BARÓMETRO

LA HORA TEMPRANA DEL NUEVO RÉGIMEN

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Volvamos a preguntarnos por la agenda y, de nuevo, por la “agencia” que podría ponerla en práctica y tratar de resolverla. De eso, en parte al menos, debería ocuparse la política, en especial la que se dice hacer en la izquierda. No ocurre así, pero siempre se puede llamar en favor de uno a la “actualidad” de la necesidad.

1. No hay duda ya de que estamos inmersos en eso que los antiguos llamaron la globalización. Tampoco puede dudarse mucho hoy que esa inmersión, en gran medida impuesta desde el Estado, nos colocó en desventaja para lidiar con la economía internacional y aprovechar sus promesas. Más que globalizados, empezamos el siglo como economía refleja de la norteamericana, pero de un modo demasiado directo e inmediato como para que podamos fácilmente volver sobre nuestros recursos y usarlos como red de protección o dique de contención ante unas contingencias previsibles pero incontrolables desde nuestra economía política doméstica, tal y como ésta aparece hoy ante nuestros ojos y análisis. Ineluctable puede ser la globalización, pero la forma en que decidimos entrar en ella no era fatal ni única. Este es el primer rubro de la agenda. Dejémoslo como pregunta abierta y renuente a respuestas simples, pero hagámosla ya, hoy, abandonando esta lamentable cadena de posposiciones sin fecha en que se ha convertido nuestra estrategia de desarrollo y. en especial, la política económica. ¿Podemos llegar a nuevos acuerdos con Estados Unidos y Canadá? ¿Es viable pedir y reclamar relaciones cooperativas que no se queden en los simplismos nunca realizados ni realizables del comercio súper libre? De no ser ese el caso, ¿no debería la actual recesión llevarnos a revisar los pocos instrumentos con que aún contamos para proteger la planta productiva y, sobre todo, proteger nuestra “planta” humana? Partamos de una constatación: no es verdad que las economías abiertas estén reñidas con Estados protectores o benefactores. La existencia de éstos depende más de la política interna, de la acción social y los proyectos de partidos y gobiernos, que de las “exigencias” de la globalización. Mucho se cedió y entregó ante el altar de estas supuestas demandas de la modernización, hasta volverlas mito implacable y nocivo Llegó, tal vez la hora de volver sobre el binomio Estado-economía para ponerlo sobre sus pies, o devolverle la cabeza.

2. El fantasma de la desigualdad se vistió para nosotros de pobreza masiva y extrema. Por más que le hagamos, las cifras se han vuelto millonarias pero no así la conciencia que tenemos del tema. De pobreza hablamos todos, todos los días, pero los compromisos en el foro del Congreso o su documentación crítica en la academia o la prensa brillan por su ausencia, cuando no se quiere sólo epatar conciencias débiles. Se puede, como algunos lo hacen, hacer de la carencia y la penuria una variable dependiente de lo que ocurre u ocurra con la economía. Para no pocos, esto es más que nada una suerte de maldición azteca para la que no tenemos remedios caseros. Seguimos la suerte del principal y éste se ha mostrado inclemente y sin piedad. Y si no que lo digan los transportistas, o los aguacateros y otra vez los atuneros. Para otros, sólo en el respeto de las “reglas” del mercado podemos aspirar a soluciones de equidad que saquen al país de la pobreza. Bastaría con esperar y portarse bien y, siempre, “tener la casa en orden”, como gustaba decir y quizá pensar el presidente Zedillo, hasta que la casa se le salió por la ventana. Se trata, en ambos extremos, de determinismos simplistas que no se compadecen con la experiencia internacional a la mano, ni con las enseñanzas de la historia y del pensamiento social y político sofisticado. ¿Por qué no abordar ya la cuestión social contemporánea, con las ideas, recursos y voluntades con los que todavía contamos? ¿Tenemos que esperar a que alguna versión de save the children venga en nuestro auxilio? ¿No es esto pensamiento utópico del peor?

3. Más de diez años lleva el país embarcado en una empresa formal para defender los derechos humanos. Sus derechos. Son pocos años, pero algunos hasta se han cansado y empiezan a buscar en la figura misma del ombudsman la explicación de su fastidio o de las fallas evidentes de la justicia que afloran por todos lados. En realidad, más vale admitir que sin un régimen claro de defensa y avance de los derechos humanos, sin una incorporación activa y comprometida del país a la “era de los derechos” que diría Bobbio, no hay democracia moderna ni creativa. Reforzar las Comisiones en vez de amputarlas, respetarlas como forma de exigencia cívica, más que calumniarlas como forma de minarlas, es lo que debería estar en la orden del día del Estado, los partidos, los medios de información, pero no está, y eso sí que es grave en esta hora temprana del nuevo régimen que no acaba de definir perfil y camino. Una definición estricta del nuevo gobierno, de los partidos y de la prensa, sobre el estatuto de los derechos humanos no sería redundante sino que es obligado. De ahí en adelante se puede revisar leyes y reglamentos, volver sobre el tema de la procuración judicial y sus relaciones siempre tensas con la defensa de los derechos de las gentes, etcétera, pero no al revés, como lo quieren hacer estultos vengadores de agravios inventados, que sus respectivos héroes dicen haber sufrido a manos de los crueles ombudsman que no pueden hacer otra cosa que investigar y, en su caso, recomendar. Por cierto, ombudsman viene del sueco y nada tiene que ver con el género.

4. La (in)seguridad se ha vuelto fuente de todos los males, así como de casi todos los pretextos. Requerimos de un Estado comprometido con la seguridad de sus mandantes, digamos, y el tema lleva muy lejos. Hay quienes por analogía y extensión vuelven a inventar un “Estado de la seguridad nacional” donde todo cabe, de la ecología al agua, de los desastres naturales al terrorismo o el crimen internacional organizado. Si no hay guerra a la vista, ni invasión de la que valga la pena ocuparse, lo que habría que hacer, casi para empezar, es repensar el papel de las fuerzas armadas y darle a los civiles los mandos efectivos para el encargo de la seguridad interior del Estado, que es de lo que en verdad hablamos. Pero eso, a su vez, nos refiere al tema de quién vigila al vigilante y quién cuida al cuidador. Y ahí sí que ¡cuidado! Pero ni modo, llegó también la hora de que conversemos y decidamos, aun a riesgo de equivocarnos. Inventar nuevos cenáculos de notables, émulos de los good old boys de Oxbridge, o de los eggheads de la “comunidad de inteligencia” gringa, puede probarse el peor de los métodos. Arriesguemos con el Congreso, así como está, y pronto. Antes de que todos acabemos disfrazados de James Bond o, peor, de J. Edgar Hoover.

5. No hay agenda sin ecología, ni ecología que no nos ponga de frente a la modernidad y sus embates contra la naturaleza. De no perder esta última, lo que nos queda de ella, como la Lacandona, sin renunciar a estar en el mundo que es irremediablemente moderno, es de lo que se trata. El desarrollo sustentable es meta movible, inspiración a volver entraña, pero no hay espera posible que no sea cada día más costosa. Hoy, sin embargo, estamos en una encrucijada que no se va a saltar inventando nuevos chivos expiatorios.

Agenda tenemos y puede abrumarnos de sólo recitarla. Lo que no aparece por ningún lado en esta madrugada de la pluralidad es el actor, la agencia, que pueda desentrañarla y volverla política y políticas. Este es, en realidad, el atorón en el que estamos. Lo otro es contingente, hasta la recesión que llegó sin pedir permiso.

Los libros sobre la mesa

Anthony Giddens montó una extensa y en ocasiones intensa conversación con su colega Christopher Pierson. Con- versations with Anthony Giddens, Making Sense ofModernity (Polity Press, GB, 1998) da cuenta de las preocupaciones y prioridades del incansable autor de la Tercera Vía, que ahora se ha metido de cabeza en la política internacional y de su país, como director de la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, y como pensador activo en pro de una difícil renovación de la social democracia. Aparte de una útil introducción a la sociología de Giddens, de Martin O’Brien, el libro tiene siete entrevistas, donde se da la vuelta a la modernidad y a la política “más allá de la izquierda y la derecha”, los clásicos y las teorías de la estructuración que

llevaron al pensador inglés a la fama y el reconocimiento de sus pares, no siempre de buena gana. El libro termina con tres artículos breves de Giddens y una jugosa plática del sociólogo con George Soros (“Más allá del caos… y del dogma”).

Arturo Warman nos obsequia un volumen decisivo, que no definitivo, sobre el gran olvidado de este jubileo: el campo mexicano y sus personajes, que hace unas semanas volvieron a decir que siempre sí existen, aunque bien cambiados en atuendo y perspectivas. El campo mexicano en el siglo XX (Fondo de Cultura Económica, México, 2001) será referencia obligada para un debate que se ha mantenido bajo la alfombra por demasiado tiempo. Esta es apenas una noticia. Seguiremos informando.

Raúl Trejo no da tregua a sus lectores ni al objeto vital de su reflexión y crítica, los medios y sus esquivos, equívocos, pero determinantes fines. Fruto de largos meses de dedicación y con un doctorado de por medio, Cal y Arena pone a circular ahora Mediocracia sin mediaciones. Prensa, televisión, elecciones. Este libro de Raúl Trejo deberá coadyuvar a un debate que, un día sí y otro también, la democracia mexicana ha preferido rehuir. De vez en vez se montan tribunales sumarios o ceremonias sacras, para condenar o adorar, en cada caso, a la “bestia negra” o al “becerro sagrado” en que se ha querido convertir a la mundana actividad de la información y la comunicación. Lo que no se puede soslayar es la necesidad ingente de una deliberación con propósitos legislativos e institucionales que requiere de puntos de partida y plataformas de rigor y detalle como la que ahora nos ofrece Raúl Trejo. Habrá que volver al texto y a su autor. N

Manzanillo, Colima, San Pedro Mártir, DF.

8 de agosto de 2001.