En Chantal Mouffe, la gran teórica del populismo, podríamos encontrar una clave para situarnos en el presente. El sentido de la política contemporánea está en la naturaleza de lo político. El pronombre es lo que merece subrayado: lo político. El asunto de nuestra era es la configuración de identidades en conflicto. Vivimos tiempos de combate. Lo vemos en todos lados. El pueblo contra sus enemigos; la nación contra los invasores; la fe contra los infieles; la civilización contra la barbarie. Tras la ilusión del consenso, después de la fantasía de la domesticación técnica de la política ha resurgido en todo el mundo un ánimo belicoso que se vive como definición vital. Lo político nos constituye personal e intensamente. En la política no está el agente que nos cuida, sino la causa que nos hace. Ésa es la materia quemante: quiénes somos y contra quién existimos. El debate sobre las políticas públicas, la controversia sobre el contenido de la legislación, la discusión sobre las consecuencias de la intervención gubernamental palidece frente a la intensidad con la que se libra una batalla existencial. Si vivimos bajo el magnetismo de lo político es porque su antagonismo pretende resolver el sentido mismo de la vida.
Carl Schmitt, el abogado del nazismo, es por ello el filósofo de hoy. Fue él quien postuló que lo político es la confrontación de bloques. El ensayo que escribió en 1932 es el borrador del populismo contemporáneo. Lo político es la guerra de unos contra otros. Amigo-enemigo es el eje que define la historia humana. Mientras la humanidad exista, veremos un relevo de confrontaciones. Sea de derecha o de izquierda, el populista sigue, aún sin haberlo leído, el libreto que Schmitt ofreció al nacionalsocialismo: somos criaturas condenadas al combate, la ley no puede domar al poder, el acuerdo es claudicación. Asumir que estamos llamados a la guerra es reconocer nuestra plena humanidad. La más aguda denuncia del liberalismo se convirtió en el siglo XXI en ariete de denuncia y en instructivo de autócratas. Ambas dimensiones merecen ser reconocidas. El populismo puede ser una denuncia certera de las farsas y las frustraciones liberales. Tarde o temprano es coartada del despotismo que se disfraza de patria.
Andrés Manuel López Obrador fue, desde el primer momento, a la conquista de ese campo. Como opositor, como alcalde, como presidente, ha tenido como propósito la constitución de una identidad popular en guerra contra sus enemigos. En eso fue exitoso. Su gobierno logró reconfigurar las identidades como nadie lo había hecho en la historia contemporánea de México. No sólo fundó un partido político y echó a andar a un movimiento. Logró algo más: reconfigurar el poder y darle cuerpo a una enemistad esencial. Ese éxito en la proclamación de pertenencias es el hecho crucial del sexenio. La apuesta polarizante ha configurado un sólido antagonismo. No se trata meramente de una victoria narrativa, de una conquista del imaginario sino de una concepción que amenaza el fundamento mismo de la democracia liberal porque su pendencia niega espacio al diálogo, porque cancela la convivencia bajo la ley, porque asfixia la pluralidad, porque desmantela las precauciones, porque habilita la idolatría.
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