La gente observa; a veces, no observa. Si la evaden, se retrae; cuando la amenazan se repliega. La mirada es también refugio del alma. En la fotografía del 20 de junio de 1911, en la Ciudad de México, Emiliano Zapata otea el espacio con la mirada y se le nota nervioso, aunque sus rasgos siguen siendo suaves, hasta amables. No es el mismo que aparece meses antes, en otra imagen, riguroso y elocuente, al frente de sus tropas y montando el alazán que le regaló el cura de Axochiapan.

La revolución apenas ha comenzado, pero la fama ya le ha tendido la mano. Es el artífice del sitio de Cuautla, batalla que acaba por disuadir a Porfirio Díaz de que abandone el poder. Su ejército, hecho de gente común, es disciplinado y ha dominado a las guarniciones federales de Morelos con una facilidad y una elegancia asombrosas. Es cauto con los hacendados y con los reclamos de tierras. Aún no cuenta con un “programa” —como el Plan de Avala— pero viene en búsqueda de trato y diálogo político. Es inútil. La ciudad lo recrimina. La prensa lo denosta. (“Atila del sur”, “indio intromiso”, “bandido”…. son titulares comunes.). Los políticos le cierran las puertas. Madero, que ha fallado en el intento de incorporarlo al ejército para que deponga las armas, le pide que se vaya, no a Morelos sino del ¡país! El caudillo campesino, que ha intentado infructuosamente ingresar en las élites políticas (primero locales, y ahora nacionales) desde 1909, no quiere creerlo. “No esperaba confeti” —le dice a Palafox antes de entrar a conferenciar con Madero—. “¿pero esto?”. Para la ciudad Zapata representa la comunidad de los iracundos. Para los suyos, los pueblos de la sierra de Morelos, representa acaso lo mismo. Sólo que ellos se lo agradecen.

Zapata regresa a sus serranías, a sus pueblos. El es la ambigüedad de ese otro mundo que apenas asoma: el subsuelo indígena que toca a las puertas del laberinto público con el rostro de una “comunidad de campesinos”. Sólo Antonio Díaz Soto y Gama, un intelectual magonista, repara en este hecho. El zapatismo fue, en rigor, un movimiento de pueblos indígenas que se desplegó frente a la obsesión de la des-indigenización provocada por los espejismos del Progreso. Ser indígena en 1910, en pleno apogeo del darwinismo social, significa pertenecer a una historia en hipotética descomposición. Aunque traducido y leído en náhuatl, el Plan de Ayala sólo alude a derechos campesinos. El Plan, esa suerte de “texto sagrado” del zapatismo, reescribe el imaginario de quienes lo invocan. Frente a una moral, como la positivista, fundada en los paradigmas del trabajo y las categorías sociales, la noción de “campesino” es legítima y legitimadora. Todo el siglo XIX podría ser reescrito como una furiosa obsesión por sacralizar las éticas de la vocación y del trabajo, dos credos esenciales del mundo moderno El enigma del zapatismo no es el de su “ancestral” identidad, sino el de su ductilidad para reelaborar la fractura de una identidad y actualizar la posibilidad de esta ambigüedad. Los historiadores del siglo XX fueron presas evidentes de esta invención. No se preguntan ¿cómo es y cómo se despliega y sobrevive una comunidad indígena bajo la seducción de las fantasías sociales del Progreso? La evidencia, claro, es siempre una construcción ideológica.

El zapatismo corrobora y amplia el sueño más pertinaz del siglo XIX: el sueño del ciudadano-propietario. Ser propietario en el siglo XIX significa, más que una promesa de bienestar, un sitio esencial en los grandes relatos históricos y morales de la sociedad. Significa ser ciudadano. Incluso Marx, un crítico obsesivo de las formas de propiedad, no tiene más remedio que definir a sus obreros —ya que quiere acorazarlos con los beneficios de la historia— como ¡propietarios!… de su fuerza de trabajo, propietarios al fin y al cabo. A diferencia de Villa. Madero y Carranza, el zapatismo distribuye las tierras entre las comunidades locales. Pero las distribuye en calidad de pequeñas propiedades individuales. Las comunidades rurales zapatistas son comunidades de pequeños propietarios, la forma más liberal de la propiedad agraria. La idea de que Zapata es el líder de una rebelión que pretende retornar a la “comunidad ancestral” es una ficción que surge, curiosamente, no de sus prácticas económicas sino del innegable carácter indiferente del movimiento frente a la edificación de un nuevo Estado. Una indiferencia que le costará la vida. A los ojos del siglo XX, la refutación del Estado se lee paradójicamente como un ejercicio de regresión.

Vocación por la tierra y por el trabajo y propiedad (individual) no son categorías que pertenezcan necesariamente al mundo tradicional, como sí lo fueron, por ejemplo, el peonaje y el pago en especie que caracterizaban a las grandes haciendas. Y, sin embargo, Zapata nunca renunciará al silencioso llamado de esa identidad que le hizo posible reconstruir su mundo como un mundo de la ambigüedad. n