André Breton: La confesión desdeñosa

Adolfo Gilly. Historiador y ensayista.

Llegué a San Juan del Río después de cuatro mil quinientos kilómetros en automóvil desde Maryland, pasando por Savannah, en la costa de Georgia, ciudad puerto de hermosura escondida y trazado perfecto. Tocaba hacer noche después del cruce, con el sol a plomo, del desierto caliente en torno a Matehuala.

Una hora antes de medianoche dejé el hotel y salí a caminar por ese San Juan donde nunca había estado. Nadie en las calles, la luna llena recortaba las masas leves de las casas de un piso, las iglesias, las cúpulas, las plazas y sus kioscos, ponía a brillar con tenuidad al empedrado, sacaba a la existencia una ciudad espectral, aparecida, de una belleza antigua y silenciosa. Yo entraba en ella como quien se deja atrapar y perder en la perspectiva en blanco y negro de una película muda y se vuelve, uno, el solo paisaje humano caminante de una acción inmóvil, tensa y fantasmal, puro Antonioni, cuyos protagonistas son la ciudad desierta y enlunada y las generaciones que la pulieron con la materia lenta, tenue y abrasiva de sus vidas ya desaparecidas pero presentes en los perfiles insospechados de la noche alta.

San Juan del Río, la desconocida, me recibía grisácea en su empedrado, encalada en sus paredes, largas líneas rectas rematadas en arcos y columnas y cúpulas. Caminé largamente bajo el viejo conjuro de la magia de México, ese sutil destilado de tanta vida, tanta inteligencia, tanta astucia, tanto silencio doble y tanto sufrimiento. Crucé la última puerta de donde salía luz y tomé un Cazadores como si me bebiera la saliva de la noche, su incandescente zumo, su entraña enamorada.

A la otra mañana, cuando salí a la calle, nada quedaba de eso, lo que se dice nada. La ciudad con su gente, sus autos, su ajetreo mercantil y sus colores era otra en los mismos lugares. Caminante nocturno de tantas ciudades, yo sabía ya que esa ausencia me esperaba, pero pocas veces he sentido tan fuerte el repliegue de la noche en la nada. Es que al filo de la medianoche, me dije, San Juan del Río me había enviado su propio fantasma, no ella misma sino su doble oculto, el que tiembla invisible debajo de la ciudad de cada día, su rescoldo lunar, su arquetipo escondido que por capricho quiso revelarse al desconocido de vuelta a la tierra, al fuereño de paso, al que nunca más volverá a verla como la vio esa vez.

Fue esa misma mañana cuando leí en La Jornada, primer ejemplar del regreso, que al día siguiente Octavio Paz hablaría en el Museo Tamayo sobre André Breton en el centenario del nacimiento de éste. Traía yo en mi maleta «André Breton: la niebla y el relámpago», el muy hermoso y sensitivo escrito de Paz publicado días antes en Le Monde, incluido ahora en su libro La estrella de tres puntas. Iría pues al museo a escucharlo. Traía también, lectura del camino, Perspective cavalierè, la última recopilación de textos de Breton hecha por Margueritte Bonnet, continuación y conclusión de las que él mismo pudo hacer en su vida: Les pas perdus (1924), Point du jour (1934), La clé des champs (1953).

Debo decir, confesión desdeñosa, que desde hace tiempo el único retrato sobre mi escritorio es una foto de André Breton de 1955 («¡El león acaba de cumplir cincuenta y nueve años! ¿Dónde quedó el tiempo en que, tímidamente, deslizaba usted la fecha aniversario de sus veinticuatro años al borde de una bonita postal?», le escribe en ese año su amante, como él la llama, de aquel tiempo). En el último viaje a mi ciudad natal, mayo de 1995, me traje mi ejemplar de L’amour fou, en cuya primera página aparece escrito por mi mano mi nombre de entonces (no es el de ahora, pero no puedo nombrarlo porque se volvió un secreto de alguien que me conoció) y la fecha, 1948, en que llegó a mis manos. Ese libro, vivido junto con el primer descubrimiento del amor, fijó para siempre mi idea de la poesía, del amor y de la libertad. Después vino todo lo demás.

En 1962, Madeleine Chapsal preguntaba a André Breton, a sus sesenta y seis años de edad, si hechas todas sus cuentas estaba contento con lo que en su vida había sucedido. Breton respondió:

Si la vida, como a cualquier otro, me ha infligido ciertas derrotas, para mí lo esencial es que nunca he transigido en las tres causas que abracé en un comienzo: la poesía, el amor, la libertad. Esto suponía mantener cierto estado de gracia. Estas tres causas no me han dado desilusión ninguna. Mi único orgullo será haber estado a su altura.

Llegué a la Ciudad de México con cinco mil kilómetros detrás (navegar en automóvil las anchas carreteras de Estados Unidos, jornadas y jornadas, es como en las películas de Wenders: apasionante y hastiante, siempre igual y siempre diferente). Antes de dormir tomé otro libro de Breton, Les pas perdus, también con su fecha inicial de lectura -1949- escrita con mi letra de entonces. Al azar lo abrí y releí su primer escrito: «La confesión desdeñosa», una extraña, altanera, oscura y fosforescente declaración de fe en la contradicción escrita en negativo en 1922 a sus veintisiete años de edad, no lejos todavía del tiempo de sus veinte años en que Valéry le escribía: «Toca a usted ahora hablar, joven vidente de las cosas».

«La confesión desdeñosa»: al día siguiente, en el Museo Tamayo, Octavio Paz mencionó ese artículo como un texto clave en la configuración del surrealismo de Breton. Sí. Allí apunta una actitud ante la vida sin la cual la poesía se convierte en literatura, es decir, se desencanta, se desvanece y deja de existir:

Me felicito a mi vez de no ser extraño al hecho de que hoy varios jóvenes escritores no se reconocen la menor ambición literaria. Uno publica para buscar hombres, y nada más. Hombres, cada día siento más curiosidad por descubrirlos. Esa curiosidad mía, que se ejerce apasionadamente sobre los seres, es por lo demás bastante difícil de estimular. No siento gran aprecio por la erudición ni, por más burlas a que esta confesión me exponga, por la cultura.

Octavio Paz lo dijo en su homenaje:

Alguna vez, conversando con Luis Buñuel, nos preguntamos por los motivos que nos habían impulsado, en distintos periodos del movimiento: él en el mediodía y yo en el crepúsculo, a unirnos al surrealismo. Coincidimos: más allá de la revolución estética y del magnetismo de Breton, lo decisivo había sido la moral. […] Las teorías estéticas pasan, quedan las obras. En el caso de Breton, queda además la figura, la persona. No sólo fue autor de varios libros que han marcado o, más bien, tatuado, a nuestro siglo, Iibros que no es exagerado llamar eléctricos -sacuden e iluminan- sino que su vida estuvo siempre en armonía con sus escritos. Jamás fue infiel a sí mismo, ni siquiera en sus contradicciones y en sus pasajeros extravíos. Se le acusó de ser intolerante y riguroso; se olvida que ese rigor lo ejerció, ante todo, sobre sí mismo.

Ese rigor se encarnó, vez por vez, en las arriesgadas, exigentes y en veces solitarias opciones en política, ligadas siempre, antes que a la suerte de los sistemas de poder, al destino de los seres humanos, a su suerte concreta, a su desdichada, ardiente y rebelde condición. Desde la voz del poeta, que es siempre la voz de una pasión, Breton asumió la rebeldía irreductible contra el reinado de las mercancías, contra la deshumanización del mundo, contra el cinismo como su modo de pensamiento. Su persona y hasta su sombra están siempre en la orilla opuesta de donde está el poder, sus recompensas, la viscosa mugre moral que habitualmente lo recubre:

Cuando, ya en 1936, me preguntaba cuál había podido ser, en el plano afectivo, el elemento generador de la actividad surrealista […], lo descubría sin la menor vacilación en la ansiedad propia de un tiempo en que la fraternidad humana se vuelve más y más escasa, mientras los sistemas mejor constituidos -incluidos los sistemas sociales- parecen quedarse petrificados.

escribía en 1952.

Los surrealistas han vivido siempre una difícil relación, que está en la naturaleza misma de las cosas, entre la poesía, la moral y la revolución. Su primera incursión apasionada en los asuntos de la rebeldía humana los llevó en 1925 a ponerse junto a la rebelión de los pueblos coloniales en la guerra del Rif. Buscaron después la revolución en la Unión Soviética, para rechazarla rápidamente al descubrir el rostro inhumano del comunismo stalinista, negación viviente y monstruosa de la libertad, la poesía y el amor. Lo hicieron al costo de duras rupturas en su interior: Louis Aragon, Georges Sadoul en 1930, Paul Eluard años después, abandonaron el surrealismo para pasar a servir al Partido Comunista y a sus ignominias de los años oscuros.

André Breton, en un movimiento paralelo y contrario, cruzó el Atlántico y vino a México en 1938 a visitar a León Trotsky: rigor, intransigencia, correspondencia entre sus escritos y sus actos, desdén por los poderosos en cualquier cantón que éstos campeen. Aquí escribieron juntos uno de los documentos más memorables de esos días, el Manifiesto por un arte revolucionario independiente, publicado en el número I de la revista mexicana Clave en septiembre de 1938:

Si para el desarrollo de las fuerzas productivas materiales la revolución se ve obligada a erigir un sistema socialista de plan centralizado, para la creación intelectual tiene que asegurar desde el comienzo un régimen anarquista de libertad individual. Ninguna autoridad, ninguna coacción, ni la menor huella de mando. Las diversas asociaciones de científicos y los grupos colectivos de artistas que trabajan para resolver tareas más grandiosas que nunca, sólo pueden surgir y desplegar un trabajo fecundo sobre la base de una libre amistad creadora, sin la menor coacción del exterior.

El mismo movimiento del espíritu lo llevó a defender en 1956 la insurrección de Budapest y en 1958 a los objetores de conciencia franceses que se negaban a servir en la guerra colonial: «la guerra de Argelia, que resuda petróleo, es una orgía de crímenes, escribía entonces Breton. A ellos les decía en París en diciembre de 1958:

La conciencia es esa fuerza individualista, sí, por excelencia libertaria, que en presencia de tal o cual situación, nos introduce, a condición de que el camino no haya sido saqueado por nuestra culpa, a lo más secreto de nosotros mismos y nos obliga a alzarnos contra todo aquello que para nosotros constituye el escándalo; la conciencia es lo que nos une a esta vocación del hombre, la única que en última instancia se puede tener por sagrada: la de oponernos, suceda lo que pueda suceder en cuanto nos concierne, a todo lo que atenta a la más profunda dignidad de la vida. El sentido de esta dignidad es innato en nosotros, sólo podemos perderlo depravándonos. A condición de no haber hecho mal uso de sus componentes, que son la libertad y el amor, es este todo el diamante que llevamos en nosotros. […] Todo pensamiento que ha dejado de ser uno con esta conciencia no puede ser sino un pensamiento degradado, un pensamiento que merece desprecio.

Y aquí la estrella de tres puntas se revela, antes bien, como una trinidad, como un triángulo mágico donde el uno es tres y el tres es uno porque cada uno sólo existe por el otro, en el otro y siendo el otro.

Dijo Octavio Paz, en su homenaje, que el 68 fue la única vez en que el surrealismo pudo, por fin, cruzarse con la historia, encarnarse en uno de sus pasajes. Creo, por mi parte, que son muchos más los momentos, por naturaleza fugaces y por lo tanto secretos o cifrados, en que esa intersección ocurre, casi como esas partículas cuya vida es su muerte y cuya muerte es su vida. Ciertas formas del arte y ciertos sucesos de la vida dan testimonio, las más de las veces sin saberlo sus protagonistas, de que esos cruzamientos nunca han cesado de existir. Esto es verdad en todas partes, pero lo es sobre todo en esta extraña anomalía, en este intrincado cruce de tiempos y caminos de Occidente y Oriente al cual llamamos México.

Le preguntaron a André Breton, en diciembre de 1964, a los sesenta y ocho años de su edad, dos antes de su muerte, por la situación de la izquierda en ese momento. Respondió:

Si la izquierda política se encuentra actualmente en tan mala situación, no dudo en pensar que ella sufre ante todo de la vergonzosa tolerancia que muchos han mostrado hacia los peores delitos del régimen stalinista. ¿Se objetará que los tiempos han cambiado? El reciente proceso al joven poeta Brodsky bastaría para mostrar cuál es el trato que se sigue dando hoy en la Unión Soviética a la libertad de creación. […] Sea lo que fuere, considero que aquí, en este país en particular, si la situación empeorara notablemente la izquierda se vería llamada a renacer de sus cenizas. Me convencía de esto hace algunas semanas cuando asistí a la dos muy hermosas emisiones de televisión tituladas El Terror y la Virtud. No creo que ni siquiera El acorazado Potemkin pueda dejar más estremecidos a sus espectadores. Evaluaba yo la cantidad de espíritus jóvenes que iban a conservar esa huella y me persuadía de que nada está perdido. Los nombres de Robespierre y de Saint‑Just, tanto como el de Fourier, el de Flora Tristán y los de Delezcluze y de Rigault, aunque por el momento los cubra un ruido de rebaño, no han dejado de resonar bajo el pavimento de París.

1968, cuatro años después: sous le pavé, la plage («bajo el pavimento, la playa»), fue una consigna definidora de las semanas en que los jóvenes de la ciudad de André Breton pidieron lo imposible. No vivió éste, ay, para confirmar en esos días que sus facultades de adivinación se habían conservado intactas.

En 1953, frente a las reservas de algún crítico amigo, tuvo ocasión Breton de reiterar la posición de los surrealistas ante ciertas prácticas asumidas por algunos como revolucionarias:

Nosotros creemos haber dicho e insistido lo suficiente en que -cualquiera fuera el desgarramiento que sufriéramos por ello- considerábamos indigno ante todo de parte del intelectual el pactar, aún en ínfima medida, con un modo de transformación del mundo que admite como medios el asesinato y la disolución en laboratorio de la conciencia humana. La historia, en su estado actual, nos condena a esta posición ambivalente.

Y, a continuación, hacía suyas en su totalidad («el sentimiento surrealista actual jamás ha sido mejor manifestado», escribe) estas conclusiones de ese crítico, Dionys Mascolo, sobre las relaciones entre el arte y la revolución:

Toda tentativa para hacer coincidir desde el momento presente en una sola acción indivisa la comunicación que posibilita el movimiento revolucionario de la satisfacción de las necesidades: la revolución; y la comunicación que realiza el trabajo directamente aplicado a los valores absolutos: el arte; parece estar condenada al fracaso, al menos por cierto tiempo. Más todavía, tal tentativa equivale a descuidar tanto el arte como la revolución, a degradarlos entre sí, a disolverlos uno en otro. Hay que escoger. Ser revolucionario y hombre de acción, o ser artista, escritor, y revolucionario solamente por añadidura. El artista hombre de acción no puede ser sino un falso artista y un falso hombre de acción. Por el momento, es pues preciso escoger. Pero, en esta misma opción, es preciso mantener no importa cómo la indivisión teórica primera, la identidad fundamental del sentido de la revolución materialista y del sentido de toda obra, que es asegurar la comunicación. A niveles diferentes en universos diferentes, por medios diferentes, el trabajo revolucionario práctico y el trabajo de pensamiento teórico son un único y mismo trabajo. Pero no permanecen tales más que a condición de saber eso: que son un único y mismo trabajo, y de mantenerse por el momento separados… No hay intelectual comunista. Pero tampoco hay intelectual no comunista posible. Toca a cada uno tratar de zafarse de esta contradicción por sus propios medios.

«Esta sigue siendo nuestra mayor preocupación», agregaba Breton para cerrar aquella cita.

Dicho sea en honor de André Breton, de Benjamin Péret y de unos cuantos otros a sus lados, ellos supieron descubrir y mantenerse con tenacidad, imaginación e intransigencia en ese espacio ético invisible, delgadísimo, casi inexistente, que consistió durante todo el siglo en rechazar sin concesión alguna, casi en la soledad y contra toda infamia, el poder monstruoso e inhumano establecido en la Unión Soviética, y en defender al mismo tiempo toda rebelión contra el poder bárbaro e inhumano del capital, del dinero y de la mercancía.

Pocos en el arte, tal vez menos aún en la revolución, tuvieron la inteligencia moral para adentrarse y sostenerse en esa estrecha tierra de nadie, la de Victor Serge, la de George Orwell, sin condescender con uno de esos poderes y esos mundos por rechazo a los horrores del otro, su opuesto en las apariencias, su hermano gemelo en la realidad, infernal juego de espejos de una época entera. Rosa Luxemburgo fue tal vez la primera, en 1918, desde la celda de su prisión, en plantarse en ese territorio. Otros, pero no muchos, descubrieron después de su asesinato en 1919 cuán hondas eran sus razones, cuán aguda su mirada y cuán intransigente su postura moral de mujer ante el mundo.

¿Pero cuál es entonces, para Breton, el terreno en que el declarado afán surrealista de contribuir a cambiar el mundo tiene su campo de manifestación privilegiado? ¿Dónde está la clave de ese campo? Lo había dicho, como tantas veces antes, en su lenguaje levemente velado, en la presentación de una exposición pictórica en 1952:

En el seno del surrealismo, por definición el artista ha gozado de una total libertad de inspiración y de técnica, lo cual explica la grandísima disimilitud exterior de las obras que aquí se confrontan. Lo que en rigor califica a la obra surrealista, cualquiera sea el aspecto que ella pueda presentar, es la intención y la voluntad de sustraerse al imperio del mundo físico (que al tener prisionero de sus apariencias al hombre por tanto tiempo ha tiranizado al arte) para alcanzar el campo psicofísico total (del cual el campo de conciencia es sólo una débil parte). La unidad de concepción surrealista, que adquiere validez de criterio, no hay que buscarla en las «vías» seguidas, que pueden diferir completamente. Ella reside en la profunda comunidad de objetivo: llegar a las tierras del deseo que en nuestro tiempo todo conspira para ocultar, y prospectarlas en todas direcciones hasta que entreguen el secreto de «cambiar la vida».

Las tierras del deseo ¿son ellas las tierras del amor? Pocos tan lúcidos para responder a esta pregunta como el Octavio Paz de 1954, al hacer esta paráfrasis del Breton de L’amour fou, ahora republicada en La estrella de tres puntas.

«El amor debe perder ese gusto amargo que no tiene, por ejemplo, el ejercicio de la poesía. Tal empresa no podrá llevarse a cabo plenamente mientras no se haya abolido, a escala universal, la infame idea cristiana del pecado», había escrito Breton en 1937. Paz lo cita y luego dice:

¡Despojar al amor «de ese sabor amargo que no tiene la poesía»! ¿Qué es, entonces, la poesía para Breton? El mismo nos lo dice en un poema:

La poesía se hace en un lecho como el amor

Sus sábanas deshechas son la aurora 

de las cosas

La poesía se hace en los bosques

……………………………….

El abrazo poético como el abrazo carnal 

Mientras dura

Prohíbe toda caída en la miseria del mundo

Poesía y amor son actos semejantes. La experiencia poética y la amorosa nos abren las puertas de un instante eléctrico. Allí el tiempo no es sucesión; ayer, hoy y mañana dejan de tener significado: sólo hay un siempre que es también un aquí y un ahora. Caen los muros de la prisión mental; espacio y tiempo se abrazan, se entretejen y despliegan a nuestros pies una alfombra viviente, una vegetación que nos cubre con sus mil manos de hierba, que nos desnuda con sus mil ojos de agua. El poema, como el amor, es un acto en que nacer y morir, esos dos extremos contradictorios que nos desgarran y hacen de tal modo precaria la condición humana, pactan y se funden. Amar es morir, han dicho nuestros místicos; pero también, y por eso mismo, es nacer. El carácter inagotable de la experiencia amorosa no es distinto al de la poesía. René Char escribe: «El poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo».

Cuarenta años después, 1994, en La llama doble, vuelve Octavio Paz a releer L’amour fou para decirnos la idea de Breton sobre el azar objetivo. Esas páginas aparecen ahora en La estrella de tres puntas. Lo cito:

Breton también se enfrentó al otro gran misterio del amor: la elección. El amor único es el resultado de una elección pero la elección, a su vez, ¿no es el resultado de un conjunto de circunstancias y coincidencias? Y esas coincidencias ¿son meras casualidades o tienen un sentido y obedecen a una lógica secreta? Estas preguntas lo desvelaron y lo llevaron a escribir páginas memorables. El encuentro precede a la elección y en el encuentro lo fortuito parece determinante. Breton advirtió con perspicacia que el encuentro está constituido por una serie de hechos que acaecen en la realidad objetiva, sin que aparentemente los guíe designio alguno y sin que nuestra voluntad participe en su desarrollo. […]

Breton formula de manera nítida y económica su idea del azar objetivo: «una forma de la necesidad exterior que se abre camino en el inconsciente humano» […]

El azar objetivo crea un espacio literalmente imantado: los amantes, como sonámbulos dotados de una segunda vista, caminan, se cruzan, se separan y vuelven a juntarse. No se buscan: se encuentran. Breton recrea con clarividencia poética esos estados que conocen todos los amantes al principio de su relación: el saberse en el centro de un tejido de coincidencias, señales y correspondencias. Sin embargo, una y otra vez nos previene que no escribe un relato novelesco ni una ficción: nos presenta un documento, nos da la relación de un hecho vivido. La fantasía, la extrañeza, no son invenciones del autor: son la realidad misma. ¿Lo es su interpretación? Sí y no: Breton cuenta lo que vio y vivió pero en su relato se despliega, bajo el nombre de azar objetivo, una teoría de la libertad y la necesidad.

En el triángulo mágico cuyas tres puntas definen al surrealismo caben varios infinitos, unos más grandes, otros más pequeños. Como en una ciudad, porque el surrealismo, además de muchas otras cosas, es sobre todo una poesía de las ciudades, territorios de elección del azar objetivo. Por eso entre sus ancestros están Baudelaire, Nerval, el montevideano Lautréamont, Guillaume Apollinaire el de los puentes de París, Pierre Reverdy; entre sus contemporáneos, las mujeres alucinadas de Paul Delvaux caminando casi desnudas por las ciudades glaciales de la fiebre y de los trenes; y entre sus descendientes, Rayuela, ese juego insaciable, maravillado y desesperado de las hijas y los hijos de las ciudades, bebé Rocamadour, tanto como Las ciudades invisibles de Italo Calvino.

Una de esas ciudades, diminuto infinito, se llama San Juan del Río. Cuando en sus calles no hay nadie y la luna llena la ilumina, suele deslizarse sola y silenciosa hacia el interior del triángulo mágico. No dura mucho allí, empero: sólo el tiempo de tomarse un tequila y volver otra vez a los caminos.

México, DF, 12 marzo 1996.

¿Qué está pasando en las islas?

Carlos Castillo Peraza. Escritor y periodista.

En el mar Egeo

Ya se sabe. Los griegos y los turcos nunca han sido lo que se dice amigos. Ahí están en Chipre, desde hace no se sabe cuántos años, mostrándose las dentaduras y las bayonetas mientras la gente sufre de doble ocupación militar y de todas las consecuencias que tal situación acarrea. Por si todo eso fuera poco, los soldados de Ankara han perpetrado un verdadero crimen cultural destruyendo monumentos vinculados a las raíces helénicas y cristianas de la isla tantas veces y por tantos clásicos mencionada.

Ahora, según informan todas las publicaciones europeas al alcance, la disputa greco‑turca es ya no por algo que siquiera merezca el nombre de isla, sino por un promontorio minúsculo que casi ni aparece en mapas o cartas de navegación del mar Egeo. Se le conoce en la lengua de los atenienses como Imia y en la de los hijos de Atataurk como Kardak. Por poco estalla la guerra. Dicen que fue Bill Clinton quien, personalmente, puso en orden a los gobernantes de los países en pugna.

Lo más interesante del caso estriba quizás en que el asunto, cuidadosamente disimulado por los gobiernos, salió a la luz por las pantallas de televisión griegas que hizo de aguja torre y convocó a todos los dioses del patriotismo contra el supuesto invasor bajo el lema de «Alto al retorno de Atila». Por su parte, la televisión «enemiga» mando cámaras y micrófonos al territorio en disputa, pero agregó imaginación: una bandera griega, que fue retirada, y una turca que fue sembrada entre peñascos. Por cierto. con este programa «en vivo» nació una nueva empresa, filial recién parida de una cadena de periódicos turca.

En orientales aguas

China, por su parte, ha realizado aparatosas maniobras militares frente a la isla, ésta sí mayorcita en superficie, edad y ubicación estratégica: Formosa o Taiwán o como se quiera. Cuatrocientos mil nietos de Mao participaron en el espectáculo, aparentemente destinado a recordar que el vecino continental no se resigna a lo que comenzó en 1949, cuando los derrotados por el abuelo cruzaron el mar y se asentaron enfrente. Por su parte, los isleños, con la mirada puesta en lo que está sucediendo en Hong Kong y Macao, han puesto sus barcos a remojar y sus cañones al aire. Por el momento, la guerra es solamente sicológica, pero no por esto menos costosa: la bolsa de valores de Taipei se fue a pique, los inversionistas empezaron a dudar y, como en los Estados Unidos sólo les preocupa la campaña electoral en curso, un océano de incertidumbre comenzó a agitarse. También los isleños andan en campaña electoral: van a elegir presidente por votación directa.

No muy lejos de ahí, Japón miró hacia el punto y encontró razones para declarar que las islas agrupadas bajo los nombres de Takeshima y Senkaku -coreana del sur la primera, china la segunda- están en lo que Tokio considera zona económica nipona. La suma de territorios isleños es ridícula: un poco más de cuatro kilómetros cuadrados. ¿Cuál es el interés? Al parecer aguas muy ricas en pesquerías y fondos bien dotados de minerales.

Tambien el mar Negro

Ucrania y Rumania están también con los pelos erizados y las uñas en ristre. Se disputan, para no variar, una gota de tierra de impronunciable nombre -Zmiiniy-, sita en el mar Negro y conocida como «Isla de las Serpientes». Viven allí setenta soldados ucranianos que resguardan una estación de radar que fue de la que fue la Unión Soviética. Rumania, que ahora no acepta los tratados vergonzosos entre Hitler y Stalin, firmados en 1939 por Von Ribbentrop y Molotov, reclama sus derechos históricos. Los nacionalistas de cada una de las partes, en trance de pasiones explosivas y largamente reprimidas, entonan sus respectivos «no pasarán».

Los conocedores, empero, opinan que las cosas no son sólo banderas al viento y cuentas políticas pendientes. Al parecer, allí, cerca de la desembocadura del Danubio, se esconden prodigiosos yacimientos de gas. Abajo de las víboras, el oro negro.

En el Caribe

Cuba no canta malos boleros. Están bien los celos territoriales, pero de allí a enviar aviones de combate a derribar avionetas hay un trecho. La verdad es que, si uno fuera Fidel Castro, pensaría muy seriamente en hacer ganar a Bill Clinton, y no a los furibundos republicanos que se disputan el puesto de competidor frente al actual presidente de los Estados Unidos. Y nada mejor que un incidente internacional grave para obligar al rubicundo William a tomar medidas drásticas y ganarse los votos que manipula en Florida la extrema derecha cubana. En esta feria de maquiavelismos, nadie cree nada, porque a todos conviene el mantenimiento de las cosas como están. El mismo embargo, si fuera suspendido, ocasionaría al gobierno de la isla más problemas que otra cosa: una especie de Mariel al revés, posiblemente incontrolable desde un poder autoritario. Un embrollito dentro del embrollo de más de treinta años. Ni en el continente hay quien se trague que habrá una invasión, ni en la isla hay quien suponga que se producirá tal cosa. Pero de cada lado del estrecho de la Florida se pueden hacer los discursos que convienen.

No es lo mismo en otra lengua de tierra que flota en el mismo mar: Cozumel. Allí los perros de la guerra sucia electoral actuaron, lo mismo que en otra isla que no parece tal y se llama Cancún, con los métodos que se creían ya superados en todo México. Una lástima, porque el proceso de reforma electoral, si bien imperfecto, había permitido abrigar esperanzas de que Quintana Roo disfrutaría de mejores cielos democráticos. Por el contrario, todo es nubarrones -hasta el momento de redactar estas líneas- y el caciquismo local impone su ley antidemocrática cobijado en el bellísimo término de «federalismo», como en Tabasco, como en Yucatán y como en Puebla. Si las cosas siguen así, Los Pinos acabará por convertirse en otra isla.

Por cierto, en otras islas, llamadas Comores y pertenecientes a Francia, se produjo un fenómeno casi quintanarroense: resulta que desaparecieron 50 mil de las 200 mil credenciales de elector que allí se usan. Tome nota de la causa quien se dedica a las malas artes políticas: fueron entregadas a jóvenes militantes de un partido para ser distribuidas, pero éstos las vendieron a los candidatos que ofrecieron más por el negocio.

Camus ataca de nuevo

Olivier Todd, el periodista de mil batallas y gran profesionalismo, acaba de publicar en francés una nueva y al parecer fascinante biografía del inolvidable Albert Camus. Portada para el libro (Camus, une vie, bajo los auspicios de Gallimard) por cuenta de Le Nouvel Observateur. Editorial en Le Point, firmado por Claude Imbert. Coincidencias: a la larga, el autor de La caída le ha ganado la guerra de la vigencia a sus contemporáneos Gide, Sartre y Malraux. Resultó el más visionario de todos ellos por su decidido enarbolamiento de la dignidad del hombre, por su vinculación a la vida humana concreta, por su vibrante carnalidad, por su luminosidad solar mediterránea, por su continencia enemiga de profecías científicas o hepáticas, por su vulnerable recogimiento en torno de la ternura.

Dice al respecto Jacques Julliard: «Sartre representa todo lo que la izquierda está hoy obligada a renegar. A la inversa, sea que se trate de la democracia, de Europa, del derecho de injerencia, de la superación de los nacionalismos, Camus tuvo razón. Y la tuvo demasiado temprano».

Camus aceptó el reto de ser isla en el mar de la moda y también en el de los insultos de los «avanzados» de su tiempo. Ahora es todo un continente. Y las regurgitaciones de ayer son su pedestal.

Vueltas que da la vida

Aislado quedó también durante algunos años aquel hombre alto y espigado que llegó a encabezar la ONU y a su país, Austria. Se llama Kurt Waldheim. Su pasado nazi lo hizo descender de la actualidad más vibrante al olvido más sordo. Ahora, el veterano político regresa al escenario en condiciones por demás curiosas.

Resulta que el más famoso cazador de antiguos cómplices de Hitler, Simon Wiesenthal, viene siendo objeto de una serie de acusaciones e insinuaciones que lo ponen contra la pared en materia de eficiencia, decencia y congruencia. La embestida viene del servicio secreto israelí, el célebre Mossad, y también del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Con gran orquestación periodística, por cierto.

Pues bien, Waldheim ha roto su aislamiento para salir en defensa de Wiesenthal. «Es un hombre absolutamente íntegro», dijo aquél en favor de éste. Hay quienes dicen que el judío no pudo encontrar peor defensor. Pero lo cierto es que, a veces, las islas dispersas se juntan. Hacía siglos que la Tierra no veía algo de tal naturaleza.

Las razones de la tormenta

Violencia y cambio político en México

José Antonio Aguilar Rivera. Doctor en Ciencia Política. Es investigador del CIDE.

Es después de un gran éxito que los más graves peligros de ruina aparecen.

Alexis de Tocqueville

El año de 1994 será recordado como un parteaguas en la historia política de México. Desde los años de la Revolución el país no había experimentado en tan breve tiempo una serie de sacudimientos tan profundos. Los cimientos del sistema político en su conjunto se cimbraron en unos cuantos meses. Sin embargo, a año y medio de iniciada la crisis, las explicaciones de lo que le ha pasado al sistema político mexicano no dan una imagen de conjunto. El inmediatismo ha impedido la reflexión sobre los factores estructurales que contribuyeron al desorden político que vive el país en la actualidad.

Lo primero que demanda una explicación es la sorpresa misma. Por años una preocupación «taxonómica» ha dominado la reflexión sobre el sistema político. Encontrarle a la rareza mexicana un nicho apropiado en la literatura de las transiciones a la democracia fue la labor analítica por excelencia. Los eventos de 1994 constituyeron un triste descalabro para la ciencia política. Cualquier explicación retrospectiva de lo que ha ocurrido deberá dar cuenta, no solamente de los acontecimientos referidos, sino también de los supuestos que nos impidieron anticipar estos desarrollos.

Hoy, es claro, las prioridades analíticas han cambiado. La reflexión sobre el futuro del sistema político ha dejado el ámbito de la especulación académica para instalarse de lleno en la lista de prioridades de la sociedad mexicana. La actual situación política requiere urgentemente de explicaciones sobre lo que está ocurriendo. El reto analítico es por ello, como pocas veces en el pasado, formidable: consiste en simultáneamente revisar las interpretaciones anteriores, descubrir en ellas las áreas grises, para después integrar en una visión coherente los acontecimientos que han sacudido al país. Mi propósito aquí es hacer una modesta contribución a esa tarea.

Intentaré responder a la siguiente pregunta: ¿cuáles son las causas de la turbulencia política que el país experimenta? La turbulencia política tiene orígenes estructurales y de largo plazo vinculados al desarrollo del sistema político. Las teorías conspirativas, tan en boga en la actualidad, entorpecen la reflexión mesurada sobre los aspectos más profundos de la crisis política. La respuesta que propongo a continuación puede ser entendida como una explicación que integra tres factores: un proceso dinámico, una serie de medidas precipitatorias y un marco estructural de largo plazo para el cambio político. Aunque en realidad estos tres factores se encuentran relacionados entre sí de múltiples formas, aquí los distingo para fines del análisis.

I. El color de nuestra transicion

En México. la violencia, ciertamente, nunca ha estado ausente de las relaciones políticas y sociales. Como posibilidad latente, había estado en algunos de los análisis políticos anteriores a los acontecimientos de 1994. Sin embargo, la pax revolucionaria había establecido otras formas alternativas de dirimir las disputas más importantes por el poder político. Por ello, su regreso fue sorpresivo. La culpa no es del todo de los analistas. En general, el papel que la violencia desempeña en los procesos de transición a la democracia es muy incierto. No sabemos por qué en algunas transiciones ocurren hechos violentos mientras que en otras más el cambio político es relativamente pacífico. Contamos solamente con tipologías, más o menos aproximadas, de lo que puede ser la violencia transicional.1 Es una ironía el que los regímenes socialistas, que fueron mucho más represivos que el mexicano, se hayan colapsado pacíficamente (salvo en los casos de Yugoslavia y Rumania), mientras que en México el tránsito a la democracia ha sido ya más complejo y sangriento.2

Que en la actualidad tengan lugar eventos que en un pasado no tan lejano eran impensables es prueba de que el país sufrió un proceso que bien podría denominarse de «erosión de las certezas autoritarias». Mecanismos de control, formas de participación política y de legitimidad, que por años estuvieron vigentes, han caducado. Estos cambios deben, a su vez, situarse en el contexto más general del proceso que ha sido denominado como la «transición» mexicana a la democracia. La primera tarea es, pues, situar las dinámicas actuales en el contexto del cambio político de más largo plazo que ha sufrido el país en las últimas décadas.

El eje central de la explicación que aquí propongo es el proceso de liberalización política que México experimentó desde mediados de los años setenta. Probablemente ningún otro país del mundo tenga una experiencia «liberalizadora» de tan largo aire y tan exitosa como México. En efecto, la estabilidad política del país había descansado en la capacidad de adaptación del régimen a nuevas circunstancias, más que en la rigidez autoritaria.3 La liberalización política, de acuerdo con Guillermo O’Donnell, puede definirse como «el proceso de hacer efectivos ciertos derechos que protegen tanto a los individuos cuanto a los grupos sociales de actos arbitrarios o ilegales cometidos por el Estado o por terceras partes».4

El régimen mexicano permitió discrecionalmente muchas de las libertades que se encuentran garantizadas en las democracias.5 Sin embargo, la liberalización no fue en México, como sí lo fue en otros países, el preludio a la democratización efectiva del régimen.6 La lectura que hago de la liberalización política en el caso de México sigue de cerca la interpretación propuesta por Soledad Loaeza, quien afirmó que: «la experiencia mexicana desmiente la idea de que las liberalizaciones tienen únicamente dos salidas posibles: el endurecimiento del autoritarismo -también llamado ‘normalización’- o la democratización». De esta forma, «México cuenta con una experiencia aperturista de más de veinte años cuyo éxito ha significado la cancelación o, por lo menos, la postergación sine die de la democratización».7 La liberalización y la democratización pueden ser fenómenos distintos, tanto «que la relación entre ambos tipos de trayectoria puede ser negativa, como parece haber ocurrido en el caso de México. Esto es, una liberalización exitosa no es necesariamente aquella que desemboca en la democratización, como afirman muchos autores, sino que su éxito también puede consistir en que se convierta en un arreglo definitivo que obedece a una lógica propia».8

La experiencia mexicana desafiaba, así, la lógica política imperante en otros lugares del mundo, al grado que la liberalización, a la mexicana, parecía ser una alternativa, atractiva -y factible- para «las élites autoritarias que desean mantenerse en el poder y que responden a las demandas de apertura política con la ampliación de espacios a la libre acción de los individuos y grupos».9 La liberalización también permitía a la élite en el poder mantener el control del proceso y dar marcha atrás en la reforma, de considerarlo necesario. En más de un sentido, la liberalización mexicana era el sueño hecho realidad de cualquier gobierno autoritario. Así, el paso decisivo en el proceso de transición a la democracia, que es la devolución del poder, por parte de un grupo de personas, a un conjunto de reglas pudo ser aplazado de manera indefinida. De acuerdo con Adam Przeworski, «el momento crucial de una transición es cuando nadie puede ya intervenir para alterar el resultado del proceso político formal».10 En México, en cambio, la élite autoritaria fue capaz de preservar los privilegios del poder; por consiguiente pudo evitar someterse a las reglas e instituciones; y los actores movilizados, por su parte, hicieron lo mismo.11 La liberalización, como proceso abierto, no tenía destino preestablecido: menos aún cuando varios de los equilibrios históricos del sistema político parecían estarse transformando de manera acelerada.

Cabe señalar aquí que la literatura sobre las transiciones ha descuidado varios aspectos que para el caso mexicano son cruciales. Por ejemplo, es sólo hasta muy recientemente que algunos analistas han reconocido la necesidad de estudiar comparativamente las dinámicas políticas internas de los gobiernos autoritarios, en particular cómo es que los procesos políticos y las luchas al interior de los distintos regímenes alteran los incentivos para liberalizar de las élites autoritarias.12

Es claro, sin embargo, que la liberalización mexicana había logrado dejar la instauración de la democracia política «para después».13 (Por qué el régimen autoritario mexicano tuvo éxito ahí donde otros muchos fracasaron? Las liberalizaciones son inherentemente inestables. Cuando desembocan en la democratización del régimen es porque sus artífices hicieron un cálculo equivocado. Como norma, los dirigentes autoritarios confían, ex ante, en su capacidad para controlar el proceso y, de ser necesario, cancelarlo. Sin embargo, en todos los casos -salvo en el de México hasta 1994- la liberalización se les fue de las manos a esos líderes.14 Esto es así, porque una vez que la liberalización da comienzo, la sociedad civil se organiza: nuevas organizaciones se declaran independientes. El régimen, por su parte, no puede incorporarlas debido a que sólo cuenta con instituciones centralizadas, no competitivas y que sólo incorporan a aquellos grupos que aceptan, a la vez, su dirección y el control de los resultados de cualquier proceso político ex post. Así, por un lado, emergen organizaciones autónomas en la sociedad civil, y por el otro no existen instituciones ante las cuales esas mismas organizaciones puedan presentar sus demandas y negociar sus intereses.15 El desenlace ocurre en las calles: o hay regresión autoritaria o bien el régimen se democratiza. Este es precisamente el patrón que México no siguió. La razón de ello es que la liberalización mexicana, a diferencia de otras liberalizaciones, no se inició en una tabula rasa.16 El régimen mexicano no fue rebasado por la sociedad civil porque ya desde antes existía una red de organizaciones autónomas o semiautónomas que fueron capaces de canalizar la participación política.17 Muchos de los movimientos sociales emergentes no sólo no minaron al régimen autoritario sino que, involuntariamente, lo fortalecieron.18 Los gobernantes mexicanos, a diferencia de sus contrapartes autoritarios en otras partes del mundo, habían calculado bien.

Sin embargo, cabe preguntarse si las exitosas liberalizaciones mexicanas tuvieron al mismo tiempo otros efectos. Mi hipótesis aquí es que la consecuencia más significativa del éxito de la liberalización política del régimen mexicano fue el aplazamiento de la dura negociación que implicaba la construcción de instituciones democráticas. En pocas palabras, el éxito de la liberalización permitió que fuera innecesario enfrentar el problema central de crear un nuevo entramado institucional. ¿Cuáles fueron las cuestiones que nunca llegaron a la mesa de la negociación, sino hasta después del primer día de enero de 1994? La más importante era saber si, dadas las preferencias de los actores políticos clave (los grupos de poder al interior del sistema, los empresarios y las élites locales), podían diseñarse nuevas instituciones capaces de acomodar los intereses vitales de todos. El viejo problema de cómo regular la transmisión pacífica del poder debía encontrar nuevos mecanismos más acordes con la democracia política. No fue así. Los malabares que por años las leyes electorales han sufrido en México no tienen nada que ver con el proceso arriba descrito. El problema central era (es) el de institucionalizar la incertidumbre.19

El resultado del aplazamiento de la institucionalización democrática del régimen fue que se creo una fragilidad política que en su momento no pudo ser apreciada cabalmente. No fue sino hasta que el país fue sacudido por la explosión de Chiapas que se hicieron esfuerzos realmente serios en la dirección de acordar una legislación electoral que ofreciera garantías a todos los actores políticos. La verdadera reforma electoral fue iniciada a marchas forzadas, en unos cuantos meses, cuando las elecciones ya estaban prácticamente en puerta. Para entonces el problema crónico de la credibilidad difícilmente podía encontrar una salida sencilla. Los límites de la liberalización pueden constatarse, de la misma manera, en el efecto que tuvo este proceso en la construcción de un sistema de partidos sólido. El resultado fue una oposición contestataria y a menudo irresponsable que interactuaba con el gobierno en una arena incierta y volátil: la de las «segundas vueltas», La paradoja es que el sistema político se había vuelto vulnerable porque la liberalización había sido exitosa en extremo. Con razón, la élite política mexicana podría haber dicho, como alguna vez lo hizo Alexis de Tocqueville: «habríamos sido mucho más fuertes si hubiéramos sido menos exitosos».20

A pesar de todo, el signo de la liberalización ha sido polivalente. Por un lado, como se ha visto, aplazo la adopción de instituciones clave para procesar ciertos conflictos políticos y sociales de manera pacífica, pero también abrió imperfectos, aunque significativos, espacios de libertad. De ahí que la participación política en un año de crisis tomara fundamentalmente la forma electoral: la liberalización abrió diques que podían canalizar y contener una parte significativa de la participación política, notablemente, la urbana. La liberalización también tuvo un efecto acumulativo en la ampliación de los espacios públicos. La guerrilla en Chiapas fue extraordinaria, en buena medida, no porque un grupo armado se hubiera lanzado a combatir al Estado mexicano -eso había pasado en otras partes del país dos décadas antes- sino porque, por primera vez, los mexicanos pudieron verlo en sus hogares. De la misma forma, un debate televisado entre los candidatos presidenciales hubiera sido impensable apenas hace unos años. El proceso liberalizador extendió el horizonte de lo posible, al tiempo que redefinió los márgenes de acción de los actores políticos, incluido el gobierno.

Mi análisis hasta aquí se ha limitado a rastrear las causas de la significativa fragilidad que el entramado institucional del país sufría al principio del año. Sin embargo, el origen de los eventos particulares que desestabilizaron al sistema debe buscarse en otro lugar. La segunda parte de mi argumento tiene que ver con las reformas económicas y políticas que funcionaron como detonantes de la crisis política.

II. La erosion de la certezas autoritarias

Una de las razones por las cuales la liberalización fue tan exitosa en aplazar la democracia indefinidamente es que el arreglo institucional de 1917 había permanecido fundamentalmente intacto. Sin embargo, en los últimos diez años -pero particularmente en el sexenio pasado- el país experimentó una serie de transformaciones con pocos precedentes en la historia. El Estado se redujo considerablemente, el proteccionismo comercial fue desmontado y con él todo un modelo de desarrollo. El régimen de tenencia de la tierra fue modificado y el reparto agrario se dio por concluido. Desde los años del cardenismo, la sociedad mexicana no había sufrido cambios tan importantes. El medio relativamente estable en el que se habían llevado a cabo las liberalizaciones mexicanas desapareció. Aquí propongo que, entre otras cosas, las reformas económicas y políticas emprendidas por el régimen anterior pusieron en marcha dinámicas de corto y mediano plazo que luego impactaron en la estabilidad política.21

Uno de los cambios políticos más notables que el sistema político de los últimos años experimentó fue la ampliación de aquello que Linz llamó pluralismo limitado a lo que podría denominarse como «competencia limitada».22 El inicio del sexenio 1988‑1994 contempló lo que en ese momento fue visto como un acontecimiento inédito: el primer gobernador de oposición en la historia postrevolucionaria de México. A Baja California le siguieron otros estados, de jure o de facto. Los efectos de la competencia electoral limitada han sido diversos y una enumeración extensiva de ellos escapa al alcance de este ensayo, por lo que aquí me concentraré solamente en uno de ellos.23

La competencia limitada tuvo como consecuencia el socavamiento de las reglas del sistema autoritario que proveían certeza a los participantes. La incertidumbre propia de la competencia democrática dislocó las relaciones de obediencia, lealtad y subordinación que habían caracterizado al sistema político mexicano. Las correas que vinculaban a los diferentes estratos del régimen eran fluidas gracias a la certidumbre que proporcionaba el autoritarismo (la principal certeza era la de gobernar aunque a ésta ha de añadírsele también la de la impunidad). La competencia, así fuera limitada, trastocó esta estructura. En una palabra: la competencia limitada modificó la estructura de incentivos que los actores políticos enfrentaban. Viejos recursos volvieron a tener sentido, entre ellos, eliminar violentamente a los adversarios políticos. La descomposición política se conjuntó con otra fuente de violencia que ya estaba presente a lo largo y ancho del país: el narcotráfico. Un vector nuevo, la pugna violenta por el poder político se añadió a la corrupción existente de los cuerpos policiacos y de otras autoridades que el tráfico de drogas había provocado desde hacía ya años. La competencia limitada, sobre todo en las elecciones regionales, no provocó, como algunos creían, una serie de dominós democráticos en los estados: la democracia no llegaría de la periferia al centro. Por el contrario, ante la ausencia de un marco general de reglas democráticas en la contienda por el poder, los estados se convirtieron en focos de fermento político e inestabilidad. La incertidumbre, la posibilidad de que la impunidad desapareciera, agudizó los conflictos intraélite y les dio un nuevo cariz.24 Los grupos locales de poder, así como la élite central, sufrieron el mismo proceso de erosión de las certezas autoritarias. Los viejos mecanismos de mediación -la presidencia- y las estructuras informales que antes procesaban los conflictos ya no funcionaban. Si la competencia por el poder ya no podía llevarse de la misma forma, ésta tampoco podía ser abierta: las redes de complicidades lo impedían. El expediente del asesinato, de la intimidación, que había dejado de ser necesario cincuenta años antes, volvió a ser atractivo.

El entrecruzamiento de las reformas políticas y económicas pudo verse en Chiapas. Ahí, las reformas debilitaron las fuentes de legitimidad previas, sin que al mismo tiempo crearan nuevos canales capaces de mediar las demandas populares.25 En México, como en otros países, las reformas macroeconómicas de ajuste crearon enormes tensiones, pues originaron profundos cambios en la distribución del ingreso y en las relaciones de poder, al tiempo que generaron profundas transformaciones culturales.26

Para explicar la rebelión en Chiapas, dos factores son relevantes: las reformas institucionales que buscaban modernizar la economía de la región y la debilidad del Estado en las áreas rurales.27 Si bien es cierto que Chiapas recibió más recursos que cualquier otra región del país del gobierno federal, solamente una fracción de la inversión hecha a través del Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol) se dirigió al apoyo de actividades productivas. La falta de tierra y el desempleo no fueron amortiguados por el Pronasol.28 El fin de los subsidios a los granos básicos, el fin del reparto agrario, la caída de los precios internacionales del café y la retirada del Estado como agente mediador en Chiapas agudizaron las tensiones sociales. Estas críticas circunstancias se conjuntaron con la presencia en la región de un liderazgo, compuesto por propios y extraños, que favorecía la vía armada como forma de cambio político.

Las reformas no crearon nuevos canales que mediaran las demandas y las protestas populares. En general, las políticas de ajuste macroeconómico tensan el funcionamiento de las instituciones democráticas, pues la celeridad que se requiere para implementarlas entra en conflicto con los mecanismos de consulta y deliberación legislativos. En México no existía, por las razones ya mencionadas, un sistema representativo, que cortara a lo largo de los tres niveles de gobierno, que fuera capaz de canalizar las nuevas y crecientes tensiones sociales y políticas que las reformas generaron. Las estructuras tradicionales de poder en las regiones permanecieron al margen de la democratización efectiva. Como otras áreas de la geografía política del régimen, los cacicazgos locales apenas si fueron tocados por las liberalizaciones políticas.

Como variable explicativa, las reformas tampoco son completamente satisfactorias por sí solas: reformas hubieron desde 1982 y la violencia no estalló hasta 1994. Es necesario incorporar al análisis los efectos de la liberalización relativa del régimen político sobre el entramado institucional y un factor adicional: un marco altamente fragmentado de constreñimientos estructurales para el cambio político. Sin este último factor, no es posible dar cuenta de la turbulencia política que el país ha experimentado desde comienzos de 1994.

III. La geografia politica del cambio

Si México fue por mucho tiempo una rareza para los especialistas en las transiciones a la democracia, la literatura especializada sobre el tema tampoco fue de mucha utilidad para entender las dinámicas del sistema político mexicano. Las tipologías y los modelos que los «transitólogos» diseñaron sufrían de serias dificultades cuando se aplicaban a México.

Para construir nuevas teorías, más adecuadas, los especialistas han vuelto la vista hacia una serie de factores que por mucho tiempo habían permanecido fuera de los principales análisis sobre las transiciones. La atención académica ha empezado a considerar factores estructurales subyacentes en los procesos políticos. Esta es la tradición de la sociología histórica comparada.29 Este, sin embargo, es un regreso crítico. Por mucho tiempo, se adujeron causas «estructurales» para explicar por qué la democracia nunca podría echar raíces en los países de América Latina. Los deterministas postulaban que esas naciones no contaban con las «precondiciones» necesarias para tener regímenes democráticos (la riqueza era el ejemplo clásico). La implantación de regímenes democráticos en diversas partes del mundo en desarrollo echó por la borda esas hipótesis.

La respuesta intelectual al determinismo dominante fue hacer énfasis en las decisiones colectivas y en las interacciones políticas contingentes que ocurrían en las transiciones. Sin embargo muchos análisis han caído en el otro extremo, al grado que sufren de un excesivo voluntarismo. De manera inversa, evitaron considerar seriamente la relevancia de los constreñimientos histórico‑estructurales. Las estructuras, algunos parecen descubrir hoy, si bien no determinan, sí importan. La formulación de los nuevos estructuralistas es la siguiente: «aun en medio de la más tremenda incertidumbre provocada por una transición de régimen -cuando los constreñimientos parecerían ser muy laxos y cuando una amplia gama de resultados se antoja posible- las decisiones tomadas por los distintos actores responden a, y se encuentran condicionadas por, los tipos de estructuras socioeconómicas y las instituciones políticas existentes. Estas pueden ser decisivas, ya que pueden restringir, o ampliar, las opciones que los actores políticos, que intentan construir la democracia, tienen a su disposición».30

Así, parecería que la existencia de ciertas estructuras sociales hace que la emergencia de la democracia sea muy improbable, mientras que su ausencia hace que las estrategias de acomodo sean más viables, al tiempo que refuerza la posición de los actores democráticos.31 Los constreñimientos estructurales e institucionales determinan el abanico de opciones que los tomadores de decisiones tienen a su disposición y, tal vez, hasta puedan predisponerlos a seleccionar alguna en particular.32 Las estructuras históricas pueden ser concebidas como «condiciones limitantes» que restringen -o en algunas ocasiones amplían- las opciones disponibles.

Me parece que este enfoque tiene utilidad para el caso de México. Sin embargo, dos advertencias deben hacerse antes de proceder en esta línea de análisis. La primera es que las estructuras no son estáticas; en la lógica de mi análisis los constreñimientos estructurales no son independientes de las otras dos variables que he discutido antes. El marco estructural -las condiciones limitantes- ha sido alterado por el proceso de liberalización y, más agudamente, por las reformas. La segunda es que las condiciones limitantes tampoco son uniformes. En el caso de México esto me parece crucial, porque las estructuras socioeconómicas varían dramáticamente de región a región y dentro de cada una de ellas, entre zonas urbanas y zonas rurales. Esto produce un escenario sumamente fragmentado y desigual, en el cual las oportunidades, así como los límites al cambio político, varían en extremo.33

La tarea es, pues, determinar la forma en que los cambios estructurales que el país ha sufrido recientemente han moldeado el proceso político. ¿Cuáles son los «modos» de transición que México ha seguido?34 Es posible pensar que en ciertas regiones del país las estructuras sociales imperantes han dificultado, más allá de la voluntad de los reformadores en el gobierno y de los movimientos sociales emergentes, la adopción de arreglos democráticos. Para volver al caso de Chiapas, las estructuras, agraria y de poder, imperantes en la región representan formidables obstáculos a la democratización de la sociedad local.

La desigualdad regional del país presenta un panorama sumamente irregular y las expectativas de construir arreglos democráticos duraderos varía considerablemente dependiendo del lugar que se trate. Lo mismo existen espacios de fluidez social (las ciudades y los estados ricos del norte del país) como reductos de autoritarismo y pobreza. Los cuellos de botella estructurales abundan en la geografía política de México. Ahí, las condiciones limitantes de las que he hablado obstaculizan seriamente la democratización regional.

En conjunto, el país parecería avanzar, no a dos, sino a varios ritmos distintos a la vez. Mientras que en algunas partes la democracia política es ya un hecho a nivel regional, en otras más los caciques siguen marcando el paso de la vida política. Así, se puede considerar que existen, de facto, tres subsistemas políticos en el país: reductos de autoritarismo, amplias áreas de semiclientelismo y enclaves de tolerancia pluralista.35 Sin tener en cuenta la fragmentación del país, difícilmente se podrá entender el potencial disruptivo de algunas regiones. ¿Cuál es el pronóstico que arroja esta revisión, a ojo de pájaro, del marco de constreñimientos estructurales que enfrenta el país? No muy alentador: ahí donde los subregímenes autoritarios sobreviven, dentro de un sistema electoral competitivo, las transiciones se pueden atorar y no trasponer el umbral democrático.36

IV. Conclusion: las paradojas de la esperanza

El análisis que he hecho aquí proporciona algunas pistas para entender de dónde vino la violencia y por qué. El sistema político no fue «desbordado» por la sociedad civil como en otros casos, porque en México la singular experiencia de la liberalización había logrado hacer compatibles. hasta cierto punto, la movilización social y la legitimidad del régimen. Esto explica, entre otras cosas, la reciente explosión de las ONG mexicanas. La liberalización permitió que existiera el espacio necesario para que la sociedad civil se organizara en un sinnúmero de asociaciones de todo tipo.

Una parte de la violencia fue dirigida hacia la élite política. En el caso de los asesinatos políticos, la incertidumbre que genera la competencia limitada erosiona la racionalidad política en la que se encontraban basados los mecanismos tradicionales de resolución de conflictos. La certidumbre anterior fue minada, pero no ha sido suplantada por otra de origen democrático. No sólo el partido más importante del país carece de mecanismos, más o menos transparentes, para escoger a sus candidatos, sino que tampoco existen instituciones nacionales confiables y robustas que sean capaces de generar una nueva legitimidad democrática. La liberalización, una vez más, las hizo innecesarias.

El estallido de Chiapas evidenció el potencial disruptivo de los cuellos de botella estructurales de los que he hablado. Ahí, donde la liberalización no liberalizó casi nada, y donde las condiciones limitantes cercaron la acción política, las reformas económicas sí crearon serias tensiones políticas y sociales que abonaron el terreno para que una de las utopías olvidadas, la revolución, resucitara. ¿Qué podemos esperar del futuro? Todavía no podemos hablar de un sistema electoral satisfactorio para todos los actores políticos relevantes. La independencia de la autoridad electoral, el financiamiento de los partidos políticos y la apertura de los medios masivos de comunicación, entre otros temas, todavía se encuentran en la mesa de la negociación. El estancamiento de la reforma política, que inició con la firma del Acuerdo Político Nacional por los partidos y el nuevo gobierno, demuestra que si las rupturas con el pasado son importantes, también lo son las continuidades.37

La democratización efectiva va más allá de las elecciones. Otros criterios importan también, por ejemplo la existencia de mecanismos que permitan a los gobernados llamar a cuentas a sus gobernantes, el que impere el estado de derecho y que las libertades políticas y los derechos humanos sean respetados.38 Es posible imaginar un escenario en el cual se celebren regularmente elecciones, más o menos competidas, pero donde los derechos y las libertades de los individuos sigan siendo restringidos. Sin embargo, ese arreglo político no sería democrático, sino «electoralista».39 La democracia, ciertamente, no es muchas cosas (por ejemplo, no es necesariamente más eficiente económicamente que el autoritarismo) pero sí encarna un valor social fundamental: la protección contra la violencia arbitraria.40

Término con una metáfora. El sistema político en la actualidad puede verse como un gran arrecife marino. En algunas partes, el autoritarismo se ha ido, pero al igual que los pólipos en el mar, ha dejado su herencia: el coral mismo. Inercias acumuladas por años, la cultura política, los intereses y las alianzas que el autoritarismo forjó y que ahí siguen, aún sin él. En otras partes, los bichos no se han muerto y gozan de perfecta salud en sus habitáculos autoritarios. La incipiente democracia mexicana es una frágil embarcación en un mar en tempestad. Los escollos del arrecife han hecho ya algunos boquetes en su casco. La travesía es incierta, pero no podemos volver atrás: el futuro nos reclama. La nave va.

Este es el texto ganador del último certamen de ensayo político Carlos Pereyra. Propone una reflexión en torno a los cambios del panorama político nacional que se originan en los ajustes estructurales, el largo proceso de liberalización política y los catalizadores que la coyuntura ha ido soltando.

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referencias

1 Leonardo Morlino, por ejemplo, afirma que: «existen formas de violencia que, unidas a otros factores, acompañan con frecuencia el paso a otro régimen. De los varios tipos de tumultos, desórdenes espontáneos con amplia participación popular, conviene considerar sobre todo: las huelgas generales políticas, los motines violentos con choques con la policía, choques y pequeñas guerras entre grupos privados. De las conspiraciones, luchas bien organizadas con participación limitada: las conjuras de palacio, las rebeliones de militares o de la policía contra las autoridades, los episodios de terrorismo repetidos y en gran escala, los golpes de Estado. De las guerras internas: las guerrillas, las insurrecciones populares, que son a menudo luchas por la independencia nacional, las guerras civiles». Recientemente, el sistema político en México ha experimentado casos serios de estos dos últimos tipos de violencia, -los asesinatos políticos y la guerrilla- mientras que en la actualidad no es raro que las manifestaciones urbanas y rurales acaben en tumultos. Véase Leonardo Morlino, Cómo cambian los regímenes políticos, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1985, p. 107.

2 Véase Adam Przeworski, Democracy and the market. Political and Economic Reforms in Eastern Europe and Latin America, Cambridge, Cambridge University Press, 1991.

3 Véase Wayne A. Cornelius, «Political liberalization in an authoritarian regime: Mexico, 1976‑1985», en Judith Gentleman (ed.), Mexican Politics in Transition, Boulder, Westview Press, 1987, p. 19.

4 Guillermo O’Donnell y Philippe C. Schmitter, Transitions from Authoritarian Rule. Tentative Conclusions about Uncertain Democracies, Baltimore, The John Hopkins University Press, 1986, p. 7. La definición de liberalización se ha vuelto más restrictiva con el paso del tiempo. En un trabajo previo, O’Donnell consideraba como liberalización a «medidas que a pesar de representar una apertura significativa del régimen se quedaban cortas de lo que podría llamarse democracia política». Véase Guillermo O’Donnell, «Notas para el estudio de procesos de democratización a partir del estado burocrático-autoritario», Estudios CEDES 5, 1979, p. 8.

5 Aquí defino un régimen democrático como aquel en el cual existe una competencia, libre y justa, por los puestos públicos, basada en el sufragio universal y en las libertades de asociación y expresión, donde existe responsabilidad a través de la ley y control civil del ejército. Esta es una definición de medio rango, entre las rígidamente procedimentales y las participatorias. Jonathan Fox, «The difficult transition from clientelism to citizenship. Lessons from Mexico», en World Politics, vol. 46, enero de 1994, p. 151.

6 Históricamente, la relativa debilidad de la oposición y lo difuso de las demandas por un cambio de régimen contribuyeron a la capacidad del ejecutivo federal para determinar los tiempos, la estructura y la velocidad del proceso de reforma. Kevin Middlebrook, «Political liberalization in an authoritarian regime: the case of Mexico», en Guillermo O’Donnell, Philippe Schmitter y Laurence Whitehead (eds.), Transition from Authoritarian Rule: Comparative Perspectives, Baltimore, The John Hopkins University Press, 1986, p. 143.

7 Véase Soledad Loaeza, «La incertidumbre política mexicana», Nexos, vol. 16, núm. 186, junio 1993, p. 48.

8 Ibid.

9 Ibid.

10 Adam Przeworski, Democracy and the Market… p. 14.

11 Loaeza, op. cit., p. 51

12 Véase, por ejemplo: Barbara Geddes, «Big Questions, little answers», manuscrito sin publicar, presentado en septiembre de 1994 en la reunión anual de la American Political Science Association, p. 9. De acuerdo con Geddes, otros aspectos que han recibido poca atención sistemática son: 1) cuáles son los determinantes del apoyo de los estratos económicos altos al régimen autoritario y cuáles son los efectos de la pérdida de ese apoyo, 2) cuál es la influencia que tiene la oposición de masas en las decisiones de los gobernantes autoritarios y, por consiguiente, cuál es su impacto en la sobrevivencia del régimen, 3) cuál es la relación que existe entre las élites opositoras y las masas y, finalmente, cuál es la relación entre modernización económica y la influencia ciudadana en las opciones del régimen, por mencionar sólo algunas.

13 Mauricio Merino, »Democracia, después», Nexos, vol. 16, núm. 185, mayo 1993, pp. 51 ‑61.

14 Adam Przeworski, «Some problems in the study of the transition to democracy», en Guillermo O’Donnell, Philippe C. Schmitter y Laurence Whitehead (eds.), Transition from Authoritarian Rule. Comparative Perspectives, Baltimore, The John Hopkins University Press, 1986, pp. 51 ‑63.

15 Przeworski, Democracy and the Market… p. 58.

16 Loaeza, op. cit., p. 55.

17 Las aperturas contingentes desactivaron, casi siempre, el empuje de los movimientos sociales para transformar las estructuras fundamentales del régimen. Véase: Susan Eckstein, «Formal vs. substantive democracy», en Mexican Studies / Estudios Mexicanos, vol. 6, núm. 2 (1990), pp. 213‑301.

18 La relación entre los movimientos sociales y la democratización del régimen ha sido bastante ambigua. La movilización popular, paradójicamente, podía fortalecer al autoritarismo, si éste era capaz de cumplir las demandas de los grupos movilizados. Al respecto véase Joe Foweraker, «Los movimientos populares y la transformación del sistema político mexicano», en Revista Mexicana de Sociología, vol. 51, núm. 4 (1989), pp. 93‑113. Para un estudio de caso de esta dinámica véase: Diane E. Davis, «Failed democratic reform in contemporary Mexico: from social movements to the state and back», en Journal of Latin American Studies, vol. 26, núm. 2 (mayo 1994), pp. 375‑408.

19 Przeworski, Democracy and the market… p. 66.

20 Alexis de Tocqueville, Recollections. The French Revolution of 1848, New Brunswick, Transaction Publishers, 1992, p. 214.

21 Evidentemente, las reformas también modificaron el marco de constreñimientos estructurales. Este efecto será incorporado más adelante.

22 AI respecto véase: Soledad Loaeza, «El llamado de las urnas. ¿Para qué sirven las elecciones en México?», en Poder local, poder regional, México, El Colegio de México, 1988.

23 Sobre este tema véase: Alonso Lujambio, «Régimen presidencial, democracia mayoritaria y los dilemas de la transición a la democracia en México», en Alicia Hernández Chávez (comp.), Presidencialismo y sistema político. México y los Estados Unidos, México, El Colegio de México / FCE, 1994, pp. 75‑106.

24 Sobre los conflictos previos de las élites véase: Rogelio Hernández, «La división de la élite política mexicana», en Carlos Bazdresch, Nisso Bucay et al., México: auge, crisis y ajuste. I. Los tiempos del cambio, 1982‑1988, México, Fondo de Cultura Económica, 1992, pp. 239‑267; Roderic A. Camp, «Camarillas in Mexican politics: The case of the Salinas Cabinet», Mexican studies / Estudios Mexicanos. vol. 6, núm. 2, y Miguel Angel Centeno y Sylvia Maxfield, «The marriage of finance and order: changes in the Mexican political elite», Journal of Latin American Studies, febrero de 1992.

25 Véase Nell Harvey, «Rebellion in Chiapas: rural reforms, campesino radicalism and the end of salinismo» en David Myhre (ed.), Rebellion in Chiapas: Rural Reforms, Campesino Radicalism, and the Limits to Salinismo, La Jolla, University of California‑San Diego, Center for U.S.-Mexican Studies, 1994, p. 7.

26 Para un suscinto análisis de los efectos políticos de las reformas económicas véase: Adam Przeworski, «The neoliberal fallacy», en Journal of Democracy, vol. 3, núm. 3, julio de 1992, pp. 45‑59. La relación, más general, entre crecimiento económico y ajuste estructural en: Luiz Carlos Bresser Pereira, José María Maravall y Adam Przeworski, Economic Reform in New Democracies, New York, Cambridge University Press, 1992. Sobre el impacto de las crisis económicas en los procesos de apertura y democratización, véase J. Hartlyn y S. A. Morley (eds.), Latin American Political Economy: Financial Crisis and Political Change, Boulder, Colorado, 1986.

27 Neil Harvey, op. cit., p. 5. La dinámica histórica de las revueltas rurales en México ha sido explorada por John Coatsworth, «Patterns of rural rebellion in Latin America: Mexico in comparative perspective», en Friedrich Katz (ed.), Riot, Rebellion and Revolution: Rural Social Movements in Mexico, Princeton, Princeton University Press, 1988. Sobre Chiapas véase: Neil Harvey, «Peasant strategies and corporatism in Chiapas», en Joe Foweraker y Ann Craig (eds.), Popular Movements and Political Change in Mexico, Boulder, Lynne Rienner Publishers, 1990; Neil Harvey, «The difficult transition: neoliberalism and neocorporatism in Mexico», en Neil Harvey (ed.), Mexico: Dilemmas of Transition, London, Institute of Latin American Studies and British Academic Press, 1993; Thomas Benjamin, A Rich Land, a Poor People: Politics and Society in Modern Chiapas, Alburquerque, University of New Mexico Press, 1989; Héctor Díaz Polanco, «El Estado y los indígenas» en El nuevo estado mexicano, vol. 3, México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Nueva Imagen, 1992.

28 Neil Harvey, Rebellion in Chiapas…, p. 18. Sobre las complejas dinámicas políticas generadas por el programa nacional de Solidaridad, véase: Jonathan Fox, The politics of Food in Mexico: State Power and Social Mobilization, Ithaca, Cornell University Press, 1993, y Wayne Cornelius, Ann Craig y Jonathan Fox (eds.), Transforming State‑Society Relations in Mexico: The National Solidarity Strategy, La Jolla, UCSD, Center for U.S.‑Mexican Studies, 1994.

29 Barrington Moore, Social Origins of Dictatorship and Democracy. Lord and Peasant in the Making of the Modern World, Boston, Beacon Press, 1966. En la misma tradición se encuentran: Theda Skocpol, States and Social Revolutions: a Comparative Analysis of France, Russia and China, New York, Cambridge University Press, 1979, y Brian M. Downing, The Military Revolution and Political Change: Origins of Democracy and Autocracy in Early Modern Europe, Princeton, Princeton University Press, 1992.

30 Terry Lynn Karl, «Dilemmas of democratization in Latin America», en Comparative Politics, vol. 23, núm. 1, p. 6

31 Las democracias políticas han durado sólo en países donde la clase terrateniente ha desempeñado un papel secundario en la economía de exportación o donde la agricultura no represiva ha predominado.

32 Terry Lynn Karl, op. cit., p. 7

33 Aquí sólo esbozo lo que podría ser una explicación en forma de los constreñimientos estructurales a la democratización del sistema político.

34 Sobre los modos de transición, como función de estructuras prestablecidas, véase: Terry Lynn Karl y Philippe Schmitter, «Modes of transitions in Latin America, Southern and Eastern Europe», en International Social Science Journal, vol. 43, núm. 2, mayo 1991, pp. 269‑285. Un esfuerzo por incorporar factores estructurales así como desarrollos de largo plazo en el análisis de las transiciones en América Latina ha sido realizado por Marcelo Cavarozzi, «Beyond transitions to democracy in Latin America», en Journal of Latin American Studies, vol. 24, núm. 3 (octubre 1992), pp. 665‑684.

35 Jonathan Fox, «The difficult transition from clientelism to citizenship. Lessons from Mexico», en World Politics, vol. 46, enero de 1994, p. 207.

36 Ibid. Lynn Karl apunta: «paradójicamente, la herencia dejada por experiencias autoritarias ‘exitosas’, esto es, aquellas caracterizadas por niveles moderados de represión y éxito económico […] puede constituirse en el mayor obstáculo para la futura autotransformación democrática». Terry Lynn Karl, «Dilemmas of…», p. 14.

37 Por ejemplo, es ya un lugar común el que los comicios de agosto de 1994 fueron los más concurridos de la historia. Sin embargo, según las cifras oficiales, la participación del electorado en las elecciones presidenciales de 1982 fue del 74.8%, solamente unos cuantos puntos porcentuales por abajo de las elecciones de 1994.

38 Lynn Karl, op. cit., p. 2. Al respecto véase también: Phillip C. Schmitter y Terry Lynn Karl, «What democracy is… and is not», en Journal of Democracy, vol. 2, núm. 3, p. 76.

39 Lynn Karl, Dilemmas of .., p. 15.

40 Przeworski, Democracy and the Market…, p. 31.

Nicolás Maquiavelo

Publicamos este ensayo de uno de los grandes escritores de este siglo, T. S. Eliot, “el poeta inglés nacido en St. Louis Missouri”, como dijo Groucho Marx, sobre Maquiavelo y sobre la reputación de Maquiavelo. Eliot escribió este texto en 1927, con motivo del aniversario 400 de la muerte de Maquiavelo, y lo recogió en el libro For Lancelot Andrewes. Essays on Style and Order (Faber & Faber, 1928). No tenemos noticia de que este ensayo de Eliot se haya traducido al español.


“Porque de los hombres en general se puede afirmar esto: que son desagradecidos, veleidosos, falsos, cobardes, codiciosos, y en la medida en que te vaya bien son tuyos por completo”. Esta frase, y frases similares sacadas de su contexto, han sido causa de molestia e irritación en las mentes de los hombres durante más de cuatrocientos años: las palabras de un inofensivo y callado patriota florentino en retiro, ocupado en cortar árboles y conversar con campesinos en su magra propiedad. Maquiavelo ha sido el tormento de jesuitas y calvinistas, el ídolo de los Napoleones y los Nietzsches, una figura de suministro para el drama isabelino, y el modelo de un Mussolini o un Lenin. A Maquiavelo se le ha llamado cínico; pero no podría haber mayor fuente de inspiración para el “cinismo” que la historia de la reputación de Maquiavelo. Nada como la historia de la reputación de Maquiavelo podría ilustrar mejor la trivialidad y la irrelevancia de la influencia. Desde su muerte, un persistente romanticismo ha falsificado su mensaje. Maquiavelo ha contribuido a las trapacerías de cada siglo. Pero a ningún hombre tan grande se le ha malentendido tan completamente. Siempre se le ve con cierto desdén. Su lugar no está con Aristóteles, o con Dante, en teoría política; Maquiavelo intentó algo diferente. Su lugar no está con Napoleón, y mucho menos con Nietzsche. Sus observaciones sirven por sí mismas a cualquier teoría moderna del Estado, pero no pertenecen a ninguno.

En ocasión del aniversario de Nicolás Maquiavelo, debíamos ocuparnos no tanto de la historia de su influencia —que es meramente la historia de los diversos modos en que se le ha malentendido— como de la naturaleza de su pensamiento y las razones de por qué debió tener tal influencia.

“Así que en primer lugar yo pongo como una inclinación general de toda la humanidad un deseo perpetuo y sin reposo del poder tras el poder, que sólo cesa con la muerte de toda la humanidad un deseo perpetuo y sin reposo del poder tras el poder, que sólo cesa con la muerte”. Parecería a primera vista que estas palabras de Hobbes están pronunciadas en el mismo tono que las ya citadas de Maquiavelo, y con frecuencia se han puesto juntos estos dos nombres; pero el espíritu y el propósito de Hobbes y de Maquiavelo son totalmente distintos. Con frecuencia se toma a El Príncipe en el mismo sentido que el Leviatán. Pero Maquiavelo no sólo no es un filósofo de la política en el sentido de Aristóteles y Dante; es, incluso, menos un filósofo en el sentido de Hobbes. Tiene la lucidez de Aristóteles y el patriotismo de Dante, pero con Hobbes tiene poco en común. Maquiavelo es totalmente devoto: a la tarea de su propio lugar y tiempo; no obstante, al subordinarse a la causa de su Estado particular, y a la causa más grande de la Italia unida que él deseaba, Maquiavelo llega a una mayor impersonalidad y a un mayor distanciamiento que Hobbes. A Hobbes no lo conmueve apasionadamente el espectáculo del desastre nacional; Hobbes está interesado en su propia teoría, y podemos ver su teoría, en parte, como un resultado de las debilidades y las distorsiones de su propio temperamento. En las observaciones de Hobbes sobre la naturaleza humana hay con frecuencia un énfasis de más, un toque de spleen surgido probablemente de alguna percepción de la debilidad y el fracaso de su propia vida y carácter. A este énfasis de más, tan común en cierto tipo de filósofo desde el tiempo de Hobbes, se le puede asociar atinadamente con el cinismo. Porque el verdadero cinismo es una falta del temperamento del observador, no una conclusión surgida con naturalidad de la contemplación del objeto; es con mucho el reverso de “enfrentar los hechos”. En Maquiavelo no hay cinismo por ningún lado. Ninguna mácula de las debilidades y fracasos de su propia vida y carácter mancha el claro cristal de su visión. En los detalles, sin duda, donde el significado de las palabras sufre una ligera alteración, sentimos una ironía consciente; pero la totalidad de su visión está limpia de cualquier tinte emocional. Una visión de la vida como la de Maquiavelo implica un estado del alma que puede llamarse un estado de inocencia. Una visión como la de Hobbes es ligeramente teatral y casi sentimental. La impersonalidad y la inocencia de Maquiavelo es algo tan raro que bien puede ser la clave tanto para su influencia perpetua sobre los hombres como para la distorsión perpetua que sufre en las mentes de hombres menos puros que él mismo.

No queremos decir que Maquiavelo es del todo frío e impasible. Por el contrario, ofrece una prueba más de que el gran poder intelectual surge de grandes pasiones. Maquiavelo no sólo era un patriota, sino que su pasión patriótica es el motor de su mente. A escritores como Lord Morley les acomoda presentar a Maquiavelo como un cirujano embozado lleno de inhumanidad, indiferente a la exhortación moral y a quien sólo le importa el examen clínico. A diferencia de Maquiavelo, Lord Morley no había visto a su país desgarrado y saqueado, humillado no sólo por invasores extranjeros, sino por invasores extranjeros traídos por los facciosos príncipes nativos. La humillación de Italia era para Maquiavelo una humillación personal, y el origen de su pensamiento y de sus escritos.

Este intenso nacionalismo de ningún modo suprimió o distorsionó en Maquiavelo los otros valores morales o espirituales. Sólo que en sus escritos él se ocupa de ellos siempre desde un punto de vista, y se ocupa de ellos siempre en relación con el Estado. Su concepción del Estado es una concepción vasta y generosa. El es el consejero del Príncipe sólo porque le importa apasionadamente el bien de la república. Por un hombre como Napoleón —quien tenía una gran opinión de Maquiavelo, y cuyo sentido de realidad hizo que Maquiavelo le simpatizara— Maquiavelo sólo podría sentir aversión; Napoleón le habría parecido un usurpador extranjero y un violento egotista. Y a Maquiavelo no le interesa la idea moderna del Imperio; una Italia unida era el límite de su visión; y de hecho sentimos con frecuencia, al leer la más importante de sus obras, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, que tiene mucha mayor admiración por la Roma republicana que por la Roma imperial. Su primer pensamiento siempre está por la paz y la prosperidad y la felicidad de los gobernados; pero sabe muy bien que esta felicidad no reside meramente en la paz y en la riqueza. Esta depende de, y a su vez apoya a, la virtud de los ciudadanos. La virtud cívica no puede existir sin una medida de libertad, y a Maquiavelo lo ocupa constantemente en relación con qué la libertad es obtenible:

Rara vez ocurre que las demandas de un pueblo libre resultan ya sea irrazonables o ya sea perjudiciales para la libertad, siendo que comúnmente proceden ya sea de la opresión real o del miedo a ella; pero si resulta que ese temor no tiene fundamento, no es materia difícil pacificarlo mediante una conferencia pública, donde el pueblo siempre está dispuesto a escuchar a cualquier hombre con méritos y autoridad al que crea adecuado para la arenga: porque aunque el pueblo puede estar a veces en un error, como dice Cicerón, está abierto a una mejor información, y se le puede convencer pronto, cuando una persona de cuya veracidad e integridad el pueblo tiene una buena opinión se encarga de mostrarles su error.

La actitud de Maquiavelo hacia la religión y hacia la religión de su país, ha sido con frecuencia objeto de malentendidos. Su actitud es la de un estadista, y es tan noble como la de cualquier estadista, qua estadista. De hecho, tal actitud no podría ser otra de la que es. Maquiavelo no se opone ni a la religión ni a la Iglesia católica. Vio muy claramente, y era difícil que no lo hubiera visto, la corrupción de la Iglesia y la bajeza de los eclesiásticos eminentes con los que trató. Y en La mandrágora, su brillante comedia, hace una burla excelente de las corrupciones más despreciables del clero. Vio, por una parte, el grado en que la Iglesia y los poderosos individuos nobles de la Iglesia habían contribuido a la desunión y a la desolación de su país. Pero él sostuvo firmemente que una Iglesia establecida era de gran valía para un Estado.

Luego de considerar todas estas cosas, concluyo que el establecimiento de la religión en Roma hecho por Numa fue una de las causas que contribuyeron principalmente a su dicha y grandeza: porque la religión produjo buen orden, y el buen orden generalmente trae buena fortuna y éxito a cualquier empeño. Y del mismo modo en que la estricta observancia del culto a lo divino y de los deberes religiosos tiende siempre al engrandecimiento de un Estado, el rechazo y el desprecio por ellos puede contarse entre las primeras causas de su ruina. Porque, donde no hay temor de Dios, puede ocurrir que el Estado caiga en la destrucción o se sostenga mediante la reverencia mostrada a un buen Príncipe; esto puede sostenerlo por un tiempo, y suplir la necesidad de religión en sus súbditos. Pero como la vida humana es corta, por supuesto que el gobierno entrará en decadencia cuando se haya extinguido la virtud que le daba forma y lo animaba.

Y más adelante (en los Discursos) Maquiavelo dice aún más afirmativamente:

Los gobernantes de todos los Estados, ya sean reinos o repúblicas, que buscan preservar firmes y enteros a sus gobiernos, deberían sobre todas las cosas encargarse de que a la religión se le mantenga en la más alta de las veneraciones, y que sus ceremonias en todo tiempo sean incorruptibles e inviolables; porque no hay un pronóstico más seguro de que la ruina amenaza a un Estado, que ver descuido y desprecio en el culto a lo divino.

Y Maquiavelo sigue hasta mostrar, en el mismo capítulo, cómo el descuido de la religión, ocasionado por los caprichos de la Iglesia de Roma, había contribuido a la ruina de Italia. Es muy posible que una iglesia nacional establecida, como la Iglesia Anglicana, pudo haberle parecido a Maquiavelo el mejor establecimiento para una república cristiana; pero de lo que está seguro es de que para una nación es necesario un establecimiento religioso de algún tipo. Si sus palabras fueron ciertas, lo siguen siendo. En lo que respecta a la religión “personal” de Maquiavelo, fue al parecer tan genuina y sincera como la de cualquier hombre que no es un especialista en devoción sino, intensamente, un especialista en las cuestiones del Estado; y murió atendido por un sacerdote. Vio con gran claridad y supo instintivamente que los esfuerzos de un hombre como Savonarola no podrían traer ningún bien; su objeción real no era al espíritu de Savonarola como a la contradicción entre los métodos de Savonarola y el buen manejo del Estado. Pero con una mente destructiva como la de Voltaire, la mente constructiva en lo esencial de Maquiavelo no habría sentido nada en común.

En varios capítulos de El Príncipe y de El arte de la guerra es muy claro que al ocuparse de las cuestiones de la guerra a Maquiavelo le interesa siempre lo positivo y lo constructivo. En cuestiones de guerra, y en el gobierno militar y en la ocupación, le interesan tanto las fuerzas morales como los recursos técnicos. En sus observaciones sobre la colonización, sobre la manera de ocupar un territorio extranjero, y en sus repetidas advertencias contra el uso de tropas mercenarias, Maquiavelo siempre pone como ejemplo de admiración al príncipe patriota y a la ciudadanía patriota. Tiene poca paciencia para el príncipe que es meramente un general; de un imperio como el de Napoleón habría dicho, desde el principio, que no podía durar. Uno no puede gobernar a la gente por siempre contra su voluntad, y hay algunos pueblos extranjeros a los que uno no puede gobernar de ninguna manera; pero si uno tiene que gobernar a un pueblo extraño e inferior —un pueblo inferior en el arte de gobernar— entonces uno debe usar todos los medios para tenerlos contentos y para persuadirlos de que el gobierno de uno va en su interés. La libertad es buena, pero el orden es más importante; y el mantenimiento del orden justifica todos los medios. Pero sus soldados debían ser soldados ciudadanos, peleando por algo realmente valioso; y el príncipe debe ser siempre un estadista, y un guerrero sólo cuando sea necesario.

Ningún registro de las ópticas de Maquiavelo puede ser más que fragmentario. Porque, aunque Maquiavelo es constructivo, no es un constructor de sistemas; y sus pensamientos pueden repetirse pero no compendiarse. Es quizás una característica de la sorprendente exactitud de su visión y de sus observaciones el hecho de que Maquiavelo no tenga un “sistema”; porque es casi inevitable que un sistema requiera ligeras distorsiones y omisiones, y Maquiavelo no distorsionó ni omitió nada. Pero lo más curioso es que ningún registro o recapitulación de su pensamiento parece dar una clave ya sea de su grandeza o de su gran y grotesca reputación. Cuando lo leemos por primera vez no recibimos la impresión ni de estar ante una gran alma ni ante un intelecto demoniaco, sino meramente ante un observador modesto y honesto que apunta los hechos como son y hace comentarios tan verdaderos que parecen planos. Sólo después de la lenta absorción y el impacto en la mente de los repetidos contrastes entre una honestidad así, y los engaños comunes, las deshonestidades y las tergiversaciones de la mente humana en general, se abre paso hacia nosotros la grandeza única de Maquiavelo. No queremos decir con esto que el pensamiento de Maquiavelo es una excepción solitaria. Un escritor francés, M. Charles Benoist, ha dedicado un volumen a Le machiavélisme avant Machiavel. Hay paralelos en su propio tiempo. Es difícil que Maquiavelo conociera a Comynes, pero la mente y la visión de este gran diplomático belga, quien sirvió tan bien y por tan largo tiempo a Luis de Francia, se relacionan cercanamente con las de Maquiavelo. Pero Maquiavelo, aparte de su diferencia de método, es un espíritu mucho más puro e intenso.

Es muy poco probable que el apasionado nacionalismo de Maquiavelo fuera entendido en su propio tiempo, y mucho menos por sus compatriotas. Pero la honestidad de su mente es tal que difícilmente se le entiende en cualquier tiempo. Al parecer, sus escritos fascinaron y aterrorizaron a Europa desde un principio. La gente no pudo escapar de la fascinación; del terror, la gente escapó convirtiendo a Maquiavelo en un mito de terror. Incluso en Italia, como lo muestra Charbonnel en La pensée italienne au XVI siècle, su pensamiento fue distorsionado de inmediato. Al parecer los papas y los príncipes han tomado de sus libros lo que querían, pero no lo que Maquiavelo quería transmitir. Pero cuando su obra rebasó las fronteras la distorsión se hizo aún más grande. En Francia, y sobre todo entre los hugonotes, desató las más violentas respuestas. Apenas se le trató como algo más que un astuto sicofante que daba consejos a los tiranos sobre las mejores maneras de oprimir a sus súbditos. En Francia no sólo los religiosos partidarios sino los politiques —notablemente Jean Bodin— se le fueron encima. Bodin no pudo pasar por alto el elogio de Maquiavelo a César Borgia en El Príncipe aunque, para cualquiera que lea este libro sin prejuicios, debía quedar muy claro respecto a qué, y con cuantas reservas, Maquiavelo hace su elogio. En Inglaterra, Thomas Cromwell y otros admiraban su obra, aunque es muy improbable que lo entendieran mejor. Pero la impresión general de Maquiavelo en Inglaterra se debe a la influencia francesa, a la traducción de Contre‑Machiavel de Gentillet. A cada desplazamiento Maquiavelo sufría. En cierta medida la civilización de Francia estaba por abajo que la de Italia, y la civilización de Inglaterra ciertamente no había alcanzado a la civilización de Francia. Uno sólo tiene que comparar el desarrollo del estilo de la prosa en las tres lenguas. Maquiavelo es un maestro de estilo de prosa en cualquier época; su prosa es madura. En Francia no hay nada comparable hasta Montaigne, y Montaigne no es un classique para la crítica francesa. Y en Inglaterra no hay nada comparable hasta Hobbes y Clarendon. Pero para ese tiempo, cuando la civilización de los tres países estaba ya muy nivelada, hay un deterioro en todas partes. Montaigne es inferior a Maquiavelo, y Hobbes es inferior a Montaigne. En su Maquiavelo y el drama isabelino, Edward Mayer ha catalogado la dramatización de Maquiavelo en Inglaterra, y Wyndham Lewis lo ha discutido más filosóficamente en su muy interesante estudio de Shakespeare: El león y la zorra. La figura de Ricardo III es el testimonio de la impresión que dejaba Maquiavelo, y la falsedad de esta impresión.

Por tanto debemos inquirir qué hay en Maquiavelo que impresiona la mente de Europa de un modo tan prodigioso y tan curioso, y por qué la mente europea sintió la necesidad de deformar su doctrina tan absurdamente. En efecto, hay causas que han contribuido. La reputación de Italia como el hogar del crimen fantástico, pícaro y diabólico, llenó la imaginación de los franceses, y más aún de los ingleses, como ahora está llena con las glorias de Chicago o Los Angeles, y predispuso a la imaginación a crear un representante mítico de esta criminalidad. Pero el crecimiento del protestantismo —y Francia, lo mismo que Inglaterra, era entonces un país protestante en gran parte— creó aún más una disposición contra un hombre que en sus propias costumbres aceptaba la óptica ortodoxa del pecado original. A Calvino, cuya visión de la humanidad era mucho más extrema, y ciertamente más falsa que la de Maquiavelo, nunca se le trató con tanto oprobio; pero cuando la reacción inevitable contra el calvinismo surgió del propio calvinismo, y de Ginebra, en la doctrina de Rousseau, esto también fue hostil a Maquiavelo. Porque Maquiavelo es un doctor de lo basto, y lo basto siempre es insoportable para los partidarios de lo extremo. Un fanático puede ser tolerado. El fracaso de un fanatismo como el de Savonarola asegura su tolerancia por la posteridad e incluso su aprobación como patrono. Pero Maquiavelo no era un fanático; él meramente dijo la verdad sobre la humanidad. El mundo de los motivos humanos que él describe es verdadero —es decir, se trata de la humanidad sin el añadido de la Gracia sobrehumana. Por tanto es tolerable sólo a personas que tienen también una creencia religiosa definida; el credo de Maquiavelo es insoportable para el esfuerzo de los últimos tres siglos de suplir la creencia religiosa por la creencia en la Humanidad. Lord Morley se hace eco de la habitual admiración hostil moderna hacia Maquiavelo cuando insinúa que Maquiavelo vio muy claramente lo que en efecto vio, pero que vio sólo la mitad de la verdad sobre la naturaleza humana. Lo que Maquiavelo no vio sobre la naturaleza humana es el mito de la bondad humana que para el pensamiento liberal reemplaza la creencia en la Gracia Divina.

Es fácil admirar a Maquiavelo de un modo sentimental. Es sólo una de las poses histriónicas y sentimentales de la naturaleza humana —y la naturaleza humana es incorregiblemente histriónica— posar como “realista”, como una persona “que no admite el sinsentido”, admirar la “franqueza brutal” o el “cinismo” de Maquiavelo. Esta es una forma de autosatisfacción y autoengaño, que meramente propaga el mito “Judío de Malta‑Nietzsche” de Maquiavelo. En la Inglaterra isabelina la reputación de Maquiavelo fue mera e inconscientemente manipulada para alimentar la tendencia perpetua a recurrir a la herejía maniquea: el deseo de un mal al que adorar. Los impulsos heréticos permanecen muy constantes; vuelven a darse en el Satán de Milton y en el Caín de Byron. Pero Maquiavelo no tiene comercio alguno con estas gratificaciones de las debilidades humanas. No tiene nada del instinto para posar; y por tanto los seres humanos, para aceptarlo, tienen que convertirlo en una figura dramática. Su reputación es la historia del intento de la humanidad de protegerse a sí misma, cubriéndose con una capa de falsedad, contra cualquier exposición de la verdad.

Se ha dicho, en un tono de reproche, que Maquiavelo no hace ningún intento “por persuadir”. Ciertamente él no era un profeta. Porque él estaba interesado primero que nada en la verdad, no en la persuasión, lo cual es un motivo de que su prosa sea gran prosa, no sólo de la italiana sino un modelo de estilo para cualquier lengua. El es un Aristóteles parcial de la política. Pero es parcial no porque su visión esté distorsionada o su juicio sesgado, o por cualquier falta de interés moral, sino por su sola pasión por la unidad, la paz y la prosperidad de su país. Lo que lo vuelve un gran escritor, y para siempre una figura solitaria, es la pureza y la sinceridad de su pasión. Nadie fue nunca menos “maquiavélico” que Maquiavelo. Sólo un puro de corazón puede lanzar el arpón sobre la naturaleza humana como lo ha hecho Maquiavelo. El cínico nunca puede hacerlo; porque el cínico es siempre impuro y sentimental. Pero es fácil entender por qué Maquiavelo no fue él mismo un político exitoso. Por un lado, no tenía la capacidad para el autoengaño o la autodramatización. La receta dors ton sommeil de brute (algo así como “hazte el tonto”) es aplicable en muchas formas, de las cuales Calvino y Rousseau dan dos variaciones; pero la utilidad de Maquiavelo está en sus llamados perpetuos a examinar las debilidades y la impureza del alma. Es probable que nunca olvidemos sus lecciones políticas, pero a su examen de la conciencia no habría que pasarlo por alto tan fácilmente.

 

T. S. Eliot

Traducción de Luis Miguel Aguilar

Moral y política

Sergio Sarmiento. Escritor y periodista. Es columnista del diario Reforma.

Para algunos los términos moral y política son simplemente contradictorios. La política, se piensa, es inmoral por naturaleza; es la actividad humana en la que el fin justifica los medios, la que se desarrolla en el reino del pragmatismo y del utilitarismo, de la conveniencia personal y de la ley del más fuerte.

A ojos de la mayoría de la población la expresión más acabada de la moral política es el pensamiento de Maquiavelo, a quien la historia ha convertido del pensador que reflexionaba sobre las maneras de garantizar la estabilidad del Estado a un cortesano meramente preocupado por preservar los privilegios del príncipe.

Hace algunas semanas un programa radiofónico llevó a cabo una encuesta informal en la que se preguntaba a transeúntes qué personaje público admiraban más. La gente respondía señalando a figuras del deporte, del espectáculo o de la cultura, pero virtualmente nadie sugirió el nombre de algún político. Cuando se preguntaba a los encuestados específicamente si había algún político que admirasen, la respuesta más común era: «Todos los políticos son corruptos».

Por supuesto hay una gran distancia entre la percepción y la realidad. No sólo hay muchos políticos que no son corruptos, sino que detrás del pragmatismo de esa actividad se esconden reglas de ética usualmente inexpresadas pero que se han mantenido vigentes durante mucho tiempo.

Estas reglas éticas se han venido modificando, como parte de un proceso en el cual el país está sufriendo cambios en muchos otros aspectos de su vida. Pero no ha habido estudios concretos sobre estas modificaciones por la sencilla razón de que las reglas éticas que existían con anterioridad no fueron nunca establecidas con claridad.

Consideremos, por ejemplo, el enriquecimiento de los funcionarios. Durante mucho tiempo se consideró natural que quienes ejercían un alto cargo público se enriquecieran, siempre y cuando lo hicieran dentro de ciertos parámetros y bajo algunas reglas concretas. El robo de fondos del erario o la exigencia abierta de cohechos eran tan rechazados antes como ahora, pero se aceptaba generalmente que el funcionario encauzara obra pública a empresas de su preferencia o que diera empleo a familiares o amigos. Hoy estas últimas prácticas son tan rechazadas como el robo abierto de fondos públicos o como la exigencia de cohecho.

Se ha registrado también un cambio en la actitud frente a la remuneración oficial de los funcionarios. El gobierno de la república creó a lo largo de décadas un complejo sistema de salarios y prestaciones en que se pagaban sueldos nominales muy bajos a los funcionarios de alto nivel, los cuales se compensaban con exorbitantes aguinaldos y bonos. La práctica se consideraba natural, dado el bajo sueldo nominal de los funcionarios. De hecho se pensaba que esta costumbre era indispensable precisamente para evitar la corrupción. Un funcionario bien pagado, después de todo, se mostraría menos inclinado a aceptar aquellas formas de corrupción que en aquel entonces se consideraban inaceptables.

Las actitudes han venido cambiando, sin embargo. Todo el mundo sabe que los altos funcionarios dependen más de sus bonos discrecionales que de sus sueldos para sobrevivir. Pero como bien lo puede atestiguar el regente de la Ciudad de México, el monto de estos bonos es ya abiertamente cuestionado por la sociedad. Tarde o temprano el gobierno tendrá que transparentar los ingresos de los funcionarios, cosa que hasta ahora no se ha atrevido a hacer y que termina por hacer parecer ilegal lo que no lo es.

El empleo de la fuerza pública ha caído también bajo consideraciones éticas que antes no existían. Si bien siempre ha habido protestas por el empleo excesivo de fuerza en contra de manifestaciones o presuntos criminales, en el pasado el sistema simple y sencillamente permitía que estas prácticas se llevaran a cabo sin mayores problemas.

Hoy la situación es muy distinta. Las organizaciones de derechos humanos, si bien no han logrado erradicar la tortura y otros males, sí han limitado drásticamente su aplicación, por lo menos según la información que sobre el tema se tiene disponible. Uno de los resultados, sin embargo, ha sido una creciente impotencia de la sociedad o de las víctimas frente al crimen.

Informantes fidedignos, por ejemplo, me indican que la viuda de Luis Donaldo Colosio, Diana Laura, pidió expresamente a los investigadores del asesinato de su marido que emplearan la fuerza o drogas para extraer de Mario Aburto toda la información que éste pudiera tener. Los investigadores se negaron.

Por otra parte, algunos grupos de la sociedad sostienen que la labor de las organizaciones de derechos humanos ha sido crucial en el aumento de la criminalidad que sufre el país. Se ha prestado tanta atención a los derechos de los criminales, afirman, que se han perdido de vista los derechos de las víctimas.

En las campañas electorales se advierten también los cambios que están teniendo lugar en la ética política del país. En el pasado los discursos de campaña, tanto de los candidatos del partido de gobierno como los de la oposición, eran sumamente vagos. Los postulantes priístas hablaban de la continuación de la revolución y de la necesidad de resolver problemas sociales, en tanto que los de oposición se referían al fraude electoral o a la pobreza, pero siempre en términos generales. Hoy las acusaciones son directas e incluso personales. Los discursos tienen nombres y apellidos.

Muchos de los cambios que estamos presenciando son producto del hecho de que han terminado ya los tiempos del partido único. Aun cuando el PRI no ha perdido todavía ninguna elección federal, sus derrotas a nivel estatal y municipal se han hecho cada vez más frecuentes. Con las victorias de la oposición ésta ha adquirido un poder que antes no tenía. La competencia real obliga a que se rompan constantemente las reglas de un juego que surgía del dominio del gobierno por un solo partido.

Algunos políticos actuales que vivieron los tiempos pasados se quejan de que la política ha perdido su sentido de la ética. Esta apreciación quizá no sea del todo correcta. Si comparamos la política de ayer contra la de hoy en términos estrictos de ética, tendríamos que concluir que, si acaso, las cosas son más limpias ahora. Sólo que las reglas del juego han cambiado.

Antes la sociedad no le prestaba demasiada atención a un operativo de fraude electoral que incluyese robos de urnas y la expulsión por la fuerza de los representantes de la oposición de las casillas de voto. Simple y sencillamente se aceptaba que ésa era la forma en que se conducía la política en nuestro país.

Hoy la modificación «legal» de los resultados de unas cuantas casillas a través de un tribunal electoral, como ocurrió en Huejotzingo, Puebla, después de los comicios municipales del 12 de noviembre, genera una explosión política que conmociona a la nación.

Hoy son mayores los escándalos: hoy hay una impresión más generalizada de que el gobierno es corrupto. En nuestros días se cuestiona el presunto enriquecimiento de Carlos Salinas de Gortari; en el pasado no se prestaba mayor atención a la riqueza de Miguel Alemán Valdés. Entonces se suponía que las cosas eran simplemente así.

Hay buenas razones para pensar que la política no es hoy más corrupta que antes. Pero hoy tenemos nuevos criterios éticos, más estrictos, más apegados a la ética política internacional. Estos crean la impresión de que estamos retrocediendo, cuando la verdad es que los mexicanos nos estamos volviendo más exigentes.

Cómo define el ciudadano común a la política? Es sólo corrupción?. Y si así fuera, ¿lo ha sido siempre?

¿Cuál moral?

¿En qué consiste el problema actual, de la política? “En poder de procesar la heterogeneidad de intereses que se expresan en la lucha por el poder”. Aun la moral tiene que ver con ese juego de intereses.

Niklas Luhman termina el artículo que publicó nexos en su edición de marzo diciendo que hoy en día nadie que mantenga un punto de vista moral puede pretender que habla por toda la sociedad. Este es, sin duda, el punto de partida para cualquier reflexión sobre la moralidad de la política: las sociedades contemporáneas (por lo menos las occidentales) son heterogéneas y esa heterogeneidad implica conjuntos valorativos diversos que han roto el monopolio ideológico, con sus contenidos morales, que en las sociedades tradicionales tenía la iglesia; de ahí que no se pueda hablar de una sola moral, universalmente válida, que rija el comportamiento de los seres humanos en términos de bueno‑malo. Si siempre ha sido conflictiva la relación entre política y moral, en el mundo contemporáneo, donde los conjuntos valorativos son diversos y muchas veces enfrentados, una valoración moral de la política se antoja imposible y no deja de tener un retintín demagógico, que en nada contribuye a la construcción de una ética democrática, esa sí necesaria para valorar a la política en sus propios términos.

El problema de la política de hoy radica precisamente en poder procesar la heterogeneidad de intereses que se expresan en la lucha por el poder. Una explicación histórica: el desarrollo de los intercambios impersonales que implica la generalización de las sociedades de mercado provocó una crisis en la organización de las sociedades y en sus formas de legitimación ideológica. El intercambio personalizado, propio de las sociedades que de manera esquemática podemos llamar tradicionales, implica la existencia no sólo de contactos de carácter personal sino una repetición en los intercambios que minimizan las ganancias del fraude y del oportunismo, a la vez que se sustenta en una idea ética, socialmente definida, de la justicia de las reglas establecidas y de los derechos de propiedad. Estos códigos de comportamiento consensuados, en los que, indudablemente, la reciprocidad jugaba un papel relevante, constituían formas de vida con una institucionalización que requería de pocas reglas formales para regular el intercambio y establecer controles. El consenso implicaba una percepción de la realidad compartida de manera prácticamente unánime por el colectivo social. Por el contrario, el proceso de intercambio en mercados impersonales, que comenzó a abrirse paso en el mundo a partir del siglo XVI, pero que no se generaliza realmente hasta bien entrado el siglo XIX, fomentó, en primer lugar, la aparición de percepciones distintas de la realidad, lo que provocó el surgimiento de ideologías diferentes y competitivas. Douglass North, el historiador económico que recibió el Premio Nobel de Economía en 1993, describe el origen de este cambio en las formas de organización social de la siguiente manera:

Aquellas experiencias que los trabajadores tenían en común fueron progresivamente separándose de las relaciones personales que habían producido un conjunto común de valores. Los contratos formales tuvieron que reemplazar a los acuerdos informales; la estructura consiguiente de la organización de los mercados impersonales fomentaba las mismas características de conducta planteadas en el dilema hobbesiano. Es decir, se desarrolló un conjunto formal de reglas que limitaba el comportamiento en los intercambios de mercado, pero que también creaba las condiciones por las que aparecían grandes incentivos al incumplimiento de dichas reglas. Aquellos que veían limitado su comportamiento por la ideología consensuada de los intercambios personalizados, pronto se dieron cuenta de que estaban siendo explotados, de que se estaban aprovechando de ellos, en estas nuevas condiciones en las que era muy rentable el comportamiento maximizador de las partes contractuales. La competencia en los mercados impersonales introdujo en el intercambio una relación básicamente antagonista. El conflicto omnipresente sobre los términos del intercambio reemplazó a aquellos factores tradicionales como las relaciones entre individuos de igual status, la honestidad y la integridad.

La extensión de los mercados complejos trajo un cambio mayor, sin precedentes, en las formas de organización social y, por lo mismo, en las fuentes del conflicto político. Las consecuencias de la especialización ocupacional y la división del trabajo fueron la ruptura de la comunicación y los lazos personales que habían constituido el tejido social de la ideología consensuada de las sociedades tradicionales, lo que produjo la aparición de ideologías diferentes, construidas sobre las nuevas y rivales percepciones de la realidad que surgieron de estas circunstancias sociales caracterizadas por la especialización ocupacional. Por supuesto, cada conjunto ideológico contiene un marco valorativo que constituye una visión moral diferenciada: lo que es bueno para los trabajadores —la igualdad, la distribución equitativa de bienes, etcétera— no lo es para los empresarios, quienes, por el contrario, defenderán la libertad de empresa y los derechos de propiedad bien definidos, por ponerlo en términos absolutamente tópicos.

El problema central de la política radica en que el control del poder tiene consecuencias distributivas. El poder se busca para sacar ventajas de él; para ponerlo de nuevo en términos de North, el poder político le puede poner limitaciones al intercambio y esas limitaciones constituyen ventajas comparativas para aquel que las obtiene. Las instituciones ni necesaria ni frecuentemente son diseñadas para ser socialmente eficientes (en lo que a la distribución de la riqueza se refiere); al contrario, por lo general —al menos las reglas formales— son creadas para servir a los intereses de aquellos con el poder de negociación suficiente para desarrollar nuevas reglas. La idea de la política como vehículo para alcanzar el bien común de la fantasía tomista no sirve hoy en día más que para las campañas de la democracia cristiana y sus epígonos. La lucha política es una lucha de intereses donde lo que es bueno para unos es malo para otros. De lo que se trata es de procesar ese conflicto sin violencia.

Sin embargo, los políticos suelen recurrir a las justificaciones morales, pues para poder dominar sin recurrir a los instrumentos físicos de coerción requieren de la aceptación social de su poder, lo que en términos de Beetham querría decir que el poder es legítimo en la medida en que sus reglas sean justificables en términos de creencias compartidas por el dominador y los subordinados; sin un marco de creencias, las reglas de las cuales el poderoso deriva su poder no pueden ser justificadas a los ojos del subordinado, el poderoso no contaría con la autoridad moral para ejercer su poder, independientemente de su validez legal, y sus requerimientos no podrían ser eficazmente obligados sin coerción. La legitimidad es una construcción social que justifica la obediencia del subordinado.

Pero en un mundo de intereses contrapuestos, ¿cuál puede ser el marco de creencias compartidas que justifiquen el ejercicio del poder? ¿Cómo se puede gobernar en nombre de toda la sociedad cuando ésta es tan diversa? La construcción de ese marco valorativo aceptable por una sociedad diversa, donde conviven concepciones morales diferenciadas, es precisamente el problema de la política de hoy. Por ello, los criterios de valoración de lo político tienen que ser políticos, como lo dice el propio Luhman, y no pueden ser de carácter moral.

Es ahí donde se abre paso una valoración de la política en función de criterios legal‑racionales. La construcción de un marco de reglas del juego en las que el Estado se convierta en un espacio de coaliciones y no en un actor con intereses propios que se autonomice. La política vigilada por los políticos, pero también por órganos sancionadores independientes que limiten la arbitrariedad del ejercicio del poder y por los ciudadanos, que con su voto califican también la acción de los políticos. La democracia contiene un marco ético que permite legitimar el ejercicio del poder sin recurrir a consideraciones morales: los códigos de valoración están contenidos en leyes escritas y son sancionados por un poder independiente; además, los ciudadanos pueden hacer valer sus propios códigos morales a la hora de juzgar en las elecciones una gestión. El momento del voto es un momento de valoración de carácter político, en el que influyen elementos morales, aunque menos de lo que muchas veces se podría pensar.

Si el poder no tuviera consecuencias distributivas, no haría falta ponerle reglas que lo limiten, pues se trataría de una cuestión de eficiencia y nadie se opondría a encontrar un arreglo que beneficiara a todos sin perjudicar a nadie. Pero precisamente porque no es así, porque lo que hay es un mundo de intereses en conflicto, de lo que se trata es de encontrar criterios políticos para fijar qué se vale y qué no. De ahí la superioridad de un marco de reglas del juego explícitas sancionadas exteriormente y del arbitraje social ejercido a través del voto. Los políticos se ven sometidos así a dos tipos de responsabilidades: por una parte, la responsabilidad jurídica de sus actos y por la otra la responsabilidad política, sancionada por los ciudadanos cuando con su voto evalúan su gestión.

Pero existen además los medios de comunicación de masas, tan proclives a la valoración moral, al grado que en Estados Unidos y Gran Bretaña acaban por meterse hasta en las alcobas de los políticos. La búsqueda constante de las flaquezas morales de los hombres y mujeres públicos, la más de las veces al servicio del escándalo, aun cuando en muchas ocasiones sirvan también para alertar frente a los abusos reales del poder, juega su papel a la hora de formar los juicios ciudadanos frente a las gestiones de los políticos. La supuesta valoración moral no es más que otro instrumento de la política. Desde los periódicos o desde la televisión se entra a la lucha política con supuestos argumentos morales, como lo demuestra la irrupción a la escena política italiana de Silvio Berlusconi, el magnate de la televisión chatarra. Pero tal vez hemos sobrevalorado su papel. A la hora de tomar sus decisiones, los ciudadanos evalúan mucho más que la imagen creada por los medios; evalúan su vida cotidiana y revisan su bolsillo y votan en consecuencia. Seguramente Pedro J. Ramírez, el inquisidor que dirige el periódico El Mundo de Madrid, amaneció el 4 de marzo con la tremenda resaca que le debe haber provocado el ver que su cruzada había fracasado: el corrupto González no sólo no se había hundido, sino que había aumentado en términos absolutos su votación. Porque a lo mejor la gente califica a los políticos en términos políticos y no como hermanitas de la caridad.

 

Jorge Javier Romero
Politólogo. Investigador de la UAM.

Los costos de la violencia retórica

Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.

Uno de los aspectos más sobresalientes de nuestra enrarecida atmósfera política es la utilización, por parte de todos los protagonistas y observadores, de un lenguaje ferozmente agresivo para referirse a sus supuestos adversarios e interlocutores. Un lenguaje que más que dirigido a expresar posiciones y propuestas, parece exclusivamente encaminado a demonizar, descalificar e injuriar, y que con frecuencia termina convirtiéndose en el objeto fundamental de los debates. Se generan así verdaderos cortocircuitos comunicativos que seguramente hacen las delicias de una prensa y unos medios que identifican el interés público con el amarillismo más estridente, pero que al mismo tiempo vuelven prácticamente imposible no sólo el entendimiento entre los actores, sino también el reconocimiento de lo que supuestamente está en juego en las disputas. Atrapados aparentemente en esta lógica del escándalo como única forma de captar la atención pública, dirigentes, voceros y analistas parecen entrar en una verdadera competencia por las declaraciones más violentas, más agudas y por supuesto más insultantes, en la que los asuntos sustantivos de la agenda política apenas aparecen como pretexto para denunciar la malignidad, la perversidad o la falta de voluntad política de los contrarios.

En esta candente pero más bien hueca «lucha de frases», magnificada y capitalizada por los medios, resulta cada vez más difícil precisar los propósitos o los intereses de los partidos y de las fuerzas sociales involucradas, salvo los concernientes a condenar a sus oponentes e identificarse con las fuerzas del bien. Así, las mesas para la reforma del Estado, propuestas y aceptadas por todos los partidos, parecen haber terminado sin pena ni gloria, sin que todavía hoy sepamos cuáles y cuántas son las diferencias y las propuestas fundamentales de los propios partidos. La todavía inexplicada salida de Acción Nacional de dichas negociaciones con el inverosímil pretexto de Huejotzingo, a su vez ha reforzado el torneo de invectivas y acusaciones más o menos calumniosas, pero poco ha servido para esclarecer ya no digamos los problemas de fondo de nuestra desgastada institucionalidad estatal, sino ni siquiera las estrategias y propuestas de nuestros más bien lamentables partidos políticos.

El celebrado Llamado a la democracia formulado por una serie de personalidades cuya máxima virtud política parece ser la oscuridad en relación a sus propios proyectos, puede verse también como un paradigma de incomunicación política disfrazada de retórica moralizante. A pesar de que han sido el PAN y el PRD los que una y otra vez, con diversas justificaciones, han abandonado las negociaciones, esa reunión sólo atinó a responsabilizar a la falta de voluntad política del gobierno federal por el retraso en los trabajos para la reforma democrática del Estado. En lugar de examinar y precisar las resistencias efectivas y multiformes que determinados sectores oficialistas oponen a la democratización, en lugar de hacerse cargo de las dificultades y problemas objetivos que representa nuestro precario sistema de partidos y nuestra opinión pública polarizada, los participantes en el sonado acto concluyeron con la aburrida cantinela de siempre: «el gobierno tiene la culpa».

Por su lado, el presidente y la dirección de su partido tampoco parecen capaces de superar esta dialéctica de recriminaciones mutuas, reaccionando con un lenguaje igualmente moralista y descalificador. Acaso el doctor Zedillo tiene razones para señalar las contradicciones políticas de aquellos que claman por la democracia y exigen intervenciones extralegales para enfrentar presuntos fraudes y despojos electorales. Acaso Santiago Oñate, herido emocionalmente por las insinuaciones de Felipe Calderón en torno al asesinato de Colosio, se vio arrastrado a responder en términos igualmente ofensivos y moralizantes. En cualquier caso, ambos se mostraron igualmente incapaces de conducir las discusiones a otro terreno, propiamente político, propiamente institucional y propiamente racional, más allá del contraproducente y desgastante torneo de moralismos en boga.

En el artículo publicado en el número anterior de nexos, Luhmann mostraba que el abuso de un lenguaje moralizante por parte de los partidos políticos en las democracias modernas se puede entender, en parte, por la necesidad de captar una atención pública escasa y poco apta para comprender la complejidad de los problemas contemporáneos. Denunciar la presencia de fuerzas malignas resulta mucho más llamativo, como ya sabían los viejos profetas bíblicos, que analizar ponderadamente los costos inevitables de cualquier decisión política. Y moralizar sobre cualquier cosa, como sabe cualquier subcomandante o cualquier obispo, tiene la enorme ventaja de no sólo eludir responsabilidades sino, además, de colocarnos del lado angelical.

Ahora bien, en las democracias consolidadas donde las instituciones funcionan relativamente bien, y donde la diferenciación sistémica que preconiza el propio Luhmann permite que las estridencias políticas no afecten demasiado al resto de las actividades sociales, este moralismo político puede ser irritante y molesto pero no parece tener consecuencias excesivamente graves. Pero en situaciones de tránsito epocal como la que vive México, en las que el deterioro brutal de las viejas reglas e instituciones pone en riesgo -o por lo menos impone altísimos costos- al conjunto de la convivencia social, y en las que por ello mismo es indispensable plantear no una política constituida sino una política constituyente, es decir, un problema global de ingeniería constitucional, ese moralismo puede convertirse en uno de los obstáculos mayores para la viabilidad misma del país en su conjunto.

En este sentido, es difícil desechar la impresión de que nuestros actores políticos y sociales, atrapados por un lenguaje beligerante propio de otros tiempos, no parecen tomar con la debida seriedad política las dificultades que afronta la nación. Dedicados a inculparse recíprocamente o a buscar chivos expiatorios más o menos verosímiles, afanados por captar la atención de unos medios que, por lo demás, funcionan básicamente en circuito cerrado, y acaso también agobiados por la complejidad de los desafíos e incertidumbres que padecemos, semejan a aprendices de brujo incapaces de otra cosa que no sea echar más leña a las hogueras sin hacerse cargo de las consecuencias. Todos saben que sólo una verdadera reforma del Estado podrá sacar al país de una crisis que significa miseria, inseguridad y sufrimiento para millones de mexicanos. Paradójicamente, todos actúan como si se tratara de sacar el mayor provecho de la no reforma del Estado y de la permanencia de la crisis. Tal es uno de los costos de la aparentemente insuperable retórica con que se identifican.

Lo bueno y lo malo en la política

Arnaldo Córdova. Historiador y analista político. Su último libro es La Revolución en crisis. La aventura del maximato (Cal y arena, 1995).

Entre más se remonta uno en el tiempo, encuentra que los hombres son más proclives a definir de común acuerdo lo que es lo bueno y lo malo. Eso debe ser, sin duda alguna, porque, viendo hacia atrás en la historia, el hombre es cada vez más comunitario y menos individualista. Dicho de otra forma, el hombre, entre más individualista, es más dado a diferir de sus congéneres en cuanto a lo que deben ser esos conceptos. El mundo moderno, fundado en el capitalismo, disolvió violentamente los modos de vida comunitarios en los que se fundaban las sociedades que le antecedieron y fue haciendo de las relaciones sociales relaciones cada vez más individualistas, al grado de que (como lo observó Marx, y fue una de sus mayores aportaciones teóricas) los hombres, en su conjunto, sólo tuvieron ya dos esferas de la vida en que entraban en sociedad: el mercado (incluida en él la producción) y la política. La economía, la política, la moral, la religión, el derecho, que antes habían estado inextricablemente unidos y mezclados, al grado de que ni en teoría es posible disociarlos, aparecieron como provincias de la vida social, interrelacionadas, sí, pero radicalmente diferentes y a veces contrapuestas entre sí. El individuo surgió, como un volcán, del antiguo mundo de la economía natural y de la comunidad en sus más diversas formas.

La oposición y diferenciación entre la moral y la política (así como entre la moral y el derecho o entre la religión y la política) no es una mera cuestión teórica. Es un hecho histórico que por demás está negarlo, ocultarlo o mistificarlo. Maquiavelo no inventó diabólicamente la separación de la política respecto de la moral. Simplemente la percibió en la realidad de su tiempo y, con ello, como escribió Antonio Gramsci, les hizo un gran bien a la ciencia política y a la filosofía moral que, desde entonces, se desarrollaron sin barreras. Kant tampoco inventó la separación del derecho respecto de la moral. Sólo la constató y, a partir de ello, hizo avanzar portentosamente tanto la teoría de la moral como la teoría del derecho. Maquiavelo no fue, de ninguna manera, un ser inmoral y ni siquiera amoral. Fue él quien hizo a Benedetto Croce definir la política como «pasión», algo que ronda los linderos de la moral, con sus valores propios y sus credos particulares. Es el individuo moderno, en su nuevo aislamiento social (de nuevo el genio de Marx: «el hombre es un ser que sólo en sociedad puede aislarse»), el que ha acabado por separar la moral, convirtiéndola en asunto exclusivo de él y de su conciencia, de la economía, de la política y hasta del derecho. El verdadero aporte de Maquiavelo fue haber entendido desde el principio que la moral, para comprender la política, representaba un lastre que era necesario no eliminar, pero sí ponerlo al margen. Fue casi exactamente la misma experiencia del pietista Kant cuando, él también, se vio forzado a establecer la línea divisoria entre la moral y el derecho. Kant entendió (y con ello decretó la muerte del antiguo derecho natural) que no hay verdadero derecho positivo que los individuos obedezcan sin rémoras de ninguna clase, si no es el derecho que legisla el Estado. Si los hombres obedecen primero a sus principios morales, no habrá derecho que valga. Para hacer del Estado de derecho y del derecho estatal (vigente) un verdadero derecho positivo (observado por los individuos), no había más salida que poner a la moral en otra esfera de la vida social, totalmente separada. Fue Kant, además, quien hizo de la ética una verdadera ciencia filosófica y quien, así, identificó la moral como una forma de vida totalmente individual, interna del individuo. Todo acto que pretenda ser moral o ético (es lo mismo) debe tener como legislador supremo al mismo individuo que lo practica y ya no más a una sociedad que ha dejado de ser una comunidad autoritaria. A ese proceso, teórico y práctico, a la vez, el propio Kant le llamó «revolución copernicana» de las nuevas relaciones sociales. No tuvo la generosidad para reconocer que la primera revolución copernicana había sido hecha por Maquiavelo, al disociar la moral de la política. El asunto era poner al individuo en el centro del mundo social, como se requería.

Al hacer el recuento constante de las monstruosidades que se cometen en nombre de la política, muchos estudiosos de la vida social moderna han intentado, una y otra vez, por decirlo así, moralizar la política e imponerle supuestas normas éticas que la deberían frenar en sus excesos o humanizarla en sus procedimientos. Lord Bertrand Russell escribió hace unos cuarenta años un pequeño libro (Human Society in Ethics and Politics), muy confuso sobre todo en sus concepciones morales, en el cual hizo el intento. Debo decir que en muchas de sus conclusiones yo estoy de acuerdo; pero Russell no tuvo más remedio que partir de una espantosa constatación: «Es tan fuerte en la naturaleza humana la tendencia hacia las pasiones feroces, que quienes se oponen a ellas incurren en el odio de los demás y que se inventan sistemas enteros de moral y teología para que la gente crea que la ferocidad es noble». Eso era, precisamente, lo que Maquiavelo deseaba evitar: que la moral se mezclara con la política, porque, como hizo notar Gramsci, interpretando a Maquiavelo, la política acaba destruyendo a la moral. Maquiavelo no pensaba, como tema, en la ferocidad en la política, aunque sabía que casi siempre la acompañaba. Pensaba más bien en la eficacia del nuevo político, el príncipe maquiaveliano. En el éxito, en el triunfo, en el prevalecer de la política. No fue, de ningún modo, como muchos han querido verlo, el teórico del Estado absolutista, como lo hizo Alfieri y como lo dice varias veces, sin ningún fundamento, el propio Gramsci. Es increíble cómo a todos se les impone siempre la lectura aislada de El príncipe y se olvidan de sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio. En la primera obra se describe el modo en que el príncipe conquista y conserva el poder; en la segunda, el modo en el que el príncipe gobierna para su pueblo, haciendo, como él mismo dice, «que todos se vuelvan como príncipes», vale decir, como hombres libres. La política, para Maquiavelo, tiene sus propios valores y el primero de todos es hacer libres a los hombres, para lo cual es necesario, primero, organizar al Estado. Eso no tiene nada que ver con la moral. La política también tiene reglas y normas. Sucede sólo que no deben verse como un mero deber ser, sino como principios del éxito para lograr un buen gobierno de la sociedad. Si se trata de consolidar su poder para el bien del pueblo, incluso recurriendo a la crueldad y al crimen, Maquiavelo no le da a su príncipe ninguna carta en blanco. Los fines (los valores políticos) están claros: hacer del pueblo italiano una verdadera nación, con un Estado que le unifique y lo haga virtuoso (fuerte, poderoso) y, finalmente, libre; y a sus ciudadanos, hombres también virtuosos (que sólo lo serán si los convierte en ciudadanos libres).

Kant y Maquiavelo van siempre de la mano. Kant (aunque jamás se lo propusiera o fuera totalmente inconsciente al respecto) consumó muchas de las asombrosas proyecciones teóricas que hizo Maquiavelo. El poder del príncipe, había escrito el florentino, reside «en buenas leyes y buenas armas». Kant define el derecho, esencialmente, como coerción fundada en la fuerza («Derecho y facultad de coerción -escribió en la Metafísica de las costumbres- son la misma cosa»). La moral, como fuero interno del individuo, puede o no coincidir con el uso de la fuerza para someter a los individuos a la convivencia ordenada y pacífica de los hombres en sus relaciones exteriores (sociales). En ambos casos, si se vuelve animadora de acciones exteriores, se destruye a sí misma. La política y el derecho, en ese ámbito, prevalecen. Kant, en tal respecto, puede decirse que refunda de modo definitivo a la moral. El famoso ejemplo de la caridad es demoledor de esa moral que andaba metida en todas las esferas de la vida social: yo no hago caridad para que se me vea que la hago; la hago porque así me lo dicta mi conciencia, independientemente de lo que los demás puedan ver o juzgar sobre mi acto. Kant postuló, en contra de lo que antes y después de él muchos han sostenido, que el acto moral es fruto del individuo y no de la sociedad. El individuo es su propio legislador moral. Es él quien al formular una máxima («debo hacer caridad», sin más) hace de su decisión una ley moral (es la teoría del imperativo categórico: «Haz que la máxima de tu acción se convierta en ley universal»). En realidad, es lo que todo mundo hace en la vida cotidiana: todo nos parece bien o mal y actuamos en consecuencia. Lo que Kant soslayó es que cada cabeza es un mundo y ninguno de nosotros puede dictar una ley universal y nos quedamos en la máxima personal («debo hacer caridad», «debo respetar a mis semejantes»). Eso, sin contar con que, muchas veces, no somos de verdad seres morales («ese tal por cual me las va a pagar») y eso es lo que prevalece. En todo caso, podemos coincidir entre todos en lo que, más o menos, son el bien y el mal. Como decía Russell, es imposible que, en lo general, no condenemos el genocidio, el asesinato, el crimen en todas sus formas. Pero, ¿qué decir de los nazis que llevaron a las cámaras de gas o fusilaron a seis millones de judíos en Europa? ¿Cómo pensaban ellos? Hoy condenamos unánimemente el terrorismo. Pero, ¿qué decir de los fundamentalistas iraníes o de los etarras o los miembros del Ejército Republicano Irlandés? ¿Es que todos ellos fueron o son seres inmorales? Hasta la pregunta parece ridícula.

Antonio Gramsci hizo un par de observaciones que vale la pena recordar. Por un lado, anotó que era «notable la virulencia de ciertas polémicas entre políticos por su carácter personalista y moralista. Si se quiere disminuir o aniquilar el influjo político de una personalidad o de un partido, no se trata de demostrar que su política es inepta o nociva, sino que ciertas personas son canallas, etcétera, que no hay ‘buena fe’, que determinadas acciones son ‘interesadas’… Se trata de una prueba de elementariedad del sentido político, del nivel aún bajo de la vida nacional; se debe al hecho de que realmente existe un vasto sector que ‘vive’ de la política de ‘mala fe’, vale decir, sin convicciones; está ligado a la miseria general, por lo que fácilmente se cree que un hecho político se debe a causas lucrativas, etcétera». Donde la política funciona y vale, la moralística no tiene sentido ni cabida. O se gobierna bien o se gobierna mal. Eso es lo importante y lo que cabe juzgar en el mismo juego de la política. En otra ocasión, Gramsci hizo notar lo inútil que, en política, resulta moralizar sobre los actos del contrincante, habida cuenta de que él nos puede contestar con «razones» igualmente moralizantes y vaya usted a saber qué juez podrá dar la razón a alguien. Gramsci, como Maquiavelo, no se atenía sólo a los hechos crudos de la realidad. Es más, los desacreditaba. Para él, los fines declarados por el supuesto político «inmoral» era justo lo que se debía someter a juicio. En ese sentido, escribía: «…en un conflicto, lo que se necesita evaluar no son las cosas tal y como están, sino el fin que las partes en conflicto se proponen con el conflicto mismo, y cómo este fin, que no existe todavía como realidad efectiva, podrá ser enjuiciado y por quién. El propio juicio no se volverá jamás un elemento del conflicto, es decir, no será nada más que una fuerza del juego a favor o en daño de una parte o de la otra. En todo caso, se puede decir: 1) que en un conflicto todo juicio de moralidad es absurdo porque el mismo puede ser hecho sobre la realidad existente que, precisamente, se tiende a modificar; 2) que el único juicio posible es ‘político’, es decir, de conformidad del medio al fin (por consiguiente, implica una identificación del fin o de los fines graduados en una escala sucesiva de aproximación). Un conflicto es ‘inmoral’ en tanto en cuanto se aleja del fin y no crea condiciones que nos aproximen al mismo…, pero no resulta ‘inmoral’ desde otros puntos de vista ‘moralistas’. De tal suerte, no se puede juzgar al hombre político por el hecho de que él es más o menos honesto, sino por el hecho de que mantiene o no sus compromisos (…el ser honesto puede ser un factor político necesario, y en general lo es, pero el juicio es político y no moral), es juzgado no porque actúe equitativamente, sino porque obtiene o no resultados positivos o evita un mal (un resultado negativo), y en ello puede ser necesario ‘actuar equitativamente’, pero como medio político y no como juicio moral» (Ouaderni dal carcere). Gramsci se refiere en este pasaje a dos valores esenciales de la política: uno, hay que tener éxito en lo que se propone; dos, hay que mantenerse fieles a los compromisos (eso ya lo sabíamos desde Hobbes: pacta sunt servanda, los pactos deben ser observados). Nada de eso tiene que ver con la moral. Ser equitativos y justos se refiere a valores políticos, no a valores morales. No tiene que ver con la eterna dicotomía moral (y también religiosa) de lo bueno y lo malo, sino con la eficacia en la acción política y con el cumplimiento de los compromisos.

Decirle a un político que es inmoral es sólo dar ocasión para que él nos revire diciendo que nosotros somos los inmorales. Y ambos tendremos razón, porque cada uno tiene su concepción de lo que es bueno y malo desde el punto de vista ético. Otra cosa es, por ejemplo, que a nuestro político se le pueda decir que es un inepto. Maquiavelo siempre pensó que el fin de la política es el éxito. Eso siempre lo dijo o lo dio a entender. Lo que no dijo, pero lo dio a entender también, es que la derrota o el fracaso son la negación de la política. Era un republicano, no un demócrata. En la democracia, la derrota es también parte de la política. Maquiavelo, además, era un gradualista consumado. No todo se puede obtener en la lucha política. Hay que ir por partes y todo lo que se gane es bueno aunque sea poco o limitado. En su ser moral no hay endiosamiento del príncipe; tampoco lo hay en su ser político. El príncipe es un instrumento de la historia del pueblo que servirá a hacerlo virtuoso y libre. Cuando dice en los Discorsi que todos deberán ser como príncipes, está ya prescindiendo del príncipe. Independizarse de los juicios (o prejuicios) morales, permitió al hombre de Casciano fundar brillantemente la ciencia política moderna, uno de los eventos intelectuales más importantes de la modernidad. Honestidad, equidad, justicia, solidaridad, fraternidad, amor por los demás, compromiso, piedad, espíritu de sacrificio, entrega en lo que se cree, deseo de libertad, tolerancia, búsqueda de la paz y muchos otros valores, en lo interno, son valores morales. Hacia afuera, en las relaciones jurídicas y políticas, son valores jurídicos o políticos que, por fuerza, tienen que compartirse con otros. La moral fue encerrada en el fuero interno de los individuos por Kant, de hecho, cumpliendo un legado de Maquiavelo. Por eso, expresiones como «moral política», «moral jurídica» o, lo que suena a un verdadero despropósito, «moral pública», son expresiones retóricas que carecen de todo significado teórico y práctico.

La política, como puede verse, no es el reino de la arbitrariedad o de la compulsión salvaje de los individuos que sólo persiguen la satisfacción de sus propios fines. Es una esfera de la vida social ordenada y ordenante de la misma. Tiene sus normas, a veces, más firmes que las de la moral, la religión y hasta el mismo derecho, por la sencilla razón de que ellas derivan de un entrecruzamiento de intereses reales y concretos que deben luchar entre sí para subsistir o ponerse de acuerdo para el mismo fin. Sin la política, no serían posibles otras formas de convivencia en la sociedad moderna de nuestros días. No hay religión, moral ni derecho que, por sí solos, puedan garantizar esa convivencia. Sólo la política lo puede hacer, porque ella es, además de una feroz lucha por el poder, también la base de entendimientos entre contendientes que garantiza, por su propia naturaleza, la subsistencia de la sociedad ordenada y organizada. Para resolver los problemas relacionados con el avance y el progreso de nuestro régimen jurídico y constitucional hoy hace falta la política (el acuerdo, tan necesario en una sociedad crecientemente plural). Para resolver nuestros problemas económicos, lo que implica una serie de pactos entre todas las clases y grupos de la sociedad, hace falta la política. Para hacer de nuestra sociedad una nación justa y justiciera, hace falta la política. Para democratizarnos, hasta que un día muchos de los poderes hoy concentrados en el Estado regresen a la sociedad organizada plural y solidariamente, con libertad y justicia social, hace falta, asimismo, la política. Pero una política liberada, como la soñó Maquiavelo, de los prejuicios morales y egoístas. Kant supo someter la política al derecho (liberado de la moral). Sólo necesitamos, porque es obra de humanos (a través de la política) perfeccionar nuestro sistema jurídico y (también a través de la política) obligarnos todos a cumplirlo.

Este ensayo no es sólo una lectura genuina y moderna de Maquiavelo y Kant. Es también una reivindicación de la política como espacio que tiene sus propios valores, entre los cuales se cuenta el de que sólo ella pueda dar cuenta de ella misma.

Moral y política: Un recuento

Roberto Pliego. Escritor. Es editor de la revista nexos.

cosas que no nos dejan en paz

El tema de las relaciones entre la moral y la política sigue haciendo historia, y ya sabemos que la historia tiene peor aspecto desde el 23 de marzo de 1994. En los últimos doce meses, algunos diarios y semanarios han hecho circular, una buena cantidad de opiniones y reflexiones, de ocurrencias y hasta disparates, generalmente antagónicos y aun irreconciliables. Las reacciones tienden hacia los extremos. La primera, elevando a mérito la abundancia de sentido práctico, encuentra un verdadero modelo de combate en el éxito y la eficacia. La segunda reacción supone un reconocimiento, que antecede a cualquier otro, de la sustancia o los principios que conducen la práctica política: la pureza de los medios nunca está ausente, y cierto aire de superioridad hace gestos desde los márgenes. Pero aunque las reacciones tienden hacia los extremos, parecería descabellado agrupar a los protagonistas en dos bandos. Se supone que cada uno sabe qué opción elegir. Ahí están. Llevan demasiado tiempo frente al tablero. ¿Contra qué o quién juegan? ¿Qué o quién está sentado al otro lado de la mesa? ¿Qué se traen entre líneas?

A este debate revivido podemos reconocerle una cosa: subraya, con gran fuerza, varias tendencias del pensamiento político moderno. Al mismo tiempo, hace posible un centro donde no sólo se intercambian ideas, verdades estratégicas, sino cualquier clase de artimañas. Las trampas no están fuera de la competencia. Incluso podríamos decir que crean la impresión de un verdadero debate. Franca y públicamente, ruidosa y consistentemente, cada postura está haciendo crujir el aire que le rodea. Quién podría sorprenderse. A fin de cuentas se trata de la política. Y en ningún otro ámbito humano el aire cruje de tal manera como cuando la política está en escena.

El movimiento de apertura hizo a un lado las reglas básicas: no fue un movimiento en perspectiva. El 3 de abril de 1995 Héctor Aguilar Camín publicó en la revista Proceso un artículo que celebraba «la amplitud y la rapidez de los logros del PAN». Sus desafíos siguen repercutiendo en el ambiente actual. El hecho de que «La multiplicación de los panes» haya provocado una ola de malestar se debió sobre todo a que describió el juego de la política en términos de pragmatismo y buenos resultados. Qué importa, aconsejaba, si el estilo va en contra del espectáculo, si indispone a los espectadores. Se trata de cosechar puntos. El lego, que piensa que la política es un torneo entre caballeros, tiende a escandalizarse ante una noción como la que formuló Aguilar Camín:

¿Es justo o razonable descalificar la actividad política de alguien porque incluye pactos secretos, acuerdos con el gobierno y aprovechamiento pragmático de oportunidades? El secreto, la negociación, el oportunismo, el sentido práctico, ¿no son consustanciales a la política, del mismo modo que las patadas, los roces y los gritos al futbol?

Pero el iniciado no se escandaliza, porque sabe que la política tiene algo de reptil. Es un juego de filos y tenazas, de púas y aguijones; es el juego de la institucionalización de las técnicas de contienda en el tono de los malos modos. Parece contradictorio, pero el cambio democrático en México no excluye la utilización virtuosa de esos malos modos. El ajedrecista Ruy López, que vivió en el siglo de Maquiavelo, aconsejaba sentar al rival con los ojos al sol. ¿Eso era jugar sucio?

De haber juzgado alguna vez una partida de Ruy López, seguro que Bernardo Bátiz lo habría descalificado (también habría descalificado a Bobby Fisher, por azuzar a sus oponentes con espasmos de rabia y mal humor, habría descalificado a Boris Spassky, por distraer a su contrario con una visera fosforescente; habría descalificado a Kasparov, por convertir cada partida en un psicodrama). El 12 de abril de 1995 Bátiz publicó un artículo en La Jornada, no tanto para replicarle a Héctor Aguilar Camín como para objetar las líneas de acción de la dirigencia panista. En aquellos días Bátiz veía simulación, altanería, complicidad con el salinismo. «¿Se trata de tener poder a como dé lugar y de usar la fuerza simplemente porque se tiene?, o bien ¿se trata de llegar al poder limpiamente por la vía democrática y usar la fuerza con un fin valioso?» es la clase de comentario que en labios de un buscador de la decencia en los políticos jamás estará suficientemente justificado. ¿Qué significa «usar la fuerza con un fin valioso»? ¿Qué significa «llegar al poder limpiamente por la vía democrática»? ¿Significa esto último que el PAN, al que Bátiz ya no pertenece, ha perdido el camino por la pasión racional de transformarse en una verdadera opción de poder? ¿Ha copiado en los exámenes? ¿Le ha faltado el respeto a sus compañeros de clase? No esta muy claro.

Los principios -o mativadores- son un elemento apremiante en el artículo de Bátiz. Uno se frota los ojos con asombro y se pregunta si él deveras cree que los instrumentos de medición de la política deberían apuntar sus baterías a la mente misma de los políticos o, en el mejor de los casos, a sus intenciones en el fondo buenas. Leyendo a Bátiz, uno se queda con la glacial impresión de que los millones de votos panistas no son nada frente a la pureza doctrinaria.

Dos semanas después, en un artículo situado encima de las rencillas partidistas, cuando aún estaban cerca los días en que se firmó la Ley para el Diálogo, la Conciliación y la Paz digna en Chiapas, Sergio Aguayo endureció los términos y dijo poco. En lugar de entrarle a la difícil relación entre la moral y la política intentó reducir los contrastes a la pesada negrura de la acumulación de poder. Para empezar, Sergio Aguayo dedicó la mitad de sus palabras a uno de los principales juegos de habilidad pura jamás creados por la sociedad mexicana: probar que Hank González está detrás de muchas cosas, entre ellas, y por detrás de tantas otras, de la política, es decir, de las pugnas por el poder. El motivo de sus comentarios fue una entrevista que Hank González concedió a un periodista estadunidense. «Después de recordarle las pugnas que hay dentro del PRI y del gobierno», escribió Aguayo, «Gjelten le preguntó al político y empresario mexicano si estaba preocupado de que el gobierno de Zedillo o la Procuraduría General de la República pudieran involucrarlo». Por supuesto que Hank respondió que no. Pero por qué habría contestado de otra manera. ¿Alguien debe comparecer ante la PGR por «las pugnas que hay dentro del PRI y del gobierno»? Entonces convendría llamar a declarar a la mitad del directorio telefónico, mientras la otra mitad espera su turno.

Estas fórmulas no pueden calar. Disfrazan, insinúan, apelan a un código de silencios, gestos, amagos, sobreentendidos. Claro que, en el fondo, muy en el fondo del artículo, está la indignación por la debilidad de nuestro sistema jurídico. Parece una indignación justa. Pero aquí, de pronto, y sin muchas dotes conceptuales, Sergio Aguayo dice -o sugiere- a sus lectores que la impunidad se consigue aprendiendo de memoria los argumentos de Aguilar Camín: «Hay legiones de políticos e intelectuales que veneran la tesis de que el éxito radica en la eficacia -la que se mide, sobre todo, en la acumulación de poder». Luego, alusiones a Luis XVI, al Imperio Romano, a la Unión Soviética: referencias cultas más un encomio a la pulcritud.

Quizás en ninguna actividad humana es tan astronómico el abismo que separa a lo que es de lo que debería ser. En su libro de memorias Jerusalén ida y vuelta Saul Bellow escribió: «por primera vez en la historia, la especie humana en conjunto se ha metido en política. Los acontecimientos no nos dejan en paz. Ni los hechos ni las deformaciones». ¿De dónde, si no de los hechos, proviene la fría descripción de Aguilar Camín? La ciudad espectral de la política está construida en torno al secreto, a la negociación, al oportunismo. Como todos los símbolos poderosos, su significado se eleva por encima del deseo, sometiéndolo a sus leyes y arrojando una sombra que se alarga cada vez más. «No dije que esa fuera toda la política», dijo Aguilar Camín en una respuesta publicada en el periódico La Jornada, «ni la parte admirable de la política». Lo que declaró fue que las cosas son así. A Bernardo Bátiz y a Sergio Aguayo les incomodan los hechos. Desean algo distinto. Es difícil creer que sólo ellos. Pero el caso es que nadie ha conocido aún otra realidad política que no sea la que no nos deja en paz.

Buena y mala conducta

Llegó la hora de incorporar a Carlos Monsiváis a la trama. Por el efecto de su presencia esta historia se vuelve aún más compleja, más pendiente de las resonancias públicas. El 24 de abril, en su columna semanal «Por mi madre, bohemios», Carlos Monsiváis dibujó el retrato ilusorio y medio festivo de un gobernador priísta, cómplice hasta el escándalo de una política cuya «norma ética es la retención del poder a cualquier costo». Ni hablar: el personaje le debe tanto a la caricatura que consigue parecerse demasiado a sus modelos reales. Al gobernador le oprime que los indios de Chiapas se reúnan sin aval gubernamental, de que le disputen al PRI el monopolio de la impunidad y el acarreo. No es una pieza literaria, por supuesto, es una parodia eficaz: ahí está el politiquillo priísta en su forma clásica, respondiendo con un berrinche a la independencia de ánimo.

En cierto sentido, la parodia de Monsiváis se inspiró en uno de los argumentos centrales de «La multiplicación de los panes». Esta polémica tomó entonces el cariz de un torneo de alto rango. El 1 de mayo de 1995 Héctor Aguilar Camín respondió con un artículo al que tituló «Regresando a Maquiavelo». Pero no sólo apuntó a Carlos Monsiváis; también significó un rechazo a las insólitas lecturas que efectuaron Bernardo Bátiz y el propio Rafael Guillén. «Aguilar Camín es un positivista de la política y un seguidor franco de Maquiavelo», escribió Bátiz en su artículo ya citado. En uno de sus comunicados (La Jornada, 21 de abril de 1995), el señor Guillén aludió al problema de las relaciones entre la moral y la política escribiendo que el barco de la sociedad civil, en oposición al de la sociedad política, «no quiere llegar al puerto del poder, en ese sentido no cumple con las premisas pragmáticas y cínicas de Galio‑Maquiavelo». Es curioso: en aquel primer artículo de Aguilar Camín estaban la celebración de la eficacia y la habitual esperanza mexicana de aspirar al cambio democrático mediante la existencia de partidos de oposición verdaderamente capaces de ser alternativas de gobierno; ahí estaba el deseo de alternancia, otro personaje contemporáneo. Pero ahí no estaba Maquiavelo. En el mejor de los casos, y mientras se acumulaban los yerros, lo que ahí veían las miradas ajenas era una caricatura. La disidencia reclama inmunidad; la claridad no hace excepciones. Aguilar Camín respondió:

Lo que indujo a Maquiavelo a emprender su disección de la política fue la búsqueda de una respuesta para la redención de Italia. No lo movió el cinismo a escribir El Príncipe, sino el patriotismo desesperado. Sus reflexiones no son una propuesta de inmoralidad pública, sino una descripción de instrumentos cuyo uso, a su juicio, podían ayudar a salvar a Italia. Lo que Maquiavelo buscaba era la redención de su patria, aunque pudiera ser al costo de la pérdida del alma de sus gobernantes.

«Nada menos maquiavélico que el tono abrupto con que Aguilar Camín presenta algunas de su tesis», replicó Monsiváis en «Sobre la cacería de lectores indeseables…» (Proceso, 8 de mayo de 1995). «¿Dónde está Maquiavelo»?

Monsiváis estaba inmerso en sus propias simpatías paralelas: amor bien correspondido hacia la llamada sociedad civil. Al principio, Monsiváis observa que Aguilar Camín se ha reconocido malamente en su parodia. Luego admite que sin embargo hay algo en común entre la frase que articula su parodia y el argumento central de Aguilar Camín. Es el programa jesuita, resumido en la consigna «el fin justifica los medios». Comparada con la de Guillén, la voz de Monsiváis es moderna en lo absoluto. Frente al culto a la eficacia se muestra a la vez enemigo del culto a la ineficacia «como prueba de pureza doctrinaria». Brillantez expositiva: a Monsiváis le sobra: «Para el grupo gobernante la moral es sólo sinónimo del éxito, y la eficacia nada más resultado y causa del éxito». ¿Se trata de eso? Aguilar Camín adujo lo relativo:

Esta es mi desaveniencia profunda con el tono de superioridad moral que trasuntan mis críticos: se refieren al problema mayor de la ética y la eficacia en la política como un asunto fácil de resolver, en el que hay buenos y malos, virtuosos y cínicos, corruptos e impolutos.

Para los políticos definidos por Aguilar Camín no hay certificados privados que consagren su buena conducta, ni juicio parroquial que valga. Monsiváis tiene otra opinión:

al no definir ni moral ni eficacia, [Héctor Aguilar Camín] deja abierta la puerta para que por ahí se cuelen, interpretativamente, transas, manipulaciones del moralismo, concertacesiones, juegos tristes de poder o, en el caso paradigmático de Salinas, para que la ineficacia, que vaya que la tuvo, resultase la gran fuente de la iniquidad.

Pero a la eficacia le hace falta una oportunidad. Dice Aguilar Camín en su «Respuesta a Monsiváis» (Proceso, 15 de mayo de 1995):

… la eficacia de un político o de un régimen político se mide por lo útiles que resultan a la comunidad, empezando por la mayor utilidad pública de todas: la contención de la discordia que acecha tras la pluralidad de los intereses particulares.

Una conferencia epistolar

Después de este punto Aguilar Camín se vuelve una referencia innombrada y el tema de las relaciones entre la moral y la política se dirime en un torneo de virtudes. En efecto, el 14 de enero de 1996, La Jornada Semanal le abrió sus puertas a un redactor de comunicados. Su atributo mayor: portar un arma. Hemos llegado a Rafael Guillén. Tras 25 años de anhelos y fracasos revolucionarios hemos llegado a Rafael Guillén. Algunos podrán creer que estas segundas nupcias de ciertos sectores de la sociedad mexicana con el fantasma del cambio por las armas representa un gran paso en la historia de México. ¿Pero alguien se ha preguntado qué pasará con la literatura mexicana después de la paliza que Rafael Guillén le ha dado y le sigue dando?

Ya se abrió el ataúd. Llevamos dos años de metáforas aprendidas en la conserjería política de la izquierda antidemocrática. Debemos admitirlo: ha sido una época de arranques sentimentales durante la cual las innovaciones se han convertido en sinónimo del neoliberalismo, la imaginación se ha degradado hasta su desaparición y la chabacanería se ha convertido en virtud literaria. Marcos lega un estilo tan previsible y deforme que muy pocos pueden aplicarle un estetoscopio de originalidad. Deja el gusto por la voz del corazón; y además deja un clima en el que ningún lector puede atreverse a discutirla. ¿A qué responde la publicación de ese panfleto? O es algo muy sencillo, o aún más. A demostrar que las armas están en manos del EZLN para crear una metamoral que certifique la buena conducta de los políticos:

Poco o nada cambia la situación el hecho de que las armas sean pocas o viejas, o de que se hayan usado poco. El hecho es que nosotros estuvimos, y estamos, dispuestos a usarlas. Estamos dispuestos a morir por nuestras ideas, es cierto. Pero también estamos dispuestos a matar. Por eso, de un ejército, «manque» sea revolucionario, heroico y etcétera, no puede surgir una nueva moral política, o, más mejor, una moral política superior a la que nos agobia hoy en día y buena parte de la noche.

Leyendo a Rafael Guillén y atendiendo sus arranques líricos, se tiene la impresión de que las finalidades de la política son pequeñeces; y esa sensación es especialmente intensa cuando se acerca al problema de la eficacia, en donde no deja de representar a un militar con buenas intenciones, siempre dispuesto a morir‑matar‑morir por sus ideas. El hecho es que allá arriba, en la política, está todo el control, todo el poder. Abajo, en Chiapas y sus alrededores civiles no hay nada de eso. Se supone que Rafael Guillén y su ejército no ofrecen nada. No la búsqueda ni la conquista del poder, al menos. La Historia ha tomado el éxito entre sus dedos y ha ido a ofrecérselo a los políticos. Y Guillén y su ejército allá abajo.

Aunque así se ofrezca, no se trata de un ensayo sino de la puesta en escena de un ideario en el que lo mismo se encuentran condenas al neoliberalismo que odas a la luna, con una actitud de hombre‑reflexionando‑con‑la‑mirada‑serena‑puesta‑en‑el‑horizonte. «De árboles, transgresores y odontología» ostenta un tono de inmejorable corte buena‑onda, nos abruma en un principio con tanta escenografía selvática, sus dosis de humor a toda costa y la composición entre soñadora y displicente de sus argumentos, que se supone no le hacen daño a nadie. Leemos al «subcomandante» en su papel predilecto: el de comandante en jefe de las letras mexicanas. Desde hace unos meses, ha hecho saber que la política no es su pasión verdadera:

Nosotros no ofrecemos un mundo nuevo. Maquiavelo sí, y dice que no es posible que sea mejor, que nos conformemos con que los grises que pueblan la política mexicana no se hagan tan antagónicos y que se atenúen en nuevos matices de grises, más diluidos, es decir, más grises.

En unos de sus raptos, Guillén se pregunta por qué «los Maquiavelos» degradan a la moral y responde con voluntad sofística:

Nosotros pensamos que es necesario construir una nueva relación política, que esa nueva relación no será producto de una sola fuente (el neozapatismo en este caso), que esa nueva relación producirá efectos en sí misma. Tan nueva que definirá no sólo la nueva política: también a los nuevos políticos. Una nueva forma de definir el ámbito de la política y de los que en ella se desenvuelven.

Cabe la fundada sospecha de que, en el caso de Guillén, la fascinación prestigiosa de la moral se cimenta, como tantos otros prestigios, en los cuernos de la luna y un traje de torero. ¿En qué consistirá esa nueva moral? ¿En una profesión desafiante de virtud? ¿En una moral con ningún otro artículo de fe más que la moral misma? ¿En una visión extática de los cuernos de la luna? El señor Guillén no lo dice. Podemos suponer que quiere seguir escribiendo.

En su «Fábula del país de Nopasanada (carta dirigida al subcomandante Marcos, en donde se encuentre, para notificarle acuerdos, discrepancias y modestas reflexiones)», publicada en el mismo número de La Jornada Semanal, Monsiváis se refiere a quienes, no creyendo en la virtud de la eficacia, han podido ser y conservarse virtuosos. Entonces uno se da cuenta de que los heterodoxos, la gran metrópoli de Monsiváis, tienen un nombre parecido al que la historia le está dando a Rafael Guillén. Se puede leer esta carta de dos maneras ligeramente distintas. En la primera es fácil suponer que el país de los heterodoxos, el de 

los anarcosindicalistas, los revolucionarios que no fueron caudillos, las feministas que soportaron burlas y hostigamientos, los líderes campesinos, los organizadores sindicales, los defensores de derechos humanos,

ha sido triturado por el poder y sus distintas encarnaciones ideológicas. Es el país de los que podrían convertir a la derrota en un dogma. En la segunda versión, Monsiváis sale al paso de esa fatalidad. Según parece, el EZLN cuenta con todo para hacernos sentir esperanzados. Ahí tenemos una heterodoxia que no podido ser derrotada; no es un país sin nombre, sino un país innombrable, resonante:

Al culto por la ineficacia le ha opuesto el EZLN su estrategia múltiple, sus golpes escénicos, su manejo de los símbolos, la pasión de manifiestos y comunicados y desfiles, su afán demostrativo y, desde los últimos meses, la consistencia creciente en la búsqueda de la paz.

Desde la caricatura política enmascarada de fábula, que domina todos estos últimos años de escombros, Monsiváis observa la carrera de los políticos mexicanos que gobernaron y hoy gobiernan al país. La enérgica moraleja de Monsiváis está estructurada en torno a la fórmula eficacia ineficaz=militancia priísta, ineficacia eficaz=militancia en la oposición. Como todos sus emblemas poderosos, el significado de lo heterodoxo se eleva furtivamente sobre el lector, cobrando importancia, dibujando un rostro que parece culminar en la máscara de Rafael Guillén y en los atributos indígenas del EZLN. «Así empezaron ustedes, eligiendo descaradamente la ineficacia». Pero las verdaderas ineficacias de Guillén son toleradas en silencio. Porque los que están del otro lado siempre tienen la razón, o casi:

No estoy de acuerdo formativa, órganicamente, con la secuencia morir-matar‑morir. No creo, y ya te lo escribí, en el sentido heroico que se edifica sobre el sacrificio programático de vidas. Esto se lo debo a mi condición cuáquera y a mis convicciones posteriores. Por eso creo como tú que de un ejército no puede surgir una nueva moral política.

Por supuesto que no. ¿De quién, entonces? En esta carta, los cargos opositores se ven como el fiel de la balanza entre la eficacia «neoliberal» y los autos incriminatorios de la izquierda estalinista. En el mundo de la política, Rafael Guillén, y toda su naturalidad, son los patrocinadores de esa «nueva, verdadera eficacia». ¿Quiénes son sus enemigos? Los tecnócratas, los neopanistas, los cínicos. Todo muy crítico y, comparado con Rafael Guillén, proféticamente contemporáneo.

Como escribió Fernando Escalante, una semana después (La Jornada Semanal, 21 de enero de 1996):

Impresiona (…) que un tema tan complejo como el de la Moral y la Política pueda reducirse a un juego de ingenio alrededor de la palabra Eficacia. Ambos se dedican, con un empeño digno de mejor causa, a glosar de varios modos los distintos significados de una expresión que, de por sí, es ambigua. uno se entera entonces de que puede hablarse de la eficacia de la ineficacia, de la ineficacia de la moral de la eficacia y cosas parecidas. No sé si el nivel y el tono esté inducido por los anónimos interlocutores a quienes se dirigen ambos, los teóricos de la imbecilidad», según Guillén, pero el resultado es bastante desalentador.

maquiavelo con minuscula

La culpa es de Maquiavelo, y de sus lectores actuales. Eso se cree, al menos. Pero ese incómodo diplomático italiano, El Cínico, según le llaman tanto en los árboles como en varios centros intelectuales, no es lo que parece ser. «Maquiavelo postula por primera vez la necesidad del Estado nacional y asigna al príncipe la principal tarea», escribió Arnaldo Córdova en su artículo «Reivindicación de Maquiavelo» (unomásuno, 7 de mayo de 1995). «Lo demás, la creación de La República, corría a cargo de ciudadanos libres y virtuosos». Republicano todo él, Maquiavelo también fue, por si no bastara, un gran consumidor de los ejemplos de su tiempo. Arnaldo Córdova insiste en esa doble tarea o destino de Maquiavelo: la de ser moderno cuando describe los mecanismos de la política, y la de serlo de nuevo cuando desea una patria distinta:

Aunque todavía a muchos les extraña, la política, como actividad y como ciencia, nada tiene que ver con la moral ni con ninguna especie de principios éticos. La acción política es siempre una lucha por el poder del Estado. Las ideologías políticas, que siguen vivitas y coleando a pesar de sus enterradores, al estilo Bell o Fukuyama, pueden encerrar principios éticos o morales que pueden influir en los resultados de la lucha política; pero eso no obsta para que el fin de la política, como actividad, sea, ante todo, el triunfo.

¿Quién es el enemigo? ¿Maquiavelo? «No sólo criticamos que la moral del resurrecto Maquiavelo sea cínica v criminal». responde Rafael Guillén. Pero, como Córdova observa. Maquiavelo no fue, nunca, sostenedor de tiranos o de políticos arbitrarios». ,,Cuáles eran los planes del señor Guillén en los primeros días de 1994? ¿No eran tomar el poder? Sus planes han cambiado. No es que se haya vuelto republicano, claro que no. Tampoco es que se haya acurrucado bajo su árbol. Es que ahora quiere tomarse una foto con Jane Fonda. ¿Quién pagará ese capricho? ¿Los indios de Chiapas?

Entre nosotros circulan escasas reflexiones sobre la obra de Maquiavelo y su impacto en el pensamiento político mexicano. Una de ellas, escrita por José Antonio Aguilar, muestra un interés profundo en el arte de la ciudad, en el arte que enseña cómo preservarla. Igual que la razón provee todos sus límites, ‘la crisis que vive México en la actualidad es en buena medida la crisis del espacio político, de la política» («La República de Maquiavelo». La Jornada Semanal, 18 de febrero de 1996). Al mirar de frente los argumentos de Fernando Escalante, los que se exponen en su libro El Principito, José Antonio Aguilar concluye que las señales maquiavélicas tienen un espacio restringido en nuestros días: hablan antes de la aparición del concepto moderno de democracia. «Maquiavelo proporciona una guía para gobernar ahí donde la reciente autoridad impuesta no contaba con legitimidad alguna a los ojos de los habitantes». A sólo unos pasos de la lectura revalorativa, sortea los prejuicios antimaquiavélicos mediante una defensa del espíritu republicano, subiendo del sótano a la luz para comparecer ante los lectores erráticos de Maquiavelo, aunque utilizando el verbo deber más de la cuenta:

La tradición del republicanismo clásico provee todas las otras virtudes que un buen político debe tener: amar la verdad y poseer una mente pleclara; ser magnánimo, pero no ostentoso; no ser avaro ni obstinado; ser capaz de controlar sus pasiones; ser constante y moderado, elocuente mas no locuaz. Sobre todo, el verdadero hombre político no puede imponer la justicia o gobernar en forma despótica. Pensar si es permisible para un hombre político ser injusto es completamente absurdo. Las virtudes que se requieren del hombre político son, en general, las mismas que los ciudadanos comunes y corrientes deben practicar si han de tener una buena ciudad.

Lo que Fernando Escalante publicó en Vuelta («Realidades incómodas», febrero de 1996) no fue tanto una contestación a los argumentos republicanos de José Antonio Aguilar como un afán por mostrar la precariedad de los juicios que tienden a expulsar a la política del mundo de las pasiones y los intereses humanos. «La nostalgia de la tribu» lo entiende todo mal. No aprende: sus acercamientos a la índole de los políticos no pueden ir más allá de la división en «buenos » y «malos». Escalante tiene unas líneas devastadoras sobre la no tan nueva y lujosa visión de que los individuos que juzgan a los políticos por sus virtudes morales, y no políticas, también están a merced de «sus intereses particulares, porque de otro modo sería imposible la operación de un régimen representativo». En los empeños por imponer un «reino de la Virtud» y en los trabajos por desconocer el dominio secular de la modernidad, Escalante ve una de las mayores amenazas a la inteligencia democrática:

Cumple muy mal con su tarea, como político, quien sólo sabe defender la eficacia de lo que hace para concluir que no podría haberse hecho otra cosa; pero cumple igualmente mal con su tarea, como crítico, quien no hace más que perorar sobre la belleza de lo que sería deseable, para descartar como innoble cualquier transigencia con la realidad. Entre unos y otros, políticos incompetentes y críticos que no lo son menos, se trama el desconcertado diálogo de sordos en que suele concluir la discusión sobre la moral y la política.

Los asombros de Octavio Paz

La extraordinaria repercusión del intercambio epistolar entre Rafael Guillén y Carlos Monsiváis resulta cada vez más difícil de explicar. Uno se pregunta en qué estado debe de encontrarse la reflexión política en estos días para que se deje cautivar por un juego de ingenio tan ambiguo. Al menos Octavio Paz no se dejó cautivar. Tan sólo se sintió estimulado a comentar las ideas de ambos.

El ensayo «La Selva Lacandona» (Vuelta 231, febrero de 1996) parece escrito con un propósito inicial: preguntarse por el significado de la Cuarta Declaración de la Selva Lacandona, emitida por el EZLN. Pero luego ese propósito se extiende al intercambio epistolar entre Guillén y Marcos. No se trata de dos textos distintos, sino de uno mismo, simplemente ampliado por la fuerza de los hechos. Octavio Paz fechó la primera parte («Vegetaciones») el 13 de enero de 1996. La segunda («Poda»), el 14 de enero, un día después de que aparecieron las cartas en La Jornada Semanal.

«Vegetaciones» ofrece un registro de dudas, reservas, desaveniencias y precisiones. La primera parte se refiere a la iniciativa del EZLN de formar un Frente Zapatista de Liberación Nacional, y da en el clavo: a ese organismo político no le interesa la política, no le interesa tomar el poder, sino erigirse en una instancia suprema, lejos de las contiendas:

El Frente sería una instancia distinta y superior a los gobiernos, los partidos, los grupos y los individuos. Sería la conciencia política de la sociedad, a un tiempo su censor y su ejemplo. El Frente ejercería su acción de crítica y supervisión no con los partidos y los gobiernos sino a través de ellos y sobre ellos.

¿Qué hace de esto un proyecto tan remoto como la misma Iglesia Católica? «Que delata nostalgia del dogmatismo teológico», responde Paz. «Estamos ante una traducción o transposición laica de la antigua supremacía espiritual y política de la Iglesia». Podríamos prescindir de la rápida historia de las relaciones entre «la Iglesia y el poder temporal» que Paz elabora, pero no podríamos hacerlo, en nuestra condición de «contemporáneos de todos los hombres», con su noción sobre la cualidad de las sociedades democráticas. La falla de la utopía zapatista se encuentra justamente en la base de su fortaleza:

Nadie puede ser vocero de la sociedad civil porque la naturaleza de ésta es plural, heterogénea, diversa. Así, la idea de crear un Frente político independiente del Estado, los partidos y los grupos, no sólo es irrealizable; además y sobre todo es profundamente antidemocrática.

¿Alguna conciencia realmente democrática podría omitir estas palabras? ¿Quienquiera que desee un proyecto nuevo de nación puede declaradas inexistentes? Un nuevo proyecto de nación: la moral y la política.

La segunda parte de «La Selva Lacandona» es un lectura asombrada de las posiciones de Rafael Guillén y Carlos Monsiváis. Paz procede por contraste. «Monsiváis es más concreto». «El ensayo del Subcomandante es más complejo y literario». Cuando describe a los gobiernos priístas, Monsiváis «es realista». Al intentar «escapar del maniqueísmo», «Marcos» termina siendo «demasiado simple y maniqueo», aunque «la invención del escarabajo Durito, caballero andante», es memorable. Entretanto, Paz lee… y escribe:

La oposición entre corrupción y eficacia no es, en muchos casos, significativa. Se puede ser eficaz sin ser corrupto. En el sentido recto de la palabra, ser eficaz no es sinónimo de acomodaticio. La eficacia, más bien, es la condición sine qua non de cualquier política, sea conservadora o revolucionaria. La eficacia, a su vez, depende de otra condición: la política que se adopte debe ser viable. Monsiváis no toca el tema y por esto su descripción, sin ser falsa, es incompleta. La verdadera discusión no se agota con la crítica (necesaria) de la corrupción sino que debe contestar a la pregunta central, la relativa a la eficacia.

¿La política puede ser viable y moral? Sí, dice Paz. Y esa política debe fundarse «en los principios que inspiraron a la modernidad en su nacimiento: la libertad, la igualdad y el puente que las une, la fraternidad». Sirviéndose de la historia del siglo XX como un lienzo, «La Selva Lacandona» también trata de las ortodoxias políticas y religiosas y de los horrores cometidos por dos de sus encarnaciones modernas: el nazismo y el comunismo. Si hay que creer en algo, que sea en lo heterodoxo:

Coincido con Marcos en que en esta hora de México y del mundo, nos hace falta un proyecto nuevo. El mío es muy vago pero incluye a todos, sin exceptuar a los excomulgados por una u otra inquisición.

Así están las cosas hasta el día de hoy. La pregunta sigue siendo: ¿qué se traen entre líneas? ¿Qué ocurre con la moral, el sello misterioso de la dignidad humana, y con la política y sus atributos relativos? «La política es un disparo en medio de un concierto», escribió Stendhal en los Paseos de Roma. «Lo que tú llamas moral no es moral. Es propaganda, proselitismo, prédica», escribió el exiliado ruso Alexander  Zimoniev en sus Cumbres abismales.

Lo  que aquí les presentamos es un resumen de las polémicas que han ocupado a buena parte de la intelectualidad mexicana desde hace un año. El asunto: ¿la moral tiene algo que ver con la política? Se trata de un lienzo, en voz de los protagonistas, que no adelanta conclusiones. Nada está concluido.

numeralia

Roberto Pliego. Escritor. Es editor de la revista Nexos.

1. Periodistas que fueron encarcelados en 1995 en el mundo por ejercer su profesión: 182

2. Periodistas turcos que fueron encarcelados en 1995 por ejercer su profesión: 51

3. Asociaciones religiosas constituidas oficialmente en México: 3,721

4. Porcentaje de esos registros otorgados a grupos evangélico-protestantes: 52

5. Porcentaje de esos registros otorgados a grupos católicos: 45

6. Iglesias islámicas en México: 6

7. Municipios que no tienen policías: 335

8. Hombres-camión que trabajan en las carreteras de México: 150,000

9. Porcentaje de británicas que creen que hay demasiado sexo en las revistas para mujeres: 46

10. Porcentaje de miembros del Parlamento británico que creen que el stress está reduciendo su interés en el sexo: 38

11. Lenguas que se hablan en el mundo: 6,000

12. Lenguas que se hablan en el mundo que no están en peligro de extinción: 600

13. Instituciones de educación superior en México que generan conocimientos: 10

14. Estadunidenses que están esperando un transplante de órgano: 30,000

15. Millones de prostitutas en Brasil: 10

16. Niñas brasileñas que se dedican a la prostitución: 500,000

17. Millones de televisiones que se fabricaron en 1994 en Tijuana: 8

18. Porcentaje que esa producción representa en el mercado mundial: 25

19. Cartas que el escritor sueco August Strindberg escribió durante su vida: 10,000

20. Millones de dólares que entraron a México en 1995 por exportaciones de libros: 68

21. Libros que se publican al año en el Reino Unido: 80,000

22. Libros que se publican al año en Estados Unidos: 49,000

23. Baños públicos en el DF: 170

24. Asambleístas del DF que han sido víctimas del hampa: 14

25. Dólares en que fue subastado el batimóvil utilizado en la película Batman: 189,000

26. Porcentaje de los empleos en América Latina que pertenecen al sector informal: 84

27. Millones de dólares de adelanto que recibió la actriz Mia Farrow por escribir sus memorias: 3

28. Salario mensual promedio de un entrenador de futbol mexicano: 184,000

29. Millones de dólares por publicidad que reciben los equipos de futbol mexicanos por temporada: 62

30. Equipos de futbol mexicanos que no portan anuncios publicitarios en su uniforme: 1

31. Precio en dólares de una fotografía autografiada de Madonna: 250

32. Precio en dólares de una fotografía autografiada de Sharon Stone: 75

Fuentes: 1-2. El País: 15 de marzo de 1996; 3-6. La Jornada: 11 de marzo de 1996; 7. Reforma: 8 de marzo de 1996; 8. Novedades: 17 de marzo de 1996; 9-10. Harper´s: marzo de 1996; 11-12. El Financiero: 5 de marzo de 1996; 13. La Jornada: 28 de febrero de 1996; 14. El Universal: 29 de febrero de 1996; 15-16. El Universal: 7 de marzo de 1996; 17-18. El Financiero: 1 de marzo de 1996; 19. El País: 8 de marzo de 1996; 20. Reforma: 29 de febrero de 1996; 21-22. Harper´s: marzo de 1996; 23. La Jornada: 16 de marzo de 1996. 24. La Jornada: 21 de marzo de 1996; 25. El Nacional: 1 de marzo de 1996; 26. El País: 15 de marzo de 1996; 27. La Jornada: 21 de marzo de 1996; 28-30. Reforma: 8 de marzo de 1996. 31-32. Playboy: febrero de 1996.

Gongorismos hacendarios

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su último libro es Llamadas nocturnas (Cal y arena).

Se equivocan quienes sostienen que después de arañar la gloria del Primer Mundo, México se despeñó en el abismo del fracaso. Hay al menos una zona de nuestra vida comparable a la de los países más desarrollados del planeta: el pago de impuestos. Todo se derrumbó, menos el edificio de un sistema tributario «modernísimo», en un país cuyo crecimiento fue de menos seis por ciento en 1995, con una caída en el consumo que no ocurría desde el año de 1932. Esto lo sé porque lo he vivido en carne propia.

Mi calvario empezó la mañana en que fui a una oficina de la tesorería a tramitar mi Cédula de Identificación Fiscal. Lo que vi a las puertas del edificio es una imagen dantesca que supongo se repetirá cuando un sismo de doce grados en la escala de Richter sacuda la ciudad de México: familias acampadas en la calle, hombres envueltos en mantas, el intercambio del bolillo por el Jarritos es lo más común en esta estampa donde reina la resignación y el desaliento. Intento colarme hasta un mostrador para averiguar con los empleados del gobierno el procedimiento. Entre bocado y bocado, una mujer lívida me informa que mi Cédula ha salido ya por correo. Me regaña por mi falta de cuidado: «¿Qué no vio los anunciotes?». Abandono el campo de refugiados fiscales y espero en mi casa la llegada de la cédula sin la cual, como todo mundo sabe, no se puede cobrar un peso por honorarios. El equilibrio financiero de mi vida depende de los honorarios. Mi situación económica está en el lomo de un venado.

Por fin un día, cuando estaba a punto de pedir prestado, llegó la cédula. Ahora soy PEPH 57 05 21 ‑ 540. Imagino que si alguna vez caigo en manos del enemigo repetiré mecánicamente mi número, como los prisioneros de guerra.

-¿Dónde estuvo usted la noche del 22 de marzo de 1994?

-Pe e pe cincuenta y siete cero cinco veintiuno.

Caigo en cuenta de que la cédula por si sola no vale nada. Hay que hacerla imprimir en unos cuadernillos, esto se conoce como block de recibos de honorarios. Un impresor me cobra 275 pesos por la edición de doscientos recibos. Perfecto, menos mal.

Durante algunos días el sol de la cédula entibió mi vida financiera. El mecanismo era más o menos sencillo: yo terminaba un artículo o un trabajo editorial y, mediante la entrega de un recibo, cobraba mi dinero. Pero vino el invierno. Cinco o seis meses después el contador, una persona que a todas luces me odia, me presentó la cuenta. Una cantidad estrambótica. Por cada mil pesos que cobré, el monto a pagar era de trescientos cincuenta. «Pus es que cobró mucho», me reprochó el contador. Después de mostrarme una hoja verde llenas de números y signos incomprensibles, me dijo: «También se puede deducir». Voy a ahorrarle al lector la refriega semántica ocurrida cuando el contador trató de explicarme el significado de la fórmula deducir impuestos. Mi cobranza era una ilusión, una vanidad, un sueño del cien por ciento cuando en realidad recibí el sesenta y cinco. Ante el peso de las evidencias, no tuve más remedio que girar un cheque a favor de la tesorería. Tormenta financiera. Depresión de los mercados. La autoestima por los suelos.

La amenaza vino bajo la forma de un portafolios café imitación piel de cocodrilo. El maletín lo llevaba un hombre de piel también imitación cocodrilo que me entregó en la oficina donde trabajo y en mano propia un requerimiento de la Secretaría de Hacienda. «No ha presentado su declaración», me dijo y extendió ante mis ojos desorbitados un papel lleno de sellos oficiales. La presión psicológica logra cosas inauditas. La historia que le conté a Cocodrilo Dundee no tiene precedentes en la historia. Ni en los juicios de Moscú se vio tal cosa. Le conté de donde venía mi familia, la ropa que usaba, la marca del primer coche que tuve, el nombre de mi primera novia, mis sueños y ambiciones; todo, con tal de que el funcionario de Hacienda no fuera a deducir de mi persona el perfil del evasor de impuestos. Me vi de momento tras las rejas tartamudeando mi declaración frente a un juez de lo penal.

Días después de la bochornosa escena, el contador me dijo que todo había sido un error, el asunto estaba arreglado. Pero la cosa no paró ahí. Poco a poco me enteré alarmado de esto: gran número de amigos y conocidos habían sido requeridos casi al mismo tiempo. Algunos me llamaron exagerado cuando declaré que no se trataba de un error, sino de una lógica interna de la Secretaría de Hacienda: los ciudadanos están siempre al borde de la delincuencia. Nadie me ha dado a este respecto pruebas de los contrario. Nadie me ha respondido, además, esta pregunta: ¿por qué si pago mis impuestos y mis papeles están en orden, me requieren cada tres o cuatro meses?

Si a todo este enredo agregamos que el lenguaje de la contabilidad es impenetrable, aprender japonés es más fácil que descifrar un requerimiento de Hacienda, la conclusión no puede ser más melancólica. Tengo tentaciones de responder con gongorismos al idioma de mi contador; cuando el me diga que de ISR estoy mal, pero que de IVA ahí la llevo, voy a contestarle: «en pomo de cristal serpiente breve», para que vea lo que se siente. En fin: primero, me he convertido en un esclavo de mi cédula de identificación fiscal pues debo presentarla a cada rato para obtener a cambio una factura que mi contador presentará en mi declaración en el rubro deducibles; por si fuera poco, el contador ha despertado mis instintos homicidas; la última vez que lo vi, la reunión casi terminó a silletazos entre juramentos de taberna. Para remate de males, la única salida es pagar, a menos que uno quiera volverse un prófugo de la justicia Seguiré informando desde el manicomio. 

Los conversadores

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Puerto libre (Cal y arena).

Yo vengo de un tiempo humano, cada vez más remoto, en el que conversar era el don, el privilegio y la costumbre más encomiable. No sé si ese tiempo tuvo un lugar o si a lo largo de los siglos estamos distribuidos, aquí y allá, los habitantes de su espacio. Creo más probable esta segunda opción, la creo porque he aprendido a reconocer de lejos a los miembros de esta especie de secta cada vez más exigua que podríamos llamar los conversadores. No hay necesidad de trámites, ni de credenciales ni de registros para ser un buen conversador. La única seña necesaria está en la facilidad con que traban cercanía y descubren sus emociones, dudas, pesares y proyectos como quien desgrana un rosario. Impúdicos y desmesurados se vuelven invulnerables, porque todo lo suyo lo comparten. Y si un problema tienen, es el que los hace vivir corriendo el riesgo de derivar en chismosos. Nada tan despreciable para un conversador como un chismoso y, para su desgracia, nada más cercano a la vera del acantilado por el cual caminan. Antes que nadar, comer, dormir o cualquier otro placer parecido, los conversadores prefieren intercambiar palabras. Sólo los besos y sus prolongaciones son tan placenteros para un conversador como las palabras. Tal vez porque los besos están emparentados con las palabras, y el amor puede ser una conversación perfecta. De ahí que los conversadores tiendan a enamoradizos. Como tienden también a cantar cuando están solos o a colgarse del teléfono a propósito de casi cualquier cosa. El reloj es su enemigo más acérrimo y no lo pueden remediar, saludan a desconocidos en el mercado o en la calle y tienden a dar consejos a quien no se los pide. Cuando sienten que el día no les rindió, que algo le falta al mundo para poder cerrarse sobre su almohada, se prenden de un libro o de una película de esas en que no importa lo que pase, con tal de que importe lo que se diga.

A los conversadores siempre les falta un poquito, nunca quieren que la gente se vaya de su lado y cuando su cónyuge les da la espalda para irse a otro lado con su soliloquio tienden a llamarlo con un oye… que es una especie de súplica, de no te vayas aún. Para entonces el otro ya se ha ido y grita desde lejos: «Estoy a veinte pasos. ¿Qué quieres? ¿Por qué esperas a que me vaya si vas a decir algo todavía?». Frente a respuestas así un conversador puede hundirse minutos en un abismo oscuro del que sale de golpe como redimido por la idea de escuchar a Pavarotti cantando Parlami d’amore Mariú.

Los conversadores nos descubrimos hasta por teléfono. Yo sé de una amiga que en busca de una clase de gimnasia marcó un número equivocado y dio con una conversación en caída libre que aún no termina. Fue algo así:

-Es ahí donde dan clases de gimnasia -le preguntó al hombre que levantó el auricular al otro lado de la línea.

-¿Usted quiere tomar clases de gimnasia? -le contestó una voz de animal fino.

-¿Por qué me lo pregunta como si lo dudara? -dijo la mujer.

-Porque cuando uno quiere tomar clases de gimnasia marca el número del lugar donde dan clases de gimnasia.

-¿Entonces no es ahí?

-¿Donde damos clases de gimnasia? No. Pero ¿usted por qué quiere tomar clases de gimnasia?

-Porque me están engordando las caderas.

-¿De verdad?

-Aunque usted no me lo crea.

-¿De dónde saca que yo no se lo creo?

-De que ustedes los hombres nunca nos creen a las mujeres cuando decimos que nos están engordando las caderas.

-Yo a las mujeres les creo todo lo que dicen.

-¿Es usted gay?

-No, pero podría yo ser.

-Se atreve a decirlo. ¿De qué planeta viene?

-Del único que usted, yo y todos los demás tenemos la fortuna y el infortunio de conocer.

-Es bonita la Tierra, ¿verdad?

-Menos cuando se vuelve horrible.

-Sí. A veces se vuelve horrible. ¿A usted lo han asaltado’?

-Todavía no. Pero ha de ser cosa de tiempo. Ya ve que últimamente el que no viene de un asalto va a un asalto. No se puede ni hablar de otra cosa.

-Hay quien habla de política -dijo la mujer.

-O de horrores. De lo que ya no habla mucho la gente es de amor. ¿No se ha fijado que hasta las telenovelas están abandonando el amor como tema central?

-No veo telenovelas -presumió la mujer.

-¿No ve telenovelas? ¿Cómo es que le han crecido las caderas?

-Me gusta demasiado lo dulce. Le pongo tres de azúcar al café. Me fascinan los tlacoyos de haba, las papas a la francesa, el pollo empanizado, los gusanos de maguey, la leche sin descremar, los quesos fuertes, el pan del que me pongan enfrente.

-Son una delicia el pan y el azúcar.

-¿Le parece? Dicen que esas son cosas que nos gustan más a las mujeres ¿Está seguro de que no es gay?

-Nunca hay que estar seguro de eso. Hay ratos en que me comería a besos a un hombre. Aunque siguen siendo más frecuentes las veces en que me comería a besos a una mujer.

-¿Porque es más fácil?

-Nada es fácil con ustedes las mujeres.

-Vendernos cosas es fácil.

-Viera que no. Se lo digo yo que soy vendedor.

-¿Qué vende usted?

-Condominios.

-De verdad. Yo me quisiera comprar uno.

-Tengo uno de novecientos mil pesos.

-Por eso le dije quisiera.

-¿Cuánto tiene usted?

-Nada. Qué importa.

-Importa donde lo dice en ese tono.

-No me hable usted como mi papá.

-Que más quisiera yo que hablarle a una mujer como su papá.

-Pues usted habla como mi papá.

-Y usted idéntico a una novia que me quitó el sueño durante todos los años de carrera.

-¿Se casó con ella’?

-No.

-¿La extraña’?

-Sí.

-Dice una amiga mía que el amor de nuestra vida siempre es con el que no nos casamos. Yo digo que es porque en lugar de pedir que nos calláramos se fue a otra parte para no oímos. Siempre es más agradecible. ¿No cree?

-¿Me cree si le cuento un prodigio? Mi vecino dio con una mujer de la que estuvo enamorado cuando tenía quince años y a la que aún no podía olvidar a los cuarenta.

-Ya sé. Y cuando la vio se preguntó cómo era posible que hubiera estado perdiendo su tiempo en recordar a alguien que estaba así de gorda y arrugada.

-No. Ahí es donde aparece el prodigio. La vio y todo él volvió a quererla con más fuerzas que nunca.

-Y cada uno fue con su pareja y le dijo: encontré al amor de mi vida y ya me voy.

-No. Tú si que has visto telenovelas. Cada uno se quedó casado con quien estaba casado. Sólo se encuentran cada mes en un hotel distinto.

-Eso es como de película francesa.

-Es mejor. Porque en México hay sol y todo pasa más rápido.

-¿Ni siquiera han tenido el mal gusto de poner un departamento’?

-Ni eso. Con razón no vendo condominios. ¿Me hablaste de tú?

-Es que hablas como mi papá.

-¿Cómo hablaba tu papá?

-Así -dijo mi amiga-, con la seguridad de que todo lo importante ya estaba dicho. De modo que uno podía hablar sin tregua ni recato de todo lo trivial como si fuera muy importante. Me tengo que ir. Van a venir por mí.

-¿Cuál es tu teléfono?

-Uno que siempre está ocupado.

-¿,Lo podrías usar para volver a llamarme?

-No sé qué número marqué.

-El de la gimnasia.

-¿No dijiste que ahí no daban clases de gimnasia?

-Ya no dan, pero dieron. Ahora estoy adaptando el lugar para que sea oficina.

-¿Oficina para vender condominios?

-¿Qué quieres que haga? Estudié ingeniería y me gustaba la literatura. He tenido que acabar trabajando en algo más cercano a los sueños que a los cálculos. ¿Tú en qué trabajas?

-Otro día te digo.

-¿Me llamarás?

-Cuando tenga para el condominio.

-Puedo buscarte uno en plazos.

-Quieres decir, de plazos hasta siempre. No me interesa.

-Tonta. No hay como las cosas a largo plazo.

-Adiós.

-Si me llamas mañana te cuento una historia -dijo el hombre con una sonrisa que ella casi pudo ver.

Dos clases de científicos

Cinna Lomnitz. Geofísico. Premio Nacional de Ciencias 1995.

La historia de la ciencia comporta una serie de intrigas e interrogantes. Ningún desarrollo fue fácil. Sabemos que Galileo descubrió las lunas de Júpiter con un telescopio de su invención; pero ese mismo instrumento enfocado sobre la superficie lunar produjo un dibujo totalmente erróneo, que muestra un enorme cráter negro en el centro del disco lunar. Cualquiera puede ver a simple vista que el tal cráter no existe.

Algunos críticos han concluido que Galileo fue un embustero que inventaba sus observaciones, y cuyo genio consistía en adivinar las respuestas correctas a ciertas preguntas importantes. Paul Feyerabend, luego de considerar todas las posibilidades, no lo quiso absolver sino que concluyó que todos los científicos tendemos a ver lo que cada cual supone que está allí. Hoy sabemos que no hay tal agujero en el centro de la Luna porque hemos visto fotografías y así vemos la Luna cada vez que la miramos. Pero en la época de Galileo se la veía en forma diferente, porque la idea de la superficie lunar era muy distinta.

Creadores y talacheros

Según Feyerabend, todas las ideas científicas, hasta las más absurdas, merecen consideración porque todas pueden ampliar nuestros conocimientos. Esta actitud la llama antimetódica y la justifica diciendo que la ciencia es una empresa esencialmente «anarquista», es decir, libre. Todo se vale.

Eugene Wigner, Premio Nobel de Física, objetó: «¿Acaso lee todos los manuscritos que la gente le envía y nunca los arroja a la basura?». Feyerabend respondió:

Desde luego que en su mayor parte los tiro. El que «todo se vale» no significa que uno tenga la obligación de leer cada línea de lo que se escribe. ¡No lo quiera Dios! Lo que quise decir es que selecciono lo que leo de una manera orgullosamente subjetiva y arbitraria. Jamás leo lo que no me interesa; y mis intereses cambian de semana a semana y de día en día. Estoy convencido, además, que la humanidad y la ciencia misma están mejor si cada cual se dedica a lo suyo. Un físico podrá leer un trabajo deshilvanado y lleno de errores de preferencia a una exposición clara y cristalina, por tratarse de una extensión de su propio trabajo incipiente y todavía desordenado. Así podrá llegar a la meta antes que su rival que jamás leyó un solo renglón que no estaba perfecto. Siempre habrá «pensadores» que organicen sus lecturas en la misma forma, llueve o truene, pero no los vamos a admirar por eso ni mucho menos suponer que su comportamiento es «racional». La ciencia necesita a individuos flexibles y creativos, no a imitadores rígidos que se comportan siempre de la misma manera.

Los dos tipos de científicos que describe Feyerabend existen actualmente en todos los países incluyendo a México. Los sistemáticos y metódicos son la mayoría: suelen ser los más inteligentes, los más leídos y los de mayor reconocimiento público. Los otros, o sea los creativos, suelen equivocarse más pero también les debemos los grandes adelantos de la ciencia. Su forma de trabajar es bastante misteriosa precisamente porque carecen de sistema.

El caso de la bomba alemana

Hace cincuenta años, un grupo de científicos americanos (en su mayoría refugiados europeos) crearon la primera bomba nuclear, en un esfuerzo científico y técnico sin precedente en la historia: el Proyecto Manhattan. Alemania, hasta entonces la primera potencia en física, no logró hacer otro tanto; es más, ni siquiera lo intentó. Werner Heisenberg, director del proyecto nuclear alemán, y sus colaboradores fueron internados en Inglaterra después del final de la guerra. Allí el Servicio Secreto les puso micrófonos escondidos y durante varios meses anotó cada palabra que decían. Al publicarse recientemente estas conversaciones, se supo que Heisenberg había decidido que la bomba no era técnicamente factible. Cuando ocurrió Hiroshima, no lo quiso creer. Pensó que se trataba de un truco propagandístico americano.

Heisenberg fue uno de los físicos más inteligentes y brillantes del siglo. Entre sus logros se contaba el reactor nuclear de Haigerloch, que funcionaba a base de agua pesada -o sea, óxido de deuterio (el isótopo pesado del hidrógeno) D20. Pero nunca había suficiente agua pesada. Uno de los miembros de su equipo, el barón von Weizsäcker, afirmó después que los físicos alemanes pudieron haber producido la bomba pero no quisieron. Nadie le creyó. Se citó la sorpresa que le produjo la explosión de Hiroshima, para afirmar que los cálculos de Heisenberg tenían que estar equivocados. ¿Quién tiene la razón?

La diferencia entre el proyecto nuclear de Alemania y el de los aliados puede definirse como una competencia entre dos tipos de científicos, los talacheros y los anárquicos. Heisenberg era cultísimo, conocedor de Beethoven y de Mozart, muy competente, pero algo rígido y autoritario pues no hacía caso de los colegas que no compartían su modo de pensar. Después de la guerra se publicó el libro Alsos Mission, de Samuel Goudsmit, que ponía en duda los conocimientos de Heisenberg. No era eso. Sin embargo, el libro fue excluido por Heisenberg de la biblioteca del instituto y sus alumnos tuvieron que leerlo a escondidas.

A principios de la guerra los alemanes poseían todos los conocimientos básicos necesarios para fabricar la bomba, pero Heisenberg calculó mal. Pensó que pesaría varias toneladas y que no podría transportarse hasta territorio enemigo. Los físicos que trabajaban para los aliados, en cambio, poseían enfoques muy diversos y disfrutaban con las discusiones y la controversia. Ellos también creyeron en un principio que la bomba no era realizable, pero excéntricos creativos tales como Leo Szilard y Rudolph Peierls los sacaron de su error. Albert Einstein nunca se interesó en el problema.

La dictadura nazi no favorecía el esfuerzo de los físicos alemanes. Heisenberg escribió que los nazis eran unos «demonios» pero participó plenamente en el esfuerzo de guerra. Esta posición ambigua lo puso en desventaja frente a los colegas del bando contrario, que no abrigaban tales dudas. El hecho es que el proyecto nuclear alemán fue limitado y estuvo enfocado al desarrollo de reactores de potencia.

El jefe del Proyecto Manhattan, general Leslie Groves, era un ingeniero con un talento de organización verdaderamente asombroso. Desconfiaba de las ideas «geniales» de sus científicos pero les permitía trabajar. Alemania nunca tuvo un organizador industrial de este calibre. La purificación del uranio alemán se hacía en una planta pequeña, en Oranienburg, que no daba abasto. Groves la mandó bombardear en 1945 para que el uranio no cayera en manos de los rusos. En Estados Unidos, el general había mandado construir dos gigantescas plantas industriales refinadoras de uranio, ambas a cargo de grandes empresas químicas pero bajo control militar. En un principio los alemanes aventajaban a Estados Unidos en recursos de uranio, que extraían de las minas checas. Pero la suerte quiso que en 1940 un empresario belga, Edgar Sengier, hiciera un envío de 1140 toneladas de mineral de uranio del Congo a Staten Island, en Estados Unidos. De ahí salió la bomba.

Mexico: Dos tipos de cientificos

Durante el sexenio pasado se crearon en México diversos centros de investigación al servicio de la industria, generalmente en provincia. La semana pasada tuve el placer de visitar uno de estos centros, el Ciateq, institución pequeña y eficiente que sirve a la industria de la región de Querétaro principalmente en problemas de química de aguas. Existen otros centros en la misma región, para diversas finalidades técnicas e industriales.

El objetivo de estos magníficos centros es el de vincular la ciencia con la industria. Se ha dicho muchas veces que es el problema más crucial que tiene México, ya que sin una mayor tecnificación de la industria nuestro país no saldrá adelante. Consecuente con ello, el Conacyt ha creado centros como el Ciateq y la industria ha empezado a hacer otro tanto. Al mismo tiempo, el Conacyt se consolidó, se integró a la Secretaría de Educación, y hoy maneja en forma integrada los programas de becas, los apoyos a la investigación y la certificación de los investigadores nacionales.

Sin embargo, no hay lugar para los investigadores de los nuevos centros. No se les recibe en el Sistema Nacional de Investigadores. Sin embargo, a los investigadores aplicados se les exige, para que puedan ingresar al Sistema, que publiquen artículos en revistas arbitradas, como si fueran académicos. ¿En qué quedamos? ¿Vale la pena el esfuerzo de crear centros de investigación descentralizados que sirvan a la industria, si los investigadores para optar al reconocimiento a que tienen derecho, tienen que dejar de trabajar en la finalidad del centro y publicar trabajos académicos?

La investigación académica es esencial en México, sobre todo por su importante relación con la docencia. Pero lo que verdaderamente urge es estimular en México una gran fluidez tecnológica, que vincule el quehacer industrial con la reconocida habilidad de nuestros científicos para resolver problemas en el mundo real y no sólo en el contexto académico. Es función del Conacyt velar por que estos estímulos sean efectivos. Para ello dispone del Sistema Nacional de Investigadores, que cuida la calidad de las políticas científicas en nuestro país.

No nos interesa tener dos tipos de científicos, los académicos y los prácticos. Importa que sean todos de un solo tipo: los buenos.

Entre la disciplina metódica y el genio abrasador se dirime la figura tradicional del científico. Sin embargo en el caso de México las prerrogativas de cada uno aún no parecen suficientemente halagüeñas.

Grupos vulnerables

Arnoldo Kraus. Médico. Es colaborador de La Jornada.

No siempre es posible trazar el origen de las palabras, así como no es fácil saber cuándo algún término adquirió popularidad o se volvió cotidianeidad. Hay, en cambio, algunos conceptos cuyos orígenes son fáciles de rastrear. La modernidad, expresión terrible y desafortunada, nos ha legado algunas palabras derivadas del progreso tecnológico: fax, telefonía celular, internet, modem, etcétera. Otros vocablos, tan paradójicamente modernos como apocalípticos, han renacido debido a las rupturas societarias características de nuestros tiempos. Fundamentalismo, xenofobia, fatwa, limpieza étnica. Primer y Tercer Mundos, refugiados,  glasnost y exiliados, son sólo algunas de las condiciones a las cuales, tanto nuestro lenguaje como pensamiento se han tenido que acostumbrar. La vulnerabilidad, dentro del complejo tinglado actual, es también tema cotidiano.

Los grupos vulnerables, y el estado de indefensión resultante, son tópicos a los cuales nadie puede, ni debe escapar. Después de todo, lo vulnerable, además de expresar predominantemente fracturas de nuestra especie, es condición humana. Dentro del reino animal, la vulnerabilidad adquiere otros nombres: hay fuertes y débiles, atacados y atacantes. Todo bajo la luz del equilibrio ecológico. De hecho, la mayoría de las especies en vías de extinción o bajo la amenaza de desaparecer, lo son no por errores de la naturaleza o de la sabiduría ecológica, sino por la mano del hombre, que se ha encargado con obsesión casi perfecta de destruir diversos hábitats o de capturar y matar animales desmesuradamente. No ha sido suficiente hacer vulnerable al ser humano: hemos extendido nuestros brazos hacia la naturaleza y el reino animal.

Cuestión insoslayable es la relación entre vulnerabilidad y tiempo: sugiero que es un mal que pertenece más a nuestra época que al pasado y estoy convencido que el endeble contemporáneo sufre más en medio de la abundancia y los derroches de la civilización que aquel que vivió en otros tiempos. Antaño, las familias cobijaban fraternalmente a sus enfermos y la soledad y falta de protección eran menores. En síntesis, los prejuicios de nuestra época, la creciente miseria de las mayorías, las putrefactas políticas como signo del siglo XX, la emergencia de nuevas enfermedades y la opresión, ominosas características de las últimas décadas, han hecho al débil más vulnerable, y a algunos grupos antes normales los ha convertido en fácil blanco de la sociedad. Enfatizo también que las comunidades vulnerables no sólo se modifican con el paso del tiempo, sino que emergen como nuevas plagas de la sociedad. Los niños de la calle y los pacientes con SIDA son fenómenos con los cuales lidiamos sólo en las últimas décadas. Nadie ha de negar que la desestructuración de la sociedad, aunada a incontables modificaciones en la conducta humana, han sido parteaguas en la génesis de ambos grupos.

Mientras elaboraba este escrito, algunas cuestiones se repetían profusamente: ¿Qué es vulnerable? ¿Quién es vulnerable? ¿Cuáles son las características de los nuevos grupos vulnerables? ¿Qué papel juega la sociedad sobre y en la perpetuación de grupos vulnerables? ¿Qué papel desempeñan las interacciones sociedad‑enfermedad? ¿Cuál es el futuro de estos grupos? ¿Existen distintos niveles de vulnerabilidad?

A vuelapluma, la respuesta a la primera cuestión, ¿qué es vulnerable?, es clara: «aquel que puede ser herido o recibir lesión, física o moral». Esa es la definición que da cualquier diccionario. Sin embargo, los problemas surgen al trazar algunas de las peculiaridades del fenómeno de la vulnerabilidad, análisis que por supuesto no debe escapar a la óptica con la que el globo terráqueo nos observa, ni a las desventuras que el humano ha infligido sobre sus congéneres.

Lo anterior conduce al primer embrollo que quisiera compartir con ustedes y que corresponde a la cuestión siguiente, ¿quiénes son vulnerables? Infructuosa fue la búsqueda por encontrar el enlistado que aligerase mi obsesión por clasificar y definir. Entendí que lo que es vulnerable en México no lo es en Canadá, que los hutus de Ruanda son vejados por motivos distintos que la población negra de Sudáfrica, que los homeless de Nueva York tienen otra historia que los niños de la calle en Brasil y que, incluso, dentro de una misma ciudad, el concepto de vulnerabilidad puede variar: quienes en el Distrito Federal fallecen por cólera han recorrido caminos distintos que los avecindados en colonias adineradas.

A pesar de las observaciones anteriores elaboré el siguiente enlistado: enfermos de SIDA, los muy jóvenes y los muy viejos, los discapacitados, embarazadas y las que amamantan, algunas poblaciones indígenas, pacientes terminales, los niños de la calle, las prostitutas y los travestis, las personas sin casa (homeless) y de acuerdo al Council for International Organization of Medical Sciences, en los países en vías de desarrollo son vulnerables los integrantes de comunidades que no están familiarizados con conceptos médicos, así como individuos en los que la libertad para elegir libremente ha sido restringida como son los prisioneros, o los estudiantes de medicina. Son también vulnerables los refugiados, algunas minorías y trabajadores migratorios como los braceros mexicanos en Estados Unidos. Aun cuando son escasas las referencias, otros grupos vulnerables son las madres solteras, los huérfanos, niños y mujeres maltratadas y drogadictos. Pienso también que en la semiología del universo de los grupos enumerados, se debería encontrar la mecánica para clasificarlos en diferentes niveles de vulnerabilidad; lo anterior permitiría dirigir la mirada y la ayuda posible a quienes más la requiriesen. No dudo que para algunos estudiosos, la relación anterior sea incompleta, pero, insisto, las definiciones varían de acuerdo a la dinámica social, económica y moral de cada comunidad. Lo que sí, en cambio, parece claro, es que los grupos enumerados representan casi cada rincón de nuestra sociedad, por lo que releyendo mi propuesta, quizás hubiese sido más prudente inquirir ¿quién no es vulnerable?

Acercarse a los factores subyacentes del fenómeno de la vulnerabilidad es la tarea siguiente. Nuevamente, anticipo que aquellas condiciones que son válidas para un grupo no lo son para otro: el entorno del refugiado es diferente al de los niños de la calle, como lo es la historia de un trabajador migratorio en contraposición a la del prisionero; es distinto también padecer SIDA a raíz de una transfusión que como consecuencia del uso de drogas intravenosas, pues en el primer caso, seguramente el entorno familiar servirá de apoyo. Aventuro, sin embargo, algunas hipótesis y mecanismos generales para demarcar el sustrato de la vulnerabilidad.

Dentro del mosaico social, es claro que la miseria y las consecuencias derivadas de ella son responsables de buena parte de las condiciones adversas de la vida. Así por ejemplo, un estudio publicado en 1993 en los Estados Unidos (New England Journal of Medicine 1993: 329: 103‑9) demostró que en 1986 existía relación inversa entre status socioeconómico y mortalidad, la cual era, además, más grave que la documentada en 1960. Se demostró asimismo que las diferencias en las tasas de mortalidad entre blancos y negros se incrementaban de acuerdo con el nivel educacional y socioeconómico desde un 20% para mujeres hasta 100% para hombres. Corolario: existe relación inversa entre clase socioeconómica y mortalidad, la brecha entre blancos y negros se ha incrementado, y la falta de educación y la pobreza de diversas minorías en Estados Unidos determinan la menor supervivencia de éstos. Si, además, se toma en cuenta que a partir de 1960 las tasas de mortalidad han disminuido para la población blanca, el problema es de mayor envergadura. Huelga decir que en nuestra nación, los indígenas que habitan Chiapas, los tarahumaras, los lacandones o los campesinos que han dejado sus tierras para radicarse en la Ciudad de México, son doblemente vulnerables: primero por el rezago histórico y, segundo, porque las enfermedades a las que se exponen aun antes de nacer impiden casi toda posibilidad de sobrevivir dignamente. La pobreza llama a la pobreza y la vulnerabilidad histórica es tierra fértil para sufrir más y más agravios. Para estos grupos, el mundo, su mundo, se ha convertido en enfermedad más que en vida. O, reinterpretando los legados de la miseria: nacer desvalido equivale a ser vulnerable.

El crisol en el cual el individuo amanece a la vida, matizado por su herencia biológica y por la situación socioeconómica de sus progenitores, demarcarán la casi totalidad de su futuro. Entiendo lo drástico e iconoclasta de la afirmación anterior, pero al menos, en el Tercer Mundo, es muy difícil escapar al destino que se adquiere in utero. Se nace pobre y estigmatizado y se fenece aún más pobre. Así, a guisa de ejemplo, las anomalías bioquímicas o genéticas pueden ser factores predisponentes en algunas enfermedades como la esquizofrenia, la depresión o el alcoholismo. Sin embargo, es evidente que no todos los individuos con estas alteraciones desarrollan la enfermedad. Se sabe que el ambiente del individuo, es decir, la familia, la sociedad, la escuela, el núcleo de amistades y la situación económica actúan permitiendo o no la aparición de patologías. Es decir, favorecen o evitan el camino del individuo hacia la vulnerabilidad. Al respecto, desde hace más de 40 años los psiquiatras epidemiólogos han demostrado que entre más baja la clase social, mayores las tasas de enfermedades mentales y mayor el daño por las mismas. En el mismo contexto, se sabe que embarazos no planeados y la violencia doméstica, por citar tan sólo unos ejemplos, son mucho más frecuentes en las clases desprotegidas. Inútil usar este espacio para diagnosticar el futuro de los hijos de madres solteras.

En el mismo tenor, cito algunos ejemplos emanados de la epidemiología estadunidense: se sabe que la supervivencia asociada a cáncer es 15% menor en los pobres, que los negros tienen tasas mayores de todos los tipos de cáncer que los blancos, que los negros menores de 45 años tienen diez veces más la probabilidad de morir por hipertensión arterial que los blancos, y que tienen una tasa de 45% mayor de cáncer pulmonar. La frecuencia de diabetes mellitus es 33% más elevada en negros que en blancos, y el nivel de mortalidad infantil dos veces mayor en negros. Asimismo, representan el 25% de los casos de SIDA a pesar de que son sólo el 13% de la población. Por lo anterior, es válido suponer que existe relación directa entre baja autoestima en las clases pobres, vivir en sociedades racistas y la génesis de enfermedades. Repetirlo nunca será suficiente: la pobreza, la fragilidad de la sociedad, el sexo, el origen étnico, las oportunidades de tener acceso a sistemas de salud eficaces, el nivel educacional, la edad y la estructura de la familia son algunas de las determinantes básicas que favorecen o no la vulnerabilidad. Pregunto: ¿se es o no vulnerable aun antes de nacer? Y cuestiono a renglón seguido: ¿cuál será el destino de este mundo probablemente ya poblado por más seres inermes que habitantes «normales»?

Problema aparte que no debe omitirse, son los casos en los cuales el ente no posee suficientes mecanismos de defensa como consecuencia de errores biológicos innatos o genéticos, como lo serían los enfermos con síndrome de Down, algunos discapacitados, etcétera. En estos casos, es evidente que la mayor o menor vulnerabilidad depende de las características que definen la dinámica comunitaria: la moral, la familia, el nivel socioeconómico, son todos nuevamente factores cimentales que pueden actuar en una u otra dirección.

Imposible no dedicar un párrafo al Tercer Mundo. Acorde con Kausar S. Khan y John H. Bryant, la bioética tiene y tendrá que lidiar con los seres que no siendo vulnerables son transformados en vulnerables, no por su incapacidad para cuidarse a sí mismos o hablar en voz propia, sino por las presiones emanadas de comunidades enfermas. Así, la distribución del poder y su abuso están directamente relacionados con el funcionamiento de la sociedad. De igual forma, los grupos que carecen de protección adecuada, y los intrínsecamente vulnerables, tienen mayor riesgo de sufrir abusos por parte de quienes ostentan el poder. Las calles de América Latina son fiel espejo de lo anterior: el ser humano y su vida pueden ser tan frágiles como el poder lo disponga. Morir siendo vulnerable es como no morir. Así, de acuerdo con los autores mencionados, «una sociedad sin respeto por los derechos humanos y sin un sistema de salud eficiente y con grupos que defienden los derechos humanos con poca representatividad, crean un ambiente de vulnerabilidad que es más letal para el ya de por sí vulnerable». Es nuestra obligación lograr que en México lo anterior sean palabras y no realidad. 

Con resquemor cito a Gitterman: «Actualmente los trabajadores sociales tienen que lidiar con poblaciones profundamente vulnerables, agobiadas por vidas caracterizadas por opresión y por eventos y circunstancias negativas que escapan a su control. Los problemas son a menudo intratables debido a su cronicidad y persistencia». Renglones adelante acota: «Es una terrible verdad que mientras que las dificultades se han incrementado, las fuentes económicas y materiales para mitigarlas han disminuido. ¡Aquellos con menos tienen cada vez menos!».

Finalizo compartiendo con ustedes dos ideas. Mientras que en los enfermos de SIDA, los prisioneros. o los viejos es relativamente fácil establecer la magnitud y el tipo de vejaciones a las que son objeto, hay otras situaciones menos claras, en las cuales el daño, es decir, la vulnerabilidad, no ha sido objeto de estudio. Ofrezco tres ejemplos. El primero, se refiere al abandono a su suerte de los infantes más débiles en aquellas sociedades en las que las madres cargadas de hijos optan por sacar delante a los fuertes. A esta forma de supervivencia se le ha denominado eutanasia social y es encuentro cotidiano en todo país subdesarrollado. Aceptar que estas madres y sus vástagos son producto colateral de riquezas desmesuradas y de las políticas neoliberales actuales, permitirá reconocer su vulnerabilidad y quizá su ayuda futura. El segundo ejemplo se observa en el campo mexicano, en donde los varones reciben alimentación más nutritiva y abundante que las niñas. Esta forma de discriminación contra el sexo femenino radica en una apuesta hacia el futuro: los padres subsistirán gracias al trabajo de los hombres. El tercer ejemplo son las madres que perecen al abortar. La falta de educación, los sistemas de salud inadecuados, la pobreza, la magra orientación sexual, entre otros, son algunas de las palas que amortajan a estas jóvenes. Los Estados incompetentes son los responsables de sus fallecimientos.

La segunda idea, empapada de tonos kafkianos y visiones dantescas, es la de un planeta sobrepoblado, en el cual la destrucción y fragilidad de los vulnerables equivaldrá a la debacle de quienes ostentan el poder. El dilema es y será saber si podremos escapar a los edictos de Thomas Hobbes y su famoso Leviathan, en donde se lee que la primera ley natural del hombre es la autoconservación, lo que lo induce a imponerse a los demás: «El lobo es un lobo para el hombre» (Homo homini lupus).

Que el hombre es el lobo del hombre no es una frase de regalo sino una de las claves para entender el desencanto de nuestros días y, en este contexto, la desesperación en que se encuentran los vulnerables de la sociedad. Este texto fue leído en el Simposio Salud y Derechos Humanos efectuado el 12 de julio en el Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán en la Ciudad de México.

¿HAS FINGIDO ALGUNA VEZ UN ORGASMO?

Si me pongo nerviosa, es difícil no fingirlo. 

Cuando se espera de mí que entre en algo 

distinto a lo de siempre, que obtenga placer 

de una manera nueva, me pierdo, no sé

cómo volver a la certeza …¿dónde están 

las mil y mil flores que siempre repaso? 

¿La flanela violeta, y de pronto, el desenlace? 

No puedo, no puedo… extinguir la estrella

en un estallido. Sigue brillando. Tu cabeza 

entre mis piernas tanto tiempo. ¿De veras 

quieres estar ahí? Yo gimo como si… qué tontería… 

Iuego me ofusco. Podría aplastar tu valiente cabeza.

«¿No te veniste, verdad?». Naturalmente que no. 

Aunque trato de mentir, se me sale la verdad 

como si fuera un orgasmo. Y luego el «No» que debería 

Quebrar un mundo, y no lo quiebra, fluye libre.

(Este poema viene incluido en The Best American Poetry, 1995.)

Licencia para hacer televisión

Este artículo apareció en un pequeño volumen de la publicación italiana Reset, el 16 de septiembre de 1994, un día antes del fallecimiento del historiador Karl R. Popper. El autor lo envió en inglés y el director de la publicación lo tradujo al italiano —por lo que sólo se conoce en este idioma—, y de ella realizamos la traducción al castellano. Su importancia resalta por la idea que este célebre defensor de la sociedad abierta propone como la esencia de la democracia: poner bajo control el poder político, venga de donde venga.

El artículo de John Condry que aparece aquí1 muestra la inmensa influencia de la televisión sobre los niños y la gran cantidad de tiempo que pasan frente a ella, dos cosas que están obviamente relacionadas. Me parece que el autor de este ensayo está sumamente informado sobre estos argumentos y que los trata con claridad y de manera muy objetiva. El llega a la conclusión —afirmándolo por primera vez al final de su ensayo— que no se puede reprender a los niños por el tiempo pasado frente a la televisión; y no es su culpa si a través de ella reciben una información distorsionada. Y lo explica de tal modo que nos deja sin esperanza, diciendo que “la televisión no desaparecerá en el futuro y es igualmente improbable que sus cambios lleguen al punto de que se convierta en un ambiente razonablemente aceptable para la realización de la sociabilidad de los niños”.

A este respecto me gustaría hacer un señalamiento sencillo. Me parece que en el último año, por ejemplo en Gran Bretaña, se ha dado un mejoramiento quizá ligero —que no significa que no haya implicado esfuerzo— que vale la pena mencionar. Y, en todo caso, se puede afirmar al menos que las cosas no han empeorado en este último periodo, mientras que hasta los años más próximos a nosotros la televisión se había degradado en casi todos los sentidos.

En el párrafo final, Condry afirma que la televisión no tiene la posibilidad de enseñar a los niños aquello que deben saber conforme crecen y se convierten en adolescentes y luego en adultos. Yo lo diría de otra manera: tal como está organizada ahora la televisión no puede hacerlo. Yo opinaría, más bien, que la televisión, potencialmente desde luego, así como es una tremenda fuerza para el mal podría ser una tremenda fuerza para el bien. Podría, pero es igualmente improbable que esto suceda. La razón es que la tarea de convertirse en una fuerza cultural para el bien es terriblemente difícil. Para decir las cosas de una manera más simple, no contamos con gente que pueda realizar, más o menos por veinte horas al día, material bueno, programas de valor. Es mucho más fácil conseguir gente que produce veinte horas al día de material medio o malo, y quizás una o dos horas al día de buena calidad. Simplemente es una tarea casi imposible, y mientras más son las estaciones transmisoras, tanto más difícil es encontrar profesionales verdaderamente capaces de producir cosas interesantes y de valor. Fácilmente se produce material que se puede definir como “no malo ni dañino”, pero no material atractivo o de calidad durante veinte horas al día.

Hay por tanto una dificultad fundamental, interna, en la raíz del deterioro televisivo. El nivel ha descendido porque las estaciones, para mantener su audiencia, debían producir material cada vez más escandaloso y sensacionalista. El punto esencial es que difícilmente este material es también bueno.

Si alguien deseara que yo explique “qué cosa es el bien y qué cosa es el mal”, le respondería que no me gusta dar definiciones. Sin embargo, creo que cada persona realmente responsable y dotada de intelecto sabe qué entender por “bien” y “mal” en este campo. No deseo profundizar en este punto. Baste en todo caso la referencia al hecho de que disponemos de mucha gente preparada sobre problemas de educación, especialmente en Estados Unidos, donde estos temas tienen una fuerte presencia en las universidades. No falta pues quien esté en posibilidades de distinguir qué cosa está bien y qué cosa no, desde el punto de vista educativo. Por tanto, es posible aplicar esta especie de competencia para hacer que nazca también una mejor producción televisiva, debemos saber que no será fácil y que realizar cosas interesantes y buenas es una tarea para personas de talento.

Este es el problema fundamental, pero hay un segundo problema, igualmente importante: son demasiadas las estaciones transmisoras en competencia. ¿Por qué cosa compiten? Obviamente por acaparar telespectadores, y no —permítaseme decirlo así— por un fin educativo. Ciertamente no entran en el juego para producir programas de sólida calidad moral, para producir transmisiones que enseñen a los niños algún género de ética. Este aspecto es importante y difícil, porque la ética se puede enseñar a los niños solamente proporcionándoles un ambiente atractivo y bueno, y, sobre todo, buenos ejemplos.

¿Qué debemos hacer? El análisis de Condry no nos deja esperanza y, sin embargo, tiene el mérito de no propinarnos cualquier receta ilusoria e irrealizable. Si reflexionamos sobre la historia de la televisión, veremos que, en sus primeros años, era bastante buena. No había los elementos dañinos que han llegado después, ofrecía buenas películas y otras cosas discretas. La razón de esto está en parte en el hecho de que al inicio no había competencia o, por lo menos, existía muy poca, y la demanda tampoco se había extendido. Por ello la producción podía ser más selectiva.

A este propósito es interesante hacer notar qué cosa dicen quienes producen televisión. Con ocasión de una conferencia en Alemania hace no muchos años, me encontré con un responsable de una televisora, que había ido a oírme, junto con algunos colaboradores. No doy el nombre para no personalizar el caso. Tuve con él una discusión durante la cual sostuvo algunas tesis horribles, en cuya verdad naturalmente él creía. Por ejemplo: “Debemos ofrecer a la gente aquello que la gente quiere”, como si se pudiese saber, por las estadísticas de las transmisiones, qué es lo que la gente quiere. Lo que podemos recabar de ahí son solamente indicaciones sobre las preferencias entre las producciones ofrecidas. Mirando aquellos números no puede saberse qué cosa debemos o podremos ofrecer, y él, el director de aquella televisora, no puede saber qué eligiría la gente si recibiera propuestas diversas a las suyas. El caso es que él creía en verdad que la elección era posible solamente en el ámbito de la oferta tal como está, y no veía alternativas. La discusión con él fue verdaderamente increíble. Sostenía que sus tesis estaban apoyadas por las “razones de la democracia” y se consideraba constreñido a caminar por la dirección que sentía como la única que él era capaz de comprender: en la dirección que sostenía ser “la más popular”. Ahora bien, no hay nada en la democracia que justifique las tesis del jefe de aquella televisión, según las cuales el hecho de ofrecer transmisiones a niveles siempre peores desde el punto de vista educativo, correspondía a los principios de la democracia “porque la gente lo quiere”. De este modo todos nos veremos obligados a irnos al diablo.

En la democracia, como he sostenido otras veces, no hay nada más que un principio de defensa de la dictadura, pero tampoco nada que diga, por ejemplo, que la gente que dispone de más conocimiento no deba ofrecerlo a quienes poseen menos. Al contrario, la democracia siempre ha entendido que debe hacer crecer el nivel de educación; es, ésta, una de sus viejas y tradicionales aspiraciones. Las ideas de aquel señor no corresponden para nada a la idea de democracia, que ha sido y es aquella de hacer crecer la educación general ofreciendo a todos oportunidades siempre mejores. En cambio, los principios que él ha explicado tienen como consecuencia ofrecer a las audiencias niveles de producción siempre peores, que las audiencias aceptan por la pimienta que se les pone, por los condimentos, por los sabores fuertes, que por lo general son representados por violencia, sexo y sensacionalismo. El hecho es que, mientras más se emplea este género de condimentos, más se enseña a la gente a exigirlos. Y desde el momento en que este tipo de intervenciones es el más fácil de captar por parte de los productores, y aquello que produce una reacción más fácil de parte de las audiencias, se determina una situación por la cual se exime de pensar en intervenciones más difíciles. Basta con tomar el recipiente de la pimienta y meterlo en las transmisiones. Así, un responsable televisivo puede pensar que el problema se ha resuelto. Y esto ha sucedido año tras año desde que la televisión apareció: condimentos más fuertes sobre el alimento preparado porque es malo, con más sal y más pimienta se busca disfrazar un sabor desagradable.

Cuando comenzaron las transmisiones televisivas yo tenía alrededor de cuarenta años, y tuve una discusión por demás candente con la persona —una maestra de psicología— encargada por el gobierno británico de dar una valoración acerca del problema de si la televisión sería o no peligrosa para los niños. La profesora dio su respuesta: no, la televisión no era peligrosa para los pequeños. Creo que llegó a aquella conclusión después de haber visto algunos programas de aquella televisión inicial. Después, el gobierno británico hizo suyo aquel juicio y el asunto ya no se volvió a considerar un problema. Pero desde aquel momento la oferta televisiva, de una manera lenta pero segura, comenzó a deteriorarse hasta hace aproximadamente un año, cuando -al menos en Gran Bretaña- han sido muy numerosos y obvios los indicadores sobre la enorme cantidad de violencia y de crímenes aparecidos en los programas televisivos vistos por los niños, por lo que ha habido por lo menos una sensible interrupción del deterioro hasta ahora constante.

Hace ocho años, en una conferencia, sostuve la tesis de que estamos educando a nuestros niños hacia la violencia, y que si no hacemos algo la situación necesariamente se deteriorará más porque las cosas se mueven siempre en la dirección de la menor resistencia. En otras palabras, se va siempre hacia la parte que resulta más fácil, aquella en la cual uno se ayuda a superar un problema reduciendo las exigencias del trabajo. Aquellos condimentos de los cuales hemos hablado son el medio que los productores de televisión tienen más fácilmente a su disposición para ayudarse; son el efecto experimentado que siempre es capaz de capturar las audiencias. Y si las audiencias están cansadas, basta con aumentar la dosis. Se trata de un mecanismo que probablemente se volvería a dar en el caso que se empujase la situación para atrás. No conozco la televisión italiana, pero así es en Gran Bretaña y en Estados Unidos. Existe ahora un discreto número de casos en el cual los responsables de actos admiten haberse inspirado en la televisión para sus crímenes. Y ha sido clamoroso el caso de dos muchachitos, de diez años y medio, que en Liverpool secuestraron y mataron sin ningún motivo a un niño de dos años, en febrero de 1993. El hecho causó gran interés y alarma: se trataba de un tipo de depravación del cual difícilmente se podrán encontrar antecedentes. También se discutió mucho relacionando aquel episodio con la televisión, pero vinieron diversos expertos a sostener que, psicológicamente, era un error hacer esa relación. Por eso ahora deseo hacer una afirmación muy simple y muy clara sobre la psicología de las relaciones entre los niños y la televisión.

Entre otras cosas, cuando hablamos de pensamiento debemos referirnos a la “orientación en el mundo”, una capacidad que de hecho es fundamental para que se pueda ejercer el pensamiento. ¿Qué cosa es? Es la capacidad de encontrar nuestro camino en el mundo. Este argumento nos remonta mucho más atrás en el tiempo. Se trata de cierta cosa que me resulta bastante familiar y, aunque no he escrito mucho específicamente sobre este punto, se pueden encontrar rastros en varias de mis obras sobre teoría del conocimiento. En la relación entre niños y televisión nos encontramos frente a un problema evolutivo. Los niños vienen a este mundo estructurados para una tarea, la de adaptarse a su propio ambiente. Por lo que yo sé, esta formulación, muy simple, no había sido traída a la discusión sobre el problema de la televisión. En otras palabras, en su propio equipamiento para la vida, los niños son equipados para poder adaptarse a los diversos ambientes que encontrarán alrededor. Por lo tanto, en su evolución mental ellos dependen, en gran medida, de su ambiente, y eso que llamamos educación es algo así como la influencia de este ambiente que juzgamos buena para el desarrollo de estos niños. Nosotros mandamos a los niños a la escuela para que puedan aprender algo. Pero, ¿qué significa realmente “aprender”? ¿Y qué significa “enseñar”? Significa influir su ambiente de tal manera que puedan prepararse para sus futuras tareas: la tarea de convertirse en ciudadanos, la tarea de ganar dinero, la tarea de convertirse en padres y madres para una nueva generación, etcétera. Por eso todo depende del ambiente, vale decir que, como las generaciones precedentes, somos responsables de crear las mejores condiciones ambientales posibles. Ahora, la cuestión es que la televisión es parte del ambiente de los niños y una parte de la cual nosotros somos obviamente responsables, porque se trata de una parte del ambiente hecha por el hombre (man-made).

En el curso de mi vida me he ocupado bastante de la educación. En particular, he aprendido mucho en las relaciones con los sujetos más difíciles, que provenían casi siempre de hogares en los cuales existía violencia. Generalmente se trataba de violencia sobre las madres de estos pequeños ejercida por los padres, con frecuencia alcohólicos, que condicionaban con la violencia la vida familiar entera. Este era el modo típico en el cual el ambiente de los niños desafortunados podía ser influido por la violencia. Ahora la violencia en el hogar ha sido sustituida y sobrepasada por la violencia que aparece en el aparato televisivo. Es a través de este medio que la violencia viene puesta diariamente frente a los niños durante horas. Mi experiencia me lleva a considerar muy importante este punto, diría decisivo. La televisión produce la violencia y la lleva a los hogares en donde no se daría de otra manera.

Vayamos ahora al problema de lo que puede hacerse. Preguntémonos: ¿Se puede hacer algo? En realidad, son muchos los que piensan, como Condry, que no se puede hacer nada, especialmente en un país democrático, porque, primera objeción, la censura no casa bien con la democracia y, segunda objeción, la censura no sería eficaz con la televisión porque llegaría siempre retrasada y sería prácticamente imposible organizar el trabajo de un censor preventivo sobre las transmisiones. Tal vez por esta vía se podría obrar confrontando las responsabilidades de la producción de quienes tienen mala fama —por el amplio uso que hacen de la violencia—, pero no es un método que se pueda extender a todo el sistema televisivo.

Ilustraré ahora mi propuesta, para la cual he adoptado el modelo empleado por los médicos y por la forma de control generalmente instituida para su propia disciplina. Los médicos son controlados por las propias organizaciones, según un método que es altamente democrático. En efecto, los médicos poseen un gran poder sobre la vida y muerte de sus pacientes, que necesariamente debe ser puesto bajo un control. En todos los países civilizados existe una organización a través de la cual los médicos se controlan a sí mismos y existe también, naturalmente, una ley del Estado que define las funciones de esta organización. Propongo que el Estado cree una organización similar para todos los involucrados en la producción televisiva. Cualquiera que esté relacionado con ella debe contar con un permiso [patente], licencia, oficio, que se le pueda retirar de por vida en el momento que obre en contra de ciertos principios. Esta es la vía a través de la cual me gustaría introducir finalmente una disciplina en este campo. Quien haga televisión debe necesariamente pertenecer a la organización, tener una licencia. Y al realizar cualquier cosa contra las reglas de la organización y, de acuerdo con un juicio de la misma, puede perder ese permiso. El organismo que poseerá la facultad de retirar la licencia será una especie de Corte. Por eso, todos, en un sistema televisivo que operara según mi propuesta, estarían bajo la constante supervisión de este organismo y deberían sentirse constantemente en las condiciones de quien, si comete un error —siempre con base en las reglas fijadas por la organización—, puede perder la licencia. Esta supervisión constante es un poco más eficaz que la censura, también porque la patente, en mi propuesta, debe ser concedida sólo después de un curso de adiestramiento al término del cual se hará un examen.

Uno de los fines principales del curso será enseñar, a quien es candidato para producir televisión que, de hecho, le guste o no, se verá envuelto en la educación de masas, un tipo de educación terriblemente poderoso e importante. Deberán darse cuenta de esto, a gusto o disgusto, todos los involucrados en la producción televisiva: obran como educadores porque la televisión lleva sus imágenes a los niños, jóvenes y adultos. Quien hace televisión debe saber que toma parte en la educación de los unos y de los otros.

Cuando me ha correspondido hablar de esto con trabajadores de la televisión, me doy cuenta de que les parece una novedad. Jamás pensaron a fondo sobre este aspecto de su trabajo, pero no les resultaba difícil admitir que las cosas estaban así. Deben aprender que la educación es necesaria en cualquier sociedad civilizada, que los ciudadanos de esta sociedad —las personas que se comportan civilizadamente— no son un resultado casual, sino que son el resultado de un proceso educativo. ¿Y en qué consiste fundamentalmente un modo civilizado de comportarse? Consiste en reducir la violencia. Es ésta la función principal de la civilización y el fin de nuestros intentos de mejorar el nivel de civilidad de nuestras sociedades. Sostengo que los cursos deben basarse en enseñar la importancia fundamental de la educación, sus dificultades, y que el punto central de este proceso no consiste solamente en enseñar hechos, sino en enseñar lo importante que es la eliminación de la violencia.

En el curso se deberá enseñar cómo reciben las imágenes los niños, cómo absorben lo que la televisión les ofrece y cómo tratan de adaptarse al ambiente influido por ella. Enseñar los mecanismos mentales por los que, tanto los niños como los adultos, no siempre poseen el grado suficiente para distinguir aquello que es ficción de lo que es realidad. Por ejemplo, se ha dado el caso, aquí en Inglaterra, de una señora que ha tratado de golpear a un actor después de que éste había desempeñado el papel de un criminal. Y, como se sabe, un objetivo de la ficción en general y de sus diversas formas ofrecidas por la televisión, es hacer que las escenas parezcan lo más vivas y reales que se pueda.

Los procedimientos mentales que distinguen o sobreponen realidad y ficción deben ser conocidos por los trabajadores de la televisión porque para muchos son una novedad. Muchos de ellos ignoran las consecuencias subconscientes que su propio trabajo ejerce sobre niños y adultos. Es evidente que este género de efectos de la televisión depende del nivel de inteligencia de los televidentes y de otros factores: todo esto deberá ser objeto de los cursos, en los cuales se prestará una particular atención al riesgo de mezclar realidad y ficción, y a los efectos de confusión que se pueden derivar sobre los sujetos más expuestos.

Hay un cierto nivel de aprendizaje y de inteligencia que requieren las víctimas de la televisión para distinguir entre aquello que se les presenta como realidad y aquello que se les ofrece como ficción. Se trata de un problema muy serio sobre el cual se debe profundizar en los cursos para que quienes trabajan en la televisión, se den cuenta muy bien de lo que están haciendo con los televidentes adictos. Y la concesión de la licencia deberá subordinarse a un examen en el que los candidatos demuestren no sólo que han aprendido la materia, sino que están conscientes de su propia responsabilidad educativa en la confrontación con las audiencias. Y deberán prometer que cumplirán con esta responsabilidad, actuando en consecuencia. Quien hace televisión deberá saber muy bien cuáles son las cosas que debe evitar, de tal modo que impida que su actividad tenga consecuencias antieducativas.

La institución que otorga el permiso no deberá examinar atentamente sólo a los productores de televisión —que tienen la responsabilidad más elevada en las decisiones sobre los programas—, sino a todos los trabajadores, técnicos, camarógrafos…, porque todos los que están envueltos en la producción televisiva cargan con una responsabilidad. Y todo trabajador podrá decir a los dirigentes de la producción: “No trabajaré en este programa porque quiero cumplir mi promesa y no deseo arriesgarme a que me retiren la licencia”. Esto debería crear una situación en la cual el productor, de hecho, quedaría bajo el control de la gente con quien trabaja.

La propuesta que he lanzado aquí no es sólo muy urgente sino, desde el punto de vista de la democracia, es también absolutamente necesaria. Y explico por qué en unas cuantas palabras conclusivas. La democracia consiste en poner bajo control el poder político. Es esta su característica esencial. En una democracia no debería existir ningún poder no controlado. Ahora bien, sucede que la televisión se ha convertido en un poder político colosal, se podría decir que, potencialmente, el más importante de todos, como si fuera Dios mismo quien habla. Y así será si continuamos consintiendo el abuso. Se ha convertido en un poder demasiado grande para la democracia. Ninguna democracia sobrevivirá si no pone fin al abuso de este poder. En este momento se abusa de ella seguramente, por ejemplo, en Yugoslavia. pero el abuso puede aparecer en cualquier parte. Obviamente se abusa de ella en Rusia. En Alemania no había televisión bajo Hitler, pero su propaganda fue construida sistemáticamente casi con la potencia de una televisión. Creo que un nuevo Hitler tendría, con la televisión, un poder infinito.

Una democracia no puede existir si no pone bajo control la televisión o, más precisamente, no podrá existir por mucho tiempo cuando el poder de la televisión se descubra plenamente. Lo digo así porque los enemigos de la democracia tampoco están del todo conscientes del poder de la televisión. Pero cuando se percaten a fondo de lo que pueden hacer, la usarán de todos los modos, también en las situaciones más peligrosas. Y entonces será demasiado tarde. Deberíamos vislumbrar ahora esta posibilidad y controlar la televisión con los medios que he propuesto aquí. Naturalmente yo creo que son los mejores y tal vez también los únicos. Es obvio que cualquier otro puede lanzar propuestas mejores, pero hasta ahora no me parece haber oído ninguna otra.

 

Karl R. Popper

Traducción de Ignacio Ruiz Velasco N.


1 El volumen mencionado incluye el ensayo de John Condry “Ladrona de tiempo, sierva infiel”; las brevísimas referencias a éste en el texto de Popper se entienden por sí mismas. (N. del T.)

La alternancia en España

Yolanda Meyenberg Leycegui. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

El 3 de marzo de 1996 los españoles fueron convocados por sexta vez a las urnas para elegir a un nuevo gobierno. En esta ocasión, un apretado margen, de apenas un 1.4% con respecto a la segunda fuerza electoral, le dio el triunfo al Partido Popular.

Si se compara este proceso con las elecciones de 1982 que llevaron al gobierno al Partido Socialista Obrero Español, las diferencias son notables. En el periodo al que se alude, la amplia mayoría (47% del voto y 202 escaños) que marcó el triunfo socialista permitió un cambio en los significados del quehacer político en España.

En términos de evolución de la democracia, el deslinde de la etapa del consenso caracterizada por los pactos interpartidistas permitió la consolidación de la institucionalidad democrática a través del liderazgo de un solo partido. En términos del ejercicio de gobierno, la confianza del electorado se tradujo en la definición de un ámbito de legitimidad que autorizaba el diseño de reformas políticas y administrativas de largo tiempo.

Otro factor allanaba el camino de esta primera alternancia: la fuerza política perdedora no se convirtió en oposición parlamentaria. Después de las elecciones de 1982 la coalición de partidos que constituía a la Unión del Centro Democrático mostraba claros signos de deterioro y su líder Adolfo Suárez optó por la formación de un nuevo partido, el Centro Democrático y Social en julio de ese año.

1996 indica un horizonte diferente, con sólo 156 de los 350 escaños que constituyen a las Cortes españolas, la incapacidad del PP para formar un gobierno en solitario lleva consigo serias implicaciones.

La primera, el requerir alianzas con partidos cuya lealtad es de dudosa garantía. El acercamiento de los populares a Convergencia i Unio, primera fuerza electoral catalana, es una empresa más que riesgosa para un partido que se estrena en el poder; las razones de corte histórico y estratégico abundan: si se recurre a la historia política española se encontrará que el antecedente conservador del PP le vincula estrechamente con una postura antiautonómica por lo que resulta hoy irónico que Aznar tenga que proponer una coalición con catalanes y canarios para formar gobierno.

Si se le mira desde el plano estratégico, la alianza con Pujol tiene para los populares altos costos. Los conservadores tendrán primero que crear una propuesta autonómica lo suficientemente atractiva para cimentar el apoyo de los representantes regionales además de que la trayectoria oportunista del líder de CiU avizora una relación por demás precaria.

En este sentido tres preguntas resultan pertinentes. ¿Significa esto la apertura a una nueva etapa de pactos interpartidistas? ¿Cuál será el tono de las negociaciones que deriven de ellos? ¿Cuál será su incidencia en el ejercicio del gobierno?

Los resultados de las elecciones generales de 1996 conducen a una situación semejante a la del triunfo de UCd en 1979, en la cual Adolfo Suárez tuvo que bregar con un parlamento difícil que le enfrentaba permanentemente a la amenaza de una moción de censura que se concretó en la primavera de 1980. No obstante, la disposición de los actores era otra. Entonces, los partidos se movían cautamente en los recién estrenados ámbitos de representación y de competencia; ahora, a veinte años de establecida la democracia, la experiencia y la madurez de las organizaciones políticas hacen menos probable que consientan los errores de aprendizaje del partido en el gobierno.

Otro de los severos problemas a los que se enfrentará el nuevo gobierno es a la fuerza de los socialistas en la oposición. Los indicadores muestran que el PSOE se encuentra lejos de una postura política débil: 141 escaños en las Cortes, una larga experiencia en la administración interna y una impecable imagen en el marco europeo son aspectos capitalizables en el caso de optar por una actitud beligerante similar a la de la campaña electoral.

Con todo, parece inminente que el PP tendrá que postergar la puesta en práctica del ambicioso programa de gobierno que ofreció a una ciudadanía exigente y fatigada de hacer concesiones a sus gobernantes; a una ciudadanía que históricamente ha asociado alternancia con transformaciones radicales, y espera que ése sea el resultado de su voto.

Si para Aznar la situación no es del todo afortunada, para los espectadores resulta muy interesante. El equilibrio entre el voto popular y el voto socialista ha llevado a la puesta en práctica de complejos mecanismos de ingeniería democrática que muestran no sólo la vigencia sino la pertinencia de las instituciones.

De la misma manera que en la transición, en esta alternancia el caso español marca distinciones con la ortodoxia política. El proceso será largo y el tono de las negociaciones será una cátedra que permitirá, tanto a los españoles como a otros, aprender por dentro el movimiento de los intereses de los partidos y la cercanía de éstos con las demandas de sus votantes.

La tan comentada incertidumbre de la democracia, certifica la vigencia de esta forma de régimen. Con una posible convocatoria a nuevas elecciones en puerta, la ciudadanía se verá obligada a crear clara conciencia del poder de su voto y a ponderar el peso de sus elecciones. Esto implicará asumir la responsabilidad que conlleva todo cambio político.

El edén perdido:

¿Qué pasa en Tabasco?

Jorge Javier Romero. Politólogo. Investigador de la UAM

Parece ser que sólo nos queda la perplejidad. A los simples mortales no nos está dada la comprensión en el mundo de los signos, las señales y los lenguajes crípticos. El asunto tabasqueño aparece a los ojos de los lectores de noticias como un embrollo sin pies ni cabeza que sólo genera preguntas y que muestra las enormes dificultades que tiene este país para encontrar una nueva normalidad política. Ahora hay una tregua que parece precaria, pero a pesar de que el asunto ha dejado por el momento las primeras planas de los periódicos, no puede ser simplemente olvidado como una anécdota más de los confusos tiempos políticos en que vivimos.

Agravios reales, estrategias políticas, suposiciones, intenciones y torpezas se han mezclado para producir un miasma tropical que puede acabar por contagiarnos a todos. Para empezar, ¿ha surgido en Tabasco un liderazgo político de nuevo tipo, capaz de encabezar las demandas de la población y encontrar, a través de la resistencia civil pacífica, soluciones reales o, por el contrario ‑como suele insistir Fernando Escalante-, sólo hemos presenciado una reedición de la forma tradicional de hacer política de los caudillos y caciques regionales que, como aquel Meléndez al que se tuvo que enfrentar Juárez al llegar a la gubernatura de Oaxaca, se rebelaban para después negociar y que «todo acabara por parlamentos»?

Por su parte, el gobierno del presidente Zedillo ¿está en una posición similar a la del gobernador Juárez, que se negaba a transigir con el crimen en nombre de un hipotético Estado de derecho, o simplemente utiliza el argumento jurídico para golpear a los enemigos, mientras transige con el crimen electoral previo de su aliado? ¿Se puede invocar el Estado de derecho cuando hay un agravio anterior que parece confirmar la existencia de distintas varas para medir las infracciones? ¿Resulta verosímil una justicia aparentemente dura para unos y laxa para otros? No se puede olvidar que la Suprema Corte ha tardado casi nueve meses en fallar en torno al caso de inconstitucionalidad que tiene planteado. ¿Realmente estamos ante el nacimiento de un auténtico Estado de Derecho o simplemente los instrumentos jurídicos siguen siendo un arma más para la negociación política?

¿Dónde está el «nuevo federalismo»? ¿Se puede alcanzar un nuevo modelo federal con clases políticas locales absolutamente patrimoniales que prefieren dilapidar recursos con tal de no perder el poder? ¿Se puede llamar a la moderación cuando ha habido una del todo inmoderada práctica política de imposición e inequidad?

¿Se puede pretender negociar sobre la base de las intencionalidades políticas de los contrincantes, con un desprecio evidente a los posibles agravios reales? ¿Se vale decir que todo lo que hay detrás del conflicto es la lucha por el control de la dirección del PRD? En contrapartida, ¿es realmente independiente el movimiento tabasqueño del conflicto sucesorio dentro del PRD? ¿Es sano para la declarada pretensión de un cambio democrático juntar demandas reales y pretendidas en un saco explosivo que puede generar consecuencias indeseables? ¿No se está jugando un tanto en el filo de la navaja? ¿Está el PRD haciendo el trabajo de un partido político o está actuando como un movimiento sin perfiles ni objetivos de largo plazo? ¿Es el encabezar movilizaciones por demandas el trabajo que debe hacer un partido moderno? ¿Acaso no parece más el trabajo de otro tipo de organización, mientras que los partidos deben especializarse en ganar elecciones con programas claros, que en todo caso recojan esas demandas? Pero ¿se le puede pedir a un partido una actitud moderna cuando se han utilizado todos los mecanismos arcaicos para debilitarlo y derrotarlo?

¿Qué ha pasado con los acuerdos de 1993? ¿Qué se acordó entonces, la solución del litigio con PEMEX o simplemente la caída de Neme? ¿Se han cumplido o no los compromisos que hicieron gobierno y PEMEX entonces? Se dice que existe una comisión técnica para evaluar los daños ambientales e indemnizar a las comunidades. ¿Quiénes forman esa comisión? ¿Son secretos sus dictámenes? ¿Es imposible lograr cierta armonía entre una industria de la importancia de la del petróleo y el desarrollo regional equilibrado? ¿Derrama PEMEX riqueza o simplemente depreda y contamina? ¿Por qué no paga PEMEX impuestos prediales? ¿Por qué desprecia a los municipios donde se instala? Esta no es una queja exclusiva de los ayuntamientos opositores, también los priístas reclaman mayor compromiso de la empresa con el entorno donde impacta.

¿No se confunden los planos cuando se mezcla la lucha por la democracia con la demanda por solucionar una serie de problemas específicos que seguramente seguirán existiendo si alguna vez se alcanza un arreglo democrático? ¿Realmente quiere el PRD un acuerdo democrático o sólo quiere encontrar su lugar en una nueva versión de un régimen de intermediaciones y negociaciones, donde las ventajas del poder se consiguen por parlamentos y no por votos? ¿Contribuye su actitud beligerante en Tabasco a modificar su imagen ante la mayoría de los electores?

¿Se ha contenido realmente el conflicto o sólo estamos ante una tregua endeble a la espera de nuevas y gloriosas batallas? ¿Hay auténtica voluntad de solucionar los problemas concretos de las comunidades, o se les ha utilizado simplemente como elemento de presión para solucionar el conflicto político que subyace y que atañe a quién gobierna en Tabasco? ¿Quién gobierna en Tabasco? ¿Madrazo, que se ha hecho ojo de hormiga y al que desconocen como gobernador legítimo las comunidades en conflicto? ¿Vale la pena mantenerse como gobernador encerrado en la Quinta Grijalba y sin tener capacidad alguna de intervenir en un conflicto que ha acabado con la paz social, supuesto objetivo central de todo gobierno?

Finalmente, todo conduce a preguntas de mayor calado: ¿tiene el gobierno de Zedillo una auténtica voluntad democratizadora y un proyecto que pueda concretar esa voluntad, o sólo pretende salirle al paso a los problemas políticos, a los que considera simplemente como una variable conflictiva? ¿Se pueden enfrentar los problemas sólo como cuestiones de coyuntura, mientras se espera que los arreglos duraderos se den a través de ajustes incrementales? ¿No se está perdiendo una oportunidad de cambio para hacer un ajuste mayor en las reglas del juego? ¿Se puede gobernar sólo como apagafuegos?

Por mi parte, busco quien me pueda responder estas preguntas, a la espera de una nueva Guía de perplejos para navegar por el mar encrespado de nuestra crisis política.

Elecciones

en Estados Unidos

Paz Consuelo Márquez Padilla. Directora de la revista Voices of Mexico (Centro de Investigaciones sobre América del Norte).

EI cinco de noviembre próximo tendrá lugar una de las elecciones presidenciales más importantes en los Estados Unidos. Esto se debe a que en las pasadas elecciones de gobernadores y congresistas el 8 de noviembre de 1994, se empezó a dar lo que en el sistema político estadunidense se conoce como un «realineamiento crítico». En pocas palabras, los republicanos obtuvieron la mayoría en la cámara de representantes y en la de senadores, ganaron más gobernadores republicanos, además de que se ganó la mayoría en 17 legislaturas locales. Así pues, lo que está en juego en estas elecciones es que, de ganar un presidente republicano, habrá un control mayoritario del partido republicano en todo el gobierno.

Ahora bien, si el presidente William Clinton es reelecto, entonces los estadunidenses estarán mostrando su predilección por los llamados pesos y contrapesos del sistema político, formalmente establecidos por los llamados padres fundadores de dicho sistema, y que son práctica política de los últimos 50 años. Al dividir el poder presidencial en un partido y el congreso en otro se corre el riesgo de caer en ineficiencias porque para gobernar tiene que haber constantes negociaciones de las dirigencias; pero es un riesgo que los estadunidenses están dispuestos a correr con tal de que ambos partidos se estén supervisando mutuamente.

El triunfo tan apabullante de los republicanos en las elecciones de 1994 fue el resultado, en parte, de una estrategia ideada por el congresista republicano Newt Gingrich, quien actualmente es el presidente de los representantes. Idearon un documento que titularon el Contrato con América, que fue firmado por 367 candidatos, donde se hablaba de la necesidad de llevar a cabo cambios fundamentales en la forma en que el gobierno se maneja. La economía en ese momento estaba en muy buenas condiciones; a pesar de eso los americanos que normalmente se dice «votan por el bolsillo», habían o dado un voto de desaprobación al presidente Clinton o, lo que parecía más significativo, el electorado estaba manifestando un giro conservador, hacia la derecha. Quizás, una respuesta frente a las incertidumbres del fin de la guerra fría: el fin del «enemigo». El contrato de Gingrich logró atrapar la imaginación del ciudadano que votó en las elecciones. En ese momento la derrota del presidente Clinton parecía inminente, se había perdido la batalla antes de tiempo. Pero las cosas han cambiado y el panorama electoral ya no es tan claro.

La llamada «revolución conservadora» se ha convertido, por el momento, en un signo menos positivo para los republicanos. Los papeles que definían al presidente Clinton como el defensor del gran gobierno gastador y a Gingrich como el baluarte del ciudadano abrumado por los impuestos, han cambiado. A fines del año pasado, la discusión dejó de ser un enfrentamiento de diferentes posiciones argumentativas, para convertirse en una realidad inminente de serias consecuencias prácticas. Al no aprobarse el presupuesto la administración Clinton se vio obligada a cerrar gran parte de los servicios del gobierno despidiendo a muchos trabajadores y no se les pagó a otros. Este punto crucial ayudó para que se redefinieran los papeles y ahora Clinton es percibido como el defensor de los servicios sociales y Gingrich como el representante de un pequeño grupo privilegiado.

En una encuesta, 48% aprueba la manera en que el presidente Clinton maneja las negociaciones del presupuesto, en contraste sólo 26% aprueba a Gingrich.1 Aún dentro de los mismos representantes republicanos ya no encuentra el mismo apoyo por haber cerrado el gobierno.2 Así pues a la fecha ambos partidos cuentan con probabilidades para ganar la contienda. El mandato que parecían tener los republicanos con el Contrato con América se ha debilitado.

Dentro de los republicanos han surgido a la fecha nueve candidatos, aunque el día 18 de febrero se retiró el senador por Texas Phil Gramm otorgando su apoyo a Robert Dole, senador líder de la mayoría. Dole a la fecha es el favorito de los candidatos republicanos. Es visto como un hombre pragmático con experiencia que representa al grupo de Washington. Presenta una posición fuerte en contra del déficit presupuestal. Apoya un modelo en el que se limite un poco temporalmente la migración legal. Apoyo la iniciativa 187 en California. Apoya al GATT y al TLC.

Malcolm Forbes es editor multimillonario. Ha sido definido dentro de los republicanos como liberal social. Centra su campaña en torno al flat tax, impuesto fijo de 17% a los ingresos e inversiones. Forbes apoya el GATT y el TLC y representa la posición de supply siders (política económica basada en la oferta) para la cual los recursos en manos del inversionista y no del gobierno crea trabajos. No cortaría fuertemente la inmigración legal. Se caracteriza dentro de ese partido por no tener una posición antihomosexual y en relación al aborto se ha mostrado como pro‑vida aunque no presenta una posición tajante. Forbes está corriendo la campaña con su propio dinero y como no aceptó apoyo federal no tiene límites de gasto, por lo que está gastando tres o cuatro veces más que los otros contrincantes.

Patrick J. Buchanan es un comentarista conservador social y religioso. Es el abanderado de los valores conservadores, del nacionalismo económico. Está enojado con el aborto, los inmigrantes ilegales, el TLC, y en general el nuevo orden mundial.

Lamar Alexander es el republicano que viene de fuera del sistema. Apoya el TLC y lo agrandaría para incorporar a Sudamérica y China. Se opone a los cortes en inmigración legal.

Alan Keyes, conductor de radio, participó en la administración de Reagan. Prohibiría el aborto excepto cuando la vida de la madre estuviera en peligro.

El senador (Ind.) Richard G. Lugar prohibiría el aborto excepto en casos de violación. Se opone a la reducción de inmigración legal y apoya la expansión del TLC.

Robert K. Dornan, representante por California, está por la reducción de la inmigración legal. Prohibiría el aborto excepto en el caso de peligro para la vida de la madre.

Maurice Taylor, un hombre de negocios que se opone a los cortes en la inmigración legal. Pide reciprocidad en las relaciones comerciales.

Para los republicanos, Forbes ha roto el onceavo mandamiento según Reagan: «no debes atacar a tus compañeros republicanos». Ello ha resultado en una campaña republicana basada en un feroz ataque que debilita a todos los candidatos. Dentro del partido republicano no ha surgido aún el candidato único que haga desaparecer a los demás. Todavía se encuentran ocho en la contienda y para eliminarse entre sí, la batalla puede ser a muerte, resultando esto fatal como estrategia de partido. Gingrich y el presidente del partido están tratando de encontrar formas de reunificar a los republicanos pues especialmente el impuesto fijo los ha dividido mucho. La gente común ha interpretado al impuesto fijo como una forma de que multimillonarios como Forbes ganen más.

En particular, a la coalición cristiana no le gusta nada Forbes porque puede movilizar grandes cantidades de dinero y restar posibilidad a los que ellos ven realmente como sus representantes. Forbes, desde su punto de vista, es muy liberal con respecto a los homosexuales y el aborto. Se han empezado a movilizar y se han trasladado a los estados donde son las elecciones para convencer a la gente de que el impuesto fijo resultará en más impuestos para el americano medio.

Por otra parte, todavía existe la posibilidad de que o Ross Perot entre en la campaña como independiente, o de que otro millonario, al ver el desacuerdo entre los republicanos, se lance como independiente y capture parte del voto republicano favoreciendo por tanto a los demócratas como en las elecciones presidenciales pasadas.

La economía estadunidense se encuentra en su sexto año de expansión. Pero para aquellos que observan más minuciosamente, en el último cuatrimestre del año pasado la economía sólo creció 3.3% y, salvo en contadas excepciones, sólo han sido reelectos los presidentes que han logrado tener un crecimiento mayor del 4%3 el año anterior a la elección.

Las últimas encuestas hablan, sin embargo, de que la gente sí percibe una mejoría, lo cual ha cambiado el centro de los discursos de campaña. Por lo menos en esta primera etapa, los candidatos se han centrado más en los valores sociales. No obstante, Forbes, con mayor atención a lo económico, ha llamado mucho la atención con lo del impuesto. Por otro lado, ya mencionamos cómo en las elecciones de 1994, aunque la economía estaba bien la gente votó en contra de Clinton. Tal vez los cambios estructurales de la economía global han causado una incertidumbre mayor de lo que se pensaba; por otro lado, aunque tienen trabajo, los ingresos han disminuido.4 Sin embargo, los demócratas han contado con el tiempo para introducir giros de campaña. Un desenlace fundamental es el que tenga el caso Whitewater en el cual se acusa al presidente de desviar fondos para su campaña para la gubernatura de Arkansas.

Si las elecciones estadunidenses tradicionalmente menosprecian el contexto internacional, hoy día después del fin de la Guerra Fría, esta temática será todavía menos importante. Son más bien asuntos de países que afectan su política doméstica los que están interesados en subrayar. Es precisamente dentro de esta dinámica que tres temas pueden adquirir cada vez mayor importancia en la campaña electoral: el TLC, la migración y el narcotráfico. Los consideran limitadamente como asuntos internos y no dentro de una visión más amplia de relaciones internacionales, por lo tanto las soluciones que se presentan son simplificaciones de situaciones complejas. Desafortunadamente, después de la caída de la Unión Soviética se desvaneció el enemigo común de los Estados Unidos y algunos políticos están en búsqueda de uno nuevo; esperemos que no se utilice a México como tal. Siempre hay la esperanza de que sean los estadistas, los visionarios, los líderes acordes con los tiempos los que prevalezcan sobre los intereses de nacionalismos exacerbados.

Sin duda el papel del Estado se discutirá ampliamente, tratando de definir en qué casos el Estado está transformando los valores tradicionales o en cuáles no los ha protegido suficientemente.

En general, es fundamental la capacidad de los candidatos tanto demócratas como republicanos para presentarse como los voceros del «credo americano» al tiempo que presentan al contendiente como el enemigo de dichos valores. Pero actualmente apenas se está iniciando la selección interna de los candidatos de los partidos; todavía son demasiados actores políticos dentro de un espectro ideológico extremoso para hacer predicciones, a pesar de que las encuestas favorecen al presidente Clinton.

referencias

1 Time, enero 22, 1996, p.12

2 Gingrich llevó a cabo una encuesta secreta entre los representantes republicanos y se dio cuenta que sólo la mitad lo apoyaba. Estaba empezando a sentir la presión para llegar a un acuerdo con el presidente. Time, enero 1 5 ,1 996.

3 The Economist, febrero 10, 1996.

4 Ibid.

En la transición mexicana:

Asegurar caminos propios

Antonio Santiago Becerra. Director Ejecutivo de Capacitación Electoral y Educación Cívica del Instituto Federal Electoral.

Múltiples voces reflexivas han advertido de tiempo atrás sobre los riesgos que enfrenta la transición mexicana: una regresión autoritaria, la ruptura del orden social, o ambas cosas. Dicho de otra manera, se ha enfatizado que esta transición, como cualquier otra, es incierta y que su despeñadero no es una posibilidad descartable si falta voluntad o visión política a sus protagonistas, o bien, si se conturba el entorno transicional bajo el influjo de una cultura política propensa al autoritarismo y a la ruptura, o por la angustia y el desencanto que cotidianamente emanan del desempleo y el deterioro del poder adquisitivo. No hay que perder de vista que el desasosiego y las acechanzas rupturistas son siempre mayores en tiempos de crisis.

A decir verdad, las condiciones para lograr una reforma pactada se advierten claramente  favorables: todos los partidos políticos representados en el Congreso de la Unión se han sentado a las mesas del diálogo para intercambiar propuestas e intentar acuerdos; la correlación de fuerzas entre los tres partidos principales es apreciablemente competitiva, sobre todo en el campo de las negociaciones; adicionalmente, parece haber conciencia plena de que el consenso es necesario para dar credibilidad a la reforma y, como derivado, contribuir a la estabilidad futura y por esa vía al crecimiento económico.

¿En dónde radican, entonces, los riesgos de que la reforma se malogre y desemboque en un río revuelto en el que ganen los pescadores del autoritarismo y la ruptura? Lo primero que salta a la vista es la posibilidad de una crisis de intolerancia, que se hace más probable durante periodos de transición;1 en un segundo nivel de visibilidad, pero con implicaciones mayúsculas, están los rasgos antidemocráticos de la cultura política nacional y del imaginario colectivo mexicano. Estos últimos se manifiestan en la opinión pública que circunda a las negociaciones reformistas, y en ella dejan ver concepciones adversas a un tránsito político fluido y a una democracia gobernable, y por ende duradera.

Algunas de estas percepciones -quizá las principales- son síndromes del viejo y angustiante drama del subdesarrollo: inclinación a la calca -frecuentemente defectuosa- de modelos y experiencias configurados para contextos disímiles; talantes autodenigratorios y pesimistas, y propensión a saltar etapas ya superadas en otras latitudes pero todavía indispensables en la nuestra. Todo ello influye adversamente sobre la reforma en la medida que desvía la atención de sus aspectos medulares y dilapida el valioso factor tiempo en diagnósticos y propuestas no sólo distantes de la realidad del país, sino adversas incluso a la construcción racional de nuestras propias utopías; adicionalmente, tiende a sobrecargar la atmósfera política de demandas irracionales que, por lo mismo, son propensas a volverla conflictiva.

Más específicamente, se recurre con frecuencia a la comparación extralógica del cambio político en México con las transiciones efectuadas en otros países, condicionando el éxito de la transición mexicana a que se efectúe por los mismos cauces y con las mismas características que las asumidas como paradigmas. Esto no es sólo una expresión ridícula del «tercermundismo» cultural, sino también un expediente peligroso que puede conducir a la frustración de la reforma y al desencanto político. Debiera estar claro para todos que, como cualquier otro país en búsqueda de democratización, México tiene que aspirar -diría Perogrullo- a un cambio político que atienda a sus necesidades particulares y a sus objetivos específicos.

En el ámbito político electoral, por ejemplo, mientras otras transiciones han tenido entre sus tareas primordiales la creación de partidos de oposición y la institucionalización de elecciones periódicas, en el contexto mexicano lo que se requiere es que éstas últimas sean equitativas y plenamente creíbles, así como que el sistema partidista sea crecientemente competitivo. Pero en la medida que las etapas y los objetivos transicionales se planteen por inercia imitativa, la transición puede fracasar al menos en el imaginario político de quienes así la conciban. Y no debemos olvidar que el aprecio por la democratización y el apoyo ciudadano al funcionamiento democrático derivan de la percepción que de ellos se tenga.

Los filósofos presocráticos estaban ya conscientes de la importancia que la percepción de la realidad tiene sobre el grado de aceptación o escepticismo respecto de la misma. Una realidad percibida de maneras distintas es, como consecuencia, evaluada también de modos diferentes. Y en el caso de una reforma política tal evaluación depende significativamente del tipo de expectativas que en torno a ella se tengan. Vale decir entonces que las percepciones muy alejadas de la realidad transicional o de lo que de ésta debe esperarse tienden a entorpecer la construcción democrática y a conflictuar el futuro.

Por ello es aconsejable que los protagonistas directos e indirectos de la transición mexicana intensifiquen su ejercicio de introspección por los vericuetos de sus imaginarios políticos. En la coyuntura presente tiene importancia capital su lucidez para discernir cuáles son los itinerarios adecuados y los objetivos deseables. Sobre todo porque la democratización y lo que de ella se espera no sobrevendrán automática o plenamente con las reformas legales. Buena parte de los resultados de la transición mexicana, como los de cualquier otra, tendrán que esperar a que el Estado y la sociedad avancen por caminos sinuosos que pueden ser también angustiantemente largos. De ahí, en parte, el apremio por arribar a una reforma pactada.

Entre las asignaturas que quedarían pendientes una vez logrado el consenso reformista están el combate radical y pleno contra la corrupción, el respeto riguroso e integral al Estado de derecho y la intensificación de medidas orientadas a redistribuir el ingreso nacional en beneficio de las amplias capas depauperadas de la población. La democratización requiere ser legitimada integralmente después de plasmarse en el cambio consensuado de las instituciones y las reglas del juego. Pero el logro cabal de tal legitimación estará en relación directa con las características de la reforma del Estado; por ello, lo que se ha subrayado urge: transitar hacia donde se debe y como se debe, es decir, mirando hacia el horizonte político con una óptica propia.

REFERENCIAS

1 Véase, a este respecto, mi artículo «Negociación para la reforma: ¿Por qué tolerar?», en Cuaderno de nexos, nexos 216, diciembre de 1995, pp. 21‑22.

El obrero iba al paraíso

Javier Romero Gutiérrez. Premio Nacional de Periodismo en artículo de fondo, 1979. Medalla Justo Sierra, de Campeche, 1996.

¿Ha cumplido 60 años la CTM? Pues sí y no, diría el indeciso. Otro era el mundo de 1936; otro, en el mundo, era México. Contados llegaron los pasos al 24 de febrero de ese año fundacional. La crisis -las crisis-, en acumulación, y la esperanza, en bellos espejismos, se combinaron para jugar papel de comadrona ante la parturienta realidad que, sin embargo, se pintaba sola, a gritos, desconocido el parto social sin dolor.

También las ilusiones, subjetivas por naturaleza, se objetivan en los caminos de la historia, reactúan sobre lo real, y conviene, para el entendimiento, tratar de inmiscuirse en la mentalidad de los actores, hasta en errores descubiertos al correr del mundo que ellos no adivinaron. ¿O acaso a los de 1936 podría pedírseles el vaticinio del colapso sufrido por la URSS o lo que entonces nadie llamaba «socialismo real»? Ni valen tampoco las idealizaciones, cantos a tiempo pasado que haya sido mejor.

Cuadro muy complejo en el cual hay que compendiar entremezcladas líneas políticas, económicas, sociales, hasta morales.

Desde 1928, como dijo el cómico, la CROM de Morones se desmoronaba. El líder de aquella Confederación Regional Obrera Mexicana -puntal de la presidencia de Calles, a partir de 1924, con su Partido Laborista Mexicano y el «Grupo Acción», élite manipuladora-, corrompido hasta los tuétanos, se había opuesto a la reelección de Obregón, y los generales que se pavoneaban de herederos lo acusaban de instigador del asesinato del caudillo. Tiempo atrás, se había ganado la enemistad de Emilio Portes Gil, ahora el Presidente interino.

El éxodo del seno cromiano semejaba la huida de las ratas que, según los marineros antiguos, anunciaban el naufragio del barco zozobrante. Se significó, en febrero de 1929, la salida de líderes incipientes a quienes Morones calificó de «cinco miserables lombrices», corregido por Luis Araiza en mitin de la CGT donde le gritó el equívoco. Eran, dijo, «cinco lobitos» que al tiempo se comerían las gallinas del corral moroniano. De ahí el mote que engloba al puñado de truchimanes entonces con pendón de apoliticismo y cuyos nombres, bien politizados. serán famosos: Fidel Velázquez, Fernando Amilpa, Jesús Yurén. Alfonso Sánchez Madariaga (el otro sobreviviente) y Luis Quintero.

De carácter ideológico sería el siguiente capítulo, protagonizado por Lombardo, el universitario, rara avis in terris de la época, en liga de cultura y lucha obrera, apurado desde 1925 en el estudio del marxismo. En asamblea de la Unión Linotipográfica, julio de 1932, lanza a manera de consigna la frase que algún tiempo atrás se le removía en el caletre: «El camino está a la izquierda». Causó sensación, y en septiembre, en mitin de la federación moronesca del DF, dirigida por el propio Lombardo, el capo Morones lo acusa de querer introducir ideas «exóticas», el socialismo. Se va Lombardo, y en marzo de 1933 se funda la conocida como «CROM depurada», con él a la cabeza.

Se radicalizaba la batalla obrera. Toma Lombardo la bandera de la unidad, recluta a organismos entre los cuales se distingue el de «los lobitos», que no rebasan aún los linderos capitalinos, y surge en octubre del mismo año 33 la CGOCM (Confederación General de Obreros y Campesinos Mexicanos). El pequeño, sectario pero aguerrido Partido Comunista, en plena clandestinidad, había creado la Confederación Sindical Unitaria de México (1929) o «la tercera», como los propios comunistas la apodaban, para diferenciarla de la «amarilla» CROM y de la anarcoide CGT venida a menos, aunque en sus orígenes selló alianza con el inicial PC, también picado de anarquismo. Pese a su pequeñez, la CSUM penetró en sindicatos de industria y entre obreros agrícolas.

Repercutían en México los mandarriazos de la crisis económica destapada con el crack de la bolsa neoyorquina en 1929 y agudizada con la tremenda depresión de 1932. Se multiplicaban las huelgas. Abelardo Rodríguez, presidente sustituto desde septiembre de 1932, responde de algún modo: crea el Departamento del Trabajo, reglamenta el salario mínimo de 1.50 pesos para el DF (apenas respetado) y establece para los empleados públicos un Ersatz de servicio civil que al menos les garantizaba la inamovilidad hasta el fin de ese gobierno. No obstante, las huelgas eran reprimidas o sofocadas mediante el arbitraje forzoso.

A la vez, se embellecían las noticias de la Unión Soviética, libre de las crisis económicas, «patria del proletariado», casi el paraíso para los más radicales, la Meca, el paradigma de un futuro de esplendor, de justicia, próximo en la ilusión comprensible en términos históricos. Comenzaba a soplar también el vendaval del nazifascismo, el gran riesgo que pedía fortalecer las represas de batallas unitarias, de frente común.

Arribó Cárdenas al poder mediatizado por el Maximato, dispuesto empero a poner en práctica sus ideales. El sí respeta las luchas obreras, las huelgas se intensifican. Calles, 12 de junio de 1935, acusa a Lombardo del «desbarajuste» y amaga al gobierno. Las dispersas organizaciones dan el salto: al margen sólo la CROM y la CGT, proclaman: «Todos unidos ante el enemigo común», y constituyen el Comité de Defensa Proletaria. Así fortalecido, Cárdenas da la vuelta magistral a la tuerca; Calles se expatria.

Medio año después nacía la CTM como el más acabado proyecto unitario de los trabajadores, no sólo de la clase obrera en sí, sino encaminado al universo del trabajo. Se le concebía con carácter de aglutinador, y en su armazón se encuadraron los maestros, los trabajadores del Estado en su inicial lucha organizativa; e influyó en la organización de los jóvenes a quienes se titulaba de «progresistas», de las mujeres, de variados núcleos de pequeños comerciantes y colonos, de los artesanos y de diversos estratos de artistas, intelectuales y técnicos. Tampoco hubo asunto nacional e internacional en que no se escuchara la opinión cetemista. Lombardo fue la voz cantante de todas las partituras.

También se propuso ser el eje de la maquinaria campesina, pero en esto chocó con la idea de Cárdenas, quien creía, como reformador social sincero, en la «obligación revolucionaria» de inducir desde el poder el frente único del trabajo, al modo que él mismo lo indujo en Michoacán. Sin embargo, en las condiciones nacionales de la marcha obrera autónoma, quiso reservarle al gobierno la organización del hombre del campo, y se lo advirtió, incluso con rudeza, a la recién nacida CTM. No se descarta la razón pragmática del poder que se cuidaba de limitar fuerzas, lo cual se comprobaría en el caso de los trabajadores del Estado, al cabo cercenados también del proyecto cetemista ubicuo.

Misión proclamada de la CTM -o del lombardismo dentro de la CTM, en mancuerna inestable los comunistas- era la lucha larga por llegar al socialismo, y en la medida corta, la alianza con el gobierno nacional, antimperialista. Para la opinión ignorante de los tejemanejes internos, la CTM fue, buen número de años, sinónimo de Lombardo (y Lombardo mismo lo creía). Sin embargo, el huevo de la degradación anidó desde los primeros coitos del cuerpo lozano.

Los pasos de la hermandad lobuna se echaron de ver ya en la asamblea constituyente, donde un arreglo «de cúpula», para evitar la prematura división, colocó en el segundo puesto, con la vara de organizador, al antiguo lobito, ya zorro Velázquez con piel de oveja «lombardista», relegado a la secretaría de educación el comunista Miguel A. Velasco, triunfador por knock out en la cuenta de votos. Al año, en el célebre IV Consejo de abril de 1937 -tristemente célebre para el curso de los acontecimientos- los comunistas, seguidos por sindicatos de primera línea: el ferrocarrilero, el electricista…, optan por la secesión. Se mezclan el sectarismo y la evidencia de que ya los hermanos hacen de las suyas en contubernio con ciertos gobernadores. Peor será el regreso, en junio, con la consigna de «unidad a toda costa» aconsejada por Browder, el líder del comunismo yanqui, vocero de la Internacional.

Lombardo -que en febrero de 1941, sin bien explicarlo nunca, deja la secretaría general, cedida al hermano zorro mayor- todavía en el gobierno de Avila Camacho seguirá siendo el señor de los grandes discursos, el adalid del antifascismo, el «pararrayos de la Revolución», más el manejo del aparato lo tienen aquellos a quienes él supone sus «subordinados». Y cuando cree, al correr los días iniciales de la presidencia de Alemán, que la CTM lo seguirá en la idea fundadora del Partido Popular, los «subordinados» desconocen sin beso en la mejilla al fingido amado maestro de otros días, y de un papirotazo, en enero de 1948, lo echan de las filas de la organización, que no se cimbra. Ya sin tapujos ideológicos ni sombra lombardista, navegaba viento en popa la segunda CTM, la que en 1951 titula de «Primer Obrero de la Patria» al Uei Tlatoani del turno sexenal, la que hoy conocemos -otra historia.

Los retos del PAN

Rodrigo Morales M. Consultor político de GEA

Uno de los mayores riesgos para el avance del PAN reside, paradójicamente, en sus éxitos recientes, y en la imagen que éstos han situado entre la población. Producto de sus victorias, un nuevo lugar común parece dominar los pronósticos electorales: el país será irremediable y crecientemente panista, 1997 será una estación de paso en la que el blanquiazul dominará el congreso y gobernará la capital, a más de los estados que siga sumando a su cuenta, para finalmente arribar a la presidencia en el año 2000. Y más allá de que algunos swings, y ciertas encuestas autoricen la profecía, algo que puede ser en extremo peligroso para el PAN, es no vacunarse de alguna manera contra el triunfalismo en boga.

Si Acción Nacional no analiza con cuidado los diversos orígenes, valga, las múltiples motivaciones que hay tras sus votos, y se suscribe acríticamente el nuevo lugar común, 1997 más que una plácida estación de paso, puede llegar a ser un descalabro mayúsculo. Y no sólo para ellos, admitamos que sería muy peligroso construir colectivamente una ficción que no necesariamente se cumplirá. Sin elementos para desgranar todas las posibles motivaciones del voto panista, y reduciendo el alegato a la presencia de un voto de castigo, el PAN estaría en posibilidades de conquistar la mayoría en 1997 justo en la proporción en que la economía y la política de gobierno continúen degradándose: mientras peor le vaya al país, mejor le irá al PAN, rezaría la máxima. Eso, suponiendo por supuesto que el PAN continuaría siendo el receptáculo privilegiado para cachar los votos de castigo. Obviamente hay una excesiva simplificación en el alegato, pero se pretende llamar la atención sobre el componente más volátil de las preferencias panistas.

Si la hipótesis de los cacha votos no convence a la nueva dirigencia panista, está claro que ésta deberá reconsiderar su estrategia de manera de privilegiar sus votos duros y disminuir el voto de castigo entre sus electores. Esto es, deberá anteponer el desarrollo profundo de su propia identidad, privilegiar dicho componente como explicativo de su caudal electoral para poder ser partido competitivo en cualquier circunstancia del país. Ciertamente la crisis de crecimiento del PAN le impone retos operativos importantes, pero acaso el reto central sea político: cómo cimentar el crecimiento del partido sobre la base de sus propias maneras de ser y encarar las tareas de gobierno, más que sobre las perspectivas de la descomposición del sistema.

Eso equivaldría a hacerse cargo de que las condiciones y el calendario que hicieron posible el espectacular crecimiento del PAN no son mecánicamente repetibles, y tampoco son del todo deseables (nadie puede desear -eso creo- racionalmente la catástrofe como escenario constructivo). Además deberá incorporar en su agenda dos puntos centrales: el hecho de llegar al poder no quiere decir retenerlo, y por tanto, ahí donde gobierna, está expuesto al voto de castigo (se han dado muchos casos de que una vez probado el PAN se prefiere regresar al PRI) y en esas condiciones la lucha por retener electores quiere decir exponer resultados que medianamente se correspondan con las expectativas depositadas por la ciudadanía a la hora de las urnas.

El segundo punto tiene que ver con la necesidad de precisar su oferta programática en aquellos lugares en que no es, ni ha sido gobierno, y en ese sentido parece muy endeble la oferta de gobernar con honestidad (fórmula que sin duda hasta ahora ha sido eficiente) si no se ofrecen además precisiones de qué se quiere hacer con el gobierno. En el fondo el PAN tiene que superar el hecho de que su crecimiento (voluntaria o involuntariamente) se haya fundado en la existencia de «un estado de ánimo» (operación que sin duda tiene méritos y virtudes, ya que no es casual que la manopla de los cacha votos hasta ahora la haya monopolizado el PAN, dejando al margen a la manopla de la izquierda), y pasar a cimentarlo expresamente en la existencia de una identidad que incluye por supuesto ofertas ciertas y cada vez más detalladas de lo que será su accionar público.

Bien se podría dar el caso de que el PAN termine siendo el beneficiario de un descontento tan genérico como fugaz, y que en los hechos no incorpore todas las demandas y expectativas que lo encumbraron. En efecto, el riesgo de que la lógica de los principios se divorcie de la lógica de la realidad, no es privativo ni del PAN, ni de México, pero si de precisar retos se trata, el PAN está emplazado a conectar de mejor manera las razones ciudadanas que lo encumbraron con sus políticas de gobierno.

Si los retos del PAN tienen que ver con una vacuna contra el triunfalismo que lo salve del «síndrome cardenista» (llamémosle así al fenómeno político que ancla todas sus perspectivas políticas y agota toda su estrategia en una fecha: 21 de agosto), y con una necesidad de profesionalizar sus políticas públicas, me parece que la disyuntiva que encara el próximo consejo nacional debería hacerse cargo de ese dilema. No creo que los panistas estén ante opciones excluyentes, pero de cualquier manera es obvio que no será lo mismo la presidencia de Ruffo que la de Calderón. Acaso es una cuestión de acentos en el diagnóstico, y de tradiciones. La imagen que Ruffo ha construido de sí mismo tiende a privilegiar la capacidad emprendedora y el pragmatismo; aparece como el personaje emblemático del nuevo PAN; por contra, Calderón se presenta como el mejor vigilante de la tradición y doctrina panista, el ideólogo, el que encarna el continuismo. Si descreemos de la polarización, y nos situamos en el hecho de que, gane quien gane, el PAN no podrá ser ni radicalmente pragmático, ni excesivamente doctrinario, si creemos además que habrá una contienda cerrada, que internamente no se asume como excluyente, y atendemos la disposición manifiesta de los candidatos a la colaboración, gane quien gane, pareciera entonces que no es demasiado relevante el resultado de la contienda.

Sin embargo, me parece que para encarar la calidad de los nuevos retos panistas, y haciendo caso a las caracterizaciones que nos ofrece la prensa, Calderón tendría los mejores atributos para el PAN. Creo que el panismo haría bien en privilegiar el componente político (o doctrinario para citar el incómodo fraseo panista), ya que dicha carencia (pensemos tan sólo en los debates entre dirigentes) es la que mayores derrotas le puede reportar. Los riesgos de naufragar en políticas veleidosas son altos. Insisto: los retos del PAN son más políticos que operativos. A fin de cuentas para superar la «crisis» de crecimiento, Acción Nacional está emplazado a jugar a la alternancia en serio y apostar a que sus éxitos se expliquen más por su capacidad de convencer programáticamente a sus electores, que por sus méritos (indiscutibles) de presentarse únicamente como la alternativa de cambio menos costosa.

Literatura y política cultural

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su más reciente libro es Llamadas nocturnas.

Juan Vicente Melo

1932-1996

La obra de Melo cuenta la historia de esta tensión, de este conflicto nunca resuelto:

Una vez leí a Paul Valéry, y de él, una página en la que dictaba que se escribe por debilidad. Otro día, leí a Raymond Radiguet -ese extraño, excepcional caso en la Iiteratura francesa- que afirmaba: «Creo lo contrario, la debilidad consistiría en no escribir. ¿Rimabud dejó de escribir para cuidar su memoria?». La debilidad consistiría en dejar de escribir. Ese es, en una palabra, y de una vez por todas, mi caso, mi explicación, mi situación, mi actitud como escritor.

Este párrafo fue escrito en mayo de 1966, en su Autobiografía (Empresas Editoriales, 1966), y acaso no sea un abuso asistir a sus libros leyendo en ellos, también, la íntima disputa entre la postura valéryana y la rebelión de Radiguet puesta en una obra solitaria y vehemente al mismo tiempo.

En aquel año Melo era el autor de tres libros de cuentos: La noche alucinada (1956), Los muros enemigos (Universidad Veracruzana, 1962) y Fin de semana (Era, 1964). Como toda su generación había entrado a los años sesentas «a lo Paul Valéry»: armado hasta los dientes en busca de una cultura moderna, cosmopolita, universal, la antípoda del nacionalismo mexicano orgulloso de sus jarritos de Talquepaque. Tres años después, en 1969, publicó su primera novela, La obediencia nocturna, I’ horreur d’ une profonde nuit, como afirma el narrador: un joven viene de la provincia a estudiar a México y, sin saber cómo, se ve envuelto en una extraña conspiración en la que debe descifrar un cuaderno que le han entregado Enrique y Marcos, sus compañeros de estudios. El narrador persigue un espejismo, Beatriz, una trampa más de la noche revelada en la forma de una oración. Escrita bajo el impulso de lo moderno, la fuerza narrativa de La obediencia se lograba en el trabajo espasmódico del monólogo interior, los cambios de tiempo y espacio, las grafías musicales donde se desarrolla una cavilación sobre la muerte, un estudio de la memoria y el asedio de las emociones.

Todo lo que he dicho hasta ahora -menos Beatriz, que representa el cielo primordial, la posibilidad de recuperar el sueño que uno desea soñar por voluntad propia- es mentira. Trato de falsear la realidad con objeto de hacerla más cierta, de llegar a saber quién es en verdad Enrique, quién es Marcos, quién soy yo y, sobre todo, quién es Beatriz.

En los cuentos de Melo había entonces mucho de George Bernanos, Paul Claudel, Paul Valéry, de la Nouvelle Revue Francaise, pero también de la atmósfera mexicana de una infancia en la provincia. Entre estos extremos. Melo dotó a sus personajes de una densidad más bien rara en las letras mexicanas. Escribir fue abrirle paso a un anhelo de cultura, refinamiento y alta literatura. Este objetivo se cumplió a través de los pasajes de una imaginación y una inteligencia delicadas.

Borges acostumbraba señalar dos tipos de escritores, el hombre cuya ansiedad central son los procedimientos verbales y el hombre cuya ansiedad central son las pasiones y trabajos del hombre. Al primero, agregaba Borges, Io suelen denigrar con el mote ‘bizantino» y exaltar con el nombre de «artista puro». El otro, más feliz, conoce los epítetos laudatorios de «profundamente humano» y el halagüeño vituperio de «bárbaro». Melo pertenece al primer grupo de escritores. Sus piezas narrativas recorren la ansiedad central del lenguaje, de la historia interior, cerrada, donde la única trama es la experiencia del idioma mismo. Nada más afín a esa ansiedad que los solitarios, los que deambulan en busca de su pasado, los que han perdido su lugar en el mundo. Estos son los protagonistas de una obra breve, compleja, de gran aliento lingüístico cuyo único defecto fue el de no multiplicarse en otros libros.

Seguramente no será una impertinencia regresar aquí a la postura valéryana que Melo intuyó hace treinta años: ¿escribir es una debilidad? Hay, al final, un misterio inquietante en el hecho de que esa pregunta rigiera el futuro literario de Juan Vicente Melo, aunque sus lectores sepamos que a juzgar por los resultados, en su caso escribir no fue una debilidad, sino una dicha literaria.

Linux, un producto GNU

Bernardo Ruiz. Escritor. Su libro más reciente es Memorial de la erinia.

GNU son las siglas en inglés de un proyecto iniciado hace once años por iniciativa de Richard Stallman: Get No Unix.1 GNU parte de la idea de que el software es una herramienta que debe diseñarse a partir del intercambio de ideas entre programadores, más como un ejercicio de inteligencia y creatividad, que como un perverso juego de usura, rivalidad comercial o un enfrentamiento de vanidades enemigas.

Stallman posee un amplio prestigio entre los expertos cibernéticos. Su capacidad de convocatoria se ha demostrado a lo largo de los años con una serie de programas y plataformas elaboradas a partir de esta idea, con resultados sorprendentes. Entre ellos destaca la creación de la Free Software Foundation2 que reúne recursos para favorecer la creación y distribución mundial de paquetería de cómputo de libre distribución.

La declaración que se conoce como Manifiesto GNU elaborada por R. Stallman defiende tanto el derecho a la creación como a la propiedad intelectual. Al considerar que el software es el medio a través del cual se puede mejorar la vida humana. Richard Stallman propone que éste se comparta como un bien común, universal.

Entre los programadores, Ia creación de Unix tiene un halo mítico. Cada línea de código fue producto de una inteligencia común, en un proyecto modular, en una época en la que ni siquiera el concepto de alta seguridad se había hecho necesario. Con el creciente poderío y estabilidad de Unix, los intereses financieros fueron determinando el uso y destino del sistema operativo. Los grandes beneficios fueron para las compañías, que otorgan mínimas ganancias a los programadores.

Expulsados del paraíso, nuevamente los programadores imaginaron y escribieron el código de nuevos sistemas. Minix, CP‑M, y el mismo MSDOS tuvieron en su origen tal espíritu. La historia volvió a repetirse en la mayoría de los casos.

Sin embargo, persistió la intención original de los ingenieros de sistemas y programadores: la búsqueda de una plataforma con las grandes ventajas de Unix -su estabilidad- su amplitud, Ia simultaneidad de procesos (multitarea), y su capacidad multiusuarios.

Hasta 1990 esta idea pudo comenzar a materializarse de manera efectiva; el finés Linus Thorvald logró compilar la base (kemel) de un sistema operativo paralelo a Unix, cuyo código en lenguaje C divergía en su totalidad del empleado en la versión comercial del programa. Así nació Linur.

Thorvald, siguiendo el planteamiento de GNU, publicó el código de Linux. Difundido éste a través de Bitnet e Internet, llamó la atención de diversos programadores e ingenieros de sistemas. Linux, en un breve lapso, se convirtió en la diversión del tiempo libre de los más reconocidos hackers3 y gurús del mundo.

La lista de colaboradores que se han agregado al proyecto durante los últimos años es muy amplia, Ia oferta de útiles y paquetes específicos para operar en Linux -inicialmente- o en otros clones de Unix ocupa en la actualidad varios gigas. Pacific Software, Walnut Creek CDROM, Red‑Hat, son algunas de las compañías que apoyan la distribución de los paquetes por medio magnético, que son públicos (freeu are) y accesibles por FTP a través de Internet para cualquier usuario.

En el maëlstrom de la crisis mexicana y ante el alto costo del dólar, los usuarios personales y pequeñas o medianas compañías que necesitan software legal y de alta calidad en sus equipos pueden tener por 40 dólares la solución a sus problemas de paquetería.

Hoja de cálculo. Xwindows86, el procesador de textos Tex, o ghostscript, multimedia, correo electrónico, uso de red, fax, plotters y scanner, juegos, etc: junto con un sistema operativo altamente estable, entre miles de programas, son parte de los logros del proyecto GNU con Linux. La mayoría de las PC 386 ó 486 puede convertirse en servidores tipo Unix con este programa.

Linux se consigue en México en la dirección ftp: 11 nuclecu.unam.mx I linux de la UNAM, junto con sus actualizaciones y correcciones. Por voz se puede ordenar a Walnut Creek CDROM el cdrom Linux Slackware 3.0 (Informes: 95.800.786.9907; órdenes: 95.510.674.0783: fax: 95.510.674.0821; email: orders@cdrom.com; www:http: // www.cdrom.com/.

Impresionante, casi inverosímil, el tema Linux es amplio, y con gusto evaluaremos sus capacidades.

REFERENCIAS

1 No obtener Unix. sería la traducción más precisa del concepto. Unix es sin lugar a dudas el sistema operativo más estable para equipos de cómputo y redes.

2 La fundación para el software gratuito

3 Fanáticos del cómputo con una extraordinaria habilidad en el manejo de hardware y software.

Los hilos de la TV por cable

Fátima Fernández Christlieb,

Beatriz Solís Leree

Ligia María Fadul y Beatriz Solís Leree. Coautoras de La Televisión en Amerique Latine.

Fátima Fernández Christlieb. Autora de La radio mexicana: Centro y regiones.

Para los capitalinos la televisión por cable es sinónimo de la empresa Cablevisión, que presta ese servicio en la Ciudad de México, pero en el resto del país no hay esta confusión. Alrededor de 280 poblaciones de la República Mexicana reciben la señal de 151 sistemas privados que ofrecen producción de canales nacionales, locales o internacionales, a los que se sumarán 114 más que recibieron título de concesión en el mes de octubre de 1995. El total de suscriptores en el territorio nacional rebasa el millón 250 mil, distribuidos principalmente entre las entidades que se indican en el primer cuadro.

La televisión por cable surge en México fuera del DF, a mediados de los años cincuenta. La razón por la que el cable coaxial de cobre proliferó en entidades federativas de no muy alto nivel de desarrollo fue de tipo geográfico.

La capital de Coahuila, por ejemplo, no podía recibir la señal del canal 2 de Monterrey, fundado en 1958, porque una protuberancia de la Sierra Madre Oriental impide el paso directo de las ondas electromagnéticas; de ahí que desde finales de los sesentas los saltillenses cuenten con canales locales y repetidoras que poco a poco comenzaron a competir con los cableros.

Poblaciones más pequeñas y con menor industrialización como Apizaco, en el estado de Tlaxcala, están totalmente cableadas por razones orográficas, pues en este caso La Malinche es una barrera para la televisión por aire.

Las características propias de la forma en la que la TV por cable se ha desarrollado en México se reflejan en los planteamientos hechos por el presidente de la Cámara Nacional de la Industria de la Televisión por Cable (CANITEC), cuando acudió el pasado 16 de enero ante la Comisión Especial de Comunicación Social de la Cámara de Diputados. En audiencia pública se refirió a la lenta expansión de ese sistema de televisión particularmente en sus primeros veinte años y que no ha alcanzado los niveles deseados a escala nacional, «debido -señaló- a la discrecionalidad de la SCT en el otorgamiento de las concesiones, el cual tarda a veces hasta 12 años». Como ejemplo de ello, mencionó que desde hace dos años han hecho solicitudes para transmisión de DTH (Direct to Home), las cuales no están siendo consideradas, e hizo referencia al debate exclusivo entre las grandes empresas de televisión iniciado a finales del año pasado ante la misma Cámara de Diputados.

La CANITEC fundada en 1975, opina que no se debe dar ninguna concesión, particularmente de DTH ni MMDS (Multichannel Microwave Distribution Systems) si no están claras las reglas para estos recientes sistemas. Igualmente se quejaron de la ausencia de normatividad para los sistemas de televisión restringida como Multivisión, frente a una TV por cable que ellos consideran excesivamente regulada.

En la mencionada audiencia de enero pasado, los cableros subrayaron que la nueva Ley Federal de Telecomunicaciones es adecuada como ley marco, pero requiere de un reglamento en el que se establezcan las reglas de una sana competencia, normando la conformación de monopolios y regulando la participación de los grandes conglomerados internacionales.

En la medida en que la tecnología avanza día con día hasta el punto de permitir la convergencia entre la telefonía, Ia televisión y la computación, Ia tendencia internacional en el último par de años ha sido sentar las bases económicas y financieras mediante fusiones y adquisiciones por parte de los grandes consorcios multinacionales de la televisión por cable, tanto con empresas telefónicas como de pequeños sistemas de TV por cable. Por ejemplo, Tele Communications Inc. (TCI) y Time Warner, de los Estados Unidos -dos pioneros y los más grandes operadores de este sistema en el mundo-, o la Telefónica de España se han expandido dentro y fuera de su territorio a América Latina y Europa, con inversiones de cerca del 50% en empresas locales de televisión por cable, algunas de la cuales a su vez, han invertido en empresas de teléfonos.

En ese contexto, varias empresas de cable en México realizaron alianzas comerciales con claras visiones hacia el futuro cercano, entre ellas las dos con mayor número de suscriptores en el país, Cablevisión, del Distrito Federal, y Megacable, de Sinaloa y Sonora. En la primera operación, Teléfonos de México se comprometió a adquirir el 49% de las acciones de Cablevisión, mientras que en la segunda, la compañía estadunidense C Tec1 adquirió el 40% de las acciones de la cablera mexicana.

El marco económico y tecnológico en el que opera hoy la industria de la televisión por cable es completamente diferente al de la década pasada. Además de ser un vehículo para transmitir programas de televisión, hablar de cable hoy es referirnos a multimedia o servicios en los que convergen informática, telecomunicaciones, electrónica de consumo, publicaciones e industria del entretenimiento.

Es evidente la tendencia hacia las fusiones aunque los concesionarios del cable manifestaron lo contrario ante los diputados y recurrieron a la solicitud de apoyo financiero y créditos para crecer. La Ley Federal de Telecomunicaciones está en espera de su reglamento. El potencial del cable es enorme y viable la convivencia entre lo global y lo local; la reflexión del para qué, del para quién y con qué contenidos es inaplazable.

No. de sistemas

       Entidad

en operación*

No. de abonados

%

Distrito Federal

   1

210,000

16.9%

Jalisco

 20

100,943

  8.1%

Michoacán

 19

  98,699

  7.9%

Sonora

 11

  95,663

  7.7%

Nuevo León

   1

  65,756

  5.2%

Guanajuato

 10

  65,600

  5.2%

Sinaloa

   4

  64,780

  5.1%

Coahuila

   9

  49,256

  3.9%

Baja California

   5

  45,613

  3.6%

Tamaulipas

   7

  44,538

  3.5%

Edo. de México

   4

  31,829

  2.5%

Veracruz

 11

  31,826

  2.5%

Guerrero

   4

  28,071

  2.3%

Otros

 45

317,426

25.5%

*Cámara Nacional de la Industria de la Televisión por Cable. Directorio de socios.1995.

Operaciones de TV cable en América Latina

     Comprador

     Vendedor

País

Monto

US$Mill.

Citicorp

30% Multicanal

Argentina

90

TCI / Time Warner / US

80% Cablevisión

Argentina

750

West

Continental

40% VCC

Argentina

150

CTC / Telefónica

100% Intercom

Chile

TCI / Grupo Claro

100% Chile Cable

Chile

95

Southwestern Bell

40% VTR 

Chile

316

Telmex

49% Cablevisión

México

211

C Tech Corporation

40% Megacable

México

84

Fuente: América Economía. Abril, 1995. No. 94, p. 39.

REFERENCIAS

1 Compañía minera y de construcción que opera servicios de cable en los estados de Michigan y Nueva York, y de telefonía en Pennsylvania. Communicationsweek Latinoamerica Primer trimestre, 1995. p. 27.

Actualidad del pasado

Los motivos de Camus

A partir del trabajo de Lottman, este texto sigue esencialmente los derroteros de la vida política de Camus y sus accidentada relación con el patriarca del comunismo francés Jean Paul Sartre.


A través del personaje Henri Perron Simone de Beauvoir describe en Los mandarines al Camus que conoció en el ambiente intelectual parisino de los años que siguieron a la guerra mundial. En el retrato aparece un hombre joven, inteligente, afable, excelente periodista, magnífico escritor que tenía, por añadidura, la cualidad de relacionarse fácilmente con los jóvenes. Perron vivía la existencia a través de un compromiso personal distante de toda militancia política; buscaba la autenticidad como escritor, se sabía atado al destino de los humildes, pero el derrotero de su vida fue un camino sinuoso y con altibajos a veces pronunciados. De Beauvoir se encarga de subrayar en su personaje las vacilaciones, las dudas, Ios miedos, Ias inseguridades e incongruencias.

“No sé bastante, no veo claro, tomo partido a la ligera, no tengo tiempo, nunca tendré tiempo”. “Me sublevo porque temo que la política me devore, porque temo las nuevas responsabilidades, porque deseo disfrutar de ratos de ocio, y sobre todo ser el dueño en mi casa”.

En ese terreno, Perron (Camus) era diferente de Dubreuilh (Sartre), cuya silueta aparece en la novela como contraste: un intelectual de mente lúcida, zoon politikon de convicciones claras con una postura de izquierda marxista —aunque independiente del Partido Comunista Francés— para quien no cabía ninguna duda fundamental: su destino era ser compagnon de route de los comunistas franceses a quienes respetaba y veía como la fuerza política en la que (fatalmente) se condensaba el futuro de la humanidad.

En la novela, como en la realidad, el contraste entre estos dos personajes se habría de resolver con la ruptura. Si algo separó a Camus de Sartre no fue la filosofía, sino la política: las distintas posturas que adoptaron frente a la realidades de la Guerra Fría. Al concluir la Seguna Guerra, Camus era director de Combat, periódico de la Resistencia y su posición lo colocó, de un momento a otro, en medio del antagonismo inconciliable de los poderes que se disputaban palmo a palmo su hegemonía sobre el mundo. Comenzaba la era bipolar.

En su novela, Beauvoir hace una descripción de cómo surgió la pugna entre comunistas (estalinistas) y simpatizantes del capitalismo (filo‑estadunidenses) y cómo esta pugna se proyectó, bajo la forma de afiliaciones incondicionales y dogmatismos, en el ambiente intelectual francés. Todo mundo debía afiliarse en uno u otro campo; no había lugar para terceras posiciones. En esa atmósfera —en donde, como diría Sartre, las palabras equivalían a disparos— hubo, sin embargo, un hombre que mantuvo contra viento y marea sus convicciones independientes y que, en realidad, simbolizó la posibilidad de una tercera vía política —una opción política democrática y humanitaria. Ese hombre fue Albert Camus. Sartre, por su parte, censuró con actitud la posición de su compatriota y amigo.

El primer hombre

El título El primer hombre que utilizó Camus para su última novela, inconclusa, encerraba un simbolismo que se hace evidente en el relato de su vida: sin genealogía, salido de la nada social, Camus se juzgaba a sí mismo el primer hombre, un ser sin pasado fundador de una genealogía. Nació en Belcourt, barrio miserable de Argel, en un hogar de analfabetos. Según confesión de Camus. “su casa era un universo cerrado, sin un libro, incluso sin un periódico o una revista”. Era un chiquillo enclenque, tempranamente distinguido y “empujado” por su maestro de sexto año de primaria, Louis Germain. La gratitud de Albert hacia su maestro sería perdurable pues, muchos años después, en 1957, cuando publicó el opúsculo que contenía su discurso de aceptación del Premio Nobel, lo dedicó al “Sr. Louis Germain”.

Estudió filosofía, mas nunca concluyó la carrera, debido a una enfermedad respiratoria que, como se revelaría tiempo después, era tuberculosis. Sus dotes para la expresión lingüística se manifestaron temprano. Su camino hacia la literatura se inició en el periodismo y el teatro de aficionados, en donde destacó como actor y director. Figura carismática, fue deportista, poseía un cuerpo esbelto y flexible, vestía con modestia, pero elegantemente. Tenía la apariencia -confiesan sus amigos- de un gigolo y atraía de manera natural tanto a hombres como a mujeres.

Su amigo Maisonseul confiesa: “Hacía gala de maneras excepcionalmente afables, con una brizna de ironía, una soltura y una elegancia de lo más naturales”. Pero no sin cierta ternura, “con un asombro en la mirada que rápidamente se veía realzado por una ligera ironía de la boca, un punto brillante en la mirada y a a veces una gran lasitud melancólica, aunque también podía ser muy alegre, con un gran sentido de lo cómico. Esta seducción actuaba sobre toda persona a la que fuese presentado”.

Militó en el Partido Comunista de Argelia (PCA), de donde fue expulsado por sus posturas conciliadoras. En la época de la entreguerra, bajo el dominio estalinista, los comunistas condenaban a quienes mantenían posiciones democráticas o socialdemócratas lanzándoles, como dardos venenosos, epítetos como aquel, célebre, de “socialtraidor” o el otro, no menos popular y usado más tarde, de “socialfascista”. Camus quedó moralmente preso entre las posturas del PCA que apoyaba el dominio colonial de Francia sobre Argelia y los no menos intransigentes nacionalistas musulmanes. “El abismo abierto entre comunistas y nacionalistas musulmanes sólo podía desmoralizar y angustiar a Albert Camus”, dice Lottman. “Camus se sentía muy decepcionado ante el repentino amor de los comunistas por el ejército francés y la defensa de la patria; sobre estos temas daba muestras ante sus amigos más cercanos de una ironía sangrienta”.

Finalmente, fue expulsado de la cofradía marxista. Desde ese momento, comenzó para él un doloroso itinerario de desencuentros con los partidos políticos. Su desconfianza en la política hizo que su preocupación por los hombres se transformara en una preocupación esencialmente moral. Pero ¿se puede separar la moral de la política? Su rechazo a la política no evitó que, a la larga, salieran a flote las connotaciones políticas de sus principios morales.

La crisis de la Europa de la posguerra fue para él una crisis marcada por el nihilismo:

Estamos en el nihilismo… No saldremos de él fingiendo ignorar el mal de la época o decidiendo negarlo. Por el contrario, la única esperanza es nombrarlo y hacer su inventario para encontrar la curación de la enfermedad.

Publicó libros y ensayos, viajó a Francia, se involucró en la lucha antinazi y devino director del periódico Combat, órgano central de la Resistencia. En 1942, el público supo de la aparición de El extranjero. La lectura de este libro causó reacciones diversas. Muchos se desconcertaban tratando de encontrar en el texto un sentido que se desvanecía entre párrafos escritos con admirable perfección y elegancia de lenguaje. El efecto era unas veces de sorpresa, otras de irritación, pero en todos los casos suscitaba admiración por su acabado formal y por la profundidad filosófica que sugería el relato.

El extranjero presenta un pasaje de la existencia de un hombre que no comparte las convenciones que sustentan el orden social, un outsider, para quien la ley y la moral nada representan. “El héroe de esta historia —diría el autor tiempo después—, es condenado a causa de que no acepta las reglas del juego. En este sentido, es extranjero a la sociedad en la que vive; él vagabundea en el margen, en el suburbio de la vida privada, solitaria y sensual”. Este personaje no sólo era ajeno a las convenciones: tampoco tenía liga alguna con la religión, con sentimientos como el amor o el odio. Es un ser humano que puede ser juzgado, pero él rehusa justificarse. Vive y muere sin apegarse a sentido alguno, en una existencia absurda que busca un valor sin jamás encontrarlo.

Más tarde vendrían El mito de Sísifo, El malentendido, Calígula y La peste. Con este último libro (1947) llegó para Camus la celebridad. Para entonces, sin embargo, Camus comenzó a sufrir los estragos de la tuberculosis, enfermedad con la que había convivido desde su juventud. Su vida no fue la de un asceta, pero su afán de penetrar el secreto del mundo lo volvió —como a tantos otros grandes hombres de letras— un solitario rodeado de seres que lo amaban o admiraban.

Por alguna extraña razón los viajes le eran penosos (“Viajar no es divertido ni fácil”). Su viaje a Estados Unidos, en 1946, le lleva a confirmar su pesimismo respecto al progreso y la civilización. Tres años después viaja a Brasil, Argentina, Uruguay y Chile en un periplo que quedó consagrado en su diario personal como un esfuerzo para vencer su infinita soledad y su propia debilidad física. Nada, en ese viaje, lo conmueve profundamente y en sus registros sólo destaca la descripción de una ceremonia de vudú en el Brasil.

Un suceso determinante en su vida fue la polémica con Jean Paul Sartre en las páginas de Les Temps Modernes (1952). Camus había manifestado una extrema susceptibilidad ante las críticas en una anterior polémica con André Breton. Cuando en 1951 publicó El hombre rebelde en donde abiertamente tomó posición contra el estalinismo, despertó un alud de imprecaciones y respuestas verbalmente violentas, al mismo tiempo que atrajo —contra su voluntad personal— las simpatías de las fuerzas de derecha y anticomunistas.

Hubo personas, como Maurice Nadeau, que vieron en el libro de Camus una obra con significado histórico: “Más que la toma de conciencia de una época, por una mente lúcida y valiente, no tardará en verse en él una reflexión de la época sobre sí misma, el anuncio de un viraje decisivo a partir del cual se plantearán de forma diferente algunos problemas”.

En el bautismo de la llamada guerra fría entre comunistas y anticomunistas, Camus tomó posición inequívoca a favor de la libertad y en contra de todo aquello que oprimía al individuo incluyendo las dos formas de nihilismo contemporáneo, la burguesa y la revolucionaria. Y recomendaba a los intelectuales:

1) Hay que reconocer lo que daña al hombre y denunciarlo.

2) No hay que mentir y hay que confesar lo que se ignora.

3) Hay que negarse a dominar.

4) Que se rechace, en cualquier caso y sea cual sea el pretexto, todo despotismo, aunque sea provisional.

Camus nunca aceptó con docilidad las posiciones de la izquierda francesa y eso suscitó el rencor contra él de los militantes del PCF y sus compagnons de route, como el grupo de Les Temps Modernes. Sartre criticaba en privado a Camus diciendo que no había leído a Marx y Engels y se nutría de refritos de la obra de estos, pero pasó tiempo para que el consejo de redacción de la revista se decidiera a presentar una crítica de El hombre rebelde. A la postre, Sartre concluyó que no hablar de la obra equivalía a hablar mal de ella, por lo cual recomendó a Francis Jeanson hacer el estudio correspondiente.

Jeanson era un joven que había abrazado el marxismo sin considerarse él mismo comunista. Su crítica, no obstante los esfuerzos de Sartre por mitigarla, fue brutal (mayo de 1952). Tuvo términos elogiosos para el humanismo y la sensibilidad moral de Camus, pero le reprochaba su “pseudofilosofía y pseudohistoria de revoluciones”.

Camus, dice Lottman, reaccionó ante esa crítica como un amante decepcionado pues él mantenía amistad estrecha con el grupo que encabezaban Jean‑Paul Sartre y Simone de Beauvoir. En un primer momento se deprimió, más tarde optó por enviar a la revista una carta‑respuesta que provocó una reacción airada y fulminante de puño y letra de Sartre. La diferencia entre el texto de Camus y el de Sartre reside en que el primero apunta a la crítica y el método de Jeanson, en tanto que el texto de Sartre adopta un tono personal:

Nuestra amistad —dice Sartre— no era fácil pero la echaré de menos. Si hoy la rompe usted, es sin duda porque tenía que romperse. Muchas cosas nos acercaban, pocas nos separaban. Pero esas pocas eran todavía demasiadas. También la amistad tiende a volverse totalitaria; es necesario estar en todo de acuerdo o exponerse a la desavenencia.

El corolario es conocido: la fuerza del prestigio intelectual de Sartre fue determinante en Ia balanza para que el pequeño‑gran mundo de los intelectuales parisinos se inclinara a favor de éste. Con su hiper‑susceptibilidad de intelectual finalmente “venido de la provincia”, Camus asimiló la respuesta como un golpe psicológico devastador. Su vida entró, desde ese momento, en un ciclo de depresión que se extendería hasta su muerte, en 1960. Sólo la perspectiva del tiempo habría de revelar que en ese debate —como en cualquier otro— la verdad había sido ahogada por el aplauso de la multitud y que las ideas de Albert Camus sobre la opresión que vivían los hombres bajo el sistema comunista eran correctas.

 

Gilberto Guevara Niebla
Es director de la revista Educación 2001.


Herbert A. Lottman, Albert Camus. Taurus, Madrid, 1994.

Retratos con paisaje

José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente novela es Mátame y verás.

Arthur Cravan: AntologIa de una insidia

Se dijo que Nietzsche era un loco que se creía Jesucristo, con quien efectivamente rivaliza, y con harta fortuna, en libros como Así habló Zaratustra. Pero Nietzsche fue muchas otras cosas. Se dijo que André Breton era un bravucón que se pasó la vida jugando a ser papa, y efectivamente dedicó buena parte de su obra y casi toda su vida a pontificar, lanzar encíclicas, manifiestos, leyes canónicas y edictos de excomunión. Un papa de juguetería literaria. ¿También fue otras cosas? Cardoza y Aragón desmenuza las mandalas de Pío Nadja I, en André Breton atisbado sin la mesa parlante.

En 1939 Breton lanzó una Antología del humor negro que tiene poco de humor y de antología, y mucho de los rituales de canonización y excomunión de la iglesita surrealista. («Dadá fue la revolución; el surrealismo, la revolución hecha gobierno», dice Cardoza). Una arbitraria y difusa concepción del humor negro, permite a Breton olvidarse de Aristófanes, de Catulo, de Petronio, de Apuleyo, de los goliardos, de Bocaccio, de Rabelais, de Fernando de Rojas, de Cervantes, de Quevedo, de Moliere, y con el fanatismo surrealista de la modernidad, empezar la historia sólo en el siglo XVIII, pero sin Voltaire, sin Diderot y sin el Doctor Johnson. Su selección es arbitraria y despojada de gusto literario (Breton, ese archiliterato que archiodiaba las letras), aunque no de propaganda para algunos, a veces excelentes, vanguardistas franceses de su secta.

Sorprende encontrar en este catálogo a André Gide. Fue, desde luego, uno de los involuntarios y molestos padres del surrealismo, por obras como El prometeo mal encadenado, El caso del inocente niño asesino, La secuestrada de Poitiers, y especialmente Las cuevas del Vaticano. Paternidad que nunca aceptó, y que siempre consideró espúrea, como consideraba espúreos a casi todos los surrealistas, salvo Antonin Artaud. En la época de la Primera Guerra mundial, las lecturas de Nietzsche y de Dostoyevski, además de su propia orientación individual y del espíritu crítico del tiempo, impulsaron a Gide a asomarse a la irracionalidad de las leyes, de la religión, de la familia, del positivismo ateo, de los buenos sentimientos, de la poesía, de la ciencia, de la moral cristiana, etcétera. Los asesinos complicados de Dostoyevski produjeron en él la teoría del «acto gratuito», que se asomaba a los enigmáticos crímenes sin motivo, que no respondían a la ética ni a la moral de los penalistas y los psicólogos. Era sólo una burla de la mente estrecha del pensamiento occidental, pero los surrealistas lo tomaron como dogma: el asesinato como juego bobo, y urdieron su frase famosa de que el acto surrealista más puro sería el disparar porque sí contra una muchedumbre. (Cosa que hacen con frecuencia muchos criminales «locos» -hace meses tuvimos un caso en el metro-, aunque no estén en las jerarquías de Breton.)

Gide desautorizó a los surrealistas, y muy pronto, en Los monederos falsos, se burló de ellos a través de una mascarada (que no se cuenta entre sus mejores páginas) de Alfred Jarry. Pío Nadja I tomó nota, y en su Antología del humor negro se cobró la factura. Ciertamente elogia la inmoralidad de este proto‑surrealista héroe de Las cuevas del Vaticano, el asesino gratuito Lafcadio. Pero lanza, junto al texto gideano sobre Prometeo (un Prometeo antisurrealista que descree de la modernidad), Ia sensacional noticia de que Lafcadio realmente existió, en carne y hueso, y escribió ¡y escribió sobre Gide: sobre su homosexualidad, su riqueza, su tacañería, su austeridad puritana!

Arthur Cravan (1881‑1920) era sobrino de Wilde, y se las daba de ser un gran bravucón moderno, guapote, boxeador, inspiradote y vanguardista. Urdió seducir a Gide, para dejarlo sin un céntimo, en la tradición poco vanguardista de las cocottes folletinescas del siglo anterior:

Cuando soñaba febrilmente, después de un largo período de la más desenfrenada molicie en ser muy rico (¡Dios mío! ¡Lo soñaba tantas veces!), como estaba en el capítulo de los eternos proyectos, y me excitaba progresivamente ante el pensamiento de alcanzar deshonestamente y de manera inesperada la fortuna, a través de la poesía -siempre he intentado considerar el arte como un medio y no un fin-, me dije alegremente: «Debería ir a ver a Gide, él es millonario. ¡Vaya broma! Voy a engañar a ese viejo literato».

Narra cómo le puso sitio a Gide, cómo consiguió una cita, cómo fue recibido en una salita desnuda para una conversación parca sobre su tío, cómo fue despedido cortés pero inapelablemente por el puritano inseducible. En nada quedaron sus sueños, en los que «Mi estatura, mis hombros, mi belleza, mis excentricidades, mis frases provocaban su admiración. Gide estaba encantado conmigo, le había conquistado por el lado agradable. Salíamos hacia Argelia -rehacía el viaje de Biskra y me disponía a arrastrarle hasta las costas de Somalia. Pronto tenía una cabeza dorada, pues siempre me he avergonzado un poco de ser blanco. Y Gide pagaba los vagones de primera clase, las nobles monturas, los grandes hoteles, los amores… Gide pagaba siempre: y me atrevo a esperar que no me pondrá una demanda de indemnización e interés si le confieso que en las malsanas desvergüenzas de mi imaginación galopante había llegado a vender su sólida granja de Normandía para satisfacer mis últimos caprichos de niño moderno».

Cravan publicó en una revista insignificante este relato hacia 1915, y como buen francés zafado se vino a morir a México. Un cuarto de siglo más tarde Breton dio maliciosa notoriedad a este texto que, primero, fue leído como una burla al anticuado y estorboso inmoralista, que cometió el pecado de no dejarse engañar por un bobote; bien leído, resulta más bien una autoparodia de la propia mentalidad surrealista. El que iba por lana se quedó con un palmo de narices.

Gide atacó la insolencia de los bravucones surrealistas a su modo. En su Diario, el 1 de septiembre de 1931.

Los surrealistas preparan un número antirreligioso sensacional, me dice H. (Pierre Herbart). Me cuenta con entusiasmo la valentía de B. (Breton), quien en el metro, cuando ve a un cura, se aprieta contra él y al cabo de unos instantes, en voz muy alta le increpa:

-¿Quiere usted dejar de manosearme? ¡Asqueroso! ¡Puerco! Y pensar que se pone a los niños en manos de individuos así…

H. dice que esto es «admirable». Yo no puedo ver la valentía en el aplastamiento de un ser que no puede defenderse y aplaudo la observación de Pierre Levesque:

-Por antimilitarista que sea, B. no se atrevería nunca a comportarse así con un oficial, pues sabe que recibiría una bofetada.

FUENTES: André Breton: Antología del humor negro, Barcelona, Anagrama, 1994. André Gide: Diario, Buenos Aires, Losada, 1963 André Gide: Journal, París, La Pléiade, 1951 y 1954, 2t. Marie Théo van Rysselberghe: Les Cahiels de la Petite Dame, Notes pour l’Histoire Authentique d’ Andre Gide, París, Gallimard. 1973‑1977. 4 t.

Otra odisea espacial

Mauricio Montiel Figueiras. Escritor. Su libro más reciente es Insomnios del otro lado.

En 1902 Georges Méliès, suerte de Houdini del cinematógrafo, profetizó la histórica caminata de Neil Armstrong en la periferia del Mar de la Tranquilidad apelando a la magia de Julio Verne, ese otro gran visionario. Si Méliès hubiera intuido entonces la existencia omnívora del fenómeno que décadas después los astrónomos llamarían «hoyo negro», tal vez habría cambiado la ya mítica sonrisa de su luna de cartón por una mueca de espanto; tal vez, incluso, su Voyage dans la lune habría abandonado el tono festivo, diríase de galáctico carnaval, para hundirse en una atmósfera de extrañamiento. Debieron pasar sesenta y dos años para que otra mancuerna de visionarios, Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke, concediera a uno de los más inquietantes hallazgos astronómicos una dimensión metafísica; durante el movimiento final de esa sinfonía titulada 2001: A Spaee Odyssey el astronauta Dave Bowman (Keir Dullea), luego de vencer al primer psicópata electrónico de la pantalla (HAL 9000) en una silenciosa guerra de nervios, deja la nave nodriza y se lanza al vacío para examinar el monolito suspendido en las inmediaciones de Júpiter, gemelo del localizado cerca de una estación lunar y del adorado por nuestros ancestros prehistóricos en la darwiniana secuencia inicial. Emblema de lo incognoscible, deidad geométrica, hocico cósmico, el monolito se abre hacia adentro conforme Bowman se aproxima; los ojos desorbitados del astronauta serán la única referencia lógica en ese viaje a las entrañas de la Nada -¿del Espacio. del Tiempo?- durante el cual, como en un milenario proceso de digestión, veremos nacer y morir soles, cuasares, constelaciones, mundos enteros. Al término de su periplo, Bowman -aún dentro de su cápsula- se encontrará en un útero disfrazado de habitación donde envejecerá y fallecerá rápidamente para resucitar, al cabo de unos minutos, convertido en feto universal. Con toda su carga simbólica, estas imágenes bien pueden servir para ilustrar el enigma de los hoyos negros: poderosas estrellas que en su agonía, debido a la enorme concentración de masa, imploran en vez de hacer explosión, volviéndose auténticas grietas espaciales, simas que para saciar su apetito devoran incluso la luz. Pero ¿qué es en realidad un hoyo negro? La respuesta, evidentemente. pertenece sólo al campo de la conjetura, de la más desbordada imaginación; para Kubrick y Clarke se trata de un estado límbico -cuasi divino- en el que infancia, madurez y vejez se funden como en el clásico acertijo de la Esfinge. Para Mauricio Molina, aficionado a las tramas celestes desde su Tiempo lunar (1992), es la representación más fiel de la ubicuidad literaria: puede detectarse lo mismo en el Dublín de Joyce -«centro mítico de la literatura contemporánea»- que en la Praga de Kafka -a partir de quien ‘lo humano se ha vuelto […] una huella. K, una letra anónima, apenas la mitad de una equis»-; lo mismo en el Aleph de Borges -cuyo espacio «es un orden cerrado en el que […] los mapas de la ciudad son signos en un enorme libro»- que en la Comala de Rulfo -esa necrópolis a donde «vamos todos los que hemos sido expulsados de este mundo»-; lo mismo en La invención de Morel de Bioy Casares que en Rayuela de Cortázar, en Proust y sus melancólicas magdalenas, en Benjamin y su flânerie baudelaireana, en «la sombra insondable» de Peter Schlemihl -protagonista de la fábula de von Chamisso, ese «relato lunático y lunar» según Antonio Tabucchi- o en el espejo de Hipólito que sirve «para que otros […] miren desde fuera» a su dueño, el ciego que sólo cuenta con un piano de burdel para declarar su amor por Santa, la perenne prostituta de Gamboa. La literatura, la buena literatura -la única capaz de soportar los embates temporales, la única que implora- deviene, en Años luz, idóneo hoyo negro: nada, nadie logra escapar a su terrible influjo.

Con Tiempo lunal, Molina había inaugurado una veta insólita dentro de nuestra narrativa al seguir los pasos del binomio Ridley Scott‑Philip K. Dick en Blade Runnel y obtener, contra el telón de fondo de una lluviosa y apocalíptica Ciudad de México, una afortunada mezcla de ciencia ficción y novela policiaca bajo la tutela del Calvino de Las ciudades invisibles. Ahora, con Años luz -su primera entrega como ensayista-, Molina consigue ubicarse como uno de los cultivadores más certeros de ese género que Sergio González Rodríguez ha llamado «ensayo volátil»: textos centrífugos, diríanse aéreos, que gozan con la hibridación de materiales ensayísticos y narrativos y concentran su masa temática en unas cuantas páginas; veintiséis textos, sí, escritos desde un hoyo negro, a través de los cuales Molina, leal a sus obsesiones, cumple con las propuestas calvinianas para el próximo milenio: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad. Dividido en cuatro apartados («La retirada de lo real», «Tres ensayos», «Lo fantástico y sus alrededores» y «Variaciones»), Años luz transita por nuestra babélica era intentando descifrar su idioma secreto, rastreando las manos que han contribuido a erigir -con esfuerzos que aún perduran- ese ideograma equivalente a «modernidad». Molina, incondicional de lo fantasmático, toma la escritura como un instrumento mediúmnico que invoca a los autores absolutamente imprescindibles y evita que sus voces se erosionen por efecto de la estática finisecular; a su séance acuden en primer término tres gigantes, tres monolitos parecidos al que custodia la metamorfosis de Bowman en el epílogo de 2001: Joyce, Kaflka y Borges, cada uno abordado -al igual que sus acompañantes- con la claridad que concede la lectura atenta, minuciosa. A partir de ellos. Molina, indiscutible flâneur, nos hace cómplices de su errancia literaria, plena de iluminaciones y convergencias: eI Arthur Gordon Pym de Poe y el Coup de dés de Mallarmé como paradigmas del «deseo de cifrar el mundo con el lenguaje»: la teoría benjaminiana de la pérdida del aura sufrida por el arte y la mecanización desenmascarada por el Ballard de Crash imbricándose para definir nuestra cultura, presidida por una falsa experimentación que recuerda «el gesto último de una actriz muy bella que ya está muerta y no lo sabe»; Invitado a una decapitación de Nabokov, Cámara lúcida de Barthes, Aura de Fuentes y Farabeuf de Elizondo participando en un coloquio espectral en torno a la fotografía, esa manifestación de una ausencia»; Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán y Rafael F. Muñoz estableciendo los arquetipos de una Revolución Mexicana que halla un inmejorable epílogo en «el universo póstumo» de Pedro Páramo; autómatas y vampiros viajando a Ciudad Gótica para enfrentarse cara a cara con sus döppelgangers; Felisberto Hernández, «náufrago de nuestra modernidad fantasma», zarpando hacia ‘la aventura de los signos» en compañía de Las Hortensias. Herederos de una lucidez contemporánea en deuda tanto con Mann y Beckett como con Lyotard y Virilio, los ensayos volátiles de Años luz trazan un vasto mapa intelectual donde temas al parecer disímiles encuentran coordenadas en común; la parte que cierra el volumen, quizá la más entrañable, lo ejemplifica al hacer confluir felizmente la pasión de Artaud por Anaïs Nin con los eclipses, el fetichismo, la escritura de los insectos -en un gran homenaje a Caillois y Sarduy-, las sombras -«el rostro secreto de las cosas»- y el eterno retorno. «Los hechos están cada vez más regidos por la lógica de la pesadilla»: sombrío -por palpable- aserto, pero qué gratificante ver de cuando en cuando en el cielo una estela solitaria en busca de otra lógica, otras atmósferas. A bordo de su nave, Mauricio Molina ha regresado de su odisea por el espacio literario para demostrar que, a fin de cuentas, a los hoyos negros se les puede robar un poco de luz.

«Los ensayos volátiles de Años luz trazan un gasto mapa intelectual donde temas al parecer disimiles encuentran coordenadas en común».

Mauricio Molina

Años luz

UAM. Cultura Universitaria

México, 1995

200 pp.

UNAM:

¿Preparar su abandono

o hacer una reforma?

Ricardo Becerra. Analista político. Es colaborador del semanario etcétera. 

La altísima conflictualidad que la Universidad Nacional padeció y exhibió en 1995 merecía una reflexión como la que propone Rollin Kent: comprensiva y fuera del lugar común, poniendo el acento en la particular vulnerabilidad de su autoridad, y sobre todo, analizando a la UNAM desde fuera, sin esa distorsión inevitable que implica tenerla demasiado cerca y que nos impide reconocerla.

Comparto plenamente uno de los núcleos del diagnóstico: la causa de la aguda conflictualidad de la UNAM es su no‑reforma; se paga así -recurrentemente- el costo político derivado de haber pospuesto por demasiado tiempo ajustes necesarios en el circuito masificado de la UNAM. Por ello la institución parece estar condenada a la escenificación de bloqueos cíclicos, en los cuales el archivo de la reforma se convierte en desenlace típico.

Y sin embargo, a la conciencia de tal situación hay que incorporar dos elementos importantes para entender el año que pasó: 1). La rectoría no tuvo como contrincante a un «movimiento social» (désele la definición que se desee) sino a un aparato de fabricar conflicto muy experimentado y con amplios recursos políticos que incluyen no sólo activistas profesionalizados, sino también la amplificación concertada -en la mismísima Cámara de Diputados- y el pivote de sectores de la prensa enteros, tan influyentes como sesgados. La politización salvaje a la que con razón Kent alude, debe incluir ahora este aparato conflictual (y otras criaturas similares) absolutamente eficaz y novedoso. 2). Es cierto y definitivo el hecho de que la autoridad universitaria se halla en una precaria situación estructural en la que cada paso de reforma le implica un alto costo (lo que explica en parte su conservadurismo), también es cierto que las iniciativas de reforma no parecen venir de ninguna otra parte, que no hay estímulo ni demanda interna para que la administración se enrole en un proyecto significativo de cambio. Otra conclusión que debe incluirse a diez años de que la UNAM se embarcara en este ciclo largo de reformas truncas, es que no existe, en grandes sectores universitarios, la convicción de que es posible cambiar profundamente a la universidad ni la energía para pensar en proyectos de una institución distinta, ni menos la disposición para comprometer el esfuerzo personal en la conformación de una empresa reformadora.

La índole de esta situación, subjetiva pero generalizada, es particularmente clara entre los académicos. Hablar con los profesores de la universidad masificada es recopilar crítica, frustración y hasta indignación por lo que la institución les significa, pero este espíritu difundido y general no se deriva en ningún caso hacia un ánimo colectivo de cambio.1 Ignorar este fenómeno porque partimos de que los problemas centrales son «objetivos» -de organización, de recursos, de políticas- significa dejar de lado la cultura real y actuante de los actores de la vida universitaria, es decir, el modo de ser de quienes definen en última instancia la posibilidad y el carácter de una reforma educativa: los maestros.

El diagnóstico es claro: grandes áreas de la UNAM expresan paradigmáticamente eso que Gilberto Guevara llamó hace mucho tiempo «la crisis de la educación superior»; sobrepobladas, infradotadas, en la práctica ingobernables y con escaso prestigio; por ello mismo reciben poco apoyo del exterior; profesores mal pagados y desmoralizados; estudiantes descontentos, extremadamente reactivos, usados como masa de maniobra, insatisfechos por la educación que reciben y expuestos a un futuro laboral incierto, más un par de sindicatos sin otro proyecto que el de la protección de su propia incompetencia, son el contexto de esa burocracia especializada en la contención y la no reforma. Con crudeza impresionista, tal es el escenario.

Y sin embargo me resulta imposible darle la razón a Gabriel Zaid: esos establecimientos de la UNAM son y pueden seguir siendo decisivos como para resignarnos con su estancamiento: ¿cómo aceptar el evidente rezago de la educación que se imparte en la Escuela Nacional Preparatoria o el inmenso desorden en los Colegios de Ciencias y Humanidades, si allí buscan formación más de 90 mil estudiantes todos los años? En este sentido el asunto no es optativo: se trata de hacer una reforma y no de preparar un abandono, tan costoso económicamente como improbable políticamente. Hay que bajarle a la retórica unamita, hay que insistir en lo que se ha dejado de hacer -a veces irresponsablemente-, hay que aprender a ser más modestos y sensatos, pero no se puede renunciar a la idea de reformar la UNAM porque, sencillamente, y aunque fuera sólo por el número de los implicados, seguirá importando, seguirá gravitando y seguirá costando a la nación.

En este punto, una idea aprendida del propio Rollin vuelve a tomar vigencia: más que pensar en renunciar a la reforma hay que imaginar otros tipos de reforma, o más bien en una «reforma matriz» -organizativa y estructural- que permita que el resto de cambios necesarios tengan lugar. Con la dimensión y el tipo de organización actual, cada intento de cambio se convierte en un enorme esfuerzo institucional y político que debe atender muchas más razones y variables de las que se desprenden del contenido educativo específico de cada reforma (en el extremo, está el aumento de cuotas, intento fallido que tuvo que incorporar a sus cálculos nada menos que ¡las elecciones en Michoacán!, en 1992). Reformar los territorios más degradados de la universidad de masas, tiene como prerrequisito la descentralización efectiva de los establecimientos educativos en subsistemas bien delimitados, cada uno responsable de los recursos que recibe, de lo que enseña, de las oportunidades que abre y de los requisitos que exige; políticamente se trata que cada conflicto local tome su dimensión verdadera y ya no posea ese potencial de propagación y amplificación que hoy exhibe. La obsesión de Kent por la auténtica descentralización del poder y la administración universitaria,2 parece ser el tema clave de la UNAM y de su reforma a largo plazo.

Así, la meta de una reforma universitaria respetable carecería de toda viabilidad si los propios universitarios no asumen como punto de partida la diversidad de la UNAM y la fragilidad de su unidad y su equilibrio. Lo que estudiosos como Olac Fuentes han llamado segmentación, es hoy una realidad apabullante en la UNAM que remite a agudas diferencias de calidad y de modos de socialización. Una pluralidad de formas de vida académica cotidiana, de culturas, expectativas y estilos de relación profundamente separados, sólo pueden reconocerse con desconfianza e interactuar -acaso- cuando un conflicto afecta a toda la institución, es decir, por los peores motivos.

Atenuar esta fragmentación es uno de los temas centrales en la UNAM, pero para ello es necesario reconocer que se requiere de un proceso gradual e inclusivo, sostenido a lo largo del tiempo y mantenido por una intensa labor de comunicación y pedagogía pública de parte de la autoridad (y creo que no la hemos tenido). Comparto otra tesis de Kent: los establecimientos de gran calidad también son afectados (por la «materia prima» que reciben, por la fama pública que generan las otras zonas tan lejanas). Pero por eso es que resulta una mala estrategia aquella que se resigna con la degradación de unos centros mientras otros mantengan su calidad; en el largo plazo la UNAM puede fortalecerse si se eleva en su conjunto, si podemos garantizar que cada uno de sus espacios sea un ámbito en el que es posible enseñar, aprender y trabajar con rigor, de modo exigente y en libertad.

El reto está en encontrar pivotes y formas prácticas para que las fuerzas más sanas de la Universidad Nacional, las que no obstante y todo tienen voluntad de cambio, se asocien en una reforma que recoja sus propuestas. El asunto no es simple dada la diversidad señalada arriba, pero se trata de un cuidadoso trabajo político e intelectual para separar lo que es renovable de lo que no lo es, dentro de cada establecimiento, y para ejecutar cambios modestamente planteados que distingan lo esencial de lo aparente: justamente, es este estilo de hacer una reforma, el que no ha sido probado en la UNAM.

En los últimos años, Kent ha logrado mantener esa «sana distancia» necesaria para entender la UNAM. Su desesperación (también es mía) por los cortísimos avances y por las omisiones inadmisibles (como los buenos acuerdos del Congreso) tienen sobrada justificación. Pero creo que debajo de sus críticas severas hay una solidaridad profunda con el drama de la universidad de masas y ese me parece el elemento irrenunciable. No me parece que pueda ser otra la actitud frente a crisis tan importantes, severas y prolongadas. Como dice Lewis Coser (parafraseando a Baltasar Gracián): «las reformas también dependen de los tiempos, no todas han merecido el que tuvieron, y muchas fueron dignas de mejores contextos. Pero el esfuerzo verdadero, el que se hace con agudeza y profundidad, lleva la ventaja de la consistencia y por tanto de la durabilidad, y si este no es su tiempo, otro lo será».3   

Este texto responde a los planteamientos del artículo «El ‘Tepeyac’ universitario» de Rollin Kent (nexos 218)

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REFERENCIAS

1 La izquierda universitaria creyó ver en la crisis salarial de los académicos el campo fértil de la movilización, pero la realidad se fue por otro lado y lo que ocurrió fue una lenta fuga del personal hacia otros ámbitos laborales, en otras estrategias de diversificación de sus ingresos.

2 Rollin Kent, Modernización conservadora y crisis académica en la UNAM. Nueva Imagen, 1990. Manuel Gil Antón y Rollin Kent, «Descentralizar para integrar». Universidad Futura núm. 4, UAM. Azcapotzalco, febrero de 1990.

3 Lewis Coser, Hombres de ideas. Fondo de Cultura Económica, México, 1973.

Subrayados

Reproducimos aquí algunos de los subrayados de la lectura que Luis Miguel Aguilar hizo al libro: Nadie es perfecto de Billy Wilder (con Hellmuth Karasek). Grijalbo, Barcelona, 1995, 465 pp.

* WILDER ME CONTO UNO DE LOS «goldwyinismos» de Samuel Goldwyn. Un día Goldwyn asistió a la representación de Hamlet con Lawrence Olivier.

-Anoche vi Hamlet -contó al día siguiente. Y añadió-: Está lleno de citas.

* [AQUELLA VEZ] BILLY TENIA QUE IR AL MEDICO.

-¿Se trata de algo serio? -le pregunté.

Y Billy me contestó con un chiste:

-Es invierno. A un oficial austríaco lo trasladan a la guarnición de una ciudad de Galitzia cubierta de nieve y allí se enamora de la hija del alcalde que se llama Annemarie. Una noche el amor no lo deja dormir, se viste, se pone los zapatos, va a casa del alcalde y, para demostrar a su adorada su devoción, orina en la nieve las siguientes palabras: «¡Te quiero, Annemarie!». Es decir, él quería escribir esto en la nieve, pero cuando había escrito: «¡Te quiero. Anne… se le termina el pipí. Corre al cuartel, despierta a uno de sus muchachos bohemios, le ordena que se vista y que lo acompañe. Se apresura a volver a casa del alcalde, allí le ordena al muchacho que se desabroche la bragueta y le ordena: «Aquí, ahora haz pipí y escribe Marie en la nieve». El muchacho se queda rígido, el órgano necesario en la mano, pero no pasa nada. Finalmente el teniente le grita: «Qué pasa Prohaska, ¿no sabes orinar?». «Orinar sí, señor teniente, pero no sé escribir».

Billy Wilder me explicó cómo había cambiado para él la perspectiva del chiste, con el paso del tiempo. Tenía que ir al médico a un urólogo, y eso le hizo recordar el viejo chiste. A él le pasaba exactamente lo contrario. Escribir, sí podía…

* GALITZIA (LA PROVINCIA DEL IMPERIO austrohúngaro en que nacieron los padres y los abuelos de Wilder) se convirtió en escenario de la guerra, de modo que el lugar, de pronto, fue invadido tanto por soldados rusos como por soldados austríacos. Sobre todo se luchó fieramente por la ciudad de Przemysl, porque tenía una extraordinaria importancia estratégica. Una vez la conquistaban los rusos después la reconquistaban los austríacos.

Y siempre, cuando la ciudad volvía a caer en manos de los austríacos los periódicos de Viena sacaban una edición extra. Una vez -la ciudad estaba sumida de nuevo en una terrible batalla- un periodista se precipitó jadeante en las salas de redacción del VViener Tagblatt, el más importante diario matutino de Viena, y gritó:

-Przemysl ha caído en manos de los periódicos de la tarde.

-Cada año (le cuenta Wilder a Karasek), nosotros, los reporteros jóvenes del periódico Stunde (uno de los diarios vieneses más atacados por Karl Kraus en la época), para la edición de Navidad teníamos que hacer una encuesta a personajes famosos. Un año la pregunta fue qué pensaban de Mussolini y de la nueva forma de Estado, que recibía el nombre de fascismo. A mí me mandaron encuestar a Alfred Adler, Arthur Schnitzler, Richard Strauss y también a Sigmund Freud. Llegué a casa de Freud, en la Bergasse. Le entregué mi tarjeta a la sirvienta y esperé. Por la rendija de la puerta de la sala de espera, vi su consultorio, con el diván: era mucho más pequeño de lo que yo me había imaginado. Transcurridos unos minutos se abrió la puerta del comedor y tuve ante mí a Freud, que también era más bajito de lo que yo creía. Tenía la servilleta metida en el cuello de la camisa y en la mano sostenía mi tarjeta.

-¿Es usted periodista?

-Así es, profesor.

Me corrió con un gesto de su mano:

-Allí está la puerta.

* «ME GUSTO MAS EL LlBRO»: BILLY WILDER, cuya madre fue asesinada en Auschwitz, al dar su opinión sobre la película documental Mein Kampf (Mi Lucha) de Erwin Leiser, filmada en 1961.

* SOBRE LAS DIFERENCIAS DE BILLY WILDER con Raymond Chandler cuando Wilder hizo con él el guión para la película que el mismo Wilder dirigió, Douhle Indemnity (Pacto de sangre, 1944), basada en la novela de Cain: [Chandler] tenía un enorme talento. Pero ese talento era descriptivo y los textos descriptivos no se pueden fotografiar. Chandler tiene, por ejemplo, una frase sobre un hombre muy viejo y rico que siempre tiene frío y que está siempre sentado, envuelto en una manta, en un invernadero de plantas tropicales. Está sentado allí, entre orquídeas y plantas carnívoras, le crecen pelos en las orejas ‘lo suficientemente largos como para atrapar a una polilla’. Es una frase fantástica pero lamentablemente no puede filmarse».

* ENTONCES LLEGO LA ENTREGA DE LOS OSCARES en 1959, que vi por televisión con unos amigos en casa del director Charles Vidor. Aunque (Una Eva y dos Adanes) estaba nominada, yo sabía que no teníamos ninguna oportunidad. Ben Hur no tenía competencia. Cosechó diez Oscares, desde el sonido y los efectos especiales hasta el actor principal, Charlton Heston, que recibió un Oscar por su encanto de cascanueces. Y eso, a pesar de que Jack Lemmon también estaba nominado. Quizás Lemmon habría ganado si lo hubiesen nominado como actriz principal. Cada vez que Ben Hur era premiada de nuevo, yo me tomaba un martini doble. Diez veces. Cuando finalmente Ben Hur fue elegida también la mejor película, caí en redondo y tuvieron que sacarme en brazos. Como a un romano del Coliseo. ¿Envidia? Nobody is perfect.

* EL 18 DE ENERO DE 1946 THOMAS MANN anotaba en su diario: «Por la noche a Westwood, al cine: Días sin huella, basada en Jackson. Película bien hecha e impresionante en su representación de la adicción».

Wilder, el director de la película The Lost Weekend (Días sin huella, 1945): «Compré el libro en un kiosko, en un transbordo en tren de Los Angeles a Nueva York, y me lo leí ‘de un trago’ en el camino. El título me atrajo… Más tarde me enteré de que el título que me había llamado tanto la atención era fruto de un error tipográfico. Jackson quiso escribir The Last Weekend y se equivocó de tecla; naturalmente el título mecanografiado The Lost Weekend le gustó más a la editorial. A mí también».

* LOS PRIMEROS ESPECTADORES QUE VIERON Días sin huella en un preestreno, formularon así su opinión: «Una buena película, sólo habría que eliminar lo referente a la bebida». La mayoría de los juicios eran demoledores: la película era repugnante, repulsiva, aburrida. Después de la proyección, un espectador comentó que había decidido dejar de. Cuando le preguntaron si quería dejar de beber, contestó:

-No, no he renunciado a beber, he renunciado a ir al cine.

En la entrega de los Oscares, la película recibió cuatro: a la mejor película, para su director y por el guión. Ray Milland, que sólo había aceptado el papel de un alcohólico después de grandes dudas, porque temía hacer el ridículo y estropear su futura carrera, recibió el Oscar al mejor actor, por primera y única vez en su vida.

* TODAVIA HOY ME ACUERDO VIVAMENTE DE una escena en la que Marilyn Monroe (en The Seven Year Itch, La comezón del séptimo año, 1955) baja las escaleras en camisón, para llegar al piso con clima de Erwell, que está durmiendo. Ella llevaba un camisón y yo creí ver el brasier debajo.

-Nadie usa brasier debajo del camisón -le dije-, le mirarán los pechos sólo porque usted los realza con un brasier.

-¿Qué brasier? -me preguntó. Cogió mi mano y la puso sobre su pecho. No llevaba brasier. Sus pechos eran un milagro de forma, firmeza y una pública resistencia contra la fuerza de la gravedad.

* CUANDO EN UNA VISITA LE PREGUNTE A Wilder sobre algunos detalles de sus últimos días en Berlín, en el año 1933, me sugirió que podríamos poner título a cada uno de los capítulos de su vida, siguiendo el estilo de las novelas victorianas.

-¿Por ejemplo? -le pregunté.

-De cómo Billy Wilder, el año 1933, estuvo a punto de matar a Hitler.

Lo miré, y mi rostro debió ser una pura interrogación.

-¿Tú estuviste a punto…? ¿…a Hitler?

-¡Qué quieres que te diga! -dijo-. Podría haberlo hecho. Entre el 30 de enero, el día de la subida al poder, y el incendio del Reichstag, cuando abandoné Alemania a toda prisa, digamos, a las doce y cinco. Yo estaba en un palco del Ufa‑Palast, y en el palco de al lado se encontraba Hitler. Pude pegarle un tiro.

-¿En el palco de al lado? ¿Te acuerdas todavía del título de la película?

-No -contestó Billy Wilder-. Pero quizá sería mejor decir que Hitler estaba sentado tres o cuatro palcos más allá: esto parece más verosímil. Y probablemente yo nada más estaba en galería.

-En cualquier caso, no lo mataste dije.

-Ni siquiera estuve a punto -dijo Wilder-. Me faltaron dos cosas: valor y una pistola.

* «NINGUNA BUENA OBRA QUEDA SIN CASTlGO»: Billy Wilder.

* DE LAS REACCIONES QUE DESENCADENO LA PELICULA Sunset Boulevard (EI ocaso de una caída, 1980) de Billy Wilder, hay una anécdota significativa. Después del estreno, al salir del cine, Louis B. Mayer, en aquel entonces el Gran Mogol de Hollywood, se abalanzó completamente enfurecido sobre Wilder:

-Hljo de puta, ha arrastrado por el lodo a la industria que lo ha convertido a usted en alguien y que le ha dado de comer. Deberíamos untarle alquitrán y emplumarlo y correrlo de la ciudad.

La respuesta de Wilder fue muy breve:

-Fuck you!

* DESPUES DE LA GUERRA, WILDER REGRESO a Alemania como consejero de cultura del ejército norteamericano. «Puesto que yo era uno de los pocos que sabía alemán, un día el oficial responsable de los asuntos relacionados con el teatro fue a verme, me mostró una solicitud y me pidió ayuda. La solicitud estaba escrita en alemán y procedía de Oberammergau. Preguntaban si se autorizaría que en 1947 volviera a representarse la Pasión de Oberammergau. Bastó investigar sólo un poco para que una cosa quedara muy clara: la compañía, ya fueran romanos, judíos o apóstoles se componía casi exclusivamente de nazis y el peor de todos era aquel que debía representar a Jesús: Anton Lang había estado en las SS. ¿Debía permitírsele representar a Jesús?

«Dicté a mis colegas la siguiente respuesta: ‘Podrán representarla con una sola condición: que utilicen clavos de verdad’ «.

* LA LEGION OF DECENCY CONDENO BESAme, tonto (1964) de Wilder. Era una película clasificación «A» a la que la censura le puso «C». Wilder todavía hoy se enfurece cuando se acuerda de esta condena. Desde los púlpitos se lanzaban improperios contra la película. Pero a Wilder le irrita sobre todo que la censura católica no mantuvo su promesa. Primero antes de que la película se proyectara en los cines, le prometieron a Wilder que si eliminaba el adulterio del final, si cambiaba esa escena, la película recibiría una «B». Wilder lo cambió, cortó los treinta segundos en los cuales Dean Martin, en el remolque de Polly the pistol (el apodo de la prostituta que Kim Novak interpretaba) se inclina sobre la esposa. La «C» se mantuvo. Y sin embargo Wilder había tomado el tema para su película de la católica Italia, aunque del frívolo siglo XVIlI. Era la comedia L’ ora della fantasia de Anna Bonacci.

* TENGO DIEZ MANDAMIENTOS. Los NUEVE primeros dicen: No aburrirás. El décimo dice: tendrás derecho al montaje final.

La noche sin alas

David Olguín. Dramaturgo. Acaba de estar en escena su obra más reciente: Dolores o la felicidad.

«¿Cómo le llamaría usted a una noche así?», se pregunta un personaje de La rueca v el paraíso. «Acida», se responde con la aspereza que comparten las criaturas de esta primera novela de Solana. Entre el tiempo y la eternidad, con los sueños a flor de piel y la nostalgia de integrar su yo fracturado en un mundo en plena dispersión, seguimos un puñado de destinos dispares: Cartola despierta un buen día con la novedad de que ha perdido tres años de su vida; Gardea, un ángel caído, un exaltado a las orillas de la tierra, encuentra en Adela un paraíso para comprobar que los paraísos fueron creados para perderse; Vasconcelos y Carmen Berriozábal, demiurgos, oficiantes de una noche eterna que también está sometida a los efectos del tiempo, predican y viven en el extremo de la tensión, en la cresta de la ola que anuncia el desastre.

Solana entrama de manera simultánea. El tiempo del corazón se contrapuntea con el de los relojes. El pasado corre paralelo con el presente para refrendar la atemporalidad de la conciencia. Al juntar extremos en situaciones límite, las contradicciones no son excluyentes: el sol sale en la noche de esa ciudad irreal, pero no amanece. El sol está decapitado.

La rueca y el paraíso es una historia sobre «el amor y su asesinato», «el santo y su delator»; una búsqueda en los límites del cuerpo y en las fracturas de la conciencia. Solana ha reflexionado en otros lugares sobre la vieja pregunta de la literatura centroeuropea: «¿cuántos eres: uno o muchos?». Aquí las sombras, los alter‑ego no salen del cuerpo, pero las voces, la contradicción interna son un espejo de la dispersión del mundo. Los otros atormentan, agobian, confunden: «Todos somos uno, ése es el primer principio. O todos somos nadie. No hay distancia entre nosotros y los demás. Lo demás es todo, creemos que es lo de afuera pero el verdadero secreto es que resulta igual a lo que hay adentro de cada uno: piedra, estrella, vegetal, persona o multitud. ¿Por qué utilizan los hombres los espejos, por qué la pulsión avasallante de verificar cómo son los otros?».

Entre el yo y los otros está el mundo y su representación (no en vano la mayoría de los personajes de Solana trabajan o tienen que ver con la empresa Representaciones Fantásticas Ruano). El mundo de esos personajes es el de la dispersión, la aldea global en el momento del derrumbe. La estructura misma del texto y su corte áspero se vuelven una metáfora epistemológica, una representación del fragmentado archipiélago de destinos y paisajes que flotan en la noche de la modernidad.

El tiempo -la rueca- y el paraíso -la eternidad- se funden en un mundo que se ha vuelto inasible e incomprensible. La urdimbre que describe Solana no es, «tal cual» -empresa por demás imposible-, la de la vida. Su selección de realidad tiene un lente que levemente la distorsiona. Alemania y su expresionismo, Centroeuropa y su absurdo atroz, Rilke y Nietzsche -que es citado una y otra vez en un memorable diálogo de cantina- recorren sus páginas con la intensidad que tienen los demonios familiares. Solana construye con la realidad, pero la suma nos acerca a la metáfora, una visión de los tiempos modernos: ¿la tradición?, descoyuntada; ¿el conocimiento?, una noche oscura que ya no es del alma sino que se ha extendido para nublar todos los confines; ¿la historia?, una pesadilla de la que no podemos despertar; ¿el mundo?, los restos de un espejo roto que nos refleja ambivalentes, múltiples, distorsionados. Cerradas las opciones del pasado y cercados de caminos que van a ninguna parte, caminar y abrirse paso se vuelve «un ejercicio del alma».

En La rueca y el paraíso algunos se derrumban al llevar sus preguntas y sus deseos a las últimas consecuencias; otros siguen abriéndose paso como si fueran una especie de A. J. Pruffrock en nuestra Ciudad irreal, otro fragmento de la gran Tierra baldía. Gardea, en sueños, se subió a un tren donde el maquinista anunció: «Señores, estamos en vía muerta. Aquí nos quedaremos quién sabe hasta cuándo». Cartola, el que perdió tres años de su vida, se baja, por el contrario, de un vagón, y se pierde en el centro de la Ciudad irreal, acaso a sabiendas de QUE YA ES HORA y de que todos se dan las buenas noches pues tienen PRISA POR FAVOR. Entre el tiempo y la eternidad, las preguntas de Elioí convocan la intertextualidad que resuma en las páginas de Solana:

(Qué haré ahora? ¿Qué?

Tal como estoy saldré a la calle, de prisa, caminaré

Así, con mis cabellos sueltos. ¿Qué haremos,

mañana?

¿Qué haremos siempre?

Agua caliente a las diez.

Cartola echa a andar y acepta «que en la alta fantasía llueve» y pregunta una vez más: (Qué hora es?».

La primera novela de Fernando Solana explora las fracturas de la conciencia e intenta responder a esa pregunta que nos asola. ¿quién soy? ¿Nada o todo?

Fernando Solana Olivares

La rueca y el paraíso

CNCA / Ediciones El Equilibrista

240 pp.

El Breton de Bioy

Octavio Paz me llevó al Café de la Place Blanche, a conocer a André Breton, con la esperanza de convertirme en un admirador del maestro. Breton, con una muchacha indochina a su lado, estaba rodeado de numerosos discípulos, ataviados de poetas, o siquiera en uniforme de bohemios. Era un hombre fornido, más bien bajo, autoritario, como un oficial o un suboficial de algún ejército. Me dijo que había descubierto una escritura por jeroglíficos que le permitiría cubrir las calles de París de mensajes subversivos fácilmente comprensibles para todo el mundo, pero que por ser jeroglíficos, no previstos por la policía, no podrían ser prohibidos. Le pedí que escribiera algunos y pretextó no recordarlos debidamente y le dijo a la muchacha indochina: «Tráeme los papeles de los jeroglíficos. Están en casa, sobre el piano, debajo de la calavera». La muchacha fue, no los encontró y volvió. La muchacha debía de ser lo mejor que tenía Breton.

Tomado de:

Adolfo Bioy Casares, Memorias.

Tusquets.

pp. 130‑131

¿Música decadente?

Mediando un trabajo verdaderamente portentoso de investigación musical, que tuvo que rascar hasta el fondo de los archivos hitlerianos, Decca Records lanza por primera vez, y de forma comercial, un extenso catálogo de Entartete Musik (Música degenerada) que los nazis prohibieron y persiguieron por tratarse de obras cuyas características contradecían los ideales planteados por su régimen, y porque sus autores -adivinaron: negros, judíos, comunistas- no simpatizaron con ellos. Toda una labor de recuperación que busca recobrar el trozo de historia musical que los nazis borronearon. Para el productor de la ambiciosa colección, Michael Haas, este rescate tiene como objetivo »divulgar importantes obras perdidas, destruidas o prohibidas por el Tercer Reich», buscando revalorizar, a lo largo de 14 compactos que saldrán cada mes, óperas, operetas, música sinfónica y de cámara, así como de cabaret y jazz. Sorprende la magnitud del ansia represiva: Stravinsky, Schoenberg, e inclusive Mendelsshon, Haendel y ciertos conciertos de Mozart y Beethoven. Algunos que vivieron físicamente el cambio de los claveles de concierto de sus solapas por tenebrosas estrellas amarillas: Ernst Krenek, Victor Ullman y Hans Eisler. Una larga lista de más de 200 músicos -algunos muertos, otros perdidos en el anonimato, unos pocos vivos para atestiguar su victoria artística- que los nazis se llevaron entre las botas. Algunos sustitutos se hicieron famosos (Von Karajan, Karl Bohm), pero ésa es otra historia.

Varios

Entartete Musik

Polygram

La agonía alemana

Luego del ascenso de Hitler al poder, Kurt Weill (1900-50) se traslada a los Estados Unidos, donde inaugura su segunda carrera como compositor de una serie de éxitos en Broadway: Johnny Johnson, Knickerhocker Holiday, Lady in Jhe Dark, One Touch of Venus y Street Scene, entre ellos, así como Down in the Valley, ópera para un público joven basada en la canción folk. Su fama, sin embargo, se vio ligada internacionalmente a Die Dreigroschenoper (La ópera de los tres centavos), que junto a Brecht adaptó de Beggar’s Opera de John Gay (1685‑1732).

Alumno de Busoni, Weill sucumbió al hechizo del jazz, e introdujo a su obra la rítmica inquieta del negro. Reivindicó una nueva personalidad para la música alemana, con una fórmula vigorosa de expresión, caracterizada por lo punzante de la entonación vocal, textos deliberadamente agresivos de gran transparencia sardónica y exagerada crítica social, presentes en La ópera de los tres centavos (1928). Dicha pieza teatral retrató la esencia de la agonía alemana durante los estertores de la Primera Guerra mundial, en su lastimoso colapso espiritual.

Con voz de sorprendente pureza expresiva e idiomática, Ute Lemper combina una sensualidad helada con tintes a veces aniñados (estilo de la nostálgica Lotte Lenya, esposa de Weill). transitando la versátil galería inventiva de uno de los más refinados artistas del cabaret berlinés de los años treinta.

Ute Lempel sings Kurt Weill

London

Mitos, modas, mitotes

Juan José Reves. Escritor. Es Jefe de Redacción del suplemento El Semanario del periódico Novedades.

Vivimos alrededor, en medio, a partir de varios mitos, a la sombra y la luz de «un relato de algo fabuloso que se supone acontecido en un pasado remoto y casi siempre impreciso» (al decir de José Ferrater Mora). Toda sociedad hace correr y descansar sus proyectos y sus inercias en mitologías más o menos aceptadas o asumidas, incluso muchas veces intencionadamente recicladas. En un primer sentido el mito es asunto de la entraña histórica: un hecho, fundamental, que ocurriría sin cesar para darle sentido al tiempo y a los hechos. Aquel sentido es primariamente ideológico, implica y da una actitud interpretativa, dócil a los argumentos del poder, inclemente ante todo afán disruptor. La novedad consiste ahora en que lo «remoto» ha llegado a tener una suerte de reciclada actualidad. La fuente de los mitos, y por tanto su sentido, está una y otra vez frente a nosotros. Ha llegado el tiempo en que nuestros proyectos, balanceados en la intrincada hamaca mítica, brincan en el espejo y lanzan, o quieren lanzar, la pregunta por el sentido. Ha llegado el momento de la crítica, de descreer incluso de la acera que está delante del zaguán, de dudar de nuestro andamiaje ideológico. He aquí el acierto central de Enrique Florescano, coordinador de este libro fatalmente variopinto: la confianza en la duda, la certeza de que la mitología nacional está en trance de cambio, o, como todo y como ahora se dice, está en crisis. Y la crisis, lo sabemos, entraña crítica.

Hay desde luego mitos fundacionales, como el de Guadalupe, que ha sido analizado ampliamente (entre otros por Florescano). Hay mitos que no han terminado de eclipsarse, como el de la bondad de la vida y las costumbres provincianas frente a la perdición que sin falta augura la vida citadina; el de «Como México no hay dos», con todas sus variantes, refrendado por ejemplo, y siempre que se pueda, en la adoración programada por un equipo de futbol, motejado nada menos que como El Rebaño Sagrado, y cuya virtud mayor es no contratar a jugadores extranjeros: el de las madres, espejos vivientes de la virtud y una redituable abnegación… Uno de los mayores es una suerte de redundancia, y consiste en repetir que hay que ser fieles a nuestras tradiciones, o sea defender las posadas o los tamales del dos de febrero.

Entre las definiciones de «mito» que hallo en el libro que coordinó Enrique Florescano no encuentro una primera diferenciación (el asunto es arduo, como hace ver Luis González de Alba): qué es un mito y qué es una moda. A primera vista todo sería muy claro, pero no es así. Una muchacha de la clase media ilustrada, chilanga de los setenta, podría relatarnos su consistencia: «me enamoré de Paul McCartney, me hice vegetariana, practiqué yoga, fumé mota, conocí mi destino astrológico, aprendí a exigir lo imposible, mi sexto novio tocaba la quena, preferí a Chava Flores sobre Facundo Cabral, dejé de ir a las marchas cuando me mandaron a Canadá, ¿verdá que Sabines es mejor que el reaccionario de Octavio Paz?, aborrezco a Cantinflas y adoro a Tin Tán, mi octavo novio no era un macho, no; era un misógino de la chingada».

Lo cierto es que a estas alturas poco podrá hablarse de suscripciones mayoritarias, que, con las excepciones fundacionales, queda vivo un espectro cambiante, indeciso en la frontera del mito y la moda. Incluso hay mitos, como el del poder omnímodo del Presidente o el de la elección del Tapado, que no apuntan más que a su final declinación; lo mismo ocurre con el Político, con el invencible Partidazo y con una figura ya casi olvidada en nuestros tiempos y que resulta central en nuestro imaginario: la del burócrata militante en las nóminas de toda laya. Hernández Campos, Woldenberg, Monsiváis, Lorenzo Meyer pasan revista a estos ocasos.

Cambia el escenario histórico / político y con él sus personajes y sus reinos. Metidos en el poder sin haber trepado y descendido de caballo alguno, los tecnócratas confían aún en la magia de la mitificación automática. Un regente de la ciudad toma cursos rápidos de dicción: un presidente prescinde de la idea de «pueblo» pero se acoge al ademán hueco de «compatriotas», mientras su secretario de Hacienda descubre que sus críticos mienten por sistema al fabricar «mitos geniales», como el del desempleo. El poder va dejando abiertos sus lugares, creando vacíos, personajes fatalmente arrojados a lo que comenzamos a conocer como «transición». De este asunto se habla varias veces en el libro de Enrique Florescano, en textos mitologizadores como los de Armando Bartra y Carlos Montemayor. Por esta línea anda también el generalmente preciso Arnaldo Córdova, que apunta: «Nuestra mitológica Revolución Mexicana, a la que tantas veces hemos liquidado, está aquí de nuevo», refiriéndose a la sublevación en Chiapas, cuyos nexos con las búsquedas revolucionarias no han podido ser esclarecidos por su líder.

En esta misma línea valdrá detenerse en dos textos, uno sobre la izquierda y otro acerca de la derecha en México. El primero es de Luis González de Alba, un personaje que desde hace un buen tiempo a esta parte ha venido desmitificando tramos enteros de la ideología supuestamente disruptiva. A González de Alba no le falta nada: sentido del humor, conoce al lobo en sus entrañas, posee don exegético, aborrece la mala fe y, si hubiera dudas, mantiene una incuestionable actitud de izquierda. No ha transigido con quien ha identificado a los «hombres verdaderos» desde un embozado etnocentrismo, descree de las señoras que suscitan el rencor de sus empleadas al tiempo en que despliegan su entusiasmo por los indios, subraya, al paso, un hecho: que el partido de la izquierda mexicana lanzara como candidata a senadora, en Chiapas, a la actriz y cantante bravía Irma Serrano… El otro texto, el que se refiere a la derecha, está escrito también con inteligencia y rigor. Se debe a Soledad Loaeza. Su asunto es uno de los centrales de la historia mexicana de los años recientes: ¿dónde están ahora la derecha y la izquierda nacionales? En un país en el que hasta Juan Sánchez Navarro niega su filiación derechista, habrá de veras que preguntar por la fuerza de los mitos. Soledad Loaeza lo hace muy bien, en un texto que deberá ser germen de uno más amplio. Concluye con una afirmación crepuscular: la Revolución no está más en el poder. Reconocerlo así tendrá que significar el comienzo de una época nueva…

Y están los mitos de carne y hueso, o que alguna vez lo fueron. Luis Miguel Aguilar se asoma al escenario de los ídolos, esos que «ocurren siempre en el pasado», y recuerda la pregunta de Simon y Garfunkel: «¿A dónde te fuiste, Joe Di Maggio?» El Yankee Clipper debutó precisamente la última temporada de Lou Gerigh, siguió con toda puntualidad la línea de una tradición poderosísima, que legaría, también con exactitud, a Mickey Mantle. Dice Luis Miguel Aguilar, pensando en el caso mexicano: «Un ídolo es una burbuja de pasado puro». Es Pedro Infante, superior a Jorge Negrete; es el Toluco López, mejor que José Medel; es Chava Reyes, habilidoso pero no inteligente, más querido que Héctor Hernández…

Sensatez, ánimo crítico, imaginación, humor se lían en textos de Sheridan, Serna, Cristina Pacheco, Trejo Delarbre, Juan Villoro, sobre personajes presentes y míticos.

El acierto central de este texto -como apunta Juan José Reyes- radica en «la confianza en la duda, la certeza de que la mitología nacional está en trance de cambios».

Enrique Florescano (coordinador)

Mitos mexicanos

Aguilar / Nuevo Siglo

México. 1995.

Visita a Paul Morand

Al subir la colina, se mira hacia lo lejos el paisaje normando, pero no puede verse nada del castillo. Sin embargo, debe estar allá arriba el castillo en el que vive el señor Paul Morand, cuando no barrena por el mundo disfrazado de la Virgen de los Durmientes. No hay castillo.

El coche rueda lentamente hacia arriba las largas serpentinas -no hay castillo. Ya estamos arriba – no hay castillo. Luego se atraviesa una oscura arboleda, después un rincón verde claro con arbustos -y ahí está, en el vasto silencio, la pequeña construcción castelar con la fachada en el más puro Luis Xlll. Este castillo mira a lo lejos sobre los campos cercanos a Rouen -pero no puede ser visto.

Aquí no hay nadie; sólo un malhumorado perro pequinés tirado perezosamente al sol, mostrando su lengua negra. Miramos los alrededores. El parque no es un «parque» cuidado, como el que ha aparecido en las novelas correspondientes -no está abandonado, pero, en cierta forma, es un parque en vacaciones, uno que descansa en apacible relación con su hermano el bosque. Entramos.

Pasos en el vestíbulo. Batir de puertas: el señor Morand. Buenas tardes.

El señor Morand parece como si tuviera una madre de origen asiático -lo cual seguramente no es cierto, pero el viaje es su segunda madre, la que le ha otorgado ese aire malayo (sólo vista desde atrás, esa cabeza redonda no tiene aspecto asiático). Apretón de manos y gestos invitantes, y en el pequeño salón, por el que vagan velozmente nuestros ojos, estamos ya en medio de la conversación. ¿De qué hablan los poetas?

De acuerdos, naturalmente, y de tiradas, y elevan tan alto las alas de la imaginación, que ni los mismos editores pueden alcanzarlos, y hasta ahí todo está en orden. Este cuento moderno se cuenta en tres escenarios: precisamente en este salón, en un pequeño comedor, en el cuarto de trabajo de Morand.

El salón es un hábil y nervioso bric‑à‑brac con fondo histórico, en el que hay una mesa inglesa de té medio chaparra, y lo que llama inmediatamente la atención es la armonía con la que coinciden todas las épocas. La boiserie, los muebles antiguos y las lámparas nuevas, las viejas ventanas y la luz eléctrica: todas son de un buen establo y conviven como animales pura sangre. El severo trazado de la arquitectura ha sido disuelto en miles de miniaturas juguetonas que, sin embargo, no alteran el tono fundamental. El salón no es un salón; es una sala y es adecuado para este hombre.

El comedor tiene paredes gris claro y puertas cubiertas de seda roja; se trata de un recuerdo del Escorial: como una boca vivamente maquillada, el rojo surge casi dolorosamente de la superficie gris. Una magnífica chimenea adorna el panorama; no se opone a que el té se caliente eléctricamente, mira benévolamente este tiempo, que no es el suyo, pero con el cual se conforma. El comedor no es un comedor, pero es adecuado para Morand.

El cuarto de trabajo es un pequeño camarote. Desde la ventana, el escritor contempla el cielo y la claridad frente a la casa. Aquí predomina una gran tranquilidad. En el cuarto de trabajo hay un par de cojines de cuero y huele a mar. Aquí escribe el errabundo.

El perro pequinés debe decir buenas tardes, lo que hace en un chino igualmente hosco; ha recibido un correctivo por perseguir a las palomas. «¡Maifat‑se la!» le digo con la feliz suposición de que es chino. Morand busca un libro y nuestra mirada cae en el tatuaje de su brazo… El dibujo azul pálido contrasta con el color amarillento de la carne. Hablamos del mundo, afuera y adentro.

¿Los franceses no viajan? La joven generación francesa viaja y Paul Morand es uno de ellos.

Traducción de Javier García-Galiano

Profecías para el año vigente

Profetizad al viento, y sólo al viento, porque sólo el viento escuchará, como dijo Mr. Eliot:

* El Cruz Azul será el campeón de liga después de una deslucida final contra el Monterrey.

* El Irapuato, y no el favorito Pachuca, subirá a la primera división.

* Inglaterra ganará la Copa Europea de Naciones.

* Zaguinho será contratado por el Sporting de Gijón de España. El América contratará al nigeriano Okocha. El Guadalajara contratará a Carlos Hermosillo.

* Los Pumas venderán a Braulio Luna, Nieto, Israel López y Claudio Suárez. (La bola de cristal no deja ver a qué equipos.)

* Siguiendo los pasos de los Toros de Celaya, el Toluca hará dos contrataciones españolas: Julio Salinas y Nando.

* Maradona no tendrá problemas con el Boca Juniors ni diferendos con quien sea. (Esta es la profecía más riesgosa.)

* El holandés Culivert, del Ajax, será nombrado el futbolista del año. El Barcelona comprará, al PSV Eindhoven, de Holanda. al jovenzuelo brasileño Ronaldo en siete millones de dólares. Por su parte. el Real Madrid comprará, en 10 millones de dólares, al alemán Jurgen Klinsman.

* Faustino Asprilla será el primer ídolo costeño sudamericano del futbol inglés.

* La selección Sub‑23 de México perderá con un inexplicable 4‑0 ante el equipo de Egipto el partido por el tercer y cuarto lugar, y con ello la medalla de bronce, en la Olimpiada de Atlanta 96.

Un relicario del natural

Antonio Saborit. Escritor. Entre sus libros, Los doblados de Tomochic.

Muchas lagunas voy dejando, adrede, en este Diario que ha sido por tantos años archivo, y hasta relicario a veces, de mis pensamientos y mis actos», escribió el septuagenario Federico Gamboa el 7 de octubre de 1938. Desde los 30 años llevó un registro de cuanto le pareció. No obstante que la salud de nuestro diarista era más frágil que la entereza de sus personajes, su disgusto con el Estado posrevolucionario gozaba la formidable reciedumbre de su fe porfírica. A cuenta de esta fe, de hecho, corrió en buena medida el impulso de su diario.

La perfectibilidad de su tiempo animó a Gamboa a cubrir todo tipo de acontecimientos en las últimas dos décadas del gobierno de Porfirio Díaz, mientras que las diferencias con su tiempo le hicieron consignar las huellas de los primeros treinta años del desastre moral y político que en su idea se precipitó sobre el país después del adiós al Ipiranga. ¿Qué lugar ocupó el diario en la mente de su autor, en el clima cultural de la época y en el interior de una tradición literaria? ¿Qué recursos empleó el diarista para enfrentar las tareas de observación y registro? A veces fue la lasitud al plan de Gamboa y se le confundió el diario de efemérides sociales y artísticas que escribió hasta los 50 años, y que en buena medida se amoldaba a su manera literaria, con el diario histórico que el hubiera deseado reunir desde el instante en que Victoriano Huerta pidió su colaboración. Además por esas fechas se le convirtió en motivo de angustia saber que todo se le escapaba entre los dedos: su época y los motivos del desastre de sus tiempos. Así, en sus cuadernos de notas quedó la confusión entre el diario que llevo antes de la caída de Díaz y el otro que mantuvo después de 1911. «La situación reinante en un país como el nuestro es de tal modo desconsoladora que prefiero que la prensa diaria (que por su ministerio tiene que recoger todas las cosas, políticas, sociales, etcétera, que donde quiera se padecen) corresponda a la triste pero obligatoria misión de ser informadora de mañana», escribió Gamboa en 1938. De aquí las lagunas en su registro. «Que a ella acudan las curiosidades de nuestros sucesores y herederos. Quiero ponerme al margen de todo ello».

El diario, como ejercicio de registro, no se funda en la vocación marginalista de su autor. Lo contrario a la marginalidad fue lo que debieron preferir editores y lectores en el siglo pasado, fuertes promotores en la circulación de papeles de origen privado. La impersonalidad y el alejamiento son elementos prescindibles en la manías del diarista.

La pauta de esta clase de registro se la puede hallar en las primeras muestras de su existencia en obras como el Journal d’ un bourgeois de París, documento anónimo escrito por dos muy distintas manos en la primera mitad del siglo XV, o bien como el diario de John Evelyn que consigna setenta años de la vida en Londres en el siglo XVII obra de alguien que supo meterse a todos lados y girar en torno de sí mismo. Samuel Pepys, infatigable paseante urbano, escribió de 1660 a 1669 sin omitir palabra sobre su persona y su ciudad, Londres. De esta misma época es el Diario de Gregorio Martín de Guijo: recoge acontecimientos sucedidos entre 1648 y 1664 con tal frialdad que su autor creyó que tal manera nunca revelaría su íntima impasibilidad clerical. Antonio de Robles escribió bajo el mismo signo que Guijo su Diario de algunas cosas notables que han sucedido en esta Nueva España. Muy semejantes son el diario del marqués de Dangeau y el Journal historique de Charles Collé. James Boswell está entre los diaristas más notables del siglo XVIII. aunque tanto el hallazgo como la edición de sus ricos papeles personales apenas tiene unas décadas. Su visita a Jean-Jacques Rousseau es un pasaje tan singular como la entrevista de Federico Gamboa con Emile Zola.

En su mayor parte estos papeles empezaron a circular durante el siglo pasado; por ejemplo, el de Pepys salió en 1825, en 1853 el de Robles. La publicación mermó la promesa de confidencialidad de los diarios o bien levantó los bonos de la sinceridad como atributo literario: como haya sido, la posibilidad de publicar un diario en forma de libro incorporó a los hábitos de sus autores un personaje que no figuraba: la idea del público lector. Esta conciencia, tal vez añadida, fue aportación del siglo: y se diría que en esto operó un juego doble: los lectores transformaron al diario en género literario, la circulación hizo al autor. Ahí se dio la tensión fundamental entre lo público y lo privado que las páginas del diario convocan. Después nada parecería más sencillo y humanizado que encerrarse a escribir. El diario, en cierto sentido, era un ejercicio de ilustrado. Por otra parte, ofrecía un recurso expositivo distinto al de la prosa histórica y la prosa narrativa. En sus páginas cabían toda clase de intimidades, charlas, augurios, réplicas, intuiciones. Por esto el diario interesó de inmediato a la actividad política y sus protagonistas lo explotaron más que los hombres de letras. He aquí el nexo entre personajes tan distintos como Thomas Creevy, Carlos María de Bustamante y Charles Greville: usaron la riqueza del diario histórico. El lector que llegara a él -lo supieron- no iría en busca de una versión alternativa de la historia, sino de la verdad. De la historia en su intimidad diaria, en su minucia cotidiana. La historia era nada más una, pero imprevisible el número de sus partes.

Los hermanos Goncourt, Jules y Edmond, vivieron esta actitud historicista y la llevaron a su diario. Este fue tal vez el primer diario colectivo y familiar. En él quedó el detalle de la vida artística y literaria francesa en los años de su mayor influencia: la segunda mitad del siglo XIX. «Nunca, jamás impúsose Francia al mundo con su literatura como en estos últimos tiempos», dijo Edmond de Goncourt a Gamboa en octubre de 1893. (Edmond, no sin arrogancia petulante, le especificó a su visitante mexicano: «del 70 acá».) ‘Nunca viéronse ediciones de cientos de miles de ejemplares distribuidos en el universo entero, proclamando, por nobilísimo modo, que Francia piensa, que Francia es grande, que Francia es poderosamente artista». El desafío del diario de los Goncourt, un triste diario para muchos lectores, iba en grande. Más que un diario de historia literaria, quiso ser el diario del gran momento de la historia de las letras francesas.

Gamboa empezó a escribir su diario sabiendo a los Goncourt, en el conocimiento de semejante celo por lo real, y así se hizo para sí de un salvoconducto artístico sellado en Francia. Su obra entera, de hecho, es gusto por el naturalismo. En la prosa narrativa Gamboa resolvió su vocación de historiador de la gente sin historia. En el espacio del diario, Gamboa dejó sus señas de autor: su mundo es su estudio y su estudio es el mundo.

Federico Gamboa publicó fragmentos de sus diarios en la revista que hacía su amigo y contemporáneo Luis G. Urbina, El Mundo Ilustrado. Esta fue la publicación más lujosa entre las empresas periodísticas de Rafael Reyes Spíndola. La crème editorial del porfiriato.

En este dato asoman dos novedades.

La primera tuvo que ver con lo insólito de los diarios en las letras mexicanas. Juan Nepomuceno Almonte se tomó el cuidado de escribir un diario. La misma apetencia tuvo el músico Melesio Morales. Ignacio Manuel Altamirano llevó el suyo y, además, un antojadizo livre de raison en el que quiso controlar las deudas de su dulcero paladar. Gamboa también asumió el carácter defigura -esa otra singularidad pública que los hombres de letras se inventaron desde el romanticismo-, y dejó testimonio escrito de los ecos de sus actos. Hay que insistir: aplicarse en el diario resultó insólito, aunque no extraordinario ni nuevo. Gamboa, a diferencia de Almonte y Altamirano, escribió su diario para que le leyeran. Esta era la diferencia entre dos ejemplos de la escritura privada del final del siglo XIX mexicano. La característica la compartió con otros diarios, o con escritos de naturaleza semejante. «No habría habido Memorias de Saint‑Simon ni Diario de Dangeau sin Luis XIV», escribió Madeleine Foisil. Aquí sucede lo mismo. El diario de Gamboa no habría existido sin Porfirio Díaz. Pero después de 1911, el diario existió como a contracorriente: para ofrecer testimonio de la ausencia de Díaz.

El diario de Gamboa, una vez publicado, abrió un espacio literario y aún social para los suyos. José Juan Tablada tal vez fue el primero en seguir el ejemplo de Gamboa, al incluir en sus memorias fragmentos de sus papeles personales, primero, y al darlos a conocer por entregas bajo el título de «Diario, horario y minutero». El diario apareció como una variante de la crónica en trabajos de Heriberto Frías y Jesús Martínez Carrión. Luego se le encontraría en crónicas de Salvador Novo, Rubén Salazar Mallén, José Revueltas, Rodolfo Usigli, Renato Leduc, Elena Poniatowska. En otras prosas narrativas el diario fue un recurso que se empleó con mucha más frecuencia. La segunda novedad consistió en que Gamboa hizo público su diario. Gamboa tuvo en mente, sin lugar a dudas, el Journal de los Goncourt:

Edmond entregó a la imprenta los tres primeros volúmenes -de veintidós que fueron- en 1887. El primer volumen de Gamboa salió en 1908 y los otro cuatro a lo largo de los  siguientes treinta años(1910,1920,1934, 1938). Vendió muy poco, contra lo que él esperaba: y más bien no vendió nada si se compara el movimiento comercial de una sola de sus novelas Santa, con el de su diario. En estos cinco volúmenes quedaron exclusivamente sus apuntes porfiristas: 1892‑1911. El siguiente, Iargo tramo de 1912 hasta su muerte en 1939 se conoció gracias al hijo, Miguel Gamboa, quien lo entregó a Excélsior, donde se publicó en dos épocas muy distintas. Primero, entre 1940 y 1941, con la intención de aprovechar la bulla de su muerte. (Por estos días, también en las páginas de Excélsior, Tablada inició las muy irregulares entregas de su «Diario, horario, minutero».) La segunda tanda de los papeles de Gamboa fue entre 1960 y 1961.

Gamboa se asomó a la vida pública a través de su vocación literaria, sus letras tuvieron a Europa en el horizonte. Entendió muy bien, con sus contemporáneos, que París era la capital del siglo XIX. Es más fácil decir que aclarar lo que los escritores y artistas mexicanos hicieron para rodearse de la atmósfera más propicia para respirar algo de los aires literarios de Francia. El perfil biográfico de Gamboa reúne los elementos que Luis González distinguió al tipificar a su generación como la Centuria Azul. El también nació en un «quindenio rojo», durante las batallas de Intervención, «en urbe, dentro de una familia de idioma español y en un grupo sin acosos de hambre». Más adelante gozó de muy buena educación, en y fuera del país. En Nueva York hizo algunos estudios; y como José Martí allá empezó a documentar sus diferencias con Estados Unidos. Es inexacto llamar a Gamboa imitador de lo francés. Además de inexacto es reproche socorridísimo que se hace a todos los escritores mexicanos de su época y señal de aturdimiento en quien tal dice pues las simpatías morales de esa generación más tienen que ver con un temperamento que con una bandera en particular. Creo que al terminar el siglo XIX se observa algo inusitado en la escena cultural de Occidente: la homogeneidad de las maneras artísticas burguesas. Al llamarlas burguesas quise distinguirlas de las maneras de la corte, éstas en gran medida religiosas. A esto se le dice modernidad.

Gamboa fue parte de la rareza finisecular que todavía no se agota del todo. Al revés. Entre sus más íntimos propósitos, al igual que sus contemporáneos, estaba lograr cierta originalidad con sus escritos. Tampoco quiso ser muy solemne ni del montón. Algo logró, pues murió con el prestigio de ser el mejor novelista mexicano: en cambio, si de joven no alcanzó a evadir la solemnidad mucho menos con la edad. Fue un crítico agudo de los hábitos vitales y las atmósferas de su sociedad, pero no conozco una página en la que se atreviera a atacar -o a insinuar un ataque- a Díaz o bien al sistema.

Después, sin caudillo, Gamboa distrajo su tiempo en una ardua investigación histórica: la edición de su largo diario porfírico. Sólo Gamboa habría podido enfrentarse con la riqueza de sus sueltos papeles personales. Es de suponer que Gamboa -al igual que Tablada al tratar la Decena Trágica en el suyo- no escribiera muchas páginas de su diario en el momento. Que a veces, además, leemos recreaciones mediadas por los recuerdos y la inteligencia. Es posible. Conviene recordar una advertencia de José Emilio Pacheco: «Si un diario se publica resulta un género narrativo como cualquier otro y la sinceridad tiene que ser por fuerza una estrategia literaria». Por lo mismo no debió ser efímero el juego del deseo en estas reconstrucciones. Ojalá el diarista hubiera ahondado en las voces nocturnas de ese México. No obstante, se intuye que nadie más que él podía organizar este desenvuelto, anecdótico, personal relato de historia. Esto emparentó a Gamboa con Luis González Obregón y Nicolás Rangel, José Juan Tablada y Gregorio Torres Quintero, Jesús Galindo y Villa y Toribio Esquivel Obregón, Ciro B. Ceballos y Carlos Pereyra. Las preguntas de la historia deben ser comedidas al interrogar esta presencia escrita de lo real, tejido de enigmas.

Es menos inseguro predecir que recordar, escribió Luis Cardoza y Aragón. Pero ¿se dirá realmente en las páginas de un diario lo que alguna vez ocurrió, cuanto fue en la jornada? Una convención es la que nos invita a leer el diario bajo el ensueño de la confianza en la voz que narra el paso de las horas. No obstante la ayuda de la convención, Federico Gamboa se esmeró en todas sus páginas por aumentar la credibilidad de su prosa.

En el quehacer literario de Gamboa es visible una apuesta destinada a aumentar la credibilidad del texto. Esto lo ilustra lo que va de un autor que ofrece sus narraciones primeras Del natural (1889) y luego se prueba en un libro de memorias, Impresiones y recuerdos ( 1893). Antes de cumplir 30 años, en una decisión que se antoja ahora absolutamente magistral no sólo por lo que ella produjo sino porque nos permite leer el fondo contra el que se rebelaba el joven memorioso; a los 30 años, entonces, Gamboa se propuso acceder a la ficción retrospectiva de la biografía. La única ruta que se aprecia aquí es la que va del naturalismo al arte de intentar hacer con nada algo. Sin embargo, pienso más bien que el interés de Gamboa en la credibilidad del texto asomó en lo que va de una novela como Suprema ley (1896) al primer volumen de Mi diario (1908).

Hay en las páginas del diario de Gamboa una pasión de ver. Las devoraciones de ese sentimiento le llevaron a mojar su pluma en el tintero de la crítica, a compensar en la página la obligación de servicio que le demandaban sus tareas como funcionario del Estado. Por momentos se distingue ahí cierto disgusto por las representaciones. Las mismas páginas adolecen por fortuna del candor circunstancial que a ratos asomó más adelante, en su vejez, Por el contrario: considérese lo siguiente. El propio arreglo de la sociedad mexicana al final del siglo XIX no era fuente de seguridad y pertenencia para aquellos sectores que en efecto apreciaban los dones de la seguridad y las ventajas de la pertenencia: y el desarraigo de la vida ciudadana para nuestros escritores y artistas en sus propias ciudades, o bien la grisura de sus pasos en las capitales culturales relevantes, Ies llevó, como miembros de las ilustradas minorías activas de la Ciudad de México -Gamboa entre ellos-, a tratar de crear su propio orden y reducir su misma sensación de vulnerabilidad. ¿No dedicaron parte de su obra a iluminar con la luz de la literatura tanto las zonas hasta entonces ocultas del desperezamiento finisecular así como de los productos inmediatos del culto al progreso? En este sentido, a través de los juegos de la palabra en las páginas de su diario Gamboa definió un espacio deseable, estableció las fronteras de los lugares en los que él y sus letrados cofrades sí encontraban cabal acomodo y en los que las relaciones sociales sí disfrutaban la trascendencia del orden y del tiempo, y le confirieron cierta distinción al diarista. El diarista, entonces, se metía por todas partes. Arriba y abajo. A la cantina y al Congreso. Era un artista que a la vez actuaba como un hombre de ciencia. Tal se lee en los primeros cinco tomos. En ellos se lee su propósito de convertir el simple hecho de vivir, la vida que la circunstancia y el azar le entregaba, en experiencia. Más aún, con ayuda de María Zambrano, entiendo que la pasión de ver en Gamboa comportó, primero, «la resistencia más valedera ante la realidad implacable», y en seguida «la salvación de ese primario sentirse mirado, al descubierto, sin que se sepa por quién, quién es el que nos mira». Luego, perdón por la brevedad, Gamboa se convirtió paulatinamente en otro autor. Poco a poco dejó de hablar exclusivamente como «naturalista» y la verdad es que al parecer con el tiempo él le daba menos momentos a la reflexión y a las definiciones. Era un novelista, punto. O mejor dicho, era un escritor de tiempo completo que en horas hábiles trabajaba para el servicio exterior de su país: lo cual, entre otras cosas además de lo notable de su obra narrativa, comportó un interés particular por la realidad inmediata. En el diario postporfiriano a veces deja la impresión de que las cosas ocurrían al revés: un diplomático de tiempo completo que escribía en horas hábiles.

Al naturalismo de Gamboa lo completaba el determinismo que la ciencia positiva confería a la época. Sin embargo, su responsabilidad más clara estaba en el sordo clamor del fuero moral del relicario en el que convirtió a su diario.

Traducción de Javier García‑Galiano

Federico Gamboa

Mi diario

CNCA

México 199

Los cinco volúmenes que conforman el diario de Gamboa tiene, entre muchas otras, la virtud de haber sido escritos no para la intimidad sino para un público. Este ensayo da muy buena cuenta de esa empresa.

Al cierre

José Woldenberg K.

Rolando Cordera Campos José Woldenberg K. 19 de febrero de 1996

1. Cuentas claras en Tabasco

En Tabasco parece haberse llegado a una nueva circunstancia de negociación, al suspenderse los bloqueos de los pozos y suspenderse también los arrestos por parte de la policía. Ahora la pelota está de nuevo en el campo del diálogo político, del que había salido de hecho cuando el movimiento tabasqueño encabezado por López Obrador decidió rodear, bloquear o tomar pozos de PEMEX. Luego vino la movilización policiaco‑militar, con su secuela jurídica y persecutoria, los discursos tronantes desde la autoridad y la inevitable polarización de retóricas políticas, de nuevo potenciadas sin el menor cuidado por muchos medios informativos, para un lado y el otro.

Se puede, ciertamente, ver el más reciente incidente tabasqueño como eso, como un episodio más de un conflicto que parece no tener fin y cuya complejidad crece sin remedio ni cauce. Su duración y opacidad así lo justificarían, para sentarse a esperar por nuevas jornadas de movilización‑confrontación y, luego, negociación o, por lo menos, tregua. Pero ello no promete sino un desgaste mayor que no afectará sólo a una de las partes sino al conjunto del sistema político y sus proyectos de reforma estatal. De esos descréditos que vienen con el desgaste de la política, nadie se salva, excepto, tal vez, los que no quieren que la política democrática sea el método por excelencia para encarar, resolver o diluir conflictos.

La agenda no es fácil de definir, porque lo que ahora priva es, sobre todo, especulación y desinformación. Pero, a la vez, hay cuestiones que no deberían posponerse. De entrada, urge que la acusación genérica, difusa e imprecisa en contra de PEMEX, se vuelva descripción rigurosa y evaluación efectiva. Los reales y/o supuestos daños de PEMEX a tierras, aguas y pobladores, no pueden seguirse usando como justificaciones sin medida y fecha para cualquier cosa. Insistir en ello, contra lo que piensan muchos perredistas y partidarios del movimiento tabasqueño, no redunda en la defensa del petróleo nacionalizado, sino en el desprestigio de la empresa nacionalizada, en la desmoralización de sus cuadros y trabajadores y, sin duda, en la creciente dificultad para delinear una política petrolera que esté a la altura de las nuevas exigencias en materia de protección ambiental.

Igualmente, parece indispensable que se establezca con claridad la responsabilidad del gobierno estatal en lo tocante a los fondos que, real o supuestamente, PEMEX le transfirió para fines sociales y de compensación a los afectados por sus actividades. De esta plataforma, política, contable y petrolera, tal vez pueda pasarse pronto, como se impone, a deslindar reclamos sociales de lo que es un litigio político que se ha estancado peligrosamente y sobre el cual tendrá que actuar, tarde o temprano, ya no sólo la Suprema Corte, como se espera, sino eventualmente el Senado de la República.

2. España ensangrentada

Rumbo a unas elecciones que pueden ser traumáticas, España toda, por desgracia hay que decir que casi toda, se conmueve con un nuevo asesinato de ETA. Después del perpetrado contra el abogado Fernando Múgica, antiguo dirigente del PSOE en el País Vasco, tocó ahora el turno a don Francisco Tomás y Valiente, expresidente del Tribunal Constitucional Español, catedrático de historia del derecho en la Universidad Autónoma de Madrid, jurista y humanista por todos respetado y querido. Su posición política, como «votante del PSOE», no le impidió nunca ejercer una independencia de criterio y acción notable y memorable. Su vocación justiciera y democrática tampoco evitó que mantuviese una clara y esclarecedora actitud de condena al terrorismo y a ETA en particular.

Pocos días antes de morir, Tomás y Valiente envió a El País una colaboración que ahora nos parece estrujante, a más de profética. «Cada vez que matan a un hombre, nos matan un poco a cada uno de nosotros», escribía el jurista al terminar su artículo intitulado Razones y tentaciones de Estado. En su pieza póstuma, admirable y aleccionadora en muchos sentidos también para nosotros, el catedrático valenciano advertía sobre la mala razón de Estado, «su sinrazón, lo que le hace perder su legitimidad, es la divinización o satanización del poder; la voluntad de poder… el sometimiento de todo a su conservación… y el todo se vale desde él en la persecución de fines legítimos o ilegítimos».

Pero también se refería a tres tentaciones contra el Estado. La primera: el olvido de su legitimidad y de sus límites. La segunda, vale la pena citarla más o menos in extenso: «la fragmentación interna de las fuerzas políticas demócratas en su necesario frente común, desde el Estado, contra los criminales del terror. …Si los nacionalistas no violentos se sienten más nacionalistas que otra cosa… si la necesidad de unión entre los demócratas (nosotros) frente a ETA (ellos) se proclama sólo en los entierros de cada última víctima; si todo eso continúa pasando, estaremos cayendo en la tentación de la fragmentación interna, para desgracia de los demócratas y alegría y fortalecimiento de los terroristas». La tercera tentación, la describía Tomás y Valiente como el «abandono de la calle». «La calle es símbolo y realidad del Estado, escenario de libertades, ámbito de la paz y la seguridad de los ciudadanos. O todo lo contrario. Si se pierde la calle se pierde todo. No se trata», argüía el profesor asesinado en su cubículo universitario, «de evaluar en pesetas los autobuses incendiados, las casetas telefónicas destruidas o los daños producidos en los establecimientos bancarios y comerciales. El daño es cualitativamente otro: es la pérdida de la paz. Y como la paz es el fin primario del Estado, si se pierde ésta, se pierde aquél y se regresa a la guerra de todos contra todos, cuya versión actual es la persecución armada de unos pocos contra la inmensa mayoría».

Descanse en paz Don Francisco Tomás y Valiente. Como dijo su hijo Tomás: «mi padre ha muerto; ellos vivirán sin dignidad».

(Textos tomados de El País. Edición México. Jueves 15 de enero de 1996.)

3. Ahora Huejotzingo

Un nuevo diferendo postelectoral, ahora en relación al ayuntamiento de Huejotzingo, Puebla, vuelve a poner en jaque al proceso de negociación de la «reforma política del Estado». El PAN decidió retirarse de la mesa luego de que el Tribunal Estatal Electoral anuló una serie de casillas con las cuales el resultado de las elecciones se invirtieron y los candidatos del PAN pasaron de triunfadores a perdedores.

Los resultados originales del cómputo municipal habían dado la victoria al PAN sobre el PRI por 5 mil 835 votos contra 4 mil 928. Al anular el Tribunal once casillas, impugnadas por el PRI y el PFCRN argumentando cambios en la ubicación de las casillas y recepción de la votación por personas distintas a las autorizadas, el PRI triunfó por 28 votos. Según la versión del PAN si una sola de las casillas anuladas no lo hubiese sido, el PAN seguiría siendo el triunfador.

El abandono del PAN de la mesa del diálogo se produjo además -según su propia versión- porque la Subsecretaría de Desarrollo Político de Gobernación se negó a buscar una solución política, legal y justa en la mesa de coyuntura que existe precisamente para analizar los conflictos que de manera recurrente se presentan.

En las consideraciones del PAN se señala que al parecer «el gobierno sólo acepta como interlocutores reales y válidos únicamente a quienes ejercen presión alterando el orden público, violan las leyes y ejercen la violencia abierta o clandestina […] Y por el contrario, el gobierno trata con desprecio y ejerce violencia institucional, bajo la máscara de legalidad, a quienes adoptan medios civilizados, legales y pacíficos para exigir respeto por sus derechos».

Así, lo que parecía encarrilado para que en marzo‑abril del presente año diera sus primeros frutos (la reforma electoral y la del Distrito Federal) entra en una nueva etapa de relativo estancamiento.

La Secretaría de Gobernación inmediatamente calificó la decisión del PAN de «lamentable, sorpresiva y contradictoria» y lo llamó a reincorporarse a los trabajos. En un comunicado la SG señalaba: «Todos conocemos el costo que representa diferir el proceso de transformación de nuestro sistema político. No lo detengamos a propósito de coyunturas, que siendo atendibles, no pueden, desproporcionadamente, servir de ocasión para detener la discusión abierta y franca de los grandes problemas nacionales».

Sobra decir que a partir de ese momento las especulaciones iniciaron de nuevo su espiral sin fin, y que no pocas apuestas a favor de la obstrucción del diálogo a favor de la reforma empezaron a crecer.

No obstante, más allá de esa espiral, la necesidad del proceso reformador a través de acuerdos pluripartidistas sigue en pie, y ojalá en los próximos días pueda retomarse el rumbo hoy momentáneamente (esperamos) interrumpido.

Pero llama la atención que un conflicto real y significativo, pero en apariencia menor, pueda incidir con tal fuerza en un esfuerzo con un horizonte más que ambicioso. Es decir, que un litigio postelectoral pueda poner en jaque lo que hoy por hoy es la operación política más esperanzadora en la ruta de normalizar las relaciones políticas del país en términos democráticos. No es nuestro estilo juzgar intenciones, es decir, especular sobre los objetivos no declarados de los actores políticos, pero reflexionar en torno a cómo «lo menos» puede eventualmente erosionar a «lo más» sigue siendo una de las preocupaciones centrales de la vida política.

Ahora bien, los partidos y el gobierno federal no sólo saben y son conscientes que litigios particulares pueden interponerse en el camino de las reformas por consenso. Ello ya sucedió en el pasado (basta recordar Tabasco y Yucatán), y por ello mismo se diseñó una mesa «de coyuntura» para precisamente ofrecer un cauce a los litigios políticos que de manera recurrente aparecen y reaparecen. Cierto que el Tribunal electoral poblano es la última instancia legal de apelación, pero la mesa de coyuntura por lo menos podría formarse una opinión sobre lo sucedido en aquella entidad.

Pero más allá de lo anterior, llama poderosamente la atención parte de los argumentos del PAN que apuntan ya no al conflicto particular de Huejotzingo sino «al trato» diferenciado que el gobierno tiene hacia aquellos que ejercen -según el PAN- presión alterando el orden público y a quienes realizan sus actividades por cauces legales y pacíficos. Imaginamos que el texto del PAN se refiere tanto a las negociaciones que se llevan cabo en Chiapas como al inicio de solución al conflicto de Tabasco, y si ello es así el PAN estaría reaccionando ante lo que a sus ojos es una especie de pérdida de centralidad en su interlocución con el gobierno federal. Si ello fuera así, cometería un grave error, porque tanto el alzamiento del EZLN como el conflicto de Tabasco requieren de fórmulas negociadas para su solución.

Como quiera que sea, la necesidad de un proceso de acuerdos sucesivos entre partidos y gobierno que lleve a la ambiciosa reforma del Estado a buen puerto sigue presente, y habrá que esperar que el nuevo incidente pueda ser superado.

Por lo pronto, la rueda de la fortuna electoral volvió a girar en Hidalgo y Quintana Roo, y aunque al momento de cerrar esta edición no contábamos con resultados oficiales, todo indica que se trata de una rutina cada vez más relevante y estratégica de cuya implantación definitiva dependerá en gran parte el reto de la estabilidad democrática.

Adam Smith: Un bardo del capitalismo

Peter Ackroyd. Novelista y biógrafo. El FCE publicó en México su biografía sobre T. S. Eliot.

Al caminar por las calles de Edimburgo lo hacía de una manera tortuosa y como agusanada. Con frecuencia se le veía sonreír y mover los labios como si, en palabras de su último biógrafo lan Simpson Ross, «estuviera en plena conversación con personas invisib]es». Sufría de «trances», a los cuales un biógrafo anterior describió, con mucha inventiva, como «calambres de pensador». Una vieja del mercado, al verlo un día, hizo una exclamación de sorpresa y una acompañante añadió: «Y eso que está bien puesto» -lo cual, traducido burdamente, significa que nunca habían visto a un lunático tan bien vestido. Se trata de Adam Smith, quien, como autor de La riqueza de las naciones, sigue siendo la fuerza intelectual detrás de esquemas de libre comercio como el NAFTA y cuyas teorías han estimulado la tentativa de economías de mercado en Rusia y en todas partes.

¿Cómo puede explicarse este hombre extraordinario que emocionó por igual a William Pitt, Ronald Reagan y Boris Yeltsin? Es costumbre que los grandes teorizadores y sistematizadores se abstraigan del mundo que los rodea, pero seguramente el caso de Adam Smith es único. Era un distraído hasta el punto del delirio. Ross, en su exhaustiva Vida de Adam Smith, describe una ocasión en la que Smith discurría sobre la división del trabajo (uno de sus temas favoritos) y se cayó en un hoyo lleno de grasa y lodo; tuvieron que cargarlo hasta su casa sobre una silla mientras él se quejaba en voz alta durante todo el camino. Hubo también un incidente una vez que Smith desayunaba y tomó un pan con mantequilla, lo puso en un tarro y le echó agua caliente. Fue, dijo él, el peor té que había probado en su vida.

Los primeros años de Smith son muy sugerentes. Nació en 1723, en un «mundo sin padre» -Adam Smith senior, un oficial de aduanas, había muerto unos meses antes- y lo crió una madre cuyo comportamiento orgulloso, y a veces incluso estirado, tenía todo que ver con el hecho de que era una descendiente del poderoso clan Douglas. Smith, un niño débil y nervioso, dependía por completo del cuidado de su madre, pero hubo una ocasión en que la ausencia de este cuidado fue notable. Durante una visita a uno de sus parientes hacendados, un hojalatero secuestró al niño Smith y lo llevó al bosque. Lo rescataron pronto, pero puede ser que el impacto de esta aventura lo haya vuelto retraído. De ser así, es posible que un vagabundo de principios del siglo XVIII fuera en parte responsable de las teorías económicas del capitalismo de fines del siglo XX.

Smith y su madre vivían a unas diez millas al norte de Edimburgo, en el pueblecito de Kirkcaldy. donde obtuvo los beneficios de una educación escocesa ortodoxa. La llustración en Escocia tuvo un perfil romano y, dice Ross, los dos libros escolares que el pequeño Smith tenía eran Eutropii Historiae Romanae Breviarium y De Historiis Philippicis; éstas son las influencias que quizás hablan por un estilo de prosa más cercano al de Edward Gibbon que al de David Ricardo. Pero más cerca de la casa había también lecciones que aprender. Sir Walter Scott describió Kirkcaldy como un «pueblo alargado», ya que se extendía a lo largo de las riberas del Firth of Forth. Ross cree que su muelle pudo inducir en el joven Smith reflexiones sobre «el valor de los cargamentos», al tiempo que las caminatas hacia las aldeas vecinas le ofrecieron «una lección en escala de la división del trabajo». De ser así, en efecto debió ser un muchacho muy precoz.

Por considerar que Edimburgo no era más que un «un sitio de disipación», Smith se enroló en 1737 en el College of Glasgow, y ahí estudió, entre otras cosas, matemáticas y filosofía natural. Tomó también un curso en pneumática, que en los 1730 era algo que tenía más que ver con fuerzas espirituales que con llantas de aire. Sin duda, el mismo ánimo de Smith encontró algo cálido en la convivencia social de los estudiosos y los conferenciantes de Glasgow: Ross pinta un cuadro encantador de uno de ellos cantando «un himno en latín al ‘Divino Geómetra’ » durante una reunión.

Después de pasar tres años en este ambiente exótico, siguió Balliol College, Oxford, donde Smith continuó sus estudios; ahí se llevó una desagradable sorpresa. Es probable que sus colegas se burlaran de su acento; en todo caso. Smith cambió ese acento por algo más cercano a la pronunciación estándar, y descubrió que los ingleses eran más apuestos que los escoceses. A su manera metódica, Smith atribuyó esta distinción a la dieta de pan de trigo en vez de avena. Durante su primera comida en Balliol cayó en uno de sus «trances», del cual sólo lo sacó un mesero que comentaba sobre la excelencia de la comida inglesa comparada con su equivalente escocesa. Pero ahí terminó la excelencia. En La riqueza de las naciones Smith señaló que los profesores de Oxford «habían renunciado incluso a la pretensión de enseñar». De un modo característico, Smith explicó este hecho por la falta de competencia dentro de la universidad y, de hecho, hay informes de que los miembros de Balliol «tenían tan poco que hacer que se pasaban el tiempo sentados en Broad Street mirando el paso del coche correo de Londres». No había nada que aprender en Oxford. Algunos años después, como estudiantes, tanto Jeremy Bentham como Gibbon dejarían Oxford en una nube de disgusto y desesperación. Al mismo Smith lo reprendieron por estar leyendo el Tratado de la naturaleza humana de David Hume, que se consideraba un libro ateo, y de este periodo en adelante Smith sufrió de una variedad de trastornos que después se diagnosticarían como síntomas de «hipocondriasis».

Smith bebía agua con alquitrán para aliviar sus males, y en 1746 regresó a casa con su madre. Dos años después, en Edimburgo, empezó a dar conferencias públicas sobre los diversos «sistemas» de retórica y bellas letras, y las conferencias resultaron tan exitosas que le ofrecieron la Cátedra de Lógica en la Universidad de Glasgow. En Glasgow, aunque Smith ni siquiera hubiera abierto la boca, no habría escapado a la atención de sus alumnos, que imitaban lo que su primer biógrafo llamó sus «pequeñas peculiaridades». Pronto se hizo tan conocido que bustos de él se ofrecían a la venta en los escaparates de las librerías de Glasgow.

En algún momento Smith pasó de la cátedra de Lógica a la de Filosofía moral, pero era una diferencia más de puesto que de tema. A Smith siempre le interesó la construcción de sistemas y modelos -con lo que llamó la «cadena» de argumentación y razonamientos, y lo que Ross llama la «teoría de la teorización». Quizá no sea sorprendente que una persona tan abstraída como Smith fuera propenso al pensamiento abstracto, pero se volvió especulativo de un modo extraordinario. Creía que el juicio y la percepción humanos estaban situados dentro de una «máquina imaginaria», y creó un newtonismo de la mente que era tan elaborado como cualquier cosa que haya en los Principia Mathematica. Y no obstante Smith no hacía sino responder a su marca de nacimiento: Escocia había producido sutiles filósofos desde el teólogo del siglo Xlll John Duns Scotus (de cuyo nombre, paradójicamente, se deriva la palabra dunce: tonto) hasta David Hume y Lord Monboddo. (Fue Monboddo el que, siguiendo su propio razonamiento lógico, concluyó que los seres humanos nacen con colas.)

El primer fruto del ingenio nativo de Smith está en la Teoría de los sentimientos morales, publicado en 1759. Su argumentación es extensa y prolongada, pero puede resumirse en tres de las palabras favoritas de Smith: «simpatía», «deber» y «propiedad». Smith pedía que imagináramos lo que un «espectador imparcial» pensaría de nuestra conducta, y actuar después de acuerdo con eso. El corolano de esto debe ser seguramente que mientras más imaginativa sea una persona, más moralmente se comportará. Ay, toda la historia de la literatura inglesa nos enseña lo contrario. La teoría de Smith sobre la naturaleza humana puede no ser la más astuta -uno de sus amigos señaló que sus valoraciones de los individuos estaban con frecuencia, y «a un grado sorprendente, muy lejos de la verdad»-; sin embargo, la Teoría de los sentimientos morales respondía, con mucho, a su época. La noción de Smith del «espectador imparcial» representa a la perfección el papel narrativo del novelista a mediados del siglo XVIII, al tiempo que sus conceptos como «simpatía» y «propiedad» están muy cercanos a los temas de las novelas mismas. Ross conecta el concepto de Smith de la «imaginación simpatizadora» con el Tristram Shandy de Lawrence Sterne, y hace una asociación fascinante del «espectador imparcial» con el famoso poema de Robert Bunns «A un piojo»:

Oh qué poder nos ha dado el dador:

Vernos como otros nos ven.

Esta es quizá la única vez que a Burns se le ha acusado de ser filosófico.

La idea de Smith de la simpatía influyó sin duda a la novela, aptamente titulada como El hombre del sentimiento, de su compatriota Henry Mackenzie, mientras que el ánimo general de rivalidad y competencia que hay en La riqueza de las naciones refleja la atmósfera de la novela del siglo XVIII. De hecho, ese tratado tiene el mismo tono y la misma cadencia que la ficción de su periodo, y hay indicadores de una visión común. Uno podría decir que La riqueza de las naciones es una versión económica del Tom Jones de Henry Fielding. Smith fue el poeta del consumo y el libre comercio en un tiempo en que el Estado mismo viraba cada vez más hacia la manufactura industrial de bienes, el trabajo especializado y el mercantilismo.

Smith pasó su tiempo en los clubes y las sociedades de debate de Londres, Glasgow y Edimburgo, con gente como Hume, Benjamin Franklin y Edmund Burke, contendiendo en temas como «¿Cuál es la manera mejor y más equitativa de alquilar y contratar sirvientes?». Sin embargo, no era un interlocutor luminoso, a sus «trances» ocasionales se sumaba una manera de conversar admonitoria, a veces hasta intimidante. Su voz era áspera: se atoraba con facilidad y era muy dado al tartamudeo. El actor David Garrick, miembro del mismo club social que Smith, dijo que su conversación era «flácida». (Ross, sin embargo, le atribuye este señalamiento a Oliver Goldsmith.) Smith tenía efectivamente un temperamento que Ross refiere como «fogoso y colérico». Hubo veces, de hecho, en que el propio «tranquilizador mecanismo de simpatía» de Smith -sobre el cual se extendió en la Teoría de los sentimientos morales- parecía atascarse por completo. Nunca fue esto más evidente que en su diálogo con Samuel Johnson. Una vez, en una discusión, Smith le dijo a Johnson «hijo de puta», y otro intercambio de palabras condujo a un «infeliz altercado». Debieron ser como dos niños peleándose en la calle.

Smith estuvo más restringido cuando le pagaron para que fuera tutor del joven Duque de Buccleuch durante un viaje de dos años por Europa. Smith, con sus «dientes grandes y su mal francés», no fue un éxito inmediato en los salones, pero hubo al menos una ocasión en que una marquesa parisina lo persiguió amorosamente. Nada salió de ahí; en vez de eso, Smith se puso a estudiar los impuestos franceses. Ross lamenta: «Con el tema de la vida sexual de Smith el biógrafo poco puede hacer más allá de contribuir con una nota al pie a la historia de la sublimación».

Este es un raro momento de humor en La vida de Adam Smith. Hay dos biografías previas, británicas, al uso; una es de fines del siglo XVIII y la otra de fines del siglo XIX, y ambas bañadas con los tonos blandos, melifluos, muy apropiados a sus épocas respectivas. (La primera tiene una tendencia hacia la anécdota intocada por el tono sardónico de los últimos escritores augustianos.) Ross es un profesor emérito de inglés en la University of British Columbia, y su estilo refleja lo que Smith habría llamado sin duda la especialización del trabajo. Mientras que el tono de Ross quizá le viene mejor al estudiante graduado que al lector general, como un estudioso concienzudo incluyó lo que debe ser todo hecho conocido en la vida de Smith, sin omitir detalles que bien pudimos ignorar felizmente. Pero se trata de un libro voluminoso y elaborado, y bien puede servir como la última palabra sobre el tema.

Ross es particularmente detallado en su examen de La riqueza de las naciones, el libro que elevó a Smith a los rangos de los inmortales. Smith dictó el libro a un amanuense, ya que él apenas podía manejar una pluma con gran dificultad; su propia caligrafía seguía siendo torpe, agrandada, y casi infantil. Mientras dictaba, recorría de arriba abajo su estudio en Kirkcaldy, deteniéndose a veces para restregar vigorosamente la cabeza contra la pared encima de la chimenea. Estaba en sus cuarentas, aún abstraído, y durante este periodo se le vio una vez caminar en bata, varias millas, rumbo a una aldea. Se pasó tres años revisando el texto en Londres, donde se publicó en el mismo año, 1776, y con el mismo editor que la Historia de la decadencia y caída del imperio romano de Gibbon. Smith no fue un éxito literario tan grande como Gibbon, pero de inmediato tuvo influencia entre la gente interesada en los asuntos del Estado. Después de cenar con Pitt the Younger, Smith dijo que el Primer Ministro «entiende mis ideas mejor que yo mismo». A otros no los impresionó tanto: un vecino escocés comentó que «era extraño que un hombre que escribía tan bien sobre el intercambio y el trueque necesitara un amigo para que fuera por él a comprar su comida para el caballo».

Se consideró que La riqueza de las naciones proporcionaba un gran fondo de ideas provocadoras y originales sobre la naturaleza de la «economía» -una palabra que aún se usaba en primer término para encargarse de los gastos de la casa. El libro empieza con una disertación sobre la manufactura de un simple alfiler y termina con una contemplación de la naturaleza de las colonias norteamericanas, con capítulos con temas como las ganancias accionarias, la acumulación de capital y el sistema mercantil. De nuevo, «sistema» se vuelve una palabra de gran significación para Smith: traza la idea del mercado como un mecanismo elaborado a la maravilla- y cuya base original, sin duda, es un modelo newtoniano. Smith procedía a crear sistemas para luego hacer hipótesis sobre ellos hasta el punto más extremo. No obstante, se ha vuelto de un gran facilismo malinterpretar a Smith y sugerir que él fue de algún modo el defensor de ese agresivo capitalismo de laissez‑faire que ha sido una característica tan marcada de los últimos dos siglos. Aunque en efecto declaró que «no es de la benevolencia del carnicero, del cervecero, o del pastelero, que esperamos nuestra cena, sino de su atención a su propio interés». Smith siempre insistió en que la búsqueda del interés personal debía hacerse en el contexto de las leyes de justicia necesarias, y de la benevolencia natural de un individuo hacia los otros.

En vida de Smith La riqueza de las naciones llegó a cinco ediciones, pero él no se imaginó que sería su último libro. Pensaba que aún tenía grandes obras que escribir, incluyendo volúmenes sobre filosofía, poesía, elocuencia, gobierno y leyes. Pero en 1778 sorprendió a sus amigos, y a la posteridad, al aceptar el cargo de Comisionado de Aduanas en Escocia. Quizás era un puesto extraño para un exponente del mercado libre, pero gozó el consuelo de una posición estable en Edimburgo, en un cargo similar al que alguna vez tuvo su padre. Tenía sus libros, sus caminatas y, lo más importante, a su anciana madre. Escribió algunos ensayos sobre temas literarios que llevaron a William Wordsworth a la conclusión de que Smith era «el peor crítico, con la excepción de David Hume, que Escocia ha producido». Bien puede ser que el poeta romántico se llamara a ofensa ante opiniones de Smith como la que dice: «Es obligación de un poeta escribir como un caballero».

Smith murió como un caballero. La muerte de su madre, a la edad de noventa años, en 1784, lo dejó al garete. Ella fue «una persona que deveras me amó más de lo que cualquier otra me amó o me amará alguna vez», le dijo Smith a su editor. El mismo murió seis años después, de «obstrucción crónica» de los intestinos. Durante una última comida con sus amigos, les dijo: «Creo que debemos desplazar esta reunión hacia otro sitio». Tenía sesenta y siete años y, a no dudarlo, al morir creía aún en el sistema y la armonía. En sus últimos días, dijo: «Se supone que debí hacer más». Pero hizo lo suficiente. Este hombre extraño y caprichoso de Kirkcaldy se convirtió, sin saberlo, en el profeta del capitalismo moderno.

Entre muchas cosas, al autor de La riqueza de las naciones se le puede achacar la responsabilidad por las teorías económicas del siglo XX. Peter Ackroyd va más allá de eso. Siguiendo la Vida de Adam Smith del profesor Rosss, ofrece un cuadro entre anecdótico e histórico de la Inglaterra del siglo XIX 

Traducción de Gabriel Jiménez

Las migrañas

Ofrecemos un texto singular de W.H. Auden, a quien Joseph Brodsky —que acaba de morir y de quien incluimos un poema en este mismo número— consideraba “el más grande poeta del siglo XX”. Además de sus virtudes literarias, este ensayo contiene un señalamiento médico incuestionable: Ios pacientes de migraña han sido “investigados, drogados, pero no oídos”.

W. H. Auden murió en 1973. “Migrañas” aparece en la antología 30 Years of The New York Review of Books, y fue originalmente un comentario al libro Migraine de Oliver Sacks (University of California Press 1971).


En la sombra, lejos de la luz del día,
La melancolía suspira sobre la cama triste,
El dolor a su Iado, y Ia migraña en su cabeza.
—Pope

EI propósito principal del Dr. Sacks al escribir este libro fue sin lugar a dudas iluminar a sus colegas acerca de una queja sobre la que saben muy poco. Como dice el Dr. Goody en el prólogo:

La actitud general que los médicos tienen hacia la migraña ve en esta dolencia sólo una forma de cefalea, que no incapacita y que ocupa más tiempo profesional del que merece… El doctor, esperando no estar de guardia la próxima vez que el paciente busque ayuda, se limitará a recetar algunas tabletas y a repetir el tan común como poco elegante cliché que aconseja “a aprender a vivir con esto” … Muchos médicos no ocultan su satisfacción cuando un paciente, desesperado, acude a la medicina experimental o alternativa, y casi apuestan que los resultados serán además de desastrosos, muy caros.

Estoy seguro de que cualquier persona que tenga un mínimo de interés en la relación entre el cuerpo y la mente encontrará, como yo, fascinante este libro, a pesar de que no lo entienda todo.

Se ha estimado que la migraña aflige al diez por ciento de la raza humana, y el porcentaje puede ser más alto aún, ya que, probablemente, sólo aquellos que sufren ataques severos acuden al médico. Aunque uno haya tenido la buena fortuna de no haber experimentado nunca un ataque, como es mi caso, siempre sabemos de un pariente o un amigo que sí los ha padecido, de tal manera que podemos comparar las características y síntomas de un paciente migrañoso con las detalladas descripciones del Dr. Sacks.

A diferencia de las enfermedades contagiosas y las patologías genéticas como la hemofilia o la histeria, la migraña es ejemplo clásico de una enfermedad psicosomática en donde los factores fisiológicos y psicológicos juegan un papel equivalente. Podemos decir que como organismos biológicos los hombres somos prácticamente lo mismo, es decir, nuestros cuerpos tienen un repertorio limitado de síntomas. Esto hace posible diagnosticar un caso de migraña y distinguirla de, digamos, la epilepsia o el asma. Pero como somos personas conscientes que podemos decir “yo”, cada uno de nosotros es único. Esto significa que no hay dos casos idénticos de migraña; un tratamiento que tiene éxito con un paciente puede fallar con otro.

Una migraña es un evento físico que también puede ser desde su origen, o después, un evento emocional o simbólico. Una migraña expresa necesidades fisiológicas y emocionales: es el prototipo de una reacción psicofisiológica. De ahí que el entendimiento de este mal deba basarse, simultáneamente, en la neurología y en la psiquiatría. Finalmente, no se puede concebir la migraña como una reacción exclusivamente humana, debe ser considerada como una forma de reacción biológica hecha a la medida de las necesidades y del sistema nervioso de los hombres.

La primera parte del libro del Dr. Sacks consiste en una serie de observaciones clínicas detalladas. Distingue entre tres tipos de migraña, la migraña común, llamada también “dolor de cabeza”, migraña clásica, en la que, como en los ataques epilépticos, aparece frecuentemente una distorsión del campo visual, y la neuralgia migrañosa o migraña intermitente, llamada así porque los ataques son continuos y separados por intervalos breves. Aunque encuentro estas descripciones muy interesantes, no me siento calificado para discutirlas.

Mencionaré, sin embargo, dos curiosas observaciones que hace el Dr. Sacks. Nos dice que la “Nightmare Song” en Iolanthe hace referencia a no menos de doce síntomas de la migraña, y que las visiones de la monja medieval Hildegard de Bingen eran claramente auras visuales causadas por la migraña clásica.

La segunda parte está dedicada a responder dos preguntas: ¿qué circunstancias liberan un ataque de migraña?, y ¿existe una personalidad específica para el paciente migrañoso? Las evidencias desconciertan de tan diversas. Aunque la migraña puede llegar a ser un padecimiento presente en varios miembros de la familia, el Dr. Sacks cree que esto se aprende probablemente del ambiente familiar, es decir, no es una herencia genética, puesto que muchos pacientes no tienen antecedentes de este padecimiento en su historia familiar.

Aunque por lo general se acepta que la migraña clásica ataca más a los hombres jóvenes, esto puede variar, y el primer ataque de migraña común puede ocurrir después de los cuarenta años, entre mujeres, por ejemplo, que empiezan su menopausia. La migraña clásica y la neuralgia migrañosa tienden a ocurrir, por razones que se desconocen, a intervalos regulares que varían entre dos y doce semanas; la migraña común parece depender más de situaciones externas y emocionales. Algunos casos se parecen a las alergias: un ataque puede ser causado por luces brillantes, ruidos fuertes, malos olores, clima inclemente, alcohol, anfetaminas. Otros sugieren un origen hormonal: la migraña no es infrecuente entre mujeres en su periodo de menstruación, pero son muy raros durante el embarazo.

Tal diversidad de casos produce, naturalmente, una diversidad semejante de teorías que intentan explicar las causas básicas de la migraña. Los médicos obsesionados con etiologías meramente somáticas buscan soluciones químicas o neurológicas, mientras que algunos psiquiatras buscan sólo respuestas psicológicas. El Dr. Sacks piensa que cada uno de ellos tiene sólo la mitad de la razón. Las teorías psicologistas más aceptadas son las de Wolff (1963) y Fromm‑Reichmann (1937).

Las personas que padecen migrañas son retratadas por Wolff como ambiciosas, exitosas, perfeccionistas, rígidas, ordenadas, precavidas y emocionalmente bloqueadas, sujetas, de vez en vez, a arrebatos y depresiones que tienen que tomar una forma somática indirecta. Fromm Reichmann también llega a una conclusión lapidaria: la migraña, dice esta autora, es una expresión física de hostilidad inconsciente contra unos padres amados conscientemente.

Las experiencias del Dr. Sacks con sus pacientes le han llevado a concluir que si muchos son, como Wolff dice, hiperactivos y obsesivos, hay otros más bien letárgicos, desorganizados, desaliñados, y que si, como Fromm‑Reichman dice, Ia mayoría de los ataques de migraña son una expresión somática de emociones violentas, las más de las veces furia, éstas pueden ser una reacción a una situación de vida intolerable de la que el paciente está bien consciente, e incluso podrían ser una respuesta auto‑punitiva.

Encontramos, en la práctica, que la furia repentina es el detonante más común, aunque el pánico puede ser igualmente poderoso para pacientes más jóvenes. El júbilo repentino (como en un momento de triunfo o en un golpe de buena suene inesperado) puede tener el mismo efecto. Tampoco se puede afirmar que todos los pacientes migrañosos son “neuróticos” (a no ser que se acepte que la neurosis es la condición humana universal), puesto que en muchos casos las migrañas pueden reemplazar una estructura neurótica, constituyéndose en una alternativa a la desesperación y al alivio neuróticos.

En la tercera parte, el Dr. Sacks discute los factores fisiológicos, biológicos y psicológicos en la migraña. Sus teorías sobre su base biológica es lo que encuentro particularmente interesante y sugerente. En el mundo animal existen dos reacciones posibles a una situación amenazante o de peligro, o se le enfrenta o se le rehuye. Cita la descripción que hace Darwin de lo segundo:

La imagen de miedo pasivo, como la describe Darwin, es una de pasividad y postración, asociada con una actividad visceral y glandular ( …una fuerte tendencia a bostezar… palidez mortuoria… gotas de sudor en la piel. Todos los músculos del cuerpo se relajan. Los intestinos son afectados. Los músculos del esfínter dejan de actuar y no retienen más el contenido del cuerpo…’”). La actitud general es de humillación, de acobardamiento, de hundimiento. Si la reacción pasiva es más aguda, puede haber pérdida súbita del tono muscular y pérdida de la conciencia.

El Dr. Sacks cree que, a pesar de la asociación entre la migraña y la furia, es precisamente de esta reacción pasiva, adaptada a la naturaleza humana, de la que la migraña se deriva biológicamente. Todo esto me parece a mí muy probable. Antes de que pudiera inventar armas, el hombre primitivo debió ser una de las criaturas más indefensas, desprovisto como estaba de colmillos, garras, pezuñas o veneno e incapaz de moverse tan rápido como muchos de sus depredadores. Me parece poco probable, entonces, que la agresión o la furia pueda ser un instinto biológico básico del hombre como lo es en los depredadores carnívoros. La agresión humana debe ser una modificación secundaria de lo que fue originalmente un sentimiento de terror y de impotencia. Como ha dicho Coleridge: “En toda perplejidad hay una porción de miedo, lo que dispone a la mente para la ira”.

El Dr. Sacks concluye este capítulo relacionado con los enfoques psicológicos y la migraña afirmando que pueden ocurrir tres tipos de eslabonamiento psicosomático: primero, una conexión psicológica inherente a ciertos síntomas y efectos; segundo, una equivalencia simbólica fija entre ciertos síntomas físicos y estados mentales, análogos al uso de expresiones faciales; tercero, un simbolismo arbitrario e idiosincrático que une a los síntomas físicos y las fantasías. análogo a la construcción de síntomas de la histeria.

La última parte está dedicada a los problemas de la terapia. Como en todos los casos de desórdenes funcionales, la relación personal entre doctor y paciente es de suma importancia. “Toda enfermedad es un problema musical”, dijo Novalis, “y toda cura una solución musical”. Esto significa, como el Dr. Sacks dice, que, no importa qué método de tratamiento escoja el médico, o se vea obligado a escoger, hay sólo una regla básica: uno siempre tiene que oír al paciente. Porque, si alguna queja, tan común como legítima, tienen estos pacientes además de sus migrañas, es que sus médicos no los oyen. Han sido, sí, observados, investigados, drogados, pero no oídos.

El Dr. Sacks reconoce que existen drogas, especialmente el tartrato de ergatomina y el methergin, que son capaces de aliviar el dolor de un ataque agudo, medicina que sólo un desalmado le negaría a un paciente, a no ser que existan otras condiciones fisiológicas que contraindiquen su uso; sin embargo, las considera paliativos peligrosos que no pueden producir una cura definitiva.

Su preferencia, nos dice, es la psicoterapia. pero afirma esto con ciertas reservas. No piensa, por ejemplo, que la única solución a la migraña sea el psicoanálisis concienzudo y a fondo, para el que muy pocos pacientes tienen dinero o tiempo. Más aún, algunos pacientes consideran que el enfoque psicoterapéutico es inaceptable.

Los pacientes severamente afectados deberán atenderse regularmente, en intervalos que van de las dos a las diez semanas. Las primeras entrevistas deben ser largas y minuciosas, de tal manera que queden claros, para el paciente y su médico, la situación general y los detalles de las tensiones específicas involucradas: al mismo tiempo quedarán puestos los cimientos de la autoridad del médico en su relación con el paciente. Las consultas posteriores pueden ser más cortas y más focalizadas, y estarán dedicadas a la discusión de los problemas más recientes como los experimenta el paciente en relación con su dolencia. Una atención médica superficial es desastrosa, y una causa importante de la supuesta migraña es “intratable”.

También recomienda llevar dos calendarios, uno para la migraña y otro que registre los eventos cotidianos, lo que podría revelar algunas circunstancias capaces de provocar estos ataques.

La “cura”, en su opinión, consiste en encontrar para cada paciente en particular el mejor modus vivendi. Esto puede significar, en algunos casos, dejar que el paciente se quede con su migraña.

Intentar la erradicación de migrañas severas y recurrentes en un paciente patológicamente indiferente o en una personalidad histérica podría forzar al migrañoso a encarar ansiedades intensas y conflictos emocionales que serían todavía menos tolerables que las migrañas. Los síntomas físicos, paradójicamente, pueden ser más misericordiosos que los conflictos que éstos esconden y expresan simultáneamente.

Estos pacientes estarían de acuerdo con Marx: “El único antídoto para el sufrimiento mental es el sufrimiento físico”.

 

Traducción de René Rabell

La pérdida para la izquierda

Entre los primeros, encuentro varios. De los segundos, ninguno excepto en la lógica creada por el levantamiento mismo. Una vez que ocurrieron los acontecimientos de enero del 94, fue plausible: a) que las víctimas del conflicto armado fueran relativamente pocas, en comparación con la gran cantidad de muertos y heridos que han traído conflictos similares en otros sitios de América Latina; b) que el diálogo se estableciera muy pronto y continúe; es decir, que la cultura de la negociación se afianzara por encima de la mecánica del enfrentamiento; c) que las fuerzas políticas del país encontraran motivos para una mayor apertura, como se mostró en los compromisos a fines de enero de aquel 94.

También, suele mencionarse como mérito de la irrupción neozapatista la toma de conciencia sobre el problema indígena. Así lo consideran quienes, hasta 1994, no habían reparado en la presencia significativa, en la sociedad mexicana, de los grupos indios. Para muchos otros ciudadanos, no hubo revelación alguna en ese acontecimiento porque los indios y los pobres han formado parte de nuestra agenda y nuestras carencias nacionales desde siempre.

¿Daños? Son muy deplorables los muertos y heridos, aunque hubiera sido uno solo. Damnificados, han sido desde hace dos años millares de campesinos indígenas de la zona del conflicto, muchos de los cuales no han querido alinearse con el EZLN ni con las agrupaciones gubernamentales y que han sobrevivido en condiciones de enorme penuria.

El perjuicio mayor, ya en el plano nacional, fue para una cultura política inmadura, forjada a medias en el autoritarismo priísta y moldeada en los porrazos catárticos de una sociedad encorajinada y desconfiada. Una parte de esa sociedad, de pronto se fascinó en la violencia como recurso transformador (sobre todo cuando es ejercido en la lejanía chiapaneca) y ahora aplaude el tramposo apoliticismo ezelenita (que para usufructuar el desprestigio de la política ahora dice que no pretende el poder). La confusión de esos ciudadanos ha sido excitada por intelectuales y dirigentes cuya reflexión y acción se allanó, paralizándose cada cual en su terreno, delante del neozapatismo. Líderes políticos con toda una vida de esfuerzos que se resignaron a los caprichos del subcomandante, escritores de magnitud enorme capaces de encontrar destellos literarios en la cursilería de los maleables comunicados, articulistas y académicos temerosos de cuestionar al neozapatismo para no ir en contra de la moda, medios de comunicación que montados en la cresta sensacionalista del conflicto armado esparcieron mentiras sin rectificar jamás y, sobre todo, gobernantes y priístas culposos, repentinamente interesados en los indios para así recuperar clientelas, forman parte de este panorama de desorientación, de crisis en las ideas.

Quien más ha perdido en todo esto es la izquierda, que en parte quiso mimetizarse, oportunista o candorosamente, con un movimiento encabezado por quienes desconfían de ella. Sigue echándose de menos la capacidad analítica y autocrítica de la izquierda capaz de defender las causas más nobles, sin por ello perder lucidez ni identidad. Son tiempos postmodernos, dicen quienes buscan justificar la aparente heterodoxia del neozapatismo. Al aturdimiento se le dice de muchas maneras.

El cambio en los fines

Una rebelión armada siempre es criticable cuando no manifiesta con claridad sus fines. Ha estado a la vista de todo el mundo cómo éstos han ido cambiando de acuerdo con las circunstancias, hasta llegar al punto actual, donde no sabemos qué está pidiendo el EZLN.

Resulta difícil suponer la existencia de la menor decisión colectiva de los grupos indígenas participantes en el levantamiento. Visto a dos años de distancia y, sobre todo, después de la lectura del libro de Tello, el golpe del 1o. de enero de 1994 parece una aventura personal del subcomandante. Aunque pretenda otra cosa, este hombre está devorado por los ejemplos pasados. Haberlos tenido presentes no le ha evitado los fracasos, si no consideramos un éxito la notoriedad de que disfrutó el primer año, inflada por los medios de comunicación europeos. No se encuentra más hecho positivo que haber lanzado el indigenismo al primer plano, mientras contribuía al hundimiento de un PRD tambaleante y a introducir conflictos insolubles en una izquierda difusa, aferrada a sus utopías sociales y políticas.

Los programas organizados por el gobierno federal en materia de salud, educación, comunicación y reforma agraria, entre otros, no pueden ser una solución radical para los problemas de Chiapas, así palíen de momento las necesidades más urgentes de los grupos indígenas, lo que no hubiera ocurrido sin la rebelión.

El principal peligro es el triunfo de un indigenismo de antropólogos y de sacerdotes tanto católicos como protestantes, partidarios de las misiones de la época colonial y de los bantustanes modernos. No hay en esto opinión más autorizada que la de Andrés Henestrosa.

Los desafíos

No me siento capaz de responder a una cuestión así formulada. Acaso los historiadores puedan hacer dentro de muchos años un balance equilibrado de las consecuencias de la aventura neozapatista, más allá de las pasiones y polarizaciones maniqueas que hoy padecemos, más allá de las incertidumbres que nos agobian. Prefiero por eso referirme a los retos planteados por una insurrección en la que se combinaron de manera lamentable problemas y demandas más que legítimas con delirios políticos y religiosos tan anacrónicos como inaceptables para una perspectiva propiamente democrática y civilizada.

El primer desafío concierne a la necesidad de reconocer el inacabamiento y las deformidades de nuestro Estado nacional. Un Estado que permitió que el aislamiento, Ia marginación y los innumerables agravios sufridos convirtieran a algunas comunidades indígenas en el perfecto caldo de cultivo para el desarrollo, durante decenas de años, de proyectos de redención  pseudorreligiosos. Un Estado que pudo ser visto por dichas comunidades como un sistema de amenazas, como un enemigo mortal, como un defensor exclusivo de oligarcas y caciques depredadores y racistas. Un Estado que cobijó y solapó arbitrariedades, torpezas burocráticas, vejaciones y crímenes contra los sectores más pobres y desprotegidos. Un Estado en fin incapaz ‑por corrupción y por incompetencia- de cumplir y hacer cumplir las leyes, Io mismo que de atender mínimamente los más elementales reclamos de justicia civil y social.

El segundo reto concierne a la necesidad de superar una forma de entender y practicar la política que comparten no sólo los contingentes oficialistas sino también los dirigentes del EZ y de los partidos opositores. En breve, una concepción de la política como guerra sin principios, como lucha excluyente por el poder, como juego de suma cero como enfrentamiento sin principios entre enemigos absolutos en el que todo les está permitido. Según esta visión no existen problemas sino enemigos, no existen responsabilidades sino causas sagradas, no existen interlocutores sino correlaciones de fuerza. Carente de toda dignidad ética, Ia política se convierte inevitablemente en lucha feudal, en coto exclusivo de fanáticos y cínicos, de caudillos y cortesanos. El costo en términos de descomposición y degradación social y moral es incalculable. El tercer reto remite a una sociedad desgarrada, injusta y brutalmente insensible hacia las desigualdades existentes. Una sociedad que no asume sus rezagos, su pobreza, sus atrasos cívicos y culturales, y que siempre encuentra que su única responsabilidad es echarle la culpa al gobierno. Una sociedad que por fortuna está aprendiendo a exigir, así sea desigualmente, sus derechos, pero que parece lejos todavía de plantearse seriamente sus obligaciones como un pleno compromiso de convivencia solidaria y civilizada.

Pese a lo anterior, mucho es lo que el país ha podido evitar con la tregua y sobre todo con las negociaciones en curso. Ojalá ellas sirvan no sólo para construir una paz con justicia en Chiapas, sino para tomar conciencia de estos y otros retos, e impedir así que nunca más grupo alguno de mexicanos llegue a pensar, por desesperación o por ignorancia, por fanatismo o por interés, que la lucha armada es un medio legítimo para plantear sus demandas.

Violencia y fantasías

Sobre todo convendría subrayar un beneficio: mostrarnos, de manera evidente e inmediata, que la violencia política no es una posibilidad remota, improbable, pretérita. No hemos sabido aprovecharlo. Sin duda es afortunado el que la mayoría de la población rechazase, en esta ocasión, el recurso de las armas; pero no puede darse por hecho como cosa definitiva. Es triste, en cambio, descubrir la irresponsabilidad de buena parte de nuestros letrados, su propensión a la demagogia y a las intemperancias ideológicas; triste, sí, pero también es bueno saberlo. Es muy aleccionador, también, el espectáculo que se puso en marcha con ocasión de la revuelta: las fantasías que despierta la violencia y la turbiedad de las tramas a que da lugar. De nuevo, lo que falta es que sepamos aprovechar todo ello de mejor modo.

EZLN en luz y en sombra

Contamos con algunas certidumbres: un sector amplio de la sociedad acepta fechar el 68 como la apertura hacia un nuevo jalón modernizador mexicano. Inicia en la esfera política: nuestro régimen corporativo empieza a mostrar su ramplonería ladina y estrecha para la sociedad que somos al final de los sesentas. Nuestro lento pero progresivo descubrimiento colectivo de ese hecho nos conducirá al reclamo democrático, no sin pasar por las atrocidades, los desvaríos y la brutalidad guerrilleros y policiacos que se baten en los sótanos anónimos de una ciudadanía que aún le falta un tramo largo para ser tal.

En la esfera de la economía, los primeros setentas empiezan a mostrar el progresivo agotamiento de nuestro patrón de desarrollo de postguerra. A nuestro aún más lento descubrimiento colectivo de este hecho contribuye el relámpago verde de los dólares (Cocodrilo dixit) de las exportaciones petroleras (1978‑1981).

En España la transición fue un proceso desde una dictadura sans phrases a un régimen parlamentario democrático; al final, mediante un pacto entre organizaciones sociales. La nuestra sería una transición desde un régimen cuasicorporativo de partido casi único con instituciones e instrumentos varios, propios de la democracia formal, hacia una normalización democrática real y hacia un régimen de partidos. No tenemos organizaciones sociales capaces de alcanzar un pacto como el de la Moncloa. El régimen de partidos está en vías de construirse y entre otras cosas implica la maduración de los partidos hoy existentes. Estos partidos no maduros de rala implantación social tienen por ello mismo graves dificultades para pactar: nuestra transición ha sido y será, por tanto, necesariamente lenta, de largo plazo.

Nos es indispensable también una normalización económica: a) una inserción internacional acorde a la norma media de la producción y la acumulación de capital en el mayor número de ramas de actividad que nos sea posible; 2) una norma media en la distribución de la riqueza y el ingreso (en términos comparativos a nivel internacional). Lo segundo no es asunto sólo de elemental justicia social, sino necesidad imperiosa de incorporar a millones de mexicanos miserables a un mercado interno cuya actual estrechez impediría la adopción de las tecnologías necesarias para el tipo de inserción internacional referida.

Anoto tres impactos en ese contexto general, de la emergencia del EZLN, que me parecen destacables.

Pudo haber desatado ya el impulso y el proceso social y político por el cual diversas comunidades indígenas y rurales están elevando con rapidez su conciencia de ser y tener, y sus formas organizativas, para disputar y negociar un lugar no marginal en el conjunto de la sociedad. La madurez relativa de la ciudadanía en esta coyuntura es y puede ser la amplia avenida por donde transite el desarrollo de esas comunidades. La contribución del EZLN a la modernización y la transición políticas, desde esta perspectiva, es clara.

A contrario sensu, la forma de su irrupción permitió a la sociedad aclarar y afirmar su firme posición en contra de delirios revolucionaristas: fue, por tanto, una forma invertida de contribuir al proceso de modernización y de transición política.

Aunque se trata del segmento menos maduro de la esfera política, nada es más valioso en la izquierda que su vehemencia por la justicia social. Por eso la izquierda política sigue siendo indispensable en la geografía del mundo, no sólo entre nosotros. El EZLN entró en la izquierda mexicana como chivo en cristalería (no del todo involuntariamente). Rompió y continuará rompiendo lazos duramente construidos. Generó una evidente ascendencia moral y política sobre segmentos importantes de esta franja política, y recreó exaltaciones y sueños místicos asociados desde siempre a los héroes caudillescos, es decir, a unos modos de relación entre dirigentes y bases sociales en posición ortogonal respecto a la democracia. Ha sido, por tanto, también una forma de contribuir al retraso de la modernización y la transición política.

Chiapas: El impacto en Las Cañadas

Este es un esfuerzo por sintetizar e interpretar un proceso político‑militar sumamente complejo, en el que han estado involucrados los indígenas y campesinos de Las Cañadas de la selva lacandona en los últimos diez años. Esto representa gran dificultad si consideramos la falta de información objetiva sobre lo que ha pasado en la región, así como la enorme desinformación que por diversas razones se ha generado después del levantamiento armado. Por ello ésta es una aproximación que considerará sólo algunos elementos que, desde mi punto de vista, es importante destacar. Para una versión más completa estoy por concluir un libro sobre el proyecto y la evolución política de la Asociación Rural de Interés Colectivo (ARIC) Unión de Uniones en Las Cañadas de la selva lacandona, que necesariamente incluye este tema.

Para evaluar con rigor, objetividad y desde una perspectiva contextuada el impacto del movimiento armado en los habitantes de Las Cañadas, considero necesario tomar en cuenta, aunque sea brevemente, los siguientes aspectos:

1) Las condiciones políticas y sociales existentes en la región que hicieron posible la participación masiva de los campesinos‑indígenas en un movimiento armado con un origen distinto al de ellos; y 2) Las consecuencias del levantamiento armado, desde la perspectiva de los propios indígenas y campesinos involucrados de una u otra manera en el conflicto, considerando los hechos y efectos concretos del proyecto, más que su discurso.

Este esfuerzo de objetividad no es ajeno a una práctica política, pues de 1985 a  1988 trabajé en la región con la ARlC Unión de Uniones atendiendo problemas agrarios y, a partir de 1992, como parte de su dirección. Esto me ha permitido conocimiento directo, acceso sólo a fuentes primarias y una mayor comprensión del proceso.

Es tan incorrecto pretender explicarse el levantamiento armado partiendo exclusivamente de las condiciones de pobreza y marginación de las comunidades indígenas de Chiapas, como suponer que es un movimiento promovido por extranjeros. El conflicto tiene efectivamente como base la marginación de los indígenas, pero es inexplicable sin la presencia de una organización político‑militar con un origen distinto al de los indígenas, y que encontró terreno fértil para el proselitismo ideológico, político y militar, sobre una base campesina que había desarrollado ya justas aspiraciones de mejorar sus niveles de bienestar.

En efecto, desde principios de la década de los setentas los campesinos indígenas de Las Cañadas inician un proceso de lucha social ante la perspectiva de la realización del Congreso Indígena de 1974. En dicho congreso se plantearon las demandas de salud, educación, tierra y comercialización. El mismo permitió a los campesinos‑indígenas tomar conciencia de su problemática común, asimismo permitió destacar a sus dirigentes naturales; sin embargo, dicho congreso tuvo la gran limitación de que los campesinos no volvieron a reunirse para darle seguimiento a las demandas ahí planteadas.

Pero es a raíz de este congreso que se empiezan a desarrollar organizaciones regionales como la Unión de Ejidos Quiptic Ta Lecubtesel, que se constituye el 14 de diciembre de 1975, con campesinos tzeltales de Las Cañadas de la selva lacandona. Meses después se constituye la Unión de Ejidos Lucha Campesina en la zona tojolabal de Las Margaritas, Chiapas. Es a partir de estas organizaciones regionales que los campesinos empiezan a luchar de manera más organizada por la tierra, el transporte y la defensa de sus derechos.

Este proceso organizativo de los campesinos estuvo sometido fundamentalmente a dos influencias ideológicas; la primera, por parte de los agentes de pastoral de Ocosingo, que llegan a Las Cañadas al inicio de los sesentas, y que a través de la evangelización contribuyen a generar en los campesinos una actitud por buscar mejores condiciones de bienestar, lo cual les permite tener una gran ascendencia sobre las comunidades indígenas de esta región. Segunda, la influencia de militantes de la denominada línea de masas, de tendencia maoísta, que llegan a Las Cañadas a raíz de la preparación del Congreso Indígena de 1974.

La gran influencia que la diócesis de San Cristóbal tiene sobre las comunidades indígenas lleva al gobierno del estado y federal a proponerle a Samuel Ruiz, obispo que la encabeza, la organización del mencionado Congreso Indígena de 1974. El propósito era que en dicho congreso se destacaran las condiciones de pobreza, marginación e injusticia en la que se encuentran los campesinos‑indígenas de Chiapas, para que en el contexto de la apertura democrática, impulsada por el entonces Presidente de la República se propiciara la ruptura de los añejos cacicazgos estatales. El obispo a su vez condiciona su participación en la organización del congreso a que no fuera un acto demagógico o folklórico, y en el que se permitiera verdaderamente la participación de los indígenas.

La diócesis de San Cristóbal no tenía los cuadros políticos que le permitieran organizar la participación de los indígenas, por lo que recurre a los militantes de la izquierda no tradicional, surgida a raíz del movimiento estudiantil de 1968, y son estos militantes los que a partir de su relación con algunos de los dirigentes indígenas destacados en el congreso, y en coordinación con agentes de la pastoral, quienes constituyen las dos primeras organizaciones regionales.

Posteriormente se desarrollan otros procesos organizativos en otras regiones indígenas del estado, en los municipios de Sabanilla, Tila, El Bosque, Comitán, Motozintla, Huitiupán, Simojovel, y al principio de la década de los ochentas los indígenas tzeltales de Las Cañadas de la selva lacandona organizados en la Unión de Ejidos Quiplic Ta Lecubtesel, los tojolabales de la Unión de Ejidos Lucha Campesina, los tojolabales de la Unión de Ejidos Tierra y Libertad, choles de Sabanilla, Tila y Huitiupán, tzotziles de Simojovel y El Bosque y campesinos mestizos de Motozintla se unen en torno a la lucha por encontrar mejores condiciones de comercialización del café. Como producto de esta convergencia se logra la firma de un convenio de comercialización con el Instituto Mexicano del Café que permite a los campesinos mejorar sustancialmente el precio y las condiciones de comercialización de dicho grano. Así también a raíz de esta convergencia se constituye el 4 y 5 de septiembre de 1980, en el ejido Bajocú, municipio de Las Margaritas, Chiapas, la Unión de Uniones Ejidales y Grupos Campesinos Solidarios de Chiapas, que más tarde se constituiría en una Asociación Rural de Interés Colectivo (ARIC).

A raíz del Decreto de Titulación de Bienes Comunales a la Comunidad Lacandona que dotó de 614,321 ha., a 66 jefes de familia lacandones, y pretendió negar los derechos adquiridos sobre la tierra de miles de campesinos tzeltales y choles, incluyendo a algunos con resolución presidencial, se generó un proceso de lucha y organización por la defensa de sus derechos sobre la tierra que permitió a la Unión de Ejidos Quiptic Ta Lecubtesel aglutinar e integrar a decenas de comunidades de casi todas Las Cañadas de la selva lacandona. La mayor parte de los campesinos de Las Cañadas se formaron y aprendieron, durante muchos años, al calor de esta lucha agraria, por lo que constituyó el eje principal de la organización.

El 13 y 14 de octubre de 1981 todos estos campesinos, con el apoyo de la sección 7 del magisterio, secciones obreras mineras del norte del país y campesinos de los valles del Yaqui y Mayo de Sonora, realizan una gran movilización en Tuxtla Gutiérrez, en donde una de las demandas centrales es la lucha por el respeto y el reconocimiento de los derechos agrarios de 26 comunidades que habían sido afectadas por dicho decreto.

A fines de 1981 la Unión de Uniones decide iniciar la lucha por la constitución de una Unión de Crédito Agropecuaria e Industrial, a partir de la experiencia de los campesinos de los ejidos colectivos de los Valles del Yaqui y Mayo de Sonora. Después de varios meses de gestión y de esfuerzo de los campesinos por reunir el capital social, en octubre de 1982 la Comisión Nacional Bancaria autoriza la concesión para la operación de la Unión de Crédito Pajal Ya Kac’tic. Dicha Unión de Crédito sería el instrumento financiero para impulsar el desarrollo social y productivo de las comunidades indígenas que la integraban.

Sin embargo, el desarrollo desigual de las distintas organizaciones, la prioridad de las demandas para cada una de ellas y las discrepancias en cuanto a la dirección de la Unión de Crédito entre sus principales dirigentes, genera una serie de contradicciones y luchas internas que culmina en enero de 1983, en el ejido Rizo de Oro, municipio de Las Margaritas, con la ruptura de la Unión de Uniones.

Hasta esa fecha la Unión de Uniones constituía la organización campesina más grande en el estado, y no estaba vinculada a ningún partido político, ni central campesina, lo cual había representado un enorme esfuerzo a lo largo de muchos años de los campesinos‑indígenas y sus asesores. Su ruptura entonces significó la desmoralización de sus principales dirigentes, así como de las comunidades que habían jugado un papel más activo en este proceso. Es en este contexto que retornan a Chiapas los principales dirigentes de la organización político‑militar que ahora conocemos como las Fuerzas de Liberación Nacional.

A principios de los ochentas los movimientos revolucionarios de Centroamérica se encontraban en ascenso, el Frente Sandinista de Liberación Nacional tras el derrocamiento de Anastasio Somoza había tomado el poder por la vía de las armas. El Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, estimulado por el triunfo de los sandinistas, incrementaba sus ofensivas guerrilleras. Los diferentes grupos guerrilleros de Guatemala mantenían, con renovadas esperanzas, su estrategia político‑militar. En este contexto es electo para gobernar a Chiapas en el periodo 1982‑88 el general Absalón Castellanos Domínguez, miembro de una de las familias terratenientes de la oligarquía de la entidad.

Por estas fechas también algunos agentes vinculados a la diócesis de San Cristóbal, uno de los cuales recién había retornado de Nicaragua, deciden reunir a los principales dirigentes campesinos‑indígenas de Las Cañadas y crear una especie de organización ideológica, a la que denominan Slop (la raíz en lengua tzeltal), cuya principal función sería la de orientar el proceso de lucha y resistencia de las comunidades. Y es en este mismo contexto en el que algunos agentes de pastoral consideran viable la alternativa de la lucha armada, como la vía para la liberación de los pueblos indios. Por esta razón es a través de Slop y de los campesinos que participan en ésta, como los asesores militares de las FLN se vinculan a las comunidades de Las Cañadas de la selva lacandona.

Es imposible explicarse la penetración de una organización político‑militar en esta región sin el apoyo de la estructura religiosa, y a su vez es imposible explicarse por qué dicha estructura y el mismo discurso evangelizador se pusieron al servicio de una propuesta de insurrección armada fuera del contexto antes descrito.

Para 1988, prácticamente todos los campesinos de la ARIC Unión de Uniones y de Las Cañadas de la selva lacandona militaban de manera masiva en el EZLN. Esto fue posible, como ya lo señalamos, por el apoyo religioso, por el método clandestino de reclutamiento y preparación de cuadros, que les permitió protegerse no sólo de las fuerzas de seguridad nacional, sino también evadir la confrontación ideológica en torno a su proyecto, pero además porque los campesinos no consideraban excluyente su participación en el EZLN y en la ARIC Unión de Uniones. Esto explica la participación masiva de los campesinos indígenas tzeltales de esta región en el movimiento armado.

La estructura político‑militar que promovió el proyecto armado violentó la vida de la comunidad, al sustituir las prácticas de toma de decisiones de la mayoría en la asamblea, que les permitía democráticamente resolver las dificultades y contradicciones en el seno de la comunidad. por la organización militar basada en «mandos» o «responsables militares».

Los métodos y las presiones para el reclutamiento de nuevos militantes y el sistema de castigos que imponía la nueva estructura militar chocaron con las costumbres, la libertad y la convivencia comunitaria, por lo que para 1988 numerosos campesinos empiezan a desertar de las filas del EZLN, iniciando así un proceso de deserción gradual y creciente que deriva en que algunos agentes de pastoral y una gran parte de la estructura religiosa de catequistas y prediáconos campesinos empiezan abiertamente a retirarle su apoyo al movimiento armado. Se conforma así para 1990 una clara división entre comunidades y grupos importantes de otras.

Este proceso coincide con el reflujo de los movimientos revolucionarios en Centroamérica y el inicio de la debacle del socialismo real en la Europa del Este. Lo que provoca que algunos agentes de pastoral que habían apoyado la vía de las armas empiecen primero a dudar de la viabilidad del proyecto armado, y posteriormente a retirarle su respaldo e incluso a combatirlo abiertamente.

Sin embargo, a pesar de este distanciamiento de algunos de los agentes de la pastoral y de la división de una parte de la población, el proyecto armado se mantiene y persiste en sus propósitos, dado que esta organización militar de mandos era ya una estructura de poder, que tenía como base a la población más joven, y porque además todavía muchos consideran que su militancia en el EZLN era complementaria a sus otras formas de organización y lucha.

En estas condiciones de lucha en el seno de las comunidades, y a pesar del ya evidente fracaso de las luchas armadas en Centroamérica, de la caída del muro de Berlín y de la destrucción de la URSS, el proyecto del EZLN se mantiene entre 1990 y 1993, entre otros aspectos por los efectos e interpretación que se le da a las políticas de modernización, como la reforma al artículo 27 constitucional, Ia liberación del mercado internacional del café, la privatización de las empresas estatales, la reducción del gasto público, el retiro de los subsidios al campo y las negociaciones del Tratado de Libre Comercio, así como por las políticas ecologistas a ultranza, que prohibieron el desarrollo de todas las actividades agropecuarias de los productores de la selva sin darles opciones alternativas.

Desde octubre de 1992 la dirección del EZLN venía anunciando diversas fechas en las que iniciaría su levantamiento armado: sin embargo, para mayo de 1993 una brigada del ejército mexicano que realizaba un patrullaje en la sierra de Corralchén descubre un campamento del grupo armado, y se produce un enfrentamiento que pone en alerta al gobierno, particularmente a las fuerzas de seguridad nacional y en alguna medida a la opinión pública. Este hecho, aunado a una ofensiva ideológica y política de la ARIC Unión de Uniones, que empieza gradualmente a restarle más base al EZLN, son los elementos que aceleran el levantamiento armado del 1o. de enero de 1994.

La declaración de guerra del EZLN al ejército mexicano y los enfrentamientos que posteriormente se dieron dejaron decenas de muertos, heridos, viudas, huérfanos. La amenaza y posibilidad de trasladar el teatro de las operaciones militares a Las Cañadas de la selva lacandona, provocó el éxodo masivo de comunidades enteras y puso en riesgo la vida de miles de familias de la región, ante la posibilidad real de que el ejército mexicano respondiera con el aniquilamiento, pues no había ningún factor bajo el control del EZLN que pudiera impedirlo. ni tampoco tenía la capacidad de respuesta militar.

Con la declaración del cese unilateral del fuego por parte del gobierno mexicano, y la determinación de las llamadas zonas francas, el territorio de Las Cañadas quedó prácticamente bajo el control militar del EZLN, lo cual dejó a la población civil, particularmente a la organizada en la ARIC Unión de Uniones, sometida al hostigamiento y arbitrariedades de los grupos armados; se suspendió la libertad de tránsito, de reunión y asociación, de comunicación y aumentó el número de desplazados de las comunidades a las cabeceras municipales de Ocosingo, Altamirano y Las Margaritas, llegando para mediados de 1994 a más de 25,000 desplazados.

Del primero de enero de 1994 al 9 de febrero de 1995, periodo durante el cual se mantuvo esta situación, la economía regional de los productores campesinos de café y de ganado se vio prácticamente detenida, al no poder realizar las labores de cultivo, cosecha y comercialización de su producción agropecuaria, incluyendo el maíz y el frijol, base de la alimentación de los habitantes de la región.

El 9 de febrero de 1995, a raíz de que la PGR da a conocer la verdadera identidad de los dirigentes de las FLN y se giran las órdenes de aprehensión contra ellos, Las Cañadas de la selva lacandona quedan prácticamente militarizadas, cientos de campesinos huyen a las montañas, llevando consigo ancianos, mujeres y niños, quienes posteriormente y después de varios d]as retornan gradualmente a sus comunidades.

Actualmente la situación de Las Cañadas de la selva lacandona se caracteriza por una fuerte presencia militar, por la existencia de numerosos grupos de organizaciones no gubernamentales, defensoras de los derechos humanos, que han contribuido a polarizar las posiciones políticas entre los campesinos‑indígenas. Las comunidades se encuentran divididas, y en muchos casos hasta enfrentadas. La actividad económica es prácticamente nula en la región. Los campesinos han perdido la autosuficiencia alimentaria en la producción de alimentos básicos como el maíz y el frijol, los habitantes son ahora más dependientes de los apoyos externos, ya sean del gobierno o del resto de la sociedad civil. Las enfermedades gastrointestinales se han agudizado, y otras que ya se habían extinguido. como la lepra de montaña, han vuelto a aparecer.

Independientemente de que el gobierno y el EZLN firmen los acuerdos de paz, Ia reconciliación de los campesinos‑indígenas, el restablecimiento de la vida comunitaria y la reactivación de la vida económica y productiva de la región son hoy las tareas más importantes y los retos más difíciles que tienen los pobladores de esta región.

Los dirigentes de las FLN propusieron y ofrecieron a los indígenas y campesinos de la región la toma del poder, el socialismo, un nuevo país, y una nueva vida, en suma, una revolución que significaba para ellos mejorar sus condiciones de vida. Los campesinos e indígenas creyeron en este proyecto, en que era el mejor camino para su liberación, en que era nacional e incluso internacional, se involucraron y se entregaron a él, entrenaron militarmente e invirtieron sus excedentes para comprar armas a lo largo de diez años. Algunos rompieron con sus familias, otros perdieron la vida, o se la quitaron a gente cercana, y hasta ahora no han obtenido ni la tierra, ni la vivienda, ni la escuela, o por lo menos no a través del propio movimiento armado.

Como lo reconoció Marcos en una declaración, el que se detuviera la guerra y se diera una evolución positiva al conflicto no dependió del EZLN, sino de fuerzas democráticas de la propia sociedad. Yo agregaría que también de las corrientes democráticas al interior del gobierno y de las condiciones del nuevo contexto internacional, posterior a la guerra fría. Estas condiciones de evolución positiva del conflicto permitieron que después del levantamiento armado se abriera una coyuntura que ha podido ser utilizada en beneficio de los intereses de los indígenas de Chiapas, y del avance democrático a nivel nacional.

La evolución del conflicto permitió que la iniciativa de guerra se tornara en un enorme llamado de atención sobre las injustas condiciones de vida de los indígenas, y que se transformara en un foco rojo que reanimó la voluntad de la lucha social, y la voluntad oficial, nacional e internacional, para canalizar de manera más eficiente mayores recursos e inversiones hacia la zona de conflicto y la entidad. Sin embargo, hasta ahora ni la evolución ni el aprovechamiento positivo y concreto de dicha coyuntura han dependido del EZLN. La capitalización positiva de esta coyuntura ha dependido y seguirá dependiendo de las fuerzas verdaderamente democráticas, congruentes en sus métodos y acciones.

Una parte de los indígenas y campesinos de Las Cañadas están luchando para evitar que el proceso subsecuente de ruptura de la convivencia en la comunidad sea mayor: de limitar los efectos de desorganización, derechización, abusos hacia los indígenas, y entre ellos han tratado de capitalizar la coyuntura atendiendo las necesidades concretas de abasto, educación, tierra, luz, agua, derechos humanos. salud, vivienda, desarrollo productivo y conservación del medio ambiente. Pero no obstante todos estos esfuerzos, los problemas y los daños son tan profundos que los avances son muy lentos y limitados, y en cualquier aspecto son mayores los saldos negativos. Para la mayor parte de los indígenas que se encuentran desorganizados son aún mayores los daños: lo único que hasta ahora han obtenido como resultado del movimiento armado es frustración, dolor y mayor pobreza.

No se sabe cómo concluirá la coyuntura abierta a partir del primero de enero. Esta puede evolucionar hacia un avance democrático para el país, o hacia el endurecimiento. Que el proceso evolucione en uno u otro sentido depende fundamentalmente de las fuerzas democráticas del país, incluyendo las del gobierno. Obviamente, como el EZLN no se levantó en armas para negociar cómo resolver los problemas sociales de los indígenas de Las Cañadas de la selva lacandona, ha tenido enormes dificultades para culminar o cerrar este proceso en una negociación que los beneficie de manera directa, efectiva y concreta. Sólo si permite que las fuerzas y organizaciones con métodos democráticos avancen, que deseche el expediente de violencia y abusos en la región, modifique su objetivo estratégico de «desgastar al enemigo» y se sume a las negociaciones de los problemas concretos de los indígenas y campesinos con las demás fuerzas democráticas, podrá contribuir a una salida digna de su propio conflicto y actuar de manera congruente con su discurso a favor de la democracia y el respeto a las diversas formas de lucha de la sociedad civil.

El texto que aquí presentamos nos lleva por la historia reciente de las luchas sociales de los campesinos indígenas de Chiapas. Esa historia comenzó en 1974, en la víspera del Congreso Indígena, y en el camino se topó -como afirma la autora- con los agentes pastorales de Ocosingo y con la influencia militante de las «líneas de masas», de tendencia maoísta. El panorama descrito arroja el diagnóstico siguiente: las comunidades están divididas y su economía es un desastre. También ofrecemos las respuestas de cinco analistas políticos a una pregunta que les lanzó nexos: «A más de dos años de ocurrido, qué daños y/o qué beneficios ha traído el levantamiento en Chiapas del EZLN».

Este texto es la ponencia presentada en el Congreso de la Latin America Studies Association, en Washington, D. C., del 28 al 30 de septiembre de 1995.

Acción Nacional, ese desconocido

Soledad Loaeza. Ensayista y politóloga. Es investigadora de El Colegio de México.

A lo largo de la mayor parte de su historia el PAN ha vivido una situación paradójica: por una parte, desde su fundación en 1939, su identidad como partido de oposición quedó bien afianzada en el universo político mexicano; pero, por la otra, Acción Nacional siempre ha sido un desconocido, porque poco se sabe de su historia, de su organización, y de las ideas en las que se ha apoyado o que ha promovido durante más de cincuenta años de existencia. El PAN es como un familiar con quien nos topábamos regularmente en celebraciones obligadas, lo saludábamos con cortesía porque sabíamos que era una persona decente, pero nunca buscamos la oportunidad de averiguar bien a bien quién era, ni por qué estaba ahí. Hasta que un día ese familiar tomó la palabra y nos sorprendió a todos con su vitalidad y su discurso.

En todo caso a Acción Nacional se le conocía más por las funciones que desempeñaba en el sistema político, que por su personalidad. Tratar de entenderlo hoy puede ser una empresa más difícil que antes, porque la heterogeneidad es una de las características que ha desarrollado en los últimos años, por efecto de su calidad de partido de protesta, y porque desde mediados de los ochentas el partido se convirtió en un vehículo fundamental de las reivindicaciones de soberanía estatal y de autonomía municipal de numerosas fuerzas locales en contra del gobierno federal. Hoy más que nunca el PAN es una federación de notables locales. Tanto así que el partido doctrinario del que todos hablan no es tal ni mucho menos, sino que es un frente de oposiciones, el principal canal de participación de los ciudadanos insatisfechos y pragmáticos, cuya única identidad clara es el antipriísmo, o en todo caso, el antigobiernismo. De manera que aparte de las consabidas referencias al bien común y a ideas generales respecto a la democracia y a la perversidad estatal, poco nos dice el PAN de lo que realmente piensan los panistas.

Es cierto que algunos de los más distinguidos creen firmemente en las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia, que ha sido el marco tradicional de referencia de los así llamados doctrinarios, pero hoy son los menos. Porque en Acción Nacional puja por convertirse en dominante la corriente regiomontana que cobró fuerza con Manuel J. Clouthier, y que ahora se alinea detrás de Ernesto Ruffo y de Vicente Fox, a quienes poco o nada le importan esas enseñanzas. Ni siquiera el fundamentalismo de Carlos Medina Plascencia, de formación y de corazón sinarquista, bastante más provinciano y elemental en términos del propio pensamiento católico, puede considerarse como parte de la familia doctrinaria.

El dilema que enfrenta Acción Nacional hoy, como hace cincuenta años, es cómo integrar una derecha moderna con grupos tan dispares, en un contexto ideológico mundial en el que la debacle de la izquierda y del socialismo ofreció algunos elementos para la reconstrucción de su adversario histórico, pero insuficientes. La perdurabilidad de toda fuerza política depende de su capacidad para construirse en torno a valores y propuestas positivas. El PAN tendría que resolver esta exigencia, pero para lograrlo tendría que superar notables contradicciones internas. Por una parte necesita los recursos que pueden ofrecerle los empresarios que claman por un soporte ideológico que dé justificación moral a la promoción de sus intereses; por la otra, necesitan del apoyo de millones de votantes que podría atraerles el discurso demócratacristiano en un país donde los empresarios, usted perdone, tienen una mala fama bien ganada. La defensa de la iniciativa privada, del derecho a la propiedad y la denuncia de los agravios al empresariado nacional, es un mensaje hasta mezquino en un país donde el 40% de la población vive por debajo del nivel de pobreza. El relativo fracaso de la campaña de Manuel J. Clouthier en 1988 es una prueba de las limitaciones del empresario cum político.

Sobre la biografía y la comprensión de Acción Nacional pesó durante décadas la leyenda negra que compusieron sus adversarios originales: Vicente Lombardo Toledano, quien fue el artífice más efectivo de interpretaciones y símbolos de la Revolución que habrían de perdurar en la imaginación de la izquierda mexicana, y el Partido Revolucionario Institucional, que a partir de 1946 utilizó al joven PAN como una percha a la que vistió con los colores de una fantasmagórica «Reacción». A ellos más que a sí mismo debe este partido su imagen histórica de instrumento de una alianza non‑sancta entre la Iglesia católica, los banqueros, la gran burguesía y Washington.

El ahora extinto Partido Popular Socialista, el partido oficial y los sucesivos gobiernos, le impusieron al PAN el estereotipo de una oposición reaccionaria que respondía mucho más a sus propias necesidades que a la realidad. Mientras las políticas gubernamentales más se alejaban de las promesas y los presupuestos revolucionarios mayor era la importancia de definir en otros términos la lealtad revolucionaria del PRI y sus gobiernos. Si no podían ser fieles al movimiento que los había llevado al poder por acciones positivas, lo serían por contraposición a un tercero. Así, Acción Nacional quedó convertido en el contrapunto reaccionario que necesitaban las decisiones gubernamentales para poder cobijarse bajo la legitimidad revolucionaria. Al mismo tiempo el repertorio de imágenes negativas asociadas con esta corriente de oposición sepultó la identidad real del PAN. Es decir, el mito de la derecha enmascaró el rostro de la derecha.

Como toda leyenda, la del PAN se construyó con base en algunos elementos de verdad. Por ejemplo, aunque el partido no era instrumento de la Iglesia católica. sí ha defendido sus intereses al sostener consistentemente la primacía de los valores católicos en la organización de la vida social, y también la idea de que la moral pública debe estar asociada a esos valores y, en última instancia, ser responsabilidad de la Iglesia. En segundo lugar, Acción Nacional nunca ha sido el partido de los banqueros, que no necesitan partido y si lo necesitan recurren al PRI. Pero el PAN sí ha sido utilizado en diferentes momentos por poderosos grupos empresariales, sobre todo en Monterrey, para presionar al gobierno. Por otra parte, el PAN no es el partido de los empresarios, pero defiende el derecho de propiedad y postula la superioridad de la empresa privada sobre la pública; entonces, aunque el partido no defiende los intereses del capital, esta defensa es un efecto inescapable de sus posturas al respecto. Por otra parte, el antiestatismo es un punto de convergencia entre panistas no empresarios y numerosos grupos de empresarios medianos y pequeños, que desde 1982 sostienen que al Estado le toca una labor subsidiaria de apoyo a las actividades económicas.

El PAN no es un partido contrarrevolucionario, pero sí nació como una reacción en contra de la interpretación cardenista de la Revolución mexicana. Para los panistas de entonces las políticas frente‑populistas» del gobierno de Lázaro Cárdenas eran responsables del desorden y la anarquía», del fracaso económico y de los antagonismos políticos con que concluyó ese sexenio. Al igual que los panistas de entonces, Ios de ahora son todos antipopulistas; por esa razón dentro de la demonología del partido al lado de Lázaro Cárdenas, Luis Echeverría y José López Portillo ocupan un lugar de honor.

Acción Nacional jamás ha reivindicado el imperio de Maximiliano, pero sus fundadores y algunos de sus líderes más distinguidos mantienen una visión idílica de la presencia española en México, repudian el triunfo del liberalismo en México y las teorías contractualistas de la democracia, pues creen en el jus naturalismo, en la democracia orgánica, en la inviolabilidad de las comunidades naturales, por ejemplo, Ia familia, el municipio, el sindicato: y consideran el individualismo del siglo XIX una gran tragedia para la grandeza mexicana. En directa relación con esta visión organicista de la sociedad, Ios panistas tendrían que discutir públicamente y proponer a sus votantes una nueva delimitación de los ámbitos de lo público y de lo privado. Esto es, tendrían que exponer sus ideas en relación con la res publica, Ia república liberal que ha sido la piedra de toque de la identidad política dominante en México desde finales del siglo XIX. Ernesto Ruffo, Francisco Barrio y Carlos Medina como gobernadores parecieron regirse por el apotegma de que el mejor gobierno es el que menos gobierna, es decir, efectuando, en la práctica, una retracción de la autoridad pública. Más todavía, en el curso de la campaña presidencial se le preguntó al candidato panista a la presidencia de la república. Diego Fernández de Cevallos, por qué no estaba casado por lo civil. Su respuesta fue que él creía que el matrimonio era un asunto privado entre dos personas, en el que no tenía por qué intervenir la autoridad pública. Las implicaciones de esta afirmación perfectamente antirrepublicana son múltiples; la más notable es que supone la contracción del ámbito de lo público a áreas restringidas, pero selectas: el mantenimiento del orden público y la defensa de la moralidad y las buenas costumbres, programa que han puesto en práctica varios presidentes municipales panistas. En cambio, el Estado no debe intervenir en la educación, ni alterar el orden natural de la sociedad, porque es de origen divino.

Al candidato Fernández de Cevallos muchas mujeres podríamos haber respondido que la idea del matrimonio como un contrato civil es la mínima protección a la que podemos aspirar ante la posibilidad de haber elegido un mal marido. En todo caso el Derecho Civil es un consuelo más tangible que la débil esperanza de que el desobligado se vaya al infierno algún día. Asimismo, con el mismo argumento de Fernández de Cevallos en cuanto a la defensa de la privacía puede apoyarse la campaña por la despenalización del aborto, pues en última instancia una decisión de ese tamaño es un asunto de la más estricta intimidad de la mujer, o de la persona humana, si quieren.

Por otra parte, si fuera cierto que el mejor gobierno es el que menos gobierna, Medina Plascencia tendría que explicar por qué durante el tiempo que estuvo en el poder, el estado de Guanajuato pasó a ocupar el primer lugar como entidad expulsora de migrantes a Estados Unidos. Barrio tendrá que rendir cuentas acerca de las soluciones que no puso en práctica para contrarrestar los efectos de una de las peores crisis económicas que ha vivido el estado de Chihuahua en su historia, y Ernesto Ruffo tendría también que convencernos de que el gobierno federal fue el estorbo que le impidió poner orden en uno de los estados que muestran mayor índice de criminalidad en la república.

La leyenda en torno a Acción Nacional comenzó a desmoronarse a raíz de la importancia que ha cobrado el partido en los últimos diez años. El derrumbe fue un efecto indirecto de los cambios que ha registrado el mundo, y lo que antes era contrarrevolucionario hoy es democrático. Si antes el autoritarismo del presidente Cárdenas se justificó en nombre de la democracia, hoy la democracia sirve para denunciar un presidencialismo bastante más tímido del que alegremente ejerció Luis Echeverría en su momento. El cambio de coordenadas ha favorecido a Acción Nacional, y el partido parece libre al fin de los estereotipos de Lombardo. Pero las imágenes que han aparecido siguen siendo contradictorias.

La heterogeneidad y el pragmatismo que hoy caracteriza a la mayoría de los panistas dificultan la composición de un retrato más o menos preciso del partido. Peor todavía, el fin de la presidencia de Carlos Castillo Peraza restará el mínimo de coherencia que Acción Nacional pudo mantener durante su gestión, y que, aunque fuera una simple fachada, apoyó al partido en un periodo de crecimiento exponencial. Al frente del PAN Castillo Peraza realizó una muy importante labor de difusión y promoción del partido como la oposición leal que podía servir de pivote al cambio político en México. También demostró que los panistas podían ser hábiles negociadores con una visión terrenal de largo plazo. Aunque pretendió defender a capa y espada su identidad como jefe doctrinal del partido, es muy probable que su presidencia pase a la historia más como un episodio de exitoso pragmatismo que de consolidación doctrinaria.

No es un secreto que Ernesto Ruffo encarna una corriente distinta a la de Castillo, la que nació cuando Manuel J. Clouthier se integró al PAN, y que más que nuevas políticas representa un nuevo estilo para hablar con la autoridad, porque es más una propuesta de modales que de ideas. Lo llaman directo, pero es irreverente y vulgar, y más que insolencia revela falta de vocabulario. Algo así como el estilo vaquero de la ofensiva cultural regiomontana que incluye a Gloria Trevi, los Bukis, la macroplaza, los Tecnológicos de Monterrey, un museo de arte contemporáneo y medios y comentaristas que antes eran regionales y que ahora desde el Distrito Federal se han propuesto conquistar a la república. Lo que los comentaristas políticos llaman el neopanismo, es bastante ajeno a las maneras suaves e intensas de los panistas profesionales del pasado, para quienes ser panista era una manera de ser y no una manera de protestar, como lo definió con su comportamiento Clouthier.

Actualmente todavía se adivina al PAN más por contraposición al PRI, que por sí mismo. Si los priístas son unos diablos, los panistas tienen que ser ángeles. La verdad es que ésa es la imagen que hoy predomina en la opinión pública en México en relación con toda la oposición -de izquierda o de derecha-. Es tal la furia de muchos ciudadanos en contra del gobierno, que todo lo que se le oponga es por principio bueno y santo. Acción Nacional se beneficia hoy -al igual que muchos periodistas y organizaciones no gubernamentales- de esta visión de que la oposición al gobierno obedece a un impulso angelical, que no representa intereses, sino principios universales. Pero como con su comportamiento las oposiciones terminan por dejar al descubierto los intereses que realmente representan, al elegir a su nuevo presidente Acción Nacional estará escogiendo con quién se va, si con Dios o con el diablo.

Como indica la autora de estas páginas, por mucho tiempo la imagen del PAN ha estado permeada por la leyenda negra que lo relaciona con los banqueros, La lglesia católica y hasta Washington. Este artículo desmonta cada equívoco y presenta al PAN como un partido de heterogeneidades cuyo común denominador es la protesta antigobiernista.

Políticos, honestidad y la alta amoralidad de la política

I

Parece que hay una respuesta fácil al problema implícito en este tópico. Cuando se pregunta si los políticos tienen que ser honestos probablemente se responderá: “¡en principio, sí!”. Las dificultades surgen cuando la pregunta se plantea en términos más precisos. La pregunta no debe ser expresada para interrogar si los políticos tienen que ser honestos, pues nadie puede ser obligado a hacer algo. En cambio, se puede considerar si deben ser honestos, lo cual generaría dudas como quién determina qué podría pasar si los políticos no fueran honestos. En un nivel posterior se puede preguntar si, de hecho, pueden ser honestos. No se puede esperar algo imposible, y quizás el problema moral contenido en la pregunta se resuelve declarando la honestidad como un imposible.

La distinción entre tener/deber/poder nos obliga a ser más precisos al establecer el asunto. ¿Se debería llegar a exigir que todos los políticos tengan que decir en todas las situaciones lo que realmente piensan? En ese caso, se pide algo que detendría súbitamente toda comunicación, incluso en la vida cotidiana. O se puede urdir una moralidad especial aplicable a los políticos, se podría esperar una conducta moral ejemplar en el sentido de los manuales de los gobernantes medievales. ¿Pero quién querría argumentar por tal rigor si sabe que esto conduciría al suicidio de la política? Así podríamos tener políticos éticamente superiores, pero sin política.

Pero si se intenta atenuar este rigor ético, uno se coloca en una ladera resbalosa: ¿hacia dónde ir? ¿Hay una regla que establece, dentro de la deshonestidad inevitable, la diferencia entre la deshonestidad aceptable y la inaceptable? ¿Ayudaría a establecer parámetros para deliberar? ¿Pero, qué uso tendría para un político cuyo trabajo le exige hablar más rápido de lo que puede pensar?

Frente a estas complicaciones, que surgen cuando se intenta definir de manera más precisa cuál es el problema, sería aconsejable averiguar más sobre la situación actual. El problema, después de todo, no es nuevo y se puede acudir a escritos antiguos. Tal aproximación nos remitiría a los siglos XVI y XVII, el periodo de las más antiguas observaciones y explicaciones sobre los primeros Estados territoriales modernos y sus “razones de Estado”. Nuestra impresión es que sólo entonces el asunto de la honestidad en la política fue tomado realmente en serio y discutido a fondo, en particular lo referente al conjunto de puntos de vista asociados al nombre de Maquiavelo. Así que vale la pena introducir hasta dónde llegó el debate entonces y considerar qué sigue siendo relevante ahora; o, si no lo es, por qué. Podemos establecer una ética para la política, apropiada para hoy, sólo en diálogo con el pasado, y esto requiere, en primer lugar, cierto conocimiento de diferencia histórica.

II

El resultado de estos debates antiguos acerca de los problemas morales asociados al arte de gobernar pueden compendiarse en unos cuantos puntos.

1. Se da por supuesto que el hombre está dotado de capacidad moral. En principio no existen dudas sobre la relevancia de los juicios morales en política, aun cuando Maquiavelo sirve de símbolo para tal problema. Los problemas que existen surgen dentro de la moralidad.

2. Hay un problema moral que surge sólo tras “la caída”, y es un problema social definido como uno moral: cómo se puede persistir actuando moralmente si los demás no lo hacen. Es posible seguir a los estoicos y simplemente intentar y hacerlo lo mejor que se pueda; ¿pero es prudente y razonable, considerando las actuales circunstancias de vida? Puede ser el caso que una situación dada exija cierta desviación del sendero de la completa conformidad con los preceptos morales.

3. No todas las reglas generales —por ejemplo, que las promesas deben mantenerse— se aplican en todas las circunstancias. Puede haber intereses más altos (el bien común, la defensa de la Iglesia o el Estado) que anulan, como decíamos, la ley y la moralidad. Puede existir la necesidad inevitable de ordenar el asesinato de oponentes políticos o ignorar violaciones a la ley por miembros de la aristocracia. Este tipo de problema se resuelve a través de la fórmula de “excepción a la regla” y la indignación moral se evita imponiendo condiciones estrictas para admitir tales excepciones. Un gobernante debe verse plagado de escrúpulos.

4. En lo que respecta a la honestidad, se aplica el mismo patrón pero con reglas adicionales. Un consejo capital sugiere que ser honesto es una trayectoria más práctica que ser deshonesto y trae mayores beneficios a largo plazo. Se diría que hay menos apuro por la información incómoda; o que la honestidad es la mejor política. Pero incluso en la vida cotidiana esa no puede ser, de ninguna manera, una receta segura, como muestra el famoso ensayo de Francis Bacon “De la simulación y la disimulación”. Es necesario tomar en cuenta qué tanto los demás pueden aguantar y qué tan verosímiles son en sus reacciones. Si esto se aplica en la vida cotidiana, ¿cuánto más se aplicaría en el mucho más complicado caso de los asuntos de Estado?

5. Una salida está en una solución que tiende a apelar a moralistas más rígidos: la distinción entre simulación y disimulación. En la simulación procuramos acuciosamente engañar a otros; son despistados, estafados, embaucados. En la disimulación sólo escondemos nuestros propios pensamientos o la cantidad de información que tenemos disponible, o un secreto. Aquí se sugiere que no se está autorizado a mentir, pero tampoco se tiene por qué decir toda la verdad. No debemos mentir a los demás, pero tampoco tenemos que ponerlos sobre aviso. A partir de esto, uno puede desarrollar una compleja casuística, que también permite hacer excepciones. Un engaño con consecuencias menores puede ser menos censurable que no alertar a alguien sobre un peligro mortal. No estoy muy enterado de tal casuística moral pero puede ser posible encontrar más sobre ella en la literatura relacionada con la vigilancia confesional y pastoral.

6. Finalmente, en el siglo XVII se aceptaba que la honestidad y la sinceridad no podían comunicarse. Cualquiera que alegara ser honesto daría al mismo tiempo la impresión de que podrían existir dudas al respecto. Esta persona admitiría la posibilidad de que le creyeran o no, en una situación que, de otra forma, no tendría ese problema si no fuera por su tosco intento comunicativo. Para escapar a este problema se establecieron refinamientos argumentativos: ¿cómo es posible comunicar la propia honestidad sin comunicarla directamente? ¿Y qué sucede si este intento se reconoce como tal? ¿Aún es posible confiar en los modos de conducta, tacto, discreción, la habilidad de aparentar, que sólo pueden existir entre el más alto estrato de la sociedad?

Para resumir esta excursión hacia una era que pasó hace mucho, se puede decir que descubrimos dos paradojas: la paradoja del código moral y la paradoja de la comunicación. La paradoja del código moral consiste en admitir que la moralidad a veces requiere de actos inmorales para impedir que se vuelva imposible. La paradoja de la comunicación es sobre la comunicación de algo incomunicable. La futilidad de los esfuerzos para resolver estas paradojas ha producido concepciones altamente artificiales que se cuentan entre lo mejor que puede encontrarse sobre nuestro tema. Una interpretación sociológica de estos asuntos sugeriría que procedemos con una interpretación semántica de un Estado transitorio que no ha sido comprendido del todo. En estas condiciones, la sociedad se describía aún de manera natural como una unión civil, y la acción social moralmente buena o mala; pero los fenómenos ya no corresponden a las precondiciones de este sistema semántico: fenómenos como la prensa impresa, la economía monetaria y el Estado territorial.

III

Estas hazañas reflexivas de la modernidad temprana todavía despiertan admiración, pero ya no nos sirven. Referirse a ellas evoca la sensación de algo que ya no es factible y conduce al problema de cómo orientarnos en su ausencia cuando aparece la moralidad en la política.

Debemos tomar como un supuesto que las paradojas todavía existen. Pero ya no puede pretenderse su disolución dentro del contexto de las enseñanzas de la prudentia. La misma formulación de esta paradoja como una paradoja vuelve esta opción inviable. Lo que nos queda, visto superficialmente, es otra diferenciación, la que existe entre la ingenuidad y el cinismo en tanto que estén involucrados asuntos morales. Sin embargo eso es aceptar la salida fácil, ya que cualquier posición puede tomarse sin mucho esfuerzo intelectual.

Si uno mira cuidadosamente los cambios estructurales del sistema societal percibe sobre todo su alto grado de diferenciación, dinámicas internas y la mutua dependencia de la mayoría de los sistemas funcionales. Uno debe, además del sistema político, considerar también la economía, la ciencia, las leyes, la educación, los servicios sanitarios, la religión y la familia en su forma moderna. Este desarrollo hace difícil considerar la sociedad como si estuviera integrada sobre las bases de la moralidad. No bastará simplemente establecer enclaves con cierta cantidad de amoralidad, como la orientación de las ganancias en la economía, la falta de sinceridad en la política, la investigación científica sin importar sus consecuencias, el interés sexual en la pareja que va más allá del requerido por la reproducción. Estas fueron inquietudes características de la Baja Edad Media y la modernidad temprana. Sin embargo, hoy podemos ver y tenemos que aceptar que los valores de un sistema funcional no son valores morales. No tiene mucho sentido juzgar la propiedad en contraste con la no propiedad en términos morales, es decir, en términos de si una es moralmente buena y la otra mala. Lo mismo se aplica al gobierno y a la oposición, enfermo/sano, verdad y falsedad, así como al resultado de una investigación, o ganar y perder en los deportes. El código bivalente de sistemas funcionales no puede ser de ninguna manera congruente con el código moral bueno/malo; y con esto, toda la autoorganización de estos sistemas funcionales escapa al control moral. En verdad, el alejamiento de la moralidad de estas esferas es exigido y sancionado por la moralidad misma. Sería una afrenta a nuestra sensibilidad moral si un partido en el poder se considerara a sí mismo como moralmente superior sólo porque en ese momento detenta la mayoría. Sería igualmente cuestionable retirarle nuestra aceptación moral a alguien simplemente porque perdió un caso en la corte y estaba en el lado equivocado de la ley en esta ocasión en particular. Ya no vemos en las enfermedades un castigo divino por conductas moralmente cuestionables; al mismo tiempo, ya no enfrentamos el problema de tener que encontrar una justificación a las acciones de Dios cuando sufre gente inocente. En el caso de los ganadores del Premio Nobel, sus intervenciones sobre cómo se dirige el mundo o su apoyo a las buenas causas no está justificado por sus logros científicos y representa un claro abuso de su bien merecida reputación en su propio campo. Los pedagogos sensibles tienden a evitar que el fracaso escolar se convierta en un desastre moral: están mucho más aptos para atribuir la culpa a la sociedad como una actitud que indica su propio compromiso.

Y así sucesivamente. ¿Qué obtenemos de todos estos casos? ¿Contienen las razones socioestructurales para mostrar el hecho de que las enseñanzas de la prudentia, tachonadas de excepciones como están, ya no son suficientes? ¿Nuestros problemas son el resultado de un tipo diferente de complejidad, se requieren otros instrumentos de observación y descripción que todavía no están disponibles?

En cualquier caso, es importante notar que la separación entre la moralidad y los códigos de los sistemas funcionales es moralmente justificable y justificado. La moralidad acepta su propia retirada en términos morales y abandona el derecho a intervenir en las opciones mantenidas por los códigos bivalentes de los sistemas funcionales. Renuncia a cualquier papel en el mecanismo de selección en las escuelas, en los manifiestos políticos, en política económica, y demás. Al hacerlo, reitero, un sistema moral se juzga a sí mismo en términos morales y puede considerarse que un acercamiento moralizante que trasciende los límites de los sistemas de los sistemas funcionales es moralmente sospechoso. Un sistema moral de este tipo tiene que contar con independencia suficiente para ser capaz de decidir sobre su propia pertinencia o impertinencia. En este sentido, responde a la citada diferenciación funcional del sistema corporativo.

IV

Aquí nos enfrentamos con un problema que es en realidad materia de la ética. Por ética entendemos, desde el siglo XVIII —en un cambio que es en sí mismo una consecuencia del desarrollo socioestructural indicado—, no ya la doctrina del bien, la disciplina, la vida virtuosa, sino una teoría académica a la que concierne la justificación de los juicios morales. ¿Pero es ésa una aproximación apropiada para nuestro problema? A los moralistas, después de todo, no les resulta difícil justificar sus opiniones. Si uno trata de sugerir diferentes puntos de vista, sobreviene un argumento; parten de su esquema moral y consideran a cualquiera que se atreva siquiera a solicitar razones como a alguien que desea negar seriamente su posición moral, e inclinarse hacia algo que es malo, hacia la destrucción del ambiente, hacia el trato desigual hacia las mujeres. Si uno debate en este nivel uno se ve forzado ya sea a la ingenuidad moral o al cinismo moral: ¡sin señal de ética en ningún sentido significativo!

Una ética que pueda ser atractiva en las condiciones contemporáneas tendrá que ser capaz de llegar a un juicio, así como a estándares morales, que puedan o no ser aplicados. Tendrá que ser capaz de entender la moral como una forma con dos lados, esto es, uno bueno y otro malo, donde ambos llegan a efecto. Visto así, todos los juicios morales establecen calificaciones buenas o malas. Ver algo como bueno implica que algo más tiene que estar mal. Las teorías éticas han intentado lidiar con esto y encontrar razones, al menos en altos niveles de abstracción, hacia donde los juicios converjan y hacia donde el consenso parezca posible o, en un nivel superior de abstracción, al menos puede presentarse como razonable. Sin embargo este programa teórico ha fracasado. La universalidad a la que aspira reside sólo en la forma de la moralidad, en la ambivalencia de su código, en la diferenciación entre un lado bueno y uno malo, y no en algún principio teórico. Es posible dar razones más que suficientes, si con ello nos proponemos proveer criterios para juzgar algo como moralmente bueno o malo. Pero estas razones no pueden reducirse a una fórmula esencial socialmente aceptada. La única forma universal es el código moral, y de acuerdo con él la gente en todas partes ha moralizado siempre sobre todo tipo de asuntos. Es en relación al criterio que debate bajo qué condiciones es correcto o incorrecto calificar algo como bueno o malo que las opiniones difieren. Es exactamente dentro de los términos de una moralidad éticamente reflexiva, es decir que se observa a sí misma, que resulta difícil ver cómo podría cambiar esto algún día.

Ahora disponemos de herramientas lógicas que nos ayudan a analizar tales problemas: los principios de una lógica operativa, constructiva, teorías cibernéticas concernientes al monitoreo de sistemas, investigación sobre las precondiciones lógicas de la aceptación y el rechazo de esquemas ambivalentes como positivo/negativo, verdadero/falso, bueno/malo, más allá, exámenes de las paradojas y de las condiciones de sus soluciones operativas (no, sin embargo, de las lógicas deductivas). Todo esto puede ser relevante para la ética. Sin embargo, tiene que ponerse en duda que una ética que incorpora tales herramientas cognitivas pueda seguir recomendándose a sí misma como moralmente buena. Con esto también puede perder el derecho de continuar usando el venerable nombre de ética.

V

Como sea, podemos intentar y describir aquello que observadores de segundo orden pueden encontrar como digno de atención mientras observan cómo los asuntos morales son tratados en la vida política. Aquí nos interesa menos determinar quién es moralmente bueno o malo que las consecuencias de uso operativo de una distinción específica.

Es un hecho cotidiano que la comunicación política se mezcla continuamente con aspectos morales. Juzgando por la información en los medios, no faltan declaraciones pintorescas. También puede asumirse que los medios que se dedican a estos aspectos contribuyen con su propia participación a dar la impresión de que la cultura política está constituida por una cultura de insultos mutuos que tienen que ser suficientemente directos para ser inteligibles para cualquiera, no importa qué tan limitada sea su comprensión de la política. Al mismo tiempo, si las injurias morales fueran precisas y perjudiciales, el escenario político hace tiempo que se habría vaciado. Este fenómeno peculiar es particularmente evidente durante las campañas electorales. Recuerda un símil de un cuento de Hoffmann sobre la princesa Brambilla: dos leones se enfrentan con tal ferocidad que al final nada más quedan sus rabos. ¿Pero a quién podría interesarle en escoger entre dos rabos?

Se podría pensar que no es posible tomar esto en serio. Pero es algo que ocurre frente a nuestros ojos. Ni un rastro de honestidad. No es un asunto de ingenuidad moral (excepto, quizá, en el caso de los Verdes) pero tampoco tiene que ver con el cinismo moral. Tampoco es un caso de síntesis “dialéctica” entre ingenuidad y cinismo, ya que de acuerdo a Hegel el movimiento dialéctico está fundado en una actividad mental, algo que evidentemente está ausente aquí. Puede que tenga más que ver con un tipo particular de activismo y con su expresión como moralismo político. Parece que los políticos fundan su actuación sobre la ilusión —más o menos justificada, pero finalmente improbable— de que los votantes deciden de acuerdo a criterios morales.

Esto se coloca en abierta contradicción con el postulado básico de los sistemas políticos democráticos: que en las elecciones los votantes deben estar en posición de escoger entre un partido gobernante y la oposición. Esto llama a que la selección sea abierta moralmente. Cada partido, para presentarse a sí mismo como democrático, tiene que aceptar las credenciales democráticas de los otros partidos. El punto sería, en condiciones de igualdad de oportunidades morales, presentar su programa como políticamente mejor, o señalar su desempeño en el pasado como una razón para la continuidad o el cambio en el gobierno. Si es posible determinar en términos morales qué partido merece reconocimiento y cuál no, entonces las elecciones políticas serían una consecuencia de juicio moral y no precisamente un examen de logros políticos o una preferencia por una corriente política particular.

Los sociólogos tienden a asumir que existen razones para que las cosas sean así. Tal vez esto se debe a la tendencia hacia el sistema bipartidista, con una pequeña diferencia cuantitativa entre los partidos principales, de manera que cualquier medio es bienvenido para aprovechar unos cuantos puntos porcentuales, vitales, de los votos. Tal vez se debe a que los temas importantes de nuestro tiempo no se prestan a la manipulación. Uno puede pensar en la dependencia de las políticas de bienestar del desarrollo de las finanzas internacionales y los mercados, o en los múltiples problemas provocados por las amenazas ecológicas. No existen alternativas claras a estos problemas y los partidos sólo pueden prometer que lo harán lo mejor posible; los asaltos de boxeo de sombra moral pueden servir para mantener la impresión de que los votantes sí tienen una opción, aunque sólo sea una opción entre fuerzas políticas buenas y malas.

De algún modo esto puede explicar una buena parte. Pero si tales explicaciones son precisas, sólo confirman el carácter fundamental de tal análisis: que, en suma, tenemos que mirar hacia las constelaciones políticas que, al final, determinan si los partidos políticos han recurrido a argumentos morales y cómo. En este caso, los políticos son en verdad ellos mismos víctimas del poder político cuando llega el momento de su auto‑presentación moral.

VI

Esta precisión tan sólo reformula lo que ya está contenido en las premisas teóricas de nuestro análisis. Reconocemos una falta de identidad estructural del código moral y el código político, una contradicción entre la práctica comunicativa de los políticos y los postulados funcionales de la democracia que dicen representar. Puede haber una reducción nada simple de la política a la moral, aparte de los sistemas políticos donde los oponentes se descalifican entre ellos en términos morales y de esta forma esperan removerlos de la arena política.

Esto aún no recoge adecuadamente la relación entre política y moralidad. Es precisamente porque nos encontramos con dos diferenciaciones distinguibles, con dos diferentes formas de escoger entre valores negativos y positivos, que tenemos que esperar algunos obstáculos. No deseamos siquiera una congruencia entre los dos códigos. Tal congruencia, si se expresa en términos que no sean ni morales ni políticos, reduciría muy drásticamente la complejidad del sistema. Pero tampoco deseamos que los políticos actúen inmoralmente. Sin embargo, es precisamente la independencia de las evaluaciones morales lo que exige una moral específica propia: como una moral de equidad política.

Esto puede aclararse en referencia a la esfera de donde la idea de equidad deriva: el ejemplo del deporte. Aquí, también, sería inaceptable, moralmente inaceptable, si ganar y perder se convirtieran en un destino moral. La diferencia entre los dos se relaciona exclusivamente con criterios deportivos. Exactamente por esta razón existe una óptica moral concerniente a la práctica del doping que mina e incluso destruye el código deportivo y sus criterios. La “más alta amoralidad” del código funcional, en estos términos, requiere de un respaldo moral; o, por lo menos, es compatible con un sistema de moral que trata de asegurar que la diferencia entre ganar y perder se deba al mérito en los términos deportivos y diga al público algo sobre los logros atléticos más que los bioquímicos.

Otro ejemplo sería el asunto del plagio y la falsificación de datos en el sistema científico. Es este tipo de casos el que las comisiones éticas de las universidades estadunidenses tienen que atender. Aquí, también, es el código de sistemas, la diferencia crucial, lo que está en el tablero; y es algo que sólo se puede mantener a través de la confianza y la moralidad.

En la esfera política encontramos problemas paralelos en el caso de la corrupción que socava el orden legal del Estado, y en el caso de la adquisición ilegal de información, por otros partidos, sobre asuntos específicamente internos y no destinados al público. En un caso, lo que está sobre el tablero es la diferencia entre el poder de las oficinas y el público; en el otro, la diferencia entre el gobierno y la oposición.

La comparación con el deporte, la ciencia y la política nos advierte sobre el modo muy específico en que los sistemas funcionales dependen de la moralidad. Los códigos que definen estos sistemas no son suficientes para controlarlos. Requieren soporte externo. Esto acarrea problemas si uno recurre a la moralidad para emplearla con ese propósito.

En circunstancias en las que los medios masivos sirven como los guardianes de la moralidad, lo relativo al control moral de los sistemas funcionales toma la forma de escándalos. Esto tiene sus ventajas: por lo menos uno sabe qué evitar y de qué estar prevenido. Los escándalos enfatizan lo raro, echan luces sobre las fallas individuales con lo cual permiten que los asuntos normales se desarrollen discretamente. Cualquiera que sea sorprendido será sacrificado para que el resto pueda continuar como antes. Esto requiere que las malas conductas sean bien definidas y ofrezcan a los espectadores una oportunidad de sorprenderse e indignarse. Todo esto tiene que ver con los mecanismos que los medios emplean para seleccionar su información.

Esto no establece por adelantado qué conducta llevará a un escándalo. Que los asuntos amorosos perseguidos en cuartos de hotel deban ser parte de esto, probablemente sea sólo una peculiaridad de la cultura estadunidense. Sin embargo se requiere sensibilidad política en el caso de las violaciones al código político, así como en caso de corrupción o de intromisión ilegal a los archivos confidenciales de otros partidos. Allí, los escándalos sirven para revelar lo mucho que el sistema depende, en asuntos decisivos, de la observancia voluntaria del código y de la confianza.

Existen, sin embargo, grandes desventajas asociadas con los escándalos como forma política. Están dirigidos a individuos y por tanto confirman la prevaleciente sobrevaloración de los individuos en el sistema político. Sobre todo, no pueden hacerse objeto de escándalos varias peculiaridades, verdaderamente escandalosas, del proceso de información en el sistema político. Se les llama así, pero no pueden provocar indignación moral, sólo resignación y apatía. Uno puede pensar aquí en el incremento de casos donde las planeaciones financieras tienen severas fallas, que no pueden entenderse por completo a menos que se impute a la intención de engañar al público; otro ejemplo sería un accidente ecológico igualmente severo en contextos altamente delicados. En tales situaciones se puede criticar a todo el sistema o llamar a cuentas a aquellos en puestos de responsabilidad, pero el mecanismo en sí mismo difícilmente puede ser puesto en tela de juicio. Desde afuera, se puede tener la impresión de que la burocracia estatal está construida como una red social con el propósito principal de asegurar que nada pase cuando algo suceda.

Estas reflexiones confirman de nuevo el carácter fundamental de nuestras explicaciones: el sistema político no está para ser controlado de acuerdo a las bases del criterio moral; puede controlarse a sí mismo sólo políticamente. Esto no sólo sugiere que, de cualquier modo, la vida real tiene muy poca inclinación a seguir el sendero moral; pero de aquí tampoco se sigue que la moralidad es obsoleta en las sociedades modernas y que existe sólo en la forma de resentimiento personal. Por el contrario, estas precisiones plantean un panorama más complejo. Parece que el sistema político, y lo mismo se puede aplicar a otros sistemas funcionales, establece por sí mismo la extensión y la forma por las cuales permite que la moralidad se vuelva relevante. Una ética política tendría, sobre todo, que tomar en cuenta la auto-dirección del sistema. Esto aún deja lugar para algunos florecimientos morales no controlados. La gente tiende a moralizar porque el contraste moral de bueno / malo les otorga la oportunidad de colocarse del lado de los ángeles, algo que la ética también tiene que reconocer.

Todo esto, sin embargo, ha vuelto cuestionable la interconexión tradicional de moralidad y razón que presuponía la integración moral de la sociedad. Esto fue una posibilidad bajo circunstancias en que existió “vigilancia santa” por los vecinos y bajo las condiciones de aldeas tradicionales y vida pueblerina, lo mismo que en la expansión territorial de regímenes aristocráticos. Las abstracciones del concepto ilustrado de razón señalaron el final de esta forma de vida y llevaron finalmente a su propia desintegración. Ahora, los individuos en particular pueden sentirse aliviados al darse cuenta de que hoy en día nadie que mantenga un punto de vista moral puede pretender que habla por toda la sociedad.

 

Niklas Luhmann
Profesor de Sociología en la Universidad de Bielefeld.

Traducción de Jaime Ramírez Garrido

La paz, los indios

y la nación

Adolfo Sánchez Rebolledo. Periodista.

Por primera vez desde el inicio de la insurrección armada en Chiapas la paz -la paz con justicia y dignidad que se exige- está más cerca que la guerra. Es cierto que apenas nos hallamos al comienzo de la que a todas luces será una larga y espinosa ronda de negociaciones; que el acuerdo firmado «en privado», a pesar de las reservas planteadas en algunos puntos por parte del EZLN, por el primero de una complicada agenda en la que están inscritos algunos de los temas más difíciles de nuestra transición política y que todavía nos espera un largo derrotero antes de que los documentos sean aprobados por las cámaras o desaparezca la amenaza del uso de las armas, pero sería ridículo desestimar los resultados positivos logrados, no ver en ellos la consolidación de la tendencia que privilegia las salidas políticas -junto con otras señales como la decisión del zapatismo de crear una fuerza política diferenciada, el FZLN-, por encima de otras consideraciones que han estado demasiado tiempo entorpeciendo el encuentro de auténticas soluciones.

Los hechos han confirmado plenamente la validez del camino previsto por la Ley para el Diálogo, la Conciliación y la Paz Digna en Chiapas para atender las causas originarias del conflicto. Ahora ya se puede decir algo que parecía casi imposible hace unos pocos meses: que las formas de negociación, así como los mecanismos de intermediación e interlocución previstos por la ley sí funcionan, y aunque todavía falta un trecho largo antes de resolver los puntos restantes de la agenda, es posible pensar que los acuerdos servirán para hacer cada vez más difícil la vuelta a los enfrentamientos. Y ésa es ya una primera ganancia.

Pero la importancia de los acuerdos logrados no es puramente procedimental. En ellos se establecen compromisos que el gobierno debe asumir como tareas de Estado, principios normativos de la nueva conducta frente a los pueblos indígenas y propuestas para arribar a un nuevo marco jurídico que sostenga lo que se ha dado en llamar un nuevo pacto entre el Estado y los indígenas de México. Para decirlo con las palabras de Heberto Castillo (en Nexos-TV), miembro de la COMCOPA, ésta «es la primera vez en México que los pueblos indios como tales (…) son reconocidos como sujetos de la historia».

Sin descontar, repito, las insospechadas complejidades que su aplicación y cumplimiento supondrán para la sociedad mexicana en su conjunto y no, como ingenuamente se piensa, sólo para las partes en litigio, se puede decir que se trata de una verdadera reforma que toca todos los niveles del Estado y de ninguna manera de un cambio superficial o cosmético; es, en suma, una propuesta que involucra al Estado pero también a la sociedad en su conjunto.

En otras palabras, las conclusiones de Larráinzar nos ofrecen, más allá de las cuestiones concretas relacionadas directamente con el conflicto, cuya trascendencia salta a la vista, un planteamiento que al procurar modificaciones de fondo sobre aspectos sustantivos de nuestra legalidad constitucional, incide directamente sobre la visión histórica que articuló la relación de la sociedad mexicana con los pueblos indios pero, al hacerlo, transforma también y necesariamente los principios mediante los cuales ella se concibe a sí misma en su desarrollo como nación. Dicho brevemente, la idea de articular una nueva relación entre los pueblos indígenas y el Estado, que está en la base de la reforma al artículo 4o. constitucional; la decisión de reconocer el derecho a la autodeterminación y la autonomía indígena, definida en el texto aprobado como el conjunto de derechos ejercibles por los pueblos y comunidades indígenas, como principio ordenador de todas las consideraciones aprobadas en Larráinzar, presupone llevar hasta sus últimas consecuencias una verdadera reforma del Estado, una «refundación», por así decirlo, del federalismo y sus instancias pero también a un nuevo pacto social «que modifique de raíz las relaciones sociales, políticas, económicas y culturales con los pueblos indígenas». Así pues el acercamiento a la cuestión indígena desde la atalaya de la diversidad nos obliga a pensar otra vez en la nación, en las múltiples vinculaciones que unen y separan lo «nacional» de lo local, pero ahora desde la perspectiva de un «proyecto pluricultural» que inevitablemente rompe, como afirma Teresa Rojas, con el esquema unitario que prevalece hasta hoy.

Es evidente que la discusión nacional sobre el valor de la autonomía está por darse, pero es evidente que los acuerdos de San Andrés, tan insistentes en el respeto a la libre autodeterminación, impedirán volver hacia atrás, a la idea de que todos los problemas de la marginación y la pobreza de los pueblos indios, reconocidos como tales en los acuerdos, se resuelven mediante la integración, de grado o de fuerza, a la corriente principal de la vida nacional. San Andrés nos propone, en este punto, una vía distinta que vale la pena recorrer.

numeralia

Roberto Pliego. Escritor. Es editor de la revista Nexos.

1. Litros de vino que consume un francés al año: 63.5

2. Litros de vino que consume un mexicano al año: 0.2

3. Litros de cerveza que consume un checo al año: 140

4. Litros de cerveza que consume un mexicano al año: 50.4

5. Suicidios al día en el mundo 2,000

6. Porcentaje de esos suicidios que se atribuyen a la depresión: 50

7. Prisioneros en EU ejecutados en las últimas dos décadas: 315

8. Prisioneros en EU que están condenados a la pena de muerte 3,000

9. Rusas que en 1995 cometieron algún delito: 230,000

10. Rusas que en 1995 asesinaron premeditadamente: 5,650

11. Dólares que percibirá un atleta ruso para obtener una medalla de oro olímpica: 100,000

12. Porcentaje de los bancos comerciales en Rusia que lavan dinero: 60

13. Sitio que ocupa México como principal consumidor de refrescos: 2

14. Cajas de refrescos en promedio que consume un mexicano al año: 24.4

15. Inventores en México: 2,000

16. Incremento de la producción total de papel y cartón en México: 8.3

17. Porcentaje de los mexicanos que esperan que este año sea peor que el anterior: 45

18. Cantidad en pesos que la Editorial Clío gastó en 1995 en publicidad: 362,386,060

19. Lugar que ocupa la empresa Videovisa como principal anunciante: 1

20. Millones de dólares que EU le adeuda a la ONU: 1,200

21. Militares estadounidenses con el virus del sida: 1,049

22. Millones de cigarros Marlboro consumidos el año pasado en el mundo: 422,000

23. Inmigrantes que en 1994 obtuvieron residencia legal en EU: 804,416

24. Aumento porcentual de los accidentes de trabajo en empresas mexicanas: 20

25. Desplome porcentual de la recaudación de impuestos en 1995: 20.9

26. Porcentaje de la población de quince años y más con instrucción postprimaria en 1970: 12.7

27. Porcentaje de la población de quince años y más con instrucción postprimaria en 1990: 42.5

28. Tiraderos clandestinos de residuos tóxicos en el Valle de México: 100

29. Porcentaje de las pérdidas bancarias atribuibles a los llamados delitos «de cuello blanco»: 85

30. Millones de litros de cerveza que se consumen en el carnaval de Río de Janeiro: 5

31. Toneladas de helado que se consumen en el carnaval de Río de Janeiro: 300

32. Tiraje semanal de las historietas Kalimán y Lágrimas, Risas y Amor: 100,000

Fuentes: 1-4. Newsweek: 5 de febrero de 1996; 5-6. El País: 19 de febrero de 1996; 7-8. El País: 28 de enero de 1996; 9-11. El Universal: 1 de febrero de 1996; 12. Reforma: 18 de febrero de 1996; 16-17. Expansión: enero 31, 1996; 18-19. Telemundo: enero-febrero de 1996; 20. La Jornada: 6 de febrero de 1996; 21. La Jornada: 11 de febrero de 1996; 22. El Universal: 1 de febrero de 1996; 23. La Jornada: 18 de febrero de 1996; 24. El Universal: 16 de febrero de 1996. 25. El Nacional: 18 de febrero de 1996; 26-27. Notas censales: núm, 13 1995; 28. La Jornada: 7 de febrero de 1996; 29. La Jornada: 16 de febrero de 1996; 30-31. El Financiero: 16 de febrero de 1996. 32. El Universal: 15 de febrero de 1996.

Gran sorteo millonario

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su último libro es Llamadas nocturnas (Cal y arena).

Hay una tempestad sobre mi vida. Empezó el día en que el cartero entregó a la puerta de mi casa un sobre que decía con letra escarlata: GRATIS. Nunca había abierto uno de estos sobres porque sé muy bien que cuando algo es gratis, las cosas andan mal. Por un descuido de la voluntad lo abrí, no sin ciertas dificultades, porque ahora los sobres tienen sofisticados sistemas de cierres herméticos que soportan el abrecartas, los jaloneos, casi son indestructibles. Decía que abrí el sobre y leí una carta personalizada, en ella mi nombre se había abierto paso entre una jungla de personajes. Sin saberlo, en una peleadísima selección, logré la entrada preventiva en un gran sorteo millonario. Confieso además que leí con la sangre agitada de codicia el mensaje: estaba a punto de ganarme 300 mil pesos. Había una pequeña precisión, para entrar al gran sorteo era necesario comprar una suscripción a la revista que edita la gran empresa editorial. No pensé lo que es necesario pensar en estos casos: el tiempo en que las herencias, las muertes y el amor llegaban por correo, terminó hace años: ahora, quien quiera comunicar algo irrelevante usará la carta o el telegrama. Por correo he recibido invitaciones para asistir a: 1) una conferencia sobre la situación económica en Corea del Norte; 2) una venta de garage; 3) un salón de masajes: ofrece desde un modesto francés hasta una vaquilla de Rancho Seco; 4) un curso rápido del idioma de Goethe; 5) una barata de accesorios electrodomésticos en un almacén de la calle República de El Salvador, y 6) un sorteo millonario de una gran empresa editorial. Hasta aquí, el asunto no revestía ningún misterio: una casa editorial le da de comer a sus mercadólogos y directores de arte mediante el diseño de una promoción llena de finos detalles psicológicos. Después de consultar con mi mujer, tomamos la decisión de suscribirnos a la revista y ponernos en el camino de la Fortuna, por si las moscas.

Pero las cosas empeoraron. Desde octubre del año pasado, cada semana llegaron a la casa dos comunicaciones, cada una de ellas más perentoria que la anterior. En ellas se me amenazó con ganar el sorteo de un momento a otro y, a la vez, se me informó esto: mi buena estrella había superado dos de las cinco etapas para ser el ganador de 300 mil pesos, más un superbono de 50 mil por haber contestado a tiempo todas y cada una de las misivas enviadas por el Comité de Sorteos, a cargo del licenciado Ortiz. Había una pequeña precisión para avanzar a la tercera etapa: la compra de un diccionario inverso. Sí, leyó usted bien, un diccionario inverso, usted tiene la idea, la busca y le dan la palabra concreta. A mí los comités, cualquiera que sea su naturaleza, no me gustan, razón por la cual una noche decidí no volver a abrir ninguno de los sobres de la gran empresa editorial. «Nadie puede obligarme a ganar 300 mil pesos», pensé y me dormí a pierna suelta reconfortado por mi fortaleza de carácter. Soñé con el licenciado Ortiz, me comunicaba, por teléfono, que yo era el flamante ganador de los 300 mil pesos, un automóvil último modelo rojo brillante, dos tostadores y una enciclopedia del hogar de 32 tomos finamente empastados. Mi nombre y mi fotografía se publicaba en los periódicos. Después de consultar con mi mujer, tomamos la decisión de adquirir el diccionario inverso; ya se sabe, los niños crecen y sus necesidades también. Asunto arreglado: se compra el diccionario inverso y de pasada catafixiamos la tercera etapa.

No hay nada peor que abandonar una empresa iniciada con empeño y entusiasmo. Una noche vimos en la televisión a un hombre que se ganó doscientos mil pesos tirando unos dadotes en un paño verde. El hombre lloró cuando le entregaron un cheque de su estatura; sí, leyó usted bien, un cheque gigante detrás del cual lo fotografiaron en medio de sollozos. «¿Se lo pagarán en el banco?» bromée con mi mujer y, no me lo van a creer, me dieron ganas de llorar. Mejor me dormí.

A la mañana siguiente, al pie de la puerta, encontré un sobre que ostentaba en letra escarlata: URGENTE. YO, que he leído las novelas de Paul Auster, puedo decir que suelen seducirme una cauda de sueños y azares realizados. Abrí el sobre. En él, Ortiz me comunicaba que no debería renunciar a la tercera etapa, eso sería una locura, un desperdicio, una renuncia imperdonable del porvenir y sus paraísos. No lo formuló exactamente así, pero mi traducción simultánea me entregó la imagen exagerada de mi ruina por ausencia de la tenacidad inherente a todos los éxitos. Por razones que aún no puedo explicarme, la idea del sorteo me persiguió el resto del día hasta la noche, hora de la cena con Irene. Me falta decir que había una pequeña precisión para escalar el tercer peldaño del sorteo millonario: la compra, en abonos, de un bello tomo de La Odisea con ilustraciones de un pintor boliviano, un auténtico libro de arte. Aquella noche Irene nos contó su caso perturbada por la emoción. Su padre se había sacado la lotería. Jugó durante treinta y dos años, todas las semanas, al mismo número, el año de nacimiento de Irene. Nunca dejó de comprarle al mismo billetero, a quien vio crecer, madurar, tener familia y convertirse en un hombre próspero, dueño de cuatro expendios de billetes de lotería. No cabía la menor duda, su padre era un hombre con una suerte extraordinaria. Sentí envidia. Después de una pequeña deliberación, decidimos comprar el hermoso libro. Ahora tenemos cuatro ediciones distintas de la obra de Homero, pero no importa, los clásicos nunca están de más. Bien hecho. Y de la mano de Homero, a la cuarta etapa del gran sorteo millonario.

Días después la sorpresa fue mayor. Al pie de la puerta de la casa había un sobre grande. No era el momento de echarlo todo por la ventana. Recordé al padre de Irene: compró su billete años y años hasta que ¡zas!, la Fortuna premió su persistencia. Abrí el sobre. En el interior venía una tarjeta personal de acceso a un premio EXTRA. De modo que había un premio extra. Pude colegir que se trataba de la llave para abrir la puerta de la cuarta etapa. Sé que no van a creerme, pero esa misma noche vi en la televisión a un hombre encerrado en una cabina con un montón de dinero a su alcance. Sí, leyó usted bien: una cápsula transparente y adentro un hombre con un dineral en una charola. A una voz, la cabina expelía en su interior unos ventarrones espantosos. Los billetes, es obvio, volaban dentro de la cabina y el hombre intentaba agarrarlos por una simple razón: todos los billetes que capturara durante dos minutos serían suyos al instante. Un hombre tan despeinado y desfajado como un vagabundo contaba la recompensa afuera de la cabina. El público aplaudía. Los conductores lo felicitaban. La sonrisa de aquel hombre fue la última huella de la vigilia, antes de un sueño profundo. Aún no he dicho que había una pequeña precisión para acceder a la recta final de la cuarta etapa del gran sorteo millonario: la compra de un Libro de los medicamentos. Usos y efectos. No lo dudamos ni un segundo, un vademécum así es de lo más necesario en cualquier hogar. Cuando la tía Juli se intoxicó con penicilina, nosotros fuimos los primeros en decírselo gracias a este útil manual de las medicinas. Antes de salir al hospital, la tía Juli sabía perfectamente la gravedad de su estado y eso tranquiliza a cualquiera; nosotros nunca estamos de acuerdo con esos médicos que le ocultan al enfermo su gravedad.

La espera no fue demasiado larga. El Comité de Sorteos, por vía de Ortiz, nos envío una carta cuya letra escarlata decía: INFORMACION IMPORTANTE. La vida está llena de casos en los que la presunción y la inmodestia acaban con años de constancia. Mucho cuidado. Por fin tenemos el número para concursar en el gran sorteo millonario, pero aquí regresa la tempestad de la que hablé al principio de este Crucero. Todavía no han fijado la fecha del sorteo y empezamos a inquietarnos. Al paso que vamos, sólo podremos pagar los productos comprados a la gran empresa editora si nos ganamos el premio mayor. Nunca hemos estado tan cerca del embargo, ni siquiera aquella vez en que me sentí el millonario Forbes y abracé a la noche en bares de diversa índole nocturna. También sé que uno no puede ponerse así en manos del azar, pero qué vida no está así, en manos del azar. No lo creerán, pero he pensado en ir a un programa de concursos, disfrazado de beduino, para destantear al enemigo, a lanzar en un paño verde aquellos dadotes de la suerte. La Fortuna es cosa de paciencia, pero a veces hay que darle un empujoncito para vencer su timidez. ¿Dondé estará Ortiz?

No se llevaron todo

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Puerto libre (Cal y arena).

Esa tarde mis hijos salieron del colegio con la misma frescura de todos los días, litigando en torno a quién se quedaba a la práctica de deportes y quiénes querían bajar con ellos hasta la colonia Condesa y sus calles recién abiertas a la moda. Se acomodaron en la camioneta verde que le había hecho a su madre el favor de ponerla en la realidad: toda mujer con camioneta deja de ser un ente soñador y libertino para llevar consigo a todas partes la imagen de una señora con la cabeza en su sitio que tiene entre sus principales deberes el de manejar un medio de locomoción en el que puedan pasear sus vástagos, con sus bicicletas, sus amigos y sus múltiples e insaciables demandas. Lino, que es el hombre platicador y disperso, a cargo de recoger a la clientela escolar en semejante vehículo, se había estacionado en la puerta de la escuela. Hasta ahí llegaron los niños y la maestra de ojos suaves que los lunes vuelve con ellos. No bien estuvieron todos instalados con las mochilas en la parte de atrás y el ánimo dispuesto a recorrer Constituyentes ruidosos y discutidores, dos hombres con pistolas los obligaron a bajar y se llevaron a Lino con todo y camioneta.

Cinco minutos después me llamó la maestra. Todo en ella, su voz por encima de todo, trataba de ser apacible y bueno como sus ojos. Los habían asaltado, los niños y ella estaban bien, pero se habían llevado a Lino. Una madre de familia se ofreció a traerlos desde Cuajimalpa. Los vi entrar a la casa como a los hijos pródigos. Puse mi mejor cara, ellos pusieron la cara que mejor pudieron. Nos abrazamos. Por fortuna, al poco rato apareció Lino. Estaba asustadísimo, iracundo, empolvado. Resonaban en su cabeza las amenazas y el roce de la pistola contra su cuerpo. Lo amenazaron con volver a su casa por él y a la nuestra por los niños si hacía cualquier denuncia.

Lo demás lo conoce cualquiera. Está en las conversaciones telefónicas y en las sobremesas de todo aquel que se considere un habitante normal de la Ciudad de México. Las autoridades son muy amables, son comedidas, saben cómo son esos asaltos y pueden describirnos trescientos iguales. Desarman los coches o los cobijan en trailers que luego cruzan la frontera sur, luego bajan su mercancía en países donde hay quien los compra por menos de la mitad de su valor real. Nuestro consuelo es el que reza que nuestro mal es mal de muchos. ¿Consuelo de tontos? Unico consuelo. Actas, denuncias, viajes al seguro, entrevistas con licenciados sonrientes y con policías capaces de hacer preguntas fantásticas: -Díganos usted. ¿Los asaltantes tenían tipo de policías?

Qué más da. El hecho es que para nuestra fortuna y regocijo no volveremos a ver la camioneta, pero hay mil cosas que agradecerle al destino, los hados, los dioses, la protectora mirada de los muertos a quienes estamos siempre encomendados.

Los asaltantes tuvieron la generosidad de no lastimar a nadie. Bendita sea la vida.

Los ojos de los niños asustados, son sus mismos bellísimos, entrañables, imprescindibles ojos. Nada les pasó. Bendita sea la vida.

Devolvieron a Lino sano y con una historia memorable para su caudal de historias. Bendita sea la vida.

Se llevaron la camioneta. Ya no tenemos otra que nos roben. El trago amargo ya pasó. Bendita sea la vida.

Tenemos un perro que al ver entrar a los niños tiembla y mueve la cola con el mismo intenso, indiscriminado júbilo que pone siempre al verlos entrar. No sabe de dónde vienen, de qué se libraron. Pero todo en él parece también bendecir a la vida que los devuelve.

Llamamos a las abuelas. También bendicen a la vida.

Nos llaman los amigos. Bendita sea la vida.

Vamos al dentista. Bendita sea la vida que nos otorga lugar y paciencia para dejarnos extraer sin más la muela del juicio. Los niños están bien, qué importa tener la cara hinchada y un agujero doliendo como un acantilado junto a la garganta. Bendita sea la vida que nos robaron una camioneta. Mejor sería vivir intocados y dichosos. Pero ya no se puede. ¿O se podría? ¿Debería poderse? ¿En una ciudad donde trescientos niños han rascado un túnel junto al metro Insurgentes para tener en donde dormir cuando les llega la noche?

Voy a la reunión mensual en la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. No me atrevo a contar mi pérdida sino como una dicha. Vivimos en esta ciudad, en este país, bendita sea la generosa vida que sólo nos quitó una camioneta. La Comisión tuvo que hacer una recomendación a la Procuraduría del Distrito Federal, tras recibir más de veinte denuncias en torno a órdenes de aprehensión que no se cumplieron. Ordenes en contra de presuntos asesinos, de presuntos violadores, que estuvieron a la mano de la policía, porque se sabía cuál era su dirección y estaba comprobado que no habían huido. Algunos de los acusados incluso trabajaron dentro de la misma policía durante más de un año después de haber sido girada la orden de aprehensión en su contra; algunos, quincena a quincena se presentaron a cobrar. Y aparentemente nadie los vio, nadie los encontró, nadie al parecer tuvo intención de buscarlos.

Así las cosas. Bendita sea la vida que sólo nos robaron una camioneta.

Vía Funari

Feas gárgolas espían desde tu bien iluminada ventana, el Palacio Gaetani exhala vahos de trementina y barniz, y Gino’s donde era bueno el café y yo recogía mis llaves, ha desaparecido. En su lugar apareció una boutique; vende medias y corbatas, en verdad más necesarias que él o nosotros desde cualquier punto de vista. Y tú estás lejos en Túnez o en Libia, contemplando el dorso de las olas, cuyo encaje sigue adornando la costa italiana: ¿en homenaje a Séptimo Severo? Dudo si de todo esto debería echársele la culpa al dinero, al paso del tiempo o a mí. En cualquier caso, no es menos probable que el cosmos, fatigado de su famosa condición inánime y de su bastante malvada infinitud, busque para sí mismo una morada terrestre; y nosotros siempre estamos a la mano. Francamente, uno debería estar agradecido cuando el cosmos se confina sólo a un apartamento, alguna expresión facial, unas cuantas células cerebrales, y no nos somete directamente del modo en que lo hizo con nuestros padres, nuestro pequeño hermano o hermana, G.

El botón del timbre no es sino un cráter en miniatura, modestamente abierto tras un tremendo toque cósmico, la migaja de un meteorito; todas las entradas están acribilladas por esta viruela de otro mundo. Bueno, no hemos podido encontrarnos. Creo que la próxima oportunidad no vendrá muy pronto. Probablemente nunca. No lo lamentes, sin embargo. No creo poderte revelar más que la estrella Sirio a Canopo, aunque es precisamente aquí, en el umbral de tu casa, donde chocan uno con otro, a plena luz y no a la hora nocturna, vigilante y propicia a telescopios.

Joseph Brodsky, el poeta ruso que ganó en 1987 el Premio Nobel de Literatura, murió el domingo 28 de enero, probablemente de un ataque al corazón mientras dormía; tenía 55 años. A la  inteligentísimo y apasionado, Brodsky era un hombre de carácter difícil y atormentado, quizá la huella de las persecuciones que sufrió en su patria y de los años de trabajos forzados a los que fue condenado por el régimen soviético. En 1972 se vio obligado a buscar el exilio, que vivió mayormente en los Estados Unidos, donde continuó con su trabajo creado como poeta y ensayista mientras ocupaba cátedras en varias universidades americanas. Al morir era Profesor de Literatura en  Mounth Holyoke College, Massachusetts. En 1980 obtuvo la ciudadanía americana y poco después  empezó a traducir su propia obra al inglés y a escribir directamente en esa lengua con una maestría que hace recordar la de otro ruso exilado, Vladimir Nabokov. Su última colección de poesía en inglés se titula So Forth (New York, 1995); su más reciente libro de ensayos, On Grief and Reason, acababa de aparecer en la misma ciudad. Este poema fue publicado en The New York Review of Books (febrero 1, 1996) y debe ser uno de los  Books (febrero 1, 1996) y debe ser uno de los últimos textos suyos que él pudo ver impresos antes de morir.

Nota y traducción del inglés de José Miguel Oviedo. El poema, escrito en ruso, fue traducido al inglés por el propio Brodsky.

El SIDA:

una visión

de sus

protagonistas

Samuel Ponce de León R. Médico. Investigador Nacional del Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán.

La epidemia del SIDA continúa en su fase de crecimiento rápido, más aceleradamente en el continente africano, India y algunas regiones de Asia, aunque tiende a la desaceleración en Estados Unidos y Europa. Los números cuantifican fríamente las dimensiones de la epidemia: a la fecha actual se calcula que han ocurrido 4,500,000 casos de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud y se pronostica que para la primera década del siglo que viene el número de individuos infectados será de 40 millones. Actualmente se informan en México 12 pacientes por día, y quizás ocurre una infección cada 10 minutos. Tan sólo durante 1995 en México se informaron 3,755 nuevos casos de SIDA.

Se trata todavía de una epidemia joven que recién cumplió 15 años en el mundo y 13 en México. Todavía nos falta por ver muchos más casos de infectados y enfermos, antes de que el crecimiento alcance su acmé para la segunda década del siglo XXI. En realidad, éste es solamente el principio.

Como describe Albert Camus en La peste, Ias epidemias acentúan muy claramente las tendencias del hombre hacia el bien y el mal. En el caso del SIDA, la enfermedad, dice Arnoldo Kraus, mata doblemente: por intolerancia, discriminación y persecución: pero también por negligencia, desinformación y desinterés. En tiempos de Internet y televisión por cable, los grupos sociales con capacidad económica se «reconfortan» al enterarse de que el SIDA en pocas décadas será un problema de minorías pobres en los países ricos y de las mayorías pobres en el mundo del subdesarrollo. Olvidan, porque así se prefiere, que la epidemia se describe esquemáticamente en sus tendencias más evidentes, pero en esencia, infectarse es un accidente del amor ante el que nadie es inmune.

Así, con ritmos diferentes, la epidemia actual es suma de múltiples epidemias, crece en números y envejece. Los problemas se amplifican y bifurcan pero ninguno desaparece ni se resuelve por completo. Uno de ellos sobresale por su reiteración y gravedad: la atención médica de los pacientes con SIDA. Por la parte médica (en donde se incluyen enfermeras, paramédicos, etc.) se ha encontrado rechazo, discriminación y negligencia, que sumadas a deficiencias de recursos e infraestructura, resultan en conflictos y mala atención. Con el tiempo y la información, estos conflictos han tendido a atenuarse en algunos centros de atención médica, pero en general, en múltiples hospitales del país el problema persiste con tintes dramáticos. Por otra parte, algunos pacientes desarrollan una percepción paranoide y se sienten mal atendidos o discriminados cuando tienen que ajustarse a las posibilidades reales de una institución y que son válidas para cualquier paciente, independientemente de su enfermedad. Existen también los que intentan obtener canonjías, y en ocasiones lo logran, amenazando con levantar quejas ante la Comisión de Derechos Humanos. En la balanza, desde luego, pesa muchísimo más la primera situación. Este conflicto se inscribe dentro de otro más general, en el que paciente y médico se perciben como potenciales contrincantes y no como aliados naturales que buscan un objetivo único. Los motivos para esta creciente confrontación potencial son muy diversos, pero destacan la atención masificada y con frecuencia ineficiente e impersonal de los sistemas institucionales así como la creciente «información» que sobre salud tienen los pacientes. La otrora relación paternalista del médico hacia el enfermo tiende entonces a desaparecer, siendo sustituida por una más orientada a lo comercial, en la que algunos pacientes pretenden comprar salud cuando lo único que puede ofrecerse es atención médica. Por su parte el galeno y en general el personal de salud perciben el riesgo, definitivamente real, de infección accidental, y también ejercen en ocasiones actitudes de clara discriminación al juzgar la preferencia sexual del paciente. Si bien la tendencia a rechazar a pacientes con SIDA se ha atenuado, existen grupos que han hecho casi una norma el manejo discriminatorio de pacientes con infección por el virus de inmunodeficiencia humana, específicamente cuando de cirugía se trata, pues con frecuencia rehusan efectuar intervenciones. El hecho de que persista en estos grupos esta actitud intransigente es sorprendente a la luz de los informes de infección accidental que muestran consistentemente que los equipos quirúrgicos tienen un bajísimo riesgo, en contraste con el riesgo de enfermeras y técnicos de laboratorio que como grupos son los más frecuentemente afectados.

Las causas de estas conductas inmorales son diversas pero un problema central es la ausencia de una formación ética. El entrenamiento de los médicos ha tenido un magro interés en la ética y así se ha reflejado en las pocas exploraciones que se han intentado a este respecto. El desarrollo social y médico nos sitúa ahora frente a novedosas y complejas situaciones que si per se son complejas, su manejo se dificulta aún más, en la medida en que nuestros fundamentos éticos están mal cimentados. Deberíamos reconocer todas estas circunstancias no sólo como dificultades sino también como una oportunidad para reivindicar la práctica médica. Quien decide ser médico asume los riesgos implícitos de la profesión, que pueden ser graves y frecuentes, tales como tuberculosis, hepatitis B y C, o infección por VIH, por mencionar algunos. El profesionista de nuestra época creció y se formó con la concepción de que la mayoría de las infecciones pueden ser resueltas y las que no, al menos prevenidas. La pandemia de SIDA modificó esta situación acompañándose además de otra epidemia que la sigue como una sombra; hablamos de la tuberculosis, frecuentemente resistente a los antibióticos.

De esta forma, tenemos que enfermedades, pacientes y médicos, no son los mismos que hasta hace muy poco tiempo; en consecuencia, pacientes y médicos debemos aprender a mantener una alianza desde estas nuevas posiciones, evitando el riesgo de enfrentamientos que sólo dificultan la comunicación y entorpecen el proceso de la atención médica.

Más allá de la exactitud de los números, tenemos la inexorable certeza de que la infección por el virus de inmunodeficiencia humana estará entre nosotros muchas más décadas, independientemente de vacunas y tratamientos.

Erotismo y amor, la llama doble de la vida escribe Octavio Paz. Esta llama, fuego en general, tiene consecuencias deletéreas. Así, el SIDA es finalmente un accidente del amor y de ahí la enorme dificultad para su control.

En las próximas décadas nuevas y viejas enfermedades causarán otras epidemias. Es tiempo ahora para establecer mejores bases, con fundamentos éticos sólidos, que permitan reforzar la relación entre médicos y pacientes.

Este texto aborda la difícil relación entre Ios pacientes de SIDA y el personal médico que los atiende. Ya es hora, dice el autor, de cimentar esa relación con fundamentos éticos sólidos.

Un corazón

de Toledo

Jorge Gaspar Hernández. Médico del Instituto Nacional de Cardiología.

En la víspera del Día de Muertos de 1994, en la Galería OMR de la Ciudad de México, se inauguró la exposición colectiva Noche de Muertos por SIDA realizada por artistas plásticos, escritores y realizadores de video en colaboración con diversas organizaciones privadas y oficiales. La obra representativa fue Dos muertes rojas de Francisco Toledo (figura 1), una pintura fuerte e impactante, a la par con el problema de SIDA. El propósito del presente ensayo es reflexionar sobre lo que Toledo transmite con elocuencia a través de esta pintura, obra que en algunas personas podrá provocar hasta el rechazo, pero no permite la indiferencia.

El corazOn

En la exposición, la pintura fue colocada estratégicamente, se obligaba a verla primero a lo lejos desde un pasillo. A esta distancia, y posiblemente por sesgo profesional, lo primero que reconocí sobre un fondo terroso fue un corazón rojo. En la figura 2 se muestra un esquema del corazón en corte longitudinal, típico de los textos médicos. Toledo, internacionalmente admirado como creador de obra gráfica es también ávido espectador de la misma. Como tal, es probable que imágenes del corazón en cortes anatómicos fueran fijadas por su memoria visual para aparecer en esta obra como un corazón que surge de la figuración complementaria de las dos calaveras (uno de los fenómenos gestálticos que contiene esta obra y que sigue una variante de la ley del cierre).

Apoya la impresión de ser un corazón, el que varios cardiólogos hemos identificado demasiadas estructuras para invocar la casualidad en su morfogénesis visual a partir de las dos muertes. Así, la cadera de la calavera de la izquierda es el ápex y las dos espaldas son los segmentos basales con el de la muerte de la izquierda extendiéndose al séptum interventricular y la de la derecha a la pared lateral; las piernas corresponden a músculos papilares y cuerdas tendinosas; las dos mandíbulas integran la válvula mitral y los cráneos identifican la región atrial.

De varios simbolismos que tiene el corazón, el más generalizado es como depositario de los sentimientos. Entre éstos, ocupa sitio predominante el de los sentimientos amorosos. El origen de esta antigua asociación no se sabe con certeza, pero a lo largo de varios siglos la representación pictórica del corazón se ha alejado de la realidad, siendo su imagen suavizada y estilizada al grado de sólo conservar la silueta triangular con vértice inferior. Su color, que normalmente es una combinación de bermellón y rosa encarnado con manchones amarillos (músculo, grandes vasos y tejido graso), también ha sido mutado a rojo puro con tonalidades que van del carmesí (como el de la sangre arterial) al púrpura, según sea el caso para pasión amorosa o devoción eclesiástica. Regresando al cuadro que nos ocupa, el rojo del corazón desborda pasión mientras que la semejanza física conservada, incluso con detalles al corte anatómico, es paralelismo de que expone una cruda realidad.

La muerte

Aquí entra en juego otro fenómeno gestáltico de figura ambigua, previamente observado por Teresa del Conde como un recurso que ocasionalmente emplea Toledo y que describe como efecto de visión meta estable: como conjunto, la obra dirige la vista a reconocer de perfil los cráneos de las dos muertes rojas, que frente a frente apenas se tocan. Pero si concentramos la mirada en las caras de las muertes rojas, aparece ante nosotros, de frente, una sola calavera blanca: sus ojos desorbitados en espanto, la boca en un rictus de horror y por el diferente trazo dado al arco ciliar de cada calavera roja, la muerte blanca exhibe una facies de intensa angustia.

Este efecto es tan cautivante que a ratos es difícil desenfocar la calavera blanca. El mensaje se empieza a hacer aparente con convencimiento tal que, en este punto, quienes sintieron rechazo a la pintura ya se detienen en ella, y se recapacita sobre los estragos del SIDA.

A la vez, somos deleitados por el arte de Toledo. Vemos cómo juega con las simetrías corporales, pintando sólo seis extremidades sin perder proporciones, ya que mientras le «esconde» un brazo a una muerte, a la otra le esconde la pierna, conservando su distribución equitativa; otra imagen pareada es la del brazo apretado al tórax en una calavera, correspondido en espejo por el mismo esquema en la figura opuesta, recalcando así sus semejanzas. Este interesante manejo de las extremidades evitó la saturación del espacio central de la figura.

La mayoría de las calaveras pintadas por Toledo son vigorosas y llenas de vida (paradoja que al mexicano no le extraña) pero con ellas nos describe al enfermo emaciado. Lo reconocemos en detalles sutiles que denotan el poder de observación de Toledo, mientras que en los trazos con que son transferidos apreciamos su dibujo magistral: el aspecto saliente de hombros y rótulas, la prominencia de apófisis espinosas delineadas con economía de azules y, sobre todo, esa lasitud de la región gemelar y del abdomen típicos de estos pacientes. Es interesante observar que para lograr esto, a diferencia de lo visto en sus «muertes saludables» a las que suele representar como esqueletos, a éstas les ha dejado tejidos blandos. A más, en el contexto de la iconografía tolediana, los falos en esta pintura son pequeños, lo que refuerza el habitus enfermizo.

Marta Traba logró capturar en palabras este volátil distintivo psicomotor de Toledo como ‘la insólita libertad de la mano del dibujante», frase que es válido interpretar como «gestalt abstracto» (es decir, la insólita libertad técnica y la insólita libertad intelectual de su producción plástica).

Fuera de las figuras, el fino halo de claridad que selectivamente bordea sus siluetas las hace resaltar de un fondo cuyo color es de acentuada corporalidad, que asociado a una textura terrosa, integra una dualidad que recuerda el ciclo polvo eres y en polvo te convertirás (otra vez la muerte). A la izquierda, un elemento vertical de rara belleza da equilibrio a la obra; de carácter composicional, a pesar de ser atractivo no es distractor, ya que en abstracto libera una imaginación congruente con el tema. Grietas, desintegración, tiempo que fue.

Es sorprendente cómo esta pintura conserva un ambiente de sencillez y soltura a pesar de ser compleja en su estructura y profunda en su contenido. Tal es uno de los rasgos del genio de Toledo: con naturalidad expone su visión estética del tema que aborda.

El corazOn de la muerte

Dos seres del mismo sexo en su aproximación no sólo integran un corazón pasional: también pueden estar llamando a la muerte. A una muerte con todo y su carga de horror, miedo y angustia. Toledo concientiza al espectador sobre un hecho con bases en el conocimiento científico: el SIDA es mortal. Esta pintura es su grito de alerta, sin actitudes moralizadoras, para cuidarse de la enfermedad.

«Es sorprendente cómo esta pintura conserva un ambiente de sencillez y soltura a pesar de ser compleja en su estructura y profunda en su contenido. Tal es uno de los rasgos del genio de Toledo: con naturalidad expone su visión estética del tema que aborda»

El dilema falso

Una entrevista

con Enrique Vila‑Matas

Jordi Soler. Escritor. Es autor de la novela Bocafloja.

Enrique Vila‑Matas, escritor catalán que se sueña atrapado en una habitación de hotel que no puede abandonar por falta de dinero para liquidar la cuenta, y cuyos libros, escritos en castellano en plena Cataluña, han sido traducidos a todas las lenguas importantes de Europa, menos al catalán, que es su lengua materna. Sin preocuparse por esa curiosa ley‑del‑hielo literaria, pues tiene a cambio una multitud de lectores en castellano, entró al restaurante de la librería Laie, dispuesto a platicar sobre su trabajo de escritor y sobre su novela Lejos de Veracruz. Antes de poner en marcha la grabadora y mientras servían dos tazas de café, aseguró que de niño quería ser torero porque su amor al riesgo exigía una profesión en donde hubiera cornadas y confesó que aquel sueño obsesivo de la cuenta pendiente en el hotel, se había resuelto la noche anterior, de la mejor manera: saliendo por la puerta principal, frente a la recepción, con la entereza y la dignidad de quien ha liquidado hasta el último centavo de su cuenta. Desde luego el botones no dijo nada y, por otra parte, la literatura ha demostrado que sus cuernos, junto a los del toro, no son nada despreciables. Vila‑Matas respondió hablándole a su cigarro eterno, que apenas se apagaba, aparecía encendido nuevamente.

¿Escribes con música?

Sí, escribo con música. Estoy un poco en contra del mito de que el escritor necesita silencio, en mi caso la radio, siempre que haya música, me ayuda a la escritura.

¿Crees que la música se cuele en el texto es decir; que un texto que ha sido escrito con los Rolling Stones de fondo tenga diferencia con un texto que ha sido escrito con un fondo de Schubert?

No es una verdad absoluta, pero creo que sí puede colarse. Por ejemplo, el escritor inglés Tom Sharpe, escribe con audífonos, oye música de jazz para sus novelas; supongo que él entiende que sus textos precisan de esta música. En mi caso, por ejemplo, cuando escribí Lejos de Veracruz estaba continuamente oyendo grupos de tex‑mex catalanes, que existen aquí en la periferia de Barcelona, y no oyendo a Agustín Lara como puede pensarse.

Luego también tengo una manía que es un poco absurda. A Paula, a la que vive conmigo, a quien está dedicado Lejos de Veracruz cuando le doy un texto mío para que lo lea me empeño en ponerle música apropiada, y ella se niega, dice que no necesita eso para leer y entender lo que he escrito. En mi caso tengo la impresión de que la música ayuda a la escritura.

¿Alguna preferencia?

Voy variando bastante, en estos momentos estoy en John Cale, en el Velvet Underground, que es el grupo que le va bien a lo que estoy escribiendo ahora. He dejado de escuchar música mexicana para que no se impregne el nuevo libro del anterior.

¿Estás escribiendo otra novela?

Estoy escribiendo un nuevo libro que posiblemente tratará sobre las relaciones entre el espionaje y la literatura; no de las novelas de espionaje, sino de la idea de que en todo escritor hay un espía. Tiene el título provisional de Espiando a todo el mundo. Luego también voy a publicar un libro de artículos y ensayos literarios que está a punto de salir y que se llama El traje de los domingos. Unos fragmentos de este libro se están publicando en La Jornada Semanal cada domingo, con el mismo título, y son como mínimas memorias tímidas de recuerdos verdaderos; ya que tengo un libro que se llama Recuerdos inventados, ahora he querido hacer al revés y contar unos cuantos recuerdos verdaderos… personales. He incluido entre los recuerdos verdaderos algunos como a mi padre robando una gallina para que pudiéramos comer el día de Navidad, que es falso, pero en general son recuerdos verdaderos.

¿Te gusta el cine?

Tengo un libro primerizo que se llama Nunca voy al cine. Lo que ocurrió es que yo quería dedicarme al cine, hice dos cortometrajes, participé como autor en muchas películas en Barcelona y en París y luego fui crítico de cine… Y fue una decepción, en cuanto que era muy difícil conseguir dinero para hacerlo. Me dediqué a la literatura que había sido por otra parte mi primera vocación. Me gusta el cine, me sigue fascinando siempre que voy, lo que ocurre es que voy poquísimo, unas cuatro o cinco veces al año; pero cada vez que voy, después de haberme informado mucho sobre la película y de saberlo casi todo sobre ella y de estar casi convencido de que me va a gustar, me vuelvo a acordar de la fascinación de la pantalla grande y de las salas de cine. Con él tengo una relación de amor y odio, por eso escribí Nunca voy al cine.

¿ Y la televisión ?

Me horroriza mucho, pero la veo, diariamente en realidad; es algo que me pone muy nervioso, me lleva incluso a la bebida. El escritor Juan Marsé me dijo: bueno, si coges una cirrosis no culpes a la televisión…

¿Te sientes parte de la nueva generación de narradores españoles?

En los ochentas tocó el boom de la narrativa española, que fue muy discutido en principio. Se atribuía a intereses editoriales pero se ha ido demostrando que es una generación potente, en la que hay 30 narradores, de los cuales ocho o diez son verdaderamente interesantes. Yo desde el primer momento desmentí que fuera un movimiento editorial, más bien se trataba de un movimiento potente que, para qué negarlo, es real. De todos modos mi relación con esta generación de narradores españoles es muy ambigua, yo siempre he suscrito la frase del polaco Gombrowicz: «Cuando escribo no soy ni chino, ni polaco», y mi actitud siempre ha sido de escritor exilado dentro de mi país; en este sentido no me identifico con el movimiento generacional español, considero que estoy en un lugar aparte. De todos modos hay una gran insistencia en incluirme dentro del movimiento, basta que lo diga para que se empeñen más en colocarme ahí.

¿Cómo fue que escribiste una novela sobre Veracruz, tan lejos de Veracruz?

Casi no recuerdo el origen de la novela, en todo caso lo que me interesaba era utilizar una historia, la historia de alguien que viaja a México y queda fascinado por el país… Utilizar esta historia como pretexto para plantear ese dilema eterno de la literatura: entre literatura y vida. Ese dilema que para mí es falso, cuando se escribe también se está viviendo y cuando se vive también se está haciendo literatura; pero para el narrador de Lejos de Veracruz, la literatura es el único reducto que le ha quedado, ya que se ha convertido en un muerto en vida a los 27 años; eso significa que yo no comparto la posición del narrador. Es decir, que intenté plantear en una novela, con el pretexto de la historia mexicana, ese dilema que creo que es eterno en la historia de la literatura, en donde hay que elegir o no entre literatura y vida; por ejemplo, está el caso de Kafka que elegía la literatura por encima de la vida; yo preferiría que se compaginaran las dos cosas, y el narrador de Lejos de Veracruz elige también la literatura, pero en su caso es porque no le queda más remedio. Lejos de Veracruz es un ataque frontal al corazón mismo de la literatura.

¿Alguien puede imaginar la música que perpetran grupos de tex mex catalanes? Bueno, pues ése fue el soundtrack que Vila Matas utilizó para la factura de su novela más reciente, Lejos de Veracruz.

La primera

telejoycenovela

Roberto Pliego. Escritor. Es editor de la revista nexos

No es que tenga demasiada importancia, en realidad no la tiene, pero en cierto sentido algunas telenovelas mexicanas han iniciado una revuelta contra sus antecesores. ¿Esto significa acaso que el lenguaje televisivo ha sufrido mejoras severas, que los eufemismos morales han determinado abandonar su carrera en escena, que la imaginación se ha vuelto popular y que la estulticia ya fue declarada fórmula non grata de la pantalla? No, por supuesto que no. Esto simplemente quiere decir que algunas telenovelas mexicanas han descubierto la manera oculta de superarse a sí mismas, al margen de la empresa que las produce, de los espectadores que las consumen y de los talentos que se mecen los cabellos al escribirlas.

No ha sido fácil. Durante más de treinta años las telenovelas mexicanas han encarnado, con un grado insospechable de buena voluntad, el tipo de discurso del que tanto se oye hablar en épocas de entretenimiento a cualquier precio: disciplinado, parroquial, ostentoso, corriente y repetitivo. La innegable certeza de que ese discurso está hecho de un montón de sandeces sobre las relaciones amorosas, la naturaleza del mal y del poder, el dinero y la miseria no es algo que el espectador medio esté dispuesto a encarar. No al menos mientras las telenovelas mismas declaran estar lejos de cualquier lisonjera apariencia de ilusión. Se supone que estos grandes negocios se hacen frente a millones de testigos, y tal argumento a muchos llena de seguridad: ¿quién entre todos ellos podría declararlo un fraude? La cosa va por aquí: el que sale en pantalla eres tú, y si algo le sucede puedes tener la confianza de que es igual a lo que a ti te pasa. Las telenovelas no están por el «podría sucederte», claro que no. Están por el «así es». En suma: si la realidad es una pesadilla, las telenovelas se autodefinirían como una pesadilla en la calle del infierno a la décima potencia. O quizá: si la realidad pudiera considerarse una novela de Balzac, las telenovelas se creerían una novela de RobbeGrillet.

El Premio Mayor, el super éxito más reciente de la televisión mexicana, presume como ninguna otra telenovela de haber alcanzado niveles astronómicos de realismo. No cuesta mucho trabajo imaginar los motivos de semejante presunción: cifras inflacionarias de audiencia, una rentabilidad enorme que amenaza con rebasar los límites comerciales impuestos por la propia televisión (ya se piensa en una historieta y, para rematar, acaba de estrenarse la adaptación teatral Huicho Domínguez y sus mujeres. El millonario más millonario) y, sobre todo, un poder asombroso para suscitar en los espectadores el deseo por estelarizar, aunque sea por un capítulo, la vida en marquesina del personaje estelar. ¿Qué tiene que ver todo esto con el realismo? Nada, es obvio. ¿Pero a quién, salvo a los productores, se le ha ocurrido creer que la televisión tiene aunque sea una idea vaga de lo que significa llevar una visión coherente, sólo coherente, a escena?

Al mirar los ya más de cien capítulos de El Premio Mayor uno tiene la impresión de que la pantalla casera permanece renuente a cualquier iniciativa de cambio. Pero seamos justos. También el público juega su parte: por ningún descuido quiere ver alterado el orden inmutable de sus preferencias. En el mejor de los casos, tolera versiones tibiamente modificadas de la trama que ha visto tantas veces, y nada más. Como buenos lectores de las emociones ajenas, los productores lo saben y se muestran dispuestos a satisfacer sus demandas. Así que en términos argumentales se trata del bodrio de siempre, un melodrama en blanco y negro en el que predomina la tendencia maniquea, determinista y sentimental. El público desea un estremecimiento del corazón, de modo que ahí tiene a un pobre diablo a quien la lotería convierte en millonario, ahí tiene la carrera de ese nuevo rico empeñado en deshacerse de sus verdaderas riquezas: el amor de su esposa y sus hijos, unos de los cuales, sin insidia, no es suyo ni, a quién se le ocurriría, de su esposa.

Entonces uno se da cuenta que el dinero no es nada… o no lo representa todo. Sí, ya lo sabíamos: esas medallas guadalupanas de oro colgando del cuello, todas esas acciones en alza, el cuerpo colosal de la amante, las figuras dinámicas de las limusinas, los criados omnipresentes, el privilegio de mirar la desolación económica como un estigma de otros, Ia vehemencia sexual, no significan nada… o al menos no lo representan todo. ¿Acaso desconocen que el amor está por encima? ¿No lo sabían? Los espectadores sí lo saben. Pero resulta que ese conocimiento también es privilegio de los ricos.

El millonario responde al nombre de Huicho (sí, Hui) Domínguez y, aparte de contradecir la apariencia ideal de un personaje estelar de telenovela, en cierto modo parece duplicar el destino del actor, que se pasó más de veinte años esperando el momento de recibir la gran oportunidad, su premio mayor. Al cabo de unas cuantas sesiones frente al televisor, es posible hallar la fuente de donde emana su influjo en red nacional: sus excesos gestuales, sus posturas imitando una estatua y, sobre todo, su vulgaridad latente. Cada parte de El Premio Mayor obtiene sus mejores momentos de la exageración, y predomina la mueca.

Vislumbramos a Huicho Domínguez en medio de una sala con sillones de peluche forrados de plástico, y con toda clase de protuberancias doradas agarradas a las paredes y a las puertas. En una escena viste un traje azul celeste y zapatos blancos; en otra, deja ver su muñeca con una esclava tipo el Güero Palma en tiempos de impunidad. Los personajes a su alrededor muestran el aspecto de rufianes o envidiosos de historieta con esa mariconería de pelos relamidos o labio tembloroso tan de moda (frente a esos competidores, la hombría de Huicho es incuestionable). Las mujeres a menudo aparecen estrujadas por vestidos minúsculos y escotados en juguetonas escenas de sexo blando. El decorado, que incluye a los personajes, recuerda ese teatro de revista plagado de baby‑dolls y calzoncillos a rayas, especialista en tratar de sexo sin tocarlo. Aquí todos son alumnos aventajados del curso de prevención de contactos sexuales.

Al cabo del tiempo que tarda el ojo en acostumbrarse a las expresiones de mala escuela de actuación, al estilo hiperbólico del vestuario y el decorado, y a la falta lamentable de cuando menos un atisbo de verdadera sensualidad, la telenovela inicia el camino hacia su manera oculta de superarse, al margen de la empresa que la produce, de los espectadores que la consumen, y de los guionistas que se mecieron los cabellos al escribirla. De pronto, reconocemos en ella la cualidad de algo distinto.

El Premio Mayor podría ser una gema auténtica en una serie que considerara digna de escarnio a la historia de las telenovelas. El asunto es que nadie se impuso un proyecto así. El asunto es que la postura que ahí se celebra es altamente paródica. La creatividad en televisión es, en efecto, monotemática y, a fin de cuentas, un revólver sin balas. Pero nadie sabe. De pronto alguien, o algo, no sabemos, olvida una bala mortal en ese revólver de utilería.

Cuando uno gira en torno a un éxito imprudencial de la magnitud de El Premio Mayor, jamás se pone a pensar en otros ejemplos semejantes. Se pregunta cómo ha sido posible o cómo es que casi nadie se ha dado cuenta. En un principio todo sugería que se respetarían las señales de un código remoto. En un principio todo sugería que se respetarían las normas de la comedia didáctica con singular chabacanería. Pero el principio que la telenovela parece aducir en su defensa es el siguiente: yo no sabía en lo que podría convertirme, no digas una palabra más. El hecho de que El Premio Mayor imposte una voz realista descubre hasta qué punto su finalidad está más allá: en lo fársico y en lo extremo.

Debido pues a una chiripa en la historia de la dirección escénica, podemos aspirar a ver una telenovela como la summa burlona de las estrategias televisivas de empobrecimiento de la realidad. El responsable de dicha postura no es ni el director, ni el productor ni el guión. El instigador primero es Huicho Domínguez, con el auxilio de alguna inspiración de almohada del actor Carlos Benavides, cuyo único y gran mérito ha sido confundir la actuación con el histrionismo de carnaval. Así se producen las paradojas brillantes. La intención confesada de El Premio Mayor se revela en esta declaración de Carlos Benavides a la revista TV novelas: «Huicho Domínguez es un personaje que representa a la mayoría de los hombres mexicanos». El problema es que, para alarma de todos los que han creído en el poder mimético de la televisión, Huicho Domínguez descubrió la tecla: no representa a la mayoría de los hombres mexicanos. ¿Por qué? Porque sólo es Huicho Domínguez.

Imaginemos que las telenovelas son seres vivientes: ahí están, repitiendo las órdenes de sus creadores, estúpidamente inermes. Ahora imaginemos una de ellas, no del todo convencida. El publicó espera que muestre las gracias que aprendió. Perfecto, estupendo. De pronto, se tiene la sensación de que, en vez de repetir las órdenes de sus creadores, ha decidido propinarles una paliza cruel a sus antecesores. Se advierte un problema de percepción, de falta de entendimiento. Entonces el público apaga el televisor, o continúa mirando como si no estuviera frente a eso, o se pone a esperar el próximo estreno. ¿Les parece bien algo beckettiano… o proustiano.. o quizá nabokoviano?

La televisión mexicana parece conocer días de gloria con la emisión vespertina de la telenovela El Premio Mayor. Pero ¿qué es en realidad este producto? ¿Un malentendido?¿Un golpe de suerte? ¿Una parodia que les salió a todos de chiripa?

Remedios contra el insomnio

La noticia corrió como fuego en la paja: varios de quienes trabajan en nexos duermen mal y son asediados por los ejércitos de la noche con metódica impiedad. Así, las ojeras, la fatiga y la melancolía de una noche en blanco se volvieron moneda corriente en las oficinas de la revista. Consultado amistosamente, el escritor y neurólogo Bruno Estañol buscó entre sus papeles y nos hizo llegar este decálogo contra el insomnio que compartimos con los lectores, por si hiciera falta y a sabiendas de que hay pocas cosas como un sueño reparador en el que, dicen los clásicos, se cumplen los deseos.

1. No tome siestas.

2. No tome café, chocolate, té negro o cocacola después del mediodía.

3. No tome bebidas alcohólicas para conciliar el sueño. Por lo menos no en forma sistemática.

4. Despierte a la misma hora todos los días, incluyendo sábados y domingos.

5. Trate de acostarse a la misma hora.

6. Haga ejercicio en las mañanas o al mediodía, pero no antes de acostarse.

7. No tome hipnóticos más de 30 días seguidos.

8. Si no puede dormir, levántese y haga otra cosa durante un tiempo.

9. No coma exceso de grasas y de proteínas antes de acostarse.

10. Reporte al médico si ronca en exceso, tiene movimientos involuntarios de las piernas, o si hay sueño excesivo durante el día.

¿Quiénes son

los populares?

Yolanda Meyenberg Leycegui. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Es muy probable que al leer este artículo el Partido Popular haya desplazado al Partido Socialista Obrero Español del gobierno que ejerció en España durante casi catorce años.

La pregunta que resulta obligada es ¿cómo un partido que ha articulado bajo su membrete a las tendencias conservadoras apenas desde 1989 puede finalmente desplazar a la sólida maquinaria socialista?

Dos son las convergencias en la explicación de este posible triunfo del PP: la paulatina transformación del partido hasta lograr una fisonomía inclinada hacia el centro, con un matiz puesto en la asociación histórica derecha‑autoritarismo, y el disgusto y el hartazgo de la ciudadanía por la publicidad de la corrupción gubernamental.

Los virajes que han permitido a los populares presentarse como una alternativa capaz de lograr la alternancia en 1996 son notables. La tradición conservadora española fue por demás alejada de toda organización partidista. Al ser la fuerza triunfante de la Guerra Civil de 1936, la derecha en España organizó su proyecto hegemónico a partir de una idea de nación y no de partido, y su dominio se representó a través de instituciones estamentales como el ejército y la Iglesia, que se ampliarían con la dictadura al Movimiento.

En la etapa de la transición, el recelo del electorado con respecto a los partidos identificados con la dictadura y la inexperta actuación de la derecha en la definición de la política del consenso, en poco colaboraron a la consolidación de su imagen.

Tres son los momentos en la historia del partidismo conservador español que ameritan una revisión concreta.

1979, año en el que, bajo la cabeza de Manuel Fraga, Alianza Popular define su perfil dentro de un esquema bipartidista inspirado en la lógica del modelo británico y aspira a recuperar el «espacio natural de la derecha». Dos diferencias le darían especificidad a la propuesta conservadora española: la imposibilidad de construir su proyecto con base en la crítica al paternalismo del antiguo régimen,1 y la permanencia de perfiles habituales del discurso ideológico de la derecha, como la unidad de la patria y el centralismo, la concepción de la supremacía de la civilización cristiana, y la defensa de las grandes instituciones y valores sociales tradicionales como la familia, la Iglesia o el ejército.

Entre 1982 y 1986 Alianza Popular experimentó una considerable transformación en su organización, identidad política y apoyo electoral. Al convertirse en la segunda fuerza electoral se hizo apremiante la definición de un perfil en consonancia con el neoconservadurismo europeo.

Al inicio de los noventas, los cambios en el nombre del partido y en la dirigencia estaban enfocados a proyectar una imagen más dinámica, creativa y eficaz, y a imprimir un mensaje de madurez, amplitud e intención de cambio.

La plataforma presentada por el Partido Popular para las elecciones de 1989 contenía compromisos concretos sobre los principales puntos de crítica de la sociedad hacia el gobierno, siendo esto su base de definición de la democracia, a la vez que un intento por adoptar una postura catch all. En 1990 esta postura se sintetizó en un decálogo que se asemejaba en temática al programa presentado por los socialistas en 1982. En el diagnóstico popular se hablaba de reconocimiento a las autonomías, implicación de la ciudadanía en el proyecto del gobierno, credibilidad institucional, europeísmo, moderación y tolerancia, y abandono del tutelaje del Estado.

De entonces a la fecha la oferta partidista del PP ha variado poco, tal vez el único punto en el que los populares han enfatizado su discurso sea el de la corrupción.

Por lo que respecta a la segunda explicación de este posible giro en el comportamiento del electorado (el enojo de los españoles por los escándalos de la élite socialista), habría que ponderar con cuidado los beneficios que esto aporta al PP. Las encuestas de opinión previas a los comicios muestran a un electorado reacio a pensar que su voto significaría un cambio mayúsculo, similar al esperado en 1982. No obstante, las expectativas se sitúan en dos direcciones: en el plano económico, los españoles creen que el gobierno del PP puede crear más puestos de trabajo (33%) y controlar el gasto público (40%); en el plano político, piensan que la gestión de los populares colaborará a erradicar el terrorismo (40%), luchar contra la corrupción (42%), y mejorar la seguridad ciudadana (43%).2

Pese a que el 30% opina que el Partido Popular estaría más capacitado para gobernar bien a España, enfrentados hoy a un desencanto político de dimensiones superiores al de 1981, el voto de los españoles no se asentará ni en una expectativa de estabilidad, ni en la confianza en el potencial de cambio de partido, mucho menos en la seguridad de que Aznar ejercerá un liderazgo certero. Tal vez la apuesta fuerte en este proceso esté en el rescate de la institucionalidad de la democracia y en la práctica de uno de sus principios: la responsabilidad en el ejercicio de un gobierno que se sustente en el apego al Derecho.

REFERENCIAS

1 Después de su victoria electoral en 1983, Margaret Thatcher afirmaba que «el gobierno debía ser recordado por su ruptura decisiva con un consenso debilitado por un gobiemo paternalista y por un pueblo dependiente».

2 «Barómetro de Invierno», El País, enero 14, 1996.

3 The Economist, febrero 10, 1996

4 Ibid

Amo al coro cuando canta

¿A qué edad comenzó a leer?

Todo tiene su origen, como usted sabe. Yo vivo de rastrear orígenes, de fundar orígenes. ¿Mi primera página leída? Bueno, tendría que remontarme al diluvio o a las glaciaciones. Fue allá por el siglo tanto. Caminaba desnudo por un páramo, rocas a ambos lados, un tigre perfumado pisaba sobre mi huella, calculando que iba a ser su desayuno. El viento entonces: sopló. Arrastró un periódico de ese día del pleistoceno en que informaban, con esa perspicacia de la prensa diaria, que un gordón le iba a servir de salchichón a los felinos. Me dije: No. Y vine y me encaramé en mi sillón, donde estoy a salvo de tales infaustos alcatraces de tierra. Fue un acto insensible, prenatal. Un golpe precordial de letras antes de que fuera inaugurada la lectura. Y el culpable fue el incienso, el tigre rastreador, la ignorancia de que el desayuno estaba a punto de ser inventado. Pero no me agradó ser la materia prima del primer invento, ni ser leído ni lectura. Yo quería en ese instante inicial ser el múltiple lector.

José Lezama Lima

¿Qué libro prefiere leer?

Yo prefiero. O prefiero preferir. Mi preferencia ocurre dentro de la diversidad. La preferencia tiene mil y un rostros multiplicados por las once mil vírgenes y luego por los cuatro jinetes del apocalipsis, lo que da una suma aproximada al hormiguero. Todo lo ofrecido tentador, en materia de páginas o tomos, entra a mi jardín sobreponiéndose a los letargos. A continuación, caminar ensoñado sin mover ni las pestañas ni los pies, lo que desemboca a otro acto mañanero de resucitar. Para mí, si entro al baile de los ideales, el ideal debe acercarse a una constelación donde seleccionar no sea mutilar, ni tomar sólo un aplazamiento en la oscuridad. Leo, pero sobre todo procuro descifrar, que resulta una invitación a fondo y no el simple saludo de acera a acera. En mi sobrenaturaleza íntima y en las sobrenaturalezas creadas, imaginar agregando es la alternativa frente a la mansedumbre de una entrega apagada y liviana. Prefiero la poesía, que es un hecho sin invalidez entre la imagen y la metáfora. Prefiero la novela que es la majestad danzando entre sombras chinescas, el sempiterno diálogo observado a pulso y a diario, de la cuna a la tumba, del tambor al trono, del cepillo dental al edredón. Prefiero el ensayo, que es el bailarín en punta, una segunda remesa de poiesis, un sustratum incombustible. ¿Qué prefiero cuándo: hoy o ayer? Soy supersticioso, a veces. Por tal vestigio y atavismo, no deseo ni pensar qué prefiero, para que ninguna sombra me devele alguna obtusa querencia. Mi matrimonio es con el harem, soy amante de muchas caricias. No hay la prefenda: amo al coro cuando canta.

¿Cualquier libro, con ser libro, cualquier lectura, con ser lectura, ya es suficiente?

Ah, qué va. No, amigo. El yoga Yogananda previene contra el exceso infundado y los hábitos sin reflexión. Resulta decisivo escoger: el tiempo es corto y no a cualquiera le toca. La brevedad de la existencia, el vértigo de la mano inapelable que te toma alguna vez, en la cuna quizás, en el pañal quizás, y te deposita en cualquier médano, y te contemplas ya con los sesenta encima del hombro, la reducción de los pulmones a dos lamparitas casi sin llamas obliga a la selección. Lo bueno, si es posible o si es imposible. Aunque, ¿cómo sabe quien escoge que escoge lo mejor? Para eso se inventaron algunas asignaturas, como la Historia de la Literatura, se inventó la crítica literaria, que no siempre acierta con sus gongs, y se inventó el amigo y la amistad, que recomienda. Resulta que necesitamos guías. Por supuesto, no hay infalibilidad en los consejos. El mejor consejo tiene siempre una pata de palo. Pero entre esas sombras y esos asideros, escoger lo mejor. Escoger lo mejor, que no es ni lo más placentero ni lo más fácil ni el último hermoso tomo que te vendieron o compraste. Escoger y escoger lo mejor: dos actos fecundantes, no iguales, acompañantes o no. Y mientras puedo escoger, persiguiendo las luciérnagas más fascinantes, permanezco con un pie aquí, con los libros y bibliotecas y la humanidad narrada, toda la humanidad narrada, delante de mis ojos todavía inmortales.

¿Puede ofrecerme una lista de títulos preferidos?

Podría quizás hacer una lista, pero le anotaría una docena de millares de títulos de una docena de centenares de autores. Todo buen libro que leí, que son muchos, estarían en la lista, además de algunos que no leí, porque voy a leer mañana, además de otros que no se han escrito, pero que voy a leer algún día, además de otros que no se han escrito y no voy a leer nunca. No soy de los que sueltan una frase, con pose en la nuca de estatua de parque. ¿Por qué iba a decir grandilocuente y oportunistamente ahora: ésta es la lista? En mi caso no hay listas, listas de nada. No hay lista ni estoy listo para hacer la lista.

¿Alguna definición para biblioteca o libro?

En primer lugar, la biblioteca es un bosque: bosque asiático, teutón, eslavo, noruego o cubano y tropical. Y tal como dijo el poeta, el libro es un árbol, o un sol, que viene auroreando uno por aquí y el otro en el espejo. Porque el sol, a su distancia, envía luz, pero luz que quedaría trunca, trabada, disuelta, si no encuentra la hoja que la convierta en energía primigenia y en oxígeno. Así que el árbol es como el representante de Dios, es decir, homólogo del hombre, si el hombre se decide a ser el representante del sol en la Tierra. La hoja del árbol, si vamos a definirlo por lo hemostático, impide que la sangre escape, la humana, y vaya al río animal como turbión: si lo alimenta en directo o si lo alimenta en indirecto, a través de la bestia vegetariana, el hombre por fin se levanta de la eventual condición de cuadrúpedo. La hoja del libro homologa esa acción… o ya en otra intersección secuencialmente posterior. La casualidad no arma trampas de tan poco costo: es lo paralelo y lo tangencial haciendo coro en la causalidad. La hoja verde es una biblioteca vegetal, la hoja industrial es la biblioteca razonada. La del árbol es razón primigenia, la del libro es otra arremetida del sol.

¿Algún libro mayor?

Una antigua doctrina árabe anuncia triunfante que el universo es un enorme libro. Mas, atravesada de olivos, olvida decir que el libro, o todos los libros, es el universo decantado a la ignorancia y a la sustancia inerte. Los chinos reconocen milenariamente al libro como símbolo de poder que mantiene a distancia aceptable la malignidad de los espíritus. La estructura del libro no es mensurable por fuera. Desde los libros de papiro y manuscritos al industrial libro de hoy, el ego y la persona humana resbalaron hacia muchos corrales y de todos lograron salir, cojos o bizcos, no importa, trucidados sus genitales o vomitando esperma, no importa. ¿Y salieron gracias a qué? A que alguien les tendía una furtiva página amiga. El libro ha sido, y es, conspirador, fugitivo, orador de barricada, cimarrón de la montaña, el quemado en la hoguera, el perseguido hasta el mosaico, la hoguera misma. Ser absoluto es también una manera de cenizar, pero, dígame, ¿alguna guerra perdió? Según el Mohyidden ibn Arabi, las letras trascendentes trasegaban con el secreto de los secretos de todas las criaturas, quienes, a cincel y a tuerza de soplo divino, descendieron cuadrupeando al universo material y habitaron prados y cerros, adoptaron cencerros, se hundieron en las vías fluviales y bajaron a las costas y aguas pelágicas. Es un supón que no asombra, un mito hilvanado con sombrillas. Antes que la criatura humana redactara sus libros, quizás existía el libro mayor que lo contenía todo. Pero eso es conjetura, mitología seráfica, apología mayor, y no sé si el polvoriento libro de nuestros estantes merece que lo castiguemos con tales desmesuras. Cualquier buen libro leído es el libro mayor. O cualquier buen libro es el libro, porque mayor es un grado bélico que le sobra a la lectura.

¿Es realmente bueno leer libros?

A cada familia cubana hay un tío que le desmiente la necesidad de leer. ¿Cómo explicar su suerte siempre navegable? Semejante al pulpo de Opiano en las Halieutica, cabezón y lleno de tentáculos, es dueño de bar o de carnicería. Viste guayaberas de orlas, pasea con señoritas de miel y no le falta el fajo adinerado en el bolsillo. Ese señor, para firmar, se descubre del jipijapa, pero apenas logra temblar cuando estampa la ininteligible y torpe letra. No me otorgaron el don del sermón ni el olor del salchicón. Cada chivo hace tambor con su pellejo. Hasta los confines, el universo, es una enigmática cordillera y un ábaco misterioso y sin fin. La simple razón tríptica, de espacio-tiempo-tierra de nadie, bastaría para varias humanidades y eternidades. ¿Me imagina administrando el bar y hurtando mililitros de aguardiente? ¿O cargando perniles al frío? ¿Se lee para luego fundar un emporio de highboles o roncollins o de palomillas o boliches? ¿Cómo después reptar hacia Proust o Victor Hugo, Whitman o Martí? ¿Cómo destapar la botella que contiene el genio de Dostoievsky o Pascal? Imposible conciliación de trastabilleos. ¿Por qué, en resumen, leo yo? Es una interrogante a la que no puedo dar cabal definición. Lo que leo nadie me lo aconsejó ni ordenó. Leí y leo para lograr el contacto, nigromantear en atmósferas y en la propia tierra firme. Poseo vías laberínticas de buen cotejo, ojos, nariz, boca, tacto, etcétera, que funcionan con aceptable fidelidad obesa. Pero yo, José, para asomar y mirar, asumo la longitud del libro como catalejo. Con ojos asomados a la ventana sólo veo rendijas de mundo. Con el ubicuo paginado atisbo paisajes de la Polinesia y de Alejandría y de San Petersburgo, de la Italia donde elogiar a la locura era una locura apenas permitida, presencio tropelías de dos gigantones galos o de dos figuritas que cabalgan entre ínsulas y molinos, o el polo que Ruesch coloca con sumisa gelidez en esta propia penumbrosa y acalorada sala. El libro se alarga y rastrea por los dos extremos, o por los tres orígenes, misterios, anticipaciones. Es la tabla de navegar y acercar latitudes. Para vivir, leía, desde siempre, porque, claro, vivir es tan importante como leer. Más tarde se invirtieron los imanes. Leer fue anticipo, umbral. Iniciar el tránsito expectante hacia la posible página escrita. Para aquel estadio, colmo y orgasmo, disnea y frenesí, delirio y abarrotamiento, debo pasar y tocarle al vecino, para que open, abra el libro sus puertas y ventanas y permita deambular por entre las inestimables vísceras, donde espera el inmenso bazar de las aventuras, incluidos la palomilla y el boliche intelectual.

¿Qué escogería entre un asado de cordero y un buen libro?

Son lecturas complementarias. Es como si usted diera a escoger entre levantarse por la mañana y acostarse por la noche. No se puede escoger: es inevitable levantarse y acostarse. No puede uno llenarse el estómago de palabras, por más que tenga la cabeza repleta de corderos. Cada cosa en su hora y para su función. Digo, en alguna parte, que el libro nos convierte en golondrinas, que la casa de los libros, la biblioteca, es la morada del dragón, que la página escrita abre caminos entre cielo y tierra. Digo aún más: el libro, por ser la mano errante, la cabalgadura que lleva y trae y trasiega con las noticias más oficiosas y pródigas, el caballero que se mira en el espejo de las circunvalaciones deslumbrantes, es el primer pan del hombre razonable. Después viene el cordero, pero después viene el cordero. Inevitablemente. Y la pregunta suya, claro, no hay que adivinarlo, procede, para mi suerte, de una fama equinoccial que se derrama sobre mi persona. Soy, como se dice, cuarto bate en la lectura, y cuarto bate para los asuntos del sentarse a la mesa a deglutir con pasión, sobre todo si es cordero, sobre todo si es el sencillo mendrugo. Lujuria un día, sobriedad al siguiente. Y entre lujuria y resignación, el manjar imprescindible del buen libro, porque para esa ingestión sí no acepto bagatelas. Ahora escoja usted: ¿levantarse o acostarse?

¿Leer rápido o leer despacio?

Algunas cosas puedo leerlas relativamente rápido, sobre todo si es prensa diaria o semanal. Si relectura, quizás puedo ser rápido. Si contrito en el acto creativo, delante de la mesa repleta de libros despanzurrados y aún la página en blanco, logro mirar vertiginoso aquí y allá y a un tiempo escribir en mi cuartilla. Pero para otras lecturas, me muevo como el molusco, que dije que soy. ¿Cómo leer veloz a Nietzsche o Tolstoi, con la lectura que salta de un párrafo a otro, con mentalidad de atleta, para romper el récord? Para la buena literatura una lectura lo suficientemente pausada como para recoger y poner, porque el lector no sólo percibe lo sugerido sino que además agrega durante una lectura creadora. En ocasiones es más importante lo que se adiciona en imágenes que lo que se levanta del tapiz iluminado de la lectura. Estoy únicamente apurado por todo lo que ignoro, así que déjenme leer y arroparme despacio, sin agravio, por supuesto, para esa lectura que no merece sino una envalentonada prisa.

José Lezama Lima

¿Me habló de un proyecto de biblioteca habitable?

Usted saca afuera ahora ese gato desvelado. Es, digamos, un proyecto reiterado de la duermevela. Al enunciarlo, aparece como el influjo irremediable de Borges. Borges adoptó, ahijó, a las bibliotecas, sobre todo las desmesuradas y laberínticas. Si ahora concibo una confortable biblioteca-hogar, parece que no puedo prescindir ni de su tigre de palabras, apresado y escapando siempre. Mi biblioteca imaginada tendría amplios salones iluminados y un mínimo de paredes y muros: sería comunicable y comunicante, de puntal alto y techo de dos aguas. Y además, cómo no, con un número aceptable de ventanas y sillones, pues acostumbro, para dicha de la corpura y la suavidad de los glúteos, permanecer sólo donde haya una ventana y un sillón, una para viajes cortos por la luz y el otro para periplos de más largo alcance. La biblioteca tendría, claro, trozos de cielo —sería una especie de biblioteca a cielo abierto—, tendría, claro, alguna espléndida luz de mediodía, árboles y pájaros respectivos, luna y puñados de soles titilando en la oscuridad de un pedazo de noche. Habría olores trasegando, por supuesto: el nocturno y furtivo del jazmín y el diurno de la calandria colgando de sus penachos rosados. Y perfumes bien condimentados: de frijoles negros, por ejemplo, de quimbombó, por ejemplo, de plátanos maduros fritos o verdes a puñetazos. Y algunas otras golosinas de carne. Y café en el ambiente. De ninguna manera faltaría un bañito íntimo, acogedor, con algunos buenos títulos en el estante, para refrescar las vehemencias que se sufren en el trance de aligerar. En fin, un paraíso o Paradiso calientito. Algo bien pensado, amigo, no tema para quien subsiste con letras, engorda con lecturas, nutre con palabras el protoplasma, entra en solfa después de lecturear. Este proyecto de biblioteca, posible porque es imposible, es susceptible de cambios y sugerencias y permanece abierto de par en par. Se le puede agregar algo de cualquier imaginación o naturaleza. Un hidrante contra incendios. Un manantial a la entrada. Hamacas para siestas y algún paraguas para capear temporales. Y si lo desea, algo, una regadera o manguera para mantener el jardincito, sí, porque ni los jazmines ni las calandrias viven de chuparse el codo. Ese es mi proyecto: una majadería, una quimera con alas de papel.

¿Último libro que leyó?

Hoy en la mañana, casualmente, sobresalía un libro. Alguien lo sacó con el codo, al pasar. Del librero, digo. Sin mirar la carátula, lo abrí para una lectura de azar concurrente. Leí: “Los ojos puros, la mirada inquieta,/ La mejilla caliente y encendida;/ Así la virgen esperó al poeta/ Con un sueño más largo que una vida”. Quedé estremecido por esa voz del misterio mayor y precursor. Desde el otro lado de la mampara Martí susurraba su mensaje matinal, usando el ardid de insinuarse con el tomo rebosante de los Versos Varios. De nuevo, a manera de golosina intelectual, apuré esa, lectura emancipada y pura, tremolante como la vela del velero. n

Esta entrevista originalmente fue publicada en La Gaceta de Cuba y llegó hasta las páginas de nexos gracias al rescate hemerográfico de Alejandro Robles.

(Núm. 218, febrero de 1996)

 

Compuerta

Héctor Aguilar Camín. Escritor. Su último libro es El error de la luna (Alfaguara).

Hay una estatua de Spinoza en la Viljo en Pavillion de La Haya. Es una hermosa estatua, rodeada de tilos. Lo muestra sentado, envuelto en los pliegues de una capa, muy alta y redonda la frente, con una mano cavilante en ella y otra, larga y fuerte, esgrimiendo lápices y plumillas para escribir La mirada de la estatua tiene una concentración melancólica y absorta, la mirada del pensamiento quizá. A un lado de la plazoleta, que es en realidad un camellón con bancas y árboles, hay un restaurant que se llama Spinoza donde sirven executive lunch. A espaldas de la estatua, en la siguiente calle, empieza una de las tres zonas de prostitución de La Haya, la menos cara, salpicada de hermosas y desencantadas negras dominicanas y chinas salvadoreñas. No vi afrenta o contradicción lógica, mucho menos metafísica, en ese avatar urbano. Me pareció más bien una feliz muestra de la tolerancia y la mezcla que dio cobijo en su momento al propio Spinoza, como a tantos perseguidos de credos y países, y le permitió vivir en la libertad de la que Holanda es todavía realidad y ejemplo, como la misma obra de Spinoza, prófuga del dogma religioso y de otras tentaciones del absolutismo. Los subrayados pertenecen al Tratado político. Los números romanos al final de las citas indican el capítulo y los arábigos el parágrafo del que fueron tomadas en la versión española de Atilano Domínguez.

HECTOR AGUILAR CAMIN

Los filósofos conciben los afectos, cuyos conflictos soportamos, como vicios en los que caen los hombres por su culpa. Por eso suelen reírse o quejarse de ellos, criticarlos o (quienes quieren aparecer más santos) detestarlos. Y así, creen hacer una obra divina y alcanzar la cumbre de la sabiduría, cuando han aprendido a alabar, de diversas formas, una naturaleza humana que no existe en parte alguna y a vituperar con sus dichos la que realmente existe. En efecto, conciben a los hombres no como son, sino como ellos quisieran que fueran. De ahí que las más de las veces, hayan escrito una sátira, en vez de una ética, y que no hayan ideado jamás una política que pueda llevarse a la práctica, sino otra, que o debería ser considerada como una quimera o sólo podría ser instaurada en el reino de Utopía o en el siglo dorado de los poetas, es decir, allí donde no hacía falta alguna. (I :1)

Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas. Y por eso he contemplado los afectos humanos, como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria, la misericordia y las demás afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades que le pertenecen, como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas por el estilo a la naturaleza del aire. (I: 4)

Los hombres están necesariamente sometidos a los afectos. Y, así, por su propia constitución compadecen a quienes les va mal y envidian a quienes les va bien: están más inclinados a la venganza que a la misericordia. (I: 5) 

El derecho y la norma natural, bajo la cual todos los hombres nacen y viven la mayor parte de su vida, no prohibe sino lo que nadie desea y nadie puede: no se opone a las riñas, ni a los odios, ni a la ira ni al engaño ni, absolutamente a nada cuanto aconseje el apetito […]. Aquello que la razón determina que es malo, no es tal respecto al orden y a las leyes de toda la naturaleza, sino tan sólo de la nuestra. (II :8)

El pecado no se puede concebir, pues, más que en el Estado, ya que en éste se determina, en virtud de un derecho común de todo el Estado, qué es bueno y qué es malo […]. También la justicia y la injusticia sólo son concebibles en el Estado. Pues en la naturaleza no existe nada que se pueda decir, con derecho, que es de éste o de otro, ya que todas las cosas son de todos y todos tienen potestad para reclamarlas para sí. En el Estado, en cambio, como el derecho común determina qué es de éste y qué del otro, se dice justo aquel que tiene una voluntad constante de dar a cada uno lo suyo, e injusto, por el contrario, aquel que se esfuerza en hacer suyo lo que es de otro. (II: 7; II: 23)

El miedo a la soledad es innato a todos los hombres, puesto que nadie, en solitario, tiene fuerza para defenderse ni para procurarse los medios necesarios de vida. De ahí que los hombres tienden por naturaleza al estado político y es imposible que ellos lo destruyan jamás del todo. (VI: I)

El estado político se instaura para quitar el miedo general y para alejar las comunes miserias; y por eso busca, ante todo, aquello que intentaría conseguir, aunque en vano, en el estado natural, aquel que se guía por la razón. (III : 6)

Todo el mundo desea que los demás vivan según su propio criterio, y que aprueben lo que uno aprueba y repudien lo que uno repudia. De donde resulta que, como todos desean ser los primeros, llegan a enfrentarse y se esfuerzan cuanto pueden por oprimirse unos a otros; y el que sale victorioso se gloria más de haber perjudicado a otro que de haberse beneficiado él mismo. (I: 5)

No está en nuestro poder tener un alma sana más que tener un cuerpo sano. Como, por otra parte, cada cosa se esfuerza tanto como puede en conservar su ser, no podemos dudar en absoluto que, si estuviera igualmente en nuestras manos vivir según las prescripciones de la razón que ser guiados por el ciego deseo, todos se guiarían por la razón y ordenarían sabiamente su vida. Ahora bien, esto no sucede así, en absoluto, sino que cada uno es arrastrado por su propio placer. (II: 6)

Por consiguiente, un Estado cuya salvación depende de la buena fe de alguien, y cuyos negocios sólo son bien administrados si quienes los dirigen quieren hacerlo con honradez, no será en absoluto estable. Por el contrario, para que pueda mantenerse, sus asuntos públicos deben estar organizados de tal modo que quienes los administran, tanto si se guían por la razón como por la pasión, no puedan sentirse inducidos a ser desleales o actuar de mala fe. Pues para la seguridad del Estado no importa qué impulsa a los hombres a administrar bien las cosas, con tal de que sean bien administradas. En efecto, la libertad de espíritu o fortaleza es una virtud privada, mientras que la virtud del Estado es la seguridad. (I: 6)

Si la naturaleza humana estuviese constituida de suerte que los hombres desearan con mas vehemecialo que les es mas útil, no haría falta ningún arte para lograr la concordia y la fidelidad. Pero como la naturaleza humana esta conformada de modo muy distinto, hay que organizar de tal modo el estado, que todos, tanto los que gobiernan como los que son gobernados, quieran o no quieran, hagan lo que exige el bienestar común; es decir, que todos, por propia iniciativa o por fuerza o por necesidad vivan según el dictamen de la razón. Lo cual se consigue si se ordenan de tal suerte los asuntos del estado, que nada de cuanto se refiere al  bien común se confíe totalmente a la buena fe de nadie. (VI: 3)

Como nadie defiende la causa de otro a menos que crea asegurar con ello la suya propia, hay que organizar de tal forma las cosas que los funcionarios que velan por los asuntos públicos, sirvan mejor a sus intereses cuanto mejor velan por el bien común. (VIII: 24)

Tanto en el estado natural como en el político, el hombre actúa según las leyes de la naturaleza y vela por su utilidad. […] En ambos estados es guiado por la esperanza o el miedo a la hora de hacer esto u omitir aquello. Pero la diferencia principal entre uno y otro es que en el estado político todos temen las mismas cosas y todos cuentan con la misma garantía de seguridad y una misma razón de vivir. (III: 3)

Para que la sociedad sea autónoma tiene que mantener los motivos del miedo y del respeto; de lo contrario, deja de existir la sociedad. (IV: 4)

Los súbditos […] dependen de la sociedad en la medida en que temen su poder o sus amenazas o en que aman el estado político. De donde se sigue que no pertenece a los derechos de la sociedad todo aquello a cuya ejecución nadie puede ser inducido con premios o amenazas. Así, por ejemplo, nadie puede renunciar a la facultad de juzgar. ¿Pues con qué premios o amenazas puede ser inducido un hombre a creer que el todo no es mayor que su parte […] y a admitir, en general, algo contrario a lo que siente o piensa? […] ¿Qué sería sino un delirio, aquel derecho al que nadie puede ser constreñido? (III : 8)

Cuál sea la mejor constitución de un Estado cualquiera se deduce fácilmente del fin del estado político, que no es otro que la paz y la seguridad de la vida. Aquel Estado es, por lo tanto, el mejor en el que los hombres viven en concordia y en el que los derechos comunes se mantienen ilesos. (V: 2)

Los hombres tienden por naturaleza a conspirar contra algo, cuando les impulsa un mismo miedo o el anhelo de vengar un mismo daño. Y como el derecho de la sociedad se define por el poder conjunto de la multitud, está claro que el poder y el derecho de la sociedad disminuye en cuanto ella misma da motivos para que muchos conspiren lo mismo. (Ill: 9)

Para aquel que detenta el poder del Estado, es tan imposible correr borracho o desnudo con prostitutas por las plazas, hacer el payaso, violar o despreciar abiertamente las leyes por él dictadas y, al mismo tiempo, mantener la majestad estatal, como lo es ser y, a la vez, no ser. Asesinar a los súbditos, espoliarlos, raptar a las vírgenes y cosas análogas transforman el miedo en indignación y, por tanto, el estado político en estado de hostilidad. (IV: 4)

Las sediciones, las guerras, el desprecio o infracción de las leyes no deben ser imputados tanto a la malicia de los súbditos cuanto a la mala constitución del Estado. Los hombres, en efecto, no nacen civilizados, sino que se hacen. (V: 2)

Los afectos naturales del hombre son los mismos por doquier. De ahí que si en una sociedad impera más la malicia y se cometen más pecados que en otra, no cabe duda que ello proviene de que dicha sociedad no ha velado debidamente por la concordia ni ha instituido con prudencia suficiente sus derechos. Por eso, justamente, no ha alcanzado todo el derecho que le corresponde. (V:2)

Un estado político que no ha eliminado los motivos de sedición y en el que la guerra es una amenaza continua y las leyes, en fin, son con frecuencia violadas, no difiere mucho del mismo estado natural en el que cada uno vive según su propio sentir, con gran peligro de su vida. (V: 2)

Una multitud libre se guía más por la esperanza que por el miedo, mientras que la sojuzgada se guía más por el miedo que por la esperanza. (V: 5)

La causa de que, en la práctica, el Estado no sea absoluto, no puede ser sino que la multitud resulta terrible para los que mandan. La multitud mantiene, por tanto, cierta libertad que reivindica y consigue para sí, no mediante una ley explícita, sino tácitamente. (VIII: 4)

La multitud tiende naturalmente a asociarse no porque la guíe la razón, sino algún sentimiento común, y quiere ser conducida como por una sola mente, es decir, por una esperanza o un miedo común, o por el anhelo de vengar un mismo daño. (VI: I)

Los hombres que tienen mucho ocio, suelen maquinar crímenes. (VII: 20)

Lo característico de quienes mandan es la soberbia. (VII: 27)

La naturaleza es la misma en todos. Todos se enorgullecen con el mando; todos infunden pavor, si no lo tienen. Y por doquier la verdad es a menudo deformada por hombres irritados o débiles, especialmente cuando mandan uno o pocos que no miran, en sus valoraciones, a lo justo o verdadero, sino a la cuantía de las riquezas. (VII: 27)

Nadie puede negar que el silencio es con frecuencia útil al Estado; pero nadie probará jamás que dicho Estado no pueda subsistir sin él. En cambio, confiar a alguien el estado sin condición alguna y al mismo tiempo conseguir la libertad, es totalmente imposible. (VII : 29)

François Mitterrand, ¡viva la República!

Ricardo Espinoza Toledo. Doctor en ciencia política por la Universidad de París. Profesor titular de ciencia política en la UAM.

Si se quisiera caracterizar muy brevemente el pensamiento y la obra de François Mitterrand puede decirse que el campeón del socialismo moderno francés fue, ante todo, un republicano radical. Tuvo el mérito de reconciliar a la izquierda francesa con el poder del Estado, en un proceso, digamos, doloroso, expresado en cambios sucesivos, pero necesarios.

En 1981 se trataba de poner en marcha las bases del socialismo. La primera tarea era la ruptura con el capitalismo. Las nacionalizaciones al 100% y la descentralización constituían los dos polos del programa. Las nacionalizaciones fracasaron, la descentralización triunfó y condujo a la verdadera transformación del Estado. Poco tiempo después se impuso el rigor económico. El presidente Mitterrand decidió volver a la ortodoxia en materia económica. Francia permaneció en el sistema monetario europeo aceptando sus condiciones. Fue una decisión histórica que contrapuso el sueño socialista al interés de la nación, con base en el cual, paradójicamente, se reforzó la indeclinable ambición del expresidente por la unidad europea.

Si bien la historia política francesa permite constatar cambios notables en la identidad doctrinaria del socialismo francés, no puede perderse de vista que bajo la conducción de Mitterrand se dio la completa recuperación, por la cultura de izquierda, de la Constitución de 1958 -origen de la Quinta República- como base del consenso social. La izquierda socialista pudo entonces desarrollar una cultura de gobierno.

Mitterrand confirmó la legitimidad de la Constitución de 1958 diseñada por Charles de Gaulle. En el ejercicio de sus funciones presidenciales dejó de cuestionarla, aunque en ese proceso la fue corrigiendo gracias a las leyes de descentralización, a la extensión del papel del Consejo Constitucional, al pluralismo que se le imprimió al sistema de medios electrónicos de comunicación, a la alternancia, a la cohabitación y a la presencia fluctuante pero decisiva de mayorías relativas. Mitterrand y los socialistas concluyeron su primer periodo al frente del Estado (1981-1988) con una imagen moderada, desprovistos de todo radicalismo y habiendo demostrado su capacidad para gobernar el país. La inteligencia política de Mitterrand consistió en crear entre los socialistas una verdadera mística de la Constitución, del estado de derecho y del pluralismo político. A pesar de los cambios sobre los cambios, Mitterrand se convirtió en el campeón de la reelección para un nuevo periodo (1988-1994).

La práctica política puesta en marcha por Mitterrand fue innovadora. La llamada apertura al centro adquiere aquí toda su pertinencia. Se buscaba una forma de gobierno estable, fundado en alianzas de centro-izquierda, pero dominado por un gran Partido Socialista, con un discurso progresista pero moderado en la práctica. A excepción del declive del PS, los otros puntos se cumplieron, pues ni las dos cohabitaciones políticas (1986-1988 y 1991-1994) entre un presidente de la República surgido del PS y un gobierno emanado de la mayoría parlamentaria de centro-derecha lograron alterar el funcionamiento regular de las instituciones .

Más allá de debates jurídicos e ideológicos, algo de fondo se modificó durante la era Mitterrand. Pues aunque no buscó acabar con las instituciones de la Quinta República, el expresidente francés se encaminó hacia una práctica más próxima a la República de partidos. Su interés fue siempre el de reforzar el rol del Parlamento, pero sin pretender caer en el extremo de dotarlo de poderes excesivos que restauraran el régimen de partidos (como en la Cuarta República), así como evitar el peligro de la concentración del poder en una sola persona. El gran estadista era partidario de una reforma intermedia que evitara ambos riesgos.

Si el general Charles de Gaulle introdujo el sistema político francés en el cuadro de las grandes democracias occidentales al dotarlo de un poder presidencial fuerte, elegido con base en el sufragio universal y acompañado de un gobierno surgido de la Asamblea Nacional, a François Mitterrand corresponde el mérito de haber consolidado el pluralismo político y el consenso en torno de la Constitución. Muy probablemente, Mitterrand buscaba restablecer la continuidad de aquello que él consideraba secretamente como la tradición republicana. La historia juzgará. Su vocación de hombre de Estado lo sobrevivirá.

El «Tepeyac universitario»

Rollin Kent. Investigador del Departamento de Investigaciones Educativas del Centro de Investigación y Estudios Avanzados. En nuestro próximo número publicaremos un artículo de Ricardo Becerra comentando las opiniones de Rollin Kent.

Hace casi nueve años, Gabriel Zaid caracterizó aguda, y para algunos, ofensivamente, el mito fundador de la UNAM: «así como los Estados Unidos no se creen un país de América, sino América, los unameños se arrogan el ser universitarios como algo especialmente suyo… Sienten que no existe más que La Universidad, ese Tepeyac del Estado donde habla el Espíritu». («Una megalomanía», Vuelta 124, marzo 1987, 10‑11.)

Uno se pregunta cuántos honestos reformadores del plan de estudios del CCH recuerdan hoy con más resignación que entonces las siguientes palabras de Zaid: «Como sucede en los imperios decadentes, las posibilidades de la UNAM están bloqueadas por su mitología. Muchas salidas razonables se vuelven imposibles de realizar, imposibles de decir públicamente y hasta imposibles de pensar, frente a la tradición, la nostalgia, las ideas hechas, la inercia, los intereses creados… Quizá ya es hora de abandonar el mito… Dedicar ganas y capacidad a los que no tienen ganas o capacidad es un desprecio y hasta un fraude… Sirve para legitimarlos, engañando a la sociedad… Habrá quien piense que abandonar la UNAM es derrotista, o peor aún: traición a la patria. Pero ahí está el error del mito megalómano. La UNAM no es la patria: es una de tantas cosas que tuvieron sentido, crecieron y se arruinaron».

Se puede compartir o rechazar esta terrible sentencia, según las preferencias ideológicas o adhesiones tribales de cada quien. Pero ya es claro que, ante los tristes acontecimientos de este año en la UNAM, los que desestiman el juicio de Zaid tienen la carga de la prueba, ya no el beneficio de la duda.

La secuencia de conflictos de 1995, que se desató con el «movimiento de los excluidos» y que más recientemente se encadenó con el infernal (no hay otra palabra) conflicto en el Colegio de Ciencias y Humanidades, tiene varios niveles de explicación. Uno, ciertamente, es la enferma imbricación de la UNAM con los movimientos de facción en la clase política nacional, imbricación compleja que está en permanente riesgo de perturbar los equilibrios políticos de la universidad en función de la torpeza, el cinismo o la agresividad de los contendientes en este juego desventurado. Por lo visto, la torpeza, el cinismo y la agresividad no hacen sino aumentar. Según Horacio Flores de la Peña, la UNAM padece una especie de maldición bíblica: parecería estar condenada a sufrir cíclicamente convulsiones políticas (Proceso, 2, X, 1995). ¿La UNAM está condenada porque siempre hay algún maloso al acecho del botín que representa? ¿Porque la institución es víctima de una crónica conspiración perversa contra la «Máxima Casa de Estudios»? Esta es una de las explicaciones que circula en las planas editoriales.1

Y es comprensible, pues en efecto a los grupos dirigentes de la actual reyerta ceceachera les tiene absolutamente sin cuidado el daño que han hecho a la institución universitaria. Sin embargo, estas explicaciones parecen estar atrapadas en otro tiempo, recurriendo a la mitología («la maldición bíblica») o a la teoría de la conspiración. La falacia consiste en pensar que la UNAM es un jugador inocente, victimado injustamente por fuerzas del mal.

Una institucion bloqueada

Hay otro orden de preguntas, un tanto incómodas. La UNAM sigue produciendo este tipo de problemas viejos, típicos del ciclo anterior de expansión no regulada y politización salvaje. Esto expresa nítidamente el dilema de una institución bloqueada. Precisamente porque la UNAM no se ha reformado, se ha convertido en rehén de esa conexión maldita.

La última década ha sido testigo de varios intentos frustrados de reforma. Las propuestas de Jorge Carpizo no se realizaron. La culminación del Congreso Universitario en un vacío político quizá fue lo esperable de un evento como ése, demostrando que la idea de la reforma como movimiento social de debate y confrontación política, idea cara a la tradición de la izquierda, llegó a sus límites. Desde entonces nadie ha vuelto a insisitir en esa tradición reformista (salvo, por cierto, los actuales impugnadores de la propuesta académica para el CCH). Las fuerzas que componen a la propia UNAM mostraron tener intereses irreconciliables. El no‑resultado del Congreso lo expresó claramente: no hay una UNAM sino varias.

El hecho es que el liderazgo universitario tampoco quiso mirar de frente esta evidencia, haciendo a un lado la necesidad de descentralizar efectivamente y diferenciar funcionalmente. No se sacó la conclusión más importante de ese impasse que fue el Congreso: la diversidad de intereses en una institución de las dimensiones de la UNAM reclamaba una forma de organización y gestión diferenciada que superara el bloqueo interno.

Posteriormente, los eventos de 1992 mostraron los límites de la autonomía y remacharon la idea de la irreformabilidad de esa forma de organización. Por temor gubernamental a una reacción estudiantil en la ciudad más grande del mundo, el rector Sarukhán archivó una propuesta largamente preparada y bien diseñada para aumentar diferenciadamente las cuotas y colegiaturas. Si hubo alguna vez una violación no militar a la autonomía, sin duda fue ésta la más flagrante de los tiempos recientes. La UNAM perdió una oportunidad singular para actualizar sus finanzas y elevar su legitimidad ante la sociedad, y su cuerpo dirigente quedó colocado en una situación poco envidiable.

En 1995, nuevamente, la UNAM se ve envuelta en un conflicto que resultó de una decisión tomada en el ejercicio de la autonomía: la decisión de elevar gradualmente los promedios exigidos a los estudiantes ingresantes. Las franjas sobrevivientes2 del Consejo Estudiantil Universitario ocuparon la rectoría en defensa de los estudiantes que no pasaron el examen de selección con el puntaje mínimo necesario.

Y enseguida surge un nuevo conflicto, claramente engarzado con el anterior, en torno a la propuesta ampliamente preparada para reformar el plan de estudios del Colegio de Ciencias y Humanidades. Se trata del primer intento de reforma en más de dos décadas, consultada entre propios y ajenos, e impulsada por personas claramente comprometidas con el proyecto del CCH. No fue impuesta por el gobierno, los empresarios o el Banco Mundial. Por cierto, no representa innovaciones pedagógicas radicales sino un ajuste necesario a las condiciones contemporáneas, un punto de partida para iniciar experiencias de innovación en la enseñanza.

En cada uno de estos casos se repite el mismo y triste síndrome: se propone una reforma, florece el conflicto, se golpean públicamente los contendientes, negocian las partes, se archiva la reforma.3 Uno se imagina el cartón alusivo de Magú: al descender de la arena de lucha, ensangrentados y con las togas hechas jirones, el Rector y los ceuístas se amenazan con el puño en alto, «¡Nos vemos en la siguiente reforma!».

La no reforma como forma de muerte

Mientras que algunas universidades estatales, como la Universidad de Sonora o la de Guadalajara, se embarcan en procesos significativos de transformación, la UNAM languidece. O bien se ve envuelta en conflictos francamente desproporcionados a raíz de los pequeños pasos que intenta dar.

¿Por qué sucede esto, si después de todo se trata de la Máxima Casa de Estudios, el ejemplo a seguir? En apariencia, la UNAM -que no depende de la Subsecretaría de Educación Superior de la SEP, a diferencia de otras universidades públicas -tiene un mayor margen de maniobra que las demás universidades. Pero la UNAM es demasiado grande, compleja, importante y cercana a la política nacional para tocarla así sea con el pétalo de una rosa reformadora. El altisimo costo de esta pinza fatal es que no le ha permitido crear los mecanismos para ejercer la autonomía en el único sentido que vale: la autonomía para fijar su identidad como institución, formular estrategias propias de mejoramiento y reforma de largo plazo, y llevarlas a efecto. No es sólo el dilema de una institución ensimismada, sino la trampa de una institución atravesada por múltiples hilos y vasos comunicantes que corren entre las direcciones de facultades y puestos de la administración universitaria hasta las secretarías de Estado, la presidencia, los gobernadores y diputados. Cualquier reforma significativa implica de hecho perturbar este siniestro entramado lleno de sensibilidades políticas, cuya lógica nada tiene que ver con la del ámbito propiamente académico.

Una consecuencia natural de esta situación es la gestación progresiva de un estilo conservador de liderazgo. Si la innovación es potencialmente desestabilizadora, se tiende a preferir la regularidad o los pasos tímidos. Pero es precisamente la estrategia que no necesita la universidad pública más grande del país. Caminar siempre cerca del abismo constituye la esencial razón por la pervivencia de un aparato burocrático tan extendido y complejo. Los costos de este aparato son evidentes para todos, pero sigue allí pues cumple con una función latente de servir como sistema de circuitos procesadores de una multitud de intereses distintos. Por supuesto, el resultado más previsible de todo este maravilloso enjambre es la no‑decisión. Esa es su especialidad.

Por tanto, la innovación, fruto exótico y delicado, se da sólo en ciertas temporadas y sólo en contados árboles del huerto. Allí donde existen grupos académicos fuertes con clara concepción de su futuro, florece la imaginación: véanse las Facultades de Química e Ingeniería de la UNAM. Pero no podrá ser la regla. Se observa la dificultad para realizar cambios en áreas rezagadas o estancadas de la universidad: la regla implícita de este sistema de autonomías internas, de equilibrios políticos entre sectores, consiste en respetar tanto la opción de cada sector para innovar… como de ir a la bancarrota. En la UNAM se encuentran algunos de los mejores grupos académicos y científicos del país, sin duda. Pero el huerto tiene también árboles desvencijados y frutos descompuestos. No puede ostentar así un síntoma principalisimo de la excelencia: la confiabilidad institucional, la garantía de que la universidad genera productos uniformemente buenos. Los egresados lo descubren cuando su diploma de la UNAM no es aceptado en las oficinas de personal de las pocas empresas que ofrecen empleo. Además, el no reconocimiento de este problema perjudica inevitablemente a los enclaves de excelencia de la propia universidad.

Entonces es obligado preguntar ¿qué es la UNAM? No es propiamente una universidad, sino de hecho una especie de sistema educativo semicompleto con varios niveles escolares y diversas funciones académicas. Contiene de todo: dos sistemas de bachillerato, carreras de licenciatura en seis sedes (Ciudad Universitaria y las cinco ENEP), un nivel de posgrado grande peropoco integrado (algunos programas están en las Facultades y otros en los Institutos y Centros de Investigación), y un sistema de difusión cultural de amplios alcances. Esta inmensidad ya ha dejado (o debería dejar) de ser motivo de orgullo. En realidad, cada uno de estos componentes cumple con funciones distintas y podría constituir una institución con identidad propia. Sus respectivas vocaciones, formas de operar e intereses estratégicos difícilmente podrían confluir en una sola organización que se quiera funcional.

Otra consecuencia de este sistema bloqueado son los altos costos financieros. Un organismo como éste necesita estar permanentemente lubricado con suficientes recursos financieros que permitan al liderazgo gestionar los equilibrios de un universo tan dispar de intereses. Pero es un sistema que no es capaz de rendir cuentas de cómo asigna los recursos y qué resultados obtiene con ellos. No es principalmente un problema de corrupción ni de mala fe de los individuos involucrados, sino de identidad múltiple, de fines encontrados. Para tener una idea de la eficacia institucional, se debe tener una idea de para qué sirve la institución. Y la UNAM sirve para demasiadas finalidades distintas. Tiene misiones académicas enormemente dispares, pero también funciones políticas latentes. Y todo esto cuesta, por razones equivocadas, educativamente hablando.

El costo de la inercia

La UNAM es indefendible en su actual configuración. Pensar que con exhortos a la no intervención y con más recursos financieros4 no volverá a ser víctima de la maldición bíblica es no entender sus resortes de operación. Si ha de mejorar, estos resortes deben cambiar. Obviamente, esta fórmula puede ser calificada también de ingenua: ¿quién, en uso de sus cabales, estaría dispuesto a jugarse su carrera política intentando modificar las bases de operación de un aparato tan complejo y conflictivo? ¿No es mejor dejar las cosas como están, no moverle? La respuesta es afirmativa sólo para los que prefieren la inevitable degradación de la universidad más grande del país como costo asumible de la estabilidad política.

Los efectos de la no reforma en la UNAM trascienden el perímetro de la Ciudad Universitaria. Por un lado, su imagen (incorrecta) como la universidad pública mexicana actúa injustamente en contra de las demás universidades públicas, algunas de las cuales han encontrado la manera de superar sus propios bloqueos, poniendo en marcha reformas importantes. Estas experiencias demuestran que las universidades públicas pueden encontrar caminos nuevos, pero la fuerte imagen de la UNAM pesa como una losa sobre las demás instituciones: los críticos de la universidad pública señalan con dedo flamígero a la UNAM para sostener sus argumentos.

Por otro lado, la aceptación del estancamiento en la UNAM erosiona la capacidad gubernamental para impulsar políticas generales hacia la educación superior. La subsecretaría del sector siempre será vulnerable al reclamo rectoral en universidades estatales de que los programas de modernización sean aplicados sin distingos ni excepciones. ¿Puede hablarse de una política nacional para la educación superior si la Universidad Nacional no se incorpora al movimiento de cambio que algunas de las demás instituciones han asumido? Se puede, si se asume que la UNAM deje de ser nacional, dándole la razón a Gabriel Zaid.

REFERENCIAS

1 Gilberto Guevara habló del reciente conflicto en la UNAM como un ensayo general, como la chispa que puede encender la pradera, subrayando el papel de disparador político que tiene la UNAM (La Jornada 16, X, 95). El supuesto es que los grupos antipartido de la izquierdo están buscando coyunturas como la de la UNAM para mostrar la ineficacia de las instituciones existentes y avanzar políticamente por fuera de éstas. Hay razones para pensar que, parcialmente, este diagnóstico influyó en la postura neutral del gobierno federal, que fue criticada por varios columnistas (entre ellos «Fray Bartolomé» de Reforma, quien preguntaba «¿Dónde está Luis Llórens, el subsecretario de Educación Superior?»).

2 El calificativo es exacto: según Proceso (2, X, 95), Oscar Moreno, del CEU, lleva 9 años en la UNAM: más tiempo que el doctor Sarukhán en la Rectoría.

3 Esto fue escrito antes de que el conflicto en el CCH llegara a un desenlace, pero los acontecimientos hasta fines de noviembre de 1995 no permitían abrigar esperanzas de que esta hipótesis no se volvería a comprobar.

4 Los diputados de la Comisión de educación de la Cámara hicieron un llamado para aumentar en 60% el subsidio a la UNAM (Reforma, 26, Xl, 95). ¿Con más dinero se salvará la UNAM? No. Pero el diputado Martínez della Roca piensa que no cuesta pedir. Es el tipico reflejo condicionado de políticos tradicionales ante los problemas endemoniados de una institución pública que no se modernizó cuando hubiera podido.

La invasión mexicana

Hermenegildo Castro. Periodista.

Concluida la guerra fría y semienterrado el fantasma del comunismo que recorría el mundo, un sector importante del gobierno y la sociedad de Estados Unidos puebla su imaginación con un fantasma siempre temido por un país que ha participado en incontables guerras sin que nadie, excepto Pancho Villa, haya tocado su territorio continental: la invasión. Ahora, el enemigo identificado es moreno y mexicano.

Ahogados por el río de tinta que provocó la decisión del gobierno de Estados Unidos de incumplir el Tratado de Libre Comercio en cuanto a la circulación de camiones mexicanos en su territorio y la solicitud de asilo político del exsubprocurador Mario Ruiz Massieu, dos hechos ilustran la paranoia estadunidense: los ejercicios militares y policiales para manejar «una vasta inundación de inmigrantes ilegales» y, en un cambio notable en la relación bilateral moderna, la concesión de asilo político a por lo menos 55 mexicanos supuestamente perseguidos por su gobierno.

Al mando del coronel Richard Coffin, decenas de elementos del ejército, la Patrulla Fronteriza, la policía local y del Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN) realizaron del 5 al 7 de diciembre una serie de prácticas para «manejar» lo que consideran una posible invasión pacífica de miles de mexicanos huyendo de «una catástrofe social inmencionable y no específica» vinculada a un colapso en la economía, un golpe de Estado o «cualquier cantidad de otras situaciones», según información recogida por Sam Dillon, corresponsal del diario The New York Times durante los ejercicios celebrados en Nogales, Arizona.

En su oficina californiana de San Diego, el senador republicano Duncan Hunter, célebre en México por patrocinar al grupo racista Iluminen la Frontera, aplaudió de gusto pues recientemente propuso al Congreso de California la iniciativa de Ley AB‑57 para reforzar la vigilancia en la frontera con diez mil soldados de la Guardia Nacional. Dicha iniciativa será discutida en los próximos días aunque, en la práctica, los militares ya participan en el patrullaje en la zona fronteriza bajo la cubierta de «asesores» de los elementos de la Patrulla Fronteriza para el manejo del sofisticado equipo de sensores y rayos láser dispuestos en la línea para impedir el cruce de los indocumentados.

Las prácticas conjuntas para enfrentar una posible «invasión» de miles de mexicanos huyendo de su país y el cambio en la práctica de la política de asilo ocurren en una temporada preelectoral y alimentan el clima antimexicano que el año pasado permitió la aprobación de la Ley 187 en California para negar servicios de salud y educación a los indocumentados, pero sobre todo demuestra que un sector del gobierno y de la sociedad norteamericana actúa con un profundo desconocimiento de la realidad mexicana o, lo que es peor, con perfidia.

En su característica política de doble cara, la administración estadunidense declara por una parte su confianza en la recuperación económica de México -Lawrence Summers, subsecretario del Tesoro, sostiene que «la etapa crítica ya pasó»- y, por la otra, toma en serio la por ahora increíble hipótesis de una ola café de mexicanos que, huyendo de una catástrofe social, inundaría «comunidades enteras» del sur de Estados Unidos.

Lo significativo del asunto es que la paranoia llega hasta las oficinas de la Comisionada del Servicio de Inmigración y Naturalización, Doris Meissner, quien declaró a The New York Times sobre la posibilidad de la invasión: «Pienso que es remota, pero es parte de nuestro mundo. Tenemos que estar seguros de que podemos manejar las emergencias si éstas llegaran a presentarse». No es casual, por tanto, que Meissner en persona haya supervisado las prácticas que continuarán en 1996 y que ya se habían realizado en MacAllen, Texas, en una operación sin precedente.

La práctica, según la descripción del diario, consiste en rodear con malla ciclónica un determinado perímetro para concentrar a los indocumentados detenidos, un campo de concentración vigilado con reflectores y dotado de tiendas de campaña, tanques de agua, baños portátiles. Aquellos detenidos que no aceptaran la deportación voluntaria e inmediata tendrían derecho a un abogado y un juez migratorio y a ser enviados a un centro de detención de emergencia para, posteriormente, pasar a «prisiones, cárceles de condado o bases militares».

La posibilidad de recurrir a un juez migratorio también indica que existe en parte del gobierno estadunidense una visión equivocada o esquemática de los problemas de México. La crisis económica, que ha tenido un altísimo costo social con el evidente empobrecimiento de la clase trabajadora y campesina, no se tradujo en un endurecimiento de la política sino, al contrario, en una apertura que logró sentar en la mesa para las negociaciones de la reforma electoral y del Estado a los cuatro partidos políticos con registro y en la ausencia de conflictos postelectorales en 13 de los 15 procesos registrados en 1995. Además, se amplió el uso de la libertad de prensa y el guerrillero subcomandante Marcos, obligado por el resultado de una consulta popular sobre el destino del EZLN, primero convocó a la creación de una nueva fuerza política bajo la denominación de Frente Zapatista de Liberación Nacional, que será «pacífica, independiente y democrática», y después entregó temporalmente sus armas al mayor Moisés.

Sin embargo, funcionarios del gobierno de Estados Unidos, indicó The New York Times el 2 de diciembre pasado, «han concedido discretamente asilo político a por lo menos 55 ciudadanos mexicanos en los últimos 14 meses, lo cual significa un cambio importante después de muchos años en los cuales virtualmente todas las solicitudes de asilo de mexicanos fueron rutinariamente rechazadas». Del total de casos de asilo, 54 se aprobaron en el último año. La medida es una declaración tácita en el sentido de que existe represión y persecución gubernamental en contra de personas que sostienen ideas contrarias al gobierno.

Aunque solamente cita dos casos de asilo político, el de Ernesto Poblano y Ana María Guillén, exalcalde de Ojinaga y exlideresa del PRD en Matamoros, The New York Times recoge una declaración de Dan Kesselbrenner, director del Proyecto de Inmigración del National Lawyer Guild, que ilustra la percepción de una parte de la sociedad sobre nuestro país: «La disposición de los jueces para otorgar asilo a la gente de México refleja las actuales condiciones objetivas de México, donde hay represión política a la gente que realiza actividades en contra del gobierno».

Ante las prácticas antiinvasión y los casos de asilo político la Secretaria de Relaciones Exteriores de México ha guardado un penoso silencio. Tan penoso como el silencio ante hechos poco denunciados y documentados: en el periodo del primero de enero de 1993 al 30 de abril de 1995, los consulados de México en Estados Unidos registraron 24 casos de mexicanos ultimados en incidentes violentos en los que participaron agentes de la Patrulla Fronteriza, diversas corporaciones policiacas y civiles estadunidenses.

Conforme a una práctica que garantiza la impunidad de los agentes de la Border Patrol y la policía en el caso de agresiones contra migrantes mexicanos, las autoridades locales realizaron investigaciones en 12 casos de homicidio «sin que el resultado haya sido entregado a los consulados mexicanos», según un informe de la SRE sobre casos de violencia ejercida en contra de mexicanos en Estados Unidos, citado en nota de David Aponte en La Jornada, el 2 de enero pasado.

Los 24 mexicanos asesinados por agentes del gobierno no incluyen los 11 muertos en la última temporada de lluvias en el Río Tijuana -en un tramo de escaso kilómetro y medio donde la Patrulla Fronteriza suele perseguir a quienes intentan cruzar a Estados Unidos- ni los cada vez más constantes agravios en contra de la mayoría de los 40 mil 536 indocumentados mexicanos deportados en 1995. Esta cifra, se supone, corresponde a personas que ya tenían un empleo o habían logrado adentrarse en Estados Unidos más allá de los 20 kilómetros de la franja fronteriza porque sólo en los límites de la frontera, en la zona de «la línea», fueron detenidos y expulsados inmediatamente, en el mismo periodo, un millón 400 mil mexicanos. Son, desde la perspectiva de un sector de la administración y la sociedad estadunidense, «los enemigos» que no encuentran en las autoridades correspondientes de México la suficiente defensa de sus derechos humanos.

¿Péguenle a México again? La relación alrevesada

Jorge Javier Romero. Politólogo. Investigador de la UNAM.

Ya deberíamos estar acostumbrados a que cada cierto tiempo el tema de la relación con los Estados Unidos vuelva a ponerse en el centro de la discusión nacional y a que siempre que esto sucede se desempolven los mismos tópicos sobre la dignidad nacional mancillada y sobre la falta de firmeza del gobierno frente a la amenaza constante del gigante con el que compartimos tres mil kilómetros de frontera. Estas reacciones no deberían sorprendernos, pues son expresión del imaginario sobre el que se ha construido una buena parte de nuestra identidad como nación: la diferenciación de lo gringo y la defensa frente a su potencial agresivo, nada desdeñable por lo demás.

Pero el problema radica hoy en cómo construir una relación normal con un país que es nuestro principal socio comercial y que, además, juega un papel determinante en el conjunto de las relaciones internacionales. Durante muchos años, aquellos dorados tiempos de la estabilidad mercadointernista, una retórica de consumo interno enmascaró hacia adentro las dificultades de establecer una relación de iguales en donde sólo había los escollos de una desigualdad real, evidente por la descomunal diferencia de dos economías que, sin embargo, establecieron una relación de dependencia vergonzante por la parte mexicana. Vino después la euforia del libre comercio y se decretó el idilio, pero la realidad, tenaz como suele ser, acabó por imponerse: no es fácil tener como vecina a la potencia más grande del mundo y la dificultad se multiplica cuando las economías y las culturas se contraponen de manera tan aguda.

Recurrentemente, aunque con menos fuerza de lo que solemos creer en México, este país -o mejor dicho, sus habitantes- se vuelve un tema de política interna para los Estados Unidos. Por lo general cuando se acercan las campañas electorales -ya sea en algún estado fronterizo, o cada que hay elecciones generales- los candidatos se acuerdan que existe un flujo constante de trabajadores mexicanos que son atraidos por la imagen de la prosperidad norteamericana. Entonces, como en toda campaña que se precie de serlo, las dosis de demagogia xenófoba aumentan y son frecuentes las declaraciones sobre la adopción de medidas radicales para impedir la llegada masiva de trabajadores ilegales. Los mexicanos, entonces, se convierten en rehenes de la política interna norteamericana. Y en México surgen las voces de alarma que claman por la dignidad perdida; se multiplican las protestas y las notas diplomáticas, que acaban por darle verosimilitud, del otro lado de la frontera, a los clamores populistas con fines electorales. Después de la vuelta de tuerca, las aguas vuelven a su cauce y los indocumentados siguen haciendo florecer la economía del sur estadunidense.

En la última edición de la etapa crítica de este ciclo perverso, las autoridades norteamericanas han decidido situar observadores militares en la frontera, a la vez que se pretende blindar esa cicatriz con un auténtico telón de acero que divida no al perverso comunismo del mundo libre, sino al mundo rico del pobre. Como se ve, el asunto da para la demagogia de cualquier signo, pero detrás existe, a no dudarlo, un problema político real, que atañe fundamentalmente a la forma en la que los sucesivos gobiernos mexicanos han manejado la relación con los Estados Unidos, ya que finalmente el tema de los indocumentados regresa como bumerang al terreno mexicano y se convierte en un instrumento de presión sobre la política nacional.

El otro ejemplo reciente de las escabrosas relaciones vecinales ha sido la expulsión de García Abrego. Más allá de su significado como reconocimiento explícito de ingobernabilidad (cabe recordar que ingobernabilidad no significa desmoronamiento del gobierno, sino incapacidad de ejercer eficientemente las funciones propias de un Estado, entre ellas la de hacer cumplir sus leyes y castigar a los infractores en su territorio), la polémica aplicación del arcaico articulo 33 constitucional, eficaz instrumento del viejo autoritarismo para deshacerse de extranjeros políticamente molestos contra los que no tenía argumentos jurídicos para juzgarlos aquí, ha colocado al Estado mexicano en el papel de sucursal de las policías norteamericanas en una guerra perdida que, por lo demás, no es en realidad nuestra.

Detrás de todo, lo que hay es un Estado débil, sin instrumentos reales ni para promover el desarrollo que impida la emigración, ni para hacer cumplir eficazmente sus propias leyes. La debilidad no es nueva, pero la enmascaraba un régimen fuerte que podía hacer alarde retórico de su fortaleza. Una relación normal con los Estados Unidos, que parta del reconocimiento de los diferentes niveles de desarrollo y de la diversidad cultural, no sólo requiere de tratados de libre comercio que homologuen las normas del intercambio económico; requiere de una nueva capacidad del Estado mexicano para hacerle frente con eficacia a los problemas reales que cotidianamente implica un intercambio que sobrepasa al mercado.

Si la ley mexicana es incapaz de ser ejercida realmente en lo que toca a los derechos humanos de los indocumentados o en lo referente a los delitos que se ejercen en el territorio nacional, nuestra debilidad frente a los dictados del norte será cada vez más notoria. La independencia no puede volver a ser simplemente retórica, pues la nación no es ya una comunidad imaginaria, ideal. Hoy lo único que le puede dar sentido a nuestra independencia es una comunidad de derechos compartidos con un Estado que los ampare auténticamente. Si no es así, lo único que queda es el reclamo nacionalista sin contenidos.

El Evangelio de Marcos

Rodrigo Morales M. Consultor político de GEA

La nueva síntesis programática que nos ofrece el subcomandante Marcos para iniciar el año, merece algunos comentarios, si la tomamos en serio. Siendo el caso, podemos decir que el pensamiento político zapatista conoce en los nuevos planteamientos la aproximación más cercana, o mejor, la más acabada, a la fantasía. Estamos ante una ficción muy congruente. El planteamiento de renunciar a la toma del poder por las vías institucionales, la proclama de construir alternativas bajo el formato comunitario, el desprecio por las representaciones políticas convencionales, la apuesta por lo ciudadano, la no renunciación a las armas, son ingredientes que se conjuntan en una misma idea: la política, entendida por sus sinónimos tradicionales, es algo que aparece demasiado bajo para la altura moral del pensamiento estratégico zapatista.

Como paréntesis y para documentar con optimismo el pragmatismo, habría que destacar la capacidad desplegada por los líderes zapatistas para sostener de cualquier forma el diálogo formal con las autoridades gubernamentales. Diálogo por lo demás que está resultando lo suficientemente productivo como para albergar esperanzas de que ahí se construyen expectativas serias de pacificación.

En fin, volviendo a lo nuestro, resulta por lo menos llamativo que un grupo clandestino y armado postule e invite a la horizontalización de la política. Sin ser demasiado original, más que por querer conjugar mandos y modos clandestinos (verticales por necesidad) con maneras civiles y abiertas, esta reedición de las proclamas autogestivas, parece hacerse cargo de un estado de ánimo tan propicio como estéril para prender. El desprestigio de la política, genéricamente entendida como todo lo que tenga algún punto de roce con el poder en cualquiera de sus formas, está lo suficientemente asentado en la parte más pura de la clientela zapatista como para que la nueva proclama resulte eficiente y cautivadora. ¿Hasta dónde puede llegar la convocatoria?, es acaso una pregunta pertinente.

Abre, sin embargo, un novedoso frente de batallas ideológicas: conjugar la fascinación por Marcos con la convicción simple de las vías electorales, es una operación que a muchos los ha puesto a pensar. He ahí otra virtud del nuevo ejercicio reflexivo de Marcos, que emplaza a que se produzcan los pronunciamientos necesarios como para llegar a desbrozar el confuso panorama del territorio de la izquierda. Ante la urgencia de tomar posturas respecto de una frontera que el caudillo de relevo ha postulado, por supuesto que bien hará la izquierda en pronunciarse. Poder diferenciar a aquellos que están por las vías institucionales de la política de aquellos que prodigan una especie de «hippismo» postmoderno (el poder apesta, lo comunitario perfuma; las representaciones convencionales perturban, el mandar‑obedeciendo purifica; sus armas reprimen, las nuestras dignifican, etc.), puede ser una manera de incentivar una evolución que ubique con seriedad y certidumbre los planteamientos de la izquierda que hace tiempo renunció a utopías de las comunas.

Según el nuevo evangelio de lo que se trata es de activar comités ciudadanos y democráticos en todos los espacios, que democráticamente se reproduzcan, discutan y resuelvan sobre los tópicos ciudadanos y democráticos de la vida nacional, para de esa manera, y sin caer en la tentación de acercarse al fuego del pecado (el poder), poder darle vida a las alternativas, ciudadanas y democráticas. Esta ambigüedad en la ubicuidad de los espacios de la política, es acaso la mayor virtud a los ojos de sus seguidores. La política deja de ocuparse de la conquista del poder, y ahora construye y conquista espacios, que al parecer son susceptibles de ser aislados del conjunto social.

Marcos, y si lo tomamos en serio, como me parece que hay que hacerlo, ha conseguido depurar su oferta: su discurso está dicho para cautivar y sumar a lo que antaño, y de manera genérica, conocíamos como la izquierda social, es decir, para los fragmentos organizados de la sociedad que, desconfiando de las vías institucionales, levantaban las más sentidas demandas de la población, reclamando para sí la asistencia de las más profundas e incontrovertibles razones de la historia, y esperando siempre que ésta les diera la razón, no se descartaba del horizonte posible, por muy lejano que estuviera, el acceso al poder. Ahora esto ya no aparece y, en cambio, se pretende conservar sólo el componente de autoridad moral, aquella que antes otorgaba la razón histórica. Tengo la razón, no quiero el poder: llamativo fraseo en tiempos de transición.

Pero además, ha logrado adosarle un novedoso y eficiente relevo al discurso: lo indígena es hoy, al decir del zapatismo puro, la nueva fórmula para frasear el viejo principio de «cuoteo». Habiendo renunciado a las formas tradicionales de organizar las representaciones y darle cuerpo al poder; de todas maneras, en los planteamientos expresados en el foro nacional indígena, se da a conocer la panacea zapatista: lo indígena es la paradisiaca fórmula para darle vida al poder comunitario, digno y justo, y por tanto debemos todos alentar y cultivar los usos y costumbres y de esa manera purificar ancestralmente nuestros espíritus.

Llama la atención la reedición (por la vía de lo indígena) del viejo principio de las cuotas según el cual no habría manera legítima y genuina de representar nada. Es decir: para pretender defender y hacer causa por el feminismo, sólo se podía ser mujer, los alegatos eran tan íntimos y excluyentes que sólo una mujer podía ser portadora del discurso. Así, para animar una perorata para la dignificación de la homosexualidad, tendría que ser un homosexual quien la encarnara; si de un alegato gerontológico se tratara, quien lo defendiera tendría que ser un hombre de edad, y así al infinito, hasta caer en cuenta que un congreso de 500 legisladores resultaría insuficiente para hacerse cargo de todas las causas justas.

Hoy el posible deslinde entre esa izquierda social y aquella institucional (por simplificar las cosas) puede ser uno de los grandes activos para encarar 1997 de manera imaginativa. Habiendo la izquierda transitado históricamente por esos debates, el nuevo ejercicio de Marcos es una oportunidad para el deslinde que debemos celebrar. Si además se consigue clarificar, ubicar, ponderar, deslindar posturas, pero también (y sobre todo) identificar coincidencias, postular acuerdos, construir consensos, es dable pensar que la izquierda encuentre un buen camino para hacerle frente a la contienda electoral de 1997.

La nostalgia por las causas revolucionarias

Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.

1. Acaso no sea demasiado aventurado afirmar que el éxito publicitario del EZLN tanto en nuestro país como en el resto del mundo tiene tres fuentes fundamentales. La primera, sin duda respetable, tiene que ver con el reconocimiento de la injusta situación de marginación, opresión y miseria extrema en que se encuentran las comunidades indígenas. Aunque en muchos casos se trata de un reconocimiento sorprendentemente tardío, que sólo se explica por una profunda ignorancia de las tristes realidades de nuestro subdesarrollo, nadie puede negar que, en efecto, el levantamiento armado neozapatista hizo visible para muchos esta situación dramáticamente. La segunda fuente, más discutible, concierne a la nostalgia por causas trascendentales generada por el final de la guerra fría y el hundimiento de los sistemas surgidos de los grandes proyectos revolucionarios que asolaron al siglo XX. El propio anacronismo, la inviabilidad y el aislamiento mismo de la rebelión neozapatista parecen haber sido en este sentido razones paradójicas del entusiasmo generado por la retórica más bien hueca y cursi de Marcos. Frente al desconcierto de muchos por el triunfo inesperado de la economía de mercado y de la democracia procedimental, el neozapatismo parecía reivindicar -sin por lo demás provocar demasiados riesgos, salvo en la limitada región de Las Cañadas- una Gran Alternativa, un proyecto de sociedad radicalmente diferente, un renacimiento de las utopías comunitarias.

La tercera fuente, que en cambio me parece francamente condenable ética y políticamente, remite a la fascinación que pese a todo sigue provocando el uso de la violencia como recurso político. Por supuesto es apreciable que la reacción mayoritaria de la sociedad mexicana y la propia estrategia gubernamental hayan logrado no sólo establecer y mantener una tregua, sino también desplazar el acento obviamente militarista de los primeros planteamientos y discursos del EZLN, obligándolo a entablar negociaciones que abren la posibilidad de una solución política del conflicto. Pero uno no puede sino preguntarse si los apoyos y simpatías logrados por este grupo, su presunta autoridad moral e incluso buena parte del atractivo de su caudillo enmascarado, no tienen que ver más con su naturaleza armada y su reivindicación de la violencia que con las justas demandas de los pueblos indios. Después de todo, luchas y movilizaciones pacíficas indígenas tienen un largo historial en nuestro país, y lamentablemente nunca concitaron el interés y las adhesiones que ha conquistado nacional e internacionalmente el EZ. Que una revista como Proceso parezca lamentar que Marcos haya ido desarmado a San Cristóbal -interpretando ese gesto como una rendición- es tan sólo una expresión de una enfermiza identificación y confusión entre la justicia de las demandas y la utilización de medios violentos.

No faltará quien piense tal vez que lo anterior, desde un supuesto realismo político que lamentablemente parece ponerse de moda, sólo prueba la racionalidad de los dirigentes guerrilleros del EZ al acudir al expediente de la insurrección armada. Tengo serias dudas al respecto. No sólo porque el proyecto inicial de Marcos y su grupo era incendiar al país y no participar en negociaciones sobre la situación de las comunidades indígenas -y me temo que, a pesar de todo, sigue siéndolo. También porque el hecho de que tantos intelectuales y políticos hayan requerido de un levantamiento armado para tomar conciencia de dicha problemática no habla bien de la violencia sino mal de la sensibilidad social de esos intelectuales y políticos. Tanto más por cuanto conduce a resucitar morbosas confusiones entre la aparente radicalidad de los medios y la presunta pureza de los fines, otorgando una moralidad tan falaz como peligrosa a los que se presumen dispuestos a morir y a matar para realizar sus proyectos.

2. Regresando a la segunda fuente del atractivo neozapatista  -la reivindicación de supuestas alternativas globales-, debo decir que esta obsesión utópica de muchos intelectuales también puede llevar a un empantanamiento innecesario y costoso de las negociaciones en curso. Cada quien es libre de soñar con comunidades ideales, solidarias y fraternales, o incluso de oponer al feroz individualismo posesivo ideales colectivistas de corte rousseauniano o religioso. Pero no parece ni razonable ni responsable polarizar debates de por sí complejos postulando, por ejemplo, que está en juego una lucha entre dos proyectos de nación, o que el futuro de la sociedad mexicana está en los usos y costumbres de los pueblos indios. Que estos últimos reivindiquen espacios institucionales para hacer valer sus legítimos intereses; que exijan respeto para sus identidades y formas específicas de organizarse económica y políticamente -en tanto no contravengan las garantías individuales-, merece sin duda toda la atención así como la elaboración de reformas legales e institucionales incluyentes y programas de desarrollo eficaces. Pero siendo como es la realidad concreta, esto es, compleja, impura y contradictoria, no veo qué utilidad se logra contraponiendo abstractamente proyectos que buscan la eficiencia a proyectos que buscan la justicia, proyectos que promueven el desarrollo económico a proyectos que preconizan la autonomía étnica. Sin duda hay y habrá siempre tensiones y hasta conflictos entre ideales e intereses, sin duda no es siempre sencillo compatibilizar costumbres y tradiciones comunitarias con valores ligados al bienestar material y al mercado. Pero no parece que la vía deseable para enfrentarlas sea sacralizar a una de las partes y demonizar a la contraria, afirmando quién sabe qué superioridad moral de la democracia comunitaria sobre la democracia moderna de partidos.

Lo que realmente está en juego en Chiapas y en el resto del país no son «modelos» o generalidades sobre el bien y el mal absolutos. Tampoco es muy relevante la feria de vanidades entre Marcos, los miembros de la Cocopa, los de la Conai y los asesores del EZLN, por más que capte la atención de demasiados periodistas. Lo que está en juego es más bien la vida, los sufrimientos y el futuro de seres humanos concretos, indígenas y mestizos, que han padecido ciertamente por décadas una situación de opresión y marginación, de miseria y de maltrato. Y que padecen hoy, además, los estragos de inseguridad y miedo provocados por una violencia que ha desgarrado la vida de sus comunidades y de sus familias, y que ha generado nuevos odios y resentimientos. Y lo que se requiere por todo ello son propuestas específicas, soluciones viables, negociaciones y compromisos responsables, y sobre todo, reconciliación y pacificación. Frente a los adoradores del heroísmo armado vale la pena recordar, por ello, la frase del Galileo de Brecht: «pobre sociedad la que necesita de héroes».

Una comida en La Condesa

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su más reciente libro es Llamadas nocturnas.

Algunos lectores y amigos saben que muchos de los que trabajamos en nexos hemos vivido siempre en la colonia Condesa, lugar en el que la revista puso sus oficinas a mediados de los años ochentas. Los mismos amigos saben que para hacer un viaje al norte o al sur de la ciudad, meditamos largamente el asunto, como si tomáramos una decisión esencial. Este pascaliano espíritu sedentario nos ha ganado epítetos lacerantes y comentarios mordaces no menos ciertos, pero la verdad es que si habláramos de vinos, a este espíritu remiso se le llamaría denominación de origen.

Al principio fue el Xel‑Ha, un restorán de comida del sureste de México donde el equipo editorial de la revista despachó a deshoras con diligencia y relativo profesionalismo. Nada escapó a las comidas del Xel‑Ha: la cavilación melancólica, la euforia futbolística, Ia confesión amorosa, la disputa cultural, la revelación escandalosa. Los grandes cambios se producen bajo un velo de distracción. Una noche, cuando salíamos del Xel‑Ha, nos restregamos los ojos; primero hicimos responsable de nuestras visiones al whisky y unos a otros nos prometimos dejar de beber. Más tarde aceptamos la realidad: buena parte de la colonia se había convertido en un gran restorán dividido, a su vez, en pequeños restoranes. Un amigo llamó La Fondesa a La Condesa para referirse a esta explosión de comederos, fondas, loncherías, taquerías, creperías que poblaron en unos cuantos meses las calles de Montes de Oca, Tamaulipas, Vicente Suárez, Atlixco, Sonora, avenida México, Amsterdam, Campeche y, sobre todo, lo que se conoce como el Corredor de Michoacán, que avanza imparable en su ambición culinaria entre las calles de Nuevo León y Mazatlán.

Ahora bien, ¿qué hacer cuando la colonia donde uno vive y trabaja se ha vuelto un comedor gigantesco? Lo que se hace en momentos de gran urgencia: nada. O cuando mucho, registrar los momentos culminantes de esta ofensiva culinaria.

Desde muy temprano, los empleados de los restoranes salen a la calle, escobas en ristre a fregar las banquetas con agua jabonosa que viene del piso de la cocina del restorán en cuestión y va a mezclarse con gran naturalidad a la grasa del asfalto. No se ha hecho aún un análisis de este poderoso líquido, pero si se estudiara su composición química, Mario Molina volvería a ganar el Premio Nobel. Un modesto río de aguas que llevan restos de comida de ayer y Fab de hoy corre las calles en las primeras horas de la mañana. Nunca tuvimos banquetas tan limpias. Hay días afortunados en que uno puede adivinar el menú del restorán más cercano debido al olor picante de la acción limpiadora y el vapor que despiden las ollas pioneras de la cocina. Ayer a las diez de la mañana supe que el plato fuerte de un restorán de la zona sería pescado. Me sentí feliz de saberlo antes que los comensales, como si pudiera ver el porvenir. Esta operación matutina se extiende hasta el momento en que la gente ocupa las mesas dispuestas bajo un toldo, en la banqueta, lugar donde los comensales se darán, antes que nada, un festín de ozono bajo un insólito cielo azul cobalto, naranja y morado. Wim Wenders pagaría por un espectáculo de esta naturaleza para una de sus películas.

A la hora de la comida la mayoría de estos comederos se llenan hasta los topes. Los paladares curiosos pueden ejercer distintas aventuras culinarias (tache su opción con una X): el sope con salsa roja (en un lugar que no revelaré porque es muy pequeño y no soportaría el éxito), Ia baguette de roast beef (en II Mangiare), la costra de atún (en Los Arroces, de gran éxito entre hombres y mujeres que conversan a celular abierto), el spaghetti y el vino (en La Garufa y La Gloria, siempre a reventar, concurridísimos por jóvenes que extrañamente siempre visten de, negro), la pierna al horno (en el Bal Nuel o León, que se llena desde las dos de la tarde y donde, hay que decirlo, la redacción de nexos ha logrado una nueva madriguera), los medallones a la mostaza (en II Vaticano o La Trattoria), la variedad de crepas (en La Creperie de la Paix), el churrasco en el No llores por mí, Ios tacos del Tizoncito y el Farolito, el gusto oriental en el Daikoku o el Paraíso de Oriente.

La consecuencia inmediata de esta fertilidad de cocinas es que hay que caminar a la mitad de la calle, a menos que uno quiera picar del plato de un desconocido mientras pasa haciendo equilibrio entre las mesas. La segunda consecuencia de este éxito es la cantidad de veces que hay que saludar al pasar por los restoranes. He saludado a más de cinco amigos que no sé quiénes son. ellos me saludan amablemente y yo hago lo mismo, pero ni ellos ni yo sabemos quiénes somos. Ayer saludé tres veces a la misma persona: ella pensó que yo buscaba con disimulo una invitación a comer y yo que ella iba a engordar porque tenía un platillo distinto cada vez que pasé frente a su mesa. Estos encuentros obedecieron una razón geográfica imposible de soslayar: para ir a la peluquería donde me corto el pelo hay que tomar un helicóptero o pasar por el Corredor de Michoacán. una de ida, otra de regreso: otra de ida porque se me olvidó el saco en la peluquería. Cuando recuperé mi saco, regresé a mi casa en minitaxi para evitar las murmuraciones. Conclusión: hemos ganado restoranes, pero se ha perdido el anonimato, la libertad de cruzarse con caras que no volveremos a ver nunca.

¿Qué otras conclusiones científicas se pueden extraer de este trabajo de campo? Varias, la primera de ellas, que hay una proclividad al título argentino e italiano (Vean si no: Che Genaro’s, No Llores por mí, La Garufa, Argentinísima, El Buen Bife, La Trattoria, II Vaticano, II Mangiare, II  Bel Canto, Vucciria, La Lucciola). ¿Por qué han elegido los dueños de estos establecimientos nombres italianos y argentinos? Mi equipo de investigadores lo ignora; yo también lo ignoro. Otra conclusión no tan definitiva, pero no por eso menos interesante, es que hay un bloque nostálgico de la vieja Europa Oriental enclavado en la colonia, ellos son: El Balatón, el Páprika y el Specia, que son respectivamente húngaros y polaco. Otra conclusión notable es la resistencia cultural que oponen las vulcanizadoras, los talleres mecánicos y las tlapalerías de la colonia. No será infrecuente, entonces, que uno se coma un filete de pescado a dos metros de un mecánico que cambia unas bujías; o bien, que pida usted un buen bife a unos pasos de un saco de cal, ochenta metros de manguera, una torre de cubetas y un rollo de jerga flamante. Esto le da al paisaje urbano de la Condesa un toque internacional, aún no sé si la estampa recuerda a París y Roma o a Calcuta y Bombay. Sin embargo no hay de qué preocuparse, aunque ocurren cosas muy raras en la colonia, todavía no se sabe de nadie que se haya metido a comer en una tlapalería o a tomarse un trago en una vulcanizadora. Dicho lo cual: hon apetif.

El lector se preguntará qué demonios hace un artículo de restoranes y comida en una columna de literatura y política cultural. No lo sé. Esta página llegó inopinadamente a este espacio, igual que los restoranes a la Condesa.

Retratos con paisaje

José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente novela es Mátame y verás.

Napoleon y la historiografia

Aunque no fue sino hasta tiempos modernos que la libertad intelectual se convirtió en ideal e incluso en obligación de la creación cultural (Alzate, por ejemplo, se sintió obligado a enfrentarse, en cuanto escritor, al virrey), siempre anduvo rebullendo en todos los autores, desde tiempos clásicos.

Los autores casi siempre eran «siervos» o cortesanos de los poderosos, escribían para complacerlos, para ganarse la vida o algunos favores, o la llana supervivencia, pero a la vez siempre, en cuanto el poderoso se descuidaba, iban a más, y buscaban la verdad, la fama, la belleza, la utopía y establecer su propia visión de los hechos. Había que mantenerlos, sí (a pocos poderosos les gusta hacer el arduo trabajo intelectual por sí mismos: el estudio, la reflexión, la composición de las obras), pero mantenerlos bajo estrecha vigilancia.

Una extraña paradoja ocurre cuando el autor libertario se fascina y hasta identifica con el mandón e incluso con el tirano. Se diría que el poderoso es el verdadero autor, el que escribe directamente en la realidad, con hechos sólidos, lo que el escritor apenas finge con sus palabras. Muchos autores, y entre ellos no pocos excelentes, consideraron a Napoleón como el gran autor de realidades concretas, del libro de la vida de todos, de toda la nación, del mundo entero: el gran historiador en vivo y en sólido, el mayor poeta en el mundo objetivo.

Voltaire se había fascinado con Luis XIV; infinidad de autores del siglo XIX escribieron sobre Napoleón no sólo para revivir y apoyar su memoria y su leyenda, sino para sentirse un poco él, una parte suya, ecos verbales de su realidad práctica.

Napoleón cortejaba a los autores y a los poetas: Chateaubriand, Goethe, Fontanes. Desde luego, como todos los tiranos, cortejarlos era una forma rigurosa de someterlos.

Pero más sutil e inteligente que otros poderosos, Napoleón los envolvía, los confundía, los dispersaba, le impedía a cada cual entender qué función y qué peso tenía en el conjunto de la revolución cultural y artística que se proponía establecer en su milenio. Eran tuercas que desconocían la máquina global en que servían.

Los autores favorecidos por Napoleón vivían en continuo asombro. A veces recibían elogios y favores desmedidos, inexplicables, y en ocasiones se enteraban de que precisamente las ideas, las tendencias y las personas más antagónicas recibieran iguales estímulos, o asimismo, lo que también era frecuente, semejantes desprecios, indiferencias o velados castigos. Según Sainte‑Beuve, la política literaria de Napoleón, aparentemente atrabiliaria y contradictoria, consistía en mantener a todos los literatos, ente sí, en continuo jaque. Unos a otros se impedían, se limitaban, se estorbaban. Involuntariamente, cada autor era una manera de tener en jaque a los otros. Cada cual el contrapeso, el antídoto, el policía del otro.

Las oficinas de Napoleón no se ocupaban solamente de batallas ni de leyes. Dedicaban mucho tiempo a las letras, especialmente a la escritura de la historia. Para él, la historiografía no era algo que escribían los historiadores, sino algo que al emperador le tocaba mandar e inspirar. Y se inspiraba y mandaba todo el tiempo, hasta en los detalles.

Por ejemplo: en Burdeos, el 12 de abril de 1808, ordenó a su ministro del Interior que el bibliotecario Halma continuara una antigua historia oficial francesa, el Abregé chronologique de Hénault, que se había quedado en el capítulo de Luis XIV. El ministro, muy moderno, puso reparos: no era asunto político, dijo, sino cultural, y había que dejarlo en las manos de los hombres de letras. Napoleón «prendió fuego», dice Sainte‑Beuve, y le contestó a su ministro en una «nota secreta»: había que continuar esa historia clásica, dijo, y ya, y en manos del señor Halma, porque era «de la mayor importancia asegurarnos del tipo de espíritu» en que se escribieran los hechos históricos.

«La juventud», dice Napoleón, «no puede juzgar suficientemente los hechos sino según la manera en que se le presenten. Engañarla al redibujar los recuerdos es preparar los errores del porvenir». Enseguida encargó a sus ministros, incluyendo al ministro de la policía, continuar todas las obras historiográficas importantes que se habían quedado en la época dorada del Rey Sol: «Es necesario que este trabajo no se confíe solamente a los autores de talento verdadero, sino también a los funcionarios públicos (des hommes attachés), que presentarán los hechos bajo su punto de vista verdadero, y que prepararán una instrucción sana». Ninguna tarea le pareció a Napoleón más importante que esa.

A continuación dictó sucintamente cómo debían narrarse cada hecho y cada reinado, y para obtener qué tipo de emoción en los lectores y estudiantes (por ejemplo: «Se deben pintar las matanzas de septiembre y los horrores de la Revolución con el mismo pincel que a la Inquisición»). Se trataba sobre todo de reconciliarse (pero no mucho) con el pasado general de Francia, sin privilegiar facciones, en busca de la unidad nacional, pero mostrando que todo el pasado había sido pesaroso, «de modo que se respire al llegar a la época en la que se goza de los beneficios debidos a la unidad de las leyes, de la administración y del territorio»: la tierra prometida del propio Napoleón.

«No hay trabajo más importante», insiste. Hay que propiciarlo para orientarlo, para inspirarlo, para hacerlo posible, y para impedir que gente ajena se inmiscuya en este asunto, toda vez que en cuanto la obra esté terminada y publicada por quien el propio poderoso ha nombrado, instruido y vigilado («bien hecha y escrita y en una buena dirección»), ningún otro autor «tendrá la voluntad ni la paciencia» de hacer otra por su cuenta, dice un emperador conocedor de la gran debilidad humana de los escritores: nadie querría ni podría escribir otra historia, «sobre todo, porque lejos de ser estimulado por la policía, sería desestimulado por ella».

FUENTES: Sainte‑Beuve: Portlaits lilteraires (capítulo «M. de Fontanes»), ed. Gérald Antoine, Editions Robert Laffont, París, 1993.

Gutierre Tibón: La iluminación perfecta

Miguel Angel Muñoz. Escritor.

Quienes conozcan el trabajo de Gutierre Tibón sobre algunos temas poco explorados, reconocerán en sus libros el ingrediente que lo convierte en uno de los investigadores e historiadores más polémicos e importantes de nuestro país. En la obra de Tibón la emoción se concentra en originales trabajos que nos descubren la riqueza de un lenguaje expresivo y poco explorado en México. Gutierre tiene el mundo en el alma y en los labios, es un políglota con el espíritu multiplicado por los tantos idiomas que le han transmitido los pobladores de otros pueblos, desde el alemán, griego, latín, italiano, hasta el náhuatl: debido a ello parece por dentro un caleidoscopio de ideas que le dan personalidad de sabio y de poeta. Es un Aladino nacido con miles de siglos de retraso, que con la lámpara maravillosa de su cultura, muy antigua y muy moderna, da a su ingenio el don de abrir las puertas de oídos y corazones deleitando a éstos con sus rápidas palabras cuajadas de pensamientos sobrenaturales para bien del mundo, escribió Isidro Fabela en 1964, refiriéndose a Gutierre Tibón.

El Néstor de México, uno de los hombres más insignes que ha producido nuestro país, don Isidro Fabela, realizó una loa a Gutierre Tibón para su primer antología que lleva por nombre Gutierre Tibón, 25 años en México. También apadrinó, allá por 1938, el establecimiento de Tibón en nuestro país. Fabela quiso publicar el libro, que es de cierta manera un resumen de la fructífera labor mexicana de Gutierre en México.

Analizar las más de 1400 páginas escritas por Tibón no es tarea sencilla, ya que además de ritmo cuentan con una rica sustancia temática. México 1950, en donde el autor se adelanta al tiempo, fue escrito diez años antes y publicado en 1942. Ahí su visión se cumple paso a paso, pues Antonio Acevedo publicó en El Nacional, por 1956. una lista de las previsiones de Tibón que se cumplieron por aquellos años. Ahí están Vuelo con 8000 pegasos (1950), ViajealaIndia por aire (1944), Pinoteca Nacional (1961), Versos decaglotos (1919‑1940), América setenta siglos de un nombre (1960) libro erudito, escrito en forma de novela. En este último trabajo nos remonta a la fisiología de la raíz del nombre de nuestro continente. Aquí se exploran las circunstancias determinantes por las cuales este continente ha venido a llamarse América. También nos remonta a una antigüedad pavorosa; buscando los orígenes del nombre fatídico en el corazón de Asia, hace setenta siglos. El ombligo como centro erótico (1979), donde descubre las cosmogonías y rituales del ombligo: él mismo apunta en el inicio de la aventura intelectual: «cuando. hace muchos años, supe que México significaba en náhuatl ‘en el ombligo de la luna’, quise descubrir la raíz de tan peregrina denominación». También es autor del Diccionario etimológico comparado de los apellidos españoles, hispanoamericanos y filipinos, el cual es el más completo no sólo en lengua española, sino en cualquier idioma. Su Onomástica Hispanoamericana es el tratado más ecléctico publicado hasta hoy sobre apellidos. En ambos libros hay hallazgos nuevos y soluciones difíciles a algunos problemas lingüísticos. Otro de sus trabajos importantes es sobre El jade de México (1983), donde con su acostumbrada erudición descubre el fascinante mundo esotérico del jade (o sea el chalchihuite, para usar la voz antigua) y enlaza las palabras de Huitzilopochtli con las de Magiscatzin al soldado de Cortés y futuro cronista. Ahí Tibón nos presenta las guerras de los aztecas que durante casi dos siglos fueron básicamente para reunir el gran tesoro del jade, incomparable riqueza de índole religiosa y mágica. En 1995, con motivo de sus setenta años dedicados a la investigación, aparecieron tres nuevos libros, donde se comprueba su propósito constante: armonizar la más severa disciplina intelectual con la amenidad muy particular de su estilo. Ahora Aventuras de los aztecas en el más allá (1995) narra en detalle las misteriosas excursiones al más allá, llenas de aventuras, símbolos y mitos que presentan un panorama completo del pensamiento esotérico de nuestros antepasados. Iniciación al buldismo (1995), estudio sobre una de las religiones más comentadas y menos conocidas en el mundo, ensayo que trabajó junto con su hermano Juan Manuel Tibón, nos muestra quién fue Buda, cómo alcanzó la iluminación perfecta, entre otras interrogantes, que son contestadas mediante anécdotas, narraciones y diálogos. Y el más sobresaliente: Nuevo diálogo de la lengua, con el cual da un mensaje: «despertar la conciencia de la responsabilidad que nos incumbe, al haberse desplazado el centro de gravedad geográfica del castellano». Libro de proposiciones innumerables: quitarle la suprema autoridad al diccionario de la Real Academia Española, y suprimir las letras inútiles como «H» muda y la «Y» superflua, así como las disonancias que causa la yuxtaposición de consonantes. El libro está realizado con la más severa disciplina intelectual, pero con esa amenidad particular del estilo de Tibón, acudiendo siempre a su creatividad innovadora que asombra en cualquier momento: ya que asombrar es empezar a fabular.

Su obra es de una laboriosa tenacidad, que podemos seguir en su espiral interna, desglosando las manías de su sabia escritura, comprobando tanto sus estudios filológicos como sus escritos sobre la tradición mexicana.

Nacido en Milán, Italia, Gutierre Tibón se educó en Suiza y publicó su primera monografía, II Monte Bre, en Basilea a la edad de 15 años. De 1922 a 1939 viajó por toda Europa, así como por Asia y el norte de nuestro continente. En 1932 introdujo en Suiza la industria de las máquinas de escribir Hermes Baby y que actualmente se fabrican en varios países. En Ginebra, Isidro Fabela, entonces representante de México en la Sociedad de Naciones, le ofreció establecerse en nuestro país, donde encontraría un amplio campo para sus inquietudes de investigador. Así, Tibón desembarcó en Veracruz a principios de 1940 para iniciar en su patria electiva una labor intensa, consignada en sus libros escritos en español e italiano.

En reconocimiento al valor de sus estudios lingüísticos, la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó en 1946 el grado de doctor honoris causa; tres años después, la Universidad Nacional Autónoma de México lo nombró profesor de lingüística comparada y alfabetología, cátedras que impartió durante algunos años en la Facultad de Filosofía y Letras. Es premio nacional por sus investigaciones y premio Alfonso Reyes 1987 y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y del Sistema Nacional de Creadores. En 1963 fundó el Instituto de la Enciclopedia de México, que se propuso publicar «todo lo mexicano, ordenado alfabéticamente en diez tomos».

«La obra de Gutierre Tibón es de una laboriosa tenacidad, que podemos seguir en su espiral interna, desglosando las manías de su sabia escritura, comprobando tanto sus estudios filológicos como sus escritos sobre la tradición mexicana».

para Julio Ortega

Ante los ojos de Gutierre Tibón siento que estoy bajo la mirada de Occidente. Juan José Arreola

1996: La competencia en medidores de audiencias

Fátima Fernández Christlieb*

Beatriz Solís Leree**

* Ligia María Fadul y Beatriz Solís Leree. Coautoras de La Televisión en Amerique Latine.

** Fátima Fernández Christlieb. Autora de La radio mexicana: Centro y regiones.

People Metel es el término anglosajón con que globalmente se conoce al control remoto que lleva integrado un medidor personalizado de recepción televisiva. Hasta 1995 en México sólo ofrecía este servicio la empresa IBOPE, a partir de 1996 A. C. Nielsen le hará competencia.

Los medidores de gente instalada frente al televisor (o que por lo menos oprimió el botón que le corresponde como miembro de una familia o habitante de una misma casa) se comenzaron a usar en México durante 1993. Antes IBOPE usó el set meter (que no distinguía personas y sólo registraba aparatos encendidos en determinado canal y hora) mismo que sustituyó al antiguo método del diario (cuaderno en el que la gente se comprometía a anotar los programas vistos). Al asociarse IBOPE con AGB Italia1  se buscó avanzar en los aspectos electrónicos de la medición.

1996 abre un nuevo ciclo en el registro automático de televidentes. La entrada de Nielsen en este mercado significa una opción más para anunciantes y publicistas que compran tiempo en la televisión mexicana. A C. Nielsen, fundada en 1923 en Estados Unidos y perteneciente al grupo The DUN & Branstreet Corporation, ya había trabajado en el campo de audiencias televisivas en México a principios de los noventa, pero se retiró del mercado para afinar su método y estrategia.

¿Por qué resulta relevante la existencia de dos empresas competidoras en este campo? Por dos razones: una, el monto de la inversión publicitaria en televisión es alto y los indicadores de públicos sólo eran ofrecidos por una empresa. Y la otra es que al existir dos empresas en abierta competencia por vender sus servicios, ambas se ven obligadas a explicitar sus técnicas de medición, incluida la composición de sus páneles de audiencia, cuestión que siempre ha sido un misterio.

Cabe recordar que la inversión publicitaria en los medios de comunicación en México fue para 1994 de un poco más de 1,900 millones de dólares y en 1995 terminó con 1,200 millones.2 La televisión se queda con el 61% del total de la inversión, por lo que los anunciantes reclaman información que les permita planear y evaluar su presencia en este medio, particularmente frente a la multiplicación de canales que se ofrecerán con la entrada de la televisión directa a casa (ver nexos 217).

A. C. Nielsen está presente en el campo de la medición de audiencias de televisión en 23 países con más de 50,000 hogares y 75,000 Meters instalados. En América Latina ha instalado 9,000 en más de 4,500 hogares. Entre ellos se encuentran los 2,310 de México. Estos equipos NST EUROMETER son fabricados para Nielsen en Finlandia desde 1992 y ahora estarán presentes en 665 hogares de la Ciudad de México y área metropolitana, más 340 en 13 ciudades de más de 50,000 habitantes que conforman la muestra. Estos People Meters tendrán capacidad para medir más de 300 canales en cualquier tipo de señal (TV cable, antena parabólica, VCT. videojuegos, etc.) registrando individualmente el comportamiento de hasta 16 televidentes por lugar de recepción. La información será recogida en forma automática mediante el teléfono, radiofrecuencia o celular para ser procesada diariamente por Nielsen y entregada en diskettes o vía modem a los sistemas informáticos de los clientes. Semanalmente los usuarios recibirán además una base de datos que les permitirá hacer análisis de acuerdo a sus necesidades, utilizando para ello el software Media Advisor creado para tal fin. Se espera que para marzo de 1996 estarán disponibles los ratings del Valle de México, con información acerca de la sintonía de la televisión abierta y de suscripción y en abril se contará con ratings nacionales.

Por otra parte, IBOPE México, que surgió de la asociación de IBOPE Brasil y Grupo Delphi de México, planea para el segundo semestre de 1996 ampliar su estudio a nivel nacional para lo cual seleccionará una muestra de 1,630 hogares, que representan aproximadamente 7.640 personas, para medir la exposición a la TV por segmentos de acuerdo a su nivel socioeconómico, edad y sexo.3

De acuerdo a las características de las muestras elegidas tanto por IBOPE como por Nielsen podemos inferir que se está considerando la existencia de un promedio de 2.3 televisores en cada hogar y se estará en posibilidad de medir la audiencia de un promedio de 4.5 personas por hogar.

Ciertamente, la competencia entre las empresas de investigación dedicadas a medir la teleaudiencia en México proporcionará mayores elementos para valorar el escenario complejo que se prevé para este medio. La escasa información con la que hasta ahora se cuenta sigue siendo una de las principales deficiencias para el análisis de los efectos de la televisión.

El desarrollo tecnológico modifica también las formas de ver televisión y surge un reto para la investigación de audiencias, ya que se deberán encontrar técnicas complejas para analizar el comportamiento de las audiencias. Los «Medidores de Gente» deberán adaptarse a los cientos de canales a los que la audiencia tendrá acceso, muchos de ellos con programas para públicos más especializados.

La competencia traducida en un mayor conocimiento de los públicos es un avance. Queda pendiente conocer cómo y en qué forma la información obtenida nos permitirá mejorar la calidad de los contenidos.

«La escasa información con la que hasta ahora se cuenta sigue siendo una de las principales deficiencias para el análisis de los efectos de la televisión».

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referencias

1 Filial italiana de Audits of Great Britain. Actualmente es una de las principales empresas de investigación de audiencias en Europa. En sus orígenes formó parte de las empresas del Grupo de Robert Maxwell.

2 Aguilar. A. Reforma. septiembre 1995 y Hanono, A. El Financiero, diciembre 1995.

3 De acuerdo a información publicada en Adecebra de noviembre de 1995. IBOPE invertirá en este programa 3 millones de dólares y contará con el apoyo de 170 especialistas, El mantenimiento del panel es costoso ya que hay que dar incentivos a las familias, y teléfonos celulares a los hogares que no tienen línea telefónica.

4 Guadalajara, Monterrey y 24 ciudades de más de 400,000 habitantes incluidos Villahermosa y Oaxaca. Para representar al 50% de los telehogares del país.

5 Tijuana, Chihuahua, Cd. Juárez, Guaymas, Monterrey, San Luis Potosí, Guadalajara, Tehuacán, Ocotlán, Querétaro, Morelia, Mérida y Villaherrnosa. Consideran a ciudades de más de 50,000 habitantes.

El ensayo en forma

Roberto Pliego. Escritor. Es editor de la revista nexos.

La despoblada categoría de los ensayistas de primera clase no podría concebir la ausencia de Martin Amis. Parece tenerlo todo: el refinado patrocinio de la mordacidad, una combinación temerariamene literaria de anatomista y destripador, un estilo ejemplar, cierta propensión a liarse a puñetazos con todo lo que no idolatre, y un tono ácido, hiperbólico, a veces festivo.

Hace muchos años que Martin Amis va cada vez más para arriba. Me refiero a sus libros, por supuesto. Vayan ustedes a saber cómo le hace, pero el caso es que el último siempre termina imponiéndose a los anteriores. Luego aparece el siguiente. Algo le dice al lector que el próximo sólo tendrá sentido en la medida en que supere y potencie a sus hermanos mayores. Considerando la creación literaria como un misterio enorme. Martin Amis imagina y concibe sus libros a la medida de ese misterio. No engorda, no flaquea.

Todo lector asume que aquello que está leyendo debería, cuando menos, aspirar a lo ejemplar, que lo leído se vuelva primordial. Es algo que se desea con sobrada inquietud: encontrar una lectura primordial. Visitando a Mrs. Nabokov puede materializar con creces este deseo. Hay que reconocerle una cosa, entre muchas otras: que sea capaz de trasmutar el burdo metal del periodismo en materia suntuosa y segura de pertenecer al reino del ensayo literario. Por lo visto, en manos de Amis el periodismo es también una cuestión de forma.

El libro reúne artículos publicados en revistas y suplementos de cultura a lo largo de quince años y explora tres ámbitos principales. Primero, y sin un agrupamiento riguroso, mantiene encuentros con algunos escritores en lengua inglesa que suelen caracterizarse con una cortante ironía, y de vez en cuando con una franca veneración. El libro también es, al parecer, un centro adonde las figuras del espectáculo musical van a depositar sus huesos en paz. En tercer lugar, es una especie de vitrina que exhibe, desde luego mediante un criterio de afición, a tres o cuatro figuras del deporte o, con tremenda movilidad, de los juegos de salón. Lo mismo Saul Bellow que Madonna o la famosa partida entre Karpov y Kasparov, lo mismo Roman Polanski que un juego de futbol o una entrevista con Graham Green. Amis despliega un juego de combinaciones típicamente literario, y se pasea entre la multiplicidad humana y todas sus producciones como si diera la vuelta al mundo en un carrusel.

Con Amis se puede prescindir de los temas mismos, incluso de sus mismos propósitos, pero es imposible eludir las revelaciones de su estilo. No sólo desecha las empresas fáciles sino la facilidad con la que algunas grandes empresas se llevan a cabo. Y tiene razón. El lector de sus páginas tiene la sospecha continua de que para escribir hace falta carecer de remordimientos. Ofrezco algunos ejemplos: «Sabatini parece un purasangre humano, un experimento logrado en geneto‑estética, concebida, cultivada y acondicionada para el máximo esplendor» (en «Tenis: Categoría femenina»); «el clima recuerda esa intensa sexualidad de los años setenta; los actores son una diligente conserjería del cuarto de calderas venéreo» (en ‘Madonna»); «los escritores pretenden desdeñarlo todo, pero también quieren tenerlo todo; y lo quieren ahora mismo» (en Nicholson Baker»). No hav duda que leyendo a Martin Amis se pueden averiguar muchas cosas sobre la falta de remordimientos.

De manera inevitable, Visitando a Mrs. Nabokov explora muchos de los universos personales y recurrentes en las novelas de Martin Amis. ¿Qué más amisiano que Nabokcv? Es decir, ¿qúe más nabokoviano que el ajedrez y qué más ajedrecístico que la épica de Saul Bellow? Pero el libro también se sugiere como una guía para no quedar excluido del siglo XX. Mientras nuestros sentidos se recrean con una inquietud violenta, la pornografía, Ia amenaza nuclear, la muerte de John Lennon, Ronald Reagan, la India de Naipaul o la ciencia ficción se vislumbran al margen de la página como algunos de los puntos de destino de la modernidad y sus filias y tropiezos.

Lo más relevante, sin embargo, me parece la soltura con la que Martin Amis consigue hacernos ver aquello de lo que está escribiendo. Siguiendo el modelo entremezclado del reportaje, la crónica y la entrevista, los artículos revelan siempre formas humanas definidas, casi diría con una precisión voluminosa e inquietante. ¿Por qué pasa eso? ¿Porque hay una capacidad de observación atenta al mínimo detalle? No. Es porque no hay diferencia entre observar y escribir. Son la misma cosa. Cada trazo de escritura lo decide la manera con la que el ojo se apropia del mundo. El estilo que Amis emplea para ver el mundo no dista nada del estilo para escribirlo. Se trata igual de una fuerza instintiva que de un instrumento de alta precisión.

En el ensayo final dedicado a V.S. Pritchett, «cuyo estilo hace las veces de instrumento moral», Amis señala que los grandes escritores influyen de manera concreta en sus lectores. Elevan y transfiguran el mundo sensible para siempre». Leyéndolo, uno tiene la impresión de haber dejado un poco de ser el mismo. Sí. La literatura ya no podrá volver a ser la misma después de Martin Amis.

Martin Amis es uno de los novelistas ingleses contemporáneos más reacios a la empresas fáciles o consabidas. También es un gran ensayista, un temperamento con una caldera estilística siempre a punto de reventar.

Amis Visitando A Mrs. Nabokov Anagrama Barcelona, 1995 284 pp.

El arte del fugitivo

José Carlos Castañeda. Editor de cultura del Semanario etcétera.

A Elena Garro se le atribuyen muchas frases, opiniones, aforismos, incluso largas elucubraciones, aparte de las que ha publicado. Su rostro se oculta bajo el disfraz de una leyenda viva. Por momentos es desconcertante, y parece imposible precisar con fidelidad el sentido de sus afirmaciones. Esconde un alma de polemista alerta a la caza de una querella. Cada una de sus confesiones encierra una controversia.

Su vocación literaria es alérgica al rigor de las clasificaciones y al espíritu del juicio lógico. Decir que piensa tal o cual cosa sería arbitrario, con frecuencia oscila entre posturas contradictorias. Pese a ello, queda una certeza: su presencia provoca cierta perplejidad y obliga a los demás a cuestionar el valor de sus certidumbres. Para quienes la conocieron, este ánimo polémico, y muchas veces francamente heterodoxo, retrataba a una personalidad voluble e insegura. Pero Garro no creía que la coherencia era una virtud, más bien cree que es una cualidad vegetativa.

Encarna una imaginación fabulista que busca escapar del naufragio de la modernidad, pero no parte de una decepción postmoderna porque nunca cultivó la ilusión del progreso. Garro quiere ser la cronista de esta crisis espiritual que anuncia una nueva educación sentimental estampada con la efigie del rebelde. El mundo -según su diagnóstico del siglo XX- entró irreversiblemente en el tiempo de los fusilamientos: la era de las persecuciones. En una ocasión, cuando Luis Enrique Ramírez le pregunta por el supuesto delirio de persecución que algunos críticos detectan en su obra. Garro contraataca: «Pues si yo tengo delirio de persecución, no soy la única, lo padecemos millones en el mundo. Todos los que se han escapado de Indochina, de China, de Rusia, de Alemania, de España; 400 mil tenían delirio de persecución cuando huyeron de Franco ¿no? Es que es la época de los grandes desplazamientos».

La revolución más violenta, que gestó la utopía moderna, fue la mutación de nuestra idea del tiempo. Pasamos de la concepción mítica del eterno retorno a la imagen temporal que ha venerado la modernidad: el futuro. Esta transición recuerda la alegoría de la caída, el individuo moderno se encuentra en la intemperie del desarraigo, expulsado de la memoria colectiva y lanzado al porvenir, donde los lazos sociales se convierten en un contrato de voluntades autónomas libres de cualquier patrimonio consagrado por la memoria de la tradición.

La conciencia de la expulsión del paraíso surge cuando el tiempo cíclico que ordena el pasado en jerarquías establecidas se derrumba; y el individuo descubre que ya no puede recurrir a valores absolutos capaces de justificar definitivamente la bondad de una opción, de una vez para todas. La ausencia de certezas delata que caímos en la corriente salvaje del presente, donde no quedan vestigios de la antigua armonía universal.

A partir de ahora, el caos aparece con un nombre propio: la velocidad del presente. que aniquila toda reliquia de la tradición, que borra cualquier asomo de la reminiscencia. Desde entonces, abandonamos el jardín del edén, donde las normas son inflexibles y claras, para adentrarnos en el bosque de los fugitivos, donde se desploman los monumentos preestablecidos y no subsisten atavismos que conservar. Arrojados al torbellino del presente no hay tiempo para respetar el canon, es preciso crear uno nuevo. Y este adiós al orden idílico del pasado significa el surgimiento del ciudadano moderno y el nacimiento de la autonomía, entendida como libertad para inventar una nueva ley que ya no dependa necesariamente de la exaltación de la antigüedad, sino que ahora persigue en el porvenir, en su proyecto, las nuevas reglas de comportamiento.

La modernidad, antes que defensa de unos valores, significa proyecto de construcción de un nuevo orden social, basado en principios éticos, pero sobre todo fundamentado en la creencia de que el futuro «contiene en potencia la respuesta a todos los males, que su desarrollo implica la elucidación del misterio y la reducción de nuestras perplejidades, que es el agente de una metamorfosis total, como escribió E. M. Cioran.

Con la pérdida del paraíso también renunciamos al ciclo del eterno retorno, que garantiza la estabilidad del cosmos mitológico, para hundirnos en el remolino del instante animados por el aguijón del futuro. Listos para enfrentar la levedad de lo contingente y descubrir la fragilidad de lo perecedero, pero sujetos a las leyes del azar e incapaces de librarnos de la incertidumbre de lo fortuito. Aguijoneados por la posibilidad de elegir el destino de nuestras acciones, seducidos por el ideal del libre albedrío, partimos al sacrificio del presente en el templo de lo desconocido: el porvenir. Libres en el ahora, atados al mañana.

Sin embargo, como plantea Cioran, «en cuanto nos hallamos ante la imposibilidad de adherirnos al futuro, nos dejamos tentar por la idea de la decadencia». Garro parte de ahí, de esa visión apocalíptica de la modernidad. Concibe a la historia como un tiempo donde se desarrolla el proceso monótono de nuestra decadencia. No cree que esta caída pueda eludirse, apenas es posible que encuentre refugio en una arcadia ficticia, en un salvoconducto literario, que se convierte en huida permanente, en ficción del fugitivo. Ante la cruzada del mal no queda más que la pasión inane de los fugitivos que ‘viven toda organización social como si fuese igual a la de una temible tiranía y tratan de borrar sus huellas y los rasgos de su rostro», como sugiere Claudio Magris.

La concepción moderna de la revolución se basa en una nueva imagen de la temporalidad. Garro alude a esta metamorfosis del tiempo con una frase: «la Revolución estalló en una mañana y las puertas del tiempo se abrieron para nosotros». En la acepción tradicional de la palabra, revolución remite al movimiento circular de los astros; significa tiempo cíclico, entraña repetición y regularidad en el cambio. La imagen moderna no refiere al eterno retorno del orden natural, proclama una transformación radical: plantea una ruptura con el antiguo orden y funda una nueva experiencia temporal. Se inicia la ilusión del progreso lineal y con ella, los modernos heredan el futuro como único itinerario de salvación. No más retornos al pasado perdido.

Esta marcha al futuro destierra la gravedad de la memoria y vaticina un ajuste de cuentas con la tradición, que rápidamente se convierte en el rival. No tardó en emerger una reacción contra esa visión moderna del tiempo, que vive cautivada por el futuro y pretende abolir los poderes del recuerdo. La revuelta contra el porvenir enfrenta la emboscada de la modernidad y recuerda que, como Ernst Junger señaló: «somos víctimas del espejismo del tiempo: pensamos avanzar hacia adelante cuando en realidad nos estamos moviendo hacia el pasado». En lo más profundo del inconsciente sobrevive, arraigada en pulsiones soterradas, otra visión del tiempo que combate la utopía del progreso.

Los orígenes de ese conflicto pueden rastrearse hasta el nacimiento de la modernidad, incluso esta rivalidad termina por escindir el espíritu de rebelión. Surgen dos estrategias antagónicas: por una parte, el estilo revolucionario; del otro lado del espejo, la resistencia de la revuelta. Mientras la revolución significa advenimiento del futuro, Ia revuelta lucha por regresar al origen: para una lo original es lo nuevo, para la otra, lo originario. Asimismo, el proyecto revolucionario apunta a un programa racional, definido por la autonomía del individuo. Y la revuelta hunde sus raíces en una vocación romántica, que añora las tradiciones comunales amenazadas por el individualismo. Y se asienta en valores legendarios amenazados por el progreso.

Elena Garro se encuentra en una encrucijada. Su posición refleja el asombro y el desconcierto propios de un espíritu desorientado frente al caos que rodea las fronteras de la modernidad. Algunas rivalidades la guían: no acepta el fundamento de la era moderna, esa tierra prometida: el Yo. Para sus personajes, el dilema radica en descubrir y enfrentar la inestabilidad del sujeto. El destierro de la divinidad inyecta un tono trágico a sus relatos de creaturas extraviadas en un mundo que aniquiló la inocencia y sacrificó su legado en la tentación de la emancipación. Su diagnóstico toma por asalto el corazón de la identidad, y revela que el individuo moderno sufre un proceso de disolución, que paraliza su ánimo vital y fragmenta su pasado. Pues la memoria ya no consigue unificar sus impresiones, y los recuerdos se borran lentamente, anulando la coherencia del Yo. Nuestra entrada en el tiempo lineal de la historia originó una identidad rota, un desgarramiento inicial, que marcó el inicio de la invasión del mal. Con otras palabras, el enigma de la identidad se transfiguró en el desasosiego por la inanidad del Yo.

Elena Garro es la narradora de nuestra iniciación en la modernidad. Registra el choque cultural que significa una revolución que toma por asalto fundamentalmente a la mentalidad rural. Para el campesino, la lucha revolucionaria simboliza una resistencia frontal al progreso de la vida moderna, pues el desarrollo de las prácticas urbanas profetiza su derrota como clase y como cultura de apego a la tierra. En sus inicios, Garro narra la desaparición de esta cultura de la tierra, tratando de recuperar sus orígenes mitológicos y sus costumbres mágicas. Los recuerdos del porvenir es una novela sobre la destrucción del edén y el eclipse de la inocencia. Es una réplica en prosa de un poema de López Velarde: El retorno maléfico. A partir de la relectura de la rebelión cristera, Garro evoca la historia de la expulsión del paraíso. Recreada como la subversión del edén, que se calla tras la mutilación de la memoria. Esta evocación de la infancia secuestrada por la guerra profundiza esa íntima tristeza reaccionaria, que observa con escepticismo el espíritu liberal del siglo XIX.

¿Elena Garro es una escritora conservadora?

¿Quién es Abacuc, el héroe fantasmal de Los recuerdos del porvenir? En la novela personifica al caudillo cristero, que permanece ensombrecido durante toda la trama. Siempre se espera su llegada inminente, que luego se aplaza hasta diferirse en un tiempo inmemorial, que sólo reconocen los muertos, justo cuando comienzan los fusilamientos. Garro describe a su héroe rebelde como un antiguo zapatista, que abandonó las armas y guardó silencio cuando Carranza asesinó a Zapata. «Se dedicó al pequeño comercio. Viajaba de pueblo en pueblo, montado en una mula, vendía baratijas y se negaba a hablar con el gobierno carrancista. Enigmático, vio cómo después Obregón asesinó a Carranza y tomó el poder para más tarde pasárselo a Calles. El, Abacuc, siguió vendiendo sus collares de papelillo, sus arracadas de oro y sus pañuelos de seda, mientras el grupo en el gobierno asesinaba a todos los antiguos revolucionarios. Al empezar la persecución religiosa, Abacuc y su mula cargada de fantasías desaparecieron de los mercados. Se decía que se había ido a la sierra y que desde allí organizaba la sublevación de los «cristeros».

Elena Garro trasladó este protagonista de las páginas del Antiguo Testamento. El héroe de la revuelta es un profeta bíblico: llamado Habacuc. Una especie de héroe justiciero, que reclama por el mal y la injusticia. Al acudir a esta alegoría se puede ver, con claridad, la dimensión religiosa en la obra de Garro. El profeta Habacuc, en su invocación divina, protesta por la ceguera de Dios ante la conjura del mal y el avance de la injusticia en el mundo, y frente a su sordera vaticina la rebelión: «¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia y no salvarás? Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio: ¿por qué ves a los menospreciadores, y callas cuando destruye el impío al más justo que él y haces que sean los hombres como los peces del mar, como reptiles que no tienen quien los gobierne? ¿No se levantarán de repente tus deudores, y se despertarán los que te harán temblar, y serás despojo para ellos’?… Por cuanto tú has despojado a muchas naciones, todos los otros pueblos te despojarán a causa de la sangre de los hombres, y de los robos de la tierra de las ciudades y de todos los que habitan en ellas. ¡Ay del que codicia injusta ganancia para su casa, para poner su nido, para escaparse del poder del mal! ¡Ay del que edifica la ciudad con sangre, y del que funda una ciudad con inequidad!».

Esta inquietud digna del pensamiento social cristiano recuerda algunas de las declaraciones más polémicas de Garro; en 1965, en una entrevista que realizó Carlos Landeros, dijo: «para mí un reaccionario es un señor que explota a los pobres, se ponga cartel de izquierda o de derecha». Años después, en 1991 le aseguró a Luis Enrique Ramírez que ella era de derecha porque cree en la monarquía y sospecha de las democracias porque «nunca se ha demostrado que el pueblo pueda gobernar en realidad. Yo creo en los valores establecidos» y remata con una total prueba de escepticismo conservador: «la libertad no existe, ¿cómo eres libre si vives en sociedad?… Vivimos en sociedad y mi libertad termina, donde empieza la tuya».

¿Cómo define Elena Garro a la derecha? En sus propias palabras: «Primero que nada como un tipo que cree en la religión, que cree en la jerarquía, que cree en el honor, que cree que debe respetar al prójimo, que cree en la caridad, que cree que hay que proteger a los huérfanos y a las viudas». Veintiséis años separan estos dos testimonios, y revelan el carácter provocador de su crítica de la odisea moderna. Esta perspectiva escéptica y antimoderna repite el credo del pensamiento conservador antiiluminista, que nació como reacción al espíritu que anima la Revolución francesa.

El perfil político de Elena Garro surge más como resistencia ante el desorden provocado por el desmoronamiento de la modernidad, que por la injusticia que genera su desarrollo, pues nunca ha considerado al programa moderno como un germen de esperanza, al contrario, la modernidad -para ella- representa la sepultura de la ilusión, porque entraña el abismo del porvenir, donde se cancela el retorno al edén prometido, que se extingue en la mutilación de la memoria.

El texto que presentamos a continuación forma parte de un estudio amplio de la obra de Elena Garro, «la narradora de nuestra iniciación en la modernidad. Registra el choque cultural que significa una revolución que toma por asalto fundamentalmente a la mentalidad rural».

Opera barroca

Ciertamente, gran parte de los melómanos de hoy dirigen sus vectores de predilección y admiración, a los grandes maestros del Barroco. En 1995 se conmemoró el tercer centenario de la muerte de Henry Purcell (1659‑95), cuya breve pero excepcional carrera logró, en su época, la preeminencia musical de Inglaterra sobre las demás naciones europeas.

Dido and Aeneas, ópera en 3 actos con libreto de Nahun Tate, sobre el IV libro de La Eneida de Virgilio (que trata sobre la dolorosa moral, en la cual el hombre debe sacrificar su placer personal por el deber, y Dido, el emblema humano del placer de Aeneas, es sacrificado en la pira funeral), data de 1689, cuando se presentó en la pensión escolar del presbítero Josias, «por jóvenes damas de Chelsea, para una selecta audiencia de padres y amigos». Sin embargo, la adaptación de Tate sobre la que se basó Purcell, pretende aleccionar moralmente a las jóvenes, en el sentido de evitar a los «príncipes y a los marinos que abandonan a sus ninfas en la costa, silenciando sus lamentos con la promesa de regresar, sin tener jamás la intención de hacerlo».

Los recitativos, arias, duetos, coros e interludios instrumentales, notables verdaderamente, por su forma clara y concentrada, redundan en una concepción musical avanzada, que logra expresar la pasión de una manera sin precedentes en la música sajona de entonces. Purcell revoluciona efectivamente el estilo del drama lírico. Esta es una ópera inglesa en cuanto al manejo de la línea melódica, que cobra vida en las inflexiones y ritmos del habla inglesa.

Aunque de atemperada expresión, Hamoncourt consiguió aquí (la grabación data de 1983) una interpretación con «espíritu», que seguramente apreciarán los amantes del escasamente popular género operístico barroco.

Henry Purcell: Dido and Aeneas. Murray, Sharinger, Yakar, Schmidt. Amold Schoenberg Chor. Concertus Musicus Wien. Nikolaus Harnoncourt. Das Alte Werk.

El diablo sigue suelto

El corazón y el espíritu de una banda mítica vuelven a cristalizar en un disco memorable.

Concebido a la vez como autohomenaje y como viaje nostálgico, como invitación a la reinvención individual y colectiva de un sonido seminal del rock, Stripped muestra a unos Stones curtidos, entusiasmados por el blues, el rhythm’n blues y el rock & roll, tocando «Street Fighting Man», «Like a Rolling Stone», «Wild Horses», «Angie», «The Spider and The Fly» y once rolas más como si fuera la primera vez.

Grabado en pequeños bares, teatros y estudios de Amsterdam, Lisboa, Tokyo y París, cara a cara músicos y público, desconectados de amplificadores y sin juegos pirotécnicos, Stripped es un disco artesanal concebido en el marco de una eficaz estrategia de marketing que hace de uno de los mitos fundacionales del rock una mercancía disponible en video, láser disc y cd‑room interactivo. Situados más allá del bien y del mal, a los Stones se les puede atacar de todo, menos de deshonestidad. Han hecho de su pasión negocio, y de su placer cálculo de ganancias, sin sentimientos de culpa o la sensación de que traicionaron algo o a alguien. Bien lo dijo hace poco el crápula‑baquetón de Richards en un español irreconocible: «si no peso no playo». ¿Quién osa rebatir la neta al mismísimo Satán de guitarra‑trinchete en mano?

The Rolling Stones Shipped Virgin Records

Al cierre

Chiapas: Las negociaciones avanzan

El 19 de enero concluyó una fase de la negociación entre el EZLN y el gobierno federal. Luego de diez días de trabajos se dieron a conocer los acuerdos en relación al primer tema de la agenda: «Derechos y cultura indígena». Ahora, la delegación del EZLN llevará los mismos a consulta y el 13 de febrero regresará con una respuesta definitiva a la mesa de negociación de San Andrés Larráinzar.

Se trata de un paso venturoso en el largo y tortuoso proceso de negociación, porque demuestra que los acuerdos son posibles y que por la vía del diálogo un buen número de los reclamos del EZLN pueden atenderse. Además contribuye a distender aún más el ambiente no sólo en la región sino en todo el país.

Se lograron acuerdos que comprometen a cambios constitucionales y legales tanto a nivel federal como estatal. Los compromisos supondrían reformas a los artículos 4 y 115 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos así como a diferentes ordenamientos en materias tan importantes como salud, comunicación, educación, cultura, electoral. De la misma manera sufrirían cambios la Constitución del estado de Chiapas y diversos códigos entre los que se encuentran los que tienen que ver con la organización municipal y la distritación del estado.

El clima, luego de darse a conocer esos acuerdos, en principio fue de un optimismo moderado. Se inicia, no sin problemas, el arduo camino de tejer acuerdos, e incluso el EZLN y la representación gubernamental firmaron un comunicado conjunto, preparado por la CONAI y la COCOPA, en donde se reconoce que «se requiere un nuevo esfuerzo de unidad nacional, que el actual gobierno federal, con la participación de los pueblos indígenas y el conjunto de la sociedad, se compromete a impulsar para que no haya mexicanos con potencialidades restringidas […]». Se trataría de establecer una nueva relación entre el Estado nacional y los pueblos indígenas que al parecer supone reconocer «el derecho a la libre determinación en un marco constitucional de autonomía asegurando la unidad nacional», como requisito para hacer realidad los derechos sociales, económicos, culturales y políticos.

Se trataría también de ampliar los cauces para la participación y representación políticas de las comunidades indígenas dentro de la estructura republicana de gobierno al tiempo que se aceptarían procedimientos de designación de autoridades y fórmulas de resolución de conflictos internos tradicionales.

Al parecer (y decimos al parecer porque nuestra fuente es la información de la prensa y no los documentos originales) se reconocería a las comunidades como entidades de derecho público, con capacidad para asociarse libremente en municipios con población mayoritariamente indígena, así como la posibilidad de que dos o más municipios puedan asociarse con la finalidad de coordinar sus acciones.

Se trata de enunciados generales que será necesario traducir en normas específicas, pero desde ahora puede apreciarse la tensión que existe entre la necesidad de contar con normas de carácter universal que no hagan distingos entre los ciudadanos y el reclamo de asumir peculiaridades culturales, políticas y sociales que no pueden homogeneizarse por decreto. La conjunción de ambos polos sin erosionar garantías individuales, sin escindir aún más a los pueblos indios del resto del país, es quizá uno de los retos mayores que enfrentan los negociadores de la paz.

Por lo pronto, el jefe de la delegación gubernamental, Marco Antonio Bernal, pudo afirmar que los acuerdos «satisfacen necesidades y planteamientos de ambas partes» y deseó que después de la consulta que realizará el EZLN ojalá no se deseche lo alcanzado (quizá pensando en el destino de aquellos 34 compromisos que en principio parecía que se habían forjado en las conversaciones en la Catedral y que llevaron a cabo el EZLN y el equipo encabezado por Manuel Camacho en 1994).

Por su parte, el Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del EZLN emitió un comunicado donde luego de asentar que las transformaciones a las que aspiran «no pueden limitarse a los pueblos indígenas ni a Chiapas», aseguran que «vamos ahora a la consulta, a escuchar la palabra de nuestros pueblos sobre estos compromisos y propuestas, pero lo decimos claro: de nada servirán las palabras y los compromisos que se pretenden serios y firmes si persiste el hostigamiento a nuestros pueblos y otros pueblos en otros estados […] Son a todas luces necesarias las señales de distensión que reflejen que el gobierno está decidido a avanzar por los caminos del diálogo […]».

Es decir, desde el gobierno aún se espera la respuesta definitiva del EZLN (luego de la consulta que llevará a cabo) no sin cierta preocupación por la respuesta. Mientras el EZLN vuelve al tema de la distensión y demanda del gobierno gestos adicionales que coadyuven a pavimentar el terreno del diálogo.

Sería entonces prematuro festejar lo que apenas es un eslabón de una cadena que deberá desembocar en la multiproclamada paz con dignidad. No obstante, a todas luces parece que las posibilidades de una salida negociada al conflicto se siguen abriendo paso, mientras que las probabilidades de un reinicio de hostilidades son cada vez menores. Ese gradualismo en la desactivación productiva de un complejo conflicto es al parecer una imposición más de la «realidad» que no acepta ni medidas unilaterales ni acuerdos sólo generales.

LA BOMBA GARCIA ABREGO

La expulsión del narcotraficante Juan García Abrego ha desatado un intenso debate, que tiene aristas jurídicas, derivaciones políticas y pone de manifiesto la debilidad de nuestro aparato encargado de la impartición de justicia.

Jurídicamente es altamente discutible que el artículo 33 de la Constitución cancele todo otro proceso jurídico derivado también de la Carta Magna. Si García Abrego era perseguido por la justicia mexicana por delitos supuestamente cometidos en el país, entonces no es claro que su carácter de extranjero indeseable lo excuse de ser juzgado aquí, por jueces mexicanos y por crímenes cometidos en México Mucho menos puede servir de argumento, para el fast track extraditorio realizado, el que el gobierno norteamericano lo requiriese en su territorio para responder a cargos múltiples, vinculados con el tráfico de drogas.

Tendrá el gobierno que explicar lo que ha ocurrido con nuestro vapuleado sistema jurídico y lo que debemos esperar en el futuro, cuando esta nueva escaramuza con el crimen organizado se despliegue en nuevas rutinas policiacas transnacionales, como no puede sino ocurrir de modo más y más frecuente. Porque si vivimos la primera crisis del siglo XXI, empezamos también a vivir las fronteras jurídicas, políticas y morales del nuevo milenio, que no serán, ya no lo son, las que nos enseñaron en los libros de texto de medio siglo.

Políticamente, más quizá que jurídicamente, estamos en verdad en medio de un laberinto. Hay, en todo el desenlace del caso García Abrego, una extraordinaria confesión de debilidad estatal que por desgracia sólo se ve correspondida con la que cruza a todo el cuerpo político nacional y se expresa puntualmente en los medios. «Vergüenza, entrega, rendición», se ha gritado, sin que medie el menor análisis de lo que todo esto implica para la nueva realidad política en formación y para nuestra reubicación en el mundo, proceso que ya arrancó y no puede ser revertido a voluntad, aludiendo a los muchos sobresaltos imprevistos que una y otra vez el cambio del mundo produce en nuestras mentalidades, nostalgias y estructuras de poder rebasadas.

Lo malo es que frente a todo esto, en la cumbre se guarda un silencio sin fundamento, o se le busca explicar apelando a las descripciones de lo ocurrido. Es decir, no se explica. Sin duda, la decisión tomada se puede razonar y entender. Pero ello, el entender y razonar, no debería servir para soslayar lo que ahora aparece a la luz del día como cuestión fundamental a resolver o subsanar para darle una mínima solidez a la existencia democrática de México: la debilidad del Estado y sus instituciones para lidiar con las convulsiones que emanan del mundo en que queremos estar insertos.

Ya lo vivimos desde diciembre de 1994 en la economía. que nos dejó inermes ante las veleidades y durezas del exterior, así como ante la avidez y el egoísmo domésticos. Ahora, lo vivimos y sufrimos de nuevo en lo jurídico-policiaco.

Sentido de la realidad y sentido práctico, una deliberación de alcances constitucionales, horizonte de mediano plazo, y grandes dosis de política normal adoptada a los tiempos que vienen, más que pragmatismo de ocasión o invocaciones a los «buenos» tiempos idos, es lo que requerimos. Y pronto.

Rolando Cordera Campos, José Woldenberg K. Enero 22, 1996

El lado oscuro

José Homero. Escritor. Es director de la revista Graffiti.

Entre las señas particulares de la filiación de José Agustín no se cuentan sólo el cabello lacio o la nariz aguileña, también el lunar que distingue a los miembros de la estirpe de la modernidad: la busca de vehículos expresivos en consonancia con el tema. Orientado por las elipses de las estrellas polares de la vanguardia latinoamericana de los sesenta: Julio Cortázar y Guillermo Cabrera Infante, Inventando que sueño renovó el cuento en nuestro país. «Es que vivió en Francia» recurre al procedimiento burroughsiano del collage: la recapitulación autobiográfica en duermevela de Julie Christie es una hilación de declaraciones periodísticas rítmicamente enfatizada por los cortes tipográficos y las repeticiones frástricas. En Cuál es la onda», se narra el súbito enamoramiento entre una jovencita de clase media y un baterista huesero con un ritmo sincopado conseguido mediante acotaciones del narrador, albures, juegos de palabras, aliteraciones, metástesis y reflexiones sobre el idioma, el modo de narrar y las propias acciones en la mejor tradición de la tardía vanguardia del boom latinoamericano.

Dejaron el bolero, La rumba y el son

Las argentinas sombras del cinematógrafo y las percusiones y voces chillonas del bolero, el mambo, el cha cha chá y la cumbia tremolan y resuenan en las páginas de los narradores de una generación anterior, como Carlos Fuentes, Manuel Puig, Guillermo Cabrera Infante o Mario Vargas Llosa. Agustín fue más allá; no se resignó a la alusión y tradujo a lenguaje los aspectos propios del cine, el teatro y la música pop, como lo prueban esos cuentos emblemáticos del decir agustiniano que son «Cuál es la onda» y » Amor del bueno» y la composición de Inventando que sueño como una totalidad orgánica donde cada elemento se vincula en relación al conjunto. Al lado de la crónica de un valiente mundo nuevo encontrábamos una vigorosa y burda ironía ante un lenguaje que de tan cuidadoso en la dicción y el diccionario a punto estuvo de la atasia. El sarcasmo ante las frases preconcebidas indicaba igualmente repudio a las costumbres y respuestas preconcebidas de la burguesía.

Como el propio Agustín reconoce en la carta dirigida a su hijo y ahora editor Andrés Ramírez que funge como epílogo a esta edición de sus cuentos completos, Inventando que sueño, el volumen de 1969, fue un buen comienzo y es hasta el momento el libro de cuentos más logrado del autor. Los problemas y no sólo en el ámbito cuentístico surgieron cuando Agustín cambió de dirección. Ciertamente la novela que marca esa transición cenital, Se está haciendo tarde, es la mejor obra de Agustín y una de las más memorables para nuestra sensibilidad, pero tan persefónico periodo se distingue por su decaída vegetación; El rey se acerca a su templo, La mirada en el centro, No hay censura, Cerca del fuego, Dos horas de sol, son frutos yermos, frutos acaso para recordar que proceden de una tierra gastada.

Y de repente, no encuentras nada

Si primeros cuentos de Agustín mostraban un denodado impulso experimental como cumplimiento de una volición realista, en una de esas extrañas bodas entre tradición y ruptura que tanto gustan al mexicano, Ios cuentos posteriores se empeñarán en narrar las vicisitudes anímicas. Influidas por la lectura del pensamiento taoísta, de las tesis de C. Jung, de la tradición esotérica, de las novelas alegóricas de Nietszche y de las grandes obras de Occidente que se alimentan del mito y el sustrato religioso -de El asno de oro a La tierra baldía, dichas obras recorren los caminos de perfección señalados por los ritos iniciáticos con el esmero y la previsibilidad de quien salta las casillas de la rayuela. Esfuerzos de un aprendiz de brujo, tan ambiciosa empresa ha sido resuelta con poco fortuna. La mayoría de los cuentos de Agustín son desesperantemente malogrados. Parece rescatar del cesto de papeles los esbozos o los residuos de temas que ha explorado en sus novelas. El mundo externo ha perdido consistencia para tornarse reflejo del combate entre las dualistas fuerzas cósmicas. Lo más terreno, la política y el erotismo, se encuentran recargados de imaginería gótica y de connotaciones iniciáticas. Los sucesos cotidianos sólo pueden ser trasuntos de vaivenes cósmicos, como si contempláramos un eclipse en la linfa de una jofaina. Los cuentos de Inventando que sueño leídos a mitad de la década de los noventa lucen tan ridículos y vigentes como una película de Milos Forman de esos años y si bien aquello que se deseaba grueso terminó siendo naif cuando no aportando una nueva cabeza a la hidra del kitsch, dichos relatos conservan su poder incantatorio. Muchos de los cuentos últimos de Agustín prolongan la línea de «Cómo te quedó el ojo querido Gervasio», textos deficientes en tanto no son autófagos pero necesarios para la cabal unidad del volumen. Si estos cuentos no son ya modernos, es decir, cuentos con un desenlace preparado y sustentado en signos inclusos en la narración, los elementos de sentido que diría Todorov, lo que explica que el llamado efecto sorpresa nunca sea tal sino sólo una diestra suerte de prestidigitador, su final no es abierto sino abrupto. Los cuentos son oclusivos, no herméticos. Entre los extremos del discurso parasitario en tanto no se sustenta a sí mismo sino que tiene funciones de prólogo, epígrafe o epílogo en relación con los otros -una asimilación de Agustín de los álbumes pop conceptuales de los últimos sesenta, y los relatos que pretendiendo mostrar las tormentas interiores resultan abstrusos para el lector-, han transcurrido los años últimos de este narrador. «Transportarán un cadáver por express». «No hay censura» o incluso Las sombras llegan suavemente», un cuento de ritmo tan equívoco como el de una película proyectada a una velocidad distinta para la que fue concebida y que habría que reelaborar, son cuentos exactos que nos recuerdan que José Agustín es un narrador de gran talento: una razón más para invocar fervientemente que nuestro joven abuelo emerja ya del lado oscuro de la luna.

Acaban de aparecer los cuentos completos de José Agustín, «nuestro joven abuelo». Esta nota los ubica en el sitio destacado y primigenio que ocupan en la literatura mexicana.

José Agustín Inventando que sueño Cuentos completos 1968‑1992 Joaquín Mortiz México, 1995 390 pp.

Coartadas sanfranciscanas

Juan José Reves. Escritor. Es Jefe de Redacción del suplemento El Semanario del periódico Novedades.

Cuando pensamos en la muerte pensamos en los muertos, y en nosotros mismos desde luego. Quiero decir que no lo hacemos en abstracto, como si se tratara meramente de un tema de reflexión, bueno para la ontología o para ensayos antropológicos, o de otro tipo, sino que lo hacemos de una manera viva, y nos reconocemos sin duda en una circunstancia concreta, en el centro perdido de la propia libertad que puede expresarse en cosas aparentemente nimias, como tener que decidir qué calle tomamos, como le sucede a David Sorensen-. La muerte, que siempre es de los otros, no deja de ser nunca el espejo de la de uno mismo. Habría casos, con todo, en los que el prójimo no portaría un espejo más de nuestra posibilidad última: sería sólo un obstáculo, una resistencia insufrible, a la que habría que eliminar. No hay que ensayar gran psicología para saber que el asesino suprime entes que le estorban. Cosas, no personas. No hay duda tampoco de que este asunto puede llegar a ser apasionante. La mente y el ejercicio homicidas rompen del modo más perturbador la normalidad: niegan los valores primeros, al tiempo en que muestran las formas más que torpes y deleznables en que estos valores se despliegan en la vida social. El novelista Fernando del Paso sugiere con precisión el asunto cuando alude a Raskolnikov y a la usurera anciana. Matar al otro no es lo deseable, pero puede ser necesario: para redimir al mundo, en el caso dostoievskiano: para salvar obstáculos, en el de David Sorensen, el personaje de la novela de Fernando del Paso, la «historia de un crimen».

El autor ha puesto de cabeza, en el principio, el esquema tradicional de las historias de enigma. Comienza por el registro del crimen, de lo que hace el asesino después de cumplir su proyecto. Se trata de la disposición de todo un escenario mental y moral. Se trata de la búsqueda del crimen perfecto: quitar la cosa de enfrente, de junto, quitarla de todo lugar y para siempre, y quedar indemne, o más: rico, muy rico. Si se trataba de la esposa. ¿habría bastado con el divorcio, al parecer inevitable? Se ve claramente que no: David Sorensen se siente defraudado, por lo que decide tomar venganza, y, asumiendo al pie de la letra lo que en una conversación incidental le comunica una cínica millonaria gringa, no esperar el castigo después del crimen, sino los dólares. En todo esto no hay razonamiento moral alguno, sino muy pragmáticas ideas. No hay el reconocimiento del rencor propio, ése que va larvándose en el corazón de David Sorensen desde que supo que su padre lo dejó sin más fortuna que la pasada educación en buenos colegios y la actual y amplísima cultura snob. Hijo de danés y mexicana, David Sorensen es un mexicano atípico en San Francisco, California. De facha eulopea, de espléndido acento inglés, ni siquiera necesita papeles migratolios. Tiene, además, todo el aire de triunfador y conquistador -como se prueba en su ligue instantáneo a Linda- y una especie de ángel de la guarda encarnado en un amigo de la infancia irlandés que le consigue buenas chambas y que nunca podría desconfiar de él. ¿Por qué decide matar, suprimir a Linda? La explicación posible no está nada más en su biografía sino también en su circunstancia.

En sus novelas anteriores Fernando del Paso había desplegado ya una suerte de bien cumplido afán enciclopédico, en favor del fuste de sus historias y de la caracterización de sus personajes. El inventario de objetos, lugares. personajes le dan al mundo consistencia y claridad. Cito un ejemplo claro en Linda 67: el registro de las glorias de los Gigantes de San Francisco, con todo y el frío de su estadio. A Fernando del Paso sólo le faltó aludir a Willie McCovey, en una lista en la que aparecen desde luego Willie Mays y Juan Marichal, e incluso Johnny Mize, que sólo en los cuarenta jugó con los Gigantes, y en Nueva York, no en California. Tales nombres aparecen en la historia de modo natural, tienen que ver centralmente con la vida de David Sorensen en San Francisco, esa tierra de promisión. Este mundo de mitología popular corre junto al de la topografía, la nomenclatura y los ambientes de la ciudad californiana, y junto al inventario de bienes de su gente rica: vinos, platillos, vestuarios, iconografía contemporánea. David Sorensen ha dejado su tierra entrañable -la del beisbol, Ia del recuerdo de su padre, Ia de la amistad con su amigo irlandés- para instalarse en un mundo emblemáticamente encabezado por un Daimler y un BMW, dos autos de lujo. A Linda le regaló el primero su padre, un millonario tejano; a David Sorensen le regaló el BMW Linda, o mejor dicho se lo prestó: es un regalo del padre a la muchacha, para cumplir un capricho. David Sorensen es entonces y de entrada un efímero privilegiado: Linda es una gringa millonaria hija de papá, en un principio tan liberal como Madonna y a fin de cuentas más higienista que Lady D. Lo contrario de Olivia, una azafata morena, de valores explícitos, claros, enamorada de David Sorensen y amada por él.

En el sanfranciscano mundo del dinero -el buen coche, Ia buena casa, Ia buena esposa, Ia buena fortuna -todo se permite, si no es mal visto. Se trata de un lugar común, y Fernando del Paso lo hace vivir con plena eficacia: Linda puede hacer lo que quiera, mientras no ponga en peligro la fortuna del padre, que en este caso también es el honor. Aquello incluye la tenencia de un amante, y el desalojo de un esposo, mexicano, y que para colmo fuma (tabaco), bebe, come carne. Es un mundo cínico, de coartadas constantes, en el que la irrupción de David Sorensen sólo puede ser vista como algo natural. Por ello David Sorensen no parece más que asumir un destino, que va más allá de los adulterios y los conocidos pericazos de fin de fiesta, pero que desde luego los comprende. Fernando del Paso está muy lejos de haber hecho una novela moralista, por ventura. Ha hecho un texto de misterio muy eficaz, entretenido, y a la vez profundo. Sin detenerse en laberinto alguno ha mostrado con la crudeza y la naturalidad necesarias los mecanismos del crimen. Ha planteado las razones -triviales, humanas sin falta- del criminal que busca quedar impune en un sentido que rebasa lo judicial, con todo y que haya todas las agravantes. En un sentido literario, por el que el lector tendrá que ir convalidando cada coartada.

¿La historia de un crimen? En toda la extensión de la palabra y con lodos los dones que acompañan a las ficciones de Fernando del Paso.

Fernando del Paso Linda 67 / Historia de un crimen Plaza & Janés México. 1995 375 pp.

Nuevas propuestas para la FIFA

Meses atrás escribimos en estas mismas páginas que la FIFA debería hacer que los mundiales de futbol fueran por puntos, por lo menos hasta las semifinales, para ver mejores partidos. Al último añadíamos un absurdo: «Por puntos, se premiarían la constancia y el juego abierto; de otro modo, la FIFA fifará cada vez menos en materia de espectáculo, y no bastará que a sus directivos se les ocurra, algún día, hacer porterías dos metros más grandes para ver si así caen más goles» (nexos 214, octubre de 1995). Pues resulta que la burla se volvió vera, y varias agencias informaban el 2 de enero pasado: «Joseph Blatter, secretario general de la FIFA, anunció hoy aquí (Bonn) que los encargados del reglamento del balompié mundial acordaron ampliar las metas cerca de 50 centímetros de ancho mientras que en su altura crecería unos 20 centímetros más la valla superior con el fin de hacer más atractivo este deporte». O sea que hay que tomar en serio a estos señores. Por eso les hacemos desde aquí nuevas propuestas «con el fin de hacer más atractivo este deporte».

-Que en los tiros de castigo sólo puedan ponerse enanitos en la barrera, y que ni siquiera puedan saltar para que el balón no tenga problemas en, como se dice, «librar la valla». (Claro, quizá habría algún pérfido a quien, sin importarle la gloria del gol, quisiera estrellar la pelota, tirada por lo bajo, directamente contra los enanitos. Pero ese es su problema. La FIFA no puede estar en todo.)

-Permitir también que en los tiros de esquina un enanito pueda subirse sobre los hombros de un gigantón para rematar de cabeza por encima de la defensa.

-Mucho se ha hablado del penalty como de un «fusilamiento», pero los poneros se mueven cada vez más en el paredón ante la complacencia de los árbitros, aunque el reglamento indica que deben soportar estoicos el castigo, sobre la raya, sin moverse hasta que sale la bala. Pues bien, llegó la hora: el portero deberá ponerse sobre los ojos una venda de fusilamiento en cada tiro penal. Han nacido, señores, los blind‑penalties.

-Los tapetes súbitos. Se trata de franjas de pasto que mediante un juego de correas pueden accionarse desde la orilla de la cancha, con el fin de «moverle el tapete» al defensa que persigue al atacante, permitiendo así que éste quede en posición inmejorable y solitaria frente al arco.

-Los eologoles; ¿Ese balón iba para fuera? No, señores: un ventilador gigante a un costado de la portería se encarga de empujarlo a la meta.

-El off‑side poll. ¿Fue off‑side o no? El árbitro ya no decide. Ahora se hace una consulta rápida entre los aficionados del equipo que atacaba y que saldría beneficiado si no se marca el off‑side. ¿Alguien de ellos dirá que sí fue off‑side? Todo esto redunda en más goles.

-Los bi‑ritmos. Durante quince minutos en cada partido, un equipo jugará en cámara lenta y otro lo hará a ritmo normal, de modo que uno esté a merced del otro. Es una benéfica influencia electrónica: no por nada en las transmisiones televisivas siempre ocurren más goles que en el juego.

-El varishnigol. Tendrá un gol extra el equipo que, después de anotar, haga las mejores coreografías para el festejo.

-Cada vez que haya un choque de cabezas, al jugador más groggy se le hará con micrófono una pregunta capciosa, como de «Jeopardy» o «Responda y gane». Si acierta, su equipo obtendrá medio gol.

-El marketingol. Este gol de plano vale tres goles. No importa que el balón no entre en la portería. Al contrario: el jugador debe atinarle a aquel anuncio en el estadio cuyo patrocinador haya pagado más dinero a la FIFA. Habrá pirotecnia electrónica y estruendos musicaks. Atracción garantizada. Claro que para entonces este juego se llamará Fujibol.

El laberinto de azogue

Noé Cárdenas. Escritor. Secretario de redacción del suplemento cultural El Semanario del diario Novedades.

Desde que Carlos Fuentes decidió incluir en cada libro -a partir de Cristóbal Nonato- la tabla de su corpus narrativo llamada «La edad del tiempo», la crítica se ha mostrado perpleja ante las modificaciones hechas por el autor según han ido apareciendo los nuevos títulos: unos ya estaban previstos, otros han hallado acomodo dentro de la lista demostrando con esto que «La edad del tiempo» de ninguna manera es una construcción fija, signo de acabamiento o cierre de las tareas narrativas de Carlos Fuentes, pues todo otro tiempo -la eternidad- no admitiría acotaciones de este mundo. La frontera de cristal pertenece al inciso «IX. Los días enmascarados», comparte sitio con otros tres libros ya existentes de cuentos (el que le da título a la sección, Cantar de ciegos y Agua quemada), y no poco de la idea mítica de tiempo incierto, lapso aciago que sigue y precede al ciclo regular. «¿Habrá tiempo -se lee en las páginas finales de La frontera de cristal- para vernos y aceptarnos como realmente somos, gringos y mexicanos destinados a vivir juntos sobre la frontera de río hasta que el mundo se canse, y cierre los ojos, y se pegue un tiro confundiendo la muerte y el sueño?».

El título del libro emula la ironía que se da, digamos, en los anaqueles que soportan varios acuarios: los distintos peces que los habitan forman en conjunto una comunidad en el aislamiento, se miran constantemente unos a otros pero no pueden transponer las fronteras ilusorias, aunque sólidas. El cuento que da título a la novela tiene mucho de «acuario»: se trata de un romance fugaz entre una gringa publicista y un por necesidad improvisado limpiaventanas mexicano: a través de un cristal en el piso cuarenta de un rascacielos e Manhattan, ambos reconocen la melancolía el anhelo alojado en sus espíritus recordando cada uno su propia vida e imaginando la de otro; la historia concluye con un beso cristal mediante.

La frontera de cristal posee una particularidad formal anunciada desde la portada del libro: se trata de «una novela en nueve cuentos», o de nueve cuentos que juntos conforman una novela, según ya no el color, sino el lado del cristal desde donde se mire: al abordar el tema de la hibridación nacida de y en la frontera entre México y Estados Unidos, es una novela afectada necesariamente por la relatividad del acá y el allá (Grande, Bravo: dos nombres para el mismo río); es, también, un conjunto de cuentos cuyos asuntos reformulan, con arreglo a la situación fronteriza contemporánea, las preguntas persistentes del alma humana que hallan respuestas de paradójica -y siempre cruel- resolución, el amor de pareja que se realiza sólo a través de la suspensión abrupta de la relación («La apuesta») o del «espejismo» («La frontera de cristal»), la búsqueda del calor humano obstaculizada por las diferencias electivas («Las amigas»), el lastimoso reconocimiento de la soledad del individuo y los mecanismos íntimos para paliar la condición de despojados, de olvidados («La raya del olvido»)… Nueve cuentos, nueve particularismos de situaciones comunes vividas en la zona fronteriza o bien en ciudades donde se aglomeran mexicanos (Los Angeles, Chicago) o que son visitadas permanentemente por los gringos (la Ciudad de México, Cuernavaca).

Como novela, La frontera de cristal atiende idiosincrasias, las confronta, las disecciona para mejor entenderlas: la cortesía, signo de una aristocracia hispánica, frente a los protocolos fríos que no admiten el más mínimo contacto físico y que exigen una serie de gestos artificiales para entenderse socialmente, la fanfarronería neonazi representativa de un policía fronterizo que evita el sol para conservarse blanquísimo frente al machismo y bravuconería de un chofer mexicano -también representativo- que manifiesta su resentimiento manejando como cafre; el lunch de hule gringo que se consume en pocos minutos frente a los almuerzos vastos y condimentados, etc. Como estrategia formal para otorgarle al conjunto condición de novela -más allá de la cohesión que da el tema de los asuntos fronterizos-, en los cuentos que conforman La frontera de cristal se entrecruzan algunos personajes; de una pieza a otra, sus destinos se van completando o complementando al entrar en contacto con el de nuevas apariciones sin que se afecte la integridad de los cuentos como unidades independientes. La digresión propia del género novelístico está dada en virtud de la diversidad de aspectos abordados en cada uno de los nueve cuentos; en «La apuesta», por ejemplo, la acción se traslada a las cuevas de Altamira. De esta manera, La frontera de cristal toca el ámbito de las maquiladoras a través de los pasados. deseos, inquietudes de varias muchachas dedicadas a la maquila; se refiere a las costumbres de los ricos mexicanos que hacen su vida del otro lado; aborda el caso de los jóvenes mexicanos que estudiaron en una universidad gringa cuando el país vivió bajo la ilusión de riqueza petrolera del sexenio de López Portillo; asimismo, la contraparte: el de jóvenes pertenecientes a la depauperada clase media abatida por las devaluaciones y el «error de diciembre» que, rotas sus aspiraciones, tiene que buscar oportunidades del otro lado; la novela también hace referencia a la suerte de los braceros durante cuatro generaciones y a los pueblos a los que pertenecen, cuya subsistencia -aún más: existencia- depende exclusivamente de las remesas que les mandan aquéllos; los problemas -y temores, sobre todo después de la aprobación de la 187- de los mexicano‑norteamericanos también son abordados por Carlos Fuentes en esta novela. ¿Y qué pasa con la conveniencia gringa, en relación a la contratación de braceros o a su denuncia ante la migra si éstos por el momento no son necesarios? El TLC ¿es una inocente e hipócrita jugarreta más de los gringos? Nada, a este respecto, queda fuera de La frontera de cristal.

El autor ha empleado diferentes estilos y recursos narrativos -¿habrá alguno que no haya probado con anterioridad Fuentes?- según los requerimientos expresivos de cada cuento. Sorprende, una vez más, el talento de este novelista por abarcar espacial y temporalmente aspectos de tan diversa índole reconcentrándolos en historias multifacéticas merced a un conocimiento profundo de los temas que aborda. El humor y la ironía presentes en esta novela certifican un retorcimiento más del colmillo de este narrador. Hasta en las piezas en las que Fuentes utiliza estereotipos (el indio dormido bajo un cacto) o cuando actualiza mitos con el objeto de que éstos permitan distintas perspectivas para observar ciertos fenómenos sociales contemporáneos, de competencia universal («Malintzin de las maquilas»), el ojo novelístico de este heredero de Quevedo halla modos de acoplamiento, de darle cabida -o salida- a las correspondencias secretas de las cosas a través del lenguaje. ¿Resumen, compendio, menú personalizado de lo que en la actualidad acontece en esta parte del mundo sancionada por la condición fronteriza? En todo caso La frontera de cristal es un libro cuya lectura logra exponer varias facetas de un cristal fronterizo -acaso un laberinto de azogue: imagen recurrente en estas páginas- a punto de ser agua o de ser aire o de volver al barro.

La destreza novelística de Carlos Fuentes no tiene límites. Para comprobarlo, basta asomarse a su nuevo libro, cuya indefinición de género ya es en sí mismo un mérito.

Carlos Fuentes La frontera de cristal Alfaguara México, 1995

Homenaje a Baltimore

Adolfo Gilly. Historiador y ensayista.

Baltimore es un puerto sobre el Atlántico y, como sucede con los puertos, es una hermosa ciudad porque por ella navega el espíritu que viene del mar. La visité con frecuencia en este otoño, durante mi estadía en Maryland, de cuyo estado es la capital.

En 1692, en una iglesia de Baltimore, alguien encontró un manuscrito de autor desconocido. Unos siglos después, en el verano de 1995 yo conocía a Baltimore apenas de nombre y no imaginaba aún su grande belleza. El 8 de agosto, los azares me llevaron a un pueblito en el centro de Francia, Chaudes‑Aigues (que, ni modo, quiere decir Aguascalientes, sin duda porque allí hay aguas termales, aclaración necesaria para proteger a sus habitantes de toda sospecha de intenciones políticas y de todo peligro de ocupación militar).

En un pequeño hotel de Chaudes-Aigues, pegada en la pared de la entrada, estaba una copia del manuscrito de Baltimore, en francés. De ahí la tomé y ésta es la traducción, lo másfiel que mis saberes y mis sentires me permiten, para empezar este año de trescientos cuatro años después.

Desiderata

Ve tranquilamente entre el ruido y la prisa y no olvides la paz que puede existir en el silencio.

Sin enajenación, vive en lo posible en buenos términos con todas las personas. Dí dulce y claramente tu verdad. Y escucha a los demás, aún al simple de espíritu y al ignorante: también ellos tienen su historia.

Evita a los individuos ruidosos y agresivos: son una vejación para el espíritu.

No te compares con nadie: podrías volverte vano o vanidoso. Siempre hay más grande y más pequeño que tú.

Goza de tus proyectos tanto como de tus logros. Sé prudente en tus asuntos; pues el mundo está lleno de pillerías. Pero no seas ciego hacia la virtud que existe: muchos individuos buscan los grandes ideales y en todas partes la vida desborda de heroísmo.

Sé tú mismo. Sobre todo, no finjas la amistad. Tampoco seas cínico en amor pues este es, frente a toda esterilidad y todo desencanto, tan eterno como la hierba.

Toma con bondad el consejo de los años renunciando con gracia a tu juventud. Afirma una fuerza de espíritu para protegerte en caso de desgracia repentina. Pero no te lleves mal con tus quimeras. Muchos miedos nacen de la fatiga y de la soledad.

Más allá de una sana disciplina, sé suave contigo mismo. Eres un hijo del universo, no menos que los árboles y las estrellas: tienes el derecho de estar aquí. Y te sea claro o no, sin duda el universo se desarrolla como debiera.

Está en paz con Dios, cualquiera sea tu concepción de él; y cualesquiera sean tus trabajos y tus sueños, conserva en el desorden ruidoso de la vida la paz en el alma tuya. Con todas sus perfidias, sus tareas fastidiosas y sus sueños rotos, el mundo es sin embargo hermoso.

Presta atención, trata de ser feliz.

Días después esos mismos azares y dos amigos queridos me habían llevado a Gerona, cerca de Barcelona, ciudad abierta al mar de los amores más antiguos. En una casa del barrio medieval encontré tres inscripciones en latín de principios del siglo XV, con su traducción al español. Aquí están, para cerrar en ley de otra ciudad este homenaje a Baltimore y a las generaciones que le dieron alma:

* Virtute decet non sangui ne niti

La virtud no debe redoblarse con la sangre.

* Omne solum fote patria est

Toda tierra es patria para los audaces.

* Legem nocens veretur fortunqm innocfns

El que desprecia la ley humilla el sino de los honestos.

París, enero 12, 1996.

Un suizo como pocos

Carlos Castillo Peraza. Presidente del Partido Acción Nacional.

Llegué a Suiza cuando comenzaba el otoño de 1972. Llevaba en la bolsa algunos nombres cuyos apellidos eran números telefónicos de la ciudad de Friburgo, capital del cantón del mismo nombre, villa universitaria y bilingüe. El día del arribo, nadie estaba donde yo supuse que habría de estar. Había muerto el gran patriarca de la comunidad académica latinoamericana friburguense -don Rafael Bernal, agregado cultural de nuestra embajada ante la Confederación Helvética, autor de El complot mongol entre otras muchas obras- y la gente había ido al sepelio. Su hijo Francisco, que se volvió uno de mis mejores amigos, me dejó en depósito algunas cintas grabadas por aquél: estupendos poemas que guardaré hasta el día que Pancho decida que puede escucharlas sin que le estalle el corazón.

Una dama políglota y devota, de remotos orígenes polacos, me rentó un departamento espléndido, sobre la colina de Schoenberg al otro lado del río Zaehringen, con una terraza desde la que podían disfrutarse los crepúsculos y la silueta de la única torre de la catedral que señoreara el cardenal Charles Journet, filósofo y teólogo de excepción, retirado entonces en una abadía vecina. El agua pasaba, navegable, abajo, muy abajo. Mi calle llevaba -lleva aún- el apellido de los fundadores de la villa, Kybourg. Los pinos y abetos que rodeaban la casa hospedaban nerviosas ardillas.

Conforme con lo que me dijeron que era habitual, la primera nevada cayó el primer día de clases. Hasta los cables por los que corre la energía para los trolebuses quedaron blancos, como si fueran cordones gruesos de lana o de algodón. Salí al balcón para sentir la nieve. Una mañana, por no secarme bien el cabello después del baño, las sonrisas de los transeúntes me hicieron caer en la cuenta de que llevaba la cabeza escarchada. Sufríamos los menos veinte grados centígrados. Fue el año del primer embargo petrolero. Algunas veces llegó a formarse una capa de hielo sobre la cara interior de los ventanales. Nunca había probado lo que son las temperaturas bajo cero, ni dejar la ropa gruesa en un perchero fuera del aula y encontrarla allí al salir, intacta incluso en el contenido de las bolsas. Tampoco habla experimentado la necesidad de respetar rayas pintadas en las calles ni advertido la disciplina de todo un pueblo. Debo confesar que el orden suizo, que a los latinos se antojaba insoportable, me fascinó. Mucho después entendería por qué Peter Ustinov, cuando se despidió de la ginebrina dirección de la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia (la UNICEF), definió irónicamente la libertad de los suizos como una situación ideal en la cual todo está prohibido y lo que no está prohibido es obligatorio.

Suiza era entonces refugio y usina, respectivamente, para exiliados y desempleados españoles, italianos y portugueses. Friburgo, por su parte, ciudad universitaria internacional especialmente para jóvenes católicos provenientes de lo que Sauvy casi acababa de definir como «tercer mundo». Africanos, asiáticos y latinoamericanos poblábamos aulas y cafés. No era difícil encontrar ocupaciones de medio tiempo para completar las magras becas o sencillamente para comer, habitar y estudiar. Los extranjeros tal vez no éramos muy estimados, pero ningún aborigen nos manifestaba desprecio ni abrigaba sentimientos xenófobos o temores a una invasión nuestra. Quizá fueron los últimos años de ese ambiente que mucho tenía que ver con la cultura de la guerra fría en un país formalmente neutral pero claramente alineado con lo que entonces se llamaba Occidente.

Los mexicanos teníamos una cita semanal insalvable: la misa dominical organizada por los Misioneros del Espíritu Santo. Creyentes y no creyentes, pecadores y batalladores acudíamos a hablar, escuchar y cantar en castellano. En aquella casa se armaban los equipos de futbol y basquetbol que luego, bajo el genérico «Iberoamérica», competían en los campeonatos universitarios. También de allí salían las iniciativas culturales: conferencias, revista, festejo del 12 de diciembre. El numen protector era don Ramón Sugranyes de Franch, maestro de literatura, catalán legendario por sabio, católico y antifranquista. El veterano de la tropa juvenil era un potosino, Manuel Zamanillo, que hizo una tesis en filosofía sobre el pensamiento náhuatl. Manolo estaba casado con una suiza de Zurich y cubría los turnos de noche y madrugada en la Radio Suiza Internacional -onda corta, programa en lengua española- con sede en Berna. Era un privilegiado: su trabajo era duro pero estable, le permitía cumplir sus deberes escolares con algo de razonable sacrificio y lo dotaba de ingresos no muy altos, pero fijos, seguro médico, vacaciones pagadas y relaciones.

Cuando Manolo terminó cuanto trámite tuvo que hacer para titularse, los aspirantes a herederos de su trabajo se hicieron legión. Yo ni siquiera lo molesté, pues me sabía recién llegado y amigo nuevo. Pero él sabía que yo venía del periodismo, que enviaba textos a México, que me ganaba unos francos ayudando a editar la revista Convergence del Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos -conocido como Pax Romana, con sede mundial en Friburgo-, que estaba casado y que mis becantes acababan de avisarme que la caída del dólar derivada de la crisis petrolera había evaporado los recursos. Asimismo, no ignoraba que mi familia carecía de medios para mantenerme en el extranjero -vamos, ni en la patria- y me había visto y oído cantar en algunos eventos, trabajar en la limpieza de albergues y hasta descargar algunos camiones para hacerme de fondos. Así que me propuso ser su sucesor. Acepté agradecido y temeroso .

Mi benefactor me llevó a Berna -é pagó mi boleto de tren- y me presentó a Patricio Bañados, un chileno que era el jefe del servicio en lengua española de la radio, y éste puso a prueba mis aptitudes de traductor y redactor de noticias, así como mis habilidades frente al micrófono. Comencé a trabajar de inmediato. Había jornadas horribles: la tarea concluía a las tres de la mañana y no se me permitía dormir el resto de la noche en la oficina; tenía que irme a la estación del tren a esperar la primera corrida a Friburgo, que arrancaba a las seis. Siempre existió el riesgo de dormirse en la banca y perder el viaje. En invierno, esto significaba pasar virtualmente a la intemperie más de dos horas a veinte o menos grados bajo cero. Era preciso llegar a la primera clase de la mañana que comenzaba a las siete. Helvéticamente, el trayecto duraba exactamente 29 minutos. Ni uno más ni uno menos. Se ha dicho que Suiza no es un país, sino una empresa de lucha libre. Se puede dudar que lo sea, pero no de que es un reloj.

La casa de las ondas cortas era un universo arrobador. Limpieza, puntualidad, trabajo bien hecho, recursos para hacer las cosas como es debido. Se transmitía en francés, alemán, italiano y romanche (lenguas de los suizos), así como en inglés, francés, castellano, portugués, árabe y esperanto. Una sesión matutina, en inglés, daba la pauta y el menú para el día, en lo que sería común a todas las emisiones. Luego, cada servicio añadía lo que sus responsables pensaban de interés para el auditorio específico. Los programas se grababan y «enlataban», excepto las noticias. Para ellas estábamos los que hacíamos las guardias a horas inusitadas allá, pero adecuadas para el otro lado del Atlántico. El equipo hispanoparlante lo constituíamos Patricio el chileno; un español en vías de jubilación de apellido Brusoto; Juan Carlos Moreno -español‑norafricano‑argentino, casado con mexicana de Chihuahua-; María Dolores Antón, catalana sin regionalismo exacerbado; Mirta Lerman argentina; el señor Pérez, colombiano exseminarista y recitador de interminables poemas religiosos; Juanita Guinzburg, judeo‑argentina especialista en música clásica; Jaime Ortega, colombiano de memoria y pasiones marxistas, talento, fervor y garra periodísticos fuera de medida, corazón grande como una galaxia, irrefrenable cinéfilo y competentísimo cronista del séptimo arte, de quien no dudo en declararme hermano, y el novato mexicano que estudiaba filosofía en Friburgo.

Este y los otros ocho microcosmos lingüísticos giraban en torno de un suizo fuera de serie. Se llamaba Joel Curchod, falleció hace poco más de cuatro meses y dirigía la orquesta periodístico‑radiofónica con aguda inteligencia, abierta serenidad, magnanimidad afable y amplitud de miras poco comunes. Protestante sin jacobinismo, afortunado y comprometido con el dolor del mundo, inclemente con los defectos de su propio país, incapaz de mezquindades al grado de soportar sin amargura la pequeñez envidiosa y egoísta de los compatriotas que rondaban su cargo como escualos, leal con sus colaboradores, exigente en veracidad, objetividad y equilibrio, era una cátedra diaria de humanidad, en un aula poblada con demasiada frecuencia y en número a veces excesivo de híbridos de mercenario y perro san Bernardo. Periodista nato, doctor en hechos, dueño de una cultura y una información vastas y cotidianamente crecientes, Curchod amó a su país como sólo pueden amarlo quienes son capaces de poner todo su esfuerzo y su talento en mejorarlo.

No fue el único suizo de elevadas miras y caridad eficiente que conocí. Para mi buena suerte, puedo -algún día lo haré- hablar y escribir de otros también magníficos. Pero si sólo a Joel  Curchod hubiese conocido, me habría bastado para tener mucho que agradecer a ese país. Le debía estas líneas desde el día que Jaime Ortega me localizó en Bruselas para decirme, por teléfono, con la voz asfixiada, «murió el viejo». Era la noche del 25 de septiembre del año recién pasado. Lo habíamos visitado -consta en «Tengo el Caribe en los Alpes»- en su retiro adolorido pero optimista y lúcido, en diciembre de 1994. No sabíamos que iba a ser la última reunión de los tres. La verdad es que ahora estamos seguros de que no lo fue. Nos volveremos a ver frente a otros montes mucho más altos y a la orilla de un lago infinitamente más transparente.

Los cuadernos mexicanos de Henri Cartier‑Bresson

Carlos Fuentes. Escritor. Entre sus libros más recientes, Diana, La cazadora solitaria, Nuevo Tiempo Mexicano y La frontera de cristal.

Las heridas de México se asoman por todas partes. Unas son muy antiguas y parecen haber cicatrizado. Otras, a pesar de su antigüedad, aún no se cierran. Las más recientes se confunden con las más viejas. Las más dolorosas son las que laten debajo de la piel del país, a punto de brotar y mezclar su sangre con las de las demás; México es una sola, larga herida, un muro tatuado de metralla, un nopal cortado a navajazos, un altar de lágrimas doradas.

Pero frente al muro, un hombre con un cigarro entre los dientes, el sombrero bien puesto, la camisa sin cuello, las manos encajadas en el cinturón, mira al pelotón de fusilamiento con una sonrisa de oreja a oreja. Chinguen a su madre.

Y en el corazón de la penca, lo que la navaja ha inscrito es otro corazón y dos nombres. El jugo del desierto baña la unión de los amantes. El agua es escasa, seco el país, duro como un puño cerrado. ¿Cómo vivir aquí, cómo sobrevivir? La respuesta está en el grafito de nopal. José quiere a Lupe.

Y en los altares de oro, los dioses que huyeron regresan disfrazados, la falda de serpientes de la diosa indígena se trueca en el manto azul de la virgen católica, las alas de la serpiente azteca se despliegan en el cielo barroco imaginado por Dios para dar cabida a todos los sueños y pesadillas de la humanidad. Sólo la figura yacente, sangrante, sacrificada, es la misma entonces y ahora. Alguien muere para que los demás vivan. No hay héroes vivos en México. Antes vivían los dioses. Ellos también han muerto, esta vez en la cruz.

El pueblo que vive todo esto también lo mira, se mira, peligrosamente, mira al mundo, su mundo. A veces el mundo es espectáculo y la gente cuelga como racimos desde los escenarios sagrados de un barroco inventado para satisfacer con su opulencia la carencia radical de los creyentes; arte de la abundancia, pueblo de la necesidad. A veces, el mundo se constituye por la mirada apresurada de un niño que corre por la calle, cronometrado por una relojería, rumbo a un destino que lo reclama aunque lo ignore. A veces, los amantes se salvan enlazando sus cuerpos para que sean las pieles las que se miren, se reconozcan, nos reconozcan.

La verdad hermosamente descrita por Jorge Semprún desde la memoria de la guerra y el holocausto se impone universalmente. El mundo y mi mirada se enfrentan, coexisten. Mejor: no existen el uno sin la otra. El mundo da consistencia a mi mirada. Mi mirada le da su luz al mundo.

Pero en México la mirada puede ser peligrosa. Hay miradas que matan. «¿Qué me miras?». Esta frase desafiante, dicha en la hora parda de la cantina, en la medianoche ojerosa y pintada del burdel, de carro a carro en la congestión deletérea del periférico, puede ser mortal, sobre todo si se le añaden insultos, «¿Qué me miras, pendejo, buey, culero, ojete?».

Miradas que matan. Héroes muertos. Dioses sacrificados. Muro de metralla, nopal acuchillado. ¿Cómo esconder la mirada para que no mate, no nos mate, y sin embargo nos permita seguir mirando? ¿Cómo salvar la mirada de la amenaza del otro, el verdugo, el explotador, el macho provocador, el policía corrupto, el funcionario corruptor?

La respuesta radical es la muerte. Tres fotografías de esta colección hacen referencia directa a la muerte mexicana, deseable porque los mexicanos no vamos a la muerte, regresamos a ella porque la muerte no es fin sino principio, origen de todo: descendemos de la muerte. La abrazamos en la fotografía de un muro de fusilamientos, la otorgamos temprana e inocentemente en una verdadera portaviandas de féretros infantiles, la vigilamos sentados sobre las tumbas con paciencia y pasión de lutos…

Ciudad de México, 1934

La excusa intermitente son los dioses. En los cuadernos de Henri Cartier‑Bresson, los dioses parecen nacer de la tierra y, una vez en ella, sus fauces sirven de refugio a los animales, a los perros sueltos y expuestos de las calles mexicanas que encuentran su nido en el hocico de un dios que les promete la continuidad de la naturaleza.

Puebla, 1934

La actitud más melancólica es dar la espalda. Siete fotos de esta colección, significativamente, le dan la espalda al que mira. La niña de espaldas en el umbral de una zapatería. Los fieles colgando de espaldas desde las rejas y esculturas de una fachada barroca. Los amantes abrazados, de espaldas, en un domingo de flores y trajineras en Xochimilco. La espalda de la traición: los charros dándose un abrazo antes de sacar las pistolas. Los agachados, los humillados, comiendo de espaldas bajo la lona de un merendero, vestidos de overol, dándolas. Y dos terribles fotos del país entero de espaldas. La espalda del campo yermo, la tierra baldía sin más árbol que una cruz caída. Y la espalda de la ciudad amortajada en polvo, miseria, polución.

¿Cómo resguardar la mirada salvadora de la persona y su mundo, cómo darle algo más que la muerte, la religión o la indiferencia, el miedo, el agacharse e irse de lado sin dar la cara?

La maravillosa respuesta está en estos cuadernos mexicanos. Tienen dos fechas, 1934 y 1964. El artista no ha regresado nunca más a México, me dice Eric Hazan, su editor, porque teme que todo haya cambiado. Yo les aseguro: lo que vemos aquí no ha cambiado, porque Cartier‑Bresson no fotografió a México en 1934 y luego en 1964. Fotografió la eternidad mexicana, y la fotografió a partir del instante, que es la eternidad de una visión que se protege de la violencia. ¿Cómo? Aprendiendo a mirar sin ser vista, mirando sin perder la vista, mirando para constituir al mundo, con la esperanza de que un día, ese mundo externo, lleno de peligros, de violencia, de hambre, de injusticia, nos devuelva una mirada que ata y no mata, una mirada, como dice Semprún, que me constituya como yo constituyo al mundo.

La defensa es el sueño, entretanto.

Trece de las treinta fotografías de estos cuadernos son retratos del sueño. Una niña duerme sobre el hombro de su madre en un mercado. Un borracho duerme el sueño de la cruda observado por perros y marchantas. Un hombre duerme a campo abierto sobre una cama de piedra, el sombrero arrojado a un lado. Una pareja exhausta duerme cariñosamente unida; en sus cuerpos se distinguen las señas de un largo viaje. Rodeado de muñecas y retratos infantiles, un hombre duerme la siesta en la mecedora de un salón tropical. Otra maravillosa pareja: madre aún joven, hija bellísima, quinceañera, duermen apoyándose la una en la otra; es el retrato de un ensueño. Una mujer descarnada como una figura de El Greco lleva a su niño dormido dentro de un chal transparente, anticipo del sudario. Una niña juchiteca, detenida por las manos ensortijadas de su madre, mira al mundo con, otra vez, esa mirada de rêverie que Cartier‑Bresson, como nadie, descubre en la coreografía corpórea, salvadora, de los mexicanos. El fetichista sexual, rodeado de zapatos como en una película de Buñuel, con la bragueta abierta, Ias manos en puño y la mirada cercenada. Vive el sueño del orgasmo. Dos cuerpos entrelazados cierran los ojos para amarse mejor, más fantasiosa, más secretamente. El penitente religioso es conducido de rodillas al altar, la cabeza enmascarada, remitido al siguiente sueño, el sueño de Dios. Y aunque el Cristo de plata, crucificado, cierra los ojos, las madonas de trece años no miran a Dios. Miran, finalmente, al mundo. Han abierto los ojos.

Juchitán, 1934

Una mujer dormida, liberada por el sueño, gloriosamente abandonada al abandono de su propio cuerpo, yacente bajo una mesa, reconstruye al mundo a partir del sueño. El fotógrafo es el partelo de estos sueños que atan, que constituyen, que viven, que crean un mundo posible y sólo mejor porque aportan la esperanza a partir del sueño, porque imaginan al mundo gracias al momento interno, soñado. Un mundo mejor, un mundo posible sólo porque la mirada del otro ha respetado la intimidad profunda, despojada, en la que el sueño es una forma de la desnudez y la desnudez una forma del sueño.

Hemos sorprendido, gracias al artista, al mundo y a la persona en el momento en que se constituyen, resucitan, dejan de darnos la espalda y renacen con vigor insólito. El emblema de este renacimiento es ese rostro rnexicano, rostro de hombre, moreno, sonriente, con los dos ojos más brillantes que jamás han asistido al nacimiento del mundo. Bajo el sombrero de paja. El cuerpo envuelto en la manta. Las manos fuertes, creadoras; una se hace, con vigor, un puño; la otra toca con ternura el propio rostro. Zapatistas en marcha, muchacha vendedora de refrescos, niño que corre vigilado por el tiempo, niña que entra a su casa cargando la fotografía antigua de la abuela: el mundo ha encontrado su mirada, la mirada ha encontrado al mundo, gracias al arte. Las heridas de México se cierran. La sangre deja de manar.

Santa Clara, 1934

Arte del instante, y a la vez, de la eternidad.

Esta aparente paradoja me recuerda una frase de Gaston Bachelard: «Para durar, es necesario confiarse a los ritmos, es decir, a sistemas de instantes». ¿Habría mejor definición del arte de la fotografía que ésta: un sistema de instantes?

Henri Cartier‑Bresson fotografió la eternidad mexicana a partir del instante mexicano, que es el único tiempo acordado, universalmente, a la cámara. El artista se detiene en la cresta de la ola de la duración con un instrumento del tamaño de su propia mano, en la mano.

Las heridas de México se cierran por un momento para que el mundo se constituya bajo la mirada del artista. La pregunta de Bachelard es la nuestra: ¿Tendría el hombre un destino poético’? La respuesta se encuentra en esta suma de instantes descubiertos por la mariposa invisible que es el fotógrafo, a fin de apuntar, sin quererlo, un retrato de la eternidad -pues el tiempo, dijo Platón, no es sino la eternidad que se mueve. Restituir, a la vez, el movimiento del instante y la inmovilidad de lo eterno, podría ser la manera de figurar un destino poético.

Una boda lesbiana en California : Las novias vestían de negro

Janet Chalmers. Ensayista. Vive en Nueva York. Ha publicado en nexos anteriores.

Mi cuñada Terri, que ha sido lesbiana casi toda su vida adulta, se casó el 7 de octubre de 1991, exactamente una semana antes de que un incendio arrasara las colinas y el campo donde se celebró la boda y matara a 13 personas, destruyera miles de hogares y dejara a centenares de perros y gatos domésticos errantes por parajes asolados y yermos.

Como es lógico, para entonces, Terri y la mujer con la que contrajo matrimonio estaban de luna de miel en Europa y yo de regreso en Nueva York. Y aunque estoy segura de que mi cuñada no tomó el incendio como un reproche personal, para algunos de los que vivimos en el Este fue, lo mismo que su boda unisexual, exactamente lo que esperábamos de California, un lugar de intensidad blíblica -incendios cada temporada, inundaciones fulgurantes, temblores de tierra violentos, comida exótica y religiones extrañas-, tan hermoso, tan cerca del paraíso, que tanto para el hombre como para la naturaleza es una tentación a cometer peligrosos excesos.

En otra época, Dave y yo pensamos que el lesbianismo era sólo una fase pasajera de la vida de Terri. Aceptamos su identidad lesbiana lo mismo que su insistencia en ser vegetariana, como una verdad momentánea que era necesario respetar.

Hace unos cinco años yo estaba realizando una serie de ensayos fotográficos sobre mujeres que conocía. Cuando estuve en California para tomarle unas fotos, Terri me habló del mundo gay y lesbiano en que vivía. Me contó del banco dirigido por hombres gay, en el que ella había abierto una cuenta, y de las lesbianas lipstick y bykes dykes. También me habló de Jeff. «Hace unos meses, me empezaron a atraer sexualmente los hombres». Terri había vivido años con una mujer que se llamaba a sí misma Méchante. La semana antes de que yo llegara, Terri le pidió a Méchante que se fuera de la casa.

Como alguien en dieta comiendo a hurtadillas una barra de chocolate, Terri pensó que podía mantener en secreto la relación, pero Méchante se lo dijo a todo el mundo. «Cuando mis amigas lesbianas se enteraron, me llamaron traidora», dijo Terri. «Fue más difícil enfrentar sus reacciones que decirle a mi familia que era homosexual».

Les tomé fotos a todos. A Terri trabajando en las máquinas Nautilus en la YWCA local. A Méchante, que había decidido que aunque hubiera terminado la relación amorosa la amistad continuaría. A Jeff, alto y sin sonreír, que siempre movía su cuerpo larguirucho y flaco justo lo suficiente para que no pudiera fotografiarle el rostro.

Las lesbianas de la familia

Es imposible hablar de las relaciones de Terri con mujeres sin mencionar a las otras lesbianas en la familia de mi mando. Dave, el único hijo hombre. tiene tres hermanas. Terri es la más joven, la única hija del segundo matrimonio del padre, más próxima en edad a nuestros hijo e hija que a nosotros. Las otras dos hermanas son del primer matrimonio. Peggy Ann, una mujer menuda y alegre, tiene más de cincuenta años. Hace 18 años que vive con otra mujer, Kathy, y se ha convertido en algo así como una gurú lesbiana para las otras mujeres gay de la familia. Por otra parte, Joan, la mayor de las tres, cuyo marido la abandonó por otra mujer después de 15 años de matrimonio, niega todas sus tendencias al lesbianismo, aunque durante casi todo un año permitió que la cortejara una lesbiana rica en sus cuarentas que le enviaba flores, se la llevaba en su Mercedes Benz a pasar fines de semana románticos y le compraba regalos caros a ella y a sus hijos. Según Joan, se trataba sólo de un experimento.

Como es de suponer, todos se preguntan por qué tantas mujeres de la familia tienen esta inclinación a emparejarse con otras mujeres. ¿Prueba esto que el lesbianismo está genéticamente determinado o se trata sólo de un modo de vida alternativo difundido por ejemplo o indoctrinamiento? ¿Soy testigo de una decadencia o de la liberación de espíritus libres’?

Sé que hay personas que han desheredado a sus hijos gay y familias que no permiten que un miembro gay lleve a sus amantes a reuniones familiares. En nuestra familia nunca ha sucedido nada de esto, sino todo lo contrario. Ahora que dos de los miembros jóvenes de la familia se han proclamado mujeres que aman a mujeres me doy cuenta de que, salvo mi suegra de 91 años que está amarrada a una silla de ruedas en un asilo desde hace cinco, yo soy una de las pocas mujeres heterosexuales que quedan en la familia. De repente, me tratan como si yo fuera la intrusa. La cuestión ya no es tanto si las toleraré, sino si ellas me tolerarán.

Presentacion en sociedad

Cuando me casé con Dave, Terri todavía era una niña, Joan y Peggy Ann tenían maridos e hijos. En Navidad, la madre de Dave aparecía como una visión en la estación de tren, con porte femenino, envuelta en un amplio abrigo beige con cuello de pieles, el pelo canoso teñido de rubio trigueño, sin pensar que acabaría sus días sin dientes y anciana, amarrada a una silla en un asilo. Ni una lesbiana a la vista.

Después Peggy Ann se divorció. Ella y su amante, Kathy, se pusieron a vivir juntas. Al principio mantenían cuartos separados, pretendiendo que se habían aliado sólo para hacerse compañía y por razones económicas. Pero había pequeñas señales de su devoción mutua: en los restaurantes compartían los postres y comían del mismo plato, y solían llevar camisas que hacían juego, como gemelas o amigas adolescentes unidas en una sola identidad.

En aquellos tiempos, ninguno de nosotros sabíamos de Terri porque el padre de Dave aceptó una cátedra de invitado en una universidad de la India. Nos visitaban una vez al año. Nuestros hijos jugaban con Terri mientras Dave platicaba con su padre en el estudio y yo me quedaba en la sala de estar escuchando a su madrastra, Estelle, presumiendo de los logros académicos de Terri, de la enfermedad de Terri y de los viajes de Terri. Soltera hasta los 35 años, pensábamos aún en Estelle como en una solterona, como si fuera una enfermedad crónica que el matrimonio en realidad no podía curar. Y su conversación obsesiva sobre esa niña que había engendrado mucho después de que alguien lo creyera posible sólo se agregaba a esta incómoda distancia que sentíamos de ella.

Cuando iba a ingresar a la escuela secundaria, los padres de Terri regresaron a Estados Unidos y la metieron en un internado. Recuerdo su graduación y la imagen de Terri diciendo adiós a sus amigos. Llevaba una blusa de olanes y una rosa roja en la mano. El cabello largo y rubio le brillaba al sol. Había ganado un premio escolar. Cómo predecir que dos años después, Terri se cortaría sus largos rizos dorados, abandonaría el college y se trasladaría a una cooperativa de vivienda lesbiana.

Cuando tenía 18 años vino a nuestra casa con una muchacha negra llamada Judy que era su amante. Terri trabajaba en una librería, pero soñaba con ser carpintera. Entonces, un día especialmente frío de enero, su padre de 75 años llegó en coche a la casa, se sacó las botas de nieve, anunció que no se sentía bien y cayó al suelo. Terri había sido su favorita, la niña de su vejez. Nunca puso peros a que Terri fuera lesbiana, pero le dijo que tenía que definirse por una profesión y no por sus relaciones personales. Después de la muerte de su padre, Terri terminó el college y después se trasladó a California e ingresó en la facultad de Derecho.

El romance con un compañero de clase en la facultad, Jeff, duró menos de un año. Volví a saber de ella a través de una carta en la que me contaba que había conocido a una mujer maravillosa llamada Nina, que era socia en la empresa de abogados donde trabajaba. Terri tenía 30 años cuando Nina y ella decidieron vivir juntas.

Durante un tiempo mantuvieron números de teléfono aparte, pero la gente de la oficina lo sabía perfectamente. La comunidad gay de San Francisco tiene un cierto grado de influencia política. Algunas compañías empezaban a reconocer la importancia de incluir a gays en sus nóminas. Nina, con más antigüedad en el trabajo, pronto pudo llevar a Terri como a su esposa en funciones sociales de ejecutiva.

Dave y yo, irremediablemente heterosexuales, nos perdimos al barajar las cartas. Cuando Terri venía al Este, se encontraba con Peg y Kathy en bares de lesbianas y en el último minuto nos llamaba por teléfono para decirnos que se daría tiempo para estar con nosotros la próxima vez. Nunca trajo a Nina a casa. La conocimos en la boda de nuestro sobrino Michael.

Michael se casaba con la hija de un banquero. Los planes de la boda duraron más de un año. Como Terri vivía tan lejos, supuse que no vendría, pero ahí estaba, acercándose a nosotros con una gran sonrisa en el rostro. Llevaba un vestido de seda azul que le colgaba de los hombros como si no tuviera que ver con ella, no más de lo que ella tenía que ver con él.

Llegamos unos minutos antes de la ceremonia. Un criado nos abrió de par en par la puerta del coche. Había sillas blancas en el pasto y flores con lazos blancos que aleteaban como banderitas en la brisa estival sobre la rústica barda de madera. Contra este telón de fondo tan idílico, de pie y en pequeños grupos estaban los cabos sueltos de nuestra familia: primeras esposas descartadas, segundas esposas nerviosas, medios hermanos y hermanas, maridos callados y amantes lesbianas. Cada quien tenía una determinada sonrisa pegada al rostro como una curita, cada quien trataba valerosamente de cubrir alguna heridita dolorosa.

En este tipo de asuntos familiares, yo suelo ser una Florence Nightingale para los heridos emocionales. Pero esta vez sucedían cosas que ni siquiera yo podía soportar. Me preocupaba qué pensaría la otra familia. Terri y Nina parecían estar en todas partes, se llamaban en voz alta una a la otra y se reían cuando no parecía haber nada de qué reírse.

¿Y Peggy Ann y Kathy, las dos que solían sentarse calladas al margen de los asuntos familiares? Estaba segura de que Peggy Ann coqueteaba con una joven mesera mientras la pareja nupcial brindaba, y más tarde, en la pista de baile, ambas movían sus anchas caderas, riéndose y retozando como colegialas. Peggy Ann llevaba un traje de hombre de lino a rayas y un corbatín. Kathy, pantalones de hombre de franela gris y un blazer azul marino. Era la primera vez que las veía bailar. Era la primera vez que las veía con ropa de hombre.

Las lesbianas a veces son precavidas y defensivas, y otras, exhibicionistas y beligerantes. He tratado de imaginar la cantidad de desaires personales, de observaciones directamente abusivas y actos de discriminación que han de enfrentar en el transcurso del día. ¿Cómo explicar de otro modo que sean tan precavidas con los extraños? ¿Qué  otra cosa les puede hacer sentir que si no eres una de ellas eres su amiga? Cuando ya nos íbamos a casa, un coche se detuvo junto al nuestro y tocó el claxon. Peggy Ann, la conductora, aceleró el motor y arrancó pasándonos de largo. En el asiento trasero, Terri y Nina sonreían y saludaban con la mano como soldados victoriosos de regreso a casa después de la batalla.

Invitacion a una boda lesbiana

Dos meses después, Terri llamó. «Tengo algo emocionante que decirte», me dijo. «Nina y yo nos vamos a casar. ¿Les parece bien a ti y Dave que sea en otoño para que puedan venir a la ceremonia?».

Traté de imaginarme a Terri y Nina caminando por el pasillo, ambas vestidas con enormes vestidos blancos, velos, guantes blancos, en la mano ramilletes idénticos de rosas blancas. Claro que no había forma legal de poder casarse con otra mujer. Pero aunque muchas iglesias y sinagogas todavía se niegan a realizar matrimonios del mismo sexo, en el sector de San Francisco donde vive Terri los gays tienen hasta representación política en el gobierno de la ciudad. Terri es miembro de una sinagoga gay, reivindicando su derecho de nacimiento como judía basado en los orígenes religiosos de su madre, aunque su padre era cristiano de nacimiento y ella no tuvo educación religiosa. Terri me había llevado a la sinagoga para el servicio del viernes por la tarde. Nos sentamos junto a dos hombres gay que tuvieron las manos entrelazadas durante todo el servicio.

«Espero que no te moleste», me dijo. Hay ciertas personas en la familia con las que no es así. ¿sabes?». Supe que se refería a su madre. «Tú y David fueron los únicos que creyeron en mí cuando quería ser carpintera.»

A mí las uniones sexuales del mismo sexo me parecen narcisistas, pueriles como escolares jugando a casitas y explorándose el cuerpo unas a otras. La unión de dos criaturas impasiblemente diferentes como hombre y mujer siempre ha sido una aventura riesgosa pero necesaria. ¿Cómo procrear hijos si no? La sociedad creó ese elaborado ritual llamado una boda para asegurar una unión de otro modo frágil. El dinero que se gasta en comida, Iistones y flores es como piedras metidas en una bolsa con gatitos no deseados. Sin mirar atrás. Echalos al lago. Ahógalos en dicha doméstica. Hoy en día, hasta las mujeres más liberadas se toman un momento en sus vidas para envolver sus ideales teministas en metros de satín y encaje.

No te preocupes», le dije, segura de que cuando se trata de la familia. Dave, que es una persona que vive y deja vivir hará lo que se espera de él. «Allí estaremos». En cuanto a mis propios sentimientos, yo deberás quería que Terri viviera el tipo de vida en que creía, pero en mi corazón esperaba un terremoto. revueltas, una muerte en la familia, cualquier cosa que me diera una excusa aceptable para no estar presente.

Dolares y sentido

Las invitaciones eran formales. Tradicionales en todos los aspectos, excepto que no se mencionaba a los padres, que los nombres de la pareja nupcial eran ambos de mujeres y que incluía una nota sugiriendo que, en vez de regalo de bodas, se podía hacer una donación a una organización llamada Open Hand que proporcionaba servicios, como entrega de comida a domicilio, a víctimas del sida.

¿Se nos pedía que participáramos de su alegría o sólo que la presenciáramos? Mientras sostenía el sobre de aspecto inocente en la mano, recordé cómo me sentí sentada junto a ella en la sinagoga gay y lesbiana, rodeada de parejas de un solo sexo que yo temía que en cualquier momento se podían volver hostiles y poco amistosas. Aquella noche Dave y yo hablamos. El viaje nos costaría más de mil dólares por el boleto de avión y cientos más por el alquiler del coche, el hotel y el regalo de bodas. Decidimos que sólo Dave podía ir.

Entonces, justo cuando pensaba que todo se había arreglado, el destino y American Express entraron en mi vida. En el correo llegó un sobre con las palabras vuela y lleva gratis contigo a un amigo escritas en la parte exterior. Se incluían boletos para acompañantes a cualquier ciudad de los Estados Unidos. Por el precio de un boleto de avión de Dave, yo podía ir gratis. La oferta incluía hasta una tarifa reducida para el alquiler de un coche un fin de semana. Sin discutir ni con el destino ni con American Express, saqué el pequeño sobre de respuesta que venía con la invitación de boda, escribí nuestros dos nombres en el tarjetón de aceptación y lo metí en el correo.

A los amigos les dijimos que la hermana de Dave se casaba con «un abogado». A mi amiga Sara le dije que era una boda lesbiana porque es judía y yo esperaba que pudiera explicarme cómo una organización religiosa puede autorizar una unión del mismo sexo.

«Una boda lesbiana», dijo indignada. «Es imposible. El matrimonio es cosa de hombres y mujeres. De familia». Estábamos en un restaurante. Su voz sonaba muy alta. Le recordé que era una boda judía. «Los rabinos son maestros», dijo. «No se pueden equivocar, ¿sabes?».

Llamaron otros miembros de la familia. Cada quien tenía una excusa para no ir: falta de dinero, falta de tiempo. Pero nadie quería ofender a Terri. Al final, todos dijeron que sí.

Anita Hill y las galletas heterosexuales

El viaje se vislumbraba amenazante como mi visita anual al dentista: ineludible e importante, pero el último lugar de la tierra donde quería estar. Me imaginaba a las amigas lesbianas de Terri y Nina sentadas alrededor contando chistes y haciendo comentarios sarcásticos sobre los otros invitados. Me imaginé la boda. Mujeres de mirada fría volteándose para mirar fijamente. Susurros. Insultos. Como si hubiera entrado en un bar de lesbianas acompañada de un hombre. Traté de convencerme de que mi paranoia era infundada. Ninguna de las amigas de Teni había sido sino amable y considerada conmigo. Hasta en la sinagoga fui tratada como una invitada, no como una intrusa.

Dave no quería escuchar nada sobre mi incomodidad. Estaba contento de tener la oportunidad de ver a su familia y de pasar el fin de semana en San Francisco. Se puso muy impaciente. ¿Iba yo a ir o no?

Su reacción no hizo más que intensificar mi sensación de aislamiento. Como las cinco etapas por las que pasan las personas cuando se les dice que tienen una enfermedad incurable y que enfrentan una muerte inevitable, yo pasé por depresión, rabia, negociación, negación, y estaba en la última fase: resignación.

Unas dos semanas antes de la boda, llamó mi hijo Mark. Mark vive en Connecticut y lleva un pequeño negocio de servicio de banquetes a domicilio. Terri le había llamado para decirle que habían decidido hacer la cena del día anterior a la boda en su casa. Peggy Ann y Kathy llegarían un día antes para hacer lasagna. ¿Estaba dispuesto a hacer una ensalada y a arreglar las cosas?

De momento, mis miedos sobre la boda parecieron desaparecer. Siempre acabo ayudando cuando la familia se reúne. Sin pensarlo, dije: «tal vez puedo hacer el postre».

A veces me siento tan separada de Terri como si hubiera hecho votos religiosos y entrado en un convento, pero cuando llamé a California y ofrecí hacer el postre no me preocupaba mucho cuánto costaría el postre ni cómo lo iba a llevar. La verdadera pregunta era si la lasagna la hacían manos lesbianas comprometidas y la ensalada un hombre simbólico que sabía cocinar, ¿estaría dispuesta esta pareja lesbiana a aceptar mis galletas francamente heterosexuales?

La frialdad en la voz de Terri fue la primera insinuación de que aunque había ganado la guerra y conseguido que todos fueran, no estaba disfrutando la victoria, pero no dejé que su reacción me desalentara.

Me programé para hacer las galletas como si se tratara del lanzamiento de un cohete espacial en Cabo Cañaveral. Llegaríamos a San Francisco hacia media tarde del sábado, justo a tiempo de registramos en el hotel, descansar un poco e irnos a la cena.

Iba a hacer tres clases de galletas. Noventa en total. El miércoles hice las compras. El jueves, desmenucé, tamicé, mezclé y después puse la masa en el refrigerador toda la noche. El viernes en la tarde, a menos de 24 horas de nuestra salida a San Francisco, empezó la cuenta regresiva. Estaba poniendo las nueces sobre las galletas cuando sonó el teléfono. Era Dave, que llamaba desde su oficina. Toda la semana habían transmitido en vivo las audiencias del comité senatorial para revisar los requisitos de un juez negro llamado Clarence Thomas, que había sido designado por el presidente Bush para un cargo en la Suprema Corte. Toda la semana la gente había hablado sobre el desatino de esa elección. Ahora, Dave dijo, había un testigo sorpresa. Una antigua colega de Thomas llamada Anita Hill, una mujer negra joven, lo acusaba de hostigamiento sexual. Metí la charola en el homo, cerré la puerta, prendí la luz del horno para poder ver las galletas a través del vidrio, puse el cronómetro en 10 minutos y corrí a la sala.

Si hubieran televisado los juicios de Juana de Arco no se hubieran tardado 500 años en canonizarla. Trabajé toda la tarde desenrollando la masa y moldeando las galletas. Después, cuando metí todas las charolas en el homo y puse el cronómetro, corrí a la sala. Una mujer negra, pequeña e intensa, sentada frente a catorce senadores blancos, respondiendo preguntas sobre los años en que pasó trabajando para un hombre que le solía hacer observaciones sobre su vida sexual. Su calma y autocontrol cuando la interrogaban me hipnotizaron. Obligada a repetir cada insinuación sexual, la acusada, no por equivocarse sino por decir la verdad cuando todos los demás en la sala estaban sólo calculando su propia victoria política, me llenó de una especie de fuerza y determinación que no había sentido hasta entonces.

En la cocina, tras la puerta de vidrio del horno, mis galletas se inflaban hasta convertirse en dulces y aromáticos bocados. En la sala, los rostros severos de los senadores hacían preguntas malvadas e insinuantes, tratando a Anita Hill como si fuera una criminal en vez de un testigo. Mostradas una y otra vez, como las famosas tomas de un solo encuadre del asesinato de Kennedy, estas imágenes -los ojos de Thomas rasgados por la rabia, su esposa, una mujer blanca y alta, de pie casi detrás de él, Anita, tranquila y serena, sus padres ancianos mirándola- se apoderaron de mi imaginación. Gracias a la televisión, la audiencia pública se convertía en una experiencia privada. A partir de aquel momento supe que ser una mujer que sobrevive significa ser un soldado. Ser una mujer que sobrevive significa ser decidida, lúcida y saber cuándo se tiene razón. De modo que si ella podía resistir esa humillación injustificada, yo también podía enfrentar a las hordas lesbianas.

Aquella tarde, cuando se enfriaron, metí las galletas en una bolsa plateada de picnic. Puse mi cámara, película y lentes extra en su estuche. Hice la maleta. El día antes de la batalla, hasta un soldado ducho está nervioso.

El viaje: La larga marcha al paraiso

El despertador sonó a las cinco. Diez minutos después, yo estaba aún en la cama. Veía que Dave se vestía. Quería decir que no, que no podía, cuestiones morales sobre la sexualidad lesbiana y el matrimonio de lesbianas de repente me eclipsaron y me llenaron de pánico. ¿Cómo iba a sobrevivir en un entorno tan hostil no unas cuantas horas sino dos días? Dave no dijo nada. Me levanté, me duché y me lavé los dientes.

Si Terri se casara con un muchacho, ¿me sentiría más alegre? Si su pareja, Nina, fuera una persona más cálida, ¿me sentiría más contenta en ese momento? Recordé que era un soldado. El truco consistía en pretender. Inventar un uniforme. Algo de moda. Una chaqueta de lana, medias negras, zapatos italianos. Reuní mi equipo. Película, el lente zoom, pilas nuevas para la cámara. A las seis atravesábamos calles oscuras y silenciosas en el coche. Compré un ejemplar de Mirabella en el puesto de revistas del aeropuerto, me instalé en mi asiento y me saturé de imágenes de juventud, belleza y seguridad a medida que el avión despegaba.

Cruzamos tres zonas horarias. Cada momento que pasaba, me decía que Anita Hill seguía sentada en esa sala de audiencias del Senado, dando testimonio. Seis horas después, la voz del piloto anunció por el altavoz: «Bienvenidos a San Francisco».

El avión de nuestro hijo Mark tenía programada la llegada media hora después del nuestro. Mark mide seis pies de altura, es ancho de hombros y fácil de ubicar en una multitud. Cargaba una enorme maleta que le golpeaba las rodillas. Dio una mirada de aprobación a mis largas piernas con medias negras: «¿Esta es mi madre?», preguntó riendo.

A veces, cuando uno se va acercando en coche, se ve la niebla asentada en el horizonte como un muro impenetrable, pero para el fin de semana especial de Terri, la ciudad se mostraba en todo su esplendor. Aunque no pude dejar de pensar en la frecuencia de los terremotos. en la insistencia del fuerte tirón de la gravedad. Mark no había estado en San Francisco. Pensé que le impresionarían las calles como montañas rusas, el extraño ángulo perpendicular de los edificios, pero estaba preocupado, concentrado en sus planes para la cena de la noche. «¿Trajiste el postre?», me preguntó. Dave estacionó el coche frente a la casa de Terri y puso el freno de emergencia para que no rodara por la calle que se precipitaba hacia la bahía.

La puerta de la casa alta y estrecha de Terri estaba al final de unas escaleras empinadas. Salió Nina, sonriente y saludando con la mano. Es una mujer pequeña y atractiva. Si la hubiera visto en una multitud, nunca se me hubiera ocurrido que era lesbiana, pero cuando me incliné hacia delante para darle un abrazo, sentí, como a veces siento con un hombre, una especie de tiesura, como si transgrediera las fronteras de mi bienvenida y fuera demasiado efusiva.

Nos quedamos sólo un momento. Terri y Mark conferenciaron sobre la cena y enfilamos hacia el supermercado a comprar víveres.

La cena anterior a la boda

Faltaban dos horas para la cena. Dejamos a Mark en el supermercado y nos dirigimos a la ciudad. Durante una hora fuimos por la ciudad en coche como turistas comunes. Contemplamos la bahía. Nos detuvimos a comprar helados. Nunca mencionamos la boda.

Después, a las cinco, empezamos el regreso. Vimos a Mark, una cabeza más alto que todos los demás, esperando delante del supermercado. Llevaba en brazos un enorme ramo de lirios anaranjados. A su lado, un carrito lleno de bolsas de comida. Sonrió cuando nos vio. Nada hace más feliz a Mark que preparar una fiesta. Siempre que se aprecie su trabajo, la convicción sexual de sus clientes le es indiferente.

El tráfico de la tarde camino al Castro estaba pesado. En todos los aspectos era como una calle común, salvo porque había hombres a ambos lados de la calle que caminaban, se llamaban y saludaban unos a otros, en grupos, platicando. Nos detuvimos en un semáforo. Mark, solo en el asiento de atrás, estaba callado. Después se oyó su voz, casi como si se estuviera hablando a sí mismo. «¿O sea que van de la mano así», dijo, «aquí en la calle?».

Dave ayudó a Mark a cargar las verduras por las estrechas escaleras hasta la puerta de la casa de Terri. Después regresamos al hotel. Cuando nos registrábamos, observé el rostro del empleado de la recepción y me pregunté cuántas de las personas beneficiadas con las tarifas especiales del hotel para grupos eran amigos y familia de una pareja gay o lesbiana. Nada en sus modales hacía pensar que el empleado se sintiera incómodo con nuestras reservaciones. Hasta donde yo sabía, en esta ciudad, que tiene su propio directorio de médicos, aboyados, dentistas y otros profesionales gay, también él podía serlo.

Teníamos como una hora para deshacer el equipaje y bañarnos. A las seis, Dave ya estaba vestido, pero yo aún no podía decidir qué ponerme. Estaba malhumorada. ¿Por qué tenía Dave tanta prisa? Prendió la televisión. «Sólo quiero ver cómo van las audiencias», dijo. Y ahí estaba. Anita Hill. Día dos. Todavía dando testimonio. Tranquila, serena. Todo lo que necesitaba era verla. Decidí ponerme una blusa roja. Cargué película en la cámara. Diez minutos después, estábamos en camino.

Cada vez que subíamos las escaleras de la casa de Terri parecían más empinadas. ¿Qué era lo que tanto temía’? ¿Las cosas no dichas? ¿La cortesía? Cuando lleyamos arriba. La puerta se abrió de par en par y Mechante, Ia antigua amante de Terri, nos saludó. «¡Janet!». dijo suavemente. No la había visto en años y había olvidado lo bien que me caía. Me dio un abrazo rápido. Detrás de ella, vi a la madre de Terri. Estelle, a las hermanas de Dave, Joan y Peggy Ann, y a otras personas que no reconocí. Todos nos llamaban. ‘Hola, Pasen». Como en una auténtica fiesta. Como si hubiéramos recorrido tres mil millas para cenar juntos. Terri salió de la cocina diciendo: «Esperen y verán el fabuloso trabajo que ha hecho su hijo».

Mark había transformado la habitación con canastillas y platones cargados de ensaladas, panes y quesos. Y a un lado, una pirámide enorme con mis galletas, Ias noventa completas, nítidamente ordenadas en una fuente grande y redonda. Peggy Ann salió con una humeante fuente de lasagna y la gente empezó a hacer cola para la comida. Mark puso una bebida en mi mano. Les dije que empezaran», dijo, pero nadie quiso empezar hasta que tú llegaras».

Llené mi plato y buscaba un lugar para comer cuando la madre de Terri. Estelle, nos vio. Ahora, a sus setentas avanzados, tenía que usar bastón para desplazarse por el cuarto. «Hola, ¿cómo estás?». Nos escudriñaba a través de unos gruesos anteojos y, tomando mi pregunta literalmente. empezó un largo y detallado relato de su salud. Miré alrededor. En la sala, Ia familia de Nina sentada en un amplio círculo, equilibrando los platos de comida sobre sus rodillas. Los Chandlers en la cocina, comiendo, hablando y riendo.

Me disculpé y me tui a sentar en una silla plegable cerca de la familia de Nina. Sonreí pero nadie me miró. Demasiado avergonzada para levantarme y salir de la habitación, fui hacinando cucharadas de lasagna en mi boca. Su conversación parecía tratar en exclusiva de un bebé que una mujer rolliza con un vestido floreado tenía en el regazo. En cuanto terminé de comer me tui a la cocina. Terri estaba llenando una gran olla con agua para caté. Le conté del bebé y de la mujer del vestido floreado. «Trataban de decidir a quién se parecía el bebé. Después ella dijo que Nina no se parecía a nadie de la familia». Terri se río, «Así es la madre de Nina», dijo.

«Trataban de decidir quién tendría el siguiente bebé en la familia».

«¿Y Ies dijiste que voy a ser yo?», preguntó. Acababa de leer un artículo en Newsweek que decía que en los Estados Unidos habían nacido 10,000 bebés de madres lesbianas. «¡Terri!». dije. «¿No estás embarazada, verdad?». Ella se río. «Estamos tratando…¡no es tan fácil!». Por qué no se lo había dicho a nadie, pregunté. «Cada cosa a su tiempo», dijo bajando el tono de voz para que los demás no la oyeran.

Nina llegó a la puerta con una galleta en la mano. Y todos empezaron a trasladarse a la otra habitación, pero aunque la gente había repetido, todavía quedaban muchas galletas en la charola. Nina vino a preguntarme si quería llevarme lo que sobrara. Miré alrededor. Quedaban todavía dos platos de lasagna, ensalada, un montón de rollitos. «¿No les sirven para otro día’?», pregunté.

«Nos vamos mañana a Europa», dijo, «de luna de miel». Bajé la vista para ocultar mi vergüenza. No se me había ocurrido que se fueran de luna de miel. Entonces Peggy Ann, junto a mí, dijo con su voz alta y animosa, «acabamos de llamar a un centro de mujeres golpeadas en la ciudad. Dicen que les encantarían las sobras. ¿Te importa?». Mujeres golpeadas comiendo mis galletas. Miré callada cuando pasó con una bandeja de comida apoyada en un hombro, seguida de Kathy, grande y obediente, abrazando una charola de galletas cerca del pecho.

La gente empezaba a irse. Nina y Terri se habían instalado juntas en el sofá. Terri me miró fijamente. Sentí que trataba de decirme, mira, ésta soy yo. Y la entendí. En realidad, era lo único que entendía. Ni la ceremonia ni la luna de miel, sino el hecho de que Terri pensara que había encontrado a alguien con quien compartir la vida.

La ceremonia de la boda

El día de la boda de Terri. Recuerdo que cruzamos en coche el Bay Bridge y seguimos subiendo por una carretera de montaña bastante tortuosa. En la carretera había letreros: «sólo tú puedes impedir un incendio forestal», y Dave decía, «debe ser la estación seca», pero yo estaba distraída. sin entender que una semana después las llamas arrasarían aquel cañón de luz.

El sol matutino todavía estaba bajo cuando entramos en el estacionamiento. Una fotógrafa, una mujer grande en pants color caqui, preparaba su equipo. La proveedora del banquete, otra amazona, colocaba vasos de vino en una larga mesa. Miré cuando tomaron la foto a la pareja nupcial. Nina muy derecha, como un soldado de juguete. Terri fomándola del brazo. Ninguna de las dos vestía de blanco. Llevaban trajes negros que hacían juego, con blusas blancas debajo. Terri, un chal de algodón fino en uno de los hombros. Nina, tacones altos. Florecitas blancas prendidas en la solapa. Ni colorete, ni pintalabios, ni sombra de ojos.

Habían colocado largas hileras de sillas plegables blancas. A un lado. cinco músicos, altos y elegantes, de smoking negro, tocaban música clásica. La gente llegaba. La fotógrafa tomaba fotos formales de la fiesta de bodas. Saqué mi cámara. Me sentí pequeña, como un mosquito, zumbando alrededor de esa gran mujer taciturna, tratando de que no me intimidaran sus numerosas cámaras, una con un lente tan largo que provocaba la comparación fálica.

La veía tomar fotos del rabino, de amigos, de Dave y sus dos hermanas. Entonces me di cuenta de que la madre de Terri y los padres de Nina, que estaban sentados no muy lejos, no habían sido incluidos. Busqué a Terri. Recuerdo la mirada fría que me lanzó cuando me acercaba a ella. En aquel momento, casi parecía esperar vagamente que alguien se precipitara y tratara de impedir la boda. Cuando se dio cuenta de lo que decía se río. «O.K.», dijo, como si fuera una omisión trivial. «Después».

Eran casi las once cuando la música marcó el inicio de la procesión. Miré a los invitados sentados. Si los padres estaban disgustados no daban muestras de ello. No había nadie que condujera a los invitados a sus asientos para que no hubiera agrupamientos tribales ni segregación heterosexual. Estaban todos agrupados tan al azar que era difícil decir quiénes eran las lesbianas y quiénes los parientes y las mujeres que trabajaban en la oficina. Como si hubiera un acuerdo, las mujeres llevaban faldas o vestidos. Ni corbatas relucientes, ni trajes de hombre, ni cortes de pelo varoniles. Y había un número suficiente de hombres diseminados entre ellas para darle el aspecto de una reunión normal. Sólo porque yo tomaba fotos y me podía mover con libertad de un lado a otro, pude observar alguna caricia ocasional, alguna mirada cariñosa circulando entre algunas mujeres. Sólo porque buscaba un lugar con sombra para estar, encontré a dos mujeres en un rincón, en el que se suponía que no iba a haber nadie, enlazadas en un fuerte abrazo.

Kathy y Peggy Ann. con dos hombres jóvenes que después supe que eran el hermano de Nina y un amigo del college, encabezaban !a procesión y portaban los cuatro postes del palio por encima de sus cabezas. Después entró el rabino, con su chal sagrado de seda blanca en los hombros, y el pequeño bonete llamado yalmaka, sujeto en la parte de atrás de la cabeza. Terri venía por el pasillo del brazo de Méchante, su amiga más cercana y examante. seguida de Nina, escoltada por otra mujer joven.

Con la cámara todavía tambaleante alrededor del cuello, encontré un lugar en la parte de atrás con un poco de sombra. Después hubo silencio. Los músicos, como cinco pájaros negros y elegantes que buscaran refugio, llegaron donde yo estaba entre los arbustos.

Todos sentados, callados y educados, cautivos en el resplandor y el calor del sol. Nadie se movía impaciente en el asiento. Nadie se abanicaba ni miraba a otra parte. Las piernas cruzadas. Atentos. Todos en sus mejores trajes y vestidos. Como si nos hubiera traído el servicio de banquetes junto con las sillas y los vasos de vino. El rabino, Nina y Terri eran tres figuras lejanas en el pequeño cuadrado de sombra bajo el palio. Tenía que hacer un esfuerzo para oír lo que decían.

«Este es un momento mágico», dijo el rabino. Nadie se movió. Kathy y Peggy Ann, impasibles como dos columnas jónicas sosteniendo los postes del palio. Uno por uno, fueron avanzando amigos especiales. Para cantar una canción, recitar un poema.

Mediodía. El sol estaba muy por encima de la copa de los árboles y sobre nosotros caía todo el peso de su calor. «Esta es la persona con la que quiero pasar mi vida. Esta es mi amada, mi amiga». Se tomaron las manos, se sonrieron, turbadas pero complacidas consigo mismas, como dos niñas contándose secretos en el patio de la escuela. La tradicional botella de vino y dos vasos, sobre una mesita a un lado, resplandecían a la luz del sol. El rabino les ofreció unos sorbos. Se intercambiaron los anillos. Se leyó un poema de la poetisa lesbiana Adrianne Rich. Después, dos mujeres y un hombre pasaron al frente y cantaron. «Puedes ser quien quieras ser… Algunas mujeres aman a mujeres, algunos hombres aman a hombres… da a tus amigos lo mejor de ti. Es tu amor lo que dejas tras de ti cuando partes».

Tal vez fue el calor. Yo tenía la misma sensación de pasmo que solía sentir hace años en las reuniones familiares cuando los niños interrumpían nuestra conversación de adultos para reunirnos con una invitación, razones, engatusamientos y sobornos, y nos llevaban a ver un espectáculo que habían preparado, obligándonos a sentarnos, a admirarlos y a aplaudirlos.

En la boda de mi sobrino hacía un año me había sentido como una intrusa, como si hubiera estropeado una fiesta privada exclusiva. Ahora, arriba de la montaña y en medio del bosque, me sentía como prisionera. Miré hacia el lugar donde estaba sentada la madre de Terri. ¿Qué lugar ocupa la homosexualidad en la jerarquía del dolor de los padres? ¿Se puede comparar con tener un hijo con una enfermedad crónica’? ¿O con casarse fuera de la fe?

Debió haber un beso al final. ¿Cómo me lo perdí? Yo estaba esperando que rompieran el vaso como se hace al final de todas las bodas judías. Envuelto en una tela y sobre el suelo, el novio lo pisa hasta que lo hace pedazos. El vaso que ahora, en una demostración de igualdad femenina, Terri y Nina estamparon gozosamente juntas.

Algunos opinan que el humor grave de la boda se debió al calor. Hasta en el interior el aire estaba pesado e inmóvil. En las ventanas abiertas brillaban rectángulos de luz blanca y caliente. Peggy Ann sacó una pequeña cámara. El salón estaba tenuemente iluminado y replandecía como una luciérnaga gigantesca en la oscuridad a nuestro alrededor.

Hubo un brindis de champagne. Se puso un buftet en medio con bandejas de comida. Una banda de baile tocó una tonada romántica.

Nina y Terri llegaron juntas a la pista de baile y se tomaron una a la otra en un abrazo para su primer baile. Familia y amigos se levantaron para mirar. Sus rostros ruborizados por la alegría. Al rato, otra pareja se unió a ellas. Y otra. En la pista de baile todas eran mujeres.

La cena china

A las 4:30 todos estaban en el estacionamiento. Como nos quedaban cinco horas antes de partir al aeropuerto y no teníamos ningún otro lugar a dónde ir, regresamos a la habitación de Joan en el hotel. Todos parecían muy festivos. Mark corrió a comprar refrescos y bocadillos. Teníamos órdenes estrictas de Terri de no discutir sobre Anita Hill delante de los Kesslers. Empezó una animada discusión.

A las seis formamos una caravana con todos los coches y emprendimos el camino a Chinatown. El restaurante estaba en una calle oscura y desierta. Nos sentamos en un palco en torno a una mesa larga. Estelle, que había vivido tanto tiempo en Sudasia, nos ayudó a pedir los platos. Me parece recordar que en algún momento cantamos canciones infantiles de jardín de niños. Después, como a Cenicienta en el baile. el reloj dijo que la velada había llegado a su fin. Teníamos que regresar al hotel y recoger el equipaje, conducir al aeropuerto, devolver el coche de alquiler. Todos habíamos reservado en un avión diferente. Ibamos en direcciones diferentes.

La calle oscura recordaba a algunas películas viejas de guaridas chinas de opio a fines del siglo pasado. Nos dirigíamos a los coches cuando oí una voz y me di cuenta de que Estelle estaba junto a mí. «Terri ya lo había hecho antes, sabes», me dijo. «Quedarse con una mujer y después cambiar de opinión. Decir que era lesbiana, y después terminar con un hombre. Y la boda», agregó, «en realidad no es legal, ¿sabes?». ¿Qué se hace cuando hay una guerra, eres soldado y de tu lado están todos los que no deben de estar?

Consecuencias

En julio de este año, Terri dio a luz a una niña. Una niña que tiene dos madres, una abuela que se llama Estelle, tres tías, un tío y media docena de primos. Siempre que he llamado a Terri parece agotada. Ha tenido problemas con la crianza de pecho. A Nina no le gusta levantarse en la noche cuando la bebé llora.

Legalmente, la bebé pertenece sólo a Terri porque es la madre biológica, pero dentro de un año, Nina podrá adoptarla. Terri dice que Estelle ha llenado de regalos a la bebé. La madre de Nina voló a California para ayudarles durante una semana. El padre de la bebé fue a visitarla y marchó con ella en el desfile anual de derechos gay.

Cuando a principios de año Terri nos dijo que estaba embarazada y yo le pregunté quién era el padre, la pregunta le sorprendió. ¿No lo había conocido en la boda? Era un amigo de Nina del college. Solían citarse, pretendiendo ser novios para que nadie sospechara que ambos eran gay. Según Terri, hay leyes de protección que rigen todos los casos de inseminación artificial. El padre biológico no tiene obligaciones ni derechos legales, pero ellas esperan que sea amigo de la niñita.

Verdades

Los primeros homosexuales que «salieron del clóset» eran artistas, actores, diseñadores de modas, gente no convencional en el modo de vestir, de trabajar y de vivir. Lo que ha sido más difícil es entender a los nuevos gays conservadores: maestros, abogados, médicos, dentistas y soldados que están dispuestos a admitir lo inusual de su vida amorosa, pero no quieren ser diferentes en nada más. Son los gays que, como Nina y Terri, quieren casarse, comprar una casa, tener hijos, trabajar codo a codo con heterosexuales, y llegar a dirigentes en la iglesia y en la comunidad sin líneas de separación legal ni social.

¿Nos están pidiendo los gays que creamos que hay cuatro sexos? ¿Qué pasa con los bisexuales? ¿Con ellos suman seis los sexos? ¿Y qué pasa con las personas que se operan para cambiar de sexo? ¿Ocho sexos? ¿Y si contamos hombres y mujeres que no tienen ningún sentimiento sexual? ¿Hemos llegado a los diez sexos?

¿O ser gay es una postura política? Simplemente otro modo más de decir éste soy yo, como ser vegetariano, o cristiano renacido, una coraza, que define, protege y aparta de todos los demás.

He conocido a gente educada que está convencida de que las mujeres gay son mujeres que odian a los hombres o no son lo bastante bellas para tener encuentros con hombres. La explosión de sexualidad franca y promiscua entre los hombres gay en los sesentas y setentas, antes de la llegada del sida, convenció a muchos otros heterosexuales del carácter básicamente pecaminoso de la sexualidad gay, aunque este fenómeno era representativo de sólo una pequeña minoría de gays, y lo mismo es cierto de algunos grupos de heterosexuales que compran sexo de hombres y mujeres prostituidos, intercambian parejas, van a salones de sexo y coleccionan revistas pomográficas.

Mi amiga Sara se niega a creer que haya una base biológica para el comportamiento homosexual. Ella cree que se trata de personas sexualmente condescendientes a las que no hay que fomentar sus aficiones. Ella cree que son una amenaza a la vida familiar normal. Ella cree que los homosexuales se la pasan convirtiendo a nuevos miembros y que hay que proteger a los jóvenes de su peligrosa influencia.

La verdad es que Terri y Nina querían comprometerse solemnemente en el contexto más hermoso que pudieran encontrar. Querían expresar, en sus propias palabras, el amor que sentían una por la otra. Querían compartir el momento con sus familias y amigos. Lo cierto es que algún día su niñita sacará el álbum de fotos de su boda y me enseñará las de las dos madres estrechándose las manos bajo el palio, de su padre sosteniendo uno de los postes con dos de sus tías, de sus abuelos de pie al borde de un precioso patio. Probablemente no le diré que yo no quería estar allí. Probablemente no le diré que, después de insistir en que fuéramos, Terri no nos hizo sentir muy bien recibidos. Lo que diré será: «Sí, recuerdo. Fue un día muy especial para nuestra familia». Porque para entonces, lo que importará es lo que le digamos a ella.

Una crónica de los nuevos hechos de sociales, una manera de ser políticamente correcto, pero sobre todo el registro de una realidad que a pesar de los temblores postreros del conservador se sobrepone al tabú y al rechazo diario y sistemático. O de la elaboración de nuevas maneras de convivencia.

Una reforma política sin proyecto

Luis Rubio. Economista. Director del CIDAC.

Nadie puede dudar que el país experimenta una revolución política. Las viejas estructuras del sistema se erosionan, la naturaleza del actuar presidencial cambia de raíz y los partidos, la prensa y la sociedad en general actúan, se manifiestan y se pronuncian con fuerza y con una determinación previamente desconocidas. Parte de esta revolución es resultado de acciones concretas por parte del gobierno y del presidente Zedillo, parte es consecuencia de lo que la sociedad percibe como vacío político por el cambio en la forma de actuar del Ejecutivo y pare es resultado de la cambiante realidad política nacional. Para bien o para mal, el país se está transformando en forma inexorable. Lo que no es obvio es que estos cambios necesariamente vayan a llevarnos a buen puerto.

El sistema político mexicano postrevolucionario, que ahora está feneciendo, fue resultado de una cuidadosa arquitectura. Desde la segunda asamblea constituyente hasta la conformación del partido gubernamental (desde Calles hasta Cárdenas), el sistema político fue una creación cuidadosamente articulada que buscaba responder a una compleja realidad nacional y a las peculiaridades de la idiosincrasia de la política y los políticos mexicanos. Dentro de esta arquitectura, dentro de este diseño a la medida, la presidencia se convirtió en la pieza fundamental de la estabilidad y el equilibrio político. Como demuestra Arnaldo Córdova en su más reciente libro, la presidencia se forjó como un mecanismo orientado a disciplinar y unificar a los líderes revolucionarios, a evitar los extremismos y a construir mecanismos institucionales para dirimir conflictos donde el factor medular del proceso era el propio presidente. Es decir, la presidencia se convirtió en el centro -con frecuencia hiperactivo- del sistema político, como medio para la institucionalización política.

Con el correr del tiempo, la sociedad creció y se desarrolló fuera de los marcos priístas. La pretensión de abarcar todo el espectro político dentro del Partido Nacional Revolucionario y, sobre todo, de su sucesor cardenista, el Partido de la Revolución Mexicana, fue perdiendo realidad y viabilidad en la medida en que el proyecto de estabilidad e institucionalización política fue teniendo éxito. Los mexicanos que crecieron al amparo de la estabilidad postcallista y cardenista lo hicieron, cada vez más, al margen del partido. Décadas después, el segmento de la sociedad que no estaba en el PRI o que no era susceptible de incorporación a las estructuras del PRI era, seguramente, mayor al que estaba ahí dentro. La política mexicana se fue partiendo en dos grandes secciones, cada una pretendiendo que la otra no existía: la política priísta y la política partidista o, quizá más propiamente, la política no-priísta.

Desde 1968 es cada vez más plausible el crecimiento de una sociedad civil participativa, activa y demandante. Los partidos de oposición lograron forjar una presencia y una representación cada vez más significativa en los más diversos rincones del país. Por veinticinco años, sin embargo, sucesivos gobiernos básicamente ignoraron esa realidad, concentrándose en la política priísta. Evidentemente respondían a los retos del momento -a veces con tino y visión, otras con rencor y autoritarismo-, pero nunca hubo el más mínimo intento de fusionar los dos mundos de la política o de legitimizar (a diferencia de legalizar) la política no priísta. El extremo de ese limitado esquema lo vivimos desde el último informe de gobierno de Miguel de la Madrid hasta el último de Salinas, donde era físicamente plausible -y risible- el absurdo de ignorar y negar la realidad de la existencia de mexicanos no priístas en el país y, específicamente, en la Cámara de Diputados.

Ernesto Zedillo llegó a la presidencia con un objetivo político transparente aun antes de asumirla: reconocer la nueva realidad política y construir los consensos que fuesen necesarios para garantizar la estabilidad. En impactante contraste con el último informe de su predecesor, leído tan sólo un mes antes en el mismo recinto, la diferencia era franca y notable. Zedillo había forjado al menos suficientes entendidos, particularmente con el PRD, sobre el futuro político, como para lograr una ceremonia inaugural impoluta y ejemplar. Los meses posteriores han evidenciado, en el ámbito político, un cambio drástico en la concepción de la función presidencial y de las facultades que ésta tiene. Ciñéndose a la letra de la ley, el presidente abandonó no sólo los instrumentos callistas de control político, sino también el activismo que por tradición había caracterizado a sus predecesores. Tanto el propósito como la naturaleza de la presidencia han experimentado una revolución.

Con trabajo y no pocas dificultades, el gobierno ha llevado al diálogo a los partidos de oposición y ha logrado consenso sobre una serie de principios fundamentales para la interacción pacífica entre las fuerzas políticas. En franco contraste con sus predecesores, no sólo ha reconocido la existencia de una sociedad fuera del PRI, sino que ha asumido una actitud de neutralidad respecto a los partidos políticos -y al PRI en particular. El paso de un esquema político en el que todo está dominado por el PRI a uno en el que el PRI es sólo un actor más -a pesar de su obvia relevancia en todos los niveles y estructuras, con o sin legitimidad- ha sido sumamente abrupto. De hecho, los procesos electorales a lo largo de 1995 evidenciaron fehacientemente el hecho de que el PRI no sólo existe, sino que constituye una fuerza política nacional inigualable al día de hoy, sobre todo porque a pesar de sus diversas derrotas, en el momento más crítico de la economía nacional, se mantuvo presente con gran fuerza en todo el país. La nueva política del gobierno ha dejado irresuelto el devenir y el actuar de un actor clave en la política nacional.

En el esquema gubernamental quedan por resolverse temas centrales para el desarrollo del país en todas sus facetas. Si bien los partidos, incluido el PRI, pueden llegar a acuerdos trascendentales sobre la interacción política en el congreso, en las urnas y en la prensa, las características intrínsecas del PRI no garantizan que esos acuerdos se puedan hacer cumplir. Si el mecanismo original de conciliación y disciplina de los partidos y los grupos priístas ha desaparecido, ¿cómo se va a someter a los priístas a las nuevas reglas? Si el sistema político se caracterizó por la ilegalidad y la corrupción como mecanismos legítimos de conciliación y pago de lealtades, ¿cómo se va a hacer valer la ley? ¿Cómo se va a convencer a una población escéptica por décadas de simulación, abuso y arbitrariedad de que, ahora sí, la ley va a ser cumplida por quienes tienen la obligación de hacerla cumplir? ¿Qué va a evitar que pasemos de un gran cacicazgo centralista a nivel nacional a 32 nuevos cacicazgos estatales, cada uno jalando para otro lado?

Los consensos entre los partidos son indispensables y deben ser bienvenidos por todos los mexicanos, porque sin ellos ni siquiera habría la oportunidad de discutir la posibilidad misma de la estabilidad futura y, por lo tanto, del crecimiento económico. Pero esos consensos sólo serán relevantes en la medida en que exista un nuevo diseño de sistema político que, como el callista hace siete décadas, responda a la realidad integral de su momento específico. Como entonces, un nuevo diseño político seguramente va a reclamar un gobierno sumamente activo y activista, así sea para reducir su propio poder. Como hemos visto en la economía, no es posible esperar que un cambio en las reglas del juego vaya a alterar, por sí mismo, toda la estructura de relaciones, incentivos, mañas y prácticas de antaño.

Los cambios y reformas emprendidos por el gobierno del presidente Zedillo en materia política son ciertamente valientes -y hasta temerarios-, pero sin proyecto. La decisión de reconocer la realidad política nacional, abandonando décadas de desgobierno y cerrazón, no sólo requirió sensatez y decisión, sino enorme valentía. De lograr el objetivo de estabilizar la política, hacer valer la ley y recuperar la economía, México sin duda va a ser un mucho mejor país, más democrático y más libre. Fervientemente deseo que se logre ese objetivo. Pero su éxito, por la ausencia de proyecto, dependerá más del azar y de la buena voluntad de los actores que de un proceso planeado, gradual e intencional -y relativamente controlado-, de transformación.

Amo al coro cuando canta

¿A qué edad comenzó a leer?

Todo tiene su origen, como usted sabe. Yo vivo de rastrear orígenes, de fundar orígenes. ¿Mi primera página leída? Bueno, tendría que remontarme al diluvio o a las glaciaciones. Fue allá por el siglo tanto. Caminaba desnudo por un páramo, rocas a ambos lados, un tigre perfumado pisaba sobre mi huella, calculando que iba a ser su desayuno. El viento entonces: sopló. Arrastró un periódico de ese día del pleistoceno en que informaban, con esa perspicacia de la prensa diaria, que un gordón le iba a servir de salchichón a los felinos. Me dije: No. Y vine y me encaramé en mi sillón, donde estoy a salvo de tales infaustos alcatraces de tierra. Fue un acto insensible, prenatal. Un golpe precordial de letras antes de que fuera inaugurada la lectura. Y el culpable fue el incienso, el tigre rastreador, la ignorancia de que el desayuno estaba a punto de ser inventado. Pero no me agradó ser la materia prima del primer invento, ni ser leído ni lectura. Yo quería en ese instante inicial ser el múltiple lector.

José Lezama Lima

¿Qué libro prefiere leer?

Yo prefiero. O prefiero preferir. Mi preferencia ocurre dentro de la diversidad. La preferencia tiene mil y un rostros multiplicados por las once mil vírgenes y luego por los cuatro jinetes del apocalipsis, lo que da una suma aproximada al hormiguero. Todo lo ofrecido tentador, en materia de páginas o tomos, entra a mi jardín sobreponiéndose a los letargos. A continuación, caminar ensoñado sin mover ni las pestañas ni los pies, lo que desemboca a otro acto mañanero de resucitar. Para mí, si entro al baile de los ideales, el ideal debe acercarse a una constelación donde seleccionar no sea mutilar, ni tomar sólo un aplazamiento en la oscuridad. Leo, pero sobre todo procuro descifrar, que resulta una invitación a fondo y no el simple saludo de acera a acera. En mi sobrenaturaleza íntima y en las sobrenaturalezas creadas, imaginar agregando es la alternativa frente a la mansedumbre de una entrega apagada y liviana. Prefiero la poesía, que es un hecho sin invalidez entre la imagen y la metáfora. Prefiero la novela que es la majestad danzando entre sombras chinescas, el sempiterno diálogo observado a pulso y a diario, de la cuna a la tumba, del tambor al trono, del cepillo dental al edredón. Prefiero el ensayo, que es el bailarín en punta, una segunda remesa de poiesis, un sustratum incombustible. ¿Qué prefiero cuándo: hoy o ayer? Soy supersticioso, a veces. Por tal vestigio y atavismo, no deseo ni pensar qué prefiero, para que ninguna sombra me devele alguna obtusa querencia. Mi matrimonio es con el harem, soy amante de muchas caricias. No hay la prefenda: amo al coro cuando canta.

¿Cualquier libro, con ser libro, cualquier lectura, con ser lectura, ya es suficiente?

Ah, qué va. No, amigo. El yoga Yogananda previene contra el exceso infundado y los hábitos sin reflexión. Resulta decisivo escoger: el tiempo es corto y no a cualquiera le toca. La brevedad de la existencia, el vértigo de la mano inapelable que te toma alguna vez, en la cuna quizás, en el pañal quizás, y te deposita en cualquier médano, y te contemplas ya con los sesenta encima del hombro, la reducción de los pulmones a dos lamparitas casi sin llamas obliga a la selección. Lo bueno, si es posible o si es imposible. Aunque, ¿cómo sabe quien escoge que escoge lo mejor? Para eso se inventaron algunas asignaturas, como la Historia de la Literatura, se inventó la crítica literaria, que no siempre acierta con sus gongs, y se inventó el amigo y la amistad, que recomienda. Resulta que necesitamos guías. Por supuesto, no hay infalibilidad en los consejos. El mejor consejo tiene siempre una pata de palo. Pero entre esas sombras y esos asideros, escoger lo mejor. Escoger lo mejor, que no es ni lo más placentero ni lo más fácil ni el último hermoso tomo que te vendieron o compraste. Escoger y escoger lo mejor: dos actos fecundantes, no iguales, acompañantes o no. Y mientras puedo escoger, persiguiendo las luciérnagas más fascinantes, permanezco con un pie aquí, con los libros y bibliotecas y la humanidad narrada, toda la humanidad narrada, delante de mis ojos todavía inmortales.

¿Puede ofrecerme una lista de títulos preferidos?

Podría quizás hacer una lista, pero le anotaría una docena de millares de títulos de una docena de centenares de autores. Todo buen libro que leí, que son muchos, estarían en la lista, además de algunos que no leí, porque voy a leer mañana, además de otros que no se han escrito, pero que voy a leer algún día, además de otros que no se han escrito y no voy a leer nunca. No soy de los que sueltan una frase, con pose en la nuca de estatua de parque. ¿Por qué iba a decir grandilocuente y oportunistamente ahora: ésta es la lista? En mi caso no hay listas, listas de nada. No hay lista ni estoy listo para hacer la lista.

¿Alguna definición para biblioteca o libro?

En primer lugar, la biblioteca es un bosque: bosque asiático, teutón, eslavo, noruego o cubano y tropical. Y tal como dijo el poeta, el libro es un árbol, o un sol, que viene auroreando uno por aquí y el otro en el espejo. Porque el sol, a su distancia, envía luz, pero luz que quedaría trunca, trabada, disuelta, si no encuentra la hoja que la convierta en energía primigenia y en oxígeno. Así que el árbol es como el representante de Dios, es decir, homólogo del hombre, si el hombre se decide a ser el representante del sol en la Tierra. La hoja del árbol, si vamos a definirlo por lo hemostático, impide que la sangre escape, la humana, y vaya al río animal como turbión: si lo alimenta en directo o si lo alimenta en indirecto, a través de la bestia vegetariana, el hombre por fin se levanta de la eventual condición de cuadrúpedo. La hoja del libro homologa esa acción… o ya en otra intersección secuencialmente posterior. La casualidad no arma trampas de tan poco costo: es lo paralelo y lo tangencial haciendo coro en la causalidad. La hoja verde es una biblioteca vegetal, la hoja industrial es la biblioteca razonada. La del árbol es razón primigenia, la del libro es otra arremetida del sol.

¿Algún libro mayor?

Una antigua doctrina árabe anuncia triunfante que el universo es un enorme libro. Mas, atravesada de olivos, olvida decir que el libro, o todos los libros, es el universo decantado a la ignorancia y a la sustancia inerte. Los chinos reconocen milenariamente al libro como símbolo de poder que mantiene a distancia aceptable la malignidad de los espíritus. La estructura del libro no es mensurable por fuera. Desde los libros de papiro y manuscritos al industrial libro de hoy, el ego y la persona humana resbalaron hacia muchos corrales y de todos lograron salir, cojos o bizcos, no importa, trucidados sus genitales o vomitando esperma, no importa. ¿Y salieron gracias a qué? A que alguien les tendía una furtiva página amiga. El libro ha sido, y es, conspirador, fugitivo, orador de barricada, cimarrón de la montaña, el quemado en la hoguera, el perseguido hasta el mosaico, la hoguera misma. Ser absoluto es también una manera de cenizar, pero, dígame, ¿alguna guerra perdió? Según el Mohyidden ibn Arabi, las letras trascendentes trasegaban con el secreto de los secretos de todas las criaturas, quienes, a cincel y a tuerza de soplo divino, descendieron cuadrupeando al universo material y habitaron prados y cerros, adoptaron cencerros, se hundieron en las vías fluviales y bajaron a las costas y aguas pelágicas. Es un supón que no asombra, un mito hilvanado con sombrillas. Antes que la criatura humana redactara sus libros, quizás existía el libro mayor que lo contenía todo. Pero eso es conjetura, mitología seráfica, apología mayor, y no sé si el polvoriento libro de nuestros estantes merece que lo castiguemos con tales desmesuras. Cualquier buen libro leído es el libro mayor. O cualquier buen libro es el libro, porque mayor es un grado bélico que le sobra a la lectura.

¿Es realmente bueno leer libros?

A cada familia cubana hay un tío que le desmiente la necesidad de leer. ¿Cómo explicar su suerte siempre navegable? Semejante al pulpo de Opiano en las Halieutica, cabezón y lleno de tentáculos, es dueño de bar o de carnicería. Viste guayaberas de orlas, pasea con señoritas de miel y no le falta el fajo adinerado en el bolsillo. Ese señor, para firmar, se descubre del jipijapa, pero apenas logra temblar cuando estampa la ininteligible y torpe letra. No me otorgaron el don del sermón ni el olor del salchicón. Cada chivo hace tambor con su pellejo. Hasta los confines, el universo, es una enigmática cordillera y un ábaco misterioso y sin fin. La simple razón tríptica, de espacio-tiempo-tierra de nadie, bastaría para varias humanidades y eternidades. ¿Me imagina administrando el bar y hurtando mililitros de aguardiente? ¿O cargando perniles al frío? ¿Se lee para luego fundar un emporio de highboles o roncollins o de palomillas o boliches? ¿Cómo después reptar hacia Proust o Victor Hugo, Whitman o Martí? ¿Cómo destapar la botella que contiene el genio de Dostoievsky o Pascal? Imposible conciliación de trastabilleos. ¿Por qué, en resumen, leo yo? Es una interrogante a la que no puedo dar cabal definición. Lo que leo nadie me lo aconsejó ni ordenó. Leí y leo para lograr el contacto, nigromantear en atmósferas y en la propia tierra firme. Poseo vías laberínticas de buen cotejo, ojos, nariz, boca, tacto, etcétera, que funcionan con aceptable fidelidad obesa. Pero yo, José, para asomar y mirar, asumo la longitud del libro como catalejo. Con ojos asomados a la ventana sólo veo rendijas de mundo. Con el ubicuo paginado atisbo paisajes de la Polinesia y de Alejandría y de San Petersburgo, de la Italia donde elogiar a la locura era una locura apenas permitida, presencio tropelías de dos gigantones galos o de dos figuritas que cabalgan entre ínsulas y molinos, o el polo que Ruesch coloca con sumisa gelidez en esta propia penumbrosa y acalorada sala. El libro se alarga y rastrea por los dos extremos, o por los tres orígenes, misterios, anticipaciones. Es la tabla de navegar y acercar latitudes. Para vivir, leía, desde siempre, porque, claro, vivir es tan importante como leer. Más tarde se invirtieron los imanes. Leer fue anticipo, umbral. Iniciar el tránsito expectante hacia la posible página escrita. Para aquel estadio, colmo y orgasmo, disnea y frenesí, delirio y abarrotamiento, debo pasar y tocarle al vecino, para que open, abra el libro sus puertas y ventanas y permita deambular por entre las inestimables vísceras, donde espera el inmenso bazar de las aventuras, incluidos la palomilla y el boliche intelectual.

¿Qué escogería entre un asado de cordero y un buen libro?

Son lecturas complementarias. Es como si usted diera a escoger entre levantarse por la mañana y acostarse por la noche. No se puede escoger: es inevitable levantarse y acostarse. No puede uno llenarse el estómago de palabras, por más que tenga la cabeza repleta de corderos. Cada cosa en su hora y para su función. Digo, en alguna parte, que el libro nos convierte en golondrinas, que la casa de los libros, la biblioteca, es la morada del dragón, que la página escrita abre caminos entre cielo y tierra. Digo aún más: el libro, por ser la mano errante, la cabalgadura que lleva y trae y trasiega con las noticias más oficiosas y pródigas, el caballero que se mira en el espejo de las circunvalaciones deslumbrantes, es el primer pan del hombre razonable. Después viene el cordero, pero después viene el cordero. Inevitablemente. Y la pregunta suya, claro, no hay que adivinarlo, procede, para mi suerte, de una fama equinoccial que se derrama sobre mi persona. Soy, como se dice, cuarto bate en la lectura, y cuarto bate para los asuntos del sentarse a la mesa a deglutir con pasión, sobre todo si es cordero, sobre todo si es el sencillo mendrugo. Lujuria un día, sobriedad al siguiente. Y entre lujuria y resignación, el manjar imprescindible del buen libro, porque para esa ingestión sí no acepto bagatelas. Ahora escoja usted: ¿levantarse o acostarse?

¿Leer rápido o leer despacio?

Algunas cosas puedo leerlas relativamente rápido, sobre todo si es prensa diaria o semanal. Si relectura, quizás puedo ser rápido. Si contrito en el acto creativo, delante de la mesa repleta de libros despanzurrados y aún la página en blanco, logro mirar vertiginoso aquí y allá y a un tiempo escribir en mi cuartilla. Pero para otras lecturas, me muevo como el molusco, que dije que soy. ¿Cómo leer veloz a Nietzsche o Tolstoi, con la lectura que salta de un párrafo a otro, con mentalidad de atleta, para romper el récord? Para la buena literatura una lectura lo suficientemente pausada como para recoger y poner, porque el lector no sólo percibe lo sugerido sino que además agrega durante una lectura creadora. En ocasiones es más importante lo que se adiciona en imágenes que lo que se levanta del tapiz iluminado de la lectura. Estoy únicamente apurado por todo lo que ignoro, así que déjenme leer y arroparme despacio, sin agravio, por supuesto, para esa lectura que no merece sino una envalentonada prisa.

José Lezama Lima

¿Me habló de un proyecto de biblioteca habitable?

Usted saca afuera ahora ese gato desvelado. Es, digamos, un proyecto reiterado de la duermevela. Al enunciarlo, aparece como el influjo irremediable de Borges. Borges adoptó, ahijó, a las bibliotecas, sobre todo las desmesuradas y laberínticas. Si ahora concibo una confortable biblioteca-hogar, parece que no puedo prescindir ni de su tigre de palabras, apresado y escapando siempre. Mi biblioteca imaginada tendría amplios salones iluminados y un mínimo de paredes y muros: sería comunicable y comunicante, de puntal alto y techo de dos aguas. Y además, cómo no, con un número aceptable de ventanas y sillones, pues acostumbro, para dicha de la corpura y la suavidad de los glúteos, permanecer sólo donde haya una ventana y un sillón, una para viajes cortos por la luz y el otro para periplos de más largo alcance. La biblioteca tendría, claro, trozos de cielo —sería una especie de biblioteca a cielo abierto—, tendría, claro, alguna espléndida luz de mediodía, árboles y pájaros respectivos, luna y puñados de soles titilando en la oscuridad de un pedazo de noche. Habría olores trasegando, por supuesto: el nocturno y furtivo del jazmín y el diurno de la calandria colgando de sus penachos rosados. Y perfumes bien condimentados: de frijoles negros, por ejemplo, de quimbombó, por ejemplo, de plátanos maduros fritos o verdes a puñetazos. Y algunas otras golosinas de carne. Y café en el ambiente. De ninguna manera faltaría un bañito íntimo, acogedor, con algunos buenos títulos en el estante, para refrescar las vehemencias que se sufren en el trance de aligerar. En fin, un paraíso o Paradiso calientito. Algo bien pensado, amigo, no tema para quien subsiste con letras, engorda con lecturas, nutre con palabras el protoplasma, entra en solfa después de lecturear. Este proyecto de biblioteca, posible porque es imposible, es susceptible de cambios y sugerencias y permanece abierto de par en par. Se le puede agregar algo de cualquier imaginación o naturaleza. Un hidrante contra incendios. Un manantial a la entrada. Hamacas para siestas y algún paraguas para capear temporales. Y si lo desea, algo, una regadera o manguera para mantener el jardincito, sí, porque ni los jazmines ni las calandrias viven de chuparse el codo. Ese es mi proyecto: una majadería, una quimera con alas de papel.

¿Último libro que leyó?

Hoy en la mañana, casualmente, sobresalía un libro. Alguien lo sacó con el codo, al pasar. Del librero, digo. Sin mirar la carátula, lo abrí para una lectura de azar concurrente. Leí: “Los ojos puros, la mirada inquieta,/ La mejilla caliente y encendida;/ Así la virgen esperó al poeta/ Con un sueño más largo que una vida”. Quedé estremecido por esa voz del misterio mayor y precursor. Desde el otro lado de la mampara Martí susurraba su mensaje matinal, usando el ardid de insinuarse con el tomo rebosante de los Versos Varios. De nuevo, a manera de golosina intelectual, apuré esa, lectura emancipada y pura, tremolante como la vela del velero. n

Esta entrevista originalmente fue publicada en La Gaceta de Cuba y llegó hasta las páginas de nexos gracias al rescate hemerográfico de Alejandro Robles.

(Núm. 218, febrero de 1996)

 

México: Un diagnóstico

John Womack Jr. Historiador. Entre sus libros, Zapata y la Revolución Mexicana.

Para empezar por la pregunta de Stanley Ross: ¿ha muerto la Revolución Mexicana? ¿Cuál fue (o es) su sentido histórico? ¿Y cuál su legado: qué le dio a México?

La Revolución Mexicana murió en 1920 aunque nadie lo supo en ese momento, ya que nadie podía saber entonces que la revuelta de Agua Prieta sería el último intento exitoso de derrocar al gobierno. La mexicana no fue la primera revolución social del siglo. Fue una combinación de varios acontecimientos: un colapso político, señores de la guerra, gangsterismo, al menos unos cuantos movimientos campesinos auténticos (de los cuales el más significativo y diría casi el único fue el zapatismo), varios movimientos obreros importantes, etc. No fue un hecho coherente, ¿cómo podía serlo si tomó diez años en suceder? Nadie pensó que fuera coherente mientras sucedía. Muchos nunca se vieron como revolucionarios, a menos que necesitaran antecedentes adecuados para obtener trabajo o crédito. Quienes fueron revolucionarios se la pasaron peleando entre sí; todos peleaban su propia revolución.

Sólo desde la perspectiva de otros países o de los años posteriores en México pareció que había existido una Revolución Mexicana, cuando se consolidaron nuevas instituciones que dijeron tener su origen durante la guerra civil. La herencia de la Revolución fue la combinación de estas luchas y esas instituciones: un nuevo orden político (cuyos términos y bases han cambiado varias veces en los últimos setenta y cinco años), gangsterismo o corrupción política, ansiedad o temor a la rebelión rural, un movimiento obrero inusitadamente dividido y sometido a la negociación. Todo ello en medio de un renovado desarrollo capitalista en la región donde manda el dólar.

Dices que las bases del nuevo orden político surgido de la Revolución han sido cambiadas varias veces en los últimos setenta y cinco años. ¿Cuáles han sido esos cambios? ¿Podrías caracterizarlos?

El orden político que surgió en 1920 fue muy provisional. Fue hijo directo de la revuelta de Agua Prieta y los compromisos, inevitablemente confusos, con otros grupos políticos del ejército (en particular los elementos leales a Pablo González) y varias organizaciones políticas civiles (en particular el Partido Laborista). Cuando Obregón asumió la presidencia, desde luego intentó reformular los distintos pactos políticos mediante los que había alcanzado el poder, de modo que pudiera gobernar y tener control sobre el asunto central que se le presenta a todo presidente: la sucesión. (Todo esto era mucho más difícil porque el periodo presidencial tenía sólo cuatro años.) Creo que lo único que quería lograr era construir una base política suficiente para que su grupo de sonorenses pudiera dominar a sus adversarios en el futuro previsible.

Su apoyo principal estaba desde luego en el ejército, al menos entre aquellos comandantes que se habían comprometido con él atendiendo a sus propios intereses. Naturalmente, Obregón sabía muy bien lo que muchos otros generales pensaban: que tarde o temprano podrían reunir fuerzas para derribarlo, tal como él había derribado a Carranza. Como dije, nadie podía saber entonces que Agua Prieta sería el último golpe exitoso.

El ejército, sin embargo, no era apoyo suficiente. México era una república y tenía que haber ciertas instancias de elección, en el nivel federal como en el estatal y municipal. Obregón no quería depender de un solo partido que pudiera convertirlo eventualmente en su rehén o, al menos limitar su capacidad de maniobra política. Mantuvo entonces su trato con el Partido Laborista, promovió la formación del Partido Nacional Agrarista y entró en tratos también con el Partido Cooperatista (que representaba sobre todo a jóvenes profesionistas católicos). Las bases de apoyo de aquel primer orden político posrevolucionario fueron múltiples en este sentido: muchas facciones del ejército y al menos tres partidos políticos, de los que Obregón podía dirigir efectivamente sólo a uno (el PNA).

Estamos en el gobierno de Obregón a principios de los veintes, 1920-1924, para ser precisos. ¿Qué pasa después?

El orden obregonista sufrió un cambio sustancial debido a la rebelión de De la Huerta en 1923‑1924. Obregón pudo asegurar la sucesión de Calles, pero éste tuvo que desarrollar una base de apoyo político más concentrada para poder gobernar y controlar a su vez la sucesión en 1928. Siguió dependiendo de algunas facciones del ejército, pero tuvo un trato más cercano con el Partido Laborista que con el agrarista o cualquier otro. La gran huelga ferrocarrilera de 1926‑1927 le hizo perder el control de la sucesión. Morones y el Partido Laborista actuaron con mayor independencia de la que él hubiera querido con miras a las elecciones de 1928. La Cristiada de esos mismos años puso también a las fuerzas armadas más fuera de control de lo que habían estado bajo Obregón. Eso explica por qué permitió que Obregón buscara la reelección. Creo que no tuvo alternativa. Entonces Obregón fue asesinado, y Calles tuvo que improvisar todo un nuevo acuerdo político. La expresión más visible de éste es el Partido Nacional Revolucionario.

¿Cómo caracterizarias al PNP?

En mi opinión fue básicamente una coalición nacional de cacicazgos. Sus oficinas centrales no podían hacer casi nada en los estados sin negociar con los caciques que dominaban la provincia. En el mejor de los casos, el presidente podía tratar de dividirlos en cada estado, enfrentándolos unos a otros. Pero ni él ni el PNR como tal podían desarrollar ninguna organización dirigida centralmente en los estados. Desde luego podía seguir haciendo acuerdos, y los hizo con los elementos leales en el ejército y con los caciques en general, de modo que por momentos el PNR parecía tener el poder suficiente para establecer consensos y llevar a la práctica las decisiones del partido. Pero en mi opinión ésta no era la capacidad operativa del partido, sino de Calles. Alguna vez pensé que tendría sentido mirar el Maximato como un periodo de gobierno partidista, quizás el único en la historia de México. Pero lo esencial, creo, es comprender lo débil que era el poder central en relación con las fuerzas de provincia, militares, paramilitares o civiles.

El gran asunto de la sucesión quedó en el aire. Para Calles hubiera sido imposible negociar un consenso entre los caciques del PNR. Creo que ni siquiera lo intentó. Lo que hizo fue fomentar que la nueva generación de políticos, su hijo y otros, en el ejército y otras organizaciones, determinaran quién sería un candidato aceptable. Y eligieron a Cárdenas.

En 1934 la base del orden político estaba constituida aún por los cacicazgos que Calles había formado dentro del PNR. El aparato central de éste era más fuerte para ciertos propósitos, principalmente la consideración de soluciones para el asunto de la sucesión. Pero carecía de poder para otros efectos, por ejemplo el desarrollo de organizaciones centralizadas en los estados. También es importante recordar que el PNR prácticamente no existía en algunos de ellos: Veracruz, donde el Partido Veracruzano del Trabajo era la maquinaria esencial; Oaxaca y Yucatán, donde otras maquinarias controlaban la política.

¿Cuál es la aportación de Cárdenas ?

Entre 1935 y 1939 transformó el sistema político. Mediante la distribución de tierra para los ejidos (creo que once mil la recibieron durante su periodo) fundó una nueva base obrera, tanto en los nuevos sindicatos nacionales (STFRM, STMM, STPRM, etc.) como en las federaciones estatales del trabajo. Mediante otras maniobras fincó bases entre profesionistas y burócratas (SNTE, FSTSE). Como resultado de las operaciones políticas de Cárdenas, descritas brillantemente por Alicia Hernández en su libro La mecánica cardenista, el presidente mexicano tuvo por vez primera el control central para luchar contra los cacicazgos provincianos y locales y las maquinarias políticas, militares y gubernamentales.

(No debo dar la impresión, sin embargo? de que el presidente podía controlar a la CTM. En esos años, dirigida por Lombardo, y dada la fuerza independiente de los nuevos sindicatos industriales nacionales, la CTM no recibía órdenes. Como todo poder con bases propias, hacía tratos. Tenía su propia estrategia, su propia agenda, y en sus propios términos negociaba con el presidente, de quien por supuesto necesitaba apoyo pero a sabiendas de lo mucho que él también necesitaba el suyo. Esta era más parecida a la relación entre Calles y la CROM que a la sostenida entre vanos presidentes sucesivos y la CTM de Fidel Velázquez.)

Con estas bases Cárdenas pudo sobrevivir varias crisis y salir de cada una tan fuerte como había sido antes de Monterrey en 1936: el conflicto con las compañías petroleras y la pérdida de muchos ingresos, la avanzada anticomunista (Cedillo) y la resistencia de diversos caciques, quienes al igual que los dinosaurios y bebesaurios de hoy esperaban confiadamente que tarde o temprano Calles y Morones regresaran para desmantelar la maquinaria cardenista y negociar de nuevo con ellos.

La peor crisis que enfrentó fue como siempre la sucesión, cuando por costumbre todos los enemigos y rivales del presidente tienen una oportunidad especial de unirse contra él con la esperanza de deshacer su trabajo en el sexenio siguiente. Cárdenas salió indemne también de esta crisis, con la mayor parte de su maquinaria y muchos de sus partidarios aún en puestos de poder. Para lograr esto se decidió por Avila Camacho. Y gracias a la disciplina de la CTM, conseguida por Lombardo, y a la del ejército, garantizada por Avila Camacho, triunfó. Aun así, debido a la guerra, que inevitablemente sacó de la CTM a Lombardo en aras de deberes latinoamericanos más importantes, y que inevitablemente fortaleció al ejército (bajo las órdenes directas de Cárdenas como ministro de Guerra), las bases políticas del régimen cambiaron de modo considerable de 1940 a 1945.

¿En qué cambiaron ?

Mientras los sindicatos industriales nacionales tenían que contenerse, mientras Fidel Velázquez ganaba poder en la CTM al manipular a las federaciones estatales para que se aliaran con gobernadores y caciques, mientras las consideraciones militares prevalecían durante el estado de guerra de 1942 a 1945, reapareció, aunque bajo una nueva forma, algo del régimen de los años veinte: un resurgimiento del poder combinado de caciques y figuras militares -excepto que el presidente aun tenía auténticos privilegios de los que Calles había carecido, y las figuras militares eran más oficiales del Estado Mayor que capitanes de campo.

Según fuentes contemporáneas, y de acuerdo a los juicios de la época, la de Alemán fue una sucesión cardenista. Y creo que Cárdenas debió haber sido crucial en la decisión de transformar al PRM en el PRI, reducir la milicia (por su tendencia a dormir con los caciques) y fortalecer los movimientos civiles (especialmente los jóvenes profesionistas socialistas). Hay entonces otro cambio en la base, en parte circunstancial debido al fin de la guerra y al subsecuente boom económico, en parte deliberado como resultado de una o varias maniobras exitosas de los cardenistas en el régimen. Ahora, aquí en casa, olvido el nombre del general de Baja California encargado de reclutar para el nuevo PRI a todos esos jóvenes como Luis Echeverría y Mario Moya Palencia, pero apostaría que era un viejo cardenista cumpliendo con su deber cardenista.

La sucesión puede haber sido de estilo cardenista, pero no fueron cardenistas quienes llegaron al poder con Miguel Alemán.

En el contexto de la Guerra Fría, de la intensa presión económica y política de los Estados Unidos contra la izquierda comunista y del boom económico, los resultados de este cambio, sin embargo, no fueron del todo cardenistas. El cambio continuó para los civiles jóvenes. Lombardo fue marginado. Velázquez sólo se concentró en mantener el control del aparato político y burocrático de la CTM. La CNC se volvió fraude y prenda casi por completo. El ejército debió dividirse entre la mayoría de oportunistas ordinarios y la minoría de populistas indignados (Henríquez). Y en el proceso los jóvenes profesionistas civiles devinieron políticos profesionales. De hecho, para mediados de los cincuentas las bases del régimen eran vanos clanes burocráticos de aquéllos. Creo que éste es el origen del orden priísta. Antes no existía en realidad. Mediante la improvisación, sucesos circunstanciales e inconscientes y una deliberada acción política, las bases del régimen eran las diversas facciones que vivían de acuerdos cotidianos con el PRI.

Esta estructura de poder se prolongó quizá más que ninguna otra desde 1920, yo diría (al menos ahora) de 1955 a 1968. Parece ser lo que la mayoría de la gente que escribe sobre política cree que todavía existe. Pero esa estructura tenía una cohesión y una consolidación que nada ha vuelto a tener desde 1968. Como beneficiaria de los porcentajes de crecimiento económico (alrededor del 6%), sólo debía eliminar las amenazas para la acumulación capitalista. por ejemplo en 1958-1959. Su base, supongo que se podría argumentar, eran los trabajadores y campesinos (no todos como para asegurarlo) que disfrutaban las migajas de este desarrollo económico. Pero su fundamento real y efectivo, lo que la hacia funcionar y reproducirse, era el político priísta profesional.

Un momento. He perdido mi sentido dialéctico en una serie de estructuras positivistas. Lo pondré de este modo: como antes había siempre bases diferentes para el nuevo orden. por lo que éste cambiaba de carácter y dirección de tiempo en tiempo, en el periodo de 1945 a 1968 también las hubo -la CTM, la burocracia militar y la de la CNC (no tengo nada contra las burocracias mientras sean weberianas y no políticas), a las cuales el sector popular de profesionistas encabezado por éstos, demostró ser incapaz de controlar. Estas oposiciones diversas se rebelaron contra el orden en 1968, realmente de 1968 hasta mediados de los setentas. En efecto, la verdadera y eficaz base del orden de 1955 a 1968 fue el político priísta profesional, pero no podía hacer todo, y lo que pudo hacer le explotó en la cara en 1968.

¿Qué pasó después del 68 con el régimen priísta?

Me parece que Echeverría quería erigir nuevas bases en una forma semejante a la de Cárdenas. Por ello protegió (en menor grado) a La Organización y fomentó (en mayor grado) la Tendencia Democrática. Pero fracasó. El continuo crecimiento económico, aunque más lento, y la multiplicación populista de proyectos paraestatales y paraprivados, incrementaron la fuerza de los políticos profesionales, así que debe haber sido todo lo que el presidente pudo hacer para mantener la paz entre las facciones y convocar a una sucesión ordenada. El boom petrolero de 1973 hasta los ochentas sólo aumentó el poder y el número de aquéllos, así como el sectarismo. Cuando las nuevas bases que Echeverría intentó crear para el régimen decayeron y se desintegraron después de 1976, el orden se volvió políticamente débil, pero esto no importó en tanto préstamos, ingresos y ganancias siguieron fluyendo.

La de 1982 fue la segunda crisis más grave del régimen priísta. Al reducir drásticamente el flujo de dinero, la leche materna de la política en cualquier país, produjo profundas y sospechosas divisiones entre los grupos de políticos profesionales. Creo que por ello aceptaron, a mediados de los ochentas, la intervención supuestamente técnica del neutral e inofensivo secretario de Programación y Presupuesto, Carlos Salinas de Gortari. Al ser sólo un escolar y un tecnócrata no se inclinaría por una facción, sino que estaría sujeto por igual a la presión de todas -lo cual, dadas las circunstancias, era su mejor oportunidad (y quizá su definición de democracia).

La crisis se agravó en 1985, cuando De la Madrid decidió meter a México en el GATT. Los grupos de políticos profesionales, antes más o menos al servicio del orden (a cambio de compensaciones y favores), deben haberse dividido al menos en tres direcciones: algunos creyendo que la nueva tendencia era un error estúpido que podía corregirse en el próximo sexenio; otros creyendo también que era un error y que tenía que ser el tema de la siguiente sucesión; otros creyendo que era a) la inevitable ola del futuro, b) una oportunidad de distinguir a uno de los suyos como candidato presidencial y c) de cualquier manera, a la larga, una ocasión para disminuir y segregar a sus rivales. En medio de estas divisiones, el grupo de Salinas emergió en 1985‑1986 como una fuerza capaz también de competir por la presidencia. Y en 1987, Salinas ganó la sucesión.

¿Cuál es la intención de Salinas en términos de los soportes que tendrá su gobierno dentro del régimen priísta debilitado y dividido?

Creo que como Cárdenas, como Alemán, como Echeverría, llegó a la oficina en circunstancias que le permitieron tratar de desarrollar nuevas bases; y estaba determinado a construirlas. En el nivel más alto -ésta es una metáfora pobre si hablamos de bases- planeó, creo, usar la privatización para diversificar la oligarquía financiera, de tal modo que no le resultara tan fácil verse al igual que en el pasado como un bloque unido. Esa es una de las razones por las que Forbes encontró veinticuatro milmillonarios en lugar de cuatro multimilmillonarios.

(Creo que debo corregir esta impresión. Me inclino por coincidir con el argumento de que en México los grandes negocios y la política no se fusionan del todo como en Estados Unidos. México ha sido predominantemente un país capitalista, al menos desde la década de 1890, y en términos crudos la clase imperante es la burguesía. Pero ella no se encarga de la política gubernamental. Esta es responsabilidad de gente que es menos y de un nivel inferior: los caciques y los políticos profesionales. Mi metáfora mixta señala mi error. La oligarquía financiera una condición previa, una circunstancia, una premisa del orden político, del sistema, del régimen: no una base. [Al menos hasta ahora no lo ha sido, a diferencia de lo que pasa en Norteamérica]. Lo que entonces planeó Salinas, creo, fue emplear la privatización para complicarle la vida a la oligarquía financiera, para hacer las premisas capitalistas del gobierno menos uniformes y más variadas, para permitir nuevas oportunidades políticas.)

En lo que respecta a las bases propiamente dichas, Salinas en efecto intentó acabar o al menos invalidar la forma sectorial de organización de la que dependían tantos rivales y enemigos, caciques y políticos profesionales. Esta fue la razón obvia de las reformas del PRI que él consideró y adoptó eventualmente. Ninguna, creo, llegó tan lejos como él quería llegar. Creo que intentaba una reforma radical de las bases -sustituir movimientos populares y territoriales por sectores- después de su reivindicación en las elecciones del Congreso de 1991, pero necesitaba la aprobación del NAFTA para garantizar el éxito de este rumbo.

Aguardó a que Estados Unidos aprobara el acuerdo. La economía norteamericana se debilitó. Bush perdió. Clinton ganó. NAFTA tardó un año más en aprobarse. Si esto hubiera ocurrido en 1992, creo que Salinas habría desmantelado al menos algunas de las partes más estratégicas de las antiguas bases del orden y legitimado y autorizado nuevas bases populares, leales a él y a su grupo. Ya que la aprobación norteamericana se dio hasta 1993, esta reforma política se pospuso para Colosio, el candidato mejor entrenado para cumplirla, con la idea que la llevara a cabo durante su sexenio. Y entonces vino Chiapas. asesinato en Tijuana, el desmadre.

Es una larga marcha. Hagamos un recuento etapa por etapa. ¿Caracteriza a las bases de este orden cambiante?

Permíteme contarlas:

1. Un orden precario al principio de los veintes. Las bases originales eran el ejército, un movimiento obrero independiente, un movimiento agrario dirigido por la presidencia y los jóvenes profesionistas católicos.

2. Un orden distinto aunque también precario a mediados de los veintes. Este orden pasó simplemente a manos del ejército (ciertas partes selectas y leales) y a una porción del movimiento obrero independiente (la CROM contra los sindicatos ferrocarrileros).

3. El PNR original, 1929‑1933. Sus bases eran elementos selectos del ejército más los cacicazgos provincianos.

4. El PNR reformado, 1933‑1935. Sus bases eran las mismas más una nueva generación de políticos que, de haber estado alerta, habría podido calificar anteriormente de profesional: el hijo de Calles, Manilo Fabio Altamirano y muchos otros que crecían en la política de los veintes y surgían en esta reforma.

5. El cardenismo, 1935‑1939. Las bases continúan, pero aparte ellas ahora había un nuevo movimiento obrero independiente, un nuevo movimiento agrario semindependiente y una nueva organización de profesionistas civiles y militares, controlada por la presidencia.

6. El cardenismo en tiempos de guerra, 1940‑1945. Persisten las viejas bases; las nuevas surgen bajo restricción presidencial.

7. La organización del PRI, 1945-1955. Sobreviven las bases en el ejército y los cacicazgos; continúan las de los movimientos obrero y agrario recién dependientes; la de una nueva generación de políticos civiles profesionales se consolida en varios minibandos rivales y contenciosos; una nueva facción, con tan sólo una base clandestina, emerge y (dadas las divisiones entre los otros grupos y partidos) llega a la presidencia.

8. El orden de los políticos profesionales, 1955-1968. Va teniendo distintos rostros en los años siguientes: la división de los políticos profesionales en facciones, 1968-1973; el fortalecimiento de las divisiones, consolidado por el boom petrolero, 1973-1982; la desintegración del PRI, 1982-1988. A lo largo de estas etapas las antiguas bases, fracturadas y organizadas en partes en el minipartido que rápidamente desarrolla la suya propia, cobran la fuerza suficiente para llevar el orden a la crisis.

9. El proyecto de Salinas y el colapso del sistema, 1988‑1994‑? Las viejas bases, en conflicto entre ellas y con la base del nuevo minipartido, forman unas pocas coaliciones para conservar lo más que se pueda del antiguo sistema y encabezar la génesis del nuevo, que se llamará democrático.

¿En suma?

Las bases del orden político mexicano desde 1920 han sido el ejército, los caciques, los trabajadores dependientes o independientes, los agraristas controlados por la presidencia y los políticos profesionales. El poder de cada base ha variado con el tiempo, al igual que la calidad y la dirección del orden. Los principales cambios ocurrieron en los treintas, cuando varios caciques perdieron mucho poder (aunque sobrevivieron), en los cuarentas, cuando el ejército fue vencido y los políticos civiles profesionales ganaron mucho poder, y en los ochentas, cuando los políticos civiles profesionales del PRI, en virtud de las profundas divisiones entre ellos, perdieron mucho poder, y el proyecto salinista emergió para subordinarlos. Creo que una de las características más significativas de estos sucesos es la estabilidad de la mayoría de las bases; una base con poder reducido o subordinada no es por lo general una base destruida o abolida. Las únicas que han desaparecido son los movimientos obreros independientes de los veintes y los treintas, así como los movimientos agrarios semindependientes del mismo periodo.

En los años ochenta de este siglo los gobiernos mexicanos emprendieron una modernización que desafió muchas tradiciones, creencias e instituciones. Como historiador, ¿cuál sería tu balance provisional del sentido de esa modernización, sus fracasos, sus logros y su futuro?

Creo que la «modernización» en el sentido empleado en los ochentas ya había ocurrido en los setentas, excepto en el plan económico y la política. Las tradiciones, creencias e instituciones que de pronto fueron tan valiosas en los ochentas y noventas estaban moribundas después de 1968, y muertas en 1982. Más que nada fueron los booms del petróleo los que las mataron.

¿Dices que los booms del petróleo de los setentas habían matado a las tradiciones, creencias e instituciones del México de los sesentas? ¿Cómo las hirieron de muerte?, ¿cuáles eran esas instituciones y creencias?

Las más significativas en el México de los sesentas eran aquellas que compartían la fe de que la Revolución Mexicana había sido una revuelta social, según se cree la primera del siglo XX. Los dos grandes desafíos a esta fe eran, entonces, la presión norteamericana para resistir el «comunismo» y el ejemplo cubano de una revolución social comunista que a la larga estaba haciendo más por los trabajadores y los pobres de lo que había hecho la Revolución Mexicana en su mejor momento.

Sin embargo, la fe que prevaleció de muchas formas distintas permitió dos certezas: la de que, ya que la Revolución había ocurrido en México, el rumbo correcto no era otra revuelta sino la continuidad institucional; y la de que, ya que la Revolución era una revuelta social, de algún modo podía producir cambios tan radicales como los de Cuba. De cualquier manera, los valores predominantes expresaron una invencible creencia de que la nación como un todo encontraría, en su historia revolucionaria, las fuentes para redimir al presente y al futuro.

Esta es la creencia que, en mi opinión, hirió de muerte el boom petrolero de los setentas y principios de los ochentas. No quiero decir que todos perdieron la fe: hay que tomar en cuenta a Germán y a Marcos. Quiero decir que el gran flujo de dinero a través de la economía y sus efectos de desintegración e individualización en la sociedad. que provocaron agitados reacomodos de la jerarquía social y una vasta movilidad geográfica, deshicieron en silencio la antigua fe, de tal suerte que entre 1973 y 1982. casi sin darse cuenta, la mayoría de los mexicanos se hicieron modernos (en el sentido burgués). Sin saberlo, redefinieron la Revolución como «la oportunidad óptima», como un apoyo económico para los individuos, ignorando el hecho fundamental de la acumulación de capital, soñando y fanteando con sus propios planes para un mayor ingreso y, sobre todo, para obtener propiedades que generaran dicho ingreso. Creo que éste fue un cambio definitivo. Quiero decir que después de eso era imposible recuperar la antigua fe.

Volvamos a la modernización de los ochentas. ¿Qué balance puede hacerse de ella?

Creo que en conjunto las políticas de modernización fueron buenas para el país, al menos en un sentido negativo. Quiero decir que demolieron ciertas instituciones que en su tiempo merecieron todo el apoyo, pero que ya habían pasado de moda. Hay que recordar los ejidos, al menos la mayoría.

¿En qué sentido crees que los ejidos eran instituciones que habían pasado de moda o habían visto pasar sus mejores días?

La historia del ejido, o concretamente de los ejidos en general, aún no se escribe. Como institución tomada o inventada por la Constitución de 1917, era en principio una forma secundaria de tenencia de la tierra. No tenía nada que ver con los zapatistas. Era sólo una concesión carrancista al obvio problema del campo, especialmente en varios distritos de las provincias centrales. Y como muchas concesiones de ese tipo, entrañaba compromisos de subordinación con el gobierno. La tierra no pertenecería a la comunidad ni a los campesinos sino a la nación, para la que el gobierno actuaría como depositario y administrador del Estado.

En los veintes los ejidos fueron soluciones políticas, concedidas para resolver problemas locales. De 1935 a 1938 fueron importantes elementos de una gran estrategia: crear en el campo una nueva base política para el presidente. De pronto, debido a las cifras y recursos que manejaban, fueron también económicamente valiosos; y en un país sin la liquidez o en última instancia los medios para un sistema de beneficencia social o retiro, sirvieron asimismo para cumplir amplios propósito sociales. Dentro de las nuevas condiciones de relativa estabilidad y crecimiento económico posteriores a 1945, la institución debía funcionar en una realidad capitalista. Dependiendo de sus recursos, su orden interno y su habilidad política para valerse por sí solos, algunos ejidos ganaron más o menos bien de tiempo en tiempo, otros ganaron poco casi siempre y otros sobrevivieron, pero nunca pudieron escapar de la miseria. Conforme continuó la distribución de títulos, muchos otros existieron sólo en el papel.

El asunto entonces no es realmente de moda, sino de políticas locales. En este aspecto creo que el mejor estudio de la institución sigue siendo el de David Ronfeldt sobre Atencingo. Los ejidos funcionaban si, por afortunadas maniobras políticas o a todo trance, podían obtener los recursos y contratos necesarios para el éxito. Fracasaban si no podían hacerlo; en este caso sobrevivían sólo como víctimas y súbditos de algún político que los mantenía al menos en la semimiseria si cumplían su órdenes. Mientras más ejidos había, más encajaban en esta última categoría.

Yo diría que en los setentas el ejido era ya un engaño para el campesino en el 90% de los casos. Nótese que hablo de hace veinte o venticinco años. Desde el compromiso del régimen con el GATT en 1985, lo cual es fundamental, resulta imposible imaginar una economía capitalista moderna con 20 ó 25% de la fuerza obrera centrada en la agricultura. Den a los ejidos todo el crédito que demandan sus defensores. Denles toda la tierra que quieren. La realidad física de México es que, al igual que en la mayoría de los países, el 90 ó 95% de la fuerza obrera necesita trabajar en otras ramas de la producción. No hago aquí la pregunta de cómo mover a varios millones de personas de la destitución agrícola a un tolerable nivel de vida en la industria o los servicios. No logro imaginar cómo un economista burgués puede considerar que esta transición ocurría aceptablemente a través del mercado.

En pocas palabras, el ejido tal como aparece definido en la Constitución de 1917, a través de las reformas subsecuentes y en el Código Agrario, fue un fenómeno político. Fue un asunto de circunstancia material si tal ejido tenía algún sentido económico o si tal otro era un desastre.

Dices que la modernización de los ochentas fue buena en conjunto, aun cuando no fuese más que por lo que se proponía cancelar o hacer a un lado. Pero demoler instituciones sin cambiarlas por otras, ¿no es un acto de irresponsabilidad reformista? ¿No crees que las reformas de los ochentas fueron demasiado rápido sin tener muy claro a dónde se dirigían?

Sería un acto de irresponsabilidad reformista demoler instituciones sin intentar establecer otras mejores. En la superficie así parecen ser los cambios entre 1985 y 1994. Pero verlos de este modo es asumir que había (o hay ahora) un foro público ideal donde debatir estos asuntos, estos cambios. Es asumir una suerte de ciudad‑estado a la manera de Pericles, donde una ciudadanía ilustrada (dueña de esclavos) delibera sobre si son mejores las viejas instituciones o las reformas. No conozco hoy ningún país como éste. (¿Confiaré en Tucídides, en que alguna vez hubo un lugar así?). Estoy seguro que México no fue tal sitio en los ochentas o a principios de los noventas, y que tampoco fue tal sitio en los ochentas o a principios de los noventas, y que tampoco lo es actualmente. Por varias razones históricas y circunstanciales no existió, ni existe, tal público.

Creo que en el mundo real de la política mexicana hubo una responsabilidad reformista en los ochentas y a principios de los noventas. Creo que esto fue primordial para el proyecto salinista. Y no importa qué tan arruinado parezca o esté ahora, creo que tuvo sentido en su tiempo. Tomar la presidencia a la primera oportunidad. Destruir las bases del enemigo. Construir nuevas entretanto. Establecerlas (en el sentido en que la Iglesia o la religión se establece) y desarrollarlas en la siguiente presidencia. Pero evitar, en la primera, transmitir al mundo o a los mercados financieros las intenciones a la larga. Por necesidad debe improvisarse alguna práctica; así sucede en cualquier cambio seno. Pero para construir las nuevas instituciones hay que mantenerlas ocultas a medias. Hay que mantenerlas así hasta que posean la fuerza suficiente para brotar. De otro modo, los enemigos que sobreviven y luchan aún por predominar las deslegitimarán y destruirán.

En pocas palabras, creo que dadas las circunstancias hubo un plan reformista responsable. Ponderar un público mexicano (libre de Televisa y de la horrible mentira de la imagen) sanamente dispuesto a considerar alternativas es vivir en París o Cambridge. En el mundo mexicano real, antes y ahora, la lucha política por tales asuntos es feroz, violenta, moral, letal. En este mundo real el reformismo de los ochentas y principios de los noventas fue, a mi juicio, responsable. Si fracasó o no, fue responsable en sus intenciones.

En mi opinión, la falla principal de la «modernización» fue que su defensor más poderoso, el gobierno salinista, no tuvo la capacidad de reemplazar las instituciones antiguas e inválidas por otras nuevas, sólidas y populares. Si Colosio hubiera vivido, creo que al menos se habría dado un arranque en esta dirección. Creo que la «modernización» continuará porque nadie quiere verse como salido del pasado. Pero ya ha perdido su contenido popular, el que poseía en algunas versiones a finales de los ochentas y principios de los noventas. Ahora cualquier egoísmo burdo y gangsteril llevará la etiqueta de «modernización».

¿Qué comentarios te sugiere la comparación histórica entre el zapatismo del estado de Morelos en 1910 y el zapatismo de la rebelión de Chiapas en 1994? ¿Está Zapata vivo en Chiapas? ¿El movimiento zapatista chiapaneco puede describirse también como la historia de unas comunidades indígenas «que no querían cambiar y por lo mismo hicieron una revolución», según el inicio ya clásico de tu libro Zapata y la Revolución Mexicana?

Creo que el zapatismo de Morelos en 1912 (no hubo tal cosa allá en 1910) y el de Chiapas en 1994 tienen en realidad muy poco en común. Las provincias, los tiempos, la gente, los problemas, las circunstancias y las consecuencias son diferentes. Zapata murío en 1919, engañado por un oficial carrancista. No vive en Chiapas en 1994: es sólo una invención de la agitación política y la imaginación literaria. Por lo que he leído, la rebelión chiapaneca no es la historia de unas comunidades indígenas que no querían cambiar y por lo mismo hicieron una revolución. Los chiapanecos habían pasado por muchos cambios en los últimos veinticinco años y querían más, pero por la buena. Creo que eso los justifica, pero autodenominarse zapatistas no significa que lo sean. Fue algo obvio e inteligente, sobre todo para los media. Pero la realidad aparte de éstos es muy distinta.

La sociedad política mexicana vive un momento de optimismo democrático. Se depositan muchas esperanzas en la idea de que la democracia es la puerta de entrada o la premisa para resolver los grandes problemas de México. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Ahora no soy optimista en cuanto a la democracia en ninguna parte. Creo que es una fantasía o un engaño decir que es una solución para los grandes problemas. Sugiere que hay un manual de la democracia que, estoy seguro, proporcionaría con gusto el Departamento de Estado o quizá, dada la privatización, algún consejo de hombres de negocios norteamericanos. Este manual explicaría el american way desde el punto de vista de un boy scout; Newt Gingrich sería demasiado complejo y se requerirían computadoras. Dada tal ilustración, los recién ilustrados sólo seguirían las reglas. Habría dos partidos, presupuestos balanceados, etc. Pero únicamente un niño puede creer esto.

La democracia es una consecuencia, el resultado de una sociedad justa y decente. No genera soluciones, surge de ellas. El peor problema es que México (por no mencionar a mi país) tiene dificultades tan profundas que no hay soluciones que no sean terriblemente duras. Sin duda toda clase de modernizadores y políticos insistirán en que sus propuestas garantizan la democracia. Pero esto es engañar a la gente. Cuando la justicia, el respeto y la decencia social sean práctica común en México, todos notarán quizá que la vida es democrática.

Dices que para los problemas de México no hay soluciones que no sean terriblemente duras. ¿En qué soluciones estás pensando?

Ya que sólo soy un profesor y no un político, no puedo decir gran cosa que tenga sentido sobre ellas. Considerando que no soy responsable de sus consecuencias o condiciones, pienso en las siguientes reformas: 1) reducir drásticamente la mano de obra mediante un programa masivo de educación pública, que también incrementaría la fuerza de trabajo de la clase obrera; 2) al grado en que los capitalistas han sido liberados, liberar también al proletanado, permitiendo que el sindicalismo se expanda en cualquier dirección y respetando los resultados; 3) desarrollar planes para el empleo productivo de los ejidatarios y trabajadores rurales desplazados en México, Estados Unidos o Canadá, de ser necesario en términos que estos dos últimos países denuncien como ilegales, pero que en la práctica no puedan impedir salvo a un precio desorbitado. Estas soluciones reformistas, que en realidad no resuelven el problema fundamental, son sin duda difíciles, o lo serían si el gobierno mexicano intentara llevarlas a cabo pública o secretamente.

¿Hay algo que recoger, para el pensamiento de izquierda, en el derrumbe del socialismo real y el triunfo proclamado de la globalización  Capitalista del mundo? ¿Dónde buscarlos fundamentos de una izquierda moderna dentro de la generalización de las economías de mercado y frente a lo que en América Latina llamamos el «neoliberalismo» ¿Hay en la historia de México alguna tradición viva que pueda nutrir el florecimiento de una izquierda moderna?

Para la izquierda la principal obligación y oportunidad ahora es comprender qué significa socialismo» en el nuevo milenio, qué significaría institucionalmente. Y compartir la idea de muchos de que ya no puede significar sólo «el Estado», «el gobierno» o «el sector público». Esta es una antigua idea de la izquierda, y no me refiero al anarquismo. El hecho es que el capitalismo continúa creando conflictos dentro y fuera de su propio sistema. Otro hecho es que la gente, piense o no que pertenece a la izquierda, tarde o temprano actúa de un modo insolente o incluso violento cuando violan o desprecian su valor como seres humanos.

Si en algún lugar la izquierda puede descubrir o crear nuevas instituciones de protección y lucha que funcionen en el mundo real del próximo milenio, los movimientos populares para la justicia y la decencia cobrarán importancia. Y en caso de otra gran guerra en el mundo, algunos de estos movimientos podrían controlar un territorio considerable. No digo que ganarían poder y tomarían el Estado; quizá no lo ignorarían. Pero ya que en el capitalismo moderno el Estado importa menos que antes -es única o primordialmente una trampa-, tal vez sólo le arrancarían los colmillos y extenderían el control de otra forma. Creo que las mejores bases para una izquierda moderna están en los clásicos del socialismo (no del anarquismo), en los conflictos inevitables dentro del capitalismo y las diversas realidades del trabajo moderno. Creo que en México la tradición del liberalismo social merece en este aspecto un estudio especial, por sus errores y preocupaciones.

¿Qué encuentras en el liberalismo social que merezca estudio especial por parte de la izquierda mexicana ?

El liberalismo social en que creo amerita estudiarse. Ya he intentado describirlo en el ensayo publicado en Libertad y justicia en las sociedades modernas (México: Instituto Nacional de Solidaridad, 1994), «Luchas sindicales y liberalismo social» (pp. 331‑355), sin duda ampliamente desconocido. En este asunto quisiera enfatizar sobre todo el estudio de cómo hacer socialismo sin recurrir al Estado burgués. No tengo el tiempo ni el talento para pensar cómo lograrlo.

Traducción de Ulises C. Ríos.

Nexos entrevistó al historiador John Womack Jr., una especialista en temas laborales y autor de un libro clásico sobre Zapata (igualmente clásica es la frase con la que da inicio: las comunidades indígenas de principios de siglo XX «no querían cambiar y por eso hicieron una revolución»), para que trazara un mapa con el cual transitar por la historia del México de este siglo, con todo y sus duras lecciones.

numeralia

Roberto Pliego. Escritor. Es editor de la revista nexos.

1. Cantidad de libros que vendió Seamus Heaney en octubre y noviembre de 1994: 6,173

2. Cantidad de libros que vendió Seamus Heaney en 1995, después de recibir el Premio Nobel de Literatura: 110,401

3. Porcentaje del descenso de ventas de libros españoles a México: 50

4. Lectores de CD‑ROM En Alemania: 3,000,000

5. Millones de tortillas que se consumieron en 1995 en Estados Unidos: 40,000

6. Porcentaje de esas tortillas que fueron consumidas por la población no latina: 40

7. Lugar que ocupa Atlanta como ciudad violenta entre las ciudades de más de cien mil habitantes en Estados Unidos: 1

8. Cubanos residentes en Estados Unidos que viajan anualmente a Cuba: 100,000

9. Sustancias químicas empleadas por la industria mexicana: 60,000

10. Hectáreas devastadas al día en México: 1,500

11. Enfermeras por cada mil habitantes en México: 1.6

12. Hospitales privados mexicanos con registro: 2,705

13. Hospitales, de entre éstos, que cuentan con más de cincuenta camas: 80

14. Porcentaje de las noticias mundiales que tienen «en cuenta la opinión» de la mujer: 11

15. Porcentaje de las mujeres periodistas en el mundo: 43

16. Centrales nucleares en la Unión Europea: 136

17. Porcentaje de británicos que tiene «escaso o muy escaso» conocimiento de la Unión Europea: 56

18. Millones de dólares en gastos bélicos que se han evitado entre 1987 y 1994: 993,000

19. Miembros del Opus Dei: 80,000

20. Porcentaje de esos miembros que viven en México: 10

21. Niños becados en escuelas privadas de la Ciudad de México: 25,000

22. Porcentaje de capitalinos que no están leyendo un libro actualmente: 76

23. Minutos diarios de televisión que consume un británico: 216

24. Cabezas de ganado muertas por la sequía en el norte de México el año anterior: 300,000

25. Manifestaciones en el DF en 1995: 2,522

26. Narcotraficantes capturados en Colombia el año pasado: 2,885

27. Miles de dólares, por vuelo, que pagan los narcos peruanos para sacar droga del país: 180

28. Capital, en millones de dólares, de los cuatro cárteles de la droga mexicanos: 7,000

29. Precio en pesos que alcanzó la pistola de Caro Quintero en una subasta: 130,000

30. Porcentaje de los municipios mexicanos dedicados al cultivo de mariguana y amapola: 25

31. Lugar que México ocupa como exportador de heroína a Estados Unidos: 1

32. Millones de dólares que recibirá la cantante Janet Jackson por firmar para una compañía discográfica: 80

Fuentes: 1-2. Times Litterary Supplement: 22 de diciembre de 1995; 3. El País: 20 de enero de 1996; 4. El Universal: 16 de enero de 1996; 5-6. unomásuno: 3 de enero de 1996; 7-8. La Jornada: 7 de enero de 1996; 9. La Jornada: 11 de enero de 1996; 10-13. El Universal: 2 de enero de 1996; 14-15. El Universal: 9 de enero de 1996; 16. El País Semanal: 7 de enero de 1996; 17. El Universal: 9 de enero de 1996; 18. El Universal: 2 de enero de 1996; 19-20. Proceso: 15 de enero de 1996; 21. Reforma: 18 de enero de 1996; 22. Reforma: 23 de enero de 1996; 23. El País: 7 de enero de 1996; 24. El Nacional: 18 de enero de 1996. 25. Reforma: 22 de enero de 1996; 26. La Jornada: 7 de enero 1996; 27-30. El Universal: 2 de enero de 1996; 31. El Universal: 20 de enero de 1996; 32. El País: 13 de enero de 1996.

Las señoras Gatorade y Ballantines hablan de sus desesperadas vidas sin amor

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su último libro es Llamadas nocturnas (Cal y arena).

Ultimas horas de la tarde. Asistimos a una conversación sin tapujos entre las señoras Gatorade y Ballantines. Hacen su aparición con una seguridad subyugante, se sientan una frente a otra en los sillones de una sala gris, separadas por una mesa de centro en la que han dispuesto un cenicero, cigarros, un encendedor y dos tazas de café de Coatepec. A mi lado está mi gran amigo, el Viejo Parr, conocido químico y futurólogo que nos irá dando algunas explicaciones, siempre que sean necesarias, acerca de la extraordinaria aventura que ahora iniciamos. La señora Gatorade le dice a la señora Ballantines:

-¿Lista?

– Lista  -responde la señora Ballantines.

Buenas tardes. Soy la señora Gatorade y lo recuerdo todo. Vine a este Crucero para decir que el matrimonio es el ozono del amor. Causa directa de irritación, dolor de cabeza, enfermedades estomacales, fatiga inexplicable. Sé por qué lo digo. Es más: los matrimonios son como ciudades contaminadas donde nadie en su sano juicio se quedaría a vivir y sin embargo casi todos se quedan; y los que se van, casi siempre regresan. Quiero declarar esto enfáticamente (como dicen ahora nuestros políticos) para evitar malentendidos posteriores.

Buenas tardes. Yo soy la señora Ballantines y vine aquí a este Crucero a contar la historia del miserable Frans. Eso es todo. Por eso me tomé el trabajo de venir hasta acá, a la guarida del grupo nexos. Cualquier espacio es bueno si se trata de que la gente sepa la historia de ese Velocirraptor.

Sra. Gatorade: En lo personal considero que a los cuarenta años, o antes, hay que declararle una moratoria a la vida. A cierta edad, no se puede seguir viviendo en el fondo de un cataclismo moral. Por eso estoy contra el psicoanálisis, porque te invita a regodearte en tus problemas y te remite a una infancia eterna, a la esclavitud de tus debilidades.

Sra. Ballantines: Por mi parte, puedo decir que estos años han sido para mí los de una conflagración de dimensiones sin precendentes, un derrumbre moral. Nada de moratonas a la vida. Sra. Gatorade: ¿Estás hablando de tu vida o recordándonos el desembarco en Normandía, Bally? No has contado la historia de Frans, los lectores son impacientes por naturaleza.

(El viejo Parr interviene aquí de forma inopinada y pronuncia esta sentencia: «Have you ever seen the rain?». Parece sugerir algo muy profundo con esta frase, pero no sugiere nada, sólo pronuncia esta máxima por placer y guarda silencio de nuevo. Las señoras Gatorade y Ballantines, sobra decirlo, no le prestan atención, como no se le presta atención a las cosas comunes, cotidianas hasta la invisibilidad.)

Sra. Ballantines: Para empezar con lo notorio: un hombre con el cabello corto que clareaba formando una tonsura poco agradable. La pérdida de pelo era algo que lo ponía tan melancólico como un elefante. Cualquiera notaría que su cabeza era muy grande, pero una mente como la suya necesitaba espacio. Huesos grandes y sólidos soportaban un cuerpo al que le habrían hecho una oferta en la empresa Extassis. Los brillantes ojos azules recordaban todo el tiempo a sus ancestros balcánicos. Nariz afilada. La boca era muy buena, pero se alargaba en exceso a la hora de llorar. En resumen: un hombre casado. El no quería dejar a su mujer, yo no podía dejarlo a él. Sí, sí, la vieja historia que se repetirá hasta el fin de los tiempos.

Sra. Gatorade: ¿Lloraba Frans?

Sra. Ballantines: Demasiado. Frans descubrió tiempo atrás que es inútil disimular, nunca desperdició su energía en disfraces. La última vez que nos vimos, el día de nuestra despedida, lloró hasta que se le hincharon los ojos. Un llanto silencioso que provenía de un manantial de inagotable desdicha. ¿Qué quería?, ¿qué lo esperara en mi casa hasta tener la edad de Sara García? Entonces la boca, que era muy buena, se le alargaba sin moderación alguna. Quise ser fuerte, pero al final me desplomé, abatida, como si los cinco años que pasamos juntos transcurrieran en una sola noche. En conclusión, ¿qué tenemos? Un mentiroso, un cobarde, un fóbico al compromiso que prometió con metodología diabólica un divorcio al que nunca se atrevió: un Velocirraptor.

Sra. Gatorade: ¿Sexo oral?

Sra. Ballantines: No tengo por qué responder a esa pregunta.

Sra. Gatorade: Te recuerdo que esta es una conversación sin tapujos.

Sra. Ballantines: No quisiera alarmar a nadie, pero Pietro de Aretino nos habría dedicado un par de párrafos en sus Memorias eróticas. Derrotamos a la incontinencia. Todo estaba cargado de un alto sentido de la utilidad: crema pastelera, jitomates, pepinos, acelgas, zanahorias, fruta fresca…

Sra. Gatorade: ¿Pusieron una recaudería’?

(El viejo Parr Interumpió en esta parte para declarar: «Conozco esos amores a crédito; los intereses son impagables, se vuelven un suplicio, una esclavitud. No valen la pena». Desde luego, nuestras amigas no oyeron al viejo Parr)

Sra. Ballantines: No sé dónde leí que el romanticismo es lo que une a las parejas, pero el realismo es lo que les permite seguir adelante. Cuando estábamos desnudos persistía una explosión de gloria. Así nos llevaba la mano de un demonio anochecer tras anochecer: si eso es una recaudería, sí, pusimos una, pero grande, con gran variedad de productos del campo, y de primera calidad.

Sra. Gatorade: En el matrimonio el problema de la agricultura es al revés: el realismo une a una pareja y el romanticismo les permite seguir, a veces, adelante. En cuanto a la gloria, siempre y cuando no sea la gloria eterna, está bien. Tendría que contarte otra vez la historia de Leo.

Sra. Ballantines: Cuéntala, a eso vinimos a este Crucero.

(«Otra andanada insustancial de la psique de estas damas y voy a derrumbarme. A mi edad estas cosas son una pérdida de tiempo», dijo el viejo Parr desorientado, al borde de la exasperación. Las señoras lo oyeron, a juzgar por lo que dijeron inmediatamente después.)

Sra. Gatorade: Aquella primavera estuve brillante. Me reservé una butaca de primera fila en el gran espectáculo de la felicidad. Quiero decir, por si no me he explicado, que nunca estuve tan cerca de ser feliz como en ese tiempo. Enamorarse no es solamente poner los ojos en blanco y meterse a la cama con una recaudería en el buró. Tiene que ver con el manejo eficaz de un mapa de la ciudad, horas pico de tránsito en calles y avenidas, horarios de cines, salidas y llegadas de aviones, dinero, alta organización. Sobre todo si quien se enamora es como yo una mujer casada. No quisiera parecer presuntuosa, pero manejé con maestría estos asuntos. Nunca me permití una vulgaridad como las que acostumbran los hombres adúlteros: «Tuve una junta hasta la madrugada», «me detuvo una patrulla», «¿Qué crees?, me encontré a Perengano, que sufre, y lo acompañé doce horas en su dolor». Jamás. Cuando me tocó engañar, engañé con limpieza y amor por el engañado. Les recuerdo algo más: estar enamorada te predispone a enamorarte de nuevo, y yo estaba enamorada de mi esposo.

Sra. Ballantines: No pusiste una recaudería y tampoco te divorciaste .

(«Entiendo perfecto», saltó el viejo Parr, «la señora Gatorade, pese a su propuesta de bajas calorías, 110 mg. de potasio, 30 mg. de sodio, 0.0 mg. de grasas, tuvo una pasión ingobernable. En cambio la señora Ballantines, con su aspecto de 46 grados Gay-Lussac viene a restregarnos su extinta vida sexual con un hombre casado, a decirnos que le entregó la fleur de I’ â age. Empiezo a entender, pero no sé qué». La señora Ballantines pescó al vuelo el comentario de mi gran amigo el viejo Parr.)

Sra. Ballantines: Es usted muy injusto, señor Parr. No he venido a este Crucero por afanes protagónicos sino por pena, por abatimiento profundo. Pero ya que lo menciona, le diré que Gay-Lussac fue el astro de nuestro amor. ¡Lo que bebimos en esos años! Aperitivos. aguardientes, vinos de mesa; el trigo o la cebada nos daba lo mismo. Acabábamos borrachísimos haciendo locuras en todos lados. Nos perseguíamos por las calles jurándonos amor eterno, nos insultábamos en exposiciones de pintura. uno de los dos se tiraba del coche a cincuenta kilómetros por hora después de una discusión, Ilorábamos sin motivo aparente, por el gusto de llorar; un día casi nos desnucamos mientras nos zarandeábamos y nos gritabamos al mismo tiempo: «Te amo». ¿Cómo se llama esto ? Se llama amor. Y nada de encerrarnos en un departamento para escondernos y preservar nuestro secreto. Al contrario, íbamos a los lugares más públicos que hay: plazas de toros, estadios de futbol, cines a reventar, calles transitadísimas. Llegamos a ir al show de Cristina para que la cámara disparara nuestra felicidad a miles de hogares de mexicanos. Eso sí, el Velocirraptor era casado, pero muy derecho, en ese aspecto. digo.

Sra. Gatorade: ¿.Puedo seguir’? ¿O nos vas a contar más intentos de suicidio? Como decía, al poco tiempo todos estábamos felices: mi marido, los niños, la muchacha, mi suegra, en fin, todos estábamos de lo más felices. ¿Saben por qué? Porque cuando una se enamora nadie puede hemos, nadie puede herir a las personas que queremos, y yo siempre quise a mi esposo. No es que nos escondiéramos, pero a solas, sin testigos, estábamos mejor. Pusimos un departamento y también, por cierto, una recaudería. Pasó el tiempo. Dejé de verlo, no porque se hubiera extinguido la pasión, sino porque conocíamos de memoria el porvenir. No sé si dije que Leo también era casado. ¿Por qué no me divorcié? Por eso, porque no creo en la pareja; si creyera, rompería la que tengo para buscar una mejor, pero como no creo, mejor me quedo como estoy. Piénsenlo bien, no es tan obvio como parece. ¿Qué cómo se sostiene una situación así? Por lo que a mí toca me dejo guiar por esta máxima conyugal: «No hagas preguntas y no te contarán mentiras».

(«Estoy desconcertado, lo admito», dijo el viejo Parr, «por un lado una pasión desbordada, exterior, explosiva; por otro, una pasión interior, implosiva, si cabe aquí esta palabra. Pensé que estas cosas ya no ocurrían, pero veo que no. Estoy desconcertado, lo admito sin ambages».)

Sra. Ballantines: Una tiene que ser responsable de su propia felicidad. ¿Algo más Gate?

Sra. Gatorade: Nada. Agradecerle a Pérez Gay habernos brindado desinteresadamente su espacio en la revista.

Sra. Ballantines: Sí. Queremos darle las gracias por su hospitalidad. Nadie da nada por nada en estos días. Ojalá vuelva a invitarnos.

Noche. Las señoras Gatorade y Ballantines se ponen de pie, pasan frente a nuestros ojos y abandonan el lugar. Mi gran amigo, el químico y futurólogo viejo Parr voltea a venne y me dice: «Ha