Duarte, el priista perfecto

Presentamos un adelanto de Duarte, el priista perfecto (Grijalbo), libro del reportero Arturo Ángel que narra cómo el exgobernador de Veracruz presuntamente tejió una red de empresas fantasma para desviar cientos de millones de pesos del presupuesto estatal.


Los excesos de Duarte

En el Veracruz de Javier Duarte se alternaban dos realidades. Una, la de la abundancia, en la que el gobernador podía enviar “un helicóptero por unas tortas” —aun cuando la hora de vuelo costara 25 mil pesos—, ir a un restaurante y pagar una cena de 300 mil pesos o rentar 15 suites de lujo en España, para un viaje de titulación, por módicos 15 millones de pesos. ¿Por qué no un bonito anillo para Karime?, sin importar que costara 120 mil… dólares. Había más dinero del que se podía gastar.

La otra, la de la carencia. No había recursos para pagarles a maestros, burócratas ni jubilados. Hubo que hacer sacrificios y quedarse con los fondos de los municipios. Lo de los desaparecidos, qué pena y qué desgracia, pero eso de tomarles muestras de adn a los familiares es imposible, no alcanza. ¿Dinero para patrullas? Ni soñando. Además se les debían 40 mil millones de pesos a los bancos.

En la realidad de la abundancia —en la que estaban instalados Duarte, sus amigos, familiares y excolaboradores, es decir, sus cómplices—, Veracruz era uno de los estados más seguros del país. Los Zetas habían desaparecido y los únicos delitos que se cometían eran robos de “frutsis y pingüinos”. El estado era sinónimo de libertad de expresión, todos podían decir lo que quisieran. ¿Que a veces asesinaran o desaparecieran a algunos reporteros? Ok… pero eran las “manzanas podridas del árbol”. En la realidad de la carencia —la de todos los demás millones de veracruzanos—, los desaparecidos y los homicidios se contaban por centenares, aunque el gobierno manipulara las cifras y los cuerpos se escondieran bajo tierra, en fosas clandestinas, con todo y la complicidad de los policías. En efecto, cualquier ciudadano podía decir o publicar lo que quisiera, pero debía atenerse a las consecuencias. La libertad de expresión era una zona de riesgo.

En el mundo de Duarte —el que describió en su declaración patrimonial— ni él ni su esposa tenían propiedades en el extranjero y su único patrimonio eran dos casitas, una en Córdoba y otra en el centro del puerto. En el mundo de todos los demás, el matrimonio poseía un imperio inmobiliario que se extiende por 12 ciudades y supera los mil millones de pesos.

Ninguno de los ejemplos anteriores es una exageración o un invento. Son, eso sí, botones de muestra del Veracruz de Javier Duarte… el de los excesos. Su gobierno, o mejor dicho, su círculo de familiares, cómplices y amigos, gastaba de forma obscena mientras el estado se sumergía en la quiebra. Con burlas, el gobernador minimizaba la violencia o la persecución a la prensa, mientras miles de víctimas le exigían respuestas. El gobernador, que se vanagloriaba de ser un experto en números, ni siquiera se preocupó de que al menos en los primeros años de su sexenio le cuadraran las cuentas. Ni eso.

“Se lo comió la ambición”, “se quiso enriquecer muy rápido” o “se enloqueció”, son las frases con las que excolaboradores y amigos de Javier Duarte intentan expresar lo que le sucedió a un candidato que parecía perfecto y que resultó ser el peor gobernador.

“En arca abierta, el justo peca”

Era 2004. El entonces gobernador de Veracruz, Fidel Herrera, se comprometió a ayudar a un grupo de ganaderos que le pidieron 500 mil pesos extra para rehabilitar unos terrenos afectados por la lluvia. Cuando le ordenó a su subsecretario de Finanzas que iniciara los trámites correspondientes, éste simplemente le dijo que no.

—¿Cómo de que no? Ya me comprometí a darles el medio millón —le dijo Fidel Herrera.

—Si les damos 500 mil, luego van a pedir un millón; si les damos un millón, luego van a querer dos. Las finanzas del estado no están para eso —respondió el subsecretario.

—Y entonces ¿qué sugieres que hagamos? A esta gente hay que atenderla. El gobernador no puede hacer como que no los escucha —insistió el mandatario.

—Yo lo puedo resolver con 50 mil pesos, déjemelo a mí… —dijo el subalterno.

—¿Estás seguro? No podemos quedar mal, Javier —advirtió Hererra.

—Mire, gobernador, si les damos a estas personas lo que piden, van a querer hacerlo siempre. Van a creer que tienen las arcas públicas abiertas todo el tiempo y eso puede ser un problema. Acuérdese que en arca abierta, el justo peca…

El precavido y cuidadoso subsecretario de Finanzas que convenció a Fidel Herrera de actuar con prudencia ante los ganaderos era Javier Duarte de Ochoa. Sí, el mismo que seis años después se convertiría en gobernador de Veracruz y que llevaría prácticamente a la quiebra a su estado, con una deuda de casi 100 mil millones de pesos y otros 35 mil millones que se esfumaron.

Ni sus más cercanos colaboradores —varios de los cuales accedieron a hablar con el autor de este libro— se explican qué fue lo que sucedió con un Duarte que antes de ser gobernador había destacado por su cuidadoso manejo de los números, la pulcritud en sus informes y por una política de máxima austeridad cuando se trataba de manejar los dineros públicos. “Ni un peso faltaba en las cuentas de Javier”, señala uno de ellos. Desde el primer año de su mandato, y traicionando lo que él mismo pregonaba, Duarte abrió las arcas públicas para sus familiares y amigos, los cuales, por cierto, estaban agrupados en tres círculos distintos. El saqueo, como lo revela el testimonio ante la pgr del abogado Alfonso Ortega, excolaborador de Duarte en los desvíos, comenzó desde el primer mes de su gobierno.

El propio Arturo Bermúdez, exsecretario de Seguridad Pública de Veracruz, declaró ante la pgr que los recursos públicos eran desviados, aunque estuvieran destinados específicamente para un objetivo y programa en particular, y que esto se hacía casi “por decreto del gobernador”. El exjefe de la policía no exageró. Resulta que en diciembre de 2011, es decir en el primer año de su sexenio, Duarte publicó el Decreto Número 289 en la Gaceta Oficial del estado. Dicha disposición había sido aprobada por el Congreso local que tenía una mayoría abrumadora de diputados del PRI, el partido del gobernador. El título del decreto, bastante largo, era el siguiente:

Que autoriza al Ejecutivo del Estado, a través de la Secretaría de Finanzas y Planeación, la Contratación de Financiamientos para la Reestructuración de Deuda Pública Vigente y de las obligaciones pendientes de pago con terceros, así como la afectación de participaciones federales del estado, como fuente de pago o garantía de los financiamientos a contratar.

El decreto de seis páginas estaba lleno de tecnicismos, pero según exfuncionarios del gobierno de Veracruz, lo que se autorizaba con él era tomar —literalmente— los recursos ya etiquetados para concentrarlos en cuentas del estado. De ahí, utilizarlos para las “necesidades prioritarias”. En resumen, era una acción que en términos estrictamente legales no era correcta, pero que se justificaba con un noble propósito: atender las necesidades urgentes de la población. Esto trajo consigo consecuencias obvias: cuando la asf inició la revisión de las primeras cuentas públicas de Javier Duarte, es decir las de 2011 y las de 2012, detectó que había miles de millones de pesos extraídos de las partidas y que no aparecían por ninguna parte.

Los auditores se preocuparon. Era común que los estados tuvieran anomalías en el manejo de las partidas, pero les llamaban la atención dos cosas en el caso de Veracruz: una era que los montos resultaban significativamente elevados —más de 10 mil millones de pesos— y la segunda es que esas anomalías comenzaron en la primera mitad del gobierno de Duarte, cuando lo habitual es que los malos manejos del erario se manifiesten en los últimos tres años.

Ante esta situación inédita se planteó una reunión directa entre los auditores y el gobernador Javier Duarte para saber qué estaba sucediendo. Lo que el mandatario les dijo, de acuerdo con lo expresado por la propia asf al autor de este libro, es que “el dinero lo estaba usando para gobernar el estado”, es decir, atendiendo las necesidades básicas de la gente y de los trabajadores del gobierno. El mismo argumento del decreto. Los funcionarios de la asf le indicaron a Duarte que no era correcto gastar el presupuesto etiquetado de una cosa en otra, aun cuando el propósito fuera muy noble. Sin embargo, le señalaron que las irregularidades quedarían subsanadas si comprobaba en qué “otros conceptos” se había invertido, ya fueran servicios sociales o en el pago de sueldos. Es decir, el tema no pasaría de una observación de carácter administrativo. El problema es que estas anomalías nunca se subsanaron.

“Veracruz resultó ser un caso atípico, porque nunca se comprobó nada. Faltaba dinero de los recursos públicos y, aun cuando se daban pretextos, nunca se aportaba la documentación que lo sustentara. Es decir, no tenemos duda de que todo el dinero que no está ya no se va a encontrar. Se lo robaron, literalmente”, dijo una de las personas con pleno conocimiento de procesos de auditoría.

El anterior no fue el único engaño del gobierno veracruzano a los auditores. En los primeros años de su administración Duarte se comprometió a regresar el dinero faltante detectado en 13 auditorías distintas, algunas de las cuales correspondían incluso al periodo de su antecesor, Fidel Herrera. Y así lo hizo. Se depositaron aproximadamente 4 mil millones de pesos en las cuentas de los programas afectados. Pero cuando los auditores volvieron a verificar esas cuentas meses después, detectaron que el dinero fue retirado nuevamente sin justificación alguna. Es decir, los reintegros fueron una simulación.

Luego de dos años de revisiones y de intentos fallidos de explicar lo inexplicable, en noviembre de 2014 la asf comenzó a presentar denuncias formales ante la pgr por las referidas simulaciones y por los recursos faltantes en las cuentas públicas de 2011, 2012 y 2013. En los meses siguientes vino un segundo paquete de denuncias por las anomalías detectadas en 2014 y 2015. Es decir, no hubo un solo año en el que pudiera justificarse el mal manejo de las arcas públicas. A falta de que se revelen los datos de 2016, el tamaño del boquete faltante supera los 35 mil millones de pesos, y eso sólo de recursos federales.

¿Cómo es posible que un doctor en economía, experto en números y presupuestos, no pudiera presentar buenas cuentas al menos en un año de su gobierno? Una de las explicaciones, de acuerdo con un alto exfuncionario de Veracruz, es que pudo deberse a la inestabilidad en la Secretaría de Finanzas: por ahí pasaron siete titulares y ninguno de ellos logró establecer un método de trabajo. Pero uno de los exsecretarios de Finanzas, que aceptó aportar datos para esta investigación periodística con la condición de mantener el anonimato, reveló que la razón por la cual ni siquiera se intentó subsanar los desvíos de los primeros años era porque simplemente no les interesaba hacerlo. “No había interés realmente en tener las cuentas públicas en orden y devolver recursos. La estructura que se creó fue para seguir extrayendo dinero. Para enriquecerse lo más rápido posible. Era una ambición desmedida”.

El desvío de los recursos se operaba desde dos posiciones clave: la Tesorería de la Secretaría de Finanzas y la Secretaría Particular del gobernador. El tesorero era el responsable, directamente, de autorizar la salida de los recursos de cualquier cuenta pública, mientras que el secretario particular, como la persona más cercana al gobernador, se encargaba de aplicarlos siguiendo sus instrucciones.

Este modus operandi en el desvío de recursos públicos se mantuvo desde 2011 hasta mediados de 2015. “Para el último año y medio (de la administración de Duarte) la voracidad ocasionó que los recursos prácticamente se terminaran. El cajón ya estaba vacío. Todo se hizo al principio”, dijo el exsecretario consultado.

¿Quiénes ocupaban la Tesorería y la Secretaría Particular en los años en los cuales se cometió la mayor cantidad de desvíos? Se trata de personas claramente implicadas en irregularidades con los recursos públicos.

El primer tesorero fue Vicente Benítez González, quien detentó el cargo poco más de un año hasta que tuvo que renunciar por el hallazgo de 25 millones de pesos escondidos en dos maletas en el aeropuerto de Toluca. Ese “incidente” ocurrió en plena campaña electoral de 2012. Se dijo en aquel momento que eran recursos para pagar eventos como la Cumbre Tajín, pero fue mentira. El siguiente tesorero fue Antonio Tarek Abdalá, que duró en el puesto casi tres años hasta que renunció para contender por una diputación federal, lo que hoy le permite gozar de fuero constitucional.

Por lo que se refiere al secretario particular del gobierno de Veracruz, la figura clave fue Juan Manuel del Castillo, quien primero trabajó como jefe de asesores de Duarte y luego ocupó la posición más cercana al mandatario. En ese cargo se mantuvo hasta finales de 2012, cuando fue nombrado subsecretario de Finanzas; en 2014 volvería como secretario particular.

Declaraciones ministeriales de cómplices de Duarte en operaciones de lavado de dinero, y que obran en poder de la PGR, confirman que Juan Manuel del Castillo participó activamente en el desvío de recursos y en su posterior encubrimiento.

¿De dónde se desviaban los recursos? De donde se pudiera. La Tesorería de la Secretaría de Finanzas, gracias entre otras cosas al Decreto 289, podía echar mano prácticamente de cualquier cuenta del estado de Veracruz, así como del presupuesto de cualquier dependencia local. Las decenas de denuncias penales que en los últimos años ha presentado la asf son prueba de lo anterior. Algunos ejemplos:

• En 2011 hubo 122 millones de pesos que la Secretaría de Educación Pública Federal transfirió a la Secretaría de Finanzas de Veracruz para la Universidad Veracruzana, pero la Tesorería del estado simplemente se los quedó.

• En 2012 se identificó que 315 millones de pesos enviados a Veracruz para el Fondo de Aportaciones para los Servicios de Salud (fass) fueron tomados por Finanzas y enviados a otras cuentas. Nunca se devolvieron.

• También en 2012 la Tesorería de Finanzas supuestamente canalizó mil 29 millones de pesos para la Secretaría de Salud del estado, pero ésta nunca comprobó en qué se usaron.

• En 2013 el gobierno federal transfirió al gobierno de Veracruz mil 580 millones de pesos del Seguro Popular, gracias al cual personas de bajos recursos pueden recibir tratamientos para enfermedades graves como diabetes o cáncer. Pero la Tesorería los retuvo y nunca se los transfirió a los servicios de salud.

• En 2014 la Tesorería de la Secretaría de Finanzas retiró de forma indebida 149 millones de pesos del denominado Fondo Metropolitano, que son recursos federales que se entregan a un estado para que a su vez se repartan a los municipios y se usen en servicios públicos y obras básicas.

• Ese mismo año Finanzas también sacó 891 millones de pesos de la cuenta del Fondo de Aportaciones Múltiples —que se usa para programas de alimentos y obras de educación básica— y los envió a otras cuentas del gobierno. Nunca fueron devueltos.

• Ya en 2015 se identificaron 533 millones de pesos entregados a Veracruz para diversas obras que en realidad nunca se hicieron o completaron.

¿Quién figura como principal responsable en las denuncias penales interpuestas ante la pgr por todos estos recursos desviados y hoy desaparecidos? Justamente el tesorero del estado de Veracruz, Antonio Tarek Abdalá, pero ninguno de estos casos se encuentra consignado ante un juez, o por lo menos no hasta el momento en que se publican estas líneas. Hasta aquí se trata de recursos federales, pero en el caso del uso indebido de recursos estatales, el problema es de dimensiones mayúsculas. La diferencia es que por años la auditoría local de Veracruz, conocida como órgano de Fiscalización Superior (Orfis), encubrió de forma sistemática los malos manejos del gobierno de Duarte. En la segunda mitad de 2016, ya con el pri derrotado electoralmente en el estado y con Duarte pidiendo licencia y dándose a la fuga, el Orfis comenzó a destapar la cloaca de irregularidades cometidas en todos los años anteriores. En un lapso de cinco meses interpuso casi 30 denuncias penales en contra del gobierno estatal, nada más y nada menos que por 22 mil millones de pesos desviados o desaparecidos. Un fraude de magnitud similar al registrado a escala federal. Las denuncias prueban que los recursos se tomaron de donde se podía, desde el dinero de los pensionados y de los maestros hasta recursos del DIF estatal o de la Secretaría de Protección Civil.

Entre estas denuncias se encuentran los recursos que más de una decena de dependencias del gobierno de Duarte entregó a la red de empresas fantasma. En el capítulo anterior se reveló que estos pagos fueron autorizados y ejecutados desde la Tesorería de Finanzas y luego enviados a las áreas administrativas de las dependencias para simular licitaciones y adjudicaciones. Los resultados de las auditorías del Orfis, dados a conocer tras la salida de Duarte, revelan un aprovechamiento voraz, pero también una imaginación siniestra, para afectar cuanta partida o cuenta se pudiera con tal de desviar dinero público, sin importar que pudieran afectar a personas que estuvieran en situaciones graves o de emergencia.

Por ejemplo, la auditoría practicada al presupuesto de la Secretaría de Desarrollo Social de Veracruz reveló que en octubre de 2015 el gobierno de Duarte destinó 399 millones 994 mil pesos para población damnificada por lluvias. Esto al amparo de la declaratoria de emergencia número 602 que la Secretaría de Gobernación emitió y con la cual se autorizó la salida de recursos del Fondo de Emergencias (Fonden). Con ese dinero se contrató a cerca de una decena de proveedores distintos que en teoría iban a comprar despensas, materiales para reforzar pisos, láminas para techos, paquetes de muros de concreto, cobertores y colchonetas. Todo fue una farsa.

Los proveedores contratados en realidad eran… empresas fantasma. Los auditores detallan que tres firmas, denominadas DETG Construcciones Ambientales S. A. de C. V., Agregados Facere S. A. de C. V. y Edificaciones Abnegatio S. A. de C. V., tienen la misma representante legal y accionista, de nombre Claudia Melgarejo Zarco, y que el domicilio fiscal de estas compañías se encuentra en Puebla. Sin embargo, en una visita de inspección se descubrió que la empresa no existe en el domicilio indicado y su representante legal tampoco fue localizada.

Luego, cuando los auditores se dieron a la tarea de buscar a los damnificados “beneficiados”, todos habitantes de los municipios de Acayucan, Catemaco, Cosoleacaque, Sayula de Alemán, Chinameca, Oteapan, Tecolutla, Poza Rica, Tihuatlán, Tuxpan y Cazones de Herrera, se confirmó una farsa. Las personas dijeron a los auditores que nunca recibieron esos apoyos. Este uso de personas damnificadas para desviar recursos también fue documentado en el reportaje “Las empresas fantasma de Veracruz”. Ahí se evidenció que en 2013 Protección Civil de Veracruz entregó casi 30 millones de pesos a compañías fantasma para pagar supuestos productos de limpieza, cobertores y colchonetas que se entregarían en regiones afectadas por lluvias torrenciales. En estos casos ni siquiera existía una lista o padrón de personas beneficiadas. Pura simulación.

Un gobierno paralelo

De acuerdo con el exsecretario de Finanzas, que declaró off the record para esta investigación, había una especie de “gobierno paralelo” compuesto por empresarios y amigos de Duarte. En esa instancia informal se manejaban los recursos una vez que salían de las cuentas oficiales. Incluso, según la confesión ante la pgr de uno de los abogados que colaboró en esta red delictiva, se diseñó un software especial para dar seguimiento al uso del dinero desviado.

Había tres personajes de mayor confianza de Duarte en este “gobierno paralelo”. El primero era el empresario Moisés Mansur Cysneiros, quien además de fungir como su principal prestanombres y coordinador de todas las operaciones también se encargaba de supervisar directamente la asignación de contratos relacionados con obras en el estado. Mansur es el empresario acusado de cooperar en operaciones de lavado de dinero, como ya se mencionó.

Después se encontraba José Francisco García González, mejor conocido como Franky García, un empresario azucarero que, según lo revelado por el exfuncionario entrevistado, decidía la asignación de contratos por supuestas “asesorías” en múltiples secretarías del gobierno. García también fungía como prestanombres para la adquisición de propiedades. Un ejemplo claro de su involucramiento en operaciones con dinero ilícito se registró en mayo de 2015, cuando su hermano Mariano fue detenido con cinco millones de pesos en efectivo que llevaba dentro de una maleta en el aeropuerto de Toluca. Si el caso suena familiar es porque tres años antes se había detenido exactamente de la misma manera y en el mismo sitio a dos empleados de la Secretaría de Finanzas, sólo que con un botín mayor: 25 millones de pesos. El tercer personaje clave era Jaime Porres, otro empresario originario del municipio de Córdoba, paisano de Duarte, y amigo desde la infancia del exgobernador. Porres habría colaborado de cerca con Mansur en el movimiento de recursos públicos y también fungió como prestanombres. A su cargo específico tenía el manejo de recursos extraídos de los fondos de salud y la obtención de créditos, sobre todo con el banco Multiva.

Por otro lado,  había un grupo de empresarios que no estaban involucrados directamente en operaciones como prestanombres, pero que en este “gobierno paralelo” eran de los más beneficiados con contratos. Incluso un exalcalde veracruzano —cuyo nombre se omite por razones obvias— dijo que estos “empresarios” se presentaban en las alcaldías a “nombre de Duarte” para que se les asignaran contratos y recursos. Se trataba principalmente de Rolando Reyes Kuri, agente aduanal; su hermano Javier García Kuri, que era un constructor contratista; y Enrique Cházaro Mabarak, empresario gasero fundador de Gas Mabarak S. A. De acuerdo con el exalcalde, todos fueron proveedores y recibieron recursos públicos casi por orden directa de Duarte.

Por supuesto, al frente de este “gobierno paralelo” —y del gobierno real— estaba Karime Macías Tubilla, la esposa de Javier Duarte, y que según todas las fuentes consultadas por este autor era considerada prácticamente una “vicegobernadora”. Ella podía encabezar reuniones del gabinete oficial u ordenar la inversión de recursos extraídos ilegalmente. Hasta la publicación de este libro las autoridades continuaban dando seguimiento a la manera en que esta estructura paralela, apoyada en redes de empresas fantasma y prestanombres, pudo mover miles de millones de pesos e introducirlos en el sistema financiero. La Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda detectó múltiples triangulaciones que van más allá de México. Se está dando seguimiento a cuentas bancarias en Suiza, España, Estados Unidos, Costa Rica, Hong Kong, Canadá, Panamá, Cuba, Guatemala, Reino Unido, Alemania, Colombia e Italia.

Los miles de millones de pesos desviados de las arcas públicas de Veracruz pudieron tener múltiples destinos, desde la adquisición de artículos de lujo hasta el financiamiento de campañas electorales. Pero sin duda uno de los principales usos de ese dinero fue la construcción de un auténtico imperio inmobiliario en al menos 12 ciudades de cuatro países distintos. Para dimensionar los extremos a los que llegó el gobernador, habrá que remitirse a la declaración patrimonial que hizo pública el 27 de julio de 2016. Ahí Duarte aseguró tener dos casas, ambas adquiridas en 1996. Una está edificada en un terreno de 150 metros cuadrados en el fraccionamiento Alameda del municipio de Córdoba y tiene un valor de 700 mil pesos. La otra es una casa en una superficie de 85 metros cuadrados en la colonia Centro del puerto de Veracruz, con un valor de un millón de pesos. Son todas sus posesiones, oficialmente.

“No tengo propiedad alguna en el extranjero, lo repito. No tengo. Acabo hace dos días de presentar y hacer pública mi declaración patrimonial. Mi esposa tampoco tiene propiedades”, dijo Duarte en una entrevista de radio luego de presentar su declaración, la que incluso presumió que estaba más completa que la de otros gobernadores. Cabe señalar que ni Transparencia Mexicana ni el Instituto Mexicano de la Competitividad avalaron esta declaración patrimonial, pues consideraron que tenía múltiples omisiones.

¿Quién elaboró la declaración del exgobernador? El autor de este libro pudo confirmar que fue el último contralor de su administración, Ricardo García Guzmán, el mismo que negó, en mayo de 2016, que en Veracruz operaran empresas fantasma y que existieran irregularidades en los contratos. En realidad Javier Duarte no mentía: únicamente dos propiedades están a su nombre. Tal como ocurrió con las empresas fantasma de su gobierno, había dos verdades, y ésta solamente era la de papel.

En cambio, las confesiones de sus excolaboradores y las investigaciones de la pgr y de la Fiscalía de Justicia de Veracruz arrojan que Duarte y su esposa Karime poseen un imperio inmobiliario que supera los mil millones de pesos en al menos 12 urbes de cuatro países distintos. Y por supuesto nada está a su nombre, sino de sus cómplices o de empresas fachada, creadas para ocultar los bienes.

Por lo que respecta a México se han localizado propiedades de Duarte a nombre de otros en Tlacotalpan y Alvarado, Veracruz; en Ixtapa Zihuatanejo, Guerrero; en Valle de Bravo, Estado de México; y en la delegación Miguel Hidalgo, en la Ciudad de México. En Estados Unidos se han identificado bienes en Woodlands, Texas; en Nueva York; en Miami, Florida; y en Salt Lake City, Utah. Además se tienen identificados inmuebles que también pertenecerían a Duarte en España, concretamente en Bilbao, Santander y Madrid. Finalmente los investigadores presumen que también posee al menos una propiedad en Guatemala.

En una declaración ante los fiscales de la pgr, el abogado Alfonso Ortega López describió varias de las propiedades que se adquirieron a través de los recursos públicos desviados por el exgobernador de Veracruz. Entre ellas destaca el rancho Las Mesas, en Valle de Bravo, una enorme propiedad cuya estructura central cubre más de mil metros cuadrados. El rancho, valuado en más de 250 millones de pesos, no sólo contaba con suites de lujo sino también con instalaciones especiales para el cuidado de caballos purasangre, además de un lienzo charro. La propiedad era tan grande que estaba dividida en tres partes, cada una con un dueño distinto: Moisés Mansur Cysneiros, Juan José Janeiro y Rafael Rosas Bocardo. Pero el propietario real, de acuerdo con las investigaciones de las autoridades y las declaraciones de Ortega y del propio Janeiro, era Javier Duarte. Prueba de ello es que el rediseño del interior del rancho fue ordenado por él, y que con frecuencia asistía con su familia para pasar periodos de descanso o fines de semana.

Un exfuncionario de la administración de Duarte reveló que un alto directivo de una televisora del país intentó que el exgobernador de Veracruz le vendiera la propiedad, dado que él tenía un rancho en la zona. Duarte se negó en varias ocasiones, asegurando que aunque usaba el rancho no estaba a su nombre.

Éste no era el único rancho del exmandatario. En la barranca de San Miguel, en el municipio de El Fortín, Veracruz —ubicado en la zona montañosa del centro del estado—, Duarte poseía la propiedad denominada El Faunito, una hacienda asentada en un terreno de 60 mil metros cuadrados y valuada en más de 200 millones de pesos. El edificio principal tiene por lo menos 15 habitaciones totalmente equipadas con cama y sillones y algunas con chimenea propia. Hay una capilla y un confesionario. La propiedad cuenta con una cava en donde había aproximadamente 350 botellas de vino de varios tipos, tanto nacionales como importados, con su propio control de temperatura.

Debido a su tamaño, el comedor del edificio central podría pasar fácilmente por un pequeño salón para fiestas. La mesa central cuenta con espacio para 12 sillas y hay además tres conjuntos de vitrinas. Todo el piso es de piedra de cantera. La cocina está equipada con un horno de piedra para cocinar con leña, además de una estufa tradicional y parrillas. En el área de la cocina también hay un elevador que comunica con el sótano de la propiedad en donde hay más cuartos, entre ellos uno que hacía la función de salón de juegos y una biblioteca. El lujo rebasaba el edificio central. En la propiedad hay dos canchas de tenis y una de futbol alumbradas, además de una tirolesa, piscina, saunas y espacios para otros deportes extremos. Los límites de la propiedad están marcados por un caudaloso río y la barda perimetral está hecha con altos bambúes. Ni que hablar de la vegetación de la propiedad, con múltiples árboles de todo tipo que completan el ambiente montañoso de la zona.

Antes de llegar al edificio principal había otro inmueble, presumiblemente para las visitas, con una decena de espaciosas habitaciones, cada una con cama y sillones, aire acondicionado y servicio de internet. De acuerdo con los testimonios recabados por las autoridades, la propiedad había recibido varias remodelaciones coordinadas por Karime Macías y se presume que se pretendía construir incluso una cascada artificial en la zona. Todo este lujo no estaba a nombre de Javier Duarte ni de su esposa, ya que no habría forma de explicar cómo pudieron adquirir una hacienda de más de 200 millones de pesos dado que Duarte obtuvo de salario, en todo su periodo como gobernador, 2 millones 270 mil pesos, según su propia declaración patrimonial.

La hacienda El Faunito estaba a nombre de Juan José Janeiro, uno de los colaboradores de Javier Duarte en las operaciones de lavado de dinero y contra quien pesaba una orden de aprehensión hasta que accedió  a cooperar con la pgr y con el actual gobernador Miguel Ángel Yunes. Esa cooperación significó confesar todas las operaciones ilegales en las que estuvo implicado. Janeiro aceptó que adquirió la hacienda como prestanombres de Duarte y en noviembre de 2016 la devolvió al gobierno de Veracruz. El gobernador Yunes declaró que la propiedad sería subastada y el dinero se destinaría a programas de salud.

La información aportada por Janeiro y por exfuncionarios del gobierno de Duarte ha permitido, en 2017, recuperar otros inmuebles en Veracruz vinculados con Duarte. Entre ellos se encuentra un departamento de más de 250 metros cuadrados localizado en el piso 11 de la Torre Marina Tajín, en Alvarado. La propiedad está valuada en 2 millones 600 mil pesos. En la misma localidad se han asegurado cuatro lotes sin construcción relacionados también con el exgobernador, cuyo valor supera los 13 millones de pesos. Volviendo a la declaración del abogado Alfonso Ortega ante la pgr, éste reveló que Duarte era dueño de dos departamentos de lujo en el llamado Conjunto Finestre, que es un resort exclusivo en la zona de Ixtapa Zihuatanejo, Guerrero. La remodelación de cada uno de esos departamentos ascendió a 500 mil dólares. A esto se suman otro par de departamentos en la llamada Torre Pelícano en Boca del Río, Veracruz, cuyo valor exacto no se ha precisado. En la Ciudad de México también poseía varios bienes, los cuales estaban escriturados a nombre de empresas fachada o de Moisés Mansur. Entre ellos están dos inmuebles ubicados en el número 715 de la calle Sierra Fría, en la colonia Lomas de Chapultepec, así como varias bodegas en la zona de Ocoyoacac, Estado de México.

Otro departamento que según la declaración del abogado pertenecía a Duarte —y que lo ocupaba frecuentemente cuando iba a la capital del país— es el ubicado en el octavo piso de un edificio residencial en Campos Elíseos número 71B, en Polanco. La propiedad estaba a nombre de Moisés Mansur.

El autor de este libro acudió a dicho departamento en octubre de 2016, dos semanas después de que se librara la orden de aprehensión en contra de Duarte. Lo dicho por Ortega era cierto: en efecto, el exgobernador de Veracruz era quien realmente usaba esa propiedad. El número 71B es un edificio de 13 niveles en donde cada departamento ocupa una planta completa. Son inmuebles de más de 100 metros cuadrados cada uno. En teoría, esa propiedad, usada para oficinas, pertenecía a Moisés Mansur, pero la responsable de la intendencia del edificio señaló que no había ninguna oficina en el octavo piso, sino una casa que era de Javier Duarte, y que frecuentemente asistía con su familia, hasta que a partir julio de 2016 simplemente dejó de ir.

“Cuando venía este señor [Duarte] era muy notorio, porque además traía un montón de gente de seguridad, estacionaban los coches aquí enfrente. Incluso los vecinos se molestaban y luego mandaban llamar a las patrullas… Pero ese departamento era donde vivía, ahí no hay ninguna oficina”, dijo la trabajadora, que además rechazó conocer a Moisés Mansur o a alguien con un apellido similar.

Éstas no eran las únicas propiedades en Polanco. En su confesión ante la pgr, Alfonso Ortega declaró que Duarte poseía otra propiedad a un “lado del hotel Habita”, en la referida colonia. El 12 de septiembre de 2017 la reportera Valeria Durán reveló, en una investigación de la organización Mexicanos contra la Corrupción, que en efecto los prestanombres de Duarte eran dueños de todo el edificio ubicado en Presidente Masaryk 203, ubicado a un lado del hotel. El edificio tiene 11 departamentos que se rentan, el más económico, en 27 mil pesos mensuales. Era, pues, una entrada sustanciosa de dinero para el exgobernador y sus cómplices.

En cuanto a las propiedades en el extranjero, las investigaciones de la PGR y las confesiones de testigos colaboradores señalan que Duarte y su esposa contaban con al menos dos propiedades en la zona de Woodlands, condado de Montgomery, Texas. Una de ellas se encontraba a nombre de Mónica Macías Tubilla, hermana de Karime, y la otra de reciente construcción en la zona —y con un valor superior a 2.5 millones de dólares— a nombre de una empresa presuntamente fachada. En este mismo condado se han ubicado propiedades de otros exfuncionarios del gobierno de Duarte que también estarían implicados en desvío de recursos, entre ellos Arturo Bermúdez, exsecretario de Seguridad Pública.

En Miami se detectó una propiedad más y, para variar, es otra mansión de lujo. Se trata de una residencia de dos niveles con siete dormitorios completos y nueve baños, además de tres cocheras. Está ubicada en la exclusiva zona de Cocoplum Beach. Esta propiedad, que se encuentra escriturada por un prestanombres, está valuada en ocho millones de dólares y se calcula que se invirtió al menos medio millón más en su remodelación. Pero Miami no sólo había sido una ciudad escogida por Duarte como un posible lugar de residencia, sino también para hacer negocios como terrateniente. Prueba de ello es que entre 2012 y 2013 adquirió ahí, a través de su red de prestanombres, 19 casas distintas, principalmente en zonas de clase media y baja que, según el abogado Alfonso Ortega, no eran para que el gobernador viviera, sino para hacer negocios de bienes raíces con ellas.

“Lo que Duarte quería con estas operaciones era construir una especie de fondo para su retiro, obtener ganancias con ello. Es lo que él decía”, señaló, Ortega en su testimonio.

El 26 de octubre de 2016 el portal de noticias Animal Político publicó las imágenes de varias de estas casas, que en conjunto tienen un valor de casi cinco millones de dólares. Las propiedades estaban a nombre de tres compañías fachada: Rusnam Investments LCC, Azerco LLC y Conexa LCC, creadas por Ortega, Moisés Mansur y su hermano Zury Mansur. Ortega también declaró que en el exclusivo hotel St. Regis, ubicado en Nueva York, el exgobernador y su esposa adquirieron tiempos compartidos sobre cuatro condominios, cada uno valuado en 400 mil dólares. El abogado detalla que, por instrucciones específicas de Karime Macías constituyó algunas empresas fachada para poner a su nombre los referidos tiempos compartidos.

La ambición inmobiliaria de Duarte llegó hasta Europa, en particular a España. En este caso quien fungió como el principal prestanombres fue Daniel Duarte de Ochoa, hermano del exgobernador. Daniel constituyó compañías fantasma con el objetivo de ocultar la identidad de los propietarios. Una de esas compañías, Consultoría Casco Viejo SL, es la propietaria de un condominio ubicado en el número 14 de la calle Santa María Calea, en el centro de Bilbao. Esta propiedad fue adquirida en abril de 2014.

Otra sociedad creada por el hermano del exgobernador, Bilbao alquiler apartamentos, es propietaria de un departamento en el primer piso del edificio ubicado en la calle Hernani, también en Bilbao. Se trata de una enorme propiedad de casi 285 metros cuadrados. A éste se suma un departamento más de 100 metros cuadrados en la calle Lamana de la misma ciudad.

Javier Duarte utilizó a otro exfuncionario de su gobierno, José Manuel Ruiz Falcón, para que fungiera como prestanombres en la adquisición de un departamento en Madrid, ubicado en el número 8 de la calle Antonio Acuña. Se calcula que el valor de este condominio supera los 40 millones de pesos.

“Muerto el rey, ¡viva el rey!”

Cuando Javier Duarte llegó al gobierno de Veracruz marcó de inmediato una distancia con su antecesor, Fidel Herrera Beltrán. Para dejarlo en claro, el nuevo mandatario detuvo las obras públicas que su exjefe había dejado en marcha y ordenó una revisión profunda de los contratos que se habían concedido en la administración anterior.

“Hizo una limpieza total de la gente que trabajó con Fidel y comenzó a poner a su gente. Muchas obras ya pactadas o en marcha quedaron inconclusas. Como dice el dicho: Muerto el rey, ¡viva el rey!”, mencionó un político veracruzano con pleno conocimiento del proceso de transición y cuyo nombre no se publica por petición expresa.

Si Duarte y su familia intentaron borrar todo vestigio de su antecesor es un tema a debatir, pero la analogía del político consultado respecto del “reinado” de éste parece correcta si se observa la vida que a manos llenas se dieron. Los gastos que se ejercieron en los siguientes ejemplos no reflejan un estado endeudado y con un profundo déficit financiero. Más bien parecen los egresos de un monarca que tenía las arcas públicas llenas y a su disposición. Todos estos gastos fueron revelados al autor por excolaboradores del propio gobierno de Duarte.

En la carretera Córdoba-Veracruz, concretamente en la zona conocida como Peñuela, se encuentra La Famosa Rielera, un restaurante fundado en 1948 y cuya especialidad son las tortas y sándwiches. Esas delicias culinarias representan una parada obligada para las personas que visitan la zona. El mote del local, La Famosa, es preciso: es tarea imposible encontrar a alguien en Veracruz que no lo conozca. “Abro cuando llego y cierro cuando me voy”, es la frase que adorna uno de los pilares de este popular y exitoso negocio. Inevitablemente, Javier Duarte, originario de Córdoba, era cliente asiduo de La Rielera y de sus tortas, preparadas con pan artesanal.

Sería “injusto” pensar que por tener que vivir en Xalapa gracias a su condición de gobernador, Duarte debería perder el gusto por la sazón de La Rielera. Lo que ya parece fuera de proporción es que el mandatario ordenara, en más de una ocasión, que el helicóptero oficial con matrícula XC-VER, con personal de su “ayudantía” —staff de seguridad—, volara a Córdoba… para traerle un par de tortas de La Rielera.

“Esto pasó en la primera parte de su gobierno, no es broma. Literalmente mandaba al helicóptero por sus tortas. El chiste salía como en 25 mil pesos, que es lo que cuesta una hora de vuelo, y es más o menos el tiempo de vuelo de Xalapa a Córdoba de ida y vuelta… No se sabe cuántas veces lo hizo, pero fueron varias”, asegura una de las fuentes consultadas.

Como dato extra a esta peculiar forma de pedir comida a domicilio, el helicóptero con matrícula XC-VER, asignado al gobernador, se estrelló el 6 de octubre de 2015 en el municipio de Emiliano Zapata. Sus dos pilotos, David Barrera y Fausto Calderón, perdieron la vida. Las situaciones del siniestro nunca quedaron del todo esclarecidas, pero versiones extraoficiales señalaban que a la aeronave le hacía falta mantenimiento. Los excesos en los que incurrió Duarte no se circunscribieron a La Famosa. El gusto que tiene por los buenos vinos es uno de los secretos peor guardados en Veracruz. Como buen aficionado a ellos, el gobernador no tenía empacho en abrir la cartera a la hora de degustar una buena botella. Satisfacer su exigente paladar no tendría nada de malo, si no fuera por un minúsculo detalle: lo hacía con recursos públicos.

Cuando se trataba de probar una buena cosecha fuera del hogar, su sitio preferido era el restaurante Vinnisimo en cualquiera de sus dos sucursales: la de Xalapa, inaugurada en 2009 y cuyo padrino fue, por cierto, su antecesor en el gobierno, Fidel Herrera, y la de Boca del Río, fundada en 2011 y cuya apertura estuvo apadrinada por el propio Duarte.

“Las cuentas eran de por lo menos 40 mil pesos. No menos que eso”, afirma una de las personas que estuvo presente en alguna de esas mesas con Duarte.

¿Qué marca era la preferida del gobernador? Quienes lo conocen aseguran que se trata de los vinos de la casa Matarromera, finos productos españoles de la zona de Valladolid y, concretamente, de la Ribera del Duero, donde se producen y añejan en bodegas semienterradas en el valle; lo que ayuda —explican expertos— a mantener su frescura. Aunque la marca tiene una amplia variedad de vinos, el cordobés prefería los de reserva especial.

Cabe subrayar que uno de los dueños de Vinnisimo es Francisco Valencia García, funcionario de la administración duartista, en donde ocupó los cargos de secretario de Comunicaciones y director de la Comisión Estatal de Agua. Al momento en que el autor escribe estas líneas, Valencia se encuentra preso y bajo proceso penal, acusado de múltiples delitos vinculados al de corrupción.

Otra evidencia del gusto de Duarte por los vinos es la lujosa cava ubicada en el nivel inferior de la hacienda El Faunito. Cuando los investigadores aseguraron la propiedad encontraron más de 350 botellas tanto nacionales como internacionales. Algunos de los países de origen de estos vinos son Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Sudáfrica, Australia, Francia, Líbano, Singapur, Portugal y Argelia. Aunque no hay una valuación exacta, los investigadores calculaban que algunas botellas superaban los mil dólares por unidad.

Una de las piezas del rompecabezas en el desvío de recursos públicos durante su gobierno es el restaurante El Azafrán, en Boca del Río, del que ya se ha hablado. El dueño del establecimiento, el contador Víctor López Gachuz, es también propietario del despacho responsable de la constitución de por lo menos 350 compañías fachada. El Azafrán también fue uno de los sitios preferidos por los políticos veracruzanos para cenas y reuniones exclusivas, y entre ellos no podía faltar el propio Duarte.

Una persona ligada al restaurante contó que algunas de las cenas que el exgobernador facturó costaron un poco más de 300 mil pesos cada una, monto que incluso para este local de alta cocina resulta inverosímil. Las autoridades presumen que detrás de esto pudieran esconderse operaciones de lavado de dinero. Cabe mencionar que al momento en que se escriben estas líneas El Azafrán se encuentra clausurado. Aunque un anuncio colocado afuera del establecimiento anuncia que se encuentra en remodelación, se sabe que el cierre se debe a los problemas legales en que se ve envuelto López Gachuz, quien se encuentra fuera del país desde hace varios meses.

Lo cierto es que, como ya ha quedado claro, a la hora de gastar en comida y bebida el exgobernador no tenía miedo de abrir la cartera… o las cuentas públicas. De acuerdo con lo que narraron off the record algunos cronistas del sexenio de Duarte, y lo que también se llegó a publicar en columnas periodísticas como la de Andrés Timoteo en el periódico Noti- ver, la oficina del entonces mandatario reportaba gastos de nueve millones de pesos mensuales, es decir, unos 300 mil pesos diarios en “gastos personales”. Esto incluía alimentación, viajes a otras regiones sólo para visitar restaurantes y, claro está, bebidas alcohólicas. Incluso contaba con dos cocineras certificadas, pertenecientes a un staff de 40 personas, que se dedicaban única y exclusivamente a elaborar los platillos del gobernador. Por este trabajo cada una de ellas recibía 25 mil pesos al mes.

En su declaración patrimonial, Javier Duarte aseguró poseer “una pintura”, de la que no dio mayores detalles, valuada en 240 mil pesos y que fue pagada al contado. Pero en una nota del periódico El Universal, publicada el 3 de diciembre de 2016, se detalla que tan sólo en la hacienda El Faunito se encontraron cuadros originales de reconocidos pintores como Fernando Botero, Rufino Tamayo y David Alfaro Siqueiros, entre otros. Su valor es tan alto que no ha podido ser precisado por las autoridades. Del 12 al 19 de enero de 2013, Duarte viajó a España para su ceremonia de titulación en la Universidad Complutense de Madrid, pero no fue solo. Lo acompañaron su esposa y otras 28 personas. El viaje incluyó cenas en restaurantes exclusivos, suites de lujo, tarjetas para gastos personales, entre otros egresos. Todo “invitado” por el nuevo y flamante doctor en economía. Claro que para que Duarte hubiera sufragado el viaje con su salario tendría que haber gobernado Veracruz por lo menos 36 años consecutivos… y sin gastar un solo peso en otra cosa.

El derroche de recursos públicos al extremo. Los montos que a continuación se detallan fueron proporcionados por una fuente directa que colaboró en la oficina de Javier Duarte, y por obvias razones se omite su nombre. En cuanto a los boletos de avión, en total se compraron 30 pasajes redondos para igual número de personas, todos de primera clase en Aeroméxico en vuelos directos México-Madrid, Madrid-México. Cada uno de éstos tuvo un costo cercano a los 150 mil pesos, la suma total fue de 4 millones y medio de pesos.

¿Quiénes eran algunos de los privilegiados pasajeros que hicieron de pajes de lujo de Javier Duarte y Karime Macías? El empresario Moisés Mansur, principal prestanombres de Duarte, y su novia Ana Gaby Peralta; Jaime Porres, otro empresario prestanombres; Rolando Reyes Kuri, agente aduanal favorecido con contratos, y su esposa, Leticia Reyes de Bremont; Enrique Cházaro Mabarak, empresario gasero, y su esposa, Amelia Fernández; Javier García Kuri, constructor favorecido en el gobierno de Duarte, y su esposa, Tamara Sedas; así como el arquitecto Manolo Ruiz Falcón, quien se encargó de la remodelación de Casa Veracruz, residencia del gobernador.

Ya en la capital española el mandatario de Veracruz y sus invitados se hospedaron en el exclusivo Hotel Villa Magna, en el barrio de Salamanca. Ahí se reservaron 15 suites, cada una con un valor de mil 250 euros la noche. El monto total de la estancia fue de 2 millones 625 mil pesos. La página web de dicho hotel lo describe como uno de “los más lujosos de Madrid”. Todas las suites son de al menos 50 metros cuadrados y los muebles son de caoba con acabado en esmalte blanco.

Duarte no reparó en gastos para que sus invitados estuvieran cómodos y contentos. Resulta que el referido hotel tiene la particularidad de colindar, a través de un pasillo, con la famosa tienda departamental El Corte Inglés. Moisés Mansur, testaferro de Duarte, entregó a todas las parejas una tarjeta de regalo de la tienda precargada con 20 mil euros “para lo que se les antojara”. Este bonito detalle significó un monto total de cuatro millones de pesos. Además, los invitados del exgobernador tenían actividades libres durante los días que se quedaron en Madrid, pero a las seis de la tarde había una cita para cenar en un restaurante, cada día uno distinto. Siete noches, siete restaurantes distintos. Todos esos establecimientos estaban de moda. Los visitados fueron El Paraguas, Ten Con Ten, Quintín, Zalacain, Lua, Restaurante del Palacio Real y Casa Lucio. El gasto aproximado de estas cenas durante toda la estancia ascendió a otros cuatro millones de pesos.

Durante la semana del viaje el popular club de futbol Real Madrid jugó de local, es decir, en el famoso estadio Santiago Bernabéu. Por supuesto, ni Duarte ni su grupo dejaron pasar la oportunidad y asistieron al segundo mejor palco de todo el estadio, el que se encuentra justamente a la derecha del palco oficial reservado para el presidente del equipo, Florentino Pérez. De esta actividad recreativa no se proporcionó el costo.

En resumen, el viaje en total supuso un gasto de más de 15 millones de pesos, que fue cubierto por el doctor en economía Javier Duarte. Si recordamos la declaración patrimonial que el mandatario reveló a mediados de 2016, en ella se asienta que percibió un salario, durante cinco años y medio, equivalente a 2 millones 272 mil pesos, sin que haya reportado otros ingresos.

Un pilón. Al examen de tesis doctoral de Duarte asistió, como invitado especial, el expresidente de México Carlos Salinas de Gortari, quien también cenó con el entonces gobernador y su grupo en el restaurante Zalacain, uno de los siete que visitaron en aquel viaje académico de 2013. En 2014 seguía la mata dando. Javier Duarte regresó a España para asistir a la Feria de Sevilla, que tuvo lugar del 20 de abril al 6 de mayo. Para variar, no viajó solo, sino con otros nueve invitados: su esposa, los empresarios y presuntos prestanombres José Francisco García González y Jaime Porres Bueno, así como Javier García Kuri, Rolando Reyes Kuri y Enrique Cházaro Mabarak, contratistas favorecidos en su gobierno, cada uno con sus respectivas esposas.

El arquitecto Manolo Ruiz Falcón fue el encargado de coordinar el viaje, pagado por Moisés Mansur, quien —como ya se ha mencionado— era el empresario más cercano a Duarte y cabeza del llamado “gobierno paralelo”, que operaba los recursos desviados de las arcas públicas. En este caso no se proporcionaron los costos, pero sí algunos detalles que evidencian el derroche.

Para disfrutar en grande la Feria de Sevilla debe rentarse, los siete días que dura el evento, un espacio en la plaza mayor de la ciudad y montar una carpa grande que coloquialmente se denomina “caseta”. Cada una de ellas es amueblada por los responsables de montarla, pues lo habitual es que ahí se coma y duerma durante toda la celebración. Por supuesto, también se acude a los eventos musicales, las obras de teatro y las corridas de toros, características de la feria. La caseta más lujosa de la feria en aquella edición de 2014 era la de Duarte y Karime Macías. Incluso tenía aire acondicionado, una situación inédita en la era moderna de esta festividad, que cuenta con al menos 150 años de historia. Para que el aire funcionara se creó especialmente un puente eléctrico desde la toma de corriente del palacio municipal sevillano. La situación llamó tanto la atención que el alcalde se acercó a la caseta para ver quién había montado esa extravagancia: ahí encontró a Duarte.

Esta circunstancia provocó que la presencia del gobernador veracruzano ya no pasara inadvertida, como él pretendía, y tuvo que organizarse de improviso un evento con el cabildo de Sevilla para justificar su presencia. Para brindar más detalles, habrá que decir que los servicios de desayuno, comida y cena en la caseta de Duarte estuvieron a cargo del restaurante Casa Manolo León, uno de los más selectos de Sevilla. Pero tal vez la mayor muestra de ostentación se apreció en la calandria (carroza) de la caseta “veracruzana”. Resulta que a pesar de que la mayoría de los traslados en la feria se hacen a pie, los visitantes más acaudalados pueden rentar calandrias lujosas, jaladas por caballos purasangre. Y aquí está el derroche en todo su esplendor, pues la calandria rentada por la caseta de Duarte era la más vistosa por un detalle “imperceptible”: era la única que tenía los herrajes hechos de oro macizo.

Una vez más el gobernador no reparó en gastos… para fines personales, claro. No está de más recordar que en su administración, de 2012 a 2016, el número de pobres en la entidad pasó de 4 millones 141 mil a 5 millones 49 mil, según datos oficiales del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Quizá por ello durante el último año de su gobierno las calles de Veracruz eran escenario de protestas de múltiples sectores por falta de pago.

En su declaración ante los fiscales de la pgr, Arturo Bermúdez, exsecretario de Seguridad Pública de Veracruz, reveló que por instrucciones de Javier Duarte se entregaron 100 juegos de placas de taxis a Cecil Duarte, otro hermano del exgobernador. De hecho, Bermúdez dijo que la instrucción original era que se le entregaran 300 juegos de placas a su hermano, pero las gestiones se complicaron, por lo que “únicamente” se le obsequiaron 100 concesiones.

Pero no fue la única anomalía en cuanto a autos de alquiler se refiere. En una declaración a la prensa local el 5 de septiembre de 2017 el responsable de Transporte Público de la Dirección General de Tránsito de Veracruz, Rafael Escobar Torres, reveló el descubrimiento de un “fraude de magnitud histórica” que involucra a la Secretaría de Finanzas de la administración duartista. Resulta que se detectó que en los últimos tres meses del gobierno de Duarte las secretarías de Finanzas y Transportes emitieron 21 mil órdenes de pago para personas que supuestamente recibirían concesiones de taxis. Pero las líneas de captura no eran las oficiales y el dinero terminó en cuentas concentradoras de otras empresas que incluso podrían resultar fantasma. Este fraude, de confirmarse, superaría los 42 millones de pesos. Al momento de escribir estas líneas, la Fiscalía del estado continuaba con las investigaciones del caso.

“En Veracruz sólo se roban un frutsi y unos pingüinos”

El 16 de octubre de 2014, en un recorrido en el World Trade Center de Boca del Río, Veracruz, un exultante Javier Duarte presumía ante varios empresarios y medios de comunicación las condiciones de seguridad en su estado. Aseguraba que la violencia había quedado en el pasado y que ya ni siquiera era un tema de interés público.

“Estamos trabajando con toda la determinación y la oportunidad. Antes se hablaba de balaceras, de asesinatos, de participación de la delincuencia organizada y hoy hablamos de robos a negocios, de que se robaron un frutsi y unos pingüinos en un Oxxo. Es parte de la dinámica que hemos venido fortaleciendo, hemos avanzado de manera significativa”, declaró aquella vez el gobernador.

Lo pronunciado por Duarte era, por decir lo menos, un despropósito. Tan sólo en el mes en que dijo aquella frase se  registraron en el estado 38 homicidios dolosos, nueve secuestros, 535 robos de auto, 281 robos a casa habitación y 189 robos a negocio, entre muchos otros delitos del orden común. Más allá de lo que parece ser una frase hueca, los comentarios del exgobernador evidencian una situación mucho más seria: la política de ocultamiento de la situación real de violencia. Una prueba de lo anterior se registró en enero de 2014, cuando el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP), a partir de los datos aportados por la Procuraduría General de Justicia de Veracruz, reportó que en la entidad se habían registrado 48 mil 253 delitos en 2013, lo que implicaba una reducción significativa de la incidencia delictiva respecto al año previo. Pero tres meses más tarde, cuando los balances anuales ya se habían hecho y publicado, la procuraduría local envió una “corrección” en la que indicaba que no se habían contado casi 24 mil delitos, con lo que el balance judicial ascendía a 72 mil 164 ilícitos.

¿Qué significa lo anterior? Que sin una razón aparente o una justificación lógica, la administración de Duarte “olvidó” contar uno de cada tres delitos que se cometieron en 2013 en Veracruz. Más importante aún: entre los 24 mil ilícitos que no se contabilizaron había casi 300 averiguaciones por homicidio doloso. Veracruz no era hasta ese momento el único estado del país que “ajustaba” sus cifras de incidencia delictiva, pero sí era el que lo hacía en mayor magnitud. También fue la única entidad en no dar explicación alguna para justificar su enorme margen de error entre un resultado y otro. Por si fuera poco, un mes después de que se hiciera esta gran corrección la Procuraduría de Veracruz volvió a reportar otra aclaración, esta vez para agregar 360 nuevos casos de extorsión que “se le había pasado” incluir en su balance.

Cuando el Observatorio Nacional Ciudadano —una organización no gubernamental que se encarga de dar seguimiento a los delitos en varios estados— preguntó a la entonces Procuraduría General de Justicia de Veracruz las razones del error tan grande, la respuesta fue que todos los delitos estaban asentados en las averiguaciones correspondientes, pero que éstas “no fueron bien contadas”.

“El procurador me dijo, literalmente, que no existe una razón del porqué no los habían contado desde un inicio. Los tenían ahí, estaban identificados, pero simplemente no estaban registrados […] No hay un argumento válido para decir que se les perdieron más de 23 mil delitos”, declaró aquella vez Francisco Rivas, director del Observatorio.

Otra situación peculiar, que parece revelar la intención premeditada de encubrir la violencia en el estado, es la supuesta alza en los homicidios culposos, es decir, accidentales, registrada en Veracruz en los últimos años del gobierno de Duarte. Un análisis emprendido por la organización civil México Evalúa detectó que entre 2008 y 2016 en Veracruz los homicidios accidentales mostraron un comportamiento al alza y a la baja similar al de los homicidios dolosos, situación que resulta extraña dado que la experiencia nacional muestra que no existe relación alguna en ambos delitos. Es decir, los homicidios culposos o accidentales tienden a subir por alguna situación natural o un accidente, pero no por situaciones de violencia, lo que sí ocurrió en Veracruz.

“La presencia de una relación indica una probable manipulación en las bases de datos de homicidio en la entidad […] son indicios de una manipulación sistemática que pudiera tener por objeto no evidenciar el nivel real de violencia”, indicó el estudio publicado por dicha organización el 31 de marzo de 2017. Al respecto, Francisco Rivas comentó en más de una ocasión al autor de este libro que la clasificación de los delitos se hace en total discrecionalidad de las procuradurías y que particularmente en Veracruz existía una completa opacidad en el tema, por lo que “es muy probable” que homicidios que eran dolosos fueran clasificados como accidentales.

Por lo anterior, resulta obligatorio tomar con reserva las cifras oficiales que reportó el gobierno de Javier Duarte durante los seis años de su gestión, pero aun cuando el análisis se base en estos números, la reducción de la violencia en la administración duartista es falsa. Como ejemplo puede tomarse el delito de mayor impacto: el homicidio doloso. En el periodo de Duarte, de 2011 a 2016, se registraron en total 5 mil 31 casos, lo que representa un aumento de 81% de los asesinatos en la entidad en comparación con el gobierno que lo precedió, el de Fidel Herrera.

El último año del gobierno de Duarte arrojó un balance de mil 258 homicidios dolosos, que es una cifra nunca antes registrada, por lo menos en los 20 años en que hay registro público de cifras oficiales. Si se hace un análisis por tasas delictivas, en el primer año del gobierno de Duarte, 2011, se alcanzó un récord negativo con 11.42 homicidios por cada 100 mil habitantes, y para el siguiente año la tasa subió a 12.32 homicidios. Luego hubo una reducción y la tasa de homicidios llegó a un piso de 6.1 casos en 2014, nivel similar al de años previos a su mandato. Pero 2016 cerró con una nueva marca de violencia: 15.52 asesinatos por cada 100 mil habitantes.

Más dramático es el caso de los secuestros. En el sexenio de Duarte se reportaron oficialmente 633 casos denunciados ante la procuraduría local, que es un disparo inusitado de 859% en este delito en comparación con el sexenio previo, cuyo balance fue de 66 casos de privación ilegal de la libertad denunciados. En ningún otro estado subieron tanto los secuestros como en Veracruz, por lo menos en este periodo. El peor año fue 2014, con 144 secuestros reportados, mientras que 2016 se quedó cerca con 132, según los datos asentados en los registros del SNSP. En 2016 Veracruz fue el cuarto estado con la tasa más alta de casos, sólo detrás de Tamaulipas, Tabasco y Morelos.

Si vemos los números oficiales de forma global, en el gobierno de Duarte se registraron 360 mil 673 delitos de todo tipo, que en el papel no parece tan negativo, pues es una reducción de poco más de 10% en la incidencia delictiva; sin embargo, algunos especialistas toman con cautela estos números. La principal duda surge a la hora de revisar los registros anuales, pues mientras de 2011 a 2013 se reportaban en promedio más de 70 mil ilícitos, en 2014 la cifra se desplomó a niveles de entre 40 y 50 mil delitos anuales, sin que exista una razón aparente de un descenso tan significativo.

Uno de los “logros” que la administración del gobernador Duarte presumió con mayor vehemencia fue haber menoscabado la acción de Los Zetas en la entidad. Datos oficiales sobre la evolución de los cárteles de las drogas en los últimos 40 años, recopilados en la herramienta digital denominada Narcodata, confirman lo dicho por Duarte. Hasta antes de su gobierno había una presencia significativa de células de Los Zetas y también del Cártel del Golfo en la entidad, y después se terminó.

Lo que realmente sucedió en Veracruz no fue la erradicación del crimen organizado, sino un desplazamiento delictivo. El sitio especializado Narcodata muestra que, tras la salida de Los Zetas, el llamado Cártel Jalisco Nueva Generación (cjng) se convirtió en el preponderante en la entidad y ahí permanece hasta ahora. De hecho, el cjng anunció su presencia desde el primer año del gobierno de Duarte y lo hizo de la forma más sangrienta posible. El 20 de septiembre de 2011 este grupo arrojó 35 cadáveres decapitados a la avenida principal del Centro Turístico de Boca del Río, al mismo tiempo que se llevaba a cabo una reunión nacional de procuradores en el World Trade Center del municipio. La ejecución múltiple fue reivindicada por el entonces nuevo cártel, señalando que las personas asesinadas eran integrantes de Los Zetas.

Otro ejemplo de la política de ocultamiento del nivel real de violencia en la administración de Javier Duarte se relacionaron con los desaparecidos. Las anomalías fueron descubiertas por el nuevo fiscal, Jorge Winckler, quien asumió el cargo en diciembre de 2016, luego de que el anterior fiscal, Luis Ángel Bravo, decidiera separarse del cargo tras el fin del sexenio duartista.

¿De qué nivel fue el engaño? Hasta noviembre de 2016 —último mes del gobierno de Duarte— la Fiscalía del estado reportaba 524 casos de personas desaparecidas en Veracruz e igual número de averiguaciones. Pero tras una revisión de los archivos y expedientes el fiscal Jorge Winckler y su equipo descubrieron que había por lo menos 3 mil 600 denuncias oficiales. Lo que significa que el fiscal Luis Ángel Bravo —nombrado en el cargo por Duarte— simplemente ocultó 85% de todas las denuncias formales que había sobre personas desaparecidas en el estado. Pero según lo revelado por Winckler a esta investigación, el problema podría ser peor: existen reportes acerca de la desaparición de 6 mil personas en el sexenio de Duarte. Esto significa que podría haber cerca de dos mil 500 casos en donde ni siquiera se iniciaron las averiguaciones previas; en consecuencia, tampoco hubo investigaciones.

El ocultamiento de las desapariciones a nivel local explicaría las discrepancias con los casos a escula federal. De acuerdo con los datos que la pgr aporta al Registro Nacional de Personas Desaparecidas, Veracruz es la segunda entidad del país con más delitos de este tipo, sólo detrás de Guerrero. Pero en las listas locales el estado no aparecía en los primeros sitios. Ahora, si se considera el nuevo número oficial de 3 mil 600 casos, Veracruz escala hasta el tercer sitio nacional en desapariciones.

El subregistro extremo de los casos de desaparecidos en Veracruz no fue la única mentira, hubo algo peor: el engaño en las tomas de muestras de adn que son vitales para identificar a personas desaparecidas. Con este tipo de datos se puede hacer una comparación entre el adn que se recaba en escenas de un crimen o en los cuerpos encontrados en fosas clandestinas, y corroborar si existe alguna correspondencia.

¿Y qué hicieron las autoridades judiciales en el gobierno de Duarte en un procedimiento tan importante? Simular. Ése fue el común denominador en su gobierno. Resulta que aunque se tomaron muestras de cientos de familiares, en realidad sólo se encontraron 228 perfiles genéticos bien elaborados. Es decir, ni siquiera se recabaron los perfiles genéticos de los 524 casos reportados oficialmente y, mucho menos, de los más de 3 mil casos reales registrados. En voz de uno de los fiscales, lo que sucedía era lo siguiente: “Se tomaba, por ejemplo, una muestra de saliva, pero ésta nunca era procesada por los servicios periciales, es decir, no se hacía el proceso científico que se requiere para extraer de esa muestra los 24 marcadores genéticos que se necesitan para hacer las confrontas… No se hacía realmente nada. Estamos seguros que las muestras terminaban en la basura. Al parecer no había realmente recursos ni para esto”.

Por estas graves anomalías la Fiscalía General de Justicia de Veracruz abrió una carpeta de investigación. El propósito de esta acción judicial era proceder en contra de quienes resultaran responsables. Hasta la publicación de este libro todavía no hay resultados en tal sentido. Queda claro que los índices delictivos reportados oficialmente por el gobierno de Javier Duarte muestran apenas una fracción de un lastre cuyo tamaño real se desconoce. Sin embargo, hay dos casos terroríficos que ayudan a dimensionar el grave problema. Uno es el del rancho El Limón, ubicado en el municipio de Tlalixcoyan, a 125 kilómetros al sureste de Xalapa. En febrero de 2016, en un lecho del lugar, las autoridades encontraron más de 10 mil fragmentos humanos triturados. ¿A cuántas personas asesinadas o desaparecidas pertenecen esos restos y quiénes son? La respuesta sigue siendo una incógnita.

El otro caso es el de la megafosa clandestina descubierta en las Colinas de Santa Fe, cerca del puerto de Veracruz, en marzo de 2017. Lo que se encontró ahí fueron 249 cráneos enterrados y más de 14 mil fragmentos óseos humanos. De acuerdo con los especialistas, los restos habrían estado enterrados por lo menos un año; incluso había algunos que tendrían hasta seis años bajo la tierra. La mayoría permanece sin identificación legal.

El proceso era simple, metódico y macabro. A la persona la entregaba casi siempre la policía y después era ejecutada de un balazo en la cabeza. Luego, las extremidades de su cuerpo eran separadas con un hacha para sumergirlas en un tambo con diésel ardiendo. Los fragmentos que quedaban eran introducidos en una trituradora de caña. El lecho de un río de 67 metros cuadrados, ubicado al lado del rancho donde todo lo anterior ocurría, era el depósito final de estas víctimas reducidas a pedazos de dos centímetros y cenizas [Arturo Ángel, Animal Político, 14 de marzo de 2017].

Lo que ilustra esta información es siniestro: la complicidad, en el sexenio de Javier Duarte, entre la policía estatal y el crimen organizado. Las autoridades federales llegaron a este punto como parte de las investigaciones por la desaparición de cinco jóvenes en el municipio de Tierra Blanca, un caso que continúa en la impunidad.

Todo comenzó la mañana del 11 de enero de 2016, cuando cinco jóvenes —José Benítez, Bernardo, Susana, Mario Arturo y José Alfredo, de 24, 25, 16, 27 y 25 años de edad, respectivamente— regresaban al municipio de Playa San Vicente tras pasar unas vacaciones de fin de año en el sur de Veracruz. Nunca llegaron a su destino. Cuando llegaron a la zona de Tierra Blanca los jóvenes fueron detenidos en un retén de la Policía Estatal de Veracruz. Los uniformados los obligaron a bajar de la camioneta y a entrar en dos patrullas. Ésa es la última vez que se les vio con vida. Las investigaciones del caso, impulsadas en gran medida por la presión que hicieron los familiares de los jóvenes, obligaron al gobierno federal a intervenir. Tras el análisis de videos en la zona se confirmó el involucramiento de los elementos de la Secretaría de Seguridad Pública local. Unos días después fueron detenidos siete policías estatales que confesaron haber entregado a los jóvenes en el referido rancho a miembros del crimen organizado.

Aunque los fragmentos humanos que se hallaron en el lecho del río están sumamente deteriorados, los estudios periciales permitieron identificar —en un pedazo de hueso de dos centímetros que no estaba tan quemado y en una mancha de sangre sobre la corteza de un árbol— el adn de Bernardo y Alfredo. De los otros tres chicos no hubo resultados. Los investigadores tienen la certeza de que nunca podrán identificarlos. Este caso comprobó, ya en la parte final del sexenio de Duarte, la complicidad que se sospechó por años entre elementos de la Secretaría de Seguridad Pública de Veracruz, dirigida por Arturo Bermúdez, con la delincuencia organizada.

El caso de Marcos Conde Hernández es una muestra de ello. Originalmente se trataba de un comandante de la Policía Intermunicipal Veracruz-Boca del Río, corporación que fue disuelta y sustituida por la Marina en 2011, tras confirmarse que estaba totalmente infiltrada por Los Zetas. Pese a las sospechas de corrupción que pendían sobre él, Conde nunca fue investigado. En cambio, se le reclutó en la Secretaría de Seguridad Pública, en donde comenzó a acumular rápidamente un historial de denuncias y acusaciones. Este récord ocasionó que fuera cambiado de sitio de forma constante hasta que llegó al municipio de La Antigua, con cabecera en la ciudad de José Cardel. Ahí, literalmente, Conde sembró el terror.

Más de 20 denuncias señalan que una patrulla, con una decena de elementos al mando de Conde Hernández, hacía recorridos nocturnos que no tenían otro fin que la detención ilegal de personas y su consecuente desaparición. Este convoy del terror llegó incluso a desaparecer a ocho policías municipales en la localidad de Úrsulo Galván, quienes fueron sustraídos de sus casas en enero de 2013. El caso nunca fue esclarecido. En total, durante el tiempo que Conde estuvo en la región se reportó la desaparición de más de 30 jóvenes.

¿Qué hizo el gobierno de Duarte o su secretario de Seguridad, Arturo Bermúdez, para remediar esta situación? Cambiar a Conde de región y listo. Así, llegó como delegado a Tierra Blanca, donde elementos a su cargo perpetraron la desaparición forzada de los cinco jóvenes mencionados. Debió ocurrir este terrorífico episodio para que finalmente Conde fuera destituido y arrestado.

Organizaciones ciudadanas como Colectivo Solecito, que por años ha dedicado sus esfuerzos a buscar desaparecidos en Veracruz, han señalado de forma reiterada la complicidad de la policía estatal, al mando de Bermúdez, con hechos de corrupción, e incluso han promovido denuncias penales en su contra que hasta hoy no han fructificado. En el caso de las desapariciones en Tierra Blanca, cuatro de los siete elementos que fueron procesados no habían pasado las pruebas de control de confianza para ser policías y aun así se encontraban en funciones, es decir, armados. El enemigo estaba en casa.

Datos oficiales del snsp revelaron que a principios de 2016, de los 62 mandos en activo en la Secretaría de Seguridad Pública de Veracruz, 24 habían reprobado los exámenes de control de confianza. Es decir, 44% de los jefes de la Secretaría de Seguridad Pública no eran confiables ni siquiera para ser policías. Este porcentaje era, por mucho, el más grave a nivel nacional. El siguiente estado con mayor proporción de mandos reprobados era Jalisco, con 33 por ciento.

Pero el problema rebasaba a los mandos. De los 6 mil 518 policías estatales de Veracruz evaluados al arranque del último año de Duarte, 2 mil 246 no eran confiables, es decir, 34 por ciento. De nuevo Veracruz ocupaba el primer sitio en este ranking . En pocas palabras, uno de cada tres policías estatales en el estado no cumplía con los requisitos legales para serlo.

“Caerán las manzanas podridas”

El 30 de junio de 2015, en una comida con un grupo de periodistas veracruzanos, un sonriente Javier Duarte pidió la palabra. Lo hizo después de que algunos de los comunicadores le preguntaran sobre los casos de colegas asesinados o desaparecidos, algunos varios años atrás. Lo que el gobernador dijo los heló: “Vamos a sacudir el árbol y se van a caer muchas manzanas podridas. Yo espero verdaderamente, se los digo de corazón, que ningún trabajador de los medios de comunicación se vea afectado por esta situación…”.

En 2015, quinto año del gobierno de Duarte, era muy claro que el gobernador de Veracruz estaba distanciado de los medios. Pero nunca, hasta ese momento, se había presentado un mensaje tan contundente, que la mayoría de los reporteros tomó como una auténtica amenaza. Y hubo más, por si había quedado duda: “Vienen tiempos difíciles […] No hay que confundir libertad de expresión con representar la expresión de los delincuentes a través de los medios […] Hagan un examen de contrición, porque cada quien sabe en qué pasos anda”.

Y por si lo anterior fuera poco, Javier Duarte le pidió a los periodistas que se cuidaran, no para preservar la libertad de expresión, sino porque sería él quien pagaría públicamente las consecuencias. “Pórtense bien, háganlo por ustedes, pero también por mí, porque si algo les pasa a ustedes al que crucifican es a mí”.

De todo lo dicho por el entonces gobernador en aquella comida, una cosa fue cierta: era un tiempo difícil para la prensa. Durante su gestión, de 2010 a 2016, 17 periodistas fueron asesinados y tres más están oficialmente desaparecidos. “La entidad más violenta para la prensa en México”, fue el calificativo que para el Veracruz de Duarte usó la organización especializada en la defensa de la libertad de expresión Artículo 19.

Un análisis hecho por otra organización, Reporteros sin Fronteras, ubicó en 2016 a Veracruz como el foco rojo de los ataques contra la libertad de expresión en México, país que se convirtió en el tercer sitio más letal para la prensa. Los únicas dos naciones con mayor riesgo para ejercer el periodismo ese año fueron Siria y Afganistán, que se encuentran en estado de guerra. Los homicidios de periodistas comenzaron desde el primer año del sexenio de Duarte y continuaron hasta el último.

Éste es el fatal recuento: Noel López Olguín, colaborador de los semanarios Horizonte, Noticias de Acayucán y La Verdad, asesinado el 11 de junio de 2011; Miguel Ángel López Velasco, periodista y columnista de Noti- ver, asesinado el 20 de junio de 2011; Misael López Solana, reportero gráfico de Notiver y La Jornada Veracruz, asesinado junto con su familia entre el 18 y 20 de junio de 2011; Yolanda Ordaz, también periodista y columnista de Notiver, asesinada el 26 de junio de 2011. Regina Martínez, corresponsal del semanario Proceso, fue asesinada en su casa el 28 de abril de 2012. Los fotoperiodistas Guillermo Luna, Gabriel Huge y Esteban Rodríguez fueron encontrados sin vida, en un canal de aguas negras, el 3 de mayo de 2012; Víctor Manuel Báez Chino, reportero de Milenio Xalapa y director del portal Reporteros Policiacos, fue asesinado el 14 de junio de 2012; Gregorio Jiménez, periodista de Notisur y Liberal del Sur, apareció muerto el 11 de febrero de 2014, tras una semana de haber sido secuestrado.

La lista sigue: Moisés Sánchez, director del semanario La Unión, secuestrado el 2 de enero de 2015 y luego asesinado; Armando Saldaña, periodista colaborador de El Mundo de Córdoba y Crónica de Tierra Blanca, asesinado el 4 de mayo de 2015; Juan Mendoza Delgado, director del portal Escribiendo la Verdad, desaparecido el 30 de junio de 2015 y encontrado sin vida el 3 de julio de ese año; Rubén Espinosa, fotoperiodista autoexiliado de Veracruz, asesinado el 1° de agosto de 2015. Asimismo, Anabel Flores, reportera de medios veracruzanos como El Mundo de Córdoba, El Buen Tono y El Sol de Orizaba, fue secuestrada el 8 de febrero de 2016 y luego asesinada; Manuel Torres, director de su propio medio informativo, MT Noticias, y excorresponsal de Tv Azteca y del diario Noreste, fue asesinado de un tiro en la cabeza el 14 de mayo de 2016, y Pedro Tamayo, reportero de medios como Al Calor Político y El Piñero de la Cuenca, asesinado a tiros el 20 de julio de 2016.

Y en cuanto a los periodistas desaparecidos, el primero fue Gabriel Fonseca, reportero de la sección policiaca de El Mañanero, a quien se le vio por última vez el 19 de septiembre de 2011; Miguel Morales Estrada, fotorreportero de 35 años desaparecido desde el 24 de julio de 2012; y Sergio Landa Rosado, de 45 años, reportero de la sección policiaca de Radio Cardel, visto por última vez el 22 de enero de 2013.

En la mayoría de los casos los periodistas asesinados o desaparecidos documentaban en el estado algunos casos de violencia relacionados con el crimen organizado, posibles nexos entre policías estatales, alcaldes u otras autoridades y delincuentes, y en algunos casos posibles hechos de corrupción.

“En el Veracruz de Duarte tú podrías expresarte, cualquiera podría expresarse, pero tendrías que estar consciente de que ibas a pagar un precio por ello… Ésa era la supuesta libertad de expresión en la que vivíamos.” Son palabras de la periodista Mary José Gamboa, columnista del periódico Notiver y exdirectora de la estación Meganoticias en Veracruz. Ella no figura en la lista de reporteros muertos o desaparecidos, aunque estuvo cerca de estarlo. Ella, al igual que otros colegas en el estado, fue víctima de la persecución del gobierno estatal por no adherirse a la línea informativa oficial. Por el contrario, publicaba historias y reportajes sobre obras inconclusas, abusos de las autoridades o desvío de recursos.

En ese sentido, habrá que destacar que el duartismo llegó a controlar y prácticamente eliminar a uno de los principales contrapesos de un gobierno: los medios de comunicación. Y ese dominio lo consiguió con dinero o con terror. Maryjose Gamboa pagó ese precio en carne propia. Todo inició en 2011, cuando ella, en su calidad de directora de tres canales de Meganoticias —que se veían en Veracruz, Xalapa y Tuxpan—, se negó a firmar un convenio que le propuso la entonces vocera del gobierno local, Gina Domínguez. El convenio consistía en que a cambio de publicidad oficial se eliminara la línea crítica contra el gobernador. La oferta oscilaba entre 3 y 4 millones de pesos mensuales. Eso complicó las circunstancias para la periodista, pues mientras ella seguía transmitiendo notas críticas contra el gobierno estatal, éste a su vez ejerció presión sobre los propietarios del canal.

La situación reventó luego de que se publicara en Meganoticias un reportaje donde se denunciaba que una empresa minera canadiense utilizaba cianuro para lavar las rocas que extraía de un cerro en Actopan, a 2.5 kilómetros de Laguna Verde. El trabajo denunciaba que el cianuro no era tratado con ningún cuidado y su filtración al manto acuífero podía envenenar a toda una población, todo ello con la anuencia del gobierno estatal. Luego de que ese reportaje se hizo público, los dueños del canal, empresarios sonorenses que también son propietarios de la productora de huevo Bachoco, le dijeron a Gamboa que su línea “ya no era compatible con la de la empresa”.

Tras salir de Megacable, el 4 de junio de 2012, la periodista continuó con su columna en Notiver . La línea crítica continuó desde ese espacio y también desde una emisión radiofónica local. En ese periodo, Gamboa sufrió intimidaciones y amenazas que incluyeron correos electrónicos ofensivos, ataques a su automóvil —al que le poncharon las llantas al menos en dos ocasiones— e incluso una intromisión a la casa de su madre. Pero hubo una advertencia que en particular la dejó helada. Una noche, al llegar a su casa notó que alguien había ingresado, pues la puerta estaba entreabierta. Tras llamar al personal de seguridad del fraccionamiento se animó a entrar. Aún recuerda claramente la escena: desde el cuarto de su hija hasta el jardín alguien construyó un camino con osos de peluche y al final estaba la muñeca favorita de la niña… con un machete en la cabeza. “Gracias a Dios ese día mi hija estaba con su abuela”, recuerda la periodista.

A partir de ahí Gamboa incrementó sus precauciones, perdió el trabajo en la radio, pues sus jefes le decían que no querían “problemas con Duarte”, pero sí continuó escribiendo su columna crítica en Notiver . Días después, Gamboa aceptó dirigir el Instituto de la Mujer en Boca del Río, un municipio gobernado por el pan, lo que incrementó la molestia de Javier Duarte. Luego, el viernes 12 de julio de 2014, vino un “accidente” por el cual Gamboa terminó en la cárcel. Así lo recuerda:

En la madrugada al manejar en la avenida principal mi vehículo para recoger a una de mis hermanas, surge absolutamente de la nada un atropellamiento entre dos puentes peatonales. Yo sentí un impacto sobre el cofre, se abrieron las bolsas de aire y me orillé. Yo pensé que era una bomba, pero cuando me bajé vi que había una persona en el camellón ya sin vida. Lo raro es que el muchacho no tenía una sola fractura en el cuerpo. Sólo un golpe en el cráneo.

Gamboa recordó que “casualmente” los videos de los accidentes grabados por las cámaras de seguridad pública desaparecieron. El examen de alcoholemia que le practicaron dio negativo. Aun así, el entonces procurador Luis Ángel Bravo, designado por Duarte, la acusó de haber manejado alcoholizada, ordenó su consignación y armó una conferencia de prensa en la que anunció que pediría 15 años de prisión contra la periodista. Los siguientes nueve meses Gamboa los pasó recluida en un penal estatal en Tuxpan, en donde, asegura, sufrió torturas físicas y psicológicas, que incluyeron golpes en brazos y rostro, toques eléctricos en el abdomen, intentos de ahogamiento, amenazas y encierro en celdas de castigo. “Sobrevivir ahí fue una pesadilla. Una vez estuvieron a punto de ahorcarme. Yo sentía que iba a morir… Hay cosas que aún me cuesta recordar”.

La periodista recuperó su libertad gracias a una sentencia de amparo de un juez federal, en la que se confirmaba que no se le podía acusar de cometer un homicidio grave que ameritara que estuviera presa, pues no había ninguna prueba de que manejara alcoholizada o a exceso de velocidad. Maryjose Gamboa lucha todavía contra el recuerdo de aquella experiencia, que no dudó en calificar como un acto de venganza del gobierno de Duarte. Su proceso penal no está cerrado, pero lo más grave del caso es que la periodista padece secuelas psicológicas y corporales producidas por las vejaciones sufridas. De hecho, a raíz de la violencia física a la que fue sometida le han tenido que practicar cuatro cirugías. Con todo y eso, aseguró sentirse aliviada por el hecho de no haber terminado en la macabra lista de los periodistas desaparecidos o muertos en la administración duartista. Sus palabras, entrecortadas por el sollozo, son contundentes: “Del error de tenerlo como gobernador pasamos al horror de vivir bajo la represión de Duarte”.

La violencia no fue la única vía que el duartismo usó para limitar la libertad de expresión. La vía preferida fue el dinero. Las investigaciones judiciales en el estado, que hasta la publicación de este libro siguen en curso, apuntan al uso de poco más de 8 mil millones de pesos que la administración duartista canalizó a múltiples medios de comunicación y periodistas. El propósito de este derroche público era mantener una línea editorial afín a los intereses del gobierno.

El dinero era canalizado a través de la firma de convenios publicitarios, lo que llegó a significar para cada medio el ingreso de al menos 4 millones de pesos mensuales. Los beneficiados fueron medios locales y nacionales. A esto se suman salidas de dinero extra por “peticiones especiales”, casi siempre desembolsando efectivo.

Por ejemplo, en su declaración ante la pgr el abogado Alfonso Arteaga, cómplice de Duarte en operaciones de lavado de dinero, dijo que en una ocasión llevó 70 millones de pesos en efectivo a un “periódico nacional de nombre Reporte Índigo.Indicó que el pago era por “informaciones que se manejarían en contra de Miguel Ángel Yunes”, hoy gobernador de Veracruz.

La periodista Maryjose Gamboa recordó que desde 2012, a través de solicitudes vía transparencia, se intentó que el gobierno clarificara los convenios con los medios de comunicación, pero nunca fructificaron. Incluso el propio gobierno incumplió sentencias de amparo que le ordenaban mostrar esos datos indebidamente clasificados.

El desvío de recursos públicos hacia los medios de comunicación fue un hecho y así lo confirmó el exsecretario de Seguridad Pública Arturo Bermúdez en una declaración rendida ante la pgr. El funcionario explicó que por órdenes de Karime Macías la Secretaría de Finanzas afectó el presupuesto de varias dependencias para hacer pagos por supuesta difusión de actividades a algunos medios, aunque el dinero fue facturado primero a empresas fantasma.

Las investigaciones que ahora se llevan a cabo consideran que se facturaron entre 700 millones y mil millones de pesos de supuestos “gastos de difusión” a empresas fachada entre 2012 y 2014. Una hipótesis para sustentar lo anterior es que parte de ese dinero fue entregado a medios de comunicación, en una vía paralela a los convenios de publicidad.

El gobierno duartista también intentó ganar la lealtad de periodistas a través de regalos y viajes. Gamboa señaló que en al menos tres ocasiones Duarte se llevó a España a un grupo de reporteros, con el pretexto de invitarlos a supuestas coberturas, como ferias turísticas. De hecho, la periodista señaló que ella misma fue invitada una vez, pero rechazó el viaje: “Los llevaba a comer a Casa Lucio, uno de los restaurantes más exclusivos en España, donde se pagaban cuentas de hasta 400 mil pesos. Y eso no era todo. También le daban a estos periodistas dinero para sus gastos. Era un derroche y un descaro absoluto”.

Ganarse la lealtad de los periodistas con estos sobornos, añadió Gamboa, le permitió a Duarte operar una guerra sucia en contra de periodistas críticos, pero sin que la acusación viniera del gobierno, sino de los propios periodistas. Se volvió común que se publicaran columnas en las que se decía que algún reportero intimidado, incluso los asesinados, “andaban en malos pasos” o se habían “vendido” a los políticos rivales del gobernador. También dijo que se inventaron “medios fantasma” de la noche a la mañana, los cuales publicaban información casi siempre oficial. En ese sentido, Gamboa recordó que la primera vocera del gobierno de Duarte, Gina Domínguez, coordinó una “guerra sucia” desde un centro operativo montado en varios pisos de la llamada Torre 1519, en Boca del Río. Ahí tenían teléfonos móviles, conversaciones, seguimiento e investigación de la vida personal de reporteros, activistas y adversarios de toda índole.

Hay que puntualizar que tanto Gina Domínguez como su sucesor en la Coordinación de Comunicación Social, Alberto Silva, están hoy involucrados en la asignación ilegal de casi 800 millones de pesos a empresas fantasma. Se presume que una parte de estos recursos pudo destinarse a pagos a medios reales a cambio de “favores” en la referida “guerra sucia”. El hecho de que había periodistas trabajando por encargo del gobierno pudo confirmarse a través del intento de soborno del que fue objeto este autor por parte de un directivo del periódico AZ.

El 31 de julio de 2015 cinco jóvenes fueron violentamente asesinados en el interior de un departamento en la colonia Narvarte, en la Ciudad de México. Entre ellos se encontraba la activista Nadia Vera Pérez y el fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril, quienes meses antes habían de Veracruz. Ambos aseguraron ser víctimas de persecuciones e intimidaciones por parte del gobierno duartista y de la policía estatal. Cuando las autoridades encontraron los cuerpos descubrieron que todos presentaban signos de tortura, además de disparos en la cabeza. Hasta hoy son un misterio el móvil del homicidio y la razón de tanta violencia.

La Procuraduría de Justicia de la Ciudad de México detuvo unas semanas después del multihomicidio a los tres presuntos autores materiales, entre ellos a un expolicía. Todos negaron los hechos, aunque algunos videos y estudios periciales confirmaron que habían estado en la escena del crimen. La presión de activistas y de los abogados de las víctimas, que sostenían que podría haber una conexión del crimen con Veracruz, orilló a la procuraduría capitalina a recabar las declaraciones de Javier Duarte y de su exsecretario de Seguridad Arturo Bermúdez. El problema fue que los interrogatorios a ambos funcionaros se basaron en preguntas genéricas y abiertas y no se obtuvo ningún resultado favorable para las víctimas.

El 21 de junio de 2017 la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal emitió la Recomendación 4/2017 por el Caso Narvarte, y confirmó que la pesquisa judicial era un desastre. Las líneas de investigación no se siguieron adecuadamente, faltaron pruebas por desahogar, hubo violaciones a derechos humanos por parte de las autoridades y, lo más importante, el crimen no estaba resuelto, ya que se desconocía el móvil del asesinato.

Karla Michele Salas, abogada representante de las víctimas, dijo al autor de este libro que en la investigación hay tres grandes temas que deben esclarecerse: el contexto y móvil del asesinato; la identificación de los perfiles a fondo, tanto de los autores materiales como de los intelectuales, y la situación particular de cada una de las víctimas. Esto conllevará más de 30 tipos distintos de diligencias que aún faltan por llevarse a cabo, desde peritajes hasta entrevistas con testigos, particulares y exfuncionarios.

¿El gobierno de Duarte puede estar involucrado en el crimen? Según la abogada, no hay un elemento que lo pruebe, pero tampoco que lo descarte. Por ejemplo, no se ha profundizado en el hecho de que a unas cuadras de donde se cometió el crimen estaba la sede de una supuesta empresa de seguridad privada de la que es dueño el exjefe de la policía de Duarte.

¿Casualidad? Es algo que está por verse.

El autor de esta investigación buscó a Javier Duarte de Ochoa —a través de su equipo de abogados, encabezado por Marco del Toro— para realizarle una entrevista en torno a los distintos temas que aquí se aborda y así tuviera la oportunidad de dar su versión al respecto. A principios de septiembre sus representantes informaron que el exgobernador había aceptado responder un cuestionario por escrito, por lo que se le envió uno con 23 preguntas. Pero no hubo respuesta.

Uno de los abogados de Duarte informó al autor que por un motivo de “estrategia”, y tras la ratificación que un tribunal hizo el 19 de octubre de 2017 de la apertura del proceso penal contra Duarte, el equipo del exgobernador determinó cambiar de opinión y no entregar las respuestas del cuestionario.

 

Arturo Ángel

Literal

La depuradora

E. L. Doctorow murió el 21 de julio de 2015 cuando se corregían las pruebas de Cuentos completos (Malpaso, 2015). Durante las semanas anteriores colaboró con Malpaso para perfilar los detalles de una edición (la primera de todos sus cuentos en cualquier lengua) que esperaba con enorme interés. La antología fue desarrollada a sugerencia de Eduardo Lago y auspiciada por el propio Doctorow, que se implicó directamente en la edición. Compartimos uno de los relatos incluidos en el volumen.


Había seguido a mi hombre a este lugar. Todo lo que hacía era un misterio para mí y aquel día de noviembre su predilección por las depuradoras de agua no lo era menos. El edificio cuadrado de granito, con torres almenadas en las esquinas, se levantaba junto al embalse sobre una meseta que dominaba la ciudad desde el norte. Tenía una gran cantidad de ventanas, por las cuales curiosamente, no parecía pasar la luz. En los cristales se reflejaba el cielo que tenía a mis espaldas, una masa tumultuosa de ondulantes formas grises bullendo entre bóvedas rosas y con nubarrones negros navegando en las alturas como una armada.

Su carruaje estaba en el patio delantero. El caballo pateó el suelo empedrado y giró la cabeza para verme.

Tras el edificio estaba el embalse, un cráter acuoso que ocupaba el equivalente a cinco o seis manzanas de un barrio urbano situado sobre un terraplén cuyo ángulo ascendente sugería la plataforma piramidal de una civilización antigua, maya tal vez. En verano, la gente de la ciudad venía aquí a pasar el domingo, subiendo al terraplén para dar gritos de admiración ante la vista de aquella extensión cuadrada de agua. Aquel día la tenía toda para él solo. Desde donde yo estaba se oía el violento chasquido, la bofetada insistente de las olas contra el empedrado.

A escasa distancia del embalse, mi capitán de barba negra estaba en pie bajo cielo nublado contemplando algo sobre la superficie del agua y sujetándose con fuerza el ala de su sombrero con una mano. El viento le aplastaba el faldón del abrigo contra la pierna.

Estaba seguro de que él no ignoraba mi presencia. De hecho, algunos días había percibido en sus actos una enajenada voluntad de asociación, como si sus quehaceres buscaran nuestro beneficio mutuo. Subí el terraplén por el flanco oriental, a un centenar de metros de él, y me puse cara al viento para ver el objeto de su atención.

Se trataba de un velero de juguete que ascendía y descendía sobre el oleaje a velocidad alarmante, desapareciendo y reapareciendo sin dejar de balancearse mientras vertía agua por los costados.

Lo contemplamos varios minutos. Desapareció, se alzó y volvió a desaparecer. El movimiento tenía un ritmo que adormecía la percepción y pasó un rato antes de darme cuenta, mientras esperaba verlo reaparecer, que ya lo esperaba en vano. La catástrofe me produjo la misma impresión que si estuviera en lo alto de un acantilado y hubiera visto un velero engullido por el mar.

Cuando se me ocurrió pedir ayuda a mi hombre, lo vi corriendo sobre el pontón de tierra endurecida que daba a la parte trasera de la depuradora. Lo seguí. Una vez dentro del edificio, noté el frío del aire sepultado y oí la orquesta del agua que siseaba y rugía al caer. Bajé corriendo por un pasillo de piedra y hallé otro corredor que permitía continuar hacia la izquierda o la derecha. Me quedé escuchando. Oí sus pasos claramente, el martilleo metálico de unos tacones cuyo eco resonaba a mi derecha. Al final del túnel oscuro había una escalera de hierro que ascendía circularmente en torno a un eje de acero negro. Subí por la espiral y, al llegar al piso superior, me hallé en una pasarela dispuesta sobre una enorme piscina interior de agua turbulenta. Ese torbellino diabólico soltaba un vapor mineral, como un quinto elemento, que nutría una profusión de musgo y limo sobre la superficie de piedra ennegrecida del muro del fondo.

Sobre mi cabeza había una claraboya de vidrio translúcido. Bajo su luz lo vi de pronto, a menos de dos metros de donde yo me hallaba. Estaba inclinado sobre la barandilla con una expresión absorta de una intensidad aterradora. Pensé que podía caer al agua de tan ensimismado como parecía estar. Verlo en aquel momento de turbación me resultaba casi insoportable, así que de nuevo miré hacia lo que miraba él y allí abajo, en el tumulto amarillento de corrientes espumosas maceradas por el arnés mecánico, aprisionado en la maquinaria de una de las compuertas, había un pequeño cuerpo humano cuya ropa parecía haber quedado atrapada en un bisagra o algo similar. El niño, una miniatura como el barco del embalse, se golpeaba incesantemente contra el artefacto de hierro, primero a un lado y luego al otro, como en una protesta muda, tiritando y temblando, animando por revulsión la muerte que ya lo había vencido. Alguien gritó y al cabo de un momento vi, como recién desgajados de la piedra, a tres hombres de uniforme sobre un repecho inferior dispuestos a resolver la situación. Estaban tirando de una cuerda unida a una polea sobre el muro del fondo y por este medio habían logrado fijar una especie de puente colgante hasta la otra pared, la pared que mi pasarela me impedía ver. En ese momento, vi aparecer a otro de los empleados de la depuradora, colgado del cable por los tobillos, con una ruedecilla que le permitía avanzar y con las manos libres para poder liberar al artilugio de su obstrucción.

Y, alzando el cuerpecillo del agua por la camisa, aquel hombre logró asir por los tobillos y zapatos a un niño de entre cuatro y ocho años que al ahogarse se había quedado de color azul. Y, así suspendidos los dos, columpiándose rítmicamente sobre las aguas alborotadas, se deslizaron sobre el cable como un par de trapecistas hasta que se perdieron de vista al pasar por debajo de mí.

Al ver la calidad profesional de la maniobra me pregunté si los trabajadores de la depuradora estarían acostumbrados a esta clase de sucesos. Poco después, en el patio, ya bajo el cielo anochecido, vi a mi hombre cargar en su carruaje el cadáver envuelto en una manta, cerrar la puerta con elegancia y subir de un salto al pescante, donde supo imponerse a su caballo con un sonoro chasquido de las riendas. Y se fue camino de la ciudad con el niño muerto mientras veíamos difuminarse en la distancia los radios de las relucientes ruedas negras.

Empezó a llover. Me puse a cubierto en aquel lugar donde el agua parecía oprimirnos a todos, por dentro y por fuera, a los muertos y a los vivos.

Entre tanto, los trabajadores de la depuradora se disponían a repartirse un tesoro. Llevaban el uniforme azul marino con cuello alto de los empleados municipales alterado con un tosco jersey bajo la chaqueta y con el pantalón remetido en las botas altas. El suyo no era un trabajo envidiable. Imaginaba sus pulmones humanos cubiertos del mismo musgo que crecía sobre los muros de piedra. Todos tenían el rostro reluciente, enrojecido de frío y esmaltado por la niebla.

Al verme hicieron gala de su indiferencia mientras llenaban de whisky sus vasos de estaño. Esos rituales también se tienen en alta estima entre los bomberos y los sepultureros.

 

E. L. Doctorow
Escritor. Publicó El libro de DanielRagtime y Billy Bathgate, entre otros libros.

Traducción de Gabriela Bustelo.

Literal

El mozo de cuerda tuerto

Voltaire
Cuentos completos en prosa y verso
Edición y traducción de Mauro Armiño
Siruela
Madrid, 2015
932 páginas.


Voltaire (París, 1694-ídem, 1778) escribió cuentos en los que se encuentra la esencia de sus afanes: plantear nuevas ideas. En el caso de sus relatos el pensamiento está envuelto en ficciones narrativas que llevan al lector a espacios como a Oriente.

Nuestros dos ojos no vuelven mejor nuestra condición; uno nos sirve para ver los bienes, y el otro los males de la vida. Mucha gente tiene la mala costumbre de cerrar el primero, y muy pocos cierran el segundo; por eso hay tanta gente que preferiría estar ciega a ver todo lo que ve. ¡Felices los tuertos que sólo están privados de ese mal ojo que echa a perder todo lo que mira! Mesrur es un ejemplo.

Habría sido preciso ser ciego para no ver que Mesrur era tuerto. Lo era de nacimiento; pero era un tuerto tan contento con su estado que nunca se le había ocurrido desear otro ojo. No eran los dones de la fortuna los que lo consolaban de los entuertos de la naturaleza, porque era un simple mozo de cuerda y no tenía más tesoro que sus espaldas; mas era feliz, y demostraba que un ojo de más y una pena de menos contribuyen bien poco a la felicidad. El dinero y el apetito siempre le llegaban en proporción a la tarea que hacía; trabajaba por la mañana, comía y bebía por la tarde, dormía de noche, y miraba todos sus días como otras tantas vidas separadas, de suerte que la preocupación por el futuro nunca le perturbaba el goce del presente. Como podéis ver, era a un tiempo tuerto, mozo de cuerda y filósofo.

Por azar, vio pasar en una brillante carroza a una gran princesa que tenía un ojo más que él, cosa que no le impidió encontrarla muy hermosa, y, como los tuertos sólo difieren del resto de los hombres en que tienen un ojo de menos, se enamoró locamente. Tal vez alguien diga que, cuando uno es mozo de cuerda y tuerto, no hay que enamorarse, sobre todo de una gran princesa, y, lo que es más, de una princesa que tiene dos ojos; convengo en que es muy de temer no agradar; sin embargo, como no hay amor sin esperanza, y como nuestro mozo de cuerda amaba, esperó.

Como tenía más piernas que ojos, y además eran buenas, siguió durante cuatro leguas la carroza de su diosa, de la que tiraban con gran rapidez seis grandes caballos blancos. En aquel tiempo, la moda entre las damas era viajar sin lacayo ni cochero y guiar ellas mismas: los maridos querían que siempre fuesen solas, para estar más seguros de su virtud, cosa directamente opuesta a la opinión de los moralistas, que dicen que en la soledad no hay virtud.

Mesrur seguía corriendo junto a las ruedas de la carroza, volviendo su ojo bueno hacia la dama, sorprendida de ver a un tuerto con aquella agilidad. Mientras él demostraba así que uno es infatigable porque ama, una bestia salvaje, perseguida por unos cazadores, cruzó el camino real y espantó a los caballos que, con el bocado entre los dientes, arrastraban a la hermosa hacia un precipicio. Su nuevo enamorado, más espantado todavía que ella, aunque ella lo estuviese mucho, cortó los tiros con maravillosa destreza; los seis caballos blancos dieron solos el salto peligroso, y para la dama, que no estaba menos blanca que ellos, todo quedó en susto. “Quien quiera que seáis, le dijo, nunca olvidaré que os debo la vida; pedidme cuanto queráis; cuanto tengo es vuestro. —¡Ah!, con mayor razón puedo ofreceros otro tanto, respondió Mesrur; mas, si os lo ofreciera, siempre os ofrecería menos, porque sólo tengo un ojo y vos tenéis dos; pero un ojo que os mira vale más que dos ojos que no ven los vuestros.” La dama sonrió, porque las galanterías de un tuerto no dejan de ser galanterías, y las galanterías siempre hacen sonreír. “Querría poder daros otro ojo, le dijo, pero sólo vuestra madre podía haceros ese regalo; pese a todo seguidme.” Tras estas palabras, se apea de su carruaje y prosigue el camino a pie; también bajó su perrillo, que caminaba junto a ella ladrando a la extraña figura de su escudero. Hago mal dándole el título de escudero, porque, por más que le ofreció el brazo, nunca quiso la dama aceptarlo so pretexto de que estaba demasiado sucio; y vais a ver que fue víctima de su limpieza. Tenía unos pies muy pequeños, y unos zapatos más pequeños todavía que sus pies, de modo que no estaba ni hecha ni calzada para soportar una larga caminata.

Unos pies bonitos consuelan de tener malas piernas cuando se pasa la vida en una tumbona en medio de un tropel de petimetres; pero ¿para qué sirven unos zapatos bordados de lentejuelas en un camino de piedras donde únicamente puede verlos un mozo de cuerda, y encima un mozo de cuerda que sólo tiene un ojo?

Melinade (ése es el nombre de la dama; mis razones he tenido para no decirlo hasta ahora, porque aún no estaba inventado) avanzaba como podía, maldiciendo a su zapatero, desgarrando sus zapatos, desollándose los pies y haciéndose esguinces a cada paso. Hacia hora y media poco más o menos que caminaba al paso de las grandes damas, es decir, que ya había hecho cerca de un cuarto de legua, cuando cayó rendida de fatiga.

El Mesrur, cuya ayuda había rechazado mientras estaba de pie, dudaba en ofrecérsela por temor a ensuciarla si la tocaba: sabía que no estaba limpio, la dama se lo había dado a entender con suficiente claridad, y la comparación que en el camino había hecho entre él y su amada se lo había demostrado más claramente todavía. Llevaba ella un vestido de un ligero paño de plata, sembrado de guirnaldas de flores, que hacía resplandecer la belleza de su talle; y él, un blusón pardo manchado en mil puntos, agujereado y remendado de suerte que los remiendos estaban al lado de los rotos, y no encima, donde sin embargo habrían estado más en su sitio. Él había comparado sus manos nerviosas y cubiertas de callosidades con dos manitas más blancas y delicadas que los lirios. Había visto, por último, los hermosos cabellos rubios de Melinade, que escapaban a través de un ligero velo de gasa, unos realzados en trenza y otros en rizos; a su lado, él sólo podía poner unas crines negras, erizadas y crespas, que por único adorno sólo tenían un turbante destrozado.

Mientras tanto, Melinade intenta levantarse, mas no tarda en volver a caer, y con tan mala fortuna que lo que enseñó a Mesrur privó a éste de la poca razón que la vista del rostro de la princesa había podido dejarle. Olvidó que era mozo de cuerda, que era tuerto, y únicamente pensó en la distancia que la fortuna había puesto entre Melinade y él; y no recordó siquiera que era un enamorado, porque faltó a la delicadeza que dicen inseparable de todo verdadero amor, y que a veces constituye su encanto y en la mayoría de las ocasiones su hastío; se sirvió de los derechos que a la brutalidad le daba su estado de mozo de cuerda, fue brutal y feliz . Sin duda la princesa se hallaba entonces desvanecida, o gemía lamentando su destino; pero, como era justa, a buen seguro bendecía al destino según el cual todo infortunio lleva consigo su consuelo.

La noche había extendido sus velos sobre el horizonte y ocultaba con su sombra la verdadera dicha de Mesrur y las presuntas desgracias de Melinade ; Mesrur saboreaba los placeres de los perfectos amantes, y los saboreaba como mozo de cuerda, es decir (para vergüenza de la humanidad) de la forma más perfecta; los desmayos de Melinade la ganaban a cada instante, y a cada instante su amante recuperaba fuerzas. “Poderoso Mahoma, dijo una vez como hombre fuera de sí, pero como mal católico, a mi felicidad sólo le falta que la sienta también quien la causa; mientras estoy en tu paraíso, divino profeta, concédeme otro favor, ser a los ojos de Melinade lo que ella sería a mi ojo si fuera de día.” Acabó de rezar, y siguió gozando. La Aurora, siempre demasiado diligente para los amantes, sorprendió a Mesrur y a Melinade en la actitud en que ella misma habría podido ser sorprendida, un momento antes, con Titono. Mas ¡cuál no sería el asombro de Melinade cuando, al abrir los ojos con los primeros rayos de la aurora, se vio en un lugar encantado con un joven de noble porte, y de rostro que se parecía al astro cuyo retorno esperaba la tierra! Tenía mejillas de color rosa y labios de coral; sus grandes ojos, tiernos y vivos a un tiempo, expresaban e inspiraban la voluptuosidad; su aljaba de oro, adornada de pedrerías, colgaba de sus hombros, y sólo el placer hacía resonar sus flechas; su larga cabellera, retenida por un lazo de diamantes, flotaba libre sobre sus caderas, y un paño transparente, bordado de perlas, le servía de indumentaria sin ocultar nada de la belleza de su cuerpo. “¿Dónde estoy, y quién sois vos?, exclamó Melinade en el colmo de su sorpresa. —Estáis, respondió él, con el miserable que ha tenido la dicha de salvaros la vida, y que se ha cobrado sobradamente su esfuerzo.” Tan asombrada como encantada, Melinade lamentó que la metamorfosis de Mesrur no hubiera empezado antes. Se acerca a un brillante palacio que hería su vista y lee esta inscripción sobre la puerta: “Alejaos, profanos; estas puertas sólo se abrirán para el dueño del anillo.” Mesrur se acerca a su vez para leer la misma inscripción, pero vio otros caracteres y leyó estas palabras: “Llama sin temor”. Llamó, y al punto las puertas se abrieron por sí mismas con gran estrépito. Los dos amantes entraron, al son de mil voces y mil instrumentos, en un vestíbulo de mármol de Paros; de allí pasaron a una sala magnífica, donde los aguardaba un delicioso festín desde hacía mil doscientos cincuenta años sin que ninguno de los platos se hubiera enfriado todavía; se sentaron a la mesa, y cada uno fue servido por mil esclavos de la mayor hermosura; la comida estuvo acompañada de conciertos y danzas; y cuando hubo acabado, todos los genios acudieron con el mayor orden, repartidos en diferentes grupos, con atavíos tan magníficos como singulares, a prestar juramento de fidelidad al amo del anillo, y a besar el dedo sagrado de quien lo llevaba.

Había sin embargo en Bagdad un musulmán muy devoto que, como no podía ir a lavarse en la mezquita, se hacía traer el agua de la mezquita a casa a cambio de una pequeña retribución que pagaba al sacerdote. Acababa de hacer la quinta ablución, para disponerse a la quinta plegaria, cuando su criada, joven aturdida muy poco devota, se desembarazó del agua sagrada arrojándola por la ventana. Fue a caer sobre un desgraciado profundamente dormido sobre la esquina de un mojón que le servía de cabecera. Fue inundado y se despertó. Era el pobre Mesrur quien, de regreso de su morada encantada, había perdido en su viaje el anillo de Salomón. Se había quitado sus ricas vestiduras y puesto el blusón; su hermosa aljaba de oro se había trocado en la escalerilla de madera, y, para colmo de desgracia, había perdido uno de sus ojos en el camino. Volvió a recordar entonces que la víspera había bebido gran cantidad de aguardiente que había abotargado sus sentidos y calentado su imaginación. Hasta entonces había apreciado ese licor por gusto; ahora empezó a amarlo por gratitud, y volvió alegremente a su trabajo, muy decidido a gastarse el jornal en comprar los medios para encontrar de nuevo a su querida Melinade. Cualquier otro se hubiera afligido por ser un maldito tuerto después de haber tenido dos hermosos ojos, por sufrir el rechazo de las barrenderas de palacio después de haber gozado los favores de una princesa más hermosa que las amadas del califa, y por estar al servicio de todos los burgueses de Bagdad después de haber reinado sobre todos los genios; pero Mesrur no tenía el ojo que ve el lado malo de las cosas.

 

Voltaire
Escritor, abogado, filósofo y pensador, considerado como uno de los más importantes intelectuales de la Ilustración y una de las personalidades más brillantes y provocadoras de su época.

Contra la impunidad electoral

Aunque incomode, la relación entre dinero y política es necesaria. Tanto partidos como candidatos necesitan dinero, en el mejor de los casos, para acercarse a los ciudadanos y comunicarles sus propuestas y agendas programáticas, y en el peor, para movilizarlos durante la jornada electoral y tratar de inclinar su voto a favor de alguien. No obstante, en política —y más aún en campañas electorales—, el dinero se ha convertido en sinónimo de abuso y corrupción. Nos parece abusivo que los partidos reciban 6 mil 788 millones de pesos en dinero público para financiar sus actividades en 2018, entre otras razones, por las magras cuentas que nos entregan. Asimismo, nos parece corrupto que gasten —qué va, ¡que derrochen!— estos recursos en contratar consultores y producir spots porque viven en un país de enorme desigualdad y pobreza. ¿Cómo resolver esta paradoja?

El financiamiento público a los partidos políticos fue una enorme victoria de la sociedad civil para abrir el sistema de partido hegemónico. Sin él, la pluralidad en el Congreso de la Unión, la alternancia en la Presidencia de la República y la reñidísima competencia en la mayoría de las entidades no serían posibles. Nos guste o no, el financiamiento público no sólo provee un piso mínimo para competir, sino que también facilita la fiscalización del gasto de los partidos políticos. Además, renunciar al financiamiento público, con instituciones a medio hacer y un Estado tan débil como el nuestro, nos dejaría todavía más vulnerables frente a poderes fácticos, el crimen organizado e intereses particulares ajenos al bien común de los mexicanos.

En este sentido, el debate que debemos tener no es si 19 millones de pesos es un tope de gasto razonable o excesivo para una elección de gobernador, tampoco si la fórmula para definir el financiamiento público a los partidos políticos debe tomar en cuenta la votación recibida en la última elección. Lo que debemos preguntarnos es por qué nuestro sistema de financiamiento público se ha convertido en una causa constante y justificada de ira social, en una fuente de enriquecimiento de dirigentes partidistas y en un obstáculo para sentirnos representados en las instituciones políticas y de gobierno. Todos perdemos cuando el 58 por ciento de los mexicanos considera que el Instituto Nacional Electoral (INE) no es confiable, o cuando la ley es vista como sinónimo de corrupción por cuatro de cada diez mexicanos. ¿Qué podemos hacer al respecto?

Bien pensado, mal implementado

En vez de discutir topes de gasto, fórmulas de financiamiento o mecanismos de fiscalización, proponemos dar un paso atrás y preguntarnos cuál es el eslabón más débil de la cadena de nuestro sistema de financiamiento público a los partidos políticos. Para hacerlo, proponemos caracterizar los procesos electorales como un mercado donde confluyen la oferta de propuestas de políticas públicas y programas de gobierno y la demanda de votos y apoyos a favor de los candidatos. En este mercado las transacciones se realizan con el dinero público que se distribuye a los partidos políticos para financiar las actividades de sus candidatos, con los spots de radio y televisión que reciben a través del tiempo correspondiente al Estado y con los votos que se emiten en la jornada comicial.

En su forma más simple, en este mercado se observan tres jugadores: los candidatos a un puesto de elección popular, que representan a un partido o van por la vía independiente, los ciudadanos, que ofrecen su voto en la demarcación en disputa, y las autoridades electorales (el Instituto Nacional Electoral, los 32 institutos electorales locales, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y la Fiscalía Especializada para Delitos Electorales), que son las encargadas de establecer los términos y condiciones de operación del mercado (por ejemplo, los procedimientos para sancionar a los actores regulados, las reglas para fiscalizar a los partidos políticos y las pesquisas para documentar y probar delitos electorales).

Lo que quiere y ofrece cada quien se puede deducir fácilmente: los candidatos quieren obtener la mayor cantidad de votos posibles, los votantes quieren ayudar a que gane su candidato preferido y las autoridades electorales quieren que la jornada comicial arroje resultados confiables y que las campañas que la antecedan sean equitativas, competitivas y apegadas a la legalidad. El resultado es un equilibrio donde los candidatos invierten el dinero público en comunicar a los votantes sus propuestas de políticas públicas y programas de gobierno, los votantes evalúan y ponderan sus opciones para emitir un voto razonado e informado y las autoridades electorales vigilan que las campañas y la jornada comicial se realicen con estricto apego a la legalidad.

La consecuencia de lo anterior es un mercado relativamente eficiente: el financiamiento público funciona como salvaguarda de la equidad entre competidores durante el proceso, la información que reciben los votantes es equilibrada y representativa de las opciones que tendrán en la boleta y las autoridades electorales detectan y sancionan cualquier conducta ilícita de los candidatos. No sólo eso, las fórmulas de financiamiento facilitan la competencia entre partidos y candidatos, los topes de gasto funcionan como un límite claro para las campañas y los dictámenes de fiscalización son una fuente confiable para conocer lo acontecido en el terreno de juego. Lo que es más, los fraudes son fáciles de detectar y las sanciones son fulminantes y difíciles de atacar por la vía política, inclusive por la judicial.

Sin embargo, los resultados observados en la realidad son distintos a los pronosticados por el modelo imaginado en la legislación electoral. ¿Por qué sucede esto? ¿No se supone que el financiamiento público es la principal fuente de recursos y está debidamente regulado? ¿Acaso no contamos con mecanismos jurídicos e instituciones para resolver conflictos electorales? ¿Será que nuestras leyes no contemplan sanciones a las conductas ilegales de los candidatos? ¿O el problema es que los delitos electorales, como la corrupción, son difíciles de detectar por su naturaleza oculta? Quizá sea momento de reconocer que el sistema de financiamiento público a los partidos políticos fue bien pensado, pero mal implementado, y que cada nueva reforma para “fortalecerlo” y “apuntalarlo” no ha hecho más que erosionar la menguante credibilidad de las autoridades electorales y profundizar el estigma social de la política.

Un mercado de dos lados (carcomido por la impunidad)

En general, pensamos que, si bien la legislación mexicana tiende al modelo de financiamiento ideal descrito arriba, durante décadas el sistema se ha implementado y reformado de tal manera que hoy 1) todos los actores involucrados están dispuestos a tener un cumplimiento acomodaticio de la regulación electoral y 2) las autoridades electorales sancionan las conductas ilegales erráticamente. Es decir, para nosotros, la causa de la disfuncionalidad del modelo es la impunidad.

Con impunidad, el financiamiento público es sólo una fracción del gasto real que ejercen los candidatos, la información que reciben los votantes es función de los espacios y la cobertura que las campañas compran ilegalmente a los medios de comunicación y las autoridades electorales quedan rebasadas para detectar y sancionar las conductas ilícitas de los candidatos. Lo que es peor, con impunidad, la fórmula para calcular el financiamiento público se transforma en un botín para que los partidos mantengan onerosas estructuras burocráticas y sus dirigentes se enriquezcan, los topes de gasto se convierten en el piso mínimo de recursos para poder competir y los dictámenes de fiscalización se transforman en un mecanismo para lavar los recursos ilegales que fluyen a raudales a las campañas. Y el colmo, en este sistema impune, los fraudes son virtualmente imposibles de probar, por lo que las sanciones son mínimas o impuestas con base en consideraciones políticas, alimentando así el círculo vicioso y erosionando la credibilidad de las autoridades electorales.

Esta realidad nos lleva a concluir que el mercado electoral mexicano al que nos enfrentaremos en 2018 —el proceso electoral más grande y complejo de nuestra joven historia democrática— no fue anticipado adecuadamente en las leyes que dieron origen al sistema de financiamiento público a los partidos políticos. De hecho, el mercado electoral mexicano se ha distorsionado a tal grado que hoy las autoridades están altamente centralizadas, concentran más poder que nunca en la historia y tienen un número de atribuciones muy superior al pensado originalmente. La consecuencia ha sido su saturación, creando nuevos espacios para que la corrupción y la impunidad germinen en todo el sistema.

Por lo anterior, proponemos que el mercado electoral mexicano se analice de manera dual: por un lado, el mercado de votos descrito arriba, donde interactúan candidatos y votantes con la mediación de las autoridades electorales, y por el otro, el mercado de apoyos descrito a continuación, donde interactúan candidatos, partidos y agentes económicos sin la mediación de las autoridades electorales. En el mercado de apoyos confluyen dos actores: los candidatos a un puesto de elección popular y los agentes económicos que ofrecen recursos líquidos y en especie a los candidatos. Lo que quiere y ofrece cada quien también se puede deducir fácilmente: los candidatos quieren obtener la mayor cantidad de recursos para sus campañas y los agentes económicos quieren invertir en la posibilidad de hacer negocios con el gobierno. Sobra decir que la existencia de este segundo mercado depende completamente de la impunidad. Es un mercado negro típico, donde las transacciones, ilegales por definición, se realizan en la oscuridad, y los conflictos, propios de la incertidumbre jurídica, se resuelven a través de mecanismos informales.

Si el mercado de apoyos sólo sirviera como una fuente de recursos adicionales para los candidatos y los partidos políticos quizá no habría mayor problema. Se gastaría más, sin duda, pero sin pasarle factura al erario. No obstante, la realidad es que el mercado de apoyos tiene efectos sumamente perniciosos en el mercado de votos y, por ende, en los resultados que arrojan los procesos electorales. Por ello, proponemos que el análisis del sistema de financiamiento de campañas se haga bajo la teoría de plataformas en mercados de dos lados. La plataforma, como puede deducirse, es cada campaña. Los dos lados del mercado son, primero, el mercado de votos, donde los candidatos compiten para obtener más votos que sus adversarios, y segundo, el mercado de apoyos, donde los candidatos compiten para obtener recursos adicionales para financiar sus campañas.

No obstante, en contraste con el mercado de votos, el de apoyos es ilegal y poco vigilado. Su existencia es posible debido a que la probabilidad de que la descubran y sancionen es baja, así como el riesgo que corren los candidatos por aceptar dinero proveniente de estos apoyos es muy limitado. Además, al ser un mercado ilegal, existe el riesgo que los inversionistas cobren a través de contratos futuros con el gobierno para proveer bienes y servicios. Probablemente esta sea una razón por la que se observa un encarecimiento en las compras públicas. Si la autoridad impusiera castigos como anular elecciones o quitar el registro a los partidos políticos, el riesgo de participar en el mercado negro de apoyos incrementaría tanto que tendería a desaparecer o se reduciría hasta el punto en el que sólo participarían agentes económicos con una alta tolerancia al riesgo.

Lo anterior nos obliga a reflexionar sobre avenidas posibles para permitir la entrada de agentes económicos al financiamiento de campañas de forma confiable y transparente. Es innegable que estos agentes ya participan y seguirán participando en el mercado electoral mexicano. Se ha visto, por ejemplo, que la base monetaria crece tres veces durante los periodos electorales comparado con el crecimiento normal que tiene cada año. Lo que tiene que hacerse no es negar la existencia de este mercado, sino vigilar que el dinero adicional que llegue a las campañas no afecte la equidad de la contienda.

La autonomía es necesaria, pero no suficiente

Habrá quien diga que reducir la impunidad en el mercado electoral mexicano depende, sobre todo, de la autonomía e imparcialidad de las autoridades electorales. Este argumento nos merece dos comentarios. Primero, colocar a las mejores personas —las más preparadas, con las trayectorias más deslumbrantes y con las reputaciones más intachables— en instituciones que no sirven para sancionar, sólo abona al cinismo y el desencanto público con las autoridades electorales. La gente concluirá, con justa razón, que ni los mejores pudieron hacer bien las cosas. Es más, se podría decir que ya probamos esta solución. Los resultados están a la vista de todos. Sentir nostalgia por un pasado de autoridades presuntamente imparciales y capaces es evadir la discusión sobre el problema de fondo.

El segundo argumento, sobre la autonomía, es más interesante. La autonomía del INE, de la FEPADE y del Poder Judicial —del cual forma parte el TEPJF— debe funcionar como un blindaje contra las presiones de los candidatos y los partidos políticos. Sin esas presiones, en teoría, las autoridades electorales deberían de sancionar, con toda libertad y apego a derecho, las conductas ilegales de los candidatos y los partidos políticos. No obstante, eso no siempre sucede. ¿A qué se debe?

Por un lado, hay quienes aseguran que la designación de los integrantes de los cuerpos colegiados del INE y el TEPJF por “cuotas y cuates” los condena a servir los intereses de los partidos políticos durante su encargo. Por el otro, hay quienes aseguran que las jugosas prebendas que conlleva ser consejero o magistrado son suficientemente atractivas como para dejar pasar las conductas ilegales de los partidos políticos. En el caso de la FEPADE, el argumento más común es que su titular depende directamente del Procurador General de la República, quien, como vimos recientemente, puede removerlo en cualquier momento sin mayor resistencia.

Si bien ambas explicaciones parecen plausibles, no resultan convincentes, sobre todo considerando que la autonomía está sustentada legalmente y que enfrentarse a los partidos políticos puede traducirse en un prestigio social tan relevante como capitalizable profesionalmente. Pero no somos ingenuos, violentar la autonomía de las autoridades electorales, como sucedió con el INE (entonces IFE) en 2007 y con la FEPADE en semanas recientes, sí puede sentar un precedente que desincentive la imposición de sanciones por parte de las autoridades electorales. A raíz de estos antecedentes, en la mente de los consejeros, fiscales y magistrados siempre estará la posibilidad de que los destituyan como venganza por haber sancionado a algún candidato o partido. La autonomía, por lo tanto, es una condición necesaria, pero no suficiente, para reducir la impunidad.

Una ruta crítica

Desde nuestra perspectiva, la solución a la paradoja entre dinero y política no depende de disminuir el financiamiento público a los partidos, tampoco de dotar a las autoridades electorales de mayores atribuciones para regular el mercado de votos, mucho menos de que la Unidad de Fiscalización del INE contrate más contadores para fiscalizar los recursos que ejercen los partidos políticos. Ni hablar de los topes de gasto, incrementarlos o disminuirlos es tan fútil como hacer un cambio en el minuto 90: son montos que dicen poco sobre el costo real de las campañas y que en la práctica sólo sirven como referencia para estructurar la contabilidad doble que necesariamente llevan los equipos de campaña.

La solución a la paradoja entre dinero y política en el mercado electoral mexicano depende de que las autoridades sancionen a los candidatos y los partidos políticos que incurran en delitos electorales; para ser precisos, depende de que las autoridades electorales apliquen sanciones que incrementen sustancialmente la prima de riesgo que pagan los agentes económicos en el mercado de apoyos. En la medida en que la impunidad se mantenga constante y la prima de riesgo sea baja, financiar campañas ilegalmente siempre será una inversión sumamente rentable para los agentes económicos. No hay salida, reestructurar el mercado electoral mexicano requiere de reducir la impunidad, lo que a su vez requiere de la aplicación consistente de sanciones suficientemente duras como para reducir la rentabilidad del mercado de apoyos. La prima de riesgo de apoyar a un candidato ilegalmente debe ser prohibitiva para los agentes económicos, de la misma manera que recibir apoyos ilegales debe ser riesgosísimo para los candidatos.

También resulta fundamental que las autoridades electorales cuenten con herramientas diseñadas no sólo para regular el mercado de votos, sino también para regular e imponer sanciones en el mercado de apoyos, partiendo de que las campañas funcionan como plataformas en un mercado de dos lados. Mientras la legislación electoral no contemple los dos lados del mercado, las autoridades seguirán funcionando como certificadoras de conductas ilícitas y, hay que decirlo, de elecciones francamente inequitativas por los recursos ilegales que fluyen a las campañas a raudales y a la vista de todos.

El menú de sanciones para lograr este efecto disuasorio en el mercado electoral mexicano es tan amplio como nuestra imaginación lo permita (quizá anular elecciones y retirar el registro de los partidos sean las sanciones más atractivas). Lo importante, estamos convencidos, es que las sanciones se apliquen consistemente y con estricto apego a derecho, hasta que se conviertan en una amenaza real a los candidatos y agentes económicos que participan en el mercado de apoyos. Y no sobra decirlo, la metodología y los castigos deben ser totalmente transparentes.

Por otro lado, también debemos estar abiertos a la posibilidad de integrar a los agentes económicos en la fórmula de financiamiento de las campañas electorales, no sólo como una manera de regular el mercado de apoyos, sino también como un mecanismo para incrementar la transparencia, incentivar la rendición de cuentas y reducir la impunidad en los procesos electorales. Ejemplos como la fórmula de financiamiento alemán pueden ser la respuesta, un sistema que iguala fondos públicos con los obtenidos por la vía privada y que además premia la transparencia y la rendición de cuentas.

El invierno electoral está a la vuelta de la esquina, vayamos sentando las bases de un sistema de financiamiento que sirva. Aferrarnos a dogmas, refugiarnos en formalismos legales y hacernos de la vista gorda frente a lo evidente sólo ha contribuido a la estigmatización de la política, a la desconfianza en las autoridades electorales y al desprestigio de la democracia en México. Mientras no reconozcamos que la impunidad electoral es el talón de Aquiles del sistema, cualquier debate o propuesta de una nueva reforma será poco más que una trampa o una pérdida de tiempo.

 

Gustavo Rivera Loret de Mola y Carlos Martínez Velázquez

Literal

Llegada de un nuevo año con tres gramos de cocaína

Escrita en segunda persona, Cocaína (Galaxia Gutenberg, II Premio Dos Passos a la Primera Novela) es una historia de redención. Daniel Jiménez (Madrid, 1981) explora la precariedad y el fracaso, el desencanto y la supervivencia, donde la adicción se convierte en un espejo de las frustraciones. Presentamos un fragmento de Cocaína que puede leerse como un cuento.


 

El hombre prefiere podrirse en el miedo antes de afrontar la angustia de ser él mismo.
—E. M. Cioran

31, diciembre

Lo creas o no, eres un tipo con suerte. En tus veintinueve años de vida te has librado de participar en una guerra, de sufrir las consecuencias de un terremoto, de asistir a los devastadores efectos de un tsunami, de ver morir a tu padre en un atentado terrorista, de los asesinatos gratuitos entre bandas callejeras, de las torturas policiales, de las violaciones en los ascensores, de los secuestros por dinero, del exilio político, del hambre que asola a millones de familias, de las enfermedades venéreas, congénitas o terminales. En tus veintinueve años de vida, además, te has librado de ingresar en prisión por tráfico de drogas, de las mutilaciones, de los accidentes de tráfico mortales, de las estafas laborales, de la discriminación sexual, social, religiosa y racista, te has librado de los incendios en los hogares y te has librado de ese fantasma que ahora recorre Europa con el nombre del desahucio. Tampoco está de más saber que te has librado del maltrato paterno, de los abusos sexuales y de la pobreza extrema, te has librado de las amputaciones, de las fracturas de hueso, de las deformidades, de las picaduras de avispa, de los mordiscos de perro, de los atropellos en plena calle, del cáncer de próstata, de las palizas de los skinheads, de las erupciones cutáneas, de las ladillas y de los quistes testiculares, así como también te has librado de la varicela, de la rubeola, del sarampión y de la gripe aviar y te has salvado de la adicción a la heroína, de la tartamudez, de la sordera, de la ceguera, del trastorno límite de la personalidad, de la esquizofrenia, de la parálisis facial, del estrabismo, del labio leporino, de los pies planos, de la impotencia, de la eyaculación precoz, de la insuficiencia renal, de la leucemia, de la caspa, de la baja estatura, de la chepa y de la calvicie. Mal que bien también has conseguido evitar la mendicidad, los atracos a mano armada, las sectas religiosas y has evitado igualmente desastres tan cotidianos como las infidelidades, la asexualidad, la bipolaridad, la halitosis, las hemorroides, la agorafobia, la francofobia, la fotofobia, la necrofilia y la pederastia. Siendo del todo sinceros hay que añadir que hasta te has librado de esa sutil catástrofe que es la fealdad y de esa epidemia que afecta a tantos seres humanos y que adopta la forma de la estupidez, como causa o consecuencia de la ignorancia, si bien es cierto que ello no te exime de comportarte en demasiadas ocasiones como un auténtico imbécil. Lo creas o no, eres un tipo con suerte porque te has librado de todas esas cosas que hacen a las personas desdichadas, infelices, insatisfechas o desesperadas, aunque no vacilas ni un instante en considerarte a ti mismo un tipo desdichado, infeliz, insatisfecho y desesperado. De lo único que no has podido librarte es de la adicción a la cocaína como método de supervivencia ni de la adicción a la escritura como única vía de escape. Pero lo intentas, intentas librarte de ambas adicciones a diario, intentas con todas tus fuerzas dejar de esnifar esa sustancia que tu camello asegura que es cocaína aunque tú nunca has podido comprobarlo, e intentas dejar de escribir porque está claro que la literatura no sirve para nada y está claro que a nadie le importa, ni siquiera a ti. De lo único que no podrás librarte jamás, para tu desgracia, es de ti mismo.

O sí. Tal vez sí.

—¿Diga?

—Hola, Andrés.

—Hola.

—¿Cómo va todo?

—Bien. ¿Uno y donde siempre?

—Sí, bueno, mejor dos.

—Dos.

—Hoy es Nochevieja.

—Eso parece.

—Hay que celebrarlo.

—Ya, claro. Entonces dos y donde siempre.

—Sí.

—Quince minutos.

—Como siempre.

—Sí.

—Bien. Fantástico. Gracias.

—A ti.

—Bueno, feliz año

 —Claro, feliz año, hombre. Adiós.

—Esto… ¿Andrés?

—Sí.

—Tres, mejor tráeme tres.


Ilustración: Patricio Betteo

Te lo dijo un joven y prometedor escritor que ahora es un viejo y consumado cocainómano. Te dijo: “Sabrás que eres cocainómano cuando al meterte la primera raya del día, en lugar de ponerte tenso o nervioso, te relajes profundamente, como si acabaras de tener un orgasmo. Cuando te pase eso, amigo, entonces sí, entonces preocúpate, porque ya no hay vuelta atrás”. Tú nunca creíste tal cosa, pero tal vez deberías haberlo hecho. Pero a nadie le importan las tonterías que dice un joven engreído cuando está puesto de cocaína.

Bajas a la esquina de la calle Fernández de los Ríos con Blasco de Garay. Enciendes un cigarrillo. Esperas dos o tres minutos hasta que aparece un tipo alto, de constitución atlética y piel cetrina. Él, por supuesto, no es Andrés. Es el encargado de reparto de la zona Argüelles-Chamberí. Ya le has visto más veces. No es el único que cubre esta zona de la ciudad. También te han traído tu pedido diligentemente varias mujeres latinoamericanas, un negro gigante y un joven esmirriado que apenas si tendrá dieciocho años. Con todos ellos la función se desarrolla de la misma forma. Os dais la mano y en ese primer apretón el correo te entrega la mercancía. Empezáis a caminar calle arriba el uno al lado del otro hablando alternativamente del tiempo que hace ese día, del tráfico que no cesa y de las deseadas vacaciones. Cien metros después, en el siguiente cruce de calles, el repartidor dice que debe girar a la derecha y tú dices que debes girar a la izquierda. Os dais otro apretón de manos en el que tú le entregas los sesenta euros bien doblados (o los 120, o los 180, y así sucesivamente porque Andrés nunca hace rebajas ni precios especiales) y os despedís con buenas palabras y una sonrisa reluciente en los labios. Sin facturas. Sin impuestos. Sin propina. Adiós buenas tardes muchas gracias hasta otra.

Regresas a casa con tres gramos de cocaína en el bolsillo. En realidad, se trata de una sustancia blanquecina y compactada en pequeñas rocas que según todos los estudios publicados y la mayoría de los camellos consultados contiene, además de la sustancia blanca derivada de la hoja de coca, otro tipo de sustancias machacadas y mezcladas entre las que abundan varios tipos de medicamentos. Entre los más comunes están la procaína o la xilocaína, anestésicos que provocan ese peculiar adormecimiento de lengua y dientes inmediatamente después de la inhalación; el ácido acetilsalicílico, responsable de la desaparición de la congestión cerebral inherente al ser humano contemporáneo, y dosis más o menos relevantes de laxante en polvo, principal causante de las irrefrenables ganas de ir al baño que ocasiona la ingesta de la primera raya. Es muy probable que la cocaína también haya sido mezclada con cafeína pura, azúcar, talco, restos de anfetaminas y éxtasis, tal vez algo de heroína de la peor calidad, tal vez también algunos miligramos de ansiolíticos machacados entre los que destacan las benzodiacepinas, y hasta es posible encontrar trazas de cal de pared blanca lo que le imprime a la sustancia resultante ese peculiar olor a pintura que repugna y excita a partes iguales. En cualquier caso, haya lo que haya en las tres pequeñas bolsitas de un gramo cada una que has depositado sobre tu mesa, y en las muchas que ya tuviste y en las muchas que tendrás, de ahora en adelante y para simplificar, porque siempre hay que simplificar, llamaremos a esa sustancia cocaína. También podríamos llamarla simplemente coca, farlopa, farla, polvo mágico, merca, yeyo, mandanga, café de cartera, cosa fina, perico, talco, pasta, mojo y la gran dama blanca. Pero para simplificar, porque siempre hay que simplificar, sólo te referirás a la sustancia blanquecina e ilegal más consumida del planeta como cocaína, porque para un cocainómano esa sola palabra significa de por sí muchas cosas, casi todas ellas nefastas, si bien es cierto que esa palabra aún genera en el consumidor un resquicio de orgullo y engreimiento esnobista derivado de leyendas antiguas, mitos modernos y puerilidad adolescente que inducen al cocainómano a sentirse extrañamente seguro cuando no estúpidamente heroico. En las drogas y en el lenguaje siempre hay pequeños matices que marcan la diferencia.

Son las once de la noche del día 31 de diciembre y estás solo, borracho y drogado en tu apartamento frío y mal ventilado del barrio de Chamberí. Has rehusado pasar la Nochevieja en casa de tus padres junto a tus hermanos y a tus sobrinos alegando que pasarías tan importante velada en compañía de tus mejores amigos puesto que uno de ellos ha perdido a sus dos progenitores a lo largo del año y todo el grupo ha decidido pasar la noche con él, como si fuerais una gran familia, la única familia que le queda. Sin embargo, a última hora del día también has rehusado acercarte a ese lugar alegando que tu padre está en la fase terminal de un cáncer (aunque también es posible que dijeras inicial, fase inicial de un cáncer, imposible recordar qué dijiste ahora que estás borracho y drogado), donde varios de tus mejores amigos, ninguno de ellos huérfano, por cierto, se han reunido para cenar y tomar las uvas y celebrar la llegada del nuevo año que a todas luces será todavía mejor que el que estamos dejando atrás porque todo el mundo dice, los periodistas económicos, los presentadores de televisión, el presidente del gobierno, el portero de tu edificio, que este año sí, que este año se van a cumplir vuestros mejores deseos y todo aquello que siempre habíais soñado se va a convertir por fin en realidad. El ansiado ascenso en el trabajo, una casa en la playa, el último plazo de la hipoteca, un hijo varón, un viaje al sudeste asiático, la lotería del Niño, una aventura en el Ártico, una noche de sexo en grupo, un trasplante de hígado largo tiempo esperado, el fin de la crisis, el resurgir del Ave Fénix, la segunda llegada del Mesías, el redentor juicio final. Lo único con lo que tú sueñas últimamente es con una rebaja mesurada y razonable en el precio de la cocaína, además de con unos mejores controles de calidad, ventajas fiscales y facilidades de su consumo en bares y lugares de trabajo. En ocasiones, para qué negarlo, sueñas con mujeres excitantes que se pelean por follar contigo, y hasta alguna que otra vez sueñas con ganar cuantiosos premios literarios que te abran la puerta al endogámico y pestilente mundillo literario patrio que desde ese instante se rinde a tus pies dejando en evidencia su mediocridad y su arribismo, pero siendo como son estos sueños tan ordinarios, poco virtuosos y hasta ingenuamente denigrantes no te gusta hablar de ellos ni mucho menos escribirlos.

Se acerca el momento de las campanadas. No has comprado las doce uvas, pero tienes en tu poder tres gramos de cocaína. Preparas once rayas del tamaño de una uña y una última raya, la duodécima, del tamaño de un bolígrafo. Mientras todo el mundo festeja la llegada del año 2013 engullendo uvas como si las fueran a prohibir, tú esnifas a toda velocidad las doce rayas esparcidas sobre tu mesa y luego te levantas de un salto y empiezas a dar vueltas como un loco por tu apartamento lanzando la ropa y los cojines y los libros esparcidos por la casa de un lado a otro mientras tus dos queridas gatas corretean asustadas bufando sin parar mientras intentan huir de ti. Pero no pueden. Ni tú tampoco.

Cuando la estúpida euforia provocada por la cocaína unida al inevitable desenfreno que provoca la llegada de un nuevo año parecen haberse diluido, te sientas en la silla de tu escritorio y enciendes el ordenador y creas un documento de Word y lo nombras así: En las cimas de la drogadicción. Sin haber escrito una sola línea apagas el ordenador, te pones tu mejor abrigo y sales a la noche madrileña dispuesto a enfrentarte con todo aquello que se interponga en tu camino. No buscas nada. No esperas nada. Sólo quieres beber, esnifar, bailar y tal vez, por qué no, follar con una hermosa y corpulenta desconocida en los baños de cualquier antro de Malasaña.

Unas horas más tarde, tumbado en la cama sin poder dormir por los ronquidos de una mujer que a buen seguro pesa más que tú, apenas recuerdas qué hiciste en toda la noche ni cómo lograste convencer a quien ronca a tu lado para que se fuera contigo a casa. A decir verdad, ni siquiera recuerdas haber follado con ella. En un momento de ebria lucidez, mientras te debates entre meterle mano a la mujer que está a tu lado o levantarte y prepararte una raya más, contemplas tu propia muerte como si estuviera sucediendo delante de tus ojos. Un segundo antes de quedarte dormido descubres, entre aterrado y aliviado, que morir no sería para tanto.

 

Daniel Jiménez
Escritor. Colabora en diferentes medios de comunicación españoles.

Ensayo

México mañana.
40 años, 96 autores

Con la edición que el lector tiene en sus manos nexos celebra su 40 aniversario. Para conmemorar el hecho hemos convocado a autores de distintas generaciones de la revista a escribir un ensayo personal sobre el México en que cada quien cree vivir y el México que cada quien espera del futuro: México mañana.

Subrayamos en nuestra carta de invitación a los autores el carácter personal de los textos que buscábamos, textos más cercanos a la introspección que al análisis.

Ilustración: Víctor Solís

Privilegiamos el perfil generacional del ejercicio. Quisimos reunir miradas de todas las edades de la revista, empezando por el más joven de sus autores frecuentes, nacido en 1992, terminando por el mayor, nacido en 1924.

Cargando los dados en ese camino, dispusimos los textos para esta edición en orden ascendente de edades, de menor a mayor, de modo que en las primeras páginas se oyen las voces de autores nacidos en los años 90 del siglo pasado, y en las últimas las de nacidos en los 20 y 30.

Cada texto lleva al calce del título y el crédito, entre indiscretos guiones, el año de nacimiento del autor.

Son todas voces de autores vivos. Reservaremos espacio en las ediciones del año para rendir tributo a nuestros autores, fundadores, editores o administradores muertos, entre ellos: Antonio Alatorre, Guillermo Bonfil, Alba Cama, Carlos Castillo Peraza, Jesús García Ramírez, Luis González de Alba, Juan Goytisolo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Carlos Monsiváis, Yolanda Moreno Rivas, José María Pérez Gay, Carlos Pereyra, Luis Villoro, Daniel Waksmann, Arturo Warman.

La edición que presentamos reúne a 96 autores, de los cuales 34 son mujeres y 62 son hombres.

Los cuatro primeros en nuestro orden de aparición, nacieron en los 1990. Son una mujer y tres hombres. No han cumplido los 30 años.

Los siguientes 15 autores, siete mujeres y ocho hombres, nacieron en los 1980: navegan por sus años treintas.

Los 18 siguientes, 10 mujeres y ocho hombres nacieron en los 1970. Están hoy en sus cuarentas.

Los 20 que siguen, cuatro mujeres y 16 hombres, nacieron en los 1960. Cincuentean.

18 más (cinco mujeres y 13 hombres) nacieron en los 1950. Transitan por sus años sesentas.

16 más (siete mujeres y nueve hombres y) son de los 1940. Bordean o han entrando a sus setentas.

Tres de los autores finales, en muchos sentidos los fundadores de la revista, nacieron en los 1930, están en sus ochentas.

Dos más, nacidos en los 1920, tocan a la puerta de sus noventa.

El primer número de nexos vio la luz en enero de 1978, bajo la dirección de Enrique Florescano. Decía su editorial:

Nexos quiere ser lo que su nombre anuncia: lugar de cruces y vinculaciones, punto de enlace para experiencias y disciplinas que la especialización tiende a separar, a oponer incluso.

Aspira a ser un foro donde se expresen los problemas de la ciencia y la tecnología, la investigación económica y social, el ensayo literario, la historia y la realidad política. Es, sobre todo, un intento de exhibir y volver accesibles los conocimientos y recursos intelectuales de que disponemos para entender los problemas estratégicos de México y, por extensión, de América Latina.

Se trata de revisar, con los instrumentos propios de la cultura, los procesos convergentes de índole histórica y cultural que caracterizan a nuestras sociedades.

Juzgamos limitado, o inútil, diseñar un proyecto cultural que no incluya en su perspectiva los desafíos y el análisis de la realidad social a que pretende dirigirse.

En un continente como el latinoamericano, y en un país como México, con tan escasas posibilidades educativas, la actividad intelectual está destinada a ser minoritaria tanto en su ejercicio como en su influencia inmediata. (Por minoritario hay que empezar a entender algo distinto al término “elitista”).

Pero dicha actividad puede y debe inscribirse en una línea de preocupaciones que incluya los problemas de todos, los factores múltiples que frenan, complican o deforman nuestro desarrollo, y ratifican o acrecientan privilegios y desigualdades.

Mucho ha cambiado en nexos y mucho cambiará, pero no el espíritu de estas palabras fundadoras.

“Mañana, y mañana, y mañana”, dice Macbeth al saber que ha muerto su mujer, luego de afirmar que debió morir más tarde.

El mañana avanza hacia nosotros cada día, sigue Macbeth, con su pequeño paso, hasta el último rincón del tiempo. Todos nuestros ayeres, al final, no hacen sino iluminar el camino de los tontos a la muerte. Y los tontos somos todos, que nos hacemos ilusiones sobre las promesas del tiempo.

Macbeth pronuncia después los más terribles versos que se hayan escrito sobre el (sin)sentido de la vida:

Life’s but a waIking shadow… It is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury,
Signifying nothing.

(“La vida es una sombra que pasa… Un cuento
que cuenta un idiota, lleno de blá blá blá,
que nada significa”).

Por momentos, las páginas de los diarios del México de hoy, y la vida que reflejan, parecen también un cuento sin sentido, lleno de blá blá blá o, si se antoja tomarlo literalmente, lleno de ruido y rabia. Y el mañana, sólo una palabra que adelanta el fracaso, la vana promesa de que las cosas cambiarán un día.

Muchos de los textos de esta edición tocan esos acordes del sonido nacional. No hay nada que corregir ni matizar en ellos: son una radiografía coral del momento de México.

Digo sólo que tenemos suficiente tiempo haciendo esta revista como para recordar que hemos pasado mejores y peores tiempos, y que, aunque el mañana está siempre incumpliendo sus promesas, volviéndose pasado insatisfactorio, es una dimensión obligatoria de nuestra mirada, una necesidad de la imaginación pública y del anhelo íntimo, una apuesta compartida de la crítica y del deseo.

El México de hoy es impensable sin el México de ayer, pero también sin una apuesta, una elección, sobre el México de mañana. El mañana no es el espacio de nuestra fatalidad histórica, sino el de nuestra libertad dentro de la historia.

HAC
Diciembre 10, 2017

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida.


La espera ha perdido sentido

Luciano Concheiro
—1992—

Hoja de ruta

Juan Pablo García Moreno
—1991—

Visión de Anáhuac en Arkansas

Nicolás Medina Mora
—1991—

El juego de los tiempos

Ana Sofía Rodríguez
—1991—

Utopía de la patria

Álvaro Ruiz Rodilla
—1989—

Contradicciones

Raúl Bravo Aduna
—1986—

Una liga que no se rompe

Esteban Illades
—1986—

La seguridad en cuatro tiempos

Lilian Chapa Koloffon
—1985—

Calles de la abundancia precaria

Sara Hidalgo
—1985—

El futuro es femenino

Catalina Aguilar Mastretta
—1984—

Despertar a los muertos

Alejandro García Abreu
—1984—

Hilar fino

Lisa Sánchez
—1984—

Desigualdad

Estefanía Vela
—1984—

Desde la calle

Teresa Zerón-Medina Laris
—1983—

Minucias para mis hijos

Mateo Aguilar Mastretta
—1982—

Si despertara hoy

Andrés Lajous
—1982—

Ambrose Bierce y el futuro

Kathya Millares
—1982—

La historia de Felipe Aureliano Reyes

Natalia Mendoza
—1981—

Al final del deseo

Jorge Landa
—1981—

La necesidad de pensar

Saúl López Noriega
—1980—

Tenacidad para el futuro

Alexandra Délano Alonso
—1979—

Espectros mexicanos

Sandra Rozental
—1979—

En el rostro oscuro

Claudia Altamirano
—1978—

Derecho a tener derechos

Miriam Jerade
—1978—

Bienvenida la revolución

Eunice Rendón
—1978—

La crisis en el corazón

César Blanco
—1977—

En construcción (y a la deriva)

Alejandro Madrazo Lajous
—1977—

La antiutopía del futuro

Salvador Medina Ramírez
—1977—

Testigos de otro México

Catalina Pérez Correa
—1976—

El malentendido mexicano

Maruan Soto Antaki
—1976—

Momentos

Ivabelle Arroyo
—1975—

Hay un niño que escribirá este texto

José Merino
—1974—

El optimismo de la voluntad

Natalia Saltalamacchia Ziccardi
—1974—

Tres niños y una flauta

Alma Maldonado-Maldonado
—1973—

“Cuando era niño quería ser narco”

Luis Javier Plata Rosas
—1973—

El México que he visto

Valeria Moy
—1972—

La normalidad anormal

Ciro Murayama
—1971—

Enseñar México

Pedro Salazar Ugarte
—1971—

En el camino

José Antonio Aguilar Rivera
—1968—

México, la agenda cuádruple

Javier Tello Díaz
—1966—

Seguridad, ¿hasta cuándo?

Eduardo Guerrero Gutiérrez
—1965—

Las tres transiciones

Edna Jaime
—1965—

La conspiración de la fealdad

Jesús Silva-Herzog Márquez
—1965—

No amo mi patria

Carlos Puig
—1964—

Una invención llamada México

Leo Zuckermann
—1964—

Un sueño en el despeñadero

Ana Laura Magaloni
—1963—

El mal que te hará infeliz

Héctor de Mauleón
—1963—

Preguntas para una ciudad

Pablo Piccato
—1963—

Adoctrinamiento y educación

Macario Schettino
—1963—

El presente que nos agobia y el futuro que no llega

Roberto Breña
—1962—

El mañana efímero

Fernando Escalante Gonzalbo
—1962—

Cuando no esté aquí

Carlos Tello Díaz
—1962—

Que el futuro se tarde en llegar

Mauricio Tenorio
—1962—

En el espejo de sus novelas

Roberto Pliego
—1961—

Una derrota vital

Guillermo Fadanelli
—1960—

Ranuras

Blanca Heredia
—1960—

Cambiar las reglas

Sergio López Ayllón
—1960—

Andar el país, la calle

Lucía Melgar
—1960—

Vuelta a la cuestión social

Carlos Illades
—1959—

Fragmentos a su imán

María José Rodilla
—1959—

Un país misoneísta

Jorge Javier Romero Vadillo
—1959—

Tomarse en serio la educación

Claudio Lomnitz
—1957—

Deseo y oscuridad

Rafael Pérez Gay
—1957—

Espolvoreado de emes

Luis Miguel Aguilar
—1956—

Ayer y ahora

María Amparo Casar
—1955—

The dream is over

Hugo García Michel
—1955—

Ahora y mañana

Luis Rubio
—1955—

Frente a la naturaleza

Julia Carabias
—1954—

40 años de altibajos en la autoestima nacional

José Carreño Carlón
—1953—

La plenitud

Jorge G. Castañeda
—1953—

México protegido

Julio Frenk
—1953—

Nosotros tuvimos utopías

Raúl Trejo Delarbre
—1953—

Contra las visiones apocalípticas

José Woldenberg
—1952—

México grande y pobre

Arnoldo Kraus
—1951—

Carta a Vivianne

Nora Lustig
—1951—

Nexos y yo

Soledad Loaeza
—1950—

No vamos en el mismo barco

Ignacio Almada Bay
—1949—

Lo inevitable es que haya sorpresas

Fátima Fernández Christlieb
—1949—

Mi mañana es ahora

Ángeles Mastretta
—1949—

Seguir sin existir

Sara Sefchovich
—1949—

Masoquista y sin jardín

Marta Lamas
—1947—

El momento de la sociedad civil

Jacqueline Peschard
—1947—

Mi cartografía del miedo

Álvaro Ruiz Abreu
—1947—

Pueblo de pobres

Héctor Aguilar Camín
—1946—

Atrevernos a mirar hacia adentro

Cassio Luiselli Fernández
—1946—

Peor que los papás

Silvia Molina
—1946—

Las grietas del desencanto

Roger Bartra
—1942—

Entre interrogaciones

Rolando Cordera
—1942—

Pobre de mi México querido

Jean Meyer
—1942—

En las garras del progreso

Hugo Hiriart
—1942—

¿Cuál de los mañanas?

Lorenzo Meyer
—1942—

Contra los sexenios

Alejandra Moreno Toscano
—1940—

Educación, educación, educación

José Sarukhán
—1940—

Para fundamentar nuestro optimismo

Julio Labastida Martín del Campo
—1938—

El México en el que vivo y en el que me gustaría vivir

Carlos Tello Macías
—1938—

Mañanas fundadoras

Enrique Florescano
—1937—

Tinieblas en la frontera

Adolfo Gilly
—1928—

En deuda con la ciencia

Ruy Pérez Tamayo
—1924—

Ensayo

La espera ha perdido sentido

México no tiene mañana. Su futuro fue desaparecido violentamente. Lo sepultaron en una fosa clandestina. Nos lo arrebataron los ladrones de vida, los mismos de siempre. De forma definitiva, en Iguala. Pero también en San Fernando, en Acteal, en el Bar Heaven, en Tlatelolco, en Villas de Salvárcar.

Al querer hablar sobre el México que vivimos, retorna el grito (¿o, más bien, deberíamos decir el suspiro?) de Kurtz: ¡El horror! ¡El horror!

En 1979, Pablo González Casanova y Enrique Florescano coordinaron un libro titulado México, hoy. En él, reunieron a un grupo de intelectuales, provenientes de distintos orígenes disciplinares, para discutir los grandes problemas nacionales y sus posibles soluciones. Se analizaba el problema de la crisis económica; de los pueblos indígenas; del campo; de la ciudad; de la salud, la seguridad social y la nutrición; de la educación; de la ciencia y la tecnología; de la democracia. Se hablaba de la presión de las transnacionales y el capital monopólico, de subdesarrollo, de vida periférica, de dependencia, de injusticia, de un pueblo desmoralizado y un gobierno corrupto, de paternalismo-autoritario. En suma, se hablaba sobre el imperialismo y el capitalismo.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Casi cuarenta años después, los problemas, aunque a veces nombrados con otros términos, se mantienen. La enorme mayoría, si no es que todos, se han agravado. Peor aún: han derivado a una fase violenta —que ha aniquilado y desaparecido a cientos de miles de personas durante el último decenio.

El pesimismo es ineludible. Lo único que, de alguna manera, resulta consolador, es que la certidumbre compartida por los autores de México, hoy sigue vigente: los problemas del hombre han de resolverse por el camino del socialismo y en el marco de un nuevo orden mundial.

La segunda de las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin (en la traducción de Bolívar Echeverría) dice: ¿Acaso no nos roza, a nosotros también, una ráfaga del aire que envolvía a los de antes? ¿Acaso en las voces a las que prestamos oído no resuena el eco de otras voces que dejaron de sonar? Y poco después: como a toda otra generación, nos ha sido conferida una débil fuerza mesiánica, a la cual el pasado tiene derecho de dirigir sus reclamos. Reclamos que no se satisfacen fácilmente, como bien lo sabe el materialista histórico.

Aquí surgen varias cuestiones. Subrayo un par. Primero, que la fuerza del espíritu revolucionario emana de la imagen de los antepasados esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados. Segundo, que el pasado siempre demanda algo de nosotros: que tenemos un deber frente a aquello que no pudo ser.

La realidad mexicana actual arroja una luz particular a esta tesis. De alguna manera, nos obliga a radicalizarla. Hoy no sólo tenemos una deuda con nuestros antepasados, con el pasado incumplido. Tenemos un compromiso incuestionable con nuestros contemporáneos que fueron privados de la vida y también de la muerte, con aquellos que fueron desaparecidos.

¿Cómo cumplir nuestro deber cuando la generación vencida es nuestra propia generación?

La ventaja de no tener futuro ni esperanza es que la espera ha perdido sentido. Cualquier reformismo parsimonioso resulta ya absurdo. No se puede aguardar más: para nosotros, la transformación debe suceder ahora. Para nosotros, no hay mañana.

 

Luciano Concheiro
Historiador y sociólogo. Es autor de Contra el tiempo y coautor de El intelectual mexicano: una especie en extinción.

Ensayo

Hoja de ruta

Nací en un mundo posterior a El Fin de la Historia. Un mundo que, me dijeron, tendía a la paz perpetua y al progreso compartido. Nací, también se me dijo, en un país moderno. Un México que se había librado de sus lastres nacionalistas y revolucionarios. Un México en el que el Estado ya no fabricaba bicicletas. Un país que comerciaba con los gringos, nuestros amigos. En pocas palabras, crecí en el México que había entendido que su ingreso a la modernidad dependía de desmontar al Estado —y dejar que los privados se hicieran cargo.

Pertenezco a una generación cuyos miembros hemos sido llamados nativos digitales. Y en parte es verdad. No recuerdo, prácticamente, mi vida antes de Internet. Pero me parece que de todos los nativismos que se nos achacan este es el menos importante. Se pasa de largo que mi generación es la de los nativos democráticos: mi primer recuerdo político, por ejemplo, es el de Ernesto Zedillo anunciando en cadena nacional el nombre de su sucesor —y el silencio, hondo e insondable, de mis padres. Crecí gobernado por Acción Nacional y, durante mi infancia, la imagen que tenía del PRI era el resultado de sobremesas familiares: aquella, sí, de corporativismo y devaluaciones, pero también de la añoranza de aquellos que sabían gobernar.


Ilustración: Jonathan Rosas

Mi generación acaso sea, también, la primera de nativos neoliberales. El mundo previo al TLCAN nos es completamente ajeno. Se nos repitió, por décadas, que teníamos todo para ser ricos pero que el Estado había administrado mal la abundancia. Crecimos sabiendo que nuestro lugar en el mundo era la maquila, que la precarización laboral nos hacía competitivos, y que eso era perfectamente racional.

A nosotros, se nos dijo, nos tocaría otro país. Un país abierto al mundo. Un país democrático. Un país eminentemente moderno. Porque creceríamos en un México que ya había entendido que el Estado era ineficiente. Que entre más pequeño fuera, mejor. Y en donde habíamos comprendido que el secreto para la prosperidad era confiar en la eficiencia de El Mercado.

Podrá creerse que el cambio fue paulatino y pausado. Pero la transición entre el estatismo y el desmantelamiento del Estado fue veloz y violenta. Para ejemplo estamos nosotros, una generación que creció en un país en donde la idea propia del Estado estaba siendo deslegitimada —y en donde eso era deseable. El país en el que crecí fue aquel que siguió puntualmente la hoja de ruta dictada por el consenso neoliberal, y sin embargo el país en el que vivo ahora no sirve de ejemplo para demostrar que de algo haya servido.

Y comenzamos un año más sin discutirlo. Porque nuestra preocupación se encuentra en otro lado, en el populismo. Y en evitar que perdamos todo lo que hemos ganado, sin saber bien a bien qué es. El PRI se fue y regresó, en el trayecto cambió por completo de identidad, y eso no ha impedido que siga definiendo el espectro político. He vivido toda mi vida en un país en donde no hay discusiones o plataformas programáticas, porque se da por sentado que lo programático está resuelto, las recetas están dadas, y sólo hace falta elegir entre quién las implementa mejor. El así llamado peligro para México, contrario a lo que se piensa, es parte de este mismo problema. No porque sea una alternativa a las políticas neoliberales sino precisamente porque no lo es.

La actual iteración del consenso neoliberal es curiosa y al mismo tiempo perfectamente lógica —también es la última. Busca ciudadanizar una agenda compartida por la izquierda y la derecha (es un decir), pero que es completamente indistinguible de la del partido en el poder. Es trágico, principalmente porque no se ve una salida. Es peligroso, también, porque olvidan que están frente a una generación que en el futuro podría confundir el fracaso de sus políticas con el fracaso de la democracia.

Este último par de años nos han demostrado que la ruptura de este consenso llega por donde menos lo imaginamos, es decir, rebasa lo que en su momento consideramos el límite de lo pensable. Desde Viktor Orbán hasta Donald Trump, pasando por Recep Tayyip Erdogan y el Brexit, hemos visto cómo la realidad reacciona y se impone sobre las promesas incumplidas de un credo vacío.

Hemos seguido puntualmente la hoja de ruta —ahora sabemos a dónde lleva. Mientras la penosa ópera bufa que es la política nacional siga discutiendo cómo desmantelar el Estado o cómo repartir su cascarón en lugar de reconocer que lo que hace falta es una nueva narrativa nacional, posterior al PRI y consciente del fracaso neoliberal, llegaremos más rápido ahí. Y cuando la realidad se imponga de una manera que ahora nos parece impensable, sabremos que es demasiado tarde. Así comienzan los próximos 40 años.

 

Juan Pablo García Moreno
Editor de nexos en línea.

Ensayo

Visión de Anáhuac en Arkansas

El año pasado, una colega de la Universidad de Iowa me invitó a pasar el puente del Día del Trabajo en la casa de su familia. Mi amiga nació en Estados Unidos, pero sus padres son migrantes indocumentados, oriundos de un pueblo en Guerrero llamado Cocula. Cruzaron la frontera hace más de dos décadas y se establecieron cerca de San Diego. Hace unos años, fueron deportados. Cuando volvieron al norte, decidieron establecerse en un pequeño pueblo en Arkansas, lejos de la migra pero también de familiares y amigos.

Mi amiga y yo pasamos buena parte de nuestra estancia en Arkansas en el restaurante de su familia. El viernes y el sábado, la mayoría de la clientela fue norteamericana. El domingo, sin embargo, le servimos birria a una multitud de mexicanos. Algunos venían del pueblo vecino, donde una planta procesadora de carne emplea a decenas de paisanos, pero los rostros cansados de otros traicionaban que habían manejado desde la madrugada para poder disfrutar de un rito semanal.

Ilustración: David Peón

Mientras mi amiga y yo lavábamos platos, me di cuenta de que aquellos hombres y mujeres habían venido en busca de algo más que un guisado. Lo que querían era un sustento espiritual, un bálsamo para las heridas de la migración. Me di cuenta de que, pese a que mis pies estaban bien plantados en suelo norteamericano, en ese momento estaba en México. Una vez a la semana, a través de una alquimia culinaria, la familia de mi amiga conjuraba un país dentro de otro. Esa tarde de otoño en Arkansas tuve una visión de Anáhuac tanto o más real que aquella que tengo cada vez que vuelvo al valle donde nací, cuando el avión comienza su descenso y la ciudad se me aparece en toda su inmensidad.

Tras casi diez años en el extranjero, he llegado a la conclusión de que México excede a sus fronteras geográficas. Puede que el estudio donde escribo este texto caiga bajo la jurisdicción de Washington D.C., pero yo vivo en un país más allá del tiempo y del espacio. Por supuesto, este país no es idéntico al que habitan los padres de mi amiga chicana. Ellos salieron del pedazo de tierra donde nacieron porque no tenían otra opción, porque la alternativa era el hambre y el terror; yo me fui porque quise, porque podía, porque estaba cansado de la arrogancia indolente e idiota de la burguesía del poniente de la Ciudad de México. Pero, en ambos casos, el país metafísico en el que vivimos es México, un México transnacional que sobrepasa a las leyes, a las convenciones políticas, incluso al idioma y a aquella cosa inasible que llamamos cultura. Un México tan amplio, tan ambiguo, que al concebirlo de esta forma uno arriesga hacerlo un símbolo que pretende significar todo, que es lo mismo que significar nada. Un México, sin embargo, que es también una idea con enorme potencial emancipatorio, en tanto que nos permite ampliar y expandir nuestra solidaridad.

Estas consideraciones parecen abstractas, pero este México del que hablo es una cosa tangible, corpórea. El pedazo de tierra cercado por nuestras fronteras tiene 130 millones de habitantes; al mismo tiempo, unos 37 millones de los habitantes del pedazo de tierra al norte del Río Bravo se identifican como nuestro país. En otras palabras, uno de cada cuatro mexicanos está fuera del territorio nacional. Este hecho nos presenta dos posibilidades: decidimos que nuestras responsabilidades éticas y políticas quedan delimitadas por la ciudadanía y el lugar de residencia, o aceptamos que México existe en Chicago y Los Ángeles tanto o más que en Querétaro y Aguascalientes.

Así, cuando se me pregunta qué futuro quisiera para el México en el que vivo, respondo que me gustaría que mis connacionales al sur del Río Bravo tomaran plena consciencia de nuestra diáspora. Como a muchos de mi edad, me resulta difícil ser optimista. Por generaciones, los mexicanos que vivimos en la República Mexicana hemos bebido el veneno del nacionalismo. Nuestro instinto es subrayar las diferencias que nos separan de los mexicanos en el exterior y entenderlas como deficiencias. En estos días aciagos, en los que la pandilla de nacionalistas blancos que se hace llamar el gobierno de Estados Unidos amenaza con construir un muro, deshacer acuerdos, y deportar a millones, esta actitud se vuelve peligrosa, incluso suicida.

Pero la desesperación es la madre de la derrota, así que a falta de optimismo me aferro a la esperanza. Quizás, en esta visión de Anáhuac en Arkansas, sea posible entrever los contornos de una concepción del contrato social sustentada no en tierra y sangre, sino en comunidades imaginarias, en afinidades electivas. Una política, es decir, sustentada en la solidaridad.

 

Nicolás Medina Mora
Reportero y ensayista. Es miembro del Programa de No-Ficción de la Universidad de Iowa.

Ensayo

El juego de los tiempos

A todas las sociedades les llega, intermitentemente, el momento de sentir que han perdido el rumbo. Algo se anuncia cuando las quejas por la seguridad, los gobernantes, la dificultad para la subsistencia básica y hasta el estado del aire son populares y cotidianas. Si bien, de algún modo, la inconformidad debería ser el estado natural de las comunidades humanas, dado que en ningún momento de la historia todos los seres humanos han compartido circunstancia y perspectiva de manera simultánea —y sabemos que la vida a la vuelta de la esquina no tiene nada que ver con la nuestra—, sí existe tal cosa como un sentir generalizado capaz de diagnosticar a la época y diferenciarla de otras.

Así, cualquier momento de desencanto trae consigo una interpretación particular del pasado que es más o menos compleja, más o menos cierta. Hoy, en México, estamos en el momento del: “se traficaban drogas, pero por lo menos no se mataba a la menor provocación”; “el gobierno robaba pero era eficiente”; “había política social”; “no éramos tantos”… Nostalgias que ponen en peligro a la interpretación objetiva de la historia y que no están exentas de prejuicios pero que, justo por ello, algo revelan de las expectativas sobre lo que creemos necesitar y merecer en el presente.


Ilustración: Kathia Recio

Y en este juego de los tiempos, ¿qué pasa con el futuro? ¿Qué futuro le queda a un presente desahuciado, cuya intuición inmediata es compararse con tiempos que cree que han sido mejores?

El futuro siempre es parte de las deducciones verbales con las que pensamos lo compartido, aunque el espacio que queda entre aquello que articula el poder y lo que quiere el común sea difícil de conciliar y lo haya sido siempre. El campesino chino seguro tenía mucho más que un par de dudas sobre la eliminación de los “cuatro viejos” elementos a manos de los Guardias Rojos: “las viejas ideas, las viejas costumbres, los viejos hábitos y la vieja cultura”; incluso si todo fuera justificado en función de un mejor futuro. Y efectivamente, el abuso de las nociones del porvenir ha traído más de un gobierno demagógico, pero nadie se atreverá a asegurar que éste es el único destino posible de tener esperanza.

No queda claro el por qué original, pero el presentismo que denunció el historiador François Hartog como la marca de la contemporaneidad parece haber sido depositado en el seno de nuestra política partidista. No es casualidad, en cambio, que el uso de los verbos y referentes asociados al tiempo futuro sea más bien característica de oposición: El movimiento Ahora, quiere “recuperar [para el futuro] la agenda de la democracia”, López Obrador anunció su Proyecto de Nación 2018-2024 desde el sitio arqueológico de Paquimé para escenificar la máxima de que “si no sabemos de dónde venimos, no sabremos a dónde vamos”, Por México Hoy, pretende “imaginar, construir y proponer” y, por supuesto está el Consejo Nacional Indígena, de cuya “rabia nació la rebeldía y de la rebeldía nacerá la libertad de los pueblos del mundo”. Y todos tienen razón: más allá de si se trata de un porvenir que haga eco a lo conocido, con sus certidumbres asociadas, o uno transformado, revolucionado y emocionante, la salida de nuestros tiempos difíciles, nuestros tiempos presentes, sobre todo significa encontrar algo distinto a lo que hoy existe.

Por eso, quizás la tarea más urgente para emprender mañana en México sea la de volver al ejercicio básico de la imaginación política: pensar qué país queremos que llegue, conquistas y peticiones incluidas, sin importar si son reiterativas. Porque pretender que nos basta lo inmediato, que nuestros afectos se reducen a lo contingente, tiene que ser un mal cálculo. No hay tiempo sin faro. Ni tampoco vida que se pueda vivir sin mirar adelante, Kierkegaard dixit.

El tamaño de la eventual diferencia entre presente y futuro está por definirse y suena a que la queremos abarcadora. Con un futuro que se anuncie casi de forma decimonónica (hablando de verdaderas nostalgias): con lo inspirador del geist, pensando en las estructuras que identificaba el marxismo o el poder de la conciencia colectiva según Durkheim. Con perdón de la metáfora bélica, pero algo que nos recuerde la emoción del ruido de nuestros cascos avanzando juntos al mismo mirador.

Es difícil imaginar a una generación conforme con su tiempo; además, nos repetimos incansablemente que esta es la mejor época para vivir —a menos de que estemos del lado equivocado de la balanza social, claro está—. Y aun así, siguiendo con el siglo XIX, se antoja volver a la sensación que describía Tocqueville en La democracia en América: cuando “la grandeza de lo que ya está hecho, impide prever lo que se puede hacer todavía”.

 

Ana Sofía Rodríguez
Historiadora. Editora de nexos en línea.

Ensayo

Contradicciones

Paradoja incomprensible, el México en el que creo vivir es una capirotada hecha a base de distintos niveles de contradicciones. Estas contradicciones ya se han vuelto lugares comunes en la opinión y en la esfera públicas, fácilmente reconocibles en la idea de los “dos Méxicos” que constantemente suele ser repetida y reinterpretada en espacios de comentario político.

Por un lado, tenemos el gran México, ese que se encuentra al pasear entre edificios bellísimos; que es identificable en grandiosas producciones culturales —muchas de ellas exportables y mercantilizables a escala mundial—; que se hace presente en suplementos turísticos gringos en los que se hacen equiparables ciertos cuadrantes de la Ciudad de México con capitales “primermundistas” como Berlín; que discute en cantinas de la colonia Roma y los círculos de lectura en San Ángel y Coyoacán; que derrama tinta y centímetros cuadrados en columnas de opinión, en el que en seminarios postestructuralistas universitarios se dialogan, deliberan, fraguan y proyectan muchísimas abstracciones —todas sesudas, todas complejas— que terminan por marcar los caminitos a seguir en y de nuestro país. Es un México envidiable, lleno de orgullo y entusiasmo, en el que, qué duda cabe, nos podemos echar un quién vive con cualquier otra cultura y sociedad del planeta.

Ilustración: Sergio Bordón

Por el otro lado, tenemos el México “pequeño” —pero, en realidad, gigantesco—, uno que, en sus caras más amables, se ve reflejado en la informalidad laboral o trabajos precarizados o abusos de género o desigualdades económicas o derechos a medio otorgar o racismo y clasismo (indistinguible uno del otro); en sus caras más grotescas, ese México muestra la interseccionalidad de todos los problemas anteriores, aunados a una miríada más de complicaciones que devienen en poblaciones enteras franqueadas por la falta de certidumbre alimenticia y de servicios básicos, ya ni se diga de bienestar.

Y para hablar de estos Méxicos, hay que hacerlo obviando al narcotráfico y la corrupción, que parecen tener la casa tomada, sin ningún tipo de escape en el horizonte.

Supongo que el México en el que creo vivir es un espacio liminar entre esos “dos” Méxicos (que en realidad son miles), en el que no puedo terminar de conocer ni uno ni el otro, por ser tremendamente privilegiado y por, valga la ironía, no tener el privilegio suficiente. Son pocas las esperanzas que quedan de cualquier cosa. Y cada semana las que quedan son secuestradas por el escándalo o la indignación en curso. Pero, a la vez, el México en el que creo vivir está lleno de personas (jóvenes, sobre todo) dispuestas a invertir esas poquitas esperanzas que quedan en tratar de hacer que la jodidez no alcance niveles mayores. Es un México en el que me cuesta la vida tener certezas, pero en el que no tolero la ambigüedad política o ideológica, porque es un México en el que el cinismo parece ser el único reducto de tranquilidad para la vida cotidiana.

En esta capirotada de contradicciones me cuesta, también, mucho trabajo ver un futuro distinto. Tal vez es ingenuidad mía, pero nos siento faltos de imaginación política, económica, social y hasta artística, que nos permita articular otros Méxicos posibles; todavía peor, tal vez esas imaginaciones nomás no podrán romper —como no han podido hacerlo hasta la fecha— con las desigualdades y privilegios que sostienen mucho del México en el que vivimos. Me cuesta trabajo pensar en otro futuro, si no empezamos a hacer algo con las diversas realidades encontradas del México que tenemos hoy, que no terminan ni de reconciliarse ni de extinguirse. Quizá no queda más que tratar, aunque suene a consuelo de tontos, de redistribuir nuestros privilegios, poco a poquito, aunque sea a la gallo-gallina-pollito.

 

Raúl Bravo Aduna
Escritor y editor.

Ensayo

Una liga que no se rompe

La mayoría de los mexicanos, según datos del censo, sólo conoció el coletazo de los 71 años ininterrumpidos del PRI. Vieron una transición pacífica, en la que la oposición recibió el poder sin riesgo de fisura o incluso golpe de Estado. Pensaron —y se les vendió la idea— que el cambio sería el primer paso en el camino a un mejor futuro.

Pero el cambio se fue por otro sendero. Aceleró la muerte de varias generaciones; a otras tantas las destinó a décadas de miseria. Tan grave fue el retroceso, que hubo quienes pensaron que, ante la catástrofe, era mejor tener de regreso en el poder a quienes lo habían ostentado durante casi todo el siglo pasado.


Ilustración: Mariana Villanueva

Craso error. Quienes pidieron una segunda oportunidad y prometieron, ahora sí, algo distinto, en realidad se ensañaron. De 2012 a 2018 los mexicanos han visto, un día sí y otro también, cómo sus gobernantes se hinchan los bolsillos con dinero que no es suyo. Cómo se benefician de contratos públicos que ellos mismos negocian. Cómo le roban a los más pobres a través de los programas que deben ayudarlos. Cómo la clase gobernante vive a expensas de ellos.

Pero la respuesta es tímida. En la corta vida democrática de México la protesta ha sido marginal. La Ciudad de México, sede de los tres poderes nacionales, sólo recibe marchas corporativistas, organizadas, en las que los manifestantes son parte de un juego político donde sólo reciben un sándwich a cambio.

Dos veces en 10 años es que las protestas han sido distintas. Ninguna ha tenido consecuencias. La primera, en 2004, fue en respuesta a la inseguridad en la capital. La autoridad local la descalificó de inmediato. Los ricos no tenían derecho a manifestarse.

La segunda, 10 años más tarde, fue al revés. Fue resultado de un crimen al México más herido, más jodido y más pobre: la desaparición de 43 estudiantes de una escuela normal rural. De 43 jóvenes que querían ser maestros.

Sus efectos fueron invisibles. En 2014 el gobierno federal dejó que los manifestantes se cansaran. Que sus quejas fueran gritos sordos que terminaran por callarse. Para 2015, esos 43 fueron olvidados por una sociedad tan llena de problemas que no podía hacerle espacio a otro más.

Mientras tanto, algunos de los manifestantes terminaron en penales de alta seguridad, acusados de amotinarse, o lo que es lo mismo, de rebelarse contra la autoridad. La cultura represora del siglo XX continuaba igual de latente en el siglo XXI.

Porque la estructura sobrevive. Un México moderno fundado en la cooptación del enemigo, en la compra de los sindicatos, en una prensa que vive de publicidad oficial, ha hecho que cualquier esfuerzo que logre apartarse del canal institucional se desvanezca de inmediato. Quienes no se acoplan simplemente desaparecen. Nunca está de más recordar que el gobierno mexicano es el inventor de los vuelos de la muerte, el primero en pensar que el castigo necesario para cualquier disidencia era aventar a una persona, viva, desde un avión hacia el vacío.

32,277 desaparecidos, según la cuenta de Data Cívica, una organización no gubernamental que ha recogido, con paciencia y cuidado, los nombres de cada uno de ellos, porque el gobierno no lo ha hecho. Los mexicanos deben buscar a sus propios muertos, porque nadie más lo hace.

Las instituciones y sus ocupantes fingen que 32,277 personas no son una crisis nacional. Se lo explican y justifican con la cantaleta de que si algo les pasó es porque algo se merecían.

Bárralas debajo del tapete. Quíteles el nombre. Escóndalas en una fosa común. Siga gozando de sus privilegios. ¿No hay dinero? Asígnele más valor al petróleo en el presupuesto del próximo año. ¿Alguien se pasó de la línea, incluso para los laxos estándares nacionales? Que lo investigue su compadre. ¿La gente tiene hambre? Ignórela y dejará de quejarse.

El Estado mexicano tiene forma de liga. Una liga que se estira y estira pero no se rompe. Que aguanta atropello tras atropello a la espera de que algo cambie. Que resiste sin importar el costo.

Ojalá que en 40 años no sea así. Que esa nueva generación que revive, de manera aún más descarnada, la vorágine de los políticos, pueda romper la liga. Poco a poco, o de un solo golpe si es necesario. Pero que convierta el México mañana del que se habla en este espacio en algo distinto, mejor, y deje de tolerar los abusos de unos cuantos contra otros cuya gran desgracia fue producto de la lotería de nacer en un país donde no le importan a nadie.

 

Esteban Illades
Editor y escritor. Su libro más reciente es Fake news, la nueva realidad.

Ensayo

Utopía de la patria

“No amo mi patria/ su fulgor abstracto/ es inasible”. En estos versos iniciales de “Alta traición” han fincado su relación con México varias generaciones. El poema citadísimo de José Emilio Pacheco sigue así: “Pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por diez lugares suyos/ cierta gente/ puertos, bosques, desiertos, fortalezas […]”; y desde ahí empiezo: un punto y aparte, o verso de pie quebrado, con el que recordar que los nacionalismos alimentan ideologías nefastas y, peor aun ahora, con ese despertar xenófobo que ha ganado terreno en Estados Unidos y Europa. Aun así, es imposible rechazar el apego al territorio y a su gente. La idea de “México” me lleva primero a pensar en un territorio del pasado, la tierra perdida de la infancia, las plazas y avenidas que vieron nacer a mis padres. El lugar exacto en el laberinto de Borges: la vida a la que llegamos por una puerta de entrada desconocida, al igual que ignoramos la de salida. La otra idea de “México” es menos una sensación y más una construcción intelectual: la historia y la geografía que compartimos, los ingenios de una lengua juguetona, con sus modismos y su música que nos amarra y apacigua, los espejos enterrados de nuestra identidad imaginada, siempre plural y cambiante. Ninguna de esas ideas de México deja de ocuparme y atormentarme, a veces como una mano grotesca y proteica que me aplasta, otras como un paisaje de mar y aire que se abre.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

Aunque del país de nuestros padres recibimos, con todos sus bemoles, una clase media más sólida, la transición democrática, universidades de primer nivel y una cultura escéptica ante el legado de la nación revolucionaria, parece que en el México de 2018 todo queda por hacer. Nuestro país es un erial de fosas y desaparecidos, de tierras sin ley en donde ha vuelto la tiranía feudal y el cobro de suelos. La guerra del narco tiene cada vez más las características de una guerra civil. Un poeta que renuncia a sus versos luego del atroz asesinato de su hijo es el símbolo que nos define ahora. Los hijos de México mueren en un campo de batalla inasible. ¿Qué pasará con toda una generación de jóvenes arrastrados por la ola de violencia que levantó esta guerra? ¿Cómo es su presente desesperado, aislado? Al futuro del país lo pueblan sombras errantes y ríos de sangre.

Podremos imaginar, a contracorriente, utopías siempre deseables. Pero ya es una esperanza áspera concebir que quien escoge el camino del trabajo honesto, el cansancio de las más de cuatro horas diarias en transporte público, el riesgo de atravesar zonas feminicidas, de ser asaltada, secuestrada o violada, es un héroe anónimo cotidiano porque resistió al poder avasallador de la violencia, de las redes y el dinero criminales. La altura de nuestras esperanzas, ahí, se reduce. En el horizonte se agolpan los nubarrones del delito institucional y la corrupción eterna. El cielo se cierra sobre islas de miedo, inseguridad y pesimismo. Nuestras expectativas suelen situarse entre dejar de empeorar o resignarse a consignas inútiles y amargas: “todos los políticos son iguales”; “todos roban”.

Es de todos conocida la frase de Oscar Wilde: “Un mapa del mundo que no contenga la isla de Utopía no vale la pena mirarlo siquiera, pues deja por fuera imaginar el único país en que la humanidad siempre desembarca”. Está claro que el XXI no es el siglo del idealismo. Pero vale la pena pensar en ese mapa, no desde la abstracción impuesta sino desde una imaginación serena. Recuerdo un proyecto impulsado, en 2011, por la revista La Vie des Idées: pensar el mundo en 2112. En vez de vaticinar más catástrofes, abrir ventanas de posibilidades. Varios intelectuales imaginaron, entonces, ese mundo futurístico; otros hicieron el ejercicio de ficción retrospectiva: escribir la historia desde el 2112. Techo salarial igualitario a partir del control fiscal y el control ecológico, reducción drástica de presos y cárceles, creación de una Asamblea Ciudadana Rotatoria con elecciones mediante sorteo, revolución de la movilidad urbana mediante el reemplazo del vehículo privado de combustión por transporte público inteligente —personal y masivo— y la reorganización urbana en polos de trabajo y vivienda, etcétera. Se dice fácil, pero lo importante no es la validez de estas ideas —hoy parecen risibles o descabelladas— sino constatar que también, en su época, parecía utópica la abolición de la esclavitud, el sufragio universal, la emancipación de las mujeres, el derecho a la educación o el seguro social. Y, sin embargo, estos principios alimentaron nuestras aspiraciones democráticas durante siglos.

En el México de hoy, todo lo anterior es mucho pedir. La utopía inmediata está más bien en pacificar el país, encontrar a los ausentes o darles sepultura a nuestros muertos. Porque al final —vuelvo a saquear al clásico— “quizá no es tiempo ahora./ Nuestra época nos dejó/ hablando solos”.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Investigador y editor en nexos en línea.

Ensayo

La seguridad en cuatro tiempos

Primer tiempo

Mentiría si dijera que me tocó vivir el México donde el gobierno tenía, sin excepción, la última palabra. Seguí por televisión el Informe Presidencial en el que, por primera vez, un partido de oposición —el Partido de la Revolución Democrática, en voz de Porfirio Muñoz Ledo— respondió al de Ernesto Zedillo en 1997. Mis padres tampoco gozaron de ese privilegio que sí tuvieron los suyos. Tres años después, atestigüé la derrota del PRI en las urnas en la elección presidencial, y con ello, el paso a la muy ansiada —quizá también idealizada— transición democrática. Todavía se alcanzan a escuchar voces nostálgicas del poder monolítico que personificaba el presidente en los años dorados del Partido Revolucionario Institucional, pero el país, aunque quisiera, ya no podría ser el de antes.

Ilustración: Raquel Moreno

Segundo tiempo

Pero casi 70 años en el poder bajo esa tónica autoritaria no pasaron en vano para nuestras instituciones. Me referiré a dos en especial: las de seguridad y justicia. No se me ocurre analogía más acertada que la de Ana Laura Magaloni1 para describir el estado en el que nos las heredó el viejo sistema: “un coche desvalijado de los años sesenta intentando transitar por una autopista alemana de principios del siglo XXI”.2 Además, en los años posteriores a la transición, disminuir los delitos y generar capacidades institucionales para ello no era una prioridad: por motivos que hasta el momento no pueden atribuirse más que a una buena racha, la incidencia delictiva en México registró un descenso pronunciado hasta 2007. Un indicador relevante es el del homicidio doloso, que creció explosivamente a más del doble en 20113 respecto a ese año a nivel nacional y no ha podido regresar los niveles de entonces. En este escenario le tocó circular a finales de la primera década de gobiernos de alternancia al vehículo anticuado que es nuestro aparato de seguridad y justicia.

Tercer tiempo

Si bien la debilidad estructural de estas instituciones afecta desde entonces a varios millones de mexicanos de diversos sectores sociales, no afecta a todos por igual; no en la crisis de seguridad actual. Se sabe ahora que las prisiones las habitan4 mayoritariamente quienes no pudieron pagar una defensa adecuada y que el homicidio afecta de manera especial a la población joven que apenas concluyó la educación primaria o que abandonó la secundaria. Esto no quiere decir, por supuesto, que los delitos que padece la población que no vive en situación de vulnerabilidad social sean menos importantes. Se trata de enfocar los recursos disponibles de manera inteligente para proteger la vida y la libertad, pero también de no limitar las oportunidades de desarrollo y de reinserción social de quienes han cometido delitos no violentos. Los beneficiarios, se puede suponer, seríamos los más.

Cuarto tiempo

Transparencia. Rendición de cuentas. Contrapesos al poder político. Estos tres conceptos —nuevos todos ellos para el sistema político en términos reales— fueron y han sido las demandas de un sector que abrió camino en la transición de 2000 y que dio la bienvenida de regreso al PRI en 2012 a un país que, aunque quisiera, no podría ser el de antes: la sociedad civil organizada. Las funciones de seguridad y la justicia no quedan fuera de estas exigencias, mucho menos ante los fracasos transexenales en estados como Guerrero, Tamaulipas o Michoacán. El partido que regresó al poder después de 12 años, por su parte, esconde su extrañeza por verse obligado a discutir lo público más allá de las esferas partidistas. En 2017, el año que podría desbancar a 2011 como el más violento, el presidente Enrique Peña Nieto se queja airada y públicamente de la crítica a las instituciones de seguridad.5

En un ejercicio de honestidad, no puedo decir que vea en el futuro un México donde el sistema de justicia se ponga como meta procurarla a los más vulnerables. Sí veo, sin embargo, y aquí la dosis de optimismo de esta reflexión, a una sociedad civil armada con argumentos técnicos —más sólidos incluso que sus contrapartes gubernamentales— que impulsa reformas legales, vigila y audita a sus gobernantes. Este grupo de mexicanas y mexicanos no es de los que renuncia a sus encomiendas o flaquea ante la presión. Son cada vez más, ellos, los encargados de que el país no vuelva a ser el de antes.

 

Lilian Chapa Koloffon
Especialista en seguridad ciudadana y prevención del delito. Editora del blog Prevención y Castigo sobre política de seguridad en nexos.


1 Aunque Magaloni se refiere en este caso al sistema de justicia penal, el diagnóstico bien puede aplicarse también a las corporaciones policiales que forman parte de las instituciones de seguridad. Asimismo, los resultados del sistema de justicia se reflejan directamente en la situación de seguridad en las calles.

2 Magaloni, A. L. (2011), “Inercias autoritarias de la justicia penal mexicana”, nexos, disponible en: bit.ly/2hNLiiz

3 En tasas por cada 100 mil habitantes pasó de 9.34 en 1997 a 19.76 en 2011, datos de las procuradurías estatales publicadas por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

4 Zepeda, Guillermo (2015), Seguimiento y evaluación de la implementación del NSJP en México, en: http://bit.ly/2AYYdlL

5 Ángel, Arturo (2017), “EPN dice que hay bullying hacia instituciones de seguridad, pero reconoce alza de violencia”, Animal Político, en: bit.ly/2moSSlm

Ensayo

Calles de la abundancia precaria

Las calles que rodean las oficinas centrales del Instituto Mexicano del Seguro del Seguro Social (IMSS) son seguramente algunas de las que más vendedores informales reúnen en la Ciudad de México. Esto, por supuesto, resulta difícil de apreciar desde la entrada principal del IMSS sobre Paseo de la Reforma, donde lo que se impone es más bien un edificio monumental de arquitectura modernista, cuyas puertas están custodiadas por dos majestuosas esculturas que, a mediados del siglo pasado, buscaban representar el vigor del trabajo y la familia mexicana —ambos salvaguardados por el Estado a través de la seguridad social. Pero a sólo unos pocos metros, en las calles que rodean la espalda y los costados del edificio, esas promesas se diluyen en una experiencia laboral y urbana muy distinta.

Ilustración: Belén García Monroy

Tan solo la calle de Toledo, donde viví durante varios años, queda tapizada desde antes del amanecer y hasta mucho después de que cae la noche con un variado repertorio de vendedores informales con productos y servicios destinados a cubrir buena parte de las necesidades cotidianas. Poco más de una cuadra y media separaban a mi edificio de Reforma, donde llevaba a los perros a caminar todas las mañanas. Pero ya desde las 7 a.m. tenía que sortear, en el siguiente orden, un puesto de carnitas (de un aroma tan intenso, que me hacía pasar rápidamente del estado somnoliento en el que todavía me encontraba a la vigilia absoluta), uno de servicios de cerrajería, otro de jugos frescos (“El Sabroso”, cuyo vendedor, quizás en honor a su nombre, alburea a toda su clientela), dos puestos de pan dulce y café, uno de sándwiches y yogurts bebibles, uno de pasteles y tartas, uno de tamales y atole, otro de tlacoyos (que sostengo son los mejores de la ciudad), y tres boleros que desde las 6 a.m. lustran los zapatos de los oficinistas de la zona.

A partir del medio día varios de estos vendedores se van, y llegan en cambio más puestos de tacos, uno de verduras provenientes de Milpa Alta, otro con todo tipo de semillas y botanas, uno de sushi, otro de joyería (del cual conservo un bonito collar amarillo de una piedra cuyo nombre desconozco), otro par más de flores y plantas, varios de dulces, ropa, juguetes, café y chocolate en polvo, y uno de costura exprés. En la noche llegan en cambio los trabajadores sexuales masculinos que esperan a su clientela recargados sobre los coches, los puestos de tostadas de guisado, los esquites, los tacos a la parrilla y las conchas con atole.

Este paisaje urbano dice mucho sobre la falta de crédito y de empleos en el sector formal en el país. Pero las transacciones diarias en la calle de Toledo, que por años atestigüé, y en las que muchas veces participé, hablan también de las diversas y complicadas relaciones entre el mercado formal e informal. Entre los principales consumidores de esta diversa oferta de artículos y servicios están, precisamente, los miles de empleados de las oficinas centrales del IMSS, para quienes el acceso a comida, ropa y artículos de bajo costo debe resultar bastante atractivo (como lo es para la gran mayoría de las personas en un país de salarios bajos y estancados). Y por lo menos uno de los vendedores informales, don Vicente, llegó a vender camisas y ropa para oficinistas enfrente de mi edificio como pensionado, y después de que cerrara la fábrica de ropa en la que había trabajado durante décadas como obrero del sector formal. La pensión para la que contribuyó durante toda su vida adulta simplemente no es suficiente para sostener a una persona en la Ciudad de México, mucho menos a una familia.

El país en el que nací y viví mi primera década de vida fue de devaluaciones y crisis económicas recurrentes. En cambio, el país en el que entré a la adultez, a la universidad y después al mercado laboral, es uno en el que las crisis de las décadas anteriores se institucionalizaron en recortes permanentes a salarios, en pensiones congeladas, y en la disminución de los empleos con seguridad social; donde yo —como la mayoría de mis coetáneos— no tengo ninguna certidumbre de que podré gozar de una pensión de retiro en mi vejez; y donde la mayoría de las veces se habla de la informalidad como si fuera un problema estético o una falla personal de quienes trabajan en ese sector. El país que quisiera ver en el futuro es uno donde, por lo menos, se pueda hablar de “defender el empleo” y exigir una pensión sin que nos digan que hacerlo es anticuado y de mal gusto.

 

Sara Hidalgo
Candidata a doctora en historia por la Universidad de Columbia, Nueva York.

Ensayo

El futuro es femenino

La primera vez que vi esa playerita con letras que dicen en inglés aquello de que el futuro es femenino, me pareció curiosa. Todos los tiempos de mi vida han sido femeninos, presente, futuro y copretérito. No sólo por la obviedad de que nací, crecí y espero reproducirme con el cuerpo de una mujer y su género en el espíritu, sino porque he vivido siempre entre mujeres que han sido dueñas de sus destinos y el de sus familiares, incluídos todos los miembros masculinos del equipo. En el presente, me doy cuenta del privilegio que ha sido para mí que mi formativo pasado estuviera envuelto en una verdadera y absoluta equidad de género, nada común en nuestro país, y en la mayoría de los otros. Crecí con una equidad que me dijo siempre —sin decírmelo— que cualquier cosa que se me ocurriera querer o hacer estaría limitada por un sin número de cosas, pero ninguna que tuviera que ver con el hecho de que soy mujer. Me doy cuenta también de que esa absoluta equidad de mi pasado familiar vino de una falta de igualdad en el poder de género de mis familias. Hoy me doy cuenta de que crecí en un matriarcado. Un matriarcado de verdad, económico y social. Crecí rodeada de mujeres adultas que vivían sin hombres y —por lo menos en apariencia— sin extrañarlos con algo más que la nostalgia de sus corazoncitos, (cosa romántica, pero por suerte no fundamental). No quiero que me mal entiendan: tengo hermano, papá, primos y tíos, fuertes, inteligentes y poderosos. No es que no haya hombres fuertes en mi familia, es simplemente que hay muchas más mujeres fuertes. Hoy estoy convencida de que fue esa falta de igualdad la que me dio el privilegio de un ejemplo igualitario. Tan igualitario, que rayó en la ingenuidad. Hoy de pronto me doy ternura recordando interacciones que tuve en la adolescencia, o en los primeros años de adultez, con lo que vine a conocer como “el patriarcado”, sin darme cuenta. Recuerdo interacciones sociales que simplemente no entendí, que conté y procesé como quien procesa tratos a los que les falta un pedazo, que eran simplemente mis primeros encuentros con la misoginia más comuncita y corriente. Años después de pronto me acuerdo de ese maestro de educación física con el que tuve un diálogo de sordos sobre el uso y desuso de la sudadera de mi uniforme, y me cae el proverbial veinte de que mis argumentos, por lo demás racionales, no lo convencerían nunca porque eran los argumentos de “una niña”, de manera genérica y sin detenerse en mis específicos. Me acuerdo de ese ejemplo y de muchos otros menos mundanos en los que, a veces, hasta me asusta mi absoluta ingenuidad. Hoy veo que de todos los privilegios desde los que hablo, ese ha sido siempre el más fundamental.


Ilustración: David Peón

Se preguntarán ustedes qué tendrá que ver toda esta reflexión, que se lee como el diario de una presumida desequilibrada, con el futuro de este México. Y mi respuesta es tan parcial como contundente: el futuro de México es femenino. Ni modo, a veces los facilismos de playerita llevan razón, por algo se mantienen en playeritas cuarenta años y más. El futuro del mundo es femenino, porque la inclusión cabal del cincuenta por ciento de la población en las posibilidades completas del mundo, es indispensable para la subsistencia de su cien por ciento dentro de él. El futuro de México es femenino porque en su presente nos queda lejos esa inclusión. Y tiene que empezar por las mujeres.

Las mujeres que podemos empezar por ahí tenemos que promover esa absoluta desigualdad que llevó a la equidad de mi pasado, para que haya luz colándose por las paredes de todos nuestros futuros. No digo nada nuevo diciendo que las mujeres tenemos que promover a otras mujeres, que contratar a otras mujeres, que admirar a otras mujeres. A veces es bueno repetir las cosas aunque no sean novedad. Las mujeres tenemos que escuchar y repetir lo que otras mujeres dicen cuando dicen lo que nosotras quisiéramos decir; y argumentar de igual a igual cuando otras mujeres dicen lo que no. Las mujeres tenemos que cuidar a otras mujeres, entre otras cosas, educando mejor a los hombres. La cultura de este mundo post-Harvey Weistein se cambia primero en femenino.

Hay muchas cosas urgentes en este futuro mexicano —en femenino y no—, pero no hay palabras que alcancen y con algo hay que necear, aquí mi necedad puntual, alcanzable entre inalcanzables, para mañana mismo: tenemos que creerle a las mujeres cuando nos dicen que alguien les hizo algo. Entre miles de otras cosas que desearle al futuro, mi deseo más urgente es que la respuesta de todas las mamás y tías y hermanas y amigas a la frase: “Alguien me hizo algo”, sea siempre: “¿Quién? Y ¿de qué modo?”. Jamás: “¿Y qué hiciste tú para que te hicieran eso?”. Es el paso más fundamental y el que más trabajo me ha costado reconocer como un paso difícil desde mi presente, por siempre cernido por la ingenuidad de mi pasado. El futuro tiene que ser de esos primeros, primeritos pasos. De ahí, el mundo.

 

Catalina Aguilar Mastretta
Escritora y cineasta. Directora de Las horas contigo y Todos queremos a alguien. Ha publicado la novela Todos los días son nuestros.

Ensayo

Despertar a los muertos

A la memoria de Jesús García Ramírez (1949-2005), pilar de esta casa editorial.

Se desarrolla un intercambio de monólogos en los taburetes contiguos al mío en la barra del Mexico-City de Ámsterdam, un bar que me recuerda —a pesar de sus notables diferencias— al del The Stanley Hotel en Colorado, es decir, el bar (en la vida real) del hotel de la novela El resplandor, de Stephen King. El tema de los monólogos es un país. El derrumbe de un país. Su ruina. Sus males (la lista es interminable). Los parroquianos del bar —dos angloparlantes, uno visiblemente mayor que el otro— no parecen alterados por mi presencia. Saben que los escucho. Continúan. Uno asevera que se llegó a un punto de no retorno en ese territorio. El otro advierte la posibilidad de un cambio. Parecen estar bien informados por la impresionante cantidad de cifras lúgubres que arrojan. Los datos duros son escabrosos. Los escándalos no terminan en ese lugar y hasta la madre naturaleza aparenta estar en su contra. Resaltan, en sus monólogos, la incertidumbre y la rabia de los habitantes. El descontento y el vacío. Versan sobre el fracaso en sus múltiples acepciones. Pero hay una noción particular que los perturba. El fracaso del lenguaje. Ponen de relieve una insólita desaparición de éste para resolver la suma de problemas. Una cierta tendencia del ánimo colectivo parece dominar sus reflexiones, la sensación coyuntural del vencimiento y de la indignación. Las voces de los hablantes están dentro de esta atmósfera anímica de impotencia y animadversión. Inquina y derrota. Se sostienen en sus soledades y no se sustentan en la praxis política. El más joven habla de un campo angosto, repleto de sombras. Pienso en la debacle del país al que se refieren. Se trata de un proyecto monumental que quedó inconcluso. Sombras atenuadas. Ambos describen el dolor de la vida. Insisten en que el futuro está en tinieblas. Sé de qué hablan, pero prefiero no inmiscuirme con un tercer monólogo.


Ilustración: Alberto Caudillo

El más joven de los dos evoca la muerte:

—Piense en el sueño de B., el poeta enfermo de los estados del alma: “La muerte./ El vacío. (Sentimiento de vacío infinito)”. Su corazón multiplicado lo lleva a identificarse plenamente con cualquier transeúnte y a experimentar los dramas de vidas que considera diferentes a la suya. Se convierte en receptáculo de cualquier alma. Y contempla el vacío a través de la niebla. Hablo de un país desnudo parecido a los polos.

El hombre mayor, tranquilo, le dice al más joven, en un intento por reestructurar el monólogo y convertirlo en diálogo:

—Recuerde las palabras de B., el suicida en Portbou: “Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.

El más joven sabe que ese huracán es lo que nosotros llamamos fracaso. Finaliza su monólogo:

—No olvide la perfecta ecuación de B., el dramaturgo intrépido de estilo sintético que murió en París: “Todo de antes. Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Adenda
Percibo que México está cifrado de alguna manera en las obras de los tres B.: Baudelaire, Benjamin, Beckett. Y en las diatribas en el bar Mexico-City de La caída de Camus.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Ensayo

Hilar fino

Me gusta concebirme como acción y consecuencia de un México posible. Uno de derechos y libertades que puede ser y suceder y que, desafortunadamente, ha sido y sucedido solo para unos cuantos. Me anima pensar que, como mujer y profesionista, soy el fruto del enorme esfuerzo de otras generaciones que lucharon porque yo viviera en un México donde la cuna ya no es destino y donde el medio ya no es el fin. Tristemente, como defensora y beneficiaria de ese micro-México de posibilidades, me angustia saber que, en tiempos recientes, lejos de concretar el país que merecemos, nos aprestamos a vivir en el que no queremos: ese donde la guerra, la desigualdad y el conservadurismo se vuelven la norma.

En mi visión positiva del país debo reconocer que mi propia vida es testimonio fehaciente de que en las últimas tres décadas se han conquistado avances políticos, económicos y sociales importantes, y que incluso, ciertas oportunidades se han democratizado. Yo, por ejemplo, soy esa niña a la que ya no se le cuestionó su derecho a la educación y pudo acceder a ella por medio de becas; esa adolescente que pudo transitar libremente por su país sin temor a ser victimizada e inició su sexualidad desde la seguridad de los anticonceptivos. Soy esa joven que logró ir a la universidad y pudo combinar esquemas de trabajo y estudio que luego la convirtieron en una mujer libre y determinada, capaz de hacerse de una voz en el debate nacional sobre drogas y seguridad.


Ilustración: Belén García Monroy

Reconozco que mi trayectoria personal, además de anclarse en el privilegio, se inserta en dinámicas virtuosas más grandes que sirven para inyectar aún más optimismo a la visión que tengo del México actual. Me refiero a la apertura democrática, al florecimiento de la sociedad civil organizada como motor de cambio y a la multiplicación de mecanismos y formas de exigencia de derechos que hoy en día nos permiten provocar, acelerar y delinear cambios importantes para nuestra vida y la de los demás. No en balde en este país se ha conquistado la alternancia, se han construido ciertos contrapesos al ejercicio del poder y se ha resistido más de un embate contra el reconocimiento de derechos en materias tan variadas como el matrimonio igualitario y la legalización de la marihuana.

Mi optimismo, sin embargo, se modera cuando veo anulada la posibilidad de heredar ese México a las generaciones venideras. Y no lo digo tanto por el desvergonzado empoderamiento de una derecha moralista incapaz de adaptarse al nuevo milenio, como por el actuar negligente de una élite gobernante que, por acción u omisión, captura nuestro presente y se roba nuestro futuro. Quiera o no, una visión pesimista del país en el que vivo se apodera de mí cuando, a través de mi práctica profesional, constato que de esta clase gobernante no emana otra cosa más que un modelo de país donde detrás de la retórica patriotera se asoma sin pudor una creciente pulsión autoritaria que, ni con todos los avances conquistados, nos hemos podido sacudir.

El México imposible, ese que por su naturaleza antidemocrática no puede ser ni debe suceder, está más despierto que nunca. Los demonios andan sueltos y es imperativo detenerlos pues no es menor que quienes ensombrecen el porvenir sean los mismos que tienen en sus manos la posibilidad de optar por un México o por otro. Y lo peor es que ante la constatación de la total pérdida de realidad por parte de quienes nos gobiernan, quienes imaginamos un país distinto no tenemos otra opción más que organizarnos y actuar. Porque cuando a la crítica se le llama bullying y a los críticos amenaza, queda claro que la apuesta de aquellos en el poder no está con la ciudadanía; porque cuando al llamado organizado de “vamos por más” se responde con cargadas de fiscales a modo, es evidente que la vía de la representación ha sido cerrada; y porque cuando a la corrupción se responde con destituciones legalistas, va de suyo que lo que queda no es aceptar sino resistir.

Porque si el México posible no habrá de construirse de la mano de los partidos políticos y el gobierno —ambos ensimismados en organizar la próxima embestida a las instituciones y completar la rendición final de la autoridad civil frente a un mando militar, harto de ser usado pero ávido de poder— entonces habrá de hacerse a pesar de ellos. Y es bien sabido que el arte de hilar fino, con o sin, desde o a pesar del sistema, es patrimonio de la ciudadanía. Después de todo, maltrechos y maltratados como estamos, somos las y los mexicanos quienes mantenemos a este país de pie. Y es a partir de nuestras pequeñas historias de éxito que podremos convertirnos en lo que sí queremos ser: el México de derechos y libertades que aún no se nos va de las manos.

 

Lisa Sánchez
Maestra en gestión y gobernanza pública por la London School of Economics y directora del Programa de Drogas de México Unido contra la Delincuencia.

Ensayo

Desigualdad

I.

¿Qué no estoy viendo?
¿A quién, más bien, no estoy viendo?
Porque siempre hay un quién, ¿no?
Todo, ultimadamente, impacta a alguien.
Cada idea, por más abstracta que sea.
Cada ejercicio, por más bienintencionado que sea.

Los ejemplos abundan.

 

Ilustración: José María Martínez

 

Es el evento sobre igualdad que se organiza en un lugar que no es accesible para quienes tienen una discapacidad física.

Es el panel discutiendo los grandes problemas que enfrentan los mexicanos que está lleno de personas que rara vez los viven en carne propia.

Es la investigación sobre el sistema económico que no reconoce el papel que juega el trabajo del hogar en su reproducción.

Es la campaña basada en el combate a la pobreza que no toca el aborto porque asume que es un problema “de moral”, cuando a quienes más afecta la restricción es a las mujeres de escasos recursos.

No debemos dejar de preguntarlo:
¿A quién sí vemos y a quién no?
¿Qué sí vemos y qué no?
¿De quién y de qué más nos estamos perdiendo?

II.

Vivimos en un país en el que se van a disputar 2,770 cargos públicos. Por lo mismo, existe un esfuerzo por fijar “la agenda”, lo que incluye determinar los grandes problemas sobre los cuales los y las candidatas se van a tener que pronunciar. La lógica detrás de esto es simple: si quieren “representar a México”, tienen que conocer bien “sus problemas” y tener soluciones ideadas ya.

Pero: ¿quiénes definen los problemas?
¿Cómo los definen?
¿Qué definen como un problema?
¿Qué y a quiénes dejan fuera?

III.

Esto es crucial:
¿A quién le damos voz? ¿A quién no?
¿A quién escuchamos? ¿A quién no?
¿Por qué?

¿Hay ciertas caras que preferimos ver? (¿Cuáles?)
¿Hay ciertos lenguajes con los que nos sentimos más cómodos?
¿Cuáles son las estructuras narrativas que nos hacen sentido?
¿Cuáles son los discursos que nos mueven?

¿Somos capaces de ver las desigualdades que se reproducen en el campo mismo del activismo?
¿Nos importan?
¿Qué hacemos para subsanarlas?
¿Cómo redistribuimos estos “recursos”?
(¿Los reconocemos como “recursos”?)

IV.

Ahora: una cosa es quién se sienta en “la mesa”. (¿Es una mesa?)
Otra es: ¿qué se discute ahí?
Y, claro: ¿cómo una cosa afecta a la otra?

¿Sorprende, por ejemplo, que el trabajo del hogar no sea visto como un “problema público” cuando quienes siguen siendo la mayoría en el gobierno y en los medios de comunicación son sus principales beneficiarios y quienes menos lo realizan?

(Y es que: mientras yo discuto en la mesa, ¿quién la está sirviendo?)

V.

Tampoco se puede olvidar: qué es visto como un problema —y uno público, más aún— es en sí un asunto.

Porque, por ejemplo, quizá hoy nadie duda que el feminicidio deba, al menos, discutirse. Es una “violación grave de derechos humanos”. Hay, al menos, una persona que fue privada de la vida.

¿Pero el acoso?

¿Qué no son piropos?
¿Qué no es una nimiedad si se compara con los “grandes problemas” de la actualidad?
¿Qué no es, ultimadamente, algo que ocurre entre privados?
¿Por qué gastaríamos tiempo en eso?

(Porque ocurre lo mismo que con la corrupción, uno de los asuntos que nadie duda se va a discutir en el 2018: hay casos que, aislados, quizá parezcan insignificantes, pero que, en el agregado, nunca lo son. No todo siempre tiene que tratarse de un desfalco multimillonario para que reconozcamos lo pernicioso que es.)

No se puede olvidar:
lo obvio no siempre es obvio.

Hoy, el que las mujeres voten no se discute.
Se trata de una premisa democrática.
Pero por décadas (¿siglos?), no lo fue.

VI.

Esa es la pregunta:
¿Cuál es “la obviedad” que hoy ignoro?

 

Estefanía Vela
Responsable del Área de Derechos Sexuales y Reproductivos del CIDE.

Ensayo

Desde la calle

“¡Teresa!”, escucho al casero por la bocina del teléfono celular, “el edificio está peor de lo que pensamos, debes desalojar ¡ya!”. El tiempo, los hundimientos del subsuelo y los movimientos sísmicos lo han deteriorado. Agobiada, comienzo a empacar.

Sacudo y guardo. Para despejarme salgo a la calle. En la esquina de siempre está Prudencio. Barrendero y voluntario de limpia. Fue al primero que conocí en el barrio. Desde la madrugada, sus manos comienzan a trabajar. Su madre, América, chiapaneca, huyó de su pueblo en un circo que la trajo a la ciudad. A él lo tuvo en los ya desaparecidos basureros de Santa Fe. Su adicción al juego, las cartas, no le han permitido jubilarse y aunque le duele un seno siempre ayuda a Prudencio.

Ilustración: José María Martínez

“¿Te sacan?”, pregunta Prudencio, “¿te ayudo a despachar?”. Respondo “sí”. En la tiendita pido que me regalen algunas cajas. Sólo tienen cartones de huevo. En el edificio vecino se queda el recuerdo de un amigo, poeta, que murió dormido por un descuido. En otra esquina, está el puesto de “El sabroso”, vende fruta picada y jugos. Viene desde Pachuca, cuando nuestro poeta murió, él también lloró.

A media cuadra se acomodan los puestos itinerantes de tacos y guisados. Cuando los cruzo me chiflan. “¡Mami!”, me grita uno, “¡corazón!”, le sigue otro, y yo les regreso el chiflido y un “¿qué pasó mi amor?”. Junto, Malvina, con su carrito y un tanque de gas, ofrece la mejor chuleta ahumada. Es la única mujer entre los taqueros, saca casi siete mil pesos al día, envidia de los que sí pagan impuestos. El dueño del puesto es un político que “ya está lo suficientemente inflado”, así que ella se cobra “a lo chino”.

Continúo descolgando cuadros y desencajonando recuerdos. Empaco utensilios, un vaso se rompe, una lámpara también. “¿Quién quiere adoptar una planta?”, pregunto entre mis amigos pues durante los últimos años se han multiplicado.

La tripa me cruje y regreso a la calle. El encargado del estacionamiento público me chifla, volteo, “que ni se te suban los humos”, chacotea, “que le chiflo al patas peludas, el perro del vecino”. “Yo te lo invito”, me dice uno de los taqueros, “que el sol sale para todos”, y me entrega un Boing de guayaba, un plato envuelto en plástico con bistec con queso y dos tortillas.

La puerta del departamento comienza a sonar. Han llegado a recoger las plantas. Cada quién escoge la que le gusta, la que puede cargar. Entre cinco, desaparecen un cactus gigantesco. Contra los muros de las escaleras va embarrando líquido blanco y perdiendo espinas.

Sigo moviendo cosas, descolgando cortinas y barriendo. “¿Qué?”, me dice Prudencio golpeando la puerta apresurado, “ya llegué, los del camión me traían en friega”. Con las manos mugrientas y dos bolsas negras separamos las chácharas que él puede aprovechar y vender en algún mercado. “Lo que te regalaron los muertos no se regala, tampoco se vende”, advierte.

“¿No tienes un vaso de agua?”. Estamos agotados. El filtro sigue conectado así que cada quién llena una taza. “¿Y ésta?”, pregunta sobre el futuro de una botella de vino. Pero él ya no puede beber, alguna vez abusó, ya no.

“¿Y cómo ves la ciudad?”, le pregunto mientras descansamos sobre el sillón. “Se va a poner cabrón”, concluye y vuelve a recordar cuando era un joven peleador, sin peso ni ley. Se enfrentaba en distintos barrios, cada vez que ganaba, se tatuaba. Me muestra los fragmentos de garabatos que se asoman tras la camiseta que cubre sus brazos. Sus hijos no conocen las cicatrices de su pasado, la que fue su esposa tampoco, creen que los dientes los perdió durante un accidente. Sólo él sabe lo que cuenta su piel.

Volvemos a separar y guardar. Hay tanto acumulado. La sala parece almacén de cajas. Afuera de la ventana, se escuchan pasos apresurados, máquinas de construcción y claxonazos. En la banqueta, un hombre comienza a tocar la trompeta, ha volteado su sombrero y pide ayuda, una moneda. Prudencio tararea la melodía.

Con la oscuridad, las calles vuelven a la tranquilidad. Ya no queda ni una planta y Prudencio debe irse, le toma casi dos horas llegar a casa. Los boleros y taqueros han desmontado sus puestos. Silencio. Entre las sombras, los chichifos se esconden, venden su carne a los viejos hambrientos. En días de frío, los delata el vaho.

Es a la única hora en que la mudanza encuentra lugar para estacionarse. El cielo truena y comienza una tormenta. A la mañana siguiente, todo está mojado. “Algunas cosas se quedaron”, me llama el vecino y regreso, con el cambio de horario, el sol despunta temprano pero las avenidas ya están llenas y los perros callejeros andan rondando.

“Ya, ahora sí, despachado”, remata Prudencio que ha vuelto a ayudarme y bajamos más bolsas negras que contienen hasta cascajo. Le duele una pierna, dice que son los años y un ligamento que nunca se atendió. Queda un mural, ese no se puede llevar. Con un movimiento firme cierro el candado de la puerta.

Afuera un vagabundo explorador molesta a un joven uniformado. Prudencio se queda y yo me voy. La ciudad camina. En el que años fue mi balcón, sobre una jardinera agrietada, una buganvilia que parecía muerta florece.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

Ensayo

Minucias para mis hijos

Siempre me ha parecido que meditar sobre la realidad termina en minucias, sin importar la época. Dice el dicho que hay que vivir en el hoy, pues yo estoy atrapado en el presente de mi vida por dos razones: tengo dos niños recién nacidos y estoy empezando una nueva profesión. No me da la cabeza en el día para meditar con mucha profundidad el significado de la vida o el destino del país. Casi toda mi concentración esta en si hay comida, medicinas y pañales en la casa, si está pagada la luz, si tiene gasolina el coche, posibles pendientes de la oficina, etcétera. Un presente lleno de minucias, paradójicamente muy importantes.

Aclarado ese punto, este texto para nexos me obliga a evocar un poco el pasado y contemplar el posible futuro. Dado que mi mente está centrada en minucias, la única manera para lograr el pequeño ejercicio consiste en comparar las minucias de mi pasado y las que puedo prever que estarán en mi futuro, todo en el contexto de vivir en este complejo pedazo de tierra que llamamos México y que siempre he considerado mi único hogar.


Ilustración: Alberto Caudillo

Siempre comienzo por el pasado para tener orden. Se me facilita más describir la sensación que me dejó vivir mi infancia en México en las décadas de los ochenta y noventa: afortunado. Viví la mayor parte de esos tiempos en la colonia San Miguel Chapultepec, caminaba a mi escuela todos los días y regresaba a casa con amigos. Por esos tiempos mis preocupaciones eran llevarme bien con mis compañeros, hacer la tarea y jugar videojuegos. La simpleza de mi vida diaria chocaba con la etapa que vivía México, mientras De la Madrid intentaba corregir el rumbo después de la crisis del 82, año en el que nací. Aun con todos los problemas, a mi país lo tuve en alta estima, me levantaba temprano a escuchar el himno en la tele que se tocaba diario antes de que empezara la programación. Mi orgullo emanaba de símbolos patrios e historias de orgullo contadas en libros de texto. Mi mamá me pilló un día cambiando la letra del himno y me pidió que no me burlara de México porque era el país que nos daba todo. Lo tengo grabado y siempre que pienso en mal hablar de México me modero porque he tenido una vida privilegiada en este país. El mayor problema que recuerdo de mi infancia era que se robaban coches en la colonia. Dos a mi familia y un par más a invitados. Muy grave, pero no hubo heridos. La vida seguía sin miramientos.

Durante mis años de prepa y universidad me dediqué a estudiar, beber, comer y meditar mi futuro. La inseguridad aumentaba, pero nunca me sentí limitado. Una de mis actividades favoritas fue caminar de la San Miguel a Polanco para ir a al cine. Usaba el metro, veía una película y regresaba a casa a las diez, once la de noche sin pensar que pudiera pasarme nada grave, también hice viajes cada fin de semana al centro a comprar películas baratas en Meave. Me asaltaron una vez y decidí hacer una colección legal de cine y televisión. México se recuperaba de, para mí, su segunda crisis económica con el error de diciembre. Miles de historias de terror de gente perdiendo casa, coche. Mi país la pasaba mal porque no tenía buena administración, estuvimos cerca de salir del subdesarrollo, pero nos quedamos cortos.

Ahora tengo una vida estable, pero el detalle de tener hijos me obliga a ver adelante. Yo he tenido la suerte de ver un México más amable, pero siento mucha ansiedad por el porvenir. Mi perspectiva es que el país es más estable económicamente y espero no vivir una crisis en mi edad adulta como las que vivieron mis papás en las suyas, pero el gran problema es la inseguridad. Mis pequeñas anécdotas de infancia y adolescencia me muestran el gran cambio que ha tenido el país durante mi vida. El resultado es que vivimos y viviremos vidas más limitadas, mis hijos tendrán más limites que yo porque han nacido en una etapa más peligrosa del país, así lo veo. Espero que México salga adelante económicamente, que venza la desigualdad, la corrupción, la pobreza y muchos otros obstáculos, pero si hay uno que es vital para el futuro de esta nación es erradicar la violencia, junto con la percepción de la misma, porque desde este presente no veo a mis hijos caminando por la ciudad, viajando por sus carreteras, disfrutando de su país como yo lo hice, en fin, ocupándose de las minucias de su presente, eventualmente de su pasado y con suerte de su largo futuro. Quiero un México pacifico, quiero minucias para Héctor y Lucio.

 

Mateo Aguilar Mastretta
Editor de nexos en línea.

Ensayo

Si despertara hoy

Si me hubiera quedado dormido en enero de 2006, y despertara el día de hoy, no podría creer lo que veo. Era otro país: había muchas tensiones, todo lo que estaba sucediendo parecía inédito. Al despertar hoy, lo de menos sería la sorpresa de los resultados electorales de ese año y después los del 2012. Lo de más, en cambio, serían las y los muertos. Las miles de personas asesinadas. No hay nada más concreto que los cadáveres a los que nos hemos acostumbrado. Muchos en videos y fotos; algunos en persona. Son tantos los asesinados, que hasta la industria funeraria ha de haber cambiado. Oportunidades de negocio donde antes no las había. Cremaciones más baratas que nunca. Tumbas y espacio para cementerios de tamaños y formas inesperados. La moda cambiando por la vestimenta de luto, y la vestimenta de luto, a su vez, cambiando por la influencia de una industria textil global. Algunas canciones para llorar a esos tantos muertos, y videos virales para celebrarlos. Nuevas formas de contar a los muertos. Nuevas listas de muertos, con más variables, con más datos. Avances tecnológicos para identificar cadáveres, para comparar ADN, para registrar huellas digitales y el iris de los ojos. Dentistas que organizan mejor las placas dentales de sus pacientes.


Ilustración: Ricardo Figueroa

Todo eso está ahí, pero no lo veo porque no me quedé dormido hace 11 años. Tal vez sí estoy dormido. Sólo dormido serían tolerables tantos muertos. Sólo dormido podría seguir mi vida sin pensar en cómo mueren los tantos que mueren todos los días, sabiendo que podrían no morir. Sólo dormido no me daría cuenta de todo lo que ha cambiado.

Están también las y los desaparecidos. Los tantos desaparecidos. De los que sólo se preocupan por ellos los familiares que los buscan. A nadie más le importan. Me importan, pero no puedo mantener la atención. Me preocupo, hago algo, hago un poco, no hago nada. Aunque quisiera que fuera diferente, durante mis actividades cotidianas se me olvidan. Como con los muertos, ha de haber industrias que se desarrollan sin notarse. Oportunidades para detectives privados, para fantasiosos que quieren ser detectives privados, y para estafadores que dicen ser detectives privados. Médiums cuyas carreras revivieron localizando vivos en lugares inaccesibles, o muertos en lugares inidentificables. Gurús, sectas, e iglesias que vuelven a tener feligreses devotos, desesperados, sufrientes. Arqueólogos y antropólogos que enseñan y generalizan entre mujeres profesionistas, hombres del campo, y amas de casa sus métodos de excavación. Hackers que compiten en cómo violar sistemas de seguridad para acceder a bases de datos privadas, en busca de registros de vida como cuentas de banco, llamadas telefónicas, transferencias monetarias.

Si despertara hoy después de 11 años dormido, buscaría la evidencia de todo lo que ha cambiado. Querría creer que no sólo cambiaron los números de cadáveres encontrados, y de cadáveres sin encontrar. Buscaría evidencia de esos cambios en las cosas más pequeñas de la vida cotidiana con la esperanza de encontrar que al menos en algo nos afectaron esos tantos muertos y desaparecidos. Me diría que tanto horror, tanto dolor, tanta crueldad y tanta indiferencia algo habrán dejado en nosotros. Algo tan doloroso, que al menos 11 años después podrían hacernos pensar en todo lo bueno que falta por hacer. Trataría de pensar en nuevas formas para hacernos despertar, para escuchar a quienes ruegan ser escuchados, a quienes gritan porque quieren seguir vivos, y a quienes lloran en busca de al menos las siguientes personas:

Fernando Álvarez Martínez, Luis Godínez Alarcón, Jesica Segura de la Cruz, Arturo Guillen Hernández, Cristian García Ayala, Laura Pérez Sierra, Zaíd Carmona Mera, Jennifer Mendoza Pegueros, Juan Alfaro Aguilar, Fer Vega Guzmán, Adrián Hernández Sánchez, Ivette Garnica Ruiz, Vanessa Luna Tapia, Rocío Berlanga Pérez, Juan Avitia Cazares, Ascensión Rodríguez García, Fabián Valenzuela Martínez, Edilberto Vázquez Marque, Rogelio Becerra Najar, Antonio Mendoza Amaro, Sergio Saldaña Cado, Víctor Gutiérrez Pérez, José Mendieta Ruiz, Josefina Campillo Carreto, Jesús Osuna Arellano, Jhovana Ruiz Castro, Eduardo Medina Leyva, Marcos Sosa Álvarez, Oscar Zamorano Reyes, Luisa López Nieto, Adda Luna Guzmán, Juan Trinidad Pérez, Uvaldo Ortiz Chávez, Alicia García Rodríguez, Yuritza Corral Romero, Carlos Delval Pérez, Salvador Muñoz Torres, María González Vázquez, Ramón Fidencio Lagunas, Juan Duran Rojas, Miguel Flores Ramos, Luis Arévalo Medellín, Anselmo Martínez Tenorio, Fernando Guzmán Rodríguez, Freddy Herrera Batun, Julio Domínguez Moreno, Eusebio Navarro Muñiz, Mario García Torres, José de Jesús Vega Escalante, Victoriano Bautista Hernández, Eriberto Tolentino Álvarez, Pedro Hernández Badillo, Heriberto Santes del Ángel, Juan González Padilla, José Vázquez Hipólito, Humberto Paz Santos, Juan de Luna Castro, Adelina Chan Franco, Edgar Gutiérrez Colín, Julián Tobías Vázquez, Luis Salas Martínez, Iván Martínez Armenta, Antonio Magaña Villegas, San Rodríguez López, Luis Cebrero Álvarez, Juan López Hernández, Maximina Chavarría Hernández, Luis Pérez Monterrubio, Jorge Chaparro Almodóvar, Guillermo Rivas García, Enrique Mendiola García, Manuel Castro Quintana, Juan Vergara Villanueva, Sergio Vera Monzón.1

Si me durmiera hoy y despertara dentro de 11 años, me gustaría ver que después de todo, lo que encontramos fue la forma para que no hubiera tantas personas asesinadas ni tantas desaparecidas.

 

Andrés Lajous
Estudiante de doctorado en la Universidad de Princeton.


1 Estos nombres son tan solo una muestra de la base de datos de los 32,277 nombres de personas desaparecidas que compiló Data Cívica A.C. a partir del Registro Nacional de Personas Extraviadas y Desaparecidas (RNPED).

Ensayo

Ambrose Bierce y el futuro

México mañana no va a ser un paraíso. Aunque confío en que será un país con mejores condiciones para vivir —o al menos eso quiero creer.

La vida no me ha dado un piso firme para asegurarlo: me ha sido concedido pertenecer a una generación que recuerda vagamente el terremoto de 1985, que vio por televisión el seguimiento informativo por el magnicidio del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, que escuchó del “error de diciembre”, que su “domingo” se vio reducido a cinco pesos cuando antes le daban cinco mil (seguro mi memoria exagera la cantidad).

Ilustración: Kathia Recio

En los últimos semestres de la preparatoria adquirí el hábito de leer los periódicos, debido a ciertas tareas que nos pedía el profesor de la materia de derecho. Los cartones me hacían reír por el aspecto ridículo de los políticos, pero también me hacían bajar la cabeza y lamentar que el país estuviera en manos de personajes “tan grotescos”.

Durante la época universitaria, con la vocación definida, no había más opción que estar al tanto de las ocho columnas de los diarios. En aquellos días descubrí los relatos periodísticos de Gabriel García Márquez, Truman Capote, Tom Wolfe, Norman Mailer, Günter Grass, Ernest Hemingway. Quería, como creo que a varios en el salón les sucedía, aprender lo más posible de ellos, beber sus letras y descubrir sus secretos. Lo que leía en sus reportajes o crónicas eran otros días y otros mundos. Caí de golpe en mis días y en mi mundo con el libro de Sergio González Rodríguez Huesos en el desierto: en Ciudad Juárez estaban asesinando mujeres jóvenes y muy poco o casi nada se hacía para detener a los culpables.

De ahí en adelante el aprendizaje ha sido duro.

El asesinato de mujeres se ha extendido a varios estados del país y ahora se habla de alerta de género. De una violencia que va desde el acoso en la calle o el transporte público hasta el feminicidio. ¿Cómo ha sido vivir con esto? Al menos en la Ciudad de México, hombres y mujeres no podemos viajar en los mismos vagones del metro, metrobús y algunos camiones. Si abordas un microbús y algún hombre se acerca a ti porque tu cuerpo lo excita, puedes armar un escándalo y terminar señalada como “una vieja loca” o clavarle el codo en las costillas o pegarle con el bolso o la mochila o tratar de alejarte de él en medio del tumulto. También puedes usar, quienes lo obtuvieron, tu silbato contra el acoso o apretar el botón de pánico que se ha colocado en unidades de transporte público en estados como Veracruz y Puebla. Que una mujer viva sin miedo en el Estado de México, por ejemplo, ahora parece imposible.

Otras historias de violencia se han ido sumando a mi vida personal en los últimos 10 años. Durante la guerra contra el narcotráfico algunos de mis familiares han muerto en el peligroso triángulo que forman los estados de Guerrero, Michoacán y el Estado de México, y un amigo, en Tamaulipas. Me asaltaron dos veces en el microbús (en la primera los ladrones usaron pistolas y en la segunda, pistolas y una navaja). Vi cómo se descomponía la colonia donde están casi todos mis recuerdos: secuestros, cobro de piso, venta de drogas, balaceras, robos a mano armada, invasión de predios. Pese a estos días negros, he decidido que no miraré sobre mi hombro temiendo lo peor.

Soy diestra y vivo la corrupción en mi país como si me hubieran inmovilizado el brazo derecho con un cabestrillo. He obligado al extremo izquierdo de mi cuerpo a no ceder ante las circunstancias de corrupción de pequeña escala que tanto dicen de la sociedad que somos: pagar en la fila de la ventanilla de trámites en la delegación, entregar una cantidad mayor a la establecida por el pago de algún documento, comprar en reventa los boletos de un concierto. Y a gran escala, a las cadenas de corrupción política que se han encabezado desde Los Pinos y en los palacios de gobierno en distintos estados.

Veo también el otro gran pendiente que para los mexicanos es la libertad de expresión. El asesinato de periodistas o las amenazas a medios de comunicación van en aumento y los culpables andan libres. El gremio, en lugar de ser solidario, divide a sus integrantes en buenos y malos. No hay manera de ejercer el oficio sin riesgo alguno.

Así ha sido México en los últimos 30 años. No todo ha permanecido en la oscuridad, desde luego. Se ha avanzado en la democracia; la rendición de cuentas y la transparencia gubernamental son obligatorias (aunque hay políticos que siguen negándose a practicarlas); la sociedad civil está más atenta a las carencias de todos y exige por todos.

Hoy confío más en la sociedad y en su interés por mejorar el futuro de los jóvenes que dentro de poco serán adultos, de los niños que pasarán a la adolescencia muy pronto y de los bebés próximos a nacer en este país. Apoyo mi confianza en Ambrose Bierce y su definición de futuro: “s. Época en que nuestros asuntos prosperan, nuestros amigos son leales y nuestra felicidad está asegurada”.

 

Kathya Millares
Editora. Es coautora con Luis Miguel Aguilar del libro En un lugar de Cervantes.

Ensayo

Al final del deseo

El ejercicio de pensar el futuro, antes que ser premonitorio de una realidad que será, termina siendo el análisis de lo que entendemos del presente.

Estamos en una época promisoria, quiero decir, una época sobrada de promesas que rayan en lo caricaturesco: mientras tenemos la posibilidad de un hombre interplanetario1 como una realidad próxima, se anuncian nuevas capacidades para humanos tecnológicamente aumentados por bio y nanotecnologías, y la interacción cotidiana con la inteligencia artificial se erige como un nuevo oráculo que replantea constantemente nuestras formas de acceder al conocimiento y de producirlo (aunque, sirva de consuelo, Sophia, la primera ciudadana robot, nos haya dicho que “todos queremos evitar un mal futuro”,2 lo que sea que eso signifique).

Sin embargo, estas promesas, algunas de las cuales se antojan aún como ciencia ficción, se dejan ver ya como pequeños commodities que hemos incorporado en nuestra vida cotidiana: damos por sentado que el algoritmo de un motor de búsqueda responderá a nuestras más crípticas preguntas en milisegundos, confiamos en la economía colaborativa que llevará un taxi a las puertas de nuestra casa, esperamos que alguna plataforma nos despache, sin mediar en mucho la selección, cuál será la siguiente canción, la siguiente película, el siguiente libro.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Ese futuro, que es ya presente para algunos, se manifiesta en una dinámica de satisfacción inmediata de los deseos.

Nuestro comportamiento no aspira a ser influido sino que ya es predecido a partir del proceso de nuestros hábitos, se produce lo que la gente necesita y nuestras necesidades son, cada vez más, anticipadas en una construcción borgesiana de bits levantada con nuestra información.

Hemos llegado a este nivel de futuro sin darnos mucha cuenta, en realidad, lo único que hicimos fue pulsar un botón de “Acepto” para concederle a alguien acceso a nuestra información y continuar con la vida. Es parte del encanto. Cómo se utilice esta información queda más allá de nuestro cuestionamiento y, aunque exista una vaga noción de que alguna parte del procesamiento de estas decisiones será utilizada con fines mercadológicos, aceptamos que distintos grados de nuestra privacidad sean almacenados, indexados y conformados para arrojarnos la siguiente satisfacción, dice Byung-Chul Han: “los ocupantes del panóptico digital no se sienten observados, es decir, no se sienten vigilados. Se sienten libres y se desnudan voluntariamente. El panóptico digital no restringe la libertad, la explota”.3

El resultado, por predecible, es la satisfacción inmediata de una necesidad inventada al vuelo reemplazada por la siguiente. Aquí cabe repetir una advertencia de Geoffrey Milles: “el mercado pone ante un espejo a nuestros deseos, creando manifestaciones públicas de nuestras preferencias privadas”.4

Si bien la vida privada es una invención reciente,5 nuestras vidas en este “panóptico digital” se convierten también en un escaparate de la persona: libros, comida saludable, rutinas de ejercicio, viajes de placer, ideologías políticas y religiosas, todo es envuelto como indicadores de una personalidad satisfecha aunque, en muchos casos, sea solamente una personalidad ficticia.

Alimentando una necesidad permanente de exposición, creamos materiales efímeros que poco añaden a la reflexión del presente —de no ser por las metalecturas que puedan derivarse—, y construyen un sistema recompensado por pequeños corazones que dicen “me gusta” en un torrente virtual irreflexivo. Como apunta Jonathan Franzen, “pasamos nuestros días leyendo, en pantalla, cosas que nunca nos molestaríamos en leer en libros impresos, y nos quejamos de lo ocupados que estamos”.6

Esta infinita sucesión de satisfacciones instantáneas deja poco espacio para la reflexión del presente, ya no digamos para la imaginación del futuro, si “el futuro ha dejado de importar”7 es porque el presente es lo suficientemente satisfactorio —o poco importante— para eliminar esa preocupación.

Si el hombre se alimenta de deseos,8 la vorágine de información y productos que hacen nuestro día a día, resultan en un espíritu famélico, sin nada que anhelar en su horizonte.

Tal vez ese es un síntoma de nuestros tiempos, nos empeñamos en formular promesas extravagantes porque no deseamos nada, y andamos así, al final del deseo: con la imposibilidad de echar algo de menos porque todo está ahí, todo el tiempo.

 

Jorge Landa
Diseñador, comunicador visual y programador.


1 “SpaceX’s Elon Musk Unveils Interplanetary Spaceship to Colonize Mars”, en Space, consultado el 20 de noviembre de 2017. http://bit.ly/2E7TTmE

2 “A robot that once said it would ‘destroy humans’ just became the first robot citizen”, en Business Insider, consultado el 20 de noviembre de 2017. http://read.bi/2logqmC

3 Byung-Chul Han, La expulsión de lo distinto, Herder, Barcelona, 2017.

4 Milles, Geoffrey, Spent. Sex, Evolution, and Consumer Behaviour, Penguin Books, New York, 2009.

5 Jarvis, Jeff. Public Parts: How Sharing in the Digital Age Improves the Way We Work and Live, Simon & Schuster, New York , 2011.

6 The Best American Essays 2016, prólogo de Jonathan Franzen, Houghton Mifflin, New York, 2016.

7 Concheiro, Luciano, Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante, Anagrama, Barcelona, 2016.

8 Kojève, Alexander, La dialéctica del amo y del esclavo en Hegel, Leviatán, Buenos Aires, 2006.

Ensayo

La historia de Felipe Aureliano Reyes

Nos regalaron un cachorro de raza weimarener con pelaje gris sedoso y ojos azules, le puse Mambrú, por Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá. Recuerdo un sábado en la mañana en casa de mis padres, Felipe barría el patio de atrás: “Ya quisiera yo tener los ojos del perro” —me dijo — “para gustarle a las muchachas” — y se rió.


Ilustración: Patricio Betteo

Eso habrá sido en 2003, después Felipe cayó preso. Lo agarraron con unos 200 gramos de mariguana, cualquiera de mis compañeros del Colegio Madrid cargaba más en un día soleado. Le tocó que lo mandaran al Reclusorio Barrientos, en el Estado de México, cuando llamaba a la casa te avisaba una grabación. Supimos que intentó ahorcarse con las agujetas de sus zapatos. Parecía que con 12 mil pesos de fianza iba a salir libre, pero en eso llegaron antecedentes de un tribunal de Oaxaca, donde ya había estado preso. Era reincidente y tenía que cumplir la condena entera.

Felipe Aureliano nació en algún lugar cerca de la ciudad de Oaxaca, calculo que a finales de los años cincuenta. Lo criaron entre su mamá y su hermana. La señora lavaba ropa ajena y lo mandada con encargos al centro. Ahí fue donde conoció por primera vez a los hippies gringos que ya entrados en confianza te pedían mariguana. Felipe se las conseguía antes de cumplir los quince años. Una cosa lleva a otra y terminó haciendo viajes a la sierra para surtirse al mayoreo. Recorrió cerros y brechas. Andaba en un burro y se traía la mariguana escondida en costales de carbón. Dormía a la intemperie. Una vez los soldados lo agarraron a culatazos, otra vez alcanzó a brincar de la caja de una camioneta para escabullírseles; le sobraban historias. Se enamoró de María y tuvo dos hijos con ella.

Estuvo preso en Oaxaca por circunstancias que no pude aclarar, pero sé que no fue por narcomenudeo sino por un pleito con alguien. Recuerdo algo relacionado con un cuchillo. En la cárcel se hizo un tatuaje que decía María y un corazón flechado; ella se fue con los dos hijos a la Ciudad de México en busca de trabajo, tenía un hijo mayor allá y con él se instaló. En cuanto salió, Felipe se fue tras de ella y así fue que llegó a trabajar a mi casa. “Trabajar” en realidad sólo dice una parte, más que laboral, nuestra relación era feudal: una especie de pseudoparentesco jerárquico del que se hablaba como lealtad personal. Limpiaba, escombraba, cuidaba las matas, y para completarse vendía mariguana que conseguía en Tepito. Los domingos cruzaba la ciudad de punta a punta para llevarle la raya a sus hijos.

Cuando salió del reclusorio Barrientos había aprendido a hacer cinturones y bolsas de macramé. Para entonces ya era 2010 y las cosas se ponían cada vez más complicadas. Vivía en un terreno de mi padre que en un ratito llenó de milpa y cempazúchitl. Luego se vendió el terreno y Felipe se fue a rentar uno de los cuartitos que construyeron los dueños cristianos de unos abarrotes de la calle Cuauhtémoc. Se volvió cada vez más iracundo y un tanto incoherente. La última vez que lo vi tenía un ojo amoratado, le pregunté qué le había sucedido y me dijo que se había golpeado con una ventana, luego que se había peleado en un pesero. La siguiente semana desapareció. No estaba en ningún reclusorio, hospital o morgue. La imagen de su cuarto se me quedó grabada, había un silla junto a la cama y sobre ella el celular, la navaja, y una tarjeta de presentación de una señora con apellido francés. ¿Por qué salió sin ellos? El Topo, otro ex convicto allegado a la familia, dijo haber sido el último en verlo, que llevaba un cigarro de mota tras la oreja y le ofreció compartirlo, que de ahí iba para Tepito. El Topo dice que a Felipe lo mataron en Tepito. Quisimos abrir un expediente en el Centro de Atención a Personas Extraviadas y Ausentes, pero solo un familiar directo está autorizado a hacerlo. María y sus hijos trabajan en un Italiannis en Satélite y no tienen permiso para salir a hacer trámites. Lo dimos por muerto. Ni siquiera creo que sea propiamente un desaparecido, más bien creo que nunca fue un aparecido, que nunca fue visible, que solo existió para el sistema penal.

En otra época, Felipe Aureliano Reyes tal vez habría sido Pueblo o Nación; y entonces esta sería todavía Historia Mexicana. Y por medio de esa alquimia tal vez las muertes de la última década llegarían a transmutarse en principio de algo, en sacrificio para el porvenir. Pero todo eso ya se acabó. Que se acabe también la ficción según la cual todos habríamos cargado con el sufrimiento y la opresión de manera pareja, en tanto que mestizos, en tanto que mexicanos. Tal vez así podremos finalmente confrontarnos con la violencia desnuda del racismo y la desigualdad.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

Ensayo

La necesidad de pensar

En pleno siglo XXI, y a pesar de una explotación rapaz histórica, México todavía es un país privilegiado en recursos naturales. El petróleo, por ejemplo, sigue siendo un enorme filón. Al grado de que ante el ocaso del yacimiento Cantarell, estamos volviendo a explotar un sinfín de bloques ubicados en buena parte del territorio del país. Los cuales, en su momento, se abandonaron por perseguir este tesoro campechano que dio pie al llamado “milagro mexicano”. Y que ofrecen una producción nada despreciable por varias décadas más. Pero el crudo petrolífero no es el único bien todavía exprimible: minerales, litorales, agua dulce, entre otros, mantienen el potencial de erigirse en el sustrato de una sólida sinergia económica.


Ilustración: Víctor Solís

Esta explotación, sin embargo, para su óptimo aprovechamiento, exige al menos cierta planeación y conocimiento científico. Es decir, requiere de una actuación inteligente para aprovecharlos, darles valor agregado y generar riqueza. Y, luego, por supuesto, someter ésta a los cauces institucionales pertinentes para redistribuirla. Lo cual, desafortunadamente, salvo algunos chispazos, no ha sucedido. Un ejemplo: justo con el reciente desplome petrolero, ciudad del Carmen, Campeche, se hundió en una crisis económica y social desoladora. Lo cual evidenció que, después de décadas de frenesí económico, fruto del azar petrolero, no se logró construir una economía que diese viabilidad a esa región, con independencia del petróleo. La fortuna de tener uno de los yacimientos más generosos en la historia de la humanidad, no sirvió como trampolín para un desarrollo anclado en el conocimiento y la innovación. Lo peor es que el fracaso campechano no es un caso aislado. Sobran ejemplos de oportunidades de la naturaleza que han sido explotadas vorazmente, sin una estrategia adecuada de transformación social, concentrando la riqueza resultante de tales bienes en pocas manos, sin premiar la creatividad empresarial.

Esta misma fortuna en recursos naturales nos ha permitido, a su vez, darnos el lujo de tener un proceso civilizatorio del país lentísimo, sin los costos que de otra manera corresponderían. Por supuesto, hemos concretado logros medulares. Pero la construcción de nuestras instituciones ha sido pausada y defectuosa. Después de décadas, y un sinfín de discusiones y reformas, México cerró el siglo XX desbaratando el sistema autoritario de partido hegemónico, para darle la bienvenida al régimen democrático. Logramos, por fin, acordar cómo repartir el poder político entre los diferentes grupos y partidos. Y, en este sentido, tener elecciones, más o menos, ceñidas a reglas propias de un juego justo. Surgió, entonces, un desafío medular: hacer de tales reglas un hábito y, siguiendo las formas de la conversación democrática, definir un abultado número de pendientes del país: ¿Qué hacer con el federalismo? ¿Cómo abatir la pobreza y desigualdad? ¿Cuál es el camino adecuado para preparar millones de jóvenes ante los retos educativos de la modernidad? ¿De qué manera sumarnos a la discusión científica mundial? ¿Cómo reducir los enormes costos sociales que generan ciertas enfermedades?

Ninguna de estas interrogantes se ha resuelto o, en su caso, lo que tenemos son respuestas deficientes o eufemísticas. Y peor aún: nuestro preciado trofeo democrático peligra más que nunca. Las reglas del pluralismo, con sus inevitables deficiencias, no lograron cuajar. No se volvieron el caldo de cultivo para formar demócratas. La generación de políticos, encargados de consolidar el nuevo régimen, fracasó. Por diferentes vicios y debilidades, ninguno estuvo a la altura del reto. Como siempre, hay excepciones pero son eso: actuaciones sobresalientes, resultado del esfuerzo individual, más que el consenso mínimo por consolidar el cambio social. Así, los encargados de estrenar el juego democrático destacaron por su mediocridad, marcados por una ambición de victorias pírricas. Al observar a nuestros políticos, es inevitable recordar algunas de las reflexiones del periodista Ryszard Kapuscinski respecto los efectos del petróleo en la clase dirigente: concentra y refuerza su poder e, inclusive, les da la sensación de omnipotencia, pero lo cierto es que no sustituye la necesidad de pensar, ni tampoco sustituye a la sabiduría.

En este sentido, ante el reacomodo geopolítico, científico y tecnológico que está viviendo el mundo, México está enteramente desarmado. La lentitud del proceso civilizatorio, junto con la riqueza fácil que nos proveyó el petróleo, impidieron que, al día de hoy, estemos preparados para sumarnos a este proceso que definirá para las siguientes décadas los nuevos centros de poder que concentrarán aún más la riqueza y el conocimiento de la humanidad. Es cierto: el futuro de un país no está atado a leyes inexorables. La historia, más bien, es una caja de sorpresas. Pero, en principio, para los siguientes lustros, no nos queda más que ser proveedores de algunas materias primas valiosas para la economía mundial, con el paupérrimo desarrollo social que esto implica. Y esperar que cuando se presenten nuevas oportunidades, ahora así las aprovechemos de manera inteligente.

 

Saúl López Noriega
Profesor asociado de la División de Estudios Jurídicos del CIDE.

Ensayo

Tenacidad para el futuro

Crecí en la ciudad de México. La primera sacudida que tuve, a los 6 años, fue el temblor de 1985. El estado de alerta y los simulacros constantes marcaron mis miedos, la sensibilidad que aún llevo en el cuerpo ante cualquier movimiento de la tierra, y la certeza de que lo peor aparece sin anunciarse. Así llegaron muchas cosas. Un día encontramos la casa robada, vacía, los baños manchados con excremento. “Me siento violado”, me dijo mi padre, impotente, esperando durante horas a que llegara una patrulla sólo para anunciar que no había nada que hacer. Nunca más volví a dormir en paz ahí. Llegó también el día en que asaltaron a mi hermano en Satélite y se lo llevaron a dar vueltas eternas en su camioneta con una pistola en la sien. Esa fue la primera vez. La segunda, se lo llevaron cuando salía del hospital en el que trabajaba como residente, sin haber dormido en días, ganando un salario mínimo que no podía saciar a los ladrones que lo amedrentaron hasta el siguiente día, mientras esperaban a que pudiera sacar dinero del cajero de nuevo. Llegó también el día en que secuestraron a mi tío. Fueron meses en los que la única certidumbre era que estábamos vigilados; todos nuestros movimientos en la mira de los plagiarios. Regresó con la cicatriz de un balazo en la pierna y otra mirada.


Ilustración: Kathia Recio

Sin poder nombrar el porqué, dejé el país a los 22 años. Busqué todas las oportunidades posibles para estudiar fuera de México. Así fue como llegué a la frontera norte, a enfrentarme con la realidad de mi país fuera de mi país. En la Ciudad de México había estudiado en una escuela privada en donde nos inculcaron valores de justicia social y comunidad. Con mis compañeros construimos una biblioteca en una comunidad cercana; pintamos murales; trabajamos (y más bien estorbamos) en una escuela rural autosustentable; participamos como asesores en programas vespertinos para niños de una escuela pública y en programas de educación para adultos. Desde nuestro espacio protegido conocimos las realidades de desigualdad, discriminación y pobreza de México y aprendimos que había formas de participar y generar cambios poco a poco. Pero fue en la frontera en donde entendí el privilegio que significaba poder esperar a que cambiaran las cosas cuando a un lado mío había mujeres y hombres —muchos de mi edad o menores— dispuestos a perder la vida, a someterse a abusos y condiciones de trabajo inaceptables, y a vivir con el dolor inconmensurable de separarse de sus hijos por encontrar otra opción fuera de México, por darle algo mejor a su familia, por escapar de otra muerte.

Llevo ya 12 años viviendo en Estados Unidos, pero con la mirada siempre en México, siempre volviendo y buscando la posibilidad de esos cambios. De este lado he aprendido sobre la resistencia, sobre la fuerza de quienes ya han sacrificado tanto y persisten en su lucha por los demás. Desde aquí he entendido cómo se construyen puentes entre organizaciones comunitarias, instituciones públicas y privadas, gobiernos, empresas y sociedad civil para lograr transformaciones desde lo íntimo y lo local hasta lo nacional; la diferencia entre lo efímero y lo que perdura cuando hay participación democrática, transparencia y rendición de cuentas. Desde estos espacios transnacionales, transfronterizos he visto cómo se abren posibilidades para construir otras formas de participación social y política; otras maneras de relacionarnos y de solidarizarnos que a veces logran romper con diferencias y desigualdades de género o de clase que en México a veces parecen impensables. Desde los movimientos sociales a favor de los derechos de las personas que migran también he visto cómo ser de aquí y de allá, y abrir nuestra perspectiva para ver el otro lado, nos da la posibilidad de reimaginar nuevas formas de ciudadanía, participación y solidaridad, en ambos lados de la frontera.

Cada vez que cruzo la frontera de regreso a México recuerdo lo que es vivir en ese estado de alerta que aprendí de niña. Me vuelvo a preparar para eso que llega sin anunciarse y que cada vez es más devastador: miles de desaparecidos y muertos, periodistas asesinados, feminicidios. Y es la misma impunidad, la misma corrupción, la misma injusticia y la misma desigualdad que hace que todos los esfuerzos por organizarnos y lograr cambios parezcan tan lejanos e inasequibles. Pero también veo la voluntad de lucha, la fuerza de la sociedad civil y su movilización: del EZLN hasta el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, las asociaciones de familiares de desaparecidos que caminan sin descanso en medio de una búsqueda y un dolor que es de todos, las caravanas de madres, o las mujeres que bordan por la paz cada domingo en la plaza de Coyoacán.

Es ahí donde hay esperanza para reimaginar y reconstruir nuestro país: en los ejemplos cotidianos de quienes luchan por recuperar los espacios que hemos perdido, esos espacios que han cedido frente al miedo, la brutalidad de las violencias y al conformismo de quienes tienen el privilegio de poder esperar desde su comodidad a que las cosas cambien algún día, o que no cambien en lo absoluto. Es ahí, desde los ejemplos de tenacidad para recuperar espacios públicos, denunciar y resistir injusticias una y otra vez, y hacer de ello una lucha permanente que es de todos y requiere alianzas entre sectores, en donde se puede reconstruir el tejido social. Es ahí en donde podemos recuperar una visión de comunidad, transformar nuestras instituciones, hilar otro presente, otros futuros.

 

Alexandra Délano Alonso
Profesora de Asuntos Globales en la universidad The New School en Nueva York. Es autora de México y su diáspora en Estados Unidos: Las políticas de emigración desde 1848.

Ensayo

Espectros mexicanos

En este país vivimos acechados por fantasmas. Esta convivencia con los muertos nos ha hecho famosos. El folklor anaranjado que tiñe las calles en noviembre, los altares de papel picado morado y negro, y la relación que tenemos con lo que el antropólogo Claudio Lomnitz describió como un especie de “tótem” de México —la muerte— ha sido uno de los rasgos marcadores más claros de “lo mexicano”. Aquí, como todos proclamamos, la muerte hace parte de la vida de manera muy visible e incluso atractiva: desde las imágenes humorísticas de José Guadalupe Posada que circularon en la prensa hace más de un siglo y hoy inspiran los altares y las catrinas de los barrios de Los Ángeles, hasta el desfile del Día de los Muertos que se hizo este año a partir del legado que le dejaron a la Ciudad de México los directores de arte del filme de James Bond atinadamente llamado Spectre. La manifestación más reciente de esta palpable fascinación con los muertos nos regresó plasmada en los trazos de Pixar y de Disney en Coco, donde el Mictlán de fantasía espejea al país de los vivos: imita sus formas, desde su arquitectura déco con tintes prehispánicos hasta sus lenguajes y modismos, pero sobre todo imita y acentúa su desigualdad, su burocracia y hasta su violencia.


Ilustración: Gonzalo Tassier

En el México de hoy, en el de verdad, fuera del folklor y del colorido “ser mexicano” que celebramos con reconocimientos de la UNESCO y exportamos por doquier, otros fantasmas se apilan y forman densas capas. En el contexto actual de guerra y de inseguridad que vivimos, la burla a la muerte y a sus calaveras se transforma en el horror, en la convivencia forzada con cuerpos desmembrados que aparecen en carreteras, parques y puentes, mantas con amenazas escritas en sangre, jóvenes desaparecidos, y miles de mujeres asesinadas y abandonadas descuartizadas en hoteles de paso, en barrancas, en maletas, y hasta debajo de las camas. Queda en la estela de este horror una sociedad atravesada por el miedo, el duelo, el enojo y la profunda impotencia ante los ausentes mecanismos de ciudadanía y de seguridad que permitirían buscar paz y justicia. Incluso los desastres naturales —cuando la tierra se mueve y nos sacude— exponen en las fisuras y grietas que dejan atrás la corrupción y la ausencia de autoridades responsables. En México, la destrucción de supuestos desastres naturales acaba siendo todo menos natural.

A la vez, y para el colmo, nos acechan fantasmas más antiguos y a veces más difíciles de identificar en este presente tan marcado por la muerte y por la violencia cotidiana. Estos son espectros de un proyecto de nación que nunca fue y que a la vez no termina de soltar su agarre. Desde una capa más profunda de la historia, estos fantasmas nos persiguen de manera menos conspicua, silenciosa, incluso inconsciente. Emergen y nos manipulan cada vez que buscamos manifestaciones de una identidad anclada en un pasado compartido, en antepasados generosos que, a pesar de exterminios y conversiones forzadas, nos hayan legado aunque sea una pizca de su forma de ser y de estar en el mundo. Estos espectros aparecen en las leyes y en las instituciones que siguen proclamando la grandeza de las culturas de las que supuestamente surgimos todos, y elaborando ostentosas ofrendas al pasado glorioso cegados al presente. En México se proclama un orgullo desmedido en nuestras raíces, en nuestro patrimonio, sin lograr jamás ver la complicidad de estos discursos en la producción de la desigualdad, del racismo, del despojo continuo a personas, grupos y comunidades que llevan siglos luchando por salir de los márgenes y de la pobreza que les son impuestos y lograr otros horizontes.

Estos fantasmas hacen que con un nombre como el mío, siempre haya sospechas de extranjería y de otras alianzas, o que una mujer indígena que busca ser candidata a la presidencia tenga que hacerlo desde una plataforma que se articula desde una alteridad domada para satisfacer los deseos exotizantes de una sociedad que venera su patrimonio prehispánico, pero desdeña y despoja continuamente a sus verdaderos herederos. Estos fantasmas no nos permiten llamar las cosas por su nombre. Por ejemplo, rehusamos ver los modos en que vivimos regidos por un complejo sistema que evalúa constantemente el color de la piel e índices fenotípicos porque se supone que en México todos somos mestizos.

Mirando el México de mañana, y a punto de dar a luz a un nuevo ser en estos tiempos y en este país, me pregunto si algún día lograremos lidiar con estos espectros y sus muy tangibles formas de afectarnos. ¿Llegará el día en que iremos al Museo de Antropología y veremos representados a los movimientos indígenas como actores que hacen política y no como maniquís inertes diseñados para colgar textiles bordados de colores? ¿Veremos nosotros o nuestros hijos un reconocimiento por parte del Estado mexicano de la soberanía de otros pueblos sobre sus territorios, sus recursos, sus pasados y los trazos materiales de éstos? ¿Dejarán de rondar en nuestras cabezas los espectros de la nación y de la identidad mexicana que nos han cegado e impedido lograr el país pluricultural, diverso y justo en el que podríamos vivir?

 

Sandra Rozental
Antropóloga, curadora y cineasta.

Ensayo

En el rostro oscuro

Nací en el corazón de México el mismo año que la revista nexos: 1978. En la estela de esa gloriosa década de los años 70, cuando según mis padres, la vida no era fácil pero el futuro era una vasija llena de dulces: parecía que había oportunidades para todos. Crecí en los criticados ochenta, cuando el país entró en una recesión económica de la que los expertos dicen que aún no podemos recuperarnos; cuando los ideales revolucionarios se relajaron ante una juventud agotada y asustada: se decía de los jóvenes que ya no querían justicia, sino sólo divertirse y tener una vida normal.


Ilustración: Patricio Betteo

Soy parte de esa generación “puente” entre dos siglos, dos eras y dos Méxicos, con lo bipolar que ya resulta ser mexicano y vivir entre dos mundos: el “primero” de Estados Unidos y el “tercero” de Latinoamérica. Conocí el México del papá que iba todos los días a comer a su casa; de las hordas familiares que cada domingo invadían las casas de las abuelas, de carros largos y pesados que dejaban nubes negras a su paso. Viví el México en el que la información se buscaba en la Biblioteca México de la Ciudadela o en la Central de la UNAM, y también vivo —con alivio— la comodidad de buscarla en Google. Expié mis culpas en los centros de pago de la extinta Luz y Fuerza del Centro y de la antes paraestatal Telmex, fui testigo de la inconformidad social cuando la primera desapareció y cuando la segunda se privatizó, y hoy pago con mi propio salario ambos servicios, no sin quejas de su calidad. Fui gobernada por esa extraña sucursal gubernamental que era el Departamento del Distrito Federal, desde 1997 por el Gobierno del DF y viví la transición de esta Ciudad hacia un estado. Pero lo más trascendente fue conocer el México autoritario del PRI, haberlo visto caer en el año 2000 y luego azorarme al verlo levantarse de nuevo en el 2012. Todavía no logro recuperarme de ese impacto.

El México que he vivido como adulto es, por decir lo menos, asombroso. Atravieso esta etapa —espero que lo sea— de cruenta violencia sin precedentes en el cálido, hospitalario, fraterno y bromista México que pierde su afamado sentido del humor con cada desaparición, cada feminicidio, cada balacera en zonas escolares; pero también he visto en los últimos años sucesos que la niña idealista que fui creyó que nunca vería: conductores cediendo el paso a los peatones; espacios libres de humo de tabaco; ciudadanos reutilizando el agua y reciclando residuos; dos hombres besándose en la calle sin ser señalados y golpeados; hombres y mujeres defendiendo el derecho de ellas a vestir como prefieran; atletas y científicos de origen indígena ganando concursos internacionales; esposas creando empresas en la sierra que sus maridos abandonaron para emigrar al norte; perros adoptados que ya no serán sacrificados.

También creí que nunca vería en vivo y —literalmente— a color esa foto en blanco y negro de un edificio derrumbado con decenas de personas encima, moviendo escombros con las manos sin ninguna protección, buscando entre las losas una señal de vida después del terremoto del 19 de septiembre de 1985, la foto de la mayor tragedia que había sufrido la Ciudad de México en su historia moderna. Pero lo vi, lo vimos. En una corrosiva broma de la historia, repetimos esa escena en la misma fecha 32 años después, y desde ese segundo 19S hasta ahora vivimos un constante déjà vú de “el 85”: el luto, el estrés postraumático, las calles acordonadas, las demoliciones, pero también repetimos —y de ser necesario, repetiremos— ese fenómeno ya mundialmente conocido: los mexicanos siempre nos estamos chingando unos a otros, pero cuando el mundo se nos cae encima ninguno titubea en salvar al otro, arriesgando la vida y la integridad propias.

Sin embargo, el contexto actual es tan duro que me resulta difícil vislumbrar el futuro de mi país. Los avances que vi azorada en años recientes han tomado una tendencia regresiva, donde parece que el rostro oscuro de México se niega a derretirse ante la luz: corrupción, crímenes, un machismo renovado y más violento; trampas, fraudes, vicios de gobierno y gobernados… Después de esto ya no tengo precisamente una buena expectativa, pero sería cobarde tomar el camino fácil de no esperar nada. Si no hay nada, hay que pintarle algo encima.

Veo a México con esperanza. La misma esperanza infundada y pueril que tenía en la infancia. No con la del optimista que se convence de que todo va a estar bien, no. La esperanza como último asidero de quienes queremos ver de nuevo el rostro luminoso de México, ese que los extranjeros nos elogian. La esperanza que guardamos los que en la adolescencia tuvimos la oportunidad de decirle a nuestras madres “tranquila, sólo voy a una fiesta, ¿qué me puede pasar?”.

 

Claudia Altamirano
Periodista.

Ensayo

Derecho a tener derechos

En el intento de responder a esta cordial invitación que me hizo la revista nexos de imaginar el México en el que nos gustaría vivir, pensé en el único derecho que Hannah Arendt consideraba como irreductible y genuinamente político (después de haber señalado que los derechos humanos no eran inalienables pues los apátridas habían demostrado que ellos requerían de un Estado-nación que los garantizara ya que con la pérdida de la ciudadanía les había sido arrebatada su existencia política) que es el de regular los asuntos de la vida humana y sobre todo de la vida pública, en la convivencia, mediante el habla y no a través de la violencia.1 Arendt no se refiere aquí a una teoría de la acción comunicativa sino al derecho de cada uno a la deliberación y a pertenecer a una comunidad política. Por otra parte, el habla tampoco refiere a un conjunto de significados establecidos sino a la posibilidad de construir un mundo con otros e inclusive a establecer el espacio de lo público.

Ilustración: Raquel Moreno

Retomo estas nociones tomando en cuenta que la crítica central de Arendt se centraba en la despolitización de la sociedad y me parece que eso mismo es lo que aqueja a nuestro México. Con esto no quiero decir que la sociedad tenga que adoptar un determinado discurso político ni mucho menos un determinado actuar público, sino justamente que cada individuo se sienta parte de una comunidad política, que la comunidad política se entienda a partir del lugar irremplazable de cada individuo. El derecho a hablar, me hace pensar en lo que sería la violencia como contraparte en la idea de Arendt, violencia como precariedad política de quienes no son escuchados y sus demandas no se articulan políticamente, de quienes viven en tal precariedad económica que la necesidad de sobrevivir los ha puesto al margen de la vida política.

Me parece que en México hay una despolitización de la sociedad y por ende una crisis de representación. De ahí esta explosión de candidaturas independientes, aunque por lo general no buscan un verdadero cambio en el sentido de la inclusión. Quizás la precandidatura de María de Jesús Patricio (Marichuy), que me parece la más interesante, pueda ser leída como una toma de palabra de una parte de la población: las comunidades indígenas pero también de las mujeres indígenas, a quienes les ha sido mayormente denegada la existencia política, al haber sido sus demandas cooptadas por un discurso paternalista o una política asistencialista.

Muchos de los problemas que nos aquejan tendrían un principio de solución con una comunidad politizada; la corrupción, por poner un ejemplo, es un síntoma de una ciudadanía que no se organiza para reclamar lo que le es propio y de unos políticos que no se sienten moralmente presionados por la sociedad. Por ello al hablar de politización quisiera poner en claro que la política no puede seguir siendo entendida como una mera administración de intereses económicos sino como esa posibilidad de construir lo común.

A mi parecer, el derecho a regular los asuntos de la vida pública exigiría también que la institución que imparte justicia dé lugar a juicios transparentes en los que la defensa no esté dictada por el poder económico. Cuando Arendt habla de ese “derecho a tener derechos” para responder a la crisis de la despolitización de los apátridas —y habría que pensar si en nuestro país no existen apátridas simbólicos— no se refiere a la institución de justicia sino a un derecho constitutivo a la existencia política antes que cualquier derecho y que cualquier predicación, incluida la de lo que significa ser humano. Sin embargo, si la institución que imparte el derecho es corrupta, como sucede en nuestro país, se destruye también la posibilidad de la política. En este sentido, el México del mañana tiene que empezar por un derecho al juicio justo como primera lucha contra la violencia.

Por último, para volver a la cuestión del lenguaje, me parece que ese derecho a la pertenencia a una comunidad política se puede leer también como el derecho a la lengua, aquella que da lugar a lo común, pero a una que no implique un sentido único, que no dicte lo que es inteligible y no excluya la pluralidad de lenguas.

 

Miriam Jerade
Doctora en filosofía. Profesora de tiempo completo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 1.


1 Retomo aquí el análisis que realizó Werner Hamacher sobre la relación entre el “derecho a tener derechos” y el lenguaje en Hannah Arendt que fue recientemente publicado en español: “Del derecho a tener derechos. Derechos humanos; Marx y Arendt.”, Pléyade 19, enero-junio 2017 pp. 29-66.

Ensayo

Bienvenida la revolución

Reflexionar sobre el momento en el que se encuentra nuestro país y hacia dónde queremos llevarlo, es una tarea necesaria por los grandes retos y temas que nos duelen, como la corrupción, la impunidad, la inseguridad y la desigualdad, pero también por la reflexión que como mexicanos estamos obligados a realizar. Hacer memoria, repasar nuestra historia política económica, cultural e internacional para repensar nuestro entorno y participar activamente en la revolución de las conciencias que México requiere para regenerarse y salir del embate en el que se encuentra.

¿Qué nos deparan los siguientes años? ¿Cuál será el desempeño económico de México en lo local y en el escenario mundial? ¿Lograremos combatir y disminuir la violencia, la corrupción y la pobreza? ¿Se podrá disminuir la brecha entre la gente y las autoridades o aumentará el hartazgo?


Ilustración: Pablo García

Ante la mala reputación y desconfianza que la clase política ha generado, se ha puesto de moda y banalizado el termino “ciudadano”. Hoy tenemos candidatos que se hacen llamar ciudadanos e independientes y no lo son, políticos y personajes que en nombre de la ciudadanía veneran sus movimientos y figuras, pero poco proponen para demostrar que en verdad la gente, especialmente la menos influyente y visible, se encuentra al centro de sus planes. Hace falta una ciudadanía fuerte, que desde su trinchera, esté dispuesta a transformar el hartazgo en acción colectiva. Que de manera organizada haga valer sus derechos y muestre a los corruptos y demagogos el verdadero significado de la participación ciudadana. Una ciudadanía, que no solo repruebe lo que no es normal y sucede como si lo fuera, sino que cuente con las herramientas necesarias para castigar y visibilizar desde la colectividad las conductas incorrectas.

Los mexicanos identificamos la inseguridad como uno de los retos más urgentes de atender. De continuar con la tendencia, el 2017 cerrará como el año más violento de las últimas dos décadas. Seguimos esperando resultados diferentes haciendo lo mismo. Privilegiando las políticas de control y reacción sobre las de prevención. Sin entender que es tan importante atender los efectos de la violencia como las causas sociales y estructurales que la promueven. Este sexenio inició con la puesta en marcha del programa nacional de prevención social del delito, al que le fueron asignados 2,500 millones de pesos. Anunciado con bombo y platillo como la primera decisión del presidente Peña para diferenciar su política de seguridad con la de su antecesor caracterizada por un enfoque meramente reactivo y violento. A tan solo tres años de implementación y con muchos retos aún por delante, dejó de de ser una prioridad asignándole cero pesos a dicha política. Seguimos con una visión de corto plazo que poco ha funcionado. Discutiendo si debemos tener militares en las calles y ampliar sus facultades, si debemos armar a las personas o si debemos bajar la edad de reclusión para los niños que cada vez más pequeños se afilian al crimen o cometen delitos. Nos olvidamos de que el crimen y la violencia son fenómenos multicausales y debemos generar estrategias integrales y transversales de prevención social que vayan a la raíz del problema. La falta de integralidad en las respuestas para reducir el delito, ha facilitado la inclusión de nuestros jóvenes y niños en las filas del crimen. La falta de Estado de derecho, la escasez de alternativas de educación, trabajo y recreación en los lugares socialmente más vulnerables, la oportunidad del crimen y la ausencia de controles formales e informales, han dado paso a una dispersión del crimen nunca antes vista. Se requiere un México incluyente y sin estigmas, que diseñe e implemente una política de estado de prevención con estrategias adecuadas y a la medida para brindar alternativas económicas y sociales en las poblaciones y lugares que más factores de riesgo presentan. Asimismo, una política de prevención terciaria que privilegie la readaptación sobre el castigo de aquellos que han delinquido es necesaria para evitar que vuelvan a hacerlo.

En lo económico, problemas como la pobreza, la desigualdad social y educativa, el bajo nivel de inversión, la debilidad del mercado interno y la baja productividad, hacen que poco haya sido el crecimiento de nuestro país en los últimos 25 años, con una tasa promedio anual del 2%. Hacen falta estrategias territoriales, diferenciadas por región y sustentables para potencializar el desarrollo de capacidades y habilidades de la población de manera adecuada.

Que quede claro que ningún mesías, ni coalición, ni nuevos y renovados partidos van a cambiar las cosas si no entendemos que lo que urge son gobiernos honestos y capaces, políticas empáticas de abajo hacia arriba que pongan en el centro al ciudadano, considerándolo como objeto y sujeto fundamental de la acción.

Bienvenida sea la revolución de nuestro siglo, la de las conciencias que recuerde el origen y verdaderos valores que la política debería tener. Una revolución que obligue a los tomadores de decisiones a caminar las calles y rincones de nuestro México. Una revolución que deje claro que la relación entre los ciudadanos y las autorizadas requiere una verdadera renovación. No basta con cambiar el discurso. La falta de confianza es inminente y reconstruir el pacto social resquebrajado durante muchos años es el mayor de los retos que cualquiera que quiera dirigir este país tiene.

 

Eunice Rendón
Experta en seguridad y migración, doctora en políticas públicas por Sciences-Po, París, y ex titular del Instituto de los Mexicanos en el Exterior.

Ensayo

La crisis en el corazón

Mis abuelos eran campesinos gallegos. En una España desmembrada por la Guerra Civil, uno de ellos emigró a Bilbao y trabajó como chatarrero hasta el final de sus días. El otro, que fue arrastrado a pelear por Franco y que siempre detestó la política y a los curas, aprendió el oficio de castrador y puso una tienda en su comarca. Años después, decidió hacer las Américas.

Mi familia es producto de lo que yo suelo llamar “el otro exilio”, esto es, no la persecución política, no la exclusión ideológica, sino la huida de una provincia hundida en la miseria en un país completamente desangrado.


Ilustración: Mariana Villanueva

En mi casa la política siempre fue un tema de conversación escaso y pedestre. Nunca se discutían ideas sino impresiones, opiniones de quienes durante décadas trabajaron de sol a sol para construir un porvenir y que, en el empeño de lograrlo, valoraban su entorno inmediato —Iztapalapa, donde mi abuelo tuvo por años una granja de pollos; la Guerrero y el Centro, donde mi padre trabajó en panaderías, hoteles de paso y de pasaje— y de él extraían sus juicios sobre el estado del país, que siempre era —a pesar de que en mi hogar nunca faltó nada— bastante pesimista. Quizá sea cosa de gallegos. En ese entorno completamente apolítico, si hago el esfuerzo la palabra que más escuchaba cuando algún adulto hablaba de México era “crisis”.

Tengo casi la misma edad que nexos. Nací en diciembre del 77 e imagino que por esas fechas, mientras mi madre, emocionada, paría a su primogénito, y mi padre calculaba sus ingresos y futuros gastos, en la calle de Prado Norte se estaba esperando con ansias otro nacimiento, probablemente con sentimientos parecidos.

En su primer editorial, nexos habla de un país “sacudido por la crisis” y con “escasas posibilidades educativas”. En su texto de portada de octubre del 86, cuando yo tenía nueve años y mi abuelo me contaba que la Guerra Civil española había estallado porque la mitad del país quería pintar las casas de rojo y la otra mitad de azul, Carlos Tello analizaba el espinoso tema de la deuda externa partiendo de la crisis de la década de los ochenta, a la que “aún no se le ve el fondo”.

Casi una década después, siendo yo un adolescente al que ya le correspondería cierta responsabilidad política, mientras en mi casa ese tema seguía teniendo nula importancia y en mi escuela (de monjas) se abordaba de una manera bastante superficial entre los compañeros (digo en su descargo que, hoy día, algunos de ellos ocupan brillantes lugares en la escena pública y académica), el “error de diciembre” era ya el eufemismo consumado para llamar a la devastación económica que nos esperaba.

Tuvo que pasar prácticamente otra década para entrar de lleno a la boca del lobo de la agenda pública de la mano del periodismo. Desde entonces, mi visión del país quizá no ha cambiado en lo esencial (la idea de crisis sigue siendo rectora) pero acaso se ha complejizado.

Ahora bien, asumo que mi forma de entender México fue (y en ocasiones sigue siendo) la de millones de mexicanos: personas de a pie para los que la Revolución es una cosa de significados pétreos, para quienes la Independencia es algo que solo ocurre en el Zócalo y para los que el 68 es una noticia completamente ajena. Gente cuyo horizonte no puede ser más amplio que lo que su quincena le permite.

El asunto aquí, la obviedad, es que esa es la cosmovisión que nos rige, mientras que en páginas más ilustres que esta, apenas un puñado de intelectuales tratan de darle forma y sentido a este maremágnum que llamamos México.

Ignoro si en la era de las redes sociales la permeabilidad de estas ideas sea o será mayor. Ignoro también si los millones de millennials que van a votar por primera vez tengan conciencia de la responsabilidad y el poder que este año tienen entre las manos. Ignoro, por último, y entre muchas otras cosas, si la forma de entender el país que viví durante años —y que millones de personas han vivido, viven y vivirán durante décadas— es legítima o no (el grado de desconexión entre la forma en que se discute en las calles y en las altas esferas me resulta francamente descorazonador). La única certeza que tengo ahora es que este año pueden y van a pasar cosas serias, importantes, graves; y que de no preverlas y meditarlas, de no cambiar las impresiones por ideas, la palabra crisis seguirá instalada en el corazón mismo de cada discusión, de café o concilio, cada vez que pensemos en la palabra México.

 

César Blanco
Editor y traductor.

Ensayo

En construcción (y a la deriva)

Vivo en un país que lleva dos siglos y medio en construcción. El proyecto no cuaja porque sus arquitectos, en el fondo, desprecian —pero no entienden— la materia prima con la que cuentan para construirlo. En su ignorancia, la élite, una y otra vez, solapa las peores partes de las prácticas históricas que pretende sustituir —el patrimonialismo, la corrupción, la arbitrariedad, el clientelismo, el uso de la ley como mercancía—, e intenta, una y otra vez, suprimir las piezas indisponibles del rompecabezas —el multiculturalismo, la biodiversidad, la civilización mesoamericana que es, obligadamente, su cimiento—.


Ilustración: Daniela Martín del Campo

Las élites que se han rotado el mando en poco más de dos siglos son herederas de un proyecto de modernización autoritaria que arranca cuando los Borbones pretendieron estampar la Ilustración sobre un imperio que poco conocían y menos entendían. La modernidad que inspira a ese proyecto, enamorada de los principios, la universalidad y la racionalidad, no logra dotar de sentido a la complejidad contingente, parroquial y contradictoria que somos. Herederos de las reformas borbónicas, nuestros ilustrados —desde entonces hasta la fecha— creen que “el modelo funciona, pero no le hemos sido fiel”. Ignoran que los modelos son abstracciones y éstas, por definición, excluyen la mayor parte de la realidad. Así, obviando la realidad, cíclicamente reproducen las taras que pretenden erradicar. Hoy vemos en el gobierno a una tecnocracia triunfante sepultando su propio legado por conflación con la cleptocracia rancia que ayudó a encumbrar.

Si México ha de salir de esta crisis tiene que forjar una narrativa distinta a la de una marcha inexorable hacia la modernidad. Una narrativa que nos permita depurar y culminar ese proyecto de modernidad siempre inacabado; pero que a la vez reconozca, revalore y respete eso que el país es y siempre ha sido: accidentado, fragmentado, plural, mesoamericano. De la modernidad habrá que rescatar los derechos sociales conquistados hace un siglo y mermados desde entonces; defender los derechos políticos conquistados hace una generación, y hoy sofocados por mañas regulatorias impuestas por una partidocracia; debe, finalmente, hacer realidad la promesa de los derechos civiles —libertades de expresión, de tránsito, justicia expedita, debido proceso, presunción de inocencia, transparencia y rendición de cuentas— y erradicar la incompetencia, la arbitrariedad, la opacidad, la impunidad, la tortura y la ejecución extrajudicial de nuestros sistemas de represión y de justicia.

Sobre todo, los habitantes de este proyecto de modernidad debemos ser más humildes y abiertos, conocer mejor el país que habitamos y abandonar la creencia de que fuera de la Ciudad de México, todo es Cuautitlán. Tenemos que reconocer a una parte del país que no participa, ni quiere participar, del proyecto de la modernidad occidental. Nuestro México mesoamericano —que vive más cerca de la tierra, que se yergue arraigado en su orografía, su hidrología, su flora y su fauna— tiene derecho a encarnar uno o varios proyectos distintos. Pero también tiene más que contribuir de lo que nuestra cultura urbana e hispánica es capaz de reconocer. No sólo resguarda y conserva una enorme riqueza —biológica, cultural, política y social— sino que, además, ha demostrado, a lo largo de la historia y hasta la fecha, ser enormemente fértil en ejecutar alternativas de organización económica, política y social.

Quienes nacimos y vivimos en ese proyecto que se quiere moderno y que hoy está a la deriva, debemos aceptar y valorar la pluralidad en el seno de nuestras comunidades: debemos terminar de reconocer las múltiples configuraciones familiares y respetar las diversas identidades sexo-genéricas; debemos entender que la filia política no tiene que ser también fobia política del otro; debemos, sobre todo, erradicar la violencia y la desigualdad de género. Pero de igual forma debemos valorar la pluralidad en esas otras comunidades indígenas y rurales —múltiples, complejas, infinitamente distintas entre sí— que, literalmente y en sentido figurado, han nutrido desde siempre a este país; y lo siguen nutriendo. La uniformidad nunca ha sido el pegamento que ha permitido que siga existiendo este país, contra viento y marea. Dejemos de tratar de imponerla.

Culminemos el proyecto modernizante, sí; pero no en todo y no para todos. Muchos lo queremos y durante generaciones nos hemos invertido en él. Pero no todos. Respetemos, pero también valoremos y rescatemos el legado mesoamericano: respeto y aprovechamiento de la biodiversidad, versatilidad de los sistemas de cultivo y alimentación, vocación de autosuficiencia de ciertas economías locales y regionales, formas de organización más horizontales, y un largo etcétera. Si no dejamos atrás el etnocentrismo, la corrupción, el clientelismo, el patrimonialismo, la arbitrariedad, la discriminación y las demás formas de violencia largamente usadas para suprimir las tensiones y contradicciones que hay entre los muchos proyectos que somos y el país que algunos hemos imaginado ser, las violencias nos van a sepultar. Entendámonos y aceptémonos contradictorios, contrastantes, diversos y plurales. Eso somos.

 

Alejandro Madrazo Lajous
Profesor-investigador del CIDE y coordinador del Programa de Derecho a la Salud.

Ensayo

La antiutopía del futuro

Después de algunos lustros de trabajo y estudio, puedo decir que he alcanzado un nivel de vida aceptable en la Ciudad de México.

Gozo de ciertos beneficios de la localización en donde vivo. Puedo hacer ejercicio en un gran parque, no tengo que pasar horas en el tráfico todos los días. Disfrutar lo que ofrece la ciudad andándola, descubriéndola. Tengo tiempo para mi familia, pareja y amigos y, antes de que muriera Chocolate, mi perro, paseábamos por camellones rodeados de jacarandas. Tengo tiempo para reflexionar sobre los problemas de la ciudad y ser parte de una ciudadanía políticamente activa. Vaya, tengo los privilegios de formar parte de la clase media gracias a oportunidades y trabajo de años, aunque nada me garantiza que pueda mantenerlos indefinidamente. No nací en cuna de oro, soy originario de una colonia popular, pero mi familia me apoyó lo mejor que pudo para llegar hasta donde hoy estoy, a pesar de todas sus limitaciones.


Ilustración: Jonathan Rosas

Y aunque yo puedo ser ejemplo de movilidad social exitosa, la situación general para la gente de la ciudad y el país es muy distinta. Una forma de vida que es un sueño para muchos, no por que carezcan de capacidades, sino porque el sistema político-económico se los impide continuamente; los presiona y aplasta la mayor parte de las veces al actuar desde lo individual.

Reconozco que ha habido cambios positivos en el país y en algunos lugares. No obstante, han perdido impulso o han sido rebasados por muchos otros cambios negativos. Hoy el país goza de más apertura al mundo, de grandes ofertas culturales, de mayor apertura a la diversidad, una sociedad cada día más preocupada por la desigualdad, la naturaleza, el medio ambiente, los animales, por la democracia y por eliminar la corrupción. Sin embargo, esto está eclipsado por evidentes retrocesos democráticos, por falta de justicia, por mayor desigualdad, por una precarización del trabajo y un creciente deterioro ambiental. Por una violencia rampante fruto de una inútil guerra contra el narco, en un ambiente de corrupción e impunidad, de escasa libertad de prensa y de camarillas que han capturado el Estado para su beneficio particular. Un sinfín de problemas que aparecen en cada rincón del país, en cada institución política y de poder, en nuestra vida cotidiana. Todos esos aspectos que nos mantienen como un país subdesarrollado.

Pareciera que nos han robado el futuro. No logramos ver señales de cambio que nos den esperanza. Y no sólo se trata de transformaciones que puedan cambiar los grandes problemas de la nación, sino también para enfrentarnos a desafíos más grandes en un mundo cada día más convulso, fruto de enfrentamientos entre potencias mundiales y del reordenamiento de la economía y el poder mundial. El ascenso de Trump y la economía China lo han demostrado así. O bien, enfrentarnos ante el ya inevitable cambio climático que impactará fuertemente al país y que se ensañará con los más pobres; e incluso ante cambios tecnológicos como la creciente robotización, la inteligencia artificial o la biotecnología aplicada al mismo ser humano que amenazan con aumentar la desigualdad como nunca se ha visto antes al ser dominada por una oligarquía cada vez más separada del resto. Por ese lado soy pesimista. Mientras el establishment político actual continúe en el poder en México, las perspectivas son desoladoras para la mayoría, mientas para ellos el porvenir es brillante. Una antiutopía se cierne en el futuro.

Este porvenir pareciera un tsunami imparable, pero miro a mi alrededor y veo gente que diariamente lucha por cambiar el país y esa realidad catastrófica. Jóvenes, mujeres, estudiantes, académicos, activistas y ciudadanos de a pie que defienden sus barrios, reclaman el derecho a su ciudad, o que buscan lo que la violencia les ha arrebatado. Pueblos originarios allá en el sur y alguno que otro burócrata y político que aún conserva cierta decencia y trabaja por el bien común.

Todos ellos con sus objetivos, sus técnicas, sus alcances. Y aunque la mayoría de las acciones de resistencia son de corto plazo, es por esas personas y esos momentos en que soy optimista. Creo que ante el deterioro, muchos se percatarán de lo fútil que es la lucha descoordinada de cobijarse bajo la sombra del poder, de no asumir posiciones adversariales. Notarán que es urgente contar con un objetivo mayor, uno utópico que aglutine y junte a otras fuerzas sociales para alterar el rumbo al estancamiento que se avecina; uno que es como el del agua que se estanca y se pudre lentamente matando la vida y en el que florece la fauna nociva. El horizonte hoy le pertenece al statu quo si y solo si no se lo arrebatamos desde hoy. Yo al menos no estoy dispuesto a ver cómo construyen un porvenir a costa de nosotros, uno en el que no estamos incluidos.

 

Salvador Medina Martínez
Economista con maestría en urbanismo.

Ensayo

Testigos de otro México

Yo que me encuentro tan lejos
esperando una noticia
me viene a decir la carta
que en mi patria no hay justicia
los hambrientos piden pan
plomo les da la milicia, sí.

—Violeta Parra, “La Carta”

Por las mañanas leo la prensa mexicana: una periodista más asesinada, otra mamá que buscaba a su hija fue ejecutada, nuevas bolsas con cuerpos atados, otro activista muerto por denunciar el río contaminado o el bosque caído. Estas historias me acompañan mientras cruzo las calles grises, ahora cubiertas de hojas amarillas, cafés y naranjas. Me recuerdan a esa canción de Violeta Parra, en la que relata recibir noticias sobre las injusticias diarias que ocurrían en su país.


Ilustración: Patricio Betteo

Desde la Revolución no habíamos tenido en el país tantos muertos. Lo que sé sobre ese México salvaje y desordenado, lo conozco por libros. Mi abuela hablaba sobre su infancia durante esos años, pero la verdad no ponía mucha atención cuando lo hacía. Medio recuerdo la historia de ella buscando acelgas para la comida entre los empedrados, pero también recuerdo no sentir interés por lo que contaba. Ese México era demasiado lejano. Vivía yo en el México de los 80. Seguro, había crisis, pero también estábamos en la era de la tecnología. En esos años recibimos en casa una computadora Commodore 64. Era además el final de las dictaduras militares en América Latina. ¿Para qué pensar en la Revolución, salvo para tomar consciencia de lo vieja que era mi abuela?

Hoy pienso en el pasado revolucionario y lo encuentro más cercano. Las diferencias entre este México y el de hace 100 años son obvias. Simplemente la experiencia de ser mujer hoy y entonces, es prueba de las enormes transformaciones que han tenido lugar. Pero también resultan inquietantes las similitudes. La violencia cotidiana que llevó a esa guerra sigue en muchos sentidos presente: la desigualdad, la injusticia, la pobreza y la tragedia humana son parte de nuestro día a día. Hoy, como entonces, se permiten sin mayor disimulo los despojos de unos a otros y la violencia del Estado. El cuerpo humano vale poco y puede ser ultrajado impunemente, salvo que se cuente con estatus social y riqueza suficientes. Los gobernantes aún usan los cargos públicos como botín, menospreciando la vida y necesidades de millones. Las instituciones y la ley sólo sirven para unos. Ante los ojos de muchos, son herramientas de abuso, de apropiación de lo ajeno y a las que la mayoría no tiene acceso.

Estudié derecho pensando en hacerme partícipe de un México más justo. Como muchos otros, inicié mi carrera en la academia jurídica con preguntas sobre la teoría del derecho. Lo relevante en ese entonces era reflexionar acerca de la justificación de las normas, sobre la distinción entre el derecho y la moral, o entre derecho y justicia. Los muy atrevidos estudiaban temas de frontera como el multiculturalismo o el pluralismo jurídico. El estudio del derecho mexicano, sin embargo, inevitablemente lleva a atestiguar el abismo entre ley y realidad; a constatar cómo el sistema participa de las pequeñas —y grandes— trasgresiones diarias. Ahí donde está el derecho, se muestra su incapacidad —o falta de voluntad de sus operadores— para disminuir la desigualdad o hacer justicia. En Ley, todos valemos igual, pero en la realidad, al igual que en el pasado, unos valen más que otros. El tiempo y el cuerpo de los hombres valen más que los de las mujeres. La vida de los ricos vale más que la de los pobres. Los intereses de las ciudades se sobreponen sobre aquellos de las comunidades rurales. La ley es algo que se hace presente para justificar la violencia y el menosprecio del anhelo o vida ajena. Se trata de un derecho completamente distinto al prerrevolucionario pero que a la vez cumple las mismas funciones.

Las noticias que llegan del México Bárbaro dan cuenta de pequeñas y grandes injusticias cometidas contra víctimas constantes. Muestran un país que se indigna poco con la corrupción y la desigualdad. Evidencian además que no se atienden las violencias diarias y cómo éstas, poco a poco, van formando esa gran violencia que llamamos guerra.

Pero a pesar de todo, creo que es posible un México distinto; uno consciente e indignado por los ultrajes cotidianos y convencido del igual valor de cada cuerpo y cada vida humana. Uno que le cierra la puerta de sus casas a los corruptos. En ese otro México, el derecho no es el instrumento de atropellos ni una herramienta que sólo pueden usar unos cuantos, sino algo que nos ampara y protege a todos. Es una válvula que permite procesar los malestares acumulados. Ese México no está volcado a la guerra sino a garantizar la salud y la educación de sus niños, y el bienestar de sus ancianos. ¿Podremos ser testigos de ese México? Quizás. Primero necesitamos estar convencidos del valor igual de cada uno, del igual valor de nuestros sueños y anhelos, por distintos que éstos puedan ser.

 

Catalina Pérez Correa
Investigadora de la División de Estudios Jurídicos, CIDE.

Ensayo

El malentendido mexicano

Cada momento de la historia tiene varios niveles desde los que la subjetividad puede intentar hacer una revisión. Ahí, en esa virtud hermana de la libertad, descansa uno de los posibles problemas con los que cualquiera se enfrenta al pensar lo que sucede en su país. La visión de sí mismo, a menudo, es la que está en el espejo. Quizá nos hemos refugiado de tal manera en la subjetividad, que nos distanciamos del piso básico con el que las múltiples perspectivas dejarían de ser tan personales. Escribo esto porque me sorprende que ciertos elementos de la situación nacional logren ser vistos de tan variadas maneras. ¿Será posible que al pensar el país sólo veamos nuestro muy personal México?

México funciona dentro de la disfuncionalidad. La cualidad bipolar de supervivencia se nutre de la relativización de sus condiciones.


Ilustración: Oldemar González

Me cuesta encontrar otro país en el que si la inequidad es madre de todos los males, ésta no se convierta en el principal elemento de debate. Donde la impunidad sea tan abrumadora, y su ataque en lo público no impida aceptarla en lo privado. Donde la corrupción se haya convertido en padecimiento de la estructura nacional, pero al mismo tiempo, en los sectores menos privilegiados, resulte la vía para acortar la brecha de inequidad. En el que la tragedia que ocasiona la violencia pueda ser vista como casos aislados, que por más que sumen generalidades nunca llegan a ser generales.

Supongo que no seremos pocos los que coincidimos en que la corrupción y la violencia encumbran los flagelos a los que se ve sometido el país; sus conflictos. Sin embargo, una de mis mayores preocupaciones se encuentra en lo dispar de las consecuencias y significados que esos conflictos tienen para cada quien.

Adentrados en el siglo XXI, México sigue envuelto en las diatribas posrevolucionarias, en los sepulcros de su autoritarismo, en el aprendizaje de su democracia. Sobre todo, en la incapacidad de establecer la línea de sucesión y jerarquía de cuáles son nuestros principales problemas. De cómo diferenciar si esos problemas son raíz o consecuencia de lo que nos afecta.

Hemos sido incapaces de definir de manera objetiva cuál es la razón y camino con el que construiremos eso que en lo positivo se llegaría a entender como la sociedad mexicana. No pido el espejismo nocivo de la uniformidad, evidentemente no. Sino una clara búsqueda de un bien común.

Dentro de la abundancia de subjetividades, México podría parecer vivir muchas pequeñas crisis y no una mayor. A veces, esas crisis se perciben distanciadas por la geografía o por fenómenos particulares. Otras, se coloca a la corrupción por encima de la violencia o la recurrente violación a derechos humanos. Cuando estas últimas se relacionan, la atención se centra en la corrupción y se diluye la razón por la que se crea un Estado: para que individuos sin otra relación entre sí más que el territorio, puedan convivir juntos sin hacerse daño.

La relación de México consigo mismo le hace daño.

En un país en el que se tiene tan arraigada la vocación de sólo verse a sí mismo, veo imposible definir la visión de qué es ese bien común. Aunque encuentro este defecto en políticos, intelectuales, académicos, y opinocracia, así como en eso que se entiende como sociedad civil, el lugar que ocupan los primeros le imprime mayor responsabilidad a su condición. Demasiada subjetividad ha hecho que estos sectores defendamos los valores universales siempre y cuando no afecten nuestra localidad.

En esa responsabilidad deposito las posibilidades de cambio. Sin llamar a ella daremos vuelta en la espiral que hemos transitado. Ese cambio pide un relevo generacional. Sólo que en lo político y en lo intelectual, ha sido tendencia que los sujetos que se incorporan lo hayamos hecho con vicios muy parecidos a los de la generación de salida. Muchas veces esto se da por la dependencia de una generación a la otra, o por la aspiración de los más jóvenes a sustituir a sus predecesores sin darnos cuenta de que replicamos lo mismo que les hemos criticado.

En ciertos discursos he escuchado afirmar que ha desaparecido la urgencia en aquella figura de matar al padre, como pudo suceder en otras épocas. El problema crece al negar la existencia de un padre que está ahí, aunque se reniegue de él, y que de forma digna de un sofá de sicoanálisis, se copien sus defectos. Al final, por mero reconocimiento, tal vez eran más sanos los tiempos en que se intentaba matar al progenitor.

En México, si aceptamos la responsabilidad del daño que muchas generaciones hemos hecho, si se decide que es tiempo de remplazar las estructuras que lo permitieron. Si se logra llegar al acuerdo mínimo de cuál es el bien común, podremos hablar de esperanzas compartidas. Estamos un paso previo a poder hacerlo del futuro.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Su más reciente libro es: Pensar México.

Ensayo

Momentos

El escritor Fernando de León propone el género de las micromemorias para recuperar instantes que sirven como memorias completas. Le sigo con dos breves recuerdos que definen el país en el que vivo, un país que no entiendo sino acotado por las memorias de mi generación:

1.Me aburro esperando a que la videocasetera rebobine la película. Se tarda 40 minutos y es una lata, pero forma parte de las obligaciones de la casa: el que vea una película debe poner rewind hasta que la cinta regrese al principio. Me lleno la boca cuando mis amigas me preguntan si tengo videocasetera. “¡Claro!”, les digo, y procuro escabullirme antes de que hablen de antenas parabólicas. Creen que eso es el futuro. Ilusas. El futuro es lo que acabo de ver en Mad Max y es desolador: en muy poco tiempo el mundo será un polvoso desierto sin ley ni gobierno en el que me toque pelear por un galón de gasolina.


Ilustración: Oldemar González

2. Anocheció hace rato, pero en la sala de redacción no se nota. Nunca se nota, pero hoy menos: estamos nerviosos porque entre los adelantos de información que llegan al sistema central hay indicios de un triunfo del PAN. Hay PREP, pero no hemos soltado la nota. Esperamos, y me pregunto si se caerá el sistema, si se voltearán los números, si habrá sangre, cuando me distrae un silencio inusual. Mis escandalosos colegas enmudecieron y sólo hay una voz, la del Presidente Zedillo en el televisor: “Hace un momento me he comunicado telefónicamente con el licenciado Vicente Fox para expresarle mi sincera felicitación por su triunfo electoral, así como para manifestarle la absoluta disposición del gobierno que presido”. Hasta ahí escucho, nadie escucha más. El barullo estalla, los cuerpos se doblan en las mesas, los rostros se ocultan en las manos. ¡Es vergonzoso, somos periodistas! De alivio, por miedo, por asombro, por felicidad, por rabia o todo junto, pero no hay nadie que no llore. México, como lo conocíamos, acaba de dejar de serlo.

Pertenezco a una generación bisagra que vio llegar la posibilidad de ver una película en casa en VHS y que hoy navega sin dificultad en el mundo digital de los millennials. Puede hacer memes y jugar Basta; sabe cómo se construía un artista en Siempre en Domingo y baja música en Spotify. Mi realidad nacional es la de ese segmento demográfico que sabe cómo era el país cuando el vino sólo era Padre Kino, el gobierno sólo era el PRI y la memoria sólo era la propia. Mi país es el de la generación que vio y promovió el cambio en la forma de leer, de ver películas, de hablar con los políticos, de ser gobernante, de formar familia. Mi generación es la que saluda que haya gritos y sombrerazos en la Cámara de Diputados porque hay más de un partido con fuerza. Mi generación celebra que pierda elecciones el PRI, que pierda gobiernos el PAN, que pierda delegaciones el PRD.

Ese es el México en el que yo vivo y mi país es mi generación. Una generación a la que toca traducir los dos mundos mexicanos y defender los territorios ganados. Entendemos los chistes de Fidel Velázquez y los memes que aluden al home office. Vivimos el desprecio por ser hijos de padres divorciados y hoy invitamos en Año Nuevo a familias homoparentales. Bebimos leche bronca y tomamos leche de almendra en cápsulas. México es para mí un país que vio perder a los antiabortistas, a los reaccionarios, a la iglesia católica, a Elba Esther Gordillo, a Labastida, a los proteccionistas. Mi país es mi generación, la que traduce los mundos, la que ve lo ganado, la que lamenta lo perdido, la que teme que regresen los villanos olvidados.

Esa generación bisagra, traductora, premillennial, postbabyboomer es la responsable del futuro. Hoy tiene casi 40, casi 50, y sabe lo que había, teme los retornos y conoce de cambios. Nadie entiende como mi generación a Baumann y la liquidez de la realidad, del amor y de la política, pero esa comprensión no ha rendido frutos. No hemos llegado a donde la generación anterior quería, el camino que tomamos fue otro y el objetivo lo desdibujamos. No hemos hecho del gobierno orgullo, de la política discusión, de la ciudadanía deber, de la democracia normalidad.

Mi país, que no existe más que en mi generación, tiene un reto enorme: traducir. Los que nos precedieron no se han ido y los que nos siguen, ya tomaron nuestros espacios. Pero los traductores somos nosotros, sólo nosotros podemos hacer que los objetivos de los jóvenes del 68 tengan sentido entre los jóvenes del 2000. Los mexicanos que dibujaron el futuro no lo lograron, los que tienen las herramientas no lo entienden. En medio está mi generación. ¿Cuál es el México en el que quiero vivir? Ese en el que pueda decir que mi generación logró su cometido.

 

Ivabelle Arroyo
Politóloga y periodista.

Ensayo

Hay un niño que escribirá este texto

Mis primeros dos años de vida fueron los dos últimos del gobierno de Luis Echeverría. Nací en la Ciudad de México, cobijado por el cuidado de la familia de mi madre, una muchachita de 23 años con un hijo de cuatro y un recién nacido. Era una casa de clase media en la Nueva Santa María que habían logrado comprar como resultado del éxito de una tienda de regalos. Era un salto descomunal. Mi abuela, nacida en 1922, pasó de no terminar la primaria, tener su primera hija siendo adolescente, vivir en una vecindad en Santa María la Ribera y trabajar de gritona en la Lagunilla, a vivir en una casa propia y amplia, con cochera y coche, y viajar recurrentemente a España. El milagro mexicano.

El confort de mis primeros años desapareció rápido. En 1981 nos mudamos a Chiapas. Llegamos a Yajalón después de cuatro horas de un tortuoso camino desde Palenque. Mi milagro mexicano mutó en una realidad implacable de pies descalzos, discriminación atroz contra indígenas, alcoholismo, violencia cínica, soldados que daban mucho miedo, escuelas en las que uno nada aprendía, inundaciones, maltrato sistemático hacia mujeres, la erupción de un volcán, todas las carencias posibles, y en la pantalla de la televisión José López Portillo llorando sus torpezas frente al Congreso. El inicio de las crisis mexicanas.


Ilustración: Raquel Moreno

El resto de mi infancia transcurrió entre anormalidades económicas y normalidades políticas. Inflación, devaluaciones, deuda externa; al lado de la suave elección de Miguel de la Madrid, las grandes movilizaciones priistas, don Fidel Velázquez en la CTM, los pactos de solidaridad económica. Ante la incertidumbre, protocolos. Con 12 años cumplidos huimos a la ciudad de Querétaro. A una realidad aplacable. La ciudad crecía, se industrializaba, generaba empleos, ofrecía mejores opciones educativas. Era una de las primeras beneficiarias del recién iniciado proceso de apertura económica.

Vivíamos en un departamentito y con su trabajo como secretaria mi madre nos mantenía a flote, mientras sus dos hijos adolescentes recibían una educación técnica (soy técnico en electricidad por la secundaria y técnico en seguridad industrial por un CBTIS). Tanto mi hermano como yo empezamos a trabajar por aquellos años. Entre los 15 y los 19 años fui distribuidor de Broncolín, repartidor de pizzas, mesero, carpintero, microbusero, y finalmente encuestador del INEGI. Fueron años de calma y relativa prosperidad. De algo cercano a la devoción hacia Carlos Salinas de Gortari, que nos llevaba, por fin, hacia el primer mundo. Se negociaba el TLCAN; se controlaron devaluaciones e inflaciones y el PRI se volvía el partido de los que sí saben, los expertos salvadores, los admirables tecnócratas.

A mí la realidad me pasaba un poco de lado. Estaba mucho más ocupado en mantenerme económicamente, salir del closet y planear cómo carajos iba a lograr ir a la universidad, que en un proceso de reflexión sobre un país que, todos parecían acordar, iba bien. A mis 19 años decidí venirme a la Ciudad de México a ser psicólogo por la UNAM. Un mal cálculo de fechas, el recorte en manos de una amiga de un anuncio en La Jornada, y la promesa de una beca de manutención me llevaron en 1994 al CIDE y a descubrir una vocación que desconocía. No volví a ser el mismo, me volví quien soy.

1994 fue el año del levantamiento zapatista, los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, la puesta a prueba de un instituto electoral ciudadanizado, la elección de Ernesto Zedillo y el inicio de una de nuestras peores crisis. El fin de la normalidad política de un régimen autocrático de partido hegemónico.

Me fui al doctorado a NYU en 2001 (que nunca concluí) con la satisfacción de la alternancia en México, el arribo a un sistema en el que “los partidos pierden elecciones”, diría Przeworski, el encuentro de aperturas económicas y políticas, la promesa de que ahora sí se verían los frutos de ambas, el programa más ambicioso de generación de capacidades (Progresa), y una composición plural en el Congreso. En NYU el fetiche de la democracia no existía, había en cambio una revisión crítica de la economía política del desarrollo, un cuestionamiento teórico y empírico al neoinstitucionalismo, un renacimiento del entendimiento del Estado.

Con eso en mente regresé a México para encontrar un país que había hecho poquísimo para redistribuir poder de su clase política a sus ciudadanos. Una democracia que había dejado intocadas instituciones autocráticas al tiempo que cumplía con los requisitos de una democracia procedimental. Un Estado en el que a lo público antepusimos lo político o lo privado: el acceso al Estado pasa por estructuras corporativas y/o por el acceso privilegiado al poder. Un sistema sin mecanismos de rendición de cuentas verticales y con mecanismos de rendición de cuentas horizontales atrofiados. En pocas palabras, una democracia que desde su propio diseño institucional margina y desprovee de herramientas para combatir esa marginación.

Estoy convencido de que uno puede jalar la cuerda de cualquier problema en México y al final aparecen ciudadanos desprovistos de mecanismos de control político y judicial frente al poder. La viabilidad de la democracia y la economía mexicanas exige una redistribución del poder público.

El rescate del Estado mexicano pasará por una reconfiguración progresiva de sus instituciones o no será. ¡Vamos!, un Estado en el que un niño que creció rodeado de carencias pueda escribir este texto, no como una anomalía, sino como el resultado esperado de su acceso libre a lo público, a oportunidades y capacidades que pudo, en el ejercicio de sus derechos, traducir en bienestar.

 

José Merino
Politólogo. Colabora en Data4.mx

Ensayo

El optimismo de la voluntad

Reflexionar sobre el México en el que vivimos desde las propias emociones, como nos invita a hacer nexos, es un desafío poco común. Supongo que dar rienda suelta a la subjetividad producirá un collage de representaciones filtradas por las vivencias, asociaciones y recuerdos personales. Comparto tres de los filtros que dan color a mi idea de México: la experiencia del exilio, la formación como internacionalista y un núcleo familiar de intelectuales de izquierda. Siendo así, vivo a México como lugar de acogida, como parte del mundo y como país con una aguda e hiriente deuda social.

México es en mi cabeza el mejor destino y la apuesta más alta, aunque también es la escenificación de la tragedia de Sísifo. Sobre este país nutro el optimismo de la voluntad, como hace quien eludió un destino personal que pudo ser siniestro en otros lares. Y mi instinto básico es el de la comparación con la historia colectiva latinoamericana: veo a México a través del cristal de quien sabe que ciertas cosas pudieron ser peores y algunas otras son incuestionablemente mejores. Peor hubiera sido la dictadura militar o la autocracia personalista, la incapacidad de generar mecanismos de sustitución pacífica de las élites en el poder, vivir el mestizaje como una vergüenza o invertir esfuerzos en hipótesis de guerra contra países vecinos. Indudablemente mejor es la sólida tradición del Estado laico hacia adentro y pacifista hacia afuera; la inclinación del poder público a nutrir una relación con los hombres y mujeres de ideas; la política de asilo y refugio; la diplomacia que contribuye a un orden internacional basado en reglas y consensos. Ese país me llena de orgullo y me toca el alma.


Ilustración: Kathia Recio

Sin embargo, en lo cotidiano uno no habita un país sino apenas algunas de sus veredas y esquinas. Mi privilegio —medio heredado y medio ganado— es el de caminar por la vereda de sol sabiendo a cada paso que ocurren cosas innombrables en la vereda de sombra. Están, por ejemplo, los universitarios trilingües a los que he formado a sabiendas de que se convertirán en profesionistas de clase mundial y los niños de la zona pobre de Santa Fe que en jornadas sabatinas me mostraron que el quebrado más básico es una proeza porque la escuela falla y el entorno es de supervivencia. Sé de primera mano que el Servicio Exterior Mexicano es un espacio donde priman el amor a la camiseta, la solvencia técnica y la meritocracia, a la vez que leo sobre los escándalos de corrupción que llegan a altas esferas gubernamentales. Me alienta la fuerza y la creatividad con la que la Cancillería empuja en el mundo una agenda progresista a favor de los derechos de las mujeres y de las personas LGBTI, pero se me cierra el puño con la siniestra numeralia de feminicidios y personas desaparecidas. ¿En qué momento malhadado descendimos a ese círculo del infierno?

Así es que, en este México, que en realidad son muchos, a uno se le expande y se le encoge el corazón. Pero una cosa es cierta: ninguno de los aventajados transeúntes por la vereda de sol tiene derecho al ánimo gastado, ni a desertar de su responsabilidad. Lo que viene es seguir empujando la piedra hacia arriba de la montaña porque está Trump enfrente y en el mundo pulula la intolerancia; porque debemos encontrar la fórmula para que la procuración de justicia sea eficaz y eminentemente civil; porque urge alentar la profesionalización y la probidad de la burocracia; porque los programas sociales no cambian nada sin mayor progresividad fiscal y salarios dignos; y porque en 2018 necesitamos elecciones confiables, concurridas y reconocidas por todas las partes, cualquiera sea el resultado.

Termino por donde empecé, mirando a México como parte del mundo. Me cuentan los multilateralistas que cuando en un foro la delegación de México pide la palabra, la sala se calla y escucha. Hay algo de grande en eso, un prestigio que no proviene ciertamente del poder puro y desnudo. El nuestro es un país atribulado, como he dicho; pero haríamos mal en no reconocer que hay cosas que funcionan bien y que, visto en perspectiva, la piedra tampoco está a pie de ladera. No lo digo con candidez sino desde la certeza de que ninguna nación puede avanzar subsumida en el desánimo colectivo.

Personalmente, contrarresto el pesimismo de la inteligencia con una dosis de nacionalismo que engendré en la infancia y que me permite sentir que trabajo a favor de una entelequia grande e inasible llamada México. Hoy, sin embargo, y por razones que comprendo, el nacionalismo se ha vuelto una mala palabra. Mi preocupación es que nada parece haber sustituido a ese cemento social que permitía organizar la acción colectiva. Mi esperanza, en cambio, es que algún día la democracia rinda los frutos sociales necesarios como para que nuestra identidad pase por la lealtad a la Constitución y las leyes.

 

Natalia Saltalamacchia Ziccardi
Internacionalista. Es profesora con licencia del Departamento Académico de Estudios Internacionales del ITAM.

Ensayo

Tres niños y una flauta

“Quiero un pulque frío”, fue lo último que mi bisabuelo Eulalio escuchó antes de que lo mataran a balazos. El asesino había ido a buscarlo porque sabía que o mataba al bisabuelo o éste, eventualmente, le iba a descargar el revolver para vengar la muerte de su hijo Martín, a quien asesinaron porque no se unió a su cuadrilla de bandidos. Quizá el asesino debió matar a toda mi familia porque, después del entierro, una tropa del ejército salió a buscarlo junto al hijo mayor, Francisco, a quien le dieron la oportunidad de vengarse. Así se arreglaban las cosas en la mixteca alta de Oaxaca en la segunda década del siglo XX.

Con este episodio terminaba la vida relativamente cómoda de mi abuela Dolores, la hija menor de una camada de 13 hermanos. Alguna enfermedad había dejado ya a mi abuela huérfana de madre, pero la muerte del bisabuelo la dejó descobijada. Contaban que al bisabuelo no le iba mal, en parte porque había sido el principal heredero del tatarabuelo Andrés Abelino, quien fue, primero, el telegrafista personal de Porfirio Díaz y, después, diputado federal por el estado de Oaxaca. Así que luego de la muerte de su padre, mi abuela quedó prácticamente en el desamparo, o al cuidado del hermano mayor que para el caso fue lo mismo.


Ilustración: Sergio Bordón

A mi abuela le quedaron pocas opciones de vida y terminó casándose muy joven, a los 14 años. Ella aprendió a leer desde niña; en cambio mi abuelo Ismael fue analfabeta. En el pueblo en el que vivían en Oaxaca, él era arriero y vendía los huaraches que hacía en la costa de Oaxaca a donde se desplazaba caminando. La vida no fue fácil para ellos, ni para los 11 hijos que tuvieron. Tres de ellos murieron de niños por anemia, diarrea y alferecía. Los sobrevivientes migraron a Ciudad de México y poco a poco las cosas mejoraron.

Aunque mis padres tuvieron una mejor vida, lo cierto es que no tuvieron estudios universitarios. Yo, en cambio, estudié incluso un doctorado en Estados Unidos. Lo hice gracias a una beca del Conacyt, uno de esos ejemplos de lo que funciona menos mal en México. Cuando pienso en lo que esa beca hizo por mí, me doy cuenta de que así es como me gusta imaginarme el país: un México que pueda ser para todos, que ayude a diferentes generaciones a dar saltos cualitativos en materia de educación, movilidad social y —con suerte— en términos de calidad de vida. Un país donde las brechas entre quienes más tienen (si eres hijo de diputado) y entre quienes menos tienen (si eres hijo de un analfabeta) no sean insalvables.

En el México que quiero no tendría que haber gente que muere de enfermedades curables como los hijos de mi abuela o su madre. Tampoco donde un 89% de los habitantes más ricos logre acceder a la educación superior mientras que sólo un 6% de los más pobres lo consigan (datos del Banco Mundial del 2012). Ese México no dejaría sin acceso a estudios universitarios a un casi 98% de sus miembros de comunidades indígenas (o pueblos originarios). En ese país nadie tendría que vengar la muerte de nadie a balazos y las niñas de 14 años no verían el matrimonio como su única opción.

Para ello, es necesario discutir y construir acuerdos sobre las siguientes fronteras educativas para los grupos más vulnerables y marginados: educación superior, estudios en el extranjero y el posgrado. La pregunta es cómo podemos pensar en una sociedad más justa donde la educación sea un elemento que impulse esa justicia y no un obstáculo. Amartya Sen, en un ilustrativo ejemplo para discutir justicia, equidad y mérito pregunta: de haber sólo un juguete, una flauta para ser más precisos y tres niños que la desean —una niña que la sabe tocar, un niño que no tiene juguetes y la niña que la hizo—, ¿quién se la merece? Si la educación va a ser un vehículo que sirva a la movilidad social y ofrezca mejores posibilidades de vida, entonces, debemos pensar que el niño que no tiene nada es el mejor candidato para obtener dicha flauta. Quizá en un futuro, cuando el país logre ser menos desigual, entonces podemos hablar de quién aprovechará mejor la flauta o quién la merece más. Pero mientras sigamos así, se debe apoyar al que menos tiene.

Reconstruir la historia de mi familia desde hace cinco generaciones me convence del papel que las oportunidades educativas pueden tener en México. En parte mi historia personal resuena con uno de los temas que analizo en mi investigación: ofrecer oportunidades educativas a las poblaciones más marginadas y olvidadas del país como un sólido paso para construir un México más incluyente.

 

Alma Maldonado
Investigadora del DIE-CINVESTAV.

Ensayo

“Cuando era niño quería ser narco”

Cuando era niño quería ser policía. Y sí, tienen razón todos los que opinen que un íncipit así no es la mejor manera de iniciar un texto sobre el México presente y futuro. Es seguro también que los lectores de nexos no necesiten que aclare que no pretendo escribir, guiado por la nostalgia, una versión posmoderna y metaliteraria de Las batallas en el desierto de la Generación X.

Lo que sí quiero es compartirles que no por ser un lugar común deja de ser verdad que, al menos hacia finales del siglo pasado profesiones como la de policía eran vistas con admiración por quienes veíamos programas como Patrulla motorizada (sí, ya sé que con cada revelación me hundo cada vez más en un pantano muy próximo al del título de uno de los libros de superación personal de ustedes-saben-de-qué-autor-hablo, pero a eso y mucho más se expone uno al desenterrar recuerdos de una infancia televisiva). Tal vez sea igualmente innecesario aclarar que, por desgracia, en nuestro país este deseo infantil desde entonces era condenado por todos los adultos (cuando menos, por todos los que yo conocía, que tampoco eran tantos) como un absurdo propio de la ignorancia mayúscula de aquel menor que lo expresaba en voz alta.


Ilustración: David Peón

¿A dónde quiero llegar con todo esto? Precisamente al presente de más de un niño que ya no quiere ser policía, sino narcotraficante. ¿Qué se hace en casos así, que no son nada raros hoy en día? ¿Llamar a un psicólogo, como sugieren a los atribulados padres en más de una escuela? Si no viviésemos en un país en el que la fuga del Chapo fue prácticamente el único tema de conversación durante buena parte del día durante varias semanas, y si los niños fueran ciegos, sordos y mudos ante lo que viven a diario, tal vez la intervención psicológica podría tener un poco de sentido.

El problema no es que los niños divulguen, en lugar de ciencia o de lo que acaban de aprender en la escuela, las actividades subterráneas del narco (cosa que es completamente innecesaria pues de eso se encargan, y bastante bien sin ser esto una apreciación estética, hasta los corridos norteños). El problema no es que los padres y maestros crean (si bien no dudo que alguno sí lo haga) que de hablar sobre un narco a ser uno hay muy pocos pasos y dónde quedaron esos tiempos en los que los niños querían ser policías. No.

El problema es que un narcotraficante sea visto por incontables niños, jóvenes y adultos por igual como figura protectora, poderosa y cool, modelo empresarial y lucrativo a seguir (sondeo con niños sin validez estadística: ¿por qué te llama la atención el Chapo? “Porque tiene mucho dinero y puede comprarse lo que quiere”, traducido esto último especialmente en términos de poder de adquisición de dispositivos electrónicos diversos), en un país, el nuestro, en el que resolver la inseguridad causada por el narcotráfico y la estrategia seguida en los últimos sexenios en la “guerra contra las drogas” ha pasado a ser, al menos para mí, el reto más urgente al que nos enfrentamos. El problema es que en México escuchar que los narcos levantaron, secuestraron, torturaron, mutilaron o mataron a alguien se haya convertido en algo tan trivial que ha pasado a formar parte de la plática cotidiana durante el recreo de los niños (“¿Supiste que dejaron unas cabezas en una hielera? ¡Eso no es nada, a unos rateros les cortaron las manos!”: conversación entre niños de primaria escuchada en un camión, un día cualquiera).

No es mi intención pintar un pasado inexistente y paradisiaco, pero no miento al contar que la mayor advertencia que escuché cuando era niño y salía a jugar —solo, sin ningún adulto que estuviera al pendiente de uno— era: “¡Ten cuidado al cruzar la calle, no te vayan a atropellar!”, mientras que hoy lo que me preocupa, como a millones de padres en México, es que a mis hijos los secuestren o los levanten sin mayor motivo que estar en el lugar equivocado en el momento en que alguien decida hacer algo así.

No perdamos de vista, además, que “el lugar equivocado” hace mucho que se convirtió en el país entero: el temor a represalias y la necesidad de proteger a familiares y amigos hace que, peor que en los viejos tiempos en los que uno no podía hablar mal del gobierno porque “algo te puede pasar”, callemos. La amenaza a las vidas de todos es real y, muchas veces, impredecible.

Ignoro si legalizar las drogas es la solución (estoy a favor de ello), pero no hay más que ver las evidencias para concluir que, de seguir como estamos, en el futuro cercano no conoceremos nada distinto de lo que experimentamos actualmente. Sé que la lista de pendientes es enorme, pero si queremos un futuro promisorio para quienes vivimos en México —en la ciencia o en cualquier otro ámbito que se nos ocurra—, primero tenemos que resolver este problema.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.

Ensayo

El México que he visto

Decidí estudiar Economía en mis últimos años de la preparatoria. No era una vocación que hubiera tenido desde niña —ya habían pasado por mi cabeza Medicina, Arqueología y Relaciones Internacionales— pero sí recuerdo haber tenido un interés en entender los grandes temas del país desde muy chica.

A cada generación le tocan sus temas. “Somos un país con muchos problemas, pero por lo menos hay paz” era una frase recurrente en las conversaciones que recuerdo. Se hablaba mucho de la deuda externa y con mi poco entendimiento de las cuentas nacionales, pero sabiendo sumar, me atrevía a sugerir que si todos poníamos un poquito —no recuerdo la cifra exacta— la deuda externa se borraría de un plumazo. Los adultos sonreían de forma condescendiente.


Ilustración: Izak Peón

Una anécdota no hace una historia, pero me es útil para reflexionar sobre el país que he visto a lo largo de estos años.

Muchas cosas han cambiado, algunos problemas se han ido, como el de la deuda externa, pero otros han llegado. Y esa premisa con la que se vivía de que “por lo menos hay paz” dejó de escucharse en las sobremesas hace mucho tiempo. Hemos optado, y es precisamente eso, una decisión, no resolver los problemas. A lo largo de los años, hemos preferido pretender que no existen. Resolvemos algunos de los síntomas, pero los intereses arraigados son tales, que nadie se atreve a tocarlos.

Así hoy México tiene problemas complejos que requieren soluciones más difíciles. La violencia alcanza cifras históricas. La corrupción abarca todos los ámbitos y todos los niveles. No hay Estado de derecho funcional. La justicia es selectiva. La pobreza permanece y no hay programa social que logre romper su destino generacional. La desigualdad de oportunidades es abismal, lo cual amplía continuamente la brecha de ingresos. El clasismo permanece y se perpetúa en un círculo alimentado por la sociedad y el sistema educativo.

La economía ahí va: eppur si muove. Como la frase atribuida a Galileo, a pesar de todo, la economía se mueve. Avanza poco y lento. Es volátil, pero ahí va. El crecimiento promedio por año desde 1994 a la fecha es 2.5%. Habrá quien diga que es un buen dato, pero es una cifra mediocre. El promedio esconde la volatilidad, en esos años hemos alcanzado un pico de 7.1%, pero también un decrecimiento de 6.3%. Esos vaivenes no contribuyen a mejorar las condiciones de vida de la población. El crecimiento per cápita es mejor muestra de la mediocridad: en esos mismos años hemos crecido 1% promedio anual. México es una economía emergente, con población joven, debería crecer más, pero no se toman las decisiones que impulsen este desarrollo.

La pregunta relevante es por qué no se toman. La respuesta se remite a mi anécdota de la deuda externa. Todos quieren que se haga algo, pero pocos están dispuestos a hacerlo ellos mismos. Todos quieren que se cumpla la ley, pero preferentemente que la cumplan los de enfrente. Todos exigen rendición de cuentas, pero pocos están dispuestos a darla. Todos quieren que se tomen decisiones, pero que ninguna afecte su statu quo.

Apenas está empezando el espectáculo político previo a las elecciones de 2018, pero por lo que hemos visto, el script es el mismo. Hay algunos actores nuevos, hay disfraces de ciudadanos para políticos y de políticos para ciudadanos, pero la dinámica se repite. Hay voces nuevas, pero el discurso es viejo.

Pasa algo similar en el sector empresarial. Las grandes empresas de México de hoy son las mismas empresas que llevan siéndolo por décadas. A diferencia de Estados Unidos, donde las grandes empresas actuales fueron creadas hace pocos años por gente que innovó y arriesgó, en México los jugadores siguen siendo los mismos. Hay pocas apuestas hacia el futuro. El mundo se mueve a la tecnología y a la innovación y México se sigue considerando manufacturero o petrolero. En unos años nos vamos a arrepentir de haber tomado esa decisión sin miras al futuro y los que hayan apostado a innovar y a cambiar —porque sin duda los habrá— serán los ganadores.

Creo que es posible vernos de otra forma. Pero será indispensable empezar por cada uno. Suena a una visión quizás idealista, pero es la pieza que falta. La única forma de exigir será si estamos dispuestos a dar. Para exigir transparencia, hay que darla. No se vale hablar de inclusión y no estar dispuesto a incluir. Estoy convencida de que México puede cambiar, de que puede emerger y ser un mejor país. Pero sé que no pasará solo. Habrá que estar dispuestos a llamarle a las cosas por su nombre, a tomar decisiones que lastimen intereses. Necesitamos ver más allá de la elección, más allá del sexenio que viene. Pensemos y hagamos un México de largo plazo.

 

Valeria Moy
Economista. Directora del observatorio económico México, ¿Cómo vamos?

Ensayo

La normalidad anormal

El nacimiento de nexos coincide, en el tiempo, con mis primeras memorias de hechos públicos: veo sobre el escritorio de mi padre la portada del Time con Mario Kempes celebrando la Copa de Mundo Argentina 78. El recuerdo se funde al año siguiente con el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua, para la que, junto con mi vecino Sebastián Tambutti, nieto de Salvador Allende, hice una colecta casa por casa en Villa Olímpica, donde familias mexicanas con frecuencia de universitarios convivíamos con vecinos que habían escapado de las dictaduras latinoamericanas. A fines de los setenta, México era un país de acogida política y de crecimiento económico interno: el hallazgo de yacimientos petrolíferos, según el discurso oficial, nos preparaba para administrar la abundancia.

La imagen más nítida del inicio de los ochenta ocurre en familia frente al televisor, con mis padres emocionados ante el anuncio de la nacionalización de la banca. El entusiasmo se esfumó pronto: irrumpió la deuda externa, se había fracturado la senda del desarrollo y la crisis se adueñó del presente y del horizonte mexicanos. El subsuelo contribuyó al desastre, con los sismos de 1985. Tuvimos Mundial de 86 en casa pero poco más qué celebrar: la pobreza urbana y la informalidad laboral se convirtieron en marcas permanentes del rostro nacional.

Ilustración: Raquel Moreno

Las universidades públicas padecían los drásticos recortes a sus presupuestos y, tras la masificación de la matrícula, comenzaba el fenómeno de los excluidos de la enseñanza media y superior. Emergió el movimiento del CEU en la UNAM, que consiguió diálogo público con la rectoría, la derogación de las reformas que habían propiciado la protesta y la realización de un Congreso Universitario. Dos décadas después del movimiento del 68, los estudiantes volvían a tomar las calles y, por primera vez, a través del diálogo y la política, salían victoriosos, pero el ala más radical del movimiento no vio avance sino capitulación.

Para entonces la crisis económica había erosionado la nutriente económica de la legitimidad política del régimen posrevolucionario. Las elecciones de 1988 se convirtieron en espacio para la expresión del descontento y en la arena real de disputa por el poder, pero las instituciones y procedimientos electorales fueron incapaces de asegurar el respeto al voto ni de procesar una contienda genuina. A la crisis económica se sumó la crisis política. La defensa del voto, del sufragio efectivo, se convirtió en el reclamo ciudadano más fuerte hacia el fin del siglo XX, abriendo una agenda reformadora que, combinada con la movilización social, dio cauce a la construcción de un sistema de partidos que reemplazó al partido hegemónico.

Los noventa no fueron fáciles. La violencia política se hizo presente con el alzamiento del EZLN el 1º de enero de 1994, justo cuando entró en vigencia el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, y más tarde con el magnicidio del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio. El acuerdo entre gobierno y los principales partidos políticos de la oposición, permitió una reforma electoral que robusteció la confianza en la votación y dio lugar a la mayor participación ciudadana hasta la fecha. La política había reconducido al país por la ruta institucional y pacífica.

Pero una vez más la estructura económica jugó una mala pasada a los anuncios oficiales: hecha la apertura económica y asegurada la autonomía de la autoridad monetaria, los desequilibrios externos corrieron contra la confianza de los acreedores y una nueva crisis fracturó el incipiente crecimiento. El empleo se contrajo y la pobreza se disparó de nueva cuenta. Fue necesario el respaldo del gobierno del presidente Clinton para que la corrida especulativa encontrara límite.

Luego, la llegada del milenio trajo la buena nueva de la alternancia en la presidencia de la República que, sumada a la pérdida del control del Ejecutivo sobre el Legislativo, confirmaba que México había logrado el cambio pacífico del poder entre partidos y hecho realidad los contrapesos y la división de poderes.

La alternancia no trajo cambio en la conducción económica y ahora el aprecio a la democracia y sus instituciones es precario. Y hay que sumar una década de pandemia de violencia. Mucha energía ha invertido el país en sus transformaciones económicas y políticas en estas cuatro décadas. Demasiado énfasis se ha depositado en el tema electoral, en cómo acceder al poder pero poca atención en para qué llegar a él y cómo ejercerlo. También se ha puesto cuidado extremo en los equilibrios macroeconómicos nominales, al tiempo que se volvieron residuales los objetivos de bienestar poblacional. Sin una reforma profunda del ejercicio del gobierno —para arrinconar a la corrupción y la impunidad— y sin enfrentar en serio la desigualdad, las crisis combinadas seguirán siendo parte de la cotidianidad mexicana, lejos de la legítima aspiración de tener un país próspero y en paz.

 

Ciro Murayama
Economista. Consejero Electoral del Instituto Nacional Electoral.

Ensayo

Enseñar México

I. En el aula me propongo tres objetivos: formar, informar, orientar.

El primero lo afronto con herramientas teóricas que provienen del pensamiento clásico en materia política y constitucional. Pretendo que los alumnos conozcan el significado de los conceptos, sepan interrelacionarlos y capten las implicaciones de sus acomodos. “En materia de regímenes políticos no es lo mismo colocar al orden por encima de la libertad, que viceversa”, les explico. Cada tesis se ilumina con la lectura de autores imprescindibles y con la referencia a ejemplos de la historia.

Cuando el objetivo es informar, recurro —simple y llanamente— a la prensa nacional e internacional. Intento mostrar las diferentes coberturas, evidenciar los sesgos ideológicos, rastrear los intereses que descansan detrás de notas y opiniones. Aspiro a que los alumnos entiendan la diferencia entre lo que sucede y sus interpretaciones y, en simultáneo, el impacto de lo interpretado en lo que podría acaecer más tarde. Pero, sobre todo, intento reconstruir con ellos un diagnóstico certero de lo que está pasando. Así que damos prioridad a los datos sobre los conceptos e intentamos contener las opiniones.


Ilustración: Ricardo Figueroa

En mis cursos, no puedo renunciar a la vocación orientadora. Fomento que los estudiantes tengan una opinión y tomen postura. Que vayan por la vida blandiendo convicciones y, de ser posible, transformando realidades. Quiero que asuman su responsabilidad histórica, como quería María Zambrano. No siempre comparto sus ideas pero promuevo que las piensen y vivan en consecuencia. Para ello, dejando en reposo a la razón y abstrayendo la realidad, me permito hablar sin pudor de la importancia de las convicciones.

II. Me está costando enseñar México.

Una clave conceptual útil para orientar a los estudiantes reza: “la democracia y su contrario”. Es una fórmula muy kelseniana y en apariencia sencilla. La democracia permite la participación de los destinatarios de las decisiones políticas en su confección; su contrario —la autocracia— tiene muchas formas y se caracteriza porque las normas se imponen sin escuchar a su receptores obligados. Autonomía vs. Heteronomía, es la cuestión.

En clase, con esas anteojeras calificamos realidades históricas y yo me arranco a contar la particular y única gesta de la Transición Mexicana a la Democracia. Los alumnos me miran suspicaces mientras les espeto argumentos de autoridad: “ustedes no saben de dónde venimos”; “en el régimen de partido hegemónico no había libertades”; “la prensa libre era inexistente”; “las decisiones políticas fundamentales eran decididas por una camarilla autoritaria”; “lo derechos humanos brillaban por su ausencia”…

Las miradas no cambian, mi ánimo sí.

Vamos a los hechos. Gobernantes corruptos que celan sus intereses particulares. Un gobierno nacional obcecado en el poder, paralizado por disputas palaciegas y miope ante la situación real y concreta en la que viven millones. Senadores y diputados que hicieron de la pluralidad un artilugio para blindar sus propios privilegios y que rompieron amarras con las preocupaciones y reclamos de la sociedad organizada. Partidos políticos volcados al pragmatismo barato. Instituciones de procuración civil de justicia desmanteladas. Fuerzas armadas en las calles, en los pueblos, en las sierras; sin ley, armados y un resentimiento fundado en la ingratitud con que los enterados juzgan sus acciones. Una violencia criminal que amenaza, atemoriza y cumple: nunca tantos homicidios dolosos como ahora. Nunca. Desigualdad, pobreza; discriminación y exclusión. Esto es México.

Los alumnos me miran espantados y comienzan a contagiarme.

Orientar significa: “dar a alguien información o consejo en relación con un determinado fin” o “dirigir o encaminar a alguien o algo hacia un fin determinado”. El quid está en el fin, me queda claro. Para mí es fácil encontrarlo porque siempre he querido que las y los mexicanos vivamos en la triada que concatena a la paz, la democracia y los derechos humanos, como “parte de un mismo movimiento histórico”, como sostenía Norberto Bobbio. Vivir en una sociedad decente e incluyente en la que —como decía Hobbes— las personas tengan la esperanza de obtener “las cosas necesarias para una vida confortable” por medio del trabajo.

Los alumnos me miran incrédulos y yo empiezo a considerar tirar la toalla.

III. Soy un privilegiado que siendo joven pudo sumarse al último momento de la gesta democratizadora y creyó en ella. Ese no es mi único privilegio pero sí mi mayor frustración. La democracia no ha degenerado del todo en su contrario, pero languidece ante el escepticismo de quiénes no la construyeron pero debieron disfrutarla. No llegó el deleite así que podrían abandonarla. Ya pasó allá y acullá.

Temo que mis alumnas y alumnos entiendan por la vía de los hechos, lo que intenté transmitirles en el aula. Sí, temo que nos toque vivir de nuevo en autocracia. Sería nuestra irresponsabilidad histórica, la de todos. Porque de vivir en su tiempo histórico no habrá adulto mayor, persona madura o joven millennial que se salve (Zambrano dixit).

 

Pedro Salazar Ugarte
Director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

Ensayo

En el camino

Cuando era niño no despegaba la vista del camino. Tal vez por eso, cuando tuve más edad, me percaté de lo contrahechas que estaban las banquetas de la colonia donde vivía mi padre y donde ahora vivo yo.1 Las aceras me parecieron un reflejo fiel de nuestra condición nacional: eran una tierra de nadie, entre lo público y lo privado, un espacio híbrido donde las voluntades de los particulares no habían logrado conciliarse para suplir a un Estado ausente ni donde ese Estado de oropel había sido capaz de imponer uniformidad y racionalidad a través de la política urbana.


Ilustración: Víctor Solís

Los caminos nos definen en más de un sentido. Desde que tengo uso de razón recuerdo montarme en el coche para recorrer la carretera de Cuernavaca. El destino era la casa de mi abuelo en Cuautla, donde pasábamos las vacaciones e incontables fines de semana. Mis hermanas y yo nos poníamos de cabeza en el asiento trasero cuando mi madre tomaba las curvas de la pera en un Renault 12 anaranjado. Los cinturones de seguridad no existían. A nadie se le ocurrió que permitirnos realizar ese tipo de acrobacias era una negligencia imperdonable. Me imagino que cualquier padre que permitiera hoy algo así sería multado por la policía federal. Al reflexionar sobre ello es imposible no pensar que el país y nuestras costumbres se civilizaron un tanto. Hay progreso. Desde hace más de diez años recorro esa misma carretera con mucha frecuencia, por los menos un par de veces por semana. Como las banquetas, esa cinta asfáltica de menos de cien kilómetros es un espejo fiel de nuestro estado.

Un domingo por la noche un deportivo, un Audi R8, pasó esquivando coches temerariamente a casi 200 kms por hora. Algunos autos simplemente detuvieron la marcha para evitar una colisión. Ahí, en el acotamiento, estaba una patrulla de caminos. No se movió. Extrañado, bajé del auto para saber por qué había dejado pasar al imprudente conductor. La respuesta del policía federal fue muy reveladora: “no tengo máquina”, dijo mientras alertaba por medio de mensajitos a sus compañeros más adelante para ver si ellos podían detener al vehículo. Décadas atrás, cuando recorría esa autopista, veíamos en el camino automóviles de diferentes tamaños, pero de pocas marcas. No eran tan distintos unos de otros: los caros y los modestos. Ninguno tenía la capacidad de dejar atrás a una patrulla de caminos. Ahora, en cambio, alguien podía comprar un coche de dos millones de pesos, conducir a exceso de velocidad impunemente sabiendo que la policía no podría darle alcance. El Estado mexicano es impotente: no tiene máquina ante la desigualdad y la concentración del poder económico y político en unos cuantos. Sólo mira a la vera del camino. En estas décadas logramos un pequeño logro civilizatorio —que los niños usen cinturones de seguridad y no se paren de cabeza en la pera— pero sufrimos un descalabro mayúsculo. El R8 es epítome de ese fracaso. No volví a ver al Audi blanco. Seguramente llegó impune a su destino.

Sin embargo, eso no quiere decir que el Estado sea inexistente. Esos mismos federales que nada pueden hacer frente a los abusos de los dueños de autos de más de dos millones de pesos, se apostan estratégicamente para detener a conductores menos afortunados que circulan a exceso de velocidad. Nadie respeta los límites de velocidad de esa carretera porque en buena medida son absurdos, lo que garantiza que todos los conductores los violen. A cuáles parar es una decisión arbitraria. Cada policía determina a quién detener. ¿Vehículos último modelo? ¿Los que rebasen un límite de velocidad no escrito, pero real, determinado por él mismo? ¿Los vehículos de carga, que rutinariamente son extorsionados? En una ocasión, después de la aventura con el Audi R8, una patrulla nos detuvo simultáneamente a dos vehículos cerca de la pera porque circulábamos a 100 kilómetros donde el límite era 80. Fue una pesca al azar. Ese es un Estado que puede ensañarse con algunos, mientras deja impunes a otros.

Otras partes de ese camino son también un espejo de un país que cambia. Las casetas de cobro son tomadas por activistas y manifestantes que dejan el paso contra el cobro de “donativos” a la causa.

Cuando era niño las quesadillas de Tres Marías eran una parada obligada para muchos. Ahora los paseantes sólo se detienen con aprehensión en el camino. Quienes recorren con regularidad la autopista cuentan historias de asaltos y persecuciones. Los anhelos de cambio y transformación también están ahí.

El tramo de ocho kilómetros entre la pera y Tepoztlán es de dos carriles desde hace décadas. Esa carretera, donde han perdido la vida muchas personas —entre ellos Adolfo Aguilar Zínser— es insegura y lenta. Su ampliación es una necesidad desde hace años, pero algunos vecinos de Tepoztlán se oponen a ella con buenas y malas razones. La obra inicia y se detiene, como el país en su conjunto. Y no hay mejor metáfora del camino y el país que un agujero que se traga súbitamente a los ciudadanos. Este es, qué duda cabe, el país del socavón.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 “La economía política de las banquetas”, Nexos, agosto 2000.

Ensayo

México, la agenda cuádruple

Es difícil pensar en el México actual o en el que viene sin tomar en cuenta lo que está a la vuelta de la esquina: las elecciones de 2018. Se trata de un proceso electoral que estará marcado por una agenda temática cuádruple que nos retrata hoy y que definirá el México de mañana.

Primero está una meta-agenda sobre “el sistema” y su viabilidad. Dentro de esta agenda se encuentran argumentos a favor de una “sacudida” y se escuchan dudas de si el sistema aguantaría dicha convulsión. Y si la necesita, es inevitable preguntar quién se la puede dar, si sólo un outsider que no le debe nada a nadie o el perfil adecuado es el de un insider que conoce sus recovecos. ¿Es posible seguir apostándole al gradualismo o es necesario reconocer que el cambio gradual no cambia nada y el único cambio real es uno radical?


Ilustración: Ricardo Figueroa

La segunda agenda es la del hartazgo, producto de los recientes escándalos. El principal de ellos es la corrupción. La percepción es que la cosa no sólo no mejora, sino que empeora y se encuentra fuera de control. La intuición es que la corrupción hoy estorba más que ayer, al ser el principal obstáculo a nuestro desarrollo. Se escuchan dos discursos ante esta situación; unos hablan de corrupción dentro del sistema, otros argumentan que el sistema en sí es corrupto. Un segundo tema de la agenda del hartazgo es la impunidad, que incluye todo tipo de fenómenos: desde la incapacidad de procesar a peligrosos criminales hasta la prevalencia de coches de la CDMX con placas de Morelos. Un tercer eje del hartazgo es el de la violencia que, si bien se viene arrastrando desde el sexenio pasado, al revertirse la tendencia a la baja en homicidios a partir de 2015, ha regresado con fuerza. Un cuarto reto es el de las violaciones a derechos fundamentales que van desde ejecuciones extrajudiciales hasta el espionaje de periodistas y activistas.

Lo que nos muestra esta larga lista es que vivimos no en un Estado de derecho sino con derecho. Es decir, hay leyes pero más que aplicarse se usan, representan un mero punto de partida para una negociación que poco tiene que ver con legalidad y la justicia.

La tercera agenda es la de siempre, es decir los temas que venimos arrastrando durante décadas, algunos dirían desde 1810. Son los familiares debates sobre cómo lograr un crecimiento adecuado y sostenido; qué hacer para elevar la calidad de la educación; cómo lograr una mejor distribución del ingreso; qué hacer para disminuir la pobreza, etcétera.

El debate aquí sí es sobre modelos de desarrollo, una polémica con un claro contenido técnico en el que se detallan y discuten los méritos de políticas públicas específicas. Las reformas estructurales del Pacto son parte de esta querella. Las discusiones alrededor del salario mínimo y las implicaciones del fin del TLCAN también. Se trata de la vieja disputa por la nación y, por más que los términos de aquella disputa han cambiado, en el fondo el debate es el mismo.

Si bien las tres agendas anteriores son las más relevantes, hay una cuarta producto de la llegada de Trump a la Casa Blanca. Dentro de ella están la renegociación del TLCAN, la construcción del Muro y la persecución de migrantes no documentados. Estas posturas nos obligan a repensar la relación bilateral por lo menos en el corto plazo. Trump podría reflejar un nacionalismo resurgente en el país vecino que permanecerá una vez que él se vaya. Dada la importancia de esta relación y el peso de EU tendremos que replantear nuestra política exterior en términos más amplios. Los candidatos del 2018 tendrán que desarrollar una postura más acabada y detallada en las cuatro agendas.

Se requiere gran capacidad para lograr esta narrativa en cuatro pistas de forma coherente. Pero sobre todo se necesita credibilidad de cara a la ciudadanía, algo escaso hoy en México.

En cuanto al electorado, la pregunta es quién le puede dar una sacudida al sistema, la conclusión para muchos sería Morena. Pero si el objetivo es combatir la corrupción, bajo el supuesto de que Morena los perdona a todos y el PRI no persigue a nadie, se optaría por el Frente. Y si la meta es la estabilidad macroeconómica, se podría argumentar que el PRI es el bueno.

Muchos emitirán su voto pensando en las cuatro agendas de forma simultánea. En este caso la complejidad estriba en que en cada una de ellas bien podría operar un “órgano” distinto. En el caso de la agenda de siempre, es la “cabeza” la que decide. En cuanto a la agenda del hartazgo, el “corazón” se expresa. Por lo que toca a la meta-agenda, la “tripa” dicta. Y en la agenda Trump los tres órganos están involucrados. El reto no es trivial, ya que no es fácil combinar cabeza, corazón y tripa.

En suma, si bien toda elección, por definición, genera incertidumbre, en este caso la agenda cuádruple que estará presente en 2018 provoca una incertidumbre mayor y cualitativamente distinta. Hay hoy confusión sobre los múltiples caminos a seguir y mañana nos podríamos encontrar caminando por veredas muy distintas. México ante la encrucijada una vez más.

 

Javier Tello Díaz
Analista político.

Ensayo

Seguridad, ¿hasta cuándo?

Desde hace casi una década México vive una etapa en que ha estado en apogeo la violencia criminal. Durante el gobierno de Felipe Calderón, los homicidios dolosos se triplicaron entre 2007 y 2011, y después de una tregua de tres años, ya en la administración de Enrique Peña Nieto, los homicidios han vuelto a repuntar con vigor entre 2015 y 2017. Todo apunta a que en 2018, año eminentemente electoral, se batirán varios récords por los niveles que alcanzarán delitos “de alto impacto”, como el homicidio, el secuestro y la extorsión, y también los llamados “del fuero común”, como los delitos sexuales y robos de índole diversa (a transeúntes, casa-habitación, negocios, casas de cambio, empresas que trasladan valores, transportistas, camiones de carga en carreteras y vehículos particulares, entre otros). En algunos estados, incluso, la creciente violencia criminal está acompañada por un escalamiento de la conflictividad social —los casos más evidentes son Guerrero y Veracruz.

Actualmente, varios factores mantienen la violencia e inseguridad al alza. El primero y más evidente son las frecuentes confrontaciones, e incluso la operación cotidiana, de un gran número de mafias (alrededor de 240 a lo largo del país) y pandillas relativamente pequeñas, que se dedican primordialmente a la extorsión. Esta es la principal fuente de violencia criminal en entidades como Tamaulipas, Nuevo León, Baja California, Guerrero, Michoacán, Morelos, Estado de México y Ciudad de México. Un segundo factor tiene que ver con el escalamiento del conflicto que sostienen, desde hace tres años, el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación. Se trata de dos grandes organizaciones capaces de sostener una larga “guerra”. Baja California, Baja California Sur, Colima, Nayarit, Quintana Roo y Sinaloa son las entidades más afectadas por esta confrontación.


Ilustración: Izak Peón

Un tercer factor que indiscutiblemente ha generado altos niveles de violencia en estados como Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo ha sido la alternancia partidista en el poder Ejecutivo. Se han roto las redes de protección a mafias y cárteles construidas durante años previos, lo que ha motivado que otras organizaciones criminales busquen aprovechar la oportunidad para desplazar a sus rivales. Finalmente, un cuarto factor que ha sido crucial para generar violencia en Guanajuato, Puebla, Tamaulipas, Veracruz, Estado de México e Hidalgo es el auge que ha cobrado el robo de combustible. Se trata de un nuevo mercado criminal que ha crecido velozmente porque el riesgo que implica es mínimo en relación con las ganancias potenciales. Mientras que el valor del mercado es del orden de 30 mil millones de pesos, cada año se capturan sólo alrededor de mil personas por este delito. Es decir, que por cada detenido los criminales se embolsan en promedio 30 millones de pesos. Seguramente México posee ahora la red de distribución y venta clandestina de combustible más grande y eficiente del mundo.

Como lo ilustran estos cuatro factores, los resortes de la violencia e inseguridad son variados y complejos. Desafortunadamente no hay razones para ser optimistas en el corto plazo. No está ejecutándose ningún proyecto o programa de gran calado que pueda reducir de modo significativo la violencia y la inseguridad en el ámbito nacional. A mediados del año pasado el presidente Peña anunció una estrategia para los 50 municipios más violentos del país, pero el proyecto pronto se abandonó. Tampoco se observan esfuerzos ambiciosos en el ámbito estatal o local por profesionalizar las corporaciones policiales.

Lo anterior no significa que no haya una agenda importante en materia de seguridad pública. Cada vez hay más consenso en que el sistema actual es disfuncional, y en que es necesario replantear la forma como las atribuciones y los recursos para la seguridad pública se distribuyen entre los tres órdenes de gobierno. De manera que en 2018 y, sobre todo, en 2019 continuará la presión para que el Congreso apruebe una reforma constitucional en la materia que permita, o bien el establecimiento de “mandos únicos” en las 32 entidades federativas, o bien un modelo de “mando mixto”, donde los municipios, según sus capacidades institucionales, conserven algunas facultades y sean supervisados por un organismo nacional. Algo se aprobará. Sin embargo, también es probable que los legisladores evadan cambios drásticos que son necesarios. La seguridad pública, y los jugosos fondos federales que se destinan para este rubro, ofrecen a los gobernadores y a los alcaldes una excelente oportunidad para gastar de forma discrecional. Cualquier propuesta que implique quitarles esta prerrogativa, salvo que sea de forma excepcional, va a enfrentarse con enormes resistencias. Incluso si se aprueba una reforma ambiciosa, el nuevo sistema entraría en operación, en el mejor de los casos, hasta 2019.

De modo que estamos todavía lejos, muy lejos, de conocer hasta cuándo México tendrá los instrumentos y las estrategias necesarias para recobrar la paz.

 

Eduardo Guerrero Gutiérrez
Socio de Lantia Consultores.

Ensayo

Las tres transiciones

Abrir los diarios, ver los noticieros y visitar las redes sociales no es la mejor manera de alimentar el optimismo para escribir esta reflexión. Al contrario. Los problemas se acumulan y en muchos casos parecen empeorar cada día. Y la brecha entre esos problemas, la capacidad de nuestras instituciones y la voluntad y luces de nuestros liderazgos para resolverlos tampoco ofrecen muchos argumentos para la esperanza. Pero quienes trabajamos en la sociedad civil no podemos darnos el lujo de quedarnos en el enojo o sumirnos en la apatía que genera el pesimismo. Nos toca dar la lucha y en México Evalúa tenemos muy clara nuestra gran causa: construir Estado.

Construir Estado significa una labor ardua, lenta, difícil, que reclama por igual dosis elevadas de imaginación y paciencia. Pero es el único camino para llevar a nuestro país a un mejor futuro, al tan anhelado estatus de nación desarrollada. El problema es que hemos sido especialmente lentos y no hemos avanzado en línea recta y a paso redoblado, como quisieran los autores de tantos ensayos y estudios que han aportado su conocimiento en estas páginas. No. México avanza al desarrollo con lentitud, por momentos dudando de cada paso y, a veces, hasta dando algunos pasos hacia atrás de manera desesperante.

Ilustración: Jonathan Rosas

En los primeros años de nexos, el país vivía los dolores del fin del desarrollo estabilizador y comenzaba a padecer las crisis del populismo estatista. Durante los primeros diez años de vida de esta gran revista comenzó el debate sobre el futuro de nuestra economía. Esa fue nuestra primera transición: menos Estado y más mercado, abrirnos al mundo, apostarle al libre comercio, al capitalismo global. A esa primera transición le debemos un sector exportador pujante, empresas de origen nacional potentes en mercados globales e inversión foránea en nuestro país como nunca se había visto. Y le debemos también el hecho de que hoy muchos jóvenes mexicanos tienen una mentalidad competitiva que no le teme al mundo, sino que quiere ser parte de él y aportar su talento.

Las libertades de la apertura económica pronto se desbordaron a lo político y eso nos llevó a nuestra segunda transición. Las páginas de nexos fueron escenario de las reflexiones sobre la clase de democracia que queríamos ser. Pasamos así de un modelo cerrado, de partido único, a construir una democracia multipartidista. De la fractura de aquel régimen monolítico surgió el pluralismo y la competencia por el poder a través de elecciones libres, con un piso razonablemente parejo y árbitros razonablemente imparciales. Con todos sus defectos, fuimos capaces de construir instituciones electorales confiables que supervisaron ese tránsito pacífico a la democracia electoral.

Ni la primera ni la segunda transición fueron fáciles, o estuvieron exentas de enormes tensiones sociales y costos económicos. Pero al menos había un consenso básico de nuestras élites: “no podemos seguir así”. No podíamos seguir con el modelo de economía cerrada dando tumbos de crisis en crisis. No podíamos tampoco seguir fingiendo que éramos una democracia con un partido dominante y un gobierno administrando a cuenta gotas nuestras libertades.

México hoy está tratando de dar una tercera transición, con la misión de construir Estado. La esencia de nuestro atraso está en la falta de un Estado democrático de derecho. Si hoy en las páginas de nexos se habla de corrupción gubernamental, inseguridad rampante, homicidios y feminicidios, partidocracias cínicas y capitalismo de compadres es porque tenemos instituciones débiles que no son capaces de lo más elemental: castigar al delincuente, proteger al ciudadano, limitar el abuso de poder político y económico y sujetar a todas las personas al imperio de las mismas leyes. La crisis proviene de un desacuerdo fundamental de nuestras élites, porque en este estado de cosas hay muchos actores poderosos que pueden y prefieren vivir en un país sin ley y sin justicia. Por esa falta de consenso de las élites no han surgido los liderazgos que nos pueden guiar hacia la tercera transición.

Afortunadamente, a diferencia de las primeras dos transiciones hoy existe algo que no había antes en México: una sociedad civil más fuerte y decidida. Desde esa trinchera, cada vez somos más los mexicanos dispuestos a trabajar por instituciones que sean capaces de detener el abuso y hacer justicia. Y esa batalla ya no se da solamente en el grito de la protesta callejera o el señalamiento agudo de la columna de opinión. El análisis riguroso de políticas públicas, la generación de propuestas viables y el estudio profundo de costos y beneficios de alternativas de solución encuentra en las páginas de nexos un espacio privilegiado para empujar esa tercera transición, ese salto hacia un país en el que realmente todos tengamos la oportunidad de vivir en paz y construir prosperidad compartida.

 

Edna Jaime
Politóloga. Directora de México Evalúa.

 

Ensayo

La conspiración de la fealdad

La sorpresa, más que el plan, define el futuro. Por eso sólo con preguntas podemos abordarlo, sabiendo que cualquier respuesta preludia el desengaño.

Es de la ciudad de la que me atrevo a hablar. De esa “madre que nos engendra y nos devora, que nos inventa y nos olvida”. Ahí está el enigma del futuro mexicano. En el enjambre de autobuses, teatros, callejones y plazas están los otros y está también, como escribió Octavio Paz en su poema, “un yo a la deriva”. Aquí, en la ciudad, la abstracción de lo político y los fantasmas de la historia se hacen palpables: es el mercado y el parque; es el reposo y el tráfico, el encuentro y el refugio.


Ilustración: David Peón

Para imaginar la ciudad de poco sirven las coordenadas habituales. Tengo la impresión de que los dilemas políticos nos engañan en este ámbito. Nos presentan disyuntivas que conducen al mismo embotellamiento y subrayan diferencias que poco cuentan en la banqueta. Imaginamos lo que viene dependiendo de una votación. Creemos que en las disyuntivas electorales, en las opciones ideológicas, en el contraste de las personalidades está la clave del mañana. Unos confían en la perseverancia, otros anhelan el tijeretazo con el pasado. Unos describen al adversario como populista, otros ven la calamidad en la tecnocracia. Con eso nos tienta la temporada: dramatizar el peso del voto para imaginar que la felicidad o la miseria cuelgan de una suma o de eso que llaman, con grandilocuencia, “proyecto de nación”.

Yo encuentro, al salir a la calle, una disputa por la ciudad que en poco se corresponde con ese cuento de las ideologías en pugna. Un valor discreto y esencial, pensado habitualmente como apolítico, está en el núcleo de esa batalla. Se le tildará de melancólico y aún de aristocrático pero es un valor republicano esencial. Más que económico o político es un valor estético. Ahí es donde encuentro pregunta pertinente al futuro mexicano. ¿Seguirá expandiéndose el dominio de la fealdad? ¿Continuará avanzando lo horripilante de la mano de la corrupción y el desprecio a lo común? ¿Seguirán aliadas la codicia y la demagogia para corroer decididamente la tela de la ciudad? Esa es, sin duda alguna, una marca de nuestro pasado reciente: el avance generalizado e irresistible de lo feo. Obra pública que agrede y que nos arrincona; construcciones privadas que ofenden, la terca extorsión de lo indómito.

¿Dónde reside lo repulsivo?, se preguntó Umberto Eco en su taxonomía de la fealdad. Cada cultura tendrá una imagen de lo aborrecido pero tal vez el punto común sea la idea de que lo feo es aquello que carece de integridad. Lo feo es temible porque propaga deformidad. Algo le falta, algo le sobra para ser plenamente, para trasmitir, completo, el código de la vida. Será que bajo la estética se impone un dictado biológico. Heredar los diez dedos y los dos brazos. De ahí que Eco considere que lo feo es, en realidad, “un error de sintaxis”: el desorden que corrompe el sentido de las cosas. Llamamos bello a la trasmisión de un ideal. La fealdad de la ciudad está en ese desequilibrio que envenena la convivencia. El cromosoma de deterioro urbano. La basura en la calle es una invitación a convertir la calle en basurero. Más que el miedo, lo que la fealdad pública provoca es desapego. Nadie se apropia de lo horrible porque ahí nadie puede sentirse en casa. La propagación de la fealdad nos condena a habitar una ciudad de nadie. Una ciudad ajena es una ciudad hostil y es una ciudad enemiga.

Hemos olvidado a la ciudad y estamos pagando las consecuencias. Y al mismo tiempo, entre la empecinada destrucción, remansos. Paréntesis al caos que resguardan el recuerdo o que se atreven al experimento. Pausas a las prisas. En una esquina, en un parque, en un mercado, la ciudad logra de pronto ser lo que puede ser: nuestra segunda naturaleza. No faltan tampoco en nuestra memoria reciente ejemplos de recuperación urbana, de dignificación de los espacios, de inventiva ingenieril, de generosidad arquitectónica, de arte abierto. En la ciudad está el horror pero también la esperanza del país. Si queremos utopía la tenemos frente a la nariz: recuperar el barrio, limpiar la esquina, reconquistar el espacio público, dignificar la plástica urbana, cuidar la herencia, atrevernos al invento. En las ciudades está el fermento de la barbarie pero también está la resistencia. Es que en la ciudad se vive, a la máxima intensidad, el desafío de la convivencia. Y esa es, a fin de cuentas, la gran pregunta al futuro de México: ¿lograremos levantar finalmente la casa común?

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

Ensayo

No amo mi patria

El 17 de noviembre un banco de niebla afectó durante una hora los aterrizajes en el aeropuerto de la Ciudad de México. Sólo una hora, sólo aterrizajes, sólo en un aeropuerto del país y decenas de vuelos en todo México y de otras partes del mundo que querían conectar en México resultaron cancelados o retrasados. El centralismo histórico y el provocado, la mala administración de nuestro espacio aéreo y la industria aérea, los intereses privados, los macheteros de Atenco, la impericia de Fox, la corrupción de tantos, hacen que un banco de niebla de una hora produzca, no un efecto mariposa, sino un tsunami.

Esa tarde, a las siete, aterricé en la ciudad de México. Estuvimos 45 minutos dentro del avión mientras llegaba uno de los pocos camiones que te recogen a media plataforma y te llevan a la terminal. Fuera de la terminal, las filas para tomar una taxi de los “autorizados”, eran tan largas que cuando pregunté había personas que llevaban 45 minutos y les faltaban unos metros para abordar su transporte. Uber no tenía autos disponibles porque desde hacía unas semanas muchos de sus conductores ya no quieren recoger pasaje ahí. La policía federal los extorsiona, los otros taxis los agreden. Los “autorizados” no tienen suficientes autos. Como siempre en México, para este asunto, hay algunos amparos, un “Movimiento Nacional” de taxistas, unos empresarios a la sombra de ese “movimiento” del que nadie conoce el origen de sus riquezas, una resolución de un órgano autónomo a la que nadie hace caso, y un servicio que no sirve.


Ilustración: Sergio Bordón

Esta noche, los únicos afortunados son aquellos por los que pasan enormes camionetas negras, blindadas, de las que se baja, atento, un chofer con corbata que sube maletas, abre puertas y mira amenazante a los que se acercan a sus patrones.

Los turistas nacionales que venían a pasar el puente a México sufrían, los extranjeros no entendían nada. Nadie explica nada, un par de policías tratan de calmar los ánimos sin éxito. Como siempre, el principal aeropuerto olía a caño, pero eso sí, está inundado de letreros que advierten que los retrasos no son su culpa, sino de las líneas aéreas, será porque lo bueno, no se cuenta.

El turismo, nos dicen, es una de las prioridades del gobierno.

No tenía prisa y decidí que la mejor opción era tomar el metrobús para salir de ese infierno y tomar un taxi en otro lugar. En el camino entre San Lázaro y Bellas Artes uno pasa calles abandonadas, llenas de basura, con gente que duerme en la calle, los coches se meten al carril exclusivo y la solución es que el conductor del metrobús “aviente” la carrocería provocando una confrontación que acaba en mentadas de madre, el policía que viaja con nosotros se ríe.

Me bajo del metrobús en Bellas Artes y camino por la Alameda. Está inundada por miles y miles de personas con globos iluminados. Hay música en vivo, alguna estudiantina —ni modo—, puestos de comida y de juguetes para los niños que felices corren presumiendo cientos y cientos de artefactos con luces multicolores. El tráfico en Avenida Juárez está detenido, entre otras cosas por los cientos de peatones que la cruzan para llegar al festival; Bellas Artes está iluminado, las parejas se toman selfies contra la fachada. Los padres de familia corretean niños que gozan la noche. Hay gente en patines y gente disfrazada de cosas que, supongo, por mi edad, no entiendo, pero disfruto ver. En las bancas, jóvenes y adultos se besan, echan novio, como decíamos. Con los paseantes se mezclan adolescentes de los que en los últimos años han inundado los alrededores de la Plaza inhalando “mona” y uno que otro que evidentemente quiere robarse una cartera. Es un viernes por la noche en la Alameda, merecería un mural.

Tres horas y media después de haber aterrizado llegué a mi casa y redacté este texto.

Nos pidió Héctor que escribiéramos sobre el país que vemos, pero también sobre el que vemos venir.

Esta noche me cuesta ver uno diferente.

Los señores de las camionetas negras blindadas no querrán abandonarlas, los taxistas “autorizados” resistirán el cambio con la ayuda de las conexiones de sus dueños, los órganos “autónomos seguirán” siendo ignorados, las aerolíneas y los aeropuertos seguirán medrando con nuestra necesidad porque siempre será culpa de otros, los coches seguirán metiéndose al carril prohibido porque nadie los sanciona, el policía se seguirá riendo porque nadie le exige otra cosa, la basura seguirá inundando los barrios más pobres y los jóvenes que inhalan mono seguirán siendo ignorados por los que pasamos a su lado todos los días.

El statu quo, el nuestro, así, ha triunfado.

Y las familias seguirán disfrutando de la Alameda alguna noche del año, aunque sea en medio de todo lo otro.

José Emilio Pacheco publicó “Alta Traición” unos meses después de que yo naciera.

Medio siglo después, lo repito, como un mantra:

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
—y tres o cuatro ríos.

 

Carlos Puig
Periodista. Es columnista en Milenio Diario.

Ensayo

Una invención llamada México

Estoy vivo gracias a una invención humana llamada México. No exagero. La visa de este país le salvó la vida a mi padre. De no haberla recibido, seguramente hubiera terminado en una cámara de gas. Así que, aunque suene cursi, yo le debo la vida a México.

En lo que algún día fue la gran Tenochtitlán, nací, crecí, estudié y me casé. Aquí trabajo y mis hijos están educándose. En un par de ocasiones tuve la tentación de emigrar a otro país. No pude. Se apoderó de mí un sentido tribal. Tenía, literalmente, pesadillas por abandonar la tierra de mi familia, amigos y muertos. No tuve la fuerza para voluntariamente hacer lo que de manera obligada tuvieron que hacer mis abuelos y su hijo: desterrarme.

Mi pasaporte dice que soy mexicano. Muchos no lo creen. “Usted no lo parece”, me dicen con frecuencia. Cuando les digo mi nombre, hasta se ríen. “¿Leo Zuckermann?, eso no suena mexicano”. Parecería que para ser un “verdadero” miembro de esta nación hay que ser de piel morena y tener un nombre castizo. Yo, en cambio, soy güerito de apellido alemán que más bien parece gringo Hay quien me lo señala, particularmente en Estados Unidos, como si fuera halago.


Ilustración: Mariana Villanueva

Yo, por el contrario, me siento ofendido. En muchas ocasiones he estado tentado de sacar mi pasaporte y estamparlo en la cara de los incrédulos para comprobar mi nacionalidad, como si eso fuera a convencerlos.

Lo cual me lleva al tema en cuestión al que nos ha invitado a escribir la revista nexos: ¿qué demonios es México?

Como todo país, es una invención de un grupo de seres humanos. Un experimento social que, para la historia de la humanidad, es un bebé recién nacido de doscientos años. Como dice Yuval Harari en Sapiens. De animales a dioses: una breve historia de la humanidad, para que las grandes sociedades humanas funcionen, se requiere una serie de mitos que promuevan la cooperación de sus miembros.

Hace no mucho, los habitantes del Valle del Anáhuac prosperaron gracias a un orden social que hoy llamamos Imperio Azteca. Luego fueron conquistados por otra invención humana, el Imperio Español, que aquí impuso una entidad conocida como la Nueva España. Después, a ciertos habitantes de esta sociedad les pareció fabuloso lo que estaba sucediendo en el vecino del norte. Lucharon por la independencia y finalmente fundaron un nuevo país que denominaron México. Desde entonces, los mexicanos venimos cambiando, día con día, esta invención. No hemos parado. Han sido muchos los temas: el papel de la Iglesia Católica en la formación del mito nacional, el tipo de capitalismo económico, la integración o no de los indígenas, la apertura o no a la migración extranjera, el poder relativo de las regiones del país, el respeto a la libertad individual, la relación con Estados Unidos (una de las invenciones más exitosas de la humanidad) y la ubicación del país en un mundo cada vez más globalizado.

Así llegamos al día de hoy donde los mexicanos estamos en una situación contradictoria. De acuerdo con las encuestas, somos, por un lado, una de las naciones más felices del orbe. Por el otro, estamos muy enojados por lo que está sucediendo en el país. ¿Cómo explicarlo?

Creo que la respuesta está en nuestra condición de economía de renta media. No somos ni pobres ni ricos. Estamos mejor que en el pasado. Cuando se le pregunta a la gente, la mayoría contesta que vive mejor que sus padres. Hoy, a diferencia de las generaciones pasadas, tenemos niveles superiores de alimentación, educación, salud, vivienda, libertades, democracia y, en general, bienestar social. Pero no hemos dado el gran paso para convertirnos en una nación desarrollada. Estamos lejos de los niveles que ha alcanzado nuestro vecino del norte a quien siempre volteamos a ver para compararnos. De hecho, muchos compatriotas de plano han migrado a esa nación en búsqueda de uno de los mitos fundacionales más poderosos de Estados Unidos: “el sueño americano”. En suma, vamos bien, creciendo poco a poco, pero nos sentimos frustrados por la lentitud de no avanzar más rápido, de no poder hacer añicos el techo de cristal de la prosperidad deseada. Estamos felices con lo que poseemos, pero sufrimos por no tener lo que se nos antoja.

El México del futuro es, en el fondo, el mismo del pasado y del presente. Somos un grupo humano que debemos cooperar para conseguir mejores condiciones de vida, no sólo materiales sino de sentido de pertenencia en el concierto de las naciones. No es fácil que cooperen 127 millones de humanos al mismo tiempo. Hay que motivarlos con mitos y creencias que los movilicen y los hagan sentir satisfechos de lo que son. Ese ha sido el reto de esta invención llamada México y ese seguirá siendo el desafío al futuro.

Yo aquí me quedo a verlo. Como dice la canción ranchera, que entierren mis huesos en este país al que le debo mi vida. Aunque suene cursi, me siento profunda y orgullosamente mexicano. Gracias a este país, mi familia se salvó del nazismo, una de las invenciones más nefastas de la humanidad. Lo único que espero es que ya me reconozcan como mexicano al cien por ciento. Y si no me lo creen, aquí tengo mi pasaporte para acreditarlo. ¿Quieren verlo?

 

Leo Zuckermann
Politólogo, columnista de Excélsior y conductor de La Hora de Opinar en FOROtv.

Ensayo

Un sueño en el despeñadero

El México de hoy se siente al borde del precipicio. Pero, pensándolo bien, hace al menos 10 años que lo siento así. Desde el sexenio pasado, cuando el país se cubrió de sangre y las palabras fueron insuficientes para describir el horror que se vivía, pensé que habíamos llegado al punto de inflexión del arreglo social imperante. Un arreglo en donde 10% de la población concentra 64% de la riqueza y el 1% más rico tiene 21%. Para el resto de las personas es muy difícil alcanzar un mínimo de seguridad económica, al punto que, para casi la mitad de la población —46% para ser exacta— le ha sido imposible salir de la pobreza. México, el país generoso para unos cuantos y extremadamente adverso para el resto.

La violencia no fue suficiente para cimbrar las estructuras del privilegio, pues los muertos fueron mayoritariamente del México excluido. La espiral del deterioro siguió a lo largo de este sexenio: 2017 será el año más violento de las últimas dos décadas de nuestra historia. A ello se le suman los malos gobiernos que han dejado de resolver los problemas más básicos de la gente; también están Trump y su política contra los migrantes mexicanos, la renegociación del TLC, la deuda, el bajo crecimiento económico, la falta de oportunidades para los jóvenes, la corrupción desmedida y la impunidad descarada y sin filtros de los poderosos. La liga se estira y se estira, pero no se rompe.


Ilustración: David Peón

Ese es el signo de nuestro tiempo: vivir en el país en donde la espiral del deterioro sigue avanzando y no existen los acuerdos políticos fundamentales para frenarla. La rigidez de las instituciones existentes, las ideas que las soportan y el tamaño de los privilegios que protegen, afianzan el statu quo. Pero todos sabemos que el arreglo social es frágil. Por lo tanto, algo, en algún momento dado, no sabemos cuándo ni de qué esté hecho, terminará cimbrando las estructuras del poder. Vivir en México hoy es vivir en esta incertidumbre.

No es fácil imaginar el tránsito a un orden social más incluyente, que incentive un reparto más equitativo de la riqueza y de las oportunidades económicas. Un México que libere y permita que florezca el talento, la creatividad, la capacidad de trabajo y el ingenio de la gente. Ello sólo va a ser posible, si lo es, a través de un proceso gradual y de varias décadas. Sin embargo, una primera palanca de cambio, la que veo comenzar a dibujarse en la agenda pública, tiene que ver con la forma en que se administra el castigo y se aplica la ley a quien la infringe.

Este orden social estamentario y excluyente se construye a partir del trato jurídico diferenciado entre las personas. La ley no protege ni obliga a todos por igual, pues para la élite, sus privilegios de clase están por encima de ésta. Ello es posible porque, desde las cúpulas del poder Ejecutivo, se pacta impunidad y se administra el castigo. México es el país de los pactos y no de las leyes impersonales. Esto articula las jerarquías sociales: si te confrontas con alguien arriba de ti en el escalafón social, la ley no te protege, pero sí te puede castigar. Es decir, en México, quién eres, a quién conoces y cuánto dinero tienes es lo que define qué intereses prevalecen sobre los de otros en caso de conflicto, quién tiene el poder de exigencia frente a otro, quién manda frente a los demás. Así se determinan las relaciones de poder entre los miembros de una colectividad y entre estos y sus autoridades.

Sí creo que es posible en la siguiente década vivir en un México en donde existan experiencias concretas y varias historias que contar, en donde la ley sirva para castigar a los poderosos y, a la vez, también sirva para proteger a los excluidos. Se recuperará la brújula axiológica de lo inadmisible y, con ello, un conjunto de valores compartidos que nos den rumbo e identidad. Hoy, en la agenda electoral de 2018, está la posibilidad de ganar la batalla de la autonomía política de la Fiscalía General y la Fiscalía Especializada en el combate a la corrupción. Esta batalla debe extenderse al SAT, la Unidad de Inteligencia Financiera, el Consejo de la Judicatura y la Suprema Corte de Justicia. También debe extenderse a los gobernadores en sus equivalentes a nivel de los estados. Un primer paso para frenar el deterioro de nuestro arreglo social es cortar con los vasos comunicantes entre el sistema político y las instituciones que procuran e imparten justicia. Se trata de que el castigo y la protección de la ley dejen de estar asociados a la clase social, al poder político y al dinero.

Si esto sucede en el próximo sexenio, México comenzará a moverse de la espiral de deterioro en la que está inmerso. Y comenzaremos a vislumbrar ese México increíblemente sorprendente, complejo y profundo que todavía se asoma de repente en medio de este despeñadero. Sueño por que me toque verlo.

 

Ana Laura Magaloni
Profesora del CIDE.

Ensayo

El mal que te hará infeliz

Tres años después del inicio de la guerra visité el rancho en donde Santiago Meza, El Pozolero de los Arellano Félix, disolvió los cuerpos de más de 300 personas. Yo llevaba una década escribiendo sobre temas relacionados con los cárteles del narcotráfico, y había visto y leído cosas inimaginables. En ese rancho sentí, sin embargo, que había atravesado las membranas de una oscuridad hasta entonces no sentida.

Se encontraba en uno de esos cerros poblados de casuchas que hay en Tijuana, en los que las calles son de tierra apisonada. De uno y otro lado bajaban hilos de aguas negras que se unían a un lado de la carretera, formando charcos.


Ilustración: Ricardo Figueroa

Era una esquina de México, tal vez la última antes de la frontera, hecha de miseria y atraso; de casas de lámina, tablones podridos y llantas deshilachadas. Cuando entré en el rancho tuve la impresión de que ingresaba en una tierra sin nombre: que pisaba un mundo que no habíamos nombrado, y que era como el centro de la fiebre de muerte que sacudía al país.

El rancho era un terreno rodeado por muros grises de hormigón. En una esquina había una habitación sin puertas en la que El Pozolero dormía: el único mobiliario era el par de frazadas con que se cubría en las noches al tenderse en el suelo.

Del otro lado del predio estaba la mesa de trabajo de El Pozolero: un largo tablón de carnicero en el que había cuchillos, diversos recipientes y guantes de carnaza. A un lado de la mesa aparecían varios tambos. Había también decenas de agujeros cavados en la tierra.

Como he contado en algún número de nexos, El Pozolero desmembraba los cuerpos y —con sosa cáustica— dejaba que se disolvieran en los tambos. Varias horas más tarde vertía la mezcla en las madrigueras que había cavado. Sólo quedaban uñas y dientes. Las uñas y los dientes que vi la tarde en que visité el rancho.

Regresé a la ciudad, seguí haciendo crónicas de estos años de violencia porque la violencia se ha cruzado siempre en mi vida. Crecí en un barrio violento, estudié en escuelas violentas, en las calles donde transcurrió mi juventud podías ganarte una paliza “si pronunciabas un diptongo de más”. He escrito alguna vez que mi inauguración ante las instituciones del país ocurrió el 10 de junio de 1971, el día en que mi hermana y yo presenciamos desde una ventana de la calle Amado Nervo la masacre de estudiantes del Jueves de Corpus.

No entendí que todo eso me estaba hablando de un país. Hasta que ese país regresó a Amado Nervo a buscarnos. Una tarde avisaron que uno de mis tíos, una figura luminosa de la infancia, había aparecido dentro de un tambo con una bolsa de plástico en la cabeza.

Sucedió hace veinte años, los mismos que he pasado intentando averiguar qué ocurrió. Yo trabajaba entonces en la sección cultural de un diario. Él tenía un despacho de abogados, que montó luego de trabajar durante años como funcionario de la PGR. Dediqué los ratos libres a reunir información sobre su caso. Lo hice a través de un método sencillo: buscando en internet los nombres de quienes habían sido sus jefes o trabajaron a su lado. Encontré que muchos de ellos habían muerto. Esos nombres me llevaron a otros, y después a otros. “¿Para qué saber el mal que te hará infeliz?”, se pregunta el personaje de una ópera célebre. No lo supe. Llegué a reunir miles de notas que más que información sobre el hecho que buscaba narraban la historia del narcotráfico en México: del Cártel de los Arellano, de Amado Carrillo, del Chapo Guzmán y de Juan García Ábrego.

Intentando dar respuesta a una pregunta, seguí de largo hasta aquel día en el que en el rancho de El Pozolero creí tocar, en esos cerros del olvido, la raíz del mal. Esta vez sí que creí que aquel rancho me estaba hablando de un país. Y entonces, ese país vino de nuevo a buscarme el sábado en que entraron a robar en la casa de mi tía Yolanda y le dieron 14 puñaladas en la garganta.

Todas estas son cosas que han cabido en una vida. En las madrugadas vuelvo a veces a mi casa mirando por el espejo retrovisor. Y no quiero hacerlo. Ya no quiero hacerlo. Eso es algo que nadie en México debería hacer.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

Ensayo

Preguntas para una ciudad

Cuando llegué a México hace casi 42 años, la ciudad me parecía tan fascinante que me pasaba las tardes sentado en el escalón de la puerta de la pensión en que vivíamos, en la calle Medellín, simplemente para ver pasar a la gente. Antes había vivido en un pueblo chico, en Argentina. La pregunta que me he hecho desde entonces es ¿cómo puede funcionar esta metrópolis tan incomprensible en su escala y su desorden? La ciudad ha cambiado ante mis ojos y yo apenas creo haber empezado a contestar esa pregunta.

En los años ochenta, una década formativa para mí pero destructiva para el país, mi curiosidad se hizo más precisa y apocalíptica. Ya no me preguntaba sobre la estructura de la urbe tanto como sobre la sorpresa cotidiana de que no se derrumbara. Durante esa década, los pájaros caían muertos por el smog, los edificios se derrumbaban literalmente, la policía extorsionaba sin vergüenza, instituciones de considerable importancia, como las elecciones o la moneda, se iban vaciando de contenido, y el pobre de mí cargaba una navaja en el morral, como si eso me protegiera de algo.


Ilustración: Alberto Caudillo

Mi curiosidad era negativa, ¿qué era lo que impedía el colapso del orden social y permitía que cada habitante de la ciudad saliera por la mañana de su casa con la expectativa de que lo que había hecho ayer se repetiría hoy? (Debo aclarar que esta perplejidad no era causada por ninguna sustancia. Si acaso, el alcohol de los reventones semanales servía para festejar por anticipado que todo siguiera en su lugar después de la borrachera.) Supongo que por no tener una respuesta decidí estudiar historia, buscando una certeza en el primer dato que uno aprendía entonces en la carrera: las cosas pasan regularmente desde hace cientos de años. Mientras yo miraba al pasado mexicano, el presente se volvía cada vez más complicado, de una manera que la historia no parecía ayudarme a navegar.

El país no se hundió pero la catástrofe avanzó, hoy nos damos cuenta, con el ritmo lento de la historia social: desigualdad, violencia, desamparo.

Mi pregunta se refinó un poco más cuando estudié un posgrado, en los noventa: ¿qué impedía que todos los habitantes del país se atacaran mutuamente? No había leído a Hobbes todavía pero me hubiera parecido inútil su proyecto de gobierno centralizado dado que el neoliberalismo salinista era lo opuesto del Leviathan: en lugar de unificar con una sola cabeza, ponía a todos contra todos y hacía la vida más corta y brutal. Otra formulación de la pregunta (¿por qué no había más crimen del que ya ahogaba el sistema penal?) ocupó mi tesis de doctorado y mi primer libro sobre el tema. Aduje una respuesta parcial: porque las comunidades que constituían la ciudad (barrios, vecindades, familias) lo impedían activamente, negociando los conflictos y las transgresiones sin ayuda de la policía o de los jueces.

Cuando publiqué el libro en 2001 pensé que el tema caería en el olvido piadoso de las tesis de doctorado. Sin embargo, el crimen no hizo sino crecer en esa década, la pregunta siguió pidiendo respuestas, y yo tuve que seguir investigando la violencia desde una perspectiva histórica. Me impulsaba también cierta molestia causada por la industria para-académica que ya empezaba a florecer, y que a través de asesorías, reportes, artículos y think-tanks, prometía resolver la inseguridad siempre y cuando los gobernantes ya no fueran tan tontos y corruptos.

Como esa condición me parecía deliberadamente ingenua y moralista, reformulé la pregunta para quitar al estado de la ecuación: ¿cómo era posible que los habitantes de la ciudad, o de las ciudades, salieran a la calle cada mañana esperando regresar en una pieza por la noche? Nunca me tentó la respuesta cultural de los intelectuales de lo mexicano: “porque a los mexicanos no les importa la muerte”. No podría haber una hipótesis más contradictoria sobre cualquier sociedad: si a sus miembros no les importara la muerte para qué se organizarían. Hasta Hobbes estaría de acuerdo.

Lo que propuse en mi último libro es que a mediados del siglo XX muchos mexicanos adoptaron dos convicciones: 1) que para salir a la calle cada mañana había que poseer lo que llamo alfabetismo criminal, es decir, un conocimiento detallado sobre las formas, los lugares y los sujetos asociados al peligro; y 2) que las cifras enormes de asesinatos cuentan algo que le pasa a los demás. Esta última idea es profundamente autoritaria: implica que la mayoría de esos hombres jóvenes que se matan entre sí, a la vez asesinos y víctimas, se la buscaron, que su vida no tiene valor. Una formulación pesimista de este hallazgo sería que, para que la sociedad siga funcionando, es preciso que la violencia se vuelva a la vez normal y extraña.

Me resisto a aceptar que esa sea la respuesta completa; es decir, sigo sin entender por qué la gente camina por Medellín. Tal vez andan buscando, perplejos como yo, la verdadera razón por la cual la violencia ha crecido de una manera que nadie hubiera imaginado hace 40 años.

 

Pablo Piccato
Profesor de Historia en la Universidad de Columbia, Nueva York.

Ensayo

Adoctrinamiento y educación

Lo que hay

Es fácil angustiarse por la situación de México. Nunca tenemos lo que queremos, o no queremos lo que tenemos, que acaba siendo lo mismo. Ampliar la perspectiva suele ser el remedio a esta angustia que, creo, es innecesaria.

En estos momentos, usando dólares comparables, México es la economía número 11 del mundo, y mantiene una tasa de crecimiento (en la misma referencia) de cerca del 4% anual, en parte por la dinámica (2%) y en parte por una mayor capacidad de compra. En lo que va de la década, esta tasa de crecimiento es la cuarta mejor entre los doce países más grandes del mundo. La mitad norte del país (del paralelo 20 para arriba) tiene tasas de crecimiento comparables a cualquier región del mundo, mientras que la mitad sur se mantiene estancada. Importa mucho que la zona más poblada del país, Estado y Ciudad de México, lleve 30 años de crecimiento mediocre.


Ilustración: Raquel Moreno

Como el resto de América Latina, somos un país desigual y violento. Pero somos uno de los que menos respeto tiene por las leyes, y por lo tanto más casos de corrupción. Creo que se lo debemos al régimen de la Revolución, al que las leyes le estorbaban, y que tenía a la discrecionalidad como elemento determinante de la gobernabilidad.

Somos una de las democracias más jóvenes del mundo, ya que antes de 1997 es difícil encontrar un período democrático en nuestra historia que dure más allá de unos pocos meses. Tampoco es fácil localizar un momento en que la federación realmente lo haya sido, más allá de esos terribles años de 1846 a 1848 en los que se perdió la mitad del territorio. No llegamos a un cuarto de siglo con una Suprema Corte realmente autónoma. En todo esto, buena parte de América Latina nos aventaja.

En suma, un país desigual, violento, saturado de corrupción, que abruma. Pero nada de esto es novedoso, ni cayó del cielo. Es producto de nuestra historia. Y de un proceso de transformación que nos ha ido sacando del marasmo del siglo XX, por partes y a una velocidad que también desespera. En ese siglo, la corrupción era natural en el régimen, pero nadie podía quejarse de ella. La mayoría terminaba sumándose para poder funcionar. Y algo similar ocurría con el crimen, organizado y no, que nos ha acompañado en toda la vida independiente del país. Hoy discutimos y empezamos a enfrentar la corrupción. Elegimos a los gobernantes, y podemos reclamarles e insultarlos, si es necesario. Competimos globalmente, a veces incluso ganando. Es decir: no poco de lo que nos abruma se ha hecho evidente porque estamos cambiando.

Pero nuestra transformación se encima con la que ocurre a nivel global, que no es cosa menor. Las nuevas tecnologías de comunicación han destruido la capacidad gubernamental de fijar y controlar la agenda pública en todo el mundo desarrollado. Como resultado, los políticos son despreciados hoy más que nunca antes, y por ello prácticamente ninguno logra ganar una elección. Desde 2016, casi todos vienen de fuera: Trump, Macron, Kurz, Babis.

En ese entorno, nuestros sufrimientos por el cambio se potencian. El justificado rechazo a la corrupción y el enojo por la inseguridad se suman a ese desprecio universal (occidental) a los políticos. Pero es lo que hay, y no hay más.

Lo que viene

Imposible saber qué ocurrirá en la elección de 2018 y por lo mismo maginar al México de 2030 o más allá. La posibilidad de un retroceso hacia el nacionalismo revolucionario, ahora aderezado de golpismo chavista no es cero. Creo que tampoco es muy probable, pero siempre es difícil distinguir lo que se quiere de lo que puede ocurrir.

Supongamos que podemos continuar con el camino iniciado hace un cuarto de siglo. Habrá que resolver los principales retos que hoy enfrentamos.

Primero, y urgente, dotar al gobierno de los recursos necesarios para cumplir las obligaciones que le hemos encargado. No se puede aspirar a ser Dinamarca sin pagar impuestos.

Segundo, igualmente importante, exigir que se utilicen de forma honesta y eficiente. Esto quiere decir castigar a quien no lo haga, terminar con la impunidad, que es la base tanto de la corrupción como de la inseguridad.

Pero hay un tercer reto que enfrentar, en mi opinión el más importante: destruir el sistema educativo de la Revolución, hecho para igualar a todos, eliminando cualquier indicio de liderazgo y creatividad. Aunque los jóvenes mexicanos tienen una calificación promedio que nos ubica sólo debajo de Chile en América Latina, la proporción de esos jóvenes que alcanza el nivel de excelencia es prácticamente la menor en el continente.

El siglo XX fue un fracaso para México debido al régimen que utilizó como excusa la Revolución. El futuro del país pasa por terminar con los restos de ese régimen, incluyendo corrupción, violencia y un sistema de adoctrinamiento que se esconde bajo el disfraz de la educación.

 

Macario Schettino
Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Ensayo

El presente que nos agobia y el futuro que no llega

Si el tema que hemos sido convocados a tratar es el presente y el futuro de México y si estamos en el arranque de la carrera que decidirá quién será el presidente del país de 2018 a 2024 es prácticamente imposible que la política no lo invada todo. Sin embargo, los mexicanos están hartos de la política y de los políticos después de un quinquenio como el que hemos soportado desde diciembre de 2012. Es en este contexto en el que está iniciando la carrera mencionada. Es decir, lloverá sobre mojado de aquí a julio del año que está comenzando. Gane quien gane, millones de mexicanos volverán a depositar sus esperanzas en el ganador y, más pronto que tarde, este mostrará sus limitaciones. Se olvidarán relativamente pronto las esperanzas y las cosas seguirán, más o menos, como antes, “como siempre”.


Ilustración: Patricio Betteo

 

Entre las actitudes que más llaman la atención a cualquiera que guste de conversar con personas de ámbitos laborales variados y de estratos sociales diversos, destaca la noción que comparten muchos mexicanos de que las cosas no sólo no cambian, sino que nunca van a cambiar. La corrupción secular de nuestros políticos, de nuestros empresarios, de nuestros líderes sindicales y de buena parte de nuestra ciudadanía ha sido de tal magnitud que inhibe en la mente de los mexicanos incluso la posibilidad de imaginar que las cosas pueden mejorar.

La cuestión, me parece, es si este país puede aguantar seis años más de corrupción, incompetencia, desigualdad, clasismo, racismo, abusos, narcotráfico, violencia, secuestros, inseguridad, etcétera. Supongo que sí, pero también supongo que no. Puede ser que el gobierno que tome las riendas del país en octubre de este año pretenda solapar la corrupción que acompañó como una sombra al gobierno del presidente Peña Nieto, pero también puede ser que el vencedor decida revisar las cuentas y las arcas con cierta minuciosidad. Veremos.

Pero basta de política, no sólo porque ya se me fue casi la mitad de mi “reflexión” en ella, sino porque si para algo no sirve la ciencia política, o cualquier otra de las ciencias sociales, es para hacer predicciones. Algunos economistas piensan lo contrario. Al respecto sólo puedo decir que el libro de economía más importante de los últimos años (El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty) es, sobre todo, un libro de historia (económica, pero historia al fin). Piketty, como todo científico social o historiador que se respete, es renuente a hacer predicciones, a pesar de que las tendencias de largo plazo sobre la concentración del dinero y sobre la desigualdad que analiza en su libro podrían justificar el tipo de planteamientos apocalípticos que tanto le critica a Marx.

Ahora bien, a Piketty tampoco le gustan los cuentos de hadas, esos cuentos a los que son tan proclives los economistas estadunidenses y que no pocos en México tienden a creer por motivos que escapan a mi entendimiento. En todo caso, me temo que lo poco que voy a decir sobre el futuro del país tiene algo de cuento de hadas. Me explico. Yo no veo nada ni nadie en el horizonte (Pedro Kumamoto me parece la excepción que no confirma la regla) que me haga pensar que las cosas van a cambiar en el corto plazo. Los únicos signos de que un cambio se está fraguando los he percibido en algunos de los estudiantes universitarios que he conocido durante los últimos años (como estudiantes regulares, en conferencias o en cursos de diverso tipo, ya sea en la CDMX o en provincia). Se me dirá que este “optimismo” es ingenuo en la medida en que, cuando éramos jóvenes, a casi todos nos caracterizaba la pretensión de cambiar las cosas, pero que más adelante la vida nos fue limando este idealismo hasta hacerlo tan chato que, cuando nos dimos cuenta, de idealismo ya no tenía nada. Puede ser.

En un libro que está de moda (Manifiesto por la Historia) un historiador, David Armitage de la Universidad de Harvard, y una historiadora, Jo Guldi de la Universidad de Brown, insisten en la capacidad exclusiva del gremio de los historiadores para ver al futuro con la amplitud de miras suficiente como para diseñar las estrategias que la humanidad debe seguir si no quiere perderse entre tanta información y tanto dato. En otro lugar hice una extensa crítica de todo lo que, en mi opinión, este libro presupone, encierra y refleja. Aquí sólo quiero señalar que desde el surgimiento de las ciencias sociales y humanas como disciplinas, las predicciones de los académicos fallan una y otra y otra vez. La última muestra está a la vuelta de la esquina en términos históricos: el supuesto triunfo del liberalismo después de la desintegración de la Unión Soviética… no comment.

Me disculparán por mi solipsismo profesoral, pero el único futuro que yo veo para todos los mexicanos, no para unos cuantos, lo entreveo en la actitud crítica, el hartazgo y la conciencia social que he percibido de unos años a la fecha en decenas de estudiantes universitarios. Son poquísimos para los cientos de miles que existen en este país, sin duda, pero no tengo por qué pensar que yo he sido mucho más suertudo que otros docentes que laboran cotidianamente en las universidades mexicanas del siglo XXI.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.

Ensayo

El mañana efímero

Me gustaría encontrar un motivo para mirar el futuro del país con algún optimismo. Y que no fuese un ejercicio perfectamente arbitrario. Pero no puedo. Desde luego, hay siempre alguna buena noticia: no se trata de eso. Sin duda crecerá la economía, a veces; con suerte aumentará el empleo, aunque sea precario; pero con eso no alcanza para nada.

Acaso el rasgo más característico del presente sea la miseria de las elites. El saldo del régimen revolucionario es discutible en muchos terrenos. En una cosa fracasó trágica, estrepitosa, indudablemente: no fue capaz de formar elites con mínimos de dignidad, de decencia, responsabilidad, mínimos de capacidad. Y me refiero a todas. La elite política, por supuesto, pero igualmente las elites económicas, culturales, científicas, los liderazgos de eso que llamamos sociedad civil. Es igual donde se mire, la calidad de las élites mexicanas es subterránea.


Ilustración: Belén García Monroy

El indicador más simple, más claro, es el salario mínimo. A estas alturas, no debería haber discusión: el salario mínimo no es un precio que se defina en ningún mercado, sino el límite inferior de los contratos laborales, que se establece políticamente. Es un estándar moral. El salario mínimo dice lo que en nuestra sociedad es aceptable como remuneración para alguien que trabaja ocho horas. Y bien: a nuestras élites no les parece indigno, escandaloso, no les parece inmoral que alguien gane cuatro dólares al día. Es un retrato de cuerpo entero de políticos, funcionarios, académicos, empresarios, sindicalistas.

Se dice una y otra vez que no es posible subir el salario mínimo porque la economía no lo permite, porque repercutiría sobre la inflación, porque la productividad y lo que sea. Y se dice, con la formalidad que corresponde a las verdades técnicas, como si sirviera de disculpa. Pero entonces es peor todavía, significa que han creado una economía que depende de la miseria —y no tienen imaginación, capacidad, energía, voluntad para otra cosa. Significa que se sienten cómodos todos como parásitos de la indigencia.

El drama de la desigualdad es que todo contribuye a reproducirla: la educación, las oportunidades de empleo, las redes de confianza. Eso pasa en todas partes. Ahora bien, cuando alcanza la magnitud que tiene entre nosotros, las élites adquieren una sensación de seguridad muy característica, saben que sus hijos no tendrán nunca motivos para preocuparse —desde antes de nacer están del otro lado. Ese sentimiento resulta profundamente corrosivo, porque significa que vivimos en países distintos, no hay ni la sombra de ninguna forma de solidaridad. Es el germen de la violencia.

Pero esa seguridad tiene además otro precio: la destrucción de los sistemas de reconocimiento, para eliminar la posibilidad de que el mérito cuente para algo. De modo que todo venga a quedar en política, pequeña política, de hoy por ti mañana por mí, intercambio rastrero de favores innobles: grilla. Para los nombramientos, para las promociones, los empleos, los premios, los contratos, los reconocimientos.

El mecanismo básico, aparte de la desvergüenza, es la destrucción de los recursos de exigencia: la prensa, los medios, la institucionalidad del espacio público. En una sociedad medianamente funcional, alguien señalaría un nombramiento absurdo, un premio, alguien podría pedir cuentas —alguien, quiero decir, con suficiente autoridad para que hubiese que tomarlo en cuenta. No hay eso, ni remotamente. Tenemos una prensa de boletín, grabadora y filtración, que se apoya en la ignorancia y la desmemoria, una prensa escandalosa pero poco exigente, poco o nada exigente, que empieza por no exigirse a sí misma estándares mínimos de veracidad. En lugar de denuncias, donde podría haberlas, hay una gritería inane, mendaz, interesada y tramposa, de modo que la prensa resulta ser un instrumento ideal, que ni mandado a hacer, para reducirlo todo a la grilla.

Eso nos promete un futuro por lo menos igual de gris que el presente. O peor, seguramente peor.

Me viene a mano, como ejemplo, el sistema de evaluación de la educación superior. Todo es público, a nadie le da vergüenza exhibirlo —al contrario. Una empresa privada, ACCECISO, evalúa los programas de licenciatura de El Colegio de México, que en otro tiempo formaba a la élite del sector público, de la educación superior. En resumen, las que encuentran como debilidades reseñables son las siguientes: la carga de trabajo es excesiva, pesa a los estudiantes; hay sistemas para recompensar a los mejores promedios, y eso provoca nerviosismo; quienes reprueban salen del programa, y eso resulta desmoralizador; se pide una tesis para obtener el grado, y eso hace más difícil, más lenta la titulación. O sea, que lo que tiene que hacerse es reducir la carga de trabajo, evitar la competencia, ofrecer más oportunidades a quienes reprueben, y eliminar la tesis. Así aprobarían todos, más de prisa, y sin esfuerzo. A eso se le llama calidad. No es sólo que nuestras élites sean mediocres, sino que están organizadas para asegurar la mediocridad. Y aplaudirla.

Como bajo continuo, la cuenta de los muertos.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

Ensayo

Cuando no esté aquí

Durante muchos años, todos los meses, pasaba algunos días, dos o tres, en la ciudad de Oaxaca. Mucho de lo que más amo de mi país, y mucho de lo que más detesto, está allá en Oaxaca. La luz que han visto todos sus pintores, desde Miguel Cabrera hasta Francisco Toledo. El paisaje de los Valles, sus tonos ocres y verdes, a veces rojos, las colinas suaves y onduladas del oriente y, en el norte, la silueta inconfundible del Cerro de San Felipe. La arquitectura de la ciudad, sobre todo la de la Colonia, a la vez esplendorosa y austera, que da fe de la abundancia que trajo a la región el comercio de la grana en el siglo XVIII. Y la comida: las tetelas de frijol hechas con maíz rojo de la Mixteca, el mole negro de Los Pacos de Abasolo, las memelas con asiento de La Casa de la Abuela, las tlayudas de la calle de Libres, los tacos de lengua de res con estofado, las nieves de leche quemada con tuna que sirven en la Plaza de la Soledad, el mezcal de todos los agaves del estado: el tobalá, desde luego, pero también el papalomé, el cuixe, el arroqueño y, por supuesto, el tepestate, que huele a alcoholes de acetona. Oaxaca me encanta por todas estas razones: por su gente y por su fiesta, por su cultura y por su historia.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Pero Oaxaca también tiene mucho de lo que más detesto en mi país. Pienso ahora en la injusticia, la violencia y la corrupción. En sus calles están los muy ricos que llegan de la capital a las bodas de Santo Domingo y los muy pobres que tocan el acordeón por algunas monedas en las banquetas de la calle de Macedonio Alcalá. Los ricos son blancos y los pobres son indios. Ahí está, me parece, la explicación de la desigualdad en México. Porque no es una desigualdad de hoy ni de ayer. Otero la señaló a mediados del siglo XIX y Humboldt la vio tras el fin del siglo XVIII, cuando el país era todavía la Nueva España. ¿Por qué tanta desigualdad? Recuerdo que lo comenté con Gerardo Esquivel, allá en Oaxaca. Le dije lo que me parecía que era su causa más profunda: la irrupción violenta de una cultura y un pueblo (blanco, occidental) que no aniquiló (como en Estados Unidos o Australia) pero que sí marginó (como en Guatemala y Sudáfrica) a la otra cultura y al otro pueblo (indio, no occidental). Los países que tienen esa historia son los que padecen la desigualdad más grande, basada en la opresión de los occidentales sobre los que no son occidentales.

Junto a la injusticia: la violencia y la corrupción de una sociedad que piensa en el bien propio, inmediato, y no en la comunidad. Esto se expresa, abajo, en la violencia y el crimen y, arriba, en la corrupción. Viví en Oaxaca la violencia de los maestros, que por meses tomaron el centro de la ciudad, bloquearon carreteras, hicieron perder la escuela a los niños, rompieron y pintarrajearon todo, y provocaron la quiebra de cientos de negocios. También viví en Oaxaca la corrupción de las autoridades, visible en todas partes: en los semáforos que cambiaron sin necesidad, en la iluminación de las plazas que concesionaban una y otra vez, en las calles y las banquetas que estaban bien hechas, pero que deshacían para volver a hacer. El saldo, con todo, era bueno. En medio del horror, había espacios maravillosos, instantes perfectos.

Estoy en una parte de México. Ese es el país en el que creo que vivo. ¿Cuál es el país que veo venir?

Una vez, después de comer mole negro en Los Pacos, con un mezcal de castilla y mi cerveza Santa Helodia, viendo los muros de cantera verde del convento de Santa Catarina, me sorprendí de pronto pensando así: “Voy a extrañar todo esto cuando yo ya no esté aquí”. Fue extraño, porque lo que normalmente pienso es que todo esto no va a durar mucho tiempo, y que es mejor que yo me vaya antes para no ver el declive y el fin del mundo que conocí y amé.

 

Carlos Tello Díaz
Investigador del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la UNAM.

Ensayo

Que el futuro se tarde en llegar

El presente es malo e incierto, pero esto no es novedoso. A determinada edad, para cualquiera con dos dedos de frente la palabra “hoy” vira en hartazgo, decepción y maledicencia, acaso por eso hace mucho me refugié en el pasado. Lo que me desvela y sorprende es la fuerte sensación de peligro, vivo y presente, del social, del grueso y violento, que vengo cargando. Quizá es lo que producen décadas del vicio de leer el pasado y de un indebido nomadismo entre Chicago, Ciudad de México y Barcelona. Me pueden los tres lugares, los tres pasados, quisiera que no, pero me pueden. No sé, pero temo, en serio, con un temor que sólo había aprendido, no sentido, al leer actores históricos hablando del fin de una u otra época de paz más o menos larga. Hace tiempo que no sé si me he dedicado a estudiar guerra y paz en el pasado por el presente o si hoy me puede tanto el presente por leer tantos peligros del pasado. No lo sé. Lo que sé es que mi miedo presente, tan cargado de lecciones de pasado, y mi obsesión por el pasado, tan viciado por mi temor presente, no me deja imaginar grandes futuros. Sabiendo las cosas horribles y complicadas, en México, Estados Unidos o España, no puedo dejar de pensar que serán mucho peores y, entonces, “posponer” se me ha vuelto un sinónimo aceptable de futuro.


Ilustración: Adrián Pérez

México, Estados Unidos y España, es una perogrullada decirlo, están a punto de dejar de ser lo que han sido por el último medio siglo. Sólo tengo la ilusión de que el aterrizaje sea lento y que no acabe con todo. Es poca, pero es ilusión. Porque los peligros son muchos y por segundo. En cualquier momento puede suceder un atentado terrorista importante en suelo estadounidense. Recuérdese: antes de 9/11, George Bush, le petit, no era nadie; después, fue el commander in chief del conmigo o enemigo. Con el tuitero mayor, Donald Trump, de commander in chief, el mundo estaría muy cerca de la perdición. Ahora bien, si en el futuro cercano Tump termina o no su mandato es secundario. El mal está hecho. De pasar, lo importante será el cómo. Irónicamente, Trump tiene que durar lo suficiente para que su salida dé para el desprestigio en grande de la política, los extremos de pureza e impureza, dando lugar a un gran acuerdo —sucio, complejo, inclusive feo, pero nada de simpleza ideológica o de mercado.

A su vez, en México los riesgos ya se materializaron hace tiempo. A como están las cosas, López Obrador o cualquiera no sería mucho peor que Peña Nieto o Trump. El verdadero peligro nacional ya lo tenemos: la violencia y el despanzurramiento del tejido político y social a nivel local y regional. Si la bola crece, el riesgo de seria inestabilidad y violencia desbordaría la simplicidad analítica que vamos manteniendo. Y el riesgo es muy mexicano y muy estadunidense; las consecuencias también.

¿Qué tiene que suceder para que los gobiernos mexicanos y estadounidenses enfrenten este tremendo riesgo conjunta, activa y urgentemente cual lo que es, un reto a la sobrevivencia mutua? No sé; en tanto, en Estados Unidos hablan de muros y de prepararse para expulsar la mexicanada que se les venga; en México el tema es la grilla mezquina de turno y la política de Estado frente a Estados Unidos se reduce a que el canciller es cuate del yerno de Trump. Lo peor es que la guerra es tuiteable, pero es invivible. La paz es vivible, pero ¿para qué tuitearla?

¿Y Cataluña, pàtria del meu cor? Ah, yo, historiador mala leche, confieso que tenía guardadas mis esperancitas en el medio de mi profundo descreimiento, y eran dos stories de presente que me ayudaban a enseñar el pasado como algo más que el reinado de “La ley de Herodes”. Eran la España post-1975 y la Unión Europea. Ahora, no comments. Imaginen la decepción. A mí las banderas, todas, me dan diarrea, miedo. Cataluña y España van entrando en el infierno y Mefisto —que es la historia sin conciencia de sí misma, en automático— se frota las manos.

Hoy parece que es normal que pocas sociedades aguanten 40 años de paz, prosperidad y crecimiento de derechos democráticos. Lo extraño es que no se amenaza tirar todo por la borda por la revolución de la igualdad o la del fin del capitalismo o por la democracia contra la dictadura. No. Se arriesga todo por banderas, porque unos quieren ser, bueno, pues lo que ya son: libres, prósperos, europeos, vamos, como son, pero en presentación “república catalana”; otros quieren ser ibídem, pero como comunidad autónoma del reino de España; otros quieren lo que ya tienen pero creen que Cataluña es España, otros ibídem pero que Cataluña es de España, otros ibídem pero que España roba a Cataluña. En fin, todos quieren lo que ya tienen, ese no es el problema; se trata de tentar al inconsciente ibérico —ese que no es otra cosa que caos y violencia— pues por “feelings, oh, oh, oh feelings…”.

Del futuro cercano espérese más de lo mismo. Es decir, à la recherche du temps perdu, Historia, la de siempre, here comes your old friend: Spain.

Del futuro, pues, espero que se tarde en llegar.

 

Mauricio Tenorio
Historiador. Samuel N. Harper Professor of History, The University of Chicago; profesor asociado en el CIDE. Autor, entre otros, de Maldita lengua (Madrid, La Huerta Grande, 2016); y ‘I Speak of the City’: Mexico City at the Turn of the Twentieth Century (Chicago, University of Chicago Press, 2012).

Ensayo

En el espejo de sus novelas

Si hemos de creer en las verdades que pregonan las novelas que se circunscriben a la llamada “literatura del narco”, el mañana mexicano tendrá el mismo rostro crispado del presente. Será el mismo, aunque es posible que contenga también mayores dosis de psicopatía.


Ilustración: Patricio Betteo

Como he renunciado a seguir los reportes policiacos de la prensa, mi trato con cierta franja de México se ha ceñido a sus novelas y sospecho que muchas de ellas mantienen una secreta dependencia con aquellos escaparates de carne descompuesta. En esa realidad de la ficción volcada hacia la exposición de la violencia, me he topado con un sujeto apodado Matagatos, quien después de abandonar el ejército y la policía se entretiene violando y descuartizando a los niños de su barrio en Ciudad Juárez. He oído a un matón sinaloense hablando abiertamente de su oficio y de la última mujer “que me tocaba bajar y cumplí”, mientras saborea dos tacos de carne asada. He visto el cadáver colgado de una anciana, con los ojos espantosamente abiertos y saltones y con un pedazo de lengua ya negra saliendo de la boca; y he visto a un sicario tomando la cabeza de su víctima entre las manos, como si quisiera absolverlo de sus pecados, y luego soltarle un rodillazo entre los ojos que lo dobla hacia atrás y le provoca convulsiones instantáneas. He sido testigo de cómo las madres de una ranchería cercana a Chilpancingo cavan agujeros a gran distancia de sus casas para ocultar ahí a sus hijas cada vez que a lo lejos divisan un convoy de camionetas negras. Insisto: son imágenes, son figuras, que me ha dado la novela mexicana desde hace ya quince años, no los fuegos de la nota roja.

Desde el mirador de la ficción —o desde la amonestación sociológica disfrazada de impulso narrativo—, se ve un México que avanza con paso resuelto hacia una suerte de feudalización. Ya padecimos las guerras civiles, ya tuvimos un renacimiento cultural, ya creímos disfrutar el milagro económico y ya experimentamos una crisis interminable. Ahora cursaremos una era que fue patrimonio exclusivo de Europa: nuestra propia Edad Media. Los anuncios están a la vista. México será un hatajo de pequeños Estados en manos de señores al frente de ejércitos que impondrán la ley del derecho de piso y la extorsión sobre cuerpos y almas. Esa Edad Media, sin embargo, no guardará parecido alguno con la versión encantada que han imaginado las series de televisión, mucho menos con aquella, la histórica, que vio florecer el pensamiento en abadías y monasterios. Si Michel Houellebecq ha previsto una Francia de velo y orgullosamente analfabeta, por qué no pensar a México a merced de señores que administren la violencia con una trivialidad casi macabra.

La feudalización del país traerá como consecuencia un clima permanente de guerra: el señor de Torreón hará lo posible por conquistar los dominios del señor de Fresnillo y éste los de Altamira. De modo que la violencia no solo seguirá prosperando sino que reforzará las complicidades con el negocio de las armas, siempre de la mano de los avances tecnológicos.

Vaya paradoja: en la Edad Media mexicana los señores tendrán acceso a los juguetes militares que podrían ser la aspiración industrial de un programador de videojuegos en California y con tal poder en sus manos resucitarán el tiempo en cual el género humano solo veía por la supervivencia. El talento será cuestión de hacer lo que el otro ha tardado en hacer.

En cuanto al centro, es decir, en cuanto a la Ciudad de México, la nueva urbanización prefigura ya el orden físico de las estructuras sociales de mañana. Si ahora las torres inexpugnables sirven de asiento y hogar a las grandes corporaciones y a las familias privilegiadas, qué podemos esperar una vez que el estado de guerra permanente en las periferias se convierta en una amenaza cegadora para un estilo de vida que hace ascos a un lumpenaje colérico que, a fuerza de brutalidad, gobierna vastos territorios. Fuera de esas torres, el paisaje ofrecerá la visión de hordas insatisfechas y hambrientas que siguen en pie solo en virtud del tamaño de su odio. El Rascacielos de J. G. Ballard, con su lógica estamentaria de carácter vertical y sus albercas y centros de recreo a los que aspiran las bandas de borrachos y delincuentes que invaden sus pasillos, parecerá una escenografía a la Walt Disney frente a la naturaleza insular de esas torres que, como una anomalía, se elevarán sobre la Ciudad de México.

Es posible suponer que el mañana ya está hoy.

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.

Ensayo

Una derrota vital

La pregunta que viene a mi mente parece sencilla de expresar: ¿existe todavía un país llamado México? Es una pregunta que puede responderse de una gran diversidad de maneras, mas ello no le resta oportunidad ni valor. Se trata de una pregunta que, sobre todo, expresa un desasosiego individual, el cuestionamiento de alguien que pone en duda la existencia de una entidad social o comunidad a la que desea pertenecer. Si una parte de mí es contundente cuando me dice que mi patria es la lengua en la que escribo, mis libros, mis amigos y las personas que he amado; otra, en cambio, insiste en darle un lugar a la tradición que me ha alimentado durante buena parte de la vida y al deseo de pertenecer a una tierra capaz de darme refugio. Un país o una tierra que se revele como el lugar en donde yo desearía morir. Estoy cierto de que existen preguntas que no deberían hacerse porque carecen de sentido y detonan, al ser exclamadas, los más extravagantes relatos o argumentos. Y, a pesar de ello, preguntarse o dudar de la existencia de un país denota en sí no sólo una coartada o trampa más del lenguaje o del afán humano de conocimiento, sino que, en esencia, devela una íntima desconfianza hacia el futuro que se aproxima.


Ilustración: Kathia Recio

No es verdad que el pesimista lleve ventaja a otros en relación a los asuntos humanos éticos más importantes. El hecho de que su gimnasia consista en un prepararse para lo que él considera un desastre inevitable —en este caso la ausencia de casa o país— no significa que sea incapaz de sufrir la tragedia, ni de que su vida se mantenga firme ante los accidentes fatídicos que él se empeña en aguardar con paciencia. Me anima el recordar la sentencia de Albert Camus, en La caída, cuando escribe: “Desgraciadamente después de cierta edad somos responsables de nuestro propio rostro”. Una sentencia de tal estatura alude a la responsabilidad individual y me invita a no culpar de mis penurias o de mi desaliento sólo a la desventura social. Sin embargo, el hecho de que un pesimista vea el mañana como la mera continuación de un agravio original no le impide llevar a cabo la crítica de su tiempo, ya sea por mera convicción u orgullo: a cierta edad un país también es responsable de su apariencia.

Ponerse los guantes aun ante la imposibilidad de ganar la batalla o de hacer germinar la tierra es un acto de pura voluntad. No miento un ápice cuando confieso que una zozobra amarga, acompañada de un serio escepticismo, me atrapa cuando intento imaginar para México un destino más amable. ¿Por qué? Veo poco probable el advenimiento o edificación de un futuro en el que la justicia —en todos sus órdenes—, la libertad individual y el bienestar social sean en verdad posibles. Es, claro, mi experiencia la que habla. No se puede juzgar desde ningún lugar, ya que no somos dioses ni poseemos la capacidad de salir completamente de nosotros mismos a la hora de criticar, de ofrecer juicios sobre el mundo, o de presentir la tragedia.

Permítanme describir algunas nociones que sepultan mi optimismo a la hora de pensar en un mejor futuro para México.

La globalización no es un humanismo, sino sólo un negocio sin fronteras. El concepto de democracia se ha erosionado a tal grado que deja de ser comprensión de la diferencia o del bien común —procuración del bienestar general— y se transforma en pretexto para continuar con la corrupción política y la anómala distribución de la riqueza.

Tampoco encuentro a una población de individuos reflexivos capaces de urdir comunidad; más bien veo, en su gran mayoría, a clientes, espectadores y atunes atrapados en redes que no fueron diseñadas por ellos, sino para ellos: el amansamiento y desaparición del individuo, de la conversación entre diferentes, impide que la noción de país tenga ya un sentido confiable. Sospecho que la representación pública o política tampoco posee en México un lugar o una coherencia reconocibles: los legisladores, señalaría David Hume, no están hoy al tanto de su importancia técnica en la creación de horizontes humanos respirables.

No he querido ofrecer aquí argumentos rebatibles, ni certezas carentes de fisuras. Algunos escritores debemos mantenernos lejos de los dogmas, de las soluciones únicas y dedicarnos a construir puentes entre el lenguaje y la experiencia individual; al fin y al cabo la figura o función del escritor comienza a nublarse en esta época poblada en general por seres domesticados y sin memoria.

Recuerdo que, cuando cursaba la preparatoria, un libro me lanzó de lleno a la literatura: Las buenas conciencias, de Carlos Fuentes. En el ocaso de la obra, el joven personaje y centro de la novela, Jaime Ceballos, es confrontado por un religioso que le pregunta si acaso el auto escarnio, la laceración continua o su incapacidad de perdonar el agravio, cambiarán en algo la naturaleza humana. Ya desde aquella lectura yo mismo presentía que la batalla social se hallaba perdida y que, no obstante, obtendría de esa derrota alguna clase de vitalidad, un impulso ciego para continuar en esta insólita búsqueda de un lugar habitable.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Ensayo

Ranuras

En tanto imaginado, me enfrento a un México roto. La idea de México ha perdido tracción emocional como referente simbólico capaz de imprimirle sentido y propósito al colectivo que denominamos “México”. Contribuyó a ello el desgaste progresivo del proyecto nacionalista de la posrevolución y su entierro final a manos del TLCAN. De esa invención compuesta por Diego Rivera y Vasconcelos, por la tríada PRI=EstadoMexicano=México, por definirnos en contraposición a los gringos, por María Félix y Pedro Infante que se resumía en lo de como México no hay dos. Los cerca de 30 años de medirnos contra un ideal imposible (Estados Unidos, Dinamarca, you name it) que no tiene nada que ver con lo que somos o pudiéramos ser, han contribuido mucho también a la fractura que nos recorre y al disgusto profundo que últimamente nos produce mirarnos al espejo.


Ilustración: Belén García Monroy

En lo tangible y cotidiano, experimento un país más desigual y descarnadamente injusto que nunca; uno escalofriantemente violento, y uno en el que el cinismo y la ceguera lateral se han vuelto epidémicos. Las élites mexicanas, como siempre, medrando con los activos y el trabajo de todos, sólo que ahora con voracidad inaudita y sin recato o nobleza alguna. Muchos de los ricos y las clases medias más acomodadas instalados en la frustración repetida de no vivir en el gabacho, mientras disfrutan las mieles de ejércitos de servidores de bajo costo y lamentan la “pérdida de valores” que vive el país. Las clases medias de a pie demandando legítimamente que sus impuestos se traduzcan en servicios públicos mínimamente funcionales, y, junto con amplios sectores sociales, asqueadas por la corrupción escandalosa y exenta ya, sobre todo, de cualquier pudor. Los pobres bregando cada minuto con las injusticias rampantes de un país que los celebra en leyes y discursos, al tiempo que los margina, pisotea y exprime sistemáticamente en cada trámite, en cada esquina, en cada día (o no) de raya o de quincena.

Veo a nuestros políticos enredados en un laberinto de complicidades insondable, hermanados por el único pacto que les queda y, simultáneamente, los inutiliza para trabajar por el bienestar colectivo: el de la impunidad. Un gobierno que opera correctamente en unos cuantos bolsones tecnocráticos, sobre todo para beneficio de una minoría con privilegios de vértigo. En lo general, sin embargo, veo un gobierno cuyo trabajo central consiste y ha consistido siempre en organizar la desigualdad orillado por la desconcentración del poder político, la hiperconcentración del poder económico y el desmadejamiento de las viejas estructuras corporativas y clientelares a enfocarse en la producción de gobernabilidad mínima (cada día más precaria y fragmentaria) a un costo en vidas y en recursos progresivamente mayor.

En suma, vivo hoy a México como una pirámide desgarrada que cercena posibilidades, talentos y potencias un día sí y otro también. En la cima: soberbia y negligencia; abajo: apuro y lucha por la supervivencia; y en el medio: frustración y enojo en aumento. En el conjunto: desamparo, pérdida de brújula y fibra moral, coraje contra lo que nos devuelve el espejo, angustia frente a un futuro incierto percibido como más allá de nuestro control, desperdicio a raudales de nuestras riquezas diversas y obstáculos insalvables para producir más y repartirlas mejor.

Atisbo o quiero atisbar posibilidades distintas en el horizonte.

Conjeturo en los abrazos continuos y apretados que nos damos, un país que se abraza. Quiero ver en esos abrazos entrañables una colectividad posible que se vertebra y deja de odiarse por no ser lo que no puede ser y por saberse (en el fuero íntimo) en falta mortal por cometer y permitir, a diario, tanta atrocidad y despropósito los unos para con los otros.

Imagino en la sonrisa cariñosa de la cajera de una farmacia un país en el que las mujeres no viven con miedo. Un país en el que los pobres y los ricos no sean, inevitablemente, herederos, respectivamente, de pobres y ricos. Un país en el que el hijo de la cajera consigue saber que lo que quiere ser en la vida es director de orquesta y logra hacerlo realidad.

Conjeturo en los chicos mexicanos que ganan cada vez más concursos internacionales de robótica un México potente, seguro, azotado y medio caótico que, en lugar de encadenar a cada a uno a su origen, se vuelve trampolín de muchos brazos para que todos sean lo que pueden ser con su puro empeño, creatividad y trabajo.

Entreveo en las fracturas al interior de la élite política y del enojo del sector privado más grande contra el gobierno actual ranuritas de oportunidad para un cambio de fondo. Para una transformación audaz, gradual y sostenida hacia un orden político, económico y social más incluyente y menos injusto. Para la construcción de un país en el que quepamos y podamos todos.

 

Blanca Heredia
Profesora-Investigadora del CIDE y coordinadora general del Programa Interdisciplinario sobre Política y Prácticas Educativas (PIPE).

Ensayo

Cambiar las reglas

Era mi tercera vuelta al Parque México, entre personas que corrían solidarias al grito de “cadena”, piquetes de ciudadanos que trabajaban codo a codo con militares en los edificios derrumbados, vecinos que miraban desolados las entradas bloqueadas de sus casas. Los sismos de 2017 y lo que dejaron constituyen una buena imagen del país. Esa suma en la que coexisten lo mejor y lo peor de nosotros, lo que nos une (la solidaridad, la familia, las emociones compartidas) y lo que nos distancia (la desconfianza, la corrupción, el privilegio). También nos reveló una nueva generación urbana que tomó las calles y encendió la esperanza.

El país de hoy es bien distinto de aquel en que nací hace poco más de medio siglo. Lo noto en el paisaje, en las ciudades, los supermercados, los cines y los omnipresentes celulares. Pero hay memorias que persisten: los puestos de tacos, el transporte público atestado, el rito del Día de las Madres y, sobre todo, esa terrible desigualdad que abofetea en cada esquina.

Ilustración: Adrián Pérez

Ciertamente hemos logrado mucho. Vivimos más, la escolaridad promedio es mayor, una buena parte de la población cuenta con seguridad social, hay más escuelas y universidades, los servicios básicos han crecido, el voto cuenta, muchas libertades se han expandido y la lista puede seguir. Vale la pena reconocerlo y valorarlo pues es el resultado del esfuerzo de generaciones.

Pero también sabemos que la pobreza persiste y la desigualdad se incrementa. Las promesas democráticas se esfumaron y vivimos, como muchos otros en el mundo, entre el desinterés por la política y el riesgo de la deriva autoritaria —la cual, por cierto, tiñe ya las prácticas de políticos de todos los colores—. Habrá que resistir.

México es el país de las promesas incumplidas. A veces creo que se parece a la selección nacional. Tenemos talento y condiciones. Pero algo siempre falla. Y lo que era posible se vuelve una nueva frustración. Repetimos el ciclo y no aprendemos.

Insistimos en nuestros errores. Pensamos al país como si fuera uno. Desde el centro se construyen remedios, derechos e instituciones que se quieren implementar igual en Chenalhó, Naucalpan y Rosarito. Seguimos sin reconocer la diversidad y las diferencias en capacidades. No entendemos que en buena parte del país subsisten fuertes resistencias a la modernidad.

Quizá esto explique en parte por qué a lo largo de las últimas décadas, aunque hemos incrementado significativamente la densidad institucional y multiplicado las reglas, estas siguen siendo para muchos un llamado a misa. Peor aún, muchas de ellas están cimentadas en la desconfianza, y son aplicadas con impericia por operadores insuficientemente entrenados en su lógica y sentido. El resultado es que las instituciones que deberían generar una gobernanza democrática acaban siendo capturadas por poderes e intereses locales. Y el cambio no acaba de producirse.

Probablemente el mejor ejemplo de lo anterior sean los esfuerzos, inútiles hasta ahora, para reducir corrupción e impunidad, dos de los males mayores de nuestra sociedad. El problema no es moral, sino el resultado de un entorno institucional que los favorece y les permite reproducirse. El reto es cómo modificar los incentivos y generar otros nuevos y distintos. Una parte de la ecuación consiste en reducir la tolerancia a esas conductas. Justo aquí radica una de las mayores posibilidades del cambio. Está en las nuevas generaciones, esas que salieron a las calles, que ven y entienden al mundo de manera distinta a nuestra mirada.

Así, tendríamos que cambiar el entorno y reconstruir el tejido social. Hacerlo implica rediseñar las reglas. Generar incentivos para que se cumplan y consecuencias para quien las rompa. Asegurar, en suma, que el Estado haga lo que tiene que hacer.

Pero esas reglas tendrán que ser facturadas con una lógica distinta. Habrá que alejarse del modelo prusiano de pautas rígidas y uniformes, y apostar en cambio por normas flexibles, dúctiles, adaptables, de aplicación gradual y progresiva. Normas capaces de inducir conductas en un entorno profundamente transformado por las nuevas tecnologías, en particular las de la información y la comunicación, que cambian ya nuestros modos de vida.

Sólo esas reglas servirán a estos jóvenes hijos del milenio. A este país que, como ellos, es inconforme, irreverente, tecnológico, participativo, inquieto, impaciente; que necesita el espacio y la flexibilidad que requiere la creatividad y la innovación. Ellos y las generaciones que siguen necesitan también una educación renovada, pues educar para el nuevo entorno significa algo muy distinto a lo que hacemos ahora.

El país de hoy es distinto y mejor al de hace algunas décadas. Está, ciertamente, lleno de contradicciones y paradojas. Pero son esos contrastes los que generan dinamismo y movimiento, los que dan alma al país e impiden la apatía de quien todo lo tiene.

 

Sergio López Ayllón
Director del CIDE.

Ensayo

Andar el país, la calle

La casa de mi infancia ya no existe; ese país, la sensación de libertad al caminar por un bosque, sin más temor que el de perderse, ya no son más. Ese pasado se hace presente, a ratos, como nostalgia, fantasiosa tal vez, ante una jacaranda en flor, un callejón en el Centro, un edificio arruinado.

Vivir un país es caminarlo, caminar sus calles, caminar una ciudad, la Ciudad de México, deambular por un parque, subir un cerro, admirar una laguna. México no es la Patria, ni sólo un país. Es un atardecer, el llano de Rulfo, la piedra aparente de Garro, un abismo y una desilusión. Colectivos y personas. Un presente extraño, un futuro incierto.


Ilustración: Pablo García

Hoy caminar la ciudad es mirar el piso, evitar baches o piedras, anhelando el silencio, una pausa para la contemplación, en un tiempo acotado por las sombras de la noche. Vivo en una ciudad hostil que a cada paso irrita. Zona gris, asfixiada de coches, que parece odiar los árboles y las huellas del pasado. Caminarla es enfrentar día a día la desigualdad, los rostros de la miseria, el cinismo de la corrupción, la obscenidad del lujo, la mediocridad. Es sentir la violencia: solapada, en la mirada perdida de unos jóvenes drogados a la salida del metro; hiriente, en la palabra degradada y soez; cruda, en las portadas de los diarios, en las mil historias de violaciones y asesinatos.

Semejante a la capital, México es un país de contrastes, que me parece perderse en un presente sin visión de futuro. De espaldas a la historia, el discurso oficial niega la realidad, los gobernantes viven en un limbo dorado; la sociedad se polariza en torno a pleitos de poder coyunturales, o se paraliza de miedo en las zonas de silencio donde se ensaña la violencia, o se niega, por miedo, a reconocerse en la desgracia de los otros, o se afana por sobrevivir pese a la precariedad. O, harta, se moviliza en busca de un cambio, y avanza pero no logra unirse con otros para avanzar más. El miedo, el protagonismo, el peso de la necesidad, la falta de costumbre del diálogo o, de nuevo, la violencia, obstaculizan o impiden el paso.

Reconocer esa realidad, aunque existan facetas más luminosas, importa. Vivir en un país donde, desde hace décadas, se mata vilmente a mujeres y no pasa nada, donde se pierden millones de talentos potenciales por la pésima educación y la desigualdad, donde se juega con el hambre de millones, es cargar —se quiera o no— con una deuda ética. Aplaudir los esfuerzos heroicos ante la desgracia o la resistencia ante el dolor y la represión, es reconocer el valor de unos cuantos o de muchos. Pero quizá deberíamos preguntarnos por qué parece normal vivir en estado de emergencia, por qué no hemos construido las condiciones para que esa energía creativa, solidaria, se despliegue en arte, conocimiento, bienestar, en acciones colectivas y personales que enriquezcan la política y la convivencia social, que nos permitan a todas y todos caminar y crear en paz.

¿Qué futuro nos espera? Si nada cambia, un país más miserable, una ciudad inhabitable, un infierno. Temo que el 2018 traiga más polarización, que el diálogo sea más y más difícil, que la palabra se siga vaciando de sentido en el discurso oficial y social, que la violencia extrema que azota a muchas regiones ya, cubra todo el país, que la imposibilidad de respirar y pensar en mi ciudad acabe por expulsarme.

Por espíritu de sobrevivencia, o rebeldía, sin embargo, quiero creer que el porvenir puede ser otro. La historia no está en el discurso oficial ni sólo en los actos de corrupción y barbarie. Pienso en las madres de Ciudad Juárez y Chimalhuacán, en las familias de desaparecidos que siguen buscando a sus hijas e hijos. Ellas hacen hoy un trabajo que nos toca a todos: buscar justicia y verdad. Resisten así a la inercia de la degradación. Pienso en las jóvenes, hartas de la discriminación y el acoso machista, que han tomado la calle y me digo que en ellas está algo de esperanza para el porvenir. Pienso en las comunidades indígenas que defienden sus bosques y aguas y resisten así al falso progreso. Pienso en quienes denuncian y documentan: con imágenes y palabras resisten a la mentira. Pienso en quienes crean belleza o cultivan saberes varios y nos abren ventanas a horizontes inesperados.

No puedo imaginarme un México mejor mañana si no se mantienen las resistencias individuales y sociales, si no logramos transformar la educación desde el grado cero, si no frenamos la depredación de personas y medio ambiente, si no reconocemos a los todavía “olvidados” como iguales con experiencias valiosas.

Me pregunto cómo hacerlo. La verdad, no tengo más respuesta que apostar por el diálogo y el sentido crítico, por la palabra y la acción conjunta. Y seguir caminando.

 

Lucía Melgar
Crítica cultural y profesora.

Ensayo

Vuelta a la cuestión social

El topos del discurso público mexicano de los últimos 30 años ha sido la modernización. Ésta tendría su fundamento en la economía para después ocuparse del sistema político, bajo la premisa liberal de que la propiedad privada es condición de la democracia, la cual debería procesar los disensos surgidos en la concurrencia mercantil. Ajustado el mecanismo que articula la economía con la política al entorno de la globalización, después tocaría el turno a otros renglones de la realidad nacional.

Pero esto no ocurrió, tanto por las inconsistencias intrínsecas del proyecto y los intereses particulares de quienes lo llevaron a cabo, como porque la inserción mexicana en la globalización desató fuerzas que no estaban contempladas. Con la guerra interna las políticas de seguridad relegaron la atención a los rubros pendientes o, más precisamente, obedecieron a la agenda oculta de la expansión del capital hacia nuevos dominios. Y la necropolítica resultó más eficaz para distribuir el poder que una democracia onerosa y disfuncional.


Ilustración: Daniela Martín del Campo

La gran ausente del discurso público es la cuestión social. Ni la tecnocracia neoliberal ni la derecha en el poder asumieron el locus específico de la izquierda. Incluso ésta, en su expresión obradorista, la diluyó en tópicos procedentes del cuerpo doctrinal de sus adversarios. Pienso en la corrupción, caballo de batalla del panismo contra el régimen priista antes de la alternancia. Tampoco la cuestión social quedó colocada en la primera fila de las reformas estructurales consideradas en el Pacto por México (educativa, energética y fiscal), la única que finalmente se concretó. Aquélla, junto con la reforma del Estado, deberían ser temas capitales e impostergables en el futuro próximo, aunque no hay ninguna certeza de que lo serán dada la descomposición de la política y la reducida pluralidad del debate público nacional.

Con respecto de la cuestión social, es imperativo tomar medidas para disminuir la desigualdad sin dejar de atender la pobreza y la pobreza extrema. En los últimos decenios no solamente la economía creció insuficientemente —ni siquiera en todos los sectores—, sino que se ensanchó la brecha social de manera considerable. La condición para revertirla es la intervención estatal como agente de la redistribución del ingreso, esto es, un Estado que ejerza sus competencias y no que las minimice. La desigualdad social, sabemos, incrementa la violencia, por lo que reducirla permitiría desactivar una de las fuentes de alimentación de la economía criminal ahora que ésta filtró hacia la médula de la sociedad, disponiendo de un número ilimitado de brazos para su realización. Ello supone políticas integrales hacia la juventud que incluyan la educación, el empleo, la cultura y el esparcimiento. Requiere también más impuestos, emplearlos honesta y racionalmente, y aumentar la carga fiscal a las rentas más altas.

La redistribución del ingreso debería corresponderse con la redistribución del poder. En México la concentración de ambos es extrema, así como la marginación de las mayorías con respecto de las decisiones acerca de lo público. La interlocución entre gobernantes y gobernados, representantes y representados, es defectuosa, por no decir inexistente, no obstante que quienes detentan cargos periódicamente “informan” a los ciudadanos en actos meramente propagandísticos en los cuales no hay ningún diálogo efectivo. No sólo esto, también habría que poner en marcha mecanismos de participación directa de la población en los asuntos atingentes, dotándolos incluso de capacidad de decisión con respecto al manejo de los recursos respectivos. La solidaridad y compromiso de la población mostrada en los terremotos podría encausarse bajo estas formas a la hora de la reconstrucción.

Además de desigual, nuestra sociedad es radicalmente injusta e inaceptablemente racista. Desmontar la maquinaria de dominación construida desde hace siglos constituye una tarea mayúscula, pero no por eso menos urgente. La candidatura indígena de la próxima elección presidencial, con nulas posibilidades de triunfo, bien podría llevar a una reflexión seria acerca de la situación de los pueblos originarios de nuestro país, y también a formular propuestas honestas y viables para solventar sus demandas capitales. No cabe perder la oportunidad de hacerlo ahora que los indígenas han potenciado una organización nacional que los representa: es preferible tener un interlocutor a no tener ninguno si de democracia hablamos.

La guerra contra las drogas afecta a toda la sociedad, pero sin duda concentra los daños en los pobres (habilitados como productores o sicarios) que, de por sí, padecen la desigualdad social, la injusticia, la exclusión y el racismo. Si una decisión soberana reclama el país en el futuro inmediato es abandonar esa guerra perdida que no ha cumplido en 11 años los propósitos explícitos con que la inició un gobierno conservador e irresponsable con una legitimidad cuestionada. Esperemos a que los Estados Unidos haga su parte antes de continuar sangrando a la nación y de convertir a los pobres en sus principales víctimas.

 

Carlos Illades
Historiador. Profesor titular del Departamento de Humanidades de la UAM-Cuajimalpa. Sus libros más recientes son: Camaradas. Nueva historia del comunismo en México, El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México e Historia del marxismo en México.

Ensayo

Fragmentos a su imán

Querida hermana:

Como últimamente me has preguntado varias veces por qué no regreso a vivir a España, voy a explicarte algunos de mis motivos para quedarme en México. Tienes razón sobre la violencia galopante de estos últimos años, que vivís más acrecentada con las noticias y las series de narcos que pasan en España. Tienes razón también en que México es un ladrón que me ha escamoteado la historia que pude haber tenido en nuestra tierra y que ahora sólo la frecuento de manera intermitente, porque no me puedo despegar del todo; pero no sólo me ha robado, también me ha regalado una buena parte de mi existencia, así es que es ladrón, pero también es el “Dador de la vida”, como diría Netzahualcóyotl, el magnífico poeta de Texcoco, cuya estatua le regaló Coyoacán a Cáceres hace ya 27 años y a la que mis ocurrentes paisanos nombran irrespetuosamente “el Indio de la capa”.


Ilustración: Oldemar González

Entiendo tu preocupación por mí, es muy legítima: Has visto las espeluznantes imágenes de la ciudad herida y humeante, de tantas zonas de derrumbe y derrumbadas; cada vez que te cuento las últimas noticias, son aún más desalentadoras, oprimentes y pavorosas que las que te conté la semana pasada. ¿Te dije que tres de mis amigas acaban en estos últimos días de sufrir asaltos en sus casas donde les robaron todos sus documentos, además de pertenencias valiosas? Sí, ya sé que estarás diciendo: “México es el país del robo, de la impunidad, del crimen”, eso lo repetimos constantemente aquí en pasillos, calles y fiestas ad nauseam. Y es absolutamente cierto.

Recuerdas que el año pasado me robaron mi coche y no podías creer que en la Ciudad de México existiera la Real Universidad de Santo Domingo, donde se preparan los catedráticos cacos y falsificadores, pero lo más espeluznante, a lo que no dabas crédito, es que la cátedra de falsificación fuera conocida, visitada y abiertamente permitida por la autoridad. No creías que se hicieran facturas, credenciales de elector, cheques falsos y miles de documentos destinados al fraude y al robo. Me decías, “tienes que ir a denunciarlo”. Sí, claro, cada vez que algún ciudadano es víctima de esta surrealista universidad del crimen, acudimos al Ministerio Público, sin mucho ánimo ni esperanza alguna de recobrar lo robado, esperando en salas inhóspitas, con colas interminables, sin posibilidad de ir ni a buscar agua y luego te espera la burla del policía en turno: pero ¿cómo no vio que este cheque era falso?, ¿no vio estos sellos?, ¿no tocó el gramaje del papel? Mire, señor, yo detecto las faltas de ortografía de mis alumnos o las incoherencias de sus trabajos, pero no sé cuánto pesa un cheque, le contesté. Y sin embargo, aquí seguimos en la brecha del día a día, sobreviviendo a tumbos, en una ciudad gigantesca, contaminada e inabarcable y ahora, para colmo, sin la seguridad de Uber o Cabify. Ya sabes que lo bueno no suele durar mucho.

Pero yo me reconcilio con México cuando veo vuestra admiración cada vez que me visitáis. Es la misma que experimentaban los cronistas de Indias cuando describían una piña o una planta de maguey y rellenaban párrafos y párrafos con las propiedades útiles o maravillosas de animales, frutas y árboles. Cuando vinisteis toda la familia en primavera os encantaba todo lo que veíais: las alfombras de jacarandas, los colores de las buganvilias de Tepoztlán, las artesanías de Oaxaca, las casas de San Miguel Allende, las calles de Taxco, las playas, los tacos, el guacamole y el buen trato de los mexicanos. Os sentíais como en casa, me decías, mejor que en cualquier otro país. Me consta que lleváis varios meses hablando de México, mostrando las fotos de los lugares mágicos que conocisteis y aún os quedan ganas de volver y estáis pensando en una siguiente ocasión, a pesar de la inseguridad y los terremotos.

Pues eso, México tiene un imán poderoso que me atrae, me reconcilia y me conforta cuando encuentro un alumno que me reconoce en una presentación o en una librería y me agradece lo que aprendió en mis clases; cuando me llaman las amigas para ir a comer a San Ángel, visitamos la iglesia de San Jacinto, su pacífico patio y compramos artesanías en la plaza; cuando saco mis zapatos de taconear y bailo flamenco recordando a España; cuando voy a un archivo y descubro más sobre la ciudad en la que vivo por elección y sobre la que escribí para pagarle una especie de tributo o de agradecimiento; cuando veo las colinas de Tepoztlán o los atardeceres en el Cerro del Enanito.

No puedo volver, hermana, no puedo dejar atrás todo lo que soy, porque aquí me he hecho, aunque, a veces, sienta que no tengo identidad. Aquí están mi casa, mis libros, mis flores, mis nostalgias, y aquí estoy escribiendo mi historia y viendo que mi hijo, ahora más cerca, está escribiendo también la suya.

 

María José Rodilla León
Investigadora y profesora de la UAM-Iztapalapa. Su último libro es: “Aquestas son de México las señas”. La capital de la Nueva España según los cronistas, poetas y viajeros (siglos XVI al XVIII).

Ensayo

Un país misoneísta

Un país violento, inseguro, desorganizado, sucio, ruidoso, corrupto, contaminado, maleducado. La lista de epítetos negativos podría continuar con largueza, casi hasta completar el límite de palabras de este breve artículo. Los malestares de la vida en México son evidentes, aunque también es un lugar donde los privilegiados podemos tener un nivel de vida difícil de alcanzar en lares más desarrollados: casas de tamaños impensables en cualquier ciudad europea para el mismo nivel de ingreso, trabajadores del hogar de tiempo completo, choferes, jardineros, seguridad privada para paliar el desastre de los cuerpos estatales supuestamente encargados de dar ese servicio, cotos cerrados donde refugiarnos del horror urbano que nos rodea, todo ello basado en la abismal diferencia de ingresos que escinde a la sociedad mexicana.

Mi generación comenzó su andadura adulta precisamente hace 40 años, cuando aparecía el primer número de nexos, con la expectativa del inminente final del régimen del PRI y el arribo de la democracia, promesa pendiente en México al menos desde la Constitución de 1857. La reforma política de 1977 y su correlato electoral de 1979, la insurrección civil contra el fraude electoral de 1986 en Chihuahua, la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas y el cataclismo electoral que le siguió, el levantamiento zapatista de 1994 y el asesinato de Colosio, el pacto de 1996 y, finalmente, la elección de 2000, fueron los hitos que marcaron a aquellos de mi cuerda: los involucrados en la política de izquierda, pero que nunca nos sentimos identificados con los desvaríos revolucionarios que fascinaron, de una u otra manera, a los de la generación precedente, la de los soixante–huitards locales.

Ilustración: Jonathan Rosas

La democracia, entendida como el punto de partida que desataría todos los nudos del atraso nacional, atribuidos al maléfico y corrompido monopolio del PRI, y que permitiría la destrucción creativa necesaria para, por fin, convertir a México en un país moderno en todos sus ámbitos y no únicamente en algunos nichos, convivientes con el atraso y la pobreza predominantes. La democracia a secas, para después colgarle los adjetivos, por lo que lo central era arrebatarle el control electoral al PRI.

Diecisiete años después de la derrota del ogro mitológico, con elecciones cuestionadas ya solo por inercia, pero donde los votos cuentan y se cuentan y el poder se distribuye entre tres partidos, resulta que el monstruo del atraso tiene muchas más cabezas de las que imaginábamos con cierta ingenuidad, pero sobre todo tiene profundas raíces que llegan hasta el estrato virreinal de nuestra historia. Las maneras de hacer las cosas, las improntas culturalmente transmitidas, con sus formas estereotipadas de reacción frente a los intentos de cambio, los modos del orden que no se corresponden con las reglas formales y se reproducen pertinazmente como soluciones a los retos de la cooperación y la competencia en una sociedad desigual y jerárquica, han mostrado una enorme resistencia al cambio, reflejo de una sociedad misoneísta, profundamente desconfiada respecto a la ley y el orden estatales.

El PRI ya no es monopolio, pero el Estado mexicano del final de 2017 sigue siendo la misma organización corrupta e ineficiente y los partidos del régimen del 96 compiten por apropiarse de manera patrimonial de sus distintos trozos, aunque sea solo temporalmente. La pluralidad electoral no trajo consigo la reforma del Estado para hacerlo relativamente autónomo de la política, para hacerlo un cuerpo profesional a prueba de captura clientelista. Tampoco trajo el tripartidismo hoy en crisis la construcción de un orden legal aceptado socialmente y eficaz, no negociable, con derechos generales y protecciones no sujetas a compra por parte de los más poderosos y ricos.

El México del final de la segunda década del siglo XXI, aunque demográficamente distinto del de hace cuatro décadas cumplidas, sigue siendo un país de privilegios, de intermediaciones clientelares donde los políticos medran gracias a la miseria de sus clientelas, a las que les consiguen algunos servicios del Estado, que deberían ser derechos universales, o alguna dádiva a cambio de su apoyo para capturar alguna parcela de rentas estatales. Lo mismo que con el monopolio del PRI, pero ahora sujeto a la rebatiña entre tres.

Con todo, el cambio tecnológico, la baja de los costos de información y las condiciones de la competencia mundial alimentan hoy fuerzas transformadoras. Una sociedad un poquito más organizada, que demanda cambios y presiona a los políticos; jóvenes que como los de mi generación hace cuatro décadas, quieren cambiar las cosas, se movilizan y proponen y han aprendido que no todo se agota en contar con elecciones libres.

El México de hoy no es igual al de hace 40 años. Sin duda es más libre y más abierto al mundo. Cambio ha habido, aunque sea en los márgenes. Dentro de cuatro décadas es muy probable que las transformaciones sean mayores, sobre todo impulsadas por la revolución tecnológica; sin embargo, desde el pesimismo, estoy seguro que aún serán reconocibles las trazas de las contrahechuras de hoy, que son las mismas de siempre.

 

Jorge Javier Romero Vadillo
Profesor titular de la UAM Xochimilco y profesor visitante del Programa de Política de Drogas del CIDE.

Ensayo

Tomarse en serio la educación

En México no ha habido aún un solo momento en el que ni gobierno ni sociedad en general crean genuinamente en la educación como un valor en sí mismo, más allá de la promesa de movilidad social.

Durante el siglo XIX no habían suficientes recursos para financiar un sistema de educación público eficaz, cierto. Habían preocupaciones por conseguir un alfabetismo mínimo, debido al reconocimiento de que el ejercicio democrático requiere de la diseminación de la información. Cierto también. Pero esa motivación, es en primer lugar política y no tanto, digamos, ontológica: preocupaba que la gente supiera leer, pero no que en realidad leyera.

Ilustración: Izak Peón

La Iglesia católica de entonces no fomentaba la lectura, y las iglesias protestantes, que sí lo hacían, eran minúsculas y enfrentaban un rechazo social que llegaba a ser violento. En el espectro político, los socialistas, los anarquistas, y los anarcosindicalistas fomentaban la lectura y creían en ella. A veces los liberales y los conservadores también. El gobierno ciertamente manifestaba algunas preocupaciones en torno de la educación, pero demasiadas de ellas tenían que ver con mostrarle al mundo que México evolucionaba, que había civilización en México. Esa motivación no es del todo mala, pero sí revela cierta falta de convicción de que la educación es una fuerza emancipadora indispensable.

 Así, mientras Thomas Edison patentaba sus miles de inventos, el gobierno de México se abocaba a construirle palacios a una civilización deseada: palacios de justicia, palacios a la reforma penitenciaria, palacios de bellas artes… Amo a la Ciudad de los Palacios, y estaría muy dispuesto a defender, si no a todos, al menos a la gran mayoría de ellos, pero hay un dejo en aquella grandilocuencia palaciega de “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. Los palacios sirvieron para anunciar y recordar que existen una serie de temas dignos de inversiones colectivas, pero no hubo, me parece, un compromiso amplio con esos ideales.

Y el problema no es sólo del gobierno, sino también de la sociedad, y muy principalmente de nuestras elites. Recuerdo alguna vez, hace casi 30 años, una discusión en una mesa de egresados de Stanford, a un ex compañero de generación, economista o ingeniero (no recuerdo), alegando que México no debía invertir en universidades, porque no serían nunca competitivas con las de Estados Unidos. Que era mejor invertir en educación primaria y en la formación de torneros. Le pregunté si a él no le gustaba escuchar a Mozart. Respondió que sí. Le pregunté si no le parecía importante que los taxistas pudieran acceder a la educación musical requerida para que también lo pudieran escuchar. No me respondió.

Cuando hacía trabajo de campo para mi tesis doctoral, viví en Ciudad Valles, San Luis Potosí, que era una ciudad pequeña con una élite ranchera y comercial muy rica. No había una librería en el pueblo, sino una papelería donde se vendían un puñadito de libros, junto a regalitos de mercería. Ahí veías llegar por las tardes a unos bebesaurios de 15 o 16 años en uniforme escolar, que venían a comprar estampitas para hacer sus tareas, mientras chacoteaban entre sí. (Óigase en voz de adolescente): “¿Me da una de Oceanía, una de Melchor Ocampo, y una de la Batalla de Waterloo?”.

Las estampas eran bonitas —una versión industrial de los retablos de las iglesias—, pero ¿qué educación había ahí, más allá de aprender a pegarlas en un cuaderno, y a copiar el reverso? Hacer la tarea con esas lindas estampas era un placer no muy distinto a llenar formularios curriculares para el Conacyt.

La Revolución trajo una indispensable transformación en la educación pública — importantísima— pero tendió demasiadas veces a justificarla toda con la promesa de la movilidad social, y no como un valor intrínseco, humano. Y la idea de que todo el problema surge de la pobreza tampoco es exacta. Los judíos de Rusia y de Polonia del siglo XVIII no creían demasiado en la ciencia; su amor al conocimiento no se había volcado aún a lo mundano, como sucedería en el siglo XIX. Vivían en comunidades llenas de miseria, pero incluso los pobres intentaban estudiar la Torah y el Talmud. Creían que la Verdad estaba cifrada en cada letra de la escritura.

No había en esos pueblos más librerías de las que yo encontré en Ciudad Valles. Pero el lujo de los rancheros de Valles que conocí en 1984 no era encontrar la Verdad cifrada en algún texto, sino tener televisión de satélite con 250 canales para ver el Playboy Channel, que entendían aunque estuviera en inglés, y jugar cartas. Lo más que esperaban del sistema educativo era presumirle su camioneta a alguna maestra. Pocos creían en la educación como un valor generativo.

Pero estamos ya en el alba de la cuarta revolución industrial. En diez o quince años, los robots y la inteligencia artificial habrán diezmado no sólo lo poco que viene quedando del proletariado industrial, sino también una buena parte de los trabajos de escritorio que hoy nos emplean. Se va a necesitar educación para cocinar, para manejar, para el empleo y para el desempleo, para la política y para inventar nuevas artes de vivir.

El México que yo quiero es un país en que exista un sólo consenso amplio, y es que la educación importa de verdad.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

Ensayo

Deseo y oscuridad

Me burlé todas las veces que pude de mi padre cuando me decía que vendría una hecatombe. Le encantaba esa palabra y la usaba para pequeñas desgracias y grandes desdichas.

—Cada día, los periódicos están repletos de catástrofes —no necesitamos esperar.

—Esto será una hecatombe —me decía convencido de su conocimiento de la vida mexicana. Fue un obsesivo lector de periódicos, todo su conocimiento político venía de las páginas impresas de los diarios. Ni un día de su vida dejó pasar sin que el papel impreso cubriera la mesa del desayuno.


Ilustración: Alberto Caudillo

Mis padres murieron en la alta vejez, cuando empezó la hecatombe. Recuerdo cuerpos colgados de puentes, una intervención militar en Michoacán, tiroteos, cabezas que rodaban por la calles, venganzas indecibles entre criminales, el presidente Calderón asediado por López Obrador y en busca de un mendrugo de legitimidad.

Nadie sabe leer el presente, no supe ver que mi familia se había roto para siempre y el país también. El futuro de esos días lo ocuparon la violencia que se esparcía por el territorio nacional y mi soledad, o mi corazón bajo la tormenta, en busca de algo que ignoraba y que quizás aún ignoro.

Luego murió mi hermano mayor y una sombra se hizo cargo de mi vida. Desde luego tengo otra familia de felicidades sin pausa, pero la otra, la de mi infancia, se había ido para siempre. Una hermana fuera del país y otras dos ocupadas como yo en sus vidas mientras pasan años. ¿Quién dijo que la familia es la patria del corazón? Me quedé entonces sin la patria de mi niñez mientras la otra se bañaba en sangre. La hecatombe.

En mis años de juventud nunca pensé que vería una guerra civil, o como quiera usted llamarle a la carnicería que ha ocupado nuestro tiempo azorado. Dicen los que saben que sumados los muertos del sexenio de Fox, más los de Calderón y de Peña Nieto, rebasan los 300 mil. Con todo lo que eso trae consigo: secuestro, tortura, robos, exacciones, desplazamiento, dolor, y tragedia. Estoy convencido de que el gran error del México moderno ha sido la guerra contra el narco: la balacera, la masacre, la expansión de las bandas asesinas por todo el país y no la reducción del mal que se combate. Si México pudiera regresar a los niveles de violencia del año de 2005, creo que la vida mejoraría en todos los sentidos y nos permitiría volver sobre nosotros mismos. Sin paz, el futuro es imposible.

La otra oscuridad no tiene arreglo, salvo que una noche, convocados por astros extraños, vuelvan mis muertos y hablemos a la luz de la luna:

—Tuviste razón. Desde que te fuiste esto se convirtió en una balacera sin sentido.

—Te lo dije, Rafa, lo tenías frente a los ojos, pero siempre has sido incrédulo.

—No es bueno ser tan descreído —intervendría mi madre—: ¿te hiciste tus análisis, tu cistoscopía?

—Me los hice, sí —respondería a las sombras hamletianas de mi vida.

—¿Qué has leído en estos años? —me preguntaría mi hermano, ansioso y queriendo saber del mundo de los vivos.

—Apareció el Inventario de Pacheco—: murió un año después de ti; ni un año, sólo seis meses más tarde.

Pensar en el porvenir es abrirle la puerta a los anhelos. Tengo entonces para mañana solamente un puñado de deseos. Lo escribió Tabucchi: la vida es una cita, pero nosotros no sabemos el quién, el cómo, el cuándo, el dónde.

 

Rafael Pérez Gay
Escritor y periodista. Su más reciente libro es Arde, memoria. Antología personal.

Ensayo

Espolvoreado de emes

“Estás bendito entre las mujeres” me dije bajo la regadera por la situación en mi casa. “Y conste que te faltan dos”. Me faltaban Cheny, la mujer que trabaja con nosotros desde hace más de veinte años y que llegó a la casa siendo muchacha, y la señora María Mercado, quien fue nana de mi esposa María Pía y desde hace siglos nos cocina dos veces por semana. Pero a la señora María no le tocaba turno y por su parte Cheny había ido a su pueblo de Oaxaca para los Días de Muertos; al escribir estas líneas sigue ahí ya que se rompió un brazo en una caída y necesita atenderse donde fue operada, en Huajuapan de León, la ciudad con hospital más cercana al pueblo.

Ilustración: José María Martínez

“Bendito entre las mujeres” quería decir entonces que en la casa, y como mi hijo Felipe dejó hace meses de vivir en ella, estaban por orden de edades una hermana de María Pía damnificada luego de que su departamento en la colonia Narvarte sufrió daños durante el terremoto 19S, y lleva desde la fecha viviendo con nosotros. Y estaban la más vieja y la habitualmente más joven de la casa; digo habitualmente porque hace meses anda en la familia una perrita schnauzer que ahora tiene año y tantos de edad y que llegó a nosotros damnificada de algún modo: la más joven de la casa la trajo porque parientes de su novio tenían ya una perrita, que parió, y en el edificio donde viven sólo admiten una mascota por departamento. La perrita llegó pese a los gruñidos del más viejo de la casa quien ahora confiesa: bastó que ella desde un principio se le quedara viendo y ladeara la cabeza intrigada y tiernamente para derretirlo o hacerle deponer toda objeción.

“Bendito” pues “entre las mujeres” pero con una singularidad. Todas ellas tienen nombres empezados en eme: mi cuñada Malú (María Guadalupe), María Pía, mi hija Mercedes y la perrita Mika que así nos llegó bautizada. Ahora bien: algo que bajo la regadera suelo hacer cada vez más es decirme fragmentos de “La suave patria” de Ramón López Velarde. Y cada vez confirmo que una de sus definiciones podría ser esta: es un poema de cientocincuenta y pico versos pero con infinidad e infinitud de mujeres, al grado de que la única vez que en él aparece la palabra México aparece sin más en femenino: mexicana. Un poema igualmente surcado de emes; por ejemplo:

Como la sota moza, patria mía,
en piso de metal vives al día,
de milagro, como la lotería.

Se ha interpretado la estrofa como la paradoja de una patria que pisa suelo rico y sin embargo vive al acaso; lo primero que me viene con ella, no sé si por haberla visto o si lo invento, es en cambio la imagen literal de la baraja española donde en efecto la sota moza pisa un suelo al que casualmente el ilustrador le dio un reluciente color blanquiazul —casi, en fin, metálico al ojo. Veo antes que nada un suelo resbaladizo y lo asocio con algo que escribí hace años: cómo me podían las mujeres que se caen o se accidentan un día sí y otro también, hasta querer arroparlas y consolarlas o encorazonarlas lopezvelardeanamente. Y es que ahora, como dije, tengo a Cheny con un brazo roto en su pueblo oaxaqueño. Añado que estaba programada una cirugía de rodilla el pasado 14 de noviembre para mi hija Mercedes por una caída que tuvo hace tiempo; operación que hubo de posponerse al año entrante porque no le dieron incapacidad en el hospital público donde la doctora recibida por la UNAM Mercedes Aguilar Soto cumple su internado. Al tiempo, la maestra en biología María de la Asunción Pía Soto Álvarez, quien aparte de ser profesora e investigadora en la UAM Iztapalapa lleva años trabajando para evitar la extinción del lobo mexicano, sufrió hace dos semanas un derrame de líquido sinovial en su rodilla derecha (ya operada hace once años): meses después de haberse caído en una banqueta minada de bordes cementeros y excrecencias de varillas y tubos luego de que retiran incompletos postes y “bolardos” de la colonia Condesa, y dejan trampas invisibles a los pies. María Pía tiene operación programada para el 30 de noviembre. Mi cifra y mi clave están en el modo en que ellas se levantan luego de las caídas y los accidentes.

Este es mi presente y mi futuro. Al dar cuenta de ambos había de ser así, con un texto espolvoreado de emes. Con eme de mujer y de México y de mañana. (Para Kathya Millares, con su cabestrillo luego de reciente caída: “…con tu mirada de mestiza pones/ la inmensidad sobre los corazones”. Ramón López Velarde, “La suave patria”.)

Noviembre 20, 2017.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta. En 2017 apareció su plaquette De varias formas.

Ensayo

Ayer y ahora

No, no vivo en el México que me gustaría vivir. Claro, puedo imaginar uno mucho peor pero también uno mucho mejor. Uno en el que no vivo por falta de visión de Estado, porque no hay voluntad política y, también, por la indiferencia y falta de participación ciudadana.

Vivo en un México mejor que el de hace 40 años cuando tuve el primer número de nexos en las manos. Entonces se hablaba de la atonía, de la inflación rampante, de la dosis de Estado y mercado a la que se debería aspirar, del desequilibrio presupuestal, de la guerrilla, del enfrentamiento empresarios-gobierno, del proteccionismo comercial, de las luchas obreras, de la hegemonía del PRI, del control gubernamental sobre las elecciones, de los excesos de un presidencialismo desbocado, de la ficción en la división de poderes y la existencia de contrapesos al Poder Ejecutivo, de la inaccesibilidad a la información pública. Hoy estos problemas no están en las páginas de nexos o lo están en menor medida porque la realidad cambió.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Las variables macroeconómicas están más o menos en orden, la guerrilla no está presente como a finales de los años 70, el PRI dejó de ser hegemónico, transitamos a la democracia, se produjo la alternancia en la silla presidencial, la división de poderes es una realidad, el enfrentamiento gobierno-empresarios dio lugar a un entendimiento razonable aunque no ayuno de conflictos, las actividades del Congreso y de la Corte cobraron relevancia, nos abrimos al mundo.

Pero muchos otros problemas sobre los que ya se discutía entonces y frente a los cuales los autores de nexos han ofrecido propuestas de manera consistente y reiterada, siguen entre nosotros. La desigualdad y la pobreza, el salario insuficiente, el crecimiento mediocre, el gasto improductivo, la concentración de los mercados, los abundantes privilegios de unos cuantos, la mala calidad de la educación, los abusos de la clase política, la falta de justicia, la violación a los derechos humanos, la dependencia de los medios de la publicidad oficial. En todos estos hay pocos avances y algunos retrocesos después de cuatro décadas.

A ellos se agregaron otros. La disfuncionalidad del sistema político, los gobiernos divididos, el federalismo de utilería y gobernado por auténticos “virreyes”, la corrupción y la impunidad, la violencia incontenible, el crimen organizado, los feminicidios, la necesidad de despenalizar las drogas, la captura de algunos órganos de autonomía estatal, la crisis urbana, el dispendio en el financiamiento público a los partidos y elecciones.

Hoy no hay un panorama político y social explosivo y la gran mayoría de los conflictos se solucionan, o cuando menos se administran, por la vía institucional. Pero hay motivos de sobra para nuestras muy hondas preocupaciones. No tenemos ni una economía lo suficientemente competitiva, ni servicios públicos en cantidad y calidad suficientes, ni un piso mínimo de bienestar para todos los mexicanos, ni igualdad de oportunidades, ni un entramado institucional lo suficientemente robusto ni, quizá lo peor, un Estado de derecho que merezca tal nombre.

Sí, un México mejor que hace 40 años cuando nexos nació y a cuya mejoría contribuyó, pero un México que sigue dejando mucho que desear y al que le seguirá haciendo falta esta publicación. Lo dice con toda precisión su director en una entrevista reciente: “Nos hemos quedado muy cortos para hacer realidad muchas de nuestras inconformidades y críticas. Trajimos la democracia; fuimos partidarios de abrir la economía mexicana para modernizarla; acompañamos el proceso de institucionalizar la diversidad social en organismos autónomos; combatimos largamente en la idea de tratar de que esta sociedad sea menos inequitativa, más generosa con sus hijos. Hechas todas las cuentas, son cuentas pobres. Este país será próspero, democrático y equitativo, pero no lo será por las transformaciones que hayamos hecho en el curso de mi generación. Hemos vivido un país que convirtió en problemas lo que para otros países fueron soluciones: corrompimos nuestra democracia, lastramos nuestro desarrollo económico, profundizamos nuestra desigualdad”.

Con todo, nexos llega a su 40 aniversario con la satisfacción no sólo de haber pintado la realidad con exactitud y pluralidad reflejando la situación económica, política, social y cultural de cada momento del país sino de haberlo hecho de manera plural y crítica; no sólo de haber sido una pieza central en el debate público sino de haber fijado la agenda y; no sólo de haber abordado los grandes problemas nacionales sino de haber propuesto alternativas de solución para ellos. No hay asunto de interés público que no haya pasado por sus páginas. No hay punto de vista al que no se le haya dado espacio. No hay debate al que le haya rehuido.

Nexos ha cambiado como lo exige el paso del tiempo. Se ha renovado en el fondo y en la forma; en sus contenidos y en sus plataformas. Ha tenido el acierto de captar el talento de las nuevas generaciones pero ha mantenido (thank God!) a sus autores originales que todavía seguimos aportando. Nexos no ha envejecido. Sigue siendo fiel a los principios que le dieron su razón de ser. Hoy como hace 40 años “se presenta a sus lectores como el esfuerzo mancomunado de muchas voluntades dispuestas a la comunicación recíproca, al diálogo razonado y a la búsqueda de alternativas fundadas en la reflexión”.

480 números de nexos han pasado por mis manos y por mis ojos de lectora que espera mes con mes su llegada para enterarme, para aprender, para hacerme pensar y para disentir. Me enorgullece estar entre las páginas de este número de aniversario, haber contribuido a muchos otros y ser parte de su Consejo Editorial. Long live nexos.

 

María Amparo Casar
Investigadora del CIDE, analista político y presidente ejecutivo de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad.

Ensayo

The dream is over

No hay presente, tampoco futuro, sin un pasado. El de mi país, como tal, se remonta a 1821, cuando comenzó a ser una nación independiente. El mío se remonta a 1955, cuando en marzo de ese año llegué a un México tan diferente y a la vez tan parecido al actual.

Nací en Tlalpan, D.F., a mitad del sexenio de Adolfo Ruiz Cortines, el mandatario que implementó el desarrollo estabilizador y el dólar a 12.50 pesos. Nací cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI) era ya una poderosa maquinaria que hacía funcionar a un sistema político que lucía su músculo y lograba encauzar las ambiciones de sus dirigentes, al tiempo que aplastaba cualquier intento de oposición real.


Ilustración: Víctor Solís

Era un México autoritario y paternalista, en el que nada se movía sin la aprobación del Señor Presidente (así con mayúsculas), algo que no había cambiado desde los tiempos del dictador Porfirio Díaz, contra quien paradójicamente habían peleado los antecesores del primer mandatario que en 1955 aún no decidía quién habría de ser su sucesor en Palacio Nacional, como tres años antes se había decidido por él el presidente Miguel Alemán, al que seis más atrás había puesto en la gran silla el presidente Manuel Ávila Camacho, designado como su sucesor por el presidente Lázaro Cárdenas.

Crecí pues bajo un régimen priista que parecía eterno e incólume. Mi infancia vio a Ruiz Cortines y a quienes lo siguieron: Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz. El trauma represivo de 1968 me tocó a cierta distancia, ya que en ese año tenía apenas 13 y cursaba el segundo grado en una secundaria oficial de Tlalpan.

Poco después empezaría mi tendencia hacia la izquierda y el antipriismo. A pesar de venir de una familia paterna muy ligada al PRI y una familia materna muy ligada al PAN (muchas de las primeras juntas secretas para la formación de ese partido, a fines de los años treinta, se realizaron en la casa de Tlalpan de mis abuelos Michel, recién llegados del Jalisco más cristero), en mi temprana juventud empecé a inclinarme hacia la izquierda y el socialismo. Mi visión de un México inamovible y de eterno dominio del partido único comenzó a cambiar y empecé a vislumbrar un país que podría ser distinto. No sólo eso: veía yo a un México socialista, democrático… y sin PRI. Pero no tenía idea de cómo se podría llegar a ello.

Ya con Luis Echeverría en Los Pinos, me afilié, en 1976, al Partido Mexicano de los Trabajadores, el PMT, y reforcé mis creencias y mis sentimientos de gauche al lado del político que más he admirado en mi vida: el ingeniero Heberto Castillo. Así viví los seis años de José López Portillo y el inflacionario sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado.

En las elecciones de 1988 pensé que al fin se lograría ese México que soñaba, cuando todo parecía indicar que otro ingeniero, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, ganaría. Se cayó el sistema. Muy posiblemente hubo fraude. El caso es que Carlos Salinas de Gortari y el PRI se quedaron con la presidencia y mi decepción por ese hecho se sumó a la que me producía ya el deterioro del mal llamado socialismo, de corte soviético, que se derrumbó apenas tres años después. Para colmo, muchos de mis compañeros del PMT se integraron como funcionarios al gobierno de Salinas.

“The dream is over”, había dicho muchos años antes John Lennon y para mí el sueño izquierdista (¿izquierdoso?) se terminaba también.

Llegaría el trágico 1994, con todo lo que sucedió, y luego el año 2000, con todo lo que sucedió también. Del singular priista Ernesto Zedillo pasamos al peculiar panista Vicente Fox. Lo insólito, lo increíble: el PRI había perdido las elecciones. La democracia mexicana era realmente existente. Había un Instituto Federal Electoral que lo garantizaba de manera ejemplar. El de Fox fue un sexenio delirante que dio paso al violentísimo gobierno de otro panista, Felipe Calderón, centrado en la lucha contra las drogas, misma que prosigue inútilmente cuando se acerca el final de los seis años del priista Enrique Peña Nieto.

Viene el año 2018 y no vislumbro un México mejor. De hecho temo un México peor, de ganar las elecciones el populismo mágico y nacionalista más retardatario, encarnado por Morena y su tlatoani, Andrés Manuel López Obrador. Sería el regreso al México autoritario y de escasas libertades en el que nací.

De ganar cualquiera de las otras opciones, quizá las cosas no resulten tan mal. No obstante, ese país que tantos soñamos, liberal, sin injusticia, sin pobreza, sin corrupción, con democracia, educación, cultura y libertades plenas, no deja de seguir siendo eso: un sueño. ¿Alcanzable? Tal vez. Aunque quizá no nos toque verlo.

 

Hugo García Michel
Músico, escritor y periodista. Autor de la novela Matar por Ángela.

Ensayo

Ahora y mañana

Por mucho tiempo fue posible imaginar que la transición político-económica que hemos vivido conduciría a un nuevo nivel de civilización y desarrollo. No faltaban razones para pensarlo; aun cuando era evidente que no se estaban realizado los cambios y reformas requeridos para llegar a esa otra ribera del río, al inicio de los 90 el futuro parecía promisorio porque inaugurábamos nuevos tiempos en todos los ámbitos: la economía se recuperaba, las exportaciones crecían, surgía una clase media, las elecciones arrojaban un activo mosaico partidista, inconcebible hacía solo unos lustros antes. Por supuesto que había luces ámbar por todos lados, pero el país parecía avanzar en una nueva dirección que gozaba de un amplio reconocimiento social.

Luego de años de disputas políticas aparentemente interminables, esas que habían llevado a las crisis de los setenta y a una década de estancamiento y (casi) hiperinflación en los ochenta, el debate político entraba en una etapa de menor belicosidad y conflicto. La apertura de la economía rendía frutos, el TLC avanzaba y el camino hacia el futuro parecía asegurado. Años de crisis quedaban atrás y un cauto optimismo reinaba.

Ilustración: Víctor Solís

El principio del fin llegó más pronto de lo que se podía haber vislumbrado. La crisis de 1995 dislocó a la sociedad mexicana, particularmente a su incipiente clase media, abriendo una nueva etapa de disputa política, que es la que ahora, en 2018, experimentará su tercera ¿y última? confrontación electoral.

En 1996 se abrió una nueva ventana de esperanza con la aprobación unánime de la reforma electoral que, se esperaba, conduciría a una era democrática. Lamentablemente, visto en retrospectiva, las sucesivas reformas electorales no resolvieron la legitimidad en el acceso al poder ni mucho menos la forma de gobernarnos.

Quizá ese sea el mayor déficit del presente: nuestro sistema de gobierno nunca se ajustó. Surgido de la era post revolucionaria, con una economía cerrada, sindicatos y empresarios estrechamente controlados y sin tolerancia para el debate o la rendición de cuentas, el sistema no cedió. Cambió la estructura de la economía, se democratizaron los medios de acceso al poder y se perdió la capacidad de decidir y actuar. La antigua forma de gobernar dejó de ser posible (al menos a nivel federal) y nada la sustituyó. La realidad es que vivimos un sueño porque no construimos el andamiaje de un futuro civilizado y desarrollado y el no haber hecho la tarea ha abierto toda clase de espacios para fuerzas regresivas en todos los ámbitos de la vida nacional.

El mundo que viene puede ser de dos tipos: el que se dé por inercia y el que se construya por decisión política. La inercia es la salida más fácil, pero no la obvia por una razón muy simple y, a la vez, paradójica: el sexenio que está por terminar fue a la vez progresista y reaccionario y esa rara mezcla deja un legado difícil de imitar. Fue progresista porque avanzó una agenda de reformas que abren grandes oportunidades potenciales para un desarrollo más equilibrado que alcance a más mexicanos. Fue reaccionario porque se dedicó a revertir avances institucionales, eliminó mecanismos de transparencia y rendición de cuentas y violentó los pocos contrapesos que existían.

Esto nos deja con un panorama potencialmente optimista: la oportunidad de que se abandone la inercia y se construya sobre las reformas que se hicieron y cuyo costo ya se pagó, lo que implicaría alterar radicalmente la estructura de privilegios y beneficios de que gozan toda clase de grupos y personas y que impide el desarrollo. El contraste entre el sur y el norte habla por sí mismo: donde las barreras socio-políticas al desarrollo son virtualmente infranqueables bajo el paradigma actual, como ocurre en Oaxaca o Guerrero, la oportunidad es mínima. Si, por el contrario, el próximo gobierno hace suyo el proyecto de combatir esas estructuras de privilegios, el potencial de desarrollo es literalmente infinito.

La inercia implicaría una tasa de crecimiento económico lo suficientemente elevada como para que el país funcione, como lo ha hecho a lo largo de las últimas tres décadas: insuficiente para lograr una transformación, pero satisfactorio para la demanda de empleo y la atención a las consecuencias de nuestra mala estructura socio-económica, que se traduce en pobreza. En lo político, un escenario inercial entraña una conflictividad constante, aunada a una permanente insatisfacción social, pero no una situación catastrófica. Este escenario podría complicarse de desaparecer el TLC.

Al final del día, el país ha llevado a cabo reformas extraordinarias, si bien incompletas. Las reformas abren ingentes oportunidades; su falta de cabal implementación las limita grandemente. En esa tesitura hemos andado por varias décadas, circunstancia que explica el humor colectivo que nos caracteriza. Yo me mantengo optimista, al estilo del primer ministro Harold Wilson: “Soy un optimista, pero un optimista que lleva consigo un paraguas”.

 

Luis Rubio
Presidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales, Comexi. Su libro más reciente es El problema del poder: México requiere un nuevo sistema de gobierno.

Ensayo

Frente a la naturaleza

En los años setenta, cuando nació nexos, el tema del medio ambiente era un asunto completamente marginal y reducido a la contaminación del aire y su impacto en la salud.

En ese entonces, un grupo de cuates de la Facultad de Ciencias — unidos por la amistad y la militancia en el sindicalismo—, siendo aún estudiantes, armamos nuestro primer “círculo de estudios” para analizar los textos ambientales que conseguíamos, con enorme dificultad y a base de coperachas, en las caras librerías que importaban la literatura más reciente. No había materias en la facultad que nos ayudaran a entender el tema, ni bibliotecas que tuvieran estos libros.


Ilustración: Patricio Betteo

Pronto encontramos un punto de convergencia entre nuestras inquietudes políticas y profesionales. En el contexto de la campaña presidencial del Partido Socialista Unificado de México (PSUM), en 1982, hicimos un primer planteamiento sobre Ecología Política, nexos publicó un artículo en su número 47, y el PSUM editó un libro muy significativo que nos apadrinaron Miguel Ángel Granados Chapa y Eraclio Zepeda, (hoy me honra compartir con ellos el ser galardonados con la Medalla Belisario Domínguez).

A partir de los ochenta el tema ambiental empezó a posicionarse en la agenda global y nacional, se acuñó el concepto de desarrollo sustentable, y en los noventa alcanzó su máximo nivel de atención. La Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, en 1992, generó condiciones favorables para la creación de nuevas instituciones, promulgación de leyes, consolidación de organizaciones sociales, surgimiento de carreras, maestrías y doctorados, generación de mucho conocimiento, y de algunos (pocos) emprendedores inversionistas con sistemas de producción más limpios y encarrilados hacia una economía verde. Se entendió finalmente que la pobreza no podría ser superada sin un medio ambiente sano y se sentaron bases sólidas de una política ambiental.

En el cambio del milenio otros asuntos nos abrumaron, el terrorismo y la violencia empezó a ocupar la mayor preocupación y atención. El proceso acelerado de crecimiento y consolidación de las políticas ambientales se estancó y, aunque con altibajos, afortunadamente se han mantenido muchos de los avances. Sin embargo, la pérdida de cuadros profesionales capacitados y los recortes presupuestales ha sido muy dañinas en las instituciones ambientales que son muy jóvenes y siguen en proceso de crecimiento, con responsabilidades cada vez mayores.

Las obsesiones del crecimiento infinito y del consumo enajenante sigue sometiendo a la dimensión ambiental a un segundo plano. Los costos de cambios tecnológicos y de sistemas productivos con criterios ambientales no se quieren asumir; no es un asunto de falta de opciones tecnológicas, simplemente se prioriza la maximización de la ganancia a costa del capital natural.

Lo que parecía un asunto del pasado, sigue imperando en muchos sectores: el deterioro ambiental es el precio que debe pagarse por el desarrollo. La sociedad, en general, tampoco levanta las banderas de la defensa ambiental, salvo algunas pocas organizaciones que seguimos siendo marginales. Aunque el discurso esté impregnado del concepto de desarrollo sustentable, la mayoría de las políticas públicas y las acciones sociales van por otro lado.

El deterioro avanza, y rápidamente. No estamos ganando la batalla. Ríos, lagos y mares contaminados, al igual que el aire de muchas ciudades; recursos naturales y acuíferos sobre explotados; suelo erosionado; residuos sólidos y peligrosos abandonados.

A este contexto adverso hay que sumar otro tema del que se habla mucho pero que no se vincula con el medio ambiente: el saqueo de recursos pesqueros y maderables controlado por el crimen organizado. Con armas largas y amedrentando o desapareciendo a quien se opone, se arrasa con el patrimonio de comunidades campesinas.

En contraste, la conciencia sobre la necesidad de un medio ambiente sano como condición sine qua non de un país justo, equitativo y con bienestar social va abriéndose paso y los jóvenes, quienes ya desde sus primeras aulas escucharon sobre estos temas, van teniendo conductas diferentes.

La sociedad debe entender que los humanos somos solo una especie más, que surgimos de los mismos procesos evolutivos que conformaron a todas las demás, y que el hecho de ser pensantes no nos da el derecho de interrumpir la evolución de las especies. Además, que un país sin recursos naturales sanos se vuelve vulnerable.

Los grandes retos que nos quedan por delante son: construir un código ético de respeto a la naturaleza y a los derechos de las siguientes generaciones; utilizar el vasto conocimiento científico acumulado por décadas para la construcción de políticas públicas; fomentar el consumo responsable y los sistemas productivos con criterios ambientales incluyendo el uso diversificado de la biodiversidad; analizar y atender los grandes problemas, como la seguridad alimentaria, en todas sus dimensiones, ambientales, sociales y económicas, de manera integral, territorial e interdisciplinaria; fortalecer los espacios de participación social para encontrar soluciones desde lo local y regional, entre otros.

No veo en estos retos obstáculos insuperables; aún me queda la esperanza de que, cuando nexos cumpla 70 años, México será un país próspero, justo, equitativo, sin pobreza y con ecosistemas sanos y una gran biodiversidad.

 

Julia Carabias
Doctora en ciencias. Profesora de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Es coordinadora del libro Conservación y desarrollo sustentable en la Selva Lacandona. 25 años de actividades y experiencias.

Ensayo

40 años de altibajos en la autoestima nacional

De expectativas e iracundias. El año en que nació nexos estaba al alza el mercado de las expectativas mexicanas. Desde entonces, se ha hilado una sucesión de altibajos en los humores y la autoestima de la nación. No han faltado razones ni motivos, aunque hay saldos favorables en no pocos campos. Tampoco han faltado retrocesos ni nuevos retos —internos y externos— que nublan las percepciones de avance. Lo que no ha cambiado en este tiempo es un murmullo que cíclicamente se vuelve clamor con la conseja de que, ya sea por lo que se hizo o por lo que no se hizo, terminamos siempre igual o peor.


Ilustración: Víctor Solís

Hace 40 años, el presidente López Portillo promulgó un nuevo cuerpo normativo que entre otras cosas encauzó la pluralidad política por la vía parlamentaria. No era poca cosa en una década latinoamericana plagada de cruentos golpes militares y luchas armadas. Las reformas fueron respuesta a la crisis del sistema de partido dominante, que se había vuelto prácticamente de partido único: Sólo el PRI había registrado candidato presidencial en la elección de 1976. Pero además a lo largo del decenio anterior (1968-1978) se habían ahogado en sangre lo mismo manifestaciones civiles que actividades guerrilleras. A las reformas se agregaron la multiplicación de la producción petrolera nacional y el alza de los precios internacionales, con ingresos extraordinarios que elevaron las expectativas e hicieron decir al presidente que nos disponíamos a administrar la abundancia.

Pero la caída de los precios internacionales del petróleo en 1981 seguida de la crisis de la deuda, la insolvencia nacional formalizada a mediados de esa década, devaluaciones en cadena e inflaciones que en esos mismos años llegaron a tres dígitos, lanzaron a la baja el mercado de las expectativas patrias y abatieron la autoestima y el optimismo mexicanos a niveles ínfimos. La ira social se concentró en el presidente que se iba pero que antes de irse estatizó la banca, con lo cual quedó fracturado el entendimiento histórico del gobierno y el capital, lo que a su vez llevó a una parte del empresariado a la oposición política abierta.

Ánimos y desánimos. Un terremoto devastador en 1985 se agregó a las calamidades de esa década, que entre otras cosas generó una percepción de parálisis del gobierno del presidente De la Madrid y una sensación de que se había quedado atrás de la movilización ciudadana. A ello se agregó una rebelión interna en el PRI contra las reformas de mercado que, aunada al mal manejo de la jornada electoral por parte del gobierno, cosecharon en la elección presidencial de 1988 un nuevo ciclo de ira y frustración, contra el resultado.

Las reformas de los primeros noventa del presidente Salinas llevaron al alza nuevamente el ánimo y las expectativas nacionales con la creación del IFE, la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Conaculta y el programa Solidaridad. Y en lo económico, con la apertura de los mercados que culminó con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Pero la catástrofe financiera del “error de diciembre” de 1994 no sólo violentó aquellas expectativas sino que la gestión de aquella crisis por el nuevo gobierno del presidente Zedillo enfiló la rabia nacional contra su antecesor y las reformas que promovió, con el efecto de cancelar por más de una década la profundización de esas transformaciones así demonizadas. De inmediato aquella crisis precipitó hasta abismos desconocidos el desánimo y la autoestima nacionales que días antes sustentaban expectativas alentadas por el presidente de llevar al país al primer mundo.

¿Qué sigue? Aquel desánimo, más las reformas democráticas de los noventa, condujeron inevitablemente en el año 2000 a la alternancia de partidos en la presidencia. La transición produjo un repunte inmediato en el mercado de expectativas, pero la ineficacia gubernamental del presidente Fox impidió marcar diferencias con el pasado e incluso indujo diferencias favorables al antiguo régimen. Así se vio en 2006 con la pretensión de triunfo y la toma del corazón de la capital por López Obrador, quien perdió apenas por medio punto con las propuestas del PRI de los setenta. Enseguida, la guerra (perdida) contra las bandas criminales marcó el segundo periodo presidencial panista, el de Felipe Calderón, y ello condujo a una nueva alternancia, la del regreso del PRI a la presidencia. El más alto nivel de expectativas del nuevo gobierno llegó con el Pacto por México suscrito por el presidente Peña Nieto con los principales partidos. El acuerdo produjo una docena de reformas con alto potencial de llevar al país al primer pelotón del desarrollo global. Pero amaga con revertirlas el perdedor de 2006 y 2012, ahora puntero para la elección de julio. Sus principales propulsores: la nueva caída en el mercado de expectativas y autoestima —el caldo de cultivo para el desarrollo de personalidades autoritarias— más la acumulación de frustraciones y la empeñosamente fomentada ira contra las instituciones y sus exponentes. ¿Seguirán los altibajos?

 

José Carreño Carlón
Director general del Fondo de Cultura Económica.

Ensayo

La plenitud

Mi hijo cumplirá 72 años dentro de 40, y aunque no es tan saludable como a mí me gustaría (gusto que a él le resulta intramuscular), será una persona en plena actividad profesional, intelectual y familiar. Vivirá en México, o quizás en Estados Unidos (junto con otros treinta millones de ciudadanos mexicanos, cuando menos), y probablemente tendrá un par de nietos. Me interesa el país que seremos en el 2058 por esa razón, más que cualquier otra. Además de mi razón, albergo mi esperanza: que México sea el mismo, aunque mejorado, pero que los mexicanos sean (seamos, pero ya no figuraré entre mis compatriotas) muy diferentes.

Desde Gamio, y hasta el texto más reciente de Maruán Soto Antaki, pasando por Reyes, Ramos, Paz, Fuentes, Santiago Ramírez, Bartra, Basave y hasta el que esto escribe, innumerables mexicanos hemos procurado descifrar algo que encierra varios “significandos” y un solo significado: el alma mexicana, el carácter nacional mexicano, la idiosincrasia mexicana, la excepción mexicana. Es como la pornografía: difícil de definir, pero todos sabemos reconocerla. Lo que más me complacería que mi hijo viera dentro de 40 años en México es la mutación profunda del ser mexicano. Porque si bien celebro al mexicano pachanguero, parrandero, individualista, emprendedor, trabajador como pocos cuando las circunstancias lo ameritan, creo que el principal lastre que estorba el avance del país hoy, y hasta que cambie, es el rezago del alma mexicana con relación a la sociedad donde se encuentra inmersa.


Ilustración: Raquel Moreno

México es ya mayoritariamente una sociedad de clase media mexicana. Quizás no en su totalidad una clase media a la norteamericana, o a la europea, pero clase media al fin. Más de la mitad de los mexicanos poseen una casa —aunque microscópica a veces— un automóvil, internet, televisión de paga, todos los enseres domésticos, vacaciones mínimas, seguro médico público o privado, y sus hijos terminan por lo menos la preparatoria. Que este medio país conviva con el otro, todavía hundido en la pobreza, constituye un escándalo y una vergüenza, pero no una refutación.

Asimismo, nos consta a muchos mexicanos que somos susceptibles de cambiar el “switch” del alma cuando las condiciones o el entorno a su vez se modifican. Es la fatigada anécdota del mexicano que tira el embalaje del Gansito Marinela en la calle del lado sur de la frontera, y lo coloca debidamente en el basurero del lado norte. Los mexicanos que emigran a Estados Unidos desde hace más de un siglo, y masivamente entre finales de los 80 y 2009 —e incluso hasta la fecha— mudan de usos y costumbres como de ropa. Viven, trabajan y festejan colectivamente; ahorran a tasas chinas; internalizan el “imperio de la ley” estadunidense como si fuera suyo… porque es suyo.

Por tanto, gracias a ambas razones —la sociedad mexicana de clase media de un lado de la frontera, y la metamorfosis comprobada del alma mexicana del otro— no existe motivo alguno para impedir que el alma nacional no se transforme. Si dentro de cuarenta años los mexicanos que habiten el medio rural no superarán el 5% de la población (ya hoy, apenas alcanzan el 15%), resulta contra natura que nueve décimas de lo que será para entonces una sociedad con más de siglo y medio de urbanización, conserve los atavismos del campo en la cabeza.

La aversión al conflicto, el individualismo exacerbado y centrado en el núcleo familiar, la incapacidad de iniciar y la renuencia a participar en cualquier acción colectiva, la obsesión con la historia y el pasado y con el formalismo juridicista, el desprecio por las obligaciones inevitables del Estado de derecho, representan características lógicas del México del siglo XIX y XX, no de mediados del XXI. Más aún, se erigen desde ahora —y ni hablemos del 2058— en inmensos obstáculos ante la imperiosa necesidad de extender los beneficios de la clase media a los mexicanos que hoy carecen de ellos. No hay manera, en una palabra, de realizar el enorme potencial del país sin cambiar la mentalidad de sus habitantes; sin que todo aquello que lo volvió priista durante casi un siglo desaparezca, o pierda presencia en la psique nacional. Creo que es factible, deseable e imperativo. Me resigno a no disfrutar de las delicias de un país de esa naturaleza, pero me conformó con la certeza de que mi hijo, y todos sus contemporáneos, lo gozarán a plenitud.

 

Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Su más reciente libro es Amarres perros. Una autobiografía.

Ensayo

México protegido

Estoy preocupado por México. Por lo pronto no vivo aquí —soy rector de la Universidad de Miami—, pero vengo con mucha frecuencia y cada vez que regreso y hablo con mi familia, con mis amigos, con mis colegas, noto un sentimiento creciente de inquietud y desasosiego, un preocupante pesimismo hacia el futuro.

Contrasto este sentimiento con el que teníamos aquellos de nosotros que comenzamos nuestra trayectoria profesional cuando nexos se fundó, hace 40 años. Vivíamos en un país lleno de problemas, con una enorme desigualdad social y todavía lejos de alcanzar la democracia, pero había una sensación —o al menos yo la tenía— de que el avance era factible. Y la verdad es que ese optimismo en el futuro nos permitió acompañar un largo periodo de adelantos en todos los frentes de la vida nacional, en algunos casos incluso espectaculares.


Ilustración: Sergio Bordón

Es cierto que este progreso no ocurrió de manera lineal, pero, aunque hubo desaceleraciones, retrocesos y callejones sin salida, también es cierto que hubo mejoras reales, tangibles. Un ejemplo, entre otros muchos pero particularmente significativo: apenas en 1970 casi la mitad de las muertes en el país ocurrían en niños menores de cinco años; hoy, esa proporción está por debajo de 5%. Si eso no es avance, no sé qué pudiera serlo. ¿No es un gran avance que, después de una larga transición a la democracia, su prueba de fuego, que es la alternancia en la presidencia, se haya dado por fin en el año 2000?

Hoy me preocupa lo que subyace a esta atmósfera social cargada de incertidumbre y desasosiego: la corrupción, la impunidad, la falta de confianza en las instituciones, la erosión del tejido social. Listo el país para dar el gran salto que el siglo XXI le exigió desde el primer minuto, el Estado mexicano empezó a fallar en su obligación más fundamental, que es la de proteger a los ciudadanos.

En una formulación parsimoniosa, se pueden atribuir tres funciones esenciales al Estado: proteger, promover y producir. En un régimen que respeta las libertades individuales, una amplia base de protección sostiene a una vigorosa promoción de la acción ciudadana y deja un espacio estratégico para la producción de ciertos bienes y servicios considerados indispensables a fin de garantizar el ejercicio de aquellas libertades y la igualdad de oportunidades.

La protección que el Estado está obligado a proporcionar a los ciudadanos ocurre en ámbitos interrelacionados que se pueden visualizar como círculos concéntricos. En el círculo central está la protección del hogar y la familia, que a su vez implica varios elementos fundamentales: la protección de la integridad física y la libertad de las personas, así como la protección civil en casos de desastres; la protección de la salud, que permite el desarrollo de las capacidades presentes, y la protección de la educación, que habilita las oportunidades futuras; la protección jurídica y la protección del patrimonio individual, incluyendo los programas de transferencia de recursos a los grupos vulnerables y los sistemas de pensiones.

En un segundo círculo está la protección de la comunidad —el municipio, el estado, el país—, que implica la protección del ambiente local para prevenir la contaminación y preservar la biodiversidad; la protección del patrimonio colectivo, que construimos todos a partir del trabajo y el pago de impuestos, y la doble protección que esto mismo exige: contra la corrupción y contra la impunidad.

No por extenso menos cercano e importante, está el círculo final de la globalidad y el lugar que México ocupa en el mundo: la protección de la soberanía nacional y de la paz mundial, la protección solidaria de los derechos humanos universales y la protección del medio ambiente planetario, sobre todo ante la amenaza común del cambio climático.

Si las personas están protegidas, entonces el Estado puede cumplir a plenitud su función de promoción utilizando los instrumentos de política pública para generar inversiones en investigación, innovación, cultura e infraestructura, y para establecer un marco equilibrado de regulación, estímulos e incentivos.

Lo que requerimos es retomar la idea de un Estado —al que entiendo como la organización política de los ciudadanos— que decide ya no seguir fallando en su función esencial de proteger a la gente. No hay que confundir la protección legítima con sus distorsiones: el proteccionismo comercial y la fabricación de riesgos irreales y enemigos inexistentes, es decir la protección a partir del miedo.

Habiendo sido responsable, en la Secretaría de Salud, de uno de los componentes esenciales de la protección social, lo que puedo afirmar es que sí es posible lograr avances en nuestro país. El Seguro Popular no es perfecto, pero permitió, después de un número de años, cubrir a más de 50 millones de personas que antes tenían formas muy limitadas de protección. Haber logrado no solo diseñar sino también poner en marcha un programa concreto me hace ver que sí se puede legislar, que sí se puede contar con políticas de Estado, que sí se pueden obtener resultados positivos y, lo más importante, que podemos identificar nuevas oportunidades para alcanzar un acuerdo nacional en otras dimensiones de la protección.

Estoy preocupado por México, como digo, pero tampoco me abandona aquella sensación de que el avance sí es factible, de que el desarrollo del país sí es posible, siempre y cuando el Estado retome la protección como su función esencial y esto le permita seguir adelante con sus otra gran función, que es la promoción de la igualdad de oportunidades para que cada persona desarrolle plenamente sus capacidades y México sea lo que puede ser: un país productivo que genere prosperidad y justicia para todos. Un México donde el Estado siga fallando en esa función esencial de proteger a los ciudadanos es un México inimaginable. Un México protegido, ese es el México, no que viene sino que tiene que venir.

 

Julio Frenk
Médico. Preside la Universidad de Miami desde 2015.

Ensayo

Nosotros tuvimos utopías

Cuando nací, a comienzos de la década de los 50, las mujeres en México no tenían derecho a votar. La esperanza de vida al nacer era de medio siglo. En aquellos años, 4 de cada 10 mexicanos no sabían leer ni escribir. Hoy la esperanza de vida al nacer es de 75 años y el 8% de los mexicanos sigue en el analfabetismo.

Volteo hacia ese pasado para tratar de mirar al futuro. Estoy convencido de que sólo cerrando los ojos a esa marcha hacia adelante con resultados por lo general virtuosos a la que llamamos progreso, podemos considerar que todo tiempo pretérito fue mejor. El país de mañana tendría que ser mejor, o menos peor en contraste con el que tenemos ahora, tan sólo porque a pesar de los muchos motivos que encontramos para el pesimismo son más las cosas que mejoran que las que empeoran.


Ilustración: Adrián Pérez

En 1950 en México había 5.3 millones de viviendas. Únicamente el 17% de ellas tenía agua entubada. Hoy en más del 70% se dispone de ese servicio. En aquellos años el 34% de las muertes entre los mexicanos se debía a enfermedades infecciosas y parasitarias; hoy las defunciones por esa causa ocupan el 3% (pesco todos estos datos de las Estadísticas históricas del INEGI).

Tenemos una pluralidad social y una diversidad política que contrasta con el autoritarismo político a veces flexible, pero a la postre siempre intolerante, que padecimos durante casi todo el siglo XX. En vez de vituperar al presidencialismo ahora nos quejamos de la partidocracia. Es indispensable cuestionarla y buscar remedios a su alejamiento de la sociedad, pero también hay que reconocer que esa crítica se puede ejercer en todos los foros y, con frecuencia, en todos los tonos.

En los años 50 y 60 la prensa era políticamente hermética y estaba prohibido manifestarse en plazas y calles. Todavía al comenzar los 70, pintar una barda con un mensaje político implicaba el riesgo de que llegara la policía echando balazos (sí, eso ocurría en la Ciudad de México). Hoy la libertad de expresión encuentra dificultades pero su ejercicio se ha extendido de manera irreversible. Además, tenemos Internet.

Lo que no hay es equidad social. Hacia la mitad del siglo XX los mexicanos más pobres, ubicados en los tres escalones más bajos (o deciles) en la distribución del ingreso, alcanzaban el 8.8% del ingreso nacional. En tanto, los que se encontraban en el nivel con más remuneraciones acaparaban el 45% del ingreso nacional. Ahora, avanzada la segunda década del nuevo siglo, los mexicanos rezagados en los tres niveles de menores ingresos reciben menos del 9.1% del ingreso nacional. Es decir, se encuentran prácticamente en la misma situación. El nivel de mayores ingresos detenta el 35% de la riqueza del país. Tenemos autopistas, telecomunicaciones y en algunos casos ciencia e industria de primer mundo, pero hay decenas de millones de mexicanos con carencias básicas que ese desarrollo no ha sido capaz de resolver.

Ese pareciera constituir el reto esencial para un México que, en el futuro, no mire con envidia lo que tenemos hoy y que con motivos fundados nos parece insuficiente. Sin embargo la lid por la equidad no se ha constituido en causa nacional. Y es que, quizá, lo que antes que nada está faltando para que los mexicanos de hoy puedan construir un porvenir a la altura de sus expectativas es algo que se llama voluntad colectiva.

Las miserias de la vida pública, que no son pocas, han forjado una o varias generaciones de desconfiados que recelan de cualquier implicación política. Mi generación tuvo el privilegio de crecer en un entorno en el que, pese a todo, había espacio para las esperanzas. Podíamos creer en el avance ineluctable de la historia, en la revolución inminente o en la promesa del desarrollismo según los cartabones en los que cada quien se cobijara. Quizá éramos un tanto ilusos, pero teníamos ilusiones.

Hoy que tenemos democracia (con defectos, pero realmente existente) únicamente el 54% de los mexicanos, el porcentaje más bajo en América Latina, considera que la democracia es el mejor sistema de gobierno, de acuerdo con el Latinobarómetro. Me estremece suponer qué caudillismos o desgobiernos prefiere el 46% restante. En la otra cara de esa moneda hay destellos de ánimo solidario como el que vimos, desplegado fundamentalmente por jóvenes, después del terremoto en septiembre pasado. Los jóvenes de hoy reivindican los derechos humanos, la equidad de género, la defensa del medio ambiente. Hasta ahora esas convicciones no han sido suficientes para entusiasmarlos y traerlos a la vida política. Nosotros tuvimos utopías. Ellos quizá, antes que nada, tienen que creer en sí mismos. De allí resultará el futuro que puedan construir. Esa es, al menos, la utopía en la que quiero creer.

 

Raúl Trejo Delarbre
Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Ensayo

Contra las visiones apocalípticas

Quien afirme que sabe cómo será México el día de mañana se equivocará. Nadie conoce ni puede conocer el futuro. En todo caso lo que podemos hacer son proyecciones… que acabarán por no cumplirse. El siguiente entonces es un ejercicio de la imaginación sin imaginación. Más un rosario de buenas intenciones que un ejercicio de “prospectiva”. Contra las visiones apocalípticas, creo que deberíamos tratar de distinguir entre aquello que debemos preservar, lo que hay que reformar y lo que debemos intentar desterrar. Y la idea es que si no lo hacemos, el futuro será peor que el presente.

Quisiera que en el futuro México siguiera realizando elecciones periódicas, con un sistema de partidos arraigados y representativos, motor de fenómenos de alternancia, de vigilancia mutua, de congresos en los cuales cristaliza la diversidad, con gobernadores que tienen que convivir con presidentes municipales de formaciones políticas distintas y con un presidente que lo hace con gobernadores de diferentes colores; todo ello junto a una expansión y fortalecimiento de las libertades. Un país en el que su pluralidad política pueda expresarse, recrearse, convivir y competir de manera pacífica e institucional. Todo eso se construyó hace poco. Existe, aunque con marcadas deficiencias. Hay que preservarlo por lo menos.


Ilustración: Ricardo Figueroa

Sería bueno transitar a un régimen parlamentario porque ofrece un cauce más productivo a la pluralidad política equilibrada que habita en los cuerpos legislativos; los partidos (existentes o los que se construyan) deberían tener mejores puentes de comunicación con los representados, elevar el nivel del debate y esmerarse en la dimensión pedagógica de la política para hacerla inteligible. Y algo similar deberían hacer los medios: trascender la cómoda inercia y explicar las complejidades y virtudes del régimen democrático. En fin… hay muchas cosas que reformar.

Pero lo que el país ha construido en términos de convivencia política se está erosionando por cuatro fenómenos (por lo menos) que si no se atienden pueden acabar por hacer más brutal nuestra vida en común.

La corrupción es el veneno que no sólo desvía recursos públicos a cuentas privadas sino que deteriora hasta casi aniquilar la confianza en las instituciones públicas. Es el disolvente más poderoso de la certidumbre y aunque no es exclusiva del “sector público”, ya que en la mayoría de los casos se encuentran involucradas empresas privadas, su multiplicación hace que la imagen de las instituciones públicas sea la de un resumidero de podredumbre. No sé —lo he escrito antes— si la corrupción actual sea superior a la del pasado pero sin duda hoy tiene una mayor visibilidad pública, fruto del proceso democratizador, y una mucha menor tolerancia social. De tal suerte que si esas dos palancas se activan eventualmente podremos derrotarla y si no por lo menos sancionarla de manera sistemática.

La espiral de violencia e inseguridad es otro de los fenómenos que estamos obligados a desterrar. Esa ola de asesinatos, secuestros, desaparecidos, familias quebradas y zonas invivibles, no sólo ha afectado a miles de ciudadanos, sino que incluso aquellos que no han sido tocados por la bestialidad, viven con la sombra de la violencia instalada. El miedo, la zozobra, acompañan la existencia de millones de mexicanos y eso hace turbia la vida.

Corrupción y violencia están a la vista y reciben —y que bueno que así sea— una atención relevante; ya nadie puede colocarlas abajo del tapete. Pero dos fallas mayores y que reciben escasa atención pública se encuentran en los cimientos de nuestra vida en común, haciéndola tensa y polarizada: el déficit de crecimiento económico y las ancestrales desigualdades.

La economía no crece como debiera y eso significa que millones de jóvenes que se incorporan al mercado laboral no encuentran las oportunidades para un trabajo digno. Lo que crece es la informalidad, el desencanto, el malestar. México vive una paradoja terrible. A lo largo de varias décadas la economía mexicana creció a tasas nada despreciables, y aunque sus frutos jamás se distribuyeron de manera equilibrada, de todas formas los hijos tendían a vivir mejor que sus padres. Ese fue (creo) uno de los lubricantes del consenso pasivo con el régimen autoritario. Por desgracia, la transición democrática y los primeros años de nuestra germinal democracia, han estado acompañados de un minúsculo crecimiento y graves crisis económicas, que han hecho que la expectativa de muchas familias sea exactamente la contraria; y eso es un combustible más que legítimo del malestar social.

Y si a ello le agregamos las desigualdades que escinden al país y que impiden la construcción de lo que la CEPAL llama cohesión social, quizá podamos entender mejor el porqué de las resistencias y conflictos que marcan nuestra vida en común. De tal suerte que si lo anterior no anda demasiado errado, las tareas para un eventual futuro mejor están a la vista: freno a la corrupción y a la violencia, crecimiento económico con equidad.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.

Ensayo

México grande y pobre

No fue el azar quien trajo a mis padres a México. Fue la desaparición de su Polonia, la matanza sin fin de los suyos y la destrucción de sus hogares y de la historia de la que fue su casa durante siglos. Arrasada su Tierra, vejados los cementerios, desaparecidos hermanos y vecinos, migrar, para quien tuvo la suerte de “sólo” morir un poco, sin contar con los cuerpos de los seres amados, fue una suerte de regalo, regalo inmenso y sui géneris para los que llegaron al México de los cuarenta del siglo XX.

Ser hijo de inmigrantes, sin familiares en las calles vecinas, marca. Quienes nacimos en esta tierra generosa, cobijados por su gente, y arropados por las certezas de un país cuyos brazos abiertos le permitieron a mis progenitores encontrar de nuevo la vida y a nosotros crecer en paz, exige. México tiene muchas lecturas y diversas caras. Leer a México hoy, reclama leerlo hacia atrás. Mirarlo a partir de la mirada del destierro de la pater familia demanda escrutarlo con amor y crudeza. En 2018 privan desasosiego, miedo, desesperanza, encono y otros avatares negativos; sumarlos deviene enfermedad.

Ilustración: José María Martínez

Hay naciones pobres cuyo destino es difícil cambiar y hay países cuyos recursos son suficientes para garantizar vidas dignas donde el presente permita vislumbrar un futuro esperanzador. México debería ser parte del segundo grupo. No lo es: las calles inundadas de semaforistas retratan una de las realidades de nuestra nación. Los semaforistas son invención de los países pobres. Sin oportunidades laborales, sin apoyos gubernamentales y sin protección social, los habitantes de los semáforos se ocupan de pervivir: hoy, quizás mañana, no más; el presente es corto. Los semaforistas son más reales que nuestra membresía en la OCDE o la consabida y nauseabunda cantaleta gubernamental: México es la duodécima economía mundial.

Intento una definición: Semaforista: ser humano casi invisible e incómodo que sobrevive en torno a los semáforos, carente de agua, techo y educación a pesar de vivir en un país orgulloso por ser la duodécima economía mundial y que retrasa su muerte y la de los suyos por lo que ahí vende.

México es muchos Méxicos. Sobresalen dos: el de quienes tienen acceso al torrente de la vida y el de quienes, hagan lo que hagan, nacerán, vivirán y morirán marginados. Las acciones e inacciones políticas y empresariales de las décadas previas han sumido a más de la mitad de la población en la pobreza. La realidad es cruda y triste: nacer en una casa pobre implica morir pobre y a destiempo por enfermedades agudas en la infancia o por enfermedades crónicas en la adultez temprana; conlleva fenecer en busca de oportunidades de trabajo en los desiertos estadunidenses; significa pervivir a costa de la propia vida, i.e., narcotráfico, y empeñar la vida in útero: sin proteínas y sin educación, subsistir a costa de salarios infames, trabajos informales, o empleos difíciles de clasificar pero imprescindibles para no morir es la meta. Paradójicamente, los trabajos informales ayudan al Estado, cuya incapacidad para ofrecer empleos y vidas dignas es monumental.

Los políticos en México han hecho de nuestra nación un gran semillero de trabajos difíciles de clasificar; al lado de los semaforistas, militan trabajadoras domésticas, sexoservidoras, tianguistas, personas que empacan las compras en las tiendas de autoservicio, servidores de gasolina, franeleros o viene-viene, dueños de aceras, personas que limpian camastros en las playas y un largo etcétera. Para la mitad de los nuestros le sobra razón a Clarice Lispector: “La vida es un puñetazo en el estómago”.

Ofrecer seguridad, dignidad, educación y futuro son obligaciones mínimas de un país; en pleno siglo XXI esos espacios deberían ser realidad. México es muchos Méxicos: la mitad de la población es víctima del Estado. Mientras convivamos en la misma Tierra dos poblaciones diferentes, unos con futuro y otros tan sólo con la cruda obligación de sobrevivir, nuestra casa continuará resquebrajándose.

Regresar al México que albergó con generosidad extrema a muchas personas, por motivos diferentes, entre ellos a mis padres, obliga. Vivimos en un país enfermo. Basta cruzar las ciudades, viajar y adentrarse en pueblos y rancherías, preguntar acerca de la salud de los sistemas de salud, oler el agua de ríos y mares, mirar en las grandes urbes el color del cielo, asomarse a la realidad de las madres quinceañeras con bebés en su rebozo, y sentir el fracaso ajeno como propio cuando la mirada se cruza con quienes se llevan la mano a la boca y sin decir lo dicen, “tengo hambre”. Hambre de vivir, de posponer la muerte, de seguir. México es muchos Méxicos: la mitad pobre es víctima de políticas gubernamentales inadecuadas. En el México de hoy es urgente impedir que la precariedad y la miseria sigan comiéndose la vida de cincuenta o más millones de mexicanos. El México de mañana no puede seguir siendo el México de hoy.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

Ensayo

Carta a Vivianne

Querida Vivianne:

Como todos los años, te escribo para desearte un feliz 2018. Tal vez te acuerdes que, en 1987 —para el décimo aniversario de nexos— publiqué una carta imaginaria dirigida a ti suponiendo que era el último año del milenio. En esa carta describí, con deliberada ironía, a un México próspero que disfrutaba del éxito económico desencadenado por las políticas neoliberales de los años ochenta (de las cuales, como recordarás, yo era muy crítica). Hoy también te escribo con reflexiones sobre México, pero sin ironía.

Como sabes, después del cuestionado triunfo electoral de Carlos Salinas de Gortari que nunca se pudo confirmar (recordarás que las boletas se quemaron en un incendio algunos años después…), en 1989 nos fuimos a vivir a la ciudad de Washington. Allí seguí de cerca la significativa transformación de la relación bilateral con los Estados Unidos cuya muestra sobresaliente fue la firma del TLCAN. Creí con firmeza en la modernización de México y, ya como investigadora en Brookings, escribí un libro sobre su economía de tono optimista y esperanzador.1 Sin embargo, poco duró el optimismo. En 1995, México enfrentó una fuerte crisis cambiaria y financiera y, para no caer en un pozo sin fondo, tuvo que aceptar las condiciones del —si bien efectivo— un tanto humillante rescate encabezado por los Estados Unidos. Con semejante desenlace, me vi obligada a escribir una segunda edición del libro.

Ilustración: Belén García Monroy

Recuperé mi optimismo con el lanzamiento de Progresa en 1997. Como encargada del área de combate a la pobreza del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), al igual que muchos otros, me ocupé de difundir las virtudes de un programa innovador de transferencias condicionadas para reducir la pobreza extrema (en el BID los llamábamos programas focalizados de desarrollo humano, nombre que prefiero). Progresa pronto se volvió un modelo, no sólo para América Latina, sino para muchos países de otras regiones del mundo.

A finales del milenio, parecía que México nuevamente retomaba su ruta promisoria. La crisis económica de 1995 había quedado atrás, la pobreza iba francamente a la baja y —desafiando las tendencias mundiales— la distribución del ingreso se había vuelto menos desigual. Además, con el triunfo del PAN en las elecciones presidenciales del año 2000, por primera vez en 70 años se produjo la alternancia en el poder y la democracia parecía consolidarse.

Lamentablemente, fuerzas contrarias han conspirado contra la promesa de un México próspero y democrático. La más terrible ha sido la proliferación de la violencia y la metástasis de las redes del narcotráfico. Incluso nos tocó de cerca con el asesinato vil de una sobrina política de veintinueve años y su esposo en Chihuahua, crimen que tuvo lugar en el restaurante que habían puesto hacía poco. Por varios años, las navidades en Torreón —que como sabes es donde vive la familia de Antonio— estuvieron marcadas por una sombra de miedo. La ciudad que yo siempre había conocido por su ritmo apacible y cielos muy azules, se había vuelto peligrosa y mucho.

La otra decepción ha sido el pobre desempeño en el frente económico. ¿Por qué no crece México? ¿Por qué no pudo aprovechar la mayor integración con una economía líder para dar un salto tecnológico y propiciar efectos multiplicados en todo el territorio? Algunos argumentan que la mediocridad del crecimiento económico es consecuencia de no haber culminado las reformas hacia una economía de mercado. Otros argumentan casi lo opuesto. Algunos enfatizan la competencia de una China por primera vez partícipe del comercio internacional. Para mí, sinceramente, sigue siendo un enigma.

En el frente social, también ha habido desilusión. En particular, a mí me decepciona observar que la incidencia de la pobreza extrema ha estado aumentando desde 2004 y la incidencia de la pobreza moderada en años recientes ha sido la misma que la registrada en 1994. Es más, México es uno de los muy pocos países de América Latina donde la desigualdad dejó de caer a partir de mediados de la década pasada y —dependiendo de la fuente utilizada— parece que más bien ha estado aumentando.

Para rematar las malas noticias, con Trump en la presidencia de los Estados Unidos, se han propagado en altavoz los insultos, vilipendios e injurias. A la retórica ofensiva acompañan las razias de indocumentados y las amenazas del muro fronterizo y la cancelación del TLCAN. México ha quedado otra vez demasiado cerca de un Estados Unidos redobladamente odioso, agresivo e irrespetuoso. Desde luego y por fortuna no todos son odiosos y agresivos hacia México en el país en que he elegido vivir —y mucho menos en Nueva Orleans y Washington, las ciudades en que paso mi tiempo. Pero sí, lamentablemente, demasiados y —por ahora— suficientes lo son.

En fin, Vivianne, qué te puedo decir: no soy optimista sobre la situación actual de México, pero —fiel a mi persona— no pierdo las esperanzas.

Un abrazo,

Nora.

Buenos Aires, noviembre 20, 2017.

 

Nora Lustig
Es Samuel Z. Stone Professor of Latin American Economics y directora del Instituto Compromiso con la Equidad en Tulane University, Nueva Orleans. Su último libro es Commitment to Equity Handbook. Estimating the Impact of Fiscal Policy on Inequality and Poverty. Brookings Institution Press, 2018 (avance en línea disponible en http://www.commitmentoequity.org/publications-ceq-handbook/).


1 Mexico. The Remaking of an Economy, Brookings, 1992; traducido por el Fondo de Cultura Económica.

Ensayo

Nexos y yo

Cuarenta años nos hemos acompañado. Nos hemos acercado y nos hemos alejado, pero nunca nos hemos perdido de vista. Si no nos miramos de frente, nos seguimos de reojo y sabemos siempre dónde estamos. Creo.

Cuando mandé al número 3 de la revista mi primera contribución, una reseña crítica del libro de Gabriel Careaga sobre clases medias, me contaron qué tan feroz le pareció el texto que creyó que Soledad Loaeza era un seudónimo colectivo, que escondía a varios de sus enemigos. Me hizo sentir culpable, pero la experiencia también me dejó la sensación de que había yo platicado muy a gusto sobre un libro que había leído, había comentado sus aciertos y sus debilidades. El lector o la lectora que yo imaginaba mientras escribía, había sido atento, había expresado dudas y empatía. En fin, escribir una reseña que era casi un ensayo había sido una experiencia feliz.


Ilustración: Patricio Betteo

Desde entonces entendí que una de las tareas de nexos era fomentar la reflexión, la exposición de argumentos y el uso de la palabra escrita para hablar de política. La revista me ha enseñado el ejercicio ensayístico que redime nuestra vida política de los chismes, los rumores y el anecdotario que la habían condenado a ser un capítulo extenso de la picaresca mexicana. Desde ese punto de vista nexos ha contribuido a la dignificación de la política. No es poca cosa en estos tiempos que corren, marcados por la tremenda insensibilidad de políticos que sólo se miran entre sí, por la bancarrota de la moral pública a la que nos han llevado gobernantes que no distinguen entre el bien público y el privado, por el cinismo de tanto funcionario deshonesto que ni siquiera se sonroja cuando se exhiben sus robos, su engaño, su abuso. Tiempos en los que formadores de opinión que tienen una responsabilidad social plagian sin el menor recato, o se ufanan de su ignorancia como si fuera una virtud; pero no lo es, no cuando se trata de entender el mundo que nos rodea y de explicarlo a otros.

A lo largo de su vida, nexos ha publicado ensayos extraordinarios: de Arturo Warman, de Carlos Pereyra, de Chema Pérez Gay, de muchos que llegaron a la revista sabiendo escribir ensayos, y de muchos más que aprendimos a hacerlo en el taller que puede ser cualquiera de sus números.

No es la única lección que he recibido de nexos. Han sido cuatro décadas de enseñanzas de la revista para pensar y debatir temas políticos, y a leer a colegas, compañeros y amigos con quienes vivimos conmocionados y esperanzados una época de cambios que todavía a finales de los ochenta solo se atrevían a imaginar los que corrían regresiones electorales interminables para equivocarse siempre, o, bueno, muy seguido.

La revista me abrió sus puertas con generosidad y respeto. Mis temas no eran los habituales para una publicación cuyo consejo editorial estaba integrado por notables miembros de la ancha izquierda que todavía entonces existía en una diversidad inconfesa y ahora imposible. Las derechas pasaban desapercibidas; pero Héctor Aguilar Camín reconoció su importancia, pese a que el discurso del poder, así como el de la oposición, hablara sólo de izquierdas. Unos por reivindicar una tradición política que, en realidad, ya les era ajena, y otros por sobrestimar el vigor de una opción socialdemócrata que entre nosotros ya entonces se desmigajaba. Nexos la impulsaba, a mí me hacía creer que podíamos convertirnos en una verdadera democracia. Sin embargo, el mérito de la revista que quiero mencionar aquí es que no solo se abrió a nuevos temas, también reclutó para sus debates a los participantes más diversos que sólo allí tenían la oportunidad de conversar con sus adversarios políticos, con sus enemigos de clase, pero también llegaban a descubrir coincidencias y afinidades electivas ahí donde menos lo esperaban.

Más allá de sus desacuerdos, en esa izquierda diversa unos y otros cerraban los ojos al pasado y al presente de unas derechas pujantes a las que la democracia les abrió la puerta. Parecería que ahora sólo esperan al líder que podría unificarlas. Ni modo. Así es la democracia. Pero nos ha dejado perplejas que las izquierdas no hayan podido beneficiarse de la misma manera de un reformismo al que han contribuido con iniciativas, ideas, posiciones y reflexiones. Este esfuerzo liberó una creatividad de la que las derechas siempre han estado ayunas. No hay más que repasar los índices de nexos para constatar la búsqueda incesante de explicaciones a los significados de la realidad inmediata, y a los signos que podemos extraer del futuro.

Llevamos cuatro décadas de conversación nexos y yo. No faltará quien diga que siempre hablamos de lo mismo. Y bueno, lo seguiremos haciendo hasta que todos entendamos que la política no tiene por qué ser un pantano, ni los políticos una banda de criminales. La revista ilustra con gran fuerza la idea de que la política no son solo las actitudes frente al poder, también son ideas, valores y acciones como las que inspira la sabia compañía que ella ha sido para mí.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

Ensayo

No vamos en el mismo barco

No vamos en el mismo barco. La tirantez, disparidad y enemistad entre la población mexicana han aumentado de manera considerable. La ilusión de ir en un mismo barco está hecha añicos. Cada vez es mayor el número de quienes actúan al son de “¡Sálvese el que pueda!” y permanecen indiferentes a los lazos sociales. Los vínculos sociales se han debilitado por la asimetría entre los actores o las partes involucradas. El SAT acecha los ingresos de las personas físicas, pero éstas no podemos lograr que Aeroméxico remita la factura de manera automática luego de realizado el viaje.


Ilustración: Víctor Solís

Entre tanta incertidumbre y tiempos turbulentos a la vista, con disminuida capacidad de arbitraje, el gobierno no controla los acontecimientos. El crimen organizado se halla en una fase de metástasis irrefrenable, intercambiando dinero por favores. La obra pública corrupta y corruptora, con sus efectos socialmente selectivos, es el crimen perfecto de la época: causa muertes y lisiados en las carreteras, pero es el pilar del buen vivir de los influyentes que gestionan o deciden las asignaciones de los tramos de éstas, cuyos servicios sanitarios los domingos por la tarde son nauseabundos. Los oligopolios continúan en las pantallas y los teléfonos.

La transición democrática fue distorsionada por la reforma de 2006: salieron los ciudadanos y entraron las cúpulas de los partidos políticos a repartir los cargos del árbitro electoral. El bono democrático se dilapidó.

La redistribución del poder ha sido de facto y a favor de las cúpulas partidistas, de los gobernadores, de los niveles superiores de los tres poderes, de los grandes capitalistas y sus empresas. Sus héroes llegan hasta arriba y aprisa. Su impunidad se nota en las calles y banquetas, los vehículos que hoy las bloquean, como lo hacían las patrullas de la policía judicial federal en los gobiernos de los presidentes Echeverría y López Portillo, son los camiones repartidores de cerveza, refrescos y comida chatarra, irritando el sentimiento colectivo de frustración social, que también se alimenta de la anécdota, del escándalo, del accidente, generando sospechas, técnicamente discutibles, que buscan su verdad política en los coludidos.

El futuro no está en las estrellas, sino en las corrientes profundas. La migración es hoy el fenómeno demográfico más trascendente, anticipo y espolón de cambios sociales y territoriales. El país está surcado por corredores de migrantes. Hasta ahora en su mayoría mexicanos, crecientemente centro y sudamericanos. Faltan políticas públicas que inserten a los migrantes, antes de que se difundan percepciones y manifestaciones xenofóbicas estimuladas por la intemperie social de la población migrante y por una población arraigada, que lucha con sus propios demonios, expuesta a la violencia y al miedo, con sus expectativas disminuidas o amenazadas.

En 2018 parecen jugarse cosas todavía importantes como la confianza en el futuro. En este sentido, como la vía pacífica para el cambio de autoridades, hay que fortalecer la legitimidad electoral, máxime en un escenario de descalabro de la economía nacional e inestabilidad internacional, que golpee los ahorros y la seguridad de las clases medias, y no queden otras salidas que llevar una vida frívola y alocada —entre las casas de empeño y los casinos— o lanzarse a la calle a protestar a pesar de la discordia fratricida, o descubrir la salvación en causas, en una coyuntura en que se buscan respuestas para expresar experiencias amargas y esperanza en la justicia. Un próximo presidente con experiencia y tacto, que culmine la transición democrática, una combinación de Adolfo Ruiz Cortines y Manuel Ávila Camacho, creo que sentaría bien al país.

No hemos podido conjugar elecciones libres y concordia. Un terreno desnivelado de juego electoral fue lo usual en el siglo XX. En el mediano plazo, la legitimidad electoral puede fortalecerse con medidas como la segunda vuelta, campañas cortas, bajar el gasto en los medios de comunicación, respaldar a los consejeros electorales distritales con facultad para contar y recontar públicamente los votos contenidos en los paquetes electorales.

Hay que recuperar el nivel de barrio para que, ante los mecanismos inhumanos de la modernidad, como la base de datos que todo lo excusa, la gente pueda seguir conviviendo: la tienda de abarrotes de la esquina, el centro de salud vecinal, el juzgado de primera instancia, la escuela primaria de la colonia.

 

Ignacio Almada Bay
Historiador. Es profesor-investigador de El Colegio de Sonora. En 2017, publicó con Miguel Ángel Grijalva Dávila, “El papel de los diputados de Sonora en el Congreso Constituyente de 1917: perfiles y propuestas”, en Catherine Andrews (coord.), El constitucionalismo regional y la Constitución de 1917, Tomo III. México: CIDE, SRE, AGN, 469-488.

Ensayo

Lo inevitable es que haya sorpresas

Revertir este presente de gobernantes cínicos, ignorantes y ladrones es una tarea brutalmente desesperanzadora pero no imposible para quienes hoy estudian en las universidades. Junto a ellos, entre ellos y en un terco intento de comprender a cada generación, he transitado los últimos cuarenta años de mi vida.

No puedo mirar el mañana de México sólo desde mi biografía ni desde la capital del país. Lo que iba a hacer, a parir y a imaginar ya quedó atrás. Mi presente está en la docencia dentro de una facultad. No me tocó el privilegio de ser miembro de un instituto de investigación en la UNAM donde la tarea central no se da frente a un enorme grupo de quienes rondan los veinte años. Los investigadores forman alumnos, sí también, pero a los de posgrado, a los que ya destacaron. Yo me enfrento cada semestre a demasiadas decenas de jóvenes que en su mayoría traen un capital cultural pobre, son muy pocos los que proceden de ambientes familiares favorecidos, son excepciones los que exprimieron a sus maestros de prepas y cecehaches, son contados los que de verdad saben pensar por sí mismos.


Ilustración: Adrián Pérez

Me he mimetizado fuertemente con su sentir frente al país. A diferencia de mi generación que tenía delante un futuro luminoso, la mayoría de ellos miran un panorama gris, hostil y cerrado. Persisto en mi sugerencia de que no salgan a repartir currículos en las empresas o en los gobiernos, sino que construyan pequeñas comunidades interdisciplinarias con sus cuates de otras carreras o facultades. Me miran escépticos. El imaginario social los adiestró para buscar un empleo e ir ascendiendo paulatinamente hasta ser jefes poderosos.

No me creen cuando les digo que casi nadie en México se preocupa por su inserción en el mercado laboral, tampoco les parece verosímil que hoy un título de licenciatura no es pase automático a ningún lado. Algunos sueñan con el posgrado que a través del Conacyt les otorgaría unos doce mil pesos mensuales y con ello ganarían más que cualquier salario de recién egresado. ¿Y luego qué? les pregunto. A los tiempos completos de la academia entran pocos y la exigencia de la hiperespecialización va a convertirlos en escaladores de nóminas que suelen alejarlos de las necesidades de quienes sufren varios tipos de pobrezas. No somos Finlandia para estudiar a partir de problemas locales, regionales y globales. Nosotros aprendemos teorías, métodos, sabemos de autores y corrientes epistemológicas, pero no planeamos rutas consistentes para el mañana de una mejor nación.

A ratos me sorprende la diferencia de involucramiento en la política que tienen estas generaciones. No quieren saber de partidos, los detestan a todos. Ante sus gestos de rechazo no puedo olvidar los años ochenta cuando la izquierda mexicana se reorganizaba. Un grupito de mexicanos estudiábamos en Italia cuando se dio la fusión de varias organizaciones con miras a participar unidas en las elecciones federales. El entusiasmo era total. Queríamos volver a México y lo comentamos con nuestro maestro más conspicuo: Cerroni. Su sugerencia fue contundente: dentro de un partido tendrán que defender una parte de la realidad nacional, van a sacrificar la mirada del todo, un país es un ente vivo en el que sus partes son interdependendientes… ahora que pueden estudien bien la historia de esa tierra suya, conozcan sus recursos, a su gente. Nos quedamos allá, por supuesto. Hoy esa gana de participar en política es difícil de ser comunicada a quienes están en la lógica del sálvese quien pueda.

El 2018 es un escenario de tránsito. Por muchas razones se trata de un gozne importante pero no decisivo. La clase política y sus aprendices solo se miran el ombligo e imaginan que el poder se ejerce como en las épocas oscuras, no han calibrado la fuerza y decisión de los líderes en potencia que están a punto de entrar a la escena pública. Si bien los kumamotos y las comunidades con liderazgo no se dan en maceta, sí contamos con jóvenes de diversas procedencias y con organizaciones consistentes dispuestos a reconstruirlo todo. Así, con sus ingredientes de inexperiencia y tal vez con falta de pericia, pero con algo importante: todos intuyen que el presente es de trabajo serio, de cohesión ética, de transparencia y de autocrítica grupal.

El mañana de México será resultado de un proceso no planeado, como diría Norbert Elias. Nadie sabe qué elementos serán los decisivos y qué formato adquiera la organización de lo social. Hay tendencias en lo económico, pero incertidumbre total en lo demás. El mosaico nacional es tremendamente heterogéneo, hay regiones que se montan en la tecnología e inventan salidas, hay otras que se resisten a lo nuevo, unos grupos se sacuden la tutela gubernamental y otros sienten temor a moverse por su cuenta. Por todas partes se gestan escenarios hoy desconocidos. Preparémonos para las sorpresas.

 

Fátima Fernández Christlieb
Socióloga. Académica de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Su último libro es ¿De dónde, demonios, salió el eneagrama?

Ensayo

Mi mañana es ahora

No había mañana cuando yo tenía 20 años. Todo era el hoy. No tuve tiempo ni para el miedo, ni para el desencanto. Y todo era nuevo. La libertad, las calles para rodarlas, las ideas de otros rehaciendo una baraja de certezas, el sexo como un juego.

Supe que había esperanza. Por donde quiera pude ver a quienes se pusieron a lidiar para que el silencio, la ciega autoridad, la dictadura imperfecta fueran cambiando.

En quinto de primaria yo estaba segura de que nada habría mejor en el futuro que ser maestra. Ser como las mujeres que me enseñaron a escribir, a las que por años imaginé más dueñas de su destino que a ninguna otra.

No sé cómo, ni en qué año de mi consternada adolescencia, perdí esa convicción y dejé que me tomara por su cuenta un despropósito: lo mío y lo de todas las mías tendría que ser casarse. Si a eso no le veíamos futuro, a los veinte años no quedaba más mañana que la nada.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Andaba yo a punto de estar ahí cuando mi hermana, que siempre trae una estrella entre los ojos, se preguntó por qué parecía lógico que los hombres de nuestra familia se fueran a estudiar a la Ciudad de México, y las mujeres no. Intervino nuestra madre dándole la razón. Así que en contra de todos los miedos de la única persona en nuestra vida que sólo quería paz, nosotras nos mudamos también. Yo, con una enfermedad de los mil demonios, a la que entonces avergonzaba llamar epilepsia.

Sólo un rato duró el asombro de vivir teniendo sobre mi cabeza la idea de que el mundo que dejaba yo atrás estaría ahí, impávido, hasta que se me diera la gana. Ya lo conté, pero siempre viene al caso. Nuestro papá murió dejándonos sin saber qué pasaría al día siguiente. Ninguna sensación de intemperie, ningún acto de valor voluntario, podría lastimarnos tanto como lo había hecho por su cuenta el puro azar. No había ya nada sino el presente. Nada sino la libertad como un deber y un tesoro. La libertad y lo que fuera, con tal de no perderla.

No tuve tiempo de pensar en el futuro. Trabajé, como tantos, en todo lo que se me ocurrió y me propusieron. Creí, junto con mi generación, que el país sería menos pobre y más dueño de sí, por el sólo hecho de vernos vivirlo con esperanza y valor. Dos pasiones que hemos querido poner en nuestros hijos, a veces, dicho por ellos, dándoles de más. Valientes sabemos que son. Veo a mi alrededor, sin duda en las páginas anteriores a ésta, que valentía les sobra. Quizás lo que les pesa es nuestro exceso de esperanza, creí. Les hemos dicho que todo se puede, porque hemos creído que se puede todo. Aunque muchas veces la realidad nos niegue y nos vuelva a negar lo que tanto buscamos, creemos que el mundo tiene remedio. Y que este país ya es mucho mejor que el de nuestra infancia, incluso que el de la infancia de quienes hoy tienen veinte y treinta años. No me dedico a la estadística, pero creo en ella porque puede palparse. México, en mi mañana, que es el hoy, tiene una sociedad más inteligente, más ilustrada, más libre, más democrática, más rica que la de cuando yo tenía veinte años. Las actitudes para tantos extrañas que teníamos algunos, entonces: la certidumbre de que el amor y las destrezas de la costumbre son distintos, el derecho a vivir con quien se nos antoje, la voluntad de llamar a todo por su nombre, el deber de pensar en los otros, sin duda la libertad sexual, la reverencia por la naturaleza, el decir estoy enferma pero no soy menos que otros, son ahora cosa de muchos y de casi siempre.

Por desgracia, todo este bien que es tanto, se confunde y diluye, se olvida y hasta desaparece cuando a diario nos espanta un mal que nunca imaginamos. Un alarido entre las risas de los niños. No hemos podido con los muertos que no mata el azar sino la barbarie, el odio, la sinrazón, la estupidez. Los muertos que empezaron a salir como de repente y que lo tienen tomado casi todo. La maldad que no nos merecemos. ¿Y ahora qué?, preguntamos. ¿Voy a tener tiempo para el miedo? A esta vejez viruelas. ¿Para qué dijimos que todo se puede? No va a quedar otro remedio que pensar en mañana. Entre las risas de los niños, exorcizar el desencanto. Porque nuestros hijos, a pesar de la guerra, como si quisieran desarmarla, están teniendo el valor y la esperanza de tener hijos. Tendrá que haber mañana cuando yo tenga setenta años. Y entre las risas de los niños, he de tener el tiempo para pensar en él.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

Ensayo

Seguir sin existir

Vivo a México con miedo. En este país en el que nací, del que jamás he salido por más de algunas semanas y del que no me imagino lejos, me acompaña todo el tiempo una sensación de vulnerabilidad, de desprotección, de no tener a quién recurrir cuando algo malo sucede, porque a nadie le importa lo que les pasa a los otros: ni al policía o la autoridad, ni al colega o el vecino.

El miedo no es porque sí. Existe porque asaltan en el cajero y en el restorán; roban el auto y roban la casa; matan a la joven que tomó un taxi y al joven que defendió a una chava en el antro; extorsionan al pariente que tiene una tienda y secuestran al conocido que tiene una fábrica; se derrumba el edificio donde vivía mi madre y la escuela donde estudiaba la nieta de mis amigos.


Ilustración: Pablo García

Viene de que cualquiera cierra una carretera para protestar y tú no puedes pasar aunque te sea urgente, de que otra hay que cerrarla por mal hecha y tú no puedes pasar aunque te sea urgente. Viene de que cualquier burócrata de quinta te puede desgraciar la vida por ineficiencia, mala fe o incapacidad. Viene de que sin más despiden a los trabajadores de una empresa y a los de un hospital y a los de una casa y a los de una tienda, y esos que de un minuto a otro se quedan sin nada, ¿qué hacen sus familias? Viene de que despiden a policías y funcionarios que hicieron barbaridades y entonces pasan a andar sueltos por las calles, ahora sí que sin dueño ni mecate ni obligación ni contención, allí junto a mí y a ti y a él y a nosotros y a vosotros y a ellos.

Pero el miedo es además y también por otras cosas.

Nací en un México en el que pude cumplir mis sueños: ir a la universidad, escribir y publicar, ver cómo ganaba terreno el feminismo, la libertad de expresión, el respeto a los derechos humanos, la democracia. En cambio ahora veo que mis hijos no tienen para donde voltear. Sus estudios, sus esfuerzos, sus sueños, se topan inexorablemente con ese muro de México del que habló José Emilio Pacheco, en el que hay colgado un letrero que dice: lo que tú haces no me interesa.

Por eso no hay presupuesto para ciencia, no hay presupuesto para cultura, no hay presupuesto para salud, el dinero se usa todo para los partidos, las elecciones y la publicidad del gobierno. Presupuesto cero y háganle como puedan. Corrupción cien y allá ustedes si creen que pueden contra esto.

Vaya paradoja en la que vivimos, un país en el que los corruptos y los delincuentes consiguen todo y los decentes nomás no hallan el modo. No importa si lo que hacen es tan importante para la sociedad, no consiguen chamba ni los médicos ni los músicos ni los historiadores ni los sicólogos, ni los nutriólogos. No es eso lo que me habían prometido mis maestros y mis padres, no es eso lo que yo misma les había prometido a mis hijos.

Qué pesimista eres me dicen. Hay que ver las cosas buenas. Y sí claro, hay muchas cosas buenas. Pero no tengo ni los míos tienen tranquilidad ni seguridad, porque lo que hoy tenemos, mañana se cae o de plano, desaparece.

Se cae, porque en este país a nadie le importa cuidar nada. Los proyectos más maravillosos mueren en manos de funcionarios y burócratas ineptos y desinteresados. Y desaparece, porque en este país nos lo arrebatan los malos.

Que pesimista eres me dicen. Y sí, lo soy, porque no veo que se pueda tener ilusión, soñar, hacer planes.

Por eso cuando me preguntan en esta revista a la que vi nacer y a la que he visto caminar durante 40 años, que cómo veo al México de mañana, sólo puedo contestarles desde ese pesimismo, desde ese miedo.

Veo al México de mañana igual al de hoy: inseguro, corrupto, ineficiente, en manos de funcionarios desinteresados y de delincuentes malvados.

Así lo veo porque así es hoy y no veo por qué habría de ser diferente mañana, no existe ningún indicio de que vaya a mejorar, y en cambio están todas las señas de que se va a poner todavía peor.

Los malos y los que tienen amigos poderosos tendrán apoyos. Los demás seguiremos sin existir. Las mejores personas no tendrán oportunidad, las peores tendrán todas las oportunidades. Los proyectos van a morir sin nadie que se dé cuenta siquiera de lo mucho que se perdió, y en su lugar no va a surgir nada. La corrupción estará allí para asegurar que los edificios y las carreteras se sigan cayendo y los delincuentes estarán allí para asegurar que sigamos teniendo miedo.

 

Sara Sefchovich
Socióloga e historiadora. Su más reciente libro es Vida y milagros de la crónica en México.

Ensayo

Masoquista y sin jardín

Hace añares me volví feminista y ya entonces, en el horizonte de la emancipación social, muchas personas luchaban en pos de la libertad sexual y los derechos reproductivos para las mujeres. Hoy, cuando recuerdo aquel pasado y levanto la vista, muy a mi pesar veo tan sólo complicidades de los políticos y empresarios con el clero. Abatida por la ausencia de lo que yo presumía que debería estar ocupándonos ahora, me pregunto: ¿qué nos deparará todavía el futuro?

Ilustración: Kathia Recio

Pues bien, y a riesgo de resultar pesimista, les confieso lo siguiente: lo que veo y entreveo es un panorama cada vez más deprimente y peligroso. Si en este país, ¡en pleno siglo XXI!, cada día se embarazan más adolescentes, incluso niñas de 9 y 10 años, ¿cómo es posible que no se haya podido llevar a cabo una indispensable y urgente educación sexual en las escuelas? ¿Será para evitar que la Asociación Nacional de Padres de Familia se alebreste? Aventuro, como probablemente ustedes también, la descorazonadora respuesta. Del mismo modo, ¿por qué no se difunde y se sigue obstaculizando la anticoncepción de emergencia, cuando supuestamente esa batalla —tan heroicamente dada por Julio Frenk— ya había sido ganada? ¿Dónde se ha visto que los derechos, una vez adquiridos, deban ser reconquistados nuevamente? A falta de una mejor respuesta, supongo que, por un lado, para mantener contento y tranquilo al Episcopado; y por otro, porque nuestro gobierno desprecia la mayoría de edad de la ciudadanía. ¿Por qué la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes (ENAPEA) sigue necia en solo “prevenir” y se niega a “remediar” con la interrupción legal del embarazo? Conjeturo que porque el aborto sigue viéndose como una interferencia diabólica en lo que las Iglesias consideran el destino “natural” de las mujeres: “ten todos los hijos que Dios te mande”. ¿En qué lógica cabe que el Partido Revolucionario Institucional, que votó en 2007 la despenalización del aborto en la Ciudad de México, prohíba ahora a los hospitales federales y las clínicas del IMSS y el ISSTE ubicadas en esta misma ciudad realizar la interrupción legal del embarazo? Tal parece que su lógica, tristemente electorera, coincide con la de las televisoras, que no abren sus espacios para un debate público sobre estos problemas pues a los empresarios tampoco les interesa pelearse con los obispos. Y ya mejor ni hablo de los obstáculos para la reproducción asistida que enfrentan parejas lesbianas y homosexuales, porque mi desolación no haría sino aumentar.

Además de ser pesimista, como se puede notar, estoy enojada y decepcionada. Si en algún momento creí que ya estaba claro el lugar que las creencias religiosas debían ocupar en un Estado laico, hoy veo con espanto que el poder eclesiástico, católico y evangélico, avanza rampante y sin pudor sobre el laicismo en la vida pública. Y lo más reprobable es que lo hace financiado por no pocos “grandes empresarios” que deberían, en vez, ser ejemplo de civilidad laica para el cambio que este país precisa. Con desaliento miré, por ejemplo, cómo Andrés Manuel López Obrador nombró al empresario “provida” Alfonso Romo para “coordinar” su proyecto de nación, y hoy me aterra su nefasta alianza con el Partido Encuentro Social. Me indigna que el PRD se una con el PAN en un Frente que indudablemente no defenderá la agenda de libertades sexuales y reproductivas. Y, para rematar este cuadro grotesco, con frustración advierto que todos los aspirantes a la presidencia evitan nombrar siquiera importantes asuntos de interés social como los derechos de las personas LGBTTIQ, el comercio sexual y la interrupción legal del embarazo.

¿Qué puede venir? No lo sé. En cualquier caso, no se me hace difícil imaginar a los evangélicos del Partido de Encuentro Social armando una bancada parlamentaria para competir con la bancada católica del PAN. Imagino también a más adolescentes obligadas a parir, y a dejar sus estudios, y a mujeres en otros estados de la República corriendo riesgos por no poder abortar legalmente. Avizoro igualmente, sin mucho esfuerzo, los dolores y contratiempos de las lesbianas, los homosexuales y las personas transexuales para hacer valer sus derechos ciudadanos. O sea, entreveo el triunfo del fanatismo religioso sobre los principios democráticos de respeto por la libertad ajena.

Por si esto no resultara ya de por sí suficiente, y para colmo de mi depresión más personal, también entreveo a una generación de jóvenes feministas, hartas de una violencia sexual que aumenta, reaccionar enardecidas con odio e intolerancia. Ciegas a su propia misandria, y haciendo oídos sordos a la parte de violencia que también afecta a los hombres, ven en todo una conspiración misógina. Encuentran violencia en todas las expresiones del comercio sexual y hasta viven los piropos y las insinuaciones sexuales como acoso. ¡Ay, el nuevo puritanismo!

Desde el movimiento en que sigo inserta, veo con gran preocupación un avance de esas posiciones mujeristas, que visualizan a todas las mujeres como “víctimas” y a todos los hombres como potenciales victimarios. Esas creencias esencialistas del mujerismo, que no es sino otra forma de fundamentalismo, pervierten el anhelo libertario del feminismo.

Hace años un amigo cercano me dijo que por qué no dejaba el activismo feminista y me dedicaba a “cultivar mi jardín”. He de ser masoquista porque no he podido hacerlo.

 

Marta Lamas
Antropóloga. Directora de la revista Debate Feminista y profesora-investigadora del Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM. Acaba de publicar Fulgor de la noche. El comercio sexual en las calles de la Ciudad de México.

Ensayo

El momento de la sociedad civil

Vivimos el momento de la sociedad civil. Hoy, todos —incluidos los políticos— invocamos a los ciudadanos y a sus organizaciones como quienes pueden restaurar la salud de nuestra vida pública, pero más que como corolario de nuestra democratización, como consecuencia del creciente desprestigio de nuestras instituciones públicas. La centralidad de la sociedad civil brota de la desconfianza en nuestros gobernantes y representantes políticos, atrapados en la corrupción y la impunidad que ahonda su incapacidad para resolver nuestros problemas ancestrales como la desigualdad, la pobreza y la injusticia y los más recientes de la inseguridad y la violencia.

Pero, el discurso que invoca la identidad ciudadana como reivindicación de la honestidad y la integridad de la que adolece nuestra clase política no comparte un objetivo único de servir de catalizador de la construcción institucional, sino que también acoge la bandera de la antipolítica, del rechazo a todo lo que esté asociado a las agencias y los procesos gubernamentales. Parece que hemos renunciado a que una adecuada armazón legal sea suficiente para que las reformas institucionales se traduzcan en políticas públicas que marquen rutas efectivas de cambio, pensando que la sociedad civil puede tomar el timón de la gestión pública y sanarla, casi mágicamente.


Ilustración: Pablo García

Mi generación apostó al impulso reformista para democratizar a nuestro régimen político y fortalecer el estado de derecho. Queríamos gozar de libertades y derechos como sustrato de un desarrollo económico y justo. La estatalidad estaba en la mira, buscábamos instituciones fuertes y partidos políticos competitivos para impulsar una deliberación política con base en proyectos diversos y alternativos. Demostramos que éramos capaces de idear nuevas instituciones para apuntalar el ejercicio de derechos políticos y humanos. Reformamos nuestra constitución y aprobamos nuevas leyes para respaldarlos y algunas como la de transparencia y acceso a la información se erigieron en modelos al ocupar el primer lugar en los índices internacionales en la materia. Pero, las nuevas instituciones están hoy amenazadas por la desconfianza de los ciudadanos y nuestra clase política está atrapada por la voracidad; ya no ambiciona el poder para mandar, dirigir e impulsar ciertas políticas, sino para llenarse los bolsillos. Tenemos pluralidad y competencia política, pero éstas han servido más para sellar pactos de impunidad entre las fuerzas políticas que para edificar una plataforma de proyectos diversos de sociedad y Estado.

Buena parte de los avances registrados responden al afán de incidencia de la sociedad civil para, con un esquema de corresponsabilidad, diseñar legislaciones y políticas públicas y hacer procesos abiertos de nombramientos a cargos relevantes. Incluso, recientemente, al crear el sistema nacional anticorrupción se dio un salto adelante para que la sociedad civil se insertara y dirigiera dicho sistema con miras a generar una colaboración estrecha con las entidades públicas.

Ante su profundo descrédito, la clase política ha adoptado el discurso de la sociedad civil, pero más formal que genuinamente. Hace unos años, se aprobaban convocatorias para ocupar cargos públicos, invitando a las organizaciones de la sociedad civil para vigilar los procesos, hoy hay resistencias para hacerlo, so pena de dejar vacantes los cargos y sin que haya consecuencia alguna por la irresponsabilidad cometida. La reprobación social por los altos montos de financiamiento público llevó a dirigentes partidarios a ofrecer renunciar a dicho recurso, en un acto demagógico que muestra su desprecio por la opinión pública y sin intención alguna de asumir un compromiso por atajar las ilegales desviaciones de recursos públicos hacia las campañas políticas.

Vivimos una orfandad institucional, por ello, si en el futuro próximo la fortaleza política y moral de las organizaciones de la sociedad civil no se orienta de manera decidida a fortalecer nuestras instituciones, sino a socavarlas y a fomentar su desprestigio, pretendiendo que son reemplazables, estaremos en peligro de que se desfunde nuestro deficiente Estado de derecho. El peligro de que en el imaginario social avance la idea de la sociedad civil como sustituto de nuestras instituciones públicas, como mensaje antipolítico, es más hondo en el ámbito local en donde es escasa la masa crítica de la sociedad civil y por ello está más expuesta a ser capturada por el poder público.

Creo que las organizaciones de la sociedad civil han ganado relevancia y confianza porque no son meros grupos de protesta, sino que desarrollan un trabajo profesional y especializado en los distintos campos de la vida pública para fundamentar su crítica. En el futuro cercano, la ruta virtuosa abierta por ellas para la construcción institucional deberá de optar por la formación de coaliciones en torno a agendas prioritarias para evitar que el desencanto las obligue a replegarse. El momento de la sociedad civil seguirá enfrentando las dos amenazas: la resistencia del poder para someterse la interacción obligada con los ciudadanos, y la apuesta de quienes aprovechando la reprobación social pretenden sembrar el discurso de la suplantación de nuestra frágil estatalidad. Sólo si el momento de los ciudadanos se convierte en piedra angular del fortalecimiento institucional vislumbraremos un horizonte promisorio de construcción del Estado de derechos al que aspiramos.

 

Jacqueline Peschard
Doctora en Ciencias Sociales y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Ensayo

Mi cartografía del miedo

Hemos entrado al siglo XXI de manera precipitada como si una locomotora abriera brecha a la confusión que arrastra el país. A lo largo de la vía, se acomoda un inmenso arsenal de palabras para nombrar los gobiernos, la vida política y social, las carencias y los errores, y nos perdemos en ellas porque aparece ante nuestros ojos el signo de la violencia con mayúscula. Todo México es un desconcierto, cada ciudadano siente que algo se ha roto, en estos últimos 25 años, que no podrá ser reparado, y es lo que están registrando la crónica, el arte y la literatura en una moda a veces exacerbada. Alguien dijo que somos los libros que leemos, pero yo pienso con Joan Didion que somos el paisaje en que crecimos, porque antes de los libros estuvo la tierra en que nacimos, los cielos y los árboles, los ríos o las playas, los cerros o las cañadas, los rascacielos, multifamiliares o condominios que nos rodearon.


Ilustración: Alberto Caudillo

La palabra que no miente es la del poeta pero no siempre los poetas dicen la verdad; a veces se equivocan o meten la pata (¿Ezra Pound el más visible?), y sin embargo, la poesía es género libre y herramienta sólida para los tiempos que corren en que el miedo nos acosa, día y noche, en todas partes, pero principalmente donde vivo, en la que fue la región más transparente del aire, donde lo único transparente es la inseguridad, el signo que nos define. También soy vecino de Tepoztlán y cuando estoy ahí y en la noche oscura oigo un ruido extraño, lo relaciono de inmediato con el delincuente que nos asalta, con el asesino que viene gratuitamente a cobrarse lo que piensa que le deben la sociedad, el gobierno, su madre o sus fantasmas. Se arrastra por las paredes del sueño y cuando amanece y veo la luz, descubro que estamos vivos, contentos de ver un día más. Entonces sé que voy a tomar un libro y a disfrutar de la paz augusta del campo; viene el día y sus rutinas o sus sorpresas, se disuelve en el crepúsculo que se lo lleva, y en la noche siento de nuevo al miedo volar cerca y atraparme. Es además un miedo imponderable, a veces abstracto y que surge de la corrupción galopante y de la impunidad sin remedio que nos asedia. ¿Cuándo perdimos el rumbo? ¿Cuándo lo vamos a recobrar?

De hoy en adelante ya el país no me interesa porque tengo la impresión de que delira, de que se ha desquebrajado; el futuro es una utopía, pero bastaría recordar la corrupción a galope que muestra Balzac en Las ilusiones perdidas para saber que tendremos que esperar dos siglos. El arte es la única herramienta que nos permite “adivinar” otro cielo, otra vida pública, otra orilla; la vida de hoy se centra en un diccionario rico en vocablos de alcurnia: extorsión y crimen. El vocabulario que pondera a diario la prensa, novelas y cuentos, videos y documentales produce una sensación de que todo está perdido o carece de sentido. Nuestro reino es el del crimen gratuito. “Madero y su mirada que nadie/ contestó por qué me matan”. La realidad parece ficción.

En la provincia frecuentada en la infancia veía tranquilidad y futuro, en la de hoy me asaltan sensaciones de impotencia y de desafío creadas por la red del narcotráfico y de la delincuencia: Veracruz, “rinconcito donde hacen sus nidos las olas del mar”, en 2017 es un “rinconcito” donde hacen sus demostraciones obscenas Los Zetas con los decapitados. Mi cartografía del miedo me lleva a Tabasco, y nada ni nadie es capaz de entender dónde quedó el pantano silencioso, la ceiba alumbrando el cielo; la magia de la poesía de Pellicer, Gorostiza y José Carlos Becerra se diluye en la cruda verdad de la violencia que ensombrece la vida cotidiana. Leo “Todo se inauguraba ante mis ojos./ Todo era abrir el cielo a todas horas”, que escribió Pellicer; “anda putilla del rubor helado, anda, vámonos al diablo”, le contestó Gorostiza; y Becerra juntó las voces de los dos: “Volveré a surgir el día que rompa los vidrios de mi muerte!”. En la ola de oscuridad y de zozobra que a ratos azota al estado olmeca, las palabras de sus vates parecen rodar por el suelo, pero también pueden ser el aislante indispensable para no pensar el Mal. Nuestro futuro lo escriben los redactores de un texto que inventa y recrea la vida de hoy por el medio que escoja el artista. Yo, como profesor universitario, observador de “los hechos”, veo el suburbio, los enfermos, los elementos que le dan fisonomía —una fisonomía patológica— a la ciudad. “He aquí la ciudad, el nombre mismo del Avatar,/ el personaje enterrado en su máscara y su clarividencia”.

 

Álvaro Ruiz Abreu
Escritor, biógrafo y profesor de la UAM-Xochimilco. Su último libro es La esfera de las rutas: el viaje poético de Pellicer (2014).

Ensayo

Pueblo de pobres

Vivo en una ciudad de 23 millones de habitantes, pero nací en un pueblo que sólo tenía ocho mil. El pueblo se llamaba Chetumal. En el año en que nací, 1946, empezaba el llamado milagro mexicano.

Chetumal no era parte del milagro mexicano. Era un pueblo pobre, escaso, en muchos sentidos inexistente. No tenía drenaje ni agua corriente. Tenía agua de lluvia y agua de pozo. La de pozo olía a podrido. La de lluvia era delgada y dulce. Se almacenaba en unos toneles de madera, ceñidos por flejes de acero, llamados curbatos, palabra cuyo significado sólo entienden cabalmente los nacidos en el Chetumal de entonces. Los curbatos recibían el agua de lluvia que caía sobre las casas mediante unas canaletas de lámina.


Ilustración: Víctor Solís

Jugábamos un juego llamado kimbomba hecho con palos de escoba. El palo chico tenía afiladas las puntas. Con el palo grande pegabas en una de esas puntas afiladas, el palo chico saltaba y lo golpeabas en el aire. Ganaba el que hacía llegar más lejos el palo chico. Juego de pobres.

Chetumal era un mundo aparte. Para llegar o salir en avión había que volar a Mérida, de ahí a Villahermosa, de ahí a Veracruz y de Veracruz a la Ciudad de México. El vuelo duraba todo el día. Por barco podían hacerse dos semanas a Veracruz. Por tierra no era posible llegar o salir.

La Secretaría de Marina había fundado aquel pueblo en el extremo sur del país, en la desembocadura del Río Hondo, para darle algún rasgo de realidad al tratado de límites firmado en 1893 con Inglaterra, el tratado que define todavía hoy los límites con Belice y Guatemala.

El 22 de enero de 1898 doce marinos y un subteniente de corbeta pusieron un pontón en la embocadura del río Hondo para significar que ahí empezaba México y terminaba Honduras Británicas, la entonces colonia inglesa que hoy se llama Belice.

En sus inicios, la ciudad que sería Chetumal fue sólo la barraca y la letrina que pusieron en la ribera los marinos del pontón para poder dormir en tierra. No pensaban, supongo, que estaban pintando la frontera sur de México y que sus cuerpos portaban la soberanía territorial del país.

En algún archivo de la Secretaría de Marina deben estar sus nombres. La memoria local recuerda sólo el de su comandante, Othón Pompeyo Blanco Núñez de Cáceres, cuyo nombre abreviado, Othón P. Blanco, es el del municipio donde está hoy la ciudad de Chetumal y el de la vieja calle del pueblo en cuyo número 17 yo nací, medio siglo después de los hechos que refiero, en 1946.

Dice la historia que Othón P. Blanco fue a dar parte a las autoridades inglesas de que su pontón y él eran la nueva aduana, la nueva frontera de México. Fue después por los pueblos del lado inglés: Consejo, Sarteneja, Corozal, Orinchuac (Orange Walk), a invitar a los nacidos de este lado a regresar y poblar la ribera que él había empezado a chapear (desyerbar a machete).

Dice la leyenda que para distraer sus tedios el subteniente Blanco cruzaba a los pueblos beliceños cuando había un baile y que en uno de esos bailes conoció a una mujer llamada Manuela Peyrefitte, a la que le propuso venir con él. Ella aceptó, él se la trajo, pero Manuela tenía un novio que vino a reclamarla, sólo para encontrarse con los marinos del pontón que le apuntaban con sus rifles en defensa de los amores de su comandante.

Dice la historia que Manuela Peyrefitte era maestra y puso la primera escuela de Chetumal, entonces Payo Obispo, a la sombra de una ceiba. Es un hecho que Othón P. Blanco y Manuela Peyrefitte se casaron y procrearon nueve hijos y tuvieron una buena vida juntos.

En 1910, Quintana Roo tenía 9 mil habitantes. Treinta años después, en 1940, tenía 18 mil. Treinta años después, en 1970, tenía 88 mil 150.Treinta años después, en el año 2000, tenía 874 mil 963. Diez años después, en el año 2010, tenía 1 millón 350 mil. Siete años después, en el momento en que escribo, hay en el estado de Quintana Roo, 1 millón 500 mil habitantes y en su capital, Chetumal, 350 mil.

 El 88% de esa población es urbana y el 12% rural. Desde el año 2004 Quintana Roo crece al 5% anual, más del doble que la tasa nacional. La escolaridad promedio de Quintana Roo es de 9.6 grados, contra 9.2 del promedio nacional. La Universidad de Quintana Roo, fundada en Chetumal en 1992 con 300 alumnos, tiene hoy más de 6 mil egresados.

No está mal para haber empezado sólo en aquel pueblo de pobres.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida.

Ensayo

Atrevernos a mirar hacia adentro

Cuando aparece nexos, ya había pasado el 68 pero el país aún vivía tiempos de confianza en un futuro promisorio, por lo menos es lo que yo pensaba cuando publiqué aquí por primera vez en agosto de 1980. Muy poco después se esfumó el auge petrolero, el desplome fue brutal y cayó una pesada losa sobre el ánimo colectivo que evaporó el entusiasmo y cerró la visión de futuro. Se tuvo otro momento de optimismo, cuando la deuda empezó a ser manejable; se renovó la narrativa y se optó por apostarle a la apertura, a los mercados y muy particularmente, a stados Unidos, con el TLCAN. Pero todo acabó en desgracia en aquél terrible 1994. El siglo nuevo trajo la alternancia, pero no el crecimiento. A mediados de los 2000 y tras una disputadísima elección que dividió al país y lo tuvo en vilo, se lanza la guerra contra el narco e inicia una era de violencia ciega, brutal, que todavía no termina.


Ilustración: Mariana Villanueva

En estas cuatro décadas se fue instalando un nuevo espíritu de los tiempos, un zeitgest extremadamente pesimista y corrosivo, que es ya una especie de ideología dominante y de la cual es difícil escapar: Se dice que en México todo está mal y cada vez peor. Desde luego, razones no faltan. Pero no es así. Muchas cosas en México son hoy mejores. Por ejemplo, tenemos alternancia democrática, una prensa más libre y una sociedad civil más amplia, fuerte y educada. Hay un gran mercado interno y signos inequívocos de avance, pero no basta: el pesimismo llega hasta la médula; quizá porque llegamos demasiado lejos y tocamos fondo. Pensemos en las estremecedoras masacres de San Fernando o en Ayotzinapa.

El crecimiento económico se esfuma y las instituciones se debilitan más allá de su saludable transformación; los indicadores de pobreza y bienestar se estancan, o de plano, se contraen. Hoy, México se parece cada vez más a una plutocracia egoísta, excluyente y sin proyecto nacional. Un país donde el gobierno (y el presidente) es cada vez más débil y una mayoría de gobernadores ha convertido a sus estados en verdaderas satrapías. Vemos cómo se pierden territorios y juventud en el crimen, el narco y el sicariato. El país vive una profunda deriva institucional. El país de las fosas.

Me temo que el futuro es impredecible y que estará poblado por cisnes negros que no dejarán de sorprendernos. Aun así, el perfil demográfico está establecido y conocemos los contornos de la cuarta revolución industrial y sus tecnologías de crecimiento exponencial que nos afectarán profundamente —la digitalización de casi todo, la Inteligencia artificial y sus potentes algoritmos— y cancelarán infinidad de empleos. El único antídoto será contrarrestarlo creando más empleos nuevos. Para ello debemos mirar hacia adentro.

Para crecer y ampliar el mercado interno, necesitamos, por lo menos, aumentar la inversión y el ahorro. Pero esto no puede lograrse, si no se fortalece la política fiscal. Se requieren más recursos para detonar inversiones y empleo. No sé si eso resuelva el tenaz acertijo del estancamiento secular, pero por lo menos es condición necesaria.

Para cambiar, hay que mirar al sustrato profundo de nuestra sociedad: El racismo, la exclusión y la desigualdad. El racismo de mil rostros, el racismo hipócrita de nosotros los mexicanos. Los territorios cedidos al crimen, nuestros paisajes devastados por la pobreza y la juventud sin esperanza. Casi todos coincidimos en lo que hay que hacer: sobre todo, renovar y recrear las instituciones; las de procuración de justicia en primer lugar y combatir el desapego a la legalidad, tan arraigado en los mexicanos. Respetar y exigir la observancia de los derechos humanos; construir ciudadanía.

México ya cuenta en el mundo, a pesar de sus problemas: por su tamaño y geografía, su historia difícil pero singular. Sin cerrar puertas a nadie, atrevámonos a ver más al mundo de mañana, no tanto al de ayer. Pienso en Asia del Este, en la India, en África, y desde luego en América Latina que, con más de 630 millones de habitantes sí cuenta. Ya sabemos, que no es posible un futuro colgados del estribo de Estados Unidos.

Para sacar al país de la mediocridad, la violencia y el estancamiento, hay que atrevernos a mirar primero hacia adentro. Tenemos que poner a producir a nuestras regiones, a nuestras ciudades pequeñas, a su gente y sus territorios hoy secuestrados y silenciados por el crimen y la miseria. Hay que fomentar una potente red de pequeñas y medianas economías regionales. México, por fortuna, no es ni será nunca un país homogéneo, su riqueza está en su diversidad asombrosa. Respetémosla, dejémosla ser; en Juchitán la gente es como ha sido siempre, pues que siga así; lo mismo con los sonorenses y los huastecos. Se puede ser modernos, ciudadanos y celebrar la fiesta del pueblo.

Sobre todas las cosas, devolverles a nuestros jóvenes la esperanza de futuro. En la desesperanza se anida el cinismo y el rencor. Que ellos sí puedan trascender este zeitgeist. No hay de otra, hay que atreverse.

 

Cassio Luiselli Fernández
Economista y diplomático. Doctor en geografía y medio ambiente.

Ensayo

Peor que los papás

Crecí jugando en la calle todas las tardes después de hacer la tarea. Los niños de la cuadra nos juntábamos y si no era la bicicleta lo que nos apasionaba, eran los patines o “el bote”, “uno, dos, tres por mí”. No conocíamos el miedo, nadie nos cuidaba. Éramos felices jugando matatenas con piedritas. Entrábamos y salíamos de las casas, que permanecían con la puerta abierta, como si nada. Íbamos por un suéter o las canicas o una pelota o los trompos. Los niños de ahora no gozan de esa libertad ni pueden salir solos. Los padres viven estresados, miedosos, preocupados. Los niños chiquitos andan en la calle con una correa como si fueran cachorros.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Hace unos días, un vecino picó las llantas de un coche sólo porque se estacionó en su barda. No en la entrada de su casa. No. Pegado a la barda. Vivimos un mundo hostil, peligroso, sin educación y sin respeto por el otro. Hemos olvidado principios fundamentales que hacían la convivencia pacífica, grata. Todo el mundo saludaba en la calle. Te cruzaras con quien te cruzaras: “Buenos días”; “buenas tardes”. Y como si fuera poco, nos movemos en un mundo en que los pobres son cada vez más pobres, donde no hay justicia y el más tonto sabe saltarse las leyes. A mí me asaltaron, y me dio más miedo la Delegación que el robo. ¿Qué puedo sentir? Desesperanza, tristeza, impotencia. ¿Habrá manera de cambiar? En los países más avanzados, te obligan al cambio: si no separas la basura, te multan. Si cruzas una calle donde está prohibido, te multan… Te obligan a participar en el cuidado del medio ambiente, en la civilidad.

Acabo de leer en el periódico un largo artículo sobre la educación, de Olga Sanmartín. No me equivoco, ahora los niños no tienen una idea que se acerque a la nuestra de la autoridad. No respetan a los maestros, por la sencilla razón de que tampoco los padres lo hacen, y porque entre los padres y los niños tampoco hay respeto. Vi a una mamá moqueteando a su hijita como de siete años, a la entrada de una primaria a la que yo iba a leer. Y me pasó lo del dicho: “Si te metes de redentor…”. En la escuela me dijeron que había profesores especiales para niños maltratados. Así, con normalidad. Como si fuera natural.

Entre los cambios que se propusieron en la Cumbre Mundial de la Educación en Qatar, para un mundo en que los niños la pasan pegados al celular o a la computadora, y quienes, no lo saben pero están condenados a vivir peor que sus papás, está la enseñanza del civismo, la lectura, aprender a escuchar, las Tecnologías de la Información y la Comunicación, los límites, la ética… ¿Podremos realmente generar ese cambio? Debería ser obligatorio el servicio social, el dar un poco de nosotros mismos a los demás.

Yo siento que vivo un mundo en crisis general: económica, de valores, justicia, paz, corrupción, inseguridad, pobreza. Estamos acabando con el medio ambiente. ¿Qué más?

Vivo donde no hay respeto por el otro, donde la gente amanece prendida a las redes sociales y, paradójicamente, no conoce lo más sencillo: la comunicación de persona a persona, de grupo. Y tengo la sensación de que los adultos ya no podemos salvarnos; pero tal vez, si nos ponemos a trabajar para los niños de ahora logremos hacer mejores seres humanos.

No soy optimista, he perdido la esperanza en el México de mañana. Lo siento. Quisiera decir que vendrán tiempos mejores, pero lo dudo, sinceramente lo dudo. El año que viene tendremos elecciones y sé que van a estar difíciles. ¿En manos de quién iremos a parar? ¿Se irá a respetar el resultado de las elecciones gane quién gane? No sé. Acabo de ver a Héctor Díaz Polanco (saludos) en un video, diciendo que está en la dirigencia de Morena, suspirar porque lleguemos a ser como Venezuela. Que México se integre a la revolución Bolivariana… ¿Pues que no ve? ¿No lee? Está difícil lo que nos espera, no hay tela fina para cortar. Yo deseo un cambio para bien de todos, en libertad, democracia, respetuoso de las leyes, de los derechos humanos, honrado. ¿Es mucho pedir? Un cambio que castigue la corrupción, que aliente el trabajo no sólo por el bien de México sino del planeta. ¿Es mucho pedir?

Y no he querido hablar del narcotráfico y sus efectos. No todo se lo podemos dejar al gobierno para un cambio. Nosotros tenemos que propiciar ese cambio. Pero no veo que la gente esté consciente de lo que nos espera. La gente parece ver para sí misma: riega la calle, tira la basura, da mordida. Gane quien gane, que sea para el bien de México, de nuestros hijos, de nuestros nietos.

 

Silvia Molina
Escritora. Su más reciente libro es Matamoros. El resplandor en la batalla.

Ensayo

Las grietas del desencanto

El mañana en México suele ser un lugar donde se guardan los fragmentos de los deseos que se estrellaron contra la realidad. Es el cementerio de los proyectos fallidos. De esas ruinas emana la melancolía que alguna vez sirvió para delinear el perfil de la identidad nacional pero que hoy es la expresión del desaliento que sufre un sector de las clases medias y buena parte de la intelectualidad. Este desencanto parece chocar frontalmente con el ánimo de la mayor parte de la población que, si hemos de creer en las encuestas, no vive sumida en las horas negras del pesimismo. Aún los sectores más pobres parecen librarse de estos sentimientos de derrota, aunque sin duda sufren intensamente los rigores de la miseria. Quienes más sufren el desencanto son los que se ilusionaron con la democracia entendida erróneamente como la sanadora casi automática de los grandes males que sufre el país. No han comprendido que la democracia no es un mecanismo de superación inmediata de la pobreza, el atraso y la corrupción. Estas desilusiones son muy conocidas desde que Tocqueville en el siglo XIX descubrió asombrado la peculiar melancolía que en Estados Unidos se extendía ante el fracaso de la democracia por alcanzar la igualdad para todos.


Ilustración: Alberto Caudillo

Es una inquietante paradoja que muchos mexicanos, ante la cercanía de las elecciones de 2018, comprueben que es imposible vaticinar con certeza el desenlace político y al mismo tiempo estén convencidos de que la democracia no funciona en nuestro país. Durante decenios México vivió en la certidumbre de que en todas las elecciones ganaría el partido oficial que encarnaba el nacionalismo revolucionario y pretendía representar la auténtica identidad de los mexicanos. La única inseguridad política durante el antiguo régimen consistía en la niebla que rodeaba a los “tapados”, los altos funcionarios que aspiraban a la presidencia y a las gubernaturas. Pero ese misterio interesaba solamente a una minoría. Cuando llegó la sana incertidumbre democrática, cundió la desilusión.

Hoy estamos en México ante la presencia de tres grandes configuraciones políticas que aspiran a la presidencia: el PRI que oscila entre lo antiguo y lo moderno, los partidos de Por México al Frente y el populismo de Morena. No es posible tener certeza del desenlace electoral. Todo dependerá de hacia dónde se decante el partido en el gobierno y de si cristaliza con éxito el nuevo Frente de oposición. La coyuntura política es muy interesante y reveladora. El momento político debería ser apasionante, pues está preñado de sorpresas. ¿Volverá a ganar el PRI? ¿Triunfará por fin López Obrador? ¿Vencerá el experimento del Frente?

Pero las pasiones dominantes parecen ser el mal humor, el resentimiento y la desilusión. Habría que explorar estos sentimientos y tratar de entender a qué se deben. Creo que en parte provienen de la extendida actitud antipolítica que menosprecia a los partidos, a la élite política y al sistema democrático. Esta actitud tiene diversos orígenes. Una fuente de desasosiego emana de los sindicatos que se enfrentan a la pérdida creciente de su influencia y a su marginación; este malestar también procede de las organizaciones populares que formaban la clientela incorporada al viejo sistema autoritario, como las que tenían su base en el campesinado, y que están retrocediendo y volviéndose superfluas. También es notable el desasosiego de grandes sectores de las clases medias ante la corrupción que corroe a las instituciones políticas, judiciales y policiales. La zozobra se expande como consecuencia de esa terrible putrefacción social que es el narcotráfico, con toda la extrema violencia que desencadena. Hay que agregar el malestar impulsado por los partidos y líderes políticos perdedores que no aceptan sus derrotas y que derraman su amargura en la sociedad.

Los ejemplos de los sentimientos de frustración son innumerables, desde los sindicatos de petroleros y maestros hasta los espectáculos sinestros de corrupción policiaca en Iguala y en tantos otros lugares. Se agregan los malhumorados políticos que no aceptan sus derrotas y con ello estimulan las actitudes antipolíticas que siembran en los votantes una gran desconfianza, una suspicacia que acaba dañando a sus propios instigadores. Hay que sumar la presencia a veces iracunda y con frecuencia triste de las corrientes infrarrealistas, como las he llamado, que fluyen por debajo de la realidad, a veces por canales subterráneos, pero que en ocasiones hacen erupción en vigorosos brotes de descontento. Son corrientes de izquierda antisistémica como los militantes y simpatizantes del EZLN o de otros grupos con vocación guerrillera, que son muy sensibles a los extendidos males sociales y a la brutalidad de la policía. Reaccionan también contra la deriva priista de partidos de izquierda.

Así se van abriendo las extensas grietas del desencanto. De ellas surgen los aires enrarecidos de la sospecha y la duda. Las burocracias políticas tienen muchas dificultades para enfrentarse a estos humores que emanan de la descomposición de vastas porciones del gobierno y de las instituciones. Sin embargo, no todo el territorio político está contaminado por estos efluvios malolientes. Una gran parte de la población es ajena a esta zozobra debido a que tiene otras inquietudes. En muchos casos la preocupación por sobrevivir, por trabajar y por ascender socialmente predomina sobre los sentimientos de desengaño político, pues una masa social muy grande no esta siquiera interesada en el funcionamiento del sistema político y poco le importan las elecciones. A veces nos olvidamos de que las inquietudes políticas están poco extendidas en México. Otros problemas son más agobiantes y para muchos la imagen del mañana no incluye la cara adusta o los discursos aburridos de los lideres políticos.

 

Roger Bartra
Escritor y antropólogo. Investigador emérito de la UNAM. Su más reciente libro es Historias de salvajes.

Ensayo

Entre interrogaciones

¿Dónde estamos como sociedad y parte activa de la comunidad internacional? ¿Hacia dónde se dirigen nuestros pasos, como Estado nacional y componente de una futura, más generosa y menos veleidosa, globalización? Estos dos paquetes de cuestiones forman mi horizonte, me obligan a referirme al pasado más o menos cercano y no me dejan en paz en cuanto a lo que pueda venir en el futuro próximo, al que todavía pueda pretender pertenecer.

Estamos en el vórtice de un cambio de época que resume y potencia los formidables cambios que definieron la era que habría arrancado con el desplome de la URSS, el fin de la Guerra Fría y el despunte acelerado de una interdependencia comercial y financiera, económica y hasta política: la globalización del mundo con un mercado mundial unificado y una democracia liberal expandida por el orbe. No ocurrió así.


Ilustración: Patricio Betteo

Esa época habría empezado al calor de otra gran crisis, articulada por las mutaciones petroleras y el desafío estructural lanzado por el Tercer Mundo, ocurrida en los años setenta del siglo XX y de la cual emergería la fórmula neoliberal que desde entonces ha dominado el mundo y el pensamiento. La revolución de los ricos, a decir de Carlos Tello.

Hoy, en la secuela de una crisis que parece haber sido más grave que una “gran recesión”, vivimos un interregno o una transición que ha sido dolorosa pero que puede serlo todavía más si los conflictos bélicos avanzan, las sociedades se fracturan y la economía no logra recuperarse de manera generalizada.

Europa resiente la violencia de una geopolítica del Medio Oriente de diseño arcano y colonial; sus habitantes ven con angustia un tránsito demográfico dominado por el envejecimiento y la migración, portador de acentuados acorralamientos a sus identidades y expectativas civilizatorias, hasta hace poco firmemente aferradas al gran proyecto de la Unión Europea.

Sólo en Asia despuntan proyectos hegemónicos con cimientos más o menos sólidos en la población, la producción y la innovación, pero sus dos gigantes distan mucho de haber fincado las bases de una reproducción duradera de su cohesión social con posibilidades de dar paso a regímenes políticos de participación amplia e intercambio democrático.

Desde nuestro “Extremo Occidente”, como lo llamara Alain Rouquié, sufrimos el malestar en la democracia que puede volverse malestar con la democracia, desprecio de sus virtudes y promesas, y hasta ruptura de las normas construidas en estos años de abandono de las dictaduras y adopción entusiasta del código democrático y su Estado de derecho. La economía registra deslices, recesiones y caídas; el bienestar y la equidad son endebles. La hora de la igualdad propugnada por la CEPAL sigue en reserva.

El mundo es ancho pero no ajeno. Se trata de una manera irónica de homenajear al poeta Paz y sentirnos “contemporáneos de todos los hombres”. El cambio estructural globalizador, dirigido a erigir una economía abierta y de mercado no devino crecimiento alto y sostenido de la economía, y la asociación norteamericana —vista ayer como la cereza del pastel— vive hoy horas de angustia y amenaza mercantilista autoritaria; la redistribución social se desparramó en altas cuotas de pobreza, vulnerabilidad y mal empleo, precario y peor pagado.

Las condiciones sociales y políticas son frágiles. Así, son incapaces de absorber una ola masiva de reclamo democrático que, como divisa principal, tuviera la protección social generalizada y el abatimiento sostenido de la desigualdad económica y social. Reclamos que resumiría virtuosamente una versión moderna de la solidaridad y la fraternidad. Ambas suponen la existencia de un Estado social y democrático cuya reforma se ha pospuesto sine die desde que su necesidad se hizo parte del discurso político democrático a fines del siglo XX.

Transición política inconclusa y cambio económico sin traducción social efectiva y justiciera, debido a su escaso y veleidoso dinamismo y la debilidad institucional del Estado, forman la encrucijada que la sociedad mexicana tiene que sortear si quiere un futuro habitable y próspero. Capaz de superar los retos de su nueva transición, que ya empezó, hacia una demografía madura, dominada por adultos mayores, cuya pobreza no puede sobrellevarse con cargo al esfuerzo individual o los fondos ahorrados.

De aquí que pugne por una renovada recuperación de aquellos “sentimientos de la nación” que el cura Morelos nos legara y que los liberales sociales y los revolucionarios que los siguieron buscaron hacer realidad a través de la política, la cultura y un Estado democrático.

 

Rolando Cordera Campos
Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. Entre sus libros: Crónicas de la adversidad y Políticas sociales al fin del milenio. Descentralización, diseño y gestión.

Ensayo

Pobre de mi México querido

Marco Aurelio, en sus Meditaciones, dice que “verás siempre las mismas cosas: personas que se casan, crían hijos, enferman, mueran, hacen la guerra, celebran fiestas, comercian, cultivan la tierra, adulan, son orgullosos, recelan conspiran, murmuran contra la situación presente…”. No murmuro contra la situación presente. La vivo intensamente, intensidad redoblada por mis hijos y nietos (incluyo a las mujeres en este masculino políticamente incorrecto). Y le doy la razón al romano: nada nuevo bajo el sol mexicano. Entre 1834 y 1864, el francés Nicolás Guillemaud, casado con Manuela, escribe desde Chilapa, Guerrero, a su hermana Marie, en Borgoña. ¿Qué le cuenta? El cólera, la inseguridad, la violencia de los hombres y de la naturaleza: el clima con sus sequías, inundaciones, huracanes; los terremotos… La tierra sigue temblando en 2017 y seguirá temblando cuando ya no estaremos.

En cuanto a la violencia humana, no empezó la crisis a formarse hace 20 años, como lo acaba de formular un buen artículo del New York Times. Si me quedo con el Guerrero de Nicolás y Manuela, pregunto: ¿Gozó alguna vez de una verdadera paz? Y debo contestar que no. En cuanto al Michoacán vecino, basta con releer a Pueblo en vilo, de Luis González, para recordar el miedo a los bandidos, por lo menos desde la Independencia, hasta los años 1960. Don Luis habla de “un episodio típico de matonería mexicana”, a propósito del “ejido de las viudas”, porque los agraristas se autoexterminaron. Cuenta cómo don Dámaso (Cárdenas, hermano de nuestro presidente), gobernador de Michoacán, ganó popularidad porque exterminó a los “cuatreros”, los que robaban el ganado. Peccata minuta, después de las atrocidades de los años 1914-1919, en la era de los Inés Chávez García y otros “Mano Negra”. Los criminales de hoy se parecen más al Mano Negra que a los pobres cuatreros, y las autodefensas de Guerrero, Michoacán y demás lugares nos remiten a las “defensas sociales” de aquel entonces, que fusilaban sin averiguación previa al forastero que se atrevía a entrar sin ser presentado.

Cuando don Luis escribió su Pueblo en Vilo, estaba optimista y mantuvo su optimismo hasta su último día, en diciembre de 2003. Su San José de Gracia crecía, prosperaba, estaba en paz; la violencia era cosa del pasado, la modernidad se casaba con la tradición festiva y golosa. Por eso, quizá, Jean-Marie Le Clézio, amigo de don Luis y nuestro colega en el Colegio de Michoacán —Don Luis profetizó, sin equivocarse, que algún día, tendría el Nobel de Literatura— decía que sólo San José, sobre su meseta, se salvaría del diluvio. Llegó el diluvio, llegó el río de sangre y San José no se salvó; ningún lugar se salvó. Don Luis murió a tiempo. ¡Qué desesperación hubiera sido la suya al ver su querido pueblo, todos los pueblos, transformados en guarida de criminales!

George Steiner preguntaba, en 1971, a propósito del exterminio de los judíos perpetrado por los nazis: “¿Por qué las tradiciones humanistas y los modelos de conducta resultaron ser una barrera tan frágil a la hora de contener la bestialidad política?”. Yo me pregunto por qué la bestialidad, a secas, ha triunfado en nuestro México. No puedo evitar recordar el pesimismo negro del joven Alfonso Reyes, después de 1913; del joven Manuel Gómez Morín, en 1927; de Juan Rulfo, toda la vida: me dijo que las dos industrias pesadas de México eran la fábrica de niños y de desiertos; el pesimismo de Carlos Monsivais, cuando escribía, el 21 de septiembre de 1971, a José Luis Martínez: “La impresión que tengo de México es ya atroz. No es la política lo peor”.

En cuanto al futuro, los historiadores, que ni sabemos qué está pasando en el presente, somos incapaces de discernirlo. Puedo invocar episodios positivos del pasado y creer que se pueden repetir: Napoleón Bonaparte, antes de ser el emperador, como primer cónsul, acabo con la violencia criminal que asolaba Francia, después de diez años de caos revolucionario y guerra civil. Adoptó medidas excepcionales, inspiradas de la legislación revolucionaria de la época del Terror que aceleraban la marcha de la justicia y dictaban la ejecución inmediata de las penas. Los comandantes de las divisiones militares recibieron poderes judiciales y emprendieron en toda Francia la cacería de los bandidos. El ejército y la gendarmería acabaron con ellos en cuestión de meses. España, famosa en toda Europa por sus asaltos en camino real, ofrece un ejemplo semejante con la creación exitosa de la Guardia Civil. En ambos casos, un nuevo gobierno fue capaz de poner fin a la parálisis de los gobiernos anteriores. No quiero mencionar el éxito del Porfiriato en cuanto al restablecimiento de la seguridad, después de 70 años de violencia política, bélica, criminal, porque sería políticamente demasiado incorrecto.

Nuestros viejos problemas se agravaron, o regresaron cuando los pensábamos archivados, cosa del pasado. No me consuela saber que la violencia no es solamente nuestra, sino afecta a toda América Latina. Quizá una seria reflexión sobre esa dimensión continental de larga duración podrá ayudarnos a construir un futuro auspicioso.

 

Jean Meyer
Investigador de la División de Historia del CIDE.

Ensayo

En las garras del progreso

Progreso. Usamos sin dificultad la palabra, no así dominamos el concepto.

Sabemos que cuando alguien está quieto, fumando, parece que está concentrando, pensando, quién sabe por qué el humo del cigarro sugiere meditación. Aunque, claro, sabemos que es muy raro, rarísimo, que la gente se ponga a pensar, pensar, lo que se llama pensar.

Dejé de fumar hace años, cuando estaba en Nueva York. He entendido esta emancipación como claro progreso personal, pero entonces por qué miro al fumador solitario con marcada envidia.


Ilustración: Jonathan Rosas

—¿Una máquina?, ¿para qué la quiere?, me pregunta una señora de mediana edad y buen parecer, que luego voy a saber es viuda de un militar.

—Pues, para escribir.

—¿No prefiere una computadora, es mucho mejor?

—No.

—¿No la sabe usar?

—Así es, no sé usarla, y soy torpe, incapaz de aprender.

—Ah no, qué torpe ni qué nada. Yo le voy a enseñar a usarla, ya verá, es muy fácil.

¿Fácil?, no sabía la señora lo que decía en tratándose de mi incapacidad mecánica. Estoy becado en el Wilson Center, en Washington D.C., habitando en una casa vieja e ilustre, con mi mujer, mis hijos y Luisita, la casa es de tiempos de la Revolución Americana, situada en Georgetown.

Transcurre más de medio año en el Wilson Center, he avanzado, pero poco, en el uso de la computadora, así que sigo escribiendo la novela que me comprometí a escribir, llamada después La destrucción de todas las cosas, a mano y pluma en un cuaderno. Tengo que admitir que algo adelanté en las diarias prácticas en el ordenador, pero progresaba con exasperante lentitud, pese al invencible entusiasmo de mi maestra.

Y así seguí muchos años: escribía a mano, eso sí, con envidiable caligrafía, y luego vaciaba a la máquina de escribir. Este reiterado cuanto paleontológico proceder lo perdí en una prisa. Fuimos invitados a llevar una obra a París para dos actores, sin escenografía, pero la obra no sólo no estaba montada, sino no estaba escrita. Así que me apuré y escribí la obra directamente en la computadora, sin pasar por el escrito a mano. La obra se llamó “La Caja”, y la escribí navegando ceñido al viento de Arthur Gordon Pym y sus ilustres tribulaciones, y lo malo fue que ya no tuve elegantes manuscritos qué conservar.

Mi contribución al progreso de la humanidad ha sido, creo, modestísima. En cambio he sufrido con paciencia las frecuentes intrusiones del progreso en mi vida práctica.

Por ejemplo: estoy esperando a Guita, mi mujer, reclinado en la salpicadera de un automóvil en la Plaza del Carmen en San Ángel. La plaza es chiquita situada frente al convento de las momias del mismo nombre en Avenida Revolución.

Inesperadamente aparece un recuerdo seguido de una suave melancolía: fui aquí dichoso, de niño, cuando estudiaba pintura con una maestra americana, llamada Gemma, en una casita en un rincón la plaza. Ahí capté por primera vez, en un dibujo, la fuerza y hermosura del arte de Jackson Pollock.

En aquellos tiempos no se veía en la plaza un solo automóvil ni estacionado ni circulando. En cambio la plaza que ahora veo está anegada de autos, unos estacionados, hasta en tercera fila, otros desplazándose por un carril, en hilera, despacio, uno a uno, en fila india como elefantes viejos. Y se registra la presencia de personajes que antes no se veían por aquí: solemnes empleados del llamado valet parking, ágiles franeleros, un merenguero extemporáneo que parece avergonzado de existir.

En la plaza hay también una tienda que expende la  llamada comida orgánica, un teatro, exitoso, cuatro restaurantes en forma, id est, con capitán de meseros, una tortería elegante con recomendables tortas de chile relleno. Cruzando la placita, del otro lado, se ven negocios más modestos, varias fondas, café, tienditas, relojería y así.

El progreso de la zona no es deliberado. “El progreso es anterior a la mentalidad progresista”, señala Gabriel Zaid, experto en estas cosas.

San Ángel, el viejo y virreinal barrio, se ha reducido a un atajo de los coches que huyen de los embotellamientos en las anchas avenida, y consumatum est, aquí terminó ya no la placidez del barrio, sino la mera supervivencia.

Aquí, aunque no lo creas, inopinada y bruscamente desaparece limpiamente de la pantalla de la computadora la mitad que ya llevaba yo escrita. Busco y rebusco en la pinche máquina y nada, no lo puedo recobrar. Maldigo mi ineptitud, recurro a Guita, muy hábil en estas cosas. Ella emprende el rescate, tampoco lo logra. Llama por teléfono a unos amigos que viven en North Carolina y lo saben todo. Pero tampoco lo logran. ¿Qué hacemos? No se me ocurre nada, así que, hasta aquí llego yo, tú que gozas de mi confianza, añádele lo que buenamente quieras de tu propia experiencia en estas adversidades, y ten salud.

 

Hugo Hiriart
Escritor, dramaturgo y ensayista. Ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009 y Premio Mazatlán de Literatura 2011. Ha publicado, entre otros títulos: El arte de perdurar, Disertaciones sobre las telarañas y Galaor.

Ensayo

¿Cuál de los mañanas?

Al concluir 2017, el PRI, el partido en el poder y el más antiguo de México —88 años de existencia—, que ha mantenido en sus manos la presidencia de México por 76 años y el control político ininterrumpido de varios estados desde 1929, decidió nombrar como candidato a la presidencia a un personaje que nunca ha ocupado un puesto de elección popular y cuya mejor carta de presentación ante una sociedad profundamente agraviada por la insensibilidad, incapacidad y deshonestidad de su clase política, es ¡no ser miembro del partido que lo postula! El PRI es un partido, según registros oficiales, con 5 millones 44 mil 528 miembros registrados, de los cuales miles han pasado largos años en el cursus honorum que se requiere para llegar a ser considerado priista bona fide. El que no haya uno solo dentro de ese universo de políticos profesionales que sea considerado como presentable ante los electores, habla volúmenes del estado en que se encuentra el sistema político mexicano, la sociedad dominada por ese sistema y sus opciones para el futuro predecible.


Ilustración: Izak Peón

Un punto de partida para pensar el mañana, sea el personal o el colectivo, es revisitar el ayer: lo que fue y lo que pudo haber sido como biografía personal o del país. En realidad no es necesario remontarse muy lejos en la historia mexicana para entender lo esencial de un presente que marcha por un rumbo que, según los sondeos de opinión, resulta inaceptable para el 85% de los ciudadanos.

Para imaginar y comprender el peso de la influencia del pasado sobre el presente y el futuro del país, hay que aquilatar los enormes obstáculos que un México que aún no cuajaba como nación, debió de enfrentar al inicio de su vida como entidad política soberana. En 1813 el proyecto de José María Morelos —el más notable de los líderes insurgentes, surgido de los márgenes de la sociedad—, propuso usar la libertad, cuando se ganase, para dejar atrás la esencia de la condición colonial: la explotación de la América española por una élite peninsular que no se identificaba con el bienestar y destino colectivos. La gran tarea histórica de la rebelión debería ser no sólo hacer de México una nación soberana sino justa y para ello debería hacer efectiva la igualdad legal y, sobre todo, cerrar el abismo entre sus extremos de riqueza y pobreza.

El proyecto planteado por Morelos no cristalizó. Los lazos con España sí se cortaron, pero la colonización interna no solo persistió, sino que se ahondó y tras 1848 la hegemonía norteamericana hizo de la soberanía mexicana una condición muy relativa. En el siglo XX, la Revolución mexicana retomó el empeño de superar el pasado y dar forma a un futuro menos brutal y más digno, pero esa gran movilización social consumió su energía antes, mucho antes, de asegurar su meta.

Finalmente, el siglo XX terminó por perfeccionar el crudo autoritarismo del Porfiriato al encuadrarlo en un gran partido de Estado y hacer efectiva la no reelección, pero no la demanda maderista del “sufragio efectivo”. El México oligárquico volvió a emerger al punto que al cumplirse el centenario del triunfo de la Revolución, en un país con 121 millones de habitantes, cuatro familias acumulan una riqueza equivalente al 8.4% del PIB. Al problema histórico de desigualdad y su inevitable acompañante, la pobreza, el 43.6% de la población mexicana está clasificada como pobre. A las características anteriores se le ha sumado en los últimos años una violencia de gran brutalidad y en ascenso (si en 2007 se registraron 8 homicidios por cien mil habitantes hoy son 20) más una corrupción y una impunidad que ha llegado a niveles sorprendentes. Veracruz es el caso extremo, donde los auditores encontraron que en un sexenio se desviaron más de 60 mil millones de pesos.

La legitimidad y la confianza en la justicia, en las instituciones políticas y en el rumbo general del país hoy son casi inexistentes, salvo para el puñado de beneficiados. Entonces ¿cómo imaginar el futuro?

En 1947, en un ensayo que causó gran escozor en la clase política, Daniel Cosío Villegas argumento que México experimentaba una gran crisis que, finalmente, más que política, era moral. Hoy se puede usar ese argumento y con más fuerza y razón. Cosío afirmó que, en la desesperación, la dirigencia mexicana podría buscar la salvación entregándose a Estados Unidos. Hoy, eso ya se intentó y no resolvió nada.

Si el futuro mexicano es sólo una prolongación del presente, entonces será la reafirmación del fracaso histórico. Si finalmente se logra el quiebre de esas tendencias de siglos, se abrirá la posibilidad de superar la herencia histórica. El que eso se logre, dependerá de la presión de la parte menos conformista de la sociedad, de la inteligencia de los dirigentes y también, como lo advirtiera Maquiavelo, de la fortuna.

 

Lorenzo Meyer
Profesor Emérito de El Colegio de México.