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LA CALLADA ADVERTENCIA

POR CINNA LOMNITZ

México posee condiciones de riesgo únicas y diferentes a las de sus vecinos, y en especial Estados Unidos y Canadá. El sismo no es desafortunadamente el único tipo de desastre que afecta al país pero sí puede representar una amenaza de alto impacto y de elevada probabilidad.

Je n ‘ose pas parler et je ne puis me taire. Corneille

El riesgo de un nuevo sismo que pueda afectar la Ciudad de México u otra ciudad amenazada de nuestro país no debe ser subestimado. La incidencia de sismos en la zona de subducción del Pacífico mexicano es tres veces mayor que la de California, incluyendo la Falla de San Andrés. Desde 1985 se han mejorado significativamente las normas de construcción y los sistemas de protección civil, pero la mayoría de la población amenazada sigue viviendo en construcciones anteriores a 1985. Actualmente no parece existir en México un programa diseñado para proporcionar al ciudadano afectado y a las propias autoridades una información confiable sobre los riesgos específicos que afectan a cada población, a cada colonia y a cada casa.

México se encuentra en la intersección de cuatro placas tectónicas (una más que en Japón). El borde de placa más activo es el de la costa del Pacífico, que se extiende de Puerto Vallarta a la frontera de Guatemala. La capital federal está localizada en el centro de un arco de actividad sísmica que comprende los sismos costeros de los estados de Michoacán, Guerrero y Oaxaca, a distancias epicentrales de 300 a 400 kilómetros. Estos sismos pueden alcanzar magnitudes del orden de ocho en la escala de Richter. El último sismo grande ocurrió en 1985 pero en meses recientes se ha registrado un recrudecimiento preocupante de la sismicidad, sobre todo en el sector de San Marcos, zona límite de Guerrero y Oaxaca, donde se registró el sismo del 28 de julio de 1957, conocido como «Sismo del Angel».

Más de cien ciudades mexicanas se encuentran en zonas sísmicas. Aparte del Distrito Federal, que es afectado por condiciones especiales debido al subsuelo blando antes ocupado por La Laguna, hay otras ciudades que se consideran con alto riesgo sísmico: Mexicali, Tijuana, Tepic, Manzanillo, Zapopan, Zihuatanejo, Acapulco, Pinotepa. Puerto Angel, Tuxtla Gutiérrez y Tapachula. La lista no es exhaustiva y podría extenderse. Un sismo fuerte en cualquiera de estas ciudades podría costar al país una fracción importante del equivalente del producto interno bruto anual, y pondría en peligro el crecimiento económico y la estabilidad social del país aun en el caso en que no se produjera un número significativo de víctimas.

Estamos hablando de una amenaza inmediata. Las medidas que se toman en México no son de tipo preventivo, ya que la protección civil se activa después y no antes de los desastres. La llamada cultura de los desastres se limita a la distribución de información general a la población, ya que no hay un asesoramiento que permita tomar medidas efectivas. Esto se refiere tanto a los organismos federales, estatales y municipales como al ciudadano interesado en proteger su vida y la de sus familiares.

En los distintos niveles de la administración pública, aun en los que se ocupan de la Seguridad Nacional, no parece existir una información realista y detallada sobre el riesgo sísmico. Los planes de emergencia, como el DN-3 de la Secretaría de la Defensa Nacional, no están actualizados y no contemplan acciones preventivas.

Después del 11 de septiembre

Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, se ha hablado mucho de los riesgos que comporta el terrorismo internacional. Aparentemente no existía una reflexión informada sobre eventuales ataques terroristas, ni en México ni en la mayoría de los países. El colapso de las Torres Gemelas de Nueva York evidenció una falta de información básica, que condujo a una estimación errónea del riesgo probable para este tipo de eventualidades. Por lo tanto, hay una reestructuración internacional de los métodos de predicción y de prevención de desastres. México no puede permanecer ajeno a esta evolución y, por el contrario, debe aprovechar la oportunidad para endurecer su respuesta a todo tipo de desastres. Una mayor reflexión sobre estos asuntos es de ingente prioridad ya que tiene una clara relación con la seguridad nacional.

Una evaluación sobria y realista debe preceder a la acción propositiva del gobierno. México posee condiciones de riesgo únicas y diferentes a las de sus vecinos, y en especial Estados Unidos y Canadá. El sismo no es desafortunadamente el único tipo de desastre que afecta al país pero sí puede representar una amenaza de alto impacto y de elevada probabilidad.

La comunidad científica mexicana representa un recurso intelectual de disponibilidad inmediata que debe movilizarse para resolver los problemas de prevención de desastres, como lo han hecho en otros países. «Prepararse para la guerra y los desastres» (la consigna de Mao) es válida para los países en desarrollo ya que el impacto de un desastre afecta en primera línea a las economías más vulnerables. Es la receta más efectiva para salir de pobres. En materia de prevención de desastres, México sufre un grave rezago.

No podemos superar solos nuestro retraso ni podemos hacerlo de la noche a la mañana, pero el hecho de enfrentar el riesgo va a contribuir a controlarlo. Otro día hablaremos de los conflictos y de su control. En todo caso, urge poner a trabajar a nuestros científicos, ya que el elemento técnico es esencial y, como decía Robert Feynman, «la ciencia es lo que funciona».

cómo enfrentarse al riesgo sísmico

Si México no puede con el riesgo sísmico, menos logrará proteger a nuestro país contra el riesgo de las inundaciones, de las sequías o de los ataques terroristas. A partir de la creación del Servicio Sismológico Nacional en 1910 se ha trabajado regular y continuamente sobre el riesgo sísmico y existe un acopio de datos de valor excepcional. Hoy el Servicio Sismológico Nacional se encuentra a cargo del Instituto de Geofísica de la UNAM, y existen recursos científicos relevantes en otras instituciones nacionales y extranjeras. El CICESE, un centro de investigación científica dependiente del Conacyt y localizado en Ensenada, Baja California, promueve una iniciativa conjunta con GeoHazards International, una ONG con sede en California, para evaluar el riesgo sísmico en las principales ciudades del país.

Las características propias del subsuelo de México afectan el riesgo sísmico y exigen medidas adaptadas a las condiciones locales, como el terreno volcánico y los ambientes lacustres, especialmente en el Valle de México. Hay investigaciones recientes, como las recabadas por la Red Sísmica de Texcoco, que podrían ser de importancia nacional y mundial para el control del riesgo sísmico en terreno blando. Gracias a estos avances, obtenidos principalmente por científicos mexicanos, hoy se está levantando el primer edificio totalmente amortiguado en el Distrito Federal. Nuestro país puede ser pionero en este nuevo tipo de construcción, que promete eliminar de una vez por todas el problema sísmico en suelos blandos. El Gobierno Federal, en coordinación con los gobiernos de los estados y con las asociaciones de ingenieros y las empresas constructoras, puede elaborar normas preventivas modernas, capaces de proteger efectivamente a la ciudadanía.

En 1910 el gobierno de Costa Rica prohibió las construcciones de adobe y con ello redujo de un plumazo el riesgo sísmico, que hoy se mantiene con proporciones manejables. Es verdad que Costa Rica no hizo lo necesario para conservar la delantera en la lucha por la seguridad sísmica. Nuestro país, que actualmente construye el edificio amortiguado más alto y seguro de América Latina, podría vender seguridad sísmica a la región y al resto del mundo. Una visión política motivada por el interés nacional podrá facilitar este objetivo, al comprender que exportar seguridad es buen negocio y otorgando los medios para que la comunidad tecnológica y científica mexicana promueva las acciones necesarias al nivel académico y a los niveles sectoriales involucrados en la creación de tecnología y en la industria de la construcción.

Acabar con la inseguridad

Acabar con la inseguridad es hoy la primera exigencia de la ciudadanía. Es la primera prioridad política en México y en el mundo. Pero la inseguridad es un monstruo de muchas cabezas. Cuando la población no se siente segura en sus casas, sea por la amenaza del crimen o porque su vivienda puede caerse en cualquier momento con los efectos de un sismo, tampoco toma las medidas necesarias para incrementar su rendimiento económico. Es que «la vida no vale nada», y entonces no vale la pena esforzarse.

Los gobiernos inteligentes suelen tomar medidas para asegurar la seguridad contra los desastres naturales, sabiendo que los ciudadanos empezarán a colaborar con el gobierno cuando se sientan más seguros.

Sería un grave error suponer que el riesgo sísmico, o la escasez de agua potable, o la contaminación ambiental, no son problemas políticos. Lo son en la medida en que pueden erosionar la confianza que los ciudadanos deben sentir en los gobiernos. Proteger las vidas y los bienes de los ciudadanos es la primera responsabilidad de cualquier gobierno. Los políticos saben que serán evaluados en la medida que logren cumplir con esta exigencia y que su futuro depende de ello.

Los problemas no son simples ni triviales. Si lo fueran, México sería uno de los países más avanzados del mundo. Es necesario reflexionar sobre lo que implican estos difíciles asuntos. Para eso están las universidades, que son los lugares tradicionamente reservados a la reflexión. Pero cualquier esfuerzo en la dirección correcta debe mantener informado al público, ya que de lo contrario un desastre futuro puede producir un rechazo popular en contra de los expertos y los administradores, por no haber informado oportunamente al pueblo sobre los peligros sísmicos y la manera de prevenirlos.

En conclusión, el control de la inseguridad requiere un esfuerzo coordinado en varios frentes. Es básico producir conocimiento nuevo y adaptarlo a las condiciones nacionales y locales. Es esencial convencer a la industria, especialmente la de la construcción, acerca de las ventajas económicas que ofrecen las nuevas tecnologías. También es necesario fortalecer la protección civil; pero si nos limitamos a propagar la idea de una cultura del desastre equivale a echarle la culpa al ciudadano por no haber sabido evitar su propio infortunio y eso, además de injusto, es políticamente fatal. Los gobiernos deben tomar la iniciativa y enseñar a la sociedad civil cómo precaverse y cómo acceder a una vida mejor.

Una nación amenazada

México ha duplicado su población en unos pocos sexenios. Muchas zonas urbanas de reciente ocupación son también zonas de alto riesgo sísmico, volcánico, climático y social.

El Congreso de la Unión acaba de aprobar una legislación que otorga la necesaria independencia de gestión al Conacyt para conformar y estructurar una política científica de la nación. Este es un buen momento para señalar rumbos a la comunidad científica y tecnológica mexicana.

Dar seguridad a la población es un imperativo político, pero es también una tarea enormemente agradecible y grata. Sin seguridad no podemos salir adelante. Las iniciativas en política exterior son buenas; es buena una mayor protección al migrante mexicano que busca mejores oportunidades fuera de su país; los segundos pisos son excelentes siempre que no se caigan en los sismos. Todas estas iniciativas políticas son magníficas, pero por positivas que sean no pueden compararse con el impacto que tendría una mejora sustantiva en el nivel de la seguridad personal.

Estamos sobre aviso, como también lo estaban los funcionarios de Estados Unidos que no adoptaron algunas medidas precautorias oportunas antes del ataque del 11 de septiembre. He aquí la advertencia: se sigue acumulando energía sísmica frente a las costas mexicanas del Pacífico, y el próximo sismo destructor podrá producirse en cualquier momento. No sabemos dónde ni cuándo se producirá, y por eso es el momento de emprender acciones preventivas eficaces. El sismo del 19 de septiembre de 1985 se produjo a una hora muy favorable, cuando los niños estaban en camino al colegio y muchos empleados aún no llegaban a sus oficinas y lugares de trabajo. Así y todo, hubo más de diez mil muertos. El próximo sismo podría ser más catastrófico, y el público menos complaciente, n