ALBERTO MANGUEL:

SUBRAYADOS

Acaba de llegar a México el libro de Alberto Manguel, gran degustador de escrituras, Una historia de la lectura (Norma, Bogotá, 1999). De ahí extrajimos los siguientes subrayados:

•  El códice era una invención pagana; según Suetonio, Julio César fue el primero que, para enviar despachos a sus tropas, plegó un rollo en páginas como un cuaderno. Los primeros cristianos adoptaron el códice porque lo encontraron sumamente práctico para llevar, escondidos entre la ropa, textos prohibidos por las autoridades romanas. Las páginas se podían numerar, lo que permitía al lector acceder con mayor facilidad a las secciones; y varios textos distintos, como las Epístolas de Pablo, podían encuadernarse fácilmente en un volumen de tamaño conveniente.

•   Una vez que la lectura silenciosa se convirtió en la norma en los escritorios, la comunicación entre escribas se hizo por señas: si un copista necesitaba un libro nuevo para continuar su trabajo, fingía pasar páginas imaginarias; si, más concretamente, necesitaba un salterio, se llevaba las manos a la cabeza en forma de corona (en referencia al rey David, autor de los Salmos); un leccionario se indicaba retirando cera imaginaria de unas velas; un misal, con el signo de la cruz; una obra pagana, rascándose el cuerpo como lo haría un perro.

•  A Rabí Leví Yitzhak de Berdichev, uno de los grandes maestros hasídicos del siglo XVIII, le preguntaron por qué faltaba la primera página de cada uno de los tratados del Talmud babilónico, lo que obligaba al lector a empezar la lectura en la página dos. “Debido a que, por muchas páginas que lea el estudioso”, contestó el rabino, “nunca debe olvidar que no ha alcanzado aún la mismísima primera página.”

•   Tal vez, puesto que Kafka se daba cuenta de que si, para un lector, todo texto debe ser inconcluso (o abandonado, como sugirió Paul Valéry), si de hecho un texto puede leerse únicamente porque es inconcluso, dejando un lugar en blanco para el trabajo del lector, Kafka quería para sus escritos la inmortalidad que generaciones de lectores han concedido a los volúmenes que ardieron en la biblioteca de Alejandría, a las ochenta y tres obras perdidas de Esquilo, a los libros desaparecidos de Tito Livio, al primer borrador de La revolución francesa de Carlyle, que la criada de un amigo echó accidentalmente al fuego, al segundo volumen de Las almas muertas de Gogol, que un pope fanático condenó a las llamas. Quizá por esa misma razón Kafka nunca terminó muchos de sus escritos: Falta la última página de El castillo porque K, el protagonista, nunca debe alcanzarla, de manera que el lector pueda continuar para siempre a través de los infinitos niveles del texto.

•  Los trabajadores que emigraron a los Estados Unidos llevaron consigo, entre otras cosas, la institución del lector: una ilustración del American Practical Magazineáe 1873 muestra a uno de esos lectores, con gafas y sombrero de ala ancha, sentado con las piernas cruzadas y un libro en las manos mientras una hilera de cigarreros (todos varones) en chaleco y mangas de camisa se dedican a enrollar puros, totalmente absortos, al parecer, en lo que están haciendo.

El material para aquellas lecturas, acordado de antemano por los trabajadores (que, como en los días de El Fígaro, pagaban al lector de su bolsillo), abarcaba desde opúsculos políticos y libros de historia a novelas y co lecciones de poesía tanto modernas como clásicas. Tenían sus libros preferidos: El Conde de Montecristo, por ejemplo, llegó a ser tan popular que un grupo de obreros escribió a Dumas, poco antes de su muerte en 1870, pidiéndole que les permitiera dar el nombre de su personaje a uno de los tipos de cigarros. El novelista francés accedió. n