El número especial de verano de la revista La Quinzaine Littéraire, bajo el título general de “El escritor encolerizado” (“L’écrivain en colére”), se dedicó a explorar los nexos entre la cólera y la escritura. Su revisión abarca desde el lugar de la furia en la mitología hasta el extremo de la burla del tema, pasando por célebres escritores rabiosos, derivas psicoanalíticas, cóleras en otros ámbitos: una especie de mapa trazado con efusiones de humor bilioso. Aquí presentamos el texto que el gran escritor triestino Claudio Magris le dedicó al tema: una estupenda lectura de la cólera de la mano de la filosofía y la literatura. En el tiempo mexicano, que si algo posee es el denominador común de la cólera, la revisión de Magris resulta aún más disfrutable por su lucidez para situar con claridad el imperio de la razón.


En el principio y en las raíces de Occidente está la cólera, inseparable de la aurora de la poesía que funda nuestra civilización: “¡Canta, oh Diosa, la cólera del Pelida Aquiles!”, dice el primer verso de la Iliada. Este poema, el poema por excelencia, es ante todo la epopeya de la cólera. Y en cuanto aparece, la cólera se muestra como una pasión negativa, generadora de desgracias: se dice que llevó a los aqueos un sinnúmero de aflicciones, arrastró a muchos héroes hasta la muerte, entregando sus cuerpos como alimento para las aves y los perros. La cólera de Aquiles no es la única; está la cólera de Zeus frente al rapto de Helena, la de Apolo ante la ofensa hecha a su sacerdote Crises, la de Agamenón por la esclava que le arrebatan. Para cualquier pasión la cólera es desastrosa, pero en este caso amenazaba con arruinar a toda una colectividad, con hacer perder la guerra a toda la Grecia unida en contra de Troya.

No se trata, por lo demás, de una cólera cualquiera; la palabra griega mênis —recuerda Maria Grazia Ciani— tiene un valor sagrado y designa la reacción a una ofensa profunda e injusta perpetrada en contra del honor público (de un dios o de un guerrero), es decir, se trata de un derecho profundo de la persona, sancionado por un ritual y un hábito vividos como una ley religiosa. La cólera es de esta forma, por lo menos en principio, justa y aun fundada, una respuesta consecuente y necesaria sobre el plano psicológico, pero también y sobre todo en el plano ético. Sin embargo resulta inmoderada, rebasa la mesura —la furia salvaje e incontrolada de Aquiles— y es fuente de desdichas. La cólera nace de la reivindicación orgullosa de su propio derecho / deber y en consecuencia de sí, pero se encuentra peligrosamente cerca de la locura, de la pérdida de sí mismo, tal y como lo dice la expresión latina ira brevis furor, la cólera es un breve extravío. De la cólera de Aquiles a la locura furiosa de Ayax no hay más que un paso.

Desde el origen, la civilización occidental está familiarizada con la cólera y aun cuando llama la atención sobre sus peligros, le concede grandeza. Los héroes y los dioses griegos montan en cólera, lo mismo que el Señor de la Biblia, que con frecuencia muestra una cara de pocos amigos; su cólera, que se abate sobre los orgullosos y los vanidosos, es inseparable de su justicia, y es necesaria para la salvación del mundo. El propio Jesús manifiesta su cólera sin inhibiciones, por ejemplo cuando expulsa a latigazos a los mercaderes del templo. El último día —el día del Señor, de la verdad— es un Dies irae.

Las divinidades —los valores— de otras civilizaciones tal vez no conozcan esta ambivalencia de la cólera ni le presten tanta importancia. Cuando Shiva da muerte o cuando Krishna, en el Bhagavad-Ghita, le explica a Arjuna el deber de combatir y por lo tanto también el de matar, no hay cólera sino únicamente obediencia a un código. El taoísmo y el budismo ignoran la cólera o bien la rechazan como una ilusión, un deseo, una carnada de la sed de vivir. Sólo para los estoicos, los filósofos occidentales más cercanos al ideal oriental de serenidad imperturbable, cualquier cólera es viciosa, en tanto los peripatéticos, discípulos de Aristóteles, distinguen, al igual que su maestro, entre la cólera buena y la mala. El pensamiento occidental se pregunta siempre si la cólera está justificada —es justa— o no. Tomás de Aquino, en su examen de los vicios o pecados capitales, profundiza en todos los pros y contras relativos a la cólera; explora sus manifestaciones para distinguir la cólera buena y virtuosa, que nace del disgusto objetivo frente a la injusticia, de la cólera mala alimentada por el espíritu de venganza; la cólera contra el pecado, que es justa, de la cólera contra el pecador, que no lo es. Crisóstomo, al comentar el Evangelio según san Mateo, dice que si la cólera sin motivo es culpable, la cólera motivada es necesaria, pues sin ella “ni los juicios son elaborados ni los crímenes reprimidos”. Para Tomás, por el contrario, la precipitación colérica impide un juicio sano en el sentido de que lo anticipa confusamente, como esos servidores que —dice, citando a Aristóteles— se apresuran a ejecutar una orden sin acabar de oírla por completo, y se equivocan. La cólera alimenta el castigo, pero lo corrompe y lo deforma, como pensaba Archita de Tarento, cuando le decía a su servidor que lo había ofendido: “Te castigaría terriblemente, si no estuviera encolerizado contigo”.

A la cólera se atribuyen la blasfemia y la fatuidad —pues el hombre que se abandona a ella se arroga el derecho de hacer justicia, derecho que le corresponde a Dios—, pero también una función útil, ya que —de nuevo Crisóstomo— “la paciencia irracional… invita a obrar mal, no sólo a los malos, sino a los propios buenos”. La cólera, dice Hugo de Saint-Víctor, “despoja al hombre de sí mismo” (el furor.; que arranca el yo a uno mismo), mientras que otros pensadores de la Edad Media afirman que ciega el ojo de la razón y del corazón. Con su genio experto lo mismo en clasificaciones que en ambigüedades, Aristóteles escribe en la Etica a Nicómaco”, “la cólera escucha a la razón, pero la escucha de modo imperfecto”.

Para la reflexión filosófica, la cólera aparece entonces como una pasión ambivalente, peligrosa pero noble; una expresión de grandeza con frecuencia desviada trágica y mortalmente, pero al fin y al cabo expresión de grandeza. Una sal que, en caso de abuso incontrolado, puede ser letal, pero que, con medida, no podría faltar: una persona incapaz de dejarse llevar por la cólera parece humanamente desprovista, privada de una cuerda esencial de la humanidad. En tanto la envidia, por ejemplo, sólo es negativa —una mezquindad venenosa para sí y para los demás, que no puede ser buena bajo ninguna forma ni en ninguna dosis—, la cólera se confunde, peligrosamente, con la magnanimidad, con el espíritu generoso. Dios —lo mismo que el hombre, según algún hecho a su imagen y semejanza— puede montar en cólera pero no consumirse de envidia. La cólera, en proporciones ajenas a la desmesura y al mito, pero psicológicamente realistas, es un defecto grande, no uno pequeño. Y si decimos de alguien —como yo dije alguna vez de Alberto Cavallari, intrépido, generoso y colérico director del Corriere della Sera durante la temporada más difícil para el periódico— que tiene muchos defectos grandes, pero ninguno insignificante, le hacemos un cumplido.

Como todas las pasiones, la cólera está, sin lugar a dudas, muy presente en la literatura. Para los escritores, la cólera es un tema, un objeto de representación literaria y sobre todo una manera de vivir y describir el mundo: es una de sus maneras de ser. Resulta imposible hacer un catálogo de las descripciones poéticas de la cólera: la furia de Aquiles, la explosión salvaje de dolor y repugnancia del rey Lear, el arrebato irresistible del dulce Pierre Bezujov y tantas otras páginas inmortales de la literatura, radiografía y electrocardiograma de todas las afecciones de la mortalidad humana.

Para numerosos escritores, la cólera no es simplemente un tema, como los celos de Otelo o la pereza de Oblomov, los cuales no significan forzosamente que Shakespeare era celoso y Goncharov apático. Para ciertos escritores la cólera es la mirada misma que posan en el mundo y con la cual lo describen. Los grandes escritores satíricos ven, representan y atacan la realidad a través del prisma de la cólera, falseándola pero aprehendiendo, gracias a esta deformación, una verdad anormal. Los escritores satíricos son los vengadores de la naturaleza —también y sobre todo de la naturaleza humana— ultrajada, reprimida, arruinada o falsificada. La cólera de Juvenal, de Swift, de Karl Kraus o de Gadda, para tomar sólo algunos ejemplos; escritores vengadores de los males que los hombres se hacen a sí mismos o les hacen a los demás. La cólera está estrechamente ligada a la venganza. El escritor satírico venga una supuesta pureza original corrompida, obligando a aquel que la ha violentado —y de esta forma haciéndose violencia a sí mismo— a tomar conciencia de esta violencia destructora y autodestructiva, a comprender que ha falsificado la vida y que vive de una manera falsa y en un mundo falso; a percibir el malestar, el disgusto, la debilidad, la impotencia de su propia condición.

Como toda cólera y toda venganza, esta furia es necesariamente tendenciosa y facciosa; no ve más que el mal que quiere atacar, haciendo caso omiso de todo lo demás. Desde este punto de vista, el escritor colérico y satírico casi siempre está equivocado por el carácter absoluto de su propio ataque: sin lugar a dudas, la sociedad romana no era sólo la cornipción denunciada por Juvenal, ciertamente el sexo no resulta tan abominable como lo pretende Swift, y con seguridad el imperio de los Habsburgo no puede ser reducido a la farsa imbécil, fangosa y sangrienta de Los últimos días de la humanidad de Karl Kraus. La cólera —y la sátira— es fatalmente injusta. Pero sin la posición asumida hiperbólica de la cólera de Swift, de Juvenal y de Kraus, sin la deformación grandiosa de Gadda, jamás habríamos descubierto —gracias a la lupa de la cólera, que deforma pero agranda y obliga a ver tantas cosas— ciertos aspectos, ciertas verdades esenciales de la vida, de la historia, de la sociedad, de la civilización, del hombre.

La cólera exaspera, pero esta exasperación puede arrojar luz de una manera anormal sobre un aspecto anormal de lo real, que no puede ser percibido sino a través de esta óptica deformante. La cólera ve las cosas a distancia cero, como el doctor Kien en el Auto de fe de Canetti, y devela su desmesura objetiva y su locura. La cólera fría, helada de Flaubert hace a un lado el velo ficticio que arropa y suaviza la violencia de las cosas, y sólo así hace posible el acceso a una pureza y una ternura auténticas. Tal vez hoy en día, nuestra realidad aberrante, reducida a no ser otra cosa que una sátira de sí misma, una mueca irreconocible, no pueda ser comprendida y salvada sino por una perspectiva capaz de vincular la cólera con la pietas y con la ironía. El fermento que necesitamos puede ser que también deba contener algunos gramos de furia bíblica y de rabia flaubertiana.

La vida implica, asimismo, el juicio universal sobre la propia vida, y este juicio requiere una justa composición de piedad amante y de cólera sanguínea. Nadie lo muestra mejor que Dante, el más grande poeta de una cólera inseparable de la tensión moral, del sentimiento fuerte de la vida y de la historia, de la grandeza de alma. Dante parece revelar que la capacidad de dejarse llevar es una cualidad necesaria a la humanidad plena de un individuo, tal como la capacidad de amar. Pero Dante sabía que el valor de la cólera no dura más que si su arrebato permanece dentro de un justo límite, y trasciende la pura subjetividad pulsional y el sentimiento individual; también sabía cuán fácilmente la cólera franquea esta frontera y degenera en el exceso y el desencadenamiento de las envidias y las furias personales. La cólera, en este caso, es pecado mortal, vicio capital: a los iracundos les está reservado el quinto círculo del infierno.

Los iracundos, además, se encuentran cerca, en el castigo, de los espíritus tristes, culpables de un pecado pasivo que parecería no tener nada en común con su furia inmoderada, pero de hecho mantiene con ella lazos estrechos y ambiguos. Ya Aristóteles había descubierto la relación entre la cólera y la tristeza. La cólera es triste porque despoja al yo de sí mismo, enturbia su mirada, ofusca la visión agradable de las cosas, la capacidad de gozarlas con ese libre abandono a la seducción de la vida que no es posible sino en la alegría, la comunión fraternal con los demás. La cólera impide esta igualdad fraternal porque convierte a aquel que la siente en un juez, fatalmente por encima de los demás —y el hecho mismo de juzgar es siempre triste—. Brecht lo sabía bien cuando decía que la cólera —su cólera política— deforma el rostro, y él se salvaba de esta deformación por la conciencia que tenía de ella.

Sin esta conciencia uno se vuelve víctima del resentimiento, de una cólera mezquina y caricaturizada que impide el libre vínculo con el mundo y encoge el alma. La cólera se vuelve entonces un rencor venenoso, una actitud forzada y repetitiva, una retórica del sentir y del decir; con frecuencia, un moralismo enfático y pomposo. Numerosos escritores, y de entre los más dotados, han cedido a esta cólera que llevan como un vestido y se les ha hecho un gesto mecánico, estereotipo travestido en noble indignación permanente.

Esta actitud caracteriza a un buen número de esos escritores críticos inveterados de la modernidad, de la burguesía, de la democracia, de las masas, del bien pensar y del conformismo progresista. Léon Bloy es un ejemplo de esta cólera, que ha tenido incontables imitadores, grandes, mediocres y minúsculos. En este caso la cólera también ataca y denuncia distorsiones reales, pero se reduce a una fórmula prefabricada, objetivamente caduca aunque vivida con no menos pasión; letanía previsible, ritornello siempre al alcance de la mano. La cólera es, desde un punto de vista literario, también una retórica —con sus figuras, sus triunfos, sus metáforas, sus amplificaciones—. La retórica puede ser el sistema lingüístico donde se nutre la creatividad de un gran poeta o bien un repertorio gastado a fuerza de usarse. Los iracundos antidemócratas suman un gran número de mediocres que abusan de esta retórica sin jamás producir nada más que un mismo rostro feroz. Entre ellos también hay algunos grandes, únicos e inimitables, y sin embargo tan frecuentemente imitados por tantos coléricos profesionales consumidos por el rencor, que se sienten autorizados a apropiarse los puntos suspensivos de Céline. La cólera, dice Kipling, es el huevo del miedo: la cólera nace con frecuencia de lo que oscuramente trastorna y amenaza. Dominar su cólera, como lo sugiere Adam Smith en la Teoría de los sentimientos morales, no parece menos generoso y noble que dominar su miedo.

Esta dominación, añade Smith, no es buena más que cuando se opone a un impulso libre y fuerte, cuando no proviene, a su vez, de un miedo reprimido y mistificado. Si hay algo en el universo que nos atemoriza, dice Chesterton, hay que enfrentarlo encolerizados, sacarlo de su madriguera y golpearlo de frente. No hay que dominar la cólera contra quien es más fuerte; pero sí hay que reprimir, en cambio, esa cólera tan cobarde como frecuente dirigida contra el más débil. La noble ira, esa que generosamente resiente y tan pronto olvida Mister Pickwíck, el héroe inmortal de Dickens, son una y la misma cosa con la generosidad del corazón, y es la antítesis del rencor que crece y arraiga disimuladamente en el alma; y se convierte en la naturaleza misma del individuo. Ninguna indignación colérica, por motivado, necesario y justo que sea su origen, puede ser una preocupación permanente sin traicionarse y convertirse en una pose. La cólera no es liberadora si no se es capaz de liberarse de ella; “que el Sol”, dice San Pablo en su epístola a los efesios, “no se ponga sobre vuestro enojo”.

 

Claudio Magris

Traducción del francés de Alberto Román