Energía

Autoabastecimiento, ¿el pretexto?

¿Qué es el autoabastecimiento? En términos jurídicos, es un modelo de generación eléctrica en el que una empresa o una sociedad construye una central eléctrica en un punto, consume en otro y paga por el uso de las redes de transmisión y distribución. Se creó en 1992 y se acabó con la reforma energética de 2013 que dio paso al mercado eléctrico.

Ilustración: Oldemar González

Si usted lee la iniciativa presentada por el presidente para modificar la Constitución en materia eléctrica, encontrará algo muy curioso: la iniciativa inicia hablando de los problemas que causa el autoabastecimiento, aunque muestra la ignorancia del redactor al decir que ese modelo se creó en 2013. Totalmente falso. El autoabastecimiento tiene muchos espacios de debate y su coexistencia con el mercado eléctrico no favorece el desarrollo de este último, pero además tiene una historia compleja.

El entonces senador Manuel Bartlett presentó un par de controversias constitucionales en contra del modelo, en ambos casos los fallos de la Corte fueron contrarios a sus aspiraciones. Ya como director de la Comisión Federal de Electricidad, Bartlett ha insistido en que las sociedades de autoabastecimiento son ilegales —en el texto de la iniciativa, por ejemplo, se repite catorce veces sin que haya una sola sentencia como fundamento.

Uno de los temas en los que sus detractores han insistido es que el autoabastecimiento legado no paga transmisión. Ante la evidencia de que sí pagan, han cambiado el discurso a que no pagan lo suficiente. El argumento central es que su tarifa de transmisión es baja.

¿Lo es? Sí ¿Por qué? Porque a diferencia de los usuarios que pagamos infraestructura, operación y mantenimiento como partes de la tarifa de transmisión, los usuarios de autoabastecimiento verde (con energía renovable, principalmente eólica) pagan sólo el costo de operación y mantenimiento de transmisión, pues desarrollaron infraestructura por adelantado. Además, la tarifa baja constituye un incentivo para la inversión en materia de generación de energía por fuentes renovables.

No sólo eso, los detractores del modelo arguyen que aquello que se paga es insuficiente, ¿es esto real? Posiblemente, pues la tarifa no ha sido actualizada en varios años. Aquí hay otro error de la Comisión Reguladora de Energía: cuando decidió actualizar la tarifa, en lugar de ajustarla para recuperar los costos y respetar su esencia, buscó igualarla con la tarifa regular del mercado eléctrico, que tiene orígenes muy diferentes. Por esa razón el Poder Judicial amparó a quienes protestaron contra tal ajuste.

Una queja más del gobierno en contra del autoabastecimiento es que los permisionarios tienen una central de generación pero varios usuarios, ¿es esto algo irregular? No: el modelo buscaba que una empresa o sociedad generara energía en un sitio y la consumiera en donde lo necesitara. Al expandirse, cualquier empresa suele abrir sucursales. Por esta razón, puede tener una central de generación y cada sucursal representa un punto de consumo. Pero este gobierno se queja de que haya una sola central de generación, con un solo permiso y varios usuarios o consumidores de energía.

Al final de la historia, ¿qué pasará con el modelo de autoabastecimiento de energía eléctrica?

Tenemos tres certezas: la primera es que no puede haber nuevos permisos de generación bajo la figura de autoabastecimiento; la segunda es que en 2040 ya no habrá ningún usuario con esta modalidad. La tercera es que más de veinte permisos de autoabastecimiento han solicitado su migración para poder transitar al mercado eléctrico. O sea, dichas empresas optaron por abandonar el modelo que la iniciativa del presidente busca eliminar; sin embargo, la Comisión Reguladora de Energía no ha resuelto las solicitudes o, como sucedió el viernes pasado, las ha negado.

Dado que la actual CRE se ha convertido en la oficialía de partes de la CFE, la lógica es que deberían permitirle a los privados abandonar el modelo de autoabastecimiento. Pero lo han bloqueado, aparentemente de forma sistemática. Parece claro, entonces, que el autoabastecimiento es sólo un pretexto. La intención de la iniciativa no es evitar los “daños” que supuestamente genera, sino que en realidad busca evitar la participación de los privados en el sector, reducir sus esquemas de generación y ahorro en costos de energía y obligarlos a ser clientes cautivos de la CFE. Pero eso “cancela” todo tipo de permiso de centrales eléctricas.

Hay, sin embargo, otra opción: que quienes toman las decisiones en la CRE en realidad no tengan idea de qué les solicitan, qué votan y qué niegan, e ignoran también los objetivos del gobierno y de Bartlett.

En cualquier caso, el afectado es el país en su conjunto, su competitividad y la seguridad del sistema eléctrico. ¿Por qué la seguridad? Porque le negaron la migración a centrales eléctricas que aportan energía firme, esas que Nahle y Bartlett promueven como necesaria para la continuidad y confiabilidad del servicio.

¿Por qué se niegan los permisos que van en el sentido de lo que busca la reforma? ¿Por qué negar el permiso a centrales que aportan lo que Bartlett y Nahle buscan?

Porque entonces la política energética y la reforma serían en realidad una falsedad, un pretexto para imponer la ideología o un producto de la ignorancia de los comisionados de la CRE. ¿Cuál le parece más cercana a la realidad?

 

Víctor Florencio Ramírez Cabrera
Vocero de la Plataforma México Clima y Energía

Cabos sueltos

Memoria inestable

Un ejemplo de memoria inestable lo da el anticuario Charles Greville, quien escribió en su diario el 6 de agosto de 1821: “Maldigo para siempre este día que ha sido para mí el más amargo de mi existencia. Los detalles permanecerán tan enraizados y en el fondo en mi memoria que no necesito escribirlos aquí”. En febrero de 1836 añadió: “Que me lleve el diablo si tengo una idea de a qué alude esto. No puedo ni adivinarlo”.

Fuente: TLS, septiembre 27, 2021.

Cabos sueltos

La mano egoísta

En Mis memorias cuenta Alexandre Dumas un pasaje sobre los días finales del pintor Théodore Géricault. Dicha escena es, a un mismo tiempo, conmovedora y de una enseñanza de vida donde arte y existencia coinciden de manera entrañable. A semejanza del niño que dibuja su mano —la palma, previamente empapada de acrílico se coloca abierta sobre la hoja de papel y se estampa delicadamente—, “los artistas” de Altamira y Lescaux pintaron cientos de manos en los muros de sus cavernas. Con una técnica más sofisticada, el pintor galo pintó una parecida aventura según el recuerdo de Dumas:

Cuando entramos a su casa, estaba ocupado dibujando su mano izquierda con la derecha.

—¿Qué diablos está haciendo usted, Géricault? —le preguntó el coronel.

—Ya lo ve, amigo mío —dijo el moribundo—; me utilizo. Jamás mi mano derecha va a encontrar un estudio de anatomía como el que está ofreciendo mi mano izquierda, y la muy egoísta lo está aprovechando.

En efecto, Géricault había llegado a tal extremo de delgadez que a través de la piel se veían los huesos y los músculos de la mano, tal como se ven en esas figuras de yeso que se usan como modelo para los estudiantes.

Fuente: Ernesto Lumbreras, La mano siniestra de José Clemente Orozco. Derivaciones, transbordos y fugas. SigloXXI, UAS, El Colegio de Sinaloa. México, 2015.

Cabos sueltos

Pobre niña rica

“Dios mío, otro pinche hermoso día”, dijo la heredera estadunidense Alice de Janzé mientras miraba el soleado paisaje de las zonas montañosas de Kenia desde su rancho de 600 acres. Nacida en 1899, hija de un millonario y una mujer de sociedad, Alice no la pasó tan bien en su vida: ya con un divorcio en su haber, en 1927 le disparó a su amante en el pecho, luego se disparó ella misma en el estómago, en la Gare du Nord. Asombroso que los dos sobrevivieran. Alice fue multada con dieciséis chelines. Se casó cuatro años más tarde, sólo para un año después entablar un pleito de divorcio. Los grandes amores de su vida fueron los animales. Su león adorado, Sansón, junto con un mono y un cocodrilo del Nilo, vivieron por un tiempo en su departamento en París hasta que los hijos de la nana, “no irrazonablemente”, se opusieron. Para el tiempo en que Alice estaba recuperada de su herida por el disparo, Sansón fue a dar a un zoológico que lo cuidó hasta su muerte. Alice volvió a Kenia y tuvo relación con el grupo de aristócratas del Happy Valley; hubo sospecha de que era suyo un pasador para el pelo que apareció en el auto del asesinado Lord Erroll. Ese mismo año, 1941, Alice envenenó a su perro y se disparó a sí misma: esta vez con éxito. Su última voluntad fue que los amigos hicieran un fiesta coctelera sobre su tumba.

Fuente: la historia aparece en el libros de Laura Thompson Heiresses. The lives of the million dollar babies. Head of Zeus, London, 2021.

Cabos sueltos

Venidos del llano

En 1930 el equipo de futbol Sportivo Buenos Aires hizo una visita a México. Era un equipo “falso” porque se trataba, en realidad, de la selección argentina [subcampeona del mundo] viajando con disfraz. ¡Cómo olvidar a Lauri, veloz como saeta; a Ferreyra, un delantero centro que bordaba el futbol; a Bartoluchi y su pañuelo en la cabeza y sus grandes “palomitas” espectaculares; a Botasso, sensacional arquero…! ¡Y cómo olvidar a un gran jugador, gran persona y gran amigo que ahora vive entre nosotros: el Conejito Scopelli!

Pronto, como demostración de que el futbol en México crecía y crecía, veíamos en todas las plazas, en todas las calles, en todos los llanos, en todas las partes, muchachos con un pañuelo en la cabeza ensayando las “palomitas” de Bartoluchi.

Parecía imposible hacerles un gol a estos equipos visitantes, y ya no digamos ganarles. Pero he aquí que una tarde salta a la cancha del España un equipo relativamente desconocido, con el nombre de Atlante.

Venían de los llanos del rumbo de Tacubaya; del rumbo de Iztacalco; eran gente modesta, ingenua, que primero habían bautizado al equipo como Lusitania, en recuerdo del barco de pasajeros hundido en la Primera Guerra Mundial y que precipitó a Estados Unidos a la contienda; pero, como no les gustó el nombre, lo cambiaron por el del submarino famoso y se pusieron U-53. Tampoco les gustó, pero obsesionados por esos hechos ocurridos en el océano Atlántico decidieron inspirarse en él, abreviándolo, y así nació el Atlante: pueblo que viene del pueblo para emocionar al pueblo.

No necesito tener un video-tape ante mí para “ver” ese primer gol que hicieron los modestos a los notables: Juan Carreño dio un pase filtrado a la Marrana Olivares y éste, desde el extremo izquierdo, tiró un relámpago cruzado que dejó a Botasso parado, sin mover un dedo siquiera. ¡Por fin les hacían un gol a los maestros!

Y pronto les harían otro, que sería el de la victoria: yo estaba “colgado” del alambre (en la cancha del España) detrás de la portería de Botasso. Nicho Mejía le dio un pase excelente a Carreño; éste detuvo el balón, miró a Botasso y sonrió (¡palabra de honor que sonrió!), y cuando el famoso arquero mundialista le atacó, Juan, desdeñosamente, levantó la pelota por encima de la cabeza de su contrario y depositó el balón, suave y genialmente, en la red: ¡el triunfo estaba consumado!

Quiero decir que Juan Carreño, después de lograr el gol del triunfo, no arrancó a correr como poseído por toda la cancha, sino que lenta, solemnemente, se dirigió a tomar su lugar en la cancha, moviendo —él, tan gordito— el trasero en un supremo gesto natural de burla: “¡Invencibles a mí!”.

No quedaron conformes los maestros con esta derrota y exigieron —a los mexicanos siempre nos exigen algo los extranjeros y siempre doblamos las manos— un partido de revancha. Pues bien, también se lo ganó el Atlante, esta vez por 3 a 2.

Les juro, amigos, que a mí se me fueron las ganas de ser miembro del España y me hice atlantista de hueso colorado. Porque estas dos victorias no fueron casualidad: Sabaria, Bellavista, Sparta y muchos equipos internacionales doblaron las manos ante el Atlante, equipo que un gran cronista ya desaparecido, Don Facundo, definió así, en paráfrasis del Cyrano de Bergerac: “Son los muchachos de la llanura, que a Nicho tienen por capitán”.

Fuente: Fernando Marcos, Mi amante el futbol. Editorial Grijalbo, México, 1980.

Puerto libre

Soñar con los pies

Es diciembre y bailo, a pesar de todo lo que sé que a cada quien le pesa. Me duelen los talones y un dedo, a veces las rodillas. En las mañanas mi cadera inventa que quiere vivir en otro sitio. Y por un segundo me parte en dos. Con todo, ha de llegar enero y seguiré bailando como quien acepta un mandato irracional contra el que no ha de rebelarse.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Me atreví a seguir la música porque me urgía viajar más allá de la calle, desvelarme hasta saber a dónde va la luna cuando amanece, retar al toro del silencio con la bendita música de los anocheceres. 

Hoy ya nada es silencio, está afuera todo el mundo: retando al horizonte y lo que venga con él. ¿Se equivocan? No sé. Espero que no, pero aún rige mi vida la cautela, porque tengo un tesoro al que quiero, sana y salva, cargar toda la vida que me quede. Tengo un niño que me trajo el primero de estos meses bisagra que unen un año con el otro, volviéndolos el mismo. Un niño que apenas pude tener en brazos hace unos días. Nada más fue tocarlo y me tembló el corazón en la punta de los pies. No sé si merecía esta dádiva, pero la bendije tanto más de lo que otras veces reniego del azar cuando es malo. Mi hija me lo prestó y él siguió durmiendo, como si no hubiera salido del regazo en que lo tenía. Sus ojos cerrados son una línea larga que a veces tiñe sus párpados de azul. Todavía no se sabe qué color van a tener. Cuando los abrió vi que pintaban la casa entera con una luz igual a la que según dicen sale de un cráter en Marte. Creí que me miraba. Ya sé que al principio no ven más allá de treinta centímetros. Pero no importa, lo crucial es su boca, el hambre respingada que alimenta su madre con suavidad de diosa. Tiene las manos diminutas y los dedos largos. Con ellos revisa su cara adivinándola: ahí está su nariz, la toca; ahí las cuencas de sus ojos, ahí los pómulos que rasguñó unos días para probar que eran parte de sí mismo, ahí sus manos paseando por su cara para sentir que están acompañadas. Todo en él es elocuencia y como dicen que hicieron los Reyes Magos con otro niño: lo adoré.

Se cuenta que así quieren las abuelas. Puedo ser testimonio de ese fuego. Las abuelas queremos a los nietos, desde el primer impulso con que hicimos a nuestros hijos hasta el deseo del que salieron los niños que ellos les prestan a nuestros brazos, devolviéndonos la fe que teníamos hace mil años.

Cierto, las abuelas somos pretenciosas, metiches, sabelotodo. Al mismo tiempo desordenadas y permisivas. Querríamos ser urgentes. Qué necedad. Que intrusión en lo que más nos importa. La consecuencia es que nuestros hijos nos lidian de un modo distinto a ese con que nosotros los lidiamos, pero nos lidian. Las abuelas de ahora, con nuestros anteojos de colores y nuestros achaques disimulados en pastilleros de cristal, fuimos las inconscientes baby boomers que trajeron a sus niños sin pensarlo de más. Vivíamos al día, paseándolos por el trabajo y el trajín como si fueran juguetes invencibles. 

Ahora, nuestros hijos, antes de decidir un embarazo ya se están preguntando qué será de sus criaturas, qué enseñanza tendrán y cuál de sus cuidados puede ser un error que las lleve a la terapia cuando cumplan diez años o cuarenta.

Mi generación creció hijos cuyo futuro no tenía detalles. Se los hicimos al paso y como auguraba mi madre cuando me veía hacer lo que ella no hubiera hecho: “O te sale muy bien o te sale muy mal”. Los hijos de padres estrictos y certezas implacables, quisimos para nuestros descendientes la duda y la libertad como lo mejor que podíamos darles. Eso que hubiéramos querido para nosotros. Supongo, ¿o sé?, que eso les pesó a nuestros hijos tanto como a nosotros las continuas instrucciones y el apremio del cuadro de honor. El caso es que todos acertamos y todos nos equivocamos. Algo nos salió bien y algo mal. Por eso nos juzgaron nuestros antecesores y nos sentencian nuestros hijos. ¿Qué sabemos nosotros? Si fuimos los rebeldes de aquel ritmo y somos los necios de éste. Si estamos heredando la Tierra poblada de caprichos y basura, de contaminación y autocomplacencia. Creíamos que el mundo sería mejor gracias a nuestro esfuerzo; nuestro ímpetu tuvo el mismo talón de Aquiles que tienen todas las generaciones: la certidumbre de ser excepcionales, de estar fundando el mundo sobre los escombros de un equívoco. 

Ahora los nuevos padres son dueños de sus propios aciertos y hablan de los límites y el orden como el deber principal. Eso y el tema del azúcar son los tropiezos con que nos encontramos los abuelos.

¿Cómo será este dios de los cristianos que nos crecieron?, nos preguntábamos cuando aún no creíamos en todos los dioses que quiera darnos el destino; o en la ausencia de dios con que no mitigamos el encuentro de nuestros hijos con la muerte y sus despropósitos.

¿Cómo se fue a morir nuestra amiga Clara a los pies del volcán y a manos del ejército? Porque sólo pagaron unos cuantos el confuso dilema de tantos. A la guerrilla se fueron algunos, al dinero los otros, al trabajo los más, a la ingenua fiereza de vivir como si cada mañana volviera a levantarse el universo. Con las manos abiertas y los ojos cerrados.

Me dije todo este discurso durante los escasos seis minutos que el cuidado me permitió cargar al niño, mientras hablaba con mi hija de la leche y la miel. En otros tiempos lo hubiera besado toda la tarde. Envidio a los animales que aún lamen a sus crías recién nacidas. Mi vida, le dije, le canté, ya te extraño y todavía no me he ido a ninguna parte. Luego volví a dejarlo en las piernas de su intrépida madre. No se busca la felicidad, se encuentra.

Por eso es diciembre y bailo. Cómo no si tengo alrededor tanta esperanza recién nacida obligándome a buscar fuerzas para entender el futuro en que ya vivo. Mi computadora está colmada de entuertos, y llenar una solicitud o imprimir un boleto de avión me lleva media mañana. Pero no es culpa de ella que es una máquina ingeniosa y sensible, soy yo la que sí entiende que no entiende. Dice mi hermana que por eso es un acierto de la naturaleza que se mueran los viejos entre los que ya nos contamos. Y digo yo que no. Que el buen juicio es seguir vivos tratando de lidiar con esto de que la huella del dedo índice se haya desvanecido, esto de cansarse jugando a las carreras o escribiendo las cuartillas que antes nos parecía tan fácil inventar. 

Hay quienes se entristecen con las fiestas de fin de año. Yo cuento mis bendiciones y bailo en las noches, justo cuando el cansancio me reta diciendo que ya no doy para más. Bailo porque me urge seguir confiando en el futuro. Y ya lo dijo el clásico: bailar es soñar con los pies.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos

Tangente

A grandes problemas…

Los retos de la política contemporánea parecen abrumadores. En la era del antropoceno, la humanidad debe hacerse responsable de su impacto en el clima, el nivel de los mares, la sobrevivencia de las especies. Imposible hacer política ordinaria ante una emergencia de esta magnitud, se nos dice. Sólo una política radical, en alguna medida revolucionaria, puede responder a la crisis con la energía que reclama. Michael Ignatieff, el biógrafo de Isaiah Berlin, teórico del mal menor, ha levantado la mano de cautela y se pregunta en un ensayo reciente si los instrumentos liberales funcionan en estos tiempos. ¿No fundamenta el liberalismo una política temerosa, incoherente y débil? ¿No es demasiado lenta, demasiado torpe? De pronto, entre la pandemia y la crisis climática, el miedo se vuelve a imponer exigiéndonos soluciones tajantes y radicales que sugerirían barrer las precauciones liberales.

Ilustración: José María Martínez

Si algo conoce el liberalismo es el miedo. Puede decirse que nació para domesticarlo. Ésa es, a su entender, una de las grandes lecciones de Roosevelt. Un gran problema se atiende cuando logra desarmarse en las piezas que lo integran. Para encarar un desafío que parece descomunal hay que romperlo en los pequeños pedazos que resulten manejables. No hay forma de enfrentar el problemón si no se descompone intelectual y estratégicamente en cachitos. Una vez que el gran problema se ha desmenuzado, puede decidirse qué se atiende primero y qué puede posponerse, qué medidas funcionan para un reto y qué decisiones exige el problema vecino. La política liberal es la política de las políticas, dice Ignatieff. La menudencia de esa política sin mayúsculas la puede hacer prosaica, pero la dirige a la eficacia. Frente a la política de las dicotomías elementales y los llamados a la guerra, ese acento en las políticas públicas se concentra en los resultados. Diagnósticos certeros, objetivos concretos, instrumentos adecuados, calendarios precisos, efectos medibles. El liberalismo desdramatiza así sus desafíos. Lo hace porque aborda sus retos analítica, no épicamente. Si el radicalismo ambientalista que rechaza el malogrado político es grandilocuencia e impulsividad ante la amenaza, la respuesta liberal que él defiende implica confianza en el conocimiento y apuesta por el avance que se basa en los pequeños pasos. La ingeniería fragmentaria de la que hablaba Popper está en el centro de esta apuesta de Ignatieff. También la prudencia conservadora de Burke que no es preservación de lo heredado sino constancia reformista. La historia, pensaba él, no tiene aceleradores pero encuentra, con demasiada frecuencia, taponaduras.

La emergencia climática y la pandemia son las pruebas más severas de la política liberal en el mundo de hoy. Más desafiantes esos retos de la naturaleza que toda la demagogia de los populistas. Más que los Trumps o los Bolsonaros, los ciclones, los incendios, los contagios. Las amenazas naturales no se apiadan del compás de la política liberal. La impaciencia del radicalismo es seductora en una época marcada por el pesimismo. Sentir al planeta como enemigo nos remite al pánico que implora leviatanes. Pero, a pesar de lo que se decía hace unos meses, ante el despunte de la pandemia, el autoritarismo no es atajo, ni mucho menos, garantía de eficiencia. La política liberal, quizá lenta, seguramente sinuosa, ha demostrado ser la más confiable de todas en la puesta en práctica de medidas contra el calentamiento global. Las medidas parciales que pueden ajustarse constantemente, la actuación de gobiernos corpulentos y democráticamente constituidos son las únicas que han servido. La apuesta no es innovadora: confiar en el juicio de la ciudadanía; respetar el conocimiento y la ciencia; construir gobiernos eficaces y bien vigilados.

A grandes problemas, pequeñas soluciones. Muchas, constantes y certeras.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es La casa de la contradicción.

Pasaporte, por favor

“Contingencia”

Vivimos en una época marcada por el descontrol gubernamental, pero éste es, también, un momento de florescencia para las grandes narrativas sobre el origen y destino de la nación, porque las teleologías sirven para que la gente se haga de la vista gorda respecto de la incapacidad de nuestros gobiernos para mitigar los resultados catastróficos de los cambios que él mismo tolera o promueve.

Ilustración: Patricio Betteo

Los cambios que se han sobrevenido en México durante los pasados treinta años han producido desplazamientos y migraciones, han provocado quiebras y han ampliado el uso rutinario de la violencia como una estrategia ordenadora de la economía; la teleología —la dirección imaginada de la historia— ha servido para minimizar estos hechos de frente a la grandiosidad de un futuro que nunca termina de llegar.

Pongo un ejemplo reciente: el 30 de septiembre 2021 circuló un video en el que una banda que se hace llamar Los Tlacos capturó, torturó y ejecutó a veintiún supuestos sicarios de otra organización, La Bandera, en las inmediaciones de Iguala.1 Tres días después, el 2 de octubre, para conmemorar con mucha solemnidad el aniversario de la ya sagrada matanza de Tlatelolco, el presidente firmó un decreto para crear la Comisión para el Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el Impulso a la Justicia de las Violaciones Graves de los Derechos Humanos Cometidas de 1965 a 1990.2 El gobierno no consigue investigar ni perseguir casi ningún crimen grave, y las matanzas se siguen unas a otras sin freno ni consecuencia, pero el gobierno se da baños de pureza firmando decretos para descubrir la verdadera verdad de lo que sucedió hace cincuenta años. El 2 de octubre de 1968 no se olvida, pero el 30 de septiembre de 2021 no tarda ni 24 horas en olvidarse, porque recordarlo distraería del dato principal, que es que “vamos bien”.

Así, también, se llega a acuerdos con Estados Unidos que transfieren controles migratorios de la frontera sur de Estados Unidos a la frontera sur de México, y que han hecho de Chiapas un polvorín, pero es de mal gusto señalarlo, porque el gobierno ya ideó la solución. Allí está Sembrando Vida, por ejemplo. El futuro está previsto, garantizado. Allí está el Tren Maya. Allí está PEMEX que es y será nuestro. Hay futuro, por lo cual hablar del presente resulta ser de mal gusto.

En agosto de 2020 la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) anunciaba que el número de desplazados internos en México había llegado a 346 000,3 y desde entonces han seguido los expulsados de comunidades en Guerrero, Chiapas, Michoacán, Guanajuato, Tamaulipas y Zacatecas, entre otros. El número de homicidios no ceja, y el país ya araña los 100 000 desaparecidos. Ante fracasos de esta magnitud, la inversión gubernamental en la teleología —en la Gran Historia que todo lo explica y todo lo justifica— resulta bien rentable: con apenas algo de jarabe de pico y alguna inversión en propaganda, el gobierno reduce a las catástrofes que asolan al país en “incidentes”, en “contingencias” que son siempre poca cosa junto a la grandeza luminosa del futuro.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de Antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.


1 “La violencia se recrudece en Iguala con la matanza de sicarios de cárteles rivales”, El País, 30 de septiembre de 2021.

2 “Investigarán violaciones a derechos humanos durante la ‘Guerra Sucia’”. El Informador, 2 de octubre de 2021.

3 “México acumula 346 mil desplazados internos: CMDPDH”, Pie de página, 20 de agosto de 2020.

Kiosco de malaquita

Los nuevos autoritarios

El siglo XXI se ha inaugurado con una nueva versión del liderazgo autoritario. Apareció en Europa, inesperadamente; llegó de la mano de fórmulas populistas que se presentan como la defensa contra algún tipo de amenaza —de los poderosos contra los débiles, de los extranjeros contra los nacionales, de las personas de color contra los descoloridos blancos— que victimiza a quienes se convencen de que su única defensa real es el nuevo líder autoritario.

Ilustración: Izak Peón

Estos liderazgos son muy diversos, pero tienen algunos rasgos en común. Su linaje sigue muy de cerca la historia de la democracia y de los regímenes coloniales de los siglos XIX y XX, pero es distinto de los autoritarismos del pasado porque llegaron al poder por la vía de las urnas. Fueron elegidos según las reglas de la democracia, por consiguiente, tienen una legitimidad irreprochable y se refieren repetidamente a los millones de votos que los llevaron al poder para justificar decisiones que sólo consultan consigo mismos.

El punto de partida de los nuevos líderes autoritarios no es la crítica de la democracia. Sus denuncias apuntan a la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos y a la corrupción de los poderosos, pero no acusan sólo a los millonarios. En los nuevos autoritarismos entran a la categoría de poderosos las élites culturales e intelectuales cuyo único capital es de índole moral. Los autoritarios del siglo XXI no tratan de convertir a esas élites a su propio credo, más bien hacen de ellas el blanco de ataques que buscan desprestigiarlos para despojarlos de la autoridad moral que es su capital. Lo hacen, primero, porque en su mundo son dueños de ese monopolio, que sólo ellos pueden ejercer; y, segundo, porque esas élites los desafían, los critican, visibilizan sus flaquezas, exhiben sus errores, ponen en cuestión el culto a la personalidad que concienzudamente los autoritarios han construido en torno a sí mismos. El principal pecado de los cientificos, de los artistas, de los pensadores o, simplemente, de los profesores universitarios es que sacuden y llegan incluso a perforar la armadura narcisista con que el líder se mantiene a distancia de todos los demás.

Donald Trump, Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan, Jair Bolsonaro, Bachar al-Assad, Narendra Modi, el burundés Pierre Nkurunziza, el filipino Rodrigo Duterte tienen en común un discurso catastrofista que no promete utopías, que justifica el desmantelamiento relativamente gradual de las instituciones democráticas, mientras exalta las presuntas virtudes personales del líder y, con ellas, pretenden halagar a sus seguidores, porque si el líder es puro, ellos también lo serán.

El líder autoritario del siglo XXI más representativo de estas novedades es el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, que ha definido a su propio gobierno como iliberal. Loque en este caso significa que ha excluido a los liberales del poder. En cambio ha sabido tejer una amplia red clientelar que debería darle la victoria en la elección presidencial de 2022.

Orbán es el líder de una extrema derecha internacional; a él han acudido los líderes de partidos afines, desde Donald Trump hasta Jair Bolsonaro. El brasileño ha recibido la estafeta de Orbán para seguir adelante en su ofensiva ultranacionalista, antisemita, anti-Soros, contra las feministas, contra la comunidad LGBT. Al mismo tiempo que promueven su imagen y su obra como excepcionales. Dicen que su influencia seguirá aumentando. Ya se verá.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).

Hablando de otra cosa

Errores

Poco después de que se anunciara la retirada de las tropas estadunidenses, la Oficina del Inspector General para la Reconstrucción de Afganistán publicó un último informe titulado: “Lo que tenemos que aprender”. No ahorra críticas a nadie, pero consigue disculpar a todos: sencillamente, hubo errores. Veinte años, 145 000 millones de dólares, 120 páginas de errores, pero en ningún momento dice que la empresa haya sido un fracaso y, desde luego, nunca se dice que haya sido una derrota.

Ilustración: Estelí Meza

Mucho de lo que dice el informe es una documentada elaboración de lo obvio. Por ejemplo: que no había correspondencia entre los fines declarados, los recursos disponibles y la estrategia concreta, que no había coordinación entre las diferentes dependencias. O que nunca hubo personal, recursos, infraestructura para dar continuidad al esfuerzo estadunidense. Dice que no había en el país gente capacitada para las varias tareas de reconstrucción y de gobierno, de modo que se formaba a funcionarios en masa mediante exposiciones sumarias en Power Point, y se enseñaban técnicas de policía con series de televisión estadunidenses (eso parece una exageración, pero si se lee el conjunto del informe, resulta perfectamente lógico). Dice también que siempre se subestimó el tiempo que tomaría la reconstrucción: los planes prometían lo que hiciera falta, de modo que fueron veinte años de ensayar año con año programas que se suponía que darían resultado casi de inmediato —antes de las siguientes elecciones.

Uno de los problemas, nada inesperado por lo demás, es que nunca estuvo claro el objetivo. En un principio se trataba de eliminar a Al Qaeda, pero después era acabar con el régimen de los Talibán y, después de eso, implantar un régimen democrático, erradicar la producción de drogas; con el tiempo empezó a ser prioritario combatir a los grupos insurgentes y después perseguir y castigar a los funcionarios corruptos. Es decir: con el tiempo resultó que estaban haciendo la guerra a la sociedad afgana.

Esa falta de claridad en cuanto al propósito ha sido una constante en las intervenciones militares de Estados Unidos y de la OTAN después de la Guerra Fría: en los Balcanes, en Siria, en Libia, igual que en Afganistán. No está claro lo que se trata de conseguir, o sea, que no se puede saber qué significaría ganar la guerra. La fraseología de la construcción de la democracia es sólo eso: retórica.

Pero lo más interesante del informe es que señala como una de las dificultades, y una lección que aprender, el hecho de que los responsables de tomar las decisiones no conocían en absoluto el contexto: no sabían nada de la sociedad afgana. Tampoco los encargados de poner en práctica las cosas. Desde luego que nadie hablaba pastún, pero nadie conocía tampoco ni la historia ni las costumbres ni la estructura social, ni siquiera el paisaje. Y prácticamente a ciegas se trató de imponer “modelos tecnocráticos”, dice el informe, que no tenían ningún sentido en Afganistán. Los ejemplos son de una ingenuidad trágica: ideas preconcebidas, inercias burocráticas, pura ignorancia, de modo que con frecuencia las intervenciones terminaban exacerbando los conflictos locales o ayudando inadvertidamente a los insurgentes.

La magnitud del fracaso en Afganistán está fuera de cualquier escala. Pero sucede algo muy parecido en todas las que se han llamado “nuevas guerras”. Tal como se piensa en un Estado mayor, la guerra es un modelo de racionalidad, pero esto es otra cosa, porque enfrente no hay un ejército, un teatro de operaciones delimitado, no hay ni siquiera una guerrilla en el sentido clásico, sino una miríada de grupos criminales, autodefensas, guardias blancas, partes de un sistema de explotación predatorio en el que no hay identidades simples. Esto es hacer la guerra a la sociedad —y ésa no se gana nunca. Nosotros también tenemos que aprenderlo.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo

Derrotero

Rituales periféricos

Estamos atrás del Picacho, atrás de la carretera 10 y sus espectaculares que anuncian abogados especialistas en accidentes o versículos de la Biblia que te invitan a marcar “TRUTH” desde tu teléfono para escuchar el Evangelio. Atrás de los campos agrícolas, de las gasolineras y de las casas prefabricadas. Hemos manejado tantas veces por esa carretera sin adivinar que ahí mismo, justo atrás del campamento temático del Viejo Oeste, habría un santuario casi intacto de sahuaros y palos fierro. Viendo los llanos arrasados donde no nacen más que remolinos —bien llamados “diablos de polvo” en inglés—, es difícil imaginar que en algún tiempo haya habido otra cosa en los alrededores de Phoenix.

Ilustración: Raquel Moreno

Resulta que la zona en la que estamos, justo atrás de la mina, está compuesta por suelo de granito oracular precámbrico. El nombre mismo es augurio de cosas importantes. Es precisamente gracias al granito que abundan aquí los palos fierro (Olneya tesota), el árbol más longevo del desierto y la nodriza de más de setenta especies. Cada palo fierro funda a su alrededor una compleja vecindad de sahuaros, sibiris y palos verdes que germinan bajo su sombra. Me gusta pensar que los oráculos precámbricos algo tienen que ver con las extrañas formas que los sahuaros han tomado en este lugar. No es fácil ignorarlos, aquí los órganos tienen demasiados brazos y parecen haberse congelado en medio de una profecía. Estamos en “tierra pública”, tierra pública de los Estados Unidos de América, y una sucesión de puertas sin candado te permite transitar “libremente”. Venimos con Adriana Carrillo y el grupo S.O.S. Búsqueda y Rescate, a poner una cruz en el lugar donde el 2 de octubre de 2021 encontraron el cuerpo sin vida de José Eliv Vázquez, un joven guatemalteco que, después de atravesar todo México, cruzó la frontera de Estados Unidos con un grupo de nueve muchachos. Sólo seis de ellos sobrevivieron doce días de caminata desde Sásabe hasta el canal de riego de Sun Road. Doce noches avanzando entre cerros desconocidos y plantas ajenas y hostiles.

Uno de los sobrevivientes avisó que habían tenido que dejar atrás a José, vivo todavía, y dio las coordenadas exactas donde se encontraba. Los grupos de búsqueda y rescate enviaron el reporte a las policías y consulados, pero ninguna autoridad acudió al punto. Cuando Adriana Carrillo y su grupo llegaron la primera vez, después de manejar toda la noche desde el sur de California, encontraron que José ya había muerto. Tenía cerca de sí dos celulares sin pila, un galón negro sin agua, y un paquete vacío de frijoles negros La Costeña. José vestía ropa de “civil”, eso quiere decir que, como ya estaba cerca del lugar en el que los iban a recoger, ya se había quitado la ropa de camuflaje con la que los migrantes viajan la mayor parte del trayecto. Ya había sentido la alegría de llegar a su destino.

Una semana después, el grupo de rescate llegó preparado con una cruz de madera con el nombre de José Eliv y una botella de plástico llena de agua bendita. Adriana, una señora de ojos negros y cabello entrecano, supo exactamente qué decir mientras rociaba el agua sobre la mancha que había dejado el cuerpo de José: “Que esta agua te purifique y te lleve hacia los cielos, cerca de tus ancestros. Mama Pacha, recíbelo; Madre Tierra, recíbelo. Que Dios te reciba en su casa, como te lo mereces, pequeño”.

Esa misma noche, Adriana y su grupo manejaron cuatro horas para ir a revisar la zona de la milla 36, en la carretera Sásabe-Three Points, para intentar salvar a otro muchacho guatemalteco que sus compañeros acababan de reportar. No lo pudieron encontrar, no se sabe si logró seguir avanzando o si su cuerpo quedó resguardado bajo algún árbol.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en Antropología en la Universidad de Columbia.

Panóptico

Austeridad simbólica

Una de las características más notables del periodo entre 2000 y 2018 fue la ausencia de un pleito de adjudicación simbólica. No hubo serios ajustes con la historia de la era del autoritarismo posrevolucionario. Visto a la distancia, el gesto del presidente Fox de darle a su hija un crucifijo fue nada comparado con las incesantes menciones a la divinidad y las virtudes cristianas que hemos visto en años recientes. Los pleitos por los símbolos a menudo son una parte constitutiva del proceso de cambio político. Es algo anómalo que el fin del régimen autoritario mexicano no tenga un símbolo canónico. La transición a la democracia no sólo fue pacífica sino anodina: ocurrió por la aburrida vía electoral. Los héroes nacionales no se tocaron ni tampoco el calendario cívico. No se abusó de la parafernalia hagiográfica de figuras señeras. En ese sentido, tal vez el momento actual es más normal. Si lo que experimentamos es un intento de cambio de régimen, una regresión autoritaria, no es extraño que ese proceso sea acompañado de un programa simbólico.

Ilustración: Belén García Monroy

El campo de batalla es la historia patria. La democracia mexicana no tuvo combates de importancia ahí, a diferencia de lo que ocurrió en las postrimerías de la era priista, cuando ocurrió el último gran pleito a causa de los libros de texto gratuitos durante el sexenio de Carlos Salinas. Ni Fox ni Calderón ni Peña Nieto —ni sus adversarios ideológicos y políticos— encontraron útil el conflicto en esa arena. Es claro que algunos de los opositores habrían querido escenificar una kulturkampf de vastas proporciones, pero las condiciones de la sociedad mexicana en ese momento no se lo permitieron. Debieron esperar su turno. Las reparaciones simbólicas a menudo se convierten en convenientes distractores culturales y políticos. Provocan pasiones: un acto de justicia simbólica puede hacer menos urgente transformar las condiciones materiales. Su potencial no puede exagerarse. Generalmente son rápidas y baratas y tienen la capacidad de apaciguar la mala conciencia, como una especie de Alka-Seltzer para la culpa.

El regreso de las reparaciones simbólicas es una de las muchas regresiones, materiales y culturales, que el país ha experimentado en los últimos tres años. Como querría Marx, hay mucho de farsa en ello. Recurrir a la historia como recurso de la polarización política asume que hay una herida en el alma nacional que todavía supura, ¿para qué arrancar la costra si no es así? Eso, sin embargo, está por verse. Se trata, después de todo, de la misma sociedad que pocos años antes no tenía tiempo para los pleitos del pasado. Por ejemplo, respecto a la exigencia de que España ofrezca disculpas por la Conquista, una encuesta del diario El País encontró que el 62 % de los mexicanos pensaba que el presidente López Obrador estaba haciendo un uso político de ese episodio y un 55 % no consideraba necesaria la disculpa.1 La encuesta halló que “la gran mayoría es consciente de que los problemas hoy en día… son responsabilidad de ellos mismos y no buscan culpables en el pasado”. Sin embargo, una parte de la población es susceptible a la manipulación. Es tentador subirse al carro alegórico de las reparaciones simbólicas. Eso explica que la jefa de Gobierno de Ciudad de México decidiera reemplazar la estatua de Colón del Paseo de la Reforma. El cálculo es que esa acción puede darle réditos políticos. No parece haber salido particularmente bien esa reparación. Hay sin duda momentos en la vida de las naciones cuando un símbolo cataliza un gran debate; un quiebre o una promesa de futuro. Hay otros en los cuales no son más que una inflexión de la farsa política. Éste es uno de ellos. La austeridad simbólica es una virtud democrática.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos


1Un 62% de los mexicanos creen que López Obrador utiliza la conquista para hacer política”.

Sin ton ni son

Un viejo truco

Hace más de cien años (1915), Robert Michels escribió un poderoso ensayo, Los partidos políticos, en donde estudiaba “las tendencias oligárquicas de las democracias modernas” (Amorrortu, Buenos Aires-Madrid).

Ilustración: Alberto Caudillo

Su lógica, a primera vista, parece irrefutable. Va más o menos así: hay necesidad de organización. Es la única fórmula para lograr que la voluntad de una colectividad sea escuchada. La dispersión congela una fuerza potencial y sobre todo los débiles requieren de organización para hacer avanzar sus demandas. Pero una vez que la organización existe, la división del trabajo y la especialización que les son connaturales, va generando una escisión entre representados y representantes. Organización es sinónimo de delegación y, en el momento en que se activa, los representantes empiezan a vivir en un mundo diferente al de sus representados.

Está en la naturaleza de la cosa. Dado el número de asociados y la complejidad de la agenda, no hay posibilidades de una intervención cotidiana de los afiliados. Así, paulatinamente se emancipan los dirigentes de los dirigidos. Los dirigentes además adquieren una serie de conocimientos y destrezas que los distinguen aún más de los dirigidos.

Y como las organizaciones requieren actuar con rapidez si se quiere ser eficaz, entonces la centralización de decisiones y la disciplina van dando paso a una estructura jerárquica inescapable. Y añadía: si a ello le sumamos “las necesidades psicológicas” de las bases, entonces “la ley de hierro de las oligarquías” se soldaba. Esas necesidades, escribía, de reconocerse en algún líder, de sentir que él los expresa y defiende, conducía no sólo a la gratitud, sino incluso a la veneración. Se tiende a pensar que sus habilidades y prestigio son indispensables para alcanzar las metas fijadas. Se vuelven insustituibles.

Escribí a primera vista, porque la lógica de Michels es contundente y le asiste en mucho la razón. No obstante, no vio o no pudo ver que esa relación siempre asimétrica entre dirigentes y dirigidos (que en efecto es inescapable) puede estar modulada por diferentes disposiciones y fórmulas que hagan que entre unos y otros no necesariamente se construya un océano, sino que puedan existir mecanismos de participación para los segundos, y obligaciones normativas, división de poderes, mecanismos de fiscalización y límites temporales a su gestión para los primeros. Su premisa es que la democracia es directa o no es. Inspirado en Rousseau acuña que en el momento en que los representados delegan, la escisión entre dirigentes y dirigidos impide hablar de democracia. Y hoy sabemos que la democracia es representativa o no es.

Pero ya me desvié. Vuelvo al Michels que desmenuzaba, además, una serie de mecanismos a través de los cuales los liderazgos se perpetuaban y seguían concentrando poder. Y uno de ellos era el del chantaje que se hacía a sus seguidores amenazando con abandonar el cargo. Lo recordé ante el grotesco espectáculo que estamos contemplando: ninguna organización opositora al gobierno ha solicitado la revocación del mandato del presidente. Pero eso sí, sus seguidores andan recabando firmas para realizar una consulta para ello. Leamos entonces a Michels:

“Aunque estas actitudes tienen una buena apariencia democrática, difícilmente pueden ocultar el espíritu dictatorial de quienes las adoptan. El líder que pide un voto de confianza se somete —en apariencia— al juicio de sus prosélitos, pero en realidad está haciendo gravitar en la balanza todo el peso de su carácter de indispensable, real o supuesto, y así suele obligar a someterse a su voluntad (…) Declaran (…) que el más puro espíritu democrático determina su conducta, que es una prueba notable de sus buenos sentimientos, de su sentido de dignidad personal y de su deferencia hacia la masa (…) (No obstante) el acto constituye una demostración oligárquica: la manifestación de una tendencia a emanciparse de la fiscalización de la masa (…) Tienen siempre la consecuencia práctica de subordinar la masa a la autoridad del líder”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.

De nuestro bazar

De nuestro bazar

Hemos hecho una edición especial, una sola y amplia edición para los meses columpio de diciembre 2021 y enero 2022. Especial, también, lo que contiene: van textos curiosos, inesperados, cada uno singular a su manera, todos venidos de números anteriores y como con un signo propio de interrogación, de extrañeza y divertida pregunta doble: ¿Salió esto en nexos ? ¿Cuándo salió esto en nexos ? Especial también la mano de quienes ilustran y singularizan aún más las sorpresivas, impostergables piezas de nuestro bazar.

Ilustraciones: Víctor Solís


La dentadura postiza de George Washington

Robert Darnton


Amapolita talibana

Nexos


J. F. Kennedy en México

Soledad Loaeza


Moneda que te vas, quizá no te vea más

Elias Canetti


¿Has fingido alguna vez un orgasmo?

Molly Peacock


De dónde viene el OK

Nexos


La ronda del hijo desobediente

Nexos


Olvídense de El Álamo

Emilio García Riera


Darwin: Casarse o no

Nexos


La épica está pasada de moda

Robert Graves


Glutenpsicosis

Nexos


No oigo cantar a las ranas (fragmento)

Ángeles Mastretta


Manifiesto del Movimiento Masculinista Nordestino

Marcelo Mario de Melo


Huevos a la Nabokov

Nexos


La crisis de 1915

Alejandra Moreno Toscano


Las siete edades de un planeta. (Poema cósmico)

William Kaula


De nuestro bazar

La dentadura postiza de George Washington

A la memoria de Tiradentes

¡Bande Mataran! ¡Bande Mataran! La frase no ha dejado de repicar en mis oídos a lo largo del verano, el cual dediqué a los archivos de la Agencia India en Londres, para estudiar el primer estallido de nacionalismo bajo el gobierno del rajá británico. Bande Mataran —Viva la Madre India, digamos— fue el grito de batalla entre los revolucionarios que querían expulsar a los feringhees (foreigners: extranjeros) al comienzo de este siglo. Fue su Libertad, Igualdad, Fraternidad. Los hacía llorar, en ocasiones les llevaba a realizar suicidas embestidas con bombas. Y la fascinación de este lema, para un feringhee, radica en que es impensable. ¿Qué es para mí Bande Mataran?

¿Y Libertad, Igualdad, Fraternidad? Dos siglos de pésimo clima han borrado casi por completo las palabras de las fachadas de casi todos los cabildos en Francia. Dudo que hoy esas palabras tengan algún eco en el alma de muchos franceses. Se las escucha, si acaso, en broma: “Ni libertad ni igualdad ni fraternidad, sino un poco de mostaza, s’il vous plaît”. La última vez que noté un patriótico nudo en la garganta de un francés fue en una exhibición de Casablanca, cuando el personaje de Victor Laszlo se ponía a dirigir el canto de la Marseillaise.

Sin embargo, hoy en día los hombres se matan entre sí por unos cuantos kilómetros cuadrados de Bosnia. ¿Morir por una Gran Serbia? Otra idea que es impensable. ¿Y por una Irlanda Unida? El Sinn Fein se niega aún a deponer las armas. Los unionistas de Úlster siguen dispuestos a colocar bombas en los pubs de los católicos. Los tirabombas de la ETA no paran de matar en nombre del País Vasco. Los kurdos matan en Turquía, los palestinos en Israel, los sijs en el Punjab; todos por modificaciones en el mapa. Lo mismo sucede en Chipre, Sri Lanka, Azerbaiyán, Chechenia… No es necesario dar la lista entera. La sabemos bien. Lo que no sabemos ni podemos admitir es la pasión que impele a los hombres a matar por tales motivos. Para nosotros —la reducida minoría de occidentales bien alimentados y educados— Robert Graves lo dijo al final de la Primera Guerra Mundial cuando declaró Adiós a todo eso. Nuestros padres lucharon en la Segunda Guerra Mundial para apagar el nacionalismo, no para desatarlo. Y, sin embargo, el nacionalismo estalla todos los días ante nuestros ojos en la televisión. ¿Cómo darle sentido al impulso de morir por fantasías decimonónicas como la de Madre India?

Véase a Ajit Singh, apasionado nacionalista, al arengar a una multitud de hindúes en Rawalpindi en 1907, según un agente de la policía quien registró secretamente sus palabras: “Mueran por su país. Somos 300 crores [300 millones]. Ellos son un laj y medio [150 mil]. Una ráfaga de viento los aniquilaría. Olvídense de los cañones. Es fácil romper un dedo. Pero cuando se juntan los cinco dedos para formar un puño, nadie los rompe [Esto lo dijo con gran ardor y le aventaron flores]”.

Claramente se entiende cuál es el punto. ¿Pero “se entienden” la lluvia de flores, el pataleo de los pies descalzos, las canciones que salen del pecho, los muchachos apresurándose a hacer juramentos de sangre, los ancianos con lágrimas en los ojos, los nudos en la garganta?

La letra subsiste, sólo que la música se perdió —al menos para quienes respondemos a Robert Graves y añadiríamos: “¡Adiós y que te vaya bien! Mil muertes muera el nacionalismo y que nunca más se levante”. Sin embargo, ahí está el nacionalismo, vivo y coleando a nuestro alrededor, a unos pasos prácticamente de Londres, París y Roma. ¿Habrá modo de cogerle el paso, si no con simpatía al menos sí con la empatía suficiente para entender la fuerza que le impulsa?

Ilustración: Ricardo Figueroa

Nuestro único recurso está en nuestras propias tradiciones nacionales. Tal vez nos desconcierte toda la sanguinolencia patriótica prodigada en nuestro pasado, pero hasta el más culto alguna vez ha sentido ese peculiar nudo en la garganta.

Yo experimenté un ataque de semejante emoción, debo confesarlo, durante una visita guiada a la Sala de la Independencia en Filadelfia hace algunos años. Ahí se sentó Washington, explicaba el guía, en esa misma silla, en esa misma habitación. Era una hermosa silla georgiana con un sol emblemático grabado en el respaldo y Washington presidía la Convención Constitucional de 1787. En un momento particularmente difícil de los debates, cuando el destino de la joven república parecía pender de un hilo, Benjamin Franklin le preguntó a George Mason, sentado ahí: “¿El sol está saliendo o se está poniendo?”. Pasaron por ese aprieto y por una docena más. Y cuando al fin terminaron su trabajo, Franklin se pronunció así: “Es un sol que sale”.

“Qué tipazos aquellos”, me dije a mí mismo, con un nudo en la garganta cada vez mayor. “Washington, Franklin, Madison —y Jefferson, al instante de asesorar a Lafayette durante la primera etapa de la Revolución francesa. Políticos de mucha mayor estatura que los nuestros”.

Un extranjero tal vez no entienda mi emoción. El culto a la Constitución y a los Padres Fundadores desde fuera parecerá raro folklore. A decir verdad, el propio Washington ya no despierta muchas emociones en el corazón de los estadunidenses. A diferencia de Lincoln o Roosevelt, Washington se ve muy tieso, como de palo en los retratos de Gilbert Stuart, con el mentón salido, los labios apretados, el ceño pensativo: más un ícono que un ser humano. Los íconos, desde luego, son para el culto, pero el Washington icónico al que se venera en Estados Unidos es el que nos observa desde los billetes de un dólar.

Ahora que a lo mejor el culto al dólar no sea tan malo. Es pobre su rango emocional pero no mortal. A diferencia del nacionalismo, aquél inspira el interés personal más que la autoinmolación, la inversión más que el lanzamiento de bombas. Y pese a su tosquedad, es ecuménico: el dólar de una persona es tan bueno como el de otra. El principio tal vez no sea tan sublime como Libertad, Igualdad, Fraternidad; pero hizo posible una vida nueva en el Nuevo Mundo a millones de inmigrantes y tal vez a la larga renueve a Rusia, en donde el dólar se ha convertido en la moneda efectiva.

Este tren de ideas tiene un linaje respetable. Se deriva de la fisiocracia francesa, de la filosofía moral escocesa y del utilitarismo inglés. Pero nos lleva más allá de las pasiones que inspiraron a nuestros ancestros a principios del siglo XIX, cuando grabaron, pintaron, bordaron y cantaron imágenes de Washington en todo lo que hacían. Si no podemos compartir semejante emoción, sí podríamos aprender algo echando un vistazo al hombre detrás del ícono.

Una vez de visita en la casa de Washington en Monte Vernon, me topé con la que debe ser una de las reliquias más raras que se haya mostrado en un santuario nacional, más extraña que toda la pedacería en el Museo Lenin de Moscú y en el Museo Wellington de Londres: la dentadura postiza de Washington. Ahí estaba, detrás de un vidrio, ¡de madera! ¡El Padre de la Patria con muelas de madera! Así que por eso salía tan sombrío en los retratos. El hombre sufría todo el tiempo. No podía sacar jugo alguno a su carne sin enviar oleadas de dolor a sus encías.

La gente me pregunta con frecuencia, como especialista, si me hubiera gustado vivir en el siglo XVIII. Primero, les contesto, habría insistido en nacer lejos del campesinado. En segundo lugar, sin dolores de muelas, por favor. Al leer miles de cartas de personas en todos los niveles de la vida en el siglo XVIII, encontré con mucha frecuencia dolores de muelas. El dolor atraviesa el lenguaje arcaico y el escritor surge en la imaginación de uno en la temerosa espera de que algún sacamuelas llegue al pueblo y que, a cambio de una breve sesión de tortura, ponga fin a semanas de agonía.

Hoy en día tenemos menos dolores de muelas y más mostaza, casi toda de primera, proveniente de Dijon. ¿Podemos llamar a esto Progreso? Ésta es otra idea del siglo XVIII que a la luz de dos siglos de sufrimiento se ve con recelo. Progreso, Patria, Humanidad —tal vez más nos valiera hacer a un lado esas sublimes abstracciones que nos vienen del pasado y que arrollan numerosísimas vidas en el presente. No tengo nada contra la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad; pero estoy a favor de modestos, crecientes aumentos del placer sobre el dolor, del progreso con p minúscula. Esto sólo podrá ocurrir, creo, si aprendemos a ser escépticos ante las grandes causas, si contenemos el impulso hacia la destrucción, si apretamos los dientes ante el fanatismo y recordamos lo difícil que era para Washington apretar los suyos.

(Traducción de Antonio Saborit)

De nuestro bazar

Amapolita talibana

Los plantíos de amapola de Afganistán son responsables del 90 % de la heroína que se vende en Europa, y que fondea más del 80 % de la actividad talibana.

Fuente: Jonathan Power, “Undermining Afghanistan Opium Business”, Prospect, febrero 4, 2009

***

Tayikistán y Afganistán eran entonces (en la época de Alejandro Magno) mucho como son ahora: sociedades tribales con fuertes lazos de parentesco. Era un mundo de señores de la guerra. La diferencia principal entre la sociedad afgana en el siglo cuarto a. C. y la sociedad afgana de hoy es la ausencia en la antigüedad del comercio del opio. Fueron los británicos en los 1840 quienes llevaron a los afganos a cultivar esta droga, que los británicos exportaron luego a China.

No es casual que los británicos extendieran el cultivo de amapola a Afganistán en los 1840 después de sus resultados en la India. En una de sus Letters of Travel, Rudyard Kipling reportó que durante la estación alta de opio (se subastaba en octubre, casi un año después de que las semillas se habían sembrado) sólo en los numerosos e inmensos almacenes de la ciudad de Ghazipur había alrededor de £3 500 000 de opio.

Sólo en la India el ingreso anual por ventas de opio, sin contar la inflación, causaba vértigo. El opio aportó £750 000 en 1840, pero en 1878 aportaba £9 100 000; el ingreso total durante esos 39 años fue de £375 000 000.

Fuente: Barbara Hodgson, Opio. Un retrato del demonio celestial, traducción de Martí Soler, Océano/Turner, 2004.

Ilustración: Belén García Monroy

***

Cuando los presentan por primera vez, Sherlock Holmes le observa al doctor Watson: “Noto que has estado en Afganistán”. Esa sorprendente deducción alertó al doctor sobre los extraordinarios métodos de observación y análisis que empleaba el detective, cuyas crónicas serían la verdadera vocación de Watson.

—Mi tren de razonamiento —dijo Holmes— corrió así: “Aquí está un caballero con tipo de médico, pero con aire de militar. Obviamente, un médico militar. Está recién llegado de los trópicos, porque tiene la cara quemada por el sol, y no es el color natural de su piel, porque sus muñecas están blancas. Las ha pasado duras y ha estado enfermo, puede verse claramente por su cara macilenta. Lo hirieron en el brazo izquierdo. Lo mantiene rígido y sin naturalidad. ¿En cuál de los trópicos podría un médico militar habérsela pasado tan mal y ser herido en el brazo? Obviamente en Afganistán”.

Fuente: Arthur Conan Doyle: “A Study in Scarlet”, en The Penguin Complete Sherlock Holmes, prefacio de Christopher Morley, Penguin Books, Londres, 1981, 1122 pp.

***

En el texto de Conan Doyle, el servicio que se supone prestó Watson acabó en un asunto miserable y nada heroico cuando fue herido de gravedad en la batalla de Maywand en julio de 1880. Conan Doyle no inventó la batalla; fue un verdadero desastre para los británicos durante la segunda guerra afgana. Los verdaderos sobrevivientes, como el imaginario Watson, se recuperaron de heridas severas lo mejor que pudieron en un hospital atiborrado en Peshawar.

Mientras hacían esto, un extraño medallón antiguo, de varios similares, donde se ve a Alejandro Magno atacando sobre un caballo a un elefante de guerra que retrocede, pasó también por Peshawar, abriéndose paso desde Afganistán a Inglaterra. El Watson de Conan Doyle estuvo a punto de morir, tan debilitado por la “fiebre entérica” que fue finalmente embarcado a casa en 1881. Buscando dónde vivir en Londres, Watson finalmente conoció a Holmes para instalarse ambos por vez primera en los famosos cuartos de Baker Street núm. 221 B.

Y mientras tanto, en una aventura de la vida real, el extraño medallón con Alejandro Magno-y-elefante pronto encontró casa cerca de Baker Street, en el British Museum.

Fuente: Frank L. Holt, Alexander the Great and the Mystery of the Elephant Medallions, University of California Press, 2003, p. 198.

De nuestro bazar

J. F. Kennedy en México

Al comenzar los sesenta, los anticomunistas más reticentes ponían en duda la sinceridad del compromiso ideológico de Adolfo López Mateos con el mundo occidental, pero la visita del presidente estadunidense John F. Kennedy logró lo que no habían podido hacer innumerables declaraciones oficiales y cambios concretos de política. Este acontecimiento aceleró la desarticulación del frente de oposiciones que se había creado en torno a la lucha anticomunista.

Ilustración: Izak Peón

La prensa calificó de “plebiscito antitotalitario” la recepción popular que fue organizada en la ciudad de México para recibir a la pareja Kennedy a finales de junio de 1962, con la colaboración de autoridades gubernamentales y organismos privados. Esta acción sin precedentes tuvo un significado simbólico crucial, porque demostró que después de largos meses de equívocos y malentendidos, los mexicanos se mantenían unidos en lo esencial, a saber: la identificación con el mundo occidental y con su líder, el presidente de Estados Unidos. El gobierno mexicano era muy consciente de que esta visita no satisfacía exclusivamente objetivos de política exterior, sino que era un acto definitivo de política interna que debía mejorar sus relaciones con el sector privado.1 Cuando en el mes de mayo se anunció la visita, la Concanaco, que había mantenido las posiciones más intransigentes frente al juego del consenso lopezmateísta, declaró:

En términos diplomáticos esta visita significa que han sido superadas las divergencias de opinión que se han manifestado en el seno de la OEA… éste es tal vez el factor más importante que puede contribuir a restaurar la confianza de los inversionistas extranjeros y a recuperar las inversiones que se contrajeron el año pasado (“Renace la confianza con el viaje de J. F. K.”, Excélsior, 21 de mayo de 1962, p. 1-A)

El hecho de que los Kennedy fueran católicos fue central en la organización del entusiasmo popular, y hábilmente explotado por todos los involucrados en el éxito de la visita, los Kennedy incluidos, cuando anunciaron que asistirían a misa en la Basílica de Guadalupe, santuario popular por excelencia, para hincarse codo a codo “con los mexicanos más humildes”, según pregonaba conmovida la prensa.2 Como era de esperarse, la jerarquía eclesiástica fue uno de los principales beneficiarios del acto. El arzobispo de la ciudad de México, Miguel Darío Miranda, convertido en anfitrión al igual que el presidente López Mateos, publicó en la prensa una invitación a todos los mexicanos para que acompañaran a la Primera Pareja estadunidense a la Basílica:

Rogamos a Dios que esta visita contribuya a estrechar los lazos entre nuestros pueblos y a consolidar las relaciones fraternales que nos unen… Con esta intención celebramos la Santa Misa en la Basílica de Guadalupe… el 1° de julio… en presencia del Presidente Kennedy que estará acompañado por su esposa (“Se une el Arzobispo Primado de México al homenaje a los Kennedy”, Excélsior, 29 de junio de 1962. p. 1-A).

El día de la llegada de los Kennedy, 29 de junio, el secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, y el regente de la ciudad de México, Ernesto P. Uruchurtu, publicaron en todos los periódicos sendas invitaciones al pueblo para que se uniera a la recepción. La CTM anunció orgullosamente que había organizado una valla de 14 kilómetros desde el aeropuerto hasta Reforma; burócratas, empleados y trabajadores tuvieron el día libre de manera que el presidente estadunidense y su esposa fueron recibidos en medio de una kermés popular a la que, según las crónicas periodísticas, asistió más de un millón y medio de personas. Los grupos de izquierda antiimperialista que habían expresado su oposición a la visita y que habían protestado, por ejemplo, cuando se anunció la misa en la Basílica, fueron mantenidos bajo vigilancia policiaca, de manera que sus manifestaciones no cruzaran las fronteras de la Ciudad Universitaria.3

La visita tuvo múltiples significados, desde dar por terminadas las fricciones que el problema cubano podía haber provocado entre México y Washington, hasta demostrar a la oposición conservadora mexicana que la integridad ideológica de su gobierno ameritaba el aval de Washington. El comunicado conjunto que firmaron los presidentes López Mateos y Kennedy no mencionaba a la Revolución cubana por su nombre, pero hacía hincapié en las convergencias ideológicas-políticas de ambos gobiernos. El documento afirmaba que se iniciaba una nueva época para las relaciones entre los dos países, época de comprensión, amistad y adhesión a los ideales de la libertad individual y la dignidad humana. Ambos presidentes se comprometían a fortalecer las instituciones democráticas y a oponerse a las “instituciones totalitarias y a las actividades incompatibles con los principios que ellos (los gobiernos) defienden” (“Texto de la declaración conjunta”, Excélsior, 10 de julio de 1962, p. 1-A). Por último, el documento se refería a la ayuda económica estadunidense a los países de América Latina y sostenía que la Alianza para el Progreso y la Revolución Mexicana tenían los mismos objetivos: justicia social y progreso económico en un régimen de libertad individual y política.4

Al término de la visita los dos centros de gravitación del descontento político de las clases medias, los dirigentes empresariales y los líderes religiosos, expresaron su inmensa satisfacción con el acontecimiento y sus implicaciones. El cardenal Garibi señaló que entre el presidente católico de Estados Unidos y el pueblo mexicano existía una “unión espiritual” y que México debía agradecer a Estados Unidos la ayuda que proporcionaría a América Latina a través de la Alpro (“Comenta Garibi la visita de los Kennedy”, Excélsior, 3 de julio de 1962, p. 1-A). La Coparmex, por su parte, aplaudió el acercamiento entre los dos gobiernos que se fundaba —decía— en intereses comunes, y le atribuyó un significado político muy concreto a la recepción popular que se había brindado a los Kennedy,

testimonio de una inquebrantable lealtad a los principios democráticos y por consiguiente… un acto de repudio definitivo a las tesis marxistas (“Elogian los patrones la visita de Kennedy”, Excélsior, 6 de julio de 1962, p. 5-A).

Lo cierto es que a partir de entonces las posiciones gubernamentales respecto a cuestiones que en el pasado se habían prestado a equívoco perdieron ambigüedad. El propio López Mateos denunció, a pocas semanas de la apoteósica recepción a los Kennedy, las ambiciones de la “extrema izquierda” que pretendía modificar las estructuras democráticas vigentes (“México tiene metas que alcanzar con su propio estilo: A.L.M.”, Excélsior, 14 de septiembre de 1962, p. 1-A), si bien nunca abandonó sus convicciones en cuanto al origen de las causas de la inestabilidad de los países subdesarrollados y respecto a cuál era la solución deseable a sus problemas:

Al gobierno corresponde crear las condiciones de bienestar y de justicia a las que aspira el pueblo. Entonces el pueblo encuentra la solución a sus problemas en sus tradiciones, en sus sentimientos, en su manera de ser (“Una revolución pacífica evita una revolución cruenta”, Excélsior, 4 de octubre de 1962. p. 1-A).

 

Soledad Loaeza


1 El secretario particular del presidente López Mateos, Humberto Romero, declaró a la prensa: “La visita del presidente Kennedy pondrá fin a la contracción de capitales y de turismo americano que ha sufrido México últimamente, luego de que algunas interpretaciones equivocadas hicieron creer allá que México tenía simpatías con el comunismo” (“El Lic. Romero y los corresponsales hablaron del viaje de J. F. K.”, Excélsior, 23 de junio de 1962, p. 1-A).

2 Anuncio un poco exagerado, como ocurriría veintisiete años después con la visita de Juan Pablo II a México, los codos de los ilustres visitantes se rozaron en todo caso con los codos de los ilustres mexicanos que fueron preferentemente invitados a la ceremonia. Aun así, la mayoría de los comentarios en la prensa a propósito de la misa en la Basílica tenían el mismo tono: “El católico J. F. K. —que estará acompañado por su esposa— al hincarse a los pies de la Virgen de Guadalupe, se fundirá en nuestra comunidad y será uno con el más humilde de nuestros indios” (Bernardo Ponce; “Perspectiva”, Excélsior, 27 de junio de 1962, p. 7-A).

3 Ver “La décima entrevista”, Política, 10 de julio de 1962, vol. III, pp. 5-9.

4 En entrevista publicada en U.S. New and World Report, el presidente López Mateos subrayó una vez más las convergencias ideológicas entre México y Washington, estableciendo la diferencia entre la “democracia de representación popular que regía en México y los regímenes de los países socialistas” (Citado en: “Latinoamérica no abdicará de sus derechos soberanos”, Política, 10 de julio de 1962, vol. III. no. 53, pp. 33-37).

De nuestro bazar

Moneda que te vas, quizá no te vea más

Una cierta ternura por la moneda que puede procurarle a uno esto o aquello es universalmente humana y contribuye a su “carácter” personal. En un punto, la moneda supera a la criatura viviente: su consistencia metálica, su dureza, le asegura una existencia “eterna”; es —a no ser por el fuego— difícil de destruir. La moneda no crece hasta alcanzar su tamaño; sale acabada de la matriz y luego ha de seguir siendo lo que es; no debe cambiar.

Ilustración: Estelí Meza

Quizás la confiabilidad de la moneda sea su característica principal. Del dueño tan sólo depende guardarla bien; no sale corriendo por sí misma como un animal, sólo debe guardarse de los demás. No se está obligado a desconfiar de ella, se le puede utilizar siempre, no tiene caprichos que sea preciso tomar en consideración. Además, cada moneda se autoconsolida aún por su relación con otras de distinto valor. La jerarquía entre las monedas, que es estrictamente respetada, las hace aún más próximas a las personas. Se podría hablar de un sistema social de las monedas con clases de rango, que en este caso son clases de valores: por moneda de alto valor bien pueden canjearse otras de menor valor, por una inferior jamás una superior.

* * *

Pero ¿qué sucede en una “inflación”? La unidad monetaria pierde repentinamente su personalidad. Se transforma en una masa creciente de unidades; éstas poseen cada vez menos valor mientras más aumente la masa. Los millones, que siempre a uno tanto le habría gustado tener, de pronto se les sostiene en la mano, pero ya no son tales, sólo se llaman así. Es como si el saltar, de golpe le hubiese quitado todo valor al que salta. Una vez que la moneda ha entrado en este movimiento, que tiene el carácter de una huida, no es previsible un límite. Así como se puede contar remontando hasta cualquier cima, así el dinero puede desvalorizarse hasta cualquier sima.

* * *

Lo que antes era un peso, se llama ahora 10 000, luego 100 000, luego 1 millón; la identificación del hombre individual con su peso se halla así abolida. El peso ha perdido su solidez y límite, es a cada instante otra cosa. Ya no es como una persona, y no tiene duración alguna. Tiene menos y menos valor. El hombre que confiaba en él no puede evitar percibir su rebajamiento como suyo, propio. Se identificó con él durante mucho tiempo, la confianza en él era como la confianza en sí mismo. La inflación no sólo hace tambalearse todo externamente: nada es seguro, nada permanece durante una hora en el mismo sitio, sino que por la inflación el hombre mismo disminuye.

* * *

En la inflación se produce algo que de hecho nunca se buscó, algo tan peligroso que todo aquél que posea cualquier forma de responsabilidad pública y pudiese preverlo debería retroceder con espanto ante ello: una doble devaluación que surge de una doble identificación. El ser singular se siente devaluado, porque la unidad en la que confió, que respetaba al igual que a sí mismo, ha comenzado a desbarrancarse. La masa se siente devaluada porque el millón está devaluado.

* * *

Ninguna devaluación súbita de la persona es jamás olvidada: es demasiado dolorosa. Uno la lleva a rastras consigo durante toda una vida, a no ser que se la pueda echar encima a otro. Pero tampoco la masa como tal olvida su devaluación. La tendencia natural es entonces a encontrar algo que valga aún menos que uno mismo, que pueda despreciarse de la misma manera en que uno fue despreciado. No basta con recoger este desprecio como se lo encontró, con mantenerlo en el mismo nivel que tuvo antes de que se le alcanzase. Lo que se necesita es un proceso dinámico de rebajamiento: es preciso tratar algo de manera que valga cada vez menos, como la unidad monetaria durante la inflación, y este proceso debe continuarse hasta que el objeto haya llegado a un estado de completa ausencia de valor. Entonces se le puede arrojar como al papel o desecharlo como a un pliego de impresión defectuosa. Como objeto para esta tendencia Hitler encontró durante la inflación alemana a los judíos.

* * *

En el tratamiento de los judíos el nacional-socialismo repitió lo más exactamente posible el proceso de la inflación. Primero se les atacó como malos y peligrosos, como enemigos; luego se les desvalorizó más y más; puesto que no alcanzaban, se les coleccionaba en los países conquistados; al final eran considerados literalmente como bichos a los que podía exterminarse por millones. Aún hoy se encuentra uno estupefacto de que los alemanes hayan ido tan lejos, de que hayan realizado, tolerado o ignorado un crimen de tales proporciones. Difícilmente habrían podido llegar tan lejos si no hubiesen vivido pocos años antes una inflación durante la cual el marco se hundió hasta una billonésima parte de su valor. Es esta inflación como fenómeno de masa la que descargaron sobre los judíos.

(De Masa y poder. Traducción de José María Pérez Gay)

De nuestro bazar

¿Has fingido alguna vez un orgasmo?

Si me pongo nerviosa, es difícil no fingirlo.
Cuando se espera de mí que entre en algo
distinto a lo de siempre, que obtenga placer
de una manera nueva, me pierdo, no sé

cómo volver a la certeza… ¿dónde están
las mil y mil flores que siempre repaso?
¿La flanela violeta, y de pronto, el desenlace?
No puedo, no puedo… extinguir la estrella

en un estallido. Sigue brillando. Tu cabeza
entre mis piernas tanto tiempo. ¿De veras
quieres estar ahí? Yo gimo como si… qué tontería…
luego me ofusco. Podría aplastar tu valiente cabeza.

“¿No te viniste, verdad?”. Naturalmente que no.
Aunque trato de mentir, se me sale la verdad
como si fuera un orgasmo. Y luego el “No” que debería
quebrar un mundo, y no lo quiebra, fluye libre.

Ilustración: Raquel Moreno

De nuestro bazar

De dónde viene el OK

Con el origen del OK ocurre lo siguiente. Alguien dice que es de origen escocés, al ser una corrupción de Och aye. Claro que no, dice otro: es obviamente una adaptación del francés aux quais (“a los muelles”), el grito de lujuria de los marineros al desembarcar. Cómo va a ser: viene del griego ola kala (“todo bien”). Perdón, pero no, es finés: oikea (“correcto”). Uh, no, sus orígenes están en el África: ¿quién no está familiarizado con la expresión en wolof o ke (que quiere decir “eso es”)? No: todo viene desde Julio César que ya usaba el OK para aprobar documentos políticos, como una abreviatura del latín omnis korrecta.

Ilustración: Sergio Bordón

Hay otras teorías, incluida la de su origen en las buenas noticias militares: 0 killed, “cero muertos” o “cero bajas”. Pero quién no ha oído más bien de O. Kendall, la firma pastelera de Chicago, que sellaba sus cajas de bizcochos con un “OK” durante la guerra civil estadunidense. Otras teorías van a dar incluso al lenguaje de las tribus nativas choctaw.

Pues bueno: un autor de nombre Allan Metcalf desecha todas esas teorías en su pequeño libro OK. Según Metcalf, el OK —o el “o. k.”— se vio impreso por vez primera en el Boston Morning Post del 23 de marzo de 1839 como una contracción juguetona, a saber: “o. k. —all correct”, un poco sacado de la manga. El hecho es que Metcalf se sigue de largo. Su libro se subtitula “La historia improbable de la más grande palabra de Estados Unidos”. No contento con la grandeza lexical, llega a postular: “No sería una exageración decir que el mundo moderno funciona alrededor del OK”. Y añade: “El OK es la respuesta de Estados Unidos a Shakespeare. O más precisamente, el OK es el Shakespeare de Estados Unidos, una expresión de dos letras tan potente como cualquier cosa en las obras del Bardo”. Si uno cree esto ya puede creer lo que sea, incluyendo la teoría de que el OK se originó en el “o. k.” en el Boston Morning Post un día de 1839.

Fuente: Times Literary Supplement,
enero 7, 2011.

De nuestro bazar

La ronda del hijo desobediente

Mi viejo amigo James Harrington tenía una relación muy cercana con sir Benjamin Ruddyer, quien a su vez era amigo de sir Walter Raleigh. Ruddyer le contó a Harrington que, en una ocasión, habiendo sido invitado sir Walter Raleigh a una comida con cierta persona muy importante, a la cual supuestamente asistiría su hijo también, le dijo a éste último: “Eres una criatura tan pendenciera y afrentosa, que me avergüenzo de tener tal carga por compañía”. Mr. Walt se humilló ante su padre y le prometió que se portaría en el banquete de un modo totalmente irreprochable. De modo que emprendieron camino y, creo, sir Benjamin con ellos. Se sentó Walt al lado de su padre y estuvo muy callado cuando menos hasta la mitad de la comida. Entonces dijo: “Esta mañana, no teniendo ante mis ojos el temor de Dios, sino por pura instigación del diablo me fui con una puta. Me puse muy ardiente con ella, la besé y la abracé, y ya me disponía a gozarla cuando en eso me apartó con fuerza y me juró que yo no debía continuar refocilándome, porque tu padre —dijo— se acostó conmigo hace apenas una hora”. Sorprendido de ese modo tan fuera de lo normal y desconcertado ante una mesa tan distinguida, sir Walt le propinó a su hijo una bofetada en plena cara; su hijo, rudo como era, le pegó no a su padre, sino que golpeó en plena cara al caballero que estaba sentado al lado de él, y le dijo: “Pásala, al fin que ahorita le va a llegar a mi padre”. Esto último se volvió un dicho que es usado comúnmente.

Fuente:John Aubrey, Vida breve de Walter Raleigh.

Ilustración: David Peón

De nuestro bazar

Olvídense de El Álamo

Ya que del olvido hablamos, bien quisiera yo librar de sus injusticias a un viejo profesor de historia de México que impartía la materia en el Instituto Luis Vives, allá por 1948 y 1949, y a quien no puedo evocar sino como un liberal mexicano al viejo y excelente modo de la Restauración. Se han borrado en mi memoria su rostro y su nombre, sólo recuerdo su vehemencia y su indignación.

Vehemente e indignado, consumía la mitad de sus clases en una denuncia de quienes fueran capaces de ver traición en el tratado McLane-Ocampo, pese a que éramos la mayoría de sus alumnos unos adolescentes refugiados españoles que en cualquier cosa pensábamos menos en cometer tamaña impertinencia o en faltarle el respeto a don Melchor, que con suerte hasta cuate fue de nuestro admirado Cárdenas. Pero también había mexicanos en la clase, y entre ellos uno inteligente y también cardenista a la vez que algo agringado, como lo demostraba su devoción por el Wacha Chara, equipo de futbol americano en el que había jugado. Mi amigo Silvino, que así se llamaba (se llama, espero), arriesgó un primero y diez preguntándole con sarna al profesor Melchor Lerdo de Juárez (no lo dejemos sin nombre) qué opinaba de El Álamo. El profesor bufó, juró, maldijo y acabó dejando la cosa en fumable: “Olvídense de El Álamo”, vino a decirnos.

Quizá hubiera yo obedecido la consigna de no ser por el maldito cine, que ha hecho imposible no oír los ecos de una consigna contraria: Remember the Alamo. Sólo los ecos, porque más de setenta años lleva el cine estadunidense repitiéndola e igual tiempo llevan las censuras mexicanas impidiendo que la oigamos. Hace poco se anunció por Cablevisión la más célebre de las cintas dedicadas al tema, la de John Wayne, y me dispuse a verla con los ojos fuera de órbita. Vana esperanza: a la mera hora cambiaron a El Álamo por otra película. Hasta en inglés se lo dicen a uno: Let’s Forget the Alamo.

Consulto la Historia general de México, los dos tomos de El Colegio de México, y no encuentro tampoco ninguna referencia a El Álamo. Debe haberla en algún otro libro nacional, sin duda, pero me atendré por ahora a la versión de los hechos ofrecida por las películas gringas, según sus sinopsis. Dice así: A comienzos de 1836, el general Sam Houston, que ha sustituido a Austin en el liderazgo de los rebeldes texanos, es perseguido por las tropas de Santa Anna, muy superiores en número (7000 soldados según las películas; 6000 según la Historia mencionada). Houston confía al coronel William Travis —enérgico y decidido, dicen— la defensa de Fort Alamo, una vieja misión española de 1718, a la sazón en ruinas, para retardar lo más posible el avance de Santa Anna. Acuden en auxilio de Travis otros dos coroneles: el desmadroso, alcohólico y atormentado Jim Bowie y el pintoresco explorador Davy Crockett. Travis y Bowie se entienden mal, pero Crockett logra terciar conciliadoramente. Al cabo de trece días de resistencia heroica, todos los defensores de El Álamo (en total 184, dicen que 150, otros que 180), resultan vencidos y muertos. La leyenda quiere que el último en morir sea Crockett. Sólo quedan para contar la versión texana de lo sucedido la viuda de un teniente Dickinson, su hija y su niño esclavo negro. Al grito de Remember the Alamo, frase que también dará origen a una canción patriótica, Houston vence a Santa Anna en San Jacinto, el 21 de marzo de 1836, cuarenta días después de la caída de El Álamo.

Antes de contar la historia de las películas dedicadas a El Álamo propiamente dichas, conviene hacer referencia a las vidas cinematográficas de Crockett y Bowie, más favorecidos que Travis por el aprecio hollywoodense. Sobre todo Crockett (1786-1936), nacido en una taberna —se dijo— de Tennessee. En su Histoire du Western (Ed. Pierre Horay, París, 1964), Charles Ford resume los datos básicos que sobre ese personaje ofrecieron cuarenta obras, no todas fidedignas, a él dedicadas: medía más de dos metros y era atlético, feísimo, mujeriego, parlanchín y orgulloso de su ignorancia (según él, la gramática era “una inepcia”, y la ortografia, “una invención contra natura”). En 1827, ese heredero de las glorias exploradoras de Daniel Boone tuvo un primer ataque de sedentarismo; se casó y ganó una diputación en el Congreso, haciendo durante ocho años familiar en Washington su gorra de piel de castor. En 1835, cansado de tanta calma, se adhirió a la causa texana, lo que le costaría la vida en El Álamo.

La primera película dedicada al personaje parece haber sido Davy Crockett, in Hearts United (1909), corto dirigido y fotografiado por Fred Balshofer para Kessel y Bauman, unos independientes que hicieron fortuna con ese producto en los nickelodeons y pudieron así fundar la empresa Bison. Después, hubo un Crockett de 1910, otro de 1915, uno más de 1916 (el primero de largometraje) y algún otro, hasta llegar a la serie de televisión producida por Walt Disney a mediados de los cincuenta. Un montaje con partes de tres episodios de esa serie, Davy Crockett: King of the Wild Frontier (1955), pasó en los cines como un largometraje dirigido por Norman Foster. Fess Parker interpretaba a Crockett, cuya vida era contada hasta llegar a El Álamo; ahí lo acompañaban Kenneth Tobey como Bowie y Don Megowan como Travis.

Bowie, nacido en Georgia en 1799, fue un aventurero que le entró al contrabando de esclavos y a la piratería, pues llegó a hacerse cómplice del notorio bucanero Jean Lafitte. Sus andanzas lo llevaron a Luisiana antes que a Texas, y fue precisamente en Nueva Orleans donde lo ubicó en 1952 la Warner Brothers para convertirlo en Alan Ladd, ponderar su gran destreza con el cuchillo y ponerle de novia a Virginia Mayo. Eso ocurrió en The Iron Mistress, película que incluía a varios personajes mexicanos: el villano Juan Moreno (Joseph Calleja), don Juan de Veramendi (Edward Colmans) y un pintor (Salvador Báguez), entre otros. Dos años antes, Comanche Territory (1950), un wéstern de la Universal dirigido por George Sherman, había hecho de Bowie (MacDonald Carey) un amigo improbable de los pieles rojas y un enamorado de una pelirroja (Maureen O’Hara).

Ilustraciones: Alma Rosa Pacheco

El Álamo boom

Así, ya conocidos dos de los personajes principales de El Álamo, y advertidos sus antecedentes no demasiado recomendables, podemos entrar más directamente en materia. La primera película dedicada específicamente a lo sucedido fue The Immortal Alamo, corto producido en 1911 por la filial estadunidense de la casa francesa Mélies. Gaston Mélies, hermano (creo) del famoso Georges, interpretó el papel principal, que no sé cuál fue. En 1915 se filma ya un largometraje de cinco rollos, Martyrs of the Alamo, escrito y dirigido por William Christy Cabanne a partir de una novela de Theodosia Harris, supervisado por David W. Griffith e interpretado por Sam de Grasse y Walter Long, tampoco sé en qué papeles. La última exaltación muda del hecho histórico sería With Davy Crockett at the Fall of the Alamo (1926), cinta de seis rollos dirigida por Robert North Bradbury para una productora secundaria de wésterns, la Sunset. Cullen Landis interpretó en ella a Crockett, Joe Rickson a Travis, Bob Fleming a Bowie y Fletcher a Santa Anna. Esa película ya no existe.

La filmografía sonora de El Álamo se inicia con un corto de un rollo de la Warner, Remember the Alamo (1935), hecho para la serie See America First. Dos años después, la Sunset insiste en el tema con otro wéstern, de 75 minutos: Heroes of the Alamo (1937), dirigido por Harry Fraser e interpretado por Rex Lease, Lane Chandler, Roger Williams y Julián Rivero (éste último debió ser Santa Anna). En ese mismo año de 1937, un serial de la Republic, The Painted Stallion, mostró juntos a Crockett (Jack Perrin) y Bowie (Hal Taliaferro), pero no en El Álamo: junto con Kit Carson y héroes míticos del wéstern, ambos derrotan a Alfredo Escobedo Duperey (Le Roy Mason), un exgobernador mexicano de Santa Fe que trata de impedir a su sustituto también mexicano que autorice el paso y el comercio de gringos en el territorio. Como se ve, ese serial de doce episodios le inventó a dos héroes de El Álamo un entrenamiento antimexicano previo.

La Republic, que era otra productora secundaria especializada en wésterns, se permitió en 1939 una película de gran presupuesto: Man of Conquest. Era una biografia de Sam Houston (Richard Dix) dirigida por George Nicholls Jr. e incluía reconstrucciones de lo ocurrido en El Álamo y en San Jacinto. Con el prócer texano, alternaban Travis (Victor Jory), Crockett (Robert Barrat), Austin (Ralph Morgan), Bowie (Robert Armstrong, el de King Kong), Santa Anna (C. Henry Gordon) y Zavala (Charles Stevens). Su estreno se produjo apenas unos días después del de Juárez, lo que hizo escribir a Frank S. Nugent en The New York Times (28 de agosto de 1939): “El programa del Buen Vecino, tan orgullosamente iniciado por Hollywood con el Juárez de la Warner, entró en completa retirada con Man of Conquest”, pues la cinta terminaba “con la victoria de la democracia a lo Andrew Jackson sobre la dictadura mexicana”.

Las dos siguientes referencias cinematográficas a El Álamo parecen ser indirectas. La primera es un wéstern B de la Monogram: West of the Alamo (1946), dirigido por Oliver Drake, con Jimmy Wakely y Lee White. En la segunda, The Man From the Alamo (1953), un wéstern dirigido por Budd Boetticher para la Universal, el héroe (Glenn Ford) era tratado como un cobarde por haber sobrevivido a la matanza; se aclaraba finalmente que se salvó al ser enviado por los combatientes a dar noticia de la inminente “invasión” mexicana (de un territorio mexicano, dicho sea de paso).

Antes y después de Down Liberty Road (1956), un corto de Harold Schuster en el que Tex Ritter cantaba “Remember the Alamo”, vendrían las dos últimas y más aparatosas exaltaciones de El Álamo. La primera y menos conocida fue The Last Command (1954), otro alarde insólito de la humilde Republic: la cinta era en colores, duraba 110 minutos y fue dirigida por el veterano y prestigioso Frank Lloyd, aunque las escenas de batalla corrieron a cargo del menos conocido William Witney. El héroe era sobre todo Jim Bowie, interpretado por Sterling Hayden, en pareja con la mexicana Consuelo (Anna María Alberghetti). Crockett, en cambio, fue convertido en una suerte de “patiño”, un vejete parlachín al modo de su intérprete Arthur Hunnicutt. Aparecían también Travis (Richard Carlson), Santa Anna (J. Carrol Naish), Mrs. Dickinson (Virginia Grey), Austin (Otto Kruger), Lorenzo de Quesada (Eduard Franz) y Houston (Hugh Sanders), además de un tal Radin interpretado por Ernest Borgnine. Se establecía en la cinta que Bowie trató de evitar un encuentro frontal con Santa Anna, pues éste había sido tiempo atrás su amigo, compañero de armas y jefe.

Y al fin, en 1960, John Wayne produjo, dirigió (con ayuda de John Ford, se dijo) y protagonizó en el papel de Crockett The Alamo, superproducción en colores, en Todd-AO y con 199 minutos de duración. Siendo Wayne su intérprete, le tocó ahora a Crockett tener novia mexicana: Flaca (Linda Cristal). Laurence Harvey hizo de Travis, Richard Widmark de Bowie, Joan O’Brien de Mrs. Dickinson, Richard Boone de Houston, Rubén Padilla de Santa Anna y el torero mexicano Carlos Arruza de un mexicano ficticio (creo): el teniente Reyes. La crítica europea y estadunidense fue bastante benévola con esa primera experiencia de Wayne como director. (Eso no le ocurriría con la segunda y última: The Green Berets, dedicada en 1968 a elogiar la intrusión estadunidense en Vietnam).

El resto son curiosidades. En San Antonio (Warner, 1945), un wéstern de David Butler con Errol Flynn, el encuentro definitivo se producía en un Álamo abandonado. Viva Max (1969), una comedia dirigida por Jerry Paris, proponía una recuperación moderna de El Álamo por México: aprovechando un desfile patriótico en San Antonio, el general mexicano Maximiliano Rodríguez de Santos (Peter Ustinov) cruza con sus tropas la frontera y “ocupa” sin problemas El Álamo durante 24 horas; todo lo hace para impresionar a sus 87 hombres y a su novia texana, y para convencerse a sí mismo de que es valiente. En Wrong is Right (1981), un thriller reciente de Richard Brooks, con Sean Connery, un hipotético presidente de Estados Unidos, Lockwood (George Grizzard), trata de mejorar su deteriorada imagen auspiciando una campaña con el lema “Remember the Alamo”. Unos episodios de la serie de televisión con el detective de Nuevo México McCloud (Dennis Weaver), iniciada en 1971, se titularon “This Must Be the Alamo” y “Return to the Alamo”. Finalmente un corto producido por el ejército francés, À propos de Camerone (1972), reveló que los franceses tuvieron también su Álamo en México: se evoca el “sacrificio heroico del 1.er Batallón de la Región Extranjera en la guerra de México”, cuando, el 30 de abril de 1863, se enfrentaron “menos de sesenta contra todo un ejército”. (Caray, piensa uno, bien podían prever los franceses que en México serían minoría).

Derrotas que visten

En definitiva, no deja de ser curioso que el cine estadunidense haya prestado a lo que con todo fue una derrota texana, El Álamo, la atención que no ha merecido para nada una victoria, San Jacinto. Intentaré una explicación del caso.

No ha ocurrido en ninguna otra parte del mundo que el cine de un país haya dedicado tanta atención a un país vecino o a otro país cualquiera: he hecho ya el recuento de cerca de dos mil cintas estadunidenses referidas mucho o poco a México y lo mexicano. En rigor, habría incluso que aumentar esa cifra con los más de doscientos wésterns europeos (italianos, sobre todo) que han seguido pautas hollywoodenses en su visión de lo mexicano. Desde luego, el cine estadunidense no ha referido, ni de lejos, un número semejante de cintas al otro país vecino de Estados Unidos, Canadá.

Son claras las razones históricas del fenómeno. Arrancan del siglo XIX, cuando la relación entre Estados Unidos y México abunda en conflictos y aun en hechos de armas. Una enorme porción del territorio mexicano original, lo que es hoy California, Texas, Nuevo México y Arizona, pasa a manos estadunidenses, pero sigue viviendo en esa extensa zona fronteriza una gran población mexicana, que conserva en buena medida sus usos y costumbres. Además, se hace constante el flujo de emigrantes mexicanos a Estados Unidos que alimentan una hoy clara y legítima aspiración chicana: la de vivir en una sociedad bilingüe, pues el número de hispanohablantes en Estados Unidos pasa ya de los 20 millones. De hecho, la sociedad estadunidense dejó de ser hace mucho tiempo (si es que alguna vez lo fue) monorracial, monolingüe y monocultural, aunque eso haya chocado con la prepotencia del WASP (White Anglo Saxon Protestant).

Pero esa prepotencia, que se ha ejercido y se sigue ejerciendo con fuerza, y que ha dado su tono general a la visión de lo mexicano por Hollywood, no deja de tener sus complejos y vergüenzas, por cuanto ha de oponerse al típico culto estadunidense del racionalismo democrático, y por cuanto ese culto promueve el respeto a las minorías en plan de igualdad.

La exaltación de El Álamo, quizá, ha actuado para vencer en alguna medida las vergüenzas de la prepotencia, porque evoca un hecho histórico en el que, por una vez, fueron los WASP quienes estuvieron en minoría desventajosa. Así, los estadunidenses blancos se han dado el lujo de verse a sí mismos como héroes del Tercer Mundo, o algo por el estilo, y de creer, o de hacer como que creen, en una superioridad propia derivada no de la abundancia de recursos, sino del heroísmo y el amor a los ideales. Para lograr eso, John Wayne fue capaz de movilizar los grandes recursos con que hizo El Álamo: para demostrar que los recursos importan poco cuando se tienen los altos ideales de un Davy Crockett o un Jim Bowie.

 

Emilio García Riera

De nuestro bazar

Darwin: Casarse o no

Las notas que siguen fueron hechas a mano por Charles Darwin, al vuelo y a lápiz, sobre dos hojas sueltas. La primera de ellas viene en una carta que le dirigieron al propio Darwin mientras vivía en la calle Great Marlborough 36. Por tanto, la redacción de las notas debió ser hecha entre los años 1837 y 1838. Darwin se casó con Emma Wedgwood el 29 de enero de 1839. No se sabe cómo es que estos razonamientos de la juventud de Darwin escaparon a la destrucción. ¿Acaso cayeron en manos de la misma Emma? La primera nota dice:

Consideraciones

Si no me caso viajaré ¿Europa? ¿América?

Si viajo será por razones exclusivamente geológicas: Estados Unidos-México Todo depende de la salud y el vigor y de en qué medida me vuelvo más zoológico.

Y si no viajo.— Trabajo en la transmisión de las Especies— Microscopio, formas más simples de vida— ¿Geología? ¿Formaciones más primitivas? Algunos experimentos— observaciones fisiológicas de animales inferiores

(B) Vivir en Londres (¿dónde más?) en una casa pequeña cerca de Regent’s Park—tener caballos—hacer viajes en el verano para coleccionar especímenes y clasificarlos como zoólogo: especular como geógrafo. trabajos generales de geología y especificación de rango.—Sistematizar.— Estudiar afinidades.

Consideraciones

Si me caso—significaría estar limitado, Sentir el deber de trabajar para hacer dinero. La vida en Londres: sólo contacto con la sociedad; nada de campo, nada de viajes, poca zoología. nada de recolectar. nada de libros. Profesorado en Cambridge, sea de geólogo o zoólogo.— cumplir con todos los requisitos— No podría hacer buenas sistematizaciones zoológicas.— Pero mucho mejor que hibernar en el campo. Mucho mejor incluso que vivir en una casa de campo cerca de Londres.— No podría tomar indolentemente una casa de campo para no hacer nada ahí— ¿Podría vivir en Londres como un prisionero? Si fuera moderadamente rico viviría en Londres, en una casa grande y hermosa y donde podría hacer lo que dije en el punto (B), ¿pero podría hacer lo mismo pobre y con hijos? No— Entonces lo mejor sería vivir en el campo cerca de Londres, pero habría grandes obstáculos para la ciencia, además de la pobreza. Entonces lo más conveniente es el profesorado en Cambridge,—y hacerlo lo mejor que se pueda, cumplir ahí con el deber y luego trabajar en mis cosas en los ratos libres— Mi destino será el profesorado en Cambridge o la pobreza; los suburbios de Londres, alguna placita cerca etc.— Y trabajar lo mejor que pueda

Me da más placer la observación directa y no podría hacer las cosas como Lyell, corrigiendo y añadiendo nueva información a material ya estudiado, y no sé qué línea de investigación puede seguir un hombre atado a Londres.—

En cambio, en el campo, observaciones y experimentos sobre animales inferiores, —mucho más espacio—

Ilustración: Alberto Caudillo

La segunda nota se titula: He ahí el dilema.

Casarse

Hijos—(si Dios quiere) —Compañía constante, una amiga en la vejez que se interesará en uno—, persona para ser amada y para divertirse con ella.— —mucho mejor que un perro de cualquier modo.— Un hogar y alguien que cuide de la casa— Encantos musicales y parloteo femenino.— Estas cosas son buenas para la salud.— pero una pérdida terrible de tiempo.—

Dios mío, es intolerable pensar que uno tenga que pasarse trabajando toda la vida, como una abeja obrera, trabajando y nada más.— No, eso no funciona.— Imaginarse viviendo solitariamente todo el día en una casa del Londres sucio y lleno de humo.— Nada más imagínate a una esposa dulce y agradable sentada en un sofá junto a un buen fuego, y tú con libros y tal vez oyendo música— Compara esta visión con la realidad opaca de la calle de Great Marlboro.

Cásate—Cásate—Cásate Q. E. D.

No casarse

Nada de hijos, nada de segunda vida, nadie que cuide de uno en la vejez.— Qué caso tiene trabajar sin la compañía de los amigos cercanos y queridos— lo siguen siendo en la vejez, a menos que uno sea pariente de ellos. Libertad de ir a donde uno quiera— posibilidad de elegir la sociedad y de hacer poquísima vida social.—Conversación con hombres inteligentes en los clubes— No tener la obligación de visitar a los parientes ni de celebrar a fuerza los chistes que hagan.— Tener el gasto y la preocupación de los hijos— tal vez pleitos—Pérdida de tiempo. — no poder leer en las tardes— obesidad y pereza —ansiedad y responsabilidad— contar con menos dinero para comprar libros etc.— Si vienen muchos hijos, obligación de ganar el pan.— (Pero es muy malo para la salud de uno trabajar demasiado)

A lo mejor a mi esposa no le gustará Londres, y entonces el veredicto es: destierro y degradación con un tonto indolente y perezoso—

En el reverso de la página viene el siguiente resumen:

Una vez que ha sido probada la necesidad de casarse

¿Cuándo hacerlo? Tarde o Temprano.

El gobernador dice que pronto porque de otro modo estaría mal tener hijos siendo más grande— de joven el carácter es más flexible—los sentimientos de uno son más vivos, y si uno no se casa pronto uno se pierde muchísimo de pura felicidad—.

Pero qué tal si me caso mañana: habría una infinidad de problemas y gastos para conseguir y amueblar una casa, —pleitos porque no se hace vida social—llamadas por la mañana—torpezas—pérdida de tiempo todo el día (cuando no estaba junto a uno, la esposa era un ángel y hacía que uno se mantuviera laborioso). Entonces cómo podría manejar todos mis asuntos si me viera obligado a caminar junto a mi esposa todos los días.— ¡Eheu! Nunca conocería Francia—nunca iría a América ni me subiría a un globo, ni haría un viaje solitario a Gales—pobre esclavo.—vas a estar peor que un negro— Y luego la horrible pobreza (cuando no estaba junto a uno la esposa era mejor que un ángel y además tenía dinero)— Pero no te preocupes, muchacho— Arriba el ánimo— Uno no puede hacer una vida solitaria, con una vejez vacilante, muerto de frío y sin amigos y sin hijos, sin más cara para ver que la de uno mismo todo el tiempo, y ya empezando a arrugarse.— No te preocupes, confía en la oportunidad—sólo sigue atento— Hay muchísimos esclavos felices—

Nota editorial: Se respeta la redacción y la puntuación del original.

De nuestro bazar

La épica está pasada de moda

Petronio hizo todo lo que pudo. En el fondo no era un mal tipo, aunque tenía la mente más sucia de Roma y bebía como un camello, y era tal su experiencia en el arte moderno de vivir que el emperador nunca se atrevía a comprar un vaso o una estatua, ni siquiera a probar una cosecha desconocida, sin su consejo.

Una noche Petronio cayó a cenar en Palacio y le presentaron una salsa de aspecto en verdad repulsivo, cuyos principales ingredientes eran ajo y benjuí. Como el mesero contaba en efecto con que la vertiría sobre un guiso de lengua muy bien asado, Petronio hizo que Nerón se sonrojara hasta las raíces del pelo preguntando con su voz más sedosa: “Mi querido César, ¿puede ser esto exactamente lo que indicaste?”. Las ansiosas, anhelantes miradas de Nerón hicieron muy obvio que él mismo había inventado la salsa; y si Petronio hubiera sido tan débil como para aprobarla, pronto todas las mesas nobles de Roma habrían apestado a esa sustancia. Nuestros corazones se le entregaron en agradecimiento.

Era obvio que a mi cuñado Lucano le faltaba la serenidad de Petronio, y a pesar de eso estaba muy complacido consigo mismo. Siempre he lamentado el matrimonio de mi hermana: Lucano, hijo de ricos provincianos españoles, nunca dejó de ser un arribista, aunque su tío Séneca, tutor de Nerón, haya accedido al rango de cónsul y se haya convertido en el escritor y dramaturgo más importante de su época. Séneca le regaló una dote al joven Lucano, un niño prodigio que a los cuatro años de edad podía hablar griego con fluidez, a los ocho se sabía la Ilíada de memoria y antes de los once había escrito un comentario histórico sobre la Anábasis de Jenofonte y traducido a Ibico en Elegías ovidianas.

Ahora tenía veinticinco años, dos más que Nerón, quien lo había tomado como su modelo literario. Lucano correspondió a esta amabilidad con un maravilloso discurso adulatorio en el Festival Neroniano. Pero esa misma noche, cuando Petronio visitó nuestra casa (Lucano se quedaba con nosotros en esa época) con el pretexto de felicitarlo, adiviné que había algo más en el aire; de modo que despedí a los esclavos y salió el asunto.

—Sí, Lucano, un discurso muy pulido, y soy muy discreto como para preguntarte qué tan sinceramente lo sentiste. Pero bueno… corre el rumor de que estás trabajando en un importante poema histórico.

—Correcto, amigo Petronio —contestó Lucano, complaciente.

—Por el amor de Baco, no estarás escribiendo las conquistas de Alejandro, ¿o sí?

—No, desecha eso, a excepción de unos cuantos pasajes bellos.

—Hombre prudente; podrías haber inspirado en nuestro Patrón Imperial el deseo de emular al macedonio marchando hacia Partia. A pesar de su innato genio militar, y esto y lo otro, no puedo estar seguro de que el ejército hubiera estado a la misma altura. Esos arqueros partos, tú sabes… —dejó arrastrar la voz.

—No. Ya que preguntas, el tema son las guerras civiles.

Petronio sacudió las manos:

—Es lo que he oído y me alarma más de lo que pueda decir, mi querido muchacho. Es un tema lleno de trampas, aun después de cien años. Al menos dos tercios de las familias aristocráticas sobrevivientes pelearon del lado perdedor. Puedes complacer al emperador; repito: Puedes y lo subrayo, pero ten por seguro que vas a pisar una multitud de callos. ¿Qué tan largo es el poema?

—Una épica en doce libros. Nueve ya están escritos…

—¿Una épica, mi muy buen señor?

—Una épica.

—Pero la épica ya es ridícula. Está pasada de moda.

—La mía no va a estarlo. Hago que mis guerreros usen armas modernas, evito la absurda intervención personal de los dioses; doy vida a la narración con horripilantes anécdotas, metáforas que quitan el aliento y todos los tropos retóricos que existen. ¿Quieres que te lea unos versos?

—Si insistes.

Mientras Lucano se aleja en busca de su rollo de papiro, Petronio me jala de la manga:

—Argentario, debes detener esta insensatez, de alguna manera, de cualquier manera. El emperador acaba de preguntarme: “¿Qué te parecieron esos versos sobre la batalla de Accio que te enseñé la otra noche? ¿Estabas demasiado bebido para comprenderlos?”. “No, César”, le aseguré. “Tus notables hexámetros me desembriagaron en un instante”. “¿Entonces reconoces que soy mejor poeta que Lucano?”. A lo que contesté: “¡Por los cielos! No hay comparación”. Él debió tomar esto muy bien porque enseguida dijo: “Bueno, porque esos versos forman parte de mi gran poema épico moderno”.

Ilustración: Raquel Moreno

Lucano regresa. Petronio interrumpe la frase dramáticamente y toma el rollo. Lucano lo observa leer. Después de un incómodo cuarto de hora, Petronio deposita el rollo y pronuncia:

—Esto necesita aún mucho pulimiento, Lucano. No digo que no sea bueno, pero está lejos, realmente lejos de ir a los copistas. Guárdalo en un cajón durante algunos años. En mi opinión (que no puedes darte el lujo de despreciar) la épica moderna es una forma que sólo los estadistas retirados o los emperadores jóvenes deben intentar.

Lucano palidece.

—¿Qué quieres decir? —pregunta.

—Nada tengo que agregar a lo que he dicho —contesta Petronio y ondea la mano en señal de despedida. A propósito, Petronio estaba tan borracho que parecía sobrio.

La mañana siguiente, temprano, Lucano trató de obstruir el paso a Petronio en la Vía Sagrada pero se vio conducido, forzosamente, a la trastienda de una cantina.

—Escucha, imbécil —dijo Petronio—. Nadie niega que tú eres el mayor poeta del mundo, con una excepción; pero esa excepción se ha enterado de tu proyecto y en verdad va a enojarse muchísimo si intentas competir con él. ¡Por el amor de Vulcano, prende el horno con ese condenado papiro! ¡En vez de eso escribe un libro rimado de cocina! Me encantará ayudarte a hacerlo. O escribe uno más de tus epigramas amatorios sobre negras con vientres lascivos y pelo como el vellón del cordero negro lafistiano de Zeus; o ¿qué tal una apología pindaresca sobre la habilidad del emperador como conductor de carros? Cualquier cosa en el mundo menos un poema épico sobre las guerras civiles.

—Nadie tiene derecho a refrenar mi Pegaso.

—Ésas fueron las famosas últimas palabras de Belerofonte —le recordó Petronio—. El amo del trueno envió entonces un tábano que picó a Pegaso bajo la cola y Belerofonte cayó rotundamente y rodó un gran trecho.

Lucano se encendió.

—¿Quién eres tú para hablarme de precaución? Tú satirizas a Nerón como Trimalción en tu novela satírica, ¿no? Nadie puede equivocar el retrato: sus chistes planos, su plática insensata y divagada, su gusto toscamente vulgar, su autocompasión descorazonadora. ¡Oh, ese bizco, lujurioso, iletrado, inepto, megalomaníaco, morboso, desproporcionado montón de carne!

Petronio se levantó.

—Realmente, español, creo que éste es el adiós. Hay ciertas cosas que no se pueden decir con decencia en cualquier compañía.

—Que yo, sin embargo, he dicho y volveré a decir.

Fue, en efecto, su último encuentro. Un mes más tarde Lucano invitó a algunos amigos a un banquete privado donde, después del postre, declamó los primeros doscientos o trescientos versos de su poema épico. Empezaba describiendo a las guerras civiles como la desgracia más grande que Roma sufriera y, sin embargo, con una amplia compensación: esa desgracia permitió el eventual ascenso de Nerón. Continuaba prometiéndole a Nerón que a su muerte iría derecho a las estrellas como el divino Augusto y sería aún más divino de lo que ya era, con la opción, por lo tanto, de decidir si se convertiría en Júpiter y esgrimiría el Cetro Olímpico o en Apolo y conduciría el celestial Carro Solar.

Hasta ahí todo estaba bien. Pero enseguida vino el ajuste de cuentas. Deben comprender que Petronio se había librado con la sátira de Trimalción porque era un artista, cuidadoso de no molestar con cualquier disparate o vulgaridad reales de Nerón que se hubieran hecho cosa pública, sino caricaturizando el tipo de comportamiento que (de dientes para adentro, claro) llamábamos neronismo. Nerón nunca se hubiera reconocido en el nouveau riche Trimalción y, obviamente, nadie se hubiera atrevido a aclarárselo. Pero Lucano no era un artista. Su burlona apología heroica pronto degeneró en grotesca caricatura: rogaba a Nerón que cuando fuera deificado no privara a Roma de su pleno esplendor instalándose en las regiones árticas del cielo o en el sur tropical, desde donde sus venturosos destellos tan sólo nos llegarían estrábicamente y no debía, por favor, apoyarse muy pesadamente sobre algún sitio particular del éter por temor a que su divino peso ladeara el eje celestial y lanzara todo el Universo fuera de su engranaje. El idiota enfatizaba cada punto con un horrible gesto, lo cual causó tal embarazo que el banquete se disolvió en confusión.

Nerón sólo oyó un vago rumor sobre el asunto, pero bastó para preguntarle a Petronio si a Lucano le habían advertido que no invadiera la reserva imperial. Petronio contestó sin titubeos:

—Sí, César. Le expliqué que sería ridículo de su parte competir con su maestro en literatura.

Así que Nerón envió un par de guardias a casa de Lucano con un breve mensaje: “No escribirás más poesía hasta nuevo aviso”.

La secuela es bien conocida. Lucano persuadió a otros cabezas calientes a unirse en su complot para asesinar al emperador en nombre de la libertad artística. Fracasó. Sus amigos fueron arrestados y Lucano hizo que un cirujano le abriera las venas en el baño tibio de costumbre, donde declamó un fragmento trágico de sus “Conquistas de Alejandro” sobre un soldado macedonio que muere por la pérdida de sangre.

Naturalmente el padre de Lucano tuvo que seguir su triste ejemplo y lo mismo el viejo Séneca (todo esto fue más bien duro para mi pobre hermana). Más aún, Lucano dejó una carta brutal para el emperador, si brutal es una palabra con la suficiente fuerza, donde al paso calificaba a Petronio de cobarde por sacar el bulto en el retrato de Trimalción. Así que Petronio también se vio envuelto en esto.

Pero del banquete yo había salido corriendo rumbo a Ostia, unas pertinentes doce millas, con todo el oro que pude meter en una bolsa, y me embarqué a Éfeso. Ahí me teñí el pelo, me cambié el nombre y permanecí en la sombra por tres o cuatro años, hasta que fue un hecho que investirían a Vespaciano con la púrpura. Afortunadamente fui estúpido en la escuela y nunca tuve la más mínima ambición literaria. Pero nadie en Roma me pudo tocar, como si fuera un hombre a larga distancia.

Versión de Óscar Reyes Retana

De nuestro bazar

Glutenpsicosis

• Hace poco hubo en Estados Unidos una Expo Libre de Gluten y Alergénicos. Había papas fritas, dips, sopas, cocidos, panes, crotones, prétzels y cervezas libres de gluten. Pastas artesanales italianas libres de gluten. Incluso comida para perros libre de gluten. Un agente viajero se especializaba en vacaciones libres de gluten y una mujer ayudaba a planear bodas libres de gluten. Un anuncio ofrecía hostias libres de gluten.

Ilustración: Víctor Solís

• Los seres humanos han comido trigo, y el gluten que trae, durante al menos diez mil años. Para la gente que padece la enfermedad celíaca —cerca del 1 % de la población estadunidense— la menor exposición al gluten puede disparar una reacción inmune capaz de dañar severamente el vello del intestino delgado. Hace una década, el otro 90 % de la población estadunidense no pensaba mucho en el gluten. Pero, llevados por gente como William Davis, un cardiólogo cuyo libro Barriga de trigo creó un imperio fundado en la convicción de que el gluten es un veneno, la proteína se ha vuelto una villana culinaria. Se culpa al gluten de causar todas las enfermedades, desde la artritis y el asma a la esclerosis múltiple y la esquizofrenia.

• Hoy cerca de veinte millones de personas en Estados Unidos sostienen que de modo regular han experimentado malestares luego de comer productos con gluten, y una tercera parte de la población adulta estadunidense trata ya de eliminar el gluten de sus dietas. Un estudio que rastrea las tendencias restauranteras en Estados Unidos reveló que el año pasado los clientes ordenaron más de doscientos millones de platillos libres de gluten o de trigo. El síndrome ya hasta tiene un nombre: sensibilidad no celíaca al gluten, aunque a la fecha no hay pruebas sanguíneas, biopsias, antecedentes genéticos o anticuerpos que puedan confirmar un diagnóstico de sensibilidad no celíaca al gluten.

• Para 2016 las ventas de productos libres de gluten habrán sobrepasado los 15 000 millones de dólares, más del doble que hace cinco años.

• Algunos nutriólogos dicen que la preocupación en curso por los productos libres de gluten les recuerda la obsesión nacional de quitarles grasas a los alimentos a finales de los años ochenta. Alimentos “bajos en grasas” con frecuencia están repletos de azúcar y calorías en vez de grasa. Durante décadas ocurrió con la margarina que los doctores la recomendaban en vez de la mantequilla porque se creía a la grasa de aquélla menos peligrosa. Esto se dio por hecho hasta principios de los años noventa, cuando un estudio arrojó que mujeres que comían cuatro cucharaditas diarias de margarina tenían un 50 % más de riesgo a enfermarse del corazón que quienes rara vez o nunca comían margarina. Lo mismo es cierto de muchos productos que se anuncian como “libres de gluten”. Peter H. R. Green, uno de los más prominentes doctores en la enfermedad celíaca, dice que con frecuencia las versiones libres de gluten de alimentos que tradicionalmente tenían de base el trigo son en realidad comida chatarra. Basta con ver las etiquetas de muchos productos libres de gluten. Ingredientes como fécula de arroz, fécula de maíz, tapioca y fécula de papa se usan con frecuencia para reemplazar la harina blanca. Pero son carbohidratos altamente refinados y sueltan en el torrente sanguíneo tanta azúcar como los alimentos desechados.

• Si no hay enfermedad celíaca, dice el doctor Green, los médicos por lo general no le dicen a la gente que son sensibles al gluten, de modo que se trata de una enfermedad en su mayor parte autodiagnosticada. “Éste es uno de los problemas más difíciles a los que me enfrento en mi práctica diaria”. Por ejemplo, fue a verlo un ejecutivo que acababa de retirarse de una compañía internacional. Tenía su “coach de vida”, uno de cuyos consejos fue que llevara una dieta libre de gluten. Lo mismo recomiendan ya podólogos, quiroprácticos, hasta psiquiatras. “Un amigo me dijo que su esposa estaba viendo a un psiquiatra por motivos de ansiedad y depresión. Y una de las primeras cosas que el psiquiatra le dijo es que hiciera una dieta libre de gluten. Esto se está yendo de las manos. Cada vez nos encontramos con más casos de ortorexia nerviosa”: personas que progresivamente se privan de diversos alimentos por creer que eso les mejora la salud. “Primero, dejan el gluten. Luego el maíz. Luego la soya. Luego los tomates. Luego la leche. Al rato ya no les queda nada que comer; y más aún, hacen proselitismo al respecto. Lo peor es lo que los padres les están haciendo a sus hijos. Es cruel e inusual poner a los niños a una dieta libre de gluten sin que el tratamiento haya sido indicado por un médico. La percepción de los padres de que los niños se sienten mejor con una dieta libre de gluten es aún más engañosa que la autopercepción”.

• Concluye Green que a su oficina llega siempre gente para dejarle muestras de productos libres de gluten. “Y en cuanto me los como lo lamento. Me da taquicardia. Me dan náuseas. Porque ¿cuáles son los ingredientes que venden comida? Sal, azúcar, grasa y gluten. Si los fabricantes quitan uno, le añaden más del otro para que el producto sea atractivo a la gente. Si no tienes enfermedad celíaca, estas dietas no van a ayudarte”. Al parecer la gente olvida que un pastel libre de gluten sigue siendo un pastel.

Fuente: The New Yorker, 3 de noviembre, 2014

De nuestro bazar

No oigo cantar a las ranas (fragmento)

A mí me gusta el mundo, por eso quiero estarme en él cuanto tiempo sea posible, porque creo junto con otros que sólo la vida existe, lo demás lo inventamos. Para inventar, como para el amor y los desfalcos, es necesario estar vivos. Sabemos esto tan bien como sabemos de la muerte. La muerte que es sólo asunto de los vivos, delirio de los vivos.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

Temo perder los mares y la piel de otros, temo que un día no estaré para maldecir el aire turbio de las mañanas en la ciudad de México, temo por la luz que no veré en los ojos de mis nietos, temo olvidar los chocolates y los atardeceres, temo que no estaré para el temible día en que desaparezcan los libros, temo que no sabré de qué color es Marte, ni si lloverá en abril del 2060. Por eso mientras puedo, quiero cada minuto de mi vida y cada instante de las vidas ajenas que pesan en la mía.

De nuestro bazar

Manifiesto del Movimiento Masculinista Nordestino

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En las cuestiones ligadas a la discriminación y a los papeles sexuales, las mujeres ya agarraron su onda (con 180 grupos de feministas organizados), los homosexuales y los bisexuales también, y hasta los machos se organizan y se solidarizan, como se vio en el caso de aquel tipo que golpeó a su mujer y tuvo el apoyo de la Asociación de los Maridos Traicionados, fundada en Ceará, Brasil. Todos los sectores se movilizan. ¿Y cómo quedamos nosotros, que no somos mujeres ni homosexuales ni bisexuales, y rechazamos el modelo machista que nos es impuesto desde niños como marca de la masculinidad?

Ilustración: David Peón

La respuesta está en el masculinismo: un movimiento crítico, autocrítico, cachondo, solidarista y convivencial. Sabiendo que de cartas de principios y discursos generosos la humanidad ya está hasta la madre y el padre, ponemos el dedo en la llaga a través de un manifiesto y una proclama de lo que rechazamos y lo que pretendemos transformar para vivir mejor.1

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Ésta es una contribución del MMN (Movimiento Masculinista Nordestino), cuyo símbolo está representado por un cacto erecto o en reposo. Detalle: el cacto no tiene espinas. Las principales banderas son:

• Contra el terror machista
• Contra la dictadura clitoridiana
• Contra el homosexualismo autoritario
• Por la reconciliación del espermatozoide con el óvulo

Renunciamos a todas las prerrogativas del poder machista. Que ombre sea escrito sin H. No nos consideramos ni superiores ni inferiores a las mujeres, a los gays y a los bis, somos diferentes e iguales.

Rechazamos todos los modelos prefabricados de sexualidad, moralistas o vanguardosos, partiendo de tres principios: 1. La carencia no se inventa; 2. Receta sólo de pastel; 3. Vanguardia también es masa.

Somos solidarios con cualquier salida (o entrada) sexual que la humanidad tenga a bien inventar y gozar, siempre que no haya imposición o violencia. Y exigimos que se respete nuestra opción fundamental: nos gusta la mujer.

3

• Abajo el paraguas negro; no somos zopilotes
• Abajo las exigencias de traje y corbata
• Contra el reloj checador
• Por el derecho a orinar sentado
• Por el respeto al pudor masculino: mingitorios privados
• Por el amparo a los padres solteros abandonados por las mujeres amadas desalmadas; guarderías en las cantinas
• Queremos pensión por viudez, pensión alimenticia y licencia por cuidados paternos. No amamantamos pero podemos preparar biberones y cambiar pañales
• Por la liberación de la lágrima masculina.
• Por el reconocimiento y el respeto a la menstruación masculina
• Contra el cierre del mercado de trabajo a los hombres: queremos ser secretarios, telefonistas, nanas, etc.
• No queremos ser jefes de familia ni regentes sexuales. Igualdad fuera y arriba de la cama
• Queremos coger más por debajo
• Queremos que nos canten y que nos cojan
• Por el derecho a decir no, sin broncas, ni cuestionamientos de nuestra masculinidad
• Por el derecho de que no se nos pare sin explicaciones; a la mujer también le falla. Aquél que nunca falló que tire la primera piedra
• Abajo la máscara de la fortaleza masculina. Queremos tener derecho a asumir nuestras fragilidades
• Abajo el complejo de cornudo. ¿Por qué la mujer no es cornuda? Fidelidad o infidelidad recíprocas
• La caballerosidad es cansada, aburrida y costosa. Delicadeza es unisex. Que sea extinguida la caballerosidad o se instaure, también, la damosidad.
• Queremos recibir flores
• Exigimos la modificación del Padre Nuestro: “Padre y madre nuestros… Bendito sea el fruto de nuestro vientre y de nuestro semen…”
• Por la capacitación de los hombres desde la infancia para tareas tomadas como femeninas. Queremos aprender corte, confección y costura; cocina; ciudado de niños, etc. En contrapartida, enseñaremos a las mujeres a cambiar llantas, tanques de gas y fusibles; a defenderse con los puños, espantar ladrones, matar cucarachas y ratones
• Por la paternidad responsable y contra la gravidez y el uso de los hijos como chantaje sentimental contra nosotros
• Protestamos contra el hecho de que nuestro órgano de amor sea representado con espadas, cañones, macanas y otros instrumentos de agresión y guerra. Sólo aceptamos la simbolización a partir de cosas gustosas y sanas: chocolates, bizcochos, bananas, lápices de labios, paletas, pirulís, etc.
• Denunciamos como principales vías conductoras del machismo a las abuelitas cándidas, las mujercitas fresas, las madrecitas posesivas y las profesoras asexuadas

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Considerando que muchos masculinistas trabajan dos turnos, estudian y frecuentan un millón de reuniones y eventos, sin hablar de poligamias posibles, no iríamos a incurrir en la actitud fascista de inventar una reunión más para la comunidad masculinista. Por lo tanto, nuestro principio de organización es el siguiente: grupos de uno y cada grupo obedece a su jefe. Asamblea general con ego, id y superego. Voto de minerva para ego.

Convencidos de que la perfección no es una meta y sí un mito, buscaremos hacer un esfuerzo para romper un 70 % de nuestro machismo actual e incrementaremos con nuevos puntos este manifiesto, aceptando la contribución crítica y propositiva de todos los masculinistas y otros segmentos sexuales, preservada nuestra opción fundamental por las mujeres.

Denunciamos a los machos engreídos, que utilizando el discurso masculinista pretenden sólo dar los anillos para no perder el dedo. Retroceden en un 30 % de machismo para mantener 70 %. Es la Nueva República del Machismo.

Somos todos oprimidos. Y, siendo los hombres estadísticamente minoritarios frente a las mujeres, esto ya nos caracteriza como minoría oprimida. Nosotros, hombres masculinistas, sufrimos la represión de los machos, de las feministas sectarias y de los gays autoritarios. Requerimos, por lo tanto, del apoyo extremo y la solidaridad máxima por parte de la sociedad inservil.

 

Marcelo Mario de Melo


1 El Manifiesto Masculino Nordestino (MMN) fue publicado en Brasil por el Pasquim de São Paulo en la semana del 24 al 31 de julio de 1988.

De nuestro bazar

Huevos a la Nabokov

Hierva agua en una cacerola (si burbujea es que ya está hirviendo). Saque dos huevos (uno por persona) del refrigerador. Póngalos bajo el chorro del grifo. Coloque cada uno en una cuchara, uno después de otro, y deslícelos silenciosamente en el agua (hirviendo). Consulte su reloj de pulsera. Manténgalos en sus cucharas para evitar (son propensos a rodar) que se quiebren contra el maldito borde de la cacerola. Si, como siempre, un huevo se astilla en el agua (que hierve como loca) y comienza a vomitar una sustancia blancuzca como un médium de los antiguos tiempos, sáquelo y tírelo. Tome otro y sea más cuidadoso. Después de que hayan pasado 200 segundos o, digamos, 240 (tomando en cuenta las interrupciones), saque los huevos. Colóquelos en una copa. Golpee con una pequeña cuchara hasta levantar la cáscara. Tenga listo un poco de sal y pan (blanco) con mantequilla.

Ilustración: Raquel Moreno

De nuestro bazar

La crisis de 1915

Toda crisis revela y fija de manera semejante al procedimiento fotográfico los perfiles generales de una sociedad. Lo difícil es describir la fotografía que resulta. Al empezar a revelarse el panorama todo aparece, pero entremezclado, con perfiles difusos y rasgos imprecisos.

Ilustración: Izak Peón

Para la “crisis del año 15” (por precisión cronológica de 1913 a 1916) la lectura actual de esa fotografía se dificulta aún más porque pesa demasiado una tradición temporal lineal, de sucesión cronométrica, en la descripción de los hechos históricos. La lectura de acontecimientos en sucesión calendárica provoca, en el espectador actual, la misma impresión de caos que sintieron sus contemporáneos.

Estas notas ensayan una descripción de esa fotografía enfocando detalles sueltos, tratando de ver lo que revela la parte de “arriba” —vinculada con lo que queda “fuera”— y lo que sucede “abajo” y “adentro”.

Los contemporáneos que dejaron testimonio sobre esos días subrayan el desorden, la confusión. Una impresión seguramente inevitable: en 1915, y con intervalos de entre tres y cuatro meses, constitucionalistas y convencionistas no cesaron de disputarse la ciudad de México. En la historia de las clases populares urbanas, 1915 fue “el año del hambre”.

La crisis, en la ciudad, no se parecía a las que se habían conocido en otras épocas. Aquéllas se habían resentido como resultado de catástrofes agrícolas. Ésta era más una cuestión de hegemonía que de economía. El origen de los problemas era político: se jugaba la ciudad para decidir la revolución, aunque sus efectos visibles fueran económicos: escasez, carestía, desorden monetario.

La crisis se inicia como resultado de las movilizaciones militares. Los ferrocarriles, controlados por los ejércitos en contienda, eran utilizados exclusivamente con fines militares —traslado de pertrechos y tropa— y dejaron de introducir granos y mercaderías. Luego se requisaron todos los caballos y mulas para los mismos fines, lo cual explica mejor la interrupción drástica del abastecimiento urbano. Los vaivenes de la contienda política explican también por qué se alternaba la escasez de los bienes en la ciudad. Cuando los convencionistas controlaban México, era usual que hubiera verduras, frutas de tierra caliente, maíz de Toluca, pero no carbón. Pero cuando los constitucionalistas controlaban la ciudad ocurría casi lo contrario.

Este escenario de escasez y de conflicto político benefició a los especuladores —acaparadores, vinculados con la antigua clase de comerciantes— y a los hacendados. Éstos reaccionan ante la coyuntura como siempre lo habían hecho. Un ejemplo: cuando Obregón ordena incautar los alimentos de primera necesidad, los comerciantes se protegen acudiendo a las argucias utilizadas por Escandón durante los enfrentamientos políticos del siglo XIX. Exigen respeto a la libertad de comercio, cierran o amenazan con cerrar sus establecimientos y almacenes, se alían con los cónsules y embajadores de los países poderosos y ponen en sus negocios las banderas inglesa, francesa o española para sustraer sus propiedades del espacio nacional. Hecho todo esto se declaran “neutrales” en la contienda y se sientan tranquilamente a esperar el paso de los acontecimientos.

Otra escena: en los momentos más difíciles del enfrentamiento entre propietarios y revolucionarios, Álvaro Obregón exigió una contribución especial para establecer tiendas populares. Los propietarios se reunieron en el Teatro Hidalgo —eran sólo 400— para preparar una respuesta política. Enterado, Obregón mandó rodear el edificio con las tropas de los temibles yaquis, dejó salir a los extranjeros y remitió a los demás a la demarcación de policía.

Para ilustrar el carácter de los conflictos, el mejor ejemplo es el llamado “asunto de los cartones”.

Como era tradición desde tiempos coloniales, la fuerza de los comerciantes radicaba en su capacidad para controlar la cantidad de moneda en circulación. Desde 1914 comienzan a desaparecer las monedas. Sólo giraban unas cuantas y lo hacen con beneficio especulativo: un 14 % de “premio”. Sin moneda corriente, cada jefe revolucionario se vio obligado a imprimir su propio papel moneda y a declararlo en circulación forzosa en el territorio que mantenía bajo su control. Si la ciudad de México veía alternarse el control político-militar cada tres meses, el resultado era obvio: con el papel moneda se jugaba la apuesta de la revolución. Entre 1914 y 1916 proliferaron las “casas de cambio” en la ciudad de México. Los billetes carrancistas eran aceptados por debajo de su valor nominal cuando dominaba la Convención y se devolvían a la circulación “con premio” cuando retornaban los constitucionalistas.

 

La población perdió así la confianza en el papel moneda. Las transacciones menudas se hacían con boletos de la Compañía de Tranvías (que al menos conservaban su valor de un viaje). Los efectos de esta “guerra” fueron diferentes para los distintos sectores de la población. Los más pobres regresaron, por decirlo de alguna manera, a las transacciones directas, sin intermediación de dinero: bien por bien, servicio por servicio. O salían fuera de la ciudad hacia los municipios más rurales, donde todavía podían alimentarse con quelites y verdolagas que recogían en el campo. En cambio, los más ricos utilizaban sólo moneda “segura” —el dólar oro— y con base en ella hacían todas sus transacciones. Lo que sucedió, de hecho, es que se establecieron dos circuitos monetarios que chocaban continua e irremediablemente provocando verdaderas colisiones sociales. Las mercancías, por ejemplo, se vendían tasando su precio en oro, pero los salarios de los trabajadores (y las contribuciones que pagaban al ayuntamiento los propietarios) se cubrían en papel moneda.

Las demandas que planteaban los trabajadores y obreros urbanos a sus inestables autoridades aumentaron conforme se agudizaba la crisis. Primero se exigió que se mantuvieran en circulación todos los papeles moneda revolucionarios. Más tarde se pidió que se suprimiera definitivamente el uso de papel moneda y que se pagaran los salarios en oro.

Convencionistas y constitucionalistas, que podían hacer poco por controlar la crisis sin antes decidir el triunfo militar, reaccionaron en forma muy distinta: Zapata ordenó troquelar monedas de plata (que desaparecieron rápidamente del mercado). Por su parte, Carranza imprimió “bilimbiques” en exceso.

Para Luis Cabrera, ese caos monetario era “una parte de la lucha de la revolución contra el capitalismo. Éste fue vencido militarmente pero quiere arruinar el movimiento restaurador. Los comerciantes y los bancos se deshacen del papel viejo y sólo sufren las clases pobres que son las únicas que resienten las consecuencias de la depreciación y del alza de precios”. Sólo hasta que la lucha militar quedó resuelta se pudieron tomar medidas para controlar el proceso. En 1916, en plena huelga general, Carranza propuso desmonetizar los billetes, establecer una nueva paridad con el dólar, depreciar la propiedad urbana —las rentas en papel moneda capitalizadas al 6 % pero estimadas en oro, se habían traducido en valores exorbitantes para el suelo urbano— y establecer una banca única de emisión central. Además, agregó, los ricos serían obligados a pagar sus contribuciones y se distribuirían tierras nacionales entre los pobres a precios moderados.

El año de 1915 se recuerda más por los efectos de la crisis que por sus causas. Días antes de la primera entrada de los zapatistas a México, el comercio cerró. La población urbana comenzó a comprar alimentos en exceso para almacenarlos en su casa. Se temía a los saqueos. Cuando entró Villa con sus tropas, se repitió la escena, pero además, lo acompañaban 20 000 soldados que también demandaban alimentos. Cuando volvió Obregón y los zapatistas se replegaron a Padierna, se suspendió el suministro de luz (porque los zapatistas cerraron las fuentes de Xochimilco) y como tampoco había carbón, los habitantes tenían que salir de la ciudad, de noche y a escondidas, a cortar árboles de calles y avenidas para hacer fuego.

Con el regreso de la Convención la situación se hizo insostenible: un profesor, que ganaba 3 pesos diarios, podía comprar un kilo de manteca de 2 pesos y un cuartillo de maíz con 45 centavos. En el tiempo de los más altos precios (enero de 1916) se necesitaba el salario de un día de trabajo para comprar un kilo de papa.

Ante esta situación, convencionistas y constitucionalistas actuaron siguiendo lógicas distintas para intentar resolver los problemas que se planteaban a las masas urbanas. Los de la Convención se dedican a legislar en “bien del pueblo”, aprueban proyectos generales —para requisar bienes básicos, para abrir tiendas populares, para que el gobierno fuera el único autorizado para comerciar al menudeo—, pero no lograron establecer, ni buscaron probar, mecanismos para que esas leyes fueran ejecutadas; tampoco contaban con el soporte militar necesario para imponerlas por la fuerza.

Cuando la Convención se reunió para discutir lo que debía hacerse para controlar los precios, una multitud de mujeres irrumpió en la Cámara de Diputados llevando canastas vacías y exigiendo justicia. Un delegado tomó la palabra y sugirió que ahí mismo se hiciera una colecta para repartir dinero. Las mujeres respondieron: “No queremos dinero, queremos pan” y abandonaron el recinto.

Otra escena: la Convención anuncia que se establecerá un puesto de socorros en los patios del Palacio de Minería, donde se venderá maíz a “todo el pueblo”. Era mayo de 1915 y la noticia corrió como pólvora. Horas más tarde había miles de personas concentradas en el lugar señalado. La hora anunciada para iniciar el reparto se retrasó por alguna razón. Entonces la muchedumbre se avalanzó contra las rejas del edificio. El tumulto alcanzó tal magnitud que los soldados de la Convención tuvieron que dispersar a los hambrientos a balazos.

Las formas de proceder de los constitucionalistas eran más directas. Obregón se preocupaba menos por las reglas generales o su discusión y más por su aplicación específica. Facilita las cosas —arreglando contactos con otros generales— para que los líderes de la Casa del Obrero Mundial introduzcan víveres y los distribuyan favoreciendo a sus agremiados. El sindicato de maestros y los empleados del ayuntamiento fueron invitados a hacer lo mismo. Asegurado, con el general que controlaba alguna de las entradas de la ciudad, el permiso para introducir los víveres, se abrían tiendas a las que tenían acceso exclusivo los afiliados a cada gremio. Los militares hicieron lo mismo con “su gente”. El control fue más eficiente y “el pueblo” dejó de ser una entidad abstracta. El esquema no llegaba a incluir, como es de suponerse, a los grupos populares que no estaban organizados.

Para junio de 1915 las escenas de desorden se multiplican: mujeres, con canastas vacías, recorren los mercados de la ciudad sólo para encontrarlos cerrados; caminan todo el día, de San Juan a la Merced, de la Lagunilla al Martínez de la Torre. Por todos lados aparece gente dispuesta a romper puertas con hachas y cuchillos, a asaltar comercios. Los comerciantes, por su parte, armados y parapetados en las azoteas, defienden sus propiedades.

Ya para entonces todas las fábricas del Distrito habían cerrado (tampoco los ferrocarriles introducían materias primas para la producción). La ciudad estaba llena de desempleados y de limosneros que deambulaban sin rumbo fijo y dormían en las calles. El tifo comenzó a hacer estragos. El ayuntamiento reconoció su incapacidad para mantener el gobierno de la ciudad en esas condiciones y la dejó a su propia suerte. Declaró que no podía hacerse cargo ni mantener a los huérfanos y ancianos de los asilos ni a los pensionados del manicomio de la Castañeda y abrió las puertas de esos establecimientos para dejarlos libres para luchar por su propia subsistencia.

Las relaciones que ambos grupos revolucionarios establecieron con y ante los propietarios urbanos también siguieron lógicas distintas.

 

Cuando Obregón se presenta a hablar con los comerciantes en el Teatro Hidalgo, que previamente había ordenado rodear con tropas yaquis, les dice que si ellos no contribuían a resolver las necesidades del proletariado, “como el hambre no se mitiga a balazos”, el pueblo acabaría echándose sobre los acaparadores y “el gobierno no podría hacer nada para garantizar a la propiedad”. Vigila personalmente que cada uno pague su cuenta.

Los que se resisten son obligados —ante el azoro de las clases medias y el entusiasmo de los obreros rojos— a barrer las banquetas frente a Palacio Nacional.

En plena huelga general de 1916, y ante la exigencia de que los salarios se pagaran en oro, Benjamín Hill aplicó esa misma política de “la reata bien templada”: los propietarios resolvían las demandas obreras o serían arrestados. Inmediatamente se llegó a un acuerdo.

Pero la reata también se templaba para el otro lado. En julio de 1916, cuando los trabajadores, entusiasmados por sus propios éxitos, llamaron nuevamente a huelga general y 86 000 obreros pararon la ciudad dejándola sin luz, agua, tranvías, teléfonos, coches, boticas y peluquerías, Carranza revivió la Ley Juárez de 1862, restableció la pena de muerte para quien suspendiera el trabajo en las empresas públicas, abrió un Consejo de Guerra contra los huelguistas, clausuró la casa de Obrero Mundial y deportó en masa a los líderes obreros. Una vez descabezado el movimiento de los trabajadores, reinició las negociaciones con los propietarios: estableció una Comisión Monetaria para controlar la emisión de billetes y exigió que los salarios, los impuestos y las contribuciones fueran pagados en oro.

A pesar del mito que precedió a la llegada de las tropas de Zapata, el Atila, “el salvaje de perversos instintos y sus repugnantes chusmas afectas al robo”, la realidad se mostró muy distinta. Zapata hizo pronto evidente su desinterés por la ciudad: “No nos hemos lanzado a la lucha para habitar palacios, tener magníficos automóviles y conquistar puestos públicos. Peleamos para derrocar a la tiranía y conquistar libertades para nuestros hermanos”.

La tropa zapatista tampoco resultó tan temible como había sido anunciada. Entró el ejército sin columnas formadas (sin jerarquías militares), en “pelotera”: la caballería mezclada con la chusma. Escribe un observador: “Más que vencedores mostraban a quienes habían sufrido hambre, inclemencias del tiempo, grandes caminatas. Muchos jóvenes casi niños, caras curtidas al sol, greñudos y andrajosos, muchos hablaban idioma mexicano”. Con los días, la gente de la ciudad se acostumbró a verlos. Llegaban por el paseo de Bucareli y la nueva Reforma, arma en bandolera, cargados de parque, y respetuosamente tocaban a las puertas de las grandes casonas, se quitaban el sombrero y pedían algo de comer: “Nosotros no robamos, pedimos lo que es de justicia”.

Muchas otras escenas se desprenden de esa fotografía de la crisis de 1915. Al analizar esas reacciones y observar las formas diversas de establecer relaciones en el conflicto, se van dibujando, aunque borrosamente, los perfiles del nuevo ordenamiento revolucionario.

 

Alejandra Moreno Toscano


Ramírez Plancarte, F. La ciudad de México durante la Revolución Constitucionalista, Botas, México, 1941.

Taracena, A. La verdadera Revolución Mexicana. Jus, México, 1972-5 tomos correspondientes a 1910-11, 1911-13, 1913-14, 1914-15, 1915-16, 1916-18.

Carranza, V. Plan de Guadalupe. Decretos y Acuerdos 1913-1917, Secretaría de Gobernación, México, 1981.

Fondo Genovevo de la O. en el Archivo General de la Nación. Decretos y Proclamas 1913-1916.

México a través de los Informes Presidenciales: la ciudad de México, Secretaría de la Presidencia-Departamento del Distrito Federal, México, 1976, Tomo 16 (4 vols.).

De nuestro bazar

Las siete edades de un planeta
(Poema cósmico)

El texto que presentamos es el abstract de un artículo científico (revista Icarus, Vol. 26, No. 1, 1975). Su autor, investigador de la Universidad de California, está interesado en los procesos fundamentales que determinan el volumen de un planeta. El tema, según él, ha sido soslayado por la planetología en boga, orientada al estudio de las superficies planetarias. Lo curioso es que el resumen de estas ideas da lugar a un interesante poema. En la traducción se ha buscado conservar el equilibrio entre la exactitud científica y la calidad literaria del original, con lo que tal vez ambas son traicionadas:

Ilustración: Oldemar González

Nuestro sistema es un escenario/ y el Sol los planetas son intérpretes./ Ellos tuvieron su nacimiento y tendrán ardiente fin./ Un planeta representa en su tiempo varios papeles./ Siete edades son sus actos. La primera/ es condensación: granos de polvo dirigiéndose hacia el plano nebuloso/ en masas cartilaginosas. Luego, los planetesimales/ que en ocasiones se rompen/ pero casi siempre crecen/ mientras el cálido aliento del Sol expele gas./ Y entonces viene la formación: arrasando los cuerpos a su paso, en ráfagas brutales/ para dar un poderoso vigor convectivo/ demasiado caliente para revestir una forma aunque,/ por la radiactividad impelida, el hierro puede hundirse y los mares gasificarse./ A continuación viene el plano tectónico: plomo enfriándose/ hacia la litósfera, con varias fracturas marginales./ Impulsos convectivos que una corteza transforma en un complejo anillo. Pero el calentamiento disminuye:/ la sexta edad muda hacia un vulcanismo final:/ no más el esparcimiento de la litósfera, sólo respiraderos/ de magma. Nix Olympica hacia la superficie/ terminando con el fraccionamiento./ En la última escena, la historia/ concluye en quietud: tiempo sin mezcla, sin planos, sin casi todo.

 

William Kaula

Ensayo

Enojo, pedagogía y política

El enojo, la ira y el dolor no se lograron transformar en política. La frase surge mientras hablo con una amiga chilena. Ella conoce su país y éste; yo, Siria y éste. Los tres, a distintos tiempos, se perdieron en el delirio de sus propias brutalidades. Siria sigue estancada en ellas. También México, de maneras distintas, sólo que en esta tierra no tenemos los entornos de aquéllos: sus dictaduras y sus usos. Aunque aquí los pone en práctica cuanto actor quiera. Desaparece gente a merced de criminales, se tortura y violenta a gracia del Estado. ¿Alguien recordará eso que nos enseñaron a los más viejos y llamábamos acuerdo social? Quizá al siglo XXI mexicano le vendría bien algo de Rousseau. No pido que se adopte a Platón o a Epicuro, no en estos tiempos. Tampoco a Hobbes. Sólo pido que se discuta junto a Jankélévitch o Habermas, porque ni siquiera somos capaces de notar que a nuestro Estado de naturaleza se le rompieron las vallas del establo.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

La ira, el enojo y el dolor no se transformaron en política. Los costos de la violencia en México y sus rutas no han sido un eje importante de ninguna plataforma tradicional. Casi todas los mencionan: las que tuvieron el poder y la que lo tiene hacen aspavientos de inquietudes mermadas. Con esas inquietudes ocupan espacios, aunque no muy grandes, y las ínfimas acciones políticas nacionales, que deberían acercarnos a una solución, se vuelven a relegar por temporadas. Esas emociones no se transformaron en política porque somos una sociedad que no las convirtió en tales. Porque en un círculo detestable han abundado los políticos que construyeron sus carreras desde la preocupación por los derechos humanos y dejaron sus angustias en casa, mientras decepcionaron a los muchos colectivos de víctimas. No se transformaron en política porque los colectivos y activistas no pudieron o no se interesaron en construir las vías con las que su trabajo —razón de vida y desesperación— diera el paso para convertirlos en actores políticos en primera persona más allá de sus objetivos naturales: buscar a sus hijos, buscar justicia para su memoria, encontrar asomos de verdad en un país demasiado propenso a la falsedad.

¿Alguien se atreverá a decir que la violencia y los derechos humanos comparten jerarquía de atención con la corrupción?

Al no transformarse en política, que es de todos, cada búsqueda, demanda, lucha por la verdad y la justicia se convirtieron en asuntos de individuos. Colectivos de búsqueda tienen que ver por sus desaparecidos, solos; si acaso, acompañados por pares. No por un segmento amplio de la sociedad mexicana. Familias de víctimas de masacres salen a la calle por los suyos, unos pocos se les suman. Siguen por su cuenta. Por su cuenta, es expresión de la apolítica.

Ha sido tanta la violencia y su exacerbación hace década y media, que a la necesidad por entenderla la convertimos en apariencia de necesidad y dejamos de lado la urgencia por pensar un fenómeno social —simultáneo y tal vez más angustiante— sobre el que la pregunta se extravió en el aire. No importa cuántas veces se haya preguntado y no son pocas.

¿Qué sociedad somos para abandonar la indignación? Somos ésa que responde pronto, como si se le ofendiera: “¡Claro que estamos indignados!”. Y resulta ofendida por el reclamo y no por su sujeto. No, no estamos indignados. No actuamos en consecuencia. No hemos hecho de los desaparecidos, de las fosas, de las violencias el motor del debate público.

¿Por qué ni siquiera nos hemos esforzado en tratar de entender las rutas de nuestra mezquindad o indolencia?

Las respuestas habituales se ahogan en la incomodidad de una resignación y en términos políticos, de lo diminuto.

El recurrente “nos hemos acostumbrado”, frente a la violencia, la crisis de derechos humanos e impunidad sólo encierra la falta de explicaciones, crítica, desinterés y ausencia de voluntad política y cohesión social. Sin la indiferencia, el delirio en que nos hemos sumergido no hubiera tenido espacio para desarrollarse como lo ha hecho.

Decir que “hemos normalizado” lo más detestable en nuestro país (no, no es la corrupción; es la infinita capacidad de tener muertos por violencia y desaparecidos), implica un grado de renuncia. Lleva a una conformidad sobre la que no tenemos derecho, por la dimensión del desastre.

La guerra contra el narcotráfico no encontró resistencia social, ni siquiera con sus formas, displicencias y complicidades. Sus fuera de todo límite, en un país que los detesta y no encuentra en la ley ni en la decencia un pilar al que asirse. La capacidad mexicana para soportar víctimas, verlas, saber de su existencia y ser una, mientras las esquiva, ignora y adecúa a su rutina. Un gobierno prendió el fuego en un territorio de brazas al rojo vivo y los dos siguientes, incluyendo el actual, perfeccionaron las trampas del discurso con el que la inmensidad de la tragedia se reduce a unos cuantos hechos, a un vacío de complacencia retórica, a nuevas complicidades.

No sólo siguiendo la misma estrategia, sino amplificándola con la Guardia Nacional y la vocación militarista de la actual administración, es vehementemente idiota suponer resultados diferentes. Pasó noviembre. La CNDH reporta a la Guardia Nacional como la corporación con más quejas sobre violaciones a derechos humanos. Le siguen la Secretaría de Marina y la Fiscalía General, ésa de la que no se ha escrito una sola loa salvo las que redacta y se lee a sí mismo su titular. Se encontraron diez cuerpos en Zacatecas, nueve de ellos colgados de un puente. Restos humanos descuartizados aparecen en Manzanillo. No hay semana en la que no lleguen alertas de menores de edad desaparecidos. Todos asumimos lo inimaginable al recibirlas. El Colectivo Solecito anuncia el hallazgo de 65 cadáveres y al menos 5000 restos humanos en una laguna en Puerto de Alvarado, Veracruz. La familia LeBarón se reúne en Ciudad de México por el segundo aniversario de la masacre en Bavispe, Sonora. No vi a un centenar de personas acompañándolas. Uno que otro político o exlegislador, un senador del que no me ha sido posible dar con opinión positiva porque a cada intento escucho: “Emilio nos utilizó”. Él es solo un ejemplo de la falta de interlocución real de las víctimas para hacer política de su desesperación. Cada partido tiene sus Emilios. Se llaman Alejandros, Patricias, Kenias, Piedras o lo que sea.

Al no convertir el enojo por nuestra violencia en política, prácticamente ninguno de los funcionarios que ha trabajado o trabaja en la materia puede sostener un debate serio sin caer en contradicciones, sobre la que muchos consideramos como la mayor de nuestras crisis (violencia y derechos humanos). Si a alguno le interesa, intentémoslo. El sistema al que se deben impone responsabilidades automáticas y al ser casi inamovible, en mayor o menor medida, surgen las frustraciones.

Por el bajo nivel de la política nacional, cualquier funcionario dedicado a alguna de las aristas de la barbarie mexicana sabe que sus muy personales objetivos, en caso de tenerlos, no puede afectar relaciones por encima de su cargo. Aquí, sin importar las cifras, hay siempre algo más importante que las víctimas. Entonces sus oficios, incluso sin mezquindades de por medio —más las que existen—, son contenidos de inmediato. Seguramente sin querer ser excusa, la disculpa más frecuente que ronda en el aire al intentar hablar con dichos funcionarios es una muestra de pavorosa y honesta mediocridad: siempre puede ocupar su puesto alguien que no tenga el menor interés en resolver algo.

Los medios y la opinocracia hemos jugado un papel perverso en la crisis. Escribí en Pensar México II un ejemplo de nuestra responsabilidad:

Entre las grandes deudas, sino la mayor de este país con su crisis de derechos humanos, se encuentran las disculpas que debe el Estado por las atrocidades cometidas bajo su amparo. Éste sería un primer paso en el esclarecimiento de la verdad y un asomo de voluntad política para otorgar garantías de no repetición. Distintos compromisos internacionales le facilitaron al gobierno actual el espacio y la obligación para iniciar procesos de justicia. Las disculpas han abundado. Entre las primeras, a fin de 2019, la petición de perdón por la violación a tres mujeres indígenas en Chiapas, en 1994, por miembros del ejército. Sin militares en el evento al que fueron convocadas las víctimas, éstas rechazaron la calidad de la petición debido precisamente a esta ausencia. En su transmisión, más de un medio evitó difundir la explicación que dieron las mujeres. Ganó la simulación, Estado y espectadores se quedaron con la parte más conveniente para la construcción de lo ilusorio. ¿Qué medios? Colaboro con la mayoría de los nacionales y no puedo arriesgar mi relación profesional con ellos. Entré al juego. Algunas perversidades son casi perfectas.

La academia es quien sale mejor librada, pero sus alcances políticos son por naturaleza restringidos y en medio de la sobrepolitización de nuestra vida pública, lo que se haga ahí correrá la misma suerte de recepción dicotómica que la atención a la pandemia.

Queda al menos una posibilidad. Enfocar el análisis intelectual a pensar las razones no sólo de la violencia, como tampoco lo hemos hecho hasta ahora, sino también del rechazo a centrar nuestra urgencia en ella. Quizá, ahí, con la participación de medios, hagamos política del enojo. Es decir: pedagogía sobre la tragedia e indiferencia nacional a manera de reclamo y convocatoria.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Su más reciente libro es Pensar México II.

El CIDE, el Colmex y el futuro de las universidades públicas mexicanas

El sábado 28 de noviembre Raúl García Barrios, investigador del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM, publicó un artículo en el diario La Jornada titulado “Con las barbas en remojo” (atención al título, al que volveré en la parte final de estas líneas, pues es quizás el aspecto más preocupante del texto). Dicho artículo comienza con el autor afirmando que “una veintena de investigadores del Colegio de México manifestaron su rechazo al doctor José Romero Tellaeche, director interino del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE)”. Efectivamente, la semana pasada, no “una veintena”, sino 42 profesores-investigadores del Colegio —entre los que me cuento— expresamos nuestra consternación respecto a lo que está sucediendo en el CIDE desde hace tiempo, particularmente durante las últimas semanas (ese número de firmantes, cabe añadir, se ha elevado a 48 hasta el día de hoy). Lo anterior se puede considerar un error menor, pero creo que sienta el tono de lo que sigue y anuncia lo que viene.

Ilustración: Patricio Betteo

La diferencia esencial entre el breve texto de algunos integrantes del claustro del Colegio de México y el artículo del Dr. García Barrios es que para los primeros ninguna institución académica tiene como objetivo apoyar a ningún gobierno, independientemente de su signo ideológico, sino que existen o debieran existir “ante todo, para crear, transmitir, fomentar y difundir el pensamiento crítico”. En cambio, según el autor, existen muchas instituciones académicas “cuyo propósito explícito ha sido la formación de cuadros para el Estado”. Como resulta evidente, estamos hablando de dos cosas distintas. Para el Dr. García Barrios, “gobierno” y “Estado” son sinónimos. Una vez encarrilado en esta confusión, el autor afirma lo siguiente: “Escatimar a la democracia el apoyo de las organizaciones académicas del pueblo es contradictorio: en una democracia verdadera, hasta la crítica debe ser democráticamente productiva y servir de apoyo al Estado democrático” (todas las cursivas son mías, pero no me puedo detener en ellas). Lo que sigue es un encadenamiento lógico que vale la pena consignar textualmente: “En consecuencia, Romero se plantea crear cuadros académicamente rigurosos (en lo cognitivo y en lo ético, y en lo crítico cuando sea adecuado [sic])  para apoyar a un gobierno que es producto del voto de una gran mayoría de la población en un ejercicio electoral genuino y está firmemente comprometido a mantener las condiciones para preservar esa misma democracia. En resumen, la denuncia de los investigadores del Colmex en contra de Romero carece en principio de fundamento, tanto fáctico como normativo”. Desde una perspectiva académica o intelectual, la cadena causal del Dr. García Barrios me parece muy discutible y hasta peligrosa, pero dejo que sea cada lector quien reflexione sobre ella.

El siguiente párrafo empieza con esta reveladora oración: “Ahora entraremos en temas más escabrosos”. Dichos temas no me parecen nada escabrosos, salvo que se pretenda anteponer la tergiversación al análisis, tal como hace el Dr. García Barrios: “Durante décadas, el CIDE fue un semillero de profesionistas, intelectuales y funcionarios del régimen, y desde ahí construyó una parte importante de su prestigio. El CIDE que conocemos tiene además un pecado de origen: fue una creación destructiva de Carlos Salinas de Gortari, quien ordenó a Carlos Bazdresch eliminar con violencia todo resquicio de pensamiento estructuralista latinoamericano y sustituirlo con las corrientes propias del ‘liberalismo social’, que luego evolucionaron hacia el pensamiento progresivista neoliberal”. Dejo de lado la sugerencia de que el prestigio del CIDE se basa en buena medida en los “funcionarios del régimen”. Llaman más mi atención los “pecados de origen” y la sucesión de etiquetas (“pensamiento estructuralista latinoamericano”, “liberalismo social” y “pensamiento progresivista neoliberal”), las cuales, como siempre, eluden un debate serio en aras de la auto-legitimación o de la descalificación.

En el párrafo final del artículo se combinan peticiones de principio, confusiones conceptuales y aseveraciones puramente ideológicas (aunque revestidas de discurso académico). Para el Dr. García Barrios, “Romero es un excelente académico y un demócrata”. La excelencia académica es algo que, cuando se da, salta a la vista. En cuanto a que Romero es un “demócrata”, creo que la comunidad del CIDE en su totalidad estaría en desacuerdo (un dato que no me parece menor considerando que el Dr. Romero Tellaeche ha sido su director interino durante los últimos meses). Para el autor del artículo que nos ocupa, Romero está enfrascado en una lucha “contra los excesos del modelo de investigación y docencia neoliberal, que llevó a ambas instituciones a convertirse en una mezcla de centro académico elitista (más el Colmex) y think-tank (más el CIDE)”. Una vez más, el manido recurso de los vocablos como etiquetas; en este caso, “elitista” y “think tank”. No se hable más: el Colmex y el CIDE no sirven para lo que, de acuerdo a las ambiciosas miras del Dr. García Barrios, deben servir. Un poquito más elitista uno, un poquito más “think tank” el otro. ¿Qué más da cuando de lo que se trata es de descalificar? Enseguida, con base en nociones tan discutibles como la “potencia ética” —derivada, al parecer, de una especiosa noción de lo que deben ser la inclusión y la pluralidad académicas para el Dr. García Barrios (¿quién en su sano juicio puede oponerse a la inclusión y a la pluralidad?)— el artículo concluye con una afirmación más en clave democrática que, por lo demás, niega la pluralidad: “promover la organización académica en favor del gobierno democrático” resumiría “el plan de trabajo de Romero” (¿quién en su sano juicio puede oponerse a la democracia?).

Preparo el cierre de esta nota refiriéndome al título del artículo del Dr. García Barrios: “Con las barbas en remojo”. Es evidente a qué se refiere el autor: el Colegio de México es el siguiente en la lista. Si el Dr. García Barrios fuera un investigador más, la cuestión no merecería mayor atención. Sin embargo, el autor es ex-marido de la Dra. María Elena Álvarez-Buylla Roces, directora general del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). Además, labora en Pronaces (Programas Nacionales Estratégicos), del propio Conacyt. Dicho de otra manera, la amenaza del Dr. García Barrios al Colegio de México proviene de un funcionario público del Conacyt con claros vínculos con su directora general; nada menos. La seriedad y gravedad de la amenaza, inaceptable desde cualquier punto de vista, son pues patentes.

Hoy, 29 de noviembre, supuestamente se decidirá quién será el próximo director general del CIDE para el periodo 2021-2025. Digo “supuestamente” porque todo apunta a que esa es una decisión ya tomada y, por lo tanto, lo de mañana es un ejercicio puramente protocolario. El “Aviso Informativo” que a este respecto acaba de difundir el Conacyt concluye de un modo que, me parece, explica la erosión que ha vivido y sufrido la comunidad universitaria mexicana desde el inicio de la actual administración, pero particularmente durante los últimos meses. El Conacyt cierra dicho aviso afirmando que, mediante el proceso que ha dirigido desde el pasado 15 de octubre para elegir al nuevo director general del CIDE, ha buscado fortalecer “el desarrollo de la ciencia con plena libertad de investigación y de cátedra”. Lo cual está muy bien, si no fuera porque dicha libertad es subordinada (mediante la preposición “para”) al objetivo último que el Dr. Romero, el Dr. García Barrios y la Dra. Álvarez-Buylla han planteado, de diversas maneras, como el eje rector, el hilo conductor, la finalidad superior y la noción justificadora de todo: “el beneficio del pueblo de México” (las seis palabras con las que cierra el aviso referido).

En el ámbito universitario de cualquier país, la docencia y la investigación no pueden depender de lo que algunas personas entienden como “el beneficio del pueblo”, por más elevada concepción que tengan de ese beneficio y de dicho pueblo.

 

Roberto Breña
Académico de El Colegio de México

México, un presente en busca de futuro.
“El futuro de la sociedad”

“Foro Nexos”
FIL Pensamiento
México, un presente en busca de futuro
Mesa: “El futuro de la nación”

Participan: Valeria Moy, Gonzalo Hernández Licona, Gilberto Guevara Niebla, Julio Frenk

Modera: Héctor Aguilar Camín

Organiza: Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas

Presentado por nexos

México, un presente en busca de futuro.
“El futuro del estado”

“Foro Nexos”
FIL Pensamiento
México, un presente en busca de futuro
Mesa: “El futuro de la nación”

Participan: Eduardo Guerrero, José Ramón Cossío, Soledad Loaeza, Ana Laura Magaloni

Modera: Héctor Aguilar Camín

Organiza: Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas

Presentado por nexos

México, un presente en busca de futuro.
“El futuro de la nación”

“Foro Nexos”
FIL Pensamiento
México, un presente en busca de futuro
Mesa: “El futuro de la nación”

Participan: Jorge G. Castañeda, Guillermo Cejudo Ramírez, Luis Carlos Ugalde, Lisa Sánchez

Modera: Héctor Aguilar Camín

Organiza: Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas

Presentado por Nexos

Frente a Goliat

Es un extraño privilegio estar en la trinchera donde se libra la última batalla de una guerra de larga data en la historia del país. La batalla por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) es un capítulo de la contenciosa relación entre el Estado y los universitarios. En 1933 Vicente Lombardo Toledano y estudiantes comunistas que simpatizaban con él pretendieron hacer del marxismo la ideología oficial de la Universidad de México. El filósofo Antonio Caso respondió a esa pretensión en un célebre intercambio en el Congreso de estudiantes. La polémica marcó un hito en esa contienda cultural y filosófica cuyo último frente de combate se despliega hoy ante nuestros ojos. Para Caso la universidad “tiene un doble fin: el primero y el fundamental, contra todo lo que pueda alegarse es éste: enseñar; el segundo es éste: investigar […] esta comunidad de cultura universitaria tiene por fin investigar y enseñar”. Poner a la universidad al servicio de una meta social, por legítima y meritoria que sea, desnaturaliza su doble función esencial. Subordinar el espíritu crítico a una ideología o programa de gobierno destruye la peculiar aportación que la universidad puede hacer a la sociedad. Como señalaba Caso entonces, la universidad es una comunidad cultural que investiga y enseña; por tanto, “jamás preconizará oficialmente como persona moral, credo alguno filosófico, social, artístico o científico”. Este no es un entendimiento idiosincrático: la tentación de hacer de la universidad un think tank, un lobby, un centro de formación de cuadros ha sido enorme en todas partes del mundo. Por eso en 1967 la Universidad de Chicago proclamó en su informe Kalven que la misión de la universidad es el “descubrimiento, la mejora y la difusión del conocimiento […] es el hogar y el patrocinador de los críticos; no es ella misma la crítica”.

Ilustración: Estelí Meza

Lombardo Toledano y sus acólitos, por el contrario, pensaban que las universidades y los institutos de carácter universitario del país tenían “el deber de orientar el pensamiento de la nación mexicana”. Para ellos, “siendo el problema de la producción y de la distribución de la riqueza material, el más importante de los problemas de nuestra época, y dependiendo su resolución eficaz de la transformación del régimen social que le ha dado origen, las universidades y los institutos de tipo universitario de la nación mexicana contribuirán, por medio de la orientación, de sus cátedras y de los servicios de sus profesores y establecimientos de investigación, en el terreno estrictamente científico, a la sustitución del régimen capitalista por un sistema que socialice los instrumentos y los medios de la producción económica”.

Hoy el espíritu de Lombardo Toledano anima la crítica a la “orientación neoliberal” del CIDE, ese pequeño centro de investigación donde laboramos poco más de cien profesores-investigadores. ¿Por qué es ahora un símbolo, para sus detractores y para sus defensores? ¿Cuál es la bandera que ondea en su torre más alta? ¿Cómo se convirtió ese minúsculo lugar en el frente de esta batalla histórica? Ocurrió porque esa es una institución pública que ha reivindicado un sentido y un significado de lo que el Estado puede y debe hacer: proveer educación superior meritocrática de altísima calidad. Hasta hace tres años había sido, como escribí al comienzo del asedio en 2019, una historia de éxito de lo público. Contra la caricatura que lo pinta como un nido de “neoliberales” egoístas, el CIDE encarna la pulsión más generosa del Estado mexicano: proveer igualdad de oportunidades con base en el mérito y el esfuerzo. De lejanas rancherías en Chiapas y de pueblos de la sierra mixteca en Oaxaca han llegado durante décadas jóvenes capaces e inteligentes que han cambiado y seguirán cambiando la faz de este país. El CIDE es, con sus verrugas y desviaciones, una apuesta a lo público. El resultado ha sido la movilidad social para muchos alumnos a quienes la educación que recibieron les cambió la vida. Esa institución también apostó a insertarse en la ciencia social internacional: por medio de sus prácticas de reclutamiento y de publicación. En estas dos tareas fundacionales hay aspectos discutibles, pero el objetivo —la educación e investigación de nivel mundial— era y es defendible. He atestiguado y participado en nuestros éxitos y fracasos por más de un cuarto de siglo, más de la mitad de la historia de la propia institución. No siempre he estado de acuerdo con las decisiones que hemos tomado. En diversos frentes hemos fallado, ayer y hoy. Hemos tenido yerros menores y otros mayores. A veces no hemos estado a la altura de nuestra misión. Todo eso es cierto. Soy el primero en señalarlo. Sin embargo, el espíritu que lo anima, ese que hoy está bajo asedio, es y ha sido un ideal por el que vale la pena luchar. Así lo han entendido los más jóvenes entre nosotros: la promesa de futuro que son los estudiantes. Por eso han alzado una voz que nos conmueve y cimbra a sus mayores. El llamado de auxilio también ha sido respondido en numerosos claustros a lo ancho del país. No solo por la señal ominosa que sería la caída de este bastión del Estado mexicano ante el poder político destructor, sino porque ese llamado apela positivamente a la defensa de una universidad pública libre y generosa. Cada voz solidaria es un desafío a la sinrazón.

Hoy, la batalla de Antonio Caso se libra en una loma en Santa Fé. Si cae el CIDE cae mucho más que el CIDE. Nuestro “interés creado” es la creación de capital humano y la generación de conocimiento serio y riguroso, independiente de cualquier consigna política. Quienes lo defendemos somos los más vulnerables entre los empleados de universidades públicas: no contamos ni siquiera con el remedo de autonomía. La institución, los trabajadores, los profesores y los estudiantes estamos a la merced de las autoridades del Conacyt, la secretaría de Hacienda, la Función Pública y el Presidente de la república. Nuestra única arma en esta desigual batalla es la razón pública que no puede ser sometida, destituida o despedida arbitrariamente. Es la honda de los débiles. El CIDE pertenece a la sociedad mexicana y a ella ha servido. No es, sin embargo, patrimonio personal de ningún gobernante, por más que éste pretenda ser la encarnación del “pueblo”. Es público en el sentido más alto y más generoso que esta palabra puede tener: es de todos.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos

Lo que México puede aprender de la integración de los sistemas de salud del sur de Europa

“…va a estar funcionando el sistema de salud pública…como… en otras partes del mundo.
Como en Dinamarca… como en Canadá, como en el Reino Unido”
—AMLO, conferencia matutina del 3 de enero de 2019.

La visión de Andrés Manuel López Obrador de un sistema de salud que ofrezca servicios de la más alta calidad y con cobertura universal como lo hacen algunos países desarrollados fue ampliamente respaldada aun entre quienes cuestionaron sus estrategias para alcanzarlas.1 Pero ¿cuán pertinentes son los sistemas de salud de Dinamarca, Canadá y el Reino Unido para orientar la universalización del sistema de salud en México? En estos países la democracia fue instituida en los diferentes pilares de la salud hace más de cien años, al menos desde la profesionalización de la práctica médica, pero sobre todo por la asignación democrática de recursos a la salud.

Más pertinente a México es la experiencia de los países del sur de Europa: Portugal, España, Italia y Grecia. Al inicio del siglo XX estos países transitaron de sistemas de salud liberales con escasa participación del Estado y grandes brechas de cobertura hacia sistemas corporativistas autoritarios que, si bien anclados en el fascismo o en otras ideologías similares surgidas en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, lograron una amplia cobertura de servicios diferenciados

Si miráramos al sur de Europa hacia los años cincuenta del siglo pasado veríamos sistemas de salud y seguridad social como el que prima en México. Se trataba de instituciones financiadas por contribuciones obrero-patronales y gubernamentales, autorreguladas y abocadas a la prestación de servicios desiguales a grupos sociales y ocupacionales. En efecto, cada país tenía instituciones que prestaban servicios médicos y sociales de diferente alcance a grupos ocupacionales específicos, creando así sistemas de previsión y de salud segmentados. Estos sistemas surgieron en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial como parte de los esfuerzos de gobiernos dictatoriales para controlar la lucha de clases. Sin embargo, entre 1978 y 2011, los sistemas de salud de los países del sur de Europa fueron integrados bajo principios de equidad, calidad y eficiencia. Para ello las instituciones segmentadas cedieron sus recursos financieros y humanos a nuevos organismos controlados por autoridades provinciales, se incrementó el financiamiento con recursos fiscales y se promovió la organización autónoma de los prestadores para que ofrecieran servicios de salud homologados en su alcance, calidad y costo a nivel nacional.

¿Cómo surgieron los sistemas segmentados en Europa del sur y en México? ¿Bajo qué circunstancias y con qué apoyos políticos fueron integrados, o han fallado en hacerlo? ¿Qué podemos aprender al comparar estas experiencia? En este trabajo abordamos primero los orígenes de la segmentación en los países del sur de Europa, su integración en sistemas universales y sus ajustes. Sobre esta base hacemos una narrativa del auge de la segmentación del sistema de salud en México y de los intentos fallidos hacia la integración, identificando los rasgos compartidos. Concluimos analizando las claves de la integración en los países del sur de Europa, sugiriendo fortalezas, debilidades y oportunidades para la reforma del sistema de salud en México.

Ilustración: David Peón

Italia

Benito Mussolini instituyó la Carta del Trabajo en 1922 al poco tiempo de la Marcha Sobre Roma que lo llevó al poder, legislación clave para el surgimiento de la doctrina corporativista autoritaria de control de la lucha de clases que, como veremos, fue adoptada en todos los países del sur de Europa. Bajo esta doctrina empresarios y trabajadores colaborarían para financiar y gobernar prestaciones sociales al amparo del Estado, pero siempre favoreciendo a la iniciativa privada. Mussolini instituyó así el derecho a la atención hospitalaria para la población más necesitada, así como un instituto de atención médica para empleados públicos. Hacia 1927 el dictador decretó la contribución obligatoria obrero-patronal en los contratos colectivos de trabajo, política celebrada por la Organización Internacional del Trabajo como un logro hacia la homologación de prestaciones.2 Hacia 1930 los contratos colectivos con cláusulas previsionales abarcaron a una amplia gama de trabajadores, si bien con crecientes desigualdades regionales, sobre todo entre el norte y el sur de Italia.

Ante la caída de su popularidad en medio de la Segunda Guerra, Mussolini consolidó la normatividad de los esquemas de prestaciones sociales bajo la “Mutualidad fascista: Instituto para la asistencia de las enfermedades de los trabajadores”, una organización que normaría la financiación por empleados, empleadores y el propio gobierno así como la afiliación obligatoria de trabajadores miembros de los organismos corporativos fascistas. Las cuotas serían variables, según los acuerdos signados en los contratos colectivos, y serían descontadas de la nómina y entregadas por el patrón. El presidente de la mutual fascista sería nombrado por el jefe de Estado y tendría un Consejo de Administración de carácter deliberativo nombrado a recomendación de los órganos corporativos, así como un Comité Ejecutivo nacional y varios comités provinciales, todos compuestos por representantes de los sectores obrero-patronal y gubernamental impuestos por el Estado. Sus miembros provenían de sindicatos industriales y de los sectores agrícola, del comercio, de seguros y de la banca, así como de las empresas y la profesión médicas. La atención hospitalaria se asignó a establecimientos propiedad de la mutual fascista, mientras que la atención ambulatoria quedó a cargo de médicos privados.3

En la posguerra y con el retorno de la democracia la Mutualidad Fascista fue rebautizada como el Instituto Nacional de Seguro de Enfermedad (INSE). Con la misma estructura, englobaba hacia 1970 a más de cien fondos que cubrían al 93 % de la población. Los fondos tenían servicios de salud propios; en el caso de los trabajadores independientes, se contrataba a prestadores privados. El INSE fue criticado desde su creación y en los años cincuenta la Confederación Italiana del Trabajo (CGIL) propuso el establecimiento de un sistema nacional de salud abierto y gratuito al momento del uso, doctrina adoptada por el Partido Comunista Italiano (PCI) en 1959. Los intelectuales —fuerza clave del PCI— contribuyeron a la crítica del sistema de salud con un amplio programa de investigación enfocando en el traslape entre sistemas de salud, su regresividad financiera y consecuente injusticia social. Los problemas de las desigualdades entre regiones geográficas y el insuficiente alcance de la práctica liberal de la medicina fueron también abordados.4 Entre los más destacados investigadores figuró Giovani Berlinguer, quien también influyó en las reformas a la salud en el sur de Europa e incluso en aquella de Brasil.

El gobierno de coalición del primer ministro demócrata cristiano, Aldo Moro, auspició el debate hacia una reforma en salud entre 1963 y 1968. El Consejo Nacional para la Economía y el Trabajo (CNET) —organismo de consulta gubernamental— propuso como medidas iniciales la coordinación, la extensión de la cobertura acorde con la capacidad de pago, la homologación de beneficios hospitalarios y la apertura al sector privado de alternativas de servicio bajo el predominio del sistema público. El CNET solicitó entonces a Giovani Berlinguer la elaboración de un documento de postura para la reforma en salud. Berlinguer propuso la cobertura universal basada en la prevención —particularmente de los accidentes ocupacionales—, en el financiamiento progresivo, en el control de los servicios mediante su subordinación al Ministerio de Salud, y en el control financiero con base en un pagador único. Acto seguido se elaboró un plan de gobierno para establecer un Servicio Nacional de Salud operado en el orden municipal por unidades sanitarias locales, focalizando la promoción de la salud y coordinando a los sectores público y privado bajo el mando del Ministerio de Salud.

En los años sesenta, la mayoría de los partidos políticos italianos llegaron a compartir tres principios: la necesidad de organizar la prevención, tratamiento y rehabilitación bajo un Sistema Nacional de Salud administrado por las regiones; la igualdad de acceso a servicios para todos los ciudadanos; y la necesidad de disolver los esquemas de seguro público en un fondo nacional de salud. El apoyo de amplios grupos de profesionales de la medicina hacia un sistema nacional fue también clave, al pronunciarse estos grupos por la libertad de elección del médico, por la opción para emplearse ya fuera de manera asalariada o independiente y por la integración de la práctica privada dentro del sector público a nivel local.

Una piedra angular del nuevo sistema nacional de salud integrado fue la Ley de Hospitales de 1968, mediante la cual se transfirió a las regiones recientemente descentralizadas la administración hospitalaria según niveles de servicio. Esta ley también abrió la oferta hospitalaria a toda la población, sin importar su administración por las mutuales y estableció un fondo nacional de inversión gobernado por comités nacionales y provinciales. Cabe señalar que, aún antes de esta reforma, los hospitales ya gozaban de cierta autonomía financiera, siendo que los seguros públicos pagaban con base en la facturación de días-estancia. Este método siguió vigente con la reforma, si bien, en ausencia de mecanismos de control de gasto, para 1974 se producirían crecientes déficits en la mayoría de los hospitales públicos, presionando tanto a proveedores como acreedores y, en menor medida, a las mutuales. Para resolverlo, la Federación de Hospitales impulsó la ley de emergencia de 1974 de rescate gubernamental, dando un plazo de tres años para integrar los fondos financieros de los esquemas de previsión. En 1977 se promulgó una nueva ley de rescate financiero, prolongando la vida de los esquemas de seguros hasta 1979, pero abriendo la posibilidad de que los asegurados cambiaran su afiliación a cualquiera de ellas, así como requiriendo contratos únicos con los prestadores de servicios.

Ya desde principios de los setentas Italia vivía una crisis política manifestada en continuos cambios de gobierno que ahogaban las propuestas para concretar reformas, como fue el caso de la propuesta para el sistema nacional de salud. Enrico Berlinguer, secretario general del PCI y hermano de Giovanni, desarrolló entonces la doctrina del Compromiso Histórico como una reflexión sobre las barreras que encaraban los gobiernos de izquierda democrática y que quedaron de manifiesto con el golpe de estado en Chile en 1973. Propuso así la colaboración de partidos de centro-derecha e izquierda para lograr el consenso político necesario para las reformas y evitar el autoritarismo. El Compromiso Histórico se hizo realidad en 1978, cuando el PCI incrementó su número de escaños en el parlamento, dando oportunidad a que el gobierno demócrata cristiano de Giulio Andreotti invitara al PCI a colaborar en consultas.5

El Compromiso Histórico fue así la base política para la promulgación de la Ley de 1978 del Establecimiento del Servicio Nacional de Salud (SNS) bajo los principios de dignidad humana, necesidades de salud y solidaridad, y con los objetivos de brindar niveles uniformes de atención a la salud sin importar los ingresos o la localidad, desarrollar esquemas de prevención de enfermedades, controlar el gasto y garantizar el control democrático.6 El gobierno nacional se abocaría a la regulación sanitaria y de la salud internacional, así como al financiamiento. Para esto se conformó un fondo único con los recursos recaudados por los esquemas de previsión y con aportes nacionales que crecerían hasta volverse predominantes. El gobierno nacional garantizaría la asignación equitativa de los recursos a las regiones con base en planes trianuales que asegurarían la coordinación entre actores y la planeación basada en objetivos.

El SNS fueron descentralizado en Unidades Locales de Salud (ULS) municipales, gobernadas por comités designados por los gobiernos provinciales y sustentadas en leyes regionales de coordinación. Sobre estas bases, las ULS integraron a los recursos humanos que antes laboraban bajo diversos esquemas de previsión y coordinaron la participación de los servicios privados en redes de servicio.

Entre los problemas que el Servicio Nacional de Salud enfrentó destacaron la falta de control financiero por parte del gobierno nacional, la politización de los organismos regionales y locales que controlaban a las ULS y los conflictos permanentes entre órdenes de gobierno emanados de déficits financieros y de la ausencia de sistemas de gestión. La separación entre las obligaciones financieras del nivel central y aquellas del nivel local dieron lugar al incremento constante en el gasto. Por otra parte, las diferencias de recursos y en la calidad de la atención entre las regiones del norte y del sur de Italia persistieron. Fue así que en 1992 se promulgó la llamada “Segunda reforma” del sistema de salud italiano. Esta nueva reforma incidió sobre la regionalización, los sistemas de gestión y la introducción de “cuasi mercados” para la atención especializada con base en incentivos económicos a los médicos para que incrementaran servicios de calidad. Una modificación que sería también introducida pero pronto abandonada fue la libertad de que familias de altos ingresos optaran por no contribuir al SNS y renunciaran a sus servicios, contratando seguros privados. Por otra parte, una reforma constitucional dio mayores poderes a los gobiernos de las provincias, haciendo de Italia un país prácticamente federalizado.

Las reformas de gestión transformaron a las ULS y a los hospitales en unidades autónomas, eliminando a los comités locales, normando la gestión por profesionales, incrementando el pago por desempeño, introduciendo sistemas de gestión homogéneos a nivel nacional y haciendo a sus administradores directamente responsables ante los gobiernos regionales. Finalmente, la reforma empoderó a los ciudadanos para que pudieran elegir entre prestadores públicos y privados acreditados, aún fuera de su región.

A pesar de la segunda reforma, no fue posible borrar las diferencias regionales en la eficiencia y la calidad de los servicios, pues las provincias del norte dieron mayor ímpetu a las medidas encaminadas a promover la competitividad, mientras que las del sur enfatizaron los arreglos clientelares, sin que en ningún caso los beneficios de estos arreglos quedaran muy claros. En 1999 se promulgó la “tercer reforma de salud” bajo una coalición de gobiernos de centro-derecha y centro-izquierda que tendía a deslindar más claramente las responsabilidades entre órdenes de gobierno y a fortalecer el rol de los municipios. La operación de los “cuasi mercados” fue limitada en sus alcances y se puso mayor atención a la colaboración entre diversas agencias locales. Por otra parte, la nueva ley limitó la autonomía de los prestadores al imponerles cuotas y techos encaminados a gobernar el volumen y el costo de los servicios médicos.

Siguiendo la tendencia de darle mayor peso al financiamiento fiscal, así como hacia la autonomía de los gobiernos regionales, a partir de 2000 se abolió el Fondo Nacional de Salud y se le sustituyó por impuestos regionales suplementados por un nuevo Fondo Nacional de Solidaridad. Para garantizar que las provincias asignaran los recursos necesarios el gobierno nacional especificó el Paquete de Beneficios Básicos para la cobertura universal gratuita, a la vez que delegó mayores responsabilidades a los legislativos provinciales para normar el financiamiento en salud. A pesar del énfasis hacia la cobertura gratuita, en 2012 se introdujeron nuevamente los copagos para la atención ambulatoria.

La integración del sistema de salud italiano en 1978 se caracterizó por un cambio drástico (“Big Bang”) ante una coyuntura económica y política caracterizada por crisis económica y oportunidad política. No obstante, los principios rectores de la reforma habían sido consensuados durante décadas, mientras que reformas subsecuentes corrigieron problemas con base en mejoras a la gobernanza y al financiamiento.

Portugal

Portugal transitó hacia el autoritarismo en 1926 con el golpe de estado de José Mendes Cabeçadas y el establecimiento del Estado Novo bajo la dictadura de Antonio de Oliveira Salazar en 1932. Influido por Mussolini, de Oliveira impuso el Estatuto Nacional de Trabajo y estableció el Instituto Nacional de Trabajo y Previsión Social para consolidar las normas de las contribuciones previsionales pactadas en los contratos colectivos de trabajo. En 1946 de Oliveria promulgó la Ley de Seguridad Social para consolidar el régimen corporativista, alentando la confederación de los fondos de previsión para la gestión de servicios.7 El Estado, por su parte, solo financiaría la seguridad social de sus trabajadores. Si bien se amplió la cobertura a algunos sectores laborales a partir de 1978, los trabajadores industriales y del gobierno gozarían de una amplia cobertura bajo diversos proveedores de servicios médicos exclusivos, mientras que la población rural, independiente y de bajos recursos ampliaría su acceso a la atención básica ofrecida por servicios públicos.8

La Revolución de los Claveles de abril de 1974 puso fin al Estado Novo cuando militares desafectos por los altos costos del combate a los movimientos africanos de descolonización se sublevaron ante el rechazo a una salida política. La Constitución de 1976 garantizó los derechos económicos, sociales y culturales, universalizando el derecho a la seguridad social y a la salud. El gobierno nacionalizó las grandes industrias y la banca, minando así el sustento del corporativismo. En el plano gubernamental se extinguió el Ministerio de Corporaciones y Seguridad Social, así como el Instituto Nacional de Trabajo y Previsión Social. Ambos fueron sustituidos por el Ministerio de Trabajo, dejando la normativa de la seguridad social a un nuevo Ministerio de Asuntos Sociales, que cubriría también la salud.

Pese a la oposición de los grandes sindicatos, en 1977 el gobierno separó los fondos de servicios sociales y de salud de más de doscientos esquemas de previsión del sector privado, integrando aquellos destinados a la salud bajo un fondo único del Ministerio de Finanzas, mientras que los hospitales privados no-lucrativos fueron nacionalizados. Los únicos esquemas de previsión que sobrevivieron —si bien bajo el control financiero gubernamental— fueron aquellos de los servidores públicos, de los militares y de la policía, así como de los empleados privados de las telecomunicaciones y de los correos. Cubriendo al 10 % de la población, estos esquemas convergieron en 2005 para ofrecer un paquete homogéneo de servicios bajo la Asociación Nacional de Subsistemas de Salud (ADSE).

En 1979 se instituyó el Servicio Nacional de Salud (SNS) bajo un nuevo Ministerio de Salud enfocado a garantizar la atención universal y gratuita. El Ministerio de Salud se hizo responsable de financiar la prestación de servicios por parte de los gobiernos regionales. Sin embargo, no fue capaz de satisfacer las expectativas de servicios, dando lugar a seguros privados complementarios. La coordinación del sector fue apoyada por el Consejo Nacional de Salud, un órgano autónomo consultivo con la representación de ciudadanos, trabajadores de la salud, gobiernos locales y las universidades.

El sistema de salud de Portugal no logró así una integración completa, si bien sí integró de manera orgánica la mayoría de los esquemas y, de manera funcional, a los esquemas remanentes. El SNS tiene así una cobertura traslapada entre el propio sistema, que cubre formalmente al 84 % de la población y el subsistema de seguro privado que cubre a 25 % —que incluye a parte de los amparados por el SNS—, mientras que la ADSE cubre las necesidades del 16 % de la población.

El SNS brinda atención con base en redes integradas a nivel de cada provincia a través de hospitales antes operados por los esquemas de previsión o bien por organizaciones caritativas. La mayoría de los hospitales del SNS fueron constituidos como empresas públicas que, en algunos casos, pasaron a formar parte de consorcios regionalizados. Los esquemas de asociados de la ADSE brindan servicios de salud con recursos propios o contratados con el sector privado.

El gobierno socialdemócrata del primer ministro Cavaço Silva (1985-1995) encaró problemas de deuda hospitalaria, insuficiente atención primaria, saturación hospitalaria e insatisfacción de pacientes. En respuesta, promulgó la Ley Básica de Salud de 1990. La planeación estratégica y la operación de servicios fueron descentralizadas bajo consejos de administración subordinados al Ministerio de Salud y apoyados en Unidades Locales de Salud. La Ley también abrió la contratación de servicios privados, la gestión privada de instalaciones públicas y la práctica privada en hospitales públicos, mientras que la inversión hospitalaria fue incrementada con base en esquemas de Asociación Público-Privada (APP). En este proceso también se introdujeron copagos por servicios ambulatorios con exenciones acorde a la capacidad de pago.

Frente a la persistente insatisfacción se creó la Agencia Regulatoria de Salud (ARS) en 2003. Esta nueva agencia se hizo responsable de las quejas de los usuarios. El gobierno reforzó estas atribuciones en 2014, dando a la ARS la responsabilidad sobre la garantía de los derechos y sobre la calidad y seguridad de la provisión de servicios. Sobre estas bases se amplió el derecho a la elección del prestador fuera de límites regionales.

La integración del sistema de salud portugués fue modificada de manera importante por el gobierno socialista de Antonio Santos de Costa, el cual aprobó en 2019 una nueva Ley Básica de Salud. Con ella se promulgó la separación entre los sectores público y privado en el SNS al impedir la colaboración entre prestadores públicos y privados en la atención médica, así como la gestión privada de instalaciones públicas. Por otra parte, se abolió el cobro de copagos, eliminando por una parte barreras a la atención pero también reduciendo el financiamiento así como los incentivos al desempeño. Sin embargo, persistieron las APP, así como la participación de prestadores privados bajo contrato con el SNS. Así, la nueva ley enfatizó el rol del gobierno dentro del SNS y clarificó el rol complementario del sector privado.9

La integración del sistema de salud portugués respondió a una crisis política de grandes proporciones y sus alcances fueron parciales, tanto al mantener una separación entre trabajadores públicos y privados como al fomentarse el surgimiento de un sector asegurador privado ante la incapacidad para financiar y garantizar la calidad del sistema nacional de salud. Reformas posteriores intentaron subsanar la segmentación remanente, si bien con vaivenes más orientados por ideologías políticas que incluso llevaron a reducir la integración entre prestadores.

España

España llegó tarde, pero con fuerza, a la institucionalización de los regímenes autoritarios de previsión social. Ganada la Guerra Civil e influido por Mussolini, Franco decretó en 1938 el Fuero del Trabajo y en 1942 el Seguro Obligatorio de Enfermedad, obligando la contribución de empleados, empleadores y del gobierno bajo la gobernanza y gestión de del Instituto Nacional de Previsión.10 Este esquema cubriría la asistencia sanitaria y económica por enfermedad y maternidad para los “productores” económicamente débiles y sus dependientes. Los servicios médicos serían prestados exclusivamente por la “Obra Dieciocho de Julio” —organización falangista nombrada por la fecha del golpe de Estado franquista–— pudiendo participar los servicios médicos ya establecidos a través de “cajas de empresa”. La atención ambulatoria sería prestada por médicos privados con una población designada y un pago fijo por familia. Los colegios profesionales tendrían un rol en la solución de conflictos.11 Para 1975 el sistema de salud español llegó a emplear hasta el 70 % de los médicos como asalariados, así como a ofrecer un porcentaje similar de camas en hospitales públicos.12

La transición hacia un sistema de salud integrado en España inició con la muerte de Franco en 1975, dando lugar a la creación del Ministerio de Salud y Seguridad Social en 1977 y a la coordinación de los diversos esquemas de previsión con base en el Instituto Nacional de Salud (Insalud) en 1979. La integración del sistema de salud inició a partir de la promulgación de la Constitución en 1978, la cual reconoció el derecho a la protección de la salud de todos los españoles y residentes legales, estableciendo a las 17 Comunidades Autónomas como responsables de su garantía. La descentralización inició en Cataluña en 1981 y cobró auge con la aprobación de la Ley General de Sanidad (LGS) de 1986, bajo el gobierno de Felipe González del Partido Socialista Obrero Español (1982-1996).13 En 2002 culminó la descentralización e integración del sistema nacional de salud en las últimas diez comunidades autónomas que restaban.

La justificación de la LGS estuvo centrada en la inoperancia de los organismos y comisiones coordinadoras de los múltiples entes públicos con funciones de salud, generando una “pluralidad de sistemas sanitarios funcionando en paralelo, derrochándose las energías y las economías públicas y sin acertar a establecer estructuras adecuadas a las necesidades de nuestro tiempo”.14 Para resolver este problema, la LGS se desmarcó de la ley de 1944 que asignaba al gobierno nacional la responsabilidad exclusivamente por la prevención, una política propia de la visión liberal de la salud del Siglo XIX. Se estableció así el imperativo de crear un Sistema Nacional de Salud, transfiriendo gradualmente a las comunidades autónomas “bloques orgánicos completos” de servicios que permitieran integrar la administración de la salud. El gobierno nacional habría de retener las funciones financieras, normativas y técnicas para la regulación sanitaria, la vigilancia de enfermedades y la acreditación de proveedores y de recursos humanos.

En lo que respecta al financiamiento del sistema nacional de salud, la LGS mantuvo el principio de gratuidad al momento del uso, si bien desde 1978 se introdujeron copagos para medicamentos. La ley conservó las fuentes de financiamiento preexistentes: los presupuestos del Estado, de las comunidades autónomas, de las corporaciones locales y de la seguridad social. Los recursos financieros serían asignados a cada comunidad autónoma según su población y bajo criterios de equidad. No obstante, a partir de 1989 el financiamiento cambió gradualmente para dar mayor peso a los impuestos, sin prescindir de las contribuciones de la seguridad social.

La gobernanza del sistema de salud se daría con base en el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud (CISNS), integrado por representantes de las Comunidades Autónomas y por igual número de miembros de la Administración del Estado. Dicho Consejo tendría funciones tanto de comunicación entre los servicios de salud y el Estado como de planificación, aprobación de las prestaciones a ser incluidas en el paquete universal de servicios de salud y coordinación de las líneas básicas de las políticas de adquisiciones y de recursos humanos. El CISNS también coordinaría y aprobaría el plan integrado de salud nacional con base en proyectos remitidos por las comunidades autónomas. Para facilitar la participación local, las comunidades autónomas habrían de establecer Consejos de Salud, así como órganos de participación ciudadana en los servicios sanitarios. La homologación en las condiciones de trabajo del personal que antes eran reguladas por las diversas instituciones que los empleaban se darían con base en un estatuto marco aprobado en paralelo a la LGS para garantizar sus derechos y funciones estatutarias. El personal quedaría así adscrito a los organismos administrativos de cada Área de Salud.

El sistema de salud integró así bajo cada comunidad autónoma a los diversos institutos de seguro social y a los servicios de corporaciones locales, con la excepción de esquemas para servidores públicos, las fuerzas armadas y el poder judicial. Persistieron, así mismo, mutualidades para la atención de accidentes y enfermedades ocupacionales. Para facilitar la integración de los diversos órganos corporativos empresariales y sindicales que cederían sus servicios de salud, el gobierno previó su participación en un comité consultivo vinculado al CISNS, así como en comités de los consejos de las comunidades autónomas. Participarían también en dichos comités los representantes de organismos de consumidores y usuarios de servicios de salud.

La organización de servicios se basaría en Áreas de Salud dentro de cada comunidad autónoma, cada una de las cuales cubriría entre 200 000 y 250 000 habitantes. Las áreas de salud fueron definidas por el Ministerio de Salud y Seguridad Social como estructuras fundamentales de gestión administrativa del sistema sanitario a cargo de la atención primaria y hospitalaria. Cada área de salud contaría con la participación de representantes ciudadanos, quienes formarían un consejo de salud a través de las corporaciones locales y sindicales. Las áreas contarían también con un consejo de dirección —compuesto de una mayoría de representantes de la comunidad autónoma, así como representantes de las corporaciones locales electos por sus pares en el consejo de salud— que dirigiría su política y controlaría su gestión.

Los servicios sanitarios públicos habrían de tender hacia la autonomía y el control democrático de su gestión con base en una dirección participativa regida por objetivos y sustentada en la evaluación de la calidad. La autonomía de gestión se volvió ley en 1999, obligando a todos los hospitales a constituirse como entes independientes. Importantemente, los usuarios tendrían libertad de elección del prestador primario dentro de sus ciudades de residencia. A partir de 1992, las comunidades autónomas implementaron contratos explícitos y un sistema de pago por desempeño con los hospitales. Reconociendo la libertad de empresa en el sector sanitario acorde con la Constitución, la LGS abrió la prestación de servicios a privados que cumplieran con requisitos técnicos, cuando las necesidades asistenciales lo justificaran, dando preferencia a servicios no lucrativos y cuando lo permita la disponibilidad económica. Los servicios privados habrían de ofrecer las mismas prestaciones que los públicos sin barreras económicas adicionales.

La crisis económica de 2009 llevó al gobierno español a implementar políticas de austeridad que redujeron el gasto en salud de 6.5 % del PIB a 5.1 % para 2015. En este contexto, en 2012 se modificaron los reglamentos para la asignación del acceso gratuito a servicios de salud con el fin de excluir a los inmigrantes indocumentados. Esto se hizo dejando atrás el acceso a servicios con base en la ciudadanía y la residencia para reintroduced el principio del estatus laboral, reconociendo como usuarios legítimos a los empleados contribuyentes a la seguridad social, los jubilados, los que recibieran beneficios por desempleo y los dependientes de los asegurados.

La crisis económica llevó también a la contención del costo de los servicios gratuitos al definirse dos paquetes de servicios de salud: el común, ofrecido obligatoriamente a nivel nacional, y el complementario, ofrecido a discreción de las comunidades autónomas. El paquete común fue definido en tres categorías: servicios básicos, servicios suplementarios sujetos a copago (productos farmacéuticos ambulatorios, prótesis, productos dietéticos y transporte) y servicios no esenciales, también sujetas a copagos. El paquete complementario sería autorizado por el Ministerio de Salud y Seguridad Social también a nivel nacional con base en la justificación del servicio, la garantía de financiamiento suficiente del paquete común y la demostración de suficiencia presupuestal.

La reforma al sistema de salud de España se dio de manera acelerada ante la coyuntura de democratización y devolución política a las provincias a la muerte de Franco. Si bien se mantuvo la segmentación de prestadores para servidores públicos, sus beneficios se rigen acorde a las leyes nacionales. Los prestadores privados fueron integrados dando preferencia a los públicos, generando condiciones para lograr una amplia satisfacción del financiamiento público y conteniendo el aseguramiento privado. La crisis económica de 2009, no obstante, llevó a reintroducir criterios laborales para la asignación de derechos y la contribución financiera y a limitar servicios para la población sin residencia legal, si bien reteniendo la universalidad de los beneficios así como del acceso a prestadores.

Grecia

Al fin de la Primera Guerra Mundial, el gobierno liberal de Eleftherios Venizelos —auspiciado por los gobiernos de los Aliados—, aprovechó el derrumbe del Imperio Otomano para invadir la naciente Turquía en búsqueda de restablecer la Gran Grecia en el Levante. Grecia pronto perdió el apoyo de los Aliados en esta aventura, por lo que Turquía abatió la invasión en 1921. El resultado fue la Catástrofe de Asia Menor: la expulsión de más de 1.6 millones de turcos de origen griego a Grecia. Fue en este contexto que en 1922 Grecia creó el Instituto Nacional de Previsión como un intento para enfrentar la cuestión social mediante el seguro obligatorio para los empleados. Más de cien fondos previsionales fueron creados en la década siguiente para contender con la crisis social, económica y política que resultó de la Catástrofe de Asia Menor.15

Con el retorno de Venizelos al poder en 1929, la legislatura griega pasó la Ley del Seguro Social Obligatorio en 1932, llamando a la creación del Instituto de Seguro Social (IKA por sus siglas en griego) para normar un esquema obligatorio de previsión para enfermedad y vejez, con contribuciones obrero-patronales gobernadas por un consejo tripartita. La inestabilidad política impidió la promulgación de la ley hasta la dictadura del primer ministro Ioannis Metaxas en 1937, cuando el gobierno estableció el IKA en las principales ciudades con el propósito velado de contrarrestar la influencia comunista sobre los trabajadores.16 A pesar de ello, entre 1946 y 1949 Grecia sufrió una guerra civil al enfrentarse conservadores y el gobierno monárquico –apoyadas por los Estados Unidos y el Reino Unido– contra los comunistas griegos apoyados por Yugoeslavia. Al ser derrotados estos, el gobierno creó en 1950 la Organización de Aseguramiento Agrícola (OGA) con el objetivo de cubrir al 50 % de la población. Al año siguiente, el IKA fue expandido a toda Grecia por Venizelos, cubriendo a trabajadores dependientes e independientes, burócratas calificados y empleados de altos ingresos. La seguridad social segmentada se expandió, así, como pilar del equilibrio estratégico en la Guerra Fría.

En 1967, el golpe de estado de los coroneles instituyó una dictadura que desalentó propuestas de reforma gubernamentales, pero que también hizo posible que un grupo técnico propusiera el Plan Patras para universalizar un paquete de servicios bajo un pagador único. Antes de que la dictadura pudiera implementar el Plan, sin embargo, la democracia volvió a Grecia, y con ella llegaron regímenes liberales de centro-derecha. Estos gobiernos propusieron en 1980 el Plan Dioxades, que buscaba la nacionalización de hospitales privados y la coordinación de redes de medicina familiar. Ambas propuestas, sin embargo, fueron rechazadas por los gobiernos liberales y por la profesión médica, quienes vieron en ellas un intento de socializar la medicina.

El entorno político cambió sustancialmente en 1981 con el acceso al poder del primer ministro Giorgios Papandreou, del Partido Socialista (PASOK). La profesión médica dio entonces un vuelco ideológico y, reflejando el sentir de las mayorías, propuso un sistema nacional de salud comprehensivo. Estas propuestas llevaron en 1983 al establecimiento del Sistema Nacional de Salud Helénico (ESY) regido por el Ministerio de Salud y Bienestar: un aparato normativo para impulsar la cobertura universal dentro de la segmentación. ESY acotó el pago a prestadores privados nacionalizando o llevando a la quiebra a los hospitales que dependían de contratos públicos. Entre 1990 y 1993, y bajo gobiernos de centroderecha o independientes, Grecia introdujo restricciones fiscales, descentralizó el ESY a las regiones, incrementó el pago por desempeño a prestadores e introdujeron copagos que los usuarios tendrían que costear. Por otra parte, se reabrió la atención de urgencias con prestadores privados, alentando la libre elección.

Entre 1993 y 2004 el PASOK retomó el poder y, en preparación al acceso de Grecia a la Unión Europea, fortaleció la capacidad del ESY para formular propuestas tendientes hacia la unificación de los esquemas de seguros, la autonomía de gestión hospitalaria, la atención primaria descentralizada y el empoderamiento de los pacientes. Si bien las nuevas políticas acotaron el poder de las regiones, el Ministerio de Salud y Bienestar instaló consejos de administración hospitalaria con directivos médicos, de enfermería y de finanzas, asesorados por un comité científico. Sin embargo, la integración de esquemas de seguros fue cancelada por restricciones fiscales. En 2004 el gobierno de centroderecha de Nueva Democracia retomó el poder y, respondiendo a la Comisión Europea, enfocó sus esfuerzos en la estabilidad y el crecimiento económicos. Con la crisis económica mundial de 2007, la agenda de salud se volcó a la reducción de la deuda hospitalaria, al control de costos y a la promoción de la inversión privada. Los consejos de administración hospitalarios fueron extinguidos por el Ministerio de Salud y Bienestar, imponiéndose directores alineados a las prioridades del gobierno nacional profundizando en el pago por desempeño a los prestadores de servicios e incrementando los copagos por parte de los usuarios.

El recrudecimiento en Grecia de la crisis económica de 2007 causó estragos en los fondos previsionales y de los hospitales. El Fondo Monetario Internacional ofreció al país un préstamo de emergencia condicionado al incremento de los impuestos y al recorte del gasto. El impacto inmediato fue la peor recesión desde la Gran Depresión, tocando fondo en 2012 al alcanzar el desempleo 25.4 %. En este contexto un nuevo gobierno de PASOK propuso en 2010 la integración del sistema de salud con la separación de los fondos de salud de aquellos de pensiones, la fusión de los fondos de salud y el traspaso de la gobernanza de estos del ministerio del trabajo a un renovado Ministerio de Salud y Solidaridad. La legislatura aprobó una nueva ley de seguros en 2011, bajo un gobierno de unidad nacional formado por los partidos políticos PASOK y Nueva Democracia, el cual estableció la Organización Nacional para la Provisión de Servicios de Salud (EOPYY por sus siglas griegas).

Subordinada al Ministerio de Salud y Solidaridad, la función central de EOPPY fue fungir como comprador de insumos y pagador único de servicios públicos para toda la población, usando para ello recursos fiscales y de los fondos previsionales, con la salvedad del fondo para banqueros. Las prestaciones de salud fueron uniformes para toda la población, regidas por un nuevo organismo: el Regulador Integrado de Atención a la Salud (EKPY por sus siglas griegas), el cual consultaba con el Consejo Central de Salud (KESY por sus siglas griegas). La recaudación de las aportaciones de empleados y empleadores que antes hacían los esquemas previsionales fue transferida a un nuevo organismo, el Fondo Unificado de Seguridad Social (EFKA).

Los prestadores de servicios propiedad del gobierno y de los esquemas previsionales fueron integrados al Ministerio de Salud y organizados en la Red Nacional de Atención Primaria (PEDY), a cargo de las autoridades regionales. Por su parte, los prestadores privados fueron integrados como prestadores independientes contratados por EOPYY. Los copagos fueron eliminados salvo en hospitales privados. La atención primaria por prestadores privados fue limitada por EOPYY a una cuota de doscientas personas por médico, quien serían remunerados con base en un pago por persona inscrita. Los medicamentos en farmacias privadas le cuestan al paciente un copago de 25 % del precio, salvo en casos de enfermedades crónicas o embarazo. Hacia 2017, los principales problemas del sistema de salud griego eran la inequidad en la geográfica, la limitada respuesta a las necesidades de salud reales de la población y la fragmentación en los mecanismos de financiamiento.

México

La Constitución de 1917 retomó los principales logros de los gobiernos liberales del siglo XIX en materia de salubridad general, protección de la salud ocupacional y seguridad social. En el nivel federal, el Artículo 73 de la Constitución legisló la atención de la salubridad general mientras que el Artículo 123 asignó responsabilidades a los legislativos y ejecutivos estatales que requerían que los empleadores indemnizarán a los trabajadores en casos de accidentes y enfermedades ocupacionales. A estas medidas se agregaron las reivindicaciones de carácter socialdemócrata implementadas en Yucatán por el gobernador Salvador Alvarado para establecer comités bipartitos de vigilancia en la industria y para proteger la salud materna e infantil en el ámbito laboral. La Constitución también retomó a manera de recomendaciones a los estados los esquemas de pensiones de contribución obrero-patronal que ya habían legislado localidades como Jalisco.17

El presidente Álvaro Obregón estableció el Departamento de Salubridad en 1922. Su enfoque sería a combatir las enfermedades contagiosas que asolaban los enclaves industriales y portuarios en el Golfo, que limitaban el movimiento de tropas y que —muy importante— formaban parte de los requisitos impuestos por el gobierno de Estados Unidos para el reconocimiento de su gobierno. Obregón también propuso en 1921 la creación de un Seguro Obrero nacional para homologar los estándares laborales entre las entidades federativas y promover la productividad y el bienestar social. La propuesta se alineaba con las recomendaciones de la recién creada Organización Internacional del Trabajo (OIT) de establecer seguros sociales siguiendo el modelo que Bismarck implementó en Alemania a fines del siglo XIX, y que la OIT veía como una clave para homologar las condiciones laborales entre las naciones y consolidar así la paz en la posguerra. La iniciativa no fue aprobada por el Congreso, sobre todo por la falta de sustento constitucional, siendo que la legislación de las relaciones laborales era responsabilidad estatal. Obregón propuso entonces —infructuosamente y a unos meses de dejar el poder— la federalización de las fracciones del Artículo 123 referentes al salario mínimo, al reparto de utilidades y a las cajas de seguros.

El presidente Plutarco Elias Calles reiteró la propuesta de establecer el INSS en 1925, especificando que las prestaciones serían otorgadas directamente por el INSS a través de infraestructura propia y expropiando los hospitales privados. El financiamiento, como la gobernanza, serían tripartitos, en este caso por un Consejo Técnico compuesto por los sindicatos controlados por el Estado: la Confederación Nacional de Cámaras de la Industria de Transformación (Concamin), y la Confederación Nacional de Cámaras de Comercio (Concanaco) y los sindicatos verticales de industria, así como por representantes del gobierno federal. La propuesta del INSS no pudo implementarse, en parte por la responsabilidad de los estados sobre la legislación de las relaciones laborales. No fue sino hasta 1929 cuando se reformó el Artículo 123 para centralizarlas bajo la responsabilidad del Congreso de la Unión, inscribiéndose la Ley del Seguro Social (LSS) —y ya no las Cajas de Seguros Populares— como de utilidad social. Si bien la Ley Federal del Trabajo fue promulgada en 1931, la LSS no fue promulgada como lo esperaba el ejecutivo federal debido a la oposición empresarial en el contexto de la Gran Depresión.

La propuesta de la LSS fue inscrita en el Primer Plan Sexenal 1934-1940 por el Partido Nacional Revolucionario, pero no entró en las prioridades del presidente Cárdenas. Sus estrategias de salud se enfocaron en los ejidos que eran el centro de su política económica y social, mientras que la expropiación petrolera consolidó el esquema corporativo de previsión social dentro de las empresas paraestatales al integrar en Pemex los servicios de atención médica que las empresas privadas ya operaban. No obstante, hacia el final de su presidencia Cárdenas propuso el Instituto de Servicios Sociales (ISS), proyecto encaminado a cumplir con los compromisos de México ante la OIT, aunque planteando un esquema liberal lejano de los designios corporativistas del INSS.

El ISS tendría financiamiento tripartito, pero incluiría el co-financiamiento de los gobiernos estatales para adaptar las prestaciones a las necesidades locales. La gobernanza del ISS sería por una asamblea tripartita de carácter consultivo —no directivo— y por un consejo director profesional responsable de “las funciones de los consejos de administración de las sociedades anónimas”.18 Los servicios de salud serían provistos por médicos y hospitales privados o propios, según su disponibilidad. Sin embargo, el Congreso rechazó el proyecto aduciendo que carecía de sustento actuarial. La principal barrera fue la prioridad que dio Cárdenas para consolidar sus reformas antes de la transición presidencial. En este contexto, el Partido de la Revolución Mexicana retomó el modelo corporativista del INSS en el Segundo Plan Sexenal que orientaría el gobierno de Manuel Ávila Camacho.

Ante una sucesión presidencial violenta y fraudulenta, la división política en el ejército, la amenaza del sindicalismo oficial por el sinarquismo y la Segunda Guerra Mundial, Ávila Camacho convocó a la unión nacional en 1941, recibiendo apoyo económico de Estados Unidos para consolidar la economía de guerra y el alineamiento de México contra los Países del Eje. La OIT se refugió en Montreal y desde allí lanzó un vigoroso programa de apoyo al establecimiento de esquemas de seguridad social en los países de América Latina. En efecto, el presidente estadunidense F.D. Roosevelt y el primer ministro británico Winston Churchill vieron en la seguridad social una política para alentar la moral de guerra al prometer salud y bienestar una vez conseguida la paz. Adoptaron así como manifiesto de la seguridad social el recién publicado Informe Beveridge, elaborado para consensuar la reforma de la previsión social en Reino Unido.

El Informe Beveridge planteó integrar los múltiples fondos de pensiones y esquemas de salud en un fondo nacional de contribución tripartita que brindaría subsidios familiares, servicios de salud y ayuda ante el desempleo, todo ello como derechos ciudadanos para promover el pleno empleo. Se cubriría a todos los ciudadanos de manera gratuita al momento del servicio mediante recursos que serían asignados para cada ciudadano, con la importante provisión de que el fondo estaría separado de la prestación de servicios. El Departamento de Salud organizaría así un Servicio Nacional de Salud contratando a médicos privados ya en funciones, así como a los hospitales públicos y a los privados sin fines de lucro.

En este contexto Ávila Camacho estableció en 1941 la Comisión Técnica del Seguro Social para la implementación del INSS. En esta Comisión participaron los sindicatos verticales obrero-patronales bajo la asistencia técnica de la OIT, a quienes se les distribuyeron como documentos guía la propuesta del INSS y el Informe Beveridge. Sin embargo, antes y sobre todo después de la aprobación unánime de la LSS por el Congreso, los organismos patronales oficiales, los médicos en proceso de contratación y los sindicatos de las principales empresas en la Ciudad de México protestaron ante la amenaza que se perdieran las prestaciones sociales, se desorganizaran los contratos colectivos o se marginara la práctica profesional. El gobierno acalló estas protestas usando diversas estrategias de represión y cooptación, incluido el encarcelamiento de líderes, la constitución del Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social, incrementos salarias por arriba del mercado para el personal médico y una cierta tolerancia hacia la continuidad de los esquemas de atención médica de las empresas más poderosas.

A pesar de la oposición, la Ley del Seguro Social fue promulgada por Ávila Camacho en 1943 estableciendo al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Su estructura fue idéntica a aquella planteada para el INSS y lejos del Informe Beveridge, salvo por el llamado a una eventual cobertura universal. Con un financiamiento que obligaba a empresarios y trabajadores a contribuir al costo del seguro, la gobernanza del nuevo instituto dependería no del Congreso sino de un Consejo Técnico constituido por sindicatos verticales nominados y controlados por el Estado. La representación de los sindicatos en el Consejo Técnico fue siempre exigua y hoy es de apenas al 3 % del total de los trabajadores afiliados al IMSS: aquellos que también militan en las filas de sindicatos importantes como la Confederación de Trabajadores Mexicanos (CTM), la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC) y el sindicato de los mineros. Desde sus inicios y a la fecha, la afiliación al IMSS con plenos derechos se limitaría principalmente a los trabajadores del sector formal, excluyendo así las grandes mayorías que según el Informe Beveridge deberían de beneficiarse con la previsión social. A pesar de que el Departamento de Salubridad ofreció al IMSS el uso del Hospital General y de los recién nacidos institutos nacionales de salud, todos los prestadores externos —tanto públicos como privados— quedaron excluidos de la operación del IMSS desde sus inicios. A cambio, el gobierno federal integró al Departamento de Salubridad y a la Secretaría de Asistencia en una nueva Secretaría de Salubridad y Asistencia (SSA), la cual tendría que valerse de un magro presupuesto para atender a la mayor parte de la población que había quedado excluida por el IMSS.

El diputado Alejandro Carrillo del Partido de la Revolución Mexicana (el antecedente del Partido Revolucionario Institucional) reconoció el carácter nacionalista e inequitativo de la LSS. Al aprobarse la legislación en 1942, Carrillo afirmó que las grandes masas de los campesinos tendrían “en esta ley la garantía legal de que en un futuro próximo a ellos también habrá de beneficiarlos este ordenamiento”, añadiendo que “la Ley del Seguro Social es una medida legislativa revolucionaria; por serlo, es también patriótica; precisamente por ser revolucionaria es generosa; precisamente por ser revolucionaria es nacional, nacionalista: defender a los desamparados, auxiliar a los desvalidos, a los económicamente débiles […] es defender la patria mexicana”.19

Las reformas a la LSS de los presidentes Luis Echeverría (1973) y Ernesto Zedillo (1995) profundizaron la segmentación del sistema de salud mexicano, el primero al introducir esquemas de prestaciones diferenciados acorde con la capacidad de pago de las poblaciones beneficiadas, y el segundo al introducir el régimen de solidaridad social para legitimar las medidas tomadas por el presidente José López Portillo para extender los esquemas diferenciados hacia poblaciones marginadas usando financiamiento federal. Por su parte, la Reforma Estructural de la Secretaría de Salud del presidente Miguel de la Madrid iniciada en 1983 fortaleció a los gobiernos estatales para que estos extendieran la cobertura de servicios públicos a poblaciones que carecían de afiliación a algún seguro social. No obstante, el IMSS impidió la integración en la mayoría de los estados, reconociendo el poder que le daban los servicios “solidarios” para justificar la inequidad.

El presidente Vicente Fox introdujo el Seguro Popular en 2003 en un intento de democratizar la salud, buscando cerrar las brechas financieras entre las poblaciones asegurada y no-asegurada y entre las entidades federativas como un primer paso hacia la futura integración del sistema. No obstante, los gobiernos subsecuentes abandonaron este objetivo, buscando en su lugar alcanzar la cobertura universal a través de la segmentación. Por otra parte, entre 2011 y 2013 se denunció el desvío de fondos del Seguro Popular en al menos ocho entidades.20

Frente a la corrupción que afectó la gestión del Seguro Popular, el presidente Andrés Manuel López Obrador lo desmanteló en 2019 con la idea de integrar a la población no-asegurada bajo el programa IMSS Bienestar mediante el cual la federación financia servicios para población en extrema pobreza, quizás anticipando un futuro en el que el IMSS homologaría a todos los servicios públicos. Sin embargo, la administración de López Obrador abandonó esta idea al descubrir su inviabilidad administrativa y financiera. En su lugar, el actual gobierno creó el Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi). Si bien la administración buscó con ello centralizar los servicios para la población no-asegurada de manera semejante al IMSS, la decisión de desdibujar la autoridad de los estados en materia de salud terminó por debilitar la capacidad administrativa del nuevo Instituto.21

La segmentación del sistema de salud en México se instituyó de manera similar a los sistemas de los países del sur de Europa en el contexto de coyunturas políticas de crisis. Paradójicamente, la segmentación en México se profundizó al integrarse parte del financiamiento federal para población sin seguro dentro del IMSS, a través del programa IMSS-Bienestar. La actual administración del presidente López Obrador los revertió los esfuerzos para homologar el financiamiento y las prestaciones entre las poblaciones con y sin seguro social al cancelar el Seguro Popular y exponer el financiamiento a los vaivenes de la disponibilidad presupuestal.

Claves de las reformas y lecciones para México

Las historias de la instauración de sistemas de salud corporativistas y autoritarios en los países del sur de Europa y en México comparten rasgos similares. En el caso de los primeros, la segmentación fue instituida como herramienta del fascismo en Italia, del Estado Novo en Portugal, del falangismo en España y de la dictadura de Metaxas en Grecia. En México, el corporativismo autoritario en salud fue diseñado por Calles en la propuesta del INSS —inspirada en el éxito de la Carta del Trabajo de Mussolini22— mientras que la Ley Federal del Trabajo de 1931 le dio al corporativismo un sustento legal. La postergación de la implementación del IMSS hasta 1943 respondió a la Gran Depresión, pero sobre todo fue una herramienta de unidad nacional en el contexto de la transición ilegítima del gobierno de Ávila Camacho y de la Segunda Guerra Mundial.

La integración de los sistemas de salud segmentados de los países del sur de Europa sucedió entre 1978 y 1986, salvo el caso de Grecia, donde hubo que esperar hasta 2011 (véase la Tabla 1). En todos los casos europeos, gobiernos de coalición de derecha e izquierda sustentaron sus reformas en leyes nacionales de salud promulgadas en el contexto de los procesos de democratización. Con la excepción de Portugal, la integración sucedió cuando los sistemas segmentados habían logrado la cobertura universal de prestaciones básicas, aun cuando subsistían fuertes inequidades. La quiebra de muchos de los esquemas previsionales y los fuertes déficits del gasto público ante las crisis económicas fueron antecedentes clave de la integración.

Tabla 1: Situación de gasto y protección financiera en salud en países del sur de Europa en el año de la integración de su sistema de salud y a la fecha, comparación con México

Fuente: elaboración propia con estadísticas de la OCDE. El año de la integración se refiere al de la promulgación de la ley nacional respectiva. La situación actual se reporta para 2020 o 2019 en algunos casos23

En Italia, la crisis financiera en el sector salud coincidió con una época de inestabilidad política, así como con el apoyo sindical a la integración y el activismo de los intelectuales armados con propuestas muy concretas. El gobierno del Compromiso Histórico, en el que colaboraron partidos de derecha e izquierda, dio lugar así a la ley de integración. En Portugal, la caída del Estado Novo ante la crisis política y económica dio lugar a la integración:un gobierno de unidad nacional se las arregló para superar la oposición sindical, logrando una integración amplia si bien no completa. En España, la integración se dio a raíz del rechazo a la dictadura tras la muerte de Franco y la promulgación de una Constitución que privilegió la gestión de la política social por las provincias autónomas. Finalmente, en Grecia la integración fue consecuencia de la crisis económica y del arribo de un gobierno de coalición para encararla, el cual pudo valerse de la experiencia de décadas de los países de la Unión Europea.

En todos los casos analizados, los rasgos clave de la integración de los sistemas de salud fueron los siguientes:

• La separación de los fondos de previsión en ramos de salud y de pensiones.

• La integración de los fondos de salud bajo un pagador único controlado por los gobiernos nacionales.

• La integración de los prestadores de servicios de salud de los esquemas previsionales bajo la autoridad de los ministerios de salud nacionales y su descentralización a las provincias.

• La instauración de la autonomía de gestión de los prestadores hospitalarios.

• El financiamiento de los prestadores con base en el pago por desempeño.

• El control del gasto mediante copagos para desincentivar la utilización innecesaria de servicios así como mediante la limitación de la oferta con base en cuotas y techos financieros.

La experiencia de los países del sur de Europa sugiere que México podría estar ya en una coyuntura propicia para la integración del sistema de salud. Existe un amplio consenso entre los intelectuales del país sobre la necesidad de una integración de los fondos previsionales en torno a un pagador único. La oposición de los sindicatos oficiales disminuyó con el fallecimiento del líder de la CTM, Fidel Velázquez, así como con la reducción del porcentaje de trabajadores sindicalizados en el sector privado a menos del 6 % del total. El Seguro Popular, por su parte, fortaleció la cobertura de la población sin seguro social y estuvo cerca de universalizar las prestaciones básicas hacia 2018. El incremento del financiamiento disminuyó la diferencia entre el gasto per cápita en beneficio de la población asegurada y aquel en beneficio de la población no-asegurada a menos del 30 %, justificando así la segmentación del gasto público, al menos para atención primaria.24

Por otro lado, en el México de nuestros días existen también dinámicas que nos obligarán a integrar nuestro sistema de salud más temprano que tarde. Entre estás dinámicas están el crecimiento de la economía informal, la creciente flexibilización laboral y la quiebra técnica del IMSS. Más de la mitad de la población económicamente activa trabaja en el mercado informal, lo que hace imposible que el Instituto aspire a la cobertura universal. Por otra parte, la cobertura del IMSS es en realidad mucho menor de la que se pregona. Cada año pierden la afiliación y el derecho de acceso a servicios médicos alrededor del 38 % de los beneficiarios del IMSS, principalmente por la pérdida del empleo estacional y por la prevalencia de contratos temporales entre los trabajadores más vulnerables.25 Si bien el IMSS cubre formalmente al 43 % de los mexicanos, en realidad apenas al 28 % de la población alcanza una cobertura duradera. Por otra parte, el desfinanciamiento del fondo de pensiones de los trabajadores del IMSS debilita cada vez más al Instituto, lo que en ausencia de una reforma llevará a una situación catastrófica para 2034, fecha en la que la institución se verá obligada a asignar el 63 % de su gasto operativo a pagar a trabajadores jubilados.26

Entre las debilidades que sobresalen al compararnos con los países del sur de Europa está la creciente centralización administrativa de la Secretaría de Salud, la administración burocrática de la atención a la salud y la falta de coordinación con el sector privado. Sólo los hospitales de alta especialidad, tanto en el IMSS como en la Secretaría de Salud, gozan de estatutos de autonomía, aunque aun allí su gestión es controlada estrechamente por el IMSS a nivel central, opacando el rol de los consejos de gobierno. En el caso del IMSS, el carácter corporativista de estos consejos —tanto el Consejo Técnico nacional como los consejos de hospital de alta especialidad— debilita aún más la capacidad para definir y enfrentar los grandes problemas institucionales y del sistema de salud en su conjunto. En efecto, los consejeros representan intereses de una proporción muy reducida de los afiliados o bien los intereses de la gran industria nacional en la que labora una pequeña parte de los mexicanos.27

Otra debilidad del sistema de salud mexicano es que la colaboración entre los pagadores públicos y el sector privado se limita a la compra de insumos. En efecto, la compra de servicios privados es exigua. Sin embargo, hasta la mitad de la atención primaria y una cuarta parte de la atención hospitalaria que recibe la población es brindada por prestadores privados sin coordinación alguna con el gobierno y con una tenue regulación. Esto es el caso pese a que la mayoría de los usuarios están afiliados a los esquemas de seguro social o son formalmente cubiertos por servicios de la Secretaría de Salud. Frente a esta situación, vemos un creciente monopolio de los hospitales privados, así como un incremento en sus precios que se refleja en pólizas de seguros privados cada vez más costosas y limitadas en su cobertura.28

La participación de las profesiones de la salud vía colegios y asociaciones está limitada a la gestión de la acreditación de especialistas, a actividades académicas, a la defensa de intereses gremiales y a la asesoría del gobierno vía la Academia Nacional de Medicina. Son escasas así sus propuestas para superar las limitaciones del sistema de salud, incluso de aquellas que afectan su desarrollo profesional. Por otra parte, la formulación de propuestas de reforma ha sido responsabilidad de órganos del ejecutivo –y nunca del legislativo.

La experiencia del sur de Europa es pertinente para México no sólo por que podemos aprender mucho de sus sistemas de salud segmentados, sino también porque la capacidad económica del México actual se parece mucho a que tenían los países de aquella región en la época en la que integraron sus sistemas. El PIB per cápita de estos países al momento de sus reformas no era muy superior al que ahora tiene México (19 % más grande en el caso de España y 29 % mayor en el caso de Italia) y en algunos casos era incluso inferior (Portugal tenía un PIB per cápita 8 % menor que el de México). Por otra parte, las reformas en los países del sur de Europa trajeron consigo un importante incremento en el gasto en salud per cápita, el cual creció de niveles similares a los del México actual a cifras casi el doble de las de entonces (la excepción es Grecia, donde la misión de la reforma fue encarar la crisis económica y la reducción consecuente en el gasto en salud).

La experiencia de los países del sur de Europa sugiere grandes oportunidades para México. La segmentación del sistema de salud es claramente insostenible, tal y como se observó en estos países en sus respectivas coyunturas. Los trabajadores de la salud tienen ante sí una disyuntiva: o bien un continuado estancamiento y la quiebra de sus fondos de pensiones, o bien una creciente participación en la formulación de reformas de gran calado. Los políticos, por su parte, podrán ver la oportunidad de alianzas estratégicas para apartarse de políticas nacionalistas sin rumbo y proponer nuevas bases para el bienestar social de todos los mexicanos. Sobre estas bases podremos, entonces, afirmar que aspiramos a un sistema de salud como el de Italia, Portugal, España y Grecia.

 

Miguel A. González Block
Director del Observatorio Norteamericano de Sistemas y Políticas de Salud. Investigador asociado en la Universidad Anáhuac México. Investigador honorario en el Instituto Nacional de Salud Pública

 

Referencias

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1 Frenk J., y Dantés O. “Salud: Sin lugar para quimeras”, nexos, 1 de mayo del 2019.

2 Véase: Gallo, S. “Dictatorship and international organizations: The ILO as a ‘test ground’ for fascism” en Kott, S., y Droux, J. Globalizing social rights. The International Labour Organization and beyond, Geneva, ILO, 2013.

3 Gobierno de Italia. Ley 11 de enero de 1943, núm. 138. Constitución del Cuerpo “Mutualidad Fascista – Instituto para la Asistencia de Enfermedades a los Trabajadores”, G. U., 3 de abril de 1943, núm. 77.

4 Ferré F., y otros. Italy: Health System Review. Health Systems in Transition, 16(4):1–168, 2014.

5 Scoppola, P. La repubblica dei partiti: evoluzione e crisi di un sistema politico: 1945-1996 (en italiano). Il Mulino, Bolonia, 1997. ISBN 8815059601.

6 Gobierno de Italia, Ley 23 de diciembre de 1978, núm. 833 – Institución de S. S. N. (Supply. Ordinario en GAZZ. UFF., 28 de diciembre, núm. 360). – Establecimiento del Servicio Nacional de Salud, 1978.

7 Gobierno de Portugal, Decreto 35 1946, Lei de previdência social, 1946.

8 Simões, J., y otros. Portugal: Health system review. Health Systems in Transition, 19(2):1–184, 2017.

9 Simões, J., y otros. Portugal: Health system review. Health Systems in Transition, 19(2):1–184, 2017.

10 Gobierno de España, Ley de 14 de diciembre de 1942, por la que se crea el seguro obligatorio de enfermedad, Boletín Oficial del Estado, 27 de diciembre de 1942.

11 Ibid.

12 Bernal-Delgado E., y otros. Spain: Health system review. Health Systems in Transition, 20(2):1–179, 2018.

13 Gobierno de España, Ley 14/1986, de 25 de abril, General de Sanidad. (BOE núm. 101, 29 de abril de 1986.

14 Gobierno de España, ob. cit.

15 Véase: Nikolaidis, G., y Sakellaropoulos, S., “Social Policy in Greece in the Interwar Period: Events, Conflicts, and Conceptual Transformations”, SAGE Open October-December, 2012. Véase también: Chrysopoulos, P. “The Establishment of the Social Security Institution in Greece”, Greek Reporter, 8 de junio del 2017.

16 Gobierno de Grecia, Ley del IKA, 1934.

17 González Block, M. A. El Seguro Social: evolución histórica, crisis y perspectivas de reforma, Huixquilucan, Universidad Anáhuac, 2018.

18 Exposición de motivos del proyecto de Ley de Seguros Sociales, 26 de marzo de 1938, en Mendoza Barrueto, M. G., y otros (Coords.), Antecedentes de la Ley del Seguro Social. México, D. F., IMSS, 1970. p. 519.

19 Proyecto de Ley del Seguro Social. La Comisión de Previsión Social. Discurso del diputado Alejandro Carrillo, en Mendoza Barrueto y otros, ob. cit., p. 563

20 González Block, M. A., y otros. La separación de las funciones financiera y de prestación de servicios de salud en el Seguro Popular. Formulación, alcances y retos de la reforma del 4 de junio de 2014. Ciudad de México, Comisión Nacional de Protección Social en Salud, 2018.

21 González Block, M. A., y otros. “Mexico Health System Review. Health Systems in Transition”. 22(2):i-222. European Observatory of Health Systems and Policies, World Health Organization, 2020.

22 Ramos Torres, J. R. “México e Italia, su relación en los años del callismo y del fascismo”, Tesis de maestría en Estudios Políticos y Sociales, Ciudad de México, UNAM, 2014.

23 Notas sobre el año de las cifras disponibles más próximas al momento de la reforma:

• 1984 para protección financiera, 1991 para gasto de bolsillo y 1995 para seguros privados.
• 2008 para protección financiera.
• 1988 para gasto de bolsillo y protección financiera.
• 1977 para protección financiera y 2000 para gasto de bolsillo y para seguros privados.

24 González Block, M. A. El Seguro Social: evolución histórica, crisis y perspectivas de reforma. Huixquilucan, Universidad Anáhuac, 2018.

25 Guerra, G., y otros. Loss of job-related right to healthcare due to employment turnover: challenges for the Mexican health system. BMC Health Services Research, 2018.

26 González Block, M. A. El Seguro Social: evolución histórica, crisis y perspectivas de reforma, Huixquilucan, Universidad Anáhuac, 2018.

27 Ibid.

28 González Block, M. A., y otros. El subsistema privado de salud en México. Retos y oportunidades, Huixquilucan, Universidad Anáhuac, 2018.

Energía

Lo perdido (y ni siquiera mencionado) por la Reforma Bartlett

Imagine por un momento que usted es un empresario y necesita mucha energía para su fabrica. ¿Cómo la puede obtener? Actualmente hay dos formas principales. Por un lado, usted puede conectarse a la red de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y recibir la energía. Si usted es un consumidor importante y consume un megawatt o más —y si el gobierno respeta la ley—, usted podría comprarla a la  CFE o a otro suministrador. Pero, por otro lado, usted mismo también puede generar la energía que necesita o buscar alguien que genere esa energía junto a su fábrica y se la entregue.

Ilustración: Víctor Solís

¿A quién preferirá como proveedor? Obviamente a quien le entregue la energía como la necesita y al costo más bajo posible.

Para eso hay modelos que existen en la ley desde 1992 o antes —entre ellos: usos propios continuos y cogeneración— pero también hay otros modelos producto de la reforma de 2013 de y la Ley de la Industria Eléctrica —como generación local y abasto aislado interconectado— que construyen su propia central al lado de la nave industrial y suministran energía eléctrica usando líneas de transmisión propias, pero al mismo tiempo se mantienen interconectados con la red de CFE para efectos de seguridad o, en algunos casos, de vender sus excedentes al mercado eléctrico.

Hay un tipo de generador que es un poco más complejo pero hace básicamente lo mismo: las centrales de cogeneración. Este tipo de centrales usa gas para generar electricidad con una turbina. El calor que producen es un producto secundario y lo usan para calentar agua y producir vapor que luego entregan a alguna otra empresa que lo requiere. La energía que generan estos privados no pasa por el Sistema Eléctrico Nacional: no la despacha el Centro Nacional de Control de Energía ni usa transmisión ni distribución estatal. Por lo tanto, no pagan esos servicios o pagan lo necesario sólo para mantenerse conectados.

Hay que recalcar que toda central de más de quinientos kilovatios de capacidad de generación —como es el caso de este tipo de centrales— requiere de un permiso. También vale la pena señalar que, desde hace más de un año, la Comisión Reguladora de Energía (CRE) ha obstaculizado o negado este tipo de permisos, sin fundamento legal. Pero, además, la reforma eléctrica del presidente Andres Manuél López Obrador “cancela” el permiso de generación de todas las centrales, sin excepción, incluyendo este tipo de modelos, con lo que no tendrán la base jurídica para poder operar. La iniciativa también cierra la posibilidad de que algunas centrales sigan operando porque las considera ilegales, aún cuando no hay una sola sentencia del poder judicial que así lo diga.

¿Cómo operarían estos tipos de centrales si se aprueba la reforma? A diferencia de como sucede ahora, cuando estas centrales generan al lado de la empresa consumidora y le entregan energía, ahora tendrán que ir a negociar en lo oscurito con el director de la CFE para ser de esos “afortunados” que entregan energía al sistema. Sólo así podrán conectarse al Sistema Eléctrico Nacional para entregar energía a la red para que esa misma red le entregue la energía al que era su cliente, con cargos adicionales por transmisión y distribución que en realidad no necesitan usar.

Si estamos hablando de una planta que produce no sólo electricidad sino también calor y vapor —como es el caso de las centrales de cogeneración—  y la central en cuestión no llega a un acuerdo con el director de la CFE, la planta tendrá un problema serio: al no lograr que su energía se despache, no tendrá la forma de generar el calor que después vende en forma de vapor a su cliente. Entonces el cliente tendrá una dificultad doble: primero, pagará por conceptos que no usa (transmisión, distribución y suministro eléctrico) y, segundo, tendrá que gastar más en lograr el suministro de vapor, que ya no será un producto secundario y por tanto se encarecerá.

Si usted busca menciones a este tipo de modelos en la iniciativa de reforma que presentó el presidente el 30 de septiembre pasado, nada encontrará. La Reforma Bartlett no considera, revisa, analiza o siquiera menciona los modelos de generación derivados de la reforma de 2013, pero si los “cancela”. ¿Por qué? Porque todas las formas de generación le quitan mercado a la CFE, que es menos eficiente y por lo tanto más cara. Y esta reforma no se trata de ampliar opciones para beneficiar al consumidor, sino que busca regresarle el monopolio a la CFE para “fortalecerla”, aunque de forma simulada.

La reforma tampoco analiza o menciona al mercado eléctrico que paga los costos totales de transmisión y distribución; que paga por el uso de redes saturadas; que hace aportaciones al sistema para interconectarse; que hace aportaciones para la electrificación total y que, a pesar de todo esto, ofrece energía a costo más bajo que la CFE y que, además, está en un marco jurídico vigente, creado en 2014, y que es lo que sí se puede seguir desarrollando. Eso no lo revisa, pero lo destruye. No vaya a ser que el consumidor encuentre una forma de ser más eficiente y Bartlett pierda poder.

 

Víctor Florencio Ramírez Cabrera
Vocero de la Plataforma México Clima y Energía

Sobre el CIDE y la destitución de sus funcionarios

Desde el año pasado, el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) ha estado en la mira de los medios de comunicación como resultado de la desaparición de sus fideicomisos y la consiguiente reducción de su presupuesto operativo. Como estudiante de maestría de dicha institución, he tratado de mantenerme al margen de la discusión pública para concentrarme en mis labores académicas y de investigación. Sin embargo, al igual que gran parte de mis compañeras y compañeros que habían decidido guardar silencio ante esta situación, los recientes eventos me han motivado a alzar la voz por primera vez.

Ilustración: Izak Peón

A principios de agosto de este año, después de que el Dr. Sergio López Ayllón renunciara a su cargo como director del CIDE, me enteré de que el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) había elegido al Dr. José Antonio Romero Tellaeche para asumir este cargo de forma temporal. En ese entonces, recuerdo haber tecleado el nombre del nuevo director interino en el buscador de Google para conocer un poco sobre su trayectoria. Me emocioné al ver que, al igual que yo, el Dr. Romero Tellaeche había estudiado su licenciatura en la Facultad de Economía en la UNAM. Asimismo, me pareció interesante su larga lista de publicaciones, su pertenencia al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y su agenda de estudio. Por tanto, creí que el Conacyt había tomado una buena decisión.

Las cosas comenzaron a complicarse en octubre, cuando el Dr. Romero Tellaeche decidió destituir al Dr. Alejandro Madrazo Lajous de su cargo como director de la sede del CIDE en Aguascalientes. Sobre este incidente no sé más de lo que los medios reportaron en su momento: que el Dr. Madrazo había sido destituido de su cargo por razones de “pérdida de confianza” y que continuaría trabajando como profesor-investigador. Posteriormente, a principios de noviembre recibí un correo por parte de la Dirección Académica del CIDE informándome que el Dr. Romero Tellaeche competiría con el Dr. Vidal Lleranas Morales, antiguo Alcalde de  Azcapotzalco, por el cargo de director titular de la institución. La toma de posesión del candidato ganador se agendó  para el 29 de noviembre.

Pero, ¿cómo fue que se desató el actual ambiente de enojo y desconfianza al que se enfrenta el Dr. Romero Tellaeche en estos momentos? Todo comenzó hace apenas unos días. El 16 de noviembre la Dra. Catherine Andrews publicó un comunicado en su cuenta de twitter anunciando que había sido destituida de su cargo como Secretaria Académica del CIDE por el director interino a causa de un “acto de rebeldía”. El acto en cuestión tiene que ver con que el Dr. Romero Tellaeche había solicitado a la Dra. Andrews y a la Directora de Evaluación Académica, Céline González, posponer las evaluaciones de profesores de este semestre hasta que se nombrara oficialmente al nuevo director titular del CIDE; esto con el fin de que el funcionario elegido pudiera participar en el proceso de evaluación.

Tanto la Dra. Andrews como Céline González le comentaron al Dr. Romero Tellaeche que las evaluaciones no podían posponerse y que debían llevarse a cabo en la fecha acordada para respetar los lineamientos de la institución. Esto trajo como resultado la destitución de la Secretaria Académica que tanta indignación ha causado. Sin embargo, es necesario aclarar un par de cuestiones que han sido malentendidas. La primera es que, a diferencia de lo que algunos medios reportaron, el Dr. Romero Tellaeche no realizó ningún despido, dado que Dra. Andrews retomó su cargo como profesora-investigadora del CIDE al igual que lo hizo el Dr. Madrazo después de su destitución. La segunda aclaración es que sólo la Secretaria Académica fue destituida y  que Céline González continúa laborando como Directora de Evaluación Académica. Fue ella misma la que propuso las evaluaciones de la planta de profesores.

No obstante, estas precisiones de ninguna manera disminuyen la gravedad de destituir a elementos centrales del personal de la institución por “pérdida de confianza” y “actos de rebeldía”. Al igual que a la mayoría de mis compañeras y compañeros del CIDE, las acciones del Dr. Romero Tellaeche me parecen sumamente injustas. A diferencia de los alumnos de otros programas, los estudiantes de los posgrados de la División de Historia hemos tenido la oportunidad de convivir con la Dra. Andrews en espacios que nada tienen que ver con su antigua función como Secretaria Académica. Yo la conocí durante el curso propedéutico que forma parte del proceso de selección para estudiar la Maestría en Historia Internacional (MHI). Al saber que ella me daría clases, busqué su nombre en google y me asombré de su trayectoria y publicaciones, de la misma forma que lo hice con el Dr. Tellaeche cuando supe que fungiría como director interino. En ambos casos sentí admiración y respeto. Sin embargo, mi experiencia conociendo a cada uno está lejos de ser la misma.

Desde el primer momento que conviví con la Dra. Andrews, ella se mostró entusiasmada por conocer a las y los aspirantes de la MHI. Siempre se preocupó por que todos aprendiéramos y aprobáramos el curso propedéutico con buenas notas para ser seleccionados al programa. Una de las cosas que más admiro de ella fue que, a pesar de los inconvenientes de la educación a distancia, la Dra. Andrews se esforzó por fomentar el diálogo, estableciendo una relación horizontal entre profesora y estudiantes. Sus clases me parecieron fascinantes: Andrews siempre llegó preparada y siempre se mostró responsable, atenta y dispuesta a escucharnos y responder a nuestras inquietudes. Poco después de que concluyera con éxito el propedéutico y fuese seleccionado para la maestría, me enteré que la Dra. Andrews había sido elegida para tomar el puesto de Secretaria Académica del CIDE. Al conocerla personalmente, me emocioné al saber que ahora no solo las y los estudiantes de los posgrados de División de Historia podríamos convivir con ella, sino también los alumnos de otros programas.

Su destitución me preocupa y me indigna. Pienso que quizá fue una decisión precipitada y que el conflicto suscitado podría haberse resuelto de otras maneras. También siento tristeza por mis compañeras del CIDE, quienes se sentían más seguras al contar con una mujer en una posición de autoridad al frente de la institución. Durante su breve estancia como Secretaria Académica, la Dra. Andrews siempre se preocupó por generar un ambiente de confianza y seguridad para todas las mujeres que estudian y laboran en el CIDE. Por consiguiente, son ellas a las que más ha afectado su destitución.

Tras los hechos acontecidos, las alumnas y los alumnos de los Posgrados de Historia decidimos redactar un posicionamiento dirigido al director interino y a la directora general del Conacyt. En dicho documento expresamos nuestro malestar ante las acciones tomadas en contra de la Dra. Andrews, solicitando su restitución acompañada de una disculpa pública por los daños morales ocasionados. Es claro que no fuimos escuchados. Asimismo, contribuimos a la redacción de un pliego petitorio con alumnas y alumnos de otros programas, mismo que fue firmado por la mayoría de las generaciones que estudian hoy en día en el CIDE.

Si bien los alumnos de la MHI en conjunto decidimos firmar dicho documento, sentí preocupación por algunas cláusulas incluídas en este. En especial me provoca incertidumbre la posible toma de instalaciones y la idea de llevar a cabo un paro indefinido de las actividades del CIDE. Como estudiantes de la maestría, somos completamente dependientes de la beca que nos otorga el Conacyt para sobrevivir día con día, por lo que, a pesar de la gravedad de los hechos acontecidos, no podemos darnos el lujo de suspender nuestros estudios por ningún motivo. Asimismo, la presente situación acontece en los momentos más difíciles del semestre en curso, que está a punto de terminar. Por tanto, los miembros de la comunidad estudiantil nos encontramos en un ambiente de estrés y ansiedad, no sólo por la preocupación derivada de las acciones tomadas por el director interino, sino también por la presión de terminar el semestre con buenas notas en tiempo y forma.

El 18 de noviembre, el Dr. Romero Tellaeche convocó a una reunión con la comunidad estudiantil para dialogar sobre la situación acontecida. Al recibir los datos de conexión para el evento, muchos estudiantes mostraron su malestar al enterarse que esta se llevaría a cabo en un formato de webinar: más que un diálogo, lo que el director interino planeaba era un monólogo. Por consiguiente, un grupo de alumnos y alumnas se organizaron para enviar por correo al Dr. Romero Tellaeche la liga de una reunión alternativa vía Zoom, donde sí se podría llevar a cabo un diálogo horizontal entre el funcionario y la comunidad estudiantil.

El director interino hizo caso omiso de la petición y comenzó la reunión en la sala virtual establecida en su correo. La discusión se dio en formato de preguntas y respuestas, dando la oportunidad a los estudiantes de expresar sus inquietudes ante el funcionario. Sentí admiración por mis compañeras y compañeros, dado que la mayoría de ellos se expresó con claridad y respeto, informando al Dr. Romero Tellaeche sobre el malestar que nos habían causado sus recientes decisiones. Este se mostró accesible a la escucha e incluso permitió la lectura del pliego petitorio que la comunidad estudiantil había redactado. No obstante, sus respuestas dejaron insatisfechos a los escuchas. Sobre el caso del Dr. Madrazo, el director interino comentó simplemente que este fue destituido por expresar públicamente sus intereses personales sin considerar el peso que estos conllevan al ser director de la sede de Aguascalientes. Sobre el caso de la Dra. Andrews, aclaró que la labor de la Secretaria Académica es colaborar con el director. Por tanto, cuando ella dejó de cumplir dicha función, fue necesario destituirla.

Posteriormente, en lo que parecía un intento de evadir el conflicto principal, el director interino comenzó a tocar temas no relacionados al asunto de la reunión. El Dr. Romero Tellaeche compartió una presentación en la que destacó los problemas principales a los que se enfrenta la institución a su cargo. Entre estos, a ojos del director interino, se encuentran la cantidad de dinero que ganan anualmente algunos profesores por ingresos extraordinarios y la creciente reducción en el número de postulantes que han solicitado admisión a los programas del CIDE en los últimos años. Sin embargo, el clímax de su discurso fue su insistencia en combatir el “neoliberalismo” que, en la opinión del director interino, predomina en este centro de investigación. Es claro que su postura está en sintonía con las recientes declaraciones del  presidente Andrés Manuel López Obrador. Es decir: que el neoliberalismo es el gran mal que debe erradicarse.

La verdad es que coincido con algunas ideas expresadas por el Dr. Romero Tellaeche en su presentación. Pienso que, en efecto, el CIDE necesita renovar los planes de estudio de su carrera en economía para implementar un plan de enseñanza con mayor pluralidad de ideas. Pero esto no significa que la institución se encuentre bajo un paradigma de pensamiento único. Por ejemplo, la División de Historia cuenta con materias optativas de carácter crítico: pienso en la clase de historia del feminismo que imparte la misma Dra. Andrew, así como seminarios en los que se enseñan corrientes historiográficas heterodoxas, tales como los estudios subalternos, el marxismo británico y los estudios poscoloniales. Asimismo, tampoco estoy de acuerdo con la afirmación del Dr. Romero Tellaeche que las y los estudiantes somos sujetos pasivos que nos dejamos influenciar por el profesorado y los medios de comunicación. Si bien algunas materias de los programas de economía podrían considerarse “neoliberales”, en la comunidad estudiantil prevalece un ambiente de reflexión crítico e independiente.

Es probable que el CIDE se encuentre en uno de los momentos cruciales de su historia. Frente a la próxima toma de posesión del futuro director titular, la comunidad estudiantil y el profesorado nos enfrentamos a una incertidumbre total. Nos preocupa pensar en las acciones que podría tomar el Dr. Romero Tellaeche si llega a ser elegido para ocupar definitivamente el puesto al que hoy es candidato. Se teme que haya una ola de despidos de profesores ante el menor desacuerdo con el funcionario. Además, a mis compañeras y compañeros les preocupa que el actual director interino pudiera llegar a tomar acciones en su contra por expresar públicamente su desacuerdo. Sin embargo, hoy deciden ser valientes y luchar por la institución que aman. Hoy rompen el silencio y alzan la voz.

 

Giovanni Villavicencio
Estudia la Maestría en Historia Internacional del CIDE.

Energía

Energía limpia, transición energética y reforma Bartlett

Una de las tristes realidades de este sexenio es que el cambio climático no está en la agenda del presidente. La iniciativa de reforma constitucional en materia eléctrica introduce el asunto de transición energética en dos ocasiones: una mediante la nueva redacción de la Constitución y la otra mediante proyectos de energía limpia. Vamos a analizarlas.

1. Primero, la iniciativa introduce el siguiente texto en la Constitución: “El Estado queda a cargo de la Transición Energética y utilizará de manera sustentable todas las fuentes de energía de las que dispone la Nación, con el fin de reducir las emisiones de gases y componentes [sic] de efecto invernadero, para los que establecerá las políticas científicas, tecnológicas e industriales necesarias para esta transición, impulsadas por el financiamiento y demanda nacional como palancas de desarrollo”.

2. Segundo, la iniciativa cita en la exposición de motivos una serie de proyectos de energía limpia —diez hidroeléctricos y uno fotovoltaico— como muestra del compromiso con la transición energética.

¿Pero esto nos asegura energía limpia, o un avance en la transición energética?

Primero hay que decir que la Constitución, en muchos aspectos, se ha convertido en una lista de buenos deseos y aspiraciones. El artículo cuarto, por ejemplo, habla del derecho a la salud o a un medio ambiente sano, pero el gobierno apeló la resolución judicial que lo obligaba a vacunar niños e intentó modificar el marco jurídico para poder seguir usando combustóleo en generación eléctrica. Ambas cosas parecen ir contra las buenas intenciones de la Constitución. La inclusión en el texto de la especificación de que el Estado quede a cargo de la transición energética, entonces, no significa nada si el gobierno no tiene intención de cumplir con la letra y el espíritu de la ley.

Ilustración: David Peón

Entonces, en un intento de construir una narrativa que justifique la reforma en términos de cuidado del medio ambiente, la iniciativa enumera un par de proyectos que el presidente le encargó a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) en materia de energía limpia.

Los proyectos de repotenciación de hidroeléctricas no nacen en este gobierno, aunque sería una buena noticia que se implementaran ahora. Con ellos se aprovechan recursos disponibles, se complementan inversiones e infraestructura ya hechas y se agrega capacidad de generación que abonará a la seguridad del sistema eléctrico al agregarle flexibilidad que permite sumar más renovables como eólica y solar.

Según las licitaciones, se intervendrán nueve hidroeléctricas para agregar un total de 240 Megawatts (MW) de capacidad de generación adicional.

Pero el proyecto solar que presenta el presidente —con 1000 MW de capacidad de generación solar fotovoltaica en Sonora— no está en el plan de negocios de CFE, pero además contradice los argumentos que constantemente presenta la titular de Secretaría de Energía, Rocio Nahle. El proyecto genera los mismos mayores problemas de “desbalance” que tanto atacó la secretaria al desarrollar un gran parque solar en lugar de un mayor número de parques solares de menor capacidad distribuidos en la zona norte del país. De hecho, el proyecto obliga a construir una línea de transmisión que este mismo gobierno canceló a inicios de 2019.

O sea, el “exceso" de generación que veía Nahle ya no es tal, y la línea que decidieron no licitar —y que no costaría al Estado— se tendrá que hacer ahora con cargo al Estado.

Ahora, de concluirse los proyectos, ¿bastarían para avanzar en la transición energética?

Para darnos una idea, la primera mitad del año se instalaron paneles solares de generación distribuida con poco más de 246 MW de capacidad de generación. Eso significaría que en un año se habrían instalado el doble de capacidad de generación en paneles solares en techos que la capacidad que se ha instalado en hidroeléctricas en todo el sexenio.

El parque solar iría por fases, iniciando con 120 MW, pero de solucionarse los problemas técnicos y las complicaciones de mercado pretende llegar a los 1000 MW.

En conjunto, ambos proyectos llegarían a los 1240 MW. Para cumplir con la meta de 35% de energía limpia en 2024, se requiere agregar entre solar y eólico unos 3500 MW de capacidad nueva anual. O sea, unos 14 000 MW de capacidad nueva de aquí a 2024. Eso significa que, de concretarse los proyectos que la iniciativa propone, se habrá agregado al sistema menos del 105 de lo que se requiere para cumplir con las obligaciones legales, que están alineadas con los compromisos internacionales, que tienen carácter constitucional.

Además de la mención de los proyectos, la iniciativa no establece mecanismo alguno para caminar en la transición energética. De hecho, la redacción de la iniciativa parece limitar la posibilidad de la transición a las posibilidades financieras y tecnológicas del Estado —que de entrada sabemos son bastante limitadas— además de priorizar los energéticos “nacionales”, pese a que estos son contaminantes e ineficientes.

En resumen, la iniciativa no establece mecanismos para cumplir con las obligaciones en materia de energía limpia, pero busca “taparle el ojo al macho” con algunos proyectos que son bienvenidos pero insuficientes. Con la reforma, la transición energética no tiene impulso real y por lo menos se frena de tajo de aquí a 2024.

 

Víctor Florencio Ramírez Cabrera
Vocero de la Plataforma México Clima y Energía

Nuestro malestar en la cultura:
de Hobsbawm a López Obrador

En agosto de 1996 nexos publicó un texto del historiador británico Eric Hobsbawm con el título “La política de identidad y la izquierda”. Desde la mesa de redacción de la revista se trató de mostrar el quid del historiador en una presentación tan didáctica como sintomática: “¿Qué tiene qué ver la izquierda contemporánea con la política de la identidad? […] Nada, responde [Hobsbawm], pues su ideario político es esencialmente universalista. La identidad se piensa como rechazo de los ‘otros’. Así proceden, al menos, las minorías étnicas, sexuales o religiosas”. Se puede leer el ensayo de Hobsbawm en esa clave, aunque uno desearía que el argumento fuera más matizado; imposible. Escribió Hobsbawm:

Desde los años setenta ha habido una tendencia —que va en aumento— a ver a la izquierda esencialmente como una coalición de grupos e intereses de minorías: de raza, género, preferencias sexuales o culturales de otro tipo y estilos de vida, incluso de minorías económicas como la de ensuciarse las manos en que se ha convertido la clase obrera industrial. Esto es bastante comprensible, pero es peligroso, y no es la menor de las razones el que la conquista de las mayorías no sea lo mismo que sumar minorías.

La preocupación no se oculta: ¿cómo puede la izquierda colocarse en tal lugar que sea identificada como la nación toda, a la manera de la gran coalición de Franklin D. Roosevelt o el bloque socialdemócrata escandinavo de la década de los treinta del siglo pasado? El ensayo de Hobsbawm tiene veinticinco años de antigüedad.

El comentario del presidente Andrés Manuel López Obrador sobre las políticas de derechos e identitarias me incomodó. De entrada, me pareció excesiva esa andanada contra posiciones ya conquistadas —y quizá consolidadas— por unas izquierdas a la que el presidente está adscrito. El asunto es aún más notable si consideramos que algunas novedades constitucionales (como la interrupción legal del embarazo y el matrimonio entre personas del mismo sexo) cuentan con un respaldo (si bien difuso y no militante) distribuido en amplios sectores por medio de ese mecanismo sutil del consenso moderno: la aceptación tácita y no resistente. Con fuertes elementos políticos y culturales en contra (de entrada, un catolicismo pendenciero, de un primitivismo doctrinal inverosímil), las agendas de igualdad de derechos y de promoción de opciones de libertad para habitar las ciudadanías han anclado en la vida pública. Le guste o no al presidente, es un logro de las izquierdas, esos vectores estructurantes de su amplia coalición plebeya.

Como ha sucedido desde el primero de diciembre de 2018, el amplio espectro de los críticos del presidente López Obrador (incluyendo a los acérrimos) lo acompañan en una ronda como la de San Miguel. No se pueden salir del juego, de la caja, de la tonada. Ello redunda en un enrevesamiento discursivo de época. Sus críticos, tumultuariamente convertidos al leninismo (el programa y sus instrumentos, y nada más), no han encontrado espacio ni tiempo para una crítica construida sobre bases sociológicas o culturales amplias; reproducen por la tarde lo que el presidente dijo en la mañana, en un juego de espejo que constituye un hecho comunicativo en toda la línea. Aunque se trata de una obligación inexcusable, la sola impugnación directa e inmediata de los dichos de López Obrador en temas vinculados a los derechos en expansión de los ciudadanos (las mujeres, los homosexuales o el medio ambiente) genera no obstante una sensación equívoca. De entrada, la del vicariato: no son los políticos sino los intelectuales los que llevan la voz cantante en el debate público; éstos ejercen supletoriamente las tareas de la oposición, entre otras razones porque la oposición está entrampada en sus propios calabozos ideológicos: ¿Hasta dónde podría llegar el PAN y sus epígonos en cuanto a los derechos de las mujeres y los homosexuales? ¿Hasta dónde el PRI, que acompañó al PAN en esa traición inaudita —a las mujeres, a su propia historia quizá— que ha sido “la protección de la vida desde la concepción” en los congresos locales, proceso que fue, sin duda, el gran aggiornamento del partido de la Revolución Mexicana con el nacional-catolicismo?

Quizás en los últimos cincuenta años, pero de manera más intensa en los últimos treinta, la irrupción de la agenda de las mujeres y la expansión de los derechos ciudadanos respecto a las libertades del cuerpo (a lo que podría agregarse, en otro plano, la conservación del medio ambiente como propiedad pública) han venido a trastocar las rutinas diurnas de nuestras sociedades. Un alebrestado inconsciente colectivo nos acecha en alianza indistinta con los buenos o los malos (ese inconsciente no busca límites morales, sino formas de exhibir su energía). Se esboza lo ominoso y, peor aún, comenzamos a habitarlo. Las sociedades entran en un desasosiego, una incomodidad en el acto del respirar, en las miradas de soslayo a los nuevos y a veces estridentes actores del espacio social: tantos nuevos rostros (antes familiares de otra manera), tantas nuevas palabras, tanto escándalo por nuevas vindicaciones y derechos. Las reacciones se multiplican en el abigarrado panorama en el que la diferencia, y no la universalidad, lleva la voz cantante. La sociedad dejó de ser un todo para convertirse en un mosaico: un collage dislocado por la proliferación de imágenes que demandan y se autoafirman.

Lo que viene enseguida es más importante. Somos cortos de miras al reconocer solo el síntoma (los dichos del presidente y las respuestas de sus críticos): queda oculto un abismal malestar en la cultura contemporánea, malestar que es un producto de los reacomodos políticos y emocionales que supone la igualación de derechos, en especial la elevación, asentamiento y consagración de las mujeres en la vida pública y privada. Pero nuestro pragmatismo nos envuelve e intoxica. En la lógica de “un día a la vez”, la jornada devora la historia y emascula la imprescindible imaginación sociológica. Ese profundo, irreversible y doloroso malestar en la cultura contemporánea (igual al que Freud identificara en 1930 en cuanto al cúmulo de ansiedades incandescentes, pero distinto en cuanto a los motivos) exhibe otra cosa, de la cual guardamos registro con dificultad: los lenguajes públicos han sido extenuados. La vigilancia permanente de los nuevos vocabularios y las resistencias que estos generan empiezan a producir un estrés equivalente a aquellos de las otras tensiones de la vida pública: impuestos, gasto, empleo, seguridad, salud y educación.

Ante ese horizonte estremecido de los lenguajes públicos, las respuestas tienden a ser cínicas. Siempre empiezan por ser un contra lenguaje, otro lenguaje, un lenguaje que se solaza en desacralizar los nuevos sacramentos. Eso caracterizó la primera victoria política de alcances planetarios de la derecha identitaria: la de Donald J. Trump en 2016. Trump puede ser caracterizado como el gran resumen de lo particular en un país continental: si afroamericanos e hispanos han pugnado (al menos algunos) por salir del gueto, el trumpismo emprende el fortalecimiento del gueto blanco, en términos electorales, fiscales y policiales; si las mujeres pugnan por un trato digno e igualitario según sus propias capacidades, Trump transmite subliminalmente el mensaje de un presidente que habita de tiempo completo la mansión de Playboy; si la economía y el bienestar estadounidense piden a gritos una autoridad nacional que nivele el piso de las oportunidades, la derecha trumpista se refugia en los derechos de los estados y en las oligarquías incrustadas en las legislaturas estatales y sus voceros, los jueces locales. El poder de Trump no ha sido (ni será) el de un fascista o un populista históricos —en tanto estos están obligados, a su manera, a una apelación universalista— sino el del capo de la diferencia, de la distinción. Esto es: la encarnación del blanco, rico y macho como fenotipo y carácter social legítimo. Ni siquiera el ejercicio del poder representó para Trump un reto universalista; al contrario, su ejercicio no estuvo vinculado a un llamado ecuménico sino justamente a su negación. La originalidad de Trump radicó en gobernar desde la diferencia y la distinción; así consumó los sueños identitarios en la clave de ese nuevo conservadurismo. Esto es: la clave de una singularidad radical.

Tal es una de las paradojas de nuestro tiempo: si las políticas de identidad imaginaron ser una salida creativa a las políticas de las izquierdas intelectuales —frente al estancamiento de las políticas duras de la clase trabajadora en la recesiva década de 1970— y se creyó en la valía de ese novísimo yacimiento ideológico, las derechas retomaron la estafeta y trasmutaron el hallazgo. Los conservadurismos y los neofascismos aplacaron sus apelaciones más amplias (incluso las de suelo y sangre) para dirigirse hacia otro objetivo: la negación y desagregación de las interpelaciones universales inscritas en el código genético del estado democrático moderno. Ese otro llamado era simple: no hay ciudadanía, no hay actor político legítimo que no esté fundado en la diferencia, la excepcionalidad, la localidad, la pequeñez, las costumbres, los modos de vida, las tradiciones, etcétera. El todo civilizatorio de la Ilustración —siempre caótico— se convirtió así en un gabinete de diferencias perfectamente etiquetadas.

Nada está ganado ni perdido aún, pero habitamos esa incertidumbre y somatizamos cotidianamente ese enorme malestar del alma.

 

Ariel Rodríguez Kuri
Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia mínima de las izquierdas en México (El Colegio de México, 2021) y Museo del universo. Los Juegos olímpicos y el movimiento estudiantil de 1968 (El Colegio de México, 2019)

Literal

La aparición de Beto Ávila

El siguiente es un pasaje de la novela Fantasmas en el balcón (Random House, 2021), que narra las peripecias de los hijos de una casa de huéspedes de los años sesenta en la ciudad de México. Los tiempos que corren son anteriores al gran Terremoto: no el del 57 ni el del 85; ni siquiera una sacudida telúrica alguna, sino como dice el autor omnisciente del relato “el terremoto demorado y súbito que consiste en despertar un día con la iluminación primera de que la vida se ha ido y no volverá”.


La luz del sol les pegaba sin misericordia en la mollera y ellos sabían que olían mal y que sus zapatos olían mal y que no tenían a dónde ir ni dónde estar, sino en la cuneta de aquella carretera de dos carriles que era la segunda mejor que había en el país, entre Xalapa y Puebla, aunque ellos no iban para Puebla, sino al siguiente entronque hacia Apizaco, y estaban ahí sabiendo a dónde querían llegar pero sin saber realmente quiénes eran, pidiendo aventón otra vez en la salida del pueblo de Alchichica.

Nadie hacía caso de sus pulgares que imitaban a Kerouac, sin conocerlo, y de pronto vieron un punto blanco como un ovni en la carretera y pusieron sus dobles pulgares ante aquel bólido que venía bajo el límpido cielo de la planicie que lleva a Puebla desde Veracruz, por la espantosa carretera, que era la segunda mejor de la república, y conforme se acercó el bólido supieron que era un Pontiac, y entre más se acercó más entendieron que era un Pontiac Pontific, y lo siguiente que supieron es que el punto blanco y radiante se detuvo delante de ellos vuelto efectivamente un Pontiac Pontific. Corrieron hacia el coche que se echó en reversa cien metros para encontrarlos. Los esperaba al volante un moreno angelical de guapo, bien rasurado, bien cortado del pelo, envuelto en el manto de una tenue loción, que les dijo, sonriendo con una dentadura blanca de comercial de Forhan’s:

—¿A dónde van, muchachos?

Y ellos:

—A Apizaco.

Y él:

—No voy para allá, pero me desvío y los dejo cerca.

Y ellos:

—Gracias —mientras se subían.

Y una vez subidos:

—¿Quién es usted?

Y él les dijo:

—Soy Beto Ávila.

A lo que el enterado Morales ripostó:

—¿Bob Ávila?

—Bobby Ávila —respondió el chofer—. ¿Tú hablas inglés?

Y era de cuerpo entero Beto Ávila, el de las grandes ligas, el de los Indios de Cleveland, el veracruzano estrella de las grandes ligas que había sido campeón de bateo en alguna de las ligas o en las dos, sabrá Tucídides.

—Pues quiero decirle que esto no puede ser —dijo Morales—, porque nosotros no somos nadie y usted es Bobby Ávila y esto o no está sucediendo o está sucediendo en La dimensión desconocida.

—Gran programa —opinó Beto Ávila, que tenía una sonrisa como un cielo.

Y siguió:

—No, no, muchachos esto no es La dimensión desconocida, esto es la carretera de Xalapa a Puebla y les voy a dar un aventón a la desviación de Apizaco. Así es esto. Hoy por mí, mañana por ti.

Qué bien olía la loción de Beto Ávila, qué bien olía su Pontiac Pontific, qué fresco era el aire acondicionado del coche al que se habían subido el par de mendicantes que se asaban al sol minutos antes. Oh, qué placer celestial ser recogidos del arroyo en un Pontiac Pontific y qué ocasión única de fumar, como después de coger o comer, pensó Morales, en el momento preciso en que Bobby Ávila les preguntaba si querían fumar y les extendía una cajetilla roja de cigarrillos Pal Mall, cigarrillos de carita, como se decía entonces, antes del Terremoto, a los cigarrillos importados.

Morales sacó uno de la mitad del tope de la cajetilla abierta y olió aquel olor a cielo de los cigarrillos importados, el olor celestial del contrabando, prohibido en todas las partes del país salvo en las que cruzaba Bobby Ávila, todo él de certificación americana, como sus cigarrillos Pal Mall, todo él ajeno al contrabando, mexicano legitimado en su contrabando porque Bobby Beto Ávila había ganado un campeonato de bateo de la liga americana o de la otra o de las dos y era de los Indios de Cleveland de allá y de los Olmecas de acá, aunque, en realidad era un moreno mestizo bien logrado con algo de indio de allá y algo de indio de acá y algo de mulato de allá y algo de mulato de acá, una mezcla feliz de allá y de acá en el sabor jarocho inconfundible de su sonrisa y su bonhomía y la extranjeridad de contrabando de su loción envolvente, de sus cigarrillos Pal Mall rojos, de su blanquísimo Pontiac de lujo aparecido como un ángel importado en la carretera, nativa y cacariza, que corría entonces de Xalapa hacia Puebla, con un desvío hacia Tlaxcala.

Oh, mezcla gloriosa, aleación gloriosa: Bobby Beto Ávila.

 

Héctor Aguilar Camín

Relojes y nubes: un ejercicio de cuantificación de las clases sociales en México

En México viene debatiéndose desde años atrás1 si somos o no un país de clases medias, considerando el tamaño y diversificación de su economía y la modernización de los patrones de consumo a ello asociado.

Ilustración: Víctor Solís

Es un debate interesante por diversas razones,2 entre ellas que una cuantificación de la clase media decide por añadidura la de una clase baja y una clase alta. Sin embargo, estimar el tamaño de la clase media plantea un reto conceptual y operativo muy grande, en virtud de tres razones: 1) la condición de clase media no solo involucra una de carácter socioeconómico sino también una de carácter sociocultural, esta última aún más inasible; 2) la inadecuación casi inevitable en la que se incurre al pensar el espacio social continuo en términos categóricos, estableciendo fronteras más o menos arbitrarias y 3) no hay una definición consensuada de clase media para fines estadísticos.

Lo que sí hay es una serie de prácticas aproximativas centradas casi exclusivamente en el ingreso corriente o una sola dimensión socioeconómica de un fenómeno complejo. Algunas metodologías han propuesto realizar mediciones de tipo relativo, adoptando algún tipo de umbral alrededor de la mediana del ingreso corriente per cápita; otras proponen atacar el problema determinando econométricamente la probabilidad de incurrir o no en pobreza y decidiendo cuál umbral de riesgo marca la frontera entre ser clase media o no serlo. De cualquier forma, en una u otra vertiente, se suele fijar exógenamente la frontera cuantitativa que marque la diferencia (por ejemplo + – 25 % de la mediana del ingreso corriente) y el primer defecto en ello es que puede ese umbral puede ser tan válido como cualquier otro. Una metodología que no sea algo más que sus supuestos ofrecerá resultados poco informativos, pues obtendrá de vuelta sólo su propio reflejo en los datos y casi nada que permita ver más allá, cual si se tratara de fotografiar un paisaje y la cámara devolviera selfies. Como alternativa a estas prácticas, y valiéndose de la la base de datos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2010, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) exploró en su momento un camino nuevo, menos dependiente tanto de definiciones de umbrales como de una definición apriorística, estructurada y cerrada de lo que es “clase media”.

Existen técnicas estadístico-computacionales que, dado un amplio número de observaciones en una base de datos (por ejemplo, de hogares), nos dicen cuáles se parecen más y cuáles menos, atendiendo a un conjunto de múltiples variables sin necesidad de predefinir umbrales cuantitativos. Para el tema que aquí se aborda, la atención se enfocó en información que deja un rastro o señal de los diferentes tipos de capital que —de acuerdo con el sociólogo francés Pierre Bourdieu3— configuran a una clase en el espacio social. Estos tipos de capital son el económico, el cultural, el relacional y el simbólico. El gasto asociado al capital económico sería, por ejemplo, el relacionado al mantenimiento de una propiedad. Los gastos en información y recreación, por otro lado, acusan algo sobre el capital cultural. Finalmente, los gastos implícitos en otorgar regalos dicen algo sobre el capital social o relacional (pues son gastos asociados a mantener ciertos vínculos), mientras que los gastos en la imagen personal hablan de un capital simbólico. A partir de estas consideraciones, el análisis quedó centrado en qunce variables de gasto captadas por la ENIGH 2010; variables que, al tiempo de que son señales sobre el nivel de vida más allá de la sobrevivencia, sugieren ciertas prácticas sociales. Partiendo de estas variables, el análisis no trató de establecer umbrales exógenos (en este caso, de gasto) para determinar qué hogares caen dentro de ciertos límites, sino que buscó ver primero qué conjuntos de hogares se parecen o no a partir de sus pautas o patrones de gasto, sin prejuzgar sobre los niveles de ingreso o gasto para establecer fronteras entre grupos.

Acorde con esta filosofía, el INEGI adoptó un procedimiento que somete a prueba varios modelos probabilísticos, cada uno proponiendo distintas conglomeraciones de las observaciones (en este caso de los hogares en la muestra de la ENIGH). El método, entonces, comienza por seleccionar el modelo de conglomeración o agrupamiento a partir de un criterio bayesiano de máxima verosimilitud; esto es, el modelo más probable de varianzas que correspondiese a la población de donde se desprende la muestra observada. Una vez que se obtuvo el modelo óptimo de agrupamiento que nos dice cuál es la estructura más probable que marca similitudes de gasto al interior de un conglomerado de hogares, se procedió a ordenar los catorce conglomerados identificados (siete para el ámbito urbano y siete para el rural), observando asociaciones de conglomerados a partir del método de estratificación de Dalenius-Hodges, el cual no se centra en la estructura de las variables de gasto, sino sólo en el nivel que éste alcanza. Para ello, se colapsaron los catorce conglomerados en cuatro, cinco, seis y siete estratos. Los conglomerados que sistemáticamente quedan asociados a estratos intermedios en estos cuatro ejercicios sucesivos son los que terminan interpretándose como clase media en la muestra de la ENIGH.

Por esta vía, y con base en el procedimiento seguido con la ENIGH 2010, se determinó la estructura de clases sociales que opera como base para ir actualizando el estudio en años subsiguientes a partir de sucesivos levantamientos de la ENIGH hasta llegar al año 2020. La actualización toma entonces como punto de partida los conglomerados de 2010 y les utiliza como base o semilla para la identificación de los conglomerados en los años subsiguientes.  Para ello se calculan los valores promedio de cada conglomerado de las variables seleccionadas de gasto ajustándolos por la inflación ocurrida entre 2010 y el año de destino.  Dichos promedios se utilizan como centroides o puntos focales de referencia en el año de estudio para reagrupar, en torno suyo, a los hogares en la base de datos cuyos respectivos promedios estén en la vecindad del centroide (hay tantos centroides como conglomerados urbanos y rurales había en 2010). De ese modo, se actualiza la membresía de hogares de los conglomerados que se tenían en el arranque, pero ahora bajo las condiciones del año de estudio, facilitando así el seguimiento y comparación intertemporal de los agrupamientos.

Al encontrar este procedimiento el agrupamiento óptimo de hogares más parecidos entre sí  —lo que facilita la identificación del tramo de observaciones que cabría calificar como clase media—, el INEGI no busca imponer una definición de esta clase, sino dejar un ejercicio abierto a la comunidad usuaria. Los términos aquí utilizados —tales como clase alta, baja y media— son entonces etiquetas de distintos tramos del conjunto de observaciones en los microdatos de la ENIGH. Es importante subrayar que, cuando se habla de clase baja, ese término no debe confundirse con el de “pobreza”. Este último queda definido de manera rigurosa por los parámetros establecidos por instancias especializadas como el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). En la investigación aquí seguida, la pobreza es una condición que puede afectar a la clase baja sin ser idéntica a ella; es decir, hay hogares de clase baja que no son no necesariamente pobres, dado que sus niveles de ingreso y de carencias sociales les ubican fuera del subconjunto de la población a la que el Coneval identifica como en condición de pobreza. La pobreza asimismo puede ser una condición o circunstancia transversal para más de una clase y afectar a tramos de la clase media. Por ejemplo: un hogar de clase media afectado por el desempleo verá reducidos sus ingresos corrientes drásticamente, pero esto no significa que sus integrantes han de verse automáticamente como clase baja. Los patrones socioculturales y de gasto no se ajustan del todo de manera inmediata porque reflejan otros recursos con los que puede contar el hogar, al menos de manera provisional (por ejemplo: ahorros, tarjetas de crédito, ventas de activos, préstamos económicos o en especie de familiares, etc.).

Este trabajo, realizado por un equipo de investigadores del INEGI —integrado por Rodrigo Negrete, Miriam Romo, Benito Durán y Guadalupe Luna—, de ningún modo pretende sustituir a las clasificaciones de pobreza y vulnerabilidad del Coneval, que tienen una función y mandato muy claro para guiar la política social. Lo que el estudio sí hace es mostrar una clasificación distinta de los hogares a partir de recursos reflejados indirectamente en cierta estructura y nivel de gasto; recursos no necesariamente manifiestos en lo que se observa de los ingresos corrientes declarados por los hogares.

De entre los resultados de la investigación del INEGI caben destacar los siguientes:

• De los 29 millones de hogares que existían  en el país en 2010, 42.4 % clasificó como clase media. A lo largo de la década, la cifra llega a involucrar a 46.7 % de los hogares en 2018 para retornar en 2020 a una proporción muy similar a la de 10 años atrás: 42.2 % de un total de 35.7 millones de hogares. La población en esos hogares ascendía a 44 millones de personas en 2010 y pasó a 53.5 millones en el 2018, retrocediendo a 47.2 millones de personas en 2020.

• Las entidades federativas que en cantidades absolutas aportan más hogares clasificados en clase media durante 2020 son el Estado de México,  la Ciudad de México, Jalisco, Veracruz y Nuevo León. Estas cinco entidades concentran 44.2 % del total nacional de hogares así clasificados. Sin embargo, como porcentaje del total de los hogares en cada entidad, las cinco con más elevada proporción son la Ciudad de México (58.9 %), Colima (54.6 %), Jalisco (53.6 %), Baja California (53.1 %) y Sonora (51.9 %).

Tabla 1. Hogares y población por ámbito y clase
Porcentaje en los años 2010, 2018 y 2020

• En el 55.9 % de los hogares de clase media hay por lo menos un asalariado formal, mientras que la proporción asciende a 63.7 % en los hogares de clase alta y desciende a 34.6 % en la clase baja.

• Por otra parte, en 6.4 % de los hogares de clase media hay algún ocupado con un trabajo independiente formal, contra 19.9 % entre los hogares de clase alta y 2.1 % en los de clase baja.

• En 43.2 % de los hogares de clase media hay alguien cuyo trabajo consiste en dirigir o supervisar a otros. Esta proporción asciende a 82.5 % de los hogares de clase alta, contra un 14.4 % en los de clase baja.

• Una panorámica de la inserción laboral muestra que, en el 23.7 % de los hogares de la clase media, hay alguien laborando en unidades económicas que básicamente son negocios independientes o familiares. Esta proporción es considerablemente menor en la clase alta (7.9 %) y claramente mayor en la inserción laboral de la clase baja (36.8 %).

• Pasando a la inserción laboral en unidades económicas más sofisticadas —como lo son las compañías, corporaciones o empresas del sector privado—, en 42.2 % de los hogares de clase media alguien labora en unidades de estas características. La misma proporción es ligeramente menor en la clase alta (41.8 %) y claramente inferior en la clase baja (33.1 %).

• Por otra parte, en el 19.3 % de hogares de clase media, al menos uno de los integrantes labora en cualquier nivel de gobierno (federal, estatal o municipal). La proporción en clase alta es de 22.7 %, mientras que en la clase baja es de 7.1 %.

• El ingreso corriente mensual que promedian el conjunto de hogares clasificados como clase media asciende a 22 300 pesos, contra 78 000 pesos que promedian los de clase alta y 11 300 los de clase baja. En el medio urbano, el ingreso promedio mensual de la clase media asciende a 23 400 pesos, mientras que en área rural la cifra correspondiente es de 18 600 pesos.

Gráfica 1. Ingresos del hogar según ámbito y clase social
Promedio mensual

• El 80 % de la distribución del ingreso de la clase media indica que, en el ámbito urbano, los ingresos corrientes se mueven en un rango que va de los 10 000 a los 48 300 pesos, mientras que en localidades rurales —o inferiores a los 15 000 habitantes— el rango va de 8200 a 38 600 pesos declarados. Los niveles de ingreso no necesariamente delimitan fronteras entre los grupos conformados en esta metodología. Puede haber traslapes al respecto. Cabe recordar que la conglomeración de hogares que fue el punto de partida de esta metodología no establece fronteras cuantitativas categóricas, sino afinidades en la composición del gasto o patrones de consumo.

• Un 20.4 % de los hogares en la clase media contratan servicio doméstico.

• El 31.5 % de los hogares de clase media con integrantes en edad escolar los envía a una escuela privada; el 41.7 % cuenta con una tarjeta de crédito activa;  el 55.3 % con televisión de paga; el 61.6 % con automóvil particular y  el 74 % con acceso a internet.

El concepto de clase sin duda ha sido largamente debatido y argumentado en la historia del pensamiento social, pero cuantificarlo estadísticamente es un reto distinto. Una clase social no es un objeto. El filósofo austro-británico Karl Popper (1902-1994)4 decía que la realidad está conformada por relojes y nubes: lo primero es algo preciso y perfectamente autocontenido; lo segundo es superpuesto, cambiante en su configuración y en perpetuo desplazamiento, tal y como lo permite su naturaleza vaporosa. El ámbito social se parece más a un espacio poblado de nubes que de relojes. Imponer nociones categóricas y fronteras a lo que por su naturaleza carece de una sólida delimitación no deja de tener algo de inadecuado, y es imposible dejar de atenerse a ciertas convenciones al respecto. Todos podemos intuir la condición social de alguien que tengamos en frente. Pero, cuando se piensa en la totalidad de los hogares del país, ¿en dónde exactamente termina una clase social y comienza otra? Es por ello que el ejercicio estadístico aquí descrito no aspira en modo alguno a ser la última palabra. El aporte aquí presentado, en todo caso, es una invitación a ir más allá de una discusión puramente conceptual; abordando el problema desde  una perspectiva que da libertad a los propios datos para que de ellos emerjan los umbrales relevantes en vez de partir de una determinación apriorística de los mismos. Así las cosas, si realmente queremos escuchar los que los datos nos pueden decir, vale la pena dejarlos hablar.

Los resultados del ejercicio “Cuantificando la Clase Media en México 2010-2020” pueden consultarse aquí.

 

Julio Santaella Castell
Presidente del INEGI

Gerardo Leyva Parra
 Director General Adjunto de Investigación del INEGI


1 De la Calle, L., y Rubio L. Clasemediero. Pobre no más, desarrollado aún no, Centro de Investigación para el Desarrollo, A. C., México, septiembre del 2010.

2   Negrete, R., y Romo, M. “Cuantificando la clase media en México en la primera década del siglo XXI: un ejercicio exploratorio”, Realidad, Datos y Espacio, vol. 5, núm. 3, septiembre-diciembre de 2014.

3 Bordieu, P. Poder, derecho y clases sociales, Descleé de Brouwer, 2.ª edición, Bilbao, 2001.

4   Popper, K. Conocimiento Objetivo. Tecnos, Madrid, 1974.

Energía

¿Cuál reforma es la buena?

Desde la presentación de la iniciativa de reforma energética el pasado 30 de septiembre, la titular de la Secretaría de Energía (SE), Rocío Nahle, el director de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), Manuel Bartlett, y diversos diputados del partido en el gobierno han visitado medios de comunicación y frecuentado las redes sociales para hacer una serie de aclaraciones sobre el modelo energético. A continuación rescato algunas de las más importantes:

• La secretaria de energía aclaró que los paneles solares en pequeña escala seguirán funcionando mediante convenios con la CFE y que la generación distribuida también continuará, siempre y cuando no use las redes generales de distribución. Por su parte, el titular de comunicación social de la CFE, Luis Bravo, también ha dicho que no se tocará la generación distribuida.

• Los portavoces del gobierno también han dicho que las empresas que tienen centrales de generación eléctrica para usos propios seguirán operando sin problema alguno.

• La diputada de Morena Patricia Armendáriz dijo en un foro convocado por la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) que se permitirá el autoabastecimiento legal que la reforma energética de 2013 había eliminado.

• El director de la CFE y su vocero han dicho que habrá un mercado eléctrico donde los generadores privados aportarán hasta el 46 %  de la energía.

• El gobierno también ha dicho que cumplirá con los compromisos ambientales del Acuerdo París y con la Ley de Transición Energética en materia de energía limpia, pues varios proyectos de repotenciación de hidroeléctricas y solares nos harán alcanzar las metas.

• El gobierno ha dicho también que devolverá la rectoría del sector eléctrico —que en su estimación está controlado ahora para beneficiar a intereses privados— al Estado.

• También nos han dicho que respetarán los acuerdos internacionales en materia de comercio, cómo el nuevo Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) .

• Por su parte, el diputado Manuel Rodríguez González, presidente de la comisión de energía en el Congreso, ha dicho que la reforma dará prioridad a la energía limpia.

• La secretaria Nahle dice que la iniciativa acaba con el problema del porteo del autoabastecimiento.

Ilustración: Víctor Solís

Mucho de lo que dicen los funcionarios suena bien. El problema es que su discurso parece basarse en alguna iniciativa distinta a la que se presentó y que no conocemos. La otra posibilidad es que no conocen cómo funciona el sector. Van algunos ejemplos de estas aparentes contradicciones entre dichos y hechos:

• La reforma propuesta cancela todos los permisos y contratos en materia eléctrica sin hacer distinciones. Esto significa acabar con los permisos de generación local y abasto aislado interconectado o cogeneración, que son formas que usa la industria para generar su propia energía.

• La generación distribuida funciona mediante contratos y no convenios, como dice la secretaria de energía. Mientras se legislan las leyes secundarias, los contratos quedarían en un limbo jurídico.

• El autoabastecimiento es una figura nacida en 1992 y cancelada en 2013. Hoy en día sólo siguen vigentes los permisos otorgados con anterioridad. La intención de la reforma propuesta, sin embargo, es acabar de tajo con el autoabastecimiento y no permitirlos en adelante, como dijo la diputada Armendáriz. Probablemente la legisladora confunde modelos de abasto aislado, generación distribuida o generación local, modelos que en términos legales no son lo mismo que el autoabastecimiento.

• La iniciativa no crea un mercado, sino que ordena el despacho de energía mediante contratos discrecionales de la CFE, que se convertiría en un comprador único de energía para llevarla al usuario final y en un vendedor único para entregarla al usuario final. Eso de ninguna manera es un mercado.

• No hay forma de cumplir con los acuerdos internacionales en materia de energía limpia. Si bien la iniciativa de reforma busca aparentar que los proyectos hidroeléctricos y un proyecto solar abonarán a la energía limpia, la realidad es que no hay recursos que ayuden a llegar a las metas en materia de energía limpia.

• Dicen que se respetarán los tratados comerciales. Sin embargo la iniciativa cancela sumariamente contratos y permisos, además de que trata preferencialmente a una empresa, violando así el trato igual a las empresas.

• La iniciativa no da preferencia a la energía limpia, sino a cualquier forma de generación que resulte necesaria para que la CFE alcance el 56 % de la energía en el sistema. Eso significa que, en casos de necesidad, la reforma propuesta garantiza el despacho de termoeléctricas antes de que entre algún privado de energía limpia.

• Finalmente, el autoabastecimiento se acabó en la reforma de 2013. En ese entonces se creó un mercado eléctrico que resuelve muchos problemas, incluso el autoabastecimiento.

Tantas diferencias entre lo que está escrito en la iniciativa eléctrica y los dichos de los funcionarios que la defienden hacen sospechar que los voceros del gobierno hablan de una reforma distinta a la que todos conocemos. A menos de que en realidad no la conozcan y sólo defienden lo que quisieran que la reforma dijera, o quizá han ido adecuando el discurso para sortear las críticas, pero con argumentos distintos a la iniciativa de reforma.

 

Víctor Florencio Ramírez Cabrera
Vocero de la Plataforma México Clima y Energía

Los populistas de África, la estrategia de comunicación y el discurso

Hace unas semanas, en la Revista Etcétera, analicé la estrategia de comunicación y el discurso de seis mandatarios populistas de África: John Pombe Joseph Magufuli (1959-2021), presidente de Tanzania (quien murió en marzo por covid-19); Andry Nirina Rajoelina (1974), presidente de la República de Madagascar; Paul Barthélemy Biya’a bi Mvondo (1933), presidente-dictador de la República Federal de Camerún; Évariste Ndayishimiye (1968), presidente de la República de Burundi; Issayas Afewerki (1946), presidente-dictador de la República de Eritrea; y Salva Kiir (1951), presidente del Sudán del Sur, el país más joven del mundo.

Ilustración: Alberto Caudillo

Los seis líderes son nacionalistas y autoritarios. Tienen historias, trayectorias políticas y personalidades muy distintas, cosa natural considerando que África es un continente vasto y diverso. Dos de ellos (Biya’a bi Mvondo y Afewerki) son dictadores con muchos años en el poder. Otros dos (Magufuli y Ndayishimiye) son católicos “fervientes”. Uno más (Kiir) es cristiano practicante. Uno tiene estudios de doctorado en química (Magufuli) y otro estudió ciencias políticas en la Sorbona (Biya’a bi Mvondo). Uno es empresario y se educó en Francia (Rajoelina). Tres fueron guerrilleros en la lucha por la independencia de sus naciones (Ndayishimiye, Afewerki y Kiir). Todos gobiernan países muy pobres y con múltiples y complejos problemas. 

Lo común en el marco de la gran estrategia

En el caso de estos seis mandatarios africanos, la gran estrategia —es decir: el plan maestro que guía las acciones de los actores políticos— se traduce en una serie de estrategias operativas compartidas. Estas son:

• Asumirse como líderes fuertes y carismáticos que tienen una relación cercana con la agente. Se ven como mesías salvadores.

• Proponerse como los únicos capaces de garantizar la estabilidad y la paz amenazada por diversos conflictos internos y externos.

• Presentarse como trabajadores dedicados de pleno a su tarea. Son los únicos que tienen la experiencia que se necesita para resolver los problemas de sus paises.

• Concentrar todo el poder civil y militar en la figura del líder y afianzarse por todos los medios en el cargo. Estamos hablando de regímenes autoritarios o dictatoriales.    

• Reelegirse de manera permanente por años y años. Han cambiado las constituciones para que sea legal. Recurren al fraude electoral.  

• Ejercer un control político total. Utilizar las instituciones del Estado, para sostener, a toda costa, su proyecto.

• Minimizar la gravedad de la pandemia bajo argumentos de tipo religioso o conspirativo.  

• Plantear que luchan contra la corrupción, incluso cuando sus gobiernos son considerados entre los más corruptos del mundo. 

• Asegurar que luchan en contra de la inseguridad en países particularmente violentos, en particular en términos de violencia política.

• Plantear el falso dilema de  que, si no estás conmigo, estás contra mí.

• Actuar de manera antidemocrática y represiva. Arrestar y juzgar a dirigentes políticos opositores, a quienes se les acusa de diversos delitos contra la nación y la paz, así como de incitar al odio.

• Violentar sistemáticamente la libertad de expresión. Encarcelar a periodistas.

Lo común en el marco del discurso

Establecida la gran estrategía común de estos seis mandatarios, es importante hacer una distinción entre la forma y el contenido del discurso propio de los líderes populistas. Veamos primero algunas características del aspecto formal:

• Los seis mandatarios privilegian la palabra sobre la acción. El discurso llena los vacíos por la falta de resultados.

• Recurren a grandes eventos de masas y al discurso grandilocuente, radical y efectista. (En este punto, Biya’a bi Mvondo y Kiir difieren de sus colegas.)

• Buscan tener una alta exposición mediática. (De nuevo: no es el caso de Biya’a bi Mvondo y de Kiir.)

• Tienen un estilo de vida de lujo, para impresionar.  (La excepción es Ndayishimiye).   

Y ahora veamos algunos aspectos fundamentales del contenido de este discurso:

• Recurren de manera permanente al nacionalismo más burdo y elemental. 

• Insisten, una y otra vez, en que son los únicos capaces de gobernar al país.

• Saben lo que el pueblo necesita y quiere. Dicen representar al pueblo.

• Utilizan de manera sistemática las referencias a Dios y la religión. Tal es el caso de Magufuli, Ndayishimiye y Kiir.

• Acusan permanente a sus adversarios por atentar contra la paz y la nación.

Lo que no es común

A pesar de las semejanzas entre estos líderes populistas, existen algunos elementos de su estrategia que los diferencian entre sí. Van algunos ejemplos:

• A pesar de que sus países son algunos de los más corruptos del mundo, evidentemente algunos líderes son más corruptos que otros.

• Reprimen de manera distinta y en mayor o menor grado. En este punto destaca Afewerki, quien tiene a  más de 10 000 presos políticos en las cárceles. 

• Algunos agreden más a los medidos y los periodistas que otros. Si bien todos practican alguna forma de censura, Eritrea es el país del mundo con más periodistas encarcelados. Por otro lado, Ndayishimiye es el único que habla de libertad de prensa.

• En términos de control social, el caso de Eritrea es diferente al de los otros países. El gobierno da seguimiento puntual a la conducta de cada ciudadano. Sabe lo que hacen y dicen. Vigila todo tipo de reuniones. Es un caso único a nivel mundial.

• Vestimenta. Kiir utiliza siempre un sombrero vaquero  que lo caracteriza. Es parte de su imagen pública. Los otros no tienen un atuendo que los caracterice.

Fragilidad institucional y golpes de Estado

Estos gobernantes populistas son parte de la realidad africana,  continente que suma más de doscientos golpes de Estado desde el inicio de los procesos de independencia de sus países en los años cincuenta. De estas intentonas, la mitad ha sido exitosa. Entre 2001 y 2019 hubo en África una media de 1.5 golpes por año. En lo que va de 2021 han ocurrido seis,  cuatro de los cuales han tenido éxito: Sudán, Mali, Chad y Guinea-Conakry. Quienes se hacen del poder suelen ser jóvenes oficiales de los ejércitos.

Los especialistas del tema sugieren que el continente enfrenta el mayor aumento en diez años en la frecuencia de golpes de Estado. Con todo, la situación está muy lejos de lo que ocurrió en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. No es, dicen los expertos, que a los africanos les “gusten” los golpes de Estado, sino que, ante las dictaduras militares, el nepotismo, la corrupción, la pobreza, el mal gobierno y la ausencia de una estructura democrática, no queda más alternativa que reemplazar un gobierno militar por otro parecido.

Entre 1990 y 2021 se han celebrado 304 elecciones generales o presidenciales en África. De estas, la oposición sólo ganó 25. Un disparador de los golpes de Estado ha sido que, desde 2015, trece gobernantes africanos cambiaron las constituciones de sus países para reelegirse y permanecer en el poder. En medio de este retroceso democrático, sin embargo, algunos países africanos han logrado la alternancia pacífica del poder. Tal es el caso de Ghana, Sierra Leona, Liberia y Cabo Verde. Lo señalo porque esta también es parte de la realidad africana, incluso si a veces pasa desapercibida.

 

Rubén Aguilar Valenzuela

El camino hacia la justicia reproductiva: una década de avances y pendientes

El Grupo de Información en Reproducción Elegida, una de las organizaciones feministas más importantes de México, acaba de publicar su más reciente informe sobre el estado de los derechos reproductivos en nuestro país. A continuación publicamos un comunicado en el que el grupo resume sus hallazgos más importantes.


Durante casi treinta años de trabajo, el Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE) se ha consolidado como una organización feminista cuya misión es lograr una transformación cultural en México a través de la exigencia de justicia reproductiva, desde una perspectiva de derechos humanos.

Desde 2011, hemos documentado el panorama de los derechos reproductivos en México a partir de la publicación de informes generales y especializados que dan cuenta de la situación normativa, de política pública y de acceso a la justicia relacionada con los temas que trabajamos, así como de las deudas del Estado mexicano que continúan vigentes.

Nuestra última publicación, El camino hacia la justicia reproductiva: una década de avances y pendientes, es el resultado de una revisión sistemática de los avances, barreras y pendientes de la última década en materia de derechos reproductivos en México, enfocada en los cinco temas prioritarios para GIRE, que desglosamos a continuación.

Además del análisis de estándares de protección de derechos humanos, marcos normativos, datos estadísticos e información pública, hemos sistematizado las experiencias de personas y familias que han depositado su confianza en GIRE a lo largo de estos años para acompañarlas en su búsqueda de justicia y una reparación integral por violaciones a sus derechos humanos. A todas ellas y a las que nos han acompañado en este camino nuestro más profundo agradecimiento.

Aborto

En la última década, varios sucesos marcaron la lucha por el acceso al aborto legal, seguro y gratuito. La publicación de la Ley General de Víctimas en 2013 y las reformas de 2016 a la Norma 046 —que regula la violencia familiar, sexual y contra las mujeres— fueron avances importantes para el reconocimiento de los derechos humanos de las víctimas de violación sexual. Sin embargo, el desconocimiento de estas disposiciones por parte de las autoridades, del personal de salud y de algunos juzgadores ha obstaculizado el acceso a estos servicios.

Ahora ya son cuatro las entidades de la República mexicana que han despenalizado el aborto durante las primeras 12 semanas de gestación. A la Ciudad de México (que despenalizó el aborto en 2007) se sumaron Oaxaca en 2019 y Veracruz e Hidalgo en 2021. El pasado 29 de octubre la legislatura de Baja California votó a favor de un dictamen de despenalización que, cuando se publique en el Periódico Oficial del Estado, sumará un quinto estado a la lista. Sin embargo, aún faltarían 27.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) emitió en los últimos años varias sentencias paradigmáticas sobre casos acompañados por GIRE. En 2018, al resolver un caso de Morelos y otro de Oaxaca, la Corte calificó la falta de acceso a un aborto tras violación sexual como una violación a los derechos humanos y recalcó la obligación de las autoridades de atender eficiente e inmediatamente la solicitud de las víctimas, a fin de no permitir que las consecuencias derivadas de la violación se sigan desplegando en el tiempo. En 2019, a su vez, la Corte estableció que el aborto en los casos en que el embarazo implique un riesgo para la salud es un servicio de atención médica y que, consecuentemente, todas las instituciones de salud, incluyendo las del ámbito federal, deben proveerlo. Y en 2021, las y los ministros señalaron que el plazo de noventa días para acceder al aborto por violación establecido en el código penal de Chiapas es una forma de violencia contra la mujer que desconoce la dignidad humana y el derecho al libre desarrollo, además de que afecta la salud psicológica y vulnera los derechos de las personas con discapacidad.

Recientemente, en septiembre de 2021, la SCJN sentó varios precedentes fundamentales: determinó, de forma unánime, que es inconstitucional criminalizar el aborto de manera absoluta; reiteró que no se le puede dar el estatus de persona al embrión o feto y que la protección a la vida prenatal no puede representar un obstáculo para el acceso a servicios de aborto; y determinó que la objeción de conciencia no es absoluta, pues su ejercicio debe respetar los derechos humanos de las personas, en particular la garantía de acceso a servicios de salud sexual y reproductiva como el aborto.

Violencia obstétrica y muerte materna

En la última década, el término “violencia obstétrica” y las conductas que la constituyen fueron ampliamente difundidos en México, Latinoamérica y el resto del mundo. También se dieron pasos relevantes en materia normativa; a nivel nacional, el concepto continuó siendo reconocido en algunas leyes locales que norman el acceso de las mujeres a una vida libre de violencia, además de otras disposiciones que obligan a dar atención inmediata a cualquier persona que presente una emergencia obstétrica. Por otro lado la Norma 007 estableció criterios que unifican la atención a las mujeres embarazadas, en parto y en puerperio.

Sin embargo, no debemos perder de vista que el fenómeno de la violencia obstétrica es el producto de patrones que reflejan fallas estructurales cuya solución pasa por reconocer y corregir la insuficiencia en infraestructura, personal de salud, instrumental y equipamiento, así como por suplir la falta de servicios en el primer nivel de atención para evitar la saturación del segundo y tercer nivel, además de por la transformación de la relación asimétrica de poder entre las usuarias de servicios de salud y el personal médico.

Asimismo, es importante considerar que las fallas estructurales en el sistema de salud tienen un impacto particular para las mujeres de comunidades indígenas y afromexicanas. La atención por parte del Estado a la emergencia sanitaria ha exacerbado las desigualdades que afectan a estos grupos. Los recortes al presupuesto de espacios comunitarios que dan atención a mujeres indígenas y afromexicanas son una muestra de que el Estado incumple con su obligación de garantizarles una vida libre de violencia y el derecho a la salud, además de atentar contra las instituciones que realizan esta labor.

Desde GIRE, hemos reiterado que tipificar la violencia obstétrica no es la vía para erradicarla. Establecer un tipo penal individualiza el problema al centrarse en el personal de salud señalado como responsable y desatiende las causas que originan esta clase de violencia sin aprovechar la posibilidad de transformar las raíces de este fenómeno.

Por otro lado, el marco normativo y de política pública con el que contamos hoy en México, de ser debidamente implementado, permitiría disminuir las muertes prevenibles durante el embarazo, parto y puerperio, las cuales representan una violación a los derechos humanos de las mujeres y otras personas gestantes, así como un asunto de justicia reproductiva que es responsabilidad del Estado.

El primer nivel de atención de la salud no ha sido aprovechado para el cuidado de partos de bajo riesgo y el segundo y tercer nivel se encuentran saturados. La consecuencia ha sido un alto número de cesáreas injustificadas, así como insuficiencia de infraestructura, equipo, insumos y personal capacitado.

Al desgaste preexistente del sistema de salud hay que agregar los efectos de la pandemia de covid-19, tales como la disminución de las opciones de las mujeres para recibir atención médica prenatal y durante el parto y el aumento significativo de casos de muerte materna, que se ha traducido en una regresión de cerca de una década.

Vida laboral y reproductiva

Aunque la seguridad social es un derecho reconocido en la legislación mexicana, la posibilidad de acceder a ella depende de que las personas cuenten con un empleo formal. Esto representa una barrera importante para la garantía de este derecho y la conciliación entre la vida laboral y reproductiva, debido a que el 59.1 % de las personas económicamente activas están empleadas en el sector informal; entre ellas el 29 % de las mujeres ocupadas.

Un gran avance de la última década fue la reforma a la Ley del Seguro Social, que estableció que todas las personas trabajadoras aseguradas —y no sólo las mujeres, los trabajadores viudos o divorciados o aquéllos a los que judicialmente se les hubiera confiado la custodia— tendrán derecho a servicios de guardería para sus hijas e hijos.

Sin embargo, continúa pendiente la implementación de medidas que promuevan la participación igualitaria de los hombres en las tareas de cuidados y domésticas. En México hoy en día la licencia de paternidad contemplada en la ley consta de sólo cinco días. Tomando en cuenta la duración de las licencias de todos los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en 2018 el promedio de duración de la licencia de paternidad era de 8.5 semanas.

Es importante señalar que en el último año la pandemia de covid-19 ha tenido un efecto importante en el aumento del desempleo, la informalidad y la precariedad laboral que ha afectado especialmente a las mujeres: mientras que la tasa de ocupación de los hombres disminuyó 6.5 %, la de las mujeres lo hizo en 14.1 %.

Reproducción asistida

El acceso a las Técnicas de Reproducción Humana Asistida (TRHA) implica el ejercicio de una serie de derechos humanos. En México se realizan TRHA desde hace más de cuatro décadas en clínicas y hospitales públicos y privados. Desde 2011, GIRE ha señalado la necesidad de regular la provisión de estos procedimientos de una manera integral que sea compatible con los derechos humanos y los avances científicos, siendo el principal interés proteger los derechos de las personas involucradas en los procedimientos. Sin embargo, hasta el momento, no hay avances en la materia.

La ausencia de un marco normativo que regule y vigile el acceso a TRHA en México limita la calidad de la información disponible sobre estos procedimientos y cómo acceder a ellos. Sin embargo, por medio de solicitudes de acceso a la información y el acompañamiento de casos, GIRE ha obtenido datos sobre la forma en la que operan los servicios de reproducción asistida en el país, información de la que se da cuenta en nuestro último informe.

En materia de reproducción asistida, la SCJN también ha emitido fallos relevantes en los últimos años. En junio de 2021, al resolver la acción de inconstitucionalidad 16/2016, las y los ministros reconocieron la necesidad de regular los procedimientos de reproducción asistida en general y la gestación por sustitución en particular. Este proyecto constituye un parteaguas, pues el derecho de las mujeres y las personas gestantes a decidir autónomamente sobre sus cuerpos no está actualmente garantizado y debe ser protegido constitucionalmente.

Los avances en la última década en materia de derechos reproductivos —particularmente en el nivel normativo y jurisprudencial— han sido notables. Sin embargo, todavía subsisten pendientes fundamentales en todos los ámbitos que no permiten a las personas determinar su destino reproductivo.

El camino hacia la justicia reproductiva ha sido y será largo todavía, pero desde GIRE lo continuaremos caminando, con la esperanza de contribuir con nuestro trabajo a un país más igualitario y más justo. Nuestro más reciente informe está disponible aquí.

 

Grupo de Información en Reproducción Elegida
Organización feminista cuya misión es lograr una transformación cultural en México a través de la exigencia de justicia reproductiva

Energía

La energía que compra la CFE

Uno de los grandes mitos de la narrativa del gobierno desde el inicio de la administración, reforzada ahora en el debate sobre la iniciativa de reforma energética, es que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) está obligada a comprar energía cara a generadores privados. Vale la pena desplegar caso por caso los costos que comprar o generar energía significan para la CFE. Ahora bien, es importante señalar que este costo es sólo el de generación, pues los costos de transmisión, distribución y de la operación del Centro Nacional de Control de Energía (Cenace), así como los costos del servicio de suministro básico, se pagan por separado con base en tarifas establecidas.

Ilustración: Patricio Betteo

Primero que nada, CFE Suministradora de Servicios Básicos (CFE SSB) tiene cuatro formas de comprar energía que después nos revende a nosotros. Dividiremos estas formas en dos categorías. La primera categoría incluye la compra de energía  mediante contratos que provienen de la ley anterior y se conocen como “legados”. Aquí hay contratos de dos tipos: los de las centrales de generación propia de empresas propiedad de la CFE y aquellos de generadores privados cuyo contrato establece que sólo le pueden vender su energía a la CFE. Estos generadores privados son conocidos como Productores Independientes de Energía. El resto de la energía se compra siguiendo dos modelos establecidos en la reforma energética de 2013: las subastas de energía eléctrica de largo y mediano plazo. Cuando no es suficiente la energía contratada por estos medios, la CFE tiene que comprar energía en el mercado eléctrico.

Habiendo establecido estas distinciones básicas, analizaremos los costos para la CFE de comprar energía a productores privados. (Para este análisis usaremos los datos del mes de abril, pues el cálculo de los costos de periodos posteriores se ha visto suspendido por un proceso legal). El costo promedio de generación de la propia CFE fue de 1601 pesos por megawatt-hora (MWh). En esta categoría, el costo más bajo fue el de la eólica (552 pesos por MWh), pero este tipo de generación sólo logró producir 25 mil MWh. El costo más alto, por otro lado, es el de combustión interna: 3173 pesos por MWh. Este tipo de generación produjo poco más de 107 000 MWh.

Por su parte, los productores independientes de energía tienen un costo promedio de 852 pesos en dos tecnologías. En las centrales de ciclo combinado, donde el costo promedio es de 844 pesos, la CFE ahorró 613 pesos por cada MWh que compró a un privado en lugar de generar por sí misma. Por otro lado, los productores independientes eólicos producen la energía más cara de todos los generadores privados, pero representan el porcentaje más pequeño de la producción privada. Cuando la CFE los contrató, los costos promedio eran altos. En otras palabras, se trata de contratos firmados cuando la energía limpia era cara. Afortunadamente, este tipo de energía sólo representa el 0.3 % de la energía que adquiere CFE-SSB. En contraste, el 32 % de la energía que la CFE compra a privados proviene de generadores de ciclos combinados, donde la CFE ahorra con cada MWh.

En las subastas de energía eléctrica de largo plazo, la historia es totalmente distinta. El costo de la energía contratada en esta modalidad ronda los 370 pesos por MWh. Podríamos decir que, en promedio, la CFE ahorra unos 1224 pesos por cada MWh que compra en las subastas. Finalmente viene el mercado eléctrico. A falta de más subastas —o de más volumen de energía en las subastas que ya existen— la aportación del mercado eléctrico al suministro básico es elevada. El costo promedio de la energía obtenida en este mercado en abril fue de 842 pesos por MWH: 759 pesos más barato que el promedio del costo de la energía que genera la propia CFE.

Ahora, en las últimas semanas diversos servidores públicos han argumentado que la entrada de centrales de generación privadas ha desplazado a las centrales de la CFE. Eso es cierto, pero ¿a qué tipo de centrales ha desplazado la generación privada? A las centrales de carbón y termoeléctricas, principalmente. ¿Qué sucedería si la CFE volviera a generar con esas centrales y desplaza a las privadas? A la CFE le costaría entre 1424 y 1816 pesos por MWh, lo que representaría un costo extra de entre 1047 y 1439 pesos extra por MWh. Esto, además, sin tomar en cuenta el incremento de emisiones de gases de efecto invernadero.

La realidad es que la CFE ahorra dinero cuando compra energía en lugar de generarla. Los contratos de largo plazo con productores renovables le garantizan además estabilidad de costos en el largo plazo. De encargarse la CFE de generar más energía en lugar de comprarla a privados —aunque sea solo para llegar al 56 % de generación de energía contemplado en la reforma propuesta por Morena— el costo por MWh sería mayor. Desde esa perspectiva, regresar a un modelo en el que los consumidores se vean obligados a recibir la energía de la CFE —que, de nuevo, sería más cara— significa encarecer todo y depender del costo de combustibles, con las consecuencias que vimos en España en semanas pasadas.

La competencia acompañada de transición energética permitirá bajar y estabilizar costos, con lo que ganamos todos los mexicanos —y también la CFE—. Además, es importante recordar que la CFE tiene cinco empresas de generación y una que representa a los Productores Independientes de Energía. Sólo el representante de PIE tiene utilidades, mientras que las otras empresas generadoras de la CFE tienen pérdidas. Ahí está el problema: mientras que las divisiones de Transmisión y Distribución de la CFE tienen ganancias y tarifas garantizadas, sus generadoras operan en números rojos. Si usted tomara las decisiones, ¿en qué parte del negocio se centraría? En el que da ganancias ¿no?

 

Víctor Florencio Ramírez Cabrera
Vocero de la Plataforma México Clima y Energía

La oscura historia del diseño del nuevo aeropuerto

Todo arquitecto o ingeniero sabe muy bien que el diseño de cualquier proyecto de construcción pasa por al menos cuatro etapas: el boceto, el proyecto conceptual, el anteproyecto y el proyecto ejecutivo. Estas etapas tienen características específicas en términos del nivel de detalle y precisión de los planos, por lo que deben ocurrir sucesivamente y en ese orden. No es posible saltarse de una fase a otra sin haber pasado por las anteriores.

Ilustración: Patricio Betteo

Traigo esto a cuento porque la historia oficial del diseño de una de las obras emblemáticas del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, el Nuevo Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, está llena de lagunas e irregularidades que deberían preocuparnos a todos los mexicanos. Ya sea por incompetencia o por falta de transparencia, los documentos e imágenes del diseño del aeropuerto que el gobierno ha hecho públicos no corresponden a las etapas que mencioné arriba. En este texto me dispongo a hacer una breve cronología de estos documentos. Mi intención es exponer las mentiras y medias verdades con las que la administración ha buscado justificar su falta de progreso en un proyecto que nació mal y no da muestras de mejorar.

El proyecto de lo que entonces se llamaba Aeropuerto Internacional Santa Lucía (AISL) fue presentado al público por primera vez el 23 de agosto del 2018, a través de la página web del presidente electo López Obrador. Esa publicación, que incluía una Primera Versión del Plan Maestro del aeropuerto y unas cuantas láminas más, estaba firmada en la portada por la multinacional constructora Grupo Rioboó y  mostraba lo que los arquitectos e ingenieros catalogamos como “boceto”. En esa etapa se suelen mostrar ideas muy generales y sin detalle, además de que muchos de los espacios aparecen como simples rectángulos o círculos vacíos. En aquel momento, sin embargo, López Obrador se refirió al documento como “anteproyecto”, exagerando descaradamente el nivel de avance del diseño del proyecto.

Primera versión del Plan Maestro

Con aquel escueto boceto —que no cumplía con las características técnicas mínimas de un proyecto arquitectónico, ni mucho menos con las características mínimas para una construcción tan compleja como un aeropuerto internacional y que tampoco había sido respaldado por ninguna autoridad aeronáutica que se respete— López Obrador inició el 25 de octubre del 2018 su Consulta Nacional para cancelar o continuar con el proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) en Texcoco, el cual ya se encontraba en su etapa ejecutiva y en proceso de construcción.

El 29 de octubre del 2018, realizado el simulacro de consulta y sin ningún tipo de respaldo técnico, el gobierno de Morena canceló el NAICM. Poco más de una semana después, López Obrador se apersonó en la base militar de Santa Lucía junto con directivos de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena). Allí, presentó por última vez aquel raquítico paquete de dibujos en los que se ofrecía un “Aeropuerto Internacional” con tres pistas simultáneas —incluyendo una antigua pista militar que sería reconvertida para uso civil—, pero que además conservaba gran parte del viejo complejo habitacional militar.Aquel block de notas acabaría en la basura esa misma tarde, para nunca más ser mostrado en público.

Versión de Rioboó vista por última vez

Semanas más tarde, el primero de diciembre de 2018, López Obrador tomó posesión de la presidencia. Cuatro y medio meses después, el 15 de abril del 2019, la Sedena presenta a las autoridades una Segunda Versión del Plan Maestro de Santa Lucía, que aparecía dentro del documento de Manifestación de Impacto Ambiental (MIA). En aquel segundo Plan Maestro, inmediatamente notábamos que, de nuevo, se expedía un pobre boceto de proyecto, con rectángulos coloreados y sin arquitectura al interior. Además, aún se indicaban tres pistas lo suficientemente separadas como para funcionar de forma simultanea, pues hasta ese momento —o al menos eso parece— los diseñadores del proyecto seguían sin darse cuenta de que la vieja pista militar que planeaban reutilizar apuntaba directamente al Cerro de Paula. Era obvio que la intención del gobierno era ganar tiempo para comenzar a diseñar en serio y de manera profesional.

Segunda versión del Plan Maestro

El 24 de abril de 2019, en la Feria Aeroespacial, López anunció que pronto comenzaría la construcción de la obra, aún sin tener un proyecto ejecutivo —al menos del que tengamos noticia— que respaldara el inicio de los trabajos. Ese mismo día, el presidente re-bautizó  al proyecto como Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA). Dos días después, el 26 de abril del 2019, el General Gustavo Vallejo —el ingeniero militar encargado de la construcción— mostró en la conferencia mañanera lo que sería la Tercera Versión del Plan Maestro: un plano, ahora, sí con tintes de etapa conceptual, más serio y totalmente diferente a las dos versiones anteriores que costaron millones pero no cumplían con los requerimientos mínimos de la etapa de diseño que pretendían representar.

Tercera versión del Plan Maestro

Este Tercer Plan Maestro ya procuraba librar el cerro de Paula —si bien sin lograrlo del todo— compactando las tres pistas y transfiriendo el complejo militar al extremo sur del terreno. Aquí, corroborábamos que López Obrador nos seguía viendo la cara desde agosto del 2018: que el primer proyecto de Rioboó jamás fue contrincante del NAICM; que el segundo no procuraba resolver nada sino simplemente ganar tiempo; y que el tercero no contemplaría las tres pistas simultáneas prometidas. El nuevo plano mostraba además que la antigua pista militar se había ido al carajo; que  el complejo habitacional y de oficinas de la Sedena tampoco  iba a servir de nada y tendrían que demolerlo; que ahora teníamos que reconstruir toda la ciudad militar al extremo sur del terreno; y que López Obrador seguía prometiendo un aeropuerto de clase mundial que ni él mismo conocía en planos.

Para el 29 de abril de 2019 ya deberían haber iniciado las obras del Felipe Ángeles, pero la campaña ciudadana #NoMásDerroches logró que el Poder Judicial bloqueara la construcción a través de múltiples amparos. Alrededor de esa misma fecha, nos enteramos de la contratación, por parte de la Sedena, del Arquitecto Francisco González Pulido, quien sin duda podría dar luz al muy limitado quehacer arquitectónico militar en lo que a aeropuertos internacionales se refiere.

Ya con el González Pulido a bordo, y después de cuatro meses de  exhaustivo trabajo de diseño, se logra un Cuarto Plan Maestro que jamás fue presentado abiertamente a los medios. Con ese plano conceptual, aún muy escueto pero ya con nociones claras, el 17 de octubre iniciaron los trabajos de obra en Santa Lucía. La campaña #NoMásDerroches acusó al gobierno de comenzar la ejecución de la obra sin contar con un proyecto ejecutivo pero López Obrador siguió adelante.

El 7 de febrero de 2020, González Pulido presentó entonces en su página web un nuevo Plan Maestro —el quinto en menos de dos años—. Dicho plano difiere de los planos con los que ya se ejecuta la obra en Santa Lucía, lo que confirma que el proyecto aún está lejos de su etapa ejecutiva, pues aún hay modificaciones importantes en proceso.

Versión del Arq. González Pulido no publicada oficialmente

En algún momento de mayo de 2020, el gobierno separó a. González Pulido  del proceso de proyecto y de la ejecución de obra. Una vez obtenido de él el concepto básico y mínimo funcional de la terminal de pasajeros, la Sedena le dijo adiós y retomó el control absoluto del diseño, pero con mucho menos tiempo disponible y habiendo gastado algunos millones de pesos más.

El 11 de enero del 2021, el General Vallejo presenta la quinta versión del Plan Maestro. En esta nueva lámina, notamos que han compactado un poco más las tres pistas del proyecto, cargándolas todas al sur, para así dejar libre de interferencia la pista militar contra el Cerro de Paula. El resultado es que la ciudad militar gana espacio y que el área del aeropuerto civil sufre las consecuencias de su reducción por falta de pericia previa en el diseño, despidiéndose para siempre de aquellas tres pistas simultáneas que nos ofrecieron en 2018. A todo esto sumamos la necesidad de adquirir más terreno, pues se requiere de un gran colchón acústico al sur, y más área de seguridad aérea y terrestre al poniente. El proyecto, después de cuatro cambios radicales de concepto, y de la necesidad ineludible de más terreno, se encarece sensiblemente, pero continúa.

Cuarta versión del Plan maestro

Es importante aclarar que, a dos años y cuatro meses del triste boceto presentado por López Obrador y Rioboó, hoy por fin tenemos un anteproyecto. Sólo ahora, con un diseño medianamente desarrollado, hubiera sido posible comparar al proyecto del Aeropuerto Felipe Ángeles con el del NAICM. Lo triste, por supuesto, es que incluso si se hubiera hecho esa comparación antes de dar luz verde a la construcción en Santa Lucía, el NAICM seguiría siendo muy superior. Prueba de esto es que el proyecto en Texcoco cuenta con el respaldo del Arquitecto Norman Foster, ganador del Premio Pritzker, y muchos otros expertos de clase mundial.

El 20 de septiembre de 2021, compartí a través de mi cuenta de Twitter que un grupo de trabajadores del AIFA me habían informado de un error de 18 centímetros en la Torre de Control principal. El centro de la cabina de control ya no coincidía con el centro del fuste en tierra. Los trabajadores con quienes hablé me dijeron que habían detectado la discrepancia exacta en el sitio con equipo topográfico de precisión, equipado con rayos láser y conexión satelital. Repetí hasta el cansancio que el error no era catastrófico, que estaba dentro de los rangos de seguridad y que no era posible verificar la discrepancia entre el centro de la cabina y el del fuste a través de videos, fotografías o a simple vista. Algunos usuarios de redes sociales y medios noticiosos, sin embargo, insistieron en “estudiar” imágenes por mera diversión. Para validar o refutar el dato, los interesados requerirían de una cuadrilla civil e independiente de topógrafos, acompañados obviamente de equipos tecnológicos perfectamente calibrados. Bastarían dos días para procesar la información y saber la verdad. A falta de un levantamiento y escaneo topográfico, cualquier intento de justificar el error será pura palabrería.

El 10 de octubre de 2021 Ana María Olabuenaga publicó en Milenio que el AIFA solo contará con catorce posiciones de abordaje al momento de su inauguración, cifra que contrasta con las 120 posiciones del NAICM. Sin embargo, ambos datos — catorce y 120— son erróneos. En este momento, estas cantidades de contactos de embarque son relativas, y contarlas correctamente requiere de comprender a fondo la logística del proyecto a tratar. No basta con examinar un render o un plano, ni tampoco escuchar o leer una declaración, así sea de un militar a cargo. Para conocer con certeza el verdadero número de posiciones de un aeropuerto, tendríamos que remitirnos a la Publicación de Información Aeronáutica (PIA), que es el documento oficial con el que los pilotos colocan las aeronaves en los puntos de embarque de los aeropuertos según su tipo, dimensiones, especificaciones e itinerarios. Dicho documento todavía no existe —al menos oficialmente— para ninguno de los dos proyectos, pues el NAICM está en pausa y el AIFA está retrasado en su construcción, diseño y logística.

Dicho esto, la ausencia de documentos oficiales no nos impide hacer un calculo aproximado del número de posiciones de cada terminal. La última publicación de la cuenta de Twitter del NAICM sugiere que este tendrían 163 posiciones, de las cuales 95 serían de contacto y 68 serían remotas. En el caso del AIFA —y según la información que tengo de los planos de la obra— serían 45 posiciones, de las cuales 28 serían de contacto y 17 serían remotas. Pero insisto: estos números puedan variar mientras no se defina la logística del aeropuerto y se  efectúen pruebas y simulacros de operatividad.

A poco menos de cinco meses de la inauguración del AIFA, deberíamos dirigir nuestra  atención a la zona de instalaciones complementarias o de servicios aeroportuarios. Es decir:  la infraestructura que se indica en el Plan Maestro y que comprende desde la torre de control  hasta la estación general de combustibles. En esa zona descubrimos un área enorme de construcción pendiente que casi nunca aparece en los reportes de avance en sitio. Esta omisión es preocupante, ya que el área a la que me refiero comprende a una larga serie de estructuras esenciales para el funcionamiento del aeropuerto. Entre ellas están:

• Terminal de carga internacional
• Terminal de carga doméstica
• Base principal de mantenimiento
• Hangares de aeronaves civiles
• Aviación general
• Terminal comercial de helicópteros
• Centro de respaldo de comunicaciones
• Hotel civil principal
• Centro de convenciones
• Centro comercial
• Instalaciones de servicio postal
• Comedor de empleados
• Estacionamiento para vehículos de carga
• Estacionamiento para empelados
• Edificio de oficinas del Servicio de Administración Tributaria
• Agencias aduaneras
• Zonas de bancos
• Centro médico
• Centro de detención
• Centro de operaciones de equipos de asistencia

Ubicación de Servicio Aeroportuarios

De todos estos espacios —indicados en el recuadro azul— hemos visto o muy poco o nada de construcción. Sin ellos, un aeropuerto internacional simplemente no puede operar de manera eficiente. Podría decirse que aún quedan cinco meses para construir todos estos elementos, pero lo cierto es que a estas alturas el aeropuerto ya debería estar totalmente terminado. El gobierno debería estar realizando toda clase de pruebas exhaustivas y corrigiendo desperfectos para conseguir a tiempo las certificaciones nacionales e internacionales necesarias para que el aeropuerto pueda abrir sus puertas.

Hasta la fecha, sin embargo, no se han hecho pruebas y simulacros de terrorismo, simulacros de emergencias aéreas y terrestres, simulacros de incendio y de sismo; no se han puesto a prueba todos los sistemas contraincendios, las telecomunicaciones, la seguridad de circuito cerrado; no se han instalado ni calibrado los equipos de la torre de control, tales como radares y computadoras; no se han ejecutado slots para programar y corregir la administración de los tiempos de aterrizaje y despegue; no se le ha entregado a ningún proveedor su espacio de oficinas para que se instale y capacite a su personal; no hay oficinas para las aerolíneas que habrán de operar en el aeropuerto; no hay un hotel terminado en donde ya se esté montando el mobiliario para que el administrador pueda calcular y diseñar su operatividad. No hay plan de evacuación general.

No hay, en fin, capacidad técnica ni legal para inaugurar un monstruo que ha costado miles de millones de pesos y del que no tenemos todavía un plan maestro  actualizado que corresponda fielmente a lo que hoy se construye. Parece que la “seguridad nacional” —la excusa con la que el gobierno de Morena justifica su falta de transparencia— está por encima del derecho de los ciudadanos a saber cómo y en qué se gastan sus impuestos.  El gobierno de López Obrador entregará lo que le dé la gana. Al fin y al cabo, no tenemos un plano para contrastar con la realidad y saber si, a poco más de tres años, nos siguen viendo la cara.

No basta con subir las cortinas y abrir las puertas del aeropuerto el próximo lunes 21 de marzo de 2022. No basta con transmitir en vivo y en directo imágenes escogidas y retocadas. Este gobierno prometió un aeropuerto internacional perfectamente certificado y funcionando al 100 % en su primera etapa. Para que pueda cumplir esa promesa, faltan cientos de inspecciones técnicas y de correcciones, miles de metros cuadrados de construcción y millones de kilómetros de cables conectados. Falta, además, muchísima más transparencia de la que hemos visto hasta ahora. Los ciudadanos tenemos derecho a saber la verdad sobre el estado del aeropuerto. Si López Obrador cree que basta con mostrarnos un par de dibujitos que se contradicen entre sí, se equivoca.

 

Axel Belfort
Arquitecto

Cabos sueltos

Suicidólogo

Si hubo un padre de la predicción suicida ése fue Edwin Shneidman. Él acuñó el término “suicidología” además de fundar la Asociación Estadunidense de Suicidología en 1968; fundó y durante muchos años dirigió la publicación Suicide and Life-Threatening Behavior; y a lo largo de su carrera publicó muchos textos mórbidos e influyentes con títulos como Muertes de hombre, Voces de muerte, Definición de suicidio, La mente suicida, Comprendiendo el suicidio y varios así hasta su muerte (por causas naturales) en el 2009. “No sé si el sucidio me buscaba a mí o yo buscaba alsuicidio”, le dijo alguna vez a un entrevistador.

Shneidman fue el idiosincrático filósofo-poeta de este campo, un constante generador de neologismos (“psiqueca”, por ejemplo, o “autopsia psicológica”) y creador de nuevas metáforas para el acto de suicidarse (por ejemplo, una imagen arbórea donde nuestros estados bioquímicos son las “raíces”). No se exentó ni de la complejidad del tema ni de su lúgubre atracción. “Estoy en contra de que otras personas se suiciden”, escribió, “pero quiero reservarme esa opción para mí mismo”. Describía la mesa de su comedor como repleta de fotocopias con artículos sobre la muerte; pensar en ella lo mantenía despierto por la noche.

Fuente: Harper’s, agosto 2021.

Cabos sueltos

Pendientes antes de morir

Félix Arvers estaba en el hospital. Murió a solas y en abandono, y la monja junto a él pensó quizá que estaba más adelantado de lo que en realidad estaba. Ella gritó muy fuerte una orden hacia fuera, indicando dónde se encontraba tal o cual cosa. Era una monja bastante iletrada; no había visto nunca escrita la palabra “corredor” que en ese momento tenía que emplear; así pudo darse el caso de que dijera “coledor” creyendo que así se pronunciaba. Entonces Arvers empujó a la muerte. Le pareció necesario poner eso en claro. Se puso enteramente lúcido y le dijo a la monja que había que decir corredor. Y murió. Era un poeta y odiaba lo “poco más o menos”; o quizá sólo le importaba la verdad; o tal vez le molestaba llevarse como última impresión la de que el mundo continuaba siendo tan negligente. Ya no es posible saberlo. Pero que no se crea que obró por pedantería. En tal caso, el mismo reproche habría que hacerle a san Jean de Dieu, que en plena agonía saltó y justo a tiempo soltó la cuerda de uno que acababa de ahorcarse en el jardín, y cuyo acto había penetrado de modo maravilloso en la tensión interna de su agonía. También a él lo único que le importaba era la verdad.

Fuente: Rainer Maria Rilke, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Traducción de Francisco Ayala. Losada, Buenos Aires, 1958. (3ra. edición, 1979.)

Cabos sueltos

La espalda perfecta

Para ser perfecta, la espalda ha de contar con dos hoyuelos algo más debajo de los riñones, a derecha e izquierda. Esta particularidad es necesaria para la gracia, a más de servir de puntos de referencia. Generalmente inesperados, añaden picardía. Suaves y alegres, por lo breve de su profundidad, lentitud de su declive, signo de perfección difícil de olvidar. Cabe más: un tercero en el centro —algo más arriba de los anteriores—, estrellas de la tarde, constelación, perpetuo norte del buen camino.

Las crestas ilíacas mantienen el equilibrio sosteniendo lo que algunos tienen por mejor. (La pelvis nos sostiene desde antes de nacer.) Los medios puntos de sus bordes dan a la mujer su trazo más característico. Remátase con las posaderas. Han de ser éstas proporcionadas al talle y, en su parte más ancha, cerca del doble de éste en su parte más estrecha. (Recordando que hay quien prefiere las colipavas.) Redondas, bien señaladas, firmes, juntas, sin falla a la vista y al tacto.

Una espalda perfecta no puede ser grande ni chica, pertenece al tamaño natural de la mujer. El color no importa, del ámbar al rosado, canela, parda, de ébano. Todo habla, ¿cómo no había de hacerlo la espalda? Susurra a todo lo largo del cuerpo, poseedora de las curvas más largas.

Una hermosa espalda puede ser motivo de orgullo tan grande como una cara bonita, unas piernas perfectas, un pecho privilegiado. Aunque de esto último suelen sacar mejor orgullo; que cuenta más, sin razón, lo que se ve.

Pregunta a su amada, comparando la finura de su epidermis con la de un canto rodado de Patmos: —¿Qué vueltas no te dio la mar para hacerte tan dura, sabia, fina? —Pasé por mil y mil manos, igual que tu entendimiento.

Fuente: Max Aub, Mis páginas mejores, FCE, 2000.

Cabos sueltos

Un promotor de circo

El romano era insaciable más que nada en todo lo que tuviera visos de espectáculo. En el siglo cuarto ni con mucho se satisfacía esta necesidad con los dineros públicos, sino que se acudía a la generosidad de los altos funcionarios recién nombrados y de los senadores. Esta gente, no siempre rica, tenían con este asunto un gasto de consideración, pues cada cual tenía que superar al antecesor, no sólo por ambición personal, sino por la insaciabilidad del pueblo. Una gran parte de la correspondencia del prefecto Símaco está llena de las preocupaciones que le produce sufragar los espectáculos con su propia promoción y las de sus parientes en otras ocasiones. Desde los tiempos de Diocleciano se había acabado con aquellos derroches imperiales en materia de juegos, que en una ocasión habían inspirado a Carino la idea de ocupar toda la mitad de un barrio, en la parte del Capitolio, con un anfiteatro de madera, adornándolo con toda clase de piedras preciosas, oro y marfiles; y entre otras cosas se vieron animales raros como cabras monteses e hipopótamos, y lucharon osos con focas. Los emperadores se ocupaban de los edificios y sabemos que Constantino restauró espléndidamente el Circo Máximo; pero los espectáculos mismos estaban a cargo de los dignatarios ricos que pagaban en esta forma al Estado su exención de impuestos y sus emolumentos. De nada servía marcharse de Roma; parece que los funcionarios de hacienda celebraban en tal caso los juegos en nombre de los ausentes. Ya era bastante si se conseguía la dispensa de aduana por los animales importados. Lo más importante fue siempre la selección de caballos para el circo; en esta ocasión era cuando lo mismo el romano distinguido que el hombre de la calle satisfacían su supersticiosa pasión por las apuestas, y un auriga podía alcanzar el máximo prestigio por su habilidad y hasta una especie de inviolabilidad. Pero el gusto romano se había refinado tanto en ese aspecto que había que cambiar constantemente las razas de caballos; los tratantes recorrían medio mundo para encontrar algo nuevo y extraordinario y transportarlo cuidadosamente a Roma; Símaco escribe a estos agentes con tanta deferencia como si se tratara de personajes importantes. Para la lucha de fieras en los teatros y en los coliseos, y para las cazas (sylvae) en el Circo Máximo se necesitaban gladiadores, una “gavilla de combatientes peor que la de Espartaco”; también solían presentarse a veces bárbaros prisioneros, por ejemplo, sajones, pero, a tenor de la época debieron dominar las luchas entre animales. Los encargados de estas liturgias se encuentran siempre en grandes apuros para procurarse las fieras necesarias; osos que llegan en plena consunción o que han sido sustituidos por peor género, leones líbicos, colecciones de leopardos, perros escoceses, cocodrilos y hasta animales que en la actualidad no podemos identificar con certeza, como los addaces y los pygargi. Ocurre a veces que los emperadores ayudan después de una victoria enviando unos cuantos elefantes, pero es la excepción.

Fuente: Jacob Burckhardt, Del paganismo al cristianismo. La época de Constantino el grande. Versión de Eugenio Imaz. FCE, México,, 1945 (2a. reimpresión, 1996).

Puerto libre

Tiempos improbables

Incluso en estos meses, en que la vida de tan quieta parece que nos arrastra, me detengo sin más y los pienso. Ya no puedo nombrarlos uno a uno, igual que cuando eran menos, pero uno a uno es que aparecen como destellos: los muertos que aún marcan mis días.

No tengo otra manera de mantenerlos vivos. No hablo con su sombra ni creo que vendrán a comerse los panes de la ofrenda, lo que hago es contarlos muchas veces. Y asirme a la memoria de su entereza, esperando que a veces la compartan conmigo.

Sin embargo, a pesar de cuánto los añoro, ahora que son cada vez más, lo primero que hago al despertar es levantarme a vivir como si la muerte fuera una alegoría. Y como si la existencia de los vivos entre los que vivo dependiera de mí. Incauta yo, imaginando que la fuerza de sus ojos y sus deseos dependen de mi testimonio. Estoy aquí para vigilar a mis vivos.

Decía la antropóloga Guzmán que ella no quería morirse para no hacernos esa maldad, porque es muy bonito tener mamá. Quería quedarse no por ella, sino para no dejarnos.

Dos mujeres bravías, a quienes admiro tanto como las quiero, perdieron a su madre hará tan sólo un rato. Y, frente a esa entelequia que cuando se hace realidad nos desampara, están de tal modo inermes que de sólo imaginarme los años que les quedan para extrañarla quisiera acunarlas desde ahora y hasta la tarde en que tampoco esté yo, pero ellas y todos los míos hayan tenido tiempo para decirme adiós porque ya vaya siendo hora de ahuecar el ala y desaparecer.

 “Vivimos como vivos eternos”, dice el Mahabharata, a pesar de que la muerte pase entre nuestros días, todos los días.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Mi mamá murió hace trece años y a veces en la duermevela de las madrugadas la llamo como si pudiera venir a auxiliarme, porque soy como una niña perdida en el supermercado. Esto no sé ni cómo advertírselo a la pesadumbre de estas dos tiernas, al tiempo libres y asombradas que son las hijas de una mujer tan drástica como ferviente cuya ausencia aún nos sigue pareciendo improbable. La van a extrañar siempre y de ese agujero no las puede librar nadie. Aunque aquí andaremos los demás, igual que esos libros calificados como suplentes para reposición, por si algo se les ofrece.

Yo, ¿un libro? Cuando hay veces en que hasta las uñas me duelen de sólo pensar en ponerme a escribir. La feliz maestría con que pierdo el tiempo, cosa que me niego a aceptar como pariente del sueño eterno, me toma por su cuenta y tira de mi manga para quitarme de ese mal en el que nunca he creído: “La angustia de la página en blanco”.

Oigo música. De pronto una canción que podría ser la posdata del mensaje que no fue necesario enviarle a nadie. Y estoy agradecida. Me entretengo con el silencio y con las plantas. A veces parezco planta. Puedo leer un poema treinta veces sin aprendérmelo y sin enojo. Más de una divagación al día, ya lo dije, evoco a alguno de mis muertos. Me doy tiempo para ellos. Lástima que ya no pueda creer en la resurrección, ésa sí que era una fábula digna de abrazarse, pero imposible. Por eso los revivo mientras vivo.

“Nos vemos al otro lado del puente”, le dijo el veterinario a mi perrita cuando hubo que ponerla a dormir. Conmovedores los dos, igual y sí se encuentran en alguna parte. Yo no estaré para verlos porque me habré ido a la Nebulosa de Andrómeda o al fondo del mar. Ahí donde pueda yo ser polvo que es lo que me dijeron, todos los Miércoles de Ceniza de la infancia, que seríamos. No merezco llamarme a engaño, estaba yo advertida.

Miguel Hernández pensaba que el corazón de Ramón Sijé, su amigo muerto, tan temprano, podría bajo la tierra dar de comer a las “desalentadas amapolas”. Precioso. Así hay que imaginarlo, aunque suene tan atrevido como la lluvia.

Quisiera hacer las paces con esto de ir envejeciendo. Pero me arredra pensar que esta fiesta se acabará, por eso me la bebo despacio, como al té con pan de en las mañanas. Quiero con toda el alma seguir viva y, por suerte, como decía una vieja amiga: amanezco y amanezco.

A los veinte años, y a los cuarenta, digo para que me oigan a los alrededores, pensar en la vejez como un paraíso posible parecía de dar risa. Ahora se me antoja que con ayuda de los antibióticos, los analgésicos y el aliento de las amapolas, la vejez sí pueda ser una buenaventura.

Alguna ganancia tiene que haber en esto de ir perdiendo cosas. Yo no he conseguido asir la serenidad necesaria para dejar de pintarme el pelo y todas, pero todas, las mañanas estar vestida y alborotada como si me fueran a pasar revista, pero tengo serenidad para no ahorcarme cuando confundo los nombres de mis hermanos con los de mis sobrinos.

Durante muchos años, siendo joven, fui una enferma crónica, y anduve bregando con los mismo achaques que ahora comparto con todos mis contemporáneos. Eso lo vivo como una fortuna: ya no soy sólo yo la que a veces tiene vértigo, dolor de cabeza, caídas libres.

Cuando anduve por los diarios de Stendhal me horrorizaba leer que iba a las fiestas con fiebre y gripa. Ahora que he andado por mis anécdotas me entero de que yo vivía exhausta mientras daba brincos, vivía mareada y siete veces al mes tenía migrañas como avispas. No sé ni cómo sobreviví a tantos quehaceres. Pero aquí ando en busca del cobijo que da la edad de la sin razón. Y ya todo me duele mucho menos. Tengo visto que la vida tiene que ser menos ardua. Al menos la vida sobre la que podemos tener algún control. La otra viene como va viniendo. Afuera el mundo hace su ruido, por dentro cada quien tiene que dar su guerra en busca de la paz.

Si hemos de seguir envejeciendo, porque no quiero considerar la alternativa, les propongo a mis contemporáneos que este noviembre les pidamos a nuestros muertos algunos deseos invencibles. Que no nos dejen ser tristes ni lacrimosos, que nos den entereza y buen juicio, que por un tiempo largo le pongan cuernos al invierno, que pensarlos nos propicien valor y agradecimiento, que sus nombres nos ayuden a recordar los nombres de la gente buena y que la gente mala se muera de miedo. Que nos dejen llegar a los noventa y ver si entonces ya existe el modo de pedir ciento veinte y la destreza para cruzar a nado la laguna de Bacalar.

Tiempos improbables quiero vivir. Y que me nieguen la razón los espejos.

Posdata: Rosario y Tita, ya ustedes saben que esto que digo es pensando en ustedes.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos

Tangente

La reverencia de la atención

Vivir lo que se piensa, llevar la razón hasta la médula, inyectar en cada célula la idea alcanzada. Simone Weil habitó su filosofía, dice Robert Zaretsky en una biografía reciente de esa mujer que alguna vez fue descrita como “el imperativo categórico en faldas”. Zaretstky, biógrafo de Camus, de Diderot y de Boswell, no reconstruye la vida de la filósofa siguiendo la secuencia de los años. Si en verdad vivió dentro de sus ideas, son éstas las que marcan las estaciones de su vida. En ellas está su aventura y su destino. Por eso su biografía de Weil, la subversiva, es una “vida en cinco ideas”. La mirada, el sufrimiento, la resistencia, la reverencia y el arraigo.

Ilustración: José María Martínez

La pista del historiador tiene sentido: la filosofía para Weil no era teoría sino vida. Escribir un tratado filosófico era para ella tan absurdo y tan complejo como redactar, en un manual, instrucciones puntuales para caminar.

Detecta Zaretsky que es común que los biógrafos de la filósofa sinteticen su vida en el nudo de sus múltiples contradicciones: una anarquista que abrazaba ideales conservadores; una pacifista que tomó las armas en España; una santa que rechazó el bautismo; una mística que era, al mismo tiempo, sindicalista militante; una judía francesa que fue enterrada en la sección católica de un cementerio inglés; una profesora que despreciaba las conclusiones del aprendizaje. El biógrafo desmadeja esas paradojas y encuentra una pasión que piensa y una vida que se entrega al pensamiento. ¿Cuánto tiempo dedicas cada día a pensar?, le preguntó en alguna ocasión a una enfermera atareada con aplicar vendajes, dando vasitos de agua para las medicinas, consolando heridos. La pregunta es reveladora: convaleciente en un sanatorio, Weil le preguntaba a la enfermera por el tiempo en que realmente vivía. Al momento en que dejamos de pensar somos cosas, materia inerte. Estar vivo, ser libre, ser humano era para ella pensar y subordinarlo todo a ese pensamiento. De ahí su radicalidad, su inocencia. También su arrogancia y su sacrificio. Su mirada, dicen algunos de quienes la conocieron, era insoportable: un taladro que entraba a lo más profundo exigiendo del otro tanto como ella se exigía a sí misma: congruencia absoluta.

De acuerdo con el biógrafo, la inteligencia de Weil se abrió en cinco surcos que, lejos de dispersarse, llegan a la misma fuente. Aflicción, resistencia, atención, arraigo, bondad. Visto a la luz de estas nociones, las paradojas que se advierten en su biografía son, en realidad, giros de su barrena espiritual. La primera de las sondas es la consciencia del dolor. La aflicción comprime la vida de tal modo que nos despoja de sentido. Nos lleva a preguntarnos constantemente: ¿por qué? Y a escuchar el silencio como respuesta. La aflicción nos arranca personalidad, nos hace cosa. Esa esclavitud nos niega el poder de decir “yo”.

No es fácil abrirse al sufrimiento de los otros. El instinto nos lleva a cerrar los ojos, a voltear la cara. Esa disposición a abrirse a la experiencia de la aflicción es casi un milagro, dice Weil. Prestar atención es otro de los caminos de Weil. La atención de la que habla no es simple concentración de la mente. Acoger el asombro es una forma de reverencia. Un ejercicio espiritual que consiste en la más pura e infrecuente forma de generosidad: entregarse al mensaje del mundo, abrir espacio para los otros colocándose uno mismo en posición subordinada. Hospedar la sorpresa, vaciarse de manías, empaparse de realidad. La atención que pide Weil, la atención a la que se entrega no es búsqueda, es espera. Hay que dar tiempo para que la verdad se asome por la tinta de la pluma. La verdad, dijo, es “la manifestación radiante de la realidad”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es La casa de la contradicción.

Pasaporte, por favor

No existe el ‘racismo inverso’, existen los racismos

Se ha puesto de moda discutir el “racismo inverso” y si existe o no el “racismo inverso”, que usualmente se entiende como un racismo en contra de “los blancos”.

Ilustración: Patricio Betteo

Cada “racismo” tiene su propia lógica, pero no suele haber simetría entre uno y otro. Si existiera racismo contra “los blancos” en México, no sería una mera inversión de, digamos, el racismo en contra de “los indios”. Ni es idéntico el racismo en contra de “los indios” al que pueda haber en contra de “los negros”. Por otra parte, tampoco es cierto que el racismo sea una cuestión de una supuesta superioridad de los blancos respecto de gente con otra pigmentación: vale la pena recordar que la palabra “esclavo” proviene de “eslavo”. Los ingleses discriminaban a los irlandeses que, aunque fueran “blancos”, eran un pueblo conquistado y eran representados como si tuvieran características somáticas y morales inferiores.

Tampoco han faltado los racismos “entre negros” o “entre asiáticos”. Los genocidios en Ruanda y Burundi fueron imaginados como el resultado natural de una guerra entre dos supuestas “razas” —los hutus y los tutsis— aun cuando las verdaderas causas de esas guerras hayan sido otras. En el siglo XIX e inicios del XX, los japoneses eran imaginados racialmente superiores a los chinos y a los coreanos; la etnia han, dominante en China, se imagina superior a las minorías musulmanas que habitan el occidente de su país; y el racismo contra la minoría musulmana ha aflorado en la India en tiempos recientes…

Como el racismo nos parece malo e inaceptable (y con razón), imaginamos que todos los racismos son iguales, pero en realidad cada racismo mana de alguna dinámica social específica, pues la racialización es una operación que “naturaliza” o esencializa algunas características o supuestas características de una colectividad, para así fijar alguna diferencia social. Así, la racialización, al igual que la ideología de “género”, practica la biologización de diferencias sociales que son, en realidad, históricas.

Frecuentemente, la racialización va de la mano del endurecimiento de las diferencias de clase, étnicas o religiosas. Por ejemplo, Aristóteles pensaba que había en el mundo gente con capacidades racionales menguadas, que no conseguían gobernar sus impulsos. Esa gente podía hacer —y hacerse— mucho daño, y era mejor someterla a la esclavitud, para que quedara gobernada por algún individuo racional. La condición del esclavo quedaba entonces biologizada —racializada, diríamos— al tiempo que la aristocracia se consagraba como un estamento compuesto de seres eminentemente racionales, que gobernaban a los esclavos, que eran brutos. Ojo: esta diferencia no tenía por qué corresponder a una distinción entre “blancos” y “negros”, y en tiempos de Aristóteles la esclavitud no se fincó en esa diferencia.

La racialización es un tipo de operación que tiene causas y usos muy variables. No es igual el antisemitismo al racismo en contra de “los negros”. Y en la Nueva España la racialización del “indio” corría por un camino distinto de la racialización del “negro”. Así, la visión dominante del judío durante la Edad Media recalcaba su supuesta mezquindad, necedad, cerrazón, deslealtad o desamor. Se trataba de hacer trascender para siempre su supuesta deslealtad con Jesús, para desde ese contraste exaltar y consagrar todas las bondades de la cristiandad. Pero ya en el siglo XIX, los judíos europeos serían representados de otro modo y con otro propósito: ahora aparecían como una quinta columna, empeñada en subvertir a la comunidad nacional para acrecentar sus propias ganancias, y serían entonces representados ya no como necios, sino como parásitos. El racismo en contra de “los negros”, por su parte, está ligado a la historia de la esclavitud y a la degradación del trabajo manual. Y el racismo en contra de “los indios” a la racialización de la redención.

Por esto, si queremos pensar el tema del racismo en nuestra sociedad —y valdría la pena hacerlo— importa entender que la racialización opera siempre a partir de la naturalización de alguna diferencia. Y que las diferencias entre un grupo y otro no son simétricas.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de Antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

Kiosco de malaquita

De nostalgias y anacronismos

La reunión de la Celac que tuvo lugar en México hace unas semanas fue la ocasión para que el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y el presidente López Obrador intentaran reverdecer los laureles que adornaron nuestra política exterior en los años sesenta, cuando Fidel Castro, el Che Guevara y la Revolución cubana eran jóvenes promesas que transmitían una fe apasionada en las posibilidades de un socialismo antillano. A ojos de muchos, Cuba sería el país del sueño socialista por el solo hecho de que estaba del lado correcto de la historia.

Ilustración: David Peón

En esa coyuntura, México se hizo de una destacada posición internacional porque defendió la soberanía cubana frente a las agresiones de Estados Unidos; no iba en ese apoyo ninguna coincidencia ideológica, el gobierno mexicano siguió siendo tan anticomunista como lo había sido siempre, aunque miraba con simpatía a los cubanos, siempre y cuando no se metieran a hacer la revolución en México. En ese caso, como en otros, la posición mexicana se sostenía en los principios de rechazo al intervencionismo y la defensa de la soberanía nacional.

En 2021, parece que el gobierno lopezobradorista quiere recuperar un pasado al que mira con nostalgia, en el que no caben ni los conflictos ni los compromisos que acarreó esa política. Peor todavía: ni el presidente ni su canciller saben jugar con la ambivalencia que le permitió a México sostener una relación amigable con Washington y una apariencia de amistad con Cuba, parcialmente fundada en el mutuo respeto a las diferencias entre un país que aspiraba al desarrollo capitalista y el que buscaba construir el socialismo.

Ni Fidel ni el Che están más con nosotros, y a la Revolución cubana se la ve como dice el tango: “Flaca, fané y descangallada”. Pero durante la visita del presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, el gobierno mexicano quiso mirarla con ojos de enamorado, y así la celebró, como si esperara movilizar con ella el entusiasmo de una opinión pública que empieza a darle la espalda así no sea más que por hartazgo. Además, es muy probable que la causa cubana le sea ajena a una proporción muy alta de la población que nació después de 1961-1962; y que a muchos de los nacidos en el mundo globalizado el tema de la soberanía los deje perfectamente fríos.

El anacronismo de la postura mexicana que hoy busca un liderazgo internacional que al inicio del gobierno Andrés Manuel López Obrador despreció es notable cuando habla de soberanía, porque ignora todo lo ocurrido en sesenta años. La reforma o desaparición de la OEA se ha planteado repetidamente desde 1962, la disyuntiva a la que se enfrentan los latinoamericanos no es reforma o revolución, sino democracia o autoritarismo. En el mundo globalizado de hoy, el presidente mexicano busca todo tipo de soberanías: alimenticia, medicinal, energética. Los vínculos que ha generado la globalización no pueden cortarse tan fácilmente como se hizo cuando se canceló la construcción del aeropuerto.

En un libro que apareció en febrero del año pasado titulado L’appel des Amériques, que por razones de pandemia no ha recibido la atención que merece, Alain Rouquié, antiguo embajador de Francia en México y el especialista francés en América Latina más agudo y perceptivo que ningún otro, hace un recorrido por esas seis décadas en el subcontinente. Crisis financieras, golpes de Estado militares, inestabilidad política, transiciones a la democracia, regreso del populismo autoritario, agotamiento del modelo de sustitución de importaciones, adopción ciega de las políticas del consenso de Washington, alternancia entre la izquierda y la derecha. Todo esto deja fuera de lugar la propuesta mexicana que se origina en un escenario que ha desaparecido; porque, como bien apunta Rouquié, América Latina no existe más. Es un archipiélago de intereses contradictorios, que carece de unidad de propósito; las semejanzas entre sus componentes son engañosas; en cambio, la diversidad es real y, con ella, la perspectiva de destinos también diferentes que pueden acoger anacronismos, pero no admiten más utopías.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Investigadora emérita del SNI. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría, 1945-1958 (en prensa).

Hablando de otra cosa

Protectores

En noviembre de 1343 un barco genovés en ruta de Palermo hacia el norte de la península fue asaltado en la bahía de Nápoles. Transportaba alimentos: carne, grano, y según lo más probable buscó refugio en la bahía por la proximidad de una tempestad. Las crónicas dicen que fue asaltado por una muchedumbre hambrienta, pero también que el barco fue atacado desde un galeón de la flota real y que a la cabeza de los asaltantes iban varios nobles, jóvenes de las familias Capuana y Nido, que no hicieron nada por ocultarse. No hubo mucha violencia: sólo el capitán del mercante, un genovés, fue asesinado —parece que de manera bastante dramática. A continuación, los asaltantes transportaron la carga al puerto y la repartieron entre la gente.

Ilustración: Estelí Meza

Es un episodio del siglo XIV, las noticias que existen están dispersas en crónicas, algunas cartas; lo ha reconstruido con extraordinario detalle Amedeo Feniello, en un libro fascinante, Nápoles 1343. Los documentos por lo visto subrayan el orden, la eficacia, la coordinación del grupo, la definición clara de una jerarquía, de funciones bien definidas, es decir, que no parece haber sido algo espontáneo, improvisado, no obra de una multitud acosada por el hambre, pero tampoco era una banda de piratas. Todo hace pensar que se hubiese hecho antes o incluso que se hiciera con alguna frecuencia. Además está el hecho de que se lanzase el asalto desde un galeón de la flota real, cosa que sugiere tolerancia si no complicidad por parte de los soldados que tenían que estar de guardia en el puerto. En otras palabras: el asalto parece haber sido algo relativamente normal para la ciudad de Nápoles.

El reino de Nápoles padecía una grave falta de alimentos desde la separación de Sicilia, en 1285. A la pérdida del territorio se sumaba la creciente demanda del norte, que absorbía la mayor parte de la producción del sur. La escasez provocaba el alza de los precios, acaparamiento, especulación, oleadas de pánico en una sociedad que vivía bajo la amenaza del hambre. El gobierno lo intentaba todo, desde el control de precios hasta el cierre de las fronteras, la apertura total, amenazas, impuestos, sin conseguir absolutamente nada. La gente huía a la ciudad, al norte; en las primeras décadas del siglo XIV desaparecieron en el reino 873 poblaciones. En 1340 llegó la peste negra. Y en ese año de 1343 murió Roberto I de Anjou y subió al trono su nieta de 17 años, Juana I: la debilidad de la corona llegó al extremo y la gente, como en otras ocasiones, se volvió hacia quienes podían brindarle protección, se volvió hacia los poderosos locales, los Nido, los Capuana.

Desde el dominio normando en el siglo XI los nobles de Nápoles habían sido un poder de sustitución en la ciudad. Eran 57 familias: Caracciolo, Caputo, Tomacelli… que habían privatizado de hecho las funciones públicas, cada una con un barrio, un límite territorial, un asiento, y ejercían de hecho el monopolio de la que era para la gente una violencia legítima. Los Anjou trataron de atraer a los nobles a la Corte y reorganizaron la ciudad mediante la creación de cinco polos administrativos, que correspondían a los clanes de Porto, Portanova, Montegna-Forcella, Capuana y Nido. Los clanes formaban un mundo paralelo, no enemigo: eran intermediarios entre el individuo y el Estado, y sobre todo eran para la población el último recurso en situaciones de crisis, porque podían actuar fuera de la ley. Arrogantes, arbitrarios, violentos, los nobles también conocían a la gente de su barrio, conocían a los suyos y llegado el caso podían protegerlos donde el rey no hubiera podido: eran la manifestación de un poder que existía sin el Estado, contra el Estado, pero que el Estado necesitaba para mantener el orden. Era el siglo XIV.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo

Derrotero

El tráfico lento

Los camiones que van de Gao, en el norte de Malí, a Tamanrasset, en el sur de Argelia, tardan de una a tres semanas en hacer un recorrido de 1200 kilómetros. Viajan por antiguos caminos a través del desierto del Sahara a una velocidad promedio de 35 kilómetros por hora. Llevan a unos veinte pasajeros a cuestas que bajan y suben según sea necesario, además de las paradas obligatorias que se hacen cinco veces al día para rezar. A bordo van algunos fayuqueros; migrantes que aspiran a cruzar el Mediterráneo; mujeres que llevan a presentar a sus bebés a familiares en ambos lados de la frontera, e incluso pastores con algunos animales.

Ilustración: Raquel Moreno

La gente que vive en los oasis y campamentos a lo largo del camino conoce de nombre a cada uno de los choferes, y los niños son capaces de identificar de lejos el sonido de cada camión. El chofer va repartiendo cartas y mensajes a lo largo del trayecto, intercambia gasolina por comida y lleva los regalos necesarios para que los aduaneros les permitan cruzar sin contratiempos. A lo largo del camino, los pasajeros van dejando fardos de dátiles, telas, pasta y otros productos con sus conocidos o en escondites seguros en el desierto donde sus familiares podrán recogerlos más tarde.

En el libro Smugglers and Saints of the Sahara [Contrabandistas y santos del Sahara], la antropóloga inglesa Judith Scheele hace una descripción fascinante de cómo fue cambiando el comercio regional e internacional en el Sahara durante el siglo XX. Desde la independencia de Argelia en 1962, prácticamente todo el comercio terrestre con Malí se declaró ilegal, con la excepción de los dátiles de mala calidad y algunos animales. Sin embargo, la distinción entre el comercio lícito, al-frud al-halal, y el ilícito, al-frud al-haram, no depende de criterios legales, sino morales. El contrabando se considera una forma honorable de ganarse la vida, pero el comercio de drogas es fuertemente repudiado.

De hecho, explica la autora, la clasificación moral del contrabando se puede deducir de la velocidad del tráfico. El tráfico lento se da a la luz del día y por los caminos principales y, sobre todo, alimenta una red de parentesco, amistad y obligaciones recíprocas. Así viajan la leche en polvo, la semolina y la gasolina de Argelia; las telas y lentejuelas de Mauritania; y los migrantes indocumentados de los países del Sahel. En cambio, en vehículos chicos de doble tracción que se mueven de noche a altas velocidades y por caminos remotos viajan las drogas que entran por el golfo de Guinea y van hacia Egipto, Israel y Europa; los AK 47 que vienen de países sumergidos en conflictos armados de décadas, como Chad.

En Hind Swaraj, Gandhi también atribuye una superioridad moral a la lentitud. Uno de los daños más profundos que causó el colonialismo inglés en India, argumenta, fue la construcción del ferrocarril. No sólo porque permitió que las epidemias se extendieran rápidamente por vastos territorios, sino porque anuló por completo el sentido de las peregrinaciones a lugares sagrados. Los peregrinos deben ir a pie porque en su recorrido deben recibir la ayuda y hospitalidad de los desconocidos que los ven pasar. Así se fragua y se experimenta en carne propia el sentido de pertenencia a una comunidad más grande, a una nación.

Es desafortunado, dice Cal Winslow en su trabajo sobre los contrabandistas de Sussex, que el contrabando no se considere parte de las tradiciones de resistencia social de las clases populares contra las leyes e instituciones de los gobernantes. Regiones enteras del mundo dependen del tráfico lento para asegurar sus bienes de consumo básicos y formar redes de confianza más allá de las fronteras estatales.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió Relaciones Internacionales en El Colegio de México y un doctorado en Antropología en la Universidad de Columbia.

Panóptico

Una taxonomía crítica del populismo

La confusión conceptual es una constante en la discusión académica del populismo. Para algunos se trata de un estilo de gobernar o de hacer política, un estilo maniqueo de liderazgo que contrapone al pueblo con las élites; para otros es una ideología. En ocasiones “populismo” se refiere a experiencias históricas concretas, como los gobiernos de Perón en la Argentina o de Cárdenas en México. En su libro Populismo. Historia y geografía de un concepto (Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, 2021),1 Guadalupe Salmorán intenta desentrañar la polisemia del término. Trazar el mapa histórico y semántico del populismo es una ambiciosa tarea que la lleva en un inicio a Rusia y a Estados Unidos en el siglo XIX. El recorrido prosigue por la América Latina de mediados del siglo XX, los intentos de redefinición teórica de finales; el análisis de los “nuevos” regímenes populistas de Venezuela, Bolivia y Ecuador, y la aparición de partidos y movimientos nacionalistas en Europa en el siglo XXI. Sin embargo, el libro no sólo es un mapa descriptivo (instrumento muy valioso en sí mismo), sino una taxonomía crítica que hace una intervención de primer orden en la discusión. El mapa permite que la autora señale un lugar de peligro. Una de las discusiones centrales en la teoría política es si el populismo es un “correctivo” o más bien una amenaza a la democracia liberal. Algunos creen que el populismo es una saludable respuesta “democratizadora” a la naturaleza oligárquica de los regímenes liberales-democráticos. Su bebida energetizante, vaya. Así, sería una “medicina” a la tecnocratización de las democracias contemporáneas.

Ilustración: Belén García Monroy

La contribución de Salmorán está en el análisis de la relación entre populismo y democracia. La relación es compleja, porque en el populismo conviven simultáneamente “una ‘pulsión democrática’ y una ‘vocación autoritaria’”. El núcleo ideológico del populismo está compuesto de una apelación al pueblo como “sujeto político unitario” (una visión maniquea de la política en la que el pueblo “bueno” lucha contra sus “enemigos”) y de una aspiración de restaurar el principio de la soberanía popular, supuestamente conculcado por las malévolas élites. El populista busca establecer una forma de democracia que escapa a la intermediación política. Entendido así, el populismo es cabalmente incompatible con la democracia liberal. Ahí donde ha ganado el poder se convierte en una amenaza a esa forma de gobierno. Las razones son claras. Para el liberalismo el pueblo es una agregación de personas: no constituye un colectivo distinto por encima de los individuos. Una noción en la cual el valor intrínseco de cada persona dependa de su pertenencia a una etnia, religión o clase social —o cualquier otro lazo prepolítico— es claramente antiliberal. El pueblo imaginado por el populismo es un todo unitario. “Que un individuo o movimiento político afirme ser la ‘voz del pueblo’ implica presuponer que todos los individuos que componen al colectivo denotado con ese nombre quieren exacta y sustancialmente la(s) mismas cosa(s)”.

De la misma manera, la definición de los populistas de la política como enemistad es radicalmente antipluralista. Para que las personas resuelvan sus problemas de manera pacífica es necesario que primero acepten la legitimidad de sus diferencias. Las sociedades democráticas aceptan y respetan la existencia de múltiples visiones y orientaciones en su seno. Finalmente, las estructuras de intermediación —partidos, organizaciones civiles, organismo autónomos, etcétera— que el populismo pretende destruir para establecer una relación “directa” con el pueblo constituyen el entramado mismo de la democracia.

Si se entiende a la democracia como “un conjunto complejo de reglas específicas que determinan quién debey cómo deben tomarse las decisiones políticas y, al mismo tiempo, imponen ciertos límites al poder de las mayorías”, el populismo no puede ser, de ninguna manera, un “correctivo”. Cualquier posición política que “promueva la ‘omnipotencia de las mayorías’, por muy grandes que sean éstas, por encima de los derechos fundamentales de las personas, no puede ser considerado propiamente democrático”.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos


1 El libro completo se encuentra en esta liga https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/13/6425/12.pdf

Sin ton ni son

Voz y salida

Nunca está de más volver a los autores que a uno lo alimentaron de nociones que le hicieron un poco más comprensible la existencia (o bueno, eso creo). Albert O. Hirschman sin duda es uno de ellos. Economista del desarrollo publicó una serie de libros y ensayos más allá de esa disciplina que arrojan luz sobre muy diversos aspectos de la vida social. Refractario a las teorías presuntamente omnicomprensivas le gustaba afirmar que él trabajaba con teorías de nivel medio, aparentemente menos ambiciosas, pero por ello mismo más flexibles y capaces de entablar una conversación fructífera con otras fórmulas para acercarse a la realidad.

Uno de esos textos fue Salida, voz y lealtad (traducción de Eduardo I. Suárez, FCE, 1977). Constataba que “bajo cualquier sistema… los individuos, las empresas y los organismos en general están sujetos a fallas en su comportamiento eficiente, racional, legal, virtuoso o, en otro sentido, funcional”. Parece un enunciado elemental. El sentido común nos informa de eso a (casi) todos. Pero su intención era acercarse a los mecanismos que pueden alertar sobre fallas reparables para evitar el “deterioro de empresas, organizaciones y Estados”.

Ilustración: Alberto Caudillo

Encontraba y estudiaba dos: la salida y la voz. Se trata de dos tipos de alarmas que sirven para detectar problemas, deficiencias, inercias destructivas. La salida, como su nombre lo indica, era el abandono. Y podía ser de la organización donde se militaba, el cliente que deja de comprar un producto, el votante de X que da la espalda a su opción anterior. La voz es la expresión de insatisfacción con lo que hace una empresa, un sindicato, un gobierno. Y quienes cancelaban ambas opciones impedían que el actor, la organización, el partido o los gobiernos contaran con esos mecanismos que eventualmente les permitían corregir el rumbo.

Había que aceptar que la posibilidad de deterioro estaba siempre presente. Y que al carecer de mecanismos para enfrentarlo tendería inercialmente a profundizarse. La defección, la salida, era un foco rojo que informaba de que algo iba mal. La voz, por su parte, es la fórmula para plantear la crítica e “intentar cambiar el estado de las cosas”; la expresión de las carencias, complicaciones, faltas, que pueden quizá redefinir el rumbo.

Cuando ambos mecanismos se clausuran, las probabilidades de rectificación decrecen significativamente. Dado que las fórmulas de alarma no existen, las inercias deteriorantes pueden continuar con su paulatino y persistente desgaste.

En democracia, ambas fórmulas funcionan o deben funcionar. Uno puede modificar sus preferencias políticas, votar hoy por A y mañana por B y pasado mañana por ninguno, leer un periódico o pasarse a otro, abandonar la asociación que antaño uno valoró (todas ellas salidas); o expresar sus críticas de manera individual o colectiva, a través de organizaciones sociales, partidos, revistas o manifiestos, marchas, huelgas (es decir: ejercer la voz). Ello, en teoría, beneficia incluso a aquellos individuos o instituciones a los que se dirigen las críticas, porque pueden encontrar razones o evidencias de que algo está fallando.

Por el contrario, los autoritarismos, las dictaduras o, peor aún, los totalitarismos suelen taponar ambos recursos. Convencidos de que no existe más razón que la suya, toda expresión distinta es anatemizada. Los regímenes unipartidistas por definición ostentan el monopolio de la “representación” y no hay otra opción, y en algunos casos ciertos países han impedido incluso la migración de sus propios ciudadanos (las salidas son inexistentes). También han obstaculizado o clausurado las voces disidentes. Se cierran periódicos, se ilegalizan a los partidos disidentes, se prohíben huelgas, manifestaciones y se llega a considerar como adversaria o subversiva a cualquier asociación fuera de la órbita oficial. ¿Es posible que la cancelación de esos mecanismos de alerta sea parte de la explicación del desplome de los regímenes soviéticos?

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.

Expediente

La ciudad cambia de piel

Las elecciones del pasado junio sirvieron para que los ciudadanos apostaran por un nuevo plan de gobierno en Ciudad de México. La coalición Va por México (PAN, PRI y PRD) se fortaleció, y Juntos Hacemos Historia (PT, PVEM y Morena), alianza que tenía el control político de la ciudad en la palma de la mano, sufrió el voto de castigo.

De los alcaldes —opositores y aliados— se esperaría que comenzaran a resolver los pendientes y las necesidades de sus gobernados lo más pronto posible. Sin embargo, como lo señalan Ivabelle Arroyo y Gabriela Rivera, sus recursos ahora están más limitados que nunca por su dependencia de la Jefatura de Gobierno.

¿Cuál es la ciudad que gobernarán? Una que sigue bajo el cerco de la pandemia, con cifras rojas en el crecimiento económico, con aumento de la pobreza extrema y con menos acceso a los servicios de salud. De este panorama se ocupan Sofía Ramírez y Rodolfo de la Torre.

Y para cerrar el conjunto de textos, Carlos Hernández Torres y Aleister Montfort analizan de manera microscópica los resultados de las elecciones que acaban de trazarle a la ciudad un nuevo perfil.

¿Alcaldes o gerentes?

Ivabelle Arroyo • Gabriela Rivera

Una economía a medio gas

Sofía Ramírez Aguilar

CDMX: un paso atrás en derechos y gasto social

Rodolfo de la Torre

El regreso de la oposición

Carlos Hernández Torres

¿Una ciudad más compleja?

Aleister Montfort

Ilustración: Víctor Solís

Expediente

¿Alcaldes o gerentes?

Una casa en la colonia Club de Golf Bosques, en Cuajimalpa, tiene un costo promedio de 24 millones de pesos y paga un predial que oscila entre los 26 000 pesos anuales y los 58 000. Ese dinero, que puede ser útil para los servicios públicos que otorga la alcaldía tanto a las zonas más ricas como a las colonias más vulnerables, no llega a las oficinas del gobierno local. En la colonia de millonarios terminan por buscar servicios privados. En los barrios pobres no se ven los beneficios de ese impuesto a los ricos, y tanto los presumidos como los humildes se quejan en la oficina del alcalde Adrián Rubalcava.

Lo mismo sucede con los impuestos del Pedregal en Álvaro Obregón y con los que pagan los comerciantes más importantes de Iztapalapa.

Pero no es un problema de predial; es mucho más grave. Los alcaldes de Ciudad de México son los hermanos menores de los presidentes municipales del país. Los primos tontos. Los que no tienen policía, presupuesto independiente; los que dependen de su relación con la Jefatura de Gobierno; los que no tienen chequera libre ni voz ni voto en las licencias.

¿Están construyendo un centro comercial de mil pisos a un lado de su casa de una sola planta? El alcalde o la alcaldesa que usted eligió no puede hacer prácticamente nada. Bueno, sí, podar árboles y tapar los hoyos de la calle frente al monstruo comercial. ¿Cómo pasó esto?

Ilustraciones: Víctor Solís

 

Las delegaciones, durante la etapa de predominio priista, eran escalones de descanso para políticos nacionales y exgobernadores mexicanos, una especie de beca para no dejarlos sin trabajo. Los delegados eran designados por el binomio partido-presidente y no conocían el territorio; eran figuras decorativas del regente que a su vez era empleado del presidente de la República. En Ciudad de México no se votaba. Bastaba la designación presidencial.

En 1997, tras años de lucha y pequeños pasos por la autonomía local, los capitalinos lograron lo que nunca antes: elegir al gobernante y optaron por hacerlo con el PRD; así que no sólo inauguraron gobierno, también inauguraron la alternancia. Tres años después, además de jefe de Gobierno, los capitalinos votaron por sus delegados por primera vez. Con la elección vendría la responsabilidad: los jefes delegacionales se deberían a sus votantes, no al jefe en turno.

En Azcapotzalco, los ciudadanos votaron por la panista Margarita Saldaña.

“La expectativa era grande. La expectativa era transitar a la autonomía administrativa, transitar al municipio, pero las alcaldías, antes jefaturas delegacionales, han visto un retroceso en sus facultades”, nos cuenta ahora Saldaña.

Retroceso. Ésa es la palabra que utiliza y habrá que darle algo de crédito porque tiene el arco de visión completo: fue la primera jefa delegacional electa en la historia de Azcapotzalco, mantuvo su trabajo partidista, fue legisladora local y federal y constituyente de la ciudad. En octubre regresó a gobernar Azcapotzalco. Esta vez como alcaldesa, aunque con más ataduras que hace veintiún años, cuando todo estaba por hacerse, cuando se rompía el régimen priista, cuando se inauguraba la vida política territorial, cuando el panismo se metió como nunca en la ciudad.

Saldaña recuerda esos momentos como una etapa de mayor libertad en el territorio, con ventajas para intervenir en desarrollo urbano, con firma para la gestión de las licencias de construcción y la supervisión de las obras.

“Recibíamos toda la documentación y estábamos pendientes de que se cumplieran todos los requisitos para dar o no la autorización. Es una de las áreas en que más facultades han perdido los alcaldes”, dice la albiazul que hoy no podrá coordinar formalmente ni siquiera la comunicación con los industriales de la Zona Vallejo.1

Como jefa delegacional, Saldaña podía elaborar su presupuesto sin consultarlo con otros partidos, aunque era la Secretaría de Finanzas la que limaba, ponía y sumaba antes de enviar a la instancia legislativa para su aprobación. Hoy, al estrecho margen presupuestal se añade un escalón: el visto bueno de los concejales, elegidos para garantizar una mejor representación política y evitar la unilateralidad del alcalde y, en los hechos, constituidos como un obstáculo más para los gobernantes.

“¿Qué somos? ¿Gerentes? Sí, gerentes sin autonomía, a pesar de la reforma política que le dio Constitución a la ciudad”, nos dice Lía Limón, alcaldesa de Álvaro Obregón bajo la bandera del PAN en alianza con el PRD y el PRI.

No se trata de un maltrato de gobiernos del PRD o Morena a los gobernantes locales emanados de otros partidos. O más bien no sólo se trata de eso. Es el particularísimo diseño del sistema político capitalino, heredero de la centralización y verticalidad priista. Una tradición arraigada en los políticos y sus partidos que se niegan a transferir potestad a las alcaldías. Todos los gobiernos elegidos desde 1997 han sido beneficiarios hipócritas de ese control central.

 

Un gobernante necesita herramientas de fuerza para poner orden, dinero para arreglar la casa pública y libertad relativa para tomar decisiones. Sin eso no gobierna y es eso precisamente lo que les falta a los alcaldes de Ciudad de México: mando policial, autonomía presupuestal y libertad política.

Este esquema de gobierno tutelado, coloca a los alcaldes en desventaja ante numerosos reclamos ciudadanos, especialmente en aquéllos que tienen que ver con la seguridad. Los más hábiles han logrado generar una presencia barrial con las herramientas y recursos de los que disponen: compran patrullas, ponen cámaras, construyen C2,2 impulsan senderos seguros y organizan operativos a pesar de no tener el control, pero es insuficiente. Sin autoridad expresa, los mandos policiacos pueden ignorarlos.

Los alcaldes no pueden darse el lujo de ser omisos en materia de seguridad, deben apoderarse del tema tengan facultades o no, pues de lo contrario se convierte en una debilidad estratégica. Así lo considera Enrique Vargas Anaya, quien gobernó Azcapotzalco de 2009 a 2012.

“Nuestra labor no es tener el mando sobre la policía, sino tener la autoridad para mediar entre las actividades que hace la alcaldía y las autoridades de seguridad. Muchos alcaldes no lo quieren entender, parte de su éxito es involucrarse en la seguridad, lo que les permite tener un control, incluso político de la alcaldía”.

¿Pero qué dice la Constitución de Ciudad de México? El artículo 53 apartado B otorga a los alcaldes atribuciones subordinadas al gobierno capitalino para ejecutar políticas de seguridad ciudadana y disponer de fuerza pública básica en tareas de vigilancia, pero el gobierno central será el que atienda las solicitudes que realicen los alcaldes; es decir: deben consultar cualquier movimiento a instrumentar, incluso el cambio de un mando que no les funcione, esperando que sus llamados tengan eco.

Si con el manejo de la seguridad están amarrados, con los recursos financieros les va mucho peor. Pero esto no es novedad, desde el 2000 jefes delegacionales y alcaldes han pugnado no sólo por mayor presupuesto y una fórmula distinta de asignación, sino por una autonomía directa de sus arcas. El resultado es el mismo: alguien más les dosifica el dinero.

Los alcaldes diseñan un presupuesto anual, que primero es avalado por los concejos. Necesariamente pasa por el ojo de la Secretaría de Finanzas y el Congreso capitalino define las pretensiones económicas de los gobernantes. En la mayoría de los casos regresan a sus territorios ideando alternativas financieras que les permitan sacar adelante, ya no digamos sus programas, sino la operación mínima de la alcaldía, pues el 60 % del presupuesto es nómina, un 15 % son compras consolidadas y el resto es el margen que tienen.

A la limitante financiera hay que añadir la engorrosa tramitología que implica no manejar una cuenta propia con liquidez permanente e inmediata. Así lo describe Margarita Saldaña: “Ni siquiera emitimos cheques; pagamos y solventamos todo con las CLC;3 tramitamos todo en papeles que se van a Finanzas y regresan”.

Es así que la autonomía financiera de los alcaldes se constriñe a administrar los recursos materiales y los bienes inmuebles asignados por el gobierno central, y no el capital monetario. Sin embargo, no todo es perder, pueden obtener dinero extra a través de los ingresos de autogenerados de estacionamientos y baños que son reutilizados en la nómina de trabajadores en deportivos o casas de cultura, pero el monto no es significativo, y la tercera opción es mediante fondos federales, que al final también dependen del gobierno central.

Antes de 2018, los diputados federales y locales tenían una bolsa de recursos que podían asignar a discreción, y los jefes delegacionales y presidentes municipales de todo el país peleaban por ser los beneficiarios. Al final, se crearon incentivos para que los diputados fueran convencidos con un porcentaje de lo que destinaran y el mecanismo se eliminó.

 

Hay dos caminos: aceptar que no se tienen ni facultades ni recursos y hacer lo que se pueda por canales informales (que no ilegales).4 Los dos casos recientes más emblemáticos de control informal en seguridad son los de Cuajimalpa y Benito Juárez, gobernados por el PRI y por el PAN, respectivamente. En ambos, los alcaldes se acercaron a la policía de proximidad sobre la que no tienen mando y construyeron mecanismos de ascendencia sobre los uniformados. No tienen mando, pero los proveen con equipo, con información, con un trato preferencial.

Santiago Taboada, de Benito Juárez, nos explicó su manera de enfrentar las limitaciones. “Es un modelo basado en tres cuestiones: tener Estado de fuerza, desarrollar inteligencia y cuidar el factor humano”.

Tener Estado de fuerza significa tener más policías —y visibles— en la calle. Ni Taboada ni ningún alcalde tiene mando sobre la policía, pero puede contratar policías complementarios, diseñar con ellos una estrategia de coordinación con el mando central y la alcaldía, y con eso generar más presencia y patrullaje en las calles. Además, nada impide a la alcaldía capacitar a estos policías en cadena y custodia, justicia cívica y debido proceso.

El desarrollo de inteligencia alude a la generación de información, a su procesamiento y a herramientas tecnológicas para ello. Tiene que ver con cámaras, con arcos detectores de placas, con un C2, pero también con seguimiento e intercambio de información con el gobierno central.

Por último, con el factor humano se refiere al cuidado del personal de seguridad, a los incentivos económicos, al reconocimiento, a las posibilidades de desarrollo y a la identificación personal del policía con los espacios públicos de la alcaldía, espacios que pueden y deben ser usados por su familia.

“No tenemos mando, pero quién se va a pelear si construimos una buena relación de la policía con la alcaldía”, dice el alcalde reelecto.

El corazón de los policías no es a lo único que apelan los alcaldes. De hecho, su principal tarea es hacer relaciones públicas con la jefa de Gobierno y los secretarios, principalmente de finanzas y de seguridad.

Tener de aliada a la Jefatura de Gobierno puede cambiarlo todo: fluyen los recursos propios y pueden impulsarse obras con dinero del presupuesto central.

Algunos ejemplos recientes son el Proyecto Vallejo I en Azcapotzalco y las líneas del cablebús en Iztapalapa y Gustavo A. Madero. Por el contrario, estar en malos términos con el gobierno central es desastroso. Si hay una explosión en un hospital, se cae un tramo del metro o hay un enfrentamiento armado, el alcalde poco podrá hacer.

Aquí es importante advertir que la desventaja de una mala relación no sólo golpea la imagen y las capacidades de un alcalde. También va hacia la jefatura y puede poner en riesgo la gobernabilidad de la ciudad. Los muy pocos elementos de negociación intimidatoria con la que cuentan los alcaldes son la relación con las secciones delegacionales del sindicato de trabajadores de la ciudad, el contacto directo con los comerciantes ambulantes —un poder fáctico nada despreciable— y desde luego su liderazgo territorial a través de operadores para desestabilizar. Eso sí, estos mecanismos tienen doble filo: pueden destrabar una negociación temporalmente, pero también afectar la relación de largo plazo con la Jefatura. Nadie quiere eso. La Jefatura de Gobierno no sólo tiene los recursos, sino también la amenaza política: la contraloría y el trabajo de inteligencia en la fiscalía. Los alcaldes no tienen fuero y son sujetos de responsabilidad penal y administrativa. Uno de los problemas frecuentes es el de las demandas laborales, para las que no cuentan con recursos asignados; si no consiguen dinero extra del gobierno central, no pagan y desacatan un laudo laboral, pueden ir a la cárcel.

No sólo eso. Los alcaldes que pertenecen al mismo partido del gobierno central, quedan sujetos a la fuerza de la Jefatura de Gobierno y su carrera política depende de la voluntad de ésta. Hay negociación, pero siempre en desventaja y algunos de los casos más claros de derrotas son las de René Arce frente a Marcelo Ebrard en Iztapalapa (en 2009 quitaron a su candidata y pusieron a Rafael Acosta, alias Juanito), la de Patricia Aceves frente a Claudia Sheinbaum en Tlalpan (le impidieron la reelección) y muchos bloqueos a exjefes delegacionales a quienes, a pesar de su desempeño, no se les permitió continuar su trabajo político (el caso de Sergio Palacios en Azcapotzalco es uno de los más recientes, en 2015, pero no es el único).

 

Entre 2000 y 2021, con las nuevas reglas de juego institucional capitalino (elección de autoridades locales), ha habido seis series de delegados, una de alcaldes y cuatro jefes de gobierno. La fluidez de la relación entre unos y otros ha dependido del equilibrio de fuerzas locales, del contexto de ambiciones presidenciales pero, sobre todo, de la personalidad del titular de la Jefatura de Gobierno y de los personajes en los que descansa la operación política capitalina.

Los exjefes delegacionales entrevistados para este artículo advierten que la relación con Andrés Manuel López Obrador (2000-2006) era respetuosa e institucional. Había un calendario fijo de reuniones con todos y en el segundo trienio López Obrador hacía “giras” constantes por todas las delegaciones. Durante ese sexenio la operación política y la relación con los liderazgos territoriales descansó en José Agustín Ortiz Pinchetti y en René Bejarano. López Obrador era el primer jefe de Gobierno de seis años y las legislaturas que lo acompañaron hicieron numerosos cambios en el diseño institucional de la ciudad, pero ni AMLO ni los diputados de su partido se preocuparon por cambiar el esquema centralizado. De hecho, el estilo personal de López Obrador no sólo mantuvo la concentración normativa de poder sino que, cuando lo requería, gobernaba con decretos para no ser obstaculizado por el legislativo.

Durante el sexenio de Marcelo Ebrard (2006-2012) la relación fue mucho más complicada. El gobierno central se caracterizó por estrangular presupuestalmente a las delegaciones y la operación política de Ebrard, que descansaba sobre René Cervera y Adrián Michel, pasaba completamente por la liberación o cierre de recursos. Así controló Ebrard no sólo a los gobernantes de oposición (el más incómodo y crítico era Demetrio Sodi en Miguel Hidalgo), sino también a las llamadas tribus perredistas. Además, Ebrard formalizó los organismos intermedios, el más importante de ellos, el Instituto de Verificación Administrativa (Invea), que absorbió funciones que desarrollaban los alcaldes en materia de obras y licencias.

Con Miguel Ángel Mancera (2012-2018) la relación pasó del estrangulamiento a la seducción. Con Héctor Serrano como encantador de serpientes, repartidor de favores, experto desactivador de bombas y encargado de sutiles advertencias y filtraciones, Mancera mantuvo una relación cordial con los jefes delegacionales de todos los partidos. Los asuntos se arreglaban con Serrano, pero había relación directa con Mancera, no sólo telefónica, sino a través de una reunión semanal. Todos los lunes, los gobernantes territoriales y el jefe de Gobierno se encontraban para discutir los temas de la semana en el Palacio del Ayuntamiento.

Claudia Sheinbaum aún no termina de escribir su estilo personal. Los tres primeros años (2018-2021) tuvo una relación formal con los alcaldes y ofreció apoyo sin distinciones. Así lo reconocen al menos el panista Santiago Taboada y el priista Adrián Rubalcava. Sin embargo, la actitud cambió tras la elección de junio, cuando nueve de las diecisésis alcaldías quedaron en manos de la oposición, ocho en alianza PRI-PAN-PRD y un territorio retenido por el PAN.

“Hay que reconocer que con Sheinbaum se hizo pública la fórmula para distribuir el presupuesto y que las limitadas facultades no son culpa de ella, pero hay poca aceptación a la derrota electoral del 6 de junio y hay una mala actitud”, dice Lía Limón.

Eso se reflejó en la escasa comunicación que sostuvo con los alcaldes electos de oposición y el aplazamiento de los trabajos de transición previo a que tomaran posesión el 1 de octubre, pero también en el impulso a modificaciones legislativas para acotar más las facultades en territorio e incluso en el discurso de la jefa de gobierno cuando visita las alcaldías y habla de la relación, no con los alcaldes, sino con la nueva figura de delegados de programas sociales del gobierno federal.

El secretario de gobierno de la ciudad y operador político es un experimentado político morenista: Martí Batres. Sin embargo, hasta ahora no es considerado por la oposición como un puente para resolver las diferencias. El contacto, a pesar de reuniones individuales de cicatrización, con la jefa de Gobierno es muy limitado y es frecuente que tanto las peticiones de los alcaldes como las respuestas de la titular del gobierno central se den a través de los medios de comunicación.

Los alcaldes de oposición formaron la Unión de Alcaldes de la Ciudad de México (Una-CDMX) y a través de ésta buscan fortalecerse en la relación con el gobierno central. Por ejemplo, les ha servido para denunciar nuevas acciones impulsadas por las autoridades capitalinas para restarles más facultades, entre otras:

• La creación de delegados de programas sociales para cada alcaldía, a través de un decreto publicado el 16 de agosto en la Gaceta que configura Direcciones Ejecutivas de Participación Ciudadana en la Secretaría de Bienestar. Ya se les conoce como minidelegados; podrán operar recursos de programas sociales, tal y como lo hacen los delegados estatales en las entidades federativas.

• A través de una determinación desde el gobierno de Ciudad de México quitan las atribuciones de las alcaldías para realizar verificaciones administrativas a las construcciones en vías primarias. El alcalde Santiago Taboada interpuso una controversia constitucional en contra de dicho acuerdo.

• El grupo parlamentario de Morena en el Congreso capitalino, busca restringir la facultad constitucional de las alcaldías de proponer iniciativas ante el órgano legislativo.

• Las reformas a los artículos 79 y 138 de la Ley del Sistema de Seguridad Ciudadana homologan la imagen de las instituciones de seguridad ciudadana, incluyendo los vehículos. Antes de esto, los alcaldes podían distinguir a la policía de proximidad contratada y diferenciarse de la fuerza central. Los alcaldes de la Una-CDMX lograron que se les permitiera colocar un distintivo en los costados de hasta 1.40 metros, para incorporar el nombre de la alcaldía, bajo los lineamientos que dé la Secretaría de Seguridad Ciudadana.

El escenario para los próximos tres años es inédito. La jefa de Gobierno tendrá que lidiar con nueve alcaldes que gobiernan a 4.5 millones de capitalinos y que encabezan algunas de las zonas económicamente más potentes de la ciudad. Además, la Una-CDMX se conforma como un organismo sin precedentes de deliberación y comunicación conjunta, con una vocería rotativa mensual, compromisos firmados y calendario de reuniones.

A eso hay que añadirle el contexto de la sucesión presidencial, en cuya carrera está inscrita la jefa de Gobierno y el nuevo equilibrio de fuerzas en el Congreso local. Se prevé que el secretario de Gobierno asuma un rol protagónico y que los alcaldes se recarguen en su alianza, pero nada de eso cambiará el hecho de que no tienen ni presupuesto independiente ni policía ni libertad política.

 

Ivabelle Arroyo y Gabriela Rivera
Periodistas especializadas en política de Ciudad de México. Son fundadoras del diario digital El Andén.

Para este reportaje fueron entrevistados alcaldes y exjefes delegacionales. No todos aceptaron que su nombre fuera explícito; a todos les agradecemos la disposición. Agradecemos también la colaboración de Nicolás Medina.

Cambios en el gobierno


1928-1997

Se le conocía como Departamento del Distrito Federal. Quien estaba a cargo era un subordinado del presidente de la República, designado también por éste.


1997

Primera vez que los ciudadanos eligen jefe de Gobierno. Los jefes delegacionales son designados por el jefe de Gobierno.


2000-2015

Un estatuto de gobierno legislado en el Congreso federal establece que el jefe de Gobierno sea elegido cada seis años y que los jefes delegacionales cada tres en las dieciséis zonas territoriales.


2018

El jefe de Gobierno sigue siendo elegido cada seis años. Los jefes delegacionales, por un cambio en la Constitución local, se convierten en alcaldes elegidos en territorio y hay posibilidad de reelección.

¿Aquí quién da los permisos?


El Estatuto de Gobierno otorgaba en 1994 facultades para que las delegaciones del todavía Distrito Federal se hicieran cargo completamente de la supervisión de obras y las licencias en sus respectivas jurisdicciones. Veían obras, negocios y publicidad en el exterior.

En 2007, con Marcelo Ebrard como jefe de Gobierno, se delegó la responsabilidad de expedir y revocar licencias de construcciones y publicidad exterior a la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda, mediante acuerdos. En 2010, estos acuerdos se convirtieron en norma inapelable, al publicarse la Ley del Instituto de Verificación Administrativa del Distrito Federal y crearse el Invea como organismo centralizado encargado de verificar anuncios, mobiliario urbano, uso de suelo y cementerios. El objetivo era restringir el margen de discrecionalidad de los inspectores, profesionalizarlos y evitar la corrupción con altos salarios. A los jefes delegacionales se les asignó la facultad de solicitar las verificaciones.

En 2018 entró en vigor la reforma política que convirtió al Distrito Federal en Ciudad de México y modificó el diseño de las jefaturas delegacionales: las cambió por alcaldías. En la Ley Orgánica de Alcaldías, artículo 30, se reconocen atribuciones exclusivas en obra pública y desarrollo urbano. Sin embargo, en otra norma, en la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo, se mantiene la potestad de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda para elaborar los planes parciales, expedir la zonificación de uso de suelo, supervisar los actos administrativos de las alcaldías y revisar las manifestaciones de construcción.


1 El alcalde de Azcapotzalco presidía el Consejo Institucional del Proyecto Vallejo I. Tras perder la alcaldía en manos de la alianza PAN-PRI-PRD, el gobierno local de Morena cambió las reglas del consejo para que fuese el titular de la Secretaría de Desarrollo Económico quien lo presidiera.

2 El Centro de Comando y Control, mejor conocido como C2, está diseñado para monitorear territorio y coordinar acciones de seguridad entre distintas instancias.

3 CLC ( Cuenta por Liquidar Certificada). Es el instrumento presupuestario que las UR (Unidades Responsables) elaboran y autorizan para el pago de sus compromisos establecidos con contratistas, proveedores, prestadores de servicios y otros beneficiarios, con cargo a sus presupuestos aprobados.

4 Con la informalidad de los canales nos referimos a la gestión política y a los mecanismos creativos tanto de relaciones públicas como de acompañamiento complementario, incentivos indirectos e, incluso, advertencias veladas.

Expediente

Una economía a medio gas

En la historia del país, Ciudad de México no sólo ha sido la capital, sino que ha concentrado los poderes federales desde la Independencia, con lo cual es hasta hoy un símbolo histórico. Como sede de empresas financieras, manufactureras, comerciales y de servicios, la vocación económica de la ciudad ha estado marcada por la centralización del país, por la inversión en vías de intercambio comercial y comunicaciones, y por las dinámicas demográficas relacionadas con el desarrollo, el incremento en la producción de la ciudad y la calidad de vida de sus habitantes. CDMX se convirtió en el origen y destino de una gran cantidad de bienes y servicios como consecuencia de la buena conectividad y del crecimiento acelerado de su economía y de su población, en ambos rubros por encima del promedio nacional.

Ilustración: Víctor Solís

Durante la primera mitad del siglo XX, CDMX aumentó su producción de bienes y servicios de gran valor agregado, y pasó de contribuir con menos del 10 % al PIB nacional a principios de siglo, a casi el 40 % en la década de 1970 como resultado de la industrialización. Llegada la década de los ochenta y debido al incremento en las inversiones industriales en la zona conurbada de Ciudad de México, en el Estado de México, en Querétaro, en el Bajío, en occidente y en el norte del país fue disminuyendo la contribución relativa de la producción de CDMX al PIB nacional: pasó de casi un tercio en 1980 a una quinta parte a principios de los noventa, y se estabilizó en 17 % desde principios del siglo XXI hasta hoy.

Pasado el auge industrializador de las zonas metropolitanas del país y en particular en la ciudad, ésta fue dejando atrás la ocupación manufacturera —que en los años cuarenta constituía un tercio de la actividad económica local, en los años setenta disminuyó a una cuarta parte y para principios de siglo era menos de una quinta parte— y se consolidó como una economía de servicios. Para 1980, los servicios en la ciudad ya eran 70 % del valor agregado local y 80 % desde inicios del siglo XXI.

La dinámica poblacional de la ciudad también tuvo un importante dinamismo antes de 1980. Sólo entre 1940 y 1980 la población de la ciudad se quintuplicó, pero la cantidad de personas que habitan la capital se ha mantenido más o menos estable desde entonces; entre 8.8 y 9.2 millones de personas. Es decir: el auge industrial que ocurrió con gran intensidad entre 1940 y 1970 trajo consigo importantes migraciones del campo a la ciudad por la creciente demanda de mano de obra, la mayor productividad y los mejores ingresos, así como una mayor oferta de bienes y servicios disponibles en la metrópolis.

A raíz del cambio en el modelo económico de los ochenta y noventa, que antes del Tratado de Libre Comercio con América del Norte estaba volcado hacia el mercado interno, la ciudad encontró su nueva vocación económica como sede de las negociaciones comerciales con el exterior. La instalación de nuevas empresas de telecomunicaciones desde los años noventa —aunado al proceso de privatización de Telmex— y el incremento de los servicios financieros en la ciudad atrajeron capital humano altamente especializado, menores olas migratorias del interior del país aunque sí la llegada de estudiantes, así como un incremento en la presencia y calidad de instituciones de educación superior, tanto públicas como privadas.

Con el cambio democrático y las reformas políticas de los años noventa, la creación de instancias de impacto nacional como el Instituto Federal Electoral y su ciudadanización, la primera alternancia en el gobierno del Distrito Federal en 1997 y la pérdida de mayoría en la Cámara de Diputados, entre otros cambios, la capital refrendó su relevancia simbólica como sede de los poderes, pero también como bastión de la democracia misma. A pesar de este robustecimiento del aparato gubernamental, el valor agregado de las labores de gobierno ha ido disminuyendo en términos relativos por el incremento de la importancia de otras actividades, como los servicios financieros, de seguros y de la información en medios masivos, cuyas aportaciones al PIB de la ciudad prácticamente se han triplicado en los últimos dieciocho años.

Mientras que el comercio —tanto al por mayor como al por menor— en la ciudad se mantiene hasta la fecha como una de las principales fuentes de empleo, la relevancia económica de las manufacturas en su conjunto se ha ido diluyendo en los últimos quince años, quedando en 2021 en la posición número cinco de entre los sectores que más personas emplean en la capital, cuando apenas en 2005 éste se ubicaba en el segundo lugar en personal ocupado. Destaca, en sentido contrario, el acelerado incremento en ese mismo periodo de la cantidad de personas ocupadas en servicios financieros y sociales (educativos, cuidados a la salud, etcétera).

La pandemia dejó mayores estragos en la ciudad que en el resto del país por la importancia que los servicios tienen en su economía. En primer término, la caída en la población ocupada en la demarcación se contrajo en 7 % entre el primer trimestre de 2020, justo antes de los primeros confinamientos, y el segundo trimestre de 2021, mientras que esta contracción en el agregado nacional fue de apenas 0.3 %. Es decir: la recuperación del mercado laboral en el país ha sido más acelerada que en la ciudad en lo que a ocupación se refiere.

Además, la pobreza extrema aumentó en más del doble, mientras que la pobreza laboral aumentó en 25 % en ese mismo periodo, pasando de 28 % a casi 40 % de la población que vive en una situación en la que el ingreso laboral de los integrantes de su hogar no alcanza para comprar la comida suficiente para todos sus miembros. Este incremento en la pobreza ahonda otros problemas que ya existían antes de la pandemia, pero que se profundizaron a raíz de ésta, como las desigualdades en el ingreso en la ciudad por zonas geográficas, actividades económicas y por sexo —que de por sí ya eran preocupantes— o el incremento en la proporción de personas que no tiene acceso a servicios de salud, que pasó de 20 % a 27 % de la población.

La tercera gran consecuencia de la pandemia en la dinámica económica de la ciudad es, sin duda, la que subsiste tras un cambio tecnológico acelerado. Hoy, si bien actividades como el comercio se han recuperado, la cantidad de personas ocupadas es menor a la que se registraba antes de la pandemia. Al ser la actividad que más población ocupa en la ciudad, contracciones menores pueden ser particularmente adversas para la economía de los hogares. El comercio por internet, la educación en sesiones virtuales, la cancelación reiterada de espectáculos y actividades culturales, así como la falta de apoyos suficientes para evitar el cierre prematuro o evitable de negocios rentables han acelerado el cambio en la forma en la que la ciudad funciona. Al ser un centro financiero y de telecomunicaciones, CDMX tiene grandes ventajas para el crecimiento, pero también costos enormes debido a que la transición tecnológica ocurre a gran velocidad, dejando atrás a personas que no se pueden insertar en nuevas industrias o trabajos para los cuales no están capacitadas.

Sin embargo, gracias a estructuras progresistas de mayor igualdad sustantiva, mayor inversión y mejores salarios, la ciudad también mostró mayor capacidad de recuperación que otras regiones a nivel nacional: el ingreso laboral promedio en la ciudad es 26 % mayor al del promedio nacional; la proporción de mujeres insertas en el mercado laboral es mayor a la del resto del país, y la tasa de informalidad laboral es menor que en el promedio nacional, lo cual no significa que el empleo formal en CDMX ya esté en niveles prepandemia.

En ese sentido, entre los principales retos para el desarrollo en el futuro inmediato en la ciudad, hay por lo menos dos que demandan especial atención del gobierno y de los líderes empresariales. Dado el centralismo político y económico del país, el primero de estos retos consiste en que la inercia de crecimiento económico y progreso social está sumamente vinculada con lo que ocurre a nivel federal. La actividad económica de la ciudad, al igual que la del país, se ha venido contrayendo con anterioridad a los confinamientos por pandemia desde la segunda mitad de 2018, por lo que el reto consiste en desvincular el rebote económico de la inercia nacional y retomar una trayectoria de crecimiento propia en la capital del país (ver cuadro).

Mayores retos actuales de CDMX


2018

152 000 personas en pobreza extrema (1.7 %)

9.4 % de la población con rezago educativo

20.1 % de la población sin acceso a servicios de salud

2020

400 000 personas en pobreza extrema (4.3 %)

9.3 % de la población con rezago educativo

26.7 % de la población sin acceso a servicios de salud

La pobreza extrema se incrementó 163 %


El segundo reto es no conformarse con regresar a donde se encontraban las cosas antes de la pandemia. Un ejemplo de ello es que aunque no se registra todavía un mayor rezago educativo, éste ronda el 9.5 % de la población. Otro ejemplo es que las industrias evolucionaron de manera exponencial tanto en sus dinámicas laborales como en el uso cotidiano de la tecnología, por lo que no habrá un mercado laboral que pueda reincorporar a quienes trabajan en las mismas posiciones que tenían antes de la pandemia, porque en gran media son puestos de trabajo que ya no existen. Así exista la mejor voluntad por parte de las empresas y del gobierno para recuperar el dinamismo del mercado laboral en la ciudad se deberán dotar con nuevas herramientas personales y técnicas a las personas que perdieron su empleo por la pandemia, más vinculadas a procesos tecnológicos y al uso de plataformas web.

Además, las dinámicas migratorias actuales no se observaban desde mediados del siglo pasado en la ciudad. La migración internacional y nacional está cambiando tanto los costos de la mano de obra como los beneficios de incorporar a más personas a la economía local en la ciudad. Ésta es una situación que no teníamos antes de la pandemia y que es inminente incorporar al cálculo político y económico de la recuperación.

Este mosaico de retos y ventajas económicas, sociales y políticas presupone también una infinidad de posibilidades de desarrollo para la ciudad. Aun cuando tal conjunto de condiciones permiten, por un lado, un clientelismo muy eficiente —el gasto social en zonas altamente pobladas puede tener efectos electorales de gran impacto—, también permite promover acciones específicas —como la capacitación para el empleo en el secor financiero o promover el florecimiento del conocimiento y la investigación en acuerdo con universidades y centros de estudio— o la atracción de inversiones destinadas a las tecnologías de la información, las telecomunicaciones, la economía digital y el turismo.

 

Sofía Ramírez Aguilar
Directora de México, ¿Cómo Vamos?

Expediente

CDMX: un paso atrás en derechos y gasto social

Ciudad de México es la entidad federativa donde los efectos de la pandemia sobre los más pobres se supondrían menores, dados sus logros y la sintonía entre las políticas sociales federal y local. Con alrededor de 150 000 personas en pobreza extrema y los mayores recursos per cápita en salud del país, la metrópoli parecía poder contener el efecto covid-19 sobre los más vulnerables, sobre todo al ser la cuna de programas sociales fortalecidos por la federación y por el gobierno capitalino.

Ilustración: Víctor Solís

No ocurrió así. La ciudad incrementó en 163 % su población en pobreza extrema, al llegar a más de 400 000 capitalinos. El desempeño de la metrópoli es notablemente mejor en lo que a pobreza general se refiere, pues ésta se incrementó 9.2 %, de tal forma que más de 3 millones de sus habitantes cayeron en pobreza, casi uno de cada tres. Sin embargo, esto aún es señal de un desempeño relativamente mediocre.

La razón principal de los incrementos de la pobreza es la pandemia, la cual, junto con sus secuelas económicas, azotó con particular virulencia a la ciudad. Pero también debe considerarse que los avances en materia de salud y pobreza de las administraciones pasadas no fueron suficientemente sólidos, y que la combinación de los programas sociales locales y federales vigentes pudo haber ampliado su protección a la población más vulnerable respecto a otros grupos.

En los inicios de la pandemia, era claro que Ciudad de México balancearía dos fuerzas contrarias. Por un lado, el muy elevado número de contagios y muertes por millón de habitantes, que presionarían a su sistema de salud y obligarían a una suspensión prolongada de la actividad económica. Por otro, tener la mayor infraestructura hospitalaria, el más numeroso personal médico y el más alto gasto en salud per cápita, así como un elevado gasto social, que le darían una ventaja para la contención de las secuelas de la pandemia.

Un primer saldo de esta confrontación se puede apreciar con los datos que proporciona el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Para ser identificado como pobre, el Coneval mide tanto la evolución de las carencias asociadas a derechos sociales (acceso a alimentación nutritiva y de calidad, acceso a servicios de salud, educación, vivienda con espacios y calidad mínimos, acceso a los servicios básicos en la vivienda y acceso a la seguridad social) como el faltante de ingreso.

El Coneval realizó la medición de algunas carencias no monetarias de la población con base en el Censo de Población y Vivienda 2020. Además, con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) de ese mismo año se midieron carencias adicionales, incluidas las de ingreso, para llegar a cifras de pobreza. El primero se levantó del 2 al 27 de marzo, justo antes de que se presentaran efectos notables por la pandemia. La segunda, entre el 21 de agosto y el 20 de noviembre, cuando el covid-19 ya había tenido secuelas más graves.

De marzo de 2020 a la segunda mitad de ese año, la proporción de habitantes sin acceso a servicios de salud en Ciudad de México —ya sea públicos o privados— pasó de 21.9 % a 26.7 %. Esto representa un aumento de 2 a casi 2.5 millones de personas; es decir: un incremento de 21.8 %. Tal situación puede asociarse a las presiones extraordinarias que presentó el sistema de salud de la capital ante la primera ola de contagios.

Pese a lo anterior, no todo el deterioro en el acceso a los servicios de salud desde el inicio del actual gobierno es atribuible a la pandemia. El Coneval registra que, entre 2018 y marzo de 2020, el porcentaje de personas con esta carencia aumentó de 20.1 % a 21.9 %. Esto significa que entre el inicio de la administración y la segunda mitad de 2020 más de una cuarta parte de la pérdida del derecho al acceso a la salud no puede asociarse a la pandemia.

Cabe mencionar que desde el 2000 hasta 2016 el porcentaje de población sin acceso a los servicios de salud se redujo ininterrumpidamente y llegó a 19.6 %. Este avance se detuvo en 2018, cuando aumentó medio punto porcentual, lo que representa un ligero debilitamiento del sistema de salud heredado por la administración actual.

El deterioro en los servicios de salud es un factor clave para explicar el aumento en la pobreza extrema, definida como tener al menos tres derechos sociales incumplidos y no poder comprar una canasta mínima de alimentos. Sin embargo, otro elemento crucial es la caída de los ingresos de los hogares. La población que no obtuvo lo suficiente para comprar la canasta alimenticia aumentó 86 %. Antes, cerca de uno por cada veinte habitantes de la ciudad sufría esta pobreza extrema por ingresos, la cual aumentó a más de uno de cada diez.

La elevación en la pobreza extrema por ingresos se explica principalmente por una contracción de 8.9 % en el indicador de actividad económica de la ciudad durante 2020. Ésta, a su vez, es consecuencia de la suspensión de diversas actividades económicas, no sólo en la ciudad sino en el país entero. Sin embargo, desde el último trimestre de 2019 la actividad productiva de la capital venía deteriorándose, lo que significa que no todo el aumento en la pobreza extrema por ingresos es atribuible a la crisis derivada del covid-19.

Por otra parte, la contención de la pobreza extrema por ingresos ya parecía frágil desde las administraciones pasadas, pues entre 2008 y 2018 se había incrementado continuamente de 5.3 % de la población a 7.8 %, con una efímera mejora entre 2014 y 2016.

El Coneval también registra retrocesos en los derechos sociales a la alimentación, a la educación y a la vivienda en Ciudad de México desde 2018. La información permite identificar que el rezago educativo aumentó antes de la irrupción de la pandemia. Lo grave de estas regresiones en derechos sociales es que se concentraron en aquéllos que ya sufrían considerables desventajas, lo que demandaba una atención especial a los más pobres.

La atención requerida por los grupos pobres se ha dado en gran medida, pero con una considerable pérdida de efectividad en la capacidad distributiva del gasto social. Las transferencias por programas gubernamentales locales y federales en la ciudad han incrementado su monto y cobertura, aunque con frecuencia no han llegado a quienes más las necesitan.

Según cálculos propios realizados con las ENIGH, en 2018 cerca del 10 % de la población capitalina recibía algún apoyo monetario, lo cual aumentó a 20 % para 2020. Además, los beneficiarios pasaron de recibir en promedio 478 pesos en 2018 a 713 pesos en 2020. Si bien la ciudad está lejos de proporcionar transferencias monetarias verdaderamente universales, se aprecia una considerable expansión en las mismas.

Un acierto de las transferencias sociales en la metrópoli durante 2020 es que se concentraron en mayor medida en la población pobre. Mientras que de 2018 a 2020, la población en situación de pobreza pasó de representar 30 % a 32.6 % del total, este grupo subió su participación en el gasto social de 32.8 % en 2018 a 36.1 % en 2020.

Menos efectivo es el desempeño de las transferencias a la población en pobreza extrema, pues mientras la proporción que representa pasó de 1.7 % a 4.3 %, de 2018 a 2020, las transferencias a este grupo pasaron de representar el 1.1 % del total al 2.5 %. En otras palabras: no se incrementó su proporción de apoyos en el mismo porcentaje que se aumentó la porción que representa este tipo de pobreza.

Lo que resulta sumamente cuestionable es que la población que no es pobre y no sufre ningún tipo de vulnerabilidad —ya sea por derechos sociales o por ingreso— aumentó los apoyos que capta del 16.2 % del total a 36.1 % del total, pese a que este grupo de población se redujo como proporción del total de la ciudad. Puesto de otra forma: se ha duplicado la parte del gasto en programas sociales en Ciudad de México que ha ido a parar a manos de quienes menos lo necesitan.

El grupo que más ha resentido la pérdida del foco redistributivo de las transferencias monetarias ha sido el de los vulnerables por sus carencias de derechos sociales incumplidos. En 2018, este grupo representaba el 25.1 % de la población y recibía el 38.8 % de las transferencias monetarias. Para 2020, el grupo correspondía a 21.3 % de la población y sus transferencias eran 15.7 % de las totales.

Por su parte, aquéllos sin carencias de derechos sociales, pero vulnerables por sus bajos ingresos, también han sido afectados al recibir menos proporción de las transferencias, a pesar de que han incrementado su presencia en la población de la metrópoli. Sin embargo, su afectación es menor a la de los vulnerables por carencias.

Si bien en el ámbito de la ciudad no ocurrió un descuido de la población más pobre como sucedió a nivel federal en lo que se refiere a transferencias monetarias, en ambos casos se ha registrado un desproporcionado aumento del gasto en programas sociales a la población que no sufre de pobreza o vulnerabilidad alguna.1 Esto marca una preocupante similitud entre las políticas de asignación del gasto social de la ciudad y de la federación.

Además, las mayores carencias en acceso a los servicios de salud antes de la pandemia coinciden con la transferencia de los servicios gratuitos de salud de la ciudad al Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi). Lo que hace necesario investigar hasta qué punto la reorganización del sistema de salud y los problemas presupuestales del Insabi se encuentran detrás de la pérdida de derechos declarados por los capitalinos en esta materia.

En síntesis: se puede afirmar que quienes viven en la ciudad han sufrido un deterioro considerable de su calidad de vida, principalmente por la pérdida de derechos efectivos de atención a la salud y la caída de la actividad económica traducida en menores ingresos de los hogares. Una buena parte de estas pérdidas son rastreables a periodos previos a la pandemia e incluso se pueden asociar al seguimiento cercano por parte de la ciudad de las políticas federales.

El gobierno de Ciudad de México, que resalta la innovación y los derechos como rasgo distintivo de la capital, requiere seguir afinando su política social disociándola de los aspectos más regresivos de las prácticas del gobierno federal. Además, tiene que hacer un mayor esfuerzo para cumplir con los derechos sociales de sus ciudadanos más golpeados por las crisis recientes, aquéllos que han caído en pobreza extrema. Ésta sería una transformación para celebrar.

 

Rodolfo de la Torre
Director del programa de Desarrollo Social con Equidad del Centro de Estudios Espinosa Yglesias


1 Ver De la Torre, R. “Avanza la pobreza, retrocede la política social”, Gatopardo, 10 de agosto de 2021.

Expediente

¿Una ciudad más compleja?

¿Cómo hacerse oír por los que tienen el poder? ¿Cómo expresar inconformidad sin que le contesten a uno “cállese, retrógrado”? Al mismo tiempo, ¿cómo levantar la voz sin quedarse enredado, por sécula, en la política? Estas son preguntas que me hago yo y se hacen, creo, muchos mexicanos.
Jorge Ibargüengoitia, Reflexiones democráticas, Estar chiflando en la loma

Desde su fundación en 2014, Morena ha competido en elecciones locales y federales con un éxito sin precedente para un nuevo partido en México. En Ciudad de México, el crecimiento sostenido de su fuerza le permitió hacerse de una importante presencia en la Cámara de Diputados del entonces Distrito Federal y, luego, en 2018, de la Jefatura de Gobierno, el control del Congreso local y de 11 de las 16 alcaldías, absorbiendo y desplazando al PRD que había gobernado la capital desde 1997. Como se sabe, Morena inició como una asociación civil conformada primordialmente por afiliados al PRD, lo cual explica el rápido traslado de militantes, líderes barriales, compromisos clientelares y estructuras electorales de un partido a otro. Por ello, podría decirse que el grupo político que ha gobernado Ciudad de México en los últimos 24 años sufrió su mayor revés en las elecciones del pasado 6 de junio.

Ahora bien, después de las elecciones de 2021, muchos ven en la derrota parcial de Morena y su coalición en Ciudad de México la expresión de un voto de protesta contra las políticas del gobierno federal. En otros casos, la pérdida de algunas alcaldías se atribuye a ciertas fracturas dentro de la coalición morenista. Y otra de las premisas más recurridas sostiene que el determinante de este fracaso fue el voto de protesta de las clases medias, dando como resultado que la ciudad expresara sus divisiones socioeconómicas mediante el voto como nunca antes.

Otra hipótesis plausible es que el voto de castigo a Morena se explica porque Ciudad de México concentra buena parte de los grupos afectados por algunas de las decisiones del gobierno federal: burócratas que han perdido su empleo por la implementación de las políticas de austeridad o cuyo salario ha sido recortado; la comunidad científica y educativa que ha visto reducidos los presupuestos correspondientes a su labor, cuando no ha sido perseguida por las autoridades judiciales; usuarios del aeropuerto que reciben un servicio con marcado deterioro sin visos de mejora; grupos de feministas desoídas; o la comunidad cultural, a la que, por cierto, pertenece una base importante de votantes que apoyaron con vehemencia a Morena en 2018. Sin embargo, aunque esta concentración de grupos afectados pueda explicar parcialmente el notable voto de castigo que recibió Morena, es imposible determinar a ciencia cierta en qué magnitud afectó el voto. Lo que sí podemos hacer es tratar de identificar qué grupos socioeconómicos fueron los que dieron la espalda al proyecto morenista en la ciudad, y analizar cómo ello, junto con algunas características de su comportamiento electoral observado, nos ayuda a entender el cambio político que experimentó la capital a fin de evitar simplificaciones que polaricen o desvirtúen lo que los habitantes de la ciudad expresaron en las urnas.

Ilustración: Víctor Solís

Ahora bien, después de las elecciones de 2021, muchos ven en la derrota parcial de Morena y su coalición en Ciudad de México la expresión de un voto de protesta contra las políticas del gobierno federal. En otros casos, la pérdida de algunas alcaldías se atribuye a ciertas fracturas dentro de la coalición morenista. Y otra de las premisas más recurridas sostiene que el determinante de este fracaso fue el voto de protesta de las clases medias, dando como resultado que la ciudad expresara sus divisiones socioeconómicas mediante el voto como nunca antes.

Otra hipótesis plausible es que el voto de castigo a Morena se explica porque Ciudad de México concentra buena parte de los grupos afectados por algunas de las decisiones del gobierno federal: burócratas que han perdido su empleo por la implementación de las políticas de austeridad o cuyo salario ha sido recortado; la comunidad científica y educativa que ha visto reducidos los presupuestos correspondientes a su labor, cuando no ha sido perseguida por las autoridades judiciales; usuarios del aeropuerto que reciben un servicio con marcado deterioro sin visos de mejora; grupos de feministas desoídas; o la comunidad cultural, a la que, por cierto, pertenece una base importante de votantes que apoyaron con vehemencia a Morena en 2018. Sin embargo, aunque esta concentración de grupos afectados pueda explicar parcialmente el notable voto de castigo que recibió Morena, es imposible determinar a ciencia cierta en qué magnitud afectó el voto. Lo que sí podemos hacer es tratar de identificar qué grupos socioeconómicos fueron los que dieron la espalda al proyecto morenista en la ciudad, y analizar cómo ello, junto con algunas características de su comportamiento electoral observado, nos ayuda a entender el cambio político que experimentó la capital a fin de evitar simplificaciones que polaricen o desvirtúen lo que los habitantes de la ciudad expresaron en las urnas.

Tras conocerse los resultados de la elección, varios analistas pusieron de relieve la importancia de la dimensión socioeconómica y geográfica de dichos resultados.1 Aunque la asociación entre nivel de bienestar material y las preferencias políticas en la ciudad no surgió en esta elección, la magnitud de la derrota de Morena intensificó un debate sobre si las clases medias de Ciudad de México le habían dado la espalda a este partido, dando por hecho que tal comportamiento fue decisivo y definitorio en el resultado electoral, y que esto habría resultado en una fractura social de la ciudad. Con el fin de entender el cambio político en la ciudad, alejados de la simplificación, aquí se caracteriza la asociación entre nivel socioeconómico y votación a partir de los resultados electorales para la elección de alcaldes y las características sociodemográficas a nivel seccional del Censo 2020.2 Para ello, se le asignó a cada sección electoral un grado de bienestar material al cual se asociaron sus preferencias políticas.3 Por un lado, esta medición de bienestar busca capturar de mejor manera el nivel socioeconómico de las secciones que si sólo consideramos la escolaridad o alguna otra variable por separado; por otra parte, nos permite tener un ordenamiento de las mismas para clasificarlas en estratos socioeconómicos relativamente homogéneos.

El Panel 1 muestra el voto por el PAN y por Morena, así como el nivel de bienestar para cada sección, agrupado por alcaldía. Cada punto corresponde a una sección electoral; mientras que el eje vertical muestra el porcentaje de voto que obtuvo cada partido en una sección, el eje horizontal mide el nivel de bienestar de dicha sección electoral en un índice que va de 0 a 100.4 Una sección que está ubicada a la izquierda sobre el eje horizontal refleja mayores carencias en las condiciones de bienestar de su población; en contraste, la ubicación en el lado derecho refleja condiciones materiales más favorables.

Al analizar la relación entre bienestar y voto partidista, podemos observar cómo las secciones con menores condiciones materiales tienden a favorecer a Morena, mientras que las de mayores niveles favorecen primordialmente al PAN. Este es un patrón que se observa a partir de los datos a nivel ciudad y, por tanto, también en la mayoría de las alcaldías, pero con diferencias interesantes.5 Los casos más claros de la relación descrita son Miguel Hidalgo, Álvaro Obregón, Tlalpan y Coyoacán, pues reflejan pendientes más pronunciadas cuando varían las condiciones de bienestar. En otras palabras, en esas alcaldías existe una variación socioeconómica importante entre sus habitantes, y esto se refleja en preferencias políticas que son sensibles a dicha variación. En otros casos, la clara separación de preferencias por esos dos partidos es notable. En las alcaldías con condiciones en promedio menos favorables de la ciudad, Milpa Alta y Tláhuac, las votaciones por PAN y Morena están claramente diferenciadas (es decir, los puntos que representan a las secciones nunca se tocan). En Milpa Alta no se aprecia una relación positiva para el PAN o negativa para Morena,6 mientras que en Tláhuac estas relaciones son poco pronunciadas además de separables, lo que no sólo sugiere que la preferencia por Morena es clara y contundente, sino que no hubo un voto de castigo por la tragedia ocurrida en la Línea 12 del metro. Algo similar ocurre en Benito Juárez, la alcaldía con el nivel de bienestar promedio más alto de la ciudad —donde las secciones se acumulan en la parte derecha del eje horizontal— y a la vez de menor varianza (es decir, sus secciones son más parecidas entre sí en términos de esta medición). La mayor preferencia por el PAN no deja lugar a dudas, pues en todas las secciones hay un voto panista mayoritario y separado del de Morena, aunque ciertamente se aprecia que el voto por estos partidos sí es sensible a cambios en las condiciones en las que viven sus habitantes. En todo caso, estos hallazgos refuerzan la idea de que los resortes que animan las preferencias políticas de la ciudad están fuertemente influenciados por el nivel socioeconómico de sus habitantes.

Un segundo análisis se enfoca en cómo influyó la pertenencia a un estrato en los resultados electorales. Para ello se crearon estratos socioeconómicos de secciones de acuerdo con su valor en el índice de bienestar. Es decir, se ordenaron las secciones de menor a mayor valor a partir del índice, y luego se hizo una partición de la lista nominal en grupos de 10 %. A estos grupos se les llama aquí deciles: cada uno representa 10 % de la lista nominal, no 10 % de secciones. Estos deciles no son de ingreso, y de ninguna manera corresponden a los deciles por ingreso que se estiman a partir de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH). Sin embargo, este ejercicio nos permite conocer las características específicas de cada grupo de secciones y asociarlas con sus preferencias partidistas.

El Panel 2 muestra la votación que recibieron el PAN, Morena, PRI y MC en 2018 y 2021, por decil de bienestar. El primer hecho constatable es que la participación —y por tanto el volumen de votos— fue menor en esta elección respecto a 2018, lo que es común en elecciones locales e intermedias en las que no se renueva el Poder Ejecutivo. Sin embargo, no todos los partidos tuvieron el mismo nivel de cambio en ambas elecciones. Respecto a 2018, el PAN incrementó en 27 % su votación y el PRI en 20 %, mientras que Morena perdió casi una quinta parte de la votación que obtuvo en aquella elección (18 % menos). Lo primero habla de un desempeño notable de estos partidos, que conformaron la Alianza Va por México, impulsado por una elevada participación en las secciones en donde ganaron. Lo segundo sugiere que, aunque el efecto de la candidatura de López Obrador fue determinante en 2018, el voto de castigo a Morena en 2021 fue de magnitud igualmente relevante. Pero si bien el PAN y el PRI tuvieron ganancias notables, ¿cuáles grupos los beneficiaron con su voto y cuáles castigaron a Morena?

Cuando analizamos las ganancias de votos por decil, vemos que el PAN obtuvo el mayor crecimiento en los deciles 9 (44 %) y 10 (38 %). Además, también podemos ver que la ganancia respecto a la elección anterior aumenta conforme aumenta el decil. Esto en parte lo explica que en las secciones con mayor bienestar hubo una participación mucho mayor que en las de menor bienestar, y este voto favoreció al PAN. Por su lado, de manera análoga, Morena registró las mayores pérdidas en los deciles 9 (-28 %) y 10 (-32 %), pero perdió sólo 14 % del voto, en promedio, entre los deciles 1 a 7. Esto sugiere que Morena logra un respaldo más o menos homogéneo en estos estratos, y que éste cae en los últimos tres deciles (8 a 10).

Por otro lado, el PRI registra el mayor incremento en el decil 6 (35 %) y, al igual que el PAN, muestra una relación positiva entre nivel de bienestar y votos, pero de menor fuerza: sus votos crecen hasta el decil 8, y luego decrecen en los últimos dos. Esto contrasta con lo que se observa a nivel nacional, que muestra la relación opuesta: el voto que el PRI cosecha disminuye conforme aumenta el decil de bienestar hasta el decil 7 y sube ligeramente en los últimos tres. Por último, MC aumentó su votación total en 13 % pero, igualmente importante, registró un cambio en su estructura de votación. En 2018, obtuvo el mayor número de votos en los primeros tres deciles y luego permaneció estable para el resto. En 2021, el decil más bajo sigue representando el mayor volumen de votos, pero la forma de su votación adquirió una forma de U invertida y alcanza un máximo en el decil 7; es decir, conforme aumentan las condiciones de bienestar, el voto aumenta hasta un máximo, y luego decrece.8 En otras palabras, esta vez MC fue más exitoso en cosechar un mayor volumen de votos, pero también en convencer a votantes con mayores niveles de educación e ingreso que en el pasado, lo que le podría llevar a disputar un segmento similar al del PAN o el PRI en Ciudad de México.

Es claro, entonces, que la mayor transferencia de votos entre Morena y PAN se dio en las secciones más ricas de la ciudad. Si sólo analizamos el año 2018, los votos que obtuvo el PAN en el segmento que más lo favoreció (decil 10) fue 1.5 veces mayor a lo que obtuvo Morena en ese decil, pero muy similar a lo que Morena obtuvo entre los deciles 1 a 8. En 2021, este ratio fue de 3 veces, y tanto el decil 9 como el 10 superaron el volumen de cualquier otro decil que votó por Morena. También es notable cómo este partido alcanza votos de manera más o menos homogénea entre los deciles 1 a 7 en ambas elecciones, mientras que el PAN depende de los votos de los últimos dos deciles para ganar.9 Es decir, mientras que Morena ha sido capaz de cosechar votos de segmentos socioeconómicos amplios, en Ciudad de México el PAN depende de los segmentos que concentran los mayores niveles de bienestar, lo que ha ocurrido al menos en las últimas dos elecciones. Dicho de otra manera, la forma de la relación entre nivel socioeconómico y voto permaneció relativamente igual entre las dos elecciones.

Pero si la estructura del voto por estrato no cambió, ¿qué explica que con una menor participación en 2021 respecto a 2018 (52 % vs. 64 %) el PAN haya triunfado —o al menos haya generado una impresión de triunfo— en los comicios locales? ¿Cómo afectó la participación el resultado de la elección? Lo primero que habría que decir es que una menor participación en los comicios intermedios respecto a los presidenciales afecta a todos los partidos, quizá porque menos gente considera que hay cosas importantes en juego (la composición del Congreso y las alcaldías).10 Sin embargo, como lo señala Georgina Jiménez, lo que resulta relevante y sí puede incidir en el resultado de la elección son las diferencias en participación entre secciones, pues el PAN tuvo un mejor desempeño electoral en aquellas secciones que registraron una mayor participación: más gente salió a votar en las secciones en donde el PAN resultó victorioso.

Aunque muchas discusiones se han centrado en señalar la división de la ciudad entre el poniente que tiende al voto panista y la zona oriente que favorece a Morena, lo cierto es que esta estructura geoelectoral de preferencias partidistas no apareció súbitamente el 6 de junio, aunque sí se reforzó. En todo caso, para entender este cambio es importante analizar cómo se dio la alternancia política a nivel micro, es decir, mirando el cambio político a nivel seccional. A la luz de la caracterización sociodemográfica descrita, ¿cómo podemos caracterizar a las alternancias políticas a nivel seccional en términos de los grupos socioeconómicos que influyeron sobre dicho cambio?

Antes de responder a esta pregunta, vale la pena cuantificar la magnitud de este cambio en términos del número de secciones que experimentaron un relevo. Para determinar si hubo alternancia en una sección, se consideran tanto los cambios en preferencias ocurridos entre partidos opositores como al interior de las coaliciones; por ejemplo, una sección experimentó alternancia en secciones en donde Morena ganó en 2018 y el PVEM en 2021, o viceversa; o donde el PAN ganó en 2018 y el PRI en 2021, o viceversa, así como en donde Morena ganó en 2018 y el PAN en 2021.

En 2021, el partido ganador en la elección de alcaldes fue distinto al ganador de 2018 en 1091 secciones electorales, lo que representa 20 % del total de secciones contabilizadas (5496). De este conjunto, el PAN pudo voltear a su favor 664 secciones, el PRI 55, y Morena 365 en las alcaldías. Es decir, si condensamos cuantitativamente el cambio político en este nivel geográfico, el voto de castigo a Morena se expresó en aproximadamente 13 % de las secciones de la ciudad, que fueron las secciones “switchers” que optaron por otra preferencia. Por otro lado, en la votación por diputados federales, hubo alternancia en 912 secciones, de las cuales el PAN se llevó 824, el PRI 60, y Morena 26. En términos de la disputa entre PAN y Morena, la competencia fue ligeramente mayor en las diputaciones federales, pues la diferencia del voto total entre ambos partidos fue de 540 000 en las alcaldías, y de 504 000 en la elección por diputados, o 7 % menor. Es decir, Morena fue ligeramente más competitivo en el ámbito local que en el federal. O bien, un segmento de los votantes de Morena optó por ejercer un voto diferenciado a nivel federal más que local, aunque de magnitud pequeña y concentrado geográficamente. Es notable que en la elección de alcaldes Morena finalmente absorbió varias de las secciones que aún estaban en manos del PRD, pero este efecto desapareció en la elección federal, además de estar concentrado en geografías específicas. Asimismo, el pequeño efecto de “canibalismo” entre PAN, PRI y PRD (i.e. a pesar de estar en alianza, estos partidos sí se arrebataron entre sí algunas secciones, pero como lo hicieron en casi la misma cantidad, se le considera más bien como una práctica de permuta) también desapareció en la elección federal.

En términos socioeconómicos, ¿cuál es el perfil de estas secciones en donde una mayoría optó por cambiar su voto entre 2018 y 2021? En el caso del PAN, se trata de votantes que arrebató a Morena, cuyas características promedio son semejantes a las de las secciones en donde ganó en esta elección. En éstas, por ejemplo, el promedio de escolaridad fue de 13.9 años, mientras que las secciones que arrebató a Morena registraron 13.4 años; en contraste, este promedio fue de 11 años11en las secciones en donde ganó Morena en toda la ciudad. En términos de la escala de bienestar que se utiliza aquí, los votantes de Morena que recuperó al PAN pertenecen en promedio al decil 9, y el decil promedio de las secciones en donde ganó Morena es el 5. Algunos de los corredores de secciones con alternancia Morena-PAN incluyen a casi toda la colonia Roma y parte de la Juárez; San Pedro de los Pinos y sus alrededores; o en el norte, las colonias Lindavista e Industrial, por nombrar algunas. Las secciones que Morena arrebató al PRD a nivel local se caracterizan por tener en promedio 10.7 años de escolaridad y pertenecer al decil 5, es decir, se parecen al votante promedio de Morena.

El Panel 4 condensa la información anterior y muestra el número de secciones en donde ganó el PAN o Morena de acuerdo con el decil al que pertenecen las secciones. Claramente, el PAN le arrebató más secciones a Morena de las que éste le quitó a la oposición. Se observa, asimismo, el sesgo de las secciones “switchers” en los últimos deciles, es decir, hay una concentración mayor de secciones que optaron por el PAN en los deciles más altos, lo que algunos podrían considerar como clases medias (deciles 8 a 10). Morena también logró arrebatar al PRD secciones ganadas en 2018 en un rango más amplio de deciles, pero a una escala mucho menor y concentradas geográficamente en sólo dos alcaldías.

¿En dónde se ubican estas secciones que experimentaron alternancia política? El Panel 5 desagrega las secciones que arrebató cada partido por alcaldía. En primer lugar, es notable que el PAN le arrebató a Morena secciones en un conjunto más diverso de alcaldías, lo que produjo los resultados que ya conocemos. Salvo en Gustavo A. Madero, donde Morena ganó por un margen de menos de cinco puntos, en aquellas alcaldías en donde el PAN volteó un número elevado de secciones se alzó con la victoria. En el caso de Morena, aunque arrebató al PRD un número considerable de secciones, éstas se concentraron en dos delegaciones en donde ha ejercido un amplio dominio político, Iztapalapa y Venustiano Carranza. Sobra decir que es ahí donde se trasladaron más estructuras electorales después de la fundación de Morena. El PRI, por su parte, arrebató un número pequeño de secciones en Magdalena Contreras, Tláhuac y Milpa Alta. El mapa con estas secciones puede verse aquí.

Tras analizar el comportamiento electoral por estratos, podría mantenerse la aseveración de que las clases medias fueron determinantes para que la oposición venciera en las urnas a Morena en la mitad de la capital; sin embargo, esta aserción sería válida si y sólo si se entendiera a la clase media como parte de los dos últimos deciles (y que tienen en promedio entre 13.5 y 14.5 años de escolaridad). Existen diferentes consideraciones para definir esta categoría; por ejemplo, Soledad Loaeza la define con meticulosidad a partir de ciertas características como las condiciones materiales de vida, el prestigio laboral, el trabajo no manual y la vivienda en un ambiente urbano. Sin embargo, la pertenencia a esta clase se fundamenta primordialmente en el capital educativo. Y es justo esa característica la que hace pensar que la clase media también estaría, por ejemplo, en el decil 8 (12.5 años de escolaridad promedio, equivalente a tener algo de educación universitaria), donde el apoyo a Morena no decreció en la misma magnitud que en los deciles 9 y 10.

Por otro lado, al analizar las secciones electorales que cambiaron su voto por el PAN, es claro que un conjunto muy específico de secciones, distribuidas en varias delegaciones, son las que a final de cuentas determinaron la victoria de la alianza opositora, mientras que Morena mantiene una fuerza homogénea entre los estratos bajos y medios (deciles 1 a 8, en donde supera el voto panista). Por ello habría que tener cautela ante la aseveración de que la elección de junio trajo una nueva división geoeconómica de la ciudad. Es indudable que el voto en la ciudad exhibe un fuerte componente socioeconómico, pero la forma de la relación entre estrato social y voto permaneció más o menos igual en las últimas dos elecciones. Para entender las dinámicas de los cambios políticos, no podemos obviar la estructura socioeconómica de los apoyos a los partidos, ni tampoco los cambios micro que, en el margen, los hacen posibles. Una mayor participación alentada por el voto de castigo de los deciles más altos hizo posible el cambio político en la ciudad, aunque parecería que buena parte de ese sector podría resultar volátil, sobre todo si no existe un proyecto opositor claro más allá de un voto de castigo.

 

Aleister Montfort
Cofundador de Entropía AI


1 Un compendio de los análisis que aparecieron en redes sociales y blogs puede consultarse aquí.

Para tener una base de datos sociodemográfica a nivel sección, se imputaron los datos censales correspondientes a dicho nivel.

Una sección electoral es la unidad geográfica mínima de la organización electoral en México. De acuerdo con el DOF, “es la fracción territorial de los distritos electorales uninominales para la inscripción de los ciudadanos en el Padrón Electoral y en las Listas Nominales de Electores. Cada sección tendrá como mínimo 50 electores y como máximo 1 500”

El índice se construyó con la técnica de componentes principales (como lo hace el Coneval con el Índice de Rezago, o Conapo con el Índice de marginación). Se utilizaron las variables incluídas en el índice de Coneval y, con la idea de generar una mayor varianza entre los grupos menos marginados, se añadieron las siguientes variables: 1) Penetración de internet; 2) Pertenencia de automóvil; 3) Pertenencia de computadora. Una vez que se estimó la primera componente principal, re-escalamos su valor entre 0 y 100, y partimos a la población de secciones en deciles, en donde un decil concentra 10 % de la lista nominal nacional, no el 10 % de las secciones electorales. La línea que se incluye es un ajuste lowess que busca reflejar relaciones no lineales en una vecindad de puntos.

Georgina Jiménez hizo un ejercicio similar utilizando el grado promedio de escolaridad, mostrando que se da una forma de “X” cuando se compara el voto por Morena y PAN contra el nivel de escolaridad.

Aunque el número de secciones es pequeño, de 44.

Este comportamiento se observa también a nivel nacional, como se documenta aquí.

La escala no permite visualizar claramente esta relación, pero en la versión digital se puede hacer un acercamiento al gráfico de MC para observar este comportamiento.

Ver “Estratos sociales e infidelidades electorales en México (1 de 4)”, nexos, 09 de agosto de 2021.

Cabe mencionar que si se compara la participación con la elección intermedia inmediata anterior hubo un crecimiento de 8 puntos porcentuales (44.1 % en 2015 vs. 52.1 % en 2021)

Para ponerlo en contexto, nueve años de escolaridad equivalen a secundaria completa, doce a preparatoria completa, y catorce a dos años de licenciatura.

Ciudad de libros

Lucas Alamán:
Los significados de la anarquía

La última vez que Lucas Alamán tuvo una aparición biográfica fue hace más de ochenta años, bajo la autoría de José C. Valadés. Ahora, el historiador estadunidense Eric Van Young es quien vuelve sobre los pasos del político conservador y entrega A Life Together. Lucas Alamán and Mexico, 1792-1853. De esa extensa y cuidadosa investigación son los siguientes pasajes hasta ahora inéditos en español. Este adelanto viene acompañado de la atenta y crítica lectura que Roberto Breña hace de la biografía escrita por Van Young al tiempo que recapitula los signos de la época turbia en la que vivió Alamán.

La ciudad de México de Lucas Alamán

Cuando volvió a la ciudad de México, a finales de marzo o principios de abril de 1823, Lucas Alamán tenía 31 años y seguía soltero. La descripción de su apariencia que su hijo Juan Bautista escribió después de su muerte concuerda con otros retratos: “Era D. Lucas Alamán, bajo de cuerpo, pero bien formado: la blancura de su tez revelaba la sangre española que corría por sus venas: su frente espaciosa y despejada, daba desde luego á conocer que era el asiento de una inteligencia superior, y su pelo, naturalmente rizado, le daba el aspecto de un busto modelado por algún escultor griego. Una expresión de bondad moderaba el vigor de sus miradas profundas más bien que penetrantes, y esa misma expresión de bondad que tenía en las facciones, unida á la dignidad de sus modales, hacían se le reconociese fácilmente por un hombre de bien, y sin trabajo por un gran hombre”.1 Para cuando Alamán cumplió los 50, los estragos del tiempo —caída de carnes, encanecimiento, aumento de peso y desilusiones—, así como el desgaste de sus achaques físicos y una vida de trabajo sin fin lo habían envejecido considerablemente. A juzgar por el conocido retrato al óleo que tenemos de él, sin embargo, su presencia nunca dejó de ser imponente, si bien nunca extravagante. Su cabellera era aún abundante y ondulada; su expresión, seria, incluso un tanto severa. Siguiendo las convenciones pictóricas de la época, los anteojos posados sobre su nariz le daban un aire de erudición.

Alamán llegó a la ciudad de México por primera vez a los 18 años, cuando él y su madre se mudaron a la gran capital en 1818. Allí se casó con su esposa, Narcisa Castrillo; allí estableció la casa donde crio a sus hijos, tanto a los que vio crecer como a los que enterró; allí llevó a cabo la mayoría de sus negocios, hizo su carrera política y vivió sus últimos días. Alamán mantuvo fuertes vínculos con su nativo Guanajuato y pasó largas temporadas en su finca en Celaya. También visitó con frecuencia la Hacienda de Atlacomulco, cerca de Cuernavaca, cuya administración le había sido confiada por el duque de Terranova y Monteleone, un noble siciliano y el heredero de las vastas propiedades mexicanas de Hernán Cortés. Pasó mucho tiempo allí y en Orizaba, pero hizo su vida en el “gran forúnculo” de México.2

Durante los treinta años que Alamán pasó en la ciudad de México, la huella de la urbe se expandió hacia el oeste y el sudoeste, donde las clases acomodadas se establecieron. Con el tiempo, Alamán y su familia siguieron este curso, ocupando durante años una espaciosa casona en la Ribera de San Cosme, propiedad que el estadista conservaría hasta su muerte. La población de la ciudad apenas creció en el curso de las décadas que Alamán vivió allí. En 1811 había en México unas 170 000 personas, y si bien durante los años de la insurgencia este número aumentó considerablemente con la llegada de refugiados que buscaban escapar de la violencia del campo, para 1850 la población de la ciudad era prácticamente la misma que antes de la Independencia. La capital no era un lugar especialmente salubre, pues los grandes proyectos de infraestructura que podrían haber contribuido a la salud pública —drenaje de lagos, abastecimiento de agua potable, sistemas de alcantarillas— no estarían al alcance fiscal del Estado sino hasta el porfiriato. A lo largo de la vida de Alamán la ciudad fue asolada por repetidas epidemias de escarlatina (1822, 1825, 1838, 1842, 1844 y 1846), sarampión (1822, 1826, 1836, 1843, 1848) y viruela (1825-26, 1828-30, 1839-40). El tifus, la fiebre tifoidea y el cólera morbus causaban estragos con regularidad, como atesta el propio Alamán al mencionar a las epidemias recurrentes en sus escritos. Dado que casi la mitad de los hijos de Lucas Alamán y Narcisa Castrillo murieron en la primera infancia, resulta razonable asumir que al menos algunas de estas enfermedades —por no decir nada de la disentería y otros males gastrointestinales que circulaban incluso cuando no había un brote epidémico— invadieron la vida de la familia. El crecimiento acelerado de la población de la ciudad de México, que en 1910 alcanzaría los 700 000 habitantes, no comenzó sino hasta después de muerto Alamán, durante la pax porfiriana del último tercio del siglo XIX.

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Los distritos residenciales de la ciudad estaban claramente demarcados en términos de clase social. En la época de Alamán la vieja traza colonial —el plan de calles rectilíneas que desembocaban en la gran plaza central— aún dominaba la geografía urbana, si bien el diseño desaparecía en los barrios pobres del norte y se volvía irregular conforme uno se adentraba en las colonias del oeste, cada vez más acaudaladas. Por lo general, la cercanía de una casa al Zócalo indicaba el estatus de sus dueños. La clase alta de la ciudad, a la que Lucas Alamán y su familia pertenecían la mayor parte del tiempo, recibía los sacramentos en la parroquia del Sagrario, adyacente a la Catedral. Es casi una certeza que la mayor parte de la vida social de la familia tenía lugar dentro de esa misma zona, salvo cuando salían de la ciudad para ir a Celaya, Guanajuato, los alrededores de Cuernavaca o la región de Veracruz. Tengo la impresión, sin embargo, de que Lucas Alamán solía viajar solo, pues su esposa, de por sí tímida, tenía que quedarse en casa para atender a su considerable prole y su nada despreciable establecimiento doméstico. El Palacio Nacional —que dominaba el lado este del Zócalo y justo al norte de él las ruinas del Templo Mayor, entonces aún no excavadas— albergaba las oficinas gubernamentales donde Alamán despacharía durante su época al centro de la política oficial. El lado norte de la plaza lo ocupaba la Catedral; el sur, el edificio del Ayuntamiento. Al sur y al oeste se extendían portales que hospedaban cafés, librerías y tiendas, como sucede hasta hoy. Comenzando en 1822, con la remoción del enorme bronce ecuestre de Carlos IV diseñado por el arquitecto y escultor Manuel Tolsá, la ciudad emprendió sucesivos proyectos para embellecer y reconfigurar el enorme espacio del Zócalo. La demolición en 1843 del Parián —el edificio que albergaba a incontables comercios en la esquina sudoeste de la plaza— provocó una apasionada respuesta escrita por parte de Alamán, quien condenó la destrucción del mercado y de otras estructuras históricas de la ciudad.3 En ese mismo año el presidente Santa Anna inició la construcción de un grandilocuente monumento a la Independencia que quedó incompleto salvo por su pedestal o zócalo, palabra que terminó por servir de nombre para la plaza. Al sur del Palacio Nacional yacía la Plaza del Volador, también parte de la enorme herencia del duque de Terranova y Monteleone y sede de otro mercado, que pertenecía al Marquesado del Valle hasta que Alamán se la enjaretó al gobierno municipal. La ciudad estaba llena de iglesias, conventos y monasterios, muchos de los cuales fueron derribados o cerrados durante la Reforma liberal. Alrededor de 1840 había en México casi sesenta iglesias sin contar a la Catedral, así como 33 establecimientos monásticos para hombres y quince conventos para mujeres. Había también más de cien cafés, comederos populares, pensiones y restaurantes, la mayoría de los cuales tenía una pésima reputación por su falta de higiene y de amenidades. Incontables comerciantes informales vendían comida en la calle o a los transeúntes que pasaban frente a sus casas. Una parte importante del abasto de comida de la ciudad llegaba por el canal de La Viga desde las zonas chinamperas de Xochimilco y de Chalco, práctica que apenas había cambiado para mediados de siglo y que servía como recordatorio de que la metrópolis azteca y su sucesora colonial habían sido construidas sobre una serie de lagos. Las afueras de la ciudad la suplían de maíz, frijol, trigo, papas, carne y cebada para los animales; el pulque venía de la zona de Apam, al este de la urbe; el ron, la fruta y el azúcar, de Cuernavaca.

Los visitantes extranjeros de la época tenían mucho que decir sobre la ciudad, casi todo negativo. El viajero francés Louis de Bellamare —el seudónimo de Gabriel Ferry (1809-52)— escribió que la ciudad era la más bella de las que los españoles habían construido en el Nuevo Mundo, pero añadió que las condiciones de las calles, en medio de las cuales fluían aguas negras, contrastaban feamente con la elegancia de los edificios públicos y privados. Muchas de sus observaciones encontraron eco en el justamente famoso Life in Mexico (1843) de Fanny Calderón de la Barca (1804-82), la esposa escocesa del primer embajador español en México. La seguridad pública era tenue en el mejor de los casos; la presencia policial era visible pero insuficiente para garantizar la integridad de los individuos y sus casas, así como su pasaje seguro por las calles, especialmente de noche. Un análisis preparado en 1837 por la prefectura política del Departamento de México —el cual absorbió temporalmente al Distrito Federal— admitía que el crimen era rampante a pesar de la presencia de la policía y que los culpables raramente eran castigados. Casi todos los visitantes notaban la presencia ubicua de los pobres de la ciudad: los vagabundos, limosneros y carteristas conocidos como léperos, quienes junto con los soldados eran los principales responsables de la embriaguez pública, la lascivia, los delitos menores y la violencia a pequeña escala que abundaban en la capital. Los viajeros anglófonos, en particular, solían escandalizarse ante la presencia de tales gentes, como si ignoraran el destino de los trabajadores de las “oscuras fábricas satánicas” de sus países de origen mientras pronunciaban comentarios sentenciosos sobre los léperos. Típica de esta sanctimonia es la descripción que Fanny Calderón hizo en 1839 de “léperos holgazanes, patéticos montones de harapos que se acercan a la ventana y piden con la voz más lastimera, pero que sólo es un falso lloriqueo, o bien, echados bajo los arcos del acueducto, sacuden su pereza tomando el fresco, o tumbados al rayo del sol; cuando no se sientan durante horas en el umbral de alguna puerta, asoleándose, o se protegen a la sombra de las paredes”.4 El intoxicante favorito de los pobres de la ciudad era el pulque, una bebida de baja graduación alcohólica que a veces era adulterada con otras sustancias, tales como el tepache (jugo de fruta fermentado). Para mediados del siglo XIX existían casi cuatrocientas pulquerías en la capital: establecimientos populares en donde la “gente decente” jamás se aventuraba y que servían el pulque producido en las zonas rurales al este de la ciudad. La mayor fuente de ingresos para el presupuesto municipal procedía de la venta de licencias para este tipo de garitos; el mayor gasto iba a parar a las cárceles. Casi la tercera parte de los habitantes empleados de la ciudad eran artesanos de varios tipos; una cuarta parte eran proveedores de servicios, tales como porteros, aguadores, cargadores, cocheros y sirvientes domésticos; y un quinto completo eran soldados: una población siempre turbulenta.5

El entretenimiento popular en la época madura de Alamán casi no había cambiado desde su llegada a la ciudad. El paisaje urbano estaba lleno de apuestas, peleas de gallos, corridas de toros, bailes callejeros y conciertos espontáneos en los que la gente modesta pasaba sus horas de ocio. Los viajeros extranjeros con frecuencia hacían comentarios insultantes sobre los hábitos de los mexicanos. Brantz Mayer, durante muchos años el secretario de la legación estadunidense en la ciudad de México, escribió en su crónica del país publicada en 1844 que las principales diversiones de los mexicanos eran las revoluciones, los terremotos y los toros, en ese orden. Todo parece indicar que una atmósfera carnavalesca descendía sobre la ciudad durante las elecciones, las celebraciones patrióticas y las fiestas religiosas. Una variada gama de teatros atraía espectadores de diversas clases sociales, gustos y niveles de pretensión cultural. Al inicio de la década de 1840 Mayer los describía así: “El [Teatro] Principal, frecuentado por la vieja aristocracia, era donde se veía teatro serio; el Nuevo México atraía gente [de más reciente ascenso social] que desestimaba el ‘drama tradicional’ y toleraba el espíritu de la innovación y la novedad; el [Teatro de la Unión era]… donde el ‘pueblo’ [es decir, las clases bajas] se divertía con bromas más o menos crudas y con las escenas más espontáneas de las producciones ad libitum”.6

El ámbito de la vida de Lucas Alamán en la ciudad de México era sin duda bastante limitado. Su casa era relativamente acaudalada, así que buena parte del quehacer cotidiano de cuidar a su creciente familia recaía en sus sirvientes y en los comerciantes que traían sus bienes y servicios a su residencia, de manera que Narcisa Castrillo de Alamán rara vez tenía que salir para hacer compras o diligencias. Las casas de los ricos y los prominentes daban a las calles que radiaban del Zócalo. Los bellos edificios que incluso en nuestros días adornan el centro de la ciudad, algunos coloniales y otros decimonónicos, son un testamento de la bien delimitada geografía social de la ciudad de México de la época de Alamán, aunque hoy las viejas residencias han sido convertidas en edificios cívicos, gubernamentales o de negocios. Estas casas, con frecuencia coloridas, tenían típicamente dos o tres pisos y solían ser construidas —o al menos fachadas— con la roca volcánica rojiza, conocida como tezontle, que abunda en el Valle de México. Portones con arcos se abrían a patios interiores con columnatas en los que se alzaban una serie de edificios exteriores, tales como establos. La familia de la casa por lo general vivía en los pisos superiores, rentando los cuartos a nivel de calle a establecimientos comerciales. Las casas que Alamán y su familia ocuparon durante muchos años, primero en la calle San Francisco y luego en la calle segunda de San Agustín, compartían estas características. La calle San Francisco, hoy la avenida Madero, corría desde la Alameda hasta el Zócalo y contaba entre sus construcciones a la Casa de los Azulejos de los condes del Valle de Orizaba (hoy un restaurante Sanborns) y las casas de Agustín de Iturbide (llamada hoy Palacio de Iturbide) y de la famosa belleza conocida como la Güera Rodríguez. En 1839 Fanny Calderón describió la calle de San Francisco como “la más hermosa de México, tanto por sus tiendas como por sus casas”.7

Primeros días en el ministerio

El 12 de abril de 1823, apenas desempacado el equipaje de Alamán, el Supremo Poder Ejecutivo (SPE) nombró al estadista titular interino del puesto más importante del gabinete: el Ministerio de Estado y del Despacho de Relaciones Interiores y Exteriores. Establecido tras la caída de Iturbide por el congreso reconvenido el 31 de marzo de 1823, el SPE consistía de un triunvirato de hombres que habían asumido las funciones ejecutivas del gobierno central. En su carta de aceptación, fechada el día siguiente y dirigida a Ignacio García Ilueca (¿1780?-1830) —quien bajo el recién extinto gobierno de Iturbide había asumido los portafolios de Estado, Tesoro, Justicia y Guerra, y quien continuaría en el gobierno por un tiempo bajo el SPE— Alamán escribió: “Aunque el conocimiento de mis propias fuerzas debiera arredrarme para admitir tan delicado encargo en las presentes circunstancias, estas últimas exigen que todos cooperen con el poder supremo desempeñando los destinos en que tuviere a bien colocarlos”.8 Para el 16 de abril el público había sido informado de que Alamán había aceptado la posición. No queda claro cuándo terminó el periodo interino del puesto, pero el 16 de abril de 1823 es la fecha generalmente aceptada como el inicio del primer ministerio de Alamán. Poco a poco García Ilueca fue cediendo sus funciones conforme otros hombres aceptaron nombramientos a los tres departamentos restantes y se incorporaron al gabinete junto a Alamán. El 2 de mayo Francisco Arriaga (nacido en 1776), un mercader veracruzano nacido en España que después fue el primer concesionario ferrocarrilero en México, fue nombrado ministro de la Tesorería; el 6 de junio Pablo de la Llave (1773-1833), un renombrado naturalista que había dirigido el jardín botánico de Madrid, aceptó el portafolio de Justicia y Asuntos Eclesiásticos; y el 12 de julio José Joaquín de Herrera (1792-1854), un militar que vivió casi los mismos años que Alamán y que después fue presidente, asumió el Ministerio de Guerra y Marina.

Aunque Lucas Alamán pronto se convirtió en la figura central del gabinete, no sabemos con certeza por qué el joven político, apenas regresado de España, fue invitado a unirse al gobierno. La decisión de nombrarlo probablemente nació en el triunvirato del SPE, cuyos archivos son muy opacos. Durante la primavera y el verano de 1823 el SPE consistía de Guadalupe Victoria, Nicolás Bravo y Pedro Celestino Negrete, todos conservadores centralistas. El primero de abril de 1823, sin embargo, el Congreso designó suplentes para cubrir las repetidas ausencias de Bravo y Victoria. El primero de estos suplentes, el famoso abogado queretano Miguel Domínguez (1772-1852), era el esposo de la aún más célebre Josefa Ortiz de Domínguez y fue después presidente de la Suprema Corte de Justicia (1825-27); el segundo, el militar José Mariano Michelena (1772-1852) era federalista y masón yorkino, además de haber sido conspirador por la Independencia; el tercer suplente, Vicente Guerrero, se sumó al grupo el 3 de julio. Esta mezcla de hombres, provenientes de diversas partes del espectro político, buscaba crear un gobierno de unidad nacional tras el polarizante ascenso y caída de Iturbide, quien seguía siendo una presencia importante en la política mexicana incluso después de salir exiliado del país a finales de marzo. Gracias en parte a las frecuentes ausencias de los otros miembros del SPE, Michelena se convirtió en el hombre dominante y probablemente ejerció una fuerte influencia en la selección del ministro de Relaciones. El año siguiente Alamán lo nombraría embajador en el Reino Unido, en ese momento el puesto diplomático mexicano más importante. Michelena jugaría un papel crucial a la hora de asegurar los préstamos iniciales que los bancos británicos le extendieron a México. A pesar de sus opiniones políticas divergentes y de la diferencia de edad que los separaba, la amistad entre Michelena y Alamán era cálida, habiendo nacido quizás en la época cuando los dos hombres servían en las Cortes de Cádiz. La cordialidad entre los dos personajes sugiere que en el México de entonces hombres de muy diversas tendencias ideológicas podían entablar relaciones amistosas, aunque hay que admitir que en ese momento —y dejando de lado la compatibilidad de personalidades— Alamán era bastante más moderado de lo que llegó a ser y que, por lo tanto, era más propicio a llevarse bien con todos salvo los más radicales de los liberales (por ejemplo: Lorenzo de Zavala). En su correspondencia diplomática el embajador Michelena se refería a su jefe como “mi amado amigo”, demostrando la confianza que depositaba en el apoyo personal, la discreción profesional y la simpatía de Alamán.

Así pues, es posible que la influencia de Michelena haya jugado un papel importante en la entrada del joven político al gobierno en abril de 1823. Al mismo tiempo, sin embargo, Lucas Alamán no era precisamente un desconocido en la vida pública. Como hemos notado, el estadista había servido brevemente en un comité de salud pública hacia el final del régimen virreinal; había emergido como una especie de prodigio político en las cortes españolas de 1821-22; y había sido nombrado ministro plenipotenciario en Francia por el emperador Iturbide en 1822, si bien rechazó este último puesto. Lo que es más: gracias a su abolengo, su educación, su familiaridad con Europa y su política, su conocimiento de idiomas extranjeros y su muy visible servicio público en España, Alamán poseía una cierta pátina de civilización que lo asociaba al mundo del Atlántico Norte que buena parte de la élite del México recién independizado veía como modelo de modernidad. Lorenzo de Zavala, el tribuno de los liberales radicales de la época —como Alamán llegaría a serlo de los conservadores—, identificó el origen del atractivo de Alamán, si bien lo puso de forma negativa: “[Alamán es] uno de los hombres más instruidos [en el Ministerio]… [Sus maneras] estudiadas de decir y de presentarse en la Sociedad le han adquirido una reputación de hombre de importancia en un país en que la civilización no está aún adelantada… Habla con facilidad; pero nunca profundiza ninguna cuestión y menos analiza”.9

Menos de una semana antes de la incorporación de Alamán al gabinete, el Congreso interino había comenzado a desmantelar el legado del efímero régimen de Iturbide al abrogar el Plan de Iguala y el Tratado de Córdoba. El nuevo gobierno, sin embargo, conservó las Tres Garantías de religión (el monopolio de la Iglesia católica), independencia y unión (la igualdad entre criollos y peninsulares). El breve experimento con una corona posborbónica había desacreditado el concepto de monarquía, al menos por el momento. No tenemos evidencia de que Alamán tuviera las serias reservas que más adelante tendría con respecto al republicanismo cuando se incorporó al gabinete de un gobierno que claramente se perfilaba hacia una forma republicana, menos aún de que buscara subvertir las instituciones de la nueva república. Su fuerte intención centralizadora era otra cuestión: emergió desde el principio y provocó desde muy temprano una fiera oposición política.

El Congreso, por su parte, estaba lleno de hombres interesantes, muchos de los cuales permanecerían por años en la escena nacional y formarían relaciones de alianza o antagonismo con el nuevo ministro de Relaciones Interiores y Exteriores. Entre los líderes del bloque centralista, los más cercanos a las ideas del nuevo ministro, estaban Francisco Fagoaga (1788-1851), heredero de una gran familia minera y antiguo amigo de Alamán desde sus días en Londres, el intelectual militar Manuel Mier y Terán (1789-1832) —una especie de premonición del general revolucionario Felipe Ángeles (1868-1919)— y Carlos María de Bustamante. Estos hombres fueron llamados borbonistas, centralistas, escoceses (por su afiliación con el rito masónico escocés) o simplemente “hombres de bien”. La voz más importante entre los federalistas pertenecía al formidable cura y político José Miguel Ramos Arizpe (1775-1843), a quien seguían liberales convencidos como Valentín Gómez Farías (1781-1858), Francisco García Salinas (1786-1841), Juan de Dios Cañedo (1786-1850) y el siempre vocal Lorenzo de Zavala. Por su parte, fray Servando Teresa de Mier (1765-1827), el picaresco fraile dominico que acompañó al mucho más joven Alamán durante sus viajes europeos, ocupaba una posición centralista-republicana más moderada. Los debates en el Congreso eran con frecuencia turbulentos y Alamán asistía a ellos casi todos los días, tomando la palabra en numerosas ocasiones durante sesiones especiales convocadas por la tarde. En estas apariciones el estadista solía advertir a los diputados que el país estaba en riesgo de disolverse por completo si el gobierno central no tomaba resoluciones fuertes y pasos proactivos. Los miembros del SPE carecían de las habilidades necesarias para llevar a cabo las delicadas tareas políticas que surgían, por lo que cedieron a Alamán mucho espacio de acción. Vicente Guerrero era “retraído y suspicaz; más campesino que gobernante”; Miguel Domínguez, “anciano, decrépito” a pesar de contar con apenas 50 años; Michelena, por su parte, era “indeciso [pero] voluntarioso”.10

Así, las tareas cotidianas de gobernar al país recayeron en buena medida en el ministerio de Alamán. Las funciones de su sección del gobierno eran vastas y excedían por mucho las responsabilidades de cualquier otro ministerio. Las áreas más importantes de entre las más de cincuenta que Alamán supervisaba directamente incluían las siguientes:

Estado: Asuntos diplomáticos. Gobierno: Diputaciones provinciales, diputados al Congreso, pasaportes, turbulencias [desorden público], seguridad pública, policía, asuntos de Guatemala, ayuntamientos, division del territorio, cajas de comunidades, festividades [públicas], infracciones de la Constitución, supresión o aumento del clero regular, jefes políticos, servicio postal, tierras públicas, estadísticas, milicia nacional, obras públicas, censos. Instituciones caritativas: asilos para pobres, cementerios, regulaciones médicas, salud pública, misiones [tales como las de California], epidemias, vacunación. Desarrollo: colonización, minería, artes e invenciones [es decir, patentes], agricultura, instrucción pública, comercio, oficiales consulares, caminos, dinero.11

Las responsabilidades de Alamán aumentaron al extenderse el alcance del gobierno federal durante y después de sus primeros años en el servicio público, incluyendo, entre otras cosas, la administración del Distrito Federal, creado en noviembre de 1824. En las épocas en las que contaba con más personal, su oficina incluía a seis oficiales mayores y seis menores, cuatro secretarios que tomaban dictado y hacían copias de documentos, un potrero, un archivista con dos asistentes y un mozo. Su salario ministerial era sustancial: 6000 pesos al año. Tomando en consideración las montañas de correspondencia, reportes y otros documentos que llegaban de las provincias, de otras partes del gobierno y del extranjero, la capacidad del ministerio para organizar los papeles que recibía era mucho menor que su capacidad para generar sus propios papeles. El aspecto más interesante de las colecciones en la sección de Gobierno del Archivo General de la Nación, sin embargo, no es la naturaleza un tanto aleatoria de los documentos que sobrevivieron al paso del tiempo, sino la legibilidad que Alamán y sus subordinados lograron imponer sobre ellos a contracorriente de la entropía natural del papel.

No sobreviven muchos documentos que nos permitan entender cómo es que Alamán administraba su compleja satrapía con tan poco personal. No cabe duda de que él personalmente escribió los detallados y característicamente elocuentes informes ministeriales que presentó al Congreso el 1 de noviembre de 1823 y el 11 de enero de 1825, si bien los datos citados en dichos reportes probablemente fueron reunidos por sus subordinados. El método con el que Alamán despachaba los asuntos a su cargo consistía en leer con detenimiento los más importantes de entre las cartas, peticiones, reportes y otros documentos que demandaban atención y que llegaban a su escritorio a través de la falange de oficiales del ministerio. Alamán entonces anotaba en los márgenes respuestas por lo general breves pero a veces extensas, pedía a alguno de sus secretarios que redactara una réplica al remitente original del documento con base en esas notas, corregía el borrador con frases interlineales y, finalmente, firmaba la copia limpia final. En algunos casos el estadista escribía notas, cartas o respuestas más largas él mismo. Poco después de asumir su cargo, a principios de junio de 1823, Alamán envió una carta reveladora al jurista, político, periodista y ministro de la Suprema Corte Juan Gómez Navarrete (1785-1849) en la que respondía a las críticas que había recibido en el Congreso por haber despedido de forma arbitraria a ciertos oficiales del ministerio. Tal decisión era su prerrogativa como ministro, pero probablemente molestó a algún congresista, amigo o patrón de un empleado así despedido. Los críticos de Alamán también lo acusaban de no siempre recibir a todos los peticionarios que querían una audiencia con él para tratar asuntos oficiales, así como de haber desviado recursos públicos para financiar al periódico antifederalista, El Sol. Detrás de estas acusaciones, sin duda, se escondían motivos políticos. Pero al intentar refutarlas el tono del ministro reveló algo de la arrogante frialdad que muchos encontraban difícil. Alamán desechó la primera acusación defendiendo su derecho, limitado sólo en casos de mala conducta demostrada legalmente, de despedir y contratar oficiales a su gusto. Su carta continuaba:

No hay dificultad ninguna para penetrar hasta mí [no está claro si las itálicas son de Alamán o de su biógrafo, Valadés], pues recibo a todo el mundo que las atenciones preferentes del despacho o asistencia al Congreso me lo permitan, y particularmente los martes y viernes, pero para saber el resultado de un negocio no es menester penetrar hasta mí, sino informarse del oficial de partes que está encargado de instruir a los intereses del Estado de sus asuntos… En lo demás no tengo parte alguna en la redacción, ni en propiedad de El Sol, aunque confieso que si las atenciones del ministerio me dejasen algún momento libre, lo emplearía con gusto en hacer algo por un periódico, cuyos editores, constantes siempre en los principios liberales, tuvieron el valor para sostenerlos sin doblar la rodilla ante un ídolo que adoran tantos que ahora se llaman federalistas de buena fe. Contribuiré también, en cuanto pueda, al suceso de todos los periódicos, no sólo con escritos en el sentido de ministerio, sino también de la oposición, siempre que éste tenga, como en Inglaterra, por objeto rectificar el sistema actual, y no a destruirlo, así como contribuiré a todo lo que pueda fomentar la instrucción pública, aprovechando para la mía las observaciones juiciosas de los papeles públicos, sobre todo las de mis compatriotas, pues no parece que un extranjero sea el más á propósito para manifestar su opinión en nuestros asuntos domésticos, en los que no puede tener los conocimientos necesarios, ni las leyes que les prohíben tener voto en las elecciones, le suponen las cualidades necesarias para tomar parte activa en nada relativo a nuestra administración”.12

A partir de mayo, sin embargo, la atención del ministro Alamán se vería monopolizada por asuntos políticos de trascendental importancia. Por ejemplo: la organización de nuevas elecciones para el congreso constitucional y el movimiento federalista que por un momento amenazó con desmembrar la nueva república. Entre otros temas que necesitaban de su atención estaban la renuencia de los misioneros franciscanos de California a jurar obediencia al México independiente; el orden de precedencia de los asientos del cabildo de Guadalajara; en un reporte de las autoridades municipales de Veracruz concerniente a un retrato del exemperador Iturbide que colgaba en la Cámara local; acusaciones de “desafecto con el gobierno” por parte de militares prominentes; quejas contra la policía de la ciudad de México; reportes sobre ladrones y bandidos; una petición que buscaba traer de regreso a los jesuitas expulsados de la Nueva España en 1767; y un reporte procedente del norte del país que advertía sobre familias estadunidenses que cruzaban la frontera sin licencia. De interés es también un memorando, preparado el 23 de abril por Francisco Calderón, uno de los oficiales mayores del ministerio, que anticipaba ciertas iniciativas legislativas que Alamán impulsaría más tarde al tratar asuntos pendientes de fomento (es decir: desarrollo económico). Entre los más interesantes de estos asuntos se contaban proyectos para colonizar Tejas, Nuevo México y California que involucraban a ocho empresarios y más de 3000 familias, algunas originarias de Suiza y Holanda y otras de Luisiana. De las imprentas del gobierno fluía un verdadero torrente de anuncios ejecutivos, decretos y descripciones de medidas congresionales, los cuales eran publicados en circulares firmadas por Alamán y presumiblemente escritas por él en consulta con el SPE.13 No cabe duda de que el SPE era la fuente de la legitimidad política del gobierno, pero no podemos saber hasta qué punto los miembros del triunvirato intervenían en el trabajo del ministro, pues muchas de las minutas del cuerpo se han perdido o bien nunca existieron. Es probable que las decisiones más importantes, tales como la convocación de elecciones, fueran el producto de deliberaciones serias, pero es igualmente plausible que buena parte de las ideas y del lenguaje en que se expresaban provenían de Alamán.

No menos trivial, pero mucho más apremiante, era la cuestión de qué hacer con Agustín de Iturbide y su familia. La pregunta escondía un problema más serio: la persistencia en el país de muchos partidarios de la restauración. El 24 de abril dos diputados iturbidistassolicitaron a Alamán que el gobierno permitiera que el padre y la hermana del exemperador permanecieran en México. José Joaquín de Iturbide, otrora Príncipe de la Unión, tenía 85 años y mala salud, y su hija Nicolasa, antigua princesa de Iturbide, quería quedarse en el país para cuidar de su padre. Habiendo dejado la capital a fines de marzo bajo una escolta militar comandada por Nicolás Bravo, el séquito de Iturbide estaba en esas fechas en camino a Veracruz para abordar la fragata inglesa Rawlins, contratada por el gobierno para llevar al antiguo emperador al exilio en Europa. El 26 de abril, mientras Iturbide seguía camino a Veracruz, Guadalupe Victoria le escribió al secretario de Relaciones Alamán sobre las dificultades que anticipaba a la hora de embarcar a la numerosa comitiva de Iturbide. El gobierno había costeado suficientes víveres para veinticinco o treinta personas, pero el séquito de Iturbide consistía en más de sesenta. El 2 de mayo Alamán respondió lacónicamente que el tamaño del grupo tendría que ajustarse a lo convenido e incluir solamente a la familia inmediata del monarca abdicado, además de un capellán, un secretario y algunos sirvientes. Finalmente el séquito fue reducido a veintiocho personas. Iturbide partió de México a bordo del Rawlinsel 11 de mayo de 1823 con destino al puerto de Livorno, en la costa oeste de la Toscana, donde viviría con su familia y allegados antes de mudarse a Inglaterra a finales del año.

Iturbide se había marchado, al menos por el momento, pero no había sido olvidado. Todos los reportes de las muchas conjuras para restaurar su reinado pasaron por el escritorio de Alamán, incluyendo algunos que eran poco más que rumores de planes a medio tramar. Con todo, las conspiraciones realistas que existían en el país se hicieron evidentes desde el verano de 1823, cuando el exmonarca partió para su exilio italiano. Algunos de estos planes se originaron en lugares inesperados, incluyendo Sonora y Tejas. Otra conjura buscaba inducir a Manuel Gómez Pedraza a liderar una rebelión iturbidista. Carteles iturbidistas aparecieron en la capital en marzo de 1824. En mayo del mismo año, veinte personas fueron arrestadas bajo la acusación de haber conspirado para asesinar a los miembros del SPE y restaurar a Iturbide. Por si eso fuera poco, en Guadalajara Luis Quintanar fue acusado de querer restaurar el imperio bajo la bandera del federalismo.

Lucas Alamán tuvo que lidiar con el caos en el que el país había caído en 1823. La erupción de conspiraciones para restaurar a Iturbide no era más que uno de muchos factores en juego; otro era la transición de la efímera monarquía a la república. Los movimientos federalistas ocuparon una posición central en este paisaje político, que incluía el oportunismo anómico de individuos que buscaban avanzar sus fines políticos o personales y el vacío de poder creado por la debilidad de las capacidades policiacas del Estado. El repertorio de respuestas con el que Alamán enfrentó esta situación incluía el espionaje, la represión, la negociación y el uso de recompensas para premiar la lealtad al gobierno central. A partir de mayo surgieron sospechas difusas sobre la presencia de conjuras desleales al régimen del SPE en Querétaro, Durango, Guanajuato e Izúcar. Por otro lado, a mediados de mayo el ministro escribió una circular destinada a todos los jefes políticos del país en la que les ordenaba entregar listas de individuos extraordinarios que deberían ser recompensados de alguna manera por sus servicios a la república. Esto suena como un intento de identificar hombres no sólo meritorios, sino también leales a los que confiar misiones delicadas y de quienes se podía esperar información fidedigna y confidencial. No sabemos cuántos nombres recibió Alamán en respuesta a esta petición, pero la verdad es que un cierto número llegó a su despacho desde Veracruz, Tlaxcala y Puebla. La lista de este último estado incluía a muchos clérigos y militares, entre ellos tres miembros de la familia Flon. El contrapunto a estas listas de hombres fiables era el problema del bandidaje perpetrado por soldados españoles descargados del servicio a quienes el gobernador de Oaxaca, por ejemplo, quería desarmar a la fuerza. Quejas parecidas sobre la portación de armas prohibidas y la frecuencia del crimen llegaban de ciudades como Guanajuato y Zumpango.

Más tarde, en el verano de 1823, el papel de Alamán en la exportación del todavía muy vivo exemperador encontró un eco irónico en la importación a la capital de los restos mortales de los héroes de la Independencia. La mayoría de lo que quedaba de los huesos de los héroes se encontraba en Guanajuato, donde las cabezas degolladas de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez habían sido exhibidas en jaulas de metal colgadas de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas por muchos años después de su ejecución en 1811. Ahora, los cráneos de los héroes de la Independencia, sumados a los restos de Pedro Moreno y Javier Mina, serían enviados a la ciudad de México para recibir un entierro de altos honores en la Catedral. El ministro Alamán monitoreó cada paso del proceso comenzando el 28 de agosto, cuando autorizó un cortejo solemne de Estado para acompañar a las reliquias en su viaje a la capital. Las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, que habían sido enterradas en el cementerio de la iglesia de San Sebastián en Guanajuato, fueron exhumadas el 31 de agosto. El esqueleto decapitado de Pedro Moreno fue traído a la ciudad platera de la Hacienda de la Tlachiquera para reunirlo con su cráneo, procedente de Lagos. Los restos relativamente intactos de Javier Mina llegaron de Pénjamo, donde habían sido enterrados en el cementerio de San Gregorio. La ruta a seguir para llegar a la ciudad de México fue trazada con cuidado: tras salir de Guanajuato los restos pasarían por San Miguel el Grande, Querétaro, San Juan del Río, Cuautitlán y la Villa de Guadalupe, haciendo otras breves paradas en el camino. Las calaveras de los cuatro héroes fueron puestas todas juntas en la misma urna en la que permanecen hasta el día de hoy, habiendo sido movidas de la Catedral al Monumento a la Independencia en el Paseo de la Reforma en 1925. Uno se imagina que Lucas Alamán se mordió la lengua a lo largo de todo el proceso, pero por otro lado su actitud frente a la Independencia todavía no era tan duramente condenatoria como llegaría a ser después de 1832 ni como la expresaría tan elocuentemente en sus obras históricas. Alamán era también un realista político, así que es posible que haya sentido que la joven e inestable república necesitaba de íconos patrióticos para forjar una nación a partir de su gente, una meta que según el estadista aún no se había logrado a mediados del siglo. Pero antes de que una “comunidad imaginada” y el consecuente patriotismo pudieran nacer, la integridad política y territorial de México tenía que ser garantizada. Y, en la primavera y el verano de 1823, esa integridad estaba en peligro de muerte.

 

Eric Van Young
Es profesor emérito en la Universidad de California, San Diego.

Traducción de Nicolás Medina Mora Pérez

Nota del editor: La primera ilustración de este artículo está basada en un lienzo del siglo XIX que tradicionalmente ha sido considerado como un retrato del joven Lucas Alamán —aparece, por ejemplo, en el frontispicio de México y el mundo: historia de sus relaciones exteriores, de Josefina Z. Vázquez— pero que muy probablemente representa a otra persona. Lamentamos el error y aprovechamos esta oportunidad para corregir una falsa identificación que ha pervivido por años pese a las muchas diferencias entre el retrato erróneo y otras imágenes de Alamán.


1 Anónimo [Juan Bautista Alamán], Apuntes para la biografía del Ex[celentísi]mo. Sr. D. Lucas Alamán, Secretario de Estado y del Despacho de Relaciones Esteriores [sic], Imprenta de José M. Lara, 1854, México, pp. 33-34.

2 El término “gran forúnculo” (un quiste o verruga en la piel) fue acuñado por William Cobbett alrededor de 1820 para referirse a Londres como una suerte de tumor patológico que chupaba la sustancia vital del resto de Inglaterra: un tropo desagradable, quizá, pero duradero.

3 William Bullock describió el Parián como “a trumpery building” [una baratija de edificio] y como “a disgrace to the taste of the government which permitted it to spoil one of the noblest squares they have” [una desgracia al gusto del gobierno que permitió que el edificio arruinara una de las plazas más nobles  que posee]. William Bullock, Six Months’ Residence and Travel in Mexico, Containing Remarks on the Present State of New Spain…, Kennikat Press, Port Washington, Nueva York, 1971; originalmente publicado por L. Murray, Londres, 1824,p. 133.

4 Calderón de la Barca, M. La vida en México. Durante una residencia de dos años en ese país. Traducción y prólogo de Felipe Teixidor. Editorial Porrúa, colección Sepan cuantos…, cuarta edición, México, 1974, pp. 39, 44 y passim.

5 Oliveira, R. R., y Creté, L. Life in Mexico under Santa Anna, 1822-1855,University of Oklahoma Press, Norman, 1991, pp. 54-57.

6 Mayer, B. México, lo que fue y lo que es, prólogo y notas de Juan A. Ortega y Medina, Fondo de Cultura Económica, México, 1953, p. 118.

7 María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba Jíménez Bello de Pereyra Hernández de Córdoba Salas Solano Garfias (1778-1851), también conocida como la Güera Rodríguez, partidaria de la Independencia y socialité conocida por su belleza, fue el objeto de varias y muy vívidas descripciones en las famosas cartas de Fanny Calderón. Las dos mujeres se conocieron en 1840, cuando la Güera, que para entonces ya rondaba los sesenta, seguía siendo muy atractiva, aunque en la opinión de Fanny abusaba del maquillaje; Calderón de la Barca, La vida en México, pp. 64-65 y passim. Para el comentario de Calderón sobre la calle San Francisco, véase la misma obra, p. 44.

8 El decreto impreso que anunciaba el nombramiento del SPE se encuentra en el Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores (de aquí en adelante AH-SRE), Libros Encuadernados (de aquí en adelante LE), 1446, folio 200r; la carta con la que Alamán aceptó su nombramiento ministerial es: Alamán a García Illueca, Ciudad de México, 13 de abril de 1823, Archivo General de la Nación (de aquí en adelante AGN), Gobierno Sin Sección (de aquí en adelante GSS), foja 55, documento 5.

9 Valadés, José C. Alamán: Estadista e historiador,Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1977; publicado originalmente en 1938,p. 146.

10 Valadés, José C., ob. cit., pp. 150-51.

11 Adaptado de Linda Arnold, Bureaucracy and Bureaucrats in Mexico City, 1742-1835, University of Arizona Press, Tucson, 1985,tabla 3.7, p. 53.

12 Alamán a Gómez Navarrete, Ciudad de México, 5 de julio de 1823, citada en Valadés, Alamán, pp. 153-54, aunque no queda claro dónde encontró Valadés el documento. Los duros pasajes de la carta concernientes a las opiniones mal informadas y nada bienvenidas que los extranjeros tenían sobre México parece ser una referencia a Joel. R. Poinsett, quien había llegado a México a pocos meses de iniciado el régimen de Iturbide, se quedaría en el país parte de 1823 y regresaría en 1825 como el primer diplomático estadunidese acreditado en México. Para la primavera y el verano de 1823 Poinsett ya llevaba un cierto tiempo opinando imprudentemente sobre los asuntos domésticos de México, cosa que continuaría haciendo a lo largo de la década.

13 México, Secretaría de Relaciones, Archivo Histórico, Legajos Encuadernados 1446, fols. 226r-257r, colección de decretos impresos por el Ministerio de Relaciones.

Expediente

El regreso de la oposición

Desde el 6 de julio de 1997, fecha en que Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), triunfó con el 48 % de los votos emitidos en la elección de jefe de Gobierno del Distrito Federal —ahora Ciudad de México—, el grupo encabezado entonces por aquél y en el que figuraban, entre otros, el ahora presidente Andrés Manuel López Obrador, ha mantenido el control casi absoluto del gobierno de la capital, primero bajo las siglas de ese partido y, a partir de 2015, por el partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).

Sin embargo, el 6 de junio de 2021 el partido del presidente y de sus aliados, con una participación ciudadana del 52 %, sufrieron la peor derrota en la historia del grupo político gobernante, al perder nueve de las dieciséis alcaldías —antes llamadas delegaciones—, la mayoría en el Congreso local y siete de dieciséis diputados federales al Congreso de la Unión.

Son diversas las causas que pueden explicar la caída de Morena en Ciudad de México. Varios analistas políticos la atribuyen a la mala gestión de la pandemia de covid-19, al aumento de la criminalidad, al desafortunado accidente de la Línea 12 del metro. También es posible que haya influido en los resultados lo ocurrido en el ámbito político electoral: por primera vez en casi un cuarto de siglo, para el caso de Ciudad de México, la oposición logró integrar una alianza competitiva y una estrategia de campaña articulada entre el PAN, el PRI y el PRD para movilizar exitosamente a la denominada clase media con mayores recursos y nivel educativo y que se asienta predominantemente en las alcaldías del poniente de la capital.

A continuación se analizará este fenómeno a partir de los resultados por sección electoral publicados por el Instituto Nacional Electoral, correspondientes a la elección de diputados federales de mayoría relativa celebrada en la capital este año.

Ilustración: Patricio Betteo

 

Después de la elección de 2018, Morena gobernaba en once de las dieciséis alcaldías de Ciudad de México. Sin embargo, en la de 2021 redujo su presencia territorial a menos de la mitad de las alcaldías y el total de votos obtenidos en las elecciones de alcaldes disminuyó su participación en la lista nominal de 24 a 20 puntos.

En la elección de junio, Morena y sus aliados de Juntos Hacemos Historia (JHH) no sólo perdieron presencia territorial, sino que igualaron fuerzas con la oposición en términos del tamaño de población que gobiernan: poco más de 4 millones de capitalinos por alianza. Además, cabe destacar que Va por CDMX triunfó en las alcaldías en las que hubo mayor participación ciudadana; en siete de ellas superó a JHH por más de cinco puntos porcentuales de la lista nominal. Es decir: ganó con dominancia, en tanto que JHH sólo fue dominante en dos alcaldías.

Lo observado en el ámbito de la elección de autoridades locales de 2021 en Ciudad de México también coincide con el patrón geográfico registrado en la elección de diputados federales de mayoría relativa celebrada este mismo año. Curiosamente, muestra una relación de coincidencia entre la distribución de las secciones que registraron menores niveles de abstención con las zonas en las que los votantes favorecieron a la alianza opositora, principalmente ubicadas en el poniente de la capital.

Las secciones con mayor superficie se ubican en las zonas rurales del sur de la ciudad y tienen mayor extensión porque son las que cuentan con menor densidad de población. En general, las secciones electorales tienen listas nominales de tamaño similar y en estas zonas sus poblaciones están dispersas en secciones con mayor superficie. Por esta razón, pareciera que la alianza JHH tiene una presencia importante en todo el sur de la capital, pero lo sucedido en el norte de esas secciones, dentro de la zona urbana, indica que las preferencias inclinaron la balanza en favor de la oposición en las alcaldías del suroeste.

El resultado de lo ocurrido este año en la elección de diputados federales de mayoría relativa en Ciudad de México coincide con el patrón observado a nivel nacional: dos ciclos electorales de crecimiento acelerado de la fuerza de Morena, seguidos de una caída inesperada en este último periodo. En 2015 Morena triunfó en diecisiete de veinticuatro distritos federales de la capital; en 2018 se impuso en todos menos uno y ahora sólo pudo ganar en nueve.

 

Desde su nacimiento, el principal motor de crecimiento del partido ha sido la gran popularidad de su líder y fundador, Andrés Manuel López Obrador. En todas estas elecciones, el abstencionismo se ha traducido en un factor determinante para que Morena gobierne la ciudad y el país, con la narrativa de que cuenta con el apoyo de la mayoría de los ciudadanos, aunque en realidad en la capital del país sólo ha obtenido entre el 20 y 25 % del universo de los votantes posibles.

La integración, por primera vez, de una alianza opositora capaz de imponerse a la 4T, compuesta por el PAN, el PRI y el PRD, tanto en lo federal como en lo local, tuvo un impacto importante en la pérdida de poder de JHH en Ciudad de México. Hay evidencia que confirma que los esfuerzos realizados de promoción del voto —más intensos en las nueve alcaldías del poniente de la capital— se tradujeron en una mayor participación ciudadana en un número importante de secciones electorales de estas demarcaciones, lo que favoreció a la alianza opositora.

Las cifras también indican que en las secciones en las que los datos del último censo de población identifican mayor presencia de viviendas con más acumulación de bienes en el hogar —características del segmento de población identificado como clase media— y donde además se registran mayores niveles de escolaridad promedio, los votos favorecieron mayoritariamente a los partidos de la alianza de oposición. En estas alcaldías, además de registrarse mayores tasas de participación ciudadana, la alianza opositora obtuvo, en casi todas, un porcentaje superior a JHH en el equivalente al 5 % de la lista nominal, lo que permite considerar que en estas alcaldías la fuerza opositora es dominante. En contraste, en las siete alcaldías del oriente de la capital en las que triunfó la 4T y que cuentan con menos viviendas con el perfil antes descrito, se registraron menores niveles de participación y la alianza gobernante sólo tuvo triunfos dominantes en Iztacalco e Iztapalapa; aunque cabe resaltar que si en Iztacalco el PAN se hubiera aliado con el PRI y el PRD, como sucedió en las otras alcaldías, la alianza opositora también hubiera alcanzado el triunfo en esa demarcación.

Hay varios ingredientes que hacen difícil anticipar cómo evolucionará este nuevo panorama electoral, incluida la aparente pérdida de poder y una mayor beligerancia del presidente frente a los que considera los enemigos de su movimiento. 1) Una fragmentación en las fuerzas interiores de su partido por un proceso sucesorio temprano, que ya empieza a evidenciar confrontaciones entre los posibles protagonistas de esa contienda. 2) El papel que están tomando y que puedan tomar los gobernadores opositores que dejarán sus cargos. 3) Las dificultades que enfrentarán las alianzas existentes para fortalecerse y consolidarse, ante posibles cambios en las directivas de los partidos que las integran. 4) En caso de subsistir, es probable que estas alianzas conviertan los comicios federales y locales en disputas con sólo dos contendientes. 5) El involucramiento y profundización de la participación de la sociedad civil en la elección de candidatos y en la promoción del voto será decisiva. 6) Habrá que tomar en cuenta la reacción de la clase media calificada de aspiracionista, frente a los embates que sufre cotidianamente, a la vista de lo ocurrido en las últimas elecciones de Ciudad de México. Y 7) como sucede en todos los comicios que se celebran en el país, la abstención será el enemigo a vencer y podría convertirse, en más de un caso, en el fiel de la balanza, incluyendo la elección presidencial. Los votos que no están en la urna no cuentan a favor de nadie, pero sí favorecen situaciones anómalas como las que estamos observando.

 

Carlos Hernández Torres
Matemático (UNAM) y maestro en Matemáticas (Universidad de Toronto)

Ciudad de libros

La nueva biografía de Lucas Alamán

A Christopher Domínguez le tomó quince años escribir su biografía sobre Servando Teresa de Mier: Vida de fray Servando (2004). Según mis cálculos, Charles Hale dedicó alrededor de dieciocho años a Emilio Rabasa; el resultado fue Emilio Rabasa y la supervivencia del liberalismo novohispano (2011). Dos décadas completas fueron las que Lucas Alamán acompañó a Eric van Young (o viceversa) para que, en la primavera del año en curso, pudiera ver la luz A Life Together. Lucas Alamán and Mexico, 1792-1853; publicado por Yale University Press.1 El producto de esa larga convivencia es un libro que, incluyendo notas y bibliografía, rebasa las ochocientas páginas. Cabe apuntar que la versión original del manuscrito de Van Young rebasaba las 1500 páginas, pero la editorial universitaria referida lo invitó a reducirlo drásticamente, pues un texto tan extenso es inmanejable en más de un sentido. En todo caso, el Fondo de Cultura Económica tiene los derechos de la traducción al castellano (los lectores pueden leer un extracto del libro en este mismo número de nexos). Como es fácil suponer, esta labor traductora conlleva retos diversos y, por tanto, llevará tiempo. Entretanto, en estas líneas ofrezco al público interesado en la historia de México una visión panorámica del libro, así como una serie de comentarios y contextualizaciones sobre una biografía que, advierto desde ahora, es de excelente factura. No sólo por su ambición, su meticulosidad y su búsqueda de imparcialidad ante un personaje controvertido en exceso (por motivos que, para quienes no estén familiarizados con la vida y trayectoria política de Lucas Alamán, irán surgiendo a lo largo de estas líneas), sino también porque está escrito con elegancia y porque está lleno de observaciones perspicaces, de observaciones que dejan reflexionando al lector. Si el Alamán que surge de la lectura de A Life Together… no se puede considerar un “nuevo” Alamán, lo que resulta innegable es que el resultado final es un personaje mucho más interesante, más complejo y más completo del que nos había legado la historiografía hasta hoy.

Ilustraciones: Alma Rosa Pacheco

Sobre Lucas Alamán pesan varias losas enormes desde la perspectiva de la historia oficial. La primera es la de haber sido el fundador, promotor y cabeza más visible (y lúcida)2 del conservadurismo mexicano. La segunda es su defensa sin concesiones de la herencia española.3 La tercera es su defensa a ultranza de la religión católica. La cuarta es haber sido muy crítico de nuestro proceso de independencia, particularmente de Miguel Hidalgo. La quinta es su involucramiento en la ejecución de Vicente Guerrero. La sexta es su defensa del centralismo y de ejecutivos poderosos. La séptima es su escepticismo, por decir lo menos, respecto al funcionamiento y utilidad de los congresos. La octava es su monarquismo. La novena, y última, es haberse puesto a disposición de Antonio López de Santa Anna cuando éste regresó a México del exilio a principios de 1853. Para una historia oficial en la que los “buenos” son los liberales laicos republicanos y federalistas, está claro que Alamán es un personaje anómalo, retrógrado, equivocado (en términos políticos e incluso históricos) y hasta un tanto peligroso para lo que, supuestamente, fue nuestro “ser nacional” durante el siglo XIX (liberal, laico, republicano y federalista).

Contrariamente a lo que pudiera pensarse y como tal vez algunos afirmarán (espero que después de haberlo leído en su totalidad), Eric van Young no escribió el libro que nos ocupa para reivindicar a Lucas Alamán. En este aspecto, el contraste con la última biografía importante sobre él, la de José C. Valadés, me parece notable, pues ésta por momentos adquiere tonos hagiográficos. Conviene señalar que dicha biografía, titulada Alamán, estadista e historiador, data de 1938.4 Es decir: estamos a más de ochenta años de distancia de la última vez que la historiografía se tomó en serio la vida de Lucas Alamán. Esto explica, por un lado, que la de Valadés sea una biografía sin un aparato crítico como el que acompaña cualquier biografía académica actual. Al respecto, cabe precisar que si bien el libro de Valadés contiene una bibliografía de diez páginas, no tiene una sola nota. No sólo eso, en ocasiones es difícil para el lector determinar el origen de algunas de las citas, incluyendo varias del propio Alamán.5 En cualquier caso, la distancia cronológica que separa la publicación de Alamán, estadista e historiador de A Life Together…evidencia la escasa atención que se ha prestado a la trayectoria vital del autor de la Historia de Méjico. A esto habría que agregar que en la actualidad sigue siendo cierto lo que escribió Arturo Arnáiz y Freg hace ya mucho tiempo: “Don Lucas Alamán ha sido un escritor poco leído”.6

La escasa atención y la escasa lectura que acabo de referir no pueden dejar de sorprender. Lucas Alamán no sólo es el mejor historiador de la primera mitad del siglo XIX, sino también un hombre que, como pocos, dedicó su vida entera a la vida pública y a intentar, de forma inteligente y denodada, como A Life Together… lo muestra bien, que México cumpliera las expectativas que nacieron en septiembre de 1821. Cuando Elías Palti plantea que las primeras décadas de la vida independiente del país bien merecen llevar el nombre de “la era de Alamán”, creo que el historiador argentino no exagera.7 Este planteamiento, que recuperaré al final de este ensayo-reseña, está en las antípodas de lo que Alamán escribiera en el quinto y último tomo de su célebre Historia (publicado en 1852): “La Historia de Méjico desde el periodo en que ahora entramos [la caída de Iturbide], pudiera llamarse con propiedad la Historia de las revoluciones de Santa Anna”.8 Como es sabido y a pesar de todos los matices y todas las prevenciones que ha planteado la historiografía mexicana de los últimos lustros, esa época de la historia nacional sigue siendo a menudo referida como el periodo de “la anarquía”. Después de haber leído la biografía de Van Young, me parece que la expresión sigue siendo útil, verosímil, adecuada.

Lucas Alamán, que había nacido en 1792, participó activamente en las Cortes de Madrid como diputado de la Nueva España en 1821 y 1822.9 Al año siguiente, en los meses que siguieron a la caída del Imperio de Iturbide, fue nombrado ministro de Estado y del despacho de Relaciones Exteriores e Interiores por parte del Supremo Poder Ejecutivo. En enero de 1825 se integró al gobierno de Guadalupe Victoria, en el que permaneció como ministro de Relaciones hasta el otoño de 1825. En 1830 ocupó de nuevo ese ministerio, pero esta vez como parte del gobierno de Anastasio Bustamante; ahí permaneció hasta 1832. En 1840 fungió como vicepresidente del Consejo de Gobierno. En 1842 fue nombrado director de la Junta de Industria y Trabajo. En 1849 fue designado presidente del Ayuntamiento de la ciudad de México. En 1850 tomó parte en el Congreso General como diputado por el estado de Jalisco y, finalmente, en la primavera de 1853, volvió a ser ministro de Relaciones, ahora en el gobierno de Santa Anna. Esta encomienda duró muy poco, pues Alamán murió en junio de ese mismo año.10

En su biografía, Van Young revisa todos y cada uno de estos momentos en las siete partes, subdivididas a su vez en 24 capítulos, que conforman A Life Together… Desde el joven Alamán, de inclinaciones liberales y autonomistas, que en las Cortes de Madrid de 1821-1822 defiende los intereses de lo que todavía era su virreinato, el relato biográfico termina en el hombre, ya mayor, que, desengañado, decepcionado y enfermo, traga sapos y algo de su dignidad para, en 1853, ponerse al servicio de Santa Anna. Ingenuamente, Alamán pensó que sólo bajo la batuta de Santa Anna podría el país resurgir de la derrota que había sufrido un lustro antes en la guerra con Estados Unidos y dejar atrás el estado de postración en el que yacía; un estado marcado, en primer lugar, por la pérdida de la mitad del territorio nacional. Entre las Cortes de Madrid y la desesperada aventura santannista, el cuadro que pinta Van Young es impresionante en términos de servicio público, de capacidad de trabajo y de áreas en las que Alamán desplegó su voluntad, su sabiduría política y su visión de gobierno.11

Antes de seguir, conviene señalar que Van Young empezó a trabajar en A Life Together… después de publicar La otra rebelión (FCE, 2006; título original: The Other Rebellion, 2001). En este libro, el más importante que se ha escrito sobre la Independencia de México en varias décadas, Van Young se adentró en el imaginario popular, concretamente en el de miles de combatientes indígenas considerados “insurgentes” durante la década larga que va de 1810 a 1821. Esto lo hizo mediante un impresionante trabajo de archivo en muchos pueblos de la parte central de México y de la revisión de miles de expedientes. Algunas de las conclusiones de La otra rebelión no fueron bien recibidas por la historiografía, mexicana y mexicanista. En todo caso, el libro provocó un nutrido debate, tanto en México, como en otras partes.12 Sobre los antecedentes de Van Young como historiador, cabe agregar que antes de La otra rebelión su campo de acción fue el de la historia económica y que a lo largo de su trayectoria nunca ha rehuido o minimizado las cuestiones teórico-metodológicas.13

Con A Life Together…, Van Young pasa a otro campo historiográfico. De la historia económica, la historia cultural, la historia social y la historia desde abajo pasamos a la biografía de un criollo que, más que ningún otro entre los historiadores mexicanos de la primera mitad del siglo XIX, planteó que la guerra de independencia, tal como se había llevado a cabo, había sido una equivocación, un error histórico-político, pues había sembrado las semillas de la inestabilidad que imperó durante esa media centuria (en otras palabras, durante toda la vida adulta de Alamán). Es imposible para mí saber si esta biografía causará el mismo revuelo historiográfico que suscitó La otra rebelión. Sobre lo que no tengo duda es que provocará reacciones encontradas. No puede ser de otra manera con Lucas Alamán, menos aún bajo un clima político como el que prevalece en la actualidad respecto a la historia nacional, tan cargado de maniqueísmo e ideologización. En cualquier caso, una labor biográfica, una empresa intelectual y una dedicación académica de la envergadura de A Life Together… no pueden pasar desapercibidas ni mucho menos. No sólo por la talla del personaje y por la calidad del resultado, sino también por el lugar que Alamán ha ocupado prácticamente desde siempre en buena parte de la historiografía y en el imaginario público (decir “popular” sería un exceso).

Tratándose de un autor “tan opaco por carácter e intención” como Lucas Alamán, el esfuerzo biográfico de Van Young enfrentó más obstáculos de los que pudiera pensarse. Alamán fue un hombre introvertido, reservado, cauteloso y pudoroso. Lo que significa que, pese a toda su importancia para la historia de México, es un hombre al que no es fácil acercarse, mucho menos poner al descubierto. Después de leer el libro de Van Young resulta claro que el orden (entendido sobre todo como estabilidad política), los derechos de propiedad y el desarrollo económico fueron las estrellas que guiaron la vida política de Alamán. De aquí a tener claridad respecto a sus resortes vitales media un buen trecho. Expresado de otro modo: a pesar de los veinte años que pasó Van Young escudriñando, estudiando y analizando su vida, aspectos importantes de ésta y de su personalidad siguen envueltos en una especie de bruma. “Don Luquitas”, como en privado se refiere el autor a Alamán, es un hombre poco accesible.

Por supuesto, el Alamán político es mucho más fácil de seguir y de explicar, pues ahí están los cientos de documentos que escribió. Sobre este Alamán, es posible extraer algunas conclusiones con base en A Life Together… En primer lugar, claras inclinaciones liberales hasta, por lo menos, mediados de la década de 1840. Como plantea Van Young en algún momento, la reputación de reaccionario que tiene Alamán surge más de su obra como historiador que de su trayectoria política. Desde hace tiempo, Charles Hale y Josefina Zoraida Vázquez mostraron que la distancia entre los liberales y los conservadores mexicanos del siglo XIX fue bastante menor de lo que se planteó durante mucho tiempo. Acerca de Mora, la única otra figura intelectual de su tiempo con la que Alamán resulta comparable, Van Young menciona dos elementos comunes: la profunda desconfianza con respecto a las masas y la necesidad de un gobierno fuerte para lograr la modernización que el país requería. Sin embargo, como añade el autor, existía un punto medular sobre el que Mora y Alamán tenían visiones completamente opuestas: el papel que la Iglesia debía jugar en la sociedad mexicana. En sus palabras, para Alamán “la posición de la Iglesia católica romana debía ser incontestable”; esta cita refleja meridianamente la postura de Alamán sobre este tema, la cual no variaría un ápice durante toda su vida.14

Como ya adelanté, desde los diversos puestos políticos que ocupó, Alamán hizo todo lo posible por fomentar el desarrollo económico de México.15 Al respecto, el Banco de Avío, ya mencionado, es el ejemplo prototípico. Sin embargo, como la biografía que nos ocupa muestra ampliamente, este banco es parte de una visión de Estado, de una visión de futuro, de la convicción alamanista de que sin progreso económico y sin una serie de actitudes, herramientas e instituciones que acompañen y garanticen de algún modo este progreso, el país no sería lo que podía ser o, al menos, lo que él vislumbraba. De aquí su búsqueda incansable del orden, condición sine qua non para establecer las circunstancias del ansiado desarrollo económico.16 Ahora bien, en consonancia con el pensamiento liberal de la época, Alamán nunca se preocupó por los alcances sociales de este desarrollo, por su ampliación o difusión. Me parece que no hay nada en el libro que apunte en otra dirección o que permita siquiera matizar este punto.

Fue la necesidad de garantizar las condiciones que permitieran lograr el anhelado desarrollo económico la que llevó a Alamán a la búsqueda de una concentración de poder cada vez mayor y a un centralismo cada vez más inflexible. En este contexto, el monarquismo, que en ocasiones se adjudica a Alamán sin atender a las variaciones que a este respecto es posible percibir a lo largo de su vida, puede ser considerado una consecuencia lógica. Este monarquismo resulta ininteligible, en mi opinión, sin la cadena de fracasos y desengaños políticos que Alamán sufrió desde el inicio de su carrera pública (empezando por la cerrazón peninsular ante lo que para él eran las justas demandas novohispanas; sobre todo considerando las consecuencias que esto tuvo). En esta cadena, el punto más alto fueron los efectos de su involucramiento en la ejecución de Vicente Guerrero; en particular, un hecho que nunca olvidará y que tuvo repercusiones sobre su imagen pública y sobre su salud hasta el final de su vida: haber tenido que esconderse durante dieciséis meses en algún lugar de la ciudad de México para no ser aprehendido.17

Si al papel que Alamán otorgaba a la Iglesia en la vida social, sumamos su falta de escrúpulos para limitar la libertad de prensa cuando se trataba de la oposición, su declarado monarquismo a partir de mediados de 1840, su defensa a ultranza de la propiedad, su abierta defensa de las jerarquías sociales, su clasismo, su rechazo del sistema representativo (tal como era concebido, de entrada, por el liberalismo hispánico) y su convicción de que los congresos eran inútiles en términos de funcionamiento político efectivo, resulta claro que no necesitamos de la obra de Alamán como historiador para ubicarlo de lleno dentro del conservadurismo.18 Ahora bien, en relación con el debate que Van Young plantea a este respecto en el capítulo 18 de su libro, creo que difícilmente se puede colgar el epíteto de “reaccionario” a Alamán sin mayores matices, aunque sólo sea porque nadie como él buscó el desarrollo económico de México durante las primeras décadas de la historia de México (primero con base en la minería y más tarde apoyándose en la industria textil). Además, durante sus diversas participaciones políticas en las décadas de 1820 y 1830 Alamán intentó aplicar un sinnúmero de medidas que se pueden inscribir sin mayor problema dentro de la tradición política liberal y haciendo uso de instituciones que se enmarcan perfectamente dentro del liberalismo de la época. Esto no niega que para él las ideas que se adoptaron en México y en la América española desde las independencias fueron “las teorías liberales más exageradas”; lo que explica, para él, la cantidad de desgracias que cayeron sobre los países hispanoamericanos.19

Es imposible para mí ocuparme en este ensayo-reseña de la Defensa, del Examen imparcial, de las Disertaciones o de las brevísimas Bases. En cambio, siguiendo a Van Young en la última parte de su libro, la VII (caps. 23 y 24), me detendré en la obra más importante de Alamán, la que ha determinado más que ninguna otra su destino como historiador (“contaminando”, como sugiere el autor en más de una ocasión, su trayectoria política) y por la que ha sido y será recordado: la Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año 1808 hasta la época presente, mejor conocida hoy como Historia de México o, simplemente, Historia.20 Los cinco tomos que integran esta magna obra (más de 2100 páginas de texto y cerca de 400 páginas de apéndices documentales en la edición más reciente) fueron publicados originalmente entre 1849 y 1852. El libro final del quinto volumen de la Historia es una declaración de fe política; de hecho, cabe considerar a estas cincuenta páginas como su “testamento político”.21 Es aquí donde aparecen esas tristemente célebres palabras, tan citadas: “… no hallando en Méjico mejicanos, y contemplando a una nación que ha llegado de la infancia a la decrepitud sin haber disfrutado más que un vislumbre de la lozanía de la edad juvenil…”.22 Estas palabras resumen bien el insondable pesimismo de Alamán respecto a su país en la etapa final de su vida.

Además de este pesimismo, en esa cincuentena de páginas están muchos otros de los leitmotivs del Alamán tardío: su escepticismo respecto a las leyes (vis-à-vis los hábitos o costumbres), el desastre hacendario como el mayor desacierto de la política nacional, su apego a las jerarquías y a las deferencias coloniales, su crítica al pensamiento ilustrado en la prioridad que otorgaba al dinero como baremo de distinción social, la extrema debilidad del Poder Ejecutivo como fuente primera de la incapacidad de gobierno, las atribuciones excesivas del legislativo, el federalismo desintegrador del país, el sistema representativo como ficción, su elogio a los esfuerzos bienhechores de los particulares (en contraposición con la autoridad pública), el papel político protagónico que debía jugar la “clase propietaria” y, por último y sin pretender ser exhaustivo, la ganancia infinita que representó para México la Conquista española. Todo lo anterior coronado con unas líneas finales, ingenuas y que no corresponden al tono de ese libro XII, que son una especie de plegaria al “Todopoderoso, en cuya mano está la suerte de las naciones”.

Como señala Van Young en su libro, la mejor historiografía mexicana de la primera mitad del siglo XIX (Mier, Zavala, Mora y Alamán) fue escrita desde el exilio político, desde la nostalgia, desde la vituperación y desde la autovindicación. No son pocos los bemoles que de manera casi inevitable marcarán a cualquier labor historiográfica que se practique desde los cuatro miradores mencionados. Ahora bien, el autor no duda cuando afirma que, entre todas las obras escritas por esos cuatro autores (a las que añade el Cuadro histórico de Bustamante), ninguna supera a la Historia, a la que considera la más bella estilísticamente, la que tiene más poder analítico y la que posee mayor densidad empírica. Conviene recordar aquí que cientos de páginas antes Van Young había afirmado que gran parte de la Historia fue escrita “para demostrar que la Independencia mexicana (1810-1821) había sido un desastre para la vida política y económica del país”.23 Es en este contexto que el retrato idílico que Alamán pintó sobre la Colonia en sus Disertaciones, particularmente sobre su última etapa, adquiere todo su sentido.

La biografía de Alamán concluye con un breve epílogo en el que el autor discurre sobre la descolonización y la modernización. Aunque sólo fuera porque esos términos no fueron empleados en la época que nos ocupa y porque con el tiempo adquirieron connotaciones que no pueden ignorarse, estas páginas finales me resultaron un tanto fuera de lugar; más aún porque casi todos los presupuestos que sostienen lo que ahí plantea el autor ya los tenía claros el lector atento.

La cita final de Alamán que Van Young incluye en A Life Together… es una muestra más de la enorme influencia que el célebre político y pensador irlandés Edmund Burke ejerció sobre el pensamiento del autor de la Historia. En esa cita, Alamán lamenta una de las consecuencias de “este siglo que se llama filosófico”: la destrucción de valores como el honor y la fidelidad, y su sustitución por “lo físico y positivo”, quedando así la sociedad, desde su perspectiva, sin cimientos.24 Esta cita nos devuelve a la noción de “fracaso” que sobrevuela esta biografía. Hay historiadores a quienes ese vocablo les parece inútil, sentencioso, presentista. No estoy seguro. La historia política, económica y social de nuestro país durante las tres primeras décadas de vida independiente dan la sensación de fracaso. Las vidas de Mora y de Santa Anna, los otros dos “grandes” de ese periodo, hacen lo propio. ¿Por qué entonces sorprenderse de que la vida de Alamán transmita también la impresión de esfuerzo vano, de tiempo perdido, de inutilidad?

En la introducción de su libro, Van Young afirma que ciertamente, con base en varios criterios considerados convencionales, “la vida pública de Alamán fue un fracaso” (failure en el original).25 Lo fue para Alamán en primer lugar, como se desprende inequívocamente de una carta que escribió a mediados de 1834, cuando llevaba más de quince meses escondido en algún lugar de la ciudad de México. En esa misiva, afirma que se arrepiente de haber servido a su país.26 Después de leer A Life Together…, creo que nadie podría reprochárselo. Como esta biografía de Eric van Young lo muestra clara, extensa y documentadamente, “la era de Alamán” fue muchas cosas; entre ellas, un rosario de fracasos.

 

Roberto Breña
Académico de El Colegio de México. Sus libros más recientes son Las revoluciones hispánicas y la historiografía contemporánea y Liberalismo e independencia en la Era de las revoluciones. México y el mundo hispánico.


1 La traducción es Una vida juntos. Lucas Alamán y México, 1792-1853.

2 Como refiere Van Young (p. 112), Alamán se sentía siempre “el tipo más inteligente en la habitación” (the smartest guy in the room); me interesa más lo que agrega el biógrafo: “Lo que normalmente era el caso”.

3 Cabe apuntar que durante casi treinta años (1824-1853) Alamán fue un fiel y dedicado representante de las propiedades e intereses de José Pignatelli y Aragón, duque de Monteleone, quien era también el decimocuarto marqués del Valle de Oaxaca, es decir, descendiente de Hernán Cortés.

4 Los lectores pueden encontrarla en el volumen de José C. Valadés titulado Luces políticas y cultura universal. Biografías de Alamán, Gutiérrez de Estrada, Comonfort, Ocampo, FCE, 2014, pp. 1-267.

5 A este respecto, es una lástima que no se haya permitido a Van Young acceder a los papeles que poseen actualmente los herederos de José C. Valadés (ver la introducción, p. 9), pues sobra decir que hubieran resultado muy útiles para su investigación y para un mayor conocimiento de Alamán. Cabe apuntar que en esa misma introducción, Van Young se refiere elogiosamente a la biografía de Valadés.

6 Alamán,L. Semblanzas e ideario, UNAM, 1963 (la edición original es de 1939), prólogo, p. v. Este prólogo, breve y elegantemente escrito, es muy perceptivo en varios sentidos y muy crítico de algunas de las contradicciones vitales y políticas de Alamán.

7 La política del disenso. La “polémica en torno al monarquismo”, (México, 1848-1850)… y las aporías del liberalismo, FCE, 1998, p. 57. Este libro, en realidad una antología de textos periodísticos, muestra muy bien la magnitud del embate teórico e ideológico que los conservadores mexicanos emprendieron contra el liberalismo al promediar el siglo XIX.

8 Alamán L., Historia de México, Editorial Jus, 1990, tomo V, p. 434.

9 Sobre esta participación, en más de una ocasión Van Young refiere el Memorial o Plan del Conde de Aranda, supuestamente redactado en 1783, como el antecedente de la propuesta de una confederación de monarquías hispánicas que hicieron los diputados novohispanos ante las cortes reunidas en Madrid. Muchos historiadores, analistas o comentaristas han repetido esta afirmación. Desde hace mucho tiempo, la autenticidad de este documento fue puesta en entredicho; véase, por ejemplo, “The Pseudo-Aranda Memoir of 1783” de Arthur P. Whitaker, The Hispanic American Historical Review, vol. XVII, n. 3, agosto de 1937. Para varios especialistas contemporáneos, la Memoria de Aranda es un documento apócrifo.

10 Para redactar esta sucinta relación biográfica seguí la cronología que Arturo Arnáiz y Freg incluye al final de la edición del libro Semblanzas e ideario, antes citado, pp. 175-190. Cabe anotar que ya fuera en el gobierno o alejado de él, Alamán nunca tuvo reparo alguno en mezclar su vida política con su vida empresarial, obteniendo así algunos beneficios. Dicho esto, conviene añadir también que Alamán terminó su vida pública con menos dinero del que tenía al iniciarla.

11 A este respecto, estamos acostumbrados a leer sobre las políticas financieras y comerciales alamanistas en la minería y la industria, el Banco de Avío en primer lugar, pero pocas veces se mencionan los esfuerzos de Alamán sobre aspectos de otra índole; por ejemplo, la institución que con el tiempo se convirtió en el Archivo General de la Nación, el rescate de la Academia de San Carlos, los servicios que prestaba el Hospital de Jesús, el intento de crear un jardín botánico o de fundar un museo de antigüedades mexicanas, todos ellos aspectos que Van Young refiere en su libro. Es cierto que varios de estos proyectos no fructificaron, pero eso no les resta valor dentro de una biografía. A lo anterior habría que agregar la labor diplomática de Alamán. Baste pensar en cuestiones como la búsqueda de reconocimiento diplomático de Inglaterra y España, las incontables dificultades relativas a Texas o los desafíos planteados por el expansionismo estadunidense en general para darse una idea de lo que estaba en juego en aquellos años en el ámbito diplomático.

12 Un magnífico ejemplo de la magnitud, profundidad e incluso acritud que alcanzó dicho debate es el librito (96 pp.) titulado En torno a La otra rebelión, Colmex, 2007, que recoge el intercambio que tuvieron originalmente, en 2004, Alan Knight y Van Young en las páginas de Historia Mexicana.

13 Una excelente muestra y testimonio es la antología Economía, política y cultura en la historia de México. Ensayos historiográficos, metodológicos y teóricos de tres décadas, Colef/Colsan/Colmich, 2010.

14 En el original, la expresión del autor es should go unchallenged (pp. 714-715).

15 En la p. 442, Van Young afirma que el “verdadero norte” de su biografiado fue siempre el desarrollo económico.

16 Como han referido varios historiadores, y como Van Young plantea explícitamente en su libro en más de una ocasión, el proyecto político-económico de Alamán, que combinaba autoritarismo y desarrollo, se materializaría en el porfiriato. Ahora bien, como afirma el autor, Porfirio Díaz pudo lograr esa simbiosis porque tenía a su disposición una serie de elementos que no existían en tiempos de Alamán: el telégrafo, el ferrocarril, el rifle de repetición, una situación financiera holgada, una población muy superior en términos cuantitativos, una abundante inversión extranjera, la deuda británica solucionada y, por último, una mitología nacionalista muy funcional (p. 372). Dicho de otra manera: lo que Alamán buscaba para México era irrealizable en la primera mitad del siglo XIX. Sobre este tema, en la introducción, Van Young afirma que es una ironía de la historia que la concentración de poder que siempre buscó Alamán se lograra no mucho tiempo después de su muerte, antes que con el dictador Díaz, con el presidente liberal Benito Juárez.

17 Sobre dicho involucramiento, Van Young coincide con Valadés en el sentido de que si Alamán no puede ser considerado responsable directo de la aprehensión y ejecución de Guerrero, es moralmente responsable por no haber hecho lo suficiente para evitar la segunda. Ahora bien, Van Young reconoce explícitamente que Alamán facilitó los fondos para pagarle al traidor Picaluga. Siendo así, me parece que hablar únicamente de “responsabilidad moral” es quedarse corto.

18 Sobre el ideario político de Alamán en la etapa postrera de su vida, véase la multicitada carta que le escribió a Santa Anna en marzo de 1853. Se puede consultar en Lucas Alamán, Cal y arena, 2006, pp. 349-355. Esta edición cuenta con un extenso e interesante prólogo de Andrés Lira (“Lucas Alamán y la organización política de México”), quien también es responsable de la selección de los seis textos que integran esta antología.

19 De aquí la defensa que hace Alamán en esta parte de su Historia de México de Iturbide y de Bolívar.

20 Van Young dedica más de cincuenta páginas de su biografía a la Historia. Para él, Alamán fue primero que nada un historiador y, en segundo término, un pensador político. Sobre esta segunda faceta de su obra, véase el estudio preliminar de José Antonio Aguilar al Examen imparcial de la administración de Bustamante (que incluye la Defensa del ex ministro de Relaciones don Lucas Alamán), Conaculta, 2008, titulado “Alamán en el periodo de Bustamante”, pp. 9-45.

21 Ésta es la expresión que emplea Lira en “Lucas Alamán y la organización política de México”, p. 10.

22 Historia de México, tomo V, p. 566. Por cierto, encontré un claro precedente de estas palabras que quizás valga la pena consignar. La cita es de Germaine de Staël y el contexto es una crítica suya a los diputados aristocráticos en la Asamblea Constituyente durante el proceso revolucionario francés, quienes reaccionaban ante cualquier propuesta de cambio “como si el orden social sólo debiera estar sujeto a una doble enfermedad, la infancia y la vejez, y hubiera de pasar de la informe juventud a la decrepitud de la ancianidad sin aceptar conocimiento alguno adquirido a lo largo del tiempo”. Consideraciones sobre la Revolución francesa, Arpa Editores, 2020, pp. 240-241. Cabe añadir que, como señala Van Young en su libro (p. 668), las Consideraciones de Staël formaban parte de la biblioteca de Alamán.

23 Van Young, E., A Life Together…, introducción, p. 4. Sobre la pésima opinión que tenía Alamán del Cuadro histórico de Bustamante y sobre lo que considera su muy perniciosa influencia, véase Noticias biográficas del Lic. Carlos María de Bustamante y juicio crítico de sus obras, en Lucas Alamán, pp. 253-257.

24 Historia de México, tomo I, p. 173.

25 La cita es de la página 3. Cabe suponer que aquí Van Young incluye la vida empresarial de Alamán, la cual, a no dudarlo y como lo muestra bien el libro que nos ocupa, fue una cadena de descalabros financieros.

26 Van Young, E., A Life Together…, p. 515. Apenas dos meses antes de este arrepentimiento, Alamán se había referido a sí mismo como “una hoja seca que el viento de la adversidad ha arrebatado”. Estas palabras, extraídas del Libro de Job, se pueden leer en la Defensa del ex ministro de Relaciones don Lucas Alamán, en la edición citada, p. 172.

Cuento

Amanecer desde una ventana

Ese día preguntaremos al infierno: ¿está lleno?
Y el infierno nos responderá: ¿hay alguien más para mí?
Corán, Sura 50

 

Cada vez que la enfermera entra arrastrando su carrito y enciende la luz Lady Di recoge las piernas y se incorpora buscando asentar los pies en el piso como si quisiera huir, así descalza, arrastrando consigo las sábanas, y sólo empieza a sosegarse cuando oye a su lado aquella risa tranquila de registros graves, pausada, complacida, y siente sobre la frente la tibieza de la mano oscura que huele a gel de alcohol, pero su ojo asustado no deja de mirar ansioso, de reclamar, de dudar; el ojo sano, porque el otro, bajo la venda, ha sido operado, la retina desgarrada a causa de una patada.

Ilustraciones: Estelí Meza

Y llora. Ahora llora menos, pero siempre el llanto pugna en su boca como un vómito seco del que sólo queda el sabor amargo de la bilis, un llanto que no enturbia sus ojos, no los moja de lágrimas, no le llena de mocos las narices. Un llanto que sólo se queda en sollozos, una tormenta que se arremolina en el pecho y que no tarda en estallar en su boca desdentada porque también perdió dos incisivos y un canino, de otra patada.

No es la celda pestilente donde nunca se sabía si era de noche o era de día, allá en Managua, sino el cuarto del séptimo piso en el hospital México en San José; la voz sosegada, la mano en la frente se lo confirman. Debajo de su ventana la oscuridad comienza a despejarse, crece la intensidad del tráfico en la autopista General Cañas, furgones de mercancía, autobuses iluminados con pocos pasajeros dispersos en los asientos, camionetas de carga, motos, taxis en viaje al aeropuerto, faros de ida y vuelta, el rojo rubí de las luces traseras.

Una franja tenue tras las gasas de la cortina, primero rosa y luego amarillo, se prende en el filo de las cumbreras de los techos de zinc pintados de rojo que se extienden en la distancia del barrio la Uruca entre bodegas, garajes de autobuses, cubos de edificios que parecen nunca terminados, postes de luz, trasformadores, la maraña de alambres eléctricos, cisternas elevadas, antenas parabólicas, vallas publicitarias; y ahora, la luz grisácea que se esparce, va dejando ver el pequeño clóset donde no hay nada suyo en las perchas de plástico, el sillón de extensión forrado de vinilo, la pequeña pantalla negra y plana del televisor empotrada en la pared celeste, el asta de la bolsa de suero al lado de la cabecera de la cama, las sábanas debajo de las que se alza el promontorio de sus piernas recogidas.

Lady Di. Le pusieron ese nombre porque al empezar a peinarse como mujer escogió el estilo pixie de la princesa de Gales, un corte retro de cabello, desaliñado en apariencia y a la vez sofisticado, según había leído en Cosmopolitan en español, que volvía de los finales del siglo pasado, cuando ella era apenas ¿un niño, una niña?

Como Lady Di concursó en la gala Drag Queen del año 2013 en la discoteca Coco Jamboo en Masaya, y la suma de su puntaje en el desfile de pasarela, tanto en traje de noche como en traje de baño, en porte y figura corporal, y en respuestas a las preguntas del jurado, la colocó a una distancia enorme de las otras concursantes, y se llevó de manera espectacular el cetro y la corona, esa foto de su coronación que arrancaron del marco y la hicieron comerse a pedacitos, de rodillas en el piso de su salón de belleza unisex en el barrio Carlos Marx de Managua. Lady Di se llamaba también ese salón de belleza.

La enfermera se llama Anne Sinclair y es del pueblo de Matina, cercano a Puerto Limón. La llaman Miss Sinclair. Funny treatment for a fucking sinner, se ríe ella con esa su risa galante y sabrosa a la que no pone prisa, para que Lady Di se ría también. Miss es tratamiento honorífico para mujeres que han sabido mantener las piernas bien juntas, dice. ¿Pero yo? ¿Y Pancho Hooker, sweetheart? Y los otros tres que pasaron por esa cama mía, ¿acaso no cuentan?

El relato de Lady Di es desordenado, a retazos, cada vez algo nuevo que no ha contado, o ha contado a medias, o la repetición, en palabras diferentes, de algo que ya contó, fragmentos que hay que juntar; y si no es por Miss Sinclair, que los pone en orden en su propia cabeza, no será fácil encontrarles una ilación.

Miss Sinclair reconstruye el relato sustituyendo, sin ponerse a pensarlo, ciertas palabras de Lady Di por otras que se hallan ya en su cabeza a consecuencia de su formación profesional de enfermera: ano, genitales, testículos. O frases enteras: desgarramiento del recto a causa de la penetración violenta por medio de un instrumento metálico, probablemente el cañón de un fusil. Desfloración del ano.

No es fácil para Miss Sinclair la tarea, porque no hace apuntes. Por ejemplo: el momento en que a Lady Di le metieron en la cabeza la capucha de lona que se cerraba por el cuello con un lazo. ¿Fue cuando la sacaron de su casa en el barrio Carlos Marx, donde tenía en la pieza delantera el salón de belleza, y la subieron a la Hilux? ¿O cuando la confinaron en el cuarto de aperos de la finca cercana a Mateare, hacia el occidente de Managua, donde el comandante Lagarto, dueño de una escuela de equitación, tenía las caballerizas, los establos, el picadero, los paddocks? ¿O fue después, en El Chipote, la prisión preventiva al borde del cráter de la laguna de Tiscapa, donde la sometieron a los interrogatorios? El mismo comandante Lagarto la llevó, al volante del Jeep que arrastraba el remolque de caballos donde iba ella, la cabeza contra el piso cubierto de zacate seco y amarrada de pies y manos con una sola cuerda de nylon, los paramilitares enmascarados con pasamontañas apuntándola con el cañón de los fusiles.

El pabellón de su oreja se ilumina de rojo cuando Miss Sinclair le acerca el termómetro. Va entrando en sosiego. Ella misma ofrece el dedo para que le coloque el medidor de oxígeno y luego el brazo para que lo envuelva en el brazalete del tensiómetro; el rito de cada madrugada, de cada media mañana, de cada mediodía, de cada atardecer, de cada noche, al que termina entregándose, por fin, cuando ya ha salido de la hondura de aquellas aguas sombrías en las que entra bajo el peso de los somníferos, las profundidades donde brilla la bujía atornillada al techo, y ella está desnuda, de rodillas, recogida en sí misma, embarrada de mierda, y el comandante Lagarto le busca las costillas, los huevos, el culo, para clavarle a distancia el chuzo eléctrico de tiro largo, como los que se usan en los mataderos, y así no embadurnase, un ardid fracasado untarse el cuerpo en su propia mierda chirre pensando que así tendrían asco de acercársele y cesarían las patadas, los golpes en los oídos, las descargas del chuzo eléctrico, la inmersión en la pila de agua de donde la sacan cuando están a punto de estallarle los pulmones.

Había un sumidero en una esquina de la celda para cagar y mear, un hueco hacia el que se arrastraba a gatas cuando sentía la necesidad, estuvieran o no los torturadores que a veces atestaban la celda, el pudor ya lejos, sólo un recuerdo distante de su vida pasada, y la voz de deje de campesino segoviano del comandante Lagarto: ¿vos sos huevón, sos maricón, sos hombre o qué puta es lo que sos?, tenés verga por lo que veo y te cuelgan los huevos, ¿entonces qué es ese mate tuyo de creerte mujer?

Recuérdeme quién era ese comandante, le dice Miss Sinclair después de haber tachado de su mente todas aquellas groserías y sustituirlas por micción, deposición, materia fecal: era un comandante de los que fueron guerrilleros en la revolución, tendrá sesenta y tantos años, la barriga le desborda encima del cinturón de baqueta, anda siempre acatarrado, el cuello envuelto en una toalla, no se quita nunca el sombrero ranger, usa botas jungla y va vestido de camuflaje del desierto, a los lados de la boca le bajan las guías de un bigote tipo Fu Manchú, y es dueño de esa escuela para aprender a montar en Mateare, y también de fincas de ganado, siembra maní, aguacates de exportación, tiene una flota de buses, un casino en Managua, no sé qué más tiene, y cuando las manifestaciones de protesta fueron creciendo y se llenaron las esquinas de barricadas, y se levantaron tranques en las carreteras, apareció él en el Canal 4, que es uno de los canales oficiales, una canana de tiros cruzada en el pecho, un fusil Dragunov en ristre, llamando a los combatientes históricos a defender las conquistas revolucionarias, son ellos o somos nosotros, si nos dejamos nos van a matar a todos esos burgueses reaccionarios, imperialistas y vendepatrias que quieren dar un golpe de Estado. Un Rambo viejo que tose desgarrando flema mientras te interroga.

Fue el santo y seña para que empezaran a salir a las calles las caravanas de Hilux atestadas de paramilitares enmascarados a tomar por asalto las ciudades donde había levantamientos: Jinotepe, Masaya, León, Matagalpa, Managua. Los francotiradores disparaban desde la azotea del estadio de beisbol que acababan de inaugurar con plata de Taiwán en Managua, cazando a los estudiantes que se habían atrincherado dentro de las universidades cercanas, la Universidad Centroamericana de los jesuitas, la Universidad Nacional de Ingeniería; empezaron a desbaratar las barricadas con bulldozers, adelante las máquinas y detrás los enmascarados por decenas disparando, y a los que custodiaban los tranques en las carreteras, porque había muchas carreteras cortadas, allí mismo los ajusticiaban.

¿Qué hacía ella para entonces?, le pregunta Miss Sinclair mientras regula el goteo del suero. Lady Di salía a ofrecerles agua, gaseosas, algún bocado de comida a los muchachos del barrio Carlos Marx que habían levantado las barricadas de la pista de la Resistencia, eran cuatro, cinco barricadas cortando la pista, pero sobre todo se hallaba muy activa en las redes, dándole forward a las denuncias en Facebook, en Twitter, usando el WhatsApp: muertes, capturas, golpizas, los ataques de los antimotines, el asalto a las viviendas buscando sospechosos; entraban a una vivienda las tropas especiales de la policía, de negro como los zopilotes, y desbarataban todo, se robaban todo. Hasta que le tocó a ella.

Para Miss Sinclair, quienes son capaces de atrocidades semejantes, son los malvados, y punto. Viven del otro lado de la frontera, no los conoce y nunca los conocerá, no, thank you, sir; seres capaces de torturar a alguien indefenso y cometer la brutalidad sin nombre de meterle el cañón de un fusil en el recto. Y esto que aún no lo ha oído todo, ya sabrá del incendio de la fábrica de colchones y colchonetas.

No le interesa saber que el comandante Lagarto luchó una vez contra la dictadura de Somoza. Que arriesgó su vida para salvar a un compañero guerrillero en pleno combate. Eso la distraería de la rabia y el disgusto que siente cada vez que escucha a Lady Di volver sobre sus padecimientos en manos de aquellas bestias. ¿Y si tuviera una esposa ese maldito? ¿Y si la vio morir tras una enfermedad penosa, cáncer en los ovarios, y si todavía la llora? Debe tener hijos ya maduros, nietos. Hace el papel de abuelo y los domingos los lleva a montar a su finca. Si alguno de ellos se enferma, él mismo va la farmacia a comprar la medicina, y si otro padece de asma lo traslada al hospital en su Jeep, ese mismo Jeep al que pega el remolque de caballos donde ha conducido a Lady Di a la cárcel, al cuarto de tortura.

Y los demás, enmascarados con pasamontañas, que son seguramente más jóvenes, ¿tienen novias, vecinos de su edad con los que se juntan a tomar cervezas, juegan billar, ven juntos los partidos del Barça y el Real Madrid en la televisión?

A uno de ellos, al que ha empuñado el fusil cuyo cañón ha entrado en el recto de Lady Di desgarrándole los tejidos intestinales y causándole una copiosa hemorragia, le avisan que acaba de morir su madre, atropellada tras bajarse de un bus de pasajeros en el barrio donde sirve como empleada doméstica. No acierta a apagar el celular el muchacho, se le cae al piso, las lágrimas le dificultan encontrarlo, permiso, comandante, acaban de accidentar a mi mamá, la están trasladando al hospital en una ambulancia, parece que ya va muerta, solicito permiso.

And so what? Ni le va ni le viene que el comandante Lagarto mire el reloj porque se le hace tarde mientras compra algodón de azúcar para sus nietos a un vendedor callejero, ni que su subalterno, raudo en su moto, vaya camino del hospital donde su madre está siendo depositada en una gaveta de la morgue.

Después oirá de un joven oficial que se corta el pelo al estilo fringe, usa agua de colonia Hugo Boss. Atildado, cortés, pulcro. Sus camisas las da a alistar en una dry cleaning. Estudia en cursos sabatinos para sacar su título de abogado y es fan perdido de Elisabeth Moss, no se pierde la serie El cuento de la criada. ¿Y si fuera gay, le importaría eso a Miss Sinclair? Se comporta sin violencia ni exabruptos en los interrogatorios porque sabe bien cuál es su papel. La tortura les toca a otros. A él le corresponde persuadir al reo para que firme al pie de la última hoja de la confesión, y que encima le quede agradecido por el buen trato.

La fábrica artesanal de colchones y colchonetas Buen Pastor del barrio Carlos Marx quedaba frente al salón de belleza Lady Di, entre la ferretería El Rey y un solar vacío con un palo de mango solitario sembrado cerca de la acera. Cuando le pegaron fuego a la fábrica Lady Di fue testigo del hecho. No es que se lo contaran. Y eso le ha costado lo que le ha costado.

Era una casa de tres pisos. En los dos de arriba vivía la familia Campos. Allí tenían su sala, su comedor, sus dormitorios. Y en el de abajo, a ras del suelo, la fábrica, donde todos, padres, hijos, sobrinos, trabajaban. Los policías y los paramilitares, que andaban operando juntos para entonces, querían poner francotiradores en la azotea para cazar a los muchachos de las barricadas levantadas en la pista de la Resistencia.

Rodearon la casa muy de mañana, exigiendo que les abrieran la puerta, pero don Óscar Campos, el propietario, dio orden de que no los dejaran entrar bajo ningún punto, un hombre pacífico, pastor protestante de la iglesia Fuente de Vida. Entonces, esa negativa los llenó de furia y empezaron a disparar contra las ventanas del primer piso, quebraron los vidrios a balazos, lanzaron cocteles molotov, y los colchones y colchonetas ardieron en instantes junto con los materiales, las telas para forrar, las láminas de hule espuma, la estopa de algodón para el relleno; y el fuego arrasó también con las máquinas.

Las bocanadas de humo negro se espesaban elevándose por encima del techo, las llamaradas subían rapidísimo y alumbraban las ventanas del segundo piso, llegaban al tercero, el fuego estaba cocinando vivos a todos los que estaban adentro, se oían las voces clamando, las toses de asfixia, y los policías y los enmascarados que cercaban la casa no dejaban acercarse a los camiones de bomberos, les advirtieron a los choferes que apagaban las sirenas o les disparaban, y entonces, en el balcón del segundo piso apareció Javier, un sobrino de don Óscar, había logrado salir rompiendo los vidrios de una ventana, se encaramó en el balcón y se lanzó a la calle, y lo mismo hicieron al rato Cynthia, la hija de don Óscar, y Maribel, su sobrina, fueron ellos tres los únicos que sobrevivieron, y apenas cayeron en la acera, atosigados de humo, se levantaron y corrieron a meterse en la casa de un vecino y, vaya milagro, los policías y los paramilitares no les estorbaron la carrera.

Se fueron por fin los asaltantes en sus camionetas Hilux después de que recibieron por radio la orden de levantar campo, y entonces entraron por fin los bomberos, tardaron en apagar las llamas con las mangueras, y lograron sacar los cadáveres, negros como tizones, que colocaron enfilados en la acera: don Óscar, su esposa doña Maritza, su hijo Alfredo y su esposa Mercedes más sus dos niñitos, Daryelis, que tenía año y medio, y Matías, que tenía 5 meses.

Empezaron las televisoras y las radios oficialistas a decir que la casa la habían incendiado los terroristas de derecha, pero Lady Di no sólo lo había visto todo. Lo había filmado con su teléfono desde detrás de la ventana del salón de belleza. Subió de inmediato el video a su cuenta de Facebook y se volvió trending topic, una lluvia enloquecida de reproducciones. Ya no podían desmentir nada.

Miss Sinclair escucha otra vez a Lady Di al tiempo que le soba la espalda buscando sosegarla: no había pasado el mediodía cuando la cuadra volvió a llenarse de Hilux porque llegaron a capturarme, un gran operativo militar, y no sólo me cogieron presa a mí, también a mi marido, Arnulfo, que es chofer de taxi, quebraron a patadas la cama donde estaba descansando del turno de medianoche, y allí en el piso, entre los restos de la cama, le abrieron la cabeza de un culatazo, esposado con un amarre de plástico lo sacaron en calzoncillos a la calle y se lo llevaron, nunca supe para dónde, hasta el día de hoy desaparecido, nadie dio ni da cuenta de él.

A mí me tenían ya esposada, en cuclillas contra una pared, y el comisionado que los mandaba a todos dijo que iban a catear la casa y también el salón de belleza en mi presencia, para que después nadie dijera que se habían robado algo. Todo aquello no era más que burla, porque lo que hicieron fue precisamente destruir y robar. En el dormitorio, donde quedaba la cama hecha pedazos, descolgaron del clóset todas las piezas de mi vestuario y las acarrearon a brazadas, mi traje vaporoso de la noche de la coronación, mis vestidos de fiesta y las camisas de mi marido, sus pantalones, no había nada que no fuera fino porque yo le escogía sus prendas.

Pero el ensañamiento peor lo tuvieron con el salón de belleza, allí si fue Troya, empezando por la quebrazón de espejos, arrearon con las existencias de la vitrina de productos en venta, cremas faciales, lociones corporales, accesorios de maquillaje, esmaltes de uñas, pestañas postizas, junto con todo lo que hallaron en gavetas y anaqueles, el stock de champús, acondicionadores, tintes, tónicos capilares, y lo mismo los pinceles, brochas, pinzas, mascarillas, frascos de químicos para alisado y rizado, y no perdonaron las palanganas lavacabezas, los peines, los cepillos, las tijeras, las navajas, las cizallas, metían en costales las capas de nylon, las toallas, los accesorios para cortar, teñir y lavar el cabello, y ya no se diga las tres sillas reclinables marca Maletti que las arrancaron de sus pedestales por el puro gusto de destruir, y las tres secadoras de pelo Costway, desbaratadas; la lámpara de luz UV, arruinada.

Me subieron a la tina de una Hilux en medio de aquel operativo tan imponente, haga de cuenta que era yo la peor criminal jamás vista en la Tierra, que ni el Chapo Guzmán me igualaba; arrancó la caravana rumbo a Plaza del Sol, donde está el cuartel central de la policía, pero cuando llegamos y abrieron el portón para dar paso a los vehículos, la Hilux que me llevaba a mí siguió de largo hacia la rotonda Rubén Darío y de allí agarró por la pista Juan Pablo II. Atravesamos Managua hacia occidente y cogimos el empalme de la carretera vieja a León, pasamos Ciudad Sandino y antes de Mateare dejamos de pronto la carretera para meternos en un camino de tierra buscando Chiltepe, y de pronto estábamos ya en la soledad, adonde vamos, qué quieren éstos, no sea que vayan a matarme y tirarme ya muerta en una zanja, es la última vez en mi vida que veo este paisaje, esos zacatales, aquellas lomas peladas, todos esos jícaros sabaneros, aquel guarumo coposo, ese cerco de alambre, nunca voy a saber cómo es que se llamaban esas montañas que se ven azulosas más allá de la costa del otro lado del lago. Hasta que nos topamos con un gran caballo de cemento asentado en las patas traseras sobre un pedestal delante de la entrada de la finca hípica, y en las caballerizas el comandante Lagarto esperándome con su cortejo de sicarios enmascarados.

La hicieron desnudarse dentro del cuarto de aperos, la obligaron a ponerse de rodillas, todos riéndose porque debajo del jean llevaba un blúmer mínimo ciclamen y un brasier rojo Victoria’s Secret, y uno de ellos se abalanzó a arrancarle el brasier relleno de esponja en las copas, este hijueputa engaña con esas tetas postizas y el buen culo que tiene, dijo el comandante Lagarto, te lo encontrás en un antro y después de media docena de bichas le metés mano y te sale que el trompo tiene puyón.

No ando en antros, no soy puta, tengo mi varón, reclamó ella. Altiva, intacto su orgullo todavía, pero allí mismo se estaba dando cuenta de que gastaba saliva de balde, porque el comandante Lagarto, que la miraba de soslayo, arrugó el entrecejo de manera burlona y de pronto le dio una soberana patada en la boca.

Fue entonces que perdí los dientes, los tres que me faltan, se señala Lady Di la boca. Te los van a reponer, dice Miss Sinclair, quedará preciosa tu dentadura, viene anotado en la epicrisis, emitirán la orden a servicios odontológicos. Pero no es eso lo más urgente, lo primero es el ojito, después los doctores irán viendo.

No estás aquí por anormal, porque te guste que te den por el culo, ya que bicho para que te la metan de todos modos no tenés, estás aquí por subversivo, por andar metido en esas hordas que siembran el caos, cabrón mentiroso, mal agradecido, que inventás mierdas en las redes. Un tufo a orines y estiércol, el olor a zacate recién cortado, el resoplido de los caballos en las cuadras, de repente un relincho.

Más te conviene cerrar las tapas, pensó ella, estar contradiciendo a este viejo fanático es puro suicidio, te van a dejar sin dientes, te van a quebrar la vida. Pero, en contra de ella misma, apartando la mano de la boca ensangrentada, alzando la voz, contestó: ¿Cuál mal agradecimiento? No le debo favores a nadie, vivo de mi trabajo, ¿y cuáles son mis mentiras? ¿Acaso miente el video donde sale cómo ustedes le pegaron fuego a la casa?

Y entonces la punta acerada de la bota del comandante Lagarto volvió a alzarse y le dio en el pómulo, cerca del ojo, fue esa la patada que le desgarró la retina, y cayó de rodillas con el impacto: ideay, resultó bujón el muy hijueputa, ¿te parece poco lo que has andado haciendo, cochón pendejito, ya voy viendo qué gobierno quieren poner todos estos vándalos degenerados, un gobierno rechivuelta de lesbianas, maricones, travestistas, qué alegre todo, en qué manos íbamos a quedar. Vamos para el Chipote. Vístanlo.

No. No sabe cuántos días pasó en la celda de castigo. Semanas. No lo sabe porque lo que es la luz no la apagaban nunca y la celda no tenía ventanas, de manera que si amanecía o atardecía eso pasaba en otro mundo. Y cuando la sacaban de allí era para los interrogatorios, en un cuarto que tampoco tenía ventanas. Además del chuzo eléctrico y las patadas, la agarraban a trompones, la metían en una pila hasta que estaba a punto de ahogarse, le martillaban una pistola pegada a la cabeza, y si empezaba a dormirse, acostada en el piso, la despertaban con una descarga del chuzo en el tórax. Y entonces se siente como si el corazón se te va a salir del pecho y te va a explotar. Como si te va a dar un infarto monumental.

Una vez de tantas la bañaron con una manguera, la vistieron con un uniforme de color celeste, como un pijama, le pusieron la capucha, dos custodios la llevaron agarrada por los brazos, se oían voces de mando, se abrían y se cerraban puertas, y cuando le quitaron la capucha estaba en una oficina con aire acondicionado donde todo lo que había era un escritorio pequeño y dos silletas a ambos lados del escritorio. Las paredes de ladrillos sin repello, pintadas de cal, reflejaban la luz que entraba por una ventana que daba al cráter de la laguna de Tiscapa. Se quedó extasiada contemplando los montarascales en el borde del cráter, azotados por el viento, los vehículos que, en silencio, como si se hubiera apagado todo ruido, bordeaban el bulevar al otro lado de la laguna invisible en el fondo, las nubes deshilachadas que pasaban lentas en el cuadro de la ventana.

Entró el oficial con el pelo cortado al estilo fringe, y la colonia Hugo Boss ella podía olerla a la legua. Muy educado, muy cortés. Se sentó al escritorio y le indicó la silleta al frente. ¿Tenía hambre? ¿Tenía sed? Y sin esperar respuesta fue a asomarse al pasillo y ella escuchó que daba una orden. Al rato trajeron una Burger King doble con un cucurucho de papas fritas y un vaso gigante de Coca Cola. Y mientras la veía comer con voracidad, los dedos embadurnados de mayonesa y salsa de tomate, bajó la voz a un tono confidencial para decirle que él, en lo personal, no estaba de acuerdo con esos procedimientos de interrogatorio.

Ella seguía afanada, metiéndose con cuidado la comida en la boca, evitando lastimar la encía donde faltaban los tres dientes, sorbiendo entre los labios entumidos la pajilla ensartada en el vaso de poroplast. Y lo siguiente que el oficial le dijo, siempre en tono confidencial, era que estaba en manos de ella irse a su casa hoy mismo, volver a su vida normal de antes; ellos buscaban que se restableciera la normalidad en el país, que la gente regresara a sus trabajos. ¿Cómo sería eso?, preguntó ella después de tragar el último bocado, después de chuparse de los dedos la mayonesa, la salsa de tomate, después de buscar afanosamente en el cucurucho si aún quedaba algún resto de papas fritas.

Él sonrió: sencillo. Firmás aquí, al pie de la última hoja, eso es todo. Y puso un legajo frente a ella. ¿Y qué dicen esos papeles?, preguntó, vea cómo tengo mi ojo, no puedo leer bien. Pues la verdad: que quien te encargó difundir el video falsificado, hecho a base de alta tecnología digital, fue el consejero político. ¿Cuál consejero?, no sé nada de ningún consejero, dijo ella. Él volvió a sonreír. No te vale hacerte la inocente, no me vas a decir que no conocés al consejero político de la embajada de Estados Unidos, que nunca has estado en su oficina para recibir instrucciones. Nunca he estado en esa embajada más que para tramitar una visa, que ni me la dieron, dijo ella. Pero si fue él quien te entregó el pago por tus servicios, sabemos que fueron diez mil dólares, te los dio en efectivo, en un sobre de manila.

El pómulo inflamado, el ojo hecho un cuajarón de sangre que le punzaba, los labios como de trapo, la encía de donde le habían apeado los tres dientes que no dejaba de sangrar, las costillas descalabradas, los huevos ardidos por las quemaduras del chuzo eléctrico, parecieron ponerse de acuerdo en aquel momento para elevarse en un solo dolor, agudo, insoportable.

Sólo me tenés que firmar donde está la línea punteada, arriba de tu nombre, reconociendo todo eso, después filmamos un video donde aparecés explicando los mismos conceptos de la declaración y te mando a dejar a tu casa. Pasan antes por Galerías, para que comprés ropa nueva, cortesía de la casa. Ropa de mujer, como es tu gusto. Nadie va a volver a molestarte. Eso te lo prometo, y se cumple. ¿Así como estoy, con el pómulo morado, el ojo como una rendija, chintana, los labios gruesos que ni los siento, así me van a filmar? Bueno, respondió el oficial, y la sonrisa le iluminó la cara, es cosa de maquillarte bien y que no abrás mucho la boca.

Mejor mándeme a dejar a mi celda, dijo ella. Él la miró, con cara incrédula. Estás perdiendo la oportunidad de tu vida, le dijo, no seas terco, una vez que volvás a manos de esos salvajes que te interrogan ya no puedo hacer nada por vos. Pero Lady Di, altiva, como si caminara sobre sus sandalias italianas de plataforma en la pasarela del Coco Jamboo la noche de su coronación, iba ya camino de la puerta.

Esperame, quiero doblarte entonces la parada, dijo el oficial y le cerró el paso: nosotros te financiamos tu operación, te mandamos a Cuba, al mejor hospital, allá te convierten en lo que querés ser, ¿no es mujer lo que querés ser? La compañera Mariela Castro, hija del propio Raúl Castro, está a cargo del programa de reconversión de sexos. Le contamos tu caso, y ella te lo resuelve.

Yo vi todo lo que hicieron, contesta ella. Yo filmé ese video, yo lo subí a las redes, eso es lo que puedo declarar. Entonces que te lleve la mierda de una vez por todas, dijo él, abrió la puerta de mal modo, la devolvió a los custodios que aguardaban en el pasillo, y ella agachó dócilmente la cabeza para que le pusieran de nuevo la capucha.

A veces Lady Di amanece hosca. No es el miedo el que revive en ella al salir de las aguas sombrías adonde desciende hasta el fondo. Lo que siente es ira. Contesta con monosílabos, rechaza de mal modo la bandeja del desayuno. No tengo hambre, le dice a Miss Sinclair, llévese de aquí esa mierda. Como si yo fuera tu enemiga, le responde ella, sin dejar de acercarle la mano tibia a la frente.

Pero otras veces la recibe cordial. Madre, le dice, a como nombran en Nicaragua a las mujeres desde que van para mayores, a medio camino entre el respeto y el desdén, cuando compran verduras y frutas en la calle, cuando pagan en la caja del supermercado, cuando esperan turno en un centro de salud: tome, madre, aquí tiene sus aguacates, se los escogí hermosos. Aquí está su vuelto, madre. Tiene que coger ficha para su turno, madre.

No te he contado nunca mi vida, si yo te contara, le dice Miss Sinclair una de esas veces que la encuentra sonriente; aunque, qué diferencia, vos, con lo que te ha pasado podés escribir un libro, y lo mío apenas da para una página. A ver, socialice, le pide Lady Di, juguetona. Aquí donde me ves, metida en este uniforme blanco que me talla del trasero porque me he pasado unas libritas de peso, o porque las negras somos anchas de esa parte fundamental, y me han ido saliendo estas canitas tan graciosas en rulitos, una cabeza condimentada, salt and pepper, yo fui así como vos, delgada, my sweetie, y tenía garbo, tenía prestancia, una palmerita airosa. Y tenía sex appeal, cómo no.

Se me metió Pancho Hooker entre ceja y ceja, y mi madre en su cantinela: ese negro no te conviene, es muy viejo. Era estibador en Puerto Limón. Me robó de mi casa, el muy bandido, y me llevó para la suya. Buscó un ripio de tabla, lo lijó, lo barnizó y con un clavo al rojo vivo fue escribiendo: Here is the Garden of Eden. Y lo clavó en la puerta. Pero el jardín del paraíso pronto se llenó de espinas. La primera vez me pegó una bofetada con la mano abierta porque no le quedó bien almidonada la camisa que se ponía los domingos para asistir al culto pentecostal. O.K., let it be. Pero la segunda vez, wait, wait a minute. Dejé muy calmada la tabla de planchar, me dirigí a la cocina, agarré el cuchillo más filoso que encontré y volví delante de él: no habrá próxima bofetada, le dije, porque antes de que alcés la mano te corto los testículos con este cuchillo y te los pongo de corbata. Se fue Pancho a la calle en camisola desmangada, sin camisa que ponerse, y yo volví con mi madre. Y se reía, como si un puñado de caramelos se disolviera en su boca.

De regreso en la celda tras su entrevista con el oficial del corte fringe, la agarraron entre todos, volvieron a desnudarla, la pusieron bocabajo contra el piso, le abrieron a la fuerza las piernas y le metieron en el culo el cañón del AK. Y tanto fue el daño y tanta fue la hemorragia que se vieron obligados a trasladarla a emergencia médica y de allí al hospital de la policía, donde la tuvieran encamada cerca de un mes.

Pero más que el dolor del desgarre, como si lo que tuviera fueran brasas ardientes quemándole por fuera y por dentro; más que la imposibilidad de cagar, por el miedo de hacer fuerza; más que la tortura tan monótona de no poder moverse de la misma posición, acostada de espaldas en el catre, más que todo eso, lo insoportable era seguir viva, para qué quería la vida si la habían dejado más que desnuda violándola, como si su humanidad fuera una piel que le hubieran arrancado hasta quedar en carne viva, y ya no se sentía un ser humano sino un animal de descarte, un animal triste hasta la muerte.

¿Sabés como terminó Pancho Hooker?, dice Miss Sinclair. Ahogado en el mar. Se apartó del grupo de hermanos pentecostales con los que participaba en un bautizo y de pronto empezó a caminar para adentro, metiéndose en el oleaje, hasta que no lo vieron más; alguien puede hacer eso borracho, pero él no bebía, por mandamiento de su religión. Era un violento que me alzó la mano dos veces estando sobrio, y sobrio se ahogó. Si antes de la dichosa noche en que me acosté por primera vez con Pancho Hooker, alguien me dice que un día me iba a alzar la mano, lo que nunca se me habría ocurrido, y que otro día se ahogaría en el mar de su propia voluntad, lo que tampoco se me habría ocurrido, yo hubiera contestado: eso sólo pasa en las novelas. Life’s different.

A Lady Di la trasladaron a la cárcel modelo de Tipitapa, una cárcel para hombres. ¿Y qué era ahora lo peor para ella? Que sus propios compañeros de galería, presos por la misma causa, porque se habían rebelado contra la dictadura, la rechazaran, que le hicieran burlas. En la celda vecina de la derecha había un muchacho de la iglesia bautista que buscaba adoctrinarla clamando contra la sodomía: ¡quien se acuesta con otro hombre comete infamia y se consumirá en las llamas eternas! Y Lady Di gritaba de vuelta: ¡Dios no puede mandarme al infierno porque no le hago daño a nadie!

El preso de la celda de la izquierda era de oficio sastre, ése sí tranquilo. Lograron hacerse amigos, y entonces ella se las ingenió para pasarle una hoja de papel con el diseño de un traje de su invención, pantalón, top, y un chaleco. “Para cuando estemos libres quiero este vestido”, escribió al reverso. ¿Y sabe qué hizo él, madre? En una visita recibe de parte de su hermana una sábana azul, y con esa sábana corta el traje, y trenzando bolsas plásticas saca el hilo para coserlo. Le quedó precioso el modelito, y lo bien que le tallaba a ella cuando se lo puso, aunque sólo fuera para lucirlo en soledad.

Y entonces los carceleros, y los otros presos de la galería, empezaron a burlarse del sastre diciéndole que ahora él era mi nuevo marido; y si algún otro me pasaba algo de comida, de la que le llevaban sus familiares, se burlaban también: ahora vos la estás manteniendo, le decían, prueba de que sos su querido. Y hubo quienes dejaron de convidarme por temor a las burlas.

Luego, cuando me hicieron presentarme la primera vez delante de la jueza, me siento yo frente a ella y cruzo mi pierna, y desde el lugar donde está encaramada me ordena: siéntese como hombre porque usted es hombre, y déjese de esas pantomimas. Ésa fue la jueza que me condenó a treinta años de cárcel por terrorismo, secuestro, entorpecimiento de la vía pública, robo agravado, tráfico de armas, posesión de drogas ilícitas, el mismo rosario de delitos que les aplicaban a todos los demás que habían estado en los tranques de las carreteras y en las barricadas en las calles; pero a mí me agregaron también el cargo de difusión de informaciones falsas, contrarias a la paz y la concordia nacional.

Un año entero pasé en la cárcel modelo. Vino una amnistía por la presión internacional y aparecí en la lista de presos liberados. Me preguntaron dónde quería ir y dije que a mi casa del barrio Carlos Marx. El salón de belleza lo hallé convertido en oficina del Comité de Defensa Ciudadana, y en mi casa vivía una mujer, lideresa de la sección de carnes del Mercado Oriental, que me amenazó con acusarme de invasión a la propiedad privada si volvía a aparecerme.

Enfrente, la casa de tres pisos donde había vivido la familia Campos, con la fábrica de colchones y colchonetas en el primer piso, seguía abandonada; sus paredes color aqua, sollamadas por el fuego; las ventanas, unos huecos negros.

Fui a buscar refugio en la casa de una tía en el barrio don Bosco, que me recibió bien, pero le hicieron la vida imposible. Rodeaban de patrullas de policía la casa, fotografiaban a la pobre señora al entrar y salir, amanecían las paredes con rótulos, COCHÓN SUBVERSIVO, TE TENEMOS VIGILADO, AL PRIMER ALETEO SOS MUERTO. Hasta que le dije a mi tía que mejor me iba a buscar la frontera sur, y ella, caritativa, me dio un dinerito suficiente para llegar en bus hasta Peñas Blancas, y de allí crucé por veredas hasta el poblado de La Cruz, donde me acogieron como refugiada. De mi marido, ya se lo he dicho, madre, no volví a saber nunca nada.

Como todavía defecaba sangre, en Liberia los médicos decidieron mandarme aquí a este hospital. Esa parte no necesitás repetirla, dice Miss Sinclair, está en tu expediente, está en la epicrisis. Y posa la mano sobre su frente: es hora del antibiótico.

Otra vez está amaneciendo. Ponga música, madre, pide ella. Miss Sinclair busca en su celular y sintoniza la Columbia Estéreo, a un volumen tan bajo que casi no se percibe, tanto que el ruido lejano del tráfico en la autopista por momentos llega a dominar la música. Luis Fonsi y Daddy Yankee cantan Despacito.

Miss Sinclair, los brazos en jarras, contempla divertida a Lady Di tendida en la cama, y el lento gorjeo de la risa grave y ceremoniosa empieza a brotar en su garganta. Se acerca, baja la baranda protectora, le extiende las manos, y la alza para ponerla de pie. Ahora hace que recueste la cabeza en su hombro. Dan el primer paso buscando el compás y escapan de caerse. Ahora son dos las que ríen, una en tono grave, la otra con un timbre más agudo, cantarino, que bien pudiera parecer alegre.

Pero todo es tan engañoso.

 

Sergio Ramírez
Escritor, periodista, político y abogado. Es Premio Cervantes 2017. Su más reciente libro es Tongolele no sabe bailar.