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LA PASIÓN CIENTÍFICA

POR CINNA LOMNITZ

El mejor consejo que pueda dar a un científico es éste: la intensidad de tu convicción acerca de la verdad de una hipótesis no tiene relación alguna con que ésta sea o no verdadera.

 Sir Peter Medawar.

No hagamos ciencia con pasión como si se tratara de futbol, de los crucigramas o de la política. Que se suprima el vocablo pasión con todos sus derivados. La ciencia no es un vestigio faustiano ni un vértigo por el saber: es una vocación que se adquiere y que se cultiva en silencio, como la buena literatura.

¡Endorfinómanos y adictos a las feromonas, uníos! El reino de las pasiones se ha acercado. El siglo reverdece con gritos de guerra y la ciencia, para no ser menos, reclama su sitial de honor como oficiante en el altar de la patria transgénica.

He conocido a grandes científicos: eran como cirujanos. Trabajaban mucho y hablaban poco. La pasión no parecía lo suyo. Maurice Ewing, un texano enorme, nunca alzaba la voz. Lo conocí después de su segundo infarto, cuando me invitó a formar parte de la Expedición 15 de su barco oceanográfico, el Vema, un yate de tres palos modificado para servir de laboratorio flotante. Ewing trabajaba como un endemoniado. Por órdenes del Doc (así le decíamos), se izaba la bandera pirata en alta mar. Entonces no había más ley que la suya. Ewing fue el último de los grandes exploradores y descubridores de la mar océano. Era un hombre libre: no dormía. Quince minutos, en su sillón, era todo el sueño que se permitía de un tirón. Tengo grabado el recuerdo de su playera verde, con su gran agujero bajo el brazo derecho. El científico no parecía darse cuenta de tales minucias. El único lujo que se permitía a bordo era la comida. El cocinero, un danés de aspecto poco pulcro, preparaba unos steaks de jamón de medio kilo que tenían la virtud de espantar el mareo.

En tierra firme, Maurice Ewing era director del Observatorio Lamont. Una escalera de caracol conducía de su estudio a un cuartito con un sofá: ahí dormía a ratos con su secretaria de turno. Cada vez que la secretaria era promovida a esposa se iba a vivir a la residencia familiar y Ewing no la volvía a ver. Se casó cinco veces.

Pienso que a todo creador le estorba la pasión. La utiliza, la trabaja, la necesita (como aquella señora que se creía gallina: ¿qué haría su marido sin los huevos?). Pero no la cultiva, y con sobrada razón. Podría dar ejemplos de otros científicos, pero tendría que entrar en explicaciones engorrosas. Es más fácil hablar de poetas porque su trabajo, siendo tan esotérico y tan misterioso como el nuestro, resulta más accesible. Las ecuaciones repelen, pero cualquiera piensa que sabe utilizar palabras.

La gamise.

El adolescente Neftalí Reyes Basoalto, hijo de un ferroviario de provincia, se prendó de una compañera, hija de familia capitalina. Cambió de nombre y de personalidad, y se puso “Pablo Neruda” para tratar de reinventarse. Albertina Rosa no cayó en el juego. ¿Quién era Albertina Rosa? Boina gris, ojos claros, esta joven inalcanzable le proporcionaba sin embargo ciertas compensaciones hormonales:

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, etcétera.

Pobre Neruda. Pobre, en efecto, además de flaco, moreno y absolutamente impresentable. Su trémula pasión desbordaba fácilmente en floridos inventarios. El se daba cuenta que si seguía así acabaría en una especie de coleccionista y reseñador de pasiones inconfesables:

Fui solo como un túnel. De mi huían los pájaros…

Eso se vendía bien en Chile. Pero los poetas no perdonan. Cuando ya todo el alboroto parecía olvidado se escuchó desde el otro lado del Atlántico, como un eco lejano, una risita burlona que Neruda conocía:

   Vous riez. vous criez. vous avez tort de rire

   et raison de crier aufond de ees tunnels

   d´oú  un les oiseaux bavards comme la poéle á frire

   sechappent vers l’amour des ventres maternels.

Neruda  se quedó callado. ¿Qué otra cosa podía hacer? Responder a Cocteau con un soneto no era una alternativa factible. Disponía apenas de su pobre español, la lengua enchilada de Cervantes: un idioma adormilado después de La Araucana y que no había vuelto a dar señales de vida en tres siglos. Nada podía el poeta chileno contra un idioma vivo y fulgurante, rutilante, cruzado de relámpagos azules y envuelto en sonoridades que escondían las estocadas manejadas por el francés. Lo nuestro, que lo admitamos o no, es el puro pinchazo, la oreja regalada, la vuelta al ruedo, la salida en hombros, el entierro y el olvido. ¿Cuándo aprenderemos?

Para colmo, algunos españoles lo atacaban con su saña acostumbrada. Cierto amigo de los asnos vertía semanalmente su veneno sobre los textos de Neruda, los cuales atribuía a una imaginación “de alcantarilla”, hasta que Neruda respondió para reivindicar la pasión y la cursilería:

 Quien huye del mal gusto cae en el hielo.

” Whoever shuns bad tastefalls on the ice, tradujo John Felsiner sin que nadie lo hubiera llamado: una deliciosa exhibición de patinaje. En revancha. Neruda se obstinaba en traducir a Whitman:

  Desde la oscuridad, opuestos iguales avanzan,

  siempre la sustancia y la multiplicación,

  siempre el deseo,

  siempre un tejido de identidad, siempre la diferenciación,

  siempre la procreación de la vida.

El original tenía dos versos largos y 42 sílabas; la traducción de Neruda tiene cinco versos disparejos y 62 sílabas. La prosodia de Whitman, a base de dáctilos homéricos, se había perdido y la tensa sílaba sex, latigazo del discurso, se volvía mansamente “el deseo”. ¡Qué cansada y aburrida suena la repetición de “siempre” en español, frente al apremiante always de Whitman!

Neruda entonces, con su acostumbrada pasión, se casa, se hace diplomático, se vuelve comunista y se vuelve a casar. Piensa que esa pasión le abrirá las puertas de México, y se equivoca. Octavio Paz lo ningunea. Afortunadamente ahí está Diego Rivera, su socio de correrías nocturnas y su cómplice en amores. El pintor, aficionado a las intrigas de faldas, le presenta a Matilde, chilena y cantante de mariachis:

Alguien que me esperó entre los violines

encontró un mundo como una torre enterrada…

Neruda se divertía con las interpretaciones de los críticos literarios, que presumían de conocer su afición a los disfraces. Nunca sospechaban que los violines eran violines (del mariachi), las torres torres (prehispánicas), y que ese “alguien” fantasmal era Matilde.

Diego le prestaba la casa-taller en San Ángel para sus encuentros clandestinos con Matilde, y a la chica le hizo un maravilloso retrato. Al examinarlo atentamente se descubre en su cabellera el perfil de Neruda. Para eso sirven las pasiones. El retrato valía más que todo lo que había escrito Neruda. Tardó quince años en casarse con ella.

Yo lo conocí en su departamento de la lie de la Cité, en París. Solía frecuentar el Mercado de las Pulgas, donde pasaba horas entre fierros viejos en busca de algún hallazgo. En tales expediciones le gustaba adoptar la apariencia de un cura francés de provincia: boina negra y largo abrigo negro parecido a una sotana.

Trabajaba de forma intensa y sin pasión aparente. Su horario era regular. Hacía numerosas correcciones y borrones en el texto. Tenía hábitos de trabajo excéntricos: por ejemplo, usaba solamente tinta verde. No era impulsivo y no creía en la inspiración: más bien era paciente, a la manera de un artesano. Su credo artístico le había sido revelado a los veinte años: “claro como una lámpara, simple como un anillo”. Para ser un revolucionario, era de temperamento más bien conservador. Era un orador efectivo y un militante disciplinado del Partido Comunista. Finalmente se rebeló, lanzando unos versos apasionados a la cabeza de los dirigentes que se atrevieron a ponerse del lado de su segunda esposa, Delia del Carril, cuando decidió separarse de ella.

Todo lo anterior me hace pensar que la pasión no conviene a nadie. Con su aliada la publicidad, puede contaminar hasta el idioma. Un mal idioma es un ingrediente de la mala ciencia, de la mala literatura y de la mala educación.

No hagamos ciencia con pasión, como si se tratara de futbol, de los crucigramas o de la política. Propongo que el idioma mexicano se separe definitivamente del español y se independice de su peninsular apéndice. Que se suprima el vocablo pasión con todos sus derivados. La ciencia no es un vestigio faustiano ni un vértigo por el saber: es una vocación que se adquiere y que se cultiva en silencio, como la buena literatura.

EPÍLOGO

A principios de 1933, pocas semanas después de la ascensión de Hitler al poder, emigré de Alemania ya que mi padre, por consejo de su mejor amigo —un miembro destacado del Partido Nazi—, había resuelto autoexiliarse. Tenía yo siete años y no había oído hablar de México.

Un par de años más tarde, pasábamos una estancia veraniega en la playa de Knokke, en la Riviera belga. Mi padre, un joven abogado de mucho éxito, estaba pensando rehacer su vida lo más lejos posible de una Europa que se precipitaba al abismo de una guerra. Mi madre era una rubia elegante, bonita, cantante de ópera: una mujer culta, sociable, moderna y de gran inteligencia. Yo la idolatraba.

Un viejito del pueblo nos rentaba unas sillas de playa que parecían cabañas o confesionarios, y que son comunes hasta hoy en las costas del Mar del Norte. Ese día se anunciaba una mañana soleada y yo me disponía a disfrutar del sol y del mar. Llegó una niñita corriendo a contarnos, entre sollozos, que su abuelito —el que nos rentaba las sillas de playa había muerto. No recuerdo cómo llegué al velorio. Ahí estaba yo, de la mano de mi nueva amiga, caminando tras el féretro por las calles del pueblo de Knokke.

De repente apareció mi madre. Me vio y me jaló del brazo con rudeza. Me había estado buscando toda la mañana; estaba desesperada y muy enojada. Me resistí apasionadamente y seguramente lloré, porque ella se puso a explicarme de la manera más pedagógica que esa era gente pobre y que podía tener enfermedades contagiosas.

Nunca supe perdonarla. Han sucedido muchas cosas, aprendí varios idiomas, escribí poemas. Encontré mis torres enterradas. La ciencia pudo ser, para un adolescente solitario, una escalerilla de escape de un mundo enloquecido por las pasiones.

Cuenta una tradición sufí que el poeta y matemático Amir al-Bulbul abrió su corazón al Demonio. En medio de la noche, penetró en el Jardín de las Delicias y cortó de raíz el Árbol del Conocimiento, cuyo fruto es la Inmortalidad.

  Con su tronco confeccionó la Santa Cruz y con sus espinas —utilizando la Ciencia que poseía— hizo los clavos de la Pasión. Satán entonces se sintió seguro de su victoria: seguramente nada podría superar el poder de la ciencia. Pero el amor pudo más, y Cristo resucitó.   n