DE HISTORIAS OFICIALES Y LEYENDAS NEGRAS

POR SOLEDAD LOAEZA

Como ocurre con frecuencia cuando un partido llega por primera vez al poder, en México el triunfo de Acción Nacional en la elección presidencial del año 2000 también ha impulsado la revisión de la historia. El presidente François Mitterrand cedió a este reflejo después de su elección en 1981. Una de las primeras ceremonias de su gobierno fue el traslado de los restos de Jean Jaurés, el padre del socialismo francés, al Panthéon a lo alto de la Montagne Sainte Genevié en el Barrio Latino en París, para enterrarlo al lado de Mirabeau, Voltaire, Rousseau Victor Hugo y Jean Moulin. Su propósito era sacar a Jaurés del santoral partidista y elevarlo a la categoría de héroe nacional. También se trataba de proyectar una nueva luz sobre el socialismo, el partido socialista, y el propio Mitterrand para que las generaciones futuras vieran en ellos fuerzas constructivas del destino de Francia. En las cercanías de Guadalajara ahora se construye una inmensa iglesia en memoria de cristeros muertos durante el conflicto de 1926-1929.

Era previsible que la victoria del PAN lanzara de nuevo la vieja disputa por la historia. Una de las diferencias profundas que desde 1939 separaba a los panistas del cardenismo era de interpretación histórica. Mientras que para los revolucionarios en el poder el triunfo del liberalismo en el siglo XIX había sido un gran paso hacia el progreso, y un antecedente de su propia victoria, para los seguidores de Manuel Gómez Morín el liberalismo había sido una fuerza destructora, causante de los peores desastres nacionales. De esta primera diferencia fundamental se derivaban otras: los héroes de unos eran los villanos de los otros y viceversa. Como es obvio, este antagonismo no era sólo un asunto historiográfico sino que desde el principio estuvo cargado de ideología y se traducía en propuestas políticas más o menos precisas. Mientras para unos el intervencionismo estatal era una condición civilizatoria. para otros había promovido la barbarie aniquiladora. Y así podríamos seguir citando ejemplos de imágenes y versiones encontradas, que eran imágenes en el espejo de leyendas igualmente negras.

El presidente Fox abrió el fuego en la disputa partidista por la historia cuando hizo pública su decisión de descolgar el retrato de Benito Juárez que presidía el despacho que ocupa desde el 1° de diciembre pasado. Los siguientes episodios se han producido en torno a los símbolos religiosos que han expuesto, ufanos y desafiantes, en oficinas públicas, funcionarios panistas que piensan que su triunfo electoral fue también la reivindicación de una comunidad religiosa políticamente ninguneada, que se había visto obligada —piensan ellos— a vivir en la clandestinidad. Es probable que pronto reciban amplia difusión las obras de historiadores conservadores que en el pasado encontraban acogida en la editorial Jus, una empresa modestísima y casi familiar, cuyo catálogo ofrece un recorrido por la historiografía mexicana que estuvo en la oscuridad por décadas: porque contenía la visión de los vencidos, porque era demasiado provinciana para un México que se industrializaba, porque era demasiado católica para un país que se secularizaba, porque era como el pájaro de Borges, que miraba siempre hacia atrás porque le preocupaba más saber de dónde venía que ver hacia dónde iba.

Nos encontramos así ante el riesgo de sacudirnos una historia oficial para sufrir la imposición —sutil y no tanto— de otra. Además del triunfo del PAN nos enfilan en esa dirección los historiadores que se han empeñado en enseñar una historia del siglo XX que reduce todo lo que ocurrió en México entre 1920 y 2000 a las acciones de los presidentes, o que miran este largo periodo a partir de la estrechísima lente del PRI. Esta visión del pasado inmediato es, en primer lugar, empobrecedora: el país era y es mucho más grande que la simpatía de Alvaro Obregón o la fealdad de Gustavo Díaz Ordaz; ni la una explica la fragmentación posrevolucionaria, ni la otra por qué ocurrió la tragedia de Tlatelolco en 1968. En segundo lugar, aun cuando el partido oficial en sus diferentes versiones —Partido Nacional Revolucionario, PNR, Partido de la Revolución Mexicana, PRM, y Partido Revolucionario Institucional, PRI— fuera una pieza central en el control político del autoritarismo, éste era sólo un aspecto de la compleja tarea de gobernar, pero en términos de políticas de gobierno el partido jugó un papel secundario. El simple hecho de que su derrota en las elecciones presidenciales no haya conducido a un colapso general del Estado nos obliga a reconocer que en México hay muchas más instituciones que el PRI, y que éste no es sino una más, entre otras. Cada día que pasa es mayor el azoro del presidente Fox y de su gabinete ante la constatación de este hecho.

Uno de los pilares de la historia oficial del siglo XX fue la creencia de que todo lo que ocurría en el país era obra de los presidentes y del PRI. Curiosamente ese presupuesto, priista si los hay, ha servido para escribir también lo que podríamos llamar la contra en la historiografía del siglo XX mexicano, porque mientras para unos una historia concentrada en los personajes y en el partido daba cuenta de todo lo bueno, para los otros esa mismísima historia, pero leída con anteojos negros, da cuenta de todo lo malo. Tan insatisfactoria una interpretación como la otra, tan interesada una lectura como la otra. Ambas imprecisas, plagadas de silencios y de convenciones inexplicables, maniqueas y simplificadoras. Si queremos escapar a las leyendas negras tenemos que empezar a revisar esta visión paradigmática de la historia política del siglo XX para recuperar sus complejidades, su riqueza y, sobre todo, su capacidad explicativa del presente. La verdad es que buena parte de lo que tenemos ahora son lugares comunes que venimos repitiendo desde 1968, cuando se inició una prometedora historia crítica. Sin embargo, y desafortunadamente, muchas de las revisiones que se hicieron tomando como punto de partida premisas historiográficas distintas al individualismo metodológico de las historias presidencialistas, han sucumbido a la politización del entorno y a la seducción de la prosa ágil y de las explicaciones simplificadoras.

El socialismo real cuyo sentido de la historiografía quedó consagrado en la práctica stalinista de alterar las fotografías para eliminar del pasado a los adversarios indeseables, se empeñó de manera tan terca en apoderarse de la memoria colectiva que uno de los ejercicios centrales de la reconstrucción política en Checoslovaquia, Hungría y Polonia en los últimos veinte años ha sido la recuperación de la memoria, la revaluación de los individuos y la reconsideración del pasado. De aquí han aparecido relecturas y nuevas interpretaciones. También ha habido sorpresas desagradables, pues los archivos han revelado complicidades antes impensables y victimarios que durante años habían posado como víctimas.

En México los proponentes de una “Comisión de la verdad” buscan replicar estas experiencias. No obstante, su causa es distinta de la disputa por la historia. El objetivo de los profesionales de la historia no es encontrar razones para la venganza y tampoco bases para la reconciliación política. Para ellos se trata de rescatar el conocimiento del pasado de las manipulaciones de que hubiera podido ser objeto; en el último de los casos se busca subsanar olvidos o silencios que sustentaban historias mutiladas. A finales del siglo XX recordar se convirtió en una forma de liberación, aunque evidentemente no siempre lo es, porque puede convertirse en la primera cadena de una nueva captura. El ejercicio de recuperación del pasado, con todo y su efecto redentor, no asegura un mejor conocimiento de la historia. Solamente lo promete. n