¿COMPETENTE O COMPETIDOR? EL ESTADO Y LOS MECENAS

El 12 de agosto se dio a conocer un borrador del Programa de Cultura 2001, elaborado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. El 22 de agosto daría a conocer la versión definitiva Sari Bermúdez, su presidenta. Entre líneas se asoman algunas buenas y algunas malas noticias. Una de las buenas noticias del programa es el énfasis en el libro como eje rector del proyecto de cultura; una de las malas noticias es que el Estado se sigue poniendo en tal eje como editor de libros. Otra de las buenas noticias del programa es que el Estado se propone lograr, como nunca antes, financiamientos de instituciones privadas; otra de las malas noticias es que el Estado, si logra a fondo su plan de financiamiento, acabará por ejercer el monopolio de los Mecenas.

Sobre lo primero: debe insistirse, como se ha hecho en Nexos anteriores, en que no hay en el mundo industria editorial importante allí donde el Estado no libera el libro de texto, el único mercado realmente cautivo del libro. Mientras esto no ocurra en México, hay que alarmarse por otra proclividad del Estado: imprimir libros, y muchos, y muy baratos. Esto va contra las pequeñas empresas editoriales, sabedoras de lo que cuesta cada libro. Poca la demanda, y dilapidarla en libros subsidiados. ¿Quiere decir que el Estado no debe invertir en libros? No; quiere decir que debe invertir en bibliotecas y en las editoriales privadas serias que puedan y deban surtir a esas bibliotecas.

Sobre lo segundo: las pequeñas empresas culturales saben que no son viables sin el patrocinio de empresas privadas. Mejor dicho: estas pequeñas empresas culturales saben que pueden vivir de la venta estricta de sus productos, pero no sobrevivir sin anunciantes ni patrocinadores privados. ¿Quiere decir que el Estado no debe acudir a las Mecenas? No: quiere decir que no debe usar su fuerza para allegarse todos los recursos de los patrocinios privados, de modo que cuando una pequeña empresa cultural toque a las puertas del patrocinador éste sienta y dé por sentado que ya contribuyó, y en grande, al financiamiento de la cultura. En este aspecto el Estado debe ser no la puerta, sino la bisagra, entre los Mecenas y las pequeñas empresas culturales. Un Estado-Puerta o un Estado-Ventanilla de recepción de los patrocinios privados no haría, otra vez, sino mutilar la diversidad cultural al concentrar —en lo que prácticamente resultaría un monopolio por la posición de fuerza del Estado para pedir y convocar— la atención de los Mecenas.

Las pequeñas empresas culturales requieren un Estado competente, no competidor, n