MUNDO Y CULTURA

POR JORGE G. CASTAÑEDA

Ofrecemos las palabras —pronunciadas el 23 de julio de 2001, en París— del Secretario de Relaciones Exteriores de México, Jorge G. Castañeda, ante los agregados culturales y de cooperación de Francia. Su objetivo es de primera necesidad: alentar la difusión de la cultura mexicana e invitar a sus diferentes voces a participar en el concierto del mundo.

Me dio mucho gusto aceptar la invitación del Ministro Védrine para sostener un intercambio de puntos de vista sobre la cooperación cultural y para hablar un poco sobre los nuevos principios de la diplomacia cultural que el gobierno del presidente Vicente Fox ha emprendido desde hace ocho meses. Estoy seguro de que podremos desprender líneas de acción comunes en materia de cooperación cultural, toda vez que compartimos numerosas preocupaciones acerca del lugar que corresponde a las culturas en el mundo y la necesidad de preservar la diversidad cultural.

Francia, cuyo prestigio internacional se formó en gran medida gracias a las creaciones del espíritu, siempre ha tenido el cuidado de dotarse con instituciones capaces de hacer realidad sus ambiciones en este terreno y constituye un modelo para todas las naciones que se proponen dar a conocer su cultura. Desde hace largo tiempo, México también ha hecho de la política cultural uno de los instrumentos de su diplomacia, al mismo rango que la promoción comercial. Francia, no obstante, está mucho más presente en el mundo, al haber estructurado sus acciones desde hace mayor tiempo, en especial a partir del fin de la Segunda Guerra mundial. La fortaleza de la presencia cultural francesa estriba en su red planetaria, alimentada por recursos humanos y financieros considerables. El embajador Delaye cuenta con la fortuna de tener a su disposición un presupuesto en materia de cooperación cultural, científica y técnica muy superior al presupuesto total de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México.

No obstante, estamos convencidos de que la cultura ha sido —y sin duda seguirá siendo— la mejor carta de presentación de nuestro país en el mundo, por lo que nos hemos propuesto dedicar mayores esfuerzos a esta tarea. Lo haremos, asimismo, convencidos de que la nueva situación de México como una nación plenamente democrática nos exige difundir en todo el mundo una imagen de nuestro país que corresponda tanto al carácter dinámico, plural y democrático de nuestra sociedad como a la rica herencia de la cultura mexicana.

El nuevo esfuerzo de difusión cultural se deriva de dos valores fundamentales del quehacer internacional de México que no son ajenos, lejos de ello, a Francia: la solidaridad y la cooperación.

Solidaridad, expresada en nuestra voluntad de vivir más cerca de los otros y compartir sus valores, del mismo modo que buscamos que conozcan los nuestros. Queremos ser con los otros, queremos respetar, reconocer, comprender a los otros. Queremos, cuando sea necesario, brindar apoyo a los otros cuando estén en desgracia. Así, recientemente, México fue el primero en acudir en auxilio del pueblo de El Salvador, afectado gravemente por un terremoto.

La cooperación, particularmente en materia cultural, porque la penetración mutua de nuestras ideas, de nuestras obras, de nuestras creaciones es un medio privilegiado para que nuestras naciones profundicen no sólo su conocimiento respectivo, sino que incrementen el intercambio en todos los ámbitos. Queremos acompañar otros esfuerzos, coactuar, participar con los otros.

Solidaridad y cooperación son elementos esenciales de la cultura. Si se examina de cerca, resulta claro que la cultura ha significado siempre cooperación entre generaciones y, con frecuencia, solidaridad entre pueblos. Sin cooperación no hay cultura; sin cultura no hay solidaridad.

Conscientes del valor de la cultura para definir su identidad y para alentar la cooperación y la solidaridad con el resto del mundo, México se propone desplegar una nueva política de difusión cultural sustentada en principios que respondan a los nuevos tiempos que vivimos tanto en el ámbito interno como en la escena internacional.

Es indispensable reconocer que sólo la democracia permite que todas las voces sean oídas al interior de una nación y, asimismo, para que su eco se escuche con claridad en el extranjero. El México de los últimos años está descubriendo que gran parte de su fortaleza reside precisamente en su diversidad. La tolerancia y la pluralidad reemplazan a la censura y la uniformidad. Y, por ello, la consolidación de la democracia resulta tan importante para la política cultural de México: sólo en una democracia genuina se puede asegurar que el Estado esté al servicio de la cultura, y no a la inversa.

Esta nueva política cultural debe partir de la realidad mexicana, y no maquillarla como sucedía anteriormente; debe no sólo reconocer las críticas y la diversidad de opiniones, sino darles espacios para que puedan expresarse y fortalezcan así la imagen del México de hoy. Pero debemos proceder con cautela, la democracia es una condición de posibilidad de la creatividad, pero no una condición suficiente; ella no nos libera del deber de pensar por nosotros mismos. Quiero hacer mía una frase del ministro Hubert Védrine que aparece en su más reciente obra, Las cartas de Francia:, “Para tener influencia, se requiere primero ser capaz de tener ideas propias. ¿Qué influencia tendríamos si nos contentásemos con repetir el lenguaje convencional de lo que es “políticamente correcto” en el momento y el lenguaje del consenso? Ejercer una mayor influencia quiere decir aportar al debate un valor agregado. La independencia de espíritu y de proyecto no es solamente posible, sino indispensable”.

Debemos hacer frente a los riesgos que entraña la globalización para la diversidad cultural. Aunque no debe exagerarse el impacto de este proceso mundial en las diversas culturas nacionales, particularmente en aquellas, como la francesa o la mexicana, cuya vitalidad y fortaleza les facilita conservar sus identidades, sí resulta necesario emprender acciones para impedir el gradual desarrollo de una creciente uniformidad cultural que ponga en riesgo la diversidad de tradiciones y culturas. Ello exige la adopción por parte del Estado de estrategias que aseguren la continua vitalidad de la cultura nacional mediante el apoyo, en colaboración con el sector privado, de las expresiones culturales: de las artes, las artesanías y en general las industrias de la cultura.

Pero la preservación de una identidad o una cultura propia no implica el aislamiento. Por el contrario, debemos abrirnos al mundo sin temores, tanto para conocerlo como para que nos conozca tal como somos. La historia de nuestros pueblos nos ha enseñado que los contactos interculturales lejos de empobrecernos, nos enriquecen. Y así parecen intuirlo las jóvenes generaciones de mexicanos y franceses, quienes demuestran su capacidad de mantener el corazón y la mente abierta hacia otras culturas. Nuestros jóvenes se han apropiado de símbolos, iconos y costumbres que podrían, hace apenas unos años, habernos parecido ajenos, pero que ahora pasan por el filtro de nuestra identidad y nos permiten adaptarnos mejor al imparable y cada vez más dinámico flujo de cambios que experimenta el mundo globalizado.

La globalización plantea grandes oportunidades, siempre y cuando la integración a esta poderosa corriente se conciba como un medio, y no como un fin en sí mismo. El mundo actual facilita los contactos, multiplica y amplifica los intercambios y, al abrir puertas y ventanas, permite que muchas voces puedan ser escuchadas. No debemos dejar pasar la oportunidad que esto representa. El mundo quiere oírnos y es nuestro deber hablar con una voz clara en la escena internacional.

Para cumplir este anhelo, Francia nos ofrece un ejemplo digno de emulación. Este país ha sabido hacer frente a los desafíos de la globalización sin minar su propia identidad. La cultura francesa, con su extraordinaria herencia histórica y su no menor vitalidad contemporánea, se mantiene como un punto de referencia indispensable en la escena cultural mundial. El equilibrio que Francia ha promovido entre la defensa de su identidad y su apertura a las corrientes globales de cultura es, por ello, un ejemplo a seguir para otras naciones con una vigorosa tradición cultural, como la mexicana, que sin embargo buscan abrirse al diálogo y al intercambio en estos tiempos de acelerada integración.

Debemos, de igual modo, procurar un mayor equilibrio entre la actividad gubernamental y la iniciativa privada, entre Behemoth y Mammon. No buscamos reducir al silencio a los otros ni tampoco encerrar a quien fuere dentro de definiciones restrictivas, sino difundir la cultura de México e invitar a sus diferentes voces a participar en el concierto del mundo. Para ello, queremos establecer nuevos vínculos entre gobierno, empresas, asociaciones privadas, grupos artísticos o escuelas con el fin de coordinar esfuerzos para formar ciudadanos abiertos al mundo, pero con profundas raíces en su cultura local.

Por lograrlo, deseamos que la cultura mexicana se convierta en una piedra angular de nuestra política exterior. La difusión cultural no sólo debe estructurar de manera más decidida las acciones del gobierno de México en materia de imagen, sino que en torno a ella deben articularse más estrechamente las actividades de promoción turística, educativa e, inclusive, comercial y financiera. Los dividendos de la cultura no pueden ignorarse, como bien lo sabe Francia, que es potencia exportadora de cultura.

Quizás el mejor ejemplo del potencial que existe en este ámbito lo ofrece Estados Unidos, país en el que los productos culturales ocupan el segundo lugar de sus exportaciones. Para aprovechar las oportunidades que existen en este sector, es necesario desarrollar industrias culturales y redes internacionales para el comercio cultural. Las exportaciones culturales de México han tenido éxitos esporádicos que no son desdeñables en los géneros de producción cinematográfica, televisiva y editorial. No obstante, se requiere un esfuerzo más sistemático y coordinado para multiplicar y extender esos éxitos a otros géneros de la creación cultural.

Cinco acciones concretas del Ministerio que yo encabezo se articulan alrededor de los principios que acabo de mencionar:

1)  Refuerzo de la estructura administrativa en materia de política cultural. A partir del presente gobierno, la Dirección General de Cooperación Educativa y Cultural ha pasado a depender directamente de mi oficina. Las decisiones son más rápidas, puedo tener una idea más clara de los proyectos, puedo negociar personalmente con otros miembros del gabinete.

2)  Reforma y refuerzo de la red de institutos culturales de México en el mundo. Nuestra presencia institucional es todavía modesta, 38 centros e institutos culturales en el extranjero. En Estados Unidos, sin embargo, se encuentran 22 de ellos; se trata de la red extranjera más amplia en ese país.

Estamos creando un “Instituto México” inspirado en parte en instituciones como el Instituto Goethe o el Instituto Cervantes. A través de esta nueva figura se podrán unificar los regímenes jurídicos de los centros que hoy existen, habrá mayor coordinación operativa y sobre todo podremos repartir los recursos de manera más equilibrada.

El Instituto México tendrá un papel central como entidad de promoción y difusión de la cultura, las artes, la educación, la ciencia, la tecnología, el turismo, las artesanías y, fundamentalmente, la promoción de la industria y los productos culturales de México.

Esta última es una tarea de enorme trascendencia. Estamos convencidos de que el nuevo posicionamiento de México mediante la difusión cultural dependerá en gran medida de la penetración y presencia que alcancen nuestros productos culturales. Me refiero a la poesía y la novela mexicanas, a las exposiciones de pintura o de escultura, al erotismo de la pintura de Toledo y a las instalaciones de Gabriel Orozco; pero también a la arqueología, lo mismo que al cine, las telenovelas o la popularidad de Salma Hayek; al tequila y los mariachis. Sólo mediante una amplia difusión internacional del patrimonio artístico y artesanal de nuestro país lograremos consolidar la imagen real de un México dotado de un pujante dinamismo creativo y dueño de una de las mayores riquezas culturales en el mundo. Ello no sólo nos permitirá desarrollar ese potencial exportador al que he hecho referencia, sino revertir estereotipos o visiones obsoletas sobre México.

Otra importante tarea que será encomendada al Instituto México es la enseñanza del español. Siendo México el país hispanohablante más poblado del mundo, tenemos una particular responsabilidad en lo que se refiere a la difusión de nuestra lengua y de la cultura latinoamericana en general. Por ello, el Instituto fortalecerá el conocimiento del español mediante la impartición de cursos y la expedición de certificados a nivel internacional.

3) Mayor participación del sector privado en la promoción cultural en el extranjero. Algunos consorcios privados ya han utilizado la red de institutos culturales para presentar sus colecciones de arte mexicano. Queremos que las empresas mexicanas participen de manera más directa, ya sea a través del Instituto México o de otras fundaciones. El Estado solo no puede sufragar el costo del fortalecimiento de la presencia mexicana en el exterior. Queremos establecer una colaboración eficaz con el sector privado para que la difusión cultural de México se beneficie de la sinergia posible entre Estado y Mercado, sin quedar subordinada a ninguno de los dos.

4) Renovación de los agregados culturales y directores de institutos. Para proyectar una imagen del México plural y moderno, nos valdremos de una nueva generación de artistas, intelectuales y promotores culturales, quienes reflejan con fidelidad el dinamismo del México nuevo. Por ello, he nombrado ya a 22 artistas e intelectuales como representantes culturales de México. Sus orígenes son tan diversos como sus creaciones. En París, por ejemplo, el agregado cultural y director del centro cultural es un joven escritor de gran talento. Jorge Volpi, que ha conquistado a miles de lectores en el mundo y ha merecido un reconocimiento internacional. Los nuevos representantes culturales podrán ejercer libremente la crítica, seleccionar los vehículos y mensajes que consideren más apropiados y proyectar a su manera no sólo lo que somos, sino lo que queremos ser.

Esta política no resultará extraña a Francia. Abundan los ejemplos de destacados intelectuales franceses que en algún momento de su vida trabajaron en el extranjero, como Ravmond Aron en Colonia, Lévy-Strauss en Nueva York, Michel Foucault en Uppsala, o Jean- Franfois Revel, quien fue profesor de filosofía en el Liceo Francés de México, donde, por cierto, yo mismo cursé mis estudios de enseñanza media y obtuve mi certificado de bachillerato. A ellos se suman los numerosos diplomáticos franceses emanados del ámbito intelectual o literario. Por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia pasaron, entre otros, Paul Claudel, Saint John Perse, Alain Peyrefitte y Romain Gary.

La diplomacia mexicana también se benefició mucho de los intelectuales que representaron a su país en el extranjero. Sólo mencionaré a dos de los más eminentes que representaron a México en este país: fue aquí en París, en 1949, que Octavio Paz, entonces segundo secretario de la Embajada de México, concluyó El Laberinto de la soledad, una obra que lo hizo célebre. Carlos Fuentes, cuya fama no es menor, fue un brillante embajador de México en Francia en los años setenta.

5) Flexibilidad y diferenciación de la acción cultural. Una mayor centralización en materia de recursos y estructura es necesaria, pero las acciones culturales deben responder a especificidades locales. Se trata, por supuesto, de uno de los problemas centrales de toda política cultural. México atiende cuatro universos distintos en materia cultural, y para cada uno requiere de productos y acciones diferenciadas.

América del Norte tiene rasgos únicos por la presencia de millones de mexicanos y de hispanohablantes. Esta comunidad requiere bienes y servicios culturales que le permitan mantenerse cerca de sus raíces. América Latina y la península ibérica, por su afinidad, constituyen también un foco de irradiación cultural específico, donde México cuenta con un espacio de difusión privilegiado. En el resto de Europa y el Extremo Oriente, nos interesa incrementar nuestra presencia, aunque estamos conscientes de que tenemos un gran reto por delante para dar a conocer nuestra cultura en naciones con las que no hemos mantenido contactos tan estrechos en el pasado, y en las cuales la competencia cultural es enorme. Finalmente, en el resto del mundo intentaremos hacer avances graduales en la promoción de nuestra cultura, de acuerdo con nuestras posibilidades, a partir de las embajadas y consulados de México.

Quisiera concluir con unas palabras sobre la cooperación cultural entre México y Francia. He señalado ya algunas coincidencias importantes entre las políticas culturales de nuestros países. En foros como la UNESCO, expresamos de manera continua la necesidad de garantizar la diversidad y las identidades culturales en el mundo. Un ejemplo relevante fue la celebración en 1982 de la Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales, que tuvo lugar en México, de la cual emanó una declaración trascendental que incluye un conjunto de compromisos para garantizar la diversidad cultural y fomentar la cooperación en esta materia. En aquella ocasión Jack Lang, entonces Ministro de Cultura de Francia, tuvo una destacada participación.

No necesito decir que México siempre ha acogido con beneplácito la presencia cultural francesa, primero a través del IFAL y, posteriormente, a través de la Casa de Francia. De la misma manera, Francia, al acoger al Centro Cultural de México, coopera en la difusión cultural y contribuye al prestigio de México. Creo que el momento actual es propicio para estrechar aún más la colaboración entre nuestros institutos culturales. Por ello propongo que el Centro Cultural de México en Francia y el IFAL emprendan nuevos proyectos de trabajo en forma conjunta que enriquezcan su labor de difusión en nuestros respectivos países.

México y Francia compartimos una larga historia de intercambios culturales. La historia de nuestra relación es, en gran medida, una historia de cultura. Desde los albores de la Independencia de México hasta nuestros días, Francia ha sido una fuente inagotable de inspiración y de ideas para sucesivas generaciones de mexicanos. La cultura de México, por otra parte, y en particular a partir de la posguerra, ha generado cada vez mayor interés en Francia, tanto por la riqueza de nuestra herencia histórica como por la vitalidad de nuestra cultura contemporánea. La explosión creativa que está acompañando al cambio político en México seguramente va a encontrar un eco en un país como Francia, siempre sensible a las nuevas corrientes creadoras, en todas sus manifestaciones. Profundicemos nuestra misión cultural, en beneficio de nuestras sociedades.

Cada país tiene su diferencia. La nuestra es la extraordinaria vitalidad de la cultura mexicana, entendida en su más amplia acepción. Internamente, es tal vez el único instrumento del cual disponemos para seguir consolidando una identidad dentro de la diversidad de los pueblos de México que nos permita unirnos y reconocernos como mexicanos. Hacia fuera, la cultura mexicana seguirá siendo el aspecto de nuestra nación que mayor interés despierte. Las artes y las letras, al igual que las artesanías y el rico legado histórico de México constituyen quizá nuestra mayor ventaja comparativa. También constituyen nuestro mejor vínculo con los demás.

En esa intensa reflexión sobre la conciencia que es Piedra del sol, Octavio Paz escribió: “para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros”. México también tiene que salir de sí para encontrar su existencia plena entre las otras naciones. La herencia cultural mexicana, al igual que la vitalidad de nuestra sociedad, sólo alcanzarán su cabal realización si logran ser no sólo nuestras, sino de todos.  n