobre si México debe abrirse sin reservas a las corrientes globales de inversión y el comercio, o si debe conservar los nichos de protección que hacen más caros algunos de sus servicios y bienes fundamentales. No hay un acuerdo mayoritario sobre la mezcla adecuada de Estado y mercado que el país requiere, sobre los espacios que debe conservar y acrecentar el Estado y los que debe rescindir y entregar a la gestión privada.

De modo que la pérdida de rumbo no es sólo del gobierno y de los partidos, sino de la sociedad toda que aún vive la resaca de la gran marea modernizadora de los noventas y la sombra de su crisis.

Los mexicanos no tienen un piso común de acuerdos básicos, indesafiables, nos recuerda Jesús Silva Herzog-Márquez en su ensayo de este número Tiranías democráticas (ver p. 58). No pueden ponerse de acuerdo por lo mismo sobre hacia dónde caminar.

La confusión de la sociedad no debiera ser la restricción, sino el estímulo de nuestros políticos, cuya tarea infernal es decidir: oír pero encauzar también los sentimientos, siempre confusos y contradictorios de la sociedad. No porque los políticos sean visionarios, sino porque es el oficio que han elegido: jugarse el pellejo en la plaza pública para dar a sus sociedades el rumbo que por sí solas no pueden alcanzar.

Mientras nuestros políticos pierden su turno histórico, la realidad del cambio mundial, tajante como siempre, va decidiendo estas cuestiones por nosotros y mostrándonos los costos de no ir a su paso, de haber perdido el paso, de dudar sobre el rumbo.

Acaso en esa duda haya un saber, una cautela. Acaso convenga seguir el desfile principal sólo cuando efectivamente el desfile ha empezado, aunque nos perdamos parte de él, para no correr el riesgo de meterse apresuradamente en el desfile equivocado. Pero esa cautela también cuesta, y cuesta más a quienes menos pueden pagarla, los que no son parte aún de la modernidad (mala palabra). Demasiada cautela hace al país menos competitivo. Otros se mueven y ganan espacios, México los pierde.

México necesita echarse a andar y sus políticos deben ser capaces de ponerlo de pie. Su agenda es clara y urgente: reconocer sus acuerdos, más que vocear sus diferencias, construir mayorías sólidas en torno a ellos y darle al país los instrumentos que necesita para volverse competitivo en todos los órdenes.

El conjunto excepcional de textos que Nexos ofrece a sus lectores en este número no habla de una catástrofe, pero sí de la posibilidad de una catástrofe. La inmovilidad y la parálisis pueden conducir al país a una nueva crisis, del mismo modo que flotar mucho tiempo en alta mar sin nadar en algún momento hacia la playa, no puede tener otro resultado que ahogarse, n

—Héctor AGUIlar Camín

La pérdida de rumbo no es sólo del gobierno V de los patudos, sino de la sociedad toda que aún vive la resaca de la gran marea modernizadora de los noventas y la sombra de su crisis.

¿Cómo regresar al crecimiento? es la pregunta que desteta a expertos y responsables. Nadie tiene una respuesta que convenza a todos, o por lo menos a una mayoría capaz de actuar en ese sentido.

1 Ver Tilomas Me Larthy: “El riesgo de no atender a México”, Nexos, octubre de 2003.

2 Ver “Pensiones. Las duras noticias del futuro”, Nexos. octubre de 2003.

3 Ver “El espíritu de las leyes mexicanas”. Nexos, octubre de 2003