MADERO: EL OPTIMISMO Y LA TRAGEDIA

POR RICARDO PÉREZ MONTFORT

Si vieras chiquita y ay cuánto te quiero nomás porque dices: ¡Que viva Madero! Si tu me quisieras como yo te quiero iríamos los dos a pelear por Madero.

Chinita Maderista.

En 1982, Eduardo Blanquel, conocedor profundo de la vida y quehaceres de Francisco I. Madero, escribía en un editorial imaginario del suplemento histórico periodístico Tiempo de México el siguiente párrafo: “Vivimos este otoño de 1910 iluminados por el resplandor de un sol poniente. Algo en el aire frío de octubre indica que el otoño lo es también de una época. El cielo nocturno nos deja ver al cometa Haley. Sin duda no señala, como creen los supersticiosos, el fin del mundo. Pero sí se diría que su paso por el firmamento corresponde en efecto al fin de un mundo”.

Personaje capital en el finiquito del universo porfiriano y la emergencia del mundo vertiginoso y confuso de la revolución mexicana, Francisco 1. Madero, como la mayoría de los hombres que impulsan y protagonizan cambios trascendentales, fue visto desde muy diversos ángulos. Múltiples páginas contradictorias se escribieron sobre el personaje, sus ideas y sus proyectos, desde tiempo antes de la aparición de su libro La Sucesión Presidencial de 1910 a finales de 1908. Pero este texto fue, como es muy sabido, la flecha que él lanzara para dar en el blanco de los anales dorados de la historia nacional. A partir de entonces quienes se han ocupado de su persona e ideales suman cientos de miles, y oscilan desde los panegíricos más descabellados hasta las deturpaciones más malévolas.

Según la versión clásica de la historia patria, Madero fue el hombre que impulsó la caída del antiguo régimen porfiriano y encauzó la transformación revolucionaria de un México que terminaría por arrasarlo a él también, sin darle mayor oportunidad de conocer los frutos de su propia lucha, Una vez asesinado, en febrero de 1913, Madero se convertiría en símbolo nacional y bandera revolucionaria de una fuerza por demás avasalladora, con la que quizás él mismo no hubiera estado tan de acuerdo.

Sin embargo, mucho de lo que pasó después de 1913 fue justificado con razones que lo involucraron directamente, aunque poco tuvieran qué ver con sus ideales y su concepción de la democracia. La idealización de su figura iría separando al hombre de su tiempo, para convertirlo en santo y razón de la lucha revolucionaria, y nombre de una de las calles principales del centro histórico de la ciudad de México y el mismísimo país. Más adelante se le elevaría a héroe máximo del panteón oficialista, figura imprescindible de discursos y manoseos demagógicos, llegando hasta nuestros días como modelo de pulcritud democrática. La dimensión beatífica que caracteriza su imagen, sin embargo, lo aleja de su dimensión vital y de su propia experiencia, cargada de muchos logros, pero también de innumerables sinsabores. Su época lo vio elevarse a extremos delirantes de popularidad pero también alinearse en los espacios de la decepción y la falta de entendimiento de los problemas más agudos de un amplio sector de la población mexicana. Si en un principio —1908 al910— gozó de un amplio apoyo popular ganado a pulso, una vez en el poder sus propios correligionarios lo fueron abandonando para dar soporte a sus viejos enemigos. Zapatistas y orozquistas primero, y felicistas y reyistas después, todos contribuyeron a la caída de ese Madero que llegó al poder con un refrendo popular de 19,996 votos el 6 de noviembre de 1911.

Pero recuperando una imagen un tanto menos ideal y más vital, este hombre de gran iniciativa y habilidad política inicial, incluyendo sus aparentemente extraños usos del esoterismo y los juegos sucios de su hermano Gustavo, aparece como personaje ligado sobre todo a la tolerancia y al principio optimista en la interpretación de sus tiempos. Una fe particular en la voluntad popular y democrática así parece confirmarlo. Tanto así que en dichos principios se fincan sus seguridades hasta el momento mismo en que es llevado a la muerte en Lecumberri el 22 de febrero de 1913.

Ese optimismo produce la idea de que quizá la mayor tragedia de Madero fue haber llegado al poder. Una vez ahí sus enemigos arreciaron sus ataques sin tregua alguna y con métodos cada vez más violentos lograron su derrocamiento. Según el general Porfirio Díaz, Madero fue el principal responsable de desencadenar al tigre de la violencia mexicana a partir de 1910. Sin embargo, otros personajes mucho más ligados al régimen porfiriano fueron los que se empeñaron en azuzar a la bestia y terminaron ofreciéndole la cabeza de Madero como presa de caza en 1913.

Así durante los años que van desde 1908 a 1913 don Francisco no sólo protagonizó el fin del universo porfiriano sino que también participó en el despertar de otro mundo que no le dio mucha oportunidad a la hora de compartir sus optimismos. Más bien este mundo renaciente le fue consumiendo su vida, destrozándosela de zarpazo en zarpazo, hasta construir una de las manifestaciones más crueles del pesimismo: el abandono de sus partidarios y su inefable camino a la muerte. La traición de ese fatídico febrero de 1913 parecía rememorar los versos de aquel clásico corrido maderista recopilado por Vicente T. Mendoza que se ha vuelto lugar común en la citas maderistas y que iniciaba sus versos también con una referencia al cometa Haley:

Cometa, si hubieras sabido lo que venías anunciando nunca hubieras salido por el cielo relumbrando.   n