CORTÉS Y LÓPEZ VELARDE

En este número de Nexos contamos, a orgullo, con un texto de José Luis Martínez sobre Hernán Cortés. Tenía que ser él, por ser también el autor del Libro sobre el conquistador (José Luis Martínez: Hernán Cortés, FCE, 1990). Esto trae otra asociación: entre las múltiples cosas que las letras mexicanas le deben a José Luis Martínez, está sin duda su edición a las Obras de Ramón López Velarde (Primera edición, FCE, 1971). La edición aumentada de 1990 incluye una pequeña maravilla: el borrador rescatado de La suave patria del mismo López Velarde. Asistimos ahí al nacimiento y desarrollo de la magia de López Velarde para hacer un poema. Como sabemos, La suave patria de López Velarde se ha vuelto el poema “oficial” de México, a la hora de las declamaciones escolares. Ahora bien: la única referencia histórica del poema ocurre en su “Intermedio”, dedicado a Cuauhtémoc con el famoso inicio: “Joven abuelo: escúchame loarte,/único héroe a la altura del arte”. La misma magia poética de López Velarde ha puesto su “Intermedio” más allá de la “historia patria”, pero, igual, ha atraído respiros y palomeos de la “historia de bronce” por consistir, diríamos hoy, en algo “políticamente correcto”. Sin embargo, en el borrador de La suave patria queda el vestigio de un camino olvidado, un camino que López Velarde pudo tomar y esquivó al fin. Ese camino dice en dos versos: “aunque escribo Méjico con jota/la estatua no pedí para Cortés”. ¿Por qué López Velarde abandonó ese camino? ¿Por ver que sería “poéticamente insuficiente”? ¿Por “corrección política”? ¿Por sentir que se metía en camisa de once varas? Aventuremos una hipótesis. En poesía se sabe que para hacer un poema o algún verso no basta con la emoción; debe saberse qué actitud se tiene frente a esa emoción. Quizá López Velarde abandonó ese camino por no estar muy seguro de que no habría pedido una estatua para Cortés. n