CARRANZA: LOS DOS EXTREMOS

POR LUIS BARRÓN

Alto, robusto, tenaz, paciente para escuchar, nacionalista hasta el extremo y obsesionado con el cumplimiento de la ley… O lento, necio, obcecado, autoritario, conservador y capaz de todo con tal de retener el poder. Es entre estos dos extremos que fluctúa nuestra imagen de Venustiano Carranza. Un extremo creado por sus partidarios y por la propaganda del Estado. El otro, inventado por sus opositores políticos y sus enemigos militares, quienes siempre vieron en él al vencedor de Villa y al asesino de Zapata.

Colaborador en el régimen de Díaz como presidente municipal, diputado local, senador y gobernador interino de Coahuila, Carranza sólo se unió a la Revolución cuando le quedó completamente claro que el gran elector no lo apoyaría para ocupar la gubernatura constitucional de su estado natal, y que Bernardo Reyes no volvería para liderar un movimiento reformista dentro del régimen de Porfirio Díaz. Pero convencido de que México tenía que cambiar, Carranza fue quizás el más reformista de los gobernadores maderistas junto con Abraham González, gobernador del vecino estado de Chihuahua.

Ante el golpe y la dictadura huertistas, Carranza se erigió a sí mismo como la única bandera de la legitimidad, y dirigió la lucha en contra de Huerta y del ejército federal para restaurar el régimen constitucional. Pero aun destruyendo al ejército y al poder financiero porfiristas, y regresando a México al orden constitucional, su presidencia (1917-1920) no es considerada, más que por la historia oficial, parte del periodo fundacional del Estado moderno mexicano.

Bajo su liderazgo, un congreso constitucional electo popularmente escribió y promulgó la Constitución de 1917. Durante su presidencia, el poder judicial se reconstituyó y la mayoría de los gobiernos estatales fueron electos, regresando al orden constitucional. Carranza quizás haya sido el presidente más nacionalista que México haya tenido. Jamás cedió ante las presiones de las grandes potencias ni permitió que se inmiscuyeran en los asuntos internos de México. Pero no se pueden negar sus ligas con el antiguo régimen, su simpatía por el gradualismo y su afinidad ideológica —política y social— con el reformismo conservador de Bernardo Reyes —el general más popular dentro del ejército porfirista— alrededor de quien se iniciaría el primer movimiento opositor importante del porfiriato.

Carranza fue una proyección del antiguo régimen a la revolución. Siempre estuvo seguro de que controlar al ejército era esencial para controlar al país, por lo que había que someterlo al poder civil. Estaba convencido de que había que movilizar a los sectores populares que el régimen porfirista había excluido de la política (trabajadores, campesinos, estudiantes, mujeres y jóvenes profesionales), pero sin darles ningún poder real para iniciar el cambio político y social de México. Y quería una presidencia fuerte para lograr estos cambios. De ahí su renuencia a permitir la formación de partidos políticos nacionales, sindicatos independientes, organizaciones campesinas, elecciones libres o una prensa democrática. Se podría decir que Carranza quería un Estado completamente nuevo, un Estado capaz de conservar el orden social que la revolución estaba a punto de destruir.

Carranza, como él mismo lo dijo, no quiso ser un revolucionario. Fue más bien un reformador nacionalista cuyo proyecto, aunque incluiría a sectores que antes habían sido completamente excluidos, fue conservar el orden social como él lo entendía: un país de grandes capitalistas y gente educada que lo guiaría hacia el desarrollo, dejando al Estado la responsabilidad de proteger la soberanía de México, moralizar a la sociedad y proveer la educación de las clases más necesitadas.

Por eso, Carranza organizó un nuevo ejército, un ejército al que nunca dudó en utilizar hasta que sus recursos se acabaron. Venció a la reacción conservadora de Huerta, igual que al radicalismo revolucionario de Villa y Zapata. Y cuando tuvo que enfrentar la escisión de Alvaro Obregón, su general más prestigioso y listo para hacer concesiones al ala más radical de la revolución, no tuvo ni los recursos económicos necesarios, ni el apoyo de Estados Unidos, ni el compromiso ideológico con la revolución para evitar la caída de su régimen. Cuando el ejército se rebeló, cuando la burocracia y el congreso se decidieron a apoyar a Obregón, cuando los campesinos, los trabajadores y las organizaciones civiles permanecieron inmóviles, Carranza finalmente fue derribado, pero dejó sentadas las bases de lo que sería el Estado posrevolucionario mexicano.    n